Aqui un resumen de " L'alimentacion où la troisième medecine"



Descargar 32 Kb.
Fecha de conversión28.01.2018
Tamaño32 Kb.
Vistas91
Descargas0

Cómo ayudarnos para ayudar a la infancia
Eneko Landaburu (médico)

Muchas escuelas cuentan con un aula de psicomotricidad, para facilitar la maduración emocional del niño. A través de juegos espontáneos, con movimientos, pinturas, arcilla o construcción con bloques de madera, los niños exploran sus angustias y deseos. El fin es preservar y potenciar su salud mental, fundamental para el resto de sus vidas.

En esto tiene mucho que ver la Escuela de Psicomotricidad de la UNED en Bergara (www.uned.es/ca-bergara), que lleva 18 años dando formación a los que animarán y supervisarán estas actividades.

Hace unas semanas tuvieron lugar las VI Jornadas de Práctica Psicomotriz, que reunieron a más de 400 profesionales del mundo infantil. El presidente de la Asociación Europea de Escuelas de Psicomotricidad, el profesor francés Bernard Aucouturier, habló de los orígenes, pasado y presente de la práctica psicomotriz. El psiquiatra infantil Alberto Lasa trató la relación de la psicomotricidad con la psiquiatría y los trastornos del desarrollo motor y del esquema corporal.

A mí me tocó contestar a la ingeniosa pregunta que me lanzaron los organizadores: ¿Cómo ayudarnos para ayudar a la infancia? A continuación te doy unas pinceladas, y luego tú sigues discurriendo.

La pregunta nos insinúa que los niños recibirán mejores cuidados si los adultos reciben ayuda. Que la salud mental de los pequeños depende de la salud mental de los mayores. Que, para dar, necesitamos recibir, necesitamos un espacio y un tiempo donde recuperarnos de las frustraciones de la vida cotidiana y de las heridas que arrastramos de nuestra infancia.

El buen desarrollo psicológico de un niño necesita de unas circunstancias adecuadas. Somos ex niños que fuimos criados en circunstancias más o menos adversas, que no permitieron un desarrollo pleno de nuestra psicología. Esto en parte ocurrió porque a los mayores que cuidaban de nosotros les ocurrió otro tanto en su infancia. Los grandes llevamos dentro un pequeño dolido, que está pidiendo a gritos atención y que, si no se la damos, no hará más que molestar y complicar nuestra vida.

Plantearnos cómo ayudarnos y cómo ayudar a la infancia supone enfrentarnos a una civilización basada en la antiayuda, en la competencia, la conquista y la explotación. No es algo nuevo, pero tampoco «de toda la vida». Sólo han sido estos últimos 5.000 o 10.000 años, cuando la humanidad se ha visto poseída por esta forma de relación basada en el dominio. Empezó con el varón dominando a la hembra y se fue extendiendo a la relación de los adultos contra los niños, de una clase social pudiente contra la clase desposeída, a unos pueblos contra otros, a una raza contra otras, incluso contra la misma naturaleza.

Martín Luther King (1929-1968) dijo que «hemos aprendido a volar como pájaros, a nadar como los peces; pero no hemos aprendido el sencillo arte de vivir juntos como hermanos». Esta es la asignatura pendiente que nos queda. Si los humanos, aplicando nuestro ingenio, hemos logrado hacer reales las utopías de Julio Verne de volar hasta la Luna y de nadar por el fondo del mar, si nos empeñamos, podemos hacer reales las viejas utopías de solidaridad y fraternidad. Hoy tenemos más posibilidades, al tener más conocimientos sobre la mente y el comportamiento humano.

Para que las futuras generaciones salgan más ingeniosas y solidarias, tendremos que mejorar las condiciones de vida y laborales de los que cuidan de los niños. Siendo la crianza el trabajo más digno y delicado, no hay derecho a que madres y padres tengan que hacerlo sin recibir salario, ni capacitación, ni apoyo psicológico, y encima se les culpe de los malos comportamientos de sus hijos. Madres y padres son otro grupo social oprimido, que necesita juntarse, darse cuenta del trato injusto que recibe, elaborar un plan de liberación y buscarse apoyo de otros grupos para lograr sus reivindicaciones. Algo semejante podríamos decir de los profesionales del mundo infantil. ¡Cuidadores de los niños del mundo, uníos!

El físico Edwin Schrödinger (1887-1961) nos señalaba que «la experiencia enseña que podemos herirnos los unos a los otros física y psíquicamente, y que podemos también ayudarnos y complacernos mutuamente, aunque sólo sea escuchándonos los unos a los otros». Si queremos sobrevivir, nos urge desarrollar esa otra potencialidad de cooperación y solidaridad. Empecemos por escucharnos. Cuando nos sentimos mal, pensamos y actuamos mal. Necesitamos expresar cómo nos sentimos, para recuperar nuestras facultades. «Hay que sacarlo todo afuera, como la primavera, para que adentro nazcan cosas nuevas». Expresarnos con la palabra y con el cuerpo: con el gesto, la postura, el grito, el llanto, etc. Esto ya lo sabíamos al nacer, pero luego nos confundieron haciéndonos creer que expresar sentimientos era de mala educación, muestra de debilidad o de locura. Nuestros mecanismos de autocuración mental han sido reprimidos, y se nos ha derivado hacia el consumo compulsivo. No necesitamos consumir alcohol, tabaco y demás sustancias psicoactivas para sentirnos bien. No necesitamos tratar de ahogar las penas anestesiándonos. Necesitamos de la escucha respetuosa para poder desahogarnos y así recuperar el bienestar que nos deje pensar y actuar bien.

No tenemos costumbre ni de escuchar ni de expresar las emociones. Necesitamos de un tiempo y un espacio adecuado donde recuperar esta buena costumbre. En la vida cotidiana los humanos tratamos de satisfacer esa necesidad de ser escuchados y rara vez funciona. Nos emparejamos tratando de satisfacer ese ansia de ser escuchado íntimamente. Recién conocemos a nuestra pareja, nos da por contarle toda nuestra vida. Pero, como cuenta el chiste, «al comienzo, habla el enamorado y escucha atenta la enamorada; habla la enamorada y escucha atento el enamorado; y cuando llevan años de convivencia, hablan los dos a la vez y escuchan los vecinos». Necesitamos tener un tiempo y un espacio donde juntarnos con el firme propósito de hablar de lo que más nos angustia, y de escuchar con respeto, sin interrumpir con consejos, comentarios o sermones.

El actual desorden social nos enfrenta: hombres contra mujeres, poseedores contra desposeídos, colonizadores contra colonizados; enfrentamientos entre maestros, padres y alumnos; entre ancianos, adultos, jóvenes y niños; entre médicos, enfermeras y pacientes; etc. El enemigo es el desorden social, no el ser humano. «Para unir, primero hay que separar». Para luego escucharse y comprenderse mejor entre grupos enfrentados, es bueno primero juntarse por separado para que cada grupo se escuche, profundice y se aclare de su problemática.

Nadie va a quedarse a un lado. Para que los niños gocen de buena salud mental, necesitamos la colaboración de profesionales, madres y padres, tíos, hermanos mayores, cuñados y vecinos. Y prestar atención a nuestras raíces. Escuchar a nuestros ancianos para conocer en qué condiciones fueron criados los que nos criaron.



¡Venid a adorar al niño! Al niño de carne y hueso. Y al pequeño dolido que los grandes llevamos dentro. -


Compartir con tus amigos:


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos