Aportes a un paradigma emergente


IX. Pautas dadas desde una dialéctica evolucionaria



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IX. Pautas dadas desde una dialéctica evolucionaria
Es difícil vislumbrar como una humanidad atrapada en una lógica economicista, con instituciones y empleo fuertemente dependientes de la continuidad del modelo, podrá escapar al abismo de la progresiva exclusión sistemática de las mayorías, o a la catástrofe ecológica.

Quizá la transición habrá de darse con imprevistas turbulencias, innovaciones creativas emergentes de las potencialidades distribuidas de los pueblos y comunidades del planeta, y muy presumiblemente, con sufrimientos aún mayores a los actuales.

Es posible que una vez más la evolución histórica demuestre su dinámica no lineal, y que, tal como lo insinúa Edgard Morin, suceda lo menos probable, o que, al estilo de los sistemas complejos alejados de sus condiciones de equilibrio estudiados por Ilya Prigogine (22), se produzca un fenómeno inédito de reorganización “espontánea”, con la consecuencia de una profunda reconfiguración de las relaciones del hombre con el hombre y las de éste con la naturaleza.

Siendo que el modelo que actualmente choca contra sus propias contradicciones y se derrumba ha sido promovido por élites privilegiadas, imponiendo proyectos “desde arriba” –en última instancia buscando su interés particular sin haber percibido que desde un punto de vista sistémico tal interés no podría haberse dado jamás, en el largo plazo, sin contemplar el beneficio del conjunto- un nuevo orden no podrá sino surgir de la amplia base de la humanidad toda.

Ambos procesos, el desplome de un viejo orden materialista, centralizado y divisionista, y la emergencia de proyectos participativos de base –que se está cristalizando con el surgimiento de miles de organizaciones de la sociedad civil, probablemente el hecho social más relevante de la actualidad- trabajan en la misma dirección: el primero abre caminos al segundo, dejando espacios a la creatividad allí donde no tiene más respuestas.

En este contexto, y coincidiendo con Max-Neef y Elizalde, los gobiernos deben necesariamente dejar de ser el de cómplices de las élites privilegiadas, para transformarse en servidores y potenciadores de los procesos surgidos de la participación.

Y es precisamente la participación universal de todos cuantos habitamos en la Tierra donde reside la energía potencial para un nuevo estadío en el desarrollo social de la humanidad (23). Por lo tanto, ninguna parte o facción controla el proceso: éste mas bien, es resultante de la sinergía del conjunto.

Con todo, algunas pautas de este nuevo desarrollo pueden ser puntualizadas, no como receta o ideario, (lo que constituiría una repetición del viejo modelo “arriba hacia abajo”) sino como sistematización de las características de aquellos proyectos que parecen diferenciarse más de los estilos operativos del viejo desarrollo, y que están hoy ofreciendo modelos alternativos, aunque en su mayoría de tipo embrionario y local, con el potencial de expandirse exponencialmente en la medida que el grado de deterioro de las viejas estructuras sea más avanzado.

Para orientar el análisis adoptaremos la ya expuesta comparación entre la humanidad en su conjunto y uno de sus miembros individuales.

Puede objetarse que no necesariamente debe existir una relación isomorfa entre sos sistemas de abarque tan disímil. Con todo, el subsistema ofrecido por un ser humano individual resulta mucho más inclusivo de leyes y relaciones que pueden ser extendidas al suprasistema de la humanidad, que un mecanismo físico o un organismo biológico. Comparten una dinámica evolucionaria, tanto en lo físico como en lo psico-espiritual, desde una perspectiva jungiana la humanidad posee un inconsciente colectivo, y ambos sistemas, adoptando el enfoque del psicológo vienés Victor Frankl (24), estarían dotados de una intencionalidad orientada a la búsqueda de sentido y trascendencia. Dentro de un marco conceptual holístico puede afirmarse además que el todo (la humanidad) está de algún modo inscripto en la parte (el ser humano individual).

Esta comparación permite aplicar al género humano una dinámica dialéctica: un primer estado (tesis) correspondiente a la infancia, un segundo (antítesis) a la adolescencia, y un tercer estado (síntesis) a la madurez.

La humanidad podría encontrarse, dentro de esta modelización, en el turbulento final de su adolescencia colectiva, en la que, dotada de un “cuerpo físico” adulto, lucha por lograr su madurez definitiva.

Si se establecen varios ejes de análisis, los mismos pueden ser recorridos a lo largo de las instancias de tesis y antítesis, y a partir de las propiedades características de estas dos primeras instancias, inferir un estado posible para la instancia de síntesis en cada uno de aquellos.

Por persistentes e instalados que los estados característicos propios de las etapas de tesis y antítesis pudieran parecer dentro de cada eje, sólo corresponden, con respecto a la escala temporal de la humanidad, a su infancia y adolescencia colectivas.


X. Primer eje: Los sistemas sociopolíticos y su grado de abarque
En la etapa de tesis aparece como estructura dominante la tribal. Está caracterizada por relaciones primarias y comunitarias.

Como antítesis, ya dentro del período histórico, se presenta la figura del “estado”, sea en forma de ciudad-estado, reino, imperio y naciones modernas, en los que las relaciones comunitarias sufren una progresiva dilución, a medida que estos sistemas abarcan conjuntos poblacionales y áreas geográficas cada vez mayores.

En esta línea de pensamiento, el próximo paso en la evolución de la conciencia humana, en dirección a una síntesis, es el establecimiento de una civilización mundial caracterizada por la unidad mundial en diversidad.

A la vez que continúa la expansión del grado de abarque al planeta entero (unidad mundial), involucra una recuperación de la dimensión comunitaria (diversidad).

Dotada de medios físicos para un emprendimiento de esa magnitud –las supercomunicaciones mundiales y la velocidad del transporte hacen que el planeta entero resulte hoy más “pequeño”, en términos relativos, que un imperio de la antigüedad, e inclusive que una nación moderna del siglo XIX- la humanidad puede ahora avizorar su futuro desde una perspectiva planetaria.

Esta primera capacidad física debe dar paso a un “espíritu” que la anime, esto es, la conciencia de “ciudadanía mundial”. De acuerdo con “La Prosperidad de la Humanidad” (25) “Con la unificación física del planeta, alcanzada en el siglo XX, y el reconocimiento de la interdependencia de cuantos viven en él, comienza ahora la historia de la humanidad como un solo pueblo”

Tal civilización planetaria requerirá de instituciones mundiales: un gobierno mundial, un tribunal internacional de justicia, una moneda unificada y, probablemente, un idioma universal auxiliar.

Quizás sean unas Naciones Unidas transformadas –a pesar de todas las limitaciones actuales del sistema- la institución destinada a asumir tan magna misión.

El reconocimiento de pertenencia al planeta Tierra no se opone a un sano y legítimo patriotismo –del mismo modo que el amor a la provincia natal no ha impedido el sentimiento de pertenencia a la nación entera- sino que lo integra a una lealtad más amplia: al género humano y su casa común.

El concepto de diversidad es la contraparte indisoluble de la unidad mundial. Un nuevo orden mundial que pretenda resolver con éxito las dramáticas circunstancias de nuestra aflijida especie, no puede repetir la aventura uniformizante y centralizadora del desarrollismo convencional.

Todos los pueblos del mundo deben encontrar en la mundialidad espacios articuladores e integradores de su expresión local y autóctona, del mismo modo que los instrumentos musicales deben conservar timbre y melodía propios, para contribuir mejor a la armonía de la orquesta en su conjunto.

En el marco de este respeto y potenciación de la diversidad cultural es posible reestablecer la dimensión comunitaria, que intermedie entre la dimensión macrosocial (nacional, regional, mundial) y la esfera familiar y primaria.

Es precisamente en la preservación de la diversidad cultural en la mundialidad –que puede con justicia compararse al caudal genético en el organismo o a la biodiversidad en la naturaleza- donde aparece la diferencia sustancial con la globalización. Esta última es centralizante y uniformizante, y aunque está marcada sin saberlo por la presión evolutiva hacia un alcance geográfico mundial, sigue animada por los principios mecanicistas, economicistas y elitistas del viejo desarrollo.

Para Edgar Morin “de su diversidad la humanidad puede extraer sus mayores tesoros, siempre y cuando recobre el secreto de su unidad, y se replantee el futuro solidariamente en una Tierra que es su casa común”; “lo universal no se opone a las patrias, sino que las une concéntricamente y las integra a la patria Tierra” y “todo arraigo étnico es legítimo si va acompañado por uno más profundo a la identidad humana terrestre”. (26)

Considera también Morin que “la diversidad es el tesoro de la unidad y esta, a su vez, lo es de la diversidad”.

El principio de la unidad mundial, basado en la aceptación de la unidad esencial de la única familia humana, es la piedra basal de todo proyecto del nuevo desarrollo, y requiere ser abrazado de todo corazón, definitivamente y sin reservas, por todos cuantos habitamos en la Tierra.



XI. Segundo eje: La relación del hombre con la naturaleza
Durante la “tesis” se presenta el ser humano como parte indisoluble de la naturaleza: es la infancia caracterizada por una relación simbiótica con la “madre naturaleza”, en la que no puede verse a si mismo diferenciado de ella.

En el ensayo correspondiente a la antítesis, carácteristico de tiempos históricos, la humanidad reconoce su posición distintiva entre todos los seres vivientes, adopta una actitud racional e instrumental, se disocia de la naturaleza perdiendo el sentido de conciencia participativa, y se lanza al dominio y la conquista.

Hoy con la mangnitud poblacional humana y los medios físicos disponibles, ese dominio ha cobrado características depredativas y destructoras, amenazando con llevar al planeta a una catástrofe ecológica global.

Se insinúa una síntesis necesaria donde la humanidad, sin perder su potencial modificatorio sobre la naturaleza –indispensable para soportar la actual densidad demográfica humana- lo adecue a las pautas permitidas por aquella, a través de lo que podría denominarse “transformaciones compatibles”.

La extendida falacia de que toda acción humana implica algún daño al ambiente, y que la “contaminación cero” no existe, queda refutada si consideramos la milenaria coexistencia y cooperación del hombre con la naturaleza a través de transformaciones compatibles apoyadas en tecnologías apropiadas, desarrollada por innúmeras culturas en el diseño de su habitat, el uso de los recursos o la agricultura, no sólo manteniendo sino enriqueciendo la diversidad ecosistémica.

Pero tales transformaciones compatibles no pueden lograrse con la mera yuxtaposición de medidas prácticas y técnicas de carácter paliativo a la actual modalidad del desarrollo, sino que exige de una profunda reformulación de la intencionalidad colectiva del género humano sobre el planeta. No ya el “ser por el tener” denunciado por Eric Fromm, y el crecimiento material y económico, sino “sentar las bases de un nuevo orden social capaz de cultivar las ilimitadas potencialidades latentes en la conciencia humana” (27) deberá ser considerado el verdadero propósito del desarrollo.

Los siguientes textos resultan esclarecedores: “En el discurso del desarrollo van produciéndose modificaciones que atienden diferencias culturales y de sistema político, y que atienden a los alarmantes peligros de la degradación medioambiental. Sin embargo, los supuestos materiales en que se basan siguen, en esencia, sin ser cuestionados”... “ya no es posible sostener la creencia de que el abordaje del desarrollo social y económico nacido de una concepción materialista de la vida sea capaz de satisfacer las necesidades de la humanidad. Los pronósticos optimistas sobre los cambios que generaría se han desvanecido en el abismo, cada vez más hondo, que separa los niveles de vida de una minoría pequeña y relativamente decreciente de los habitantes del mundo,y la pobreza que experimenta la mayoría de la población mundial” ... “a no ser que el desarrollo de la sociedad encuentre un propósito más allá del mero mejoramiento de las condiciones materiales, fracasará aún en la consecución de estas metas”. (28)

Coincidiendo con Lester Brown en que el desafío actual consiste nada menos que en la superación del materialismo, y con Paul Ekins (29), quien entiende indispensable la noción “subversiva” de frugalidad en el estilo de vida, como condiciones para resolver la crisis ecosistémica, parecería ser que el éxito de la humanidad en su empresa por la sustentabilidad ambiental se ve mucho más garantizado por la adopción nuevos valores “intangibles” como propósito de su existencia, y la consecuente reducción del consumo, que por las tecnologías y medidas pragmáticas de la gestión ambiental, los procesos de evaluación de impacto o las legislaciones que procuren atenuar y controlar proyectos faraónicos y centralizados concebidos e impuestos por grupos dominantes.


Esa garantía de sustentabilidad ambiental está a su vez complementada por la diversidad de visiones que se logre involucrar en la generación participativa de proyectos de desarrollo. Numerosos emprendimientos de base participativa muestran que, en general, cuanto mayor sea la diversidad de actores intervinientes en su concepción y diseño, mayor resulta ser su compatibilidad ambiental.

XII. Tercer eje: La relación de los seres humanos con otros seres humanos
Si en la etapa primigenia o ensayo de tesis, las relaciones entre grupos humanos se caracterizaban por su baja intensidad debida al aislamiento provocado por una reducida densidad demográfica y los obstáculos geográficos entonces insalvables, el movimiento antitético, que aparece con los encuentros históricos entre culturas y civilizaciones, se vió dirigido hacia el conflicto, la agresividad y la búsqueda de supremacía de un grupo sobre otro.

Tal actitud no solo se materializó en las guerras, sino que fue llevada al conflicto económico, a la lucha de poderes entre naciones “soberanas”, a la lucha política partidista, y a la competencia empresarial o entre grupos sociales.

Tan enquistado llegó a estar el conflicto en los asuntos humanos, que llegó a generalizarse la creencia –apoyada en erróneas extrapolaciones biologicistas- en la agresividad intrínseca del ser humano.

Por prolongado que haya sido el reinado de la conducta conflictiva, la misma sólo corresponde a las etapas de infancia y adolescencia colectivas de la humanidad. No existe motivo alguno para suponer que lo que hasta hoy ha sido, deba seguirlo siendo en el futuro.

El “Manifiesto de Sevillla sobre la violencia”, emitido por más de un centenar de científicos y pensadores de todas las disciplinas, convocados en esa ciudad por la UNESCO a mediados de los 80, afirma que no existe ninguna evidencia científica de que la agresividad humana tenga un origen genético o irreversible, sino que es, en última instancia, una construcción cultural. (30)

El patrón de conflicto aparece aún en la “negociación”, en la que cada parte asume que debe ceder algo de su aparente interés, para llegar a una solución de compromiso, evitando así otro tipo de enfrentamiento. El principio smithiano de que del interjuego de fuerzas sociales, cada una buscando su propio rédito, aparece una “mano invisible” que beneficia al conjunto, queda hoy plenamente desechado luego de que dos siglos de aplicación irrestricta del modelo dieran como resultado una mayoría creciente de oprimidos y excluidos, como lo evidencia el progresivo ensanchamiento de la boca de la “copa de champaign”.

Se torna necesaria como pauta para la instancia de síntesis o madurez humana colectiva, una redefinición sustantiva acerca de la cuestión del poder.

Para Max-Neef y Elizalde (31), la pregunta “¿quién tiene el poder?” es de importancia secundaria, siendo la pregunta relevante “qué es el poder?”.

En la etapa de la madurez, los actores del desarrollo no pueden ya ser minorías privilegiadas, sino todos los seres humanos del planeta. El poder aparece así distribuido en el conjunto, y ya no más asociado a las prebendas de sectores minoritarios.

Al respecto, volvemos a citar “La Prosperidad de la Humanidad”: “Las generaciones futuras hallarán incomprensible que en una era que rinde homenaje a la filosofía igualitaria y los principios democráticos que engloba, no obstante, en la planificación del desarrollo las masas sean vistas como (meras) receptoras de los beneficios de la asistencia y el entrenamiento”... “A pesar del reconocimiento de la participación como principio, el espacio reservado para la toma de decisiones a la mayor parte de la población mundial, es cuanto más secundario y limitado a una gama de opciones formuladas por organismos que le son inaccesibles, y que son determinadas por metas irreconciliables con su propia percepción de la realidad”.

Aquí es aplicable un segundo par de opciones relevante-secundaria planteadas por Max-Neef y Elizalde: la opción secundaria es “dictadura o democracia”, cuando la relevante es: “gobierno autoritario o gobierno participativo”. Las democracias contemporáneas y convencionales, contemplan una participación reducida principalmente al sufragio, que aparentemente legitima el accionar del gobierno, aunque en la praxis se dan los espacios suficientes para que los proyectos de desarrollo estén orientados a sostener espacios de privilegio y a complacer a poderosas minorías.

La verdadera participación exige en cambio el involucramiento de todos los seres humanos en la generación de “satisfactores sinérgicos”, para la prosecución de los caminos del propio desarrollo.

Nuevamente la participación universal, gracias a su diversidad de percepciones que involucra, al igual que ocurre con la sustentabilidad del ambiente, garantiza la equidad social en un modo en que los proyectos asistencialistas, bajados “desde arriba”, jamás podrían hacerlo.

Pero esta participación universal requiere de un instrumento novedoso que trascienda el limitado patrón de conflicto con sus negociaciones y compromisos.

Tal instrumento es la “consulta”, que implica el desprendimiento del interés por imponer la idea propia, poniendo en cambio esa idea propia al servicio desinteresado de la búsqueda del beneficio del conjunto. Dotadas de tal actitud, las comunidades humanas pueden “llegar a un consenso sobre una situación dada sobre la elección más sabia entre las opciones disponibles en un determinado momento del curso de acción”.(32). Tal metodología en el proceso de toma de decisión es completamente ajena al espíritu partidista y proselitista que regula la dinámica de la mayoría de las instituciones dominantes del viejo orden. Exige, además, nada menos que el apoyo entusiasta a la decisión de la mayoría. Los miembros del cuerpo decisorio no representan a grupo, facción o partido alguno, sino que lo integran como servidores del todo, y llegan a él sin campañas proselitistas o propaganda de ninguna especie.

“La consulta es la expresión operativa de la justicia dentro de los asuntos humanos” y es “el principio organizativo de todo proyecto” (33).

El expansivo fenómeno social del surgimiento de miles de organizaciones de la sociedad civil –dedicadas a una variedad de problemáticas sociales, ambientales, culturales- es de por sí promisorio, en cuanto permiten un desarrollo de base participativa. Su éxito y alcance se verá incrementado en la medida en que estas instituciones sean capaces de incorporar en su operatoria el espíritu y la metodología consultivos, preservándose así de repetir el patrón de conflicto y competencia característicos de las instituciones del pasado.

Un último y fundamentalísimo aspecto de la participación consultiva, si es que esta ha de ser universal, es que involucre plenamente a la mitad históricamente relegada de la humanidad –en realidad la leve mayoría numérica- constituida por las mujeres.

El grado de involucramiento de las mujeres es un indicador del nuevo desarrollo, siempre y cuando tal involucramiento sea dado desde su propia y genuina percepción del mundo, y no en una carrera de competencia por ocupar espacios sociales dentro de un modelo que, por su naturaleza constitutiva es patriarcal.

Es de esperar que la etapa de síntesis o madurez de la humanidad se caracterice por la igualdad de derechos y oportunidades para la mujer, igualdad de derechos y oportunidades que lleve a la constitución de una sociedad en la que lo femenino y lo masculino aparezcan equilibrados y cooperativamente integrados, y no a una mayor presencia de mujeres en el mismo orden divisionista, conflictivo y machista actual.



XIII. Cuarto eje: El método de conocimiento
Si en la etapa de la infancia (tesis) el modo dominante en la percepción del mundo ha sido la intuición y el pensamiento mítico-simbólico, la reacción antitética se caracterizó por una exacebada actitud racionalista y luego cientificista.

Sería presumible que a la síntesis pudiera corresponderle el equilibrio e integración mutuamente potencializadora de ambas formas de aproximación a la percepción de la realidad.

Con el adevenimiento de la revolución cuántica de la física, a inicios del siglo XX, se abandona la modelización determinista y mecanicista del universo. El principio de indeterminación de Heisemberg, los experimentos de Einstein-Podolsky-Rosen (34), o el ejemplo del “gato de Schrödinger” (35) que permite llevar los sorprendentes hallazgos del mundo subatómico al macroscópico, hacen que la física contemporánea acepte definitivamente la inseparabilidad entre el “observador” y lo “observado”, y la interdependencia entre mente y materia. El mundo cuántico es un caldo de posibilidades latentes donde es nada menos que la percepción consciente lo que contribuye a cristalizar una de ellas, para transformarla en “realidad”.

Para el físico Arthur Koestler: “antes pensábamos que la materia era la roca, ahora la roca es la mente”(36). El universo tal como es comprendido ahora, se parece no ya a una gran maquinaria, sino a un inmenso pensamiento.

Vale la pena hacer evidente la paradoja de que, mientras la física hace ya más de un siglo que abandonó el modelo mecanicista y newtoniano, las ciencias sociales, políticas y económicas, y hasta la visión corriente del mundo expresada como “sentido común”, tratando tal vez de imitar la rigurosidad de aquella disciplina, siguen ancladas en su perimida versión mecanicista.

Las sucesivas corrientes epistemológicas se alejan cada vez más de la doctrina de una “realidad objetiva” y de la observabilidad de los hechos, pretendidas por el inductivismo y otras corrientes tempranas, para asumir que toda actividad científica involucra carga teórica, y es inseparable de los supuestos y creencias del investigador. “Todo acto de conocer, trae a un mundo a la mano” afirman Humberto Maturana y Francisco Varela (37).

Mucho más que a conocer el universo tal como es, “la cosa en si” al decir kantiano, el conocimiento parece hoy estar orientado a perfeccionar las modelizaciones del mundo, de tal suerte que permitan mejor la adaptabilidad y desarrollo del ser humano en su medio.

Aparecen nuevas explicaciones del todo, en los que los fenómenos no pueden ser comprendidos a partir del análisis fragmentario de su entorno causal inmediato, sino desde la totalidad y el orden profundo que vincula todas las cosas a todas las cosas.

Los enfoques del “orden implicado” y el “paradigma holográfico” de David Bohm, Karl Pribram y otros científicos contemporáneos (38), explican así que hechos de superficie, en el mundo de lo explícito o desplegado, que parecerían no tener conexión causal inmediata, pueden ser manifestaciones de un mismo fenómeno en lo profundo, el orden de lo implicado o plegado, -al igual que islas que aparecen como objetos distintos sobre la superficie del mar, pero están conectadas por debajo-.

Esto da cuenta de muchas sincronicidades significativas en el mundo de las ideas o de los hechos.

Los campos formativos de Sheldrake (39), constituyen una teoría que permite justificar como una vez que un fenómeno novedoso hace su aparición en el plano de lo manifiesto, el mismo se torna más facilmente repetible, por medios de una especie de memoria distribuida en la totalidad.

Estas nuevas visiones del mundo, nacidas del pensamiento avanzado contemporáneo, muestran profundas similitudes con las cosmologías religiosas ancestrales, tema que ha sido desarrollado por F. Capra, F. Varela y otros autores. (40) (41)

Aún en el mundo de lo manifiesto se comienza a reconocer una complejidad que requiere de nuevos instrumentos de abordaje conceptual. Para Edgar Morin (42), principal exponente del “pensamiento complejo”, entre estos instrumentos deben considerarse la teoría de la información, que permite la emergencia de lo nuevo en forma de información organizada, la teoría cibernética, con sus lazos de retroalimentación y sus curvas causales –a diferencia de la causalidad lineal- y la Teoría General de Sistemas, desarrollada por Ludwig von Bertalanffy (43), o el enfoque holístico de Gregory Bateson (44), que parten del principio de que el todo es más que la suma de las partes y reconoce las cualidades emergentes de la organización o sinergía

A ellos agrega Morin el principio dialógico, por el que lo contrario de una verdad no es necesariamente un error, el principio de recursión organizativa, por el que los efectos son productores de lo que los produce –tal como el individuo produce la sociedad que es a su vez su productora- y el principio hologramático, por el que el todo se halla inscripto en la parte.

Otra característica relevante de los nuevos marcos conceptuales es el abandono del disciplinarismo y la superespecialización excluyentes, para dar lugar a los abordajes transdisciplinarios. Para Francesco di Castri es precisamente la ecología la ciencia paradigmática que ha redirigido el pensamiento del siglo XX hacia la transdisciplinaridad, a fin de poder dar cuenta de las intrincadas interrelaciones que se presentan entre la sociedad humana y la naturaleza. Para Di Castri se requiere una integración vertical y horizontal entre todas las disciplinas, a través de cuatro niveles que van desde las ciencias básicas hasta la esfera de la decisión política, tomando en cuenta la retroalimentación entre todos ellos (45).

Estas concepciones están implícitas o explícitas en el conocimiento religioso de todos los tiempos: la creación como pensamiento y la Mente Primordial en su origen o el surgimiento del orden a partir del caos.

El pensamiento hologramático se hace evidente en asertos tales como “lo que está arriba es como lo que está abajo”, simbólicamente representado en la estrella de David, o en la frase atribuida al iman Alí: “¿Te consideras sólo una débil forma, cuando dentro de ti está plegado el universo?”

El proverbio zen “cuando levantas tu meñique repercute en las estrellas” evoca una relación sistémica u holística entre todas las cosas del universo, aseveraciones tales como “la sabiduría es un punto que los ignorantes han multiplicado” o las múltiples referencias a la unidad esencial del género humano y a su armonizacion con las restantes formas creadas, contienen tanto puntos de contacto con el orden implicado como con la ecología profunda.

Esto, por citar sólo algunos ejemplos.

Cabe preguntarse, entonces: ¿por qué las cuestiones espirituales han sido mantenidas fuera del discurso del desarrollo?

Como se ha explicado más arriba, el discurso convencional del desarrollo es heredero de una cosmovisión materialista y racionalista moderna, originada en el cisma entre ciencia y religión iniciado hace algunos siglos en Europa.

A su vez, el discurso cientificista, seguro como estuvo en sus primeros tiempos de su autoasumida objetividad, ha rechazado y menospreciado las proposiciones, carentes de “pruebas objetivas” de las distintas corrientes teológicas rivales.

A este descrédito del pensamiento religioso contribuyó sin duda y en gran medida el progresivo deterioro y oscurecimiento dogmático que los cleros ocasionaron a las enseñanzas originales.

La historia ha mostrado, sin embargo, que a pesar de tales tergiversaciones del fenómeno religioso, nacidas de la búsqueda clerical de poder y del fanatismo, la potencia de los influjos originales ha sido tan intensa, que ha sido la principal fuente motora para el surgimiento de vastas civilizaciones, en las que el desarrollo social y material se dieron integrados al espiritual, como el caso del Islam, si referimos uno de los ejemplos más recientes, o el reino budista de Asoka o el esplendor aqueménida, influenciado por el zoroastrismo.

Tomando en cuenta el actual reconocimiento de la imposibilidad de separar la investigación científica de los supuestos y creencias previas de los investigadores, y de lograr una percepción objetiva, verificable y comunicable de la “realidad”, todo lo que ha logrado el cientificismo, es crear un nuevo dogmatismo, privando a la cognición humana de sus potencialidades no racionales.

Si la amplia mayoría de los seres humanos mantienen creencias religiosas y espirituales que no necesitan ser demostradas, si el discurso materialista del desarrollo ha llevado a la humanidad y al ecosistema planetario al estado de crisis extrema, y si el mismo pensamiento “científico” está progresivamente reconociendo la necesidad de explorar nuevos abordajes conceptuales para dar cuenta de una complejidad física, biológica y social antes insospechada que el paradigma mecanicista y lineal ya no puede penetrar, es dable pensar entonces que el signo característico para la era de síntesis o madurez colectiva humana en el eje de la cognición, es un diálogo cada vez más intenso entre ciencia y religión, y la integración de las facultades racionales con las simbólico-intuitivas de la mente humana.

Pero se trata de una nueva forma de religión, libre de cleros y dogmatismos, fuertemente comprometida con la equidad social y que abandone todo resabio de la idea paralizante que justificó por siglos la miseria, como algo inevitable que soló podría ser resarsido en el otro mundo.

Por su parte la actividad científica, también deberá ser objeto de una revisión profunda. El afán de justicia tendrá que reorientarla al bienestar de la generalidad de la humanidad y no al aumento de las ventajas tecnológicas de minorías privilegiadas. “Si esta actividad es vista principalmente como propiedad exclusiva de élites residentes en un número reducido de naciones, es obvio que la brecha que tal planteo ya ha creado entre los ricos y los pobres de la Tierra, no hará sino agrandarse”... “Si la mayoría de la humanidad continúa siendo considerada meramente consumidora de productos de ciencia y tecnología creados en alguna otra parte, entonces los programas ostensiblemente diseñados para atender sus necesidades, no pueden ser, con justicia, denominados desarrollo”... “Instrumentos de cambio social y económico tan poderosos deben dejar de ser patrimonio de segmentos sociales aventajados y deben organizarse de modo que permite a la gente de todas partes participar en dicha actividad, de acuerdo a la capacidad” (46).





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