Arthur j. Lenti



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ARTHUR J. LENTI


DON BOSCO: HISTORIA Y CARISMA

1

ORIGEN: DE IBECCHIA VALDOCCO

(1815-1849)
ARTHUR J. LENTI

DON BOSCO: HISTORIA Y CARISMA

1

ORIGEN: DE I BECCHI A VALDOCCO
Juan José Bartolomé Jesús Graciliano González

(editores)



EDITORIAL CCS

Título de la obra original: Don Bosco. History and Spirit. 1. Don Bosco's fonnative years in historical context. 2. Biith and eaiiy development of Don Bosco's oratory. 3. Don Bosco educator spiritual master writer and founder of the salesian society.

Editor de la obra original: Aldo Giraudo.

© 2007. LAS - Librería Ateneo Salesiano. Piazza dell'Ateneo Salesiano, 1 / 00139 ROMA Traductores: Luis Lozano sdb y Montserrat Nolasco.

Colaboradoras: Ma Isabel Fernández FMA y Julia Moreno-de Vega Montalvo. Editores: Juan José Bartolomé y Jesús Graciliano González.


Segunda edición: diciembre 2010.
Página web de EDITORIAL CCS: wvw.editorialccs.com

© 2007. LAS - Librería Ateneo Salesiano

Piazza dell'Ateneo Salesiano, 1 / 00139 ROMA

© 2010. EDITORIAL CCS, Alcalá, 166 / 28028 MADRID

Cualquierforma de reproducción, distribución, comunicación pú­blica o transformación de esta obra sólo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley: Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprogrdficos, wuw.cedro.org) si necesita fotocopiaro escanear algún fragmen­to de esta obra.

Diagramación editorial: Concepción Hernanz Diseño portada: Olga R. Gambarte ISBN: 978-84-9842-642-7 (obra completa) ISBN: 978-84-9842-644-1 (volumen 1) Depósito legal: SE-1256-2011

Fotocomposición: AHF, Becerril de la Sierra (Madrid) Imprime: Publidisa

Siglas y abreviaturas

ASC

BS

BSe



Documenti
Epistolario Cena Epistolario Motto FDB

F. Desramaut, Don Bosco F. Desramaut, Memorie

G. Bonetti, Storia

MB


MBe

Archivo Salesiano Central. Roma.



Bollettino Salesiano. Edición italiana.

Boletín Salesiano. Edición española.

45 volúmenes dé documentos para escribir la his­toria de Don Bosco. Recopilados por Giovanni Bat-tista Lemoyne.



Epistolario de Don Bosco, 4 vols., publicado por Eu­genio Ceria, Tormo, SEI, 1955-1959.

Epistolario. Introduzione, testi, critici e note, 4 vols. editado por Francisco Motto, Roma, LAS, 1999.

Fondo Don Bosco. Microñchas.

Francis Desramaut, Don Bosco en son temps, Tori-no, SEI, 1996.

Francis Desramaut, Les Memorie I de Giovanni Bat-tista Lemoyne. Etude d'un auvrage fondamental sur la jeunesse de saintJean Bosco, Lyon, Maison d'etu-des Saint Jean Bosco, 1962.

Giovanni Bonetti, Storia dell'Oratorio, publicada por entregas en el Bollettino Salesiano entre 1879 y 1886. Publicada después en volumen con el título: Chique lustri di Storia Salesiana, Tormo, Típ. Salesiana, 1892 (Existe traducción en castellano: Cinco lustros de historia salesiana. Buenos Aires, Tip. e Librería Sa­lesiana, 1897.)

Memorie Biografiche di Don Bosco. 19 vols.: I-IX, editados por Giovanni Battista Lemoyne; X, edita­do por Angelo Amadei; XI-XLX, editados por Euge­nio Ceria.

Memorias Biográficas de san Juan Bosco, traducidas al castellano por Basilio Bustillo, Madrid, Editorial CCS, 1981-1989.


MO

MO Silva MO Ceria OE

P. Stella, Vita

P. Stella, Spiiitualitá

P. Stella, Canonizzazione

P. Stella, Economía

RSS

San Juan Bosco, Memorias del Oratorio, Madrid, Edi­torial CCS, 2010. Editado por José Manuel Prellezo.

Giovanni Bosco, Memorie dell'Oratorio di San Fran­cesco di Sales-dal 1815 al 1855. Texto crítico editado por Antonio da Silva Ferreira, Roma, LAS, 1991.

Giovanni Bosco, Memorie dell'Oratorio di San Fran­cesco di Sales dal 1815 al 1855. Editado por Euge­nio Ceria 1946, Tormo, SEI, 1846.

Giovanni Bosco, Opere edite. 38 vols., Roma, LAS, 1977 y 1988.

Pietro Stella, Don Bosco nella storia della Religiositá Cattolica: vita e opere, Roma, LAS, 1979.

Pietro Stella, Don Bosco. Mentalitd religiosa e spiri-tualitá, Zurich, PAS-Verlag, 1969.

Pietro Stella, Don Bosco nella storia della Religiositá Cattolica: la canonizzazione, Roma, LAS, 1988.

Pietro Stella, Don Bosco nella storia económica e so-ciale, Roma, LAS, 1980.



Ricerche Storiche Salesiane. Revista semestral del Is-tituto Storico Salesiano, Roma, LAS, 1982 en ade­lante.

Direzione Genérale Opere Don Bosco Presentación

Via della Pisana 1111 - 00163 Roma

del Rector Mayor

II Rettor Maggiore , J
Desde mi primera intervención pública como Rector Mayor, en las Buenas No­ches dadas el 3 de abril de 2002, día de mi elección, no dejo de repetir que hoy los salesianos tenemos una responsabilidad histórica, a saber: «estamos lla­mados a encarnar a Don Bosco», y que esa tarea no será posible sin «conocer a Don Bosco, hasta convertirlo en nuestra mens, en nuestro punto de vista, en nuestro modo de obrar ante las necesidades de los jóvenes [...]. Es el don más precioso que Dios nos ha hecho: Don Bosco, camino seguro para la realización humana y, sobre todo, para el seguimiento de Cristo. Esta es mi exhortación: conocerlo, amarlo, imitarlo, porque todos somos herederos y transmisores de su espíritu».1

Y el CG 26, que se ha interrogado «acerca de nuestra capacidad de ser "Don Bosco" en nuestro tiempo»,2 ha considerado la estación en que vivimos como tiempo de gracia en nuestro camino hacia el bicentenario del nacimiento de nuestro Fundador y oportunidad favorable para «volver a Don Bosco», que sig­nifica «amarlo, estudiarlo, imitarlo, invocarlo y hacerlo conocer, aplicándose al conocimiento de su historia y al estudio de los orígenes de la Congregación». Si es cierto que estamos en mejores condiciones para conocerlo, pues «la ri­queza de las fuentes y de los estudios salesianos nos permiten profundizar las motivaciones que le Uevaron a determinadas opciones, las metas y los proyec­tos que gradualmente se fueron concretando en su acción, la síntesis original de pedagogía y pastoral que él logró inspirándose en san Francisco de Sales»,3 no es menos cierto que su persona, su época histórica y el entorno religioso cultural en el que vivió cada vez se nos están quedando más lejos y nos resul­tan menos familiares.




1 CG 25 179.

2 CG 26 p. 25. 3CG 26 1.

Urgen, pues, estudios sobre Don Bosco que nos lo restituyan sin pasar por alto la distancia temporal y cultural que de él nos separa, biografías que con­

juguen el aprecio fundado por su persona y su obra con una objetiva descrip­ción de la sociedad y de la Iglesia en las que surgió y actuó.

Tras años de estudio y docencia, Arthur J. Lenti, hábil biblista convertido en su madurez a la salesianidad, ha logrado ofrecernos una ejemplar biografía de Don Bosco, en la que ha sabido ensamblar armoniosamente una actualiza­da visión de Don Bosco, basada en la propia investigación y en la mejor y más reciente historiografía (Stella, Braido, Desramaut, Prellezo, etc.), con una en­vidiable claridad expositiva. El resultado es un amplio y documentado manual, siete volúmenes en la original edición inglesa, tres en la edición castellana, que tiene el mérito de ubicar a Don Bosco en su época y entre sus contemporáneos. La genial originalidad del personaje y su obra queda así mejor encuadrada y explicada.

Al tiempo que agradezco de corazón a don Lenti sus largos años de dedica­ción al estudio serio y a la enseñanza entusiasta de Don Bosco y de la historia de la Congregación, felicito a los editores, don Aldo Giraudo de la edición in­glesa, don Juan J. Bartolomé y don Jesús Graciliano González de la castellana, por su deseo de poner en manos del mayor número de salesianos esta valiosa obra. Don Bosco bendiga al autor y a los editores. En su nombre, yo lo hago.

P. Pascual Chávez Rector Mayor

24 de junio de 2010. Onomástico de Don Bosco

DON BOSCO: HISTORIA Y CARISMA

Una visión de la vida y la obra de san Juan Bosco (1815-1888)

Presentación del autor

Los capítulos que componen esta obra, en tres volúmenes, son una recons­trucción de la vida y la época de san Juan Bosco, encuadrada y marcada por los hechos que introdujeron a la Iglesia y al mundo occidental en los tiempos modernos.

La he titulado Don Bosco: historia y carisma. «Historia», porque la vida y obra de Don Bosco se desarrolló en un contexto de inevitables acontecimien­tos que crearon un nuevo mundo religioso y político, conformando de este mo­do su pensamiento y acción. «Carisma», porque a través de su discenümiento, interpretación y aceptación descubrió el sentido de este nuevo mundo y res­pondió con valentía a sus retos: su vocación.

La obra ha nacido, por así decirlo, en el aula. La «historia» fue el fruto de lecturas privadas y de lecciones magisteriales. Pero el «carisma» emergió de una intensa reflexión crítica, que precisó la colaboración de estudiantes y profesor.

Para la presente publicación se revisaron muchos de los materiales, se rehi­zo la redacción para facilitar la lectura y se añadieron apéndices a un buen nú­mero de capítulos. Estos apéndices ofrecen esbozos biográficos de figuras que se consideran relevantes para la temática tratada. Contienen, asimismo, textos que resultan necesarios, o útiles, para una mejor comprensión de la materia en cuestión.

Esta obra está en deuda en muchos puntos, y a veces de forma considera­ble, con el trabajo de numerosos estudiosos, demasiados para ser menciona­dos, que han trabajado con tanta diligencia como espíritu crítico en el campo de los estudios salesianos y otros temas relacionados con ellos. A todos va mi gratitud y reconocimiento.

A don Aldo Giraudo, del Centro de Estudios «Don Bosco» de la Universidad Pontificia Salesiana de Roma, mi más sincero agradecimiento por su interés y

apoyo. Ha consagrado tiempo y solicitud preciosos a la lectura y a la edición de mis apuntes.

Reconozco con gratitud la contribución de don Morand Wirth, de la Uni­versidad Pontificia Salesiana de Roma, que pacientemente revisó el texto inglés.

Me siento muy honrado y agradecido a los cuidadores de la edición caste­llana, Juan José Bartolomé y Jesús Graciliano González, que han hecho, con la libertad que gustosamente les concedí, un gran trabajo de reducción, orga­nización y adaptación de la obra al público de lengua española.

Mantengo una gran deuda de gratitud con don Pascual Chávez, Rector Ma­yor, don Francisco Cereda, Consejero General para la Formación, y don Pier Luis Zuffetti, de la Procura Misionera de Turín, por aprobar y apoyar el proyecto.

Quedo agradecido, finalmente, al director y al equipo de Don Bosco Hall por el apoyo de años.


Arthur J. Lenti

Instituto de Espiritualidad Salesiana

Don Bosco Hall

Berkeley, California (EEUU)



Presentación de los editores
Contar la vida de Don Bosco y dar razón de su genialidad no es empresa fácil. Además de tener que dar a conocer de forma veraz y actualizada su figura his­tórica, los rasgos característicos de su personalidad y los aspectos más signifi­cativos de su obra, se requiere un gran esfuerzo de síntesis para integrar y con­jugar los muchos factores que confluyen en un personaje tan complejo. Las Memorias Biográficas, cantera inagotable de informaciones, piden hoy una lec­tura crítica que no todos están en grado de realizar. Los valiosos estudios crí­ticos sobre temas concretos, la edición crítica de fuentes y escritos de y sobre Don Bosco, además de ser parciales, no están al alcance de todos; presuponen una preparación que no siempre se tiene y exigen un tiempo y una concentra­ción que no resultan fáciles encontrar a quienes están metidos de lleno en la actividad pastoral o educativa.

Es verdad que en castellano abundan las biografías populares sobre Don Bosco, encomiásticas por lo general, y que no faltan tampoco estudios cientí­ficos de reconocida valía, pero hasta ahora no disponemos de una razonada presentación, amplia y documentada, de su persona y obra, que recoja los re­sultados consolidados de la investigación historiográfica de los últimos dece­nios, encuadrándolos en el marco histórico, social y político de la Italia del si­glo xrx. Se siente, pues, la necesidad de una biografía, suficientemente amplia y fundada en la más reciente investigación crítica, y que, a la vez, sea de fácil y agradable lectura, didácticamente bien presentada y con un contenido lo más actualizado posible.

A nosotros nos ha parecido encontrarlo en la reciente publicación de Arthur J. Lenti. Por ello, creyendo que merecería la pena poner esta obra a disposición del público de habla castellana, nos hemos responsabilizado de su edición.

El Don Bosco de Lenti no está escrito para estudiosos, pero es obra de un buen estudioso. Nacida de la docencia, aunque revisada para su publicación, la obra descubre fácilmente su origen escolástico: claridad en la exposición, ri­queza informativa y ponderados juicios de valor, aunque también obvia de­pendencia de fuentes e interpretaciones ya conocidas y de estudios realizados por otros. Por otra parte, la cercanía afectiva del autor al biografiado y una no siempre necesaria repetición de temas y esquemas puede que alarguen sobre­manera la obra.

No obstante, es nuestra convicción que puede convertirse en la obra de re­ferencia para cuantos desean aproximarse a la figura de Don Bosco con rigor y simpatía. La equilibrada síntesis de estudios historiográficos más críticos, el recurso a las informaciones de los primeros cronistas y compiladores de las Memorias, el conocimiento y utilización de buena parte de la literatura sobre Don Bosco, pueden convertirse en aliciente y guía de lectura de quienes dese­an conocer a fondo a Don Bosco. Esta es nuestra ilusión.

Como editores de la versión castellana agradecemos al autor, a su editor y a la editorial italiana LAS la libertad que nos han concedido para modificar se­gún nuestro criterio la obra, suprimiendo repeticiones o temas de poco interés para los lectores de lengua castellana, abreviando exposiciones de menor ca­lado y reorganizando los temas tratados. Ello permitirá agilizar la lectura y re­ducir a tres los siete volúmenes de la edición original, sin perder nada de lo esencial. En ellos, la biografía de Don Bosco, propiamente dicha, va precedida por una presentación de las fuentes, su valoración y una crónica, sucinta pero completa, de la historiografía. E irá completada por el elenco de las obras que sobre Don Bosco se han editado en castellano hasta este momento.

Caminando como estamos hacia la celebración del bicentenario del naci­miento de Don Bosco, ha sido nuestro deseo poner en manos de todos los sa­lesianos y miembros de la gran Familia Salesiana de habla castellana, una vá­lida y documentada biografía de Don Bosco, convencidos de que cuanto más se conoce a Don Bosco, más se le ama. Y si se le quiere de verdad, se le imita­rá mejor.
Juan José Bartolomé - Jesús Graciliano González Roma, 24 de junio de 2010

PRESENTACIÓN DEL VOLUMEN PRIMERO
Origen: De I Becchi a Valdocco

(1815-1849)

Este primer volumen de la obra Don Bosco: historia y carisma abarca los treinta y cuatro primeros años de la vida del santo, es decir, desde su nacimiento en I Becchi (1815) hasta la consolidación de su obra, el Oratorio de Valdocco (1849).

Antes de entrar a narrar la vida, se introducen y valoran las fuentes y docu­mentación a disposición. Don Bosco, caso notable entre los santos del siglo xrx, dispone de una amplísima y constante historiografía, de insólita riqueza do­cumental, aunque de desigual valor crítico. Su presentación y una primera es­timación crítica constituyen el contenido de los tres primeros capítulos que for­man la Primera Parte de la obra.

Con el capítulo cuarto comienza la Segunda Parte, la narración biográfi­ca de la vida y la obra de Don Bosco. Tras una rápida descripción del contexto político, el período de la Restauración en Italia y, en particular, en el reino de Cerdeña y Piamonte, que siguió a la caída del imperio napoleónico, y del en­torno geográfico, Castelnuovo d'Asti e I Becchi, en el que Juan Melchor Bosco vino a nacer, se narran los orígenes de la familia Bosco, la infancia de Juan y los primeros pasos de su formación, profundamente marcada por la religiosi­dad de su madre viuda y por la cercanía de un pequeño grupo de sacerdotes maestros de escuela.

La infancia (1815-1824) y adolescencia (1824-1830) de Juan transcurren en tiempos difíciles, de gran inquietud social y de inestabilidad política. Su em­peño en continuar estudiando, fruto de una tempranísima decisión vocacional, le lleva a abandonar la familia y a cornpletar los estudios secundarios, prime­ro en Castelnuovo (1830) y luego en Chieri (1831-1835), cuya escuela pública estaba bajo la tutela de la Iglesia.

En Chieri sueña de nuevo ser llamado y emprende un doloroso proceso de discernimiento vocacional (1834-1835) que le lleva a preferir el seminario a un noviciado. El Seminario de Chieri, perteneciente a diócesis de Turíñ, será su casa durante seis largos años, no exentos de pruebas y tribulaciones; en él Juan Bosco recibe una formación teológica básica, aunque quizá no del todo com­pleta, que le prepara para su ordenación sacerdotal (1841).

Novel sacerdote, Don Bosco entra en el Convictorio Eclesiástico de Turín, siguiendo el consejo de Don Cafasso, donde aprenderá de verdad a ser sacer­dote. Durante este tiempo de ejercicio y aprendizaje pastoral (1841-1844) ma­durará su opción preferencial por los jóvenes en peligro y la concretizará eli­giendo el Oratorio como campo ordinario de trabajo apostólico.

Conocer quiénes eran los muchachos «pobres y abandonados» en el Turín de los años cuarenta del siglo xrx y cuál era la situación política que vivió la región del Piamonte tras la revolución liberal de 1848, ayuda a contextualizar mejor el período en el que Don Bosco, residente y estudiante en el Convictorio Eclesiás­tico primero (1841-1844) y capellán al servicio de instituciones caritativas de la marquesa Barolo después (1844), toma la opción definitiva de trabajar por los jóvenes y comienza a verse como sacerdote para los jóvenes dirigiendo oratorios.

Tras un período de penosa ambulación (1884-1846), el Oratorio de Don Bos­co encuentra residencia permanente en casa Pinardi, donde al pequeño habi­táculo en torno al cual se establece el Oratorio festivo se añadirá pronto una casita de acogida para huérfanos (1847), una iglesia, la capilla de San Fran­cisco de Sales (1852), la casa de Don Bosco y los primeros talleres (1853) que, una vez demolido el cobertizo, y agrandada la casa Pinardi (1856), albergará una escuela secundaria y un hostal para estudiantes (1855-1856).

Mientras el Oratorio de Valdocco se expandía con rapidez, Don Bosco se fue responsabilizando de la marcha de otros dos Oratorios diocesanos de Turín, San Luis de Porta Nova (1847) y Ángel de la Guardia en el barrio Vanchiglia (1849), de los que en 1852 será nombrado oficialmente director espiritual por monseñor Fransoni. Se cierra así un período de búsqueda e incertidumbres, con un Don Bosco totalmente consagrado a realizar su vocación.

Consolidada apenas la obra de los Oratorios, Don Bosco sintió la urgencia de contar con colaboradores y de organizar la vida diaria de los jóvenes. Aun­que el trabajo crecía junto con su responsabilidad directa, encontró tiempo pa­ra un nuevo y eficaz apostolado, la buena prensa (1844-1849), que le dará tan­tas satisfacciones como dificultades y que asombra aún hoy por la variedad de los temas tratados y el éxito conseguido. El Don Bosco escritor es una de las facetas más 'modernas' de su personalidad.

I

PARTE


FUENTES
Capítulo I
LAS FUENTES: UNA PRESENTACIÓN

La reconstrucción crítica de la biografía de Don Bosco presupone la previa in­dividuación y una justa valoración de las fuentes documentales sobre las que se basa. Estas fuentes suelen ser: (1) archivos oficiales y personales; (2) infor­mes de archivos transmitidos por testigos presenciales, tales como crónicas, memorias, etc.; (3) correspondencia personal; (4) escritos autorizados por la persona en cuestión; (5) el corpus biográfico, una tradición que, en el caso de Don Bosco, nació y se mantuvo durante su vida y culminó en la obra monu­mental de las Memorias Biográficas; (6) informes históricos contemporáneos; (7) literatura sobre la vida y el tiempo del biografiado.



1. Visión global de las fuentes

Omitiendo la discusión teórica sobre el método, en este y en los dos siguientes capítulos repasamos brevemente tres áreas importantes del material documen­tal, a saber, las crónicas, los Documenti, las Memorias Biográficas y las Memorias del Oratorio del propio Don Bosco. Pero antes de hablar específicamente de las crónicas de los archivos, presentamos una rápida visión de las diversas fuentes.


Archivos


1 Las secciones sobre Don Bosco, Don Rúa y una parte de las secciones de Mazzarello-FMA en ASC están disponibles en microfichas. Las de Don Bosco tienen la denominación de Fondo Don Bosco (FDB).

De primer interés son (1) los archivos centrales salesianos en la Casa General en Roma (ASC);1 (2) los archivos del Oratorio de San Francisco de Sales en Val­docco, Turín (AV); (3) los archivos centrales del Instituto de las Hijas de María

Auxiliadora en su Casa General en Roma; (4) varios archivos Vaticanos; (5) los archivos de algunas congregaciones nacidas en el siglo xdc; (6) los archivos de varias curias diocesanas; y (7) varios archivos estatales y de ciudad, en primer lugar, los archivos de la ciudad de Turín,


Don Bosco como fuente

Cuando las fuentes, tanto las publicadas como las no publicadas, están orga­nizadas con un cierto orden lógico, hay que considerar como fuente principal al mismo Don Bosco: sus palabras, sus escritos, sus documentos, etc.

Bajo este punto de vista, se deben mencionar, en primer término, las co­municaciones orales de Don Bosco hechas a los Salesianos y a otras personas, en conversaciones formales y en charlas informales. Contamos con muchas de ellas en relaciones hechas por los cronistas y primeros biógrafos. Los manus­critos de Don Bosco, sus numerosas cartas en particular, son obviamente im­portantes.2 Asimismo, constituye una fuente de elemental importancia la vo­luminosa producción literaria de Don Bosco.3

Don Bosco fue autor de una serie de escritos que trataban del origen y la naturaleza de la obra del Oratorio y de la Sociedad Salesiana, tales como va­rios resúmenes y memorandos históricos. La obra más importante en esta ca­tegoría es, sin duda, las Memorias del Oratorio.


2 Una primera colección de las cartas de Don Bosco se encuentra en Eugenio Ceria, Episto­lario di San Giovanni Bosco, 4 volúmenes, Tormo, SEI, Vol. I, 1955; Vol. II, 1956; Vol. TU, 1958, Vol. IV, 1959. Está en marcha la edición crítica. Más extensa, a cargo de Francisco Motto, Gio­vanni Bosco, Epistolario. Introduzione, testi critici e note, Roma, LAS, Vol. 1,1991; Vol. II, 1996; Vol. m, 1999; Vol. IV, 2003.

3 El elenco bibliográfico de los escritos de Don Bosco se puede hallar en Pietro Stella, Gli Scritti a Stampa di S. Giovanni Bosco, Roma, LAS, 1977, y en Francis Desramaut, Don Bosco en son temps (1815-1888), Tormo, SEI, 1996, 1369-1377.

Escritos reunidos: Centro Studi Don Bosco, Giovanni Bosco Opere Edite. Ristampa anasta-tica. Serie primera: Libri e Opuscoli, 37 volúmenes, Roma, LAS, 1977; Serie segunda, Vol. 38: Contributi [...] Roma, LAS, 1987. Alberto Caviglia, Opere e scritti editi e inediti di Don Bosco nuo-vamente pubblicati e riveduti secondo le edizioni originali e manoscritti superstiti, 6 volúmenes, Torino, SEI, 1929 a 1943, y postumos, 1965. Estos volúmenes contienen el texto de seis obras im­portantes y un estudio extenso sobre cada uno. Pietro Braido (ed.), Don Bosco educatore. Scritti e testimonianze, Roma, LAS, 1992. Joseph Aubry, Saitti spirituali di San Giovanni Bosco, Roma, Nuova Editrice, 1976.

Escritos individuales: un número de escritos importantes de Don Bosco han aparecido en edi­ciones criticas hechas por profesores del Istituto Storico Salesiano en Ricerche Storiche Salesia-ne, por separado. En castellano se han publicado algunas obras de Don Bosco. Ver el elenco com­pleto en Jesús-Graciliano González, Bibliografía general de Don Bosco y de otros temas salesianos, Roma, Aracne, 2008, títulos 1-120.

Aunque Don Bosco no fue el autor, una obra que se considera una con­tinuación de las Memorias del Oratorio es la Historia del Oratorio, de Juan Bonetti.

Primeras fuentes salesianas

A partir del año 1860, aproximadamente, algunos Salesianos que vivían con Don Bosco empezaron a recoger informes de lo que veían y oían, con la convicción de que estaba aconteciendo algo totalmente extraordinario entre ellos. Estos re­porteros reciben el nombre genérico de 'cronistas'. Sus escritos son de diversa categoría: crónicas y memorias. Una crónica es un informe redactado en el mo­mento en que ocurrió el hecho o muy próximo a él, normalmente en forma de entradas con fecha en un cuaderno. Una memoria, por el contrario, es un in­forme recogido por un testigo presencial en tiempo muy posterior al suceso.

Unas dos docenas de tales escritos (crónicas y memorias) que van, en ex­tensión, desde unas páginas a cientos de ellas, se encuentran en ASC4. Entre los cronistas, los más importantes son Julio Barberis (1847-1927), Joaquín Ber-to (1847-1914), Juan Bonetti (1838-1891), Juan Bautista Lemoyne (1839-1916), Domingo Ruffino (1840-1865) y Carlos Viglietti (1864-1915).

Proporcionan también importante información las Actas del Capítulo Su­perior (hoy, Consejo General), las Actas de las Asambleas de los Capítulos Ge­nerales de la Congregación Salesiana y las crónicas locales.5


Deposiciones de testigos en el Proceso de Beatificación y Canonización

La copia pública de las Actas del Proceso de Beatificación y Canonización fue publicada por la Congregación de Ritos entre los años 1899 y 1932.6 Contienen las siguientes partes:



4 ASC A000-A011: Cronachette, FDB 792-1,294.

5 Las actas son, en principio, obra de los secretarios, Giulio Barberis y Giovanni Battista Le­moyne: ASC 04: Conferenze Generali, FDB 1,869-1,873; ASC 04: Capitoli generali presieduti da Don Bosco, FDB 1,831-1,868; ASC 0592: Consiglio Superiore, Verbali, FDB 1,873-1,880.

6 Copia Publica transumpti Processus Ordinaria auctoritate constructi in Curia Ecclesiastica Taurinensi super fama sanctitatis vitae, virtutum et miraculorum Sena Dei Joannis Bosco Sa-cerdotis Fundatoris Piae Societatis Salesianae, FDB 2,323-2,430.

7 FDB 2,330 E3-2,430 A12.

8 FDB 2,435 E7-2,438 B8.

9 FDB 2,444 CIO-2,481 Cl.


  1. Proceso ordinario, o diocesano (1890-1896). De los 28 testigos regulares escuchados, 13 eran Salesianos; el resto, hablando en general, simpati­zantes de la causa. Unos 17 testigos adicionales fueron convocados ex officio.1

  2. Nunca fue objeto de veneración (1907). De los 12 testigos escuchados, 6 eran Salesianos.8

  3. Proceso Apostólico, Parte 1 (1909-1913). De los 13 testigos escuchados, 8 eran Salesianos; el resto, adictos a la causa.9

  1. Reputación de santidad de vida. Virtudes y Milagros (1913). De los 9 testi­gos escuchados, 3 eran salesianos; el resto, simpatizantes de la causa.10

  2. Proceso Apostólico, Parte 2 (1916-1918). Diecinueve testigos fueron escu­chados, entre los que 2 eran Salesianos, y un grupo de monjas y seglares en conexión con los milagros.11

  3. Pequeño Proceso (1916ss.) para ser adjuntado al proceso sobre la virtudes y milagros del Venerable Siervo de Dios, Juan Bosco, sacerdote y funda­dor de la Pía Sociedad Salesiana. Esta fue la investigación realizada con­tra Don Bosco por el canónigo Emanuele Colomiatti de la Curia de Turín. Fue finalizada en 1922.12

  4. Sobre los milagros (1927-1932). Se decretó la investigación en cinco dió­cesis en las que habían ocurrido los milagros para la beatificación y ca­nonización.13


La tradición biográfica de Don Bosco

A partir de 1880, aún en vida, Don Bosco tuvo el honor de contar con narra­ciones biográficas, algunas bastante extensas. En una ocasión, incluso, Don Bosco mismo se puso a escribir su autobiografía.

En 1881 el Dr. Charles d"Espiney publicó en francés una corta biografía anec­dótica de Don Bosco, el primer ensayo biográfico «serio» escrito en forma de libro sobre Don Bosco.14 Tuvo un éxito inmediato y notable, y alcanzó nume­rosas ediciones en tiempo de Don Bosco. La trigésima y última edición apare­ció en 1924. La obra contribuyó significativamente a la popularidad de Don Bosco, sobre todo en Francia. Traducciones y adaptaciones aparecieron en di­versas lenguas.

En 1884, el escritor católico Albert Du Boys, con la aprobación de los Sale­sianos, escribió una vida popular de Don Bosco, cuyo borrador el mismo san­to leyó y en parte editó.15

En 1888, se publicó en Francia la primera biografía completa de Don Bos­co por obra de Mr. Jacques-Melchior Villefranche.16


10 FDB 2,487 Al-2,494 DI.

11 FDB 2,498 A10 - 2,525 C3.

12 FDB 2,520 D6 - 2,523 D1.

13 FDB 2,523 D2-2,564 E12.

14 Charles D'Espiney, Dom Bosco, Nice, Typographie et lithogr. Malvano-Mignon, 1881,180 p.

15 Albert Du Boys, Dom Bosco et la piense Societé des Salésiens, París, Jules Gervais Libraire-
Éditeur, 1884
,VI-378 p.

16 Jacques-Melchior Villefranche, Vie de Dom Bosco fondateur de la Société salésienne, París,
Bloud et Barra!, 1888, XH-356 p.


Asimismo, desde mediados de los años ochenta del siglo xlx, Juan Bautista Lemoyne, secretario general de la Congregación, trabajó intensamente reco­

giendo material en vistas a escribir una biografía. Empezó recogiendo todas las fuentes disponibles en una antología impresa privada, que terminaría al­canzando 45 volúmenes, con el título de Documenti. Los Documenti se convir­tieron en la fuente básica de las monumentales Memorias Biográficas, cuyos autores fueron el mismo Lemoyne y sus sucesores, Amadei y Ceria.


2. Cronistas y crónicas

Al hablar de «crónicas» aquí nos referimos a los informes escritos contempo­ráneos realizados por Salesianos cercanos a Don Bosco, que fueron testigos de lo que dijo o hizo. Esta iniciativa no fue un esfuerzo fortuito de una persona, nació de una común conciencia y compromiso de grupo.


El período Ruffino-Bonetti (1861-1864)
Constitución de un Comité

Antes de 1860 existen algunos breves informes en ASC. El ejemplar más anti­guo es una entrada de Juan Bonetti, con fecha del 17 de octubre de 1858.17 Des­pués de 1860 un grupo de discípulos de Don Bosco, probablemente por suge­rencia de Don Miguel Rúa, constituyeron un 'comité' permanente, cuya tarea era guardar y transmitir lo que oyeran y vieran de Don Bosco, especialmente si les parecía «extraordinario».

Tenemos el informe de Ruffino de algunas reuniones del este Comité. La primera de ellas tuvo lugar, probablemente, a primeros de marzo de 1861. Las actas se abrieron con una solemne declaración de objetivos, que refleja el co­nocimiento y la convicción compartida de que Dios intervenía en la vida de Don Bosco:


17 Prácticamente no consta ningún informe contemporáneo en ASC de fecha anterior a 1860. Una razón puede ser que los salesianos que estaban en disposición de aceptar semejante tarea eran escasos, estaban muy ocupados y probablemente no se dieron todavía cuenta de su impor­tancia. Otra razón pudo haber sido la suspicacia y hostilidad contra la Iglesia y sus instituciones por parte de las autoridades civiles en tiempos de la unificación de Italia (1859-1861). La policía llevó a cabo inquisiciones internas en el Oratorio ,y para evitar todo problema, Don Bosco pudo haber decidido destruir «papeles comprometidos». Se puede leer una relación de las investiga­ciones internas en MBe VI, 404-427.


Los llamativos y brillantes dones de Don Bosco, las extraordinarias cosas que llevó a cabo y su estilo único de conducir a los jóvenes por los difíciles ca­minos de la virtud son, en verdad, aclrriirables y sorprendentes. Los grandes planes que tenía en mente y puso en obra para el futuro [de la Sociedad] son signos claros de la asistencia sobrenatural y pronostican un futuro glorioso para él y para el Oratorio. Esto hace recaer sobre nosotros un estricto deber de gratitud. Tenemos la obligación de no dejar en el olvido nada que se re­

fiera a Don Bosco. Debemos, por tanto, hacer todo lo posible para guardar estos hechos para la posteridad, de modo que algún día, como tantas antor­chas relucientes, puedan iluminar a todo el mundo para la salvación de los jóvenes.

Esta es la finalidad por la que nosofros hemos constituido este comité. Si­guen los nombres de los miembros fundadores: don [Víctor] Alasonatti, Don [Miguel] Rúa, don [Ángel] Savio, don [Juan] Turchi, caballero Federico Ore-glia di Santo Stefano, clérigo [Juan] Cagliero, maestro [Juan Bautista] Fran-cesia, maestro [Celestino] Durando, maestro [Francisco] Cerruti, maestro [Juan Bautista] Anfossi, maestro [Francisco] Provera, clérigo [Juan] Bonet­ti, clérigo [Carlos] Ghivarello y clérigo [Domingo] Ruffino.18

Ruffino continúa:

En la primera reunión [no se da la fecha] se nombró a tres miembros que actuaran como reporteros principales: Ghivarello, Bonetti y Ruffino. En la segunda reunión, habida el 30 de marzo de 1861 (en la que estaban ausen­tes Cagliero, Anfossi y Durando), los miembros procedieron a elegir un pre­sidente, un vicepresidente y el secretario del Comité. Don Rúa, don Turchi, y Ruffino, respectivamente, fueron elegidos para esos cargos.19

Ruffino continúa informando sobre las reuniones siguientes, habidas el 1 de abril y el 1 y 7 de mayo de 1861.20 Pero poco a poco, la iniciativa fue per­diendo entusiasmo, probablemente porque los miembros del comité estaban muy ocupados en otros deberes. Así, un año después, en 1862, Bonetti se la­menta de este fallo y propone remediar la situación.21 La situación, sin em­bargo, fue a peor cuando los miembros más activos del comité empezaron a ser nombrados para cargos fuera de Turín. Por ejemplo, Bonetti fue enviado al colegio de Mirabello en 1863, y Ruffino, recién ordenado, fue nombrado di­rector del colegio de Lanzo en 1864; moriría al año siguiente.




18 Croniche III, Ruffino, 1, en ASC A008s: Cmnichette, Ruffino, FDB 1,211 A10. Cf. MBe VI,
651.


19 Ibíd., 1-2, FDB 1,211 A10-11.
20Ibíd.,2-3,FDB 1,211 Al 1-12.

21 Cf. Bonetti, Annali II, 59, April 21,1862, en ASC A004-5: Cmnichette, Bonetti; FDB 922 C5-6.

22 ASC A008-013: Cronichette, Provera, FDB 1,205 C2-11.

23 MBe VI, 507.

Durante este primer período (1861-1864), de los catorce miembros del Co­mité sólo Ruffino y Bonetti realizaron crónicas importantes que han llegado hasta nosotros. Tenemos también algunos breves informes de Provera.22 La «breve crónica» de Turchi, mencionada por Lemoyne en las Memorias Bio­gráficas,23 no ha llegado a nosotros, como tampoco los informes que posible­mente realizó Ghivarello.

Ruffino y sus Crónicas

Durante su corta vida como salesiano, Ruffino se esforzó en anotar los suce­sos y las palabras de Don Bosco, y nos dejó varios cuadernos: cinco Crónicas en el Oratorio y dos Libros de experiencia durante su destino en Lanzo en 1864. Guardados en ASC (A008-13), se ofrecen en FDB, aparentemente no en per­fecto orden:



  1. Cuaderno 1: Crónica del Oratorio [...] N° 1, [1859]-1860.24

  2. Cuaderno 2: Crónica del Oratorio [...] N° 2, 1861.25

  3. Cuaderno 3: Oratorio de San Francisco de Sales, No. 3. Crónica, Ruffino, 1861.26

  4. Cuaderno 4: don Ruffino, Crónica de 1861, 1862, 1863.27

  5. Cuaderno 5: don Ruffino, 1861, 1862, 1863,1864.28

  6. Libro de la experiencia: 1864, don Ruffino.29

  7. Libro de la experiencia: 1865, don Ruffino, en Lanzo.30

Las reservas críticas respecto a las crónicas de Ruffino se refieren a la cro­nología, esto es, a la secuencia de las entradas, ya que no son siempre seguras, y sobre la forma y estilo de las mismas entradas. Estos son los problemas con los que Lemoyne tuvo que enfrentarse y que no siempre solucionó, al trans­cribir y organizar los informes de Ruffino.
Bonetti y sus crónicas

i

Como miembro principal del «Comité Histórico» de 1861, Bonetti continuó bastante sistemáticamente lo que había ya empezado en 1858, esto es, recoger las palabras y hechos de Don Bosco. Sus crónicas llenan cinco cuadernos que han llegado hasta nosotros. Se guardan en ASC-FDB como sigue:



24 ASC A008-013: Cronichette, Ruffino, FDB 1,206 A5-E1.

25 FDB 1,210 DI-1,211A8.

26 FDB 1,209 B2-1,210 C12.

27 FDB 1,206 E2- 1,209 Bl.

28 FDB 1,211 A9-1.212A10.
29FDB 1,212 Al 1-1,213 Cl.

30 FDB 1,213 C2-D7: Esta es más corta por la muerte inesperada del autor; está en ASC-FDB.
La reorganizada transcripción de don Lemoyne de las crónicas de Rufino en tres cuadernos (FDB
1,213 D8-1.217 A3) y también 20 páginas sin título, separadas, manuscritas, de Ruffino (FDB 1,217
A4-B11).


31 ASC A008-012: Cronichette, Bonetti, FDB 919 A2 - 920 A12.


(1) Cuaderno 1 (contiene las primeras entradas de Bonetti, antes del comi­té): 17 de octubre, 1858, Infonnes sobre varios acontecimientos.31

  1. Cuaderno 2: Anales I [1860,1861].32

  2. Cuaderno 3: Anales II [1861,1862]33

  3. Cuaderno 4: Anales III [1863].34>

  4. Cuaderno 5: Crónica del año 1864. Este último cuaderno guarda sólo un sermón y una conferencia de Don Bosco. Se debe recordar que, en 1,864, Bo­netti estaba de profesor en el colegio de Mirabello.35

El Archivo Central contiene otros informes de Bonetti. Al mismo tiempo que de las crónicas, es autor de artículos, opúsculos y libros. Entre estos escritos, de especial interés, está la Storia dell'Oratorio, publicada por entregas en el Bolletti­no Salesiano, y más tarde publicada en forma de libro con el título de Chique lus-tri di storia dell'Oratorio Salesiano fondato dalsac. D. Giovanni Bosco.36

La principal obra de Bonetti como cronista, por tanto, cubre el período de 1858-1863. Al igual que en el caso de Ruffino, las cuestiones críticas tienen que ver con las fechas y, dado que la crónica parece ser transcripción de unos apun­tes originales, con los criterios editoriales.

A pesar de sus defectos, tanto las crónicas de Bonetti como las de Rufino son de importancia fundamental para nuestro conocimiento de Don Bosco en los años sesenta del siglo xlx.
El período Barberis-Berto (1875-1879)
Despertar de la conciencia y un esfuerzo renovado para informar

Al parecer, el Comité había, prácticamente, desaparecido cuando, en 1868, don Lemoyne, que se había unido en 1864 y había sucedido a don Ruffino como di­rector en Lanzo, a la muerte del anterior en 1865, urgió a Don Rúa que toma­ra alguna iniciativa:

Reúna otra vez el antiguo Comité, pues si no estoy equivocado, nadie está recogiendo informes de los hechos de Don Bosco. Esas cosas son demasia­do preciosas para que se pierdan [...]. Nombre secretarios con la tarea espe­cífica de registrar lo acontecido con detalle.37


32 FDB 920 Bl - 921 C6: Annali I.

33 FDB 921 C7 - 922 E7: Annali II.

34 FDB 922 E8 - 924 B2: Annali III.
33 FDB 924 B3-D1: Cronaca 1864.
35Cf.p. 11, nota 55.

37 Lemoyne a Rúa, Lanzo, November 23,1868, in ASC Rúa V, 1, FDB 3,758 E3-4.

38 ASC 110: Cronachette, Rúa, FDB 1,205 E6 - 1,206 A4. Cf. MBe VIII, 204-205.

El Archivo Central guarda informes esporádicos de los años 1867-1869 del mismo Don Rúa, que Lemoyne usó en las Memorias Biográficas.38 Pero parece

que no se tomó ninguna decisión hasta el año 1875, en que, según el biógrafo de Don Rúa, Amadei, se creó un nuevo comité:

El Siervo de Dios [Don Rúa] decidió nombrar un comité que continuara re­cogiendo recuerdos [sobre Don Bosco] y que se reuniera regularmente para examinarlos conjuntamente y publicarlos con la mayor fidelidad posible. El comité estaba compuesto por don Ghivarello, don Barberis, don Berto, don Cibrario, bajo la presidencia de Don Rúa. Tenemos un deber de gratitud con [Don Rúa], porque los recuerdos de aquellos años, muchos de don Barberis y algunos de don Berto, hayan llegado hasta nosotros.39

Hacia el 1875, Don Rúa se había encargado, en la práctica, de la admi­nistración de los asuntos de la Congregación y empezaba a ser reconocido como el alterego de Don Bosco. Sus deberes lógicamente no le dejaban prác­ticamente tiempo para nada más. Y de nuevo, no nos quedan informes de Ghivarello o de Cibrario. Debemos a Barberis y a Berto el que hayan llegado a nosotros los amplios informes de las palabras y los hechos de Don Bosco de este período.


Barberis y sus crónicas

Cuatro colecciones principales de Barberis se contienen en ASC.



39 A. Amadei, II Seivo di Dio I, 253-254.

40 ASC AOOO-003: Cronachette, Barberis, FDB 833-849.

41 FDB 849-871.

42 FDB 792-831.


  1. La autógrafa «Pequeña Crónica» (Cwnichetta)40 es el informe más im­portante de Barberis. Es una colección de informes con fecha del 10 de ma­yo de 1875 al 7 de junio de 1879. Son de Barberis en su totalidad, con la ex­cepción de algunos temas insertados (de diverso origen). Sin embargo, como él mismo afirma, y como parece evidente por el texto, una buena copia rea­lizada de las notas originales (no existente) fueron anotadas de memoria o tal vez también por informes de otras personas.

  2. La «Pequeña Crónica de las charlas de Don Bosco» (Cwnichetta discor-sz')41 consta de 20 cuadernos numerados y 14 cuadernos no numerados, en parte de Barberis y en parte de otros.

  3. «Crónica de varios autores» (Cwnichetta varíe maní).42 Con la ayuda de sus novicios, pero sin duda bajo su supervisión, Barberis publicó y aumen­tó de diversos modos y con criterios no totalmente claros, la Pequeña Cró­nica. Este informe consiste en varias series de hojas sueltas, todas numera­das con números romanos desde el I al XXXVIII. Algunas series, todas o en parte, se han perdido y no están en ASC.

(4) Barberis también es autor de una Chronichetta (interiore o Cenni sulla vi­ta del M. R. Sac. Giovanni Bosco [...] («Pequeña crónica de los primeros tiem­pos», «Apuntes sobre la vida del muy Reverendo Padre Juan Bosco»). Este informe consta de 12 cuadernos que contienen material del año 1815 al 1875, procedentes de varias fuentes anteriores.
Berto y sus informes

Aunque Berto hizo la crónica de diversos sucesos y coleccionó recuerdos a lo lar­go de muchos años, sin embargo su colaboración resulta más valiosa como se­cretario de Don Bosco. En esta tarea, su primera obligación era distribuir la enor­me cantidad de trabajo que diariamente llegaba a su mesa de secretario. Pero era también encargado de acompañar a Don Bosco en muchos viajes a Roma, cuan­do Don Bosco estaba ocupado de lleno en los asuntos de la Congregación, de la Iglesia y del Estado. Sus informes de estos viajes, especialmente de la actividad de Don Bosco durante las prolongadas estancias en la Ciudad Eterna, cubren la década de 1873 a 1882. Se encuentran en ASC-FDB como sigue:



  1. Resumen del viaje de Don Bosco a Roma, 18 de febrero de 1873, acom­pañado por un sacerdote del Oratorio [don Berto].

  2. Apuntes sobre el viaje de Don Bosco a Roma, 1873.

  3. Breves apuntes sobre el viaje de Don Bosco a Roma en 1873-1874: Co­mentarios con atención particular al tema de los emolumentos para los obis­pos italianos y la definitiva aprobación de la Sociedad Salesiana y las Cons­tituciones.

  4. Memoria del viaje a Roma, comenzado el 18 de febrero de 1875.

  5. Breve apunte sobre el viaje a Roma, 1876.

  6. Apuntes sobre el viaje a Roma, 1877, con referencia especial a la Refor­ma de las Concepcionistas que el Papa confió a Don Bosco.

  7. Una crónica sin título de las actividades de Don Bosco en Roma, que se iniciaba: «Hoy, 29 de enero de 1878, en que se tuvo la primera asamblea de los Salesianos Cooperadores».

  8. Apuntes del viaje de Don Bosco a Roma, 1879-1980.

  9. Memoria de 1882. Alguna noticia sobre el viaje a Roma, 1882, con otros asuntos desde 1882-1883-1884.43


43 ASC A004-013: Cronachette, Berto, FDB respectivamente: (1) 906 C8 - 907 D7; (2) 907 D8 -908 B4; (3) 908 B5 - 911 A8; (4) 911 A9 - D3; (5) 911 D4 - 912 A9; (6) 912 A10 - Cl 1; (7) 912 C12 -913 B12; (8) 913 Cl - 916 B9; (9) 916 B10 - 918 C12.

El segundo comité histórico dejó de cumplir sus objetivos prácticamente cuando don Barberis marchó de Turín en 1880, al mudarse el noviciado a San Benigno, y a causa del compromiso de don Berto como secretario de Don Bos­co, unido al gradual deterioro mental que le llevó a su retiro.

El período Lemoyne-Viglietti (1884-1888) Las crónicas de los últimos años de Don Bosco

Aunque Barberis, Berto, Bonetti y otros continuaron recogiendo hechos y pa­labras de Don Bosco, la actividad sistemática de registrarlos sufrió un decai­miento a principios de los años ochenta del siglo xrx. Experimentó un vigoroso resurgir solamente cuando se nombró a don Juan Bautista Lemoyne y al semi­narista Carlos-María Viglietti como secretario general de la Congregación y se­cretario personal de Don Bosco, respectivamente. En todo momento al lado de Don Bosco, con la ayuda de otros salesianos, los dos nos dejaron una continuada relación de las actividades de Don Bosco durante los años 1884-1888.


Lemoyne y sus crónicas

Don Juan Bautista Lemoyne (1839-1916) había venido al Oratorio con Don Bosco, recién ordenado sacerdote, desde Génova, en 1864. Quedó tan prenda­do de la santidad y de la extraordinaria personalidad de Don Bosco, que, in­dependientemente del histórico comité, empezó a anotar lo que veía y oía. Los siguientes son informes de importancia.



  1. Un Cuaderno sin título, con entradas que van desde su llegada al Oratorio, 18 de octubre de 1864 a abril de 1865, testifica el compromiso inmediato de Lemoyne a la causa.44 A la muerte de Ruffino, en julio de 1865, Lemoyne fue elegido para sucederle como director del cercano colegio de Lanzo, que Don Bosco visitaba con frecuencia. Desde allí continuó su actividad de cronista.

  2. Un segundo cuaderno con el título de Memorias 1868 contiene la narra­ción de algunos sueños y palabras de Don Bosco, de 1867 y 1868.45

44 ASC A006-007: Cronachette, FDB 1,219 A7 - 1,221 B4 (erróneamente puesto bajo el nom-
bre de Sala).


45 FDB 1,221 C8 - 1,222 B6 (también erróneamente referido a Sala).

46 Cf. FDB 860-963.


En 1877, Lemoyne fue nombrado director espiritual de las Hijas de María Auxiliadora en su casa madre de Mornese y, a partir de 1879, en Nizza, ciu­dades mucho menos accesibles, que estaban a una distancia considerable de Turín. Incluso durante aquellos años de «exilio», tuvo oportunidades oca­sionales para continuar aumentando sus crónicas. En 1883, don Lemoyne volvió al Oratorio como secretario del Capítulo Superior y pudo, de este mo­do, dedicarse personalmente a reunir documentación histórica sobre Don Bosco. El nombramiento de Lemoyne inaugura un fértil período de activi­dad registradora que va desde finales de los años ochenta del siglo xrx hasta la muerte del fundador en 1888. Lemoyne fue un infatigable recolector de materiales, que él anotaba en numerosos cuadernos.46 Uno de éstos merece especial mención.

  1. Cuaderno de Lemoyne titulado Ricordi di gabinetto (Agenda de oficina). Es esencialmente un borrador de la crónica del año 1884.47

Además, desde 1885 en adelante, probablemente por mandato de Don Rúa, empezó a reunir y sacar todos los anteriores informes pensando ya en una gran obra.

  1. Los Documenti** que él había publicado privadamente. Esta compilación le serviría más tarde de base para su obra monumental, a saber:

  2. Las Memorias Biográficas,49 de las que Lemoyne publicó los nueve pri­meros volúmenes.


Viglietti y sus crónicas

El más fiel colaborador de Lemoyne, al que debemos el conocimiento del Don Bosco de los últimos años, es Carlos-María Viglietti (1864-1915). Al joven Car­los lo conquistó Don Bosco cuando era estudiante en el colegio de Lanzo. Más tarde, en 1884, Don Bosco, lo escogió como su secretario, mayordomo y com­pañero de viaje. Tanto por amor a su maestro, como por sugerencia de Le­moyne, guardó cuidadosamente y escribió informes de lo que veía y oía.



Fue responsable especialmente de anotar los sucesos durante los varios lar­gos viajes que el fundador emprendió en sus últimos años, pero no se olvidó de apuntar las cosas «de casa», aunque había otros que hacían ya esa misma labor.

47 Ricordi di gabinetto es una agenda desde el año 1846, usada en parte por Lemoyne duran-
te sus años de seminario, y usada otra vez para minúsculos acontecimientos, ¡casi cuarenta años
después! Es un cuaderno de pequeño formato, de 402 páginas. Como acompañaba a Don Bosco
en los pequeños paseos por los patios del Oratorio, Lemoyne guardó de memoria y más tarde
apuntó en su cuaderno los recuerdos de los paseos del santo. Estos apuntes originales, guardan
entre otras cosas, el último encuentro de Don Bosco con el perro Gris en Bordighera en 1883 (!),
detalles de los problemas con el arzobispo Gastaldi, su horario de dormir durante sus años de ac-
tividad, la dirección que deseaba dar a sus Salesianos Cooperadores, etc., datos que no se hallan
en otros sitios. El cuaderno está en ASC A006-7: Lemoyne 4, pero por su lamentable estado, no
ha sido reproducido en FDB.


48 Documenti per scrivere la storia di D. Giovanni Bosco, dell'Oratorio di San Francesco di Sa-
les e della Congregazione Salesiana,
45 volúmenes, impresos en una sola copia para uso privado,
en San Benigno Canavese o en Turín, Valdocco, desde 1885 (desde ahora los citaremos como
Do-
cumenti).
Se ha reproducido en ASC 110: Cronachette, Lemoyne-Doc, y en FDB 966 A8 - 1,201
C12.


49 Memorie Biografíete di Don Giovanni Bosco, San Benigno Canavese y Turín: I-LX (1898-
1917) por G. B.
Lemoyne; X (1939), por Angelo Amadei; XI-XLX (1930-1939), por Eugenio Ceria.
Edición española:
Memorias Biográficas de san Juan Bosco. Volúmenes I-XX, Madrid, Editorial
CCS, 1981-1998; traducida del original por Basilio
Bustillo.

50 ASC A010-011: Cronachette, Viglietti, FDB 1,222-1,227.


(1) Su obra fundamental es la original Crónica de Don Bosco, en 8 cuader­nos, con entradas que van desde el 20 de mayo de 1884 al 31 de enero de 1888, día de la muerte de Don Bosco.50

  1. A continuación Viglietti transcribió la obra original con añadidos y otras ediciones, reproduciendo de esta manera la Crónica de Don Bosco, en dos par­tes, así aparece, llenando cinco grandes cuadernos, que abarcan el mismo pe­riodo.51 El también preparó posteriores ediciones parciales de su crónica.

  2. Viglietti también escribió un Diario, que es una colección grande de epi­sodios, sueños, etc., que abarcan varios períodos de la vida de Don Bosco.52


Comentario conclusivo

De forma resumida, hemos presentado las líneas más importantes y los prin­cipales períodos de los informes de testigos de vista, dirigiendo nuestra aten­ción sobre personas sobresalientes. Se ha de tener en cuenta que han llegado hasta nosotros otros muchos informes de testimonios, más breves, pero signi­ficativos, sobre los sucesos referentes a Don Bosco. Ellos, en parte, llenan los vacíos entre períodos importantes.




51 ASC A010-011: Cronachette, Viglietti, FDB 1,232-1,240.

52 ASC A010-011: Cronachette, Viglietti, FDB 1,231 D5 - 1,232 C4.

53 ASC A013: Cronachette, «Enría Pietro Giuseppe nato il [...]», FDB 932 D12 - 937 C8.

Asimismo, no se han detallado aquí los numerosos recuerdos personales y las memorias, algunas muy extensas, que están en ASC. Éstas aportan un con­siderable conocimiento del fundador, aunque no tengan el rango de crónicas de testigos contemporáneos. El más amplio de éstos es la memoria del coadju­tor José Enria, ayuda de cámara de Don Bosco enfermo.53

Apéndice

NOTAS BIOGRÁFICAS DE LOS CRONISTAS SALESIANOS Domingo Ruffino (1840-1865)

Domingo Ruffino era un joven delicado y frágil, cuya «piedad y vida angélica emu­laban las de san Luis».54 Había nacido en Giaveno (Turín) el 17 de septiembre de 1840. Puesto en contacto con Don Bosco cuando aún era estudiante de secunda­ria, después de asistir al seminario diocesano brevemente, entró en el Oratorio a mediados de octubre de 1859. A continuación, completó sus estudios teológicos mientras daba clase a tiempo pleno. Fue ordenado el 15 de noviembre de 1863 y Don Bosco le nombró director espiritual (catequista) de la Pía Sociedad, una no­table elección que lo elevó al tercer puesto en el organigrama de la Congregación a los 22 años. En octubre de 1864, fue nombrado director del recientemente fun­dado colegio salesiano de Lanzo. Murió menos de un año después, el 16 de julio de 1865, a la edad de 24 años, parece que a causa de una neumonía bronquial.

Durante su breve vida salesiana, Ruffino se esforzó en hacer la crónica de los sucesos y palabras de Don Bosco; como miembro del primer «Comité Histórico» de 1860, nos ha dejado cuadernos: cinco crónicas en el Oratorio de Turín, y dos li­bros de experiencia durante su destino en Lanzo. Don Lemoyne, que sucedió a Ruf­fino como director del colegio de Lanzo, copió y organizó las crónicas, sin, afor­tunadamente, destruir los originales."
Juan Bonetti (1838-1891)


54 Estas son palabras de Don Bosco, según las recoge Viglietti en su crónica de Don Bosco de
los años 1884-1885, en ASC A0 10-011:
Cronachette, Viglietti, FDB 1,229 A10; cf. MBe VIH 146s.

55 Los siete libros de Ruffino están en ASC A010-011: Cronachette, Ruffino: [I] FDB 1,206 A5
-El; [II] FDB 1,210 D1 - 1,211 A8;
[ni] FDB 1,209 B2 - 1,210 C12; [IV] FDB 1,206 E2 - 1,209 B1;
[V] FDB 1,211 A9- 1,212 Al0; [VI] FDB 1,212 Al 1 - 1,213 Cl; [Vil] FDB 1,213 C2 - D7. Seguidos
inmediatamente por la trascripción de Lemoyne: FDB 1,213 D8 - 1,217 A3.


Juan Bonetti, valioso e inteligente salesiano, nació en Caramagna el 5 de noviem­bre de 1838. Entró en el Oratorio en 1855 a la edad de 17 años. Permaneció en él dos años y lo dejó para ir a recibir el hábito clerical en su ciudad natal y entrar en el seminario diocesano de Chieri. En 1858, sin embargo, una especie de añoranza le hizo volver al Oratorio. Aquí empezó a redactar una crónica con sucesos nota­bles. El 18 de diciembre de 1859, formó parte de la primera reunión de la Socie­

dad Salesiana y fue elegido Consejero segundo. Hizo su profesión trienal el 14 de mayo de 1862; permaneció al lado de Don Bosco hasta la apertura del colegio de Mirabello, el 20 de octubre de 1863, cuando Don Bosco lo destinó allí de profesor, siendo Don Rúa director. Fue ordenado el 21 de mayo de 1864 e hizo su profesión perpetua el 15 de noviembre de 1865. Ya sacerdote, suplió a Don Rúa como direc­tor del colegio de Mirabello en octubre de 1864, un puesto en el que permaneció hasta 1877, en que el colegio se trasladó al cercano Borgo San Martino.

Llamado otra vez a Turín, desempeñó puestos de responsabilidad en la Socie­dad Salesiana. Fue nombrado director del Bollettino Salesiano (1877); fue director del Oratorio de las Hijas de María Auxiliadora en Chieri desde 1878 a 1883 y estu­vo comprometido personalmente en la controversia con el arzobispo Lorenzo Gas-taldi. En 1886 fue elegido por el Capítulo General IV para suceder al obispo Juan Cagliero como Director Espiritual de la Sociedad Salesiana y de las Hijas de Ma­na Auxiliadora. Además de escribir importantes informes y crónicas, fue autor de artículos, opúsculos y libros. De interés especial para los Salesianos es su Historia del Oratorio, publicada por entregas en el Boletín Salesiano.56

Después de la muerte de Don Bosco en 1888, fue nombrado postulador de las causas de beatificación y canonización del Fundador. Como tal, recibió de Don Rúa el encargo de reunir testimonios y recuerdos de los Salesianos sobre Don Bosco. Murió de repente, el 5 de junio de 1891, a la edad de 53 años.

Como miembro principal del 'Comité Histórico' de 1861, continuó de forma bastante sistemática lo que ya había comenzado en 1858. Sus crónicas llenan cin­co cuadernos que han llegado hasta nosotros y que abarcan los años 1858-1863.

A pesar de las cuestiones de crítica que puedan suscitar, las crónicas de Bonet­ti, como las de Ruffino, son de importancia fundamental para nuestro conocimiento de Don Bosco en los años sesenta del siglo xrx.


Julio Barberis (1847-1927)


36 J. Bonetti, La Storia dell'Oratorio di San Francesco di Sales, escrita por Bonetti, fue publi­cándose en entregas sin firma, en el Bollettino Salesiano entre 1878 y 1886. Tras la muerte de Bo­netti en 1891, se publicó en forma de libro con el título de duque lustri di storia dell'Oratorio sa­lesiano fondato dal sacerdote D. Giovanni Bosco.'Torino, Tip. Salesiana, 1892. La obra abarca los años 1841-1865. Traducido al castellano: Cinco lustros de historia del Oratorio Salesiano, Buenos Aires, 1897. Está en parte en las Memorias del Oratorio de Don Bosco, en otros documentos de archivo y en testimonio de testigos.



57 E. Ceria, Profili, 306.

Nacido en Mathi, cerca de Turín, el 7 de junio de 1847, entró en el Oratorio en 1861. Su madre lo presentó a Don Bosco. Don Barberis rememora su encuentro con Don Bosco. «Bendito sea ese día de marzo de 1861, en que mi madre me llevó a Don Bosco: Fue el momento decisivo de mi vida, porque marcó el primer paso en mi vocación. El buen padre me puso la mano sobre mi cabeza y con palabras cu­yo sonido permaneció indeleblemente impreso en mi mente y corazón, me dijo: «Nosotros seremos siempre amigos; y tú serás mi ayudante».57

Lo que le impresionaba más de la vida del Oratorio era el espíritu de familia que reinaba, la solicitud paternal y la presencia personal de Don Bosco entre los muchachos; también, los sueños y las experiencias extraordinarias de Don Bosco. La gran iglesia de María Auxiliadora estaba construyéndose, y la Congregación Sa­lesiana estaba en proceso de aprobación.58 No es de extrañar que Julio decidiera «permanecer con Don Bosco». Hizo su noviciado «en familia», esto es, de manera informal; hizo su primera profesión en 1865. Como un regalo especial, Don Bosco le entregó una «regla de vida», que terminaba con las palabras: «Haz todo lo posi­ble y soporta con gusto todas las penas para salvar almas para el Señor».59

Mientras trabajaba a tiempo pleno en el colegio y el oratorio de Valdocco, com­pletó los estudios de teología y consiguió laurearse en la Facultad de Teología de la Universidad de Turín en 1873. Después de la aprobación de las Constituciones Salesianas en 1874, fue nombrado director de novicios, un cargo que, en aquellos tiempos, le convertía en miembro del Capítulo Superior. Mantuvo el cargo duran­te casi 25 años, hasta 1901, formando, en vida de Don Bosco, generaciones de sa­lesianos. Bajo su dirección, el noviciado evolucionó y alcanzó su consolidación, primero en el Oratorio, y desde 1879, en la casa de San Benigno, cerca de Turín.

Más tarde, fue provincial. En 1910 fue elegido Director Espiritual de la Con­gregación. Como tal, realizó viajes por toda Europa para visitar a los Hermanos antes y después de la Primera Guerra Mundial. Eran estos viajes fatigosos; en los últimos años, su salud había ido deteriorándose. Murió el 24 de noviembre de 1927, a la edad de 80 años.

En su crónica, don Barberis recoge las palabras que Don Bosco le había dicho en una ocasión:

El me dijo: «Tú serás siempre mi mejor amigo». «Así lo espero ciertamente», le repliqué. «Tú serás el báculo de mi ancianidad (baculus senectutis meae)», Don Bosco insistió. «Haré de muy buena gana todo lo que pueda para ayudar», le ase­guré. Luego Don Bosco continuó: «En vosotros está el acabar la obra que yo em­pecé; yo hice el diseño, vosotros terminaréis el cuadro». «Espero que no destro­cemos la obra», le respondí. «No, vosotros no la estropearéis», dijo él para terminar. Yo estoy haciendo simplemente el borrador de la Congregación; la copia defini­tiva es tarea de los que sigan.60

Don Barberis contribuyó en gran manera a la consolidación de la obra del fun­dador. Su trabajo por organizar el programa del noviciado, la influencia espiritual que ejerció sobre la generación de los jóvenes salesianos fue su gran logro.


58 La iglesia de María Auxiliadora empezó a construirse en 1863 y se inauguró en 1868. La
Sociedad Salesiana, fundada en 1859, recibió el decreto comendaticio en 1864 y fue aprobada en
1869. Sus constituciones fueron aprobadas definitivamente en 1874.


59 E. Ceria, Proftli, 308.

60 j. Barberis, Ciánica autógrafa, 19 de mayo de 1875, Cuaderno 1,15, FDB 833 Cl. «Tú serás
el báculo de mi vejez», son las palabras de ánimo que también dijo Don Bosco a otros salesianos,
por ejemplo a don Lemoyne y al seminarista Viglietti, como lo confirma su propio testimonio.


Se le recuerda como una persona extremadamente afable y abierta, con un «co­razón de oro». Su sencillez y bonhomía, que llegaba a la elegancia, eran prover­biales. Tema además otros rasgos que le hacían ser apreciado por todos. Aunque

no brillante, estaba dotado de una inteligencia práctica y una voluntad que le ca­pacitaron para llegar muy lejos. Fue un trabajador incansable y perseverante.

Don Barberis fue autor de muchos libros, algunos de los cuales implican con­siderable investigación. Además de manuales para religiosos y de formación sale­siana, obras de devoción y bastantes vidas de santos, publicó algunos de historia y geografía, temas que le gustaban.61

Pero tal vez, aparte de su actividad como maestro de novicios, los Salesianos le deben una deuda de gratitud por su actividad como secretario y cronista, con la que enriqueció los archivos salesianos con enorme cantidad de documentación tes­timonial sobre Don Bosco y el Oratorio.


Joaquín Berto (1847-1914)

Joaquín Berto nació el 29 de enero de 1847 en Villar Almese (Turín) y entró en el Oratorio el 16 de septiembre de 1862. Profesó en 1865. Antes de ser ordenado en 1871, fue elegido por Don Bosco como su secretario, cargo en el que permaneció hasta que su salud le forzó a retirarse en 1884. E incluso en su retiro, trabajó co­mo archivero de la Sociedad; animado por don Lemoyne, recogió cuidadosamen­te y guardó cualquier retazo de información que le llegaba sobre el fundador. Es también autor de numerosos libros de devoción.

Siendo secretario de Don Bosco fue cuando realizó la aportación más valiosa. Además de despachar la enorme, y agotadora, cantidad de trabajo que llegaba a su mesa, anotaba diversos sucesos sobre Don Bosco y el Oratorio. Aún más decisivo, le correspondió a él acompañar a Don Bosco en los viajes a Roma y a otros luga­res, en un tiempo en que Don Bosco estaba implicado en numerosos asuntos de Estado. Como miembro activo del segundo «Comité Histórico», sus valiosos in­formes de estos viajes, en especial de la actividad de Don Bosco durante las largas permanencias en la Ciudad Eterna, cubren la década 1873-1882. Nueve de tales in­formes se guardan en ASC.62

Al marcharse don Barberis de Turín en 1880, y con la creciente implicación de Berto como secretario de Don Bosco, a la par que el deterioro de su salud mental que le llevó a retirarse, el «Comité Histórico» de los años 1870 dejó de funcionar, y sólo fue reanudado por don Lemoyne en los años ochenta.



61 Entre otras se puede mencionar Storia Antica Oriéntale e Greca [Historia del Antiguo Orien-
te Medio
y Grecia], Torino: Tipografía Salesiana, 1877, 18a ed. 1908; La tena e i suoi abitanti [La
tierra
y sus habitantes], Torino: Librería Salesiana, 1890. Especialmente notable es el libro sobre
la Patagonia, que escribió para ser presentado por Don Bosco a las autoridades eclesiásticas en
Roma en defensa de las misiones salesianas, que ha sido publicado críticamente:
La Patagonia e
le Tené Australi del Continente Americano
(La Patagonia y las tierras del sur del continente ame-
ricano). Introducción
y texto crítico por Jesús'BoRREGO, Piccola Biblioteca deH'Istituto Storico
Salesiano, 11, Roma: LAS, 1988.


62 ASC A004-5: Cronachette, Berto, FDB respectivamente: [I] 906 C8 - 907 D7; [I] 907 D8 - 908
B4; [HI] 908 B5 - 911 A8; [IV] 911 A9 - D3; [V] 911 D4 - 912 A9; [VI] 912 A10 - Cl 1; [VII] 912 C12
- 913 B12; [VLU] 913 Cl - 916 B9; [LX] 916 B10 - 918 C12.



Don Berto murió en el Oratorio el 21 de febrero de 1914.

Carlos Viglietti (1864-1915)

Don Carlos Viglietti nació en Susa (Turín) el 28 de mayo de 1864. En 1882, Don Bosco mismo le impuso la sotana y desde entonces le tuvo gran estima. Lo eligió como secretario personal siendo todavía clérigo y quiso que lo acompañara du­rante su triunfal viaje a España, del que escribió una detallada crónica. Fue orde­nado sacerdote el 18 de diciembre de 1886. Asistió a Don Bosco en su última en­fermedad. Era profundamente piadoso, optimista y trabajador infatigable.

Después de la muerte de Don Bosco fue enviado a fundar la casa de Bolonia, en la que fue director de 1896 a 1904. Levantó allí el Santuario del Sagrado Corazón y dio vida al periódico del Santuario. A continuación fue director de Savona (1904­1906) y finalmente de Varazze (1906-1912). Durante su directorado en esta ciudad tuvieron lugar los lamentables «hechos de Varazze». Don Viglietti supo mantener­se sereno y con gran dignidad en medio de la tempestad hasta que se aclararon los hechos: todo había sido una calumniosa trama urdida por los anticlericales que se oponían a la escuela católica en Italia. Pasó los últimos años en el Oratorio de Tu­rín, aquejado de una penosa enfermedad. Murió el 8 de noviembre de 1915.


63 Cf. Cario María Viglietti, Cronaca di Don Bosco. Prima redazione (1885-1888). Introduc­ción, texto crítico y notas por Pablo Marín Sánchez, LAS, Roma 2009.



Escribió varios libros, casi todos de argumento salesiano. Su obra fundamental, como se ha dicho, es la original Crónica de Don Bosco, en 8 cuadernos, que va des­de el 20 de mayo de 1884 al 31 de enero de 1888, día de la muerte de Don Bosco.63

Capítulo II
LA TRADICIÓN BIOGRÁFICA DE DON BOSCO

Una segunda fuente importante del conocimiento de Don Bosco es la tradición biográfica. Iniciada en los ensayos biográficos que se publicaron durante su vi­da, llegó a su cénit con el monumental trabajo de las Memorias Biográficas de Juan Bautista Lemoyne.


1. Primeras biografías

La tradición biográfica de Don Bosco se originó en la década anterior a su muer­te, acaecida en 1888. Y es rasgo que la caracteriza, único quizá dentro del gé­nero hagiográfico, el que no sólo fuera motivo, en vida aún, de varias biogra­fías sino también el que, al menos en un caso, fuera él mismo su editor.


Primeros esbozos biográficos de Don Bosco

En el Don Bosco educador, don Pedro Ricaldone, cuarto sucesor de Don Bos­co, estudió la literatura biográfica sobre el Santo e hizo una lista de 100 títu­los en diversas lenguas. Entre éstos se encuentran algunos bosquejos biográfi­cos, tempranos y modestos, de Don Bosco y de su trabajo, que estaban pensados para llegar —o parece que sólo llegó— a una limitada audiencia. Se pueden mencionar, de entre ellos, las breves biografías de Bardessono dei Conti di Ni-gra (1871), Cario Conestabile (1878), monseñor Antonio Belasio (1879), Louis Mendre (1879), Luis BigineUi (1883).y Johannes Jansen (1885).'



Pedro Ricaldone, Don Bosco educador, 2 vol., Buenos Aires, Edit. Don Bosco, 1954.

Los primeros trabajos que pueden calificarse como biográficos fueron es­critos en francés. Dos de éstos, por León Aubineau y por un «antiguo juez», anónimo, fueron presentados después del afortunado viaje de Don Bosco a Pa­rís en el año 1883.2 Otras dos biografías, una de Charles d'Espiney (1881) y la otra de Albert Du Boys (1883), fueron escritas igualmente en francés y tuvie­ron un eco mucho mayor.


«Don Bosco» del Dr. Carlos d'Espiney


2 León Aubineau, Dom Bosco, sa biographie, ses oeuvres et son séjourá Paiis, París, Josse, 1883. Un viejo magistrado, Dom Bosco á París, sa vie et ses ceuvres, París, Libraire Ressaire, 1883.



3 El autor, Charles d'Espiney, había nacido en Bourg-en-Bresse (Ain) en 1824, había estudia­do medicina en Aviñón, Montpellier y Marsella y se había establecido en Niza, donde ejerció du­rante muchos años su profesión de médico, manteniendo excelentes relaciones profesionales y humanas. Sus contactos con Don Bosco datan, al menos, desde 1869. En su obra narra el caso de un doctor incrédulo que se presentó a Don Bosco para que lo sanara de la epilepsia que pa­decía. D'Espiney refiere con detalle la conversación de Don Bosco con el doctor y concluye con estas palabras subrayadas en el texto: «Jamás se le ha repetido el menor síntoma de aquel mal; y frecuentemente ha venido a dar gracias a María Auxiliadora, que le curó del cuerpo y del alma» (p. 101). Las MB repiten el hecho, pero tomándolo de la obra de d' Espiney, único testigo, al pa­recer, de lo sucedido. Esto ha hecho sospechar a algunos que se tratara de él mismo, aunque las declaraciones de incredulidad del doctor: «Yo no creo en Dios, ni en la Virgen, ni en la oración, ni en los milagros», no se avienen en absoluto a la mentalidad del Dr. d'Espiney, que en aquel mo­mento era ya un hombre maduro de 45 años de edad. De todos modos, si no era él, todo da a en­tender que estuvo presente en el momento del acontecimiento y que desde entonces su admira­ción y devoción por Don Bosco fue constante, siendo él quien introdujo a Don Bosco en el círculo de la nobleza de Niza. En 1879 lo acompañó en su visita al conde Villeneuve, al que curó Don Bosco de una lesión que había recibido en la cabeza al caerse de un caballo. Pocos días después, estuvo también presente en la curación «milagrosa» de la condesa Villeneuve y ha dejado un cer­tificado médico atestiguando el hecho. El 16 de marzo de 1881 organizó una reunión de Coope­radores Salesianos y en ella leyó una poesía suya, en la que pedía ayuda económica para soste­ner las obras salesianas. El 6 de marzo de 1884 auscultó médicamente en Niza a Don Bosco, que se había sentido enfermo, y le diagnosticó una congestión del hígado, por lo que los salesianos llamaron al doctor Combal, profesor de la Universidad de Montpellier, que nos ha dejado un de­tallado diagnóstico sobre el estado de salud de Don Bosco en aquel momento. A propuesta de Don Bosco, el Papa concedió al Dr. d'Espiney la Orden de Caballero de San Gregorio el Grande. Murió el 13 de abril de 1891. Esta reseña de la vida de d'Espiney ha sido tomada del artículo de Jesús-Graciliano González, Publicada en Peni la primera traducción del «Don Bosco» de Charles d'Espiney, en RSS 49 (2006) 397-413.

4 Charles d'Espiney, Dom Bosco, Nice, Tipografía y litografía Malvano-Mignon, 1881,180 pá­ginas [citado como d'Espiney].

En 1881, el Dr. Carlos d'Espiney3 publicó una obra biográfica anecdótica de Don Bosco en francés. Es el primer ensayo biográfico «serio» que se publicó en formato de libro.4 El trabajo, un libro de pequeño tamaño, de 180 páginas, era una biografía de orientación taumatúrgica y hagiográfica, aunque también ponía de relieve una importante introducción histórica de la vida de Don Bos­co y su obra. A ésta seguían, a su vez, dos breves capítulos que trataban, res­pectivamente, de los Cooperadores Salesianos y de María Auxiliadora de los

Cristianos, lo cual respondía al doble propósito del libro. El libro trataba de conseguir apoyos para Don Bosco y su obra en Francia y mostrar que, a través de la intervención milagrosa de María Auxiliadora, era Dios quien operaba en la vida de Don Bosco. En consonancia, la mayor parte del libro, unas 100 pá­ginas, era una compilación de «hechos milagrosos», curaciones y otros suce­sos extraordinarios.

El libro de d'Espiney tenía un atractivo auténticamente popular y conoció un éxito admirable. Fue impreso varias veces; tuvo no menos de diez ediciones en vida de Don Bosco; la decimotercera, y última de las cuales, apareció ya en el año 1924. Al revisar la décima edición del libro de d'Espiney (1888), el sa­cerdote salesiano Luis Cartier puso de relieve las credenciales de su autor. «La íntima y constante relación de d'Espiney con Don Bosco en persona, con el P. Rúa [...], y con el Patronato de S. Pedro en Niza, dan a su informe una autori­dad en la cual el lector puede confiar con toda seguridad».5

Un juicio éste en exceso generoso, ya que el trabajo causó dificultades a Don Bosco y a los salesianos por sus muchas inexactitudes. Por ejemplo, un episo­dio narraba la historia de cómo Don Bosco consiguió inesperadamente un re­galo de una suma grande de dinero en un momento de extrema necesidad. El nombre del donante y los hechos del caso habían sido totalmente deformados, lo que produjo la protesta del caballero6. Mucho más grave era el tono alta­mente laudatorio y la constante apelación a lo milagroso. El episodio de la re­surrección del joven Carlos se topó con las objeciones del mismo Don Bosco, quien descargó en el Dr. d'Espiney la responsabilidad de su narración, aunque Don Bosco nunca negó que hubiera acaecido. La historia no apareció más en la edición revisada del libro en 1883; a pesar de sus objeciones, Don Bosco nun­ca desautorizó el libro.

La décima edición de 1888, completamente revisada y reestructurada cro­nológicamente, encontró finalmente la aprobación de los salesianos.
El «Don Bosco» del Dr. d'Espiney traducido y adaptado en castellano


5 Buüetin Salésiene 10 (1888) 97.

6 El caballero era Francisco Viancini de Vlancino, el «caballero destacado del Piamonte» y un generoso benefactor del Oratorio (MBe LX, 680-81; VI, 356). Como respuesta de Don Bosco, rogó al Conde que pasase por alto los cotilleos de d'Espiney, y le aseguró que él mismo hablaría con el doctor en la próxima visita a Niza [carta del 18 de diciembre de 1881, en Epistolario Ceria IV, 99­100]. Por ejemplo, la resurrección del joven Carlos no satisfizo a Don Bosco. Don Bosco llamó la atención al Dr. d'Espiney por hablar del suceso, aunque nunca negó que hubiese tenido lugar.

El libro del Dr. d'Espiney fue la primera biografía de Don Bosco en circular am­pliamente por el mundo. En Francia, las ediciones del Dom Bosco de d'Espi­ney antes y después de la muerte de Don Bosco se multiplicaron, ampliándo-se cada vez más con nuevos e inéditos episodios y milagros. En 1888, año de la muerte de Don Bosco, se publicó la 10a edición, de 507 páginas, frente a las

180 de la primera. En España, la vida fue conocida y leída en su original fran­cés y muy pronto, en 1884, fue traducida al castellano por un misionero francis­cano del convento de los Descalzos de Lima.7



Ese mismo año, 1884, el entonces obispo de Milo y auxiliar de Sevilla, mon­señor Marcelo Spínola, tomando datos del Boletín Salesiano y de la obra de d'Espiney, compuso una nueva biografía en castellano con el título Don Bosco y su obra, que circuló por todas partes y dio a conocer la obra de Don Bosco en España. Muerto Don Bosco, el salesiano chileno don Camilo Ortúzar hizo una nueva traducción al castellano del Dom Bosco de d'Espiney, teniendo como ba­se no ya la cuarta, sino la duodécima edición francesa, notablemente corregi­da y aumentada. La obra fue publicada en 1889 en Turín, donde también vio la luz en 1891 una segunda edición.8 En 1894 fue publicada la tercera edición de la traducción de Camilo Ortúzar, pero esta vez ya en la Tipografía de Bar-celona-Sarriá, donde se publicarían después otras ediciones.9
El «Don Bosco» del Sr. Du Boys


7 Sé trata del padre Luis Torra, nacido en Manresa (Barcelona) el 20 de noviembre de 1851, que muy joven, marchó a Perú. Ejerció su actividad sacerdotal en la capital y en otros lugares del Perú, predicando misiones populares. Después de unos años transcurridos en España, donde fue superior del Convento de Loreto, cerca de Sevilla, volvió al Perú. Viajó también al Ecuador y tra­bajó en las misiones que los franciscanos tenían entre los jíbaros de Zamora. Era superior en Gua­yaquil cuando cayó enfermo y murió santamente el 20 de septiembre de 1900 a los 49 años de edad. La circunstancia que, como él mismo dice, le impulsó e incluso le obligó a dar a la prensa su «de­ficiente» traducción fue una intervención milagrosa en un naufragio, en el que él y sus compañe­ro imploraron los auxilios del cielo formulando el voto de que, en caso de salir con vida y sin le­sión, harían una novena a María Auxiliadora y trabajarían a favor de la obra de Don Bosco. Habiendo conseguido salir indemnes cumplieron su voto, publicaron en castellano la obra de d'Espiney, que contribuyó grandemente a dar a conocer a Don Bosco y su obra en el Perú. Más datos sobre esta traducción en el citado artículo de J. G. González, Publicada en Peni... (cf. supra p. 36, n. 3).

8 Don Bosco por el doctor Carlos d'Espiney, Caballero Gran Cruz de la Orden Pontificia San Gregorio Magno; obra aprobada por la Congregación Salesiana. Segunda edición española tra­ducida de la duodécima francesa por el presbítero de la misma Congregación, Camilo Ortúzar, Turín, Tipografía y Librería Salesiana, 1891.

9 Carlos d'Espiney, Don Bosco, Barcelona, Tipografía y Librería Salesiana, 1894.

10 Albert Du Boys, Dom Bosco et la piense Societé des Salésiens, París, Jules Gervais Libraire-
Éditeur, 1884. El conciso trabajo de VI-378 de formato medio fue inmediatamente traducido al
italiano por José Novelli como:
Don Bosco e la Pia Societá Salesiana, San Benigno Canavese, Ti-
pografía e Librería Salesiana, 1884. Para una crítica de la obra de Du Boys, véase Piera
Cavagliá,
Don Bosco lettore della sua biografía. Osseivazioni al volunte di A. Du Boys, Don Bosco e la Pia So-
cietá Salesiana
(1884), «Rivista di Scienze delT Educazione» 22 (1984) 193-206. Albert Du Boys
(1804-1889) nació en Metz en una familia monárquica conservadora, estudió en París y fue a con-
tinuación nombrado magistrado de Grenoble. Con la caída de la monarquía en 1830, abandonó


Una nueva y significativa biografía apareció en 1885. El escritor francés Albert Du Boys es el autor de una vida de Don Bosco de carácter popular que, dada su propia calidad y el carácter cuasioficial, estaba llamada a deshancar, aun­que no a desplazar, todos los anteriores ensayos10. El trabajo, importante co­

mo era, no cuadra aún con el modelo de biografía actual, pero su autor daba pasos en esa dirección. Du Boys escribió a requerimiento de los salesianos y bajo la dirección de Don Bosco. Don Bosco se había convertido ya en leyenda, pero Du Boys quería a toda costa acercarse al personaje como «historiador». Siendo este su objetivo, pasó algún tiempo en el Oratorio de Turín para cono­cer personalmente al personaje. De esta manera obtuvo información de pri­mera mano y adquirió algún conocimiento del mundo espiritual y educativo de los Salesianos." Se valió también de fuentes escritas; usó los artículos de don Bonetti (Storia dell'Oratorio), publicados en el Bollettino Salesiano; utilizó los Reglamentos de las Casas; y con referencia al método educativo de Don Bos­co, tomó abundantes notas de la «Biografía» de Luis Colle, que Don Bosco pu­blicó (1882).12 Du Boys había captado el propósito básico de la obra de Don Bosco y los rasgos característicos de su método educativo.



El borrador completo de la obra de Du Boys fue inmediatamente traduci­do al italiano, y las galeradas fueron remitidas a Don Bosco para su revisión y corrección. La copia corregida se conserva, y se pueden contar no menos de 89 añadiduras y correcciones de la mano de Don Bosco esparcidas a lo largo de 256 páginas.13

la profesión legal y se dedicó al estudio de las artes. Es autor de cantidad de libros jurídicos e his­tóricos y vidas de santos. Se hizo íntimo amigo del obispo Dupanloup de Orleáns, con el que com­partió intereses históricos literarios, y con el que asistió al Concilio Vaticano I, momento culmi­nante en su carrera. Expresó, desde un punto de vista conservador, las preocupaciones políticas, religiosas y culturales del siglo xrx.

11 Esta visita es recordada por el biógrafo Du Boys, pero aparentemente no fue registrada en
círculos salesianos, cf. P.
Cavaglia, Don Bosco 200.

12 Cf. MBe XV, 76-78, 90 ss.

13 Cf. P. Cavaglia, Don Bosco 200-203. Algunas revisiones de Don Bosco son muy personales.
Así donde Du Boys había escrito «santo sacerdote», Don Bosco corrigió «pobre sacerdote». En la
Parte primera, Capítulo 6, «El cuidado cariñoso de Don Bosco por los aprendices del Oratorio»,
Du Boys había escrito que cuando los aprendices regresan para la comida del mediodía, se po-
nían en fila «mientras Mamá Margarita servía la sopa de una gran olla». La adición lee «[Mamá
Margarita] y Don Bosco mismo». Donde el autor describe los recreos y las actividades del Ora-
torio, una nota marginal explica: «Don Bosco en persona se interesó en aprender a tocar los dis-
tintos instrumentos musicales, para ser así capaz de instruir personalmente a los jóvenes en los
radimentos de este arte».


w Albert Du Boys era un escritor católico'mucho más sensible que d'Espiney a los aspectos sociales y educativos que se producían en el mundo. Dividió su obra en tres partes, presentando clara y distintamente la figura y la obra de Don Bosco en Europa (I parte), en las misiones de América (LT parte) y completándolo con una visión sintética de la organización salesiana, el Sis­tema Preventivo, el espíritu y las enseñanzas de los salesianos (III parte). Du Boys atenuaba los


El relato de Don Bosco y su obra es uniforme y serio; pero el trabajo queda aún dentro de la tradición taumatúrgica y laudatoria de sus fuentes. Du Boys, es cierto, se abstiene de alardear de anécdotas milagrosas, pero deja ver una fascinación por lo «extraordinario». Además, dado que era un católico conser­vador, tenía una tesis que probar: la caridad cristiana aún no había muerto, si­no que brillaba radiante en la extraordinaria vida de Don Bosco.14

La Vida de Don Bosco de Villefranche

La primera biografía después de la muerte de Don Bosco apareció en 1888, pu­blicada en francés. Era obra de Jacques-Melchior Villefranche.13



Villefranche se interesó por Don Bosco durante la visita de este último a Pa­rís y Lille en 1883, al principio llevado por la curiosidad y luego ganado por la admiración ante los logros y la santidad de Don Bosco. Más tarde, Villefranche se puso a trabajar sobre una biografía «completa» de Don Bosco, con la inten­ción de complementar biografías ya existentes e ilustrar aspectos de la activi­dad del Santo que todavía no habían sido explicitados al público. Es proba­ble que deseara publicar su obra mientras el héroe estaba en vida, como había hecho con la biografía de Pío TX. Pero Don Bosco murió mientras Villefranche estaba todavía trabajando en los últimos capítulos. El prefacio lleva la fecha del 29 de mayo de 1888.


episodios extraordinarios, dejaba de lado los hechos milagrosos y las profecías y subrayaba, en cambio, las injusticias, las dificultades y los atentados por parte de los «revolucionarios» anti­clericales de Turín. En lugar de un taumaturgo, esta nueva biografía presentaba a Don Bosco co­mo un hombre genial, sensible a los problemas sociales y extraordinario maestro de la juventud. Esta nueva vida gustó en Valdocco. Se cuenta que Don Bosco llegó a decir que la vida escrita por d'Espiney estaba bien para conseguir dinero, pero que, para dar a conocer la obra salesiana tal como es, la de Du Boys era mucho mejor. Narran las Memorias Biográficas que, cuando en Ma­drid quisieron que Don Bosco aceptara el Reformatorio de Santa Rita, planteado según el estilo de las conocidas casas de corrección, el senador Lastres y su secretario se presentaron a hablar con don Juan Branda, que les respondió que esa obra no entraba dentro de la finalidad de los sa­lesianos y les regaló el libro de d'Espiney, para que se percatasen del sistema de Don Bosco. Hu­biera preferido darles la obrita de Du Boys, pero no tenía ningún ejemplar. Refiriéndole más tar­de a Don Bosco este último detalle de los libros, díjole el Santo: «En estos casos, es mejor ofrecer el de Du Boys. El del doctor d'Espiney es bueno para las personas piadosas e induce a abrir los bolsillos, en tanto que el otro da a conocer mejor nuestro sistema y ha acertado a interpretar el espíritu de nuestra Sociedad». Cf. MBe XVII, 512 [Nota de los editores].

13 Jacques-Melchior Villefranche, Vie de Dom Bosco fondateurde la Societé salésienne, París, Bloud et Banal, 1888, XÜ-356. Jacques Melchior Villefranche (1829-1904) nació en Couzon (Rhó-ne, Francia). Después de una buena educación, pensaba hacerse jesuita. Pero en cambio, llegó a ser administrador en una oficina de correos y telégrafos. Después de tomar parte en la guerra de Crimea (1854-1856), se embarcó en la carrera de escritor y reportero gráfico. En 1870, adquirió un periódico, el Journal de l'Ain, desde cuyas páginas se batió en las batallas conservadoras y an­tirrepublicanas. Después de escribir una historia de la telegrafía en Francia, sus escritos se dedi­caron a temas religiosos: vidas de mártires, biografías de grandes católicos del siglo xrx. Una bio­grafía de Pío LX (1876) le granjeó el reconocimiento del clero y los conservadores católicos. Tras todo esto, conoció a Don Bosco.

Como biografía, la obra de Villefranche se compone de 28 capítulos y cubre vida y obras de Don Bosco. Después de una breve idea de conjunto de los pri­meros años de Don Bosco hasta el sacerdocio (capítulos 1 y 2), una amplia sec­ción central del libro se dedica a una descripción de la obra de Don Bosco. Lue­go, su atención se centra en Domingo Savio, Miguel Magone y Francisco Besucco (capítulo 12); en la actividad de Don Bosco como educador (capítulos 14, 15 y 17); en los Cooperadores Salesianos (capítulo 21); y en las Misiones Salesianas


(capítulos 20 y 23). Todo el libro está bien surtido de episodios; importantes secciones están dedicadas a los ataques que contra su vida sufrió Don Bosco, a los episodios del Gris y a las curaciones «extraordinarias».

Al recibir copias de la obra del autor, Don Rúa respondió con una carta de alabanza y estímulo. Pero la biografía de Villefranche sobre Don Bosco, desa­fortunadamente y sin razón, no encontró la aceptación de los Salesianos fran­ceses. Le acusaron de copiar escritos salesianos franceses sobre Don Bosco y les molestó la presunción de que una persona extraña al círculo de los salesia­nos fuera la que interpretara el espíritu de Don Bosco.16

La obra de Villefranche, sin embargo, supera en amplitud y profundidad a las biografías producidas hasta esa fecha. La longitud, variedad y presentación general es, en conjunto, de orden superior a la obra de d'Espiney e incluso a la de de Du Boys. Villefranche acertó en lo que sería, en un tiempo aún por lle­gar, el modelo biográfico de muchas vidas de Don Bosco que vendrían después; un modelo que fue reforzado por la famosa biografía de don Agustín Auffray, escrita para la beatificación en 1929. Presenta a los lectores al escritor, al edi­tor, al obrador de milagros, al constructor de iglesias, al educador, al fundador de Congregaciones religiosas, etc.; y el conjunto está generosamente sazonado con muchas historias maravillosas por las que Don Bosco se había convertido en leyenda.

El nivel alcanzado —habría que resaltar— es el de una biografía «informa­tiva», no el de una biografía «crítica». El Sr. VUlafranche y prácticamente to­dos los que lo siguieron se mantienen dentro de la tradición hagiográfica.


Ambivalente actitud de Don Bosco ante su propia biografía

No es práctica común que se exalte con relatos biográficos a alguien aún en vida, ni siquiera tratándose de santos. ¿Qué pensaba Don Bosco sobre el par­ticular?




16 Los ataques eran el resultado, en gran fiarte, del P. Cartier y del diácono Luis Roussin, di­rector del Boletín Salesiano francés en Turín. La obra fue prácticamente condenada al ostracis­mo por los salesianos franceses; pero Villefranche vivió para ver su obra publicada en inglés (1890) y en alemán (1894). Para una detallada crítica del curioso incidente, véase F. Desramaut, «Mise a l'index», 72-82.

Don Bosco estaba plenamente convencido de que, por intervención de Nues­tra Señora, Dios trabajaba en él con «extraordinarios» resultados. Nada de lo que él hacía era suyo. Como es lógico, Don Bosco debía sentirse en apuros an­te lo que se decía al público general sobre él, de modo especial, por los escri­tos que eran extremadamente laudatorios y que deleitaban contando «mila­gros» y otros hechos «extraordinarios».

Don Bosco no vivió para leer la obra de Villefranche. Sólo podemos espe­cular qué podría haber pensado sobre ella. Pero sabemos lo que pensaba del libro del Dr. d'Espiney y la ambivalente actitud respecto a su obra.17

Los sentimientos contrastados de Don Bosco se evidencian en las cartas escritas a Mr. Du Boys al contestarle después de la publicación del libró. En una de ellas, después de dar las gracias a Mr. Du Boys por el «noble, culto e importante trabajo» que había realizado, añadía: «A través de la lectura del libro me he sentido muchas veces confundido, pues no merezco en modo al­guno tales alabanzas. Se deben a su bondad, probada en el pasado de tantas maneras, que usted quiere homar nuestra humilde Congregación con este eminente trabajo».18

Con el tiempo, Don Bosco aceptó la publicidad; quizá incluso le gustaba, a condición de que ella contribuyera a promover la gloria de Dios. En 1885, al expresar su preferencia por la obra de Du Boys, Don Bosco dijo a don Juan Branda, director de la obra salesiana de Barcelona: «Al principio no sentía más que repugnancia ante el pensamiento de permitir la publicación de cualquier cosa que estuviese relacionada conmigo. Pero, ahora que la suerte está echa­da, debemos seguir adelante. A la obra de Du Boys, ya se venda al precio de costo o regalada, debería dársele más amplia circulación, porque él nos hace a nosotros y a nuestra obra más conocidos, de manera que lo que es verdade­ro resulta confirmado por los hechos».19

Se ha mencionado con anterioridad la preferencia por resaltar lo mila­groso de las biografías tempranas de Don Bosco. Habrá que hablar ahora de una forma de hacer biografía que recuerda la hagiografía medieval al tener que presentar a don Juan Bautista Lemoyne, el biógrafo que ha aportado, más que mngún otro, a la tradición biográfica de Don Bosco. Aunque pro­ducto del siglo xrx, semejante modo de hacer biografía encierra una menta­lidad que conserva la fascinación por lo sobrenatural, aunque use en dife­rente grado los modernos instrumentos de trabajo. A pesar de recurrir a las fuentes y a la documentación, tales escritos biográficos todavía prevalecen en la tradición hagiográfica.


17 Cf. P. Cavaglia, Don Bosco 196-199.



18 Carta del 2 de octubre de 18884, en los archivos de la familia de Du Boys, citada por P. Ca-
vaglia, Don Bosco 198.

19 MBe, XVII, 197.512.

En el caso de Don Bosco, su propósito básico consistía en demostrar que las gracias extraordinarias del cielo, más allá o quizá en contradicción con las leyes de la naturaleza, evidentemente funcionaban de continuo. Esta era in­cluso la convicción propia de Don Bosco, lo mismo que la de los salesianos y la de los jóvenes que le rodeaban, ya que él pertenecía a ese entorno cultural y vivía y trabajaba con aquella mentalidad. Esta mentalidad puede calificarse co­

mo «precientífica». Habría que acercarse, pues, a todas las primeras biografías de Don Bosco, incluida la de don Lemoyne y sus sucesores, con la correcta com­prensión de sus raíces medievales, populares y religiosas.20


2. Juan Bautista Lemoyne, biógrafo de Don Bosco
Proyecto para una biografía y elección de Lemoyne para el trabajo

Los esfuerzos biográficos que acabamos de describir, aunque fueron dignos de elogio, no son comparables con el nuevo y gigantesco compromiso de don Juan Bautista Lemoyne.

Don Lemoyne había contactado con Don Bosco siendo novel sacerdote en 1864. Su labor de cronista fue constante, a pesar de haber sido nombrado di­rector del colegio de Lanzo en 1865, y más tarde capellán de las Hermanas Sa-lesianas en Mornese y Niza (1877-1882). Cuando don Lemoyne regresó a Tu­rín en 1883, como secretario general, Don Bosco y los salesianos que lo rodeaban ya habían pensado cuidadosamente en la historia de la Obra Salesiana. Don Bosco mismo había dado ejemplo con sus Memorias del Oratorio, que descri­bían brevemente el proceso del trabajo hasta 1854. Don Juan Bonetti había se­guido el ejemplo, con una publicación en serie de la Storia dell'Oratorio di S. Francesco di Sales en el Bollettino Salesiano, que cubría el período de 1841 a 1856.

Con todo, Don Miguel Rúa, mano derecha de Don Bosco, que pronto llega­ría a ser su Vicario con derecho de sucesión (1884), se dio cuenta de la necesi­dad de un esfuerzo más amplio y sistemático. ¿A quién podría encomendarse la empresa? Don Lemoyne parecía tener las cualidades y el tiempo para de­sempeñar ese puesto. Gozaba de reputación bien merecida como infatigable recolector de información histórica y testimonios de Don Bosco y su Obra. Su ocupación como secretario le dejaba «tiempo libre». Era ortodoxo, conserva­dor, de fiar, esmerado y estaba devotamente encariñado con Don Bosco. Sus anteriores esfuerzos como escritor eran un mérito añadido. Era el hombre pre­ciso para la tarea.21


Coleccionando la documentación


20 Cf. P. Stella, Le ricerche 383.387-388. •



21 En alusión a la iniciativa de Don Rúa, en el prefacio del autor del primer volumen de las
Memorias Biográficas, escribió don Lemoyne: «Yo había sido informado por nuestro Rector Ma-
yor, Don Miguel Rúa, que no olvidara nada de lo que llegara a mi conocimiento, aun cuando a
primera vista, yo pudiera considerarlo de poca importancia» (MBe I, 16.18).


Don Lemoyne se puso inmediatamente a recoger la documentación que pu­diese, de algún modo, contribuir a la narración de la historia de Don Bosco.

Buscó todos los documentos existentes y asequibles; para Lemoyne el valor su­premo era la «historia» narrativa. Estaba interesado, sobre todo, en cualquier cosa que favoreciera el propósito de su trabajo: poner de relieve la grandeza de Don Bosco. Como parte de la historia, las cartas, los relatos de sueños, las Bue­nas Noches y otras palabras de Don Bosco tenían la precedencia. Gozaban, asi­mismo, de prioridad las notas escritas u orales, que procedieran del propio Don Bosco o de gente (incluyéndose también él) que había sido testigo ocular de los hechos y palabras de Don Bosco. Además, con objeto de aprovechar todas las fuentes disponibles, y con el fin de coleccionar la mayor cantidad posible de material, don Lemoyne comenzó a practicar interrogatorios sistemáticos de testigos; el primero el mismo Don Bosco. De estas pesquisas, por ejemplo, nos llegaron los relatos sobre la madre de Don Bosco, Margarita Occhiena Bosco, cuya biografía publicó en el año 1886 y una considerable cantidad de mate­riales, que incluyó en el primer volumen de Documenti y en las Memorias Bio­gráficas.

Recibieron también su debida consideración las actas del Capítulo Supe­rior (de 1859 en adelante), las de las reuniones generales de los directores sa­lesianos (de 1864 en adelante) y las de los Capítulos Generales celebrados du­rante la vida de Don Bosco (1877,1880,1883 y 1886). Don Lemoyne había sido el autor de tales actas desde 1883.

Parece que utilizó, además, las muchas crónicas y memorias realizadas por los primeros salesianos. Los testimonios de muchos testigos que fueron oídos en el proceso de beatificación de Don Bosco, recogidos en el proceso Ordina­rio (1890-1897), que estuvieron a disposición de Lemoyne, a pesar de la natu­raleza restringida de tal información.22


Los Documenti de Lemoyne


22 Cf. F. Desramaut, Memorie, 218-219; P. Stella, Canonizzazione, 111-112. Los clérigos sale-


sianos del Colegio de Valsalice se dedicaron a transcribir las deposiciones bajo la supervisión del
don Barberis.


23 Documenti perscrivere la storia di don Giovanni Bosco, dell'Oratorio di S. Francesco de Sa-
les e della Congregazione Salesiana. Impresos para uso privado en S. Benigno Canavese o en Tu-
rín-Valdocco, desde 1885: ASC A 006-007: Chronachette-Lemoyne-Doc, FDB 966 A8 - 1.201 C12.
Los volúmenes están todos encuadernados en tela negra, con el título en dorado en el lomo.


Después de un período de búsqueda y colección de materiales biográficos, aun­que todavía en las primeras etapas del proyecto, Lemoyne decidió organizar la obra en orden cronológico, distribuyéndola a través de los años de la vida de Don Bosco, e imprimirla en galeradas para su legibilidad. El final fue una se­rie de grandes y gruesos volúmenes —con el tiempo llegaron a 45que llevan el título de Documenti.23 Los 40 primeros volúmenes de Documenti contienen material distribuido cronológicamente a lo largo de los años 1815-1890. A és­tos se les añadieron otros 4 volúmenes que recogían material adicional, que

abarcaba el mismo período. El último volumen contiene material que se refie­re al conflicto entre Don Bosco y el arzobispo Gastaldi de Turín.

Se añadió nuevo material en distintos tiempos, pues cada página contiene solamente una columna, impresa en papel separado y pegada sobre la página en blanco del folio del registro. Esta columna, tan sólo 60 mm de anchura, de­ja amplio espacio para entradas posteriores. Lemoyne siguió añadiendo en el lugar apropiado asientos adicionales de diversas fuentes, notas escritas, recor­tes de periódicos, artículos de revistas, etc. Con el tiempo, algunos volúmenes tomaron la apariencia de un álbum de recortes.

En el prefacio de los Documenti, Lemoyne afirmaba:

He escrito la historia de nuestro amadísimo padre Don Bosco. No creo que jamás haya habido hombre alguno que más amó y fuera amado por la ju­ventud. No solamente he reunido tesoros maravillosos de hechos, palabras, trabajos y dones sobrenaturales, sino incluso pequeños episodios que po­drían aparecer sin importancia, pero que, sin duda, ayudarán a formar un juicio históricamente favorable sobre Don Bosco y su carácter. No he omiti­do ninguna de las cosas que me han llamado la atención, ya que todo lo que tuviera que ver con él me era entrañablemente querido. Estos son recortes de un álbum y quizá algo en desorden; con todo, un índice ayudará en su consulta. Algunas noticias van repetidas. Las pruebas de galerada no han si­do corregidas con propiedad. Esto se debe a la enorme labor de buscar y or­ganizar los documentos, y atender, al mismo tiempo, a las ocupaciones que la obediencia o la necesidad me han impuesto. El tiempo era esencial. Algu­nos pasajes necesitaban corrección crítica, en especial aquellos que versan sobre los sueños de Don Bosco, o predicciones de futuro; porque da la im­presión que su humildad les ha otorgado cierta acentuación, o quizá no ha­yan sido correctamente entendidas por aquellos que conservaron la relación o memoria de los hechos. Por mi parte, he hecho constar con exactitud lo que muchos jóvenes, sacerdotes y seminaristas del Oratorio me han entre­gado por escrito, y lo que yo mismo vi y oí de los labios de Don Bosco. Aña­diría una palabra de aviso. Estas pruebas de galerada no son más que un ma­nuscrito, un recuerdo privado. En ellas me refiero a muchas personas por su nombre, con el fin de establecer el carácter efectivo de los hechos de la his­toria. Pero prohibo absolutamente la publicación de tales nombres [...]. He trabajado en esta obra por amor a Don Bosco, a mis hermanos y a nuestros jóvenes. Estos volúmenes contienen el propio espíritu de Don Bosco, su co­razón, su método de educación, y sólo Dios sabe lo que me ha costado. Por consiguiente, pido a mis hermanos que lean estas páginas, que me recuer­den ante el altar de María Auxiliadora de los cristianos y que nieguen por el eterno descanso de mi alma.24


Documenti I, 1, FDB 966 A 10.



De estas palabras, lo mismo que del título, emerge la conclusión de que Le­moyne preparaba este trabajo como un paso intermedio, que le sirviera a él, y

a sus eventuales sucesores, como base para una biografía de Don Bosco, que tomaría la forma de las Memorias Biográficas.


Las «Memorias Biográficas»: la etapa de Lemoyne

Lemoyne comenzó la impresión privada de los Documenti sobre el año 1885. Al tiempo de su muerte en 1916, la serie entera de 45 volúmenes estaba completa.

Después de la muerte de Don Bosco, el 31 de enero de 1888, Lemoyne exa­minó los papeles de Don Bosco, descubriendo más documentos originales. Se hicieron indagaciones, en modo alguno exhaustivas, en diferentes lugares re­lacionados con la vida de Don Bosco y su obra. Don Rúa pidió a los hermanos que enviaran todo el material sobre Don Bosco que pudieran reunir directa­mente o de testigos oculares.

Para reunir todo el material adicional a disposición, los Documenti tendrían que haber sido reeditados o haberse añadido más volúmenes. Además, estaban teniendo lugar cambios sociales e institucionales dentro de la Congregación Salesiana. Con la muerte del Fundador, la conservación y transmisión de su es­píritu se convirtió en la prioridad más importante de la primera década del Rectorado de Don Rúa (1888-1898). Don Lemoyne no tardó en percibir este cambio y en adaptarse a él.

En este contexto, Lemoyne pasó de su propósito original de crear un depó­sito de documentos con destino a los futuros biógrafos (sus Documenti), al pro­yecto de las Memorias Biográficas, sin duda, con el consentimiento de Don Rúa. Reelaborando el trabajo y añadiendo nuevos materiales a los Documenti, co­menzó a trabajar en una amplia narrativa biográfica, escrita en orden crono­lógico, y ampliamente documentada. El trabajo es de hecho, un repertorio, una compilación ordenada como narración continua que aporta una «interpreta­ción» coherente de la vida, obra y espíritu del Fundador.

Los primeros ocho volúmenes de las Memorias Biográficas aparecieron en­tre 1898-1912. A pesar de su salud desmejorada, Lemoyne continuó trabajan­do sobre su proyecto hasta su muerte, en 1916. El volumen noveno fue publi­cado después de su muerte, en 1917. Por su parte, el volumen décimo, que había recibido su forma original de Lemoyne, fue confiado a don Ángel Amadei, pe­ro la publicación se difirió mucho.


Las «Memorias Biográficas»: la etapa de Amadei-Ceria

Fueron muchas las razones que explican el poco éxito y la demora en la publi­cación: el trabajo de Amadei en el Bollettino Salesiano, su investigación para escribir una biografía de Don Rúa, sus numerosos empeños como sacerdote, su reflexivo y meticuloso modo de trabajar y, de modo especial, el hecho de que el volumen décimo abarca los años más difíciles y controvertidos de la vida y

obra de Don Bosco (1871-1974).25 Además, Amadei utiliza materiales de ar­chivo y otros documentos de más alcance que los Documenti de Lemoyne y el proyecto inicial. El material de Lemoyne fue completamente refundido; se le dotó de una reorganización temática. De ahí que este volumen perdiera su or­ganización cronológica lineal y el encanto de la «historia» de Lemoyne.

La publicación de las Memorias Biográficas fue, pues, discontinua tras la muerte de don Lemoyne, con gran decepción de los Salesianos de todo el mun­do. En los días de la beatificación de Don Bosco (1929) esta decepción se con­virtió en impaciencia, y las peticiones de reanudación del trabajo no podían verse desatendidas por más tiempo. Por ello, el Rector Mayor, don Felipe Ri-naldi, nombró a don Eugenio Ceria para que continuara la obra. Ceria traba­jó con diügencia a lo largo de los años treinta del siglo xx y completó cada año un volumen, desde 1930 al 1939 (volúmenes XI-XTX). Del mismo modo, am­plió el material de los Documenti con mucha documentación. Y retornó al for­mato «histórico» cronológico de Lemoyne, con un estilo fresco y legible.26



Más tarde, en 1939, Amadei publicó el volumen X, el último en editarse den­tro de la serie. Así la monumental empresa llegó a su término.


VISTA ESQUEMÁTICA DE LA PUBLICACIÓN HISTÓRICA DE LAS MEMORIAS BIOGRÁFICAS EN LA EDICIÓN ORIGINAL ITALIANA

Lemoyne

IX-1.032

1868-1871

1917 (postumo)

Amadei

X-1.387

1871-1874

1939

Ceria

XI-617

1875

1930

Ceria

XII-706

1876

1931

Ceria

XIII-1.010

1877-1878

1932

Ceria

XIV-849

1879-1880

1933

Ceria

XV-867

1881-1882

1934

Ceria

XVI-724

1883

1935

Ceria

XVII - 902

1884-1885

1936

Ceria

XVIII-879

1886-1888

1937

Ceria

XIX-452

1888-1938

1939 (enero)

TOTAL

16.094 pp.








Conclusión

El método de los biógrafos de Don Bosco y el valor histórico de las Memorias Biográficas se comentarán en las páginas siguientes. Baste decir aquí, a modo de conclusión, que Lemoyne y sus sucesores han dado a luz una historia edifi­cante y fiel para la Familia Salesiana. Así fue cómo los Salesianos que habían conocido a Don Bosco, sin excepción, percibieron y reconocieron la tarea de Lemoyne. De hecho, don Albera, Rector Mayor de 1810a 1821, revisó perso­nalmente las pruebas de imprenta de Lemoyne antes de la publicación, con la excepción del volumen VLTI, que fue examinado por don Julio Barberis.

La obra no es, en absoluto, una biográfica crítica. Por consiguiente, una nueva generación de historiadores salesianos se ha ocupado de poner las ba­ses de los conocimientos críticos. Uno de los fines de todos los estudios con­temporáneos salesianos, consiste en construir críticamente y con rigor una completa biografía de Don Bosco. Condición previa es un concienzudo examen

crítico de las fuentes y de los escritos que nos ha legado la tradición, incluidas, por supuesto, también las Memorias Biográficas.27

El Centro de Estudios Don Bosco, establecido en la Universidad Pontificia Salesiana por don Pedro Stella, y el Instituto Histórico Salesiano, fundado en la Casa Generalicia de Roma, bajo la dirección de estudiosos salesianos, han hecho significativas aportaciones a este proyecto. El Instituto Histórico Sale­siano está dedicado, como lo indican sus estatutos, a la edición crítica y estu­dio de otros materiales de archivo que pueden, en el futuro, servir como base para una biografía crítica completa. Don Francisco Desramaut, del Centro de Estudios Salesianos de Lyon, Francia, ha publicado su más importante in­vestigación crítica en una sustanciosa biografía, de unas 1.500 páginas, apro­ximadamente.28 Pero el mejor estudio realizado hasta ahora sobre bases crí­ticas lo ha hecho Pietro Braido en su magnífico libro: Don Bosco prete dei giovanni nel secólo della liberta. Consta de dos volúmenes de 615 y 734 pági­nas respectivamente.29


27 Cf. P. Braido, Perspectivas 537-546.



28 Francis Desramaut, Don Bosco en son temps (1815-1888), Torino: Societá Editrice Inter-
nazionale, 1996.


29 Pietro Braido, Don Bosco prete dei giovani nel secólo della liberta, Roma, LAS, 20093. [Edi-
ción en castellano, Buenos Aires, 2010.]


30 Nótense los siguientes títulos sobre el tema. En defensa de Lemoyne, véase Ceria, Prefacio
a MBe XV, 15-21; Prefacio a MB XVIII, 5-9; y en « Carta al Director del Estudiantado Teológico de
Bollengo sobre el
Valor Histórico de las Memorias Biográficas», Turín, 9 de marzo de 1953. En la
misma categoría está la más extensa apología' de Guido
Favini: Don G. B. Lemoyne, Salesiano di
Don Bosco: Biógrafo onesto (Primo grande Biógrafo di Don Bosco),
Torino, Scuola Gráfica Sale-
siana, 1874. Un breve estudio erudito sobre la misma cuestión sirve como introducción a una edi-
ción crítica del texto de unas 20 cartas de Lemoyne: Pietro
Braido - Rogelio Arenal Llata, Don
Giovanni Battista Lemoyne a traverso 20 lettere a don Michele Rúa,
RSS 7 (1988) 87-170.

Aunque haya habido y haya opiniones encontradas acerca de la fiabilidad histórica de las Memorias Biográficas, con todo, esta obra, en conjunto, per­manece como un punto indispensable de referencia.30

Apéndice

BREVE CRÓNICA DE LA HISTORIOGRAFÍA DE DON BOSCO31

Como cualquier otra literatura, es obvio que también la que se refiere a Don Bos­co ha tenido que someterse a las leyes de la historia y de la vida, especialmente a la ley de la evolución. Si se quisiera hacer una crónica de la historiografía salesia­na, tres serían, en apretada síntesis, los períodos que habría que señalar:



  1. El primero, y más largo, el período inicial (1860-1960), que llegó a su apo­geo con los escritos surgidos durante la época de la beatificación y canoni­zación y que tiene como punto de referencia las Memorias Biográficas.

  2. Un segundo período más breve (1960-1982), surgido, se puede decir, durante el inmediato postconcilio, ha utilizado en el estudio y reflexión de la historia salesiana los criterios científicos propios del momento histórico. La pro­ducción de don Pietro Stella es, sin duda, el punto máximo de referencia.

  3. El período último (más o menos a partir de 1983), que, sin abandonar el cri­terio científico de la fase anterior, se caracteriza por la gran atención que da a la búsqueda y edición crítica de las fuentes, llevadas a cabo, sobre todo, por el Instituto Histórico Salesiano (ISS) de Roma.


1. La historiografía antigua, una 'narración histórica' (1860-1960)

Esta historiografía, inspirada en una lectura teológica-anecdótica-taumatúrgica de la vida y de la obra de Don Bosco, que podría definirse como una historiografía analística, narrativa, conmemorativa, nació de la convicción, respetable y funda­mental, de la importancia decisiva de la experiencia salesiana, surgida y consoli­dada durante la vida del fundador.


Este es un resumen tomado del artículo de F. Motto, Una breve introducción 57-82.

Vio la luz en el ambiente mismo de Valdocco, cuando algunos jóvenes salesia­nos, convencidos de que «algo sobrenatural» estaba ocurriendo ante sus ojos, se constituyeron, en 1860, en «sociedad» para recoger y controlar colegialmente cuan­to se relacionase con la vida y la actividad de Don Bosco: «Las grandes y lumino­sas dotes que resplandecen en Don Bosco, los hechos extraordinarios que acae­cieron y que todos admiramos, su modo singular de dirigir a la juventud por la vía ardua de la virtud, los grandes proyectos de futuro que demuestra estar pensando, nos revelan que hay algo en él de sobrenatural y nos hacen presagiar días más glo­riosos para él y para el oratorio. Lo cual nos impone a nosotros un deber de grati­

tud, la obligación de impedir que nada de cuanto pertenece a Don Bosco caiga en olvido, y de hacer cuanto esté en nuestro poder para conservar su memoria, de for­ma que resplandezca como rayo de luz e ilumine todo el mundo en bien de la ju­ventud. Tal es el objetivo de la sociedad por nosotros constituida»32. Querían tam­bién documentarse lo más posible sobre sucesos del pasado, de los que, evidentemente, no podían ser testigos presenciales.

La sociedad, aunque iniciada bajo la dirección de don Rúa, tuvo una corta vi­da. Bajo su guía surgieron, no obstante, crónicas, memoriales, anales, recuerdos, declaraciones redactadas por los mismos «testigos». Son las así llamadas «crona­chette» (croniquillas), conservadas en el Archivo Salesiano Central, y que conflu­yeron después en las Memorias Biográficas; en ellas, el aspecto de lo «maravilloso» incidió mucho en la selección y en la recogida del material documental, siguiendo a Don Bosco, que también acentuaba este aspecto en sus mismas Memorias del Ora­torio redactadas en los años setenta.

Junto a estos manuscritos, viviendo aún Don Bosco, aparecieron otras publi­caciones, de las cuales se habla más adelante: como las de Charles D'Espiney, Al­bert Du Boys, Juan Bonetti, J. Melchior Villebranche, J. B. Lemoyne, etc. Siguie­ron después los Documenti recogidos por Lemoyne y las Memorias Biográficas, a cargo de tres conocidos compiladores: Lemoyne, Amadei y Ceria.

Mientras tanto, el Boletín Salesiano, publicado en varias lenguas, continua­ba presentando la actividad de Don Bosco y de los salesianos de forma entu­siasta. Don Bosco era proclamado en cualquier ocasión «prodigio del siglo xrx», «uno de esos raros hombres que la Providencia da a la Iglesia a lo largo de los siglos»... Se admiraba su poder de iniciador de un movimiento que, en todas partes y en cualquier situación, en cualquier contexto y bajo cualquier cielo, continuaba expandiéndose al servicio de la obra juvenil o popular. Los salesia­nos de todo el mundo se sentían instrumento de un vasto programa concebido por Don Bosco y bendecido por el Cielo. Don Bosco era celebrado, admirado, amado, siguiendo la huella de salesianos simpáticos, hábiles, dotados para el trabajo misionero con los más humildes.


32 ASC A008: Cronaca Ruffino 1861-1864, 1-3.



33 G. Salvemini, Lezioni di Harvard, Milano, Feltrinelli, 1966.

Estudiosos de sociología, de pedagogía y de las ciencias históricas se fueron in­teresando, aunque lentamente, por el fenómeno Don Bosco durante los años entre las dos grandes guerras. El educador de Turín era admirado por renombrados es­tudiosos, por ejemplo, Salvemini,33 como apóstol de la caridad, como expresión de la «Italia mística». Con ocasión de la canonización en pleno período fascista la fi­gura del «más italiano de los santos y el más santo de los italianos» fue política­mente instrumentalizada. Con la inserción de Don Bosco entre los pedagogos ca­tólicos propuestos en la escuela, se inició en esa época una notable literatura histórica y pedagógica, pero que sólo duró unos 30 años. En ese mismo tiempo, pedagogos extranjeros, sobre todo en Alemania, se interesaron por la pedagogía salesiana y aportaron exposiciones teóricas independientes, es decir, que nada teman que ver

con las contingencias nacionales o con lecturas confesionales o con las instru-mentalizaciones fascistas.


Un juicio de valor

Hasta los años cincuenta los esquemas históricos más comunes en la mentalidad de los salesianos fueron los que dependían del documento, valioso sin duda, de las Memorias del Oratorio. Don Bosco era presentado como «instrumento del Señor, según las necesidades de su tiempo», a favor de la juventud pobre y abandonada. «Diseños de la Providencia, vías del Señor, sueños proféticos»: todo era visto des­de esa óptica. Tras las huellas de los documentos de Valdocco, llenos depathos, par­ticularmente sensibles a la fascinación del personaje, aunque preocupados por la objetividad histórica, la mayor parte de los escritos sobre Don Bosco y las «vidas» de otros salesianos (Rúa, Cagliero, Albera, etc.) se colocó entre la crónica porme­norizada y las intervenciones milagrosas, entre los dones de gracia y la correspon­dencia a ellos. Señal evidente de la bendición de Dios sobre la Congregación era la expansión de la obra salesiana en el mundo.

La figura de Don Bosco, a partir de los años veinte del siglo pasado y, sobre to­do, después de la apoteosis de la canonización en San Pedro en 1934, tuvo una enorme resonancia en todo el mundo. Dado el tono dominante de aclamación del personaje, se cayó en ilusiones ópticas que convirtieron a Don Bosco en el inicia­dor de los Oratorios en Turín, el inventor de la escuela nocturna, el primer divul­gador del sistema métrico decimal, el primer autor de contratos para aprendices, etc. Se llegó a crear el mito de que Don Bosco era el precursor de todo, quien ha­bría sabido «crear» todo de la nada.

Por otra parte, convertido en «figura legendaria», Don Bosco fue considerado justamente como un santo popular; entre las clases populares aumentaron las prác­ticas de devoción, pues era percibido como un personaje y un acontecimiento sig­nificativo. En medio del optimismo de los últimos decenios del siglo xrx y de los primeros del xx, los católicos, conscientes de sus fuerzas y de la eficacia de sus in­tervenciones, encontraron en Don Bosco un precursor de sus actuaciones. Además, la literatura donbosquiana del tiempo ofrecía documentos históricos de valor no­table, aunque no fuera más que porque estaba alimentada por el conocimiento di­recto de Don Bosco.

Hay que reconocer la honestidad a toda prueba de los primeros biógrafos o compiladores de memorias, por el rigor y el cuidado que pusieron en la trasmisión a la generación posterior de todo lo que ellos retenían como «verdadera» historia de Don Bosco.

Dicho esto, hay que añadir también que no se trataba de una «historia», ni tal como la entendía, a finales del Ochocientos, la historiografía positivista e histori-cista, ni, mucho menos, como se entiende hoy. La fascinación del personaje había llevado a descuidar la realidad del ambiente en el que Don Bosco vivió, las fuerzas vivas y operativas de su tiempo, el contexto en el que estuvo inserto como inicia­dor, organizador y generador de obras, a menudo ya existentes o en vías de reali­zación por parte de otros.

Única voz extra chonim fue la de un estudioso salesiano, don Borino, que, a po­cos años de distancia de la canonización de Don Bosco, criticó la presentación del santo en clave, exclusivamente, anecdótica, taumatúrgica, teológica, edificante, co­mo «costura de recuerdos» o, peor aún, predominantemente retórica. Se anhela­ba la aparición de un «afortunado autor» que pudiera tener la triple suerte de «una completa información; una perfecta libertad para escribir y una cierta sensibilidad artística: el arte de saber imaginar bien y de saber escribir bien».34
2. La nueva historiografía salesiana (1960...)

En los años cincuenta del siglo pasado, las generaciones de nuevos salesianos co­menzaron a manifestar su sentida inquietud sobre la literatura hagiográfica del pa­sado. Empezó a sentirse la exigencia de un estudio del fundador que no preten­diera tanto la edificación del lector, cuanto la veracidad de la figura de un hombre santo en todos los múltiples aspectos. Es decir, se sentía la exigencia de promover una revisión de la historia de Don Bosco, filológicamente atenta, avalada en las fuentes y llevada a cabo históricamente según una metodología actualizada. Los estudiantes salesianos de Bollengo comenzaron a hacer consideraciones sobre el valor histórico de las Memorias Biográficas. Se preguntaban si don Lemoyne no era más un novelista histórico que un biógrafo; si muchos hechos podrían resistir a una crítica rigurosa; si Don Bosco, en sus Memorias, no habría añadido o modifi­cado algunos hechos por motivos pedagógicos; si los volúmenes de las Memorias Biográficas, escritos por don Lemoyne, e incluso los preparados por don Ceria, eran plenamente históricos y no sólo encomiásticos y laudatorios. El anciano don Ce­ria tuvo que empeñarse a fondo para responder, en su nombre y en el de sus dos «colegas», pero sin lograrlo del todo.

Estudiosos serios y bien formados en las ciencias históricas se preguntaban qué significado habían tenido en el contexto en que surgieron y qué significaban, en cambio, en los años del Concilio determinadas ideas de Don Bosco. Como cual­quier concepto histórico, también las ideas y las realizaciones de Don Bosco tenían relación con el ambiente sociocultural en el que habían surgido y, aunque para los salesianos mantuvieran un «núcleo» de validez constante, era necesario «inter­pretarlas», expresándolas en un lenguaje nuevo, «moderno».

Los espíritus más críticos, a inicios de los años sesenta, comenzaron a tener cla­ra una dualidad de elementos: el elemento sustancial/permanente, por un lado, y el relativo/variable, por otro, ambos necesariamente presentes en el «carisma» de Don Bosco. A lo largo de decenios, los salesianos, también sus historiadores, ha­bían conservado mezclados lo relativo y lo esencial. Era necesario cambiar la lec­tura de Don Bosco en síntoma con la evolución acelerada de los ambientes socio-culturales, pues cada vez aumentaba más la distancia cultural con respecto a los tiempos de Don Bosco.


G. B. Borino, Don Bosco, sei scritti e un modo di vedere, Torino 1938.

Se imponía la conciencia de una mejor definición de la misma figura histórica de Don Bosco sobre la base de los nuevos criterios historiográficos. No era ya acep­

table un Don Bosco «isla» en el «mar» de su tiempo; para entenderlo en profundi­dad, era necesario ver con exactitud cómo había vivido en concreto sus conviccio­nes, sus valores, bajo cuáles influencias había actuado, qué reacciones colectivas y personales había producido su actuación. En otras palabras, había que afrontar, en los diversos niveles de su vida y acción, las ideas y las estructuras mentales.

La lectura teológica de las fuentes debía ser completada con la social, econó­mica, política, llevadas a cabo con métodos adecuados. No todo Don Bosco se po­día explicar a través de la intervención sobrenatural, había que tener en cuenta también los elementos y factores naturales, como la explosión demográfica, la in­cipiente industrialización, la mortalidad precoz que dejaba muchos huérfanos, el abandono de los hijos por parte de los padres por razones de trabajo, las clases emergentes, el incremento del clero, la demanda del mercado juvenil..., todos «he­chos» que no habían sido tomados adecuadamente en consideración hasta enton­ces. En fin, la historiografía debía situar a Don Bosco en un cuadro complejo, más amplio que aquel en el que había sido propuesto hasta entonces.

En el nuevo clima cultural de finales de los años sesenta, por medio de presu­puestos, orientaciones e instrumentos de investigación modernos, compartidos con la ciencia historiográfica más seria, se ahondó en el conocimiento de Don Bosco y de su patrimonio heredado, se individuó el significado histórico del personaje y de su mensaje y fueron identificados los inevitables límites personales, culturales, ins­titucionales que, de forma casi paradójica, simbolizaron (y aún hoy simbolizan) las condiciones de vitalidad en el presente y en el futuro.

Gracias a los decisivos estudios sobre todo de don Francis Desramaut para la investigación filológica y literaria de las Memorias Biográficas, de don Pietro Brai­do para la dimensión educativa (Roma, 1964) y de don Pietro Stella, para la rein­terpretación global del personaje,35 surgió una nueva historiografía. La historio­grafía precedente, fruto exquisito de un momento histórico, que había que respetar y utilizar, era considerada como uno entre otros muchos materiales a disposición del historiador para volver a repensar los hechos e interpretarlos según los méto­dos en boga en el mundo científico de aquellos años.36
Juicio de valor


35 P. Stella, Don Bosco nella storia della religiositá cattolica. 3 vols. Roma, LAS, 1969-1988; id,


Don Bosco nella storia económica e sociale 1815-1870, Roma, LAS, 1980.

36 Resulta sintomático que los estudios pioneros de Pietro Stella, incluso en el título, hayan
preferido no presentar al protagonista como «poderoso y solitario», sino en su contexto preciso,
colocándose así en los antípodas de los criterios adoptados por don Ceria, que escribía: «Ante to-
do, he renunciado a cualquier veleidad de encuadrar la vida del Beato en el marco de los tiempos
que fueron suyos» (MBe XI7).


La «nueva historiografía, superando brillantemente los límites de la historiografía precedente, ha liberado a Don Bosco de los estrechos límites del ámbito de refe­rencia salesiano y lo ha introducido en el circuito de la comunidad de los investi­gadores, tanto eclesiásticos como civiles. La reconstrucción histórica del persona­je de Don Bosco, de su actuación entre los hombres de su época, con las cualidades

y las limitaciones personales y dentro de las coordenadas socioculturales y políti­cas del tiempo, ha reproducido sus dimensiones humanas y cristianas, ofreciendo una imagen más completa y más verosímil: la de un santo, hijo de su tiempo, al que ha dado mucho y del que ha recibido también mucho.

Estos resultados de la nueva historiografía han encontrado, con todo, y siguen encontrado, no pocos obstáculos para ser aceptados al interno, y al extemo, del ambiente salesiano. No ha faltado quien haya hablado de desmitificación del san­to educador, de un peligroso cuestionar los episodios con mayor carga de simbo­lismo salesiano, de reduccionismo de la «nueva historiografía», puesto que, a su juicio, prescinde de la santidad de Don Bosco y de su carisma fundacional. No les resulta, ciertamente, fácil cambiar de mentalidad a quienes crecieron a la sombra de las míticas Memorias Biográficas o, lo que es peor, de una hagiografía de tono meloso y de un sensacionalismo milagrero, de biografías edificantes cargadas de sagrados maleficios e indulgentes en exceso con lo maravilloso.

Pero se trataba de un camino sin retorno, hasta el punto de que, en los años ochenta del siglo pasado, el Capítulo General decidió la fundación de un Insti­tuto Histórico Salesiano que, siguiendo las huellas de la historiografía precedente, continuase poniendo a disposición en forma ideal y técnicamente válida los do­cumentos del rico patrimonio espiritual dejado por Don Bosco y desarrollado por sus continuadores, y promoviera de la forma más congruente el estudio, la ilus­tración y la difusión, por medio de varias colecciones, a saber: Fuentes, Estudios, Bibliografía.


3. Las ediciones críticas de las fuentes

y de la historia de la Congregación (1982...)

Punto de partida y exigencia ineludible de todo estudio crítico es, sin duda, la dis­ponibilidad de fuentes, presentadas en el modo más correcto y fiable posible, de­puradas de errores de interpretación y de distorsiones involuntarias, aquellas, en concreto, que son frecuentes en los volúmenes narrativos hagiográficos.

La mejor historiografía, de los años sesenta en adelante, había logrado superar lo que las fuentes ofrecían a primera vista a una lectura superficial, pero no había podido aún ponerse a revisar los documentos, no disponiendo de ediciones críti­cas de los mismos. No es casual que los estudios históricos más consistentes y vá­lidos de los últimos veinte años sean obra de aquellos investigadores que habían trabajado largo tiempo sobre documentos originales custodiados en los archivos de Turín, primero, y de Roma, después.

En ese sentido había mucho camino por andar. Se trataba de recuperar el ma­yor número posible de fuentes, no sólo de las custodiadas en el Archivio Salesiano Céntrale de Roma, sino en otros muchos archivos. Ahora la ordenación y reorga­nización de los archivos periféricos salesianos, la consulta de los archivos públicos o privados, hecha posible por la puesta a disposición de inventarios o repertorios de carta impresa o digitalizados, la mayor disponibilidad de personal, salesiano o no, para trabajar en el sector de las ediciones críticas ha permitido un enriqueci­miento notable de las fuentes para la investigación historiográfica, que, además,

gracias a los modernos instrumentos de comunicación y de reproducción, se ha hecho más asequible hoy que en el pasado aún reciente.

Están ya casi a disposición de todos, en papel impreso, y muchos también on Une, los mayores escritos pedagógicos y espirituales de Don Bosco en ediciones crí­ticas, garantizados en su autenticidad y valor, de forma que permiten un indis­pensable, incluso a veces también sofisticado, análisis filológico. Todo este mate­rial, recuperado hace tiempo o recientemente y escrupulosamente presentado ahora, está permitiendo investigaciones de gran valor y originalidad.

La historiografía salesiana no se ha parado en Don Bosco, sino que se ha ex­tendido al estudio del ambiente, de los salesianos que actuaron junto a él, su for­mación, su correspondencia con Don Bosco. Se han publicado los epistolarios de Don Bosco, el de monseñor Fransoni, el de los misioneros don Francesco Bodra-to, don Domenico Tomatis, don Luigi Lasagna, el de los visitadores en América, don Paolo Albera y don Calogero Gusmano, las circulares y los programas de don Francesco Cerrutti...

Junto al ISS de Roma, hay que señalar la importancia de la ACSSA (Associa-zione Cultoii della Storia Salesiana) que opera en todo el mundo y que junto a la sensibilidad histórica ha promovido también interesantes estudios mediante los congresos que periódicamente celebra y que vienen recogidos en los volúmenes de sus actas y en las colecciones sostenidas por esta asociación.


Sin vuelta atrás..., hacia el futuro

A más de cuarenta años desde el Concilio, hay que aceptar, en primer lugar, que la investigación histórica y crítica sobre la experiencia humana y espiritual de Don Bosco, aunque con límites, ha hecho progresos notables en el intento de mostrar el rostro genuino de Don Bosco y su verdadera grandeza de hombre, de educador, de promotor de obras innumerables al servicio de los jóvenes y de las clases popu­lares, de santo.

Resulta lógico, en segundo lugar, que sea un sinsentido el que allí donde ya exis­ten textos críticos, haya aún conferenciantes, hagiógrafos, predicadores, escrito­res, periodistas, superiores, capítulos generales e inspectoriaíes, que continúen sir­viéndose de textos no verificados críticamente, a veces inseguros, a menudo retocados e interpolados. Quien lo hace cae en descuidos, equívocos o falsas atribuciones que se creían superadas ya hace tiempo.

A la luz de los estudios del último medio siglo, debería ser evidente a todos que la fidelidad a Don Bosco es algo muy diferente a la constante cita de episodios de las Memorias Biográficas, sin arduas y preventivas operaciones culturales. Las le­yendas áureas sobre Don Bosco deben dejar paso a la investigación científica, que no sólo no es un obstáculo para el conocimiento de Don Bosco, sino que, más bien, ayuda a descubrir, para hacerla nuestra, la tensión que él vivió entre el ideal y la realización, entre el sentido intuido de lo moderno que tuvo y la encamación de tal intuición en el tejido social en el que tuvo que trabajar. El mismo Rector Mayor actual, don Pascual Chávez, ha percibido el peligro de la difusión de una imagen de Don Bosco en la Congregación según lugares comunes, anécdotas, y ha pedido

repetidamente a los salesianos que lo conozcan como maestro de vida, como fun­dador, como educador, como legislador.37

r La figura poliédrica de Don Bosco ha de ser repensada y, sobre todo, reela-borada siguiendo los modelos cognoscitivos utilizados en la actualidad; hay que revisarla continuamente, mediante metodologías cada vez más sagaces y ac-

- tualizadas en el contexto de la historia, recurriendo también a las ciencias hoy disponibles, como son la antropología cultural, la pedagogía, la sociología, la economía, etc.

La historia avanza y lo mismo hace la historiografía. Es tarea de la Familia Sa­lesiana actualizar a sus propios miembros en el desarrollo de la historiografía don-bosquiana y contribuir, asimismo, a ensanchar los horizontes de comprensión con el estudio de los personajes de primer plano que lo ayudaron en su quehacer fun­dacional o que extendieron su obra en los diversos países o ambientes; dígase lo mismo de la historia de las obras salesianas surgidas bajo el impulso del carisma salesiano.

Toca a quienes estudian «salesianidad» prepararse con nuevos y adecuados ins­trumentos para una correcta comprensión del patrimonio documental heredado, para ofrecer a todos una imagen histórica acertada de Don Bosco y de su obra y, sobre todo, una versión proponente e interpelante, en correspondencia con nues­tro bagaje científico y, en especial, con los interrogantes de la cultura emergente en cada momento histórico.



NOTAS BIOGRÁFICAS DE LOS AUTORES DE LAS «MEMORIAS BIOGRÁFICAS»

Juan Bautista Lemoyne (1839-1916)38 Primeros años


37 Pascual Chávez, «'Da mihi animas, cetera tolie'. Identidad carismática y pasión apostóli-


ca», ACG 394 (2006) 9.


38 No se ha escrito aún una seria crítica biografia de Lemoyne. Pueden verse: Eugenio Ceria,
Don G. B. Lemoyne, en Profili dei Capitolarí Salesiani morti 1865 al 1850, Colle Don Bosco (Asti),
LDC, 1951, 382-400;
Lemoyne, Giovanni Battista, en Dizionario Biográfico dei Salesiani, 166ss.; P.
Braido - R. Arenal Llata, Lemoyne 87-170 (resumen crítico); E Desramaut, Memorie 29-46.

Juan Bautista Lemoyne nació en Génova, Italia, el 2 de febrero de 1839, el mayor de los seis hijos de Luis, médico de cierta categoría, y de la condesa Angela Pras-ca. La familia procedía de Chálons-sur-Marne, Francia, de donde había huido dos generaciones antes de que comenzase el Reino del Terror, y vivía en condición de­sahogada. Luis Lemoyne, además de tener una clientela afortunada, ocupaba pues­tos importantes en la medicina, primero en la ciudad y luego en el resto de la pro­vincia de Génova.

No es mucho lo que se conoce de la niñez y juventud de Juan Bautista o inclu­so de la vida familiar y educación de los primeros años. Lo poco que se sabe se en­cuentra principalmente en cartas familiares que han llegado a nosotros entre sus propios papeles. Parece que mantuvo íntima relación con sus hermanos, Vicente e Ignacio, y que quería mucho a su hermana María Blanca. Pero tres personas en particular habrían ejercido una mayor influencia en sus tiernos años: la abuela, la madre y su padre.

El ambiente cultural del entorno de la familia Lemoyne proporcionó un estí­mulo a Juan Bautista, a través de sus estudios primarios y secundarios. En 1856­1857, a la edad de 17 y 18 años, completó brillantemente el Bachillerato y el Ma­gisterio (lo que equivaldría, aproximadamente, a un grado universitario y a un certificado de profesor). No tardó mucho tiempo en vestir el hábito clerical y pe­dir entrar en el seminario de Génova.
La formación del seminario y su ordenación sacerdotal

Los cinco años de teología en el seminario (1857-1862) parece que fueron una ex­periencia ambigua para él. Contrariamente a los seminarios del Piamonte, el se­minario de Génova se mantenía más en la tradición benigna con respecto a la teo­logía y a la práctica pastoral. Por tanto, presumimos que Juan Lemoyne, al contrario que Juan Bosco, no tuvo que superar serios prejuicios rigoristas. No obstante, pa­rece que halló la disciplina del seminario excesivamente restrictiva. En una entra­da del diario de 18 de octubre de 1860, habla de pequeñas reglas sin importancia «promulgadas» por el Rector.

Novel sacerdote, pensaba ingresar en una congregación religiosa, pero desistió de hacerlo. Escribe en una memoria personal: «Ahora que he dejado el seminario y he conseguido mi libertad (aunque admito haber pasado unos años felices), ¿crees que voy a encerrarme otra vez dentro de cuatro paredes?».39

Como seminarista, Juan Lemoyne fue un modelo ejemplar de diligencia y pie­dad, y vivió su vida espiritual de manera profunda, aunque con cierto acento pe­culiar. Los propósitos que tomó antes de la ordenación del subdiaconado el 16 de marzo de 1862, dan testimonio de ello.



¡Viva María! Querida madre, te ruego que bendigas estos propósitos. (1) Prome­to mantenerme casto hasta mi último aliento. (2) Recitaré el oficio divino pro­nunciando las palabras con claridad y distinción. (3) Me aplicaré al estudio y no malgastaré el tiempo en cosas inútiles. (4) Cumpliré con fidelidad todos mis de­beres como subdiácono. (5) Amaré a Jesús como a mi amigo más íntimo. (6) Ha­ré todo a mayor gloria de Dios. (7) Trabajaré duro en la viña del Señor. (8) Por el modo de vestir, actuar, hablar y andar, testificaré que soy siervo de mi Señor Je­sucristo.

39 ASC A006-A007 Cronachette, Lemoyne, «Nell'autunno del 1864», 1, en FDB 947 B5. Por con­traste, después de unirse a Don Bosco, sus cartas se hicieron líricas sobre la vida del Oratorio.


¡Oh María, Vos me habéis concedido tantas gracias, Vos habéis visto claramen­te mis batallas! ¡Oh, si pudiera en adelante llevar una vida santa y jamás con­

sentir un pecado venial! Oh María, os ruego que me obtengáis de Dios esta gra­cia. Sé que me la obtendréis, porque fuisteis una madre para mí. ¡Viva María!, ¡Viva Jesús!, ¡Viva Pío LX! Tu humilde hijo J. B. Lemoyne, que está a punto de ser ordenado subdiácono, y os ruega que le alcancéis todas las gracias de Dios.40

Sin duda, estas palabras revelan una vida espiritual profunda, con una fuerte orientación mariana. Su devoción al Papa y al papado se entiende, en particular en el contexto de la unificación de Italia (1861), lograda, en parte, por la invasión y la enajenación de los Estados Pontificios.

Se refleja, de forma genérica, la mentalidad conservadora que había adquirido de la tradición y educación familiar. La familia de Lemoyne era conservadora y esto se comprende a la vista de la historia y estado social de la misma. Más aún, desde su niñez, Juan B. había vivido las experiencias de la revolución liberal; una estricta educación católica debía haber favorecido en él sentimientos de solidari­dad con el Papa, a quien los liberales, especialmente los republicanos, atacaban con particular virulencia. Los puntos de vista conservadores de Lemoyne se fue­ron arraigando más profundamente con el progreso inexorable de la revolución y, a la larga, se ponen de manifiesto en su obra de biógrafo e historiador. En comen­tarios esparcidos acá y allá en los nueve volúmenes de las Memorias Biográficas es­critos por él, repetidamente encuentran censura no sólo los excesos, sino también el mismo hecho de la revolución liberal y su programa.

Lemoyne recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1862. No nos que­da ningún recuerdo de cómo pasó los dos primeros años de sacerdote antes de en­contrarse con Don Bosco a finales del año 1864. Normalmente, los nuevos sacer­dotes pasaban los dos años primeros de su sacerdocio asistiendo a conferencias morales y de teología pastoral para prepararse al ministerio sacerdotal, particu­larmente de las confesiones, mientras ayudaban en alguna parroquia. No hay ra­zón para suponer que don Lemoyne fuera excepción. Mayor relevancia tiene el he­cho de que durante este período Lemoyne estuviera considerando entrar en alguna orden religiosa, aunque no supiera por cuál decidirse. En ese tiempo, don Lemoy­ne se encontraba en pleno discernimiento vocacional: ¿a qué le llamaría Dios aho­ra que ya era sacerdote?


Encuentro con Don Bosco. Decisión vocacional


Documento archivo citado en F. Desramaut, Memorie 32, nota 19. Sobre la excursión de otoño de 1964 ver MBe VII, 638-63.



Tenemos su propio testimonio de cómo se encontró con Don Bosco y se quedó con él. En el mismo, Lemoyne se refiere a sí mismo en tercera persona, como «un jo­ven sacerdote». Don Bosco viajaba por el sur del Piamonte y Liguria, con un gru­po numeroso de muchachos, en la que, al parecer, sería la última de las salidas de otoño. Las Memorias Biográficas dan una detallada narración de las varias etapas de la excursión que llevaron a Don Bosco y sus muchachos hasta Génova41. En su camino de retorno a casa, pasaron desde Génova a Mornese, donde Don Bosco se

encontró por primera vez con las Hijas de María Inmaculada y María Mazzarello, y fue huésped de su director espiritual, don Domingo Pestarino.



En otoño de 1864, un joven sacerdote estaba buscando el «discernimiento de la vo­luntad de Dios respecto a su futuro. Un domingo por la tarde, mientras visitaba el pueblo de Belforte, fue a rezar ante el altar de Nuestra Señora del Santo Rosario en la iglesia del lugar. Pidió a Nuestra Señora que le hiciese conocer su vocación. El día de su ordenación sacerdotal, un compañero de clase de diaconado e mtimo amigo suyo, le había preguntado confidencialmente, «¿eres realmente feliz?».

«Soy muy feliz», contestó el novel sacerdote.

«Con todo, tu corazón no está totalmente satisfecho, ¿no es verdad?»

«Y, ¿por qué no? ¿Cómo sabes tú lo que hay en mi mente?»

«Yo sólo sé que tú no has nacido para ser un cura diocesano», replicó su amigo.

«¿Qué diablos intentas decir?»

«Sé sincero contigo mismo. En el fondo tú sientes que debes ser religioso, ¿no es verdad?»

«Es cierto, pero ahora que he recuperado mi libertad (aunque admito que he pa­sado unos años felices en el seminario), ¿te crees que voy a encerrarme nueva­mente entre cuatro paredes? Por otra parte, para serte enteramente sincero, no es una orden religiosa lo que yo quiero [...].»

«¡Bien! Nuestra Señora te quiere tanto que, si ninguna de las órdenes religiosas llama tu atención, ella te presentará una apropiada para ti, una con la que te com­prometerás, ya verás.»

Dos años habían pasado desde aquella conversación. Y ahora, la mañana des­pués de rezar el Rosario para lograr luz de Nuestra Señora, un poco adormilado [aquel joven sacerdote], oyó una voz que susurraba en sus oídos, «vete a Lerma y allí encontrarás a Don Bosco». Cuando se despertó del todo, aquellas mismas palabras resonaban en su mente. Él jamás había oído a nadie hablar de Don Bos­co, a excepción de una vez. No conocía a ningún amigo de Don Bosco en aque­lla parte del país. El Papa seguramente habría sido más esperado que Don Bos­co si visitara aquellos lugares, pues aquellos pueblos estaban muy alejados del camino ordinario. Por ende, llamó a tres amigos suyos y les relató la extraña ex­periencia. Aquellos contestaron: «Lerma dista solamente una hora de camino de aquí; puedes condescender con tu capricho». De ahí que él fuera a Lerma con uno de sus amigos, pero no atreviéndose a preguntar por miedo a hacer el ridícu­lo, preguntó a un sacerdote, amigo suyo, si él había oído algo relacionado con Don Bosco, de Turín. El sacerdote le contestó que no había oído recientemente nada, pero que podía preguntar al párroco, que estaba en contacto personal con el fundador del Oratorio. Ellos preguntaron en la casa del párroco y, para su sor­presa, les dijeron que Don Bosco visitaría Lerma dentro de ocho días. El joven sacerdote saltó de gozo en su asiento al oír tan asombrosa noticia. Regresó a ca­sa [a Belforte] donde los otros amigos le esperaban en el patio del gran castillo. Riéndose de lo que ellos creían que había sido un chiste muy gracioso, gritaban desde arriba: «Así que, ¿viene Don Bosco o no?». «Sí que viene», resonó la res­puesta desde abajo. Bajaron corriendo al encuentro de sus amigos y no podían creerse que el sueño fuera verdadero. Al domingo siguiente Don Bosco llegó a Mornese. Al día siguiente, después de la ceremonia religiosa de la tarde, el pá­

rroco de Lerma, arcipreste [Raymond] OLivieri, y el joven sacerdote, que había sido huésped suyo en aquella ocasión durante algunos días, fueron a Mornese. Don Pestarino les rogó que se quedaran a cenar. Antes de que Don Bosco hubie­se puesto sus ojos sobre aquel sacerdote que le miraba con ansiedad, le pregun­tó: «¿Cuál es su nombre?». El sacerdote le dijo su nombre.

«¿De dónde procede?»

Le dijo de dónde procedía.

«Bien», añadió Don Bosco, «véngase conmigo a Turín».

«No me importaría», repuso el joven sacerdote. Después de conversar algo más, se pusieron a cenar.

Al día siguiente toda la compañía [Don Bosco y sus muchachos] se presentaron en Lerma, donde al arcipreste Olivieri había organizado un espléndido recibimiento a Don Bosco. El joven sacerdote fue caminando con Don Bosco y, en el momento de la comida, el P. Olivieri lo sentó próximo al hombre de Dios. En consecuencia, él tuvo la oportunidad de hablar de su futuro y acerca del Oratorio de Turín, pero sin llegar a entendimiento concreto, ya que la conversación versó sobre los medios de salvaguardar a la juventud de los muchos peligros que le acechaban.

«Yo me sentiría muy feliz de ir a Turín con Ud.», dijo el joven sacerdote a Don Bosco.

«Y, ¿cuál es su motivo para desear venirse conmigo?» «Para ayudarle en todo lo que pueda».

«No», Don Bosco contestó con firmeza, «la obra de Dios no necesita ayuda de hombre alguno».

«Yo iré y ayudaré en lo que mande Ud.» «Ven sólo con vistas al bien de tu alma». «Iré con esa condición», contesto el sacerdote.

De vuelta hacia Mornese, aquel sacerdote hizo, de nuevo, solo con Don Bosco to­do el trayecto. De esta manera le pudo contar toda su vida pasada y todo lo que había hecho y pensado hasta el momento presente. Fue la vuelta más satisfacto­ria. Al día siguiente, en mitad de la comida, aprovechando un respiro de la con­versación, Don Bosco de repente habló levantando la voz, de modo que todo el mundo oyera. Dijo al joven sacerdote: «Escribe a tu padre y a tu madre, infór­males de tu partida para Turín y de tu decisión de quedarte con Don Bosco».

«Yo debía comunicarlo a mis padres por amor de la conveniencia. Tengo ya por cierto que mi madre daría su consentimiento».

Don Bosco no habló más del asunto. Pero el miércoles, antes de partir para Ca-priata con sus jóvenes, se despidió del joven sacerdote y le preguntó: «¿Cuándo vendrás a Turín?».


42 ASC A006-007 Cronachette, Lemoyne, «Nell'autunno del 1864», in FDB 947 B5 y 3. Este re­sumen está en paralelo (con más detalle) con el testimonio en primera persona dado en el Pro-

«Dentro de una semana. El próximo miércoles estaré allí», replicó. Y cumplió su promesa.42

El 18 de octubre de 1864 don Lemoyne llegó al Oratorio de Valdocco, en Turín, y así comenzó su vida salesiana y su profunda devoción por Don Bosco.


Un año con Don Bosco y la profesión perpetua

Cuando don Lemoyne entró en el Oratorio, a la edad de 25 años, los salesianos eran unos 80,11 sacerdotes y unos cuantos hermanos. Los restantes eran «clérigos», es­to es, seminaristas que estudiaban para ser ordenados, mientras trabajaban a jor­nada completa en la obra salesiana. Con la excepción de Don Bosco, que tenía 49 años, y de don Víctor Alasonatti, que tenía 52 y había entrado en la Congregación unos diez años antes, todos ellos teman menos de 30 años. La Sociedad Salesiana, oficialmente fundada en 1859, había obtenido el decretum laudis (julio de 1864) y había fundado ya sus dos primeras escuelas fuera de Turín: Mirabello (1863) y Lan­zo (1864). En Valdocco, la iglesia de María Auxiliadora de los Cristianos estaba co­menzando a surgir de sus cimientos. Don Bosco ya había empezado a ser hombre de «leyenda». Iba creciendo la creencia de que estaba dotado de poderes extraor­dinarios, no sólo entre sus hijos, sino también en el pueblo. Jóvenes salesianos, co­mo Domingo Ruffino y Juan Bonetti, se habían unido para hacer la crónica de las palabras maravillosas y de los hechos de Don Bosco. Don Lemoyne quedó ganado totalmente.

No existía aún un lugar apropiado ni programa de noviciado. Don Lemoyne hi­zo su formación, su «prueba», trabajando a jornada completa con los demás. La así llamada década heroica había llegado a su fin por los años 60, pero la vida en el Oratorio era todavía heroica en el más alto grado. Ninguno de los sacerdotes dio­cesanos que se habían unido a Don Bosco ocasionalmente pudo aguantar la recia andadura de vida del Oratorio. Don Alasonatti había sido el primero; don Lemoy­ne sería la segunda notable excepción. Enseguida captó el espíritu del lema «tra­bajo y templanza». Se sintió feliz y jamás miró atrás43.


ceso. Hay una tercera narración del acontecimiento en las Memorias Biográficas, más corta, pe­ro conmovedora (MBe VII, 654-55).

43 En una carta a sus padres, el 24 de diciembre de 1864, escribe: «Me siento cada vez más fe-
liz en mi nueva situación [...]. Estoy extremadamente ocupado y no tengo un solo minuto para
perder el tiempo; trabajamos y trabajamos con todas nuestras energías [...]» [Carta del 24 de di-
ciembre de 1864, ASC B538:
Lemoyne, citado en F. Desramaut, Memorie 35, nota 37].

44 Cf. MBe VIII, 485 y MBe VII, 146.

Poco más de un año después de su entrada en el Oratorio, el 10 de noviembre de 1865, don Lemoyne hizo la profesión perpetua. Fue el primero en emitir los vo­tos perpetuos en la Congregación, cinco días antes de los salesianos de la primera hora, como Miguel Rúa (1837-1910), Juan Cagliero (1838-1926), Juan Bautista Francesia (1838-1934), Carlos Ghivarello (1835-1913) y Juan Bonetti (1938-1891), que habían sido miembros fundadores de la Congregación en 1959 y que estaban en el grupo de los 22 primeros que hicieron votos temporales en 1862.44

Director del colegio salesiano de Lanzo (1865-1877)

La razón por la que don Lemoyne profesó antes que los otros hay que buscarla en la urgente necesidad de llenar el puesto de director del colegio salesiano de Lanzo, vacante por la muerte intempestiva de don Domingo Ruffino, primer director de dicha obra. Lemoyne ocupó ese puesto durate doce años, hasta 1877; bajo su go­bierno, el colegio prosperó. Comenzando por los cursos de Primaria y un modes­to alumnado, el programa del colegio se fue ampliando hasta la Secundaria en 1868, y una asistencia en crecimiento en los años sucesivos.

Hasta esa fecha —hay que advertirlo— don Lemoyne había pasado únicamen­te un año con Don Bosco. Lanzo distaba de Turín pocos kilómetros. Don Lemoy­ne solía visitar frecuentemente a Don Bosco y, aunque no tuviera ningún reparo en tomar por su cuenta decisiones, consultaba a Don Bosco todos los problemas que surgían. Don Bosco, por su parte, no lo perdía de vista, vigilando la escuela y la co­munidad salesiana; y, además, los visitaba con frecuencia. De este modo don Le­moyne pudo durante su estancia en Lanzo continuar observando de primera ma­no, palabras y hechos de Don Bosco, una actividad en la cual, con la colaboración de los otros salesianos del Oratorio, él se había implicado desde el principio.
Director espiritual local de las Hijas de Marta Auxiliadora en Mornese y Niza (1877-1883)


45 A la muerte de don Pestarino (1874), Don Bosco nombró a don José Cagliero (1847-1874) para sucederle como director espiritual local de las Hermanas, pero don José Cagliero se murió dos meses más tarde. Don Santiago Costamagna (1846-1921) fue nombrado para reemplazarlo. En 1877 fue llamado a dirigir la tercera expedición misionera a Sudamérica, donde se distinguió como misionero y superior salesiano y, finalmente, como Vicario Apostólico de Méndez y Gua-laquiza en Ecuador. El cargo de director espiritual local (en realidad el capellán) de las Herma­nas se distinguía del de director espiritual general.

En 1874, don Santiago Costamagna fue nombrado director espiritual de las Hijas de María Auxiliadora en Mornese y siguió en el cargo durante tres años45. Puesto que había pedido irse a misiones, convenció a don Lemoyne para que se presenta­se como voluntario a aquel puesto. En efecto don Lemoyne fue nombrado direc­tor espiritual local de las hermanas de la Comunidad de Mornese, encomienda que ostentó hasta 1883. Después de la áspera dirección de don Costamagna, se alcan­zó un gran progreso espiritual e institucional bajo Lemoyne, por su trato amable. Al comienzo de 1879 presidió el traslado de la casa madre de las Hijas de María Auxiliadora a Niza, y en 1881 asistió a Madre Mazzarello en su última enfermedad y muerte. Pero Lemoyne no se sentía feliz en ese cargo. Estaba ligado fuertemen­te a los chicos de Lanzo y le gustaba enormemente la vida llena de actividad del co­legio. La incomodidad que sentía en la presencia femenina hizo de la larga estan­cia con las hermanas una especie de tormento. Más aún, como quiera que Mornese y Niza estaban más lejos de Turín que el mismo Lanzo, se sentía «desterrado» de Don Bosco y del Oratorio. Por consiguiente, las actividades de Lemoyne como cro­nista también sufrieron algún contratiempo.

Secretado de Don Bosco y del Capítulo Superior (1883-1916)

En 1883, don Luis Bussi fue nombrado director espiritual local de las Hermanas de Niza y Lemoyne, relevado de sus muchas ocupaciones,46 fue llamado a Valdoc­co como jefe editor del Bollettino Salesiano y secretario del Capítulo Superior. Os­tentó este último cargo con los sucesores de Don Bosco; en la práctica, hasta su muerte. Pasará ahora cuatro años junto a Don Bosco como confidente suyo. Estos fueron años de puro gozo profundo y de crecimiento humano; los años de su ma­durez cristiana y salesiana.

Su única preocupación era servir al padre y maestro, y reunir para la posteri­dad todo lo que se relacionara con él. Su personal apego a Don Bosco era legen­dario, no mucho menos que el de su joven extraordinario colaborador, el «clérigo», luego sacerdote, Carlos Viglietti, que fue secretario personal de Don Bosco y su compañero de viaje desde 1884 hasta la muerte del santo, en 1888.

Don Bosco apreciaba la devoción y confianza del don Lemoyne y respondía con la misma moneda. Ceria informa de las palabras de Don Bosco a don Lemoyne, cuando este último regresó al Oratorio en 1883.



¿Cuánto tiempo pretendes permanecer con Don Bosco en el Oratorio?», preguntó Don Bosco. «Hasta el fin del mundo», respondió don Lemoyne. «Está bien, yo te confío mi pobre ser. Trátame con cariño, especialmente cuando se trate de escu­charme. Yo no guardaré ningún secreto para ti, ni los de mi corazón ni los de la Congregación. Cuando llegue mi última hora sentiré la necesidad de un amigo íntimo con el que pueda hablar mis últimas palabras con plena confianza.47

La relación de don Lemoyne con Don Bosco era tan íntima, que mantuvieron un perfecto entendimiento y afecto, y una profunda y mutua comunicación como dos almas gemelas. Escribe Desramaut: «Este sacerdote [Lemoyne] sentía gran ne­cesidad de ternura, y esta necesidad la satisfizo su Padre espiritual. Sería difícil imaginar un íntimo afecto más grande, compartido por dos seres» 48




46 Don Lemoyne escribe a su madre: «He sido trasladado a Turín [...]. Don Bosco desea que
yo esté junto a él, como su ayudante especial y colaborador. El Señor no podía designarme para
un puesto más deseable. Yo también estaré en contacto diario con María Auxiliadora de los Cris-
tianos, cuyo secretario seré también [...]. Por lo que a mí me toca, no sería más feliz, si fuera un
rey [...]» [Carta del 18 de diciembre de 1883 en ASC B538ss
Lemoyne, citado en F. Desramaut,
Memorie 40, nota 65].

47 MBe, XVI, 351.

48 F. Desramaut, Memorie, 45.

La familiaridad de don Lemoyne con Don Bosco le capacitó el adquirir el ver­dadero conocimiento del maestro, de su método, de su espíritu; hasta tal punto que logra hacer suyo el estilo de Don Bosco. Se convirtió en perfecto intérprete de Don Bosco. Cuando Don Bosco necesitaba escribir una carta a los chicos, a los salesia­nos, a menudo encargaba a don Lemoyne que lo hiciera por él, con la certeza de que su amor y preocupación serían expresados a la perfección. Durante aquellos últimos años, don Lemoyne vivió en contacto íntimo con Don Bosco y gozó del pri­vilegio de acompañarlo en algunos viajes. Digno de mención es el viaje a la Ciudad

Eterna en 1884, hecho aún más memorable porque dio ocasión para escribir la car­ta que don Lemoyne redactó en nombre de Don Bosco49.

A través de los años de íntima relación con Don Bosco, don Lemoyne, tan a me­nudo como podía, le acompañaba en amigable conversación. En uno de estos atar­deceres, como escribe Ceria:

Don Bosco paró de repente, se volvió y le dijo confidencialmente: «Un glorioso futuro te espera». Y tras una pausa, continuó: «Lo que has sufrido hasta ahora no es nada comparado con los sufrimientos que te esperan en el futuro. Pero ten ánimo, nada en este mundo dura para siempre, y ¡al fm... después de todo... exis­te el Paraíso!50

Según aumentaba el compromiso personal de don Lemoyne con el Fundador y con la Sociedad Salesiana durante estos años, se tomó la tarea de reunir toda la do­cumentación de Don Bosco en un proyecto que terminó siendo la obra monumen­tal, las Memorias Biográficas, trabajo de amor y ciertamente una exigente labor.

Después de la muerte de Don Bosco, Lemoyne pareció también que se moría en cierto sentido. Entendido y apreciado por unos, pero mal comprendido y criti­cado por otros, atormentado por dolencias físicas y por sufrimientos espirituales y emocionales, vivió prácticamente como un recluso el resto de su vida. Se levan­taba indefectiblemente a las cuatro de la mañana y trabajaba hasta altas horas de la noche, organizando y editando la incalculable masa de material biográfico que él había acumulado sobre Don Bosco a través de los años, y trabajando incansa­blemente en el proyecto de las Memorias Biográficas.51

Con increíble tenacidad y dedicación perseveró en su trabajo de amor por más de 30 años, hasta su muerte, el 14 de septiembre del año 1916, a la edad de 77 años.


Ángel Amadei (1868-1945)


49 En abril de 1884, don Lemoyne acompañó a Don Bosco en un viaje a Roma [cf. MBe XVII,
65-123]. Hacia el final de su estancia en la Ciudad Eterna, Don Bosco tuvo un sueño sobre el Ora-
torio y don Lemoyne lo redactó y lo envió en carta a Don Rúa a Turín. Se trata de la famosa
Car-
ta desde Roma.
Es quizá el más excelente ejemplo de lo perfectamente que don Lemoyne enten-
dió el espíritu de Don Bosco.


50 E. Ceria, Profili 398.

51 El trabajo monumental de Lemoyne como cronista y autor de biografías se explica sepa-
radamente. Lemoyne escribió al obispo Cagliero, el día 7 de diciembre [1886]: «Yo trabajo día y
noche, no tengo recreo, jamás dejo mi habitación, rehuso asumir cualquier otro empeño, estoy
casi siempre solo. Pero confío que mis hermanos rezarán desde el fondo del corazón una oración
por mí cuando haya muerto. Creo que la necesitaré, pues comprenderás que esta vida es total-
mente contraria a mi inclinación natural». Cf. F.
Desramaut, Memorie, 42, nota 73.

Ángel Amadei nació en Chiaravalle, Ancona, Italia, el 22 de mayo de 1868. Después de estudiar en el Instituto de Segunda Enseñanza y en la Facultad (gimnasio y li­ceo), y hacer teología en el Seminario Diocesano de Senigailia, entró en el colegio salesiano de Faenza en 1887. Visitó el Oratorio de Turín y se encontró con Don Bos­co, momento decisivo en su vida.

Profesó en 1888 y continuó sus estudios de teología, mientras enseñaba a tiem­po pleno en el colegio salesiano de Borgo San Martino, desde 1888 hasta 1892, año de su ordenación sacerdotal.

Después de ejercer varias incumbencias, en diferentes colegios, fue nombrado en 1908 por Don Rúa para suceder a don Domingo Minguzzi como editor del Bo­llettino Salesiano, puesto que ocupó durante 20 años con eminente distinción, mien­tras, al mismo tiempo, se ocupaba del ministerio de las confesiones y era director espiritual.

Después del fallecimiento de Don Rúa en 1910, comenzó a compilar las me­morias biográficas de éste, que, más tarde [1931-1934], publicaría en tres volúme­nes. Después de la muerte de don Lemoyne en 1916, don Amadei parecía el legíti­mo candidato a sucederle en la obra de las Memorias Biográficas; fue entonces cuando el Rector Mayor, don Pablo Albera, le confió este encargo. Supervisó la pu­blicación del volumen LX y compiló el volumen X, que apareció en 1939, el último de la serie.

Según marchaban las cosas, se vio que Amadei no era el auténtico sucesor de Lemoyne. Exonerado de la responsabilidad, quedó libre para trabajar en la bio­grafía de Don Rúa. Don Eugenio Ceria fue, en consecuencia, nombrado por el Rec­tor Mayor, don Felipe Rinaldi, para continuar las Memorias Biográficas.

Don Amadei murió en Turín en 1945, a la edad de 76 años. Eugenio Ceria (1870-1957)

Eugenio Ceria nació el día 4 de diciembre de 1870 en Vercelli, Italia; recibió su pri­mera educación con los Hermanos de las Escuelas Cristianas y los Padres del Ora­torio. Entró en el noviciado en 1885. Profesó en 1886 y fue ordenado en 1893. Des­de entonces hasta 1929 estuvo destinado, al menos, en 10 colegios salesianos, dedicado a la enseñanza en la Educación Secundaria, como profesor y escritor. Se tituló y adquirió cierta notoriedad en el estudio de los clásicos. Más tarde, ya co­mo erudito, se dedicó al estudio de los autores cristianos; un campo en el que mu­chas publicaciones llevaron su nombre.

Aunque don Ceria no había tenido preparación como historiador, en 1929 don Felipe Rinaldi lo llamó desde Roma a Turín para que continuara la obra de las Me­morias Biográficas. Desde 1930 hasta su muerte, en 1957, esta persona ya mayor, erudita y cortés dedicó su talento exclusivamente a los estudios salesianos y a su publicación.

Desde 1930 a 1939, comenzando por los Documenti de Lemoyne y procediendo con esmerado examen de todo el material de archivo entonces asequible, publicó los volúmenes XI al XIX de las Memorias Biográficas. El volumen XLX es la historia del Proceso de Beatificación de Don Bosco (1929) y de Canonización (1934). Su estilo se caracteriza por una sencilla belleza y la claridad de los clásicos latinos. Aunque don Ángel Amadei editó el volumen X de las Memorias Biográficas, publicado en 1939, don Ceria es considerado como el verdadero y digno sucesor de don Lemoyne.

Es más, don Ceria es autor de numerosos e importantes escritos «salesianos»; podemos mencionar, en primer lugar, un informe de la historia de la Sociedad Sa­

lesiana, los Anales, que abarca el rectorado de Don Bosco, Don Rúa y don Pablo Albera, en cuatro volúmenes32. Luego puso en circulación la primera edición de las Memorias del Oratorio de Don Bosco, sacada de manuscritos del archivo, con una introducción y comentario53. Asimismo, de los manuscritos del archivo, publicó una colección de cartas de Don Bosco en cuatro volúmenes.34 También publicó va­rias biografías y notas biográficas de salesianos, sin olvidar el célebre libro Don Bosco con Dios55.

Murió el 21 de enero de 1857.



LAS «MEMORIAS BIOGRÁFICAS» Y SU FIABILIDAD HISTÓRICA

Tras haber presentado la tradición biográfica de Don Bosco, descrito el proceso mediante el cual se formaron las Memorias Biográficas y ofrecido una reseña de la vida de sus redactores, parece oportuno exponer el método historiográfico que don Lemoyne adoptó al escribir sus volúmenes (I al LX) de las Memorias Biográficas, método que será, básicamente, de todas las Memorias Biográficas en su conjunto.56


Búsqueda y orden de los documentos

La búsqueda, interpretación y utilización de los documentos son las tres etapas crí­ticas de toda obra histórica y, por consiguiente, de cualquier biografía. Estas acti­vidades revelan la profesionalidad del biógrafo de Don Bosco.

Don Lemoyne buscó y recogió todo tipo de documentos, por nimios que fue­sen, que pudieran servir para enriquecer su relato sobre Don Bosco y su obra. A pesar de la longitud de toda la obra (XLX volúmenes) y el considerable uso de los documentos, el principal interés de Lemoyne era la «historia-narración» de Don Bosco. Su primera, si no su única preocupación, fue todo aquello que pudiera te­ner algún interés narrativo. Tendía a ignorar, por ejemplo, los planos de los edifi­cios, las fotografías, libros de contabilidad, actas escolares y cosas de interés más específico. Prefería, sobre todo, los relatos de testigos oculares, especialmente que testificaban lo que Don Bosco había dicho y hecho.

Una evaluación crítica exige el análisis de esta gran cantidad de documentación sobre Don Bosco recogida por Lemoyne. Las principales fuentes documentales son:



52 E. Ceria, Annali della Societá Salesiana, Torino, SEI, 1941, 1943, 1946, 1951.

53 San Giovanni Bosco, Memorie dell'Oratorio di San Francesco di Sales dal 1815 al 1855 [...],
Torino: SEI, 1946.

54 Epistolario diS. Giovanni Bosco [...], Torino: SEI, 1955,1956 y postumo 1958,1959.
35 Barcelona, Librería Salesiana, 1931.

56 F. Desramaut, «Cómo trabajaron», 37-65.


1. Un buen número de escritos del mismo Don Bosco: las Memorias del Orato­rio, el Testamento Espiritual, cartas y circulares personales, las biografías de

Luis Comollo, Domingo Savio, Miguel Magone, Francisco Besucco y José Ca-fasso. De Don Bosco se habían publicado o estaban sin publicar informes del trabajo de los salesianos, de los registros policiales, de su viaje a Roma en 1858, de la consagración de la iglesia de María Auxiliadora, de los «portentos» y «gracias» atribuidas a su intercesión. Así como los reglamentos y constitu­ciones del Oratorio, de la Congregación Salesiana, de las Hijas de María Auxiliadora y de la Unión de los Salesianos Cooperadores. Estos y otros es­critos auténticos, aunque breves, recogidos por don Berto (1847-1914), halla­ron su lugar en la colección del don Lemoyne.

  1. Los escritos de quienes habían vivido y escuchado a Don Bosco, quienes tu­vieron contacto con él y escribieron lo que ellos habían visto u oído. El pri­mero es, probablemente, la Historia del Oratorio de Juan Bonetti (1838-1891), publicada en serie durante la vida de Don Bosco en el Bollettino Salesiano. Si­guió luego en el mismo Bollettino Salesiano, durante los últimos años de Don Bosco, una serie sobre los Paseos Otoñales (1848-1864).

  2. Las actas de las reuniones de los directores salesianos, del Capítulo Superior (Capítulo General) y de los Capítulos Generales (1877,1880,1883 y 1886).

  3. Don Lemoyne daba mucha importancia a las «crónicas» o cuadernos de re­cuerdos de los salesianos que habían sido testigos oculares de sus palabras y hechos y cuyos informes están en el archivo central: Domingo Ruffino (1840­1866), Juan Bonetti (1838-1891), Antonio Sala (1836-1895), Joaquín Berto (1847-1914), Julio Barberis (1847-11927), Francisco Cerruti (1844-1917), Juan Garino (1845-1908), José Lazzero (1837-1910), Francisco Provera (1836-1874), Carlos María Viglietti (1864-1915), Pedro Enría (1841-1898), Juan Bautista Francesia (1838-1930) y Segundo Marchisio (1857-1914). En esta lista hay que poner también al mismo Lemoyne57. Don Rúa también había compilado un inapreciable Libro de Experiencia y una Necrología, y había escrito asimismo frecuentes notas en pequeños trozos de papel. A esta larga lista habría que añadir las crónicas locales de casas y la colección de anécdotas y «sueños».

Todos estos testigos y sus informes no son necesariamente fieles por el hecho de que estuvieran junto a «la fuente», como si la proximidad a Don Bosco tuviese que garantizar de modo absoluto la objetividad, la lucidez o la exactitud de sus afir­maciones. Esto ha de ser comprobado en cada caso. Estos testimonios plantean interesantes problemas; se deben distinguir, por ejemplo, informes de primera ma­no y otros de referencias más o menos distantes; los testimonios directos, de los in­directos; el acta, del testimonio posterior; el sueño, de la parábola onírica; los tes­timonios auténticos, de los comentarios sobre ellos; una afirmación original, de una elaboración posterior de la misma.


57 En contra de una tenaz y falsa opinión, Lemoyne no se deshizo de sus notas personales, ni
de las de otras personas después de usarlas.


58 Desramaut, hablando aquí de la nota escrita por Don Rúa sobre el primer uso del título «sa-
lesiano», afirma que no es en absoluto una especie de acta de la reunión del «grupo de cuatro»
tenida el 26 de enero de 1854, «sino una nota escrita por Don Rúa, probablemente pedida por el
biógrafo 40 -50 años después del hecho». Según Desramaut, Lemoyne da una impresión equivo-


Se podrían aducir cientos, miles quizá, de errores de Lemoyne al tratar tales problemas.58 Cuando Bonetti (entre 1861 y 1863) o Viglietti (entre 1884 y 1885) re­

cogían de labios de Don Bosco recuerdos de su vida pasada, que se apresuraban a escribir en sus cuadernos, eran testimonios directos, aunque muy posteriores a los hechos referidos y, por tanto, expuestos a todas las reconstrucciones no seguras del recuerdo. Pero los mismos testigos pudieron anotar también historias que circu­laban en el ambiente, que otros, tal vez, habrían negado si hubiesen llegado a co­nocerlas. Se trataba de cosas que «se contaban», como escribe Ruffino, al comienzo de algunas anécdotas sobre Don Bosco. Bonetti recapituló seis relatos asombrosos en uno de sus cuadernos: la admirable conversión de un ateo, el joven [Carlos] re­sucitado de entre los muertos, Don Bosco y sus canarios, el perro Gris, la multi­plicación de las castañas y la multiplicación de las formas consagradas.59 Son anéc­dotas de veracidad incierta, pero grabadas en la tradición salesiana y contadas, quizá, en apoyo de la santidad del fundador y que deben ser evaluadas como co­rresponde.

Lo mismo se podría decir de las deposiciones de los muchos testigos oculares, (la mayoría simpatizantes de Don Bosco), llamados a testimoniar en el proceso de canonización y usadas en las Memorias Biográficas. Habría que seguir la génesis de cada elemento en estas deposiciones, esforzándose en buscar la fuente de in­formación y tomando en consideración las actitudes mentales de cada testigo. Las más notables afirmaciones sobre la vida ascética de Don Bosco —y es un ejemplo— proceden de don Berto, que era persona escrupulosa y más o menos obsesionada. Don Berto y don Barberis hicieron amplias deposiciones bajo juramento a partir de los Documenti de don Lemoyne, que podían consultar y copiar a placer en Val­docco. A veces los utilizaron de manera servil. Por eso las aproximaciones, y has­ta los errores de sus fuentes, reaparecían, más aumentadas que corregidas, en sus deposiciones. Lo hicieron indudablemente con la mejor buena fe del mundo, pero indica que algunos testimonios teman una compleja historia que necesita ser co­rrectamente evaluada.


cada cuando escribe: «Conservadas en nuestros archivos están las actas de esta reunión, como lo constató el clérigo Rúa» (MBe V, 21). Pero la única razón que el crítico da es que esta nota no apa­rece en los Documenti. No parece razón suficiente, pues hay otras muchas hipótesis que explica­rían la existencia de la nota, aunque don Lemoyne no la recogiera en los Documenti. Por ejem­plo, pudo muy bien Don Rúa haberla escrito y conservado para sí como recuerdo personal. La nota en cuestión se encuentra hoy en el ACS. Esto nos advierte de que hay que andar con cuida­do con las afirmaciones de los críticos, pues también ellos corren el peligro de convertir sus hi­pótesis en tesis y eso, sin pruebas convincentes, no le es lícito a un historiador serio. [Nota de los editores.]

59 MBe TV, 322; III, 382; IV, 545; IV, 543 ss.; LU, 385-90; ELI, 344.

Sobre las crónicas y actas de Lemoyne, que él usó de una manera exagerada pa­ra las Memorias Biográficas, se hace necesaria una anotación. De tales actas tene­mos pruebas seguras —textos transcritos y editados— que difieren de la redacción original. Por lo que se refiere a las crónicas, el caso más interesante es el de Carlos María Viglietti en su relación sobre los últimos años de vida de Don Bosco (1884­1888). Distribuido en varios cuadernos, revisado y copiado varias veces, el relato plantea al biógrafo historiador muchos problemas específicos. La «versión» pil-

mitiva parece ser la más fiable. Sin embargo, hay algunos pasajes que se añadie­ron más tarde y tienen interés para el conocimiento de Don Bosco.

En cuanto a las actas, generalmente el secretario designado toma nota de lo que oye o comprende a medida que se desarrolla la sesión; después compone un texto oficialmente aceptable. Se imponen normalmente añadidos, modificaciones! su­presiones. Las actas del Consejo General o de los Capítulos Generales, anotadas tras haberlas oído por primera vez, fueron a menudo transcritas y editadas con la ayu­da de la memoria, para hacerlas más legibles y completas. Las actas de la primera sesión del Capítulo General (1877) editadas por don Barberis son una prueba. En el primer borrador, muchas frases aparecen tachadas o añadidas, lo que revelaría el proceso de la discusión. El mérito de las correcciones, algunas hechas por el mis­mo Don Bosco, por muy valiosas que puedan ser, necesitan un cuidadoso examen.
Comprensión y utilización de los documentos

Ni Lemoyne ni sus sucesores, Amadei y Ceria, fueron sensibles a esta problemáti­ca. Les bastaba que el testigo fuese «honesto», cualidad que se valoraba en función de criterios morales. Lemoyne asumía la versión en su forma más acabada, la glo­saba, alineando todos los detalles en el mismo plano, dividía, comparaba pasajes paralelos, recogía todas las informaciones y detalles que le eran nuevos y los dis­tribuía en función de una urdimbre general de la obra, que era, en lo posible, cro­nológica. Para Lemoyne, la mejor historia de Don Bosco sería aquella que juntara el mayor número de informaciones sobre él, atestiguadas por testigos honestos. Sentía que no podía olvidar nada, ni siquiera una palabra o frase. Esta obsesión por la mera cantidad que diera a su obra «solidez», era una tendencia que, junto con otros rasgos, revela su criterio precientífico.60 Lo que, en general, vale también para Amadei y Ceria, que utilizaron los Documenti de Lemoyne y les sirvieron de base para su respectivos volúmenes. Lemoyne coleccionó todo lo que pudo apren­der de sus fuentes e incorporó todos los datos dentro de su obra, aun cuando esto supusiera el peligro de repetir un hecho varias veces, ya que ello le había llegado a él de diferentes formas. De ahí que encontremos informes duplicados y triplicados del mismo acontecimiento.61


60 Cf. G. Bachelard, La fonnation de Vesprit scientifique. Contribution á une psychoanalyse
de la connaisance objective, 13
a ed., París, 1986; Ia ed, 1938, 131-133. Con respecto al «obs-
táculo substancialista», este autor escribe: «Por natural instinto, la mente precientífica amon-
tona sobre un objeto todas las cosas en que el objeto ha jugado un papel, ignorando toda je-
rarquía de importancia en aquellos papeles. Así une directamente una sustancia con las
diferentes cualidades, lo superficial con lo profundo, lo obvio con lo oculto». Tal persona es-
tá preocupada «con la obvia experiencia externa, instintivamente evitando todo examen crí-
tico [ibíd., 99].


61 Véase F. Desramaut, Memorie 213-266, en el capítulo, «La lecture et l'ordonnance de la ma-
tiere».


Unos pocos ejemplos pueden ser üustrativos. En las Memorias del Oratorio, Don Bosco, por alguna razón, no quiso mencionar que siendo un mozalbete de 13-14

años (1828-1829) había pasado 18 meses en la granja de los Moglia, en Moncucco, en faenas de mozo de establo. Los Moglia fueron preguntados por el salesiano don Segundo Marchisio en 1888 y más tarde por los examinadores durante el proceso informativo de los años noventa del siglo xrx. Aquellos campesinos (Dorotea Mo­glia y Juan Moglia, Gregorio Moglia) habían quedado impresionados, entre otras cosas, por un rasgo extraordinario del joven adolescente. Juan había renunciado a ocuparse de la hija pequeña de la señora Moglia, aunque se lo ordenaron en firme. Al narrar este acontecimiento, don Lemoyne se encontró con no menos de siete in­formes, sin contar con otros dos que hablan en términos mucho más generales de esta negativa.62 Uno de los testigos expresó la negativa de un modo diferente y Le­moyne hizo de ella un incidente diferente, quedando duplicado el suceso en las Me­morias Biográficas.61 Todos los testigos, menos uno, están de acuerdo en que Juan dijo a Dorotea: «Déme tantos muchachos como quiera y yo los cuidaré, pero no me puedo cuidar de las niñas». El informe que varía dice en cambio: «Yo no estoy des­tinado a esto», contestó tranquüamente Don Bosco.64

El deseo de ser exhaustivo ha llevado a duplicar, por ejemplo, la conversación del joven Juan con don Calosso en noviembre de 1829, mientras iban camino de Buttigliera a I Bechi. Don Calosso le había pedido a Juan que le dijera de qué tra­tó el sermón del jubileo y Juan le contestó. Don Lemoyne tiene tres narraciones a su disposición: una de Don Bosco en las Memorias del Oratorio, otra de la crónica de Ruffino y otra de los Annali I de Bonetti, siendo las dos últimas prácticamente idénticas. Cada una de estas tres versiones conocía sólo una de las conversaciones acerca de un solo sermón escuchado. Pero puesto que la versión Ruffino-Bonetti (Juan hablaba durante diez minutos) difería de las Memorias del Oratorio de Don Bosco (Juan hablaba en ella durante media hora), Lemoyne, creyendo que de este modo serviría a la causa de la verdad, hizo constar ambas versiones. Tiene a Don Bosco hablando de un sermón «durante más de media hora» y un poco después le presenta hablando diez minutos de un segundo sermón.65


62 El coadjutor salesiano José Rossi, por ejemplo, testificó: «Las madres le confiaban el cui-
dado de sus hijos y Don Bosco lo realizaba muy contento, excepto cuando era cuestión de chicas
pequeñas» [G. Rossi. Proceso ordinario della Curia di Torino, 2511] (La Sra. Dorotea era la úni-
ca «madre» en la granja!)


63 Esta deposición, probablemente ofrecida por Gregorio Moglia, lúe incluida por Lemoyne
en los
Documenti XLIJJ, 3.

64 MBe I, 173.

65 Cf. MBe LX, 247.

66 Véase el cuaderno de Lemoyne, Ricordi di gabinetto, entrada del 22 de febrero de 1884, in-
cluido en MBe, LX, 131.


67 Cf. G. Bosco, Remembranza di una solennitá in onore di María Ausiliatríce, Torino, 1868,
49-50. Incluido en MBe IX, 247-248.


Dos curaciones, enteramente semejantes, de una señora paralítica en la consa­gración de la Iglesia de María Auxiliadora de Turín en 1868, tienen un origen se­mejante. La primera procede de una relación que Don Bosco dio a don Lemoyne en 1884.66 La segunda está, tres páginas más adelante, en el volumen LX de las Me­morias Biográficas; procede de un folleto impreso en el año de la consagración.67

Hay otros duplicados, quizá no tan evidentes, pero casi igualmente ciertos. Un ejemplo es el episodio de los muchachos que se empaparon de agua durante un pa­seo y fueron atendidos por el caballero Marco Gonella. La anécdota aparece en el volumen VI de las Memorias Biográficas, tpmada de la versión de Don Bosco en su vida de Miguel Magone. Luego aparece en el volumen VII, en año diferente, basa­da en una anécdota recogida en el año 1884.68


Falta de conocimientos de crítica en la interpretación

Lemoyne parece confundir dos planos: el plano de la vida o el de la historia como se ha vivido y el de la narración o vida narrada, que incluye la documentación que atestigua esa historia. Él asumió que estos dos planos coinciden. Uno refleja el otro. Se supone que las mediaciones de los documentos son transparentes y sus men­sajes obvios. Con todo, «no es fácil comprender un documento, saber lo que es, lo que dice, lo que significa».69

El biógrafo de Don Bosco olvida que sus fuentes documentales están ligadas a individuos o grupos de gente que hablaron o escribieron en un momento determi­nado, expresaron su propio punto de vista, pasaron por alto algunos detalles o cam­biaron algunos de ellos para que se les entendiera mejor. Con buena fe, los bió­grafos a veces imaginaron cosas y se permitieron sus propias emociones y deseos para colorear el cuadro total.

Una persona familiarizada con textos históricos prevé las consecuencias de cui­dar los detalles en la interpretación sistemática de narraciones de los textos. En realidad, un texto es un producto terminado; tiene que ser calibrado como un ob­jeto «manufacturado». No puede ser nunca tratado como si fuera una ventana trans­parente abierta a la realidad de la que se habla. Si este ingenuo método fuera apli­cado a la Biblia, uno se arriesgaría a confundir pasajes didácticos con narraciones históricas, leyendas con acontecimientos reales, y así sucesivamente.

Tomemos un ejemplo al azar, la historia del barbero de Castelnuovo, en la que se cuenta que Don Bosco no permitió que una mujer le afeitara. El episodio se en­cuentra en uno de los cuadernos de don Bonetti. Este escribe:

Hace diez días [en febrero 1862], dos hombres del pueblo de Don Bosco, Ángel Savio y el subdiácono Cagliero, me contaron esta historia sobre él. Un día en Cas­telnuovo, Don Bosco se dio cuenta de que necesitaba afeitarse y entró en una bar­bería [...]. Notando [que la dependienta era una mujer], se levantó enseguida, to­mó su sombrero y saliendo le dijo a ella: «No permitiré nunca que una mujer me tome de la nariz».70


68 Doble probablemente: MBe VI, 53, basado en la Vida de Miguel Magone (1861), cap. XII; MBe


VE, 243.454, basado en G. B. Lemoyne, Ricordi di gabinetto, entrada de 22 de febrero de 1884.

69 Henri I. Marrou, De la connaissance historique, París, Éditions du Seuil, 1954, 101.

70 G. Bonetti, Annali II, 36ss. El pasaje aparece en MBe V, 125-126.

Es una historieta amena, como la gente del pueblo la contaba, pero conviene ser cautos al considerar la escena en sí y las palabras que realmente Don Bosco

pronunció, para mí mucho menos sacar la consecuencia de que fue una prueba de la «castidad salvaje» de Don Bosco. Lemoyne tomó la historia de Bonetti, que se la había oído a dos hombres de Castelnuovo, quienes, a su vez, narraban una histo­rieta que corría por el pueblo. Lemoyne lo asumió como le llegó.

Las consecuencias de semejante error pueden ser serias. Así, por ejemplo, Le­moyne, y más tarde Ceria, debería haber sometido a examen crítico los relatos de «bilocación» de Don Bosco en 1878 y 1886. Mientras estaba en Turín en ambas fe­chas, las Memorias Biográficas le hacen aparecer, en el primer caso, en Saint-Ram-bert d'Albon (Francia) el 14 de septiembre de 1878; en el segundo, en Sarriá, cer­ca de Barcelona (España), la noche del 5 de febrero de 1886. En el primer caso el biógrafo dio crédito a una carta de una señora llamada Adéle Clément. En el se­gundo, acepta el testimonio de don Juan Branda, el director salesiano involucra­do en la experiencia. El testimonio de madame Clément es mera suposición, sin ningún fundamento serio. Don Branda puede ser sólo signo de una visión, no de una bilocación propiamente dicha de Don Bosco.71

Los biógrafos de Don Bosco, pues, erraron al no evaluar los testimonios ade­cuadamente. Trabajaban con una mentalidad precientífíca y con una fuerte acep­tación de la tradición; fueron incapaces críticamente de tamizar sus fuentes y re­chazar los informes dudosos, por miedo a que se atenuara el resplandor del santo. Alegar que los autores de las Memorias Biográficas eran «hombres de su tiempo» sería una defensa inadecuada. En el campo de la hagiografía, los bolandistas ha­bían estado ya trabajando durante más de 250 años cuando don Lemoyne publicó el primer volumen de las Memorias Biográficas. Habían pulido constantemente sus métodos al tratar con las fuentes relativas a las vidas de los santos. En los siglos xvn y xvm los historiadores jansenistas de Port-Royal habían ayudado a transfor­mar la hagiografía en verdadera historia.

Sin duda los piadosos hagiógrafos de los siglos xvm y xrx escribieron con una mentalidad precientífíca, preocupados como estaban en proporcionar edificación más que verdad histórica. Pero curiosamente, la vuelta a técnicas más rigurosas en escritura histórica coincidió con la aparición de las Memorias Biográficas. En ese momento Louis Duchesne (1843-1922) y Hippolite Delehaye (1859-1941) atacaban con virulencia las «leyendas piadosas» en el Bulletin Critique y en sus propias pu­blicaciones académicas. El magnífico estudio introductivo del bolandista Charles de Smedt, Principes de la critique historique, fue publicado en 1833. Pero este mé­todo científico, que no se impuso ni siquiera en Francia, parece que no llegó a Ita­lia. Los antimodernistas de inicios del siglo xx lo habrían considerado bastante po­co ortodoxo.

Pietro Sceppola escribe sobre este asunto:



71 Para el suceso en Saint-Rambert, véase Documenti XLIII, 335-336 editado, basado en una carta de fecha de 13 de abril de 1891 de madame Adéle Clément. La información fue posterior­mente confirmada por su hija (Lyon, abril, 13, 1932). La historia fue editada en MBe XTV, 580­583. Para el suceso en Sarriá, véase Documenti XXXI, 86-89, y MBe XVII, 40ss.


Ateniéndonos a las relaciones y observaciones hechas en el siglo xrx por los eru­ditos, [...] el nivel de la cultura eclesiástica [en los seminarios italianos] era me­

diocre [...]. La calidad de la formación intelectual de los seminaristas, cuyas serias deficiencias había denunciado Rosmini en las Chique piaghe della Santa Chiesa [Las cinco llagas de la Santa Iglesia], siguió siendo muy pobre, a pesar de algunas mejoras. En general, los profesores no eran escogidos por su com­petencia, y con algunas pocas excepciones, se descuidaban los estudios empí­ricos [...].72

Los biógrafos de Don Bosco de la segunda mitad del siglo xrx y de la primera del siglo xx compartieron la mentalidad precientífíca. Don Lemoyne creía que ha­bía puesto los fundamentos para un trabajo realmente «racional»; escribía en su prólogo del volumen I de las Memorias Biográficas:



Estas páginas han sido escritas, no movido por la imaginación, sino por un co­razón guiado por un razonamiento tranquilo; son el resultado de una minucio­sa investigación, correspondencia y comparación de fuentes. Las narraciones, las conversaciones, todo lo que consideré digno de ser registrado, son un fiel, li­teral informe de los hechos como fueron presentados por los testigos.73

Lamentablemente, confundía la perfección «racional» con la acumulación de cantidad o contenidos. En otras palabras, amontonó informes documentales sin ningún análisis de crítica sistemática.


La utilización de la documentación

Para esta primera generación de biógrafos salesianos lo importante era recoger do­cumentos y presentarlos en forma legible. Es cuanto hicieron Lemoyne, Ceria y Amadei al escribir las Memorias Biográficas. La magnitud del trabajo indica la abun­dancia de los documentos vertidos en esta especie de enciclopedia histórica sale­siana de los primeros tiempos.

Tenemos una deuda de gratitud con Lemoyne, en particular, por reunir dili­gentemente y editar en sus Documenti cartas privadas y circulares, artículos de pe­riódicos y folletos. Prestó un mestimable servicio a los historiadores de Don Bos­co. A su vez, sus continuadores, Amadei y Ceria, incluyeron una gran cantidad de material original en sus volúmenes (X al XLX) de las Memorias Biográficas.


72 P. Scoppola, Italie. Periode contemporaine, en Dictionnaire de spiritualité, VH,




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