Artículo : El lado irracional de los mercados



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Artículo: El lado irracional de los mercados

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Autor o remitente: Psicología del mercado bursátil (Lars Tvede)

Escrito enviado y comentado por Enrique gallego /recopilado por Robert Marti


Los Comentarios de Enrique Gallego son los que están [...]
Como en toda buena narración de terror, los mercados financieros tienen su monstruo en las profundidades.
Este monstruo rara vez aparece a la luz del sol. Antes al contrario, se oculta bajo la tranquila superficie de ciclos, curvas y ondulaciones del mercado. Enterrado en el fango de las profundidades, allá en el fondo de la mar procelosa, el monstruo está al acecho, esperando el momento propicio.
Aunque nadie puede decir a ciencia cierta que conoce realmente a este monstruo, la mayoría de la gente es consciente de su existencia. Porque, como todos los otros monstruos, de vez en cuando sale de su profunda y oscura guarida en busca de su presa. A veces el monstruo sólo suelta unos

pocos mordisquitos, y a éste le arranca un dedo y aquél un brazo. Pero en otras ocasiones su apetito es voraz, se traga enteras a sus víctimas y deja a los supervivientes sobrecogidos y temblando de miedo. Y aún hay otras ocasiones en las que se vuelve completamente loco y deja un increíble rastro de sangre tras él. Rugiendo de rabia, despedaza a sus víctimas mientras la sangre y los intestinos rebosan de sus fauces en una orgía frenética, sin dejar que nadie albergue la mínima duda de que es el auténtico dominador de los mercados.


Uno de estos baños de sangre, el peor que jamás haya existido, se inició el lunes 19 de octubre de 19871.

[...]
El miércoles por la mañana todo había pasado. Los operadores de todo el mundo se reincorporaron al trabajo en un mercado positivo, donde todo era como antes.


Tan repentinamente como apareció, el monstruo se desvaneció una vez más.

[...]
Lo que muy pocos llegaron a comprender fue que realmente habían presenciado una manifestación de la sicología humana, las consecuencias del lado irracional de nuestra imaginación, el lado que controla nuestras acciones más que cualquier cosa.


La verdad es que las decisiones de los seres humanos rara vez se toman sobre la base de un razonamiento lógico. Antes al contrario, suelen surgir como consecuencia de cambios más o menos irracionales, de lo que los psicólogos han dado en llamar "actitudes". Y estas actitudes irracionales, combinadas con enormes bucles de retroalimentación de información, son las que hacen que nuestro monstruo sea tan monstruoso.
Las actitudes son las ocultas necesidades y apetencias que influyen sobre las acciones del ser humano, sin que necesariamente seamos conscientes de ellas. Muchas encuestas han demostrado que las personas adoptan actitudes frente a casi todas las cosas, con independencia de si realmente están familiarizados con el asunto. Así pues, podemos suponer que las actitudes son responsables de unas funciones vitales de la mente humana. Hoy en día, los psicólogos han llegado al convencimiento de que estas funciones pueden agruparse en cuatro categorías, descritas como "actitudes de adaptación", "actitudes de autorrealización", "actitudes de conocimiento" y "actitudes de defensa del ego".


Psicología del mercado bursátil (Lars Tvede)


Actitudes de adaptación

La primera de estas categorías, la adaptación, se ejerce cuando adquirimos inconscientemente las mismas actitudes que las personas con quienes nos identificamos. La forma que esto sucede se puede ilustrar con un experimento que llevó a cabo el psicólogo Muzafer Sherif en 1937.


En este experimento, se decía a grupos de personas situadas en una habitación a oscuras que se fijaran en un punto luminoso de una caja metálica. Se les decía que el punto luminoso se iba a mover y que su cometido era descubrir todo lo lejos que se movía. Cada grupo se ponía rápidamente de acuerdo en la distancia que había recorrido, mientras que los diferentes grupos mantenían opiniones muy divergentes.
Pero el aspecto interesante del experimento era que el punto luminoso en realidad no se movía un ápice. Así pues, la respuesta de las personas sometidas a la prueba era una manifestación directa de pura psicología humana, y subsiguientes entrevistas con integrantes individuales de los grupos demostraron que no eran conscientes de haber sido influidos por otros. La conclusión a que podemos llegar es que, inconscientemente, nos dejamos influir por nuestro entorno, lo que se ha confirmado en muchos ensayos subsiguientes y también es evidentemente oportuno para la contratación de valores.
Cuando nuestro banquero, agente bursátil o amigo de confianza nos dice que las acciones van a subir, asumimos la misma opinión, no por razonamiento lógico, sino porque inconscientemente nos adaptamos. Si el mercado experimenta una tendencia masiva, todo el mundo se deja influir por las cotizaciones ascendentes y por las reacciones de los demás y asume actitudes concordantes. Si nos enfrentamos a un punto de vista conflictivo lo rechazaremos definitiva e inmediatamente, negando la razón o incluso ridiculizando al instigador del punto de vista. Frecuentemente llegaremos incluso a cometer el denominado "error de contraste" de considerar que el punto de vista que se aparta del nuestro, está mucho más desviado de lo que en realidad lo está, por lo que nos resulta mucho más fácil tildar de cabezota a su instigador, tal como fue el caso de Babson en 19292.
Un caso especial de actitudes de adaptación es al de los clientes que tiene una tendencia muy acusada a reaccionar en contra de aquellos gestores que pierden dinero de una manera que se aparta de lo normal. Si, por otra parte, los gestores pierden dinero sencillamente porque se hunden al unísono con el mercado general, se les disculpa. Esto invita a los gestores a adoptar una conducta que siga las tendencias.
Probablemente la naturaleza nos ha dotado con este modelo de reacción porque facilita el ajuste social (el hombre es un animal social). Pero el problema con estos modelos es que el hombre no sólo se deja atrapar por varias clases de locura colectiva en general, sino que también se ve arrastrado a veces por grotescas calamidades de la bolsa de valores.


Actitudes de autorrealización

La segunda forma de actitud es la denominada de autorrealización. La mayoría de las personas respaldarán la opinión de que operar en el mercado bursátil confiere más "categoría" que ser miembro de una peña de quinielistas o jugadores de lotería primitiva. Si ésta es la razón de que juguemos en la bolsa, los psicólogos la llamarán una actitud de autorrealización: hacemos algo porque nos hace sentir que somos algo. Aunque la autorrealización como tal es individual, la elección de forma de vida depende de oleadas colectivas de moda y, por lo tanto, de actitudes de adaptación. Encuestas realizadas por la Bolsa de Valores de Nueva York evidenciaron que la consideración general en que la sociedad tiene a la bolsa de valores y a sus agentes mediadores fluctúa con el precio de las acciones. Cuando el mercado sube, los agentes mediadores son muy apreciados. Cuando el mercado baja, los agentes mediadores son muy impopulares y si el mercado se desploma la opinión popular equipara a los agentes con los traficantes de drogas.




Actitudes de conocimiento

La tercera función de las actitudes es asimilar información. Como el mundo, y el mercado, nos ofrecen más información de la que somos capaces de asimilar, frecuentemente optamos por resumir en una sencilla actitud todo lo que sabemos sobre un determinado asunto. Colocamos nuestros datos en un número manejable de agrupamientos, cada uno de los cuales procesamos como una sencilla actitud: "Las acciones tienen que subir", “La deuda pública tiene que bajar". Al ahorrar tenemos que estudiar todos los pros y los contras que sean procedentes, con todos los conflictos internos que esto puede generar. Al mismo tiempo "inmunizamos" nuestras actitudes vinculándolas a normas y fuentes generalmente aceptadas. Desde el momento en que se forma una actitud, se olvidará rápidamente el conocimiento que condujo a ella, pero la fortaleza de nuestra actitud se debilitará gradualmente con el paso del tiempo. Los psicólogos han tratado de medir el factor en este proceso mediante la hipnosis aplicada a un grupo de sujetos, para que éstos enviaran una postal todos los días a los psicólogos. Después de la hipnosis los sujetos enviaron sus postales todos los días hasta que, uno por uno, despertaron de su trance (En el mercado de valores, este despertar parecido se describe a veces como el "punto de jaleo"). El psicólogo puede medir la vida media estadística de la actitud, que la experiencia demuestra que frecuentemente se sitúa en torno a los seis meses pero que, en otras ocasiones y dependiendo de la naturaleza de la actitud, puede ser considerablemente más corta.


Este fenómeno es extremadamente importante, ya que probablemente es la razón de que algunos de los indicadores de tendencia tengan su valor práctico de predicción.

Actitudes de defensa del ego
La más tortuosa función de las actitudes es la que se denomina defensa del ego. Surge ésta a partir de la acuciante necesidad del hombre por alcanzar la armonía entre aquello que conoce y en lo que cree, por una parte, y lo que dice y hace por otra.
Imaginemos a un "pez pequeño" comprando acciones en un típico mercado al alza. Dado que las operaciones bursátiles entrañan algo de proceso social, probablemente ya habrá dicho a sus amigos, a su esposa y su banquero que "la bolsa va a subir". Su actitud será consecuencia de un convencimiento de que el mercado brinda la oportunidad de conseguir unos beneficios rápidos no por los rendimientos a largo plazo de los valores, sino porque los precios están subiendo.

Supongamos, además que los valores empiezan a bajar al poco tiempo de esto. Después de observarlo durante algo de tiempo, nuestro pececillo perderá la fe en las ganancias a corto plazo. Como ahora ya no hay armonía entre lo que ha dicho y hecho y lo que verdaderamente cree, debe cambiar de actitud: la finalidad de sus operaciones ya no es el logro de ganancias a corto plazo, sino la "inversión a largo plazo".


Lo siguiente en acontecer es la publicación de las primeras malas noticias por parte de los medios de comunicación. Como esto provoca más conflicto todavía entre lo que nuestro inversor ha dicho y hecho y su experiencia real, tiene que recurrir de nuevo a las actitudes. Utilizará ahora el mecanismo de defensa que se denomina "exposición selectiva" y "percepción selectiva". La exposición selectiva es un mecanismo de previsión, en cuya virtud nuestro pececillo, por ejemplo, empieza a evitar la lectura de artículos negativos en su periódico y se limita a leer aquellos que apoyan sus operaciones. Pruebas psicológicas indican que es normal la búsqueda intensiva de información que refuerce las propias opiniones: nuestro pequeño inversor visitaría frecuentemente a las personas que sabe que comparten su opinión en busca de que se la refuercen. Busca alivio.
La percepción selectiva es más refinada: si a pesar de todo tiene que afrontar los argumentos que van en contra de su opinión, nuestro pequeño inversor los distorsiona inconscientemente a fin de que erróneamente parezca que apoyan sus compras. Los psicólogos también describen esto como "error de asimilación". Pero, finalmente, sus pérdidas pueden alcanzar una magnitud tan grande y su esposa un enfado tan espantoso que no le quede más remedio que admitirlas. Poco antes de que esto suceda su actitud cambiará por última vez: ahora está metido en esto no por dinero sino por la emoción del juego. Cuando cancela su posición y se da cuenta de lo que ha perdido, se encoge despreciativamente de hombros y masculla entre dientes:

"¡Qué demonios! ¡Unas veces se gana y otras se pierde!".


Otra consecuencia de la defensa del ego es uno de los fenómenos psicológicos más importantes del mercado: las racionalizaciones de los errores en las transacciones.
Cualquiera que opere activamente en el mercado bursátil sabe de sobra que

las personas tratan de compensar transacciones desacertadas comprando a los precios a los que vendieron equivocadamente, o viceversa, empujadas por el deseo de exonerar las cifras de los errores de la anterior transacción, en lugar de hacer una evaluación de los valores fundamentales y de la dinámica del mercado. La auténtica razón psicológica es que asumimos actitudes defensivas del ego con objeto de protegernos contra una confrontación con nuestros propios errores. Así pues, nos hacemos víctimas de nuestro propio ego inconsciente.


Finalmente, la defensa del ego tiene la mayor parte de la responsabilidad de que, por lo general, el pez pequeño liquide rápidamente sus posiciones ventajosas, mientras que deja que las perjudiciales se vayan demorando en el tiempo. Por irracional que pueda parecer, aprecia como una palmada personal en la espalda ver ingresar en su cuenta los fondos de las posiciones liquidadas, mientras que no considera que sea una derrota ver cómo otras posiciones se liquidan con pérdida. Mientras que la pérdida no se materializa, no admite realmente que ahí está, por lo que no vende hasta que no se ve obligado a ello, frecuentemente en lo más bajo de un mercado a la baja dominado por el pánico. Esto explica por qué la cifra de contratación normalmente es menor en los mercados a la baja que en los mercados al alza.

Reacciones bajo el estrés

Aunque los mecanismos de la actitud del hombre son extremadamente desafortunados en el contexto de la contratación de valores, es evidente que son indispensables para los asuntos más ordinarios. Las funciones de actitud son cascos protectores de tipo psicológico que hacen de nosotros seres calmados, bien ajustados y socialmente adaptados, que nos liberan de una especulación agotadora sobre todo tipo de diferentes problemas.


Pero hay situaciones (al margen de la contratación de los valores bursátiles) que exigen que la persona reposada y autocontrolada cambie de conducta. Esto es necesario cuando se ve expuesta a un gran peligro, como el ataque de un tiburón por ejemplo. Si nuestro pequeño pez queda expuesto a un peligro, su cuerpo empezará a producir adrenalina que, a su vez, activará varias enzimas en lo que la bioquímica describe como un "sistema en cascada". Al cabo de unos pocos minutos la reacción en cadena fortalece el impacto de la adrenalina acaso por 100 millones, lo que inmediatamente lleva a una explosión bioquímica interna que puede sentir hasta en la raíz de sus cabellos. Su corazón empieza a latir apresuradamente, su presión arterial sube, empieza a sudar y se dilatan sus pupilas. Pero simultáneamente con estos síntomas corporales sucede algo más importante: su predisposición a cambiar de actitud aumenta espectacularmente.
La investigación psicológica ha demostrado que el efecto atenuador y estabilizador de los mecanismos de actitud en la psique humana queda sustancialmente reducido cuando las personas se ven sometidas a estrés. Los cambios de actitud que normalmente precisarían de varias semanas o meses pueden tener lugar en cuestión de horas, minutos o segundos. Esto no es una sorpresa para nadie, porque cualquiera que se enfrente a un grave peligro tiene que improvisar a toda velocidad, como es evidente La investigación psicológica ha demostrado que el efecto atenuador y estabilizador de los mecanismos de actitud en la psique humana queda sustancialmente reducido cuando las personas se ven sometidas a estrés. Los cambios de actitud que normalmente precisarían de varias semanas o meses pueden tener lugar en cuestión de horas, minutos o segundos. Esto no es una sorpresa para nadie, porque cualquiera que se enfrente a un grave peligro tiene que improvisar a toda velocidad, como es evidente.
El estudio realizado en 1987 por el investigador estadounidense Robert J. Schiller indica que este efecto puede ser de importancia práctica para el mercado.

[...]
El estudio de Schiller demostró que el 19 de octubre un 20,3% de los inversores privados y un 43,1% de los inversores institucionales experimentaron síntomas de pánico tales como "problemas con la concentración, sudor en la palma de la mano, dolores en el pecho, irritabilidad y pulso acelerado". Aquel mismo día dio la coincidencia de que una agente, Gianna Fidanza, llevaba un dispositivo de control de la presión sanguínea y del pulso, a propósito de un análisis de fenómenos del estrés organizado por el New York Hospital y el Cornell Medical Research Center. El aparato controlaba sus niveles de estrés cada quince minutos. La presión sanguínea y el pulso de Fidanza fluctuaron de manera casi coincidente con el índice bursátil a lo largo del todo el día: cuanto más bajaba el índice, tanto más subían el pulso y la presión sanguínea de Fidanza3.


En otras palabras, las bajadas de los precios pueden provocar estrés y el estrés provoca cambios de actitud rápidos. Esto da como resultado nuevas órdenes de venta, que a su vez precipitan las bajadas de los precios, el aumento de la presión sanguínea, cambios de actitud y bajadas de precios. Se cierra el círculo total y se desencadena el monstruo.

El "homo ludens" (jugador) en la bolsa.
En realidad las acciones deberían servir al público inversor como inversión a largo plazo, puesto que se halla congeladas en las empresas. Como se ha dicho, la bolsa sirve para descongelar este capital cuando el inversor precisa del mismo. John Maynard Keynes llegó a enunciar la teoría según la cual el accionista tenía que estar unido a la acción como en matrimonio indisoluble (sin duda no había pensado en la posibilidad del divorcio). Pero el diablo metió, como siempre, su mano en el juego e hizo del homo sapiens el homo ludens. Y cuando el homo ludens descubrió que las acciones estaban sometidas a grandes fluctuaciones en su cotización, comenzó a sacar provecho de ello. De esta manera se desarrolló cada vez más el juego de la bolsa, así como también por el hecho de que cada vez fuera mayor el número de personas que disponía de más capital inversor. En los viejos tiempos se decía que un comerciante perdía con sus últimos diez mil florines también la razón. En nuestro tiempo, un inversor pierde su razón con los primeros diez mil marcos que posee. Se vuelve histérico con las inquietudes que le provoca pensar donde los colocará, como los protegerá de la inflación, cómo los ocultará a Hacienda y - last not least - cómo los podrá aumentar mediante una buena inversión. Enloquece a la búsqueda de consejos, sugerencias y recomendaciones. Un público semejante, algunas veces medroso y también codicioso, puede ser objeto de fácil manipulación, empujarle al pánico y atraerle a la especulación de valores. Y así cuando la Bolsa sube, miles quieren subir al tren en marcha para - ¡Dios los proteja! - aprovechar la oportunidad. Pues nada resulta más doloroso que contemplar un alza bursátil y no estar presente en ella. Es tan doloroso como comprar acciones y perder.
El jugador no tiene motivaciones profundas sino que desea, como ha quedado ya patente, sacar beneficio rápidamente, de hoy a mañana, máximo en unos días o unas semanas. Piensa y actúa a corto plazo. Pone en práctica sugerencias que se rumorean a su alrededor, se contenta con pequeñas ganancias, prescinde de cotizaciones que podrían estar eventualmente en alza y actúa como un jugador en la sala de ruletas, que corre de una mesa a otra para ganar un par de monedas mientras hace sus apuestas a rojo o negro. No actúa de una manera intelectual sino emocional.
Los jugadores nadan con la masa. No pueden distanciarse de la tendencia predominante puesto que son por sí mismo una molécula de la masa. Compran porque su vecino compra y éste compra a su vez porque también lo hace su vecino y asimismo a la inversa: vende cuando el vecino vende. Estos jugadores componen el noventa por ciento del público bursátil. Forman la masa cuyas reacciones psicológicas son algo totalmente diferente a las reflexiones que se hacen los especuladores. Analizarlas [las reacciones psicológicas] es más tarea de un experto en psicología de masas que la de un economista. Cuando se encierra a cien personas especialmente inteligentes en un recinto, esta masa no reaccionará de una manera inteligente sino irracional. Cuándo en un cine repleto y sumido en la oscuridad alguien grita "¡fuego!", se desencadena un pánico que puede provocar heridos e incluso muertos a pesar de no haberse encendido una sola cerilla.
Lo mismo ocurre en la bolsa: si muchos jugadores especulan al alza y están sobresaturados de acciones, el efecto psicológico sobre la masa actúa exactamente en sentido contrario. Si Isaac Newton, el famoso físico, que era un apasionado jugador de bolsa y perdió todo su patrimonio en la quiebra de la South Sea Company, señalaba con exactitud el fenómeno psicológico de las masas: "Puedo calcular la trayectoria de los cuerpos celestes en centímetros y segundos, pero no hasta dónde puede llegar el enloquecido volumen de una cotización en bolsa."


1 Ese día "el monstruo" hizo caer al Dow Jones de 2.247 a 1.739, un descenso de 508 puntos, equivalente al 22,61%. Una hipotética caída equivalente producida hoy, hubiera supuesto un descenso de 1.970 puntos(!) Las tan criticadas medidas de paralización de cotizaciones aplicadas en octubre de 1997 tienen su origen en esta tremebunda experiencia. Son un intento más o menos atinado de "enjaular al monstruo". (Nota de EG)

2 Babson fue el único analista que anticipó el derrumbe de la bolsa en 1929, en medio de un ambiente de euforia irracional que contagió a expertos e inversores de a pie por igual ("actitudes de adaptación"). El "inadaptado" Babson comenzó a recomendar la salida del mercado dos años antes de la crisis (en bolsa es menos difícil prever lo que va a pasar que cuando va a pasar). El aparente fracaso de sus predicciones era especialmente duro por las razones que expone Lars Tvede. Pero es evidente que era un hombre de extraordinaria firmeza de carácter. Aunque la bolsa burló dos años a Babson, su desquite tuvo mucho de justicia poética, si nos atenemos al testimonio de B. G. Malkiel (Un paseo aleatorio en Wall Street):

El 3 de septiembre de 1929, los índices del mercado alcanzaron unos niveles que no serían sobrepasados en un cuarto de siglo (...) Los precios dieron un cambio en su tendencia al día siguiente y un día más tarde, el 5 de septiembre, el mercado sufrió una fuerte baja conocida como "la ruptura de Babson". Se le dio el nombre en honor de Robert Babson, un asesor financiero de Wellesley, Massachusetts, de aspecto endeble y barba de chivo. Aquel mismo día en un almuerzo financiero había dicho: "Repito lo que dije hace un año y el año anterior: que se avecina un derrumbamiento de la bolsa antes o después." Los profesionales de Wall Street recibieron las declaraciones del "sabio de Wellesley", como se le conocía, con las mofas habituales. [...]



A las dos de la tarde, cuando se estaban citando sus palabras en el ticker de Dow Jones el mercado cayó en picado [...] Fue un episodio profético y después del Babson Break, la posibilidad de un hundimiento, absolutamente impensable un mes antes, de repente se convirtió en un tema de conversación habitual. [Nota de EG]

3 Recordemos que ese día se produjo la mayor bajada porcentual de la historia de la bolsa norteamericana, casi un 23% (Nota de EG)





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