Aportes a un paradigma emergente


V. Críticas al desarrollismo



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V. Críticas al desarrollismo
Desde luego que la corriente principal desarrollista tuvo críticas severas y profundas.

Para algunos, entre ellos Denis Rondinelli (11), el problema residía en la distancia existente entre la planificación tecnocrática y la praxis en campo.

Proponía Rondinelli que el proceso de puesta en marcha de grandes proyectos de desarrollo fuera abordado a través de cuatro etapas sucesivas y expansivas.

Primero, debía comenzarse con proyectos experimentales, de pequeña escala, de naturaleza exploratoria y de alto riesgo. Una vez superada esta primera instancia, se debía pasar a los “proyectos piloto”, a través de los cuales los resultados logrados en los proyectos experimentales serían sometidos a una variabilidad de condiciones a fin de adaptar sus métodos y técnicas.

Luego, en una tercera etapa, debían ejecutarse los proyectos “demostrativos”, para exhibir la eficacia de los proyectos piloto y lograr la aceptación de las nuevas técnicas en el contexto social.

Solo entonces podía pasarse a los proyectos para entrega de servicios en gran escala.


Otro grupo de críticos, entre los que se destaca Susan George (12), alzaron sus voces para denunciar la injusticia social intríseca del modelo de desarrollo dominante. Según estos autores, la pobreza y el hambre de los paises pobres no es resultado de la geografía, de la elevada tasa de nacimientos o de la pereza inherente de sus pueblos.

Es más bien el resultado de una perversa maquinación de los paises ricos, que necesitan de la existencia de una mayoria de naciones pobres para sostener sus condiciones de bonanza.

Lo logran mediante la asignación internacional de la producción y el permanente incremento de la brecha en los términos de intercambio entre productos primarios y productos de alta tecnología.

Desde esta perspectiva, el escenario del desarrollo podría ser comparado con un banquete en el que un 20 % de los presentes se sientan cómodamente a deleitarse, mientras que el 80 % restante les sirve, recibiendo acaso algunas migajas que caen de la mesa, a fin de que puedan seguir atendiendoles. Esta amplia mayoría es mantenida en la ilusión de que mediante su esfuerzo llegarán algún día a ocupar un puesto en la mesa, pero en realidad existe un problema estructural: es necesario que exista esa mayoría en estado de servidumbre para hacer posible el privilegio de los menos.


Todavía otros, entre los que la figura más relevante fue probablemente E.F.Schumacher (13), sostenían que la trampa involucrada en el modelo de desarrollo es que, a diferencia de lo que sostiene la economía convencional, el problema de la producción no ha sido resuelto.

Surge así el concepto de “tecnología apropiada”

El desarrollismo ha priorizado una producción centralizada, de gigantesca escala, muchas veces alejada de las fuentes de materias primas, maquinizada y deshumanizante.

Schumacher propone una reorientación de la ciencia y la tecnología hacia lo orgánico, lo amable, lo no violento, lo elegante y lo hermoso. Una tecnología con “rostro humano”.

Según él lo que se necesita son métodos y equipos que sean suficientemente baratos y al alcance de todos, agradables de operar, apropiados para ser utilizados en escala pequeña y compatibles con la necesidad creativa del hombre.

Esta corriente impulsa así la descentralización de la producción, basándola en materiales locales y para uso local, y la creación de puestos de trabajo allí donde los seres humanos viven, deteniendo el proceso migratorio hacia las grandes ciudades.


Finalmente debemos mencionar un cuarto grupo de críticas, fundamentadas en la crisis ecológica y el agotamiento de los recursos naturales.

Según Lester Brown (14), la Civilización Maya, cuya población durante más de dos milenios se había venido duplicando cada cuatro siglos, alcanzó los cinco millones de habitantes hacia el 900 D.C. En ese momento, se desplomó subitamente, quedando su población reducida a una décima parte.

La causa, poco esclarecida, parece haberse relacionado con la erosión de los suelos: la capa fertil fue arrastrada hacia los lagos de la región, y las tierras de cultivo perdieron bruscamente su productividad.

Si estas tensiones ambientales fueron capaces de socavar antiguas civilizaciones que crecían al ritmo de una duplicación poblacional cada varios siglos, se pregunta Brown: ¿cuál será el efecto ahora, que la población mundial crece al ritmo del 2% anual, al mismo tiempo que las tierras de cultivo disminuyen a un ritmo similar?

Los tres biomas que sustentan el sistema económico están seriamente comprometidos: los bosques por la deforestación, los pastizales por el sobrepastoreo y la desertificación, y los océanos por la pesca excesiva. A esto debe sumarse el agotamiento potencial de los hidrocarburos, sobre los que descansa casi un 90% de la energía usada por el ser humano, antes de que fuentes sustitutas, renovables y no contaminantes, puedan reemplazarlos.

Para Brown la solución no se logrará tan solo con un uso más racional de los recursos naturales, sino que el desafío al que se enfrenta la humanidad es de tal magnitud que exige nada menos que la supresión del materialismo, en una verdadera redefinición del propósito central de la existencia humana.



VI. Desarrollo “sustentable”
En los años 90, una nueva variable hace su aparición en el discurso del desarrollo: el requisito de la sustentabilidad ambiental. Con la expansión de la conciencia ecológica, una frase –probablemente impulsada por un grupo de empresarios durante la Conferencia de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y el Desarrollo (Rio de Janeiro, 1992)- se instala en la declamatoria de gobiernos, ONGs y empresas: desarrollo sustentable.

El desarrollo sustentable sería aquel desarrollo que pueda ser conseguido sin socavar las necesidades ambientales de las generaciones presentes y futuras. (15)

Pero es importante comprender que este “desarrollo sustentable” –otra frase ambigua y peligrosa- no se propone modificar la dirección del desarrollo hacia el crecimiento económico y la industrialización, sino más bien continuar avanzando hacia tales objetivos, aunque ahora dentro de las limitaciones y exigencias impuestas por la preservación de los ecosistemas.

Si bien no existe un consenso generalizado de cómo lograr el “desarrollo sustentable”, la postura más aceptada es mantener el desarrollo economicocéntrico dentro de la capacidad de sustentación del ecosistema terrestre, mediante un conjunto de medidas pragmáticas y técnicas, englobadas dentro del concepto de gestión o manejo ambiental: usar racionalmente los recursos del planeta –mares, suelos, bosques-, utilizar sustitutos abundantes o renovables para los recursos más amenazados, adoptar medidas de eficiencia energética, tratar efluentes, reciclar, y exigir procesos de evaluación de impacto ambiental mediante una legislación adecuada, a fin de evitar, minimizar, o en última instancia reparar, el daño ambiental.

Ya lo decía el entonces secretario general de las Naciones Unidas, Boutros Ghali, en el discurso inaugural de la CNUMAD 92: “Producir, consumir, pero también reciclar: este es el tríptico del porvenir” (16)

Es importante reparar en dos cosas. Por un lado, en la linealidad asombrosa con los que se pretende predecir el impacto ambiental, matrices de Leopold incluidas. Estos procedimientos no dan cuenta de la complejidad fantástica de los lazos de retroalimentación que vinculan un ecosistema con otro sin solución de continuidad, ni de las perturbaciones ilimitadamente amplificables que pueden introducirse al estilo del “efecto mariposa” de Ilya Prigogine.

Mucho más peligrosos aún son los enfoques que pretenden cuantificar y valorizar monetariamente el daño ambiental, (principio contaminador-pagador) lo que constituye un intento del subsistema económico por fagocitar al interior de su lógica al ecosistema.

Por otro lado debe observarse que el requisito de la sustentabilidad aparece mucho más como una limitante al máximo crecimiento económico, que como un resultado intrínseco de un estilo de desarrollo diferente, animado por otros propósitos.

Para Nijkamp y Dourojeanni (17), no puede lograrse simultáneamente un óptimo de desarrollo económico al mismo tiempo que un óptimo de sustentabilidad ambiental y una máxima equidad social. Estos autores proponen una fórmula conceptual del “desarrollo sustentable” como función de tres variables: crecimiento económico, sustentabilidad ambiental y equidad.

Pero para lograr el máximo desarrollo sustentable, ninguna de las tres variables puede estar en su máximo.

Dicho en otros términos: la sustentabilidad del ambiente y la equidad social, son embarazosos frenos al objetivo del crecimiento económico, que además, fuera del discurso, no tienen enraizamiento en los proyectos reales del desarrollo.
Si consideramos el daño ambiental como resultante del producto:

“población x tecnología utilizada x consumo per cápita” veremos que el discurso del desarrollo sustentable se centra casi exclusivamente en la minimización de los dos primeros factores.

Es propio de paises del “norte” (otra conceptualización divisionista y artificial de un mundo que sintió un vacío cuando la línea este-oeste se hizo más difusa) centrar sus argumentos en la limitación al crecimiento demográfico del “sur”. Alegan que de cada diez niños que nacen hoy, nueve lo hacen en los paises pobres. Pero si tomamos en cuenta que ese niño rico contaminará y destruirá el ambiente en la misma medida que treinta niños pobres, el argumento parece mas bien dirigido a prevenir una excesiva presión poblacional y la consecuente presión social de las masas hambreadas para que las minorías privilegiadas no se vean perturbadas, que a una propuesta seria de sustentabilidad.

La gestión ambiental opera mayormente, en cambio, sobre el segundo factor, procurando introducir tecnologías preservadoras del ambiente.

Si el segundo factor tiende a cero, tambien lo haría el daño ambiental; esto es teóricamente posible.

Ahora bien, dicha disminución debe producirse a tiempo, antes que el daño ambiental global resultante supere un umbral crítico y ponga en marcha lazos retroalimentativos que desencadenen un “efecto dominó” llevando al planeta a su crisis terminal.

Los tratados y convenios internacionales no son suficientemente drásticos como para que esta transformación tecnológica hacia el uso racional de recursos y la disminución de la contaminación se produzcan dentro de los plazos seguros sugeridos por los principios precautorios.

Valga como ejemplo que, si todos los paises del mundo adoptaran decididamente todas las tecnologías de eficiencia energética consideradas aplicables dentro del modelo económico vigente, una duplicación de las emisiones de dióxido de carbono (principal termoactivo responsable del efecto invernadero) sólo podría ser demorada un par de décadas. (18)


Arribamos así al diagnóstico de Lester Brown: solo operando sobre el tercero de los factores, es decir, disminuyendo el consumo (lo que lleva implícito una supresión o disminución del materialismo), podría reducir rápida y drásticamente la crisis ecológica global.

Y de esto es de lo que en verdad no habla el discurso del “desarrollo sustentable”. Se preocupa en producir en un modo más limpio, se propone consumir recursos renovables, enfatiza la prevención –si es posible- o la minimización de los impactos negativos, pero jamás se menciona la idea de producir menos.

En última instancia hablar de un desarrollo sustentable carece de sentido. Según qué definición demos al desarrollo, el adjetivo “sustentable” podrá resultar de cumplimiento imposible, o bien redundante.

VII. El PNUD y el Indice de Desarrollo Humano
Resulta evidente que las sucesivas revisiones y ajustes del concepto de desarrollo, a lo largo de los últimos cincuenta años, han sido tan sólo matices mas o menos superficiales, pero que en ningún momento han puesto en tela de juicio su supuesto básico materialista: que el desarrollo es principalmente crecimiento económico.

Un paralelismo con la dinámica explicada por Kuhn (19) para la evolución del pensamiento científico, nos permite comparar a esta “teoría” del desarrollo con una teoría científica que, encontrándose con ciertos hechos que caen fuera del campo de sus predicciones –el derrame distributivo que no se produce- incorpora nuevas hipótesis ad hoc, pero no modifica su núcleo.

Inclusive el “desarrollo sustentable” deja intacto ese núcleo.

Anualmente el PNUD emite un informe sobre la distribución de la riqueza. Divide la población mundial en cinco quintiles, y asigna a cada quintil el porcentaje de riqueza de que dispone.

A lo largo de cinco décadas de desarrollo, el quinto más rico no ha dejado de incrementar su riqueza total, y los más pobres, de reducirla.

El gráfico de la distribución del ingreso, por su forma, es conocido como la “copa de champaign”.

Actualmente el 20 % más rico dispone de un 86 % de los recursos del planeta, mientras que el 20 % más pobre, debe sobrevivir con menos del 1 %.

Entonces podemos preguntarnos: ¿desarrollo de qué, y para quién?

El resultado del modelo ha sido el enriquecimiento de un 20 % de la población mundial, distribuido en los paises ricos y en las capas enriquecidas de los pobres.

Todo esto a costa de la miseria de una inmensa mayoría y de una crisis ecológica mundial sin precedentes y de dificil reversión.

E inclusive ese 20% se ha “desarrollado” en una única dirección: la económica, pero no está libre ni de la crisis ambiental misma, ni de nuevas pandemias como el VIH SIDA, ni de problemas sociales como la violencia, la drogadependencia, el alcoholismo, los tráficos ilegales, ni del aislamiento, la angustia, la falta de sentido en su existencia y otros males psicológicos y espirituales.

Desde este punto de vista, el modelo aplicado, no puede ya, en justicia, ser llamado “desarrollo”.

El desarrollo ha de ser alguna otra cosa, que aún no se ha dado a escala general en ninguna parte del mundo.

Con respecto a ese otro desarrollo, el planeta entero, está subdesarrollado.


Entre los distintos intentos por desacoplar la idea de desarrollo de parámetros puramente economicistas, debe mencionarse el concepto de “desarrollo humano” del PNUD.

Para el PNUD el desarrollo es resultante de un conjunto de factores, tales como la salud, la educación, el ingreso, la posición de la mujer, el estado de la infancia, la situación del ambiente, el grado de conflictos y la madurez político participativa. “El fin es el desarrollo humano, el crecimiento económico es un medio” (20)

El PNUD propone también un indicador para el desarrollo, que no sea meramente el ingreso per cápita. Así establece el “Indice de Desarrollo Humano” (IDH).

Este índice, sin embargo, incorpora solo tres de las dimensiones mencionadas: la salud, medida en función de la expectativa de vida al nacer, la educación, cuantificada a partir de la tasa de alfabetización y matriculación combinada, y el ingreso, este último no tomado en forma directa en todos los casos, sino que para paises con valores de ingreso superiores a la media mundial, modificado por una fórmula de conversión que limita drásticamente su peso relativo en el índice.

Esta última consideración es válida en el intento por reflejar cuantitativamente, que a partir de cierto punto, los incrementos en el ingreso no corresponden a mejoras proporcionales en las condiciones de vida.

El desarrollo humano y su IDH aparejado, constituyen un intento loable, que sin embargo, no parece lograr tampoco modificar el núcleo de la “teoría del desarrollo”.

Observando los paises del mundo clasificados por IDH en lugar de por ingreso per cápita, aparecen leves modificaciones en las posiciones. Pero básicamente, siguen ocupando la parte superior de la parte superior de la tabla de IDH, los paises ricos.

Esto se explica tanto por la fragmentariedad de los criterios adoptados en el índice, como por la ligazón que existe entre la salud y la educación, medidas como se las mide, con el ingreso. No se trata en realidad de tres variables verdaderamente independientes, ya que son los paises más ricos los que mejores sistemas sanitarios y educativos poseen.

El IDH general, no da cuenta, además, de la distribución del ingreso.

Por último, puede cuestionársele, que continúa dentro de una visión lineal, que procura encontrar indicadores objetivos para el desarrollo, sin incorporar en algun modo la percepción subjetiva que los pueblos puedan tener de sus propias condiciones de vida.



VIII. Desarrollo a Escala Humana
Manfred Max-Neef y Antonio Elizalde, economista autodenominado “hereje” y premio Nobel alternativo el primero, y sociólogo el segundo, ambos chilenos, junto con otros autores, han sistematizado un enfoque del desarrollo altamente innovador, el “Desarrollo a Escala Humana”(21)

Incluye una teoría económica alternativa, la “Economía a Escala Humana”, que en la opinión de algunos especialistas, es, luego de “La Riqueza de las Naciones” de Adam Smith, y “El Capital” de Karl Marx, la obra más revolucionaria del pensamiento económico.

El primer postulado de Max-Neef y Elizalde, es que el desarrollo se refiere a las personas y no a los objetos.

Por otra parte, ellos explican que la economía convencional (clásica y neoclásica), incurre en un error fundamental: el de considerar las necesidades humanas como crecientes e ilimitadas.

El “Desarrollo a Escala Humana” mantiene, en cambio, que las necesidades humanas son limitadas, constantes en toda cultura, y, en términos del período histórico, también invariables en el tiempo.

Para estos pensadores, son concretamente nueve: subsistencia, protección, afecto, ocio, creación, libertad, entendimiento, identidad y participación.

Consideran una décima necesidad: la trascendencia. Sin embargo, no la agregan a la lista, por entender que no está completamente consensuada.

Lo que varía con el transcurrir del tiempo, y de una cultura a otra, son los satisfactores de estas necesidades, que son todo objeto, servicio, actividad, relación, institución o costumbre creada por el hombre para la satisfacción de estas nueve necesidades.

El grave error de la economía convencional puede ser expresado también como la confusión de las necesidades humanas con sus satisfactores.

Hasta aquí, aparece una primera diferencia sustantiva con el enfoque dominante del desarrollo: si bien el Desarrollo a Escala Humana contempla los aspectos materiales de la existencia humana, los mismos forman sólo una parte no central ni mayoritaria, en un sistema de necesidades que incluye aspectos intangibles, de tipo cultural, intelectual, afectivo o espiritual.

Los autores insisten, además, que no importa el orden de las necesidades, ninguna es priorizable a otras.

A su vez, Max-Neef y Elizalde, clasifican los satisfactores en cinco grandes grupos:



  1. Los violadores o destructores, que no sólo no satisfacen la necesidad a la que aparentemente están dirigidos, sino que impiden la posibilidad de satisfacción de otras necesidades del sistema. Suelen estar asociados al autoritarismo. Ejemplo de ellos pueden ser las armas nucleares, que aunque pretenden satisfacer la necesidad de protección, no sólo no lo hacen, (al aumentar la posibilidad de ser blanco nuclear prioritario para otras potencias), sino que destruyen la posibilidad de satisfacción de otras necesidades, como la subsistencia, el entendimiento o el afecto.

  2. Los inhibidores, que satisfacen inadecuadamente, (en general sobresatisfacen) la necesidad a la que se dirigen, inhibiendo la posibilidad de satisfacción de otras. Estarían vinculados a costumbres e instituciones arraigadas. Un ejemplo de satisfactor inhibidor sería una educación paternalista y sobreprotectora, que inhibe la satisfacción adecuada de las necesidades de identidad, creación o libertad.

  3. Los pseudo-satisfactores, que dejan permanentemente insatisfecha la necesidad a la cual apuntan. Generalmente devienen de las modas, la publicidad y las presiones del mercado.

Por ejemplo, las propagandas que promocionan una marca como símbolo de identidad, dejando obviamente la necesidad insatisfecha.

  1. Los singulares, que satisfacen una sola de las necesidades del sistema, siendo neutros con respecto al resto de las necesidades. Son característicos de los planes de gobierno, de los programas de desarrollo convencional, y el asistencialismo. Un ejemplo sería un plan alimentario, que satisface la necesidad de subsistencia, pero nada más.

  2. Los sinérgicos, que satisfaciendo la necesidad a la que se dirigen, ponen a su vez en marcha otros procesos, permitiendo la satisfacción de varias o todas las necesidades del sistema.

Suelen surgir de los procesos participativos de base, cuando una comunidad busca consultivamente sus propias soluciones.

Un ejemplo sería una organización comunitaria, orientada a promover la participación. Desde esa participación, pueden provocarse la sinergía para satisfacer otras necesidades.

Otro ejemplo es la leche materna, que aparentemente solo satisface la subsistencia; sin embargo también lo hace con el afecto, la protección o la identidad.

Se entiende ahora mejor por que los autores insisten en que no existe un orden de prelación en el sistema de necesidades: si los satisfactores son sinérgicos, cualquiera sea la necesidad que los haya motivado, esta puede ser la “puerta” para iniciar procesos retroalimentativos que beneficien a todo el sistema de necesidades.

Nótese el contraste con el enfoque de necesidade básicas, casi prioritariamente materiales, o el conocido y falaz argumento que no se puede abordar problemáticas más sutiles –intelectuales, culturales, creativas- con quienes tienen hambre, si primero no se les da de comer.

Max-Neef y Elizalde llaman a los cuatro primeros tipos de satisfactores, exógenos, por proceder en todos los casos de afuera del grupo que ha de satisfacer sus necesidades.

Los sinérgicos, son en cambio los únicos endógenos, pues surgen de la participación y voluntad de aquella comunidad que busca la satisfacción de sus necesidades.

Tomando en consideración lo expuesto, podría decirse que el “Desarrollo a Escala Humana” no es sino la generación (participativa) de satisfactores sinérgicos (los paréntesis se colocan para señalar la redundancia: si no es a través de la participación, no surgirán satisfactores sinérgicos).

Este concepto de desarrollo, lleva a una redefinición del rol del estado: de ser quien impone satisfactores exógenos a las personas, -en el mejor de los casos singulares- pasaría a ser un facilitador de los procesos de generación de satisfactores sinérgicos surgidos de las bases.

Hay fundadas razones para pensar que el “Desarrollo a Escala Humana” sí rompe con el “núcleo duro” de la vieja “teoría del desarrollo”, ya que no se centra el crecimiento económico ni lo prioriza.

No es de corte materialista, aunque contempla los aspectos materiales.

Otras notables diferencias que surgen de comparar ambos conceptos de desarrollo son:

-El Desarrollo a Escala Humana promueve proyectos de abajo hacia arriba, a la inversa que el desarrollo económicocéntrico

-Impulsa la participación local y comunitaria, y con ella la descentralización, por el contrario al desarrollo convencional, que es centralizador, y uniformizante en torno a un modelo a emular.

-Parte de la propia percepción de la problemática y la búsqueda de soluciones por parte de quienes han de iniciar su proceso de desarrollo, y no del entendimiento que de ese probléma tengan “expertos” o élites externas.

-Tiene un enfoque sistémico, al incorporar el concepto de sinergía, a diferencia de la visión lineal y fragmentaria del desarrollo dominante.

El “Desarrollo a Escala Humana”, al igual que otros enfoques innovadores del desarrollo, tiene todavía y como es de esperar, poca experiencia de aplicabilidad en campo, si se lo compara con los proyectos del desarrollismo. Sin embargo, es preferible abrir nuevas sendas en la maleza en la dirección correcta, que circular por la amplia y cómoda autopista que conduce al abismo.




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