Año V número 25 La violencia en la Escuela



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Año V - Número 25








       La violencia en la Escuela






La escuela siempre fue un lugar violento; no hace falta recorrer demasiado la historia de la Educación para encontrar evidencia de que en su seno han tenido lugar horribles crueldades y se llegó a aplicar un sadismo ilimitado, al punto que podría afirmarse que muchos de los avances en Pedagogía fueron inspirados justamente por el deseo de hacer de las aulas un lugar más soportable, justo y pacífico para los alumnos.

Para los alumnos, sí. Porque si la historia registra un hecho cierto, éste es que la violencia más antigua y permanente en las aulas ha sido culpa de educadores convencidos de que los azotes son capaces de erradicar las fallas morales y de que la letra con sangre entra.

Hasta hace muy poco, esta era la única violencia digna de mención en la escuela. Suecia fue el primer país en abolir los castigos físicos para los menores de edad, en 1979, y los más recientes fueron Alemania e Israel, en 2000. No obstante, 90 naciones del planeta todavía permiten esta indigna forma de abuso. En los EEUU, 23 estados siguen aceptando explícitamente que los niños pueden ser golpeados en las nalgas con una plancha de madera ("paddle"), cuando a juicio de sus maestros lo merezcan, y en el bienio 1986-87 hubo registro de un millón de tales incidentes, con unos 20.000 estudiantes requiriendo atención médica.

A pesar de estos números, la realidad es que en la última mitad del siglo XX las penas corporales y otras formas de tortura de dudoso valor pedagógico fueron perdiendo vigencia en los diversos sistemas educativos. Los golpes y las humillaciones paulatinamente dieron paso a castigos más bien simbólicos y, en nuestros días, aún estos se encuentran en franca extinción.

¿De qué puede quejarse hoy un padre preocupado por el bienestar de su hijo en una escuela típica? Lo usual será acusar a los maestros de autoritarios, pero no porque recurran a la vara o usen la regla para enrojecer a golpes la palma de las manos de los alumnos díscolos, sino porque exigen demasiados deberes, imponen temas y ritmo de estudio sin atender a reclamos, o porque tratan de poner orden… ¡alzando la voz! Cualquier maestra contemporánea siente temor a ser señalada por sus discípulos como muy gritona o demasiado estricta, pero difícilmente le quite el sueño ser sumariada por algún acto verdaderamente violento, por la simple razón de que semejante desatino no forma parte de sus planificaciones, como podría haberlo hecho cien años atrás.

Si se toman en cuenta los casos que reporta la prensa o la materia que se discute en congresos y simposios docentes, son los propios educadores los que se quejan de la violencia escolar. Ellos sienten que en pocos años han pasado de victimarios a víctimas.

Hoy se dan dos formas mayores de violencia en la escuela: la natural agresividad de los niños y jóvenes entre sí, y la de los estudiantes hacia sus profesores y la institución. La primera ha existido desde siempre; tiene que ver con el desarrollo de la personalidad, la afirmación del yo, la competitividad innata y los instintos de nuestra especie cuando una incipiente maduración no logra controlarlos todavía. Es enteramente lógico que los niños corran, griten y se golpeen, que se insulten y se discriminen, que rompan las cosas y produzcan daño: están tanteando los límites para descubrir, por prueba y error, cuál será su lugar en el mundo y bajo qué condiciones deberán ocuparlo. La segunda forma de violencia también es intemporal y tiene su justificación: los niños en edad escolar, y sobre todo los adolescentes, cumplen el mandato genético de volverse individuos independientes desafiando a la autoridad y rebelándose ante el orden establecido.

¿De qué se lamentan entonces los maestros? Anulada la violencia propia por las modernas concepciones pedagógicas fundadas en la comprensión, la compasión, la tolerancia y el respeto, ha cobrado vigencia inusitada la otra violencia, la de los alumnos. Mientras los educadores eran todopoderosos negreros en posesión del látigo, las torpezas y la inmadurez de los estudiantes eran vistas apenas como una forma más de cumplir con aquel dictum que afirma "a golpes se hacen los hombres". Ahora, habiendo enterrado sus armas más feroces, ya no les parece a los docentes una travesura simpática que los chicos se agredan malamente, y no pueden excusarse diciendo que "reaccionan contra el sistema".

Nada de esto resultaría digno de mención de no ser por un detalle de crucial importancia. En nuestros días, la agresividad de los jóvenes ha alcanzado niveles preocupantes, exacerbada por una cultura que ha hecho de la violencia un espectáculo cotidiano, un entretenimiento que no provoca ni alarma ni repugnancia, sino pura satisfacción. Pagamos por ver violencia en el cine, y la televisión nos la regala las veinticuatro horas del día.

Existe una abrumadora cantidad de investigaciones científicas que relacionan de modo directo a la violencia explícita en los medios con la agresividad y los comportamientos antisociales de niños y jóvenes. Las dosis cada vez mayores de exhibiciones violentas de la TV y el cine operan sobre las tendencias preexistentes en los individuos excitándolos más allá de lo natural, anestesiándoles la sensibilidad y actuando como estandardizadores de comportamientos que trascienden la cultura y las circunstancias locales. En otras palabras, muchas manifestaciones violentas (y la pérdida de valores, la falta de respeto y la aparición de costumbres no necesariamente agresivas, pero no por eso menos disolutorias) no tendrían lugar o no alcanzarían la magnitud que les conocemos sin el poderoso catalizador de los medios globalizados. Estos efectos son particularmente visibles en la escuela, porque en ella conviven los sujetos que todos los estudios -sin excepción- han probado ser los más vulnerables: los niños.

Cuando se descubrieron los antibióticos las enfermedades infecciosas dejaron de ser preocupantes, sólo para volver aparentes otras afecciones más difíciles de erradicar. La escuela ya ha probado su penicilina. El sistema puede conservar aún vestigios de autoritarismo y crueldad, pero nada de eso alcanza para justificar que los alumnos reaccionen como lo están haciendo. Nos hemos curado de un mal para que otro ocupe su lugar.

Que la disciplina sea un gravísimo problema en países tan disímiles como Japón, Francia y Argentina es prueba fehaciente de que hay uno o más factores comunes, externos a la escuela, que obran a favor de la universalización del problema. De todos los posibles, el más obvio, el más asiduamente demostrado como tal, es la influencia de los medios y resulta increíble que la sociedad humana todavía se niegue a la incontrastable evidencia que han producido y siguen produciendo los científicos.

Una explicación podría ser que los habitantes de este planeta nos sentimos perfectamente conformes con sacrificar la estabilidad y la salud de nuestras estructuras sociales a cambio de una pizca de entretenimiento banal y que, en el camino, estamos alegremente preparados para arrojar a la pira primero que nada a nuestros hijos.

La violencia en los alumnos, sus actos de grosería, incontinencia moral y falta de respeto tienen el carácter de síntomas. Si no alcanzamos a percibir que son coincidentes con los que advertimos en los medios de comunicación, fallaremos en comprender el problema y seremos incapaces de hallarle solución. Y ésta pasa -sin lugar a dudas- por aceptar que, para que los niños y los jóvenes vivan dentro de los límites de la sociedad, la sociedad tiene primero que aprender a limitarse.

El Director

CLARIN, Domingo 6/11/05

INVESTIGACION

La violencia va a la escuela

Chicos contra chicos.Chicas contra chicas y también contra chicos. Los casos en el país se multiplican cada vez con más frecuencia. Sólo en los primeros cuatro meses del año, se detectaron 14.199 casos de agresiones físicas a alumnos bonaerenses. Yel último año, en la Capital, se denunciaron 176 episodios violentos en escuelas. ¿Esto tiene solución? Todavía no aparece.
Es simple. La mecha para el primer fogonazo se enciende fácil. Una mirada y vos-qué-mirás . Un pechazo y ella-medijo-que-vos-dijiste , un insulto al pasar, porque sí. Y punto. No hacen falta más excusas. Las aulas de las escuelas públicas, privadas, del conurbano o de plena Capital, son una caja de resonancia donde tarde o temprano, los chicos parecen descargar esa suerte de turbulencia por la que transitan desde hace tiempo. Y recién cuando algún caso salta el cerco de la escuela y se hace público, para muchos el mundo real hace plop como un chicle globo. Aunque, en realidad, no hay demasiado de qué asombrarse.
Por sólo nombrar algunos casos del año escolar que termina por ahora deja estas luces de “¡alto, peligro!”: una chica de 15 años fue golpeada por tres compañeros a la salida de la Escuela Técnica N°1 de La Plata, y terminó en el hospital. Otra nena, de 11, fue agredida por alumnas del sexto grado de la Escuela N°9 de
Villa Lugano. Le rompieron la clavícula. ¿Motivo? “Porque se hacía la linda y es una tonta”, habrían argumentado las agresoras. Hay más. Un informe del Ministerio de Educación de Catamarca dio a conocer que en los últimos seis meses, se duplicaron los casos de violencia en las escuelas de la provincia. En Presidencia Roque Saenz Peña, Chaco, un nene de séptimo grado fue a clase -en la Escuela N° 327- con una tumbera (una escopeta de fabricación casera) cargada con balas de calibre 36. Y un adolescente de 16 apareció frente a sus compañeros con una carabina calibre 22, en una escuela de enseñanza técnica de Neuquén. Una piba de 18 años apuñaló con un cuchillo de cocina a otro alumno en una escuela de Santa Fe durante una discusión. Y un chiquito de séptimo año del EGB, en José León Suárez, amenazó con una pistola 22 a un compañero de clase.
¿Bowling for Columbine? No, Argentina 2005.
Pero, ¿por qué habría que pedirles cordura full time a unos chicos cuyos padres, por ejemplo, son capaces de ir a trompear a una maestra porque no están de acuerdo con las notas que pone? ¿O cuando los adultos dirimen una discusión de tránsito con un tiro homicida en plena autopista? Bullying es el nombre que usan
los expertos para definir estas situaciones de violencia entre estudiantes. Un término inglés que denomina a los procesos de intimidación y victimización entre iguales, entre compañeros de aula, donde el maltrato va mutando desde el acoso verbal hasta los hechos.
Chicos contra chicos. Chicas contra chicas. Chicos contra chicos. Todos contra todos. A la hora de encontrar una respuesta, las causas tienen un nudo tan íntimo y familiar como social, en el que la historia pasada, la de ayer nomás y la de hoy, se constriñe cada día un poco más, y que, por ahora, no indica haber llegado a su límite. ¿Víctimas o victimarios? ¿Dónde está la diferencia?

Los terribles
El pibe tiene 15 años y el pelo teñido de amarillo huevo. Está en noveno año, el último ciclo del EGB de una escuela de Ingeniero Budge, a unos 20 minutos del Obelisco. Barrio de márgenes, de necesidades, de relaciones conflictivas, de inseguridad. Pero aún ante este cuadro de situación, la escuela no es de las más
problemáticas de la zona. Y su directora aceptó abrir las puertas para que VIVA escuche por boca de sus alumnos cómo capitalizan ellos el estado cotidiano de esa larva violenta que se instaló puertas adentro. Pero es sólo una muestra. Lo mismo podría escucharse, con matices, en cualquier punto del país.
No habrá nombres propios que los identifiquen, porque son menores; tampoco de la escuela en cuestión.
La primera bandada –y no de blancas palomitas precisamente– llega cuando termina el recreo. En el pizarrón hay resabios de una clase elemental de inglés. A los pibes les entusiasma la idea de contar sus códigos intraescolares. La voz cantante tiene dueño: el pibe teñido de rubio. Alto, delgado, entrador. Cualquiera se dejaría ganar por su cara de buen pibe. Y nadie duda que lo sea. Aunque por el momento, lidera una bandita (pandilla, le dicen) que maneja los hilos y los humores, no sólo de su entorno, sino también de la clase y de todo el resto de la escuela. Además, tiene muy buenas notas, algo que le da un handicap interesante. Para sus compañeros, es un ejemplo. Eso de “hace lío, pero es buen alumno”. Y los profesores reconocen que es muy inteligente. Pero cuando pega algún faltazo, su ausencia se nota: el resto está más relajado. “¿Cómo son las cosas acá? A estos les pegamos siempre”, arranca el rubio señalando a otros cuatro que lo miran con nerviosa mudez. “Ya lo saben: nosotros les vamos a pegar siempre”, azuza con una sonrisita candorosa. ¿Por qué pegarles? “Porque es así. Los que se dejan pegar y no hacen nada,
son unos tontos. Y estos son unos tontos. Se la tienen que bancar”. Se ríe el rubio y ríen sus “hermanos”,
como se llaman entre sí. Y los que cobran también se ríen, entre incómodos y nerviosos. Es curioso observar el dibujo que hicieron acomodándose en el aula. Los hermanos en el centro, y allá en el fondo, dos pibes inmutables, con el sigilo perturbado. No miran; no dicen ni mu. A lo mejor querrían estar en Marte cuando La re pandilla o Los mafiosos o Los terribles (como también se autodenominan), hablan entre excitados y verborrágicos.
El líder va por más: “A éste no le puedo pegar”, ningunea a uno que lo mira de refilón. Y se cuela una carga de adrenalínica humillación. El aludido refunfunea algo entre dientes, pero ni siquiera le sostiene la mirada al rubio. Obvia el comentario. Pero, ¿hasta cuándo? Sí querría estar descargando el aguijón que le acababan de clavar. “Y a aquél –siguen los terrible s– le hicimos aspirar una tiza entera. La molimos bien hasta que quedara hecha polvo, como si fuera cocaína, ¿vio? y se la tuvo que aspirar toda. Después andaba medio boleado”. Ja, ja,ja,ja. Al pibe agredido, un borrador le quitó la sonrisa. Contagio. Eso dice que tienen. Se les pegan las ganas de hacer lío o de estar malhumorados. “Cuando uno de nosotros viene sin ganas de nada contagia a todo el grupo. Y nos contagiamos el mal humor”, cuenta el de ojitos verdes, carita de ángel precoz.
Las causas son varias: algún problema familiar que traen colgado del cuello (y de los que prefieren no hablar) o porque se levantaron con la luna atravesada. Y en ese pastiche de posibilidades, caen los que vienen de afuera. La repandilla relata, con gran agitación, que el año pasado un compañero se quiso autoagredir (cortarse las venas, cuentan ellos) “porque nosotros lo molestábamos y, en parte, porque no entendía matemáticas”. El pibe terminó yéndose a otro colegio.
Pero no fue el único episodio de acoso insoportable. Dicen que si no los paran, cuando se agarran a las piñas, “nos matamos”. Y admiten, con férrea sinceridad, que “no está bien” manejarse en esos términos. Pero “es lo que hay”, define el líder del grupo como toda razón y justicia. Eso sí, en el futuro se ven, orgullosos, como servidores públicos: quieren ser policías.

Adentro y afuera
Violencia verbal. Acoso.Golpes. Gallos de riña picoteándose sin razón y ¿sin sentido? ¿Qué pasa con estos pibes que hablan de sus hazañas como quien se encuentra con viejos compañeros a repasar travesuras, algunas pavotas, es cierto, como la de tirar una naranja contra el ventilador de techo encendido para que toda el aula termine como un jugo de frutas? ¿Qué pasa con ellos cuando buscan socavar las resistencias de sus iguales?
Un relevamiento sobre violencia realizado por la Dirección de Psicología y Asistencia Social Escolar bonaerense, dio algunos resultados inquietantes sobre lo que pasa en el adentro y en el afuera de las escuelas de la provincia, donde van casi 4,5 millones de alumnos repartidos en 16 mil colegios. (Ver Cifras preocupantes ). Los números encabezan el maltrato emocional, físico, las peleas entre grupos rivales. Y le
siguen los robos, accidentes, uso de armas, consumo de drogas y alcohol, maltrato sexual, intentos de suicidios y suicidios, y dos asesinatos. “El estudio abarcó situaciones que nos permiten tener un conocimiento global de la violencia que vivien los chicos en el adentro y el afuera de la escuela”, explica la licenciada Lilian Armentano, de la Dirección de Psicología provincial.
Según la funcionaria, muchas veces los conflictos entre pares en la escuela empiezan en el afuera, en los barrios donde viven o en los lugares donde van a bailar: “Y lo que no se dirimió en el afuera, termina dirimiéndose en el adentro”. Cuestiones territoriales, antagonismos, peleas por un chico o por una chica. Por diferencias en el aspecto físico o por potencialidades intelectuales. Los expertos hablan de esa perturbadora necesidad de “aniquilar” al otro que subyace en todo el problema de la violencia.
“Es importante remarcar que estos pibes no nacen violentos, sino que van tomando conductas del medio donde viven”, explica Armentano.

Y define: “La violencia entre pares también tiene que ver con la época en que se vive”. La funcionaria actuó, entre otros, en el caso de Junior, el chico de Carmen de Patagones que hace un año produjo una masacre.
Para los especialistas, la degradación económica convirtió a muchos hogares en generadores de una tensión inusual. Donde la autoridad parental se rompió, y los que traen el sostén son los mismos chicos. “Y en ese caso, si no proveo, no puedo poner ley ni orden”, ensaya Armentano, en relación a la nueva relación en el seno familiar.
En la Defensoría del Pueblo porteña hay 147 expedientes de denuncias de violencia en las escuelas de la Ciudad entre pares, de maestros a alumnos, de padres a maestros y de directivos a docentes. “Las escuelas se convirtieron en espacios sociales donde repercuten sin filtros una realidad social; no son burbujas ni templos del saber como en otras épocas”, estima Gustavo Lesbegueris, defensor adjunto.
“Y los docentes están sobrepasados”, agrega. ¿Ejemplos? En una escuela de Palermo, un chico fue a clase con una escopeta de aire comprimido. Otro, con una faca (arma casera), le dio un puntazo a una profesora que se desmayó de pánico. Un nene de una escuela primaria del Bajo Flores llevó una pistola en su mochila. Y en una escuela católica, a la salida de una misa, las piñas dejaron atrás el saludo de la paz entre
chicos de sexto y séptimo. El incidente terminó en un juzgado, acusados de lesiones y amenazas. Si se hace una progresión de las denunicas en la Defensoría porteña, la escalada va en ascenso desde el 2001.
Un pibe de una escuela privada de Caballito, clase media, también habla de grupos rivales que se buscan hasta que terminan con la nariz sangrando o el dedo fracturado, como ocurrió hace pocos días con una chica de su colegio, a quien agarraron a golpes otras adolescentes, por causa de un noviecito. “Las peleas son porque uno es de Flores y el otro de Floresta, o de La Paternal. Y en general, las piñas son en los alrededores de la escuela. Adentro, esta más o menos controlado todo”, comenta el pibe de Caballito.
¿Las chicas? Van a la par: “A veces las tenemos que separar nosotros (los varones) para que no se maten”, admite el adolescente, hijo de profesionales. Rivadavia y Nazca, los sábados puede ser un buen escenario para que se crucen los grupos que suelen ir a bailar en los boliches de la zona.

Vínculos alterados
Hay varias manifestaciones del comportamiento antisocial en las escuelas. El psiquiatra Infanto Juvenil, Héctor Basile, de la Asociación de Psiquiatras Argentinos, repasa algunas características: la disrupción en el aula (alumnos que impiden el desarrollo normal de una clase), los problemas de disciplina (resistencia,
boicot, desafío o insulto al docente), la discriminación (al bolita, paragüa, yorugua, o al obeso), el maltrato entre compañeros ( bullying , que incluye amenazas y la violencia física). La eficacia del bullying está en el
silencio del agredido, porque se siente ridiculizado y bloquea su posibilidad de hablar.

En cuanto a la irrupción de la violencia por el lado femenino, Basile responde: “Están cambiando los arquetipos ligados al género, a relacionar la violencia con lo masculino y poner a la mujer en otra posición más tierna y contenedora”. Los tiempos son otros y “muchas veces la sociedad fuerza a las mujeres al falso
dilema donde ejercer la violencia es ejercer paridad de derechos con los hombres”.

Las chicas de Budge entran al aula como un torbellino: “¿Qué dijeron los chicos de nosotras?”. En realidad, ni las nombraron. Pero ellas arremeten: “Ellos hacen lío para hacerse los machos, los guapitos”, dicen sin
bajar los decibeles de voz. “Y nos discriminan”, se quejan al unísono. Pero no se quedan atrás: “A mí me molestaba uno y terminé dándole un cachetazo. Se la tuvo que comer”, suelta una. A la del buzo negro y verde, por habladurías, cuenta, un grupo de pibas del barrio la agredieron. “Yo de a una me la bancaba, pero cuando fueron seis o siete, ya no. Entonces vinieron ellas (las de su grupo) a ayudarme”. ¿Edades?
Entre 13 y 15 años.

¿Y qué piensan ellas de esas pibas que le rompieron la clavícula a otra en una escuela de Villa Lugano? Respuesta inmediata: “Está muy bien que se la hayan dado si se hacía la linda”. Cuestión de parámetros. “No te podés hacer la linda”, regula una. Desde la Secretaría de Educación porteña, Roxana Perazza,
evalúa “con preocupación y señal de alerta” el estado de violencia en las escuelas porteñas. Y agrega
que es un fenómeno que puede y debe ser analizado y trabajado desde la escuela, con las familias: “Tenemos claro que la escuela no es una usina generadora de violencia, sino que la violencia social, a veces, se manifiesta en la escuela”. Es evidente, dice Perazza, que “un alumno que comete un hecho violento no deja de ser un chico que demanda algunas cuestiones que los adultos tenemos que escuchar”.

Para Gustavo Iaies, presidente del Centro de Estudio de Políticas Públicas, especialista en educación, esa demanda reside en “la dificultad en los adultos en poner límites; a los padres les está costando mucho hacer de padres y los pibes terminan construyéndose uno propio”. Pero es evidente que algo más se rompió. Iaies dice que se hizo trizas el contrato entre la escuela y la familia. “El modelo de escuela estaba ajustado a un modelo de familia que cambió. Y a los educadores les está costando mucho entender el proceso de cambio social. Seguimos pensando que la escuela es la misma de siempre. Y no se dieron cuenta de la dimensión del cambio”.

Los chicos, acaso, estén avisando. Así, descarnadamente.
* * *

“El monitor”, nº 2.

Escuela, delito y violencia

Gabriel Kessler*

Históricamente la escolaridad y el delito fueron pensados como dos actividades contrapuestas: la escuela era responsable, junto a la familia, de una socialización exitosa, distribuyendo las credenciales necesarias para entablar una vida adulta integrada; mientras que el delito era una de las opciones residuales para aquellos que quedaban excluidos o poco favorecidos por el sistema educativo. En los últimos años esta situación cambió. Por un lado, un rasgo novedoso de la década del 90 es el fin de la mutua exclusión entre trabajo y delito. La inestabilidad del mundo del trabajo, entre otras causas, lleva a la emergencia de un segmento de jóvenes que combina actividades legales e ilegales para sobrevivir, lo que en un libro reciente llamamos "delito amateur"1. Por el otro, respecto de la escuela, datos oficiales para 1998 señalan que el 58 por ciento de los menores de 18 años imputados por infracciones contra la propiedad en la Provincia de Buenos Aires, declaraban que estaban concurriendo al colegio. Constatación que obliga a modificar los interrogantes habituales: el eje no es solo el impacto de la deserción sino, entre otras, dos cuestiones que tratamos en esta nota: el lugar de la educación en la vida de estos jóvenes y la relación entre delito y escuela.

Experiencia personal y sentido de la educación

En una investigación reciente sobre jóvenes que cometieron delitos, los entrevistados manifiestan una disyuntiva central acerca de la escuela: más allá de valorar el hecho de estar alfabetizados afirmaban -en particular sobre la escuela media- que no entienden nada y que lo que aprenden no les sirve para nada. Sin embargo, hay un punto en que la propia experiencia se disocia del juicio general, puesto que cuando no hacen referencia a la propia escolaridad, valoran la educación en general como agente legítimo de socialización y movilidad social. La escuela es importante para "ser alguien en la vida", "para conseguir trabajo" porque "sin escuela no sos nada".

La disyunción entre experiencia individual y juicio general nos provoca reflexiones contrapuestas. Una mirada pesimista diría que cuando valoran la escuela repiten un discurso ajeno, que no ha sido construido ni internalizado por ellos. Una postura optimista, al contrario, resaltaría que -a pesar de la escasa relación con sus experiencias- la escuela y la educación todavía están ahí, formando parte del campo imaginario de estos jóvenes, presente en sus ideas y su percepción de futuro. Y aun cuando haya elementos para sostener ambas posiciones, es innegable que la postura de estos jóvenes expresa la persistencia de una demanda a la escuela por una experiencia más significativa, por aprender algo. Al fin y al cabo, cuando se ufanan de lo fácil que es la escuela, de que "con 30 hojas en la carpeta tirás todo el año" o de que casi no les dan tarea -pese a que enseguida afirman no hacerla-, también expresan una demanda a la escuela, se denota un interés por más que les resulte difícil expresarlo. Es que para estos jóvenes la escuela es la única institucion que todavía tiene un peso en la posibilidad de pensar otros futuros y opciones posibles.

En la investigación mencionada nos interesó ver también la percepción de directores y docentes sobre la violencia en la escuela. De las entrevistas en escuelas consideradas "difíciles" en el Gran Buenos Aires emergían tres problemas principales. En primer lugar, se relatan juegos violentos que los mismos estudiantes consideraban "sólo juegos". Se plantea una primera cuestión: lo que para los docentes -y nosotros- es claramente violencia, pareciera ser tipificado de manera distinta por sus protagonistas: como un juego, no cuestionable entonces. Habría una falta de entendimiento básico sobre aquello que es violencia y aquello que no lo es. En segundo lugar, los docentes estaban también preocupados por la creciente violencia de los varones hacia las nenas. Esbozan la hipótesis de que esto expresaría un modelo de masculinidad, compartido por padres e hijos varones, ligado al ejercicio de la violencia como manera de reafirmar una identidad que presenta uno de sus elementos estructurantes -el rol de proveedor- en crisis. Por último, la violencia no es privativa de la relación entre compañeros, sino que docentes entrevistados se quejaban de la agresividad de muchos padres.

¿Cuál es la posición institucional sobre estos problemas? Se delinean dos posturas distintas. En ciertas escuelas prima la política de separar a los chicos más violentos pues atacan a sus compañeros, impiden el desarrollo de las clases y generan un ejemplo negativo al resto ("un adicto produce otro adicto"decía un maestro de 7° grado), posición que es reforzada por la presión de muchos alumnos y de sus padres. Los directivos de tales escuelas no se justifican con un discurso abiertamente excluyente o reaccionario; sino en la carencia de recursos, tiempos y saberes para encarar solos el problema. Los casos problemáticos exigen mucho trabajo y atención, en detrimento del grueso de los alumnos, lo que también genera conflictos. El resultado buscado, más que la expulsión, es negociar el pase a otro colegio, el abandono temporario ("hasta que se calme"), o la rápida terminación del ciclo.

La posición opuesta la encontramos en directivos que, aun reconociendo las dificultades, afirmaban que preferían tratar de mantener a los chicos en la escuela a toda costa, porque aunque no aprendan nada mientras estén allí al menos están supervisados. En esas escuelas se produce un desplazamiento general de roles: los docentes y directivos concentran el grueso de su energía en la cuestión disciplinaria, y los porteros y administrativos controlan las puertas y los muros para que los chicos no se escapen.

La pregunta que estas reflexiones abren es acerca de qué debe hacer la escuela. No hay recetas ni una respuesta fácil. Nuestra investigación muestra un desdibujamiento generalizado del concepto de ley como marco normativo para muchos de los jóvenes y en todas las dimensiones estudiadas, no solo en la escuela. Ella no es, por supuesto, ni la responsable ni tampoco la que puede sola restaurar un marco de ley en un sentido amplio. Ni la familia, ni las comunidades barriales, ni el mundo del trabajo pueden hoy resolver por sí solos los conflictos que se desarrollan tanto en su interior como en otros ámbitos que de un modo u otro los afectan. Ahora bien, cierto es que la escuela sola no puede, que debe buscar aliados a fin de restablecer sentido y futuro para una parte importante de los jóvenes de nuestro país. No cabe duda de que la escuela tiene un rol protagónico porque, como dijimos, a pesar de todos los problemas y carencias que sufre, es quizás la única institución en la que todavía confían, a la que todavía demandan y de la que esperan que contribuya a crear otro

* * *




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