Aportes a un paradigma emergente



Descargar 137.5 Kb.
Página1/4
Fecha de conversión26.03.2018
Tamaño137.5 Kb.
  1   2   3   4

DESARROLLO: DEL DOMINIO MATERIAL AL DOMINIO DE LAS ILIMITADAS POTENCIALIDADES HUMANAS
Ing. Lucio Capalbo (*)
(*) Maestria en Desarrollo Social Latinoamericano. Coordinador General de Fundación UNIDA

El proposito del desarrollo no es sino sentar las bases de un orden social inédito que permita aflorar las inmensas potencialidades latentes en la conciencia humana”

El presente trabajo está referido al “desarrollo”. Contextualiza históricamente la génesis del concepto en la versión que todavía aparenta ser dominante, recorre suscintamente su evolución, examina críticamente sus supuestos basales, desenmascara las contradicciones insalvables que encierran discursos recientes que, sin abandonar aquellos, pretenden tornarlo sustentable y socialmente equitativo mediante un barniz de ambiguedades, rescata aquellos enfoques innovadores que realmente se han desligado del núcleo del modelo perimido y propone pautas complementarias que contribuyan a resignificarlo de modo tal que resulte coherente con el nuevo paradigma emergente, es decir, útil en la nueva era a la que la humanidad, no sin turbulencias, está haciendo su ingreso colectivo.


I. Semántica del desarrollo: distorsión y empobrecimiento

Si procurásemos identificar conceptos focales que han actuado como motores para la actividad científica, técnica, económica, política y social durante las últimas décadas, muy probablemente surgirán las palabras “progreso”, “crecimiento” y “desarrollo”.

La idea de progreso –la primera en instalarse cuando el pensamiento científico moderno abrió caminos a un gran número de invenciones que prometían resolver todos los problemas de nuestra especie- está fuertemente vinculada a la de un “avance” o “adelanto”, los cuales discurren a lo largo de recorridos lineales de causa-efecto, controlados estos últimos por intervenciones racionales y voluntarias. Esta progresividad es a su vez figurativamente ascendente, siendo cada estado superior al precedente.

El crecimiento contiene en cambio una connotación biologicista, pudiendo por lo tanto involucrar tramos no lineales o saltos cualitativos, tal como ocurre con los organismos vivos. Persigue sin embargo un final, describe un ciclo, acotado dentro de un entorno en el que los márgenes de variabilidad están dados por las condiciones ambientales actuantes a lo largo del proceso, pero sin poder apartarse demasiado de la previsión genéticamente determinada.

El concepto de desarrollo es, posiblemente el más abarcativo, y el que reviste potencialmente mayor complejidad.

Remite a algo “plegado” o implicado, que podrá volverse manifiesto, pero no necesariamente dentro de una previsión fijada en las condiciones iniciales. Aunque puede incluir segmentos progresivos, admite instancias que si bien desde una perspectiva lineal y cuantitativa pueden ser vistas como retrocesos o involuciones, también pueden ser altamente significativas, en cuanto repliegues o puntos de inflexión desde los que puede retomarse un cause imprevisto y diferente.

Sus momentos de crisis son siempre positivos en cuanto sirven de oportunidad y aprendizaje al sujeto del desarrollo. Este sujeto además, es el protagonista fundamental del desarrollo, ya que si la energía principal que impulsa el proceso le fuera externa, no se trataría ya realmente de des-arrollar algo que estaba plegado dentro de él.

Finalmente es un proceso inteligente –aunque tal inteligencia está distribuida en el conjunto y no es asequida totalmente por ninguna de las partes- es plenamente abierto y no está necesariamente limitado a un ciclo, pudiendo ser virtualmente indefinido.


¿Qué clase de significados han sido impuestos a la palabra “desarrollo” por el discurso político, empresarial y mediático de los últimos cincuenta años, infiltrando el concepto y reduciendo brutalmente su potencial semántico?

Si, conviniendo con Max-Neef y Elizalde (1) que el lenguaje dominante es el que operativiza finalmente la realidad, podemos entonces, considerando los efectos devastadores que en lo cultural, lo social y lo ambiental ha tenido, comprender que la idea dominante de desarrollo:



  1. Ha heredado de la idea de progreso el mecanicismo y la linealidad, y una firme fe en el racionalismo para el control del proceso. El futuro aparece como mera extrapolación ingenua de las posibilidades tecnológicas del presente.

  2. Ha tomado del crecimiento su aspecto cuantitativo, soslayando complejidades no lineales de la evolución orgánica. En particular se ha asociado fuertemente al “crecimiento económico”, priorizando lo mensurable y lo acumulativo. El ámbito de acción de este “desarrollo”, es la materia.

  3. Es determinista, por cuanto su margen futuro de variabilidad solo se da dentro de posibilidades científicas y técnológicas, siguiendo las cadenas causales que llevan de un conocimiento racional a otro. Por fantásticas que pudieran parecer estas posibilidades, no escapan a los efectos de la razón en su dominio por la naturaleza. Su dinámica es la expansión del tecnosistema a expensas de ecosistemas, siendo paradógicamente irracional al no percatarse de que tal expansión no puede ser ilimitada.

  4. Es fragmentario al creer que la realidad total puede comprenderse por la mera yuxtaposición de las partes analizadas. Toma como punto de partida los conocimientos y logros explícitos presentes, siendo incapaz de sopesar las potencialidades ocultas, plegadas o no desarrolladas.

  5. Es uniformizante y centralizador, promovido por una parte que concentra los medios de control sobre el resto –lo que se hace aún más evidente en su última fase de globalización-. No se orienta a despertar capacidades latentes en los pueblos de la Tierra, ni a activar su inteligencia distribuida. Mas bien los intenta obligar a servir a un proceso emulativo de aquellas naciones que ostentan con mayor grado ese “desarrollo”, arrasando toda forma de diversidad cultural.

Obvía así la premisa elemental de que si algo ha de des-arrollarse, es por el potencial que subyace en él.

En definitiva, en aras de estos distorsionados conceptos de desarrollo, crecimiento y progreso, se ha procurado manipular al género humano mecanicistamente, como si se tratase de un sistema físico

-no olvidemos que ni aún los mismos sistemas físicos pueden ya ser descriptos en términos mecanicistas desde que la teoría cuántica nos muestra un universo indeterminado, poblado de significados y sincronicidades que responden al orden de la totalidad- o modelizarlo como un sistema orgánico, pasando por alto el hecho de que si bien el suprasistema social comprende el nivel biológico, incluye además dimensiones superiores que no pueden ser explicadas sólo desde esta perspectiva.

II. Cisma y nacimiento
Prefiero ver su rostro a oir su nombre” (proverbio Zen)
La modernidad nace de un cisma profundo entre ciencia y religión, materia y espíritu, lo racionalizable y lo intuitivo, lo comunicable y lo que sólo puede ser contemplado mediante una silenciosa conciencia participativa. (2)

Huelga decir que el discurso dominante de occidente en lo político y social, se hizo cargo del primer término de cada uno de estos pares, relegando los segundos al ámbito privado, no sin tácito menosprecio.

¿Cómo se produjo esta escición entre estas modalidades complementarias de aproximación a la realidad total, y esta prevalescencia de lo exteriorizable?

Intentar una explicación excede las posibilidades de este trabajo. Diremos simplemente que uno de los factores concomitantes fue la aparente contradicción de ciertos libros sagrados con los descubrimientos científicos del llamado Renacimiento.

Decimos “aparente”, porque la interpretación literal era por entonces lo corriente, no habiéndose desarrollado aún una exégesis que tome en cuenta el lenguaje mítico y simbólico, y sus diferentes niveles interpretativos, para los textos revelados.

Decimos “ciertos libros sagrados” porque por entonces existían otros, de más reciente data, que lejos de contradecir a sus predecesores, los continuaban y adaptaban a la progresiva evolución de la conciencia humana. Estas enseñanzas permitián continuar el proceso civilizatorio y del desarrollo integrando lo espiritual con lo social, y ambos con lo material. De esto da cuenta la civilización islámica.

Pero tales conocimientos quedaron excluidos de la Europa medioeval y renacentista, gracias a un cerco inviolable –sostenido incluso por la espada- y edificado por el clero dominante, que de otro modo se hubiera visto obligado a modificar su situación de privilegio.

El pensamiento moderno, incapaz de abrir el cerrojo, se separa del contexto de la fe y las creencias, relegándolas a un compartimento estanco, e inicia una aventura de pretendida objetividad, pero en realidad plagada de otras creencias, llamada ciencia. Esta ciencia, privada de operadores espirituales que la enriquezcan y acompañen, comienza su declive hacia el materialismo.

No solo las crecientes potencialidades de una técnica sin contraparte espiritual, sino también la observación de un Universo que empezaba a perfilar su profundidad insondable, a la par de la “conquista” del extenso continente americano, exacerbaron la avidez de dominio indiscriminado, el espíritu mercante, la expoliación de los recursos naturales, y la del otro social.

Un planeta aún muy vasto, poco densamente poblado, donde los accidentes geográficos eran aún serios obstáculos para estar al corriente de lo que pudiera ocurrir tras ellos, parecía confirmar la lógica fragmentaria y mecanicista que permitía analizar y manipular cada ecosistema y cada cultura, sin mayor preocupación por la interdependencia y las interconexiones de la totalidad.

La razón fue endiosada, pero fue la racionalidad instrumental el general que asoló todos los planos de la existencia.

Los procesos de acumulación, favorecidos por los recursos aparentemente ilimitados de los inmensos dominios coloniales, se conjugaron con la nueva tecnología maquinal y con la incipiente abundancia de mano de obra “ociosa” en la Europa rural, que atraida por el espejismo de la mejora de su “calidad de vida” (una frase ambigua y peligrosa) vino a servir miserablemente a la producción, trocando su pobreza en marginación.

Surge así la llamada revolución industrial en Inglaterra, cuyo modelo a emular rápidamente se propaga al resto del planeta.

Los sistemas sociopolíticos dominantes, con sus ideologías aparentemente contrapuestas en el Este y el Oeste (una negando explícitamente los valores espirituales, la otra relegándolos estratégicamente al espacio de lo individual y lo intangible para evitar su interferencia) adoptaron unánimemente la idea de industrialización como sinónimo de desarrollo.

Nace así una ecuación que persiste hasta nuestros días: desarrollo igual industrialización (y por lo tanto desarrollo igual a producción y consumo de materialidades), lo que queda evidenciado por las frases “país desarrollado” y “pais industrializado”, virtualmente sinónimas en el discurso político y mediático.

III. El contexto histórico
¿Pero qué lugar ocupa la modernización, la industrialización, el progreso tecnológico y la lógica del crecimiento económico en un contexto histórico universal?

La versión más aceptada es que el renacimiento científico, el racionalismo, el positivismo, la industrialización y el paneconomicismo son creaciones del impulso civilizatorio occidental.

Para Arnold Toynbee, la civilización occidental era una más entre veintiuna de su especie que hasta hoy ha logrado dar a luz la humanidad. (3)

Cada una de ellas reconoce un ciclo de nacimiento, crecimiento, colapso y desintegración.

Toynbee establece relaciones de paternidad-filiación entre pares de civilizaciones, habiéndose dado hasta tres generaciones de civilizaciones. La Civilización Cristiana Occidental sería filial de la Helénica, y esta a su vez, de la Minoica, que al igual que otras como la Sumeria, que hunde sus raices en la alborada de la historia.

Una civilización deja de crecer –colapsa- cuando mueren las energías creativas que le dieron origen.

En ese momento, surgen los llamados “estados universales”, imperios y naciones que aglutinan bajo un único sistema sociopolítico los estados parroquiales que formaron parte del proceso civilizatorio.

Normalmente la metrópolis de estos estados universales está fuera de la cuna de la civilización, en lo que fuera sólo una provincia o territorio periférico. Así, el Imperio Romano fue el estado universal de la civilización Helénica.

El estado universal debe vérselas con dos proletariados: el externo, constituido por potencias rivales más allá de sus límites, y el interno, integrado por las inmensas mayorías descontentas y oprimidas que el estado universal alberga en su seno.

Aparecen en la fase final de una civilización, las “minorías creativas”, ligadas a nuevas iglesias y movimientos espirituales.

Finalmente, ambos proletariados terminan por producir la desintegración de la civilización, y la minoría creativa tiene un rol central en el alumbramiento de una civilización filial.

En el caso de la Civilización Helénica, en su fase final de estado universal (Imperio Romano), el proletariado externo (los “bárbaros”) y el proletariado interno, terminan por derrumbar el imperio, y es allí que la nueva iglesia, en este caso el cristianismo, libera su potencial, dando nacimiento a una nueva civilización, la cristiana, en sus dos versiones: Cristiana Occidental y Cristiana Ortodoxa.

Siempre según Toynbee, a mediados del siglo XX, la Civilización Occidental era la única que no había detenido su crecimiento. Si bien había extendido sus tentáculos por todo el planeta, atrapando y paralizando a las restantes civilizaciones mediante su lógica económica, -al punto que resultaba ya dificil visualizar un proletariado externo-, Toynbee mantenía que todas las civilizaciones son comparables entre sí, no pudiendo establecerse criterios de supremacía de unas sobre otras.

En cierto sentido Toynbee asumía una visión cíclica de la historia, sin enfatizar algún tipo de progresividad con el correr del tiempo, ni siquiera a través de la sucesión generacional de las civilizaciones.

Este criterio trataba de contrarrestar el eurocentrismo de muchos historiadores y de las primeras escuelas antropológicas, que proponían un “evolucionismo lineal”, mediante el cual, si se dejara a las diversas culturas continuar su proceso evolutivo, llegarían en su fase superior, al estilo de desarrollo de la civilización occidental.

Veremos que estas ideas, hoy desechadas por el pensamiento antropológico continuaban fuertemente arraigadas en los teóricos del desarrollo durante la segunda mitad del siglo XX.

La antropología contemporánea se inclina hoy mas bien por el principio conocido como “relativismo cultural”. De acuerdo con este principio, no sólo entre civilizaciones, sino también entre todo tipo de cultura, no existiría criterio válido de supremacía a favor de una u otra, considerando en cambio que desde la más “sencilla” tribu australiana al más “complejo” sistema sociocultural extendido sobre millones de kilómetros cuadrados y albergando a cientos de millones de personas, nada puede decirse acerca de cual de los estados sea superior o paradigmático.

Aún mas, algunos antropólogos consideran que el éxito de una cultura puede medirse en función de su grado de adaptación al ambiente –un criterio válido y especialmente relevante hoy en día-y bien pudiera resultar que la sencillez material de la comunidad aborigen australiana, terminara siendo más exitosa en ese sentido, que la complejidad del Occidente en su conjunto.

Una visión alternativa que merece ser considerada es la de Shoghi Effendi (1897-1957). (4)

Según se desprende de la lectura de este autor, existiría una manera de conjugar la dinámica civilizatoria propuesta por Toynbee, con el principio del relativismo cultural, y, entramado con ambos, un proceso evolutivo universal, que no es patrimonio de una u otra cultura, sino del estado de conciencia de la humanidad en cada época.

Para Effendi la dinámica de nacimiento-crecimiento-colapso-desintegración de las civilizaciones es válida, y en particular hay una profunda coincidencia con Toynbee en cuanto al papel relevante de las minorías creativas espiritualmente inspiradas, en el nacimiento de las civilizaciones.

Sin embargo Effendi considera que, más allá de las diferencias culturales –él mantiene que éstas deben ser preservadas y potenciadas- existe un proceso evolutivo de la humanidad en su conjunto que evidencia la tendencia a constituir sistemas socio-políticos cada vez más abarcativos e integradores.

La humanidad, al igual que uno de sus miembros individuales, habría atravesado su infancia y adolescencia colectiva, a lo largo de las cuales ensayó como modelo dominante, primero la organización tribal, luego las ciudades estado, y finalmente, la nación moderna.

En la actualidad la especie humana se encontraría al borde de su madurez definitiva, cuyo correlato sería un super-estado mundial y una civilización planetaria.

Pero estos saltos cualitativos en el grado y abarque de los sistemas sociopolíticos no son impulsados por una u otra cultura, sino que dependen del estado evolutivo de la conciencia humana en su conjunto.

Desde esta perspectiva, el sistema imperante que se ha extendido a todo el planeta, caracterizado por el desarrollo científico y tecnológico, la integración económica, y las supercomunicaciones correspondería, volviendo a la metáfora del desarrollo de un ser humano individual, a la constitución de su “cuerpo físico” de adulto, pero aún no dotado de un espíritu de madurez y equidad, lo que explica las injusticias del mundo globalizado.

Si estas potencialidades integradoras se subordinaran a nuevos valores, la “globalización” dejaría tan solo algunos elementos favorables sin quererlo –ya que su espíritu hoy es muy distinto, alentado como está por el capital que busca su expansión- para dar paso a la realidad completamente distinta de la “unidad mundial en diversidad”, una mancomunidad de naciones que cedan parte de su soberanía a un gobierno mundial, y conserven como aporte al concierto mundial la riqueza contenida en su diversidad cultural, articulando la mundialidad con un profundo respeto por la determinación local.

En este sentido, serían precisamente los pueblos aborígenes, por no haber sido tan profundamente contaminados por el lodo del materialismo moderno, los que mejores valores conservan y mayores contribuciones podrán realizar.

Para Effendi esta civilización mundial –en palabras de Teilhard de Chardin, la planetización de la humanidad (5)- es el próximo paso en la evolución colectiva de nuestra especie.
Se abren así dos posibilidades. Que la modernización, la industrialización, el desarrollo tecnológico exacerbado y el paneconomicismo, enmarcados en una construcción conceptual del mundo de base materialista, mecanicista, lineal, fragmentaria y uniformizante sean:


  1. Un emprendimiento propio de la Civilización Occidental

  2. Un ensayo transcultural –en el que Occidente tuvo un rol inicial relevante al haberse originado en circunstancias históricas atinentes a su ámbito- pero propio de la presión evolutiva de la conciencia humana, la cual, al verse disociada de sus potencialidades espirituales inherentes, toma una dirección excluyentemente racionalista y materialista. Tal descompensación lleva a contradicciones insalvables, y el ensayo está destinado al colapso. Pero tal colapso, desde una perspectiva no lineal del desarrollo, puede servir como punto de inflexión para un salto cualitativo inédito.

Aunque sin una perspectiva histórica suficiente, parecería haber motivos para inclinarse hacia la segunda alternativa.

En primer lugar, el énfasis en el desarrollo tecnológico habría estado ligado, al menos en principio, a la búsqueda de nuevas modalidades de operar sobre la naturaleza, para permitir la subsistencia de una humanidad que alcanzaba dimensiones demográficas sin precedentes.

Por otra parte, la modernización por la industrilazación y el desarrollo del tecnosistema ha sido un modelo aceptado por gobernantes (y hasta cierto punto por la gente corriente) de todo el planeta.

Llama la atención que un país como Japón, exponente de una civilización basal distinta a la occidental, sea hoy de los más adentrados en el modelo. O la misma Rusia, en rigor heredera de una civilización también diferente a la europea occidental, que desarrolló un modelo en muchos sentidos idéntico al de esta última, por sobre las aparentes diferencias ideológicas y políticas. Con este punto de vista, el modelo sería también un agregado reciente inclusive para los valores culturales previos de la Civilización Occidental.

Así, una capa industrializante-tecnologizante aparece con la capacidad de yuxtaponerse a cualquier sustrato cultural o civilizatorio precedente.

Con este probable contexto histórico universal en mente, veremos ahora con mayor detalle, como ha evolucionado el concepto de desarrollo en la segunda mitad del siglo XX.

Aunque parezca poco creible, las ideas dominantes de desarrollo llevan aún hoy implícitos no sólo el determinismo, la linealidad, la fragmentariedad y el mecanicismo hace más de un siglo abandonados por la física, sino además, la visión evolucionista lineal, según la cual todos los pueblos del mundo deben verter sus aguas a la gran corriente de un estilo de vida alcanzado por los paises más ricos e industrializados.

IV. Evolución del concepto de desarrollo
La historia del “desarrollo” en su versión aún dominante, se inicia luego de la Segunda Guerra Mundial, a partir de los resultados logrados por el Plan Marshall para la reconstrucción de Alemania y los paises europeos occidentales más afectados por la conflagración.

La lógica de los planificadores del desarrollo a mediados de siglo, fue que lo que resultó “exitoso” en Europa, bien valía la pena ser aplicado en el resto del mundo.

Como puede verse, esta “lógica” pasa por alto un hecho fundamental: el de la diversidad cultural.

Los teóricos de lo que puede ser llamado la “corriente principal desarrollista” en los años 50, propusieron como estrategias para los planes de desarrollo:



  1. La formación de capital, partiendo de un sector lider.

  2. Una fuerte planificación centralizada

  3. El aprovechamiento del “exceso” de mano de obra rural (considerado de escaso o nulo valor económico) en la industria (profundizando un proceso que se había iniciado mucho antes).

  4. Transferencia de tecnología desde afuera, hacia los paises “subdesarrollados”.

Se aprecia claramente como esta estrategia está dirigida perfectamente a contracorriente de lo que podría constituir las bases de un desarrollo participativo, surgido de la energía y decisión de las comunidades de base, de acuerdo con su propia identidad.

En efecto, la planificación centralizada nos habla de una dirección “de arriba hacia abajo” para el proceso del desarrollo; la transferencia de mano de obra desde el campo actua en reversa a la decentralización y, por último, la transferencia de tecnología confirma la voluntad uniformizante y emulativa del modelo.

Para Rostow (6), existían cinco etapas claramente identificables en el camino de un pueblo hacia su desarrollo:


  1. La sociedad tradicional o pre-newtoniana.

  2. La irrupción de fuerzas desarrollistas externas, con la alianza de una minoría interna

  3. El despegue económico o “take-off”, cuando las resistencias tradicionalistas son vencidas y la economía comienza a crecer a un ritmo del 5 y hasta 10 % anual

  4. El progreso sostenido, período en el que los beneficios del nuevo modelo se extenderían al conjunto de la población.

  5. La era de la madurez o del alto consumo masivo.

Obsérvese que no es casual que una sociedad tradicional o “primitiva” fuera tildada de “pre-newtoniana”. Esto señala que, de algún modo, el mecanicismo es el modelo a alcanzar.

(probablemente Rostow ignorara los hallazgos de Heisemberg, Pauli, Bohr u otros físicos cuánticos)

Es llamativo también, que la “madurez” estuviera asociada al alto consumo.

Por grotescos que puedan resultar estos postulados, veremos que, en su esencia, no han sido abandonados.

Se esperaba (y se sigue aún hoy esperando, o al menos diciendo que se espera) que cuando el proceso de este desarrollo –esencialmente crecimiento económico- se pusiera en marcha, los beneficios económicos comenzarían a llegar al total de la población.

Una década transcurrió, y en los sesenta se observó que tal “derrame” no ocurría, que los pobres dentro de cada país eran cada vez más pobres, y, aún más alarmante, que la brecha entre paises ricos y pobres, se había agrandado.

Surge entonces una primera revisión del modelo inicial de la corriente desarrollista.

Se supuso que el error estaba en subvalorar el agro como factor del desarrollo.

Se entendió entonces que el agro también debía modernizarse. Estos argumentos fueron desarrollados por Theodore Schultz. (7)

La Fundación Rockefeller patrocinó por entonces el proyecto Puebla (1967), que mostró que una hectarea que producía con agricultura tradicional una tonelada, podía producir cuatro o cinco, con las nuevas tecnologías.

Se trataba entonces de transformar el “estado del arte” de la agricultura tradicional, y luchar con los campesinos para que abandonaran sus hábitos arraigados y poco productivos.

Comienza así la mecanización de la agricultura, la práctica de monocultivo y agricultura extractiva, el uso de agroquímicos y la manipulación genética. Se lo conoce como la “revolución verde”.

El modelo fue llevado a diversas regiones del mundo, en algunas como América Latina tuvo éxito, y en otras, como la India, donde las prácticas campesinas tenían una inserción muy profunda, fue mas resistido.

La “revolución verde” es ejemplar para comprender como una visión fragmentaria y lineal puede llevar a graves errores.

Los impulsores del desarrollismo creyeron que los resultados del proyecto Puebla se podian extrapolar linealmente al mundo, y que habian hallado panacea para el hambre.

Pero veamos que ocurrió en realidad en el mundo de las complejidades no lineales.

Desde un punto de vista ambiental, el monocultivo representa una drástica reducción en el índice de diversidad del ecosistema. Para sostener artificialmente la sustentabilidad de aquel, deben inyectarse crecientes cantidades de fertilizantes, y utilizar plaguicidas. A la larga, el terreno se degrada y pierde la productividad aún con el uso de agroquímicos.

Este es uno de los factores, por los que la humanidad debe obtener cada año un 2% más de alimentos a partir de una superficie mundial cultivable que disminuye cerca de 200000 km2 en el mismo período.

Los alimentos llegan a las mesas contaminados, y los fertilizantes percolan las napas de agua.

Además, el notable incremento de la productividad mediante las tecnologías modernas se logra gracias a un incremento aún mayor del costo energético por cada tonelada de cosecha, debido al mayor uso de recursos, muchos de ellos, como el petróleo, no renovables.

La agricultura tradicional es, desde un punto de vista energético, más eficiente.

Entre tanto, cada vez menos campesinos pueden pagar el alto costo energético de esta modalidad productiva, sea en maquinaria o en productos químicos, y no pudiendo competir con los grandes productores, debe abandonar el campo y migrar a la ciudad, profundizando aún más el proceso de concentración urbana y de marginalidad característicos de este estilo de “desarrollo”.

De esa forma, se va produciendo una concentración en la tenencia de la tierra. Hoy, en América Latina, un 19 % de los terratenientes, son propietarios de más de un 80 % de la tierra.
En la década del 70, después de algunos años de incorporación de las prácticas de la Revolución Verde a numerosos programas de desarrollo, la tendencia no se había modificado: los pobres eran cada vez más pobres, y los ricos, más ricos.

Toma así lugar la segunda revisión en la “teoría” dominante del desarrollo, que nace de la creencia de que, si bien no existiría un conflicto en el largo plazo entre crecimiento económico y distribución del ingreso, los hechos mostraban que en lo inmediato ese crecimiento se estaba logrando a expensas de una injusta distribución de la riqueza.

Se explicó la incapacidad de revertir hasta entonces la tendencia al aumento de la brecha entre ricos y pobres, por un crecimiento poblacional mayor al esperado durante el tercer cuarto del siglo XX, a diferencias culturales mayores a lo previsto entre el habitante rural y el urbano, y, lo que es remarcable, a que la estrategia de importación de tecnologías había comenzado a generar desempleo estructural.

Nacen así los enfoques del “crecimiento con redistribución” (RWG) (Mc Namara(8), Ayres(9)) y el de “necesidades básicas” (Streeten(10)), concepto todavía profundamente arraigado en el discurso social.

Con ciertas variantes, ambos propusieron la intervención de los gobiernos para reorientar los excedentes de ingreso –colectados mediante recaudación impositiva- hacia los pobres, y la promoción del acceso de estos, a los servicios públicos. El enfoque de necesidades básicas –menos aceptado por los organismos internacionales- iba un poco más allá, y proponía estimular el condicionamiento del mercado hacia la producción de bienes y servicios básicos.
En los años 80, para algunos el “decenio perdido”, todo fue desconcierto en la mesa de los planificadores del desarrollo. Los indicadores de distribución de la riqueza eran ahora aún más alarmantes, lo que significaba que tres décadas de desarrollismo, habían fracasado.

Faltos de explicaciones, los gobiernos tendieron entonces a suprimir toda política redistributiva e intervencionista, a liberar los mercados y hasta comienzan a privatizar servicios públicos esenciales.

Implícita o explícitamente, vuelven a un enfoque desarrollista en su estado más original y primitivo.

Se comienza a alegar “tendencias inexorables”, que no pueden ser detenidas sin una debacle económica aún mayor, se aprieta a fondo el “acelerador” del tren del crecimiento tecnológico y económico, suponiendo, en aras de quien sabe que esperanza o creencia mágica, que en el futuro el “derrame” se produciría de algún modo.

Inclusive se pusieron en discurso las ideas de “posmodernismo” y de muerte de la historia.




Compartir con tus amigos:
  1   2   3   4


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

    Página principal
Universidad nacional
Curriculum vitae
derechos humanos
ciencias sociales
salud mental
buenos aires
datos personales
Datos personales
psicoan lisis
distrito federal
Psicoan lisis
plata facultad
Proyecto educativo
psicol gicos
Corte interamericana
violencia familiar
psicol gicas
letras departamento
caracter sticas
consejo directivo
vitae datos
recursos humanos
general universitario
Programa nacional
diagn stico
educativo institucional
Datos generales
Escuela superior
trabajo social
Diagn stico
poblaciones vulnerables
datos generales
Pontificia universidad
nacional contra
Corte suprema
Universidad autonoma
salvador facultad
culum vitae
Caracter sticas
Amparo directo
Instituto superior
curriculum vitae
Reglamento interno
polit cnica
ciencias humanas
guayaquil facultad
desarrollo humano
desarrollo integral
redes sociales
personales nombre
aires facultad