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Aula de Cultura ABC

Fundación Vocento


  1. Miércoles, 22 de abril de 2009


“Las fronteras del desamor. Relaciones familiares en la sociedad actual“
Dña. Laura Rojas-Marcos

Psicóloga, Universidad de Nueva York

Hoy vamos a hablar de la familia y de cómo sus dinámicas influyen en nuestra manera de ser y en cómo afrontamos los cambios de la vida. Si nos preguntamos cual es nuestro origen, podemos decir que todo empieza en la familia. La familia ha sido y es la unidad básica de la organización de la estructura social de la humanidad. Es un organismo del que todos formamos parte, la base de nuestra sociedad.

La familia está compuesta por la familia extensa, que comprende a todos aquellos miembros como los abuelos, los primos, los tíos, los cuñados, las nueras… y por otro lado, está el núcleo familiar.

Cuando hablamos del núcleo familiar nos referimos los padres y los hijos. En nuestra cultura, en España, cuando hablamos de la familia nos referimos sobre todo a nuestra familia extensa. En cambio, en otras culturas como Estados Unidos, la familia se centra más en el núcleo familiar. Es decir en los padres y los hijos. Sin embargo, para muchas personas, yo incluida, la familia también son los amigos.

A lo largo del ciclo vital pasamos por infinidades de cambios. Cambios y crisis que a veces nos producen sufrimiento. Probablemente estén de acuerdo conmigo en que las crisis generalmente las vivimos muy mal. Sufrimos. Sin embargo, según los orientales las son una oportunidad para cambiar, para aprender. Hoy día, en nuestra sociedad, en el mundo entero, estamos viviendo un momento de crisis económica y todos lo estamos pasando mal. Estamos todos preocupados: ¿qué va a ocurrir? Nos invade una gran sensación de incertidumbre produciéndonos estrés y angustia.

Todas las crisis y todos los cambios, dependiendo del tipo que sean nos afectan emocionalmente. Nos desestabilizan, nos producen una ambivalencia emocional, donde nos urgen sentimientos encontrados, donde a veces queremos pero no queremos. Como resultado a menudo nos volvemos irascibles, produciendo conflictos en la familia, con los amigos o en el trabajo. También en ocasiones las crisis nos producen tristeza, nos desanimamos, nos sentimos frustrados porque no tenemos lo que queremos. A veces, nos aislamos sobre todo después de sufrir una pérdida como una ruptura o después de perder el trabajo. A veces nos aislamos porque nos cuesta trabajo hablar de nuestros propios sentimientos y entonces desconectamos de aquellas personas que son tan importantes para nosotros. Pero es justamente en esos momentos de crisis, donde más cerca debemos de estar de aquellas personas que queremos y que sabemos que nos quieren.

Todos los que estamos aquí, formamos parte de una familia y como tal seguimos un modelo de familia. Hay muchas razones por las que se vive una crisis familiar, pero por el tiempo que tenemos pensé que sería interesante enfocarme en tres puntos importantes. El primero es después del nacimiento de un hijo; es cuando se produce un gran cambio. En segundo lugar, es cuando los hijos se van de casa; lo denominado: emancipación. En la actualidad se habla mucho de esa emancipación de los hijos, de ese momento cuando se marchan de casa pero hablando con algunos compañeros de profesión también hemos observados que a veces los padres también se quieren emancipar de los hijos; quieren que sus hijos salgan del nido y se desarrollen y crezcan y sean autónomos y que se ganen la vida. Algunos expertos consideran que no es positivo para el desarrollo de un adulto que se evite dicha emancipación. Y, en tercer lugar, consideré importante hablar sobre la separación: la separación de la pareja. La ruptura de la pareja no sólo produce una desestabilización y crea mucha inseguridad en los hijos, sino que se sufre mucho. Tanto los padres como los hijos, como la familia extensa y como los amigos. Todos, siempre que hay una separación en una familia, todos sus miembros salen perjudicados; todos sufren; todos; no solamente la pareja, y esto e muy importante a tener en cuenta.

Cuando hablamos de la llegada de un hijo, ante todo es un momento muy especial, sobre todo, hoy día que generalmente los hijos que llegan al mundo suelen ser niños queridos. Queremos a nuestros hijos, queremos a nuestros nietos, pero a esa alegría también le acompaña un estrés; el no dormir, el estar cansado todo el día, el no poder ir a trabajar, las discusiones, quién se levanta en mitad de la noche para darle de comer, quién le va a coger porque no para de llorar, o porque tiene cólico. Con la llegada de un hijo surge un cambio. Con la llegada de un tercer miembro en la familia, hay una alteración química, y esa alteración química hace que haya una serie de cambios en las dinámicas familiares; en las relaciones de pareja. No olvidemos que cuando un hijo llega al mundo requieren mucho tiempo, atención, y muchísimos cuidados. No pocas veces, los padres se convierten en padres y dejan de ser hombre y mujer, dejan de ser una pareja, o por lo menos eso sienten algunos y es en esos momentos que surgen los conflictos.

A menudo he visto como unos padres que han estado volcados durante años en sus hijos, que sin duda han sido unos padres estupendos, se encuentran que cuando los hijos se marchan del hogar familiar, cuando emancipan, extrañan a sus compañeros de vida. No les reconoce y esto es porque dejaron atrás el concepto de pareja, es decir, en algún momento dejaron de dedicar tiempo para ellos mismos como pareja. Como psicólogo les digo a mis pacientes que es muy importante que los padres no dejen de ser tampoco marido y mujer. La responsabilidad principal de unos padres es dar cariño, afecto, estimular y el proteger a los hijos. El cariño, o sea, afecto, es fundamental así como estimular para que todas las conexiones del sistema nervioso y las neuronas se desarrollen correctamente. Igualmente de importante es el contacto físico y la comunicación, para que aprenda a hablar, a andar, para que aprenda a desarrollar sus habilidades sociales, la coordinación motora entre lo que ven, y lo que quieren. Asimismo es muy importante el apego, el vínculo emocional entre los padres y los hijos. Muchas veces los psicólogos definimos a una persona como apegada o despegada. Es decir, cuando una persona es distante o cercana.

Evidentemente, todos nacemos con una personalidad que se va formando a lo largo de los años pero el apego es uno de los principales factores que necesitamos para tener un desarrollo adecuado en cuanto a nuestra autoestima. ¿Cómo nos percibimos a nosotros mismos?, ¿cómo percibimos a los demás?, ¿cómo nos vamos a relacionar con las personas de nuestra familia, con nuestros amigos? Y, dentro del apego, hay tres tipos básicos.

Seguramente habrán visto alguna vez a ese niño pequeño que se siente seguro; ese niño que cuando los papas se van a trabajar no llora, se siente bien, no le importa estar con personas extrañas y es cariñoso; eso es lo que llamamos los psicólogos el apego seguro. Después está el apego ansioso ambivalente; el niño que se caracteriza por tener un apego ansioso ambivalente es el que después de la separación, surge un alto nivel de ansiedad y llora. Una vez separado de los padres, cuando éstos vuelven a acercarse, el niño los rechaza. Y después está el tercer apego, el evitativo. El niño con un apego evitativo lo pasan muy mal al principio de la separación, pero después lo que quieren es estar es con personas extrañas. Este niño quiere estar con alguien que no conoce absolutamente de nada, es con quien se siente cómodo.

Los niños con el paso del tiempo pasan a la adolescencia. Para la mayoría de los niños y las niñas la adolescencia es una etapa dura. Para muchos los cambios físicos producen inseguridad y no se encuentran muy bien consigo mismo, con su cuerpo. Por un lado quieren y necesitan a sus padres, pero, después, tampoco quieren estar con ellos porque no se sienten comprendidos. Una vez que pasa la adolescencia, el adulto joven, lo que se consideraría dentro de los veintitantos años, llega un momento en el normalmente desea independizarse de los padres y se emancipa. Es decir, se marcha de casa. Las razones pueden ser diversas, como por ejemplo por los estudios; o a lo mejor por trabajo, o a lo mejor porque contrae el matrimonio y, entonces, a menudo surge una crisis familiar al cambiar la dinámica familiar. El papel que tienen los padres y los hijos y la relación entre ellos y de comunicación cambia y eso a veces produce una crisis de identidad, tanto en los hijos, pero sobre todo en los padres y en las madres. En éstas ocurre muchísimo, sobre todo, cuando las madres han sido las cuidadoras principales de los hijos.

Cuando de pronto el hijo se va de casa a menudo algunos padres sienten una sensación de vacío. Es lo que llamamos los psicólogos el síndrome del nido vacío porque da la sensación de que ese nido se ha quedado vacío y, entonces, se preguntan a sí mismos: ¿cuál es mi papel?, ¿qué es lo que tengo que hacer?, ¿qué quieren hacer? Y se ven obligados a rehacer sus vidas. Tienen que buscar una nueva identidad. En algunas ocasiones llegan a resentir dicho cambio y se resisten a ello. Incluso a veces llegan a resentir a sus hijos por marcharse y producirles este sentimiento de vacío, lo que a veces les lleva a hacer chantaje emocional y a culpar a sus hijos de su condición. Algunos hijos se sienten culpables cuando se van, ¿cómo voy a dejar a mi madre?, ¿ahora qué va a pensar, ahora qué va a decir?, ¡eso no lo puedo hacer! Evidentemente es muy importante, que la relación entre los padres y los hijos sea una relación cercana, cálida, donde haya una buena comunicación. Pero sobre todo que los padres permitan también que los hijos se puedan desarrollar y que ser autónomos emocionalmente como a lo largo de la vida.

Dentro de las crisis familiares también está la crisis causados por la separación de la pareja o de los padres. Hoy día, lamentablemente, encontramos en tantísimas familias un porcentaje muy alto de separaciones. A menudo surgen discusiones y conflictos por temas de dinero y, luego, también por temas relacionados con los hijos. A veces, los padres están tan dolidos que no se dan cuentan, del efecto que ello tiene en los hijos y los abandonan emocionalmente. Los padres están tan enfocados y concentrados en la pelea y en cómo van a arreglar o encontrar una solución, que los hijos se quedan a un lado.

Cuando se sufre una separación a menudo nos deprimimos. Nos encontramos literalmente dedicando una gran cantidad de energía tremenda a poder levantarnos por la mañana, poder ir a trabajar, atender a los hijos y después al día siguiente volver a hacer lo mismo. Nos preguntamos ¿cómo puedo solucionar esto con mi mujer?, ¿cómo puedo solucionar esto con mi marido?, ¿cómo podemos llegar a un acuerdo? La energía que se dedica, a veces energía negativa, puede llegar a ser muy destructiva, pero claro, forma parte de esos cambios y de esos desencuentros familiares. A veces nos encontramos, como la imagen de la contorsionista que tenemos en esta diapositiva, prácticamente rompiéndonos la espalda por intentar mejorar una situación. Pero la mayoría no somos contorsionistas y al final acabamos en ocasiones perjudicándonos.

Otro de los factores que llevan al conflicto durante las separaciones es el factor económico. Y claro ante una separación muchas parejas se quedan sin dinero porque antes iba todo para todos, y después de la separación hay que dividirlo. Quién se queda con los niños y con la casa y quién pasa la pensión es uno de los temas que mayor conflicto durante una ruptura. Y, por supuesto, encontramos igualmente la comunicación distorsionada. En ocasiones, cuando estamos en plena crisis, cuando estamos sufriendo distorsionamos nuestra realidad y lo que realmente está ocurriendo. Es habitual que surjan los malos entendidos, los mensajes con segundas y evitamos transmitir exactamente lo que queremos decir empeorando la situación.

La sensación de dolor, de aislamiento, de soledad, y sobre todo, el sentimiento de vacío, que experimentan las personas que vienen a mi consulta puede llevar a alguien a padecer una depresión. Tras una ruptura se vive un gran sentimiento de vacío. Cuando vemos a nuestros familiares pasar por eso; a un hijo, una hija, a un hermano sufrimos por ellos. Pasar por eso es un desgarro, siempre les comento, tanto a mis pacientes como a mis amigos, como a los cuidadores, que lo más importante es tener tiempo para uno mismo para poder reflexionar sobre lo ocurrido. En cambio para los testigos de una separación es importante ser cariñoso y escuchar al que sufre, porque a lo mejor no podemos solucionar el problema, pero lo que sí podemos aportar es cariño, entendimiento, empatía y, bueno, un hombro en el que desahogarse.

El sentimiento de soledad puede llegar a ser devastador. Después de una ruptura a menudo las personas sienten que no se van a recuperar y dicen: “no me voy a volver a enamorar nunca”. Sin embargo, he sido testigo de cómo después de una ruptura uno puede superar el dolor. Pienso que las mujeres que se han enamorado, aunque sea una sola vez, puede volver a enamorarse otra vez. A lo mejor no nos enamoramos muchas veces a lo largo de la vida, pero la posibilidad de poder rehacer nuestra vida, existe; y aunque temporalmente perdamos la esperanza, no olvidemos que ello forma parte del proceso; pero al final la gran mayoría de las personas se recuperan. Si nos hemos enamorado una vez, podemos volver a enamorarnos, por lo que, si conocen a alguien, si tienen alguna nieta, un hijo, una hija, cualquier familiar o amigo, que diga “me he separado y ya mi vida se acaba aquí”, decidle que no es verdad; y, además, está totalmente demostrado, que la vida no termina después de una separación, al igual que tampoco se termina después de que los hijos se vayan de casa. Seamos optimistas, después de un cambio surge la oportunidad. La oportunidad de hacer cosas que a lo mejor en el pasado no se pudieron hacer.

Yo, siempre he pensado que la familia es como el sistema solar. Como podemos ver en esta diapositiva, el sol representa a los padres y los hijos están representados por los planetas. Ante una separación, es como si el sol se dividiera en dos, pero los planetas siguen ahí. Como resultado se crean dos sistemas solares como podemos ver en esta otra diapositiva. En este caso tenemos un Sol que es el madre, y otro Sol que es el padre y los planetas que giran entorno a ellos lo comparten. No sé si recuerdan cuando estudiaban en la escuela, los conjuntos. Aquí encontramos un sistema y aquí otro sistema, pero los hijos se pueden compartir, y no por ello, no porque haya dos soles va haber menos luz, ni menos calor, ni menos cariño. Eso, sí, lo que no puede ser, que es muy destructivo, es mantenerse unidos pero en continuas peleas y discusiones. Es mejor separarse, porque aquello sí que puede hacer que la luz y el calor de la familia desaparezca.

Ahora, siempre es importante saber que dentro del proceso de recuperación hay unos ingredientes para superar las dificultades. Éstos nos ayudan a superar los momentos de crisis, y son: el tiempo y el apoyo. Sin tiempo y apoyo la cosa se va a hacer muy cuesta arriba. El tiempo, sobre todo, no es sólo dejar pasar el tiempo, quedarse viendo la televisión un día tras otro, no; es hacer algo con el tiempo, debemos preguntarnos cómo vamos a llenar nuestro tiempo.

Tomar la iniciativa nos aporta un sentimiento de control. Si yo tengo control de mi vida, voy a rellenar mi tiempo en estos momentos difíciles como yo mejor crea para yo sentirme mejor ante una crisis y, poco a poco, pues eso también va alimentar nuestra autoestima. El sentirnos bien y sentir sobre todo que lo que yo me proponga lo puedo conseguir es fundamental para poder superar una dificultad. Luego, por otro lado, está el apoyo, ese cariño, esa ternura que uno puede recibir tanto de la familia, de los amigos, de los compañeros de trabajo. Sin el apoyo se hace la cosa muy cuesta arriba y muy difícil.

Otro de los ingredientes fundamentales para poder superar la crisis es el optimismo, el ser positivo y, a veces, incluso en los peores momentos; al mal tiempo buena cara. ¿Por qué? Seguramente algunos de los que están aquí conocen una terapia que se llaman risoterapia, la terapia de la risa, donde uno provoca la risa para encontrarse mejor. Al principio en risoterapia uno fuerza la risa, pero llega un momento que si ustedes hacen el esfuerzo de reírse llegara un momento en que se reirán y eso produce muchísimas endorfinas y las endorfinas son esas hormonas que hacen que nos sintamos bien. Entonces, por eso es tan bueno reírse y a veces en los peores momentos. Si hacemos un esfuerzo por alimentar nuestro sentido del humor y la risa o coger alguna clase de risoterapia, les aseguro que van a salir sintiéndose maravillosamente. Ser optimista incluye ser positivo y visualizar un futuro mejor. En los momentos difíciles nos cuesta mucho imaginarnos que vamos a tener un futuro mejor. Pero si nos esforzamos, podemos conseguirlo.

Hoy día, lamentablemente, muchísima gente está perdiendo el trabajo. El problema, sobre todo, en perder el trabajo es cómo afecta económicamente a la familia así como a la dinámica familiar. Pero, en cuanto al estado de ánimo, si somos optimistas y pensamos que “si yo me esfuerzo encontraré algo”, nuestra actitud ayudará a sobrellevar mejor la situación.

Otro de los ingredientes fundamentales para superar las dificultades son tres factores importantes con los que trabajamos muchísimo los psicólogos, que son, en primer lugar, adaptarse a los cambios, es decir, tener la capacidad para adaptarse a los cambios. Igualmente es importante la flexibilidad; los orientales, no me acuerdo muy bien del dicho, pero decían que antes de ser una roca o una piedra era mejor ser el agua, porque el agua no solamente se adapta a todo, sino que, al final, acaba erosionando, incluso hasta la piedra más dura. Por lo que ser de alguna manera amoldable es positivo ya nos va a ayudar mucho a superar los momentos difíciles. Y, en tercer lugar, lo que se llama la resiliencia, que es un término nuevo, que todavía no está en el Diccionario de la Real Academia Española. Resiliente es una palabra que se utiliza muchísimo en el mundo anglosajón; es la persona que tiene la capacidad de superar los momentos difíciles y salir más fuerte. Superar la adversidad con un buen aprendizaje, con más seguridad después de un momento difícil. La resiliencia es una de mis palabras favoritas, y me parece que es muy poderosa. Es positiva y a veces, incluso, cuando yo paso por malos momentos, pues intento ser resiliente. Digo, “ahora lo estoy pasando mal, estoy sufriendo, esto me está costando trabajo, pero de esto voy aprender y voy a intentar sacar algo positivo”.

Dentro de los cambios es muy importante la comunicación, el tener la capacidad para comunicar nuestros sentimientos y nuestras emociones. Durante una crisis o un conflicto, a veces no nos comunicamos adecuadamente; muchas veces en las terapias de pareja encuentro como una pareja que se pone a discutir ambos hablan a la vez. En ocasiones se insultan y queda claro que no se pueden soportar mutuamente; y yo pienso: “fueron dos personas que se amaron, que se quisieron muchísimo, que han tenido dos o tres hijos, que se han pasado 20 años juntos y ahora están aquí, que no solamente no se escuchan, no se comunican, se atacan, con un odio terrible sino que además intentan hacerse daño mutuamente”.

Una de las reglas principales que aplicamos los terapeutas es que no se puede atacar al otro, ni se puede acusar, ni insultar, porque en el momento que pasamos al insulto y a la falta de respeto no se llega a ningún lado, y por supuesto ni gritando ni insultando vamos a hacer que la otra persona nos escuche. ¿Y qué hace falta para una comunicación positiva? Ante todo, tener una escucha activa, respetar al otro y evitar la manipulación. Muchas personas intentan manipular haciendo lo que se llama chantaje emocional; de hecho les recomiendo hay un libro fantástico de la terapeuta Susan Forward, que se llama Chantaje emocional. Es un libro divulgativo, maravilloso, que pone en palabras muchas de esas dinámicas de chantaje que a veces utilizamos nosotros mismos; y de las que a veces somos víctimas.

Para una buena comunicación es muy importante que no haya chantaje emocional así como que la crítica sea constructiva. La crítica constructiva nos ayuda a mejorar, alimenta y mejora nuestra autoestima. El que nos critiquen para hacernos sentirnos pequeñitos no nos sirve de nada; sólo va a alimentar complejos, sentimientos de inseguridad, y, por supuesto, resentimiento.

Para una buena comunicación, es necesaria la empatía; tener la capacidad de ponerse en el lugar de otra persona es fundamental. No hace falta haber pasado la misma experiencia que otra persona para poder tener empatía. Los psicólogos trabajamos mucho con la empatía; intentamos ponernos en el lugar de la otra persona, pero manteniendo una cierta distancia. Yo utilizo esos sentimientos para poder ayudar a la otra persona, para poder entender cómo se siente, pero no necesito haber pasado por una mala experiencia para poder entenderla. La empatía se puede enseñar; y hay que enseñárselo a los niños durante la etapa de desarrollo. Ya que lo contrario puede llevar a lo que desgraciadamente estamos viendo en la actualidad llamado bullying.

El bullying es un tipo de maltrato psicológico y físico que a menudo ocurre en los centros escolares. Una de las maneras de prevenir el bulling es alimentando la empatía. Todos los niños en un momento dado pueden ser crueles, pero es a través de la empatía que los niños aprenden a ponerse en el lugar de las otras personas y con ello a intentar también entender otros puntos de vista. No olvidemos que durante una discusión, se pueden tener puntos de vista distintos. Yo puedo intentar entender su punto de vista y el otro entender mi punto de vista, pero no hace falta llegar al insulto y la falta de respeto al no llegar a un acuerdo.

Como anécdota, les comento que cuando estaba haciendo la carrera de psicología en Estados Unidos, tenía un profesor maravilloso que hizo un ejercicio con la clase para poder explicar el concepto de tener puntos de vista diferentes. En aquel momento éramos 20 alumnos y dividió la clase en cuatro grupos. Al ser una clase cuadrada puso en cada esquina un grupo de cinco personas. A continuación colocó una silla que estaba pintada en diferentes colores en el centro de la clase. Después nos pidió a cada grupo que describiéramos la parte de la silla que estábamos viendo. En el grupo en el que yo me encontraba veíamos un ángulo de la silla que era rojiza, mientras que los compañeros que estaban justo en la esquina opuesta veían la misma silla pero de color amarillo. Cuando explicábamos lo que veíamos y cuál era las sensaciones que teníamos sobre la silla, estamos todos hablando de la misma silla, hablábamos de la misma cosa pero tenemos una manera diferente de verlo. Todas las percepciones eran reales pero desde un punto de vista diferente. El profesor nos enseñó de forma práctica lo que significa tener distintos puntos de vista sobre una misma cosa; y con este ejemplo podemos deducir que cuando hablamos de un tema que nos preocupa, cuando hablamos de las cosas que nos preocupan, de nuestras emociones, es muy importante que respetemos la idea del otro, porque a lo mejor no está del todo incorrecto, las verdades son siempre a medias.

Y, finalmente uno de los últimos ingredientes fundamentales y necesarios para afrontar las crisis y las adversidades es la paciencia. La paciencia es virtud de los dioses y la madre de la ciencia. Todos podemos desarrollar y educar nuestra paciencia, pero no siempre tenemos la misma paciencia. ¿Dónde llevamos la paciencia? Hay gente que dice “es que la paciencia es como si la llevara en una maleta”, otros la llevan en un saco, otros la llevan en una bolsa; y cuando lo estamos pasando mal, tenemos poca paciencia, cuando tenemos poca paciencia somos poco tolerantes. Cuando tenemos poca paciencia nos cuesta mucho trabajo escuchar, nos cuesta trabajo empatizar con otras personas, nos cuesta trabajar, incluso, ser amables con nosotros mismos. Cuando lo estamos pasando mal a veces nos castigamos demasiado, y se lo digo como psicólogo, lo veo todos los días: “si yo hubiera podido hacer”. A veces somos más amables con los demás que con nosotros mismos; y está muy bien ser amable con los demás, pero podemos también serlo con nosotros mismos. Cuando lo estamos pasando mal, cuando estamos en una crisis, si no somos amables y aceptamos que sencillamente estamos pasando por un mal momento, y que a lo mejor no puedo dar 100 por 100, pues va a ser difícil tener paciencia.



Porque hay veces, en los momentos muy, muy duros, que la paciencia desaparece y ahí es donde viene el caos. Entonces, es muy importante que cuidemos nuestra paciencia. No olvidemos que nacemos, aprendemos y nos hacemos, pero lo más importante de todo esto es no olvidar de qué aprendemos. Aprendemos de nuestras experiencias, tanto de las positivas como las negativas. De las negativas podemos aprender muchísimo; a veces, dice ese refrán que uno aprende más de los palos duros, pues yo soy partidaria de que también hay que aprender de las experiencias positivas. Esas son las que nos hacen más fuerte y a veces de las experiencias negativas tenemos que usar un poquito de la resilencia; poner de nuestra parte para aprender de esos momentos difíciles para que cuando ocurran en un futuro, si vuelven a ocurrir si no mejor, podemos sobrellevar esos momentos difíciles de la mejor manera posible.

Y eso también es muy importante enseñárselo a nuestros hijos para que puedan ser autosuficientes el día de mañana y valerse por sí mismos. Para que tengas relaciones saludables y no entren en ciclos destructivos o por miedo a quedarse solos, como dice ese refrán, es mejor estar solo que mal acompañado. Entonces, es muy importante construir y alimentar las buenas relaciones. Como encontré en el maravilloso libro El arte de amar, de Erich Fromm: “El ansia de relación es el deseo más poderoso del hombre y la mujer; es la pasión fundamental, la fuerza que aglutina la especie humana al clan, a la familia y a la sociedad. La solución total de la existencia es la unión entre las personas, la fusión con otro ser, el amor”. Así que ya sabemos mucho del amor.


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