Aproximaciones Teóricas de la Transmisión Intergeneracional



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Aproximaciones Teóricas de la Transmisión Intergeneracional


Universidad Nacional Autónoma de México

Facultad de Estudios Superiores Iztacala

José de Jesús Vargas Flores y Edilberta Joselina Ibáñez Reyes

La familia es el lugar por excelencia donde se dan una serie de procesos psicológicos que forman al ser humano. Éste no nace en la nada, sino que nace dentro de una familia que ya tiene un lenguaje, una religión, un conjunto de estilos para afrontar las diversas situaciones que plantea la vida. El ciclo de la vida comienza con el nacimiento y termina con la muerte. Pero en cada una de sus etapas, el ser humano se ve engarzado entre una generación y la otra. La generación de sus padres cuando son infantes, la de sus contemporáneos cuando elige pareja y la de sus hijos cuando forma una familia y se reproduce. Por lo tanto, con sus propio estilo y de acuerdo a su época social que le corresponde vivir, acarrea estilos de comportamiento de una generación a la otra. Sus hijos harán lo mismo y así sucesivamente.

La individualidad personal y original no existe. Los seres humanos somos retazos de nuestros ascendientes. Lo original está en la combinación, no en los elementos que la constituyen.

A pesar de su importancia, existen pocas aproximaciones teóricas que expliquen la forma en que se da la transmisión intergeneracional de los estilos familiares. Casi todas las teorías psicológicas están de acuerdo con la importancia del ambiente físico, social y familiar del ser humano para su formación y posterior desarrollo. Dentro de la familia es donde se aprenden, de una forma u de otra, los modelos que se han de seguir en la adultez. Sin embargo, a pesar de este reconocimiento, existen pocas elaboraciones conceptuales que expliquen con precisión el fenómeno. En este trabajo, se presentan algunas aproximaciones que intentan hacerlo, para terminar con un análisis que pueda dar claridad conceptual al fenómeno de la transmisión intergeneracional.
Aproximación de Relaciones Objetales de Framo

Framo (1996) plantea su teoría desde la perspectiva de las relaciones objetales (ver cuadro 1). Ésta es una teoría con una orientación psicodinámica. Parte de la posición de que cada uno de los miembros de la familia va cumpliendo ciertas funciones psíquicas para los demás; es decir, que cada uno de los miembros de la familia cubre algunas necesidades emocionales de los demás, creando una mutua interdependencia. Pero lo más importante es que lo ocurrido en la familia de origen, se va transmitiendo a las siguientes generaciones: "los conflictos intrapsíquicos provenientes de la familia de origen se repiten, se reviven, se crean defensas contra ellos o se superan en la relación con el cónyuge, los hijos o cualquier otro ser íntimo" (Framo, 1996; pág. 129). Esto es un asunto lógico, ya que dentro de la familia es donde se nace, se crece y se aprenden casi todas las estrategias de afrontamiento y solución de problemas.

Este autor retoma la teoría de Fairbairn (1952) en la que la principal necesidad humana que sirve como motivación es la relación humana satisfactoria; el niño es la criatura terrestre más dependiente de la creación, por lo que su sobrevivencia depende de una forma total de humanos adultos que le proporcionen un cuidado absoluto. En este sentido, el niño siempre va en busca del objeto, que no es otra cosa que la relación o vínculo que establece con los cuidadores. Cuando el niño nace y las circunstancias son positivas, establece un vínculo y sentimiento de confianza básica que son las bases emocionales para hacer frente a la vida, retomando la teoría del vínculo de Bowlby (1993). Si no ocurre así, entonces el niño “para sobrevivir, debe mantener el vínculo que le es vitalmente necesario y a la vez controlar afectos que son particularmente devastadores para él -la experiencia, espantosamente aterradora, de su desintegración y muerte inminentes” (Framo, 1996; pág. 130). La separación para el niño significa literalmente la muerte, por lo que esta afirmación no es exagerada (Feeney y Noller 1990; Feng, Garruso, Bengston y Frye, 1998). Un niño no tiene posibilidades de plantearse de manera lógica su relación con sus padres, por lo que no le queda más que plantearse esta posibilidad cuando es rechazado o maltratado.

De aquí que la angustia básica del niño es la de separación, pero si percibe en los padres rechazo o retraimiento, entonces el niño se pone furioso porque es incapaz de renunciar a la figura externa o de modificarla, por lo que incorpora ese objeto necesitado y odiado a la vez a fin de controlarlo dentro de su mundo psíquico interno. “Estos objetos externos se conservan como introyecciones o representantes psíquicos de los objetos externos, y obran como modelos y patrones de las futuras relaciones íntimas” (Framo, 1996; pág. 130). Pero estas introyecciones pueden dividirse en dos: por un lado están los objetos libidinales que consisten, en el caso de la figura parental, como en quien lo protege, conforta, ama de un modo incondicional y gratifica su deseo de fusión regresiva; por otro lado están los objetos antilibidinales, la figura parental que lo maltrata, descuida, niega su amor, amenaza con abandonarlo y se muestra crítico y hostil. Ambos aspectos son reprimidos, es decir, que son introyectados dentro del inconsciente, pero que permanecen ahí teniendo efecto.

Todas las experiencias de la familia de origen, van a modular y organizar estos complejos intercambios. Los niños que son criados en un ambiente relativamente seguro, podrán ser funcionales y amar y trabajar en un ambiente sano y productivo. Pero aquellos que fueron víctimas de grandes injusticias, que fueron chivos expiatorios, fueron víctimas de engaños, etcétera, quedarán ligados a un mundo interno de objetos malos. Lo cual tendrá una fuerte influencia en sus relaciones posteriores con la familia que posteriormente formarán (Bowlby, 1993).

Cuando el niño crece, lleva internalizados estos objetos y tiende a ver al mundo desde esta perspectiva. Pero no se da cuenta de ello, conscientemente cree que el mundo es así y no se cuestiona su comportamiento ni la forma en que reacciona ante los estímulos externos ni ante los demás con los que adquiere algún vínculo. Hasta cierto punto, cada ser humano tiende a ver a sus íntimos en función de sus propias necesidades, como portadores de sus características escindidas y denegadas. Las situaciones vitales no sólo se interpretan inconscientemente a la luz del mundo de los objetos internos, sino que “se efectúan intentos inconscientes para modificar las relaciones íntimas a fin de obligarlas a amoldarse a los modelos de rol internos -problema central de las dificultades conyugales” (pág. 132). Es por esto que las personas no alcanzan a explicarse el por qué de sus fracasos por establecer un vínculo emocional productivo y emocionalmente satisfactorio, como ocurre con las personas con problemas emocionales graves.

Esto también nos lleva a la selección de pareja, la cual no es casual, sino que “los miembros de la pareja se seleccionan mutuamente sobre la base de redescubrir los aspectos perdidos de sus relaciones objetales primarias, que han escindido y que, al involucrarse con su pareja, vuelven a vivenciar mediante la identificación proyectiva… Por lo general las personas no eligen la pareja que quieren, sino que reciben la pareja que necesitan. Se ‘escoge’ una pareja que, según espera, le permitirá al individuo eliminar, reproducir, controlar, superar, revivir o cicatrizar, dentro de un marco diádico, lo que no pudo saldarse internamente. Por consiguiente, la íntimos, la esposa y los hijos, etcétera, son en parte sucedáneos de antiguas imágenes, encarnaciones de introyecciones que permanecían enterradas desde mucho tiempo atrás” (pág. 133). En este sentido, la pareja no es escogida ‘conscientemente’, sino que es su relación con el mundo objetal lo que determina esta selección. Como ésta es inconsciente, los individuos se sienten en ocasiones desconcertados porque no encuentran la razón de por qué solo se aproximan a ellas, por ejemplo, como parejas, personas destructivas con las que establecen relaciones patológicas. Tal vez se den cuenta de esta tendencia, pero se les dificulta mucho controlarla. Saben el daño que puede traerles establecer relaciones de este tipo, pero son incapaces de controlarlo.

El individuo proyecta en los hijos, de esta forma, una parte escindida de sí-mismo. Proyecta sus propias frustraciones, miedos, injusticias sufridas sobre sus hijos y de esta manera, la transmisión intergeneracional se sigue dando, porque estas relaciones que establecen con sus hijos afectan a los mismos, los cuales toman estos elementos para su posterior reproducción con su sello personal. En el cuadro 1, podemos ver un diagrama sobre la forma en que se da la transmisión intergeneracional de acuerdo a esta teoría en una forma gráfica. Cada uno de los elementos interactúan de una forma dinámica y van dando lugar a un círculo cerrado complejo.






Aproximación conductual.

La aproximación conductual de la transmisión intergeneracional tiene que ver directamente con el aprendizaje de estilos familiares (ver cuadro 2). Cuando el niño nace, tiene muy pocas conductas aprendidas, solo sabe mamar, llorar, defecar y algunos reflejos más. Sin embargo, los reforzadores primarios se van condicionando con reforzadores secundarios, ya que el niño asocia la presencia de la madre con la aproximación de la comida, con el retiro de pañales sucios, etcétera. Es decir, que los reforzadores primarios se van condicionando con la voz, figura, y en general con la proximidad de la madre y posteriormente del padre y de otros adultos (Bijou, 1978). De esta manera, se comienza el proceso de socialización en el niño, que implica una infinidad de situaciones que el niño va aprendiendo.

Ya establecidos los reforzadores secundarios o sociales, comienza, con el paso del tiempo, el aprendizaje tanto formal como informal. De esta manera, el niño comienza a caminar, a hablar, a tener control de esfínteres y posteriormente comienza a ir a la escuela para su educación formal. Pero dentro de la familia, las situaciones que vive cotidianamente el niño hacen que vaya aprendiendo, a través de un reforzamiento diferencial, y por aproximaciones sucesivas, las conductas que los padres, hermanos y demás comunidad familiar van enseñando (Skinner, 1976).

Este reforzamiento puede ser preciso, directo y propositivo, como cuando la madre aplaude al niño cuando logra aprender a controlar sus esfínteres. Pero también puede ser dado sobre conductas que los padres no desean, pero que refuerzan de manera accidental. Por ejemplo, si los padres no le hacen caso al niño y éste presenta conductas perturbadoras como llorar por todo, gritar, etcétera. Si los padres comienzan a hacerle caso al niño y no lo hacen de otra manera, puede resultar que los aparentes castigos comiencen a funcionar como reforzadores y de esta forma las conductas perturbadoras se incrementan en su probabilidad. Esto puede ocasionar el estupor en los padres que pierden el control sobre el niño. Pero la definición del reforzador está dada por su función y no por su calificación social, moral o por su topografía.

Otro proceso por medio del cual el niño aprende los estilos intergeneracionales es por imitación (Bandura, 1970). El niño observa cómo es el comportamiento de los que le rodean y posteriormente, cuando se encuentra en una situación similar, imita el comportamiento de lo que vio. Este proceso de aprendizaje es muy importante, ya que permite conservar el recuerdo de lo aprendido de forma vicaria durante mucho tiempo hasta que exista la necesidad de la emisión del comportamiento. Este proceso requiere de un mecanismo de almacenamiento de la información para su posterior recuperación, por lo que su interpretación conductual es dificultosa. De esta forma, si el padre acostumbra vociferar, maltratar, golpear, para resolver un problema conyugal, puede ser que no les guste a los hijos. Sin embargo, este estilo se vuelve una situación tal vez desagradable, pero conocida. En el momento en que, posteriormente, cuando se casa el individuo y se presenta una situación similar, lo más probable es que, de una forma aparentemente automática, se presente el mismo estilo de comportamiento.

La importancia de la imitación como una forma de aprendizaje de comportamientos familiares complejos radica en la necesidad que el individuo tiene de resolver un problema que no se le había planteado antes y ante el cual no ha sido entrenado de una forma específica. Entonces, ante la falta de un repertorio definido, y ante la necesidad de dar una respuesta satisfactoria, el sujeto emite la respuesta que observó y que daba una resolución, aunque esta no sea necesariamente la más funcional. Por ejemplo, el niño observa que su padre se muestra sumiso ante el enojo de la madre, por un lado, y por el otro, cuando se encuentra fuera de la casa, es un alcohólico agresivo. Este comportamiento tal vez el hijo no desee ejecutarlo por razones morales que se le enseñaron. Sin embargo, cuando la esposa le reclama algún comportamiento, con mucha probabilidad, se muestra sumiso, lo que le causa ira interna y busca refugiarse en el alcohol. En general no existe mucha conciencia sobre esta repetición de estilos, y cuando se les indica, dan una serie de razones de ellos. Por ejemplo, dicen "mi padre era alcohólico, pero yo no, porque él bebía brandy y yo solo bebo coñac" o "me enojaba que mi padre golpeara a mi madre y era un irresponsable; yo no soy igual, a veces golpeo a mi esposa, pero tengo razones de peso para hacerlo y no he encontrado trabajo porque son muy exigentes". Pero cuando se hace un análisis cercano, es evidente la semejanza de estilos. Los hijos tienden a repetir, mediante la imitación, los estilos de comportamiento de sus padres de una forma más o menos automática. El uso del término consciente tiene una connotación diferente a la psicoanalítica. En este caso, decimos que algo es inconsciente cuando el sujeto no puede explicar, en forma verbal explícita, las razones de su proceder.



El comportamiento que un individuo ejecuta dentro de la familia tiene mucho que ver con lo aprendido. La postura conductual afirma que la mayor parte de nuestro comportamiento es aprendido. El aprendizaje que vamos teniendo, va formando parte del repertorio conductual que el sujeto tiene a su alcance para resolver problemas de manera contextual. Es decir, que el comportamiento se da ante un estímulo discriminativo, que es la ocasión para que una conducta sea reforzada. En este sentido, ante cada contexto, el sujeto tiene una serie de comportamientos ante las distintas situaciones en las que se encuentra. De esta forma, cada persona se comporta de acuerdo al contexto. Es por esto por lo que una persona se comporta de una forma totalmente diferente frente a sus compañeros que frente a su familia. El comportamiento depende de lo que haya aprendido como lo “adecuado”. Es decir, la conducta que ha sido reforzada en este contexto. En el cuadro 2, vemos un diagrama sobre los conceptos más importantes de la teoría conductual y la transmisión intergeneracional. Podemos ver que el esquema es bastante más simple que el de la teoría anterior.



Transmisión intergeneracional de Chen y Kaplan.

En un trabajo muy reciente, Chen y Kaplan (2001), plantean un modelo muy interesante para explicar la transmisión intergeneracional. Específicamente, a ellos les interesa hablar sobre la transmisión intergeneracional de la paternidad positiva. De acuerdo con estos autores, existen cuatro mecanismos a través de los cuales se lleva a cabo la transmisión intergeneracional: el estado psicológico, las relaciones interpersonales, la participación social y el papel del modelamiento específico.



El Estado Psicológico. Un concepto que desarrollan los autores es el de adaptabilidad o resilencia. Es decir, que algunos adolescentes tienden a ser más optimistas y a adaptarse a las circunstancias según se les van presentando. Si la situación es estresante, los sujetos con adaptabilidad tienden a verla de una forma tal que la pueden manejar. Cuando los padres tienen suficiente autoridad sobre sus hijos, éstos tienden a ser más maduros y adaptables. Los adolescentes con problemas de depresión muestran que sus padres les mostraron rechazo y falta de afecto en su primera infancia. Las primeras experiencias de rechazo parental se dirigen hacia el desarrollo de sentimientos de depresión que a su vez contribuyen a que estos hijos rechacen después a sus hijos en la próxima generación. Los autores hacen una revisión de la literatura experimental donde se demuestra que el afecto, la aceptación, el respeto y la autoridad de los padres están relacionadas al desarrollo de una buena autoestima por parte de los adolescentes. Y en sentido contrario, la falta de apoyo y entendimiento parental, al igual que la devaluación por parte de los padres y el control sin afecto, está asociado con el auto-rechazo y la baja autoestima. Todo esto genera un estado de salud o patología psicológica. Cuando unos padres tienen un estado psicológico sano, se relacionarán positivamente con sus hijos generándoles una alta autoestima. Mientras que un estado psicológico patológico generará rechazo y maltrato a sus hijos, lo que causará a su vez una baja autoestima.

En este sentido establecen la siguiente hipótesis: “La experiencia de una buena paternidad en la adolescencia tendrá un efecto indirecto sobre la propia paternidad constructiva del individuo, vía su relación a niveles más bajos de perturbación psicológico en cómo serán como padres” (Chen y Kaplan, 2001; pág. 20).



Relaciones Interpersonales. Otro concepto que se desarrolla en esta aproximación teórica son las relaciones interpersonales que se establecen en la infancia y que posteriormente van a determinar, como un reflejo, las relaciones posteriores de paternidad. Aquí el concepto central es el propuesto por Bowlby (1993) (ver también Bying-Hall, 1995; Cobb, 1996; y Cohen, Finzi y Avi.Yonah, 1999), que es expuesto en otra parte de este trabajo. Cuando el niño nace, establece un tipo de vínculo con sus padres; vínculo que, una vez internalizado, va a reflejarse en las relaciones interpersonales que se van a desarrollar en la adolescencia y adultez. Es decir, que las personas recuerdan o de manera inconsciente, tienen internalizado un modelo de relación; este modelo internalizado da la pauta para el tipo de relación que se establece con la pareja. La persona busca como pareja a quien cumpla con las características del modelo internalizado. Este tipo de explicación vale también para explicar las relaciones que posteriormente se darán cuando la persona tenga hijos y establezca una relación con sus hijos. Por otro lado, los autores toman en cuenta la plasticidad cerebral; además de que éste está en continua adaptación y por lo tanto en continuo cambio. En este sentido, las relaciones que posteriormente se tengan con otras personas, también se verán reflejadas en las relaciones que se tendrán como padres. La cuestión aquí es causal y encadenada. En la medida en que se tengan buenas relaciones padre-hijo durante la infancia, se tendrán buenas relaciones interpersonales con las demás personas y esto a su vez retroalimentará estas buenas relaciones que tendrá efecto en sus relaciones, tales como las maritales, las redes sociales, experiencias de trabajo y también en las relaciones parentales.




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