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Ponencia ALAS, Costa Rica, 2015

Título: El uso de Facebook en la expresión de intimidad

Autor: Carlos Octavio Solís Jiménez

Nacionalidad: Mexicana

Registro: GT 30

Institución: Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM)



Resumen

El presente trabajo se compone de dos partes: La primera es una revisión del concepto intimidad desde la antropología filosófica, ya que a partir del uso de las nuevas tecnologías, ha devenido una reconfiguración en la intimidad, consecuencia de los cambios en las formas de apropiación del tiempo y el espacio; la segunda es un análisis desde una visión socio-histórica, acerca de cómo es que la red social Facebook ha alterado algunos aspectos de las relaciones sociales.

Todos estos cambios se encuentran circunscritos en un contexto social, y que no necesariamente se han originado en una relación causal directa por el surgimiento y consolidación de las nuevas tecnologías, sino más bien son producto de una relación dialéctica entre la realidad histórica-social y el avance tecnológico, sobre todo en el ámbito de la comunicación.

Sostengo que la generación nacida a mediados de la década de los noventa del siglo pasado, es una generación de ruptura, la cual creció de lleno en una realidad invadida por las nuevas tecnologías que empezaron a desarrollarse en los setenta y ochenta. Esta misma generación heredó una realidad política y social que insertó las nuevas tecnologías en el centro de esta nueva sociedad, que apenas se asoma.

Los conceptos clave son intimidad; redes sociales; capitalismo informacional; espacio y tiempo; interacción social; jóvenes.

Intus

¿Qué es la intimidad?

Para empezar hay que descomponer la palabra. El prefijo de intimidad, inti (intus), hace referencia a un “adentro”, el sufijo midad (mus) es un superlativo, por lo que el significado de intimidad es: aquello que está muy adentro. Un sitio que además procura secrecía para ser. Resulta incluso más que un lugar; miles de años de pensamiento filosófico al respecto, apuntan hacia un universo interno, igual o casi tan grande como el universo exterior. Es el sitio donde, si no nos consumamos, nos definimos con el eco de nuestra propia búsqueda, por lo que intimidad refiere invariablemente al “yo”.

Aludir a la intimidad resulta algo mucho más complejo que únicamente a las relaciones sexuales y emocionales de las personas. No sólo es el “yo” espiritual, es el cómo lo construimos, cómo interactuamos con otros “yo”. Cómo nos narramos para nosotros y frente a otros.1

Sócrates y la fuerza de la oralidad

La definición de intimidad tiene que ver con la pregunta acerca de ¿qué es el hombre?2 Esta duda nos lleva a indagar hacia dentro de nosotros. Desde la tradición del pensamiento occidental, es Sócrates (470-399 a. C.), con su máxima “conócete a ti mismo” (γνθι σεαυτόν), quien inaugura lo que ahora se ha denominado como antropología filosófica. Su epónimo (época socrática) para dividir la historia de la filosofía griega no es gratuito. A partir de este momento se va a definir un paralelismo de dos universos que sitúan al ser humano en el tiempo y el espacio. Las dos condiciones que posibilitan el conocimiento.

Antes de Sócrates ya se había encubado el deseo de indagar dentro de los misterios que componen el intus humano. La sentencia de Heráclito (535-484 a. C.) “Me he buscado a mí mismo” apunta en ese sentido; sin embargo, como dice Cassirer:

[...] esta tendencia nueva del pensamiento aunque en cierto sentido inherente a la primitiva filosofía griega, no llegó a su plena madurez hasta la época de Sócrates; es, pues, el problema del hombre lo que separa el pensamiento socrático del presocrático [...] no hay más que una cuestión: ¿qué es el hombre? Sócrates sostiene y define siempre el ideal de una verdad objetiva, absoluta, universal, pero el único universo que conoce y al cual se refieren todas sus indagaciones es el universo del hombre. (Cassirer, 2013: 19)

El pensamiento presocrático estuvo más obsesionado por conocer desde una lógica formal, abstracta, de ahí el florecimiento de las matemáticas que los pitagóricos desarrollaron bastante. Su influencia se dejó sentir hasta la época helenística, con la entronización de la razón como su sello distintivo3, como la única llave que garantiza el acceso al intus, desde Sócrates hasta los estoicos de la tercera generación, en las postrimerías del imperio romano occidental.

Partir del conocimiento de uno mismo para acceder a todo lo demás es un principio no exclusivo del pensamiento occidental; lo podemos encontrar en casi todas las religiones del mundo, pues es un requerimiento para situar nuestra existencia en el punto de equilibrio, de armonía con los dos universos que componen la realidad del ser humano4; sin embargo, la máxima griega, acentuada por Sócrates, conlleva un sentido epistemológico. La duda acerca de ¿qué es el hombre? Es una doble guía en el conocimiento humano. Para Sócrates es necesario primero conocerse para después acceder al universo exterior:

“Hasta ahora, y siguiendo la inscripción de Delfos, no he podido conocerme a mí mismo. Me parece ridículo, por tanto, que el que no se sabe todavía, se ponga a investigar lo que ni le va ni le viene. Por ello, dejando todo eso en paz, y aceptando lo que se suele creer de ellas, no pienso, como ahora decía, ya más en esto, sino en mí mismo.” (Platón, 2008: 315) No es casual que Fedro lograra convencer a Sócrates de salir de los límites de la polis, lejos de los hombres que tanto le fascina conocer, seducido por la advertencia de leerle un discurso de un tal Lisias. Es pues, el logos, la carnada. La palabra pero como oralidad para percibir, de cara a quien las pronuncia, lo que les da vida. Ya que considera que las palabras como concepto niegan la vida misma, de ahí que se resistiera a dejar obra escrita.

Sócrates no responde nunca, categóricamente a la gran pregunta, prefiere seguir en la búsqueda, tanto como Diógenes el cínico, cuando caminaba con su lámpara en la plaza pública, a plena luz del día, mientras contestaba a quienes extrañados le inquirían ¿qué haces con esa lámpara? “busco a un hombre”.

Lo que resulta peculiar en este pensador, es que apela al diálogo, al logos vivencial, como método para conocer al hombre, pero reniega del logos escrito, de la palabra desprendida de su autor, pues considera que el ser humano habita en los laberintos de la vida real, la cual es negada en el proceso de abstracción conceptual. Para Sócrates el hombre es acción antes que meditación.

Max Scheler

Con este pensador nos encontramos en un momento de síntesis de la antropología filosófica, ya que parte de distintas disciplinas para tratar de responder a la pregunta ¿qué es el hombre? Representa a la vez, un corolario del pensamiento filosófico sobre el tema, y tabula rasa al lograr construir un nuevo camino para acceder al intus. La esencia del ser humano debe buscarse en su particularidad como especie, ya que es en la síntesis de su parte espiritual y animal lo que permite acercarnos a su universo interior. Scheler regresó la esencia humana dentro del cuerpo de las personas.

En su obra Sobre el pudor y el sentimiento de vergüenza, publicada en 1913, abrevan distintas disciplinas como la psicología, la biología, la fenomenología, para tratar de conocer el intus humano que hasta entonces ha sido inasible, escurridizo. Hegel está presente en tanto hay un devenir de la existencia, pero no espiritual, sino concreta, materializada en el ímpetu, dentro del cuerpo mismo, y no fuera de él.

Lo enunciado por Pascal adquiere concreción cuando Scheler enfatiza la esencia humana en la contradicción, sobre todo porque a diferencia del pensador francés, el autor de La idea del hombre y la historia, ubica exactamente la eterna dualidad, que compone la esencia del hombre, en el impulso sexual y el anhelo espiritual.

[…] Shopenhauer observa que la planta en general pone a la vista sus órganos sexuales de manera abierta e ingenua y como punto de culminación de su existencia, como si con ello quisiera, por decirlo de alguna manera, expresar el sentido de su existencia completamente limitado a la reproducción [Por otro lado] El pudor [en el ser humano] apunta intuitivamente hacia una subordinación de la sexualidad, a una totalidad de la vida (Scheler, 2004: 29).

El psicoanálisis de Freud le permite construir su propio método fenomenológico, pues su interés son los sujetos particulares y al mismo tiempo como especie. Logra invertir el presupuesto freudiano al sustituir la frustración del malestar en la cultura -al blanquear la tiranía del “super yo”-, por la sublimación del anhelo espiritual; sin embargo, una de las mayores debilidades de su teoría, radica en quedarse con el exceso de la sexualidad freudiana. Aunque es un buen punto de partida para explicar algunos sentimientos del hombre como el pudor y la vergüenza que constituyen ese amalgamamiento propio de la condición humana.

“Sólo mientras una claridad de conciencia limitada a los hombres esté simultáneamente ligada a la vida de un organismo de manera existencial e influya sobre los movimientos de esta vida, pude darse la condición fundamental para la esencia del pudor” (Scheler, 2004: 18). Nos dice Scheler al referirse al origen del pudor y la vergüenza, dos sentimientos innatos de los seres humanos que definen su condición. Esto quiere decir que únicamente el ser humano es capaz de sentir pudor, porque gravitan en su ser, una necesidad corporal y una pretensión espiritual. El cuerpo como obligación de avergonzarse, y el espíritu como posibilidad de hacerlo.

En esa permanente contradicción es que es factible el sentimiento de vergüenza y pudor, y es éste último precisamente lo que no sólo posibilita, sino que recubre la intimidad. Dicho de otro modo, es el pudor, el guardián mismo de la intimidad. El pudor es la puerta que separa lo que reservamos únicamente para nosotros o para unos cuantos, frente a lo que divulgamos o compartimos para todos. Por ejemplo, el pudor sexual surge de la separación de los impulsos puramente sexuales y de reproducción, de aquellos factores de elección de valor e individualización dentro de los procesos de reproducción.

Lo que significa que el ser humano tiene la necesidad corporal de reproducirse; sin embargo, alberga al mismo tiempo en su ser, un deseo de selección y de reafirmación de su yo, por lo que el pudor apunta intuitivamente hacia una subordinación de la sexualidad a una totalidad de la vida, hacia una consolidación individual, un resguardo que nos define y constituye como únicos. “La esencia del pudor es, por un lado, la vuelta del individuo sobre sí mismo y el sentimiento de una necesidad de autoprotección individual ante los demás en su conjunto” (Scheler, 2004: 55). Mientras exista pudor, habrá intimidad.

En años recientes encontramos un nuevo tipo de pudor, por lo tanto, nuevas formas de comunicar y narrar nuestro “yo” social. No es que desaparezca la intimidad como se han adelantado a profetizar algunos autores -resultado del uso de las distintas redes sociales en Internet, donde los usuarios más jóvenes comunican distintos aspectos de su vida cotidiana y de índole muy personal, respecto a usuarios de otras generaciones -, sino que nos encontramos frente a diferentes formas de expresión de la intimidad. Es momento de acercarnos al contexto actual para entender mejor la relación que aguarda entre la tecnología y el carácter de lo humano.



La nueva caja de sueños

En este breve recorrido del pensamiento occidental acerca de la duda ¿qué es el hombre? podemos observar que han existido posturas muy diversas sobre la esencia y la condición humana, incluso acerca de si aquella existe, o dónde es posible ubicarla. Todas y cada una de estas posiciones filosóficas se amalgaman y concatenan, ninguna sepulta definitivamente a una idea anterior -la “razón” no ha logrado desterrar por completo de la realidad humana el sentimiento religioso-, aunque siempre existe una que predomina o hegemoniza el pensamiento de una época. Luego entonces, cabe la duda ¿cuál es esa idea de lo humano en relación al espacio privado y la esfera pública predominante hoy en día?

En este momento, en que las redes sociales se han convertido no únicamente en medios de comunicación, sino de expresión de la propia "persona"5, resulta imperativo en primer lugar, conocer el origen, funcionamiento y alcances de lo que se denomina, las nuevas tecnologías, pero sobre todo, ubicar el sentido que las personas le otorgan en su experiencia cotidiana, para conocer cómo es que nos construimos y nos narramos en este presente invadido, saturado de una tecnología que se ha convertido en una extensión de nuestro ser.

Tenemos dos dimensiones de las tecnologías; por un lado, el contexto en que surgen, el momento histórico que demanda su aparición, que al mismo tiempo condiciona al ser humano una vez que hace aparición en la vida cotidiana; por otra parte, aquel o aquellos sueños que despierta colectivamente y de manera individual.

En medio de estas dos, se halla el uso que finalmente se le otorga, a partir de la significación; fruto de la experiencia y la expectativa. Las recientes tecnologías han venido a sustituir las grandes utopías que hasta el siglo XX acompañaron al ser humano en la senda dolorosa de la historia. Ahora pareciera que las respuestas se encontraran en la tecnología y sobre todo en la comunicación. Olvidamos que detrás de ello, debe existir una definición de lo humano.

Cada invención tecnológica6, pero sobre todo, la aparición de un nuevo medio de comunicación, responde a un anhelo humano, a una proyección del hombre, recuperar algo perdido, enterrar algo no deseado de una experiencia previa.

El mejor camino es entender qué tipo de sociedad es la que hemos construido recientemente, en contraste con el ideal de sociedad que anhelamos. El ser es un deseo, un devenir, es imposible sabernos desde una simple descripción de lo que somos; se tiene que contemplar lo que pretendemos ser, y la tecnología entra en escena, en el momento en que nos proporciona un ideal en lo que deseamos convertirnos.

De las grandes utopías a las micro tecnotopías

La primera revuelta obrera que tomó el poder, fue la comuna de París en 1871. Fue la utopía colectivista la que alentó aquella acción radical, la que los hizo estrellarse frente a una sociedad que apenas empezaba a digerir tales anhelos. La respuesta de las élites a tan osada pretensión, fue brutal. Los hicieron desfilar por las calles de París, mientras algunas ladies de la alta sociedad cogían su largo pasador del cabello para enterrárselos en los ojos de los condenados.

El escarmiento tenía que ser ejemplar para evitar semejantes acciones futuras, aunque eso no fue suficiente. El control obrero de la capital francesa duró poco más de dos meses porque los grandes ejércitos tuvieron dificultad para entrar al corazón parisino; las calles eran caóticas, sin trazos fijos, con callejones serpenteantes. Después de restablecido el "orden" burgués, tuvieron que planear y construir una gran calle que permitiera el paso directo, cómodo del ejército francés. Fue así que surge el concepto de la avenida. Este es el origen de los Campos Elíseos. Es también el anuncio de un nuevo tipo de sociedad que Michelle Foucault definirá como disciplinaria:

Es la ciudad apresurada y artificial que se construye y remodela casi a voluntad; es el lugar privilegiado de un poder que debe tener tanto mayor intensidad, pero también discreción, tanto mayor eficacia y valor preventivo cuanto que se ejerce sobre hombres armados [...] Se define exactamente la geometría de las avenidas [...] Desarróllase entonces toda una problemática: la de una arquitectura que ya no está hecha simplemente para ser vista (fausto de los palacios), o para vigilar el espacio exterior (geometría de las fortalezas), sino para permitir un control interior (Foucault, 2002: 176-177).

El mayor castigo no fue entonces el dolor aplicado, directo al cuerpo de los sublevados, sino el sistema de control, de vigilancia sigilosa que empezó a instaurarse. Esto permitió una reconfiguración del poder, en todas sus manifestaciones. Alteró por completo la vida social, la interacción humana. La modernidad delineó con claridad las fronteras que separan el espacio privado de la esfera pública. A cambio, nuestros cuerpos fueron sometidos a un rigor disciplinario, de vigilancia permanente, aunque siempre se consideró sagrada la privacidad, el sitio donde germina la intimidad. El sistema capitalista se alimenta de la eficacia en el manejo y control del tiempo, sobre todo de la dimensión pública de los individuos.

El espacio público es el mundo común hecho por el hombre, que nos permite diferenciarnos como individuos, reafirmarnos. Une y separa al mismo tiempo. La dimensión pública es condición en tanto ya ha sido construido por generaciones anteriores a la nuestra, existe per se; es posibilidad en tanto es el lugar donde culmina nuestro ser, sobre una proyección del mismo. Por lo que controlar el aspecto público de lo humano, es disciplinar también su dimensión íntima.

Para nosotros la apariencia -algo que ven y oyen otros al igual que nosotros- constituye la realidad. Comparada con la realidad que proviene de lo visto y oído, incluso las mayores fuerzas de la vida íntima -las pasiones del corazón, los pensamientos de la mente, las delicias de los sentidos- llevan una incierta y oscura existencia hasta que se transforman, desindividualizadas, como si dijéramos, en una forma adecuada para la aparición pública (Arendt, 2014: 71).

Sucede que en el actual contexto social, somos testigos de un nuevo estadio en ese esquema disciplinario que definió Foucault, quien mencionó dos esquemas de control social; en una primera fase, la separación de los leprosos del resto de los individuos sanos, después, la de la peste, basada en la cuarentena, donde el control consiste no en segregar, sino en controlar meticulosamente el tiempo y espacio de los habitantes de un lugar. En la primera, la masa enferma es una sola, en la de la segunda importa su diferenciación interna; resaltar al individuo para controlarlo mejor.

Estas formas de control social responden a sus respectivas utopías. "El exilio del leproso y la detención de la peste no llevan consigo el mismo sueño político. El uno es el de una comunidad pura, el otro el de una sociedad disciplinada." (Foucault, 2002: 202).

En ambas formas se plantea una cura, una carnada, sobre la cual se construye un sistema social que responde a un ideal humano. Se intuye que la cura exige un precio; el camino de la perfección está lleno de espinas. La nueva carnada es no sólo la realización pública de nuestro ser, sino su consumación instantánea. Las redes sociales, y en específico Facebook, es un medio que independientemente de los motivos que orillan a quienes abren una cuenta, homogeneíza el deseo de ser visto. Modifica con ello, comportamientos. El mundo sensorial es también alterado. Facebook puso al alcance de todos, la trascendencia de la vida terrena -y esta es su mayor seducción-, aunque sea desde una breve y fugaz banalidad.

Las nuevas tecnologías tuvieron su origen en la segunda Guerra Mundial, pero su desarrollo definitorio se dio en la década de los setenta del siglo pasado, con la aparición del primer microprocesador inventado por Ed Roberts en 1974. La política internacional aún estaba marcada por la Guerra Fría, aquella generación de inventores formados en la década de los sesenta -la más pletórica de sueños-, se dice que se aventuró a construir un mundo nuevo en cada una de las respuestas tecnológicas que daban, las cuales se dieron en cadena desde la aparición del Altair 8800, de Roberts.

Lo mismo sucedió con los inventores de Internet; influenciados por el anhelo libertario sesentero, crearon una red que en un inicio sirvió a intereses militares, pero que desde siempre incubó la posibilidad de empoderar a las masas. Ya con la caída del muro de Berlín, de la aparición del mundo unipolar, se sobrepusieron nuevas ficciones. La tecnología vino a sustituir aquella gran utopía colectivista. Sin darnos cuenta, la mutación del sistema capitalista nos ha llevado a una reconfiguración de nuestros aspectos más íntimos.

El éxito de las tecnotopías es que respondieron a una época de cambio; del derrumbe de una y el surgimiento de otra que encumbró el deseo individual de inmortalidad instantánea.

Capitalismo post-industrial

Desde la década de los setenta, se han anunciado atisbos de una sociedad distinta a la que se vivió durante varios siglos. Uno de los que primero anunció el arribo de la nueva era fue Daniel Bell, en su obra clásica El advenimiento de la sociedad post-industrial, donde menciona que "El concepto de sociedad post-industrial remite en primer lugar a cambios en la estructura social, a la manera como está siendo transformada la economía y remodelado el sistema de empleo y las nuevas relaciones entre teoría y la actividad empírica, en particular la ciencia y la tecnología" (Bell, 1976: 28). Casi al mismo tiempo en que empezaba a desarrollarse lo que se conoce ahora como la tercer gran revolución tecnológica, desde el microprocesador, microordenador, Internet, navegadores, redes sociales.

De forma básica, el concepto de Bell alude a una mutación del capitalismo industrial, a uno de servicios, donde el centro de la economía depende principalmente del flujo y manejo de la información. Lo anterior altera toda la vida social, trastoca la cultura, las formas de interactuar entre los individuos, lo que se traduce en nuevas maneras de significar la realidad.

Una vez anunciada la brecha que separa las dos eras en la reciente historia humana, fue verbalizado el enorme vacío que se agudizó con la caída del modelo soviético. Años más tarde, Manuel Castells terminará por definir este nuevo estadio social: capitalismo informacional. "El informacionalismo se basa en la tecnología del conocimiento y la información. Relación estrecha entre cultura y fuerzas productivas" (Castells, 2006: 44). El núcleo central de las dos primeras revoluciones industriales (siglo XVIII y siglo XIX) es la innovación en la generación, aprovechamiento y consumo de energía, a diferencia de la que se desarrolló en la década de los setenta, la cual se fundamenta en la eficiencia del flujo de información.

Ya no hay retorno, la brecha fue zanjada, el camino iniciado. Todos los países acuden voluntaria o involuntariamente hacia allá, claro, en tiempos desfasados, con distintas ventajas y diferentes resultados.

En medio de todos estos cambios vertiginosos, el crecimiento demográfico, la entronización de la cultura de masas, trajo consigo cambios en la percepción de lo humano. Es como si la sobrepoblación mundial nos sumergiera en una terrible y aplastante masa, diluyera cualquier pretensión de reivindación del "yo"; luego entonces, recurrir a la banalidad es una suerte de venganza, rebelarse ante esa asfixia masiva.

El advenimiento de un nuevo tipo de sistema económico social, ha desatado fuerzas transformadoras de incalculables consecuencias para la vida humana. Imaginemos esto, si “Henry Adams había entendido tan agudamente [que] en 1900 ningún niño podría vivir en el mismo mundo –sociológica e intelectualmente- que habían habitado sus padres y sus abuelos” (Bell, 1976: 201). Como consecuencia del enorme avance científico en el siglo XIX, ahora imaginemos los alcances de esta nueva tecnología basada en el manejo, pero sobre todo, flujo de la información.

Bibliografía

ARENDT, HANNAH, (2014), La condición humana, Paidós, Argentina-México.

BELL, DANIEL, (1988), El advenimiento de la sociedad post-industrial, Alianza Editorial, España.

CASSIRER, ERNST, (2013), Antropología filosófica, FCE, México.

CASTELLS, MANUEL, (2006), La era de la información: Economía, sociedad y cultura. La sociedad red. Vol. I, Siglo XXI, México.

FOUCAULT, MICHEL, (2002), Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Siglo XXI, México.

PLATÓN, (2008), Diálogos III: Fedón, Banquete, Fedro, Gredos, España.

RUSSEL, BERTRAND, (2009), Historia de la filosofía, RBA Coleccionables, España.

SCHELER, MAX, (2004), Sobre el pudor y el sentimiento de vergüenza, Ediciones Sígueme, España.

WOLTON, DOMINIQUE, (2000), Internet ¿Y después qué?, Gedisa, España.



XIRAU, RAMÓN, (1990), Introducción a la historia de la filosofía, UNAM, México.

1 Cualquier estudio de la comunicación que revalore su dimensión teórica, está obligado a ver más allá de los cambios tecnológicos; éstos cobran sentido cuando se acompañan de la interrogante sobre su significado en los seres humanos. Dominique Wolton menciona que: “[…] la comunicación atañe, en primer lugar, al hombre […] No sirve de nada comunicarse de un extremo al otro del mundo, si una visión del hombre y de la sociedad no orienta las proezas técnicas.” (Wolton, 2000: 25).

2 La primera parte de este trabajo es un recuento filosófico de la autognosis, ya que en la forma de conocernos, es como nos construimos, nos narramos. La intimidad es un concepto que exige profundidad. A la pregunta ¿qué es el hombre? le suceden y le anteceden otras interrogantes epistemológicas. Esto nos lleva al conocimiento de los dos universos (el interior y exterior) de los que se compone la realidad humana. Y es este paralelismo el que vertebra buena parte de esta ponencia.

3 Hoy existe un mayor consenso respecto a que el conocimiento que indaga en el universo exterior, objetivo, material, está sujeto a leyes accesibles por medio de explicaciones causales, mientras que el conocimiento del universo interior es posible por medio de la intuición, del significado y de los símbolos que el mismo ser humano construye y atribuye, pero no siempre fue así. Para los filósofos de la Grecia antigua, la guía en esa búsqueda interna y externa es la razón, el logos.

4 El ser humano no ha hecho más que buscarse así mismo e indagar en la materia que lo rodea. En ocasiones, cuando el método es replanteado, cuando surge un descubrimiento o es sustituido un paradigma por uno nuevo, ya sea para acceder al universo exterior o interior, los cambios en uno, afectan al otro. También han existido intentos por conciliarlos, por imponer uno sobre otro, igualmente alejarlos, contraponerlos.

5 Este concepto es utilizado desde la tradición del interaccionismo simbólico que desarrolló Erving Goffman en su libro La presentación de la persona en la vida cotidiana.

6 Se dice que el primer gran invento tecnológico que propició el desarrollo del pensamiento occidental fue la creación del alfabeto, alrededor del 700 a. C. en la Grecia antigua. (Castells, 2006) Separar la palabra de su autor, hacerla concepto; abstraer la realidad, dejarla perenne; abrir un diálogo entre distintas generaciones, acumular el conocimiento. La estructura base del alfabeto era fenicio, los griegos le sumaron las vocales e hicieron con ese invento tecnológico la perfecta morada de toda la filosofía que hasta el día de hoy germina. Había claro, las condiciones sociales para que esa nueva tecnología prosperara.

Luego entonces, la tecnología responde a una época, a un contexto que reclama y propicia la invención. No es mera ocurrencia o fruto de una genialidad individual, azarosa. En el caso griego, el ática era muy poco fértil; la navegación se convirtió en el medio de subsistencia predilecto, lo que provocó mayor contacto con otras culturas. Más tarde, su triunfo contra el imperio persa les granjeó una supremacía marítima y las condiciones para el desarrollo de un sistema político paradigmático desde entonces: la democracia.



El desarrollo tecnológico se encuentra ligado a la naturaleza del Leviatán en turno. La primera revolución industrial (siglo XVIII) resulta inexplicable sin considerar la política de Estado que emprendió la reina Isabel en Inglaterra, frente a la acumulación de riqueza que los españoles lograron por la explotación del continente americano. Existe una estrecha relación entre Estado, sociedad y tecnología. Muchas veces creemos que el surgimiento de nuevas tecnologías trae consigo cambios automáticos, sin reparar en aquello que demandó su invención, o incluso su aplicación en la vida cotidiana. Hablar de cambio tecnológico obliga discutir el sentido de una realidad social que reclama ruptura o por lo menos metamorfosis. "No ha sido la imprenta la que por sí misma ha cambiado Europa, sino el vínculo entre la imprenta y el profundo movimiento de reconocimiento ejercido por la iglesia católica. Es la Reforma la que ha dado el sentido a la imprenta, y no la imprenta la que ha permitido la Reforma." (Wolton, 2000: 39).

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