Arturo jauretche el medio pelo


DESARRAIGO DE LA CLASE ALTA



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DESARRAIGO DE LA CLASE ALTA




EL "AUSENTISMO" DE LA ALTA CLASE
Se ha visto que el nuevo siglo, encontró en el mismo grupo a la alta clase porteña y las figuras provincianas del roquismo. Había terminado también el "luto social" impuesto a las familias rosistas recalcitrantes.

La Argentina entraba triunfalmente en el mercado mundial y se abandonaba la pretensión de una economía integrada nacionalmente, de más largo alcance, pero inconvenientes para la prosperidad inmediata. La política manchesteriana estaba acreditando su eficacia en los bolsillos de los propietarios de la tierra y aun en los de muchos inmigrantes.

La conquista del desierto, los ferrocarriles, la inmigración, el alambrado, el Registro de la Propiedad, el mejoramiento de las razas y, enseguida, el frigorífico, realizaban de hecho el unitarismo, concentrando en el litoral y en sus grupos afincados, todo el destino de la República, en una estratificación social que garantizaba —por el poblamiento por gringos— la perdurabilidad del sistema sin el riesgo de la "chusma incivil" de que hablaba Sarmiento.

Para los propietarios de la tierra estábamos en Jauja y ésa era también Jauja para muchos en la ola inmigratoria.

Esa Jauja de la alta clase, hija de la divisa fuerte, permitió un ausentismo casi permanente de gran parte de la misma, que vivía más en Europa que en su propio país; allí educaron sus hijos y entroncaron con algunas ramas de la nobleza europea, y allí las niñas porteñas disputaron los títulos a las hijas de los Vanderbilt o los Morgan.

Del "rastacuero" de los primeros viajes pasamos al retiramiento de los salones de París; refinamiento que se traslada luego a Buenos Aires y de cuya existencia dan testimonio los lujosos palacios a la francesa del barrio Norte, hoy en trance de demolición, pero de los cuales bastan como testigos de época las residencias Anchorena y Paz, que subsisten como bienes del Estado (Ministerio de Relaciones Exteriores y Círculo Militar) en la plaza San Martín. Los amoblamientos y decoraciones y la increíble importación de objetos de arte que permite que hoy Buenos Aires sea un importante proveedor en los remates de Sotheby.

La colonia argentina en París tiene una significación especial y Buenos Aires adquiere de reflejo la importancia que ahora ha perdido y que nuestros comentaristas económicos atribuyen a una decadencia, cuando es el producto de un mejor equilibrio de su sociedad1.

Todo el pensamiento liberal, toda la enseñanza, todos los medios culturales tienden a lo mismo: desamericanizar el país —"este es un país blanco"— desvinculándolo además de lo español y afirmándolo en la doble línea en que lo estético es francés y lo económico británico.

Si el estilo de los palacios y los modos de los salones se afrancesaban vertiginosamente con la introducción de “cultura” por millones y millones de pesos, las misses y mademoiselles se encargaban de la educación de los niños, completada en los high schools y en los colegios religiosos de categoría –una letra sacre-coeur es imprescindible para las mujeres— e integrada después en Eton y Oxford, en muchos casos, para obtener el gentleman, o en el internado francés o suizo para lograr la madame que asombraría a la abuela porteña convertida en gran mère y al padre o al abuelo transformado en dady.

La palabra argentino, en Europa, era un “sésamo ábrete”. No había llegado todavía el turismo en serie de las clases modestas ni exportábamos la “picaresca porteña” que se fue tras el prestigio del tango. Excepcionalmente merodeaba por Europa algún artista pobre, pero escritores o pintores se acomodaban en general, en los consulados y cargo de la diplomacia o gozaban de becas (con 500 pesos argentinos hubo quien tuvo a la vez atelier en Florencia y en París).

La gama de los “metecos” argentinos era muy amplia, desde los “guarangos” que daban los primeros pasos en el mundo europeo y los snobs que cumplían su momento de tilinguería, a los que ya se estabilizaban en las buenas maneras de la sociedad europea. Pero lo mismo para romper unos espejos en la Bute Montmartre o en Place Clichy e indemnizar, comprar un cuadro a un marchand, un vestido en Faubourg Saint Honoré, una joya en Place Vendôme o firmar una adición en Maxim´s, la palabra argentino bastaba. Una anciana dama exiliada hoy en Buenos Aires por la caída de la divisa, cuenta:

Cuando vivíamos en Europa, yo creía que llevar dinero era un signo de pobreza; nosotros no lo usábamos, pues firmábamos siempre; en Niza o en Carlsbad, en París o en Londres. Ni los taxis pagábamos porque lo hacían los conserjes.

¡Magníficos tiempos que añora la dama!... ¡y también los conserjes!

Si el inglés era el lenguaje de los negocios, el francés era el lenguaje del espíritu y el placer, porque París era a la vez la Atenas y la Síbaris2.

Los ricos argentinos con la divisa fuerte contaban entre los ricos del mundo; ellos dieron la imagen internacional que la alta clase asimilaba confundiendo su propia riqueza con la del país —la concentración en sus manos de toda la capacidad de consumo superfluo—es una idea parecida a la que pudo tener el maharajá de la India o el sheik árabe, que encontraban de paso en ese mundo internacional que constituye la clientela de los grandes hoteles, estaciones termales y balnearios europeos, y que identificaba casi como una nacionalidad a estancieros argentinos, banqueros e industriales norteamericanos o fazendeiros brasileños, barones letones, príncipes rusos, con artistas, jugadores y aventureros: un abigarrado conjunto en que el volumen de la pour boire establecía las jerarquías, a ojo de conserje.

Era el apogeo de la belle époque y Buenos Aires realizaba, en el Teatro Colón, en la Ópera y el Odeón, en la importación de amantes franceses, juntamente con muebles, porcelanas, marfiles pinturas, esculturas, un remedo parisino; y uno británico en las grandes tardes de Palermo, su Ascot, con la presencia de "colores", cuidadores y jockeys que alternaban entre los hipódromos del Río de la Plata y las pistas europeas. (Domingo Torterolo lucía los colores de don Saturnino Unzué lo mismo en Palermo que en Deauville o Longchamps).

Era una forma de prestigio internacional que aun añora mucha gente a quienes repugna ese otro que trajeron los Firpos, Suárez, Pascualito Pérez, Accavallos, Fangios y los equipos de fútbol de carácter populachero y que sólo ha llegado a compensar en parte el éxito del polo argentino3.

De reflejo, aun la misma parte de la alta clase que no practicaba ese ausentismo habitual, iba adquiriendo el tono europeo correspondiente y alejándose del país real, el que iba quedando atrás: el de cepa criolla, y el nuevo que surgía con la fuerte impronta del inmigrante.

Como consecuencia de la ideología que se practicaba como dogma, la idea de la grandeza era puramente crematística, se vinculaba a las cifras de las exportaciones e importaciones, considerando la riqueza en términos de intercambio y no de producción y consumo general; correspondía una imagen estática de las clases cuya única movilidad concebible consistía en el triunfo individual de los nuevos en el comercio de campaña y la especulación en tierras.

Las características de permeabilidad de la alta clase subsistían, y vencida una leve resistencia, los Devoto y los Soldati, eran admitidos como lo habían sido poco antes los Santamarina o los Pereda, y lo son hoy los Fano. Pero ahora la incorporación de la alta burguesía tenía que hacerse por las puertas de la Sociedad Rural, no por el mostrador o la industria; ya se había olvidado definitivamente el origen comercial de la alta sociedad porteña: se entraba a la "sociedad" como en la "exposición", llevando el toro del cabestro.




EFECTO POLÍTICO DEL DESARRAIGO

La alta sociedad se fue aislando de la vida cívica. La jefatura de los partidos conservadores salió de las figuras tradicionales y los grandes apellidos sólo se prestaban ocasionalmente como bandera, pasando su dirección a rangos más bajos y aun a caudillos de barrio o de pueblo, y su representación a jóvenes de las otras clases, preferentemente de provincias, promovidos por su talento como intérpretes eficaces. También se desvinculó de la milicia, donde sólo por excepción aparecían sus apellidos, pues se la consideraba peyorativamente hasta por los propios descendientes de quienes se habían elevado por el camino de la espada, y preferían ahora la imagen del landlord, y aun la del gentleman farmer, a la del soldado.

Aislada la alta sociedad del resto del país fue completando su desconocimiento del mismo, que pasó a ser como un país extranjero en colonización, o a lo sumo en tutela, que delegaba en sus políticos profesionales. En ocasiones alguien señalaba la desnaturalización que iba produciendo la inmigración extranjera y la eliminación de la tradición —consecuencia de la sustitución demográfica— como elemento formativo del país4.

Fueron excepciones —como Sáenz Peña e Indalecio Gómez— los que se propusieron adecuar lo político a la nueva realidad.

Para el grueso de la alta clase que no percibía la extranjerización, ésta sólo se notaba cuando las ideas sembradas por la misma se proyectaban al campo social y amenazaban el "orden sagrado" de sus intereses, confundiendo con una reacción nacionalista lo que sólo era la defensa de su situación de privilegio. Del incendio de la Protesta a la Liga Patriótica, ese es el nacionalismo de la juventud dorada que se cobija bajo los pliegues de la azul y blanca frente a la bandera roja de los "gringos" (Muchos años después se verá, cuando la protesta social enarbole la bandera argentina cómo la reacción contra ésta se acogerá a la de las barras y estrellas, Braden mediante, lo que nos ahorra mayores demostraciones sobre la naturaleza de ese nacionalismo que entonces se llamaba patriotismo).

El carácter de las conmociones sociales era ciertamente extranjero en cuanto a su ideario y estilo y en eso no se equivocaba la alta clase; no lo era en cuanto a la naturaleza de sus demandas. Aquella extranjería era el producto natural de la superposición masiva de los inmigrantes como hecho demográfico, y de la incapacidad de la intelligentzia para producir un pensamiento propio, pues la procedencia extranjera de los dirigentes se unían periódico, universidad, libro y escuela, todos orientados hacia la reproducción simiesca del modelo europeo y a la negación de cualquier originalidad, o mejor a su detracción sistemática.

Así, la formación de un pensamiento social revolucionario o reformista no podía apoyarse en bases nacionales inexistentes y era sólo el reverso de la extranjería mental de la alta clase. El dirigente revolucionario era la otra cara de la misma medalla: extranjero o nativo, transfería al país una visión tan importada de sus problemas y soluciones, como la de la supuesta élite; aun en terrenos opuestos, ambos eran el producto del colonialismo mental. Pero éste, es tema para más adelante.


CULTURA EUROPEA Y RITUAL CRIOLLO

Esta sociedad ausentista —y que aun en Buenos Aires seguía ausente reproduciendo en lo posible la vida europea—, no constituía toda la alta clase pero le daba el signo. Subsistía un sector de la clase alta que conservaba los modos de la vieja sociedad porteña, tal vez porque sus recursos no le permitían el ausentismo. Participaba de la misma extranjería ideológica que la otra, como se ha señalado, pero un poco “a contrapelo” de sus gustos criollos que se traducían en una vida más sencilla y tradicional y en su relación patronal directa con la clase inferior, como consecuencia de la convivencia en el país. Todavía estaba ligada a la “gran aldea” con su carga de gazmoñería y de prejuicios.

Tal vez por esto el desarraigo de la alta clase no impedía la práctica de ciertos rituales tradicionales. La Presidencia de la Sociedad de Beneficencia siguió siendo durante muchos años el más alto símbolo de figuración social, y la ceremonia de la distribución de premios a la virtud en el Teatro Colón abría anualmente un paréntesis tradicional en la temporada de abono. En esta las grandes noches estaban al nivel de los primeros teatros europeos, tanto en el espectáculo del escenario —facilitado por un invierno correspondiente al verano europeo que permitía disponer de las primas donnas, tenores y barítonos de fama mundial— como por el de los palcos y la platea donde se lucían los primores de la haute couture y la joyería parisina, y el esmero de los sastres de Saville Road. Además se conservaba vigente la cazuela, desde donde viudas y viejas solteronas vigilaban al dedillo cualquier transgresión a un tan contradictorio código de convenciones, hijas de ese hibridismo cultural. Así, esta sociedad, descreída en materia religiosa, practicaba un catolicismo formal que se resolvía en una dicotomía familiar en que la religión era buena sólo para las mujeres con lo que la fe era cuestión de sexo.5

(Aquel sector ausentista de la sociedad argentina era indiscutiblemente snob, pero su snobismo se había inspirado en buenos modelos y el aprendizaje había sido rápido, lo que revela, que el material humano era apto. Si la cocina francesa había reemplazado a la criolla, esto no significaba, como ya veremos cree el "medio pelo" que la alta sociedad se alimentase sólo de champagne y caviar. Si utilizaba con preferencia el francés y el inglés en lugar de su idioma, hay que convenir que cualquiera de los tres era bueno, sin la ridícula afectación de sus imitadores actuales).

También era posible la subsistencia de ciertas relaciones patriarcales con los descendientes de la negra esclava o la mulata que amamantó a los abuelos, con el peón que le había redomoneado el primer “pingo” y también con el bolichero de barrio y con los dependientes de comercio, con quienes se cambiaba los buenos días en un idioma común, en la comunidad de ciertos valores entendidos; en fin, en todo eso que hace que los seres humanos se reconozcan como connacionales.6

Duró bastante tiempo la coexistencia de dos grupos; era una diferencia de matiz en las costumbres y en los gustos, más que en otra cosa. La misma Plaza San Martín, cuyos palacios franceses se han recordado antes, nos la mostraba arquitectónicamente con dos estilos distintos: la vieja casa de los Obligado en la calle Charcas y su colindante, la de Romero, ambas desaparecidas hace pocos años, haciendo contraste con los palacios ya mencionados de Anchorena y Paz.

El país, tal como lo ve esa clase, está vigente en la escena de la gran estancia, con "las casas" transformadas en manors de estilo Tudor y la subsistencia de los ranchos de los puesteros o del galpón donde duerme el personal; del peón de bombachas y alpargatas, obligado al misoginismo, 7 coincidentemente con la visita del “niño” —breeches y botas inglesas— con la francesa de turno, o la prole numerosa, si se trata de los "patrones", al regreso de la season londinense, de París o de la temporada en la Riviera, en la oportunidad de una yerra.

Asados humeantes, revoltijo de pialadores, guampas y potros y mayordomo inglés, de gritos guturales, músculos tensos, lazos vibradores, chuscadas paisanas, que dan a las visitas distinguidas, a los invitados extranjeros —millonarios de Europa y EE.UU., literatos y filósofos de moda, venidos de París—, la nota exótica que inútilmente habían buscado en los palacios de sus huéspedes, en los salones de conferencias de Buenos Aires —"Una ciudad tan europea..." como le han dicho al dueño de casa con irónica reserva y para su íntimo regodeo de hombre culto—. A falta de cacerías de elefantes o tigres de Bengala es necesario que el viajero se lleve una imagen siquiera aproximada a la que puede mostrar el Aga Kahn, pero también es posible, por esos matices que ya he señalado en la clase, que a algún “niño” le salte el gaucho que lleva adentro —como la custodia lleva la hostia— y se le “siente a un redomón” o se luzca en un "pial de volcao". Pero esto es muy de excepción; en el fondo un gauchismo bueno para mostrarlo a los visitantes, malo, en cuanto expresa una aptitud indígena. Para esa época, los padres estancieros cuidaban que sus hijos no se agauchasen. ¡Era casi como que le salieran militares!

A la hora del té, el orden europeo ya está restablecido. Llegan muy lejanamente —a través de las pelouses y el frondoso parque de coníferas— los mugidos de las haciendas y los gritos atiplados 8 de los peones en sus últimos trabajos del día. Todos se han "cambiado" y la conversación amable y trivial ha recuperado el nivel idiomático del inglés y el francés, displicentemente como en Mayfair, salpicada con un poco de español y modismos criollos, pero muy apocopado ligerito, como si se hablara en "puntas de pie", haciendo "pininos" sobre el idioma vernáculo.





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