Aparato psíquico



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Aparato psíquico

Al.: psychischer o seelischer Apparat. -

Fr.: appareil psychique. -

Ing.: psychic o mental apparatus. -

It.: apparato psichico o mentale.-

Por.: aparélho psíquico o mental.

fuente(144)

Término, que subraya ciertos caracteres que la teoría freudiana atribuye al psiquismo: su

capacidad de transmitir y transformar una energía determinada y su diferenciación en sistemas o

instancias.

En La interpretación de los sueños (Die Traumdeutung, 1900), Freud define el aparato psíquico

comparándolo con los aparatos ópticos; de esta forma intenta, según sus propias palabras, «[...]

hacer inteligible la complicación del funcionamiento psíquico, dividiendo este funcionamiento y

atribuyendo cada función particular a una parte constitutiva del aparato».

El citado texto requiere algunas precisiones:

1) Al hablar de aparato psíquico, Freud sugiere la idea de una cierta disposición u organización

interna, pero hace algo más que atribuir diferentes funciones a «lugares psíquicos» específicos;

asigna a éstos un orden prefijado que implica una determinada sucesión temporal. La

coexistencia de los distintos sistemas que forman el aparato psíquico no debe interpretarse en el

sentido anatómico que le conferiría una teoría de las localizaciones cerebrales. Implica

únicamente que las excitaciones deben seguir un orden fijado por el lugar que ocupan los

diversos sistemas.

2) La palabra «aparato» sugiere la idea de una tarea, de un trabajo. El esquema que aquí

prevalece fue tomado por Freud de una determinada concepción del arco reflejo, según la cual

éste transmitiría íntegramente la energía recibida: «El aparato psíquico debe concebirse como un

aparato reflejo. El proceso reflejo sigue siendo el modelo (Vorbild) de todo funcionamiento

psíquico».

La función del aparato psíquico consiste, en un último análisis, en mantener a un nivel lo más

bajo posible la energía interna de un organismo (véase: Principio de constancia). Su

diferenciación en subestructuras ayuda a concebir las transformaciones de la energía (del

estado libre al de energía ligada) (véase: Elaboración psíquica) y el juego de las catexis,

contracatexis y sobrecatexis.



3) Estas breves observaciones indican que el aparato psíquico, para Freud, tiene un valor de

modelo o, como él mismo dijo, de «ficción». Este modelo, como en el primer texto citado más

arriba, o también en el primer capítulo de Compendio de psicoanálisis (Abriss der



Psychoanalyse, 1938), puede ser físico; en otro lugar puede ser biológico («la vesícula

protoplasmática» del capítulo IV de Más allá del principio del placer [Jenseits des Lustprinzips,



1920]). El comentario del término «aparato psíquico» remite a una apreciación de conjunto de la

metapsicología freudiana y de las metáforas que utiliza.



Complejo de castración

Al: Kastrationskomplex.

Fr.: complexe de castration.

Ing.: castration complex.

It.: complesso di castrazione.

Por.: complexo de castração.

fuente(105)

Complejo centrado en la fantasía de castración, la cual aporta una respuesta al enigma que

plantea al niño la diferencia anatómica de los sexos (presencia o ausencia del pene): esta

diferencia se atribuye al cercenamiento del pene en la niña.

La estructura y los efectos del complejo de castración son diferentes en el niño y en la niña. El

niño teme la castración como realización de una amenaza paterna en respuesta a sus

actividades sexuales: lo cual le provoca una intensa angustia de castración. En la niña, la

ausencia de pene es sentida como un perjuicio sufrido, que intenta negar, compensar o reparar.

El complejo de castración guarda íntima relación con el complejo de Edipo y, más especialmente,

con su función prohibitiva y normativa.

El análisis del pequeño Hans tuvo un papel determinante en el descubrimiento por Freud del

complejo de castración(106).

El complejo de castración fue descrito por vez primera en 1908 y relacionado con la «teoría

sexual infantil», que, atribuyendo un pene a todo ser humano, sólo puede explicar la diferencia

anatómica de los sexos por la castración. La universalidad del complejo no se indica, pero

parece hallarse implícitamente admitida. El complejo de castración se atribuye a la primacía del

pene en ambos sexos, y su significación narcisista se halla prefigurada: «El pene es ya en la

infancia la zona erógena directriz el objeto sexual autocrótico más importante, y su valorización

se ráeja lógicamente en la imposibilidad de representarse una persona semejante al yo sin esta

parte constitutiva esencial».

A partir de este momento, la fantasía de castración se vuelve a encontrar bajo diversos

símbolos: el objeto amenazado puede desplazarse (ceguera de Edipo, extracción de dientes,

etc.), el acto puede deformarse, substituirse por otros atentados a la integridad física (accidente,

lúes, intervención quirúrgica) o psíquica (locura como consecuencia de la masturbación), el

agente paterno puede hallar los más diversos substitutos (animales angustiantes de los fóbicos).

El complejo de castración se reconoce también en toda la extensión de sus efectos clínicos:

envidia del pene, tabú de la virginidad, sentimiento de inferioridad, cte.; sus modalidades se

descubren en el conjunto de las estructuras psicopatológicas, especialmente en las

perversiones (homosexualidad, fetichismo(107)). Pero se tardó bastante tiempo en atribuir al

complejo de castración el lugar fundamental que ocupa en la evolución de la sexualidad infantil

para ambos sexos, en formular con evidencia su articulación con el complejo de Edipo y en

afirmar plenamente su universalidad. Esta teorización es paralela a la formulación por Freud de

una fase fálica: en este «estadio de la organización genital infantil existe ciertamente lo

masculino, pero no lo femenino; la alternativa es: órgano genital masculino o castrado. La

unidad del complejo de castración en los dos sexos sólo se concibe por este fundamento

común: el objeto de la castración (el falo) reviste idéntica importancia en esta fase para la niña

como para el niño; el problema planteado es el mismo: tener o no el falo (véase este término). El

complejo de castración se encuentra invariablemente en todo análisis.

Una segunda característica teórica del complejo de castración es su punto de impacto en el



narcisismo: el falo se considera por el niño como una parte esencial de la imagen del yo; la

amenaza que le afecta pone en peligro radical esta imagen; su eficacia procede de la conjunción

de los dos elementos siguientes: prevalencia del falo, herida narcisista.

En la génesis empírica del complejo de castración, tal como Freud la describió, intervienen dos

hechos: la constatación por el niño pequeño de la diferencia anatómica de los sexos es

indispensable para que aparezca el complejo. Esta constatación viene a actualizar y autentificar

una amenaza de castración que pudo ser real o fantaseada. El agente de la castración es, para

el niño pequeño, el padre, autoridad a la que atribuye, en última instancia, todas las amenazas

formuladas por otras personas. La situación es menos clara en la niña, la cual quizá se sienta

más privada de pene por la madre que efectivamente castrada por el padre.

La situación del complejo de castración en relación con el complejo de Edipo es distinta en los

dos sexos: en la niña, abre la búsqueda que le conduce a desear el pene paterno, constituyendo

por lo tanto el momento de entrada en el Edipo; en el niño, en cambio, señala la crisis terminal del

Edipo, al prohibir al niño el objeto materno; la angustia de castración inaugura en el niño el

período de latencia y precipita la formación del superyó.

El complejo de castración se encuentra constantemente en la experiencia analítica. ¿Cómo

explicar su presencia casi invariable en todo ser humano, siendo así que las amenazas reales

que lo originarían distan de comprobarse siempre (y más raramente aún van seguidas de

ejecución), mientras que es muy evidente que la niña no puede sentirse realmente amenazada

de perder lo que no tiene? Tal discrepancia ha conducido a los psicoanalistas a intentar basar el

complejo de castración sobre una realidad distinta a la amenaza de castración. Estas

elaboraciones teóricas han seguido varias direcciones.

Puede intentarse situar la angustia de castración dentro de una serie de experiencias

traumatizantes en las que interviene igualmente un elemento de pérdida, de separación de un

objeto: pérdida del pecho en el ritmo de la lactancia, destete, defecación. Tal serie halla su

confirmación en las equivalencias simbólicas, descubiertas por el psicoanálisis, entre los

diversos objetos parciales de los cuales el sujeto es así separado: pene, pecho, heces, e

incluso niño en el parto. En 1917 Freud dedicó un trabajo singularmente sugestivo a la

equivalencia pene = heces = niño y a los avatares del deseo que ella permite, a sus relaciones

con el complejo de castración y la reivindicación narcisista: «El pene se reconoce como algo

separable del cuerpo y entra en analogía con las heces, que fueron el primer fragmento del ser

corporal al cual hubo que renunciar».

En la misma línea de investigaciones, A. Stärcke fue el primero en hacer recaer todo el acento en

la experiencia del amamantamiento y de la retirada del pecho como prototipo de la castración:

«[...] una parte del cuerpo análoga a un pene se toma de otra persona, es dada al niño como si

fuera suya (situación a la que se asocian sensaciones placenteras) y luego retirada del niño,

causándole displacer». Esta castración primaria, repetida a cada tetada para culminar en el

momento del destete, sería la única experiencia real capaz de explicar la universalidad del

complejo de castración: la retirada del pezón materno es la significación inconsciente última que

se encuentra siempre tras los pensamientos, los temores, los deseos que constituyen el

complejo de castración.

Dentro de la línea que intenta basar el complejo de castración en una experiencia originaria

efectivamente vivida, la tesis de Rank, según la cual la separación de la madre en el trauma del

nacimiento y las reacciones físicas frente a esta separación proporcionarían el prototipo de toda

angustia ulterior, conduce a considerar la angustia de castración como el eco, a través de una

larga serie de experiencias traumatizantes, de la angustia del nacimiento.

La posición de Freud en relación con estas diferentes concepciones es matizada. Incluso

reconociendo la existencia de «raíces» del complejo de castración en las experiencias de

separación oral y anal, sostiene que el término «complejo de castración» «[...] debería

reservarse a las excitaciones y efectos que guardan relación con la pérdida del pene». No se

trata sólo de una simple preocupación por un rigor terminológico. Durante la larga discusión de

las tesis de Rank en Inhibición, síntoma y angustia (Hemmung, Sympton und Angst, 1926), Freud

muestra su interés por el intento de buscar cada vez más cerca de sus orígenes el fundamento

de la angustia de castración y ver intervenir la categoría de separación, de pérdida del objeto

valorado narcisísticamente, tanto durante toda la primera infancia como en muy diversas

experiencias vividas (por ejemplo, angustia moral interpretada como una angustia de separación

del superyó). Pero, por otra parte, en cada página de Inhibición, síntoma y angustia, se aprecia la

preocupación de Freud por desprenderse de la tesis de Rank, así como su insistencia en volver

a centrar, en esta obra de síntesis, el conjunto de la clínica psicoanalítica sobre el complejo de

castración tomado en su acepción literal.

La reticencia de Freud en introducirse a fondo por tales caminos obedece esencialmente a una

exigencia teórica fundamental, atestiguada por varios conceptos. Así, por ejemplo, el de

posterioridad: corrige la tesis que conduce a buscar en una época cada vez más precoz de la

vida una experiencia que pueda poseer la plena función de experiencia prototipo. Así también,

sobre todo, la categoría de las fantasías, o fantasías originarias, en la cual Freud sitúa el acto de

castración; las dos palabras tienen aquí valor de índice: «fantasías», porque la castración, para

producir sus efectos, no necesita ser ejecutada ni tan sólo ser explícitamente formulada por

parte de los padres; «originaria» (aun cuando la angustia de castración no aparezca hasta la

fase fálica y, por tanto, diste de ser la primera en la serie de experiencias ansiógenas) en tanto

que la castración es uno de los aspectos del complejo de relaciones interpersonales en el que

se origina, se estructura y se especifica el deseo sexual del ser humano. Por ello, el papel que el

psicoanálisis atribuye al complejo de castración no se comprende sin relacionarlo con la tesis

fundamental (y constantemente reafirmada por Freud) del carácter nuclear y estructurante del

Edipo.


Limitándonos al caso del niño, podríamos expresar del siguiente modo la paradoja de la teoría

freudiana del complejo de castración: el niño no puede superar el Edipo y alcanzar la

identificación con el padre si no ha atravesado la crisis de castración, es decir, si le ha sido

rehusada la utilización de su pene como instrumento de su deseo hacia la madre. El complejo de

castración debe referirse al orden cultural, en el que el derecho a un determinado uso es

siempre correlativo a una prohibición. En la «amenaza de castración», que sella la prohibición del

incesto, se encarna la función de la Ley como instauradora del orden humano, según ilustra,

míticamente, en Tótem y tabú (Totem und Tabu, 1912) la «teoría» del padre originario que, bajo

la amenaza de castrar a sus hijos, se reservaba el uso sexual exclusivo de las mujeres de la

horda.


Precisamente porque el complejo de castración es la condición a priori que regula el intercambio

interhumano como intercambio de objetos sexuales, puede presentarse en diversas formas en la

experiencia concreta, y ser formulado de modos a la vez distintos y complementarios, como los

indicados por Stärcke, en los que se combinan los términos del sujeto y de otra persona, de

perder y de recibir:

«1. Yo estoy castrado (sexualmente privado de), yo seré castrado.

»2. Yo recibiré (deseo recibir) un pene.

»3. Otra persona está castrada, debe ser (será) castrada.

»4. Otra persona recibirá un pene (tiene un pene) » (6 b).
Complejo de Edipo

Al.: Ödipuskomplex.

Fr.: complexe d'Edipe.

Ing.: (Edipus complex.

It.: complesso di Edipo

Por.: complexo de Édipo.

fuente(108)

Conjunto organizado de deseos amorosos y hostiles que el niño experimenta respecto a sus

padres. En su forma llamada positiva, el complejo se presenta como en la historia de Edipo Rey:

deseo de muerte del rival que es el personaje del mismo sexo y deseo sexual hacia el personaje

del sexo opuesto. En su forma negativa, se presenta a la Inversa: amor hacia el progenitor del

mismo sexo y odio y celos hacia el progenitor del sexo opuesto. De hecho, estas dos formas se

encuentran, en diferentes grados, en la forma llamada completa del complejo de Edipo.

Según Freud, el complejo de Edipo es vivido en su período de acmé entre los tres y cinco años

de edad, durante la fase fálica; su declinación señala la entrada en el período de latencia.

Experimenta una reviviscencia durante la pubertad y es superado, con mayor o menor éxito,

dentro de un tipo particular de elección de objeto.

El complejo de Edipo desempeña un papel fundamental en la estructuración de la personalidad y

en la orientación del deseo humano.

Los psicoanalistas han hecho de este complejo un eje de referencia fundamental de la

psicopatología, intentando determinar, para cada tipo patológico, las modalidades de su

planteamiento y resolución.

La antropología psicoanalítica se dedica a buscar la estructura triangular del complejo de Edipo,

cuya universalidad afirma, en las más diversas culturas y no sólo en aquellas en que predomina

la familia conyugal.

Si bien la expresión «complejo de Edipo» no aparece en los escritos de Freud hasta 1910, lo

hace en términos que demuestran que ya había sido admitida en el lenguaje psicoanalítico(109).

El descubrimiento del complejo de Edipo, preparado desde hacía mucho tiempo por el análisis de

sus pacientes (véase: Seducción), Freud lo realiza durante su autoanálisis, que le conduce a

reconocer en sí mismo el amor hacia su madre y, con respecto a su padre, unos celos que se

hallan en conflicto con el afecto que le tiene; el 15 de octubre de 1897 escribe a Fliess: «[...] la

poderosa influencia de Edipo Rey se vuelve inteligible [...] el mito griego explota una compulsión

de cuya existencia todo el mundo reconoce haber sentido en sí mismo los indicios».

Observemos que, desde esta primera formulación, Freud alude espontáneamente a un mito que

se halla allende la historia y las variaciones de lo vivido individualmente. Desde un principio

afirma la universalidad del Edipo, tesis que ulteriormente se irá reforzando: «Todo ser humano

tiene impuesta la tarea de dominar el complejo de Edipo...».

No es nuestra intención exponer aquí en sus diversas etapas y en toda su complejidad la

progresiva elaboración de este descubrimiento, cuya historia es coextensiva de la del

psicoanálisis; por lo demás, se observará que Freud en ningún trabajo dio una exposición

sistemática del complejo de Edipo. Por nuestra parte, nos limitaremos a señalar algunos

problemas relativos al lugar que ocupa en la evolución del individuo, a sus funciones y a su

alcance.

I. El complejo de Edipo se descubrió en su forma llamada simple y positiva (por lo demás, así es

como aparece también en el mito), pero, como ya hizo observar Freud, esta forma no es más

que una «simplificación o esquematización» en relación con la complejidad de la experiencia: «

[...] el niño pequeño no experimenta solamente una actitud ambivalente y una elección de objeto

amoroso dirigida hacia su madre, sino que al mismo tiempo se comporta como una niña

mostrando una actitud femenina y tierna hacia su padre y la correspondiente actitud de celos

hostiles hacia la madre». En realidad, entre la forma positiva y la forma negativa se observa toda

una serie de casos mixtos en los que coexisten estas dos formas en una relación dialéctica, y

en las que el analista se aplica a determinar las distintas posiciones adoptadas por el sujeto e « n

la asunción y resolución de su Edipo.

Desde este punto de vista, como ha subrayado Ruth Mack Brunswick, el complejo de Edipo

designa la situación del niño en el triángulo. La descripción del complejo de Edipo en su forma

completa permite a Freud explicar la ambivalencia hacia el padre (en el niño) por la interacción de

los componentes heterosexuales y homosexuales y no como el simple resultado de una

situación de rivalidad.

1) Las primeras elaboraciones de la teoría se construyeron sobre el modelo del niño. Durante

mucho tiempo Freud admitió que el complejo podía ser transpuesto tal cual, mutatis mutandis, a

la niña. Pero este postulado ha sido combatido:

a) por la tesis desarrollada en el artículo 1923 sobre «la organización genital infantil de la libido»,

según la cual, en los dos sexos, durante la fase fálica, es decir, en el momento del acmé del

Edipo, hay un solo órgano que cuenta: el falo;

b) por el valor concedido a la inclinación preedípica hacia la madre. Esta fase preedípica se

observa especialmente en la niña, en la medida en que el complejo de Edipo significará para ella

un cambio de objeto amoroso, de la madre al padre.

Siguiendo estas dos direcciones, los psicoanalistas han trabajado para poner de manifiesto la

especificidad del Edipo femenino.

2) La edad en que se sitúa el complejo de Edipo permaneció al principio relativamente

indeterminada para Freud. Así, por ejemplo, en los Tres ensayos sobre la teoría de la

sexualidad (Drei Abhandlungen zur Sexualtheorie, 1905), se sostiene la tesis de que la

elección de objeto no tiene lugar de modo pleno hasta la pubertad, siendo la sexualidad infantil

fundamentalmente autoerótica. Desde este punto de vista, el complejo de Edipo, aunque

esbozado durante la infancia, sólo se manifestaría claramente en el momento de la pubertad,

para ser en seguida superado. Esta incertidumbre se encuentra todavía en 1916-1917

(Lecciones de introducción al psicoanálisis [Vorlesungen zur Einführung in die

Psychoanalyse]), aun cuando en esta fecha Freud reconoce ya la existencia de una elección de

objeto infantil muy próxima a la elección adulta.

En el enfoque final de Freud, una vez afirmada la existencia de una organización genital infantil o

fase fálica, el Edipo se relaciona con esta fase, o sea esquemáticamente con el período de los

tres a los cinco años de edad.

3) Como puede apreciarse, Freud admitió siempre que en la vida del individuo existía un período

anterior al Edipo. Cuando se efectúa una distinción, o incluso una oposición, entre lo preedípico y

el Edipo, se intenta ir más allá del reconocimiento de este simple hecho: se subraya la existencia

y los efectos de una relación compleja, del tipo dual, entre la madre y el niño, y se procura hallar

las fijaciones a una tal relación en las más diversas estructuras psicopatológicas. Desde este

punto de vista, ¿puede considerarse todavía válida la célebre fórmula que hace del Edipo el

«complejo nuclear de las neurosis»?

Numerosos autores sostienen que, con anterioridad a la estructura triangular del Edipo, existe

una relación puramente dual, y que los conflictos relativos a este período pueden analizarse sin

hacer intervenir la rivalidad hacia un tercero.

La escuela kleiniana, que, como es sabido, concede una importancia primordial a las épocas más

precoces de la infancia, no designa ninguna fase como propiamente preedípica. Hace

remontarse el complejo de Edipo a la posición llamada depresiva, en la que se inicia la relación

con personas totales.

Acerca del problema de una estructura preedípica, la posición de Freud seguirá siendo

matizada: declara haber tardado en reconocer todo el alcance de la unión primitiva a la madre y

haber quedado sorprendido por lo que, especialmente las psicoanalistas femeninas, han puesto

en evidencia sobre la fase preedípica en la niña (7 b). Pero también piensa que, para explicar

estos hechos, no es necesario recurrir a otro eje de referencia que el Edipo (véase: Preedípico).

II. La preponderancia del complejo de Edipo, que siempre sostuvo Freud (rehusando situar en el

mismo plano, desde el punto de vista estructural y etiológico, las relaciones edípicas y las

preedípicas) queda atestiguado por las funciones fundamentales que le atribuye:



a) elección del objeto de amor, en el sentido de que éste, después de la pubertad, viene

condicionado a la vez por las catexis de objeto y las identificaciones inherentes al complejo de

Edipo y por la prohibición de realizar el incesto;

b) acceso a la genitalidad, por cuanto ésta no queda en modo alguno garantizada por la sola

maduración biológica. La organización genital presupone la instauración de la primacía del falo, y

ésta difícilmente se puede considerar establecida sin que se resuelva la crisis edípica por el

camino de la identificación;

c) efectos sobre la estructuración de la personalidad, sobre la constitución de las diferentes

instancias, en especial el superyó y el ideal del yo.

Este papel estructurante en la génesis de la tópica intrapersonal Freud lo relaciona con la

declinación del complejo de Edipo y la entrada en el período de latencia. Según Freud, el proceso

descrito es más que una represión: «[...] en el caso ideal, equivale a una destrucción, una

supresión del complejo [...]. Cuando el yo no ha logrado más que una represión del complejo,

éste permanece en el ello en estado inconsciente: más tarde manifestará su acción patógena».

En el artículo que aquí citamos, Freud discute los diferentes factores que provocan esta

declinación. En el niño, la «amenaza de castración» por el padre posee un valor determinante en

esta renuncia al objeto incestuoso, y el complejo de Edipo termina de forma relativamente

abrupta. En la niña la relación entre el complejo de Edipo y el complejo de castración es muy

distinta: «... mientras que el complejo de Edipo del niño se halla minado por el complejo de

castración, el de la niña se hace posible y es introducido por el complejo de castración». En ella

«[...] la renuncia al pene sólo se realiza después de una tentativa de obtener una reparación. La

niña se desliza (podríamos decir a lo largo de una equivalencia simbólica) desde el pene al niño,

y su complejo de Edipo culmina en el deseo, largo tiempo sentido, de obtener del padre, como

regalo, un niño, de darle al padre un hijo». De ello resulta que en este caso es más difícil señalar

con claridad el momento de la declinación del complejo.

III. La descripción que antecede no explica suficientemente el carácter fundador que, para Freud,

posee el complejo de Edipo, como se desprende de la hipótesis, anticipada en Tótem y tabú



(Totem und Tabu, 1912-1913), del asesinato del padre primitivo considerado como el momento

de origen de la humanidad. Esta hipótesis, discutible desde el punto de vista histórico, debe

interpretarse sobre todo como un mito que traduce la exigencia que se plantea a todo ser

humano de ser un «vástago de Edipo». El complejo de Edipo no puede reducirse a una situación

real, a la influencia ejercida efectivamente sobre el niño

por la pareja parental. Su eficacia proviene de que hace intervenir una instancia prohibitiva

(prohibición del incesto) que cierra la puerta a la satisfacción naturalmente buscada y une de

modo inseparable el deseo y la ley (punto sobre el que ha puesto el acento J. Lacan). Esto

disminuye el alcance de la objeción iniciada por Malinowski y recogida por la escuela llamada

culturalista, según la cual, en ciertas civilizaciones en las que el padre carece de toda función

represora, no existiría el complejo de Edipo, sino un complejo nuclear característico de aquella

estructura social: de hecho, en tales civilizaciones, los psicoanalistas intentan descubrir qué

personajes reales, o incluso qué instituciones, encarnan la instancia prohibitiva, en qué

modalidades sociales se especifica la estructura triangular constituida por el niño, su objeto

natural y el representante de la ley.

Esta concepción estructural del Edipo concuerda con la tesis del autor de Las estructuras



elementales del parentesco, que considera la prohibición del incesto la ley universal y mínima

para que una «cultura» se diferencie de la «naturaleza».

Otro concepto freudiano habla en favor de la interpretación que hace que el Edipo trascienda lo

vivido individual en el que se encarna: el de las fantasías originarias, «filogenéticamente

transmitidas», esquemas que estructuran la vida imaginaria del sujeto y que constituyen otras

tantas variantes de la situación triangular (seducción, escena originaria, castración, etc.).

Señalemos finalmente que, al dirigir nuestro interés hacia la relación triangular misma, nos vemos

inducidos a atribuir un papel esencial, en la constitución de un determinado complejo de Edipo, no

sólo al sujeto y sus pulsiones, sino también a los otros focos de la relación (deseo inconsciente

de cada uno de los padres, seducción, relaciones entre los padres).

Lo que será interiorizado y sobrevivirá en la estructuración de la personalidad es, por lo menos,

tanto como determinadas imágenes parentales, los distintos tipos de relaciones existentes entre

los diferentes vértices del triángulo.




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