Autora, Andrea Fumagalli Octubre (2010) Editorial Roma. Primera Parte



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Autora, Andrea Fumagalli

Octubre (2010) Editorial Roma.

Primera Parte

El análisis del proceso bioeconómico de acumulación

Pensar es uno de los máximos placeres concedidos al género humano.

B. Brencht, La vida de Galileo.
En el capitalismo contemporáneo, cuanto más aumenta la formación profesional, más aumenta el nivel de <>, entendiendo por ignorancia la incapacidad para contextualizar y desarrollar un pensamiento crítico.

Anónimo, panfleto distribuido en la universidad, 2007


En todo ámbito, ya sea laboral o social (o, incluso, en el tiempo libre) se repite un equilibrio hecho de chantaje y consenso, miedo y fascinación. Entre ambos polos es precisamente el consenso lo que arrastra las expectativas, las ilusiones y el consumo. La fuerza de las empresas radica justo en éste punto: de simples productoras de mercancías se han convertido en creadoras de mitos y sugestión. El branding es precisamente el conjunto organizado de la sugestión. Gracias a la precarización, las empresas pueden conseguir en la sociedad, de forma muy barata, como si estuviesen en un supermercado, todo lo que sirve para producir las mercancías, así como la sugestión necesaria para venderlas. Acaparan ideas, capacidades, talentos y mano de obra en una especie de régimen de monopolio. Nosotros, en última instancia, si tenemos suerte, podemos aspirar al papel de creativos. Ellos se reservan de forma constante el papel de creadores.

En cada uno de nosotros convive el intercambio simbólico entre ser trabajador y consumidor. Y cuanto más privado se ve el trabajo de satisfacciones, más prevalece en nosotros el papel de consumidor.

Pillole Precarie, video, EuroMayDay, 2007.

Introducción.

El proceso económico capitalista
La economía capitalista es una economía monetaria de producción, no una economía de intercambio. Con esta afirmación se intenta reforzar la supremacía de la actividad de producción/acumulación sobre la de intercambio/realización. El motor de la actividad de producción es la actividad de inversión (acumulación privada de capital), fruto de las decisiones empresariales, capaces de modificar, dinámicamente, el progreso tecnológico y el uso combinado de los factores productivos. La inversión representa la manifestación del poder capitalista. De esta actividad depende el éxito del proceso de acumulación y, por lo tanto, la distribución de riqueza, ya sea en términos cuantitativos o cualitativos. Es desde la inversión como se determina el nivel de consumo y de ahorro.1 La posibilidad de inversión es una forma de biopoder desde el mismo momento en que tal acto depende el modo y la forma de la presentación laboral. De hecho, la inversión so sólo otorga un poder sobre las mercancías, ofreciendo la posibilidad de decidir cómo producirlas, a qué precio y en qué cantidad,2 sino que es sobre todo un dispositivo de control, directo o indirecto –según las características tecnológicas− del trabajo humano vivo, y por lo tanto del cuerpo y de la mente de los individuos.

La posibilidad de invertir no constituye, sin embargo, el ejercicio de un poder absoluto, sino que está vinculada a otros niveles. En particular, la actividad de inversión está condicionada por las modalidades de financia­ción y por las expectativas sobre el valor esperado en la demanda final de bienes, es decir, por la realización esperada. El primer vínculo es conocido a priori y constituye un factor cuya evolución predetermina, tanto en la forma como en la cantidad, las elecciones de inversión; el segundo vínculo no es conocido a priori y requiere la formulación de expectativas en condi­ciones de incertidumbre.3 Tales expectativas son de algún modo mensura­bles —si bien no cuantificables a través de fórmulas matemáticas4—, tanto en la dinámica coyuntural del sistema económico como en la percepción subjetiva de quien invierte.5



Se infiere, por lo tanto, que el estudio del proceso de acumulación y pro­ducción, que resulta de la actividad de inversión, remite necesariamente al análisis de una fase de financiación creciente y de unos mecanismos de rea­lización decreciente.

Puesto que el objetivo de la actividad de acumulación es la generación de plusvalor y no de plusproducto, es decir, la generación de un beneficio monetario, que se concreta a través de la fase de realización, la economía capitalista es también una economía intrínsecamente monetaria. La caracte­rización de la economía capitalista como «monetaria» deriva también de la función desarrollada por la moneda en tanto moneda-crédito.



Sobre la base de estas sencillas premisas, nuestro examen del proceso de acumulación capitalista, en sus connotaciones bioeconómicas, comienza con el análisis de los mecanismos de financiación, para continuar después con el análisis de los modos de producción y acabar con la fase de realización. Tal esquema nos remite directamente al ciclo del capital monetario, descrito por Marx en El Capital (1977a, vol. II, cap. I y también cap. 2, par. 3), pero también al hipotetizado por Pasinetti en la interpretación heterodoxa de Keynes.6

  1. La financiación del proceso de acumulación

La libertad de inversión es la otra cara del derecho de propiedad privada de los medios de producción: la propiedad de los medios de producción es lo que hace posible el acceso al crédito. De hecho, la moneda capitalista es el resultado de la relación particular de intercambio entre quien crea moneda (el Banco central y el sistema de crédito ordinario) pero no lo usa y quien necesita moneda (el sistema empresarial) pero no puede crearla.7

La provisión de crédito bajo la forma de moneda creada ex novo, esto es, la financiación bancaria de la actividad de inversión, no puede ser asimilada a cualquier intercambio mercantil ya sea el tipo de intercambio realizado no es <>. En el momento mismo en el que una agencia de crédito abre un préstamo a petición de una empresa, pone a disposición de esta última un poder de adquisición en forma líquida, con la promesa de restitución futura. No se da, por lo tanto, un intercambio bilateral, esto es, un intercambio de una cantidad contra el valor correspondiente. El intercambio crediticio no se resuelve ni acaba (claro está, pues no es solvente) en el momento mismo en el que se hace efectivo, sino que tiene una duración temporal. De esto se deriva que la actividad de financiación está caracterizada estructuralmente por una dinámica temporal y, consiguientemente, por la existencia de un riesgo económico (el riesgo de insolvencia). La protección contra el riesgo viene proporcionada por las garantías obtenidas sobre los medios de producción; el acceso al crédito es por lo tanto un factor de discriminación social (ejercicio de poder) vinculado a la distribución sobre los derechos de propiedad de los medios de producción.



La actividad crediticia implica una relación de confianza y remite a la mone­da como manifestación simbólica de poder y jerarquía.

A su vez, la incertidumbre sobre la salida de la financiación hace al mercado de crédito estructuralmente inestable. Desde este punto de vista, la evolución de las formas de financiación no es otra cosa que la historia de los intentos de estabilizar, regular y monitorizar la función crediticia así como de redefinir constantemente la relación entre sistema bancario y sistema de empresas.

En el curso de la historia del capitalismo, el paso de la moneda mercan­cía directamente basada en el oro (gold standard),8 al sistema basado en la libra esterlina inglesa como principal divisa de referencia en el trascurso del siglo XIX (gold exchange standard),9 y luego al sistema basado en el dólar (gold dallar standard),10 hasta el total decaimiento de la relación entre moneda y oro, a partir de 1971, y la finalización del proceso de desmaterialización total de la moneda,11 no son otra cosa que diversas y sucesivas etapas de las modalidades de finan­ciación vinculadas a la evolución de las formas del proceso de acumulación.12

A este respecto podemos distinguir dos fases principales: la primera, que va desde el modelo gold standard al modelo gold dollar standard, que afirma al sis­tema crediticio como el principal agente del proceso de financiación; la segunda, a partir del proceso de desmaterialización de la moneda y de su total desvincu­lación del oro, pone en primer plano la función de los mercados financieros.

Ascenso y declive del mercado de crédito y del sistema bancario

La función del mercado de crédito y, por lo tanto, del sistema bancario como instrumento del proceso de financiación de la actividad industrial se desa­rrolla en su forma moderna en la segunda mitad del siglo XIX. Es el periodo en el que en Europa se consolida la fase del capitalismo que precede a la re­volución taylorista, y que ha sido definida como «capitalismo monopolista».13 Esta fase se caracterizó por la carrera colonialista por las materias primas y la consolidación de las instituciones del «Estado-nación». En Estados Unidos, esta fase coincide con la realización de la unidad nacional, tanto desde el punto de vista espacial (conquista del Oeste y control total del territorio y de las poblaciones autóctonas) como económico (recomposición y especialización productiva tras la Guerra de Secesión).

En este contexto se producen dos fenómenos complementarios: por un lado, sobre todo en Estados Unidos pero también en Europa (Francia y Ale­mania), las inversiones en infraestructuras de transporte (del tipo coast to coast) y en la industria pesada (ligada también a los armamentos) requieren una acumulación de liquidez monetaria que ya no puede ser garantizada vía autofinanciación o ahorro privado. Por otra parte, los rígidos mecanismos de gestión del gold standard, que imponen un crecimiento de la circulación monetaria ajustado al aumento de las reservas de oro, tienen efectos deflacionarios sobre el conjunto del sistema mundial:



La tendencia al descenso de los precios [...] fue elevadísima (-40 %),14 desde 1876 a 1896, la deflación fue acompañada de una grave recesión;15 es significativo que los únicos países que no se vieron afectados fueran los dos Estados, Alemania y Estados Unidos, que usaron con desenvoltura –con el fin de neutralizar los impactos negativos del sistema basado en el oro— la gestión de sus estructuras crediticias y de la moneda bancaria.16

De este modo, para financiar las enormes inmovilizaciones técnicas reque­ridas por la expansión de la industria pesada, Alemania recurrió al sistema bancario mixto. Por banco mixto se entiende una estructura del mercado de crédito que se distingue claramente de los grandes bancos de negocios, ya que actúa en estrecho contacto con los componentes políticos, que a su vez detentan importantes cuotas del capital monetario, en un contexto de pro­piedad mixta (público-privada) capaz de promover una elevada financiación con altas garantías sobre los valores hipotecados. Esta estructura presupone la presencia de una autoridad monetaria y de una elevada concentración bancaria, que en la época sólo existía en algunos países europeos: Gran Bretaña17 y, por supuesto, Alemania.18

En el mismo periodo, se desarrolla en Estados Unidos un sistema opuesto, una suerte de anarquía bancaria no sometida a control alguno por parte de una autoridad central: esta libertad en la utilización del crédito permitió financiar, sin excesivas formalidades burocráticas la conquista del Oeste y la construcción de las vías férreas.

Esta situación dicotómica (por un lado, Estados Unidos y Alemania/Gran Bretaña, capaces de financiar la liquidez necesaria y, por otro, los otros países europeos desarrollados y los países en vías de industrialización caracterizados por impulsos recesivos) generó factores de inestabilidad en las balanzas pago, con saldos crecientes (ya fuera con superávit o con déficit); estos desequilibrios en las cuentas con el exterior chocaban con la rigidez de un sistema internacional de pagos basado en el oro. Como consecuencia de estos rígidos vínculos, hacia finales del siglo XIX, junto con sus reservas oro, muchos países con balanza de pagos a menudo deficitaria comenzaron a acumular divisas convertibles en oro, como la libra esterlina inglesa, en forma de créditos a corto plazo, sancionando de ese modo la transición al sistema de gold exchange standard (Panizza, 2004, pp. 45 y ss.). A como se consolidó el papel cada vez más importante y estratégico de los bancos como creadores de liquidez monetaria según las necesidades de financiación de la actividad de acumulación.

De los tiempos de Ricardo, en los que la creación de moneda estaba determi­nada sobre todo por las transacciones con el exterior a través del saldo de la balanza de pagos (el canal exterior de creación de moneda), se llegó al perio­do de la belle époque en el que el sistema bancario proporcionaba los medios de financiación (canal interno de creación de moneda).

Este paso no estuvo exento de inestabilidad, especialmente en un con­texto en el que, con excepción de Gran Bretaña (gracias a la prudente guía del Bank of England) y de la Alemania bismarckiana, no estaban previstas ni existían instituciones de regulación y control sobre la provisión de cré­dito bancario. Es conocido que el último decenio del siglo XIX fue fuerte­mente sacudido por numerosas crisis bancarias que conducirían, alrede­dor de los años veinte del siglo XX en los principales países europeos, a la elaboración de una ley bancaria destinada justamente al control de la actividad crediticia y a la definición de la función y de los objetivos del Banco Central, entendido como única institución encargada de gestionar la política monetaria.19

Especialmente importante fue el proceso de concentración bancaria en Gran Bretaña y en Alemania, si bien con efectos distintos. En Alemania el proceso de concentración de las actividades bancarias se dio en estrecha conexión con la potenciación de la industria pesada y de la función de intermediación desarrollada por el Estado. En el caso alemán, el <>, mientras favorecía por un lado la concentración bancaria y la colusión con el capital industrial, por otro mantenía bajo control las dinámicas especulativas. En Gran Bretaña, sin embargo, tal proceso hizo aumentar el grado de tolerancia hacia cualquier forma de control y de regulación por parte del Bank of England. El contexto inglés y la plaza de Londres fueron objeto de crecientes intereses especulativos, también a causa del papel central que la libra esterlina inglesa había ido asumiendo como divisa internacional de referencia. En todo caso, mientras Londres fuera capaz de mantener su papel de guía en la regulación del comercio internacional y de los intercambios de divisas, y las tendencias especulativas de los propios bancos inglesas fueran mantenidas bajo algún tipo de control del Banco Central inglés, la consolidación de plazas financieras alternativas, como Paris, Berlín y Nueva York, no constituían un peligro para la hegemonía económica inglesa.

Sin embargo, a finales de siglo, la plaza financiera de Nueva York se convirtió cada vez más en un polo de atracción de los capitales internacionales y en el autentico mercado de intercambio entre el dólar y la libra esterlina del que dependía gran parte de la financiación de las exportaciones estadounidenses. Estados Unidos aparecía como un país emergente capaz de influir de forma fuerte en la economía mundial, gracias sobre todo a la amplitud tanto de su mercado doméstico como el del continente sudamericano, que mantenía fuera del control de la Commonwealth. Los excedentes comerciales de Estados Unidos en el decenio anterior a la Primera Guerra Mundial permitieron a la economía estadounidense invertir de modo masivo en el exterior,20 y transformaron también la plaza de Nueva York en un gran colector de oro, ya fuera para el Tesoro o para el sector privado (Panizza, 2004, p. 48).

Esta situación marcaba los síntomas premonitorios de la crisis de la libra esterlina y del paso de la hegemonía económica mundial de la orilla oriental del Atlántico a la occidental. Las ingentes sumas requeridas por el esfuerzo bélico provocaron la precipitación del valor de la libra esterlina en favor del dólar, símbolo de una economía que solo podía extraer ventajas de la guerra, sobre todo si ésta se desarrolla en casa ajena.21 Tal traspaso de poder se produjo en un periodo en el que se verificó una fuerte aceleración tecnológica, cuyo inicio data de las últimas décadas del siglo XIX. En los primeros diez años del siglo XX se asistió, de hecho, a la introducción de innovaciones radicales tanto organizativas como de productos (taylorismo y automatización creciente de la producción). La llegada de las nuevas tecnologías tayloristas se verifico primero en EEUU y luego en Gran Bretaña. Los crecientes beneficios de productividad permitieron que Estados Unidos asumiera el liderazgo tecnológico y monetario después de la Primera Guerra Mundial. Las nuevas tecnologías y, sobre todo, el paradigma organizativo de la automatización productiva trajeron consigo la necesidad de una ingente financiación de la producción, así como tiempos de amortización más largos. Era, por lo tanto, de una importancia neurálgica que el proceso de financiación se diera en las condiciones de mayor estabilidad y certeza de pagos posibles, ya fuera a nivel nacional como internacional. En segundo lugar, era necesario, especialmente después de la crisis de 1929, que también el proceso de realización se produjera de modo estable y continuo, a través del desarrollo de la capacidad de ahorro, ya no dirigida a la financiación de la producción sino del consumo.

El mercado de crédito en el paradigma taylorista-fordista

En el nuevo contexto taylorista-fordista, la función del sistema bancario alcanza su cénit tanto en la actividad de creación de moneda dirigida a la acumulación como en la actividad de intermediación financiera y de captura de depósitos, necesaria para estabilizar las decisiones de venta y adquisición, así como para monitorizar los flujos comerciales nacionales e internacionales.

Al mismo tiempo, la escala creciente de las empresas favoreció la difusión de las organizaciones directivas y de las sociedades por acciones. Tal dinámica produjo efectos importantes, definiendo la metamorfosis de la estructura de propiedad (desde la empresa familiar a la corporación gerencial) y el desarrollo de los mercados financieros. Rudolf Hilferding analizo esta dinámica de un modo notable. En su obra monumental, El capitalismo financiero de 1910, ya en su titulo original, Das Finanzkapital: eine Studie über die jungste Entwicklung des Kapitalismus, arrojaba que la empresa capitalista estaba asumiendo a comienzos del siglo pasado. La contribución principal de Hilferding tiene que ver con el análisis de la difusión de las sociedades de capitales, de los cárteles y de los trusts, y con la intuición de que la tendencia estructural del capitalismo estaba dirigida hacia la formación de estructuras oligopolistas y un mercado fuertemente concentrado. La referencia de Hilferding a Marx es directa:

La aparición de las sociedades por acciones en el campo de la industria implica, en primer lugar, una transformación de la función del capital industrial. La sociedad por acciones conlleva en efecto la definitiva disociación de la función del capitalista industrial de la del emprendedor industrial. (Hilferding, 1961, p. 121)



Con esto se aclara el hecho de que tal transformación no careciera de in­fluencia sobre el comportamiento de las empresas, o más aún que «influyera también en la dirección de empresas>> (ibidem). Pero lo que es necesario su­brayar es que Hilferding pone el acento en la naturaleza desigual del control financiero de la gran empresa: incluso si aparentemente la adquisición de acciones es libre, es más, incluso si ésta viene incentivada, no por ello se ga­rantiza la igualdad de condiciones en el control de la empresa.

En realidad, las sociedades por acciones están siempre dominadas por una oligarquía, —cuando no por un sólo gran capitalista (o banco)—, que está, de hecho, plenamente interesada en la marcha de la sociedad y es completamente independiente de la masa de los pequeños accionistas. (lbidem, p. 145).

La jerarquía de mando en las sociedades de acciones es el reflejo de las jerar­quías del mercado. El mercado, lejos de ser ese lugar neutro donde, en igual­dad de oportunidades, los individuos intercambian mercancías entre sí para aumentar su propia utilidad y su propio bienestar personal, es sin embargo un espacio cerrado, controlado v dirigido por unos pocos grandes actores económicos, que son capaces de determinar su dinámica, a través del poder que gozan en materia de inversiones, tecnologías y de las alianzas político-financieras, así como de las estrategias autónomas que son capaces de adop­tar. Hilferding anticipa e introduce, en ese sentido, algunos conceptos que serán muy del gusto de la economía industrial de la segunda postguerra.22

El análisis de Hilferding sobre la relación entre bancos v empresas, se refiere esencialmente al sistema alemán del <<banco-mixto>>. Ilumina la cuestión de la continuidad (si bien modificada en su forma) de la jerarquía de por­que en la fase imperialista precedente privilegiaba la relación entre Estado, bancos y empresas y que después, con la llegada del paradigma taylorista-fordista, se funda en la relación privilegiada entre bancos y empresas, por un lado, y el Estado-nación, por otro, lo que garantizaba el entorno de la política económica más adecuado para el crecimiento.

En este contexto, los mercados financieros desarrollan la función de la reasignación eficiente de los recursos financieros. Esta función es referida, sin embargo, al ahorro de las familias más pudientes con el fin de favorecer el proceso de realización indirecta de la producción, a través del uso de las partes del mismo. Por lo tanto, el desarrollo de los mercados financieros en los años que median entre las dos guerras mundiales fue guiado más por la necesidad de sostener la realización de la producción que por la necesidad de financiarla. Esta actividad de sostenimiento sufrió una brusca interrupción con la crisis de 1929 y sólo se recuperará después del inicio de las políticas inversionistas del New Deal rooseveltiano.



La creación de moneda-crédito para financiar las inversiones permaneció como una prerrogativa exclusiva del sistema crediticio, cada vez más eficaz a la hora de condicionar las elecciones de inversión de las empresas industriales según la dinámica de la coyuntura y de las dificultades bancarias que de ella se derivaban. El conflicto subterráneo entre banco y empresa estaba vinculado estructuralmente al paradigma fordista de producción.

La función del Estado en la financiación de la actividad de producción

En la segunda postguerra, con la llegada y el éxito de las políticas keynesianas, la función crediticia comenzó a ser desarrollada también por el Estado. De hecho, las políticas de déficit spending permiten activar un segundo canal (también interno) de creación de moneda para la financiación de las inver­siones privadas, que se añade al del sistema de la banca ordinaria y el Banco Central. A través de la financiación del déficit público con las operaciones de mercado abierto,23 por un lado, y la apertura de la cuenta de tesorería del Estado en el Banco Central, por otro, se desarrolla un canal público de creación de moneda, capaz de estabilizar la relación, siempre conflictiva, entre capital crediticio y capital productivo. La intervención del Estado en la eco­nomía logra así un segundo objetivo, aparte del objetivo clásico keynesiano de activar la demanda agregada con el fin de favorecer la realización de la producción y la consecución del beneficio privado; se trata de intervenir y regular la fase de financiación. Se trata de una función de la política econó­mica nacional no muy conocida pero de extremada importancia para conju­gar la eficacia de la política monetaria —a través del control de las tasas de interés sobre los créditos— y la eficacia de la política fiscal de gasto público.

En el paradigma fordista-taylorista-keynesiano, la financiación de las inver­siones se produce por medio de dos canales principales: el privado, a través del mercado crediticio, y el público, a través de la financiación del gasto público de­ficitario que se transmuta en una ulterior disponibilidad crediticia para el siste­ma industrial y el sostenimiento de la demanda efectiva. El mercado financiero desarrolla un papel secundario, el de reasignar la moneda ya existente (ahorro) entre los agregados económicos que tienen excedentes financieros (las familias) y los que tienen necesidades financieras (principalmente las empresas).

El papel regulador del Estado como apoyo del proceso de acumulación resulta fundamental. El Estado es el estabilizador de la relación conflicti­va capital-trabajo, interviniendo como distribuidor indirecto de la renta a las familias (Welfare State), como gestor de la parte de salario diferido por objetivos asistenciales y como suministrador de la demanda pública, sobre la vertiente de la demanda efectiva. Actúa después como estímulo de las inversiones privadas gracias a políticas crediticias y fiscales sobre la vertien­te de la oferta. Pero también es el estabilizador de la relación entre banco y empresa, relegando a un segundo, plano la tendencia a la inestabilidad de los mercados financieros. En el ámbito de estos últimos, los acuerdos de Bretton Woods, en vigor de 1944 a 1971, fueron capaces de reducir, al mínimo, las tensiones especulativas sobre las divisas, al menos hasta la segunda mitad de los años sesenta.24 La preponderancia en los mercados financieros de los títulos de acciones y de obligaciones ligados a la dinámica de rentabilidad a medio-largo plazo permitió además que las tensiones especulativas en las bolsas fueran bastante contenidas.



En el mismo momento en el que cayeron los acuerdos de Bretton Woods, dio comienzo el proceso de desmantelamiento del Welfare State y se asistió al crecimiento de los mercados financieros y de la consiguiente especula­ción; la solidez de la función crediticia desarrollada por el sistema bancario comenzó a declinar y todo se desarrolló en condiciones de una creciente in-certidumbre e inestabilidad. Este viraje está obviamente ligado a la crisis del paradigma fordista-taylorista-keynesiano. Lo que es importante subrayar ahora es que con el pasaje al paradigma de acumulación flexible se re­gistró también un cambio estructural en la regulación de la fase de la financiación productiva.



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