Antonio Blay


Los objetivos profundos de nuestra vida



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Los objetivos profundos de nuestra vida

En realidad, toda nuestra vida, según acabamos de decir, obedece a un objetivo trascendental, al que nos empuja y lanza el impulso primario central que nos anima. Este objetivo profundo se desdobla en dos vertientes: la objetiva y la subjetiva.

En su vertiente objetiva el impulso fundamental nos mueve a desarrollar todas nuestras estructuras y a actualizar todas las capacidades que cada uno de nosotros trae, al nacer, en estado latente.

En efecto, hay en nosotros una tendencia innata, natural e imperiosa a conseguir el pleno desarrollo de cada una de nuestras capacidades y potencialidades en todos los planos o niveles de nuestro ser: en el nivel físico, en el afectivo, en el intelectual y en el espiritual. La consecución de este pleno desarrollo constituye la vertiente objetiva, dinámica, operativa de la motivación general.

La vertiente subjetiva consiste en la necesidad que sentimos de alcanzar la plena conciencia del sentido de nuestra realidad, de conseguir la realización íntima, viva, directa e inmediata de nuestro verdadero ser o yo espiritual.

Al decir yo espiritual nos referimos al yo básico que es el centro inmutable de donde dimanan todos nuestros impulsos, sentimientos, tendencias e ideas y del que procede toda noción, en nosotros, de absoluto, es decir, de realidad, de potencia, de plenitud, de sabiduría, de verdad, de amor, de unidad.

Ambas vertientes, la objetiva y la subjetiva, se complementan mutuamente. Pues, según vayamos desarrollando y expresando nuestras capacidades mediante las actividades concretas correspondientes, iremos tomando conciencia de nosotros mismos, o sea, de la potencia, conocimiento y plenitud personal en que consistimos, en que consiste, para hablar con mayor precisión, nuestro verdadero yo central.

Como verá el lector más adelante, todas nuestras acciones, incluso las más elementales y ordinarias, obedecen en última instancia a este doble impulso fundamental: el de la plena autoexpresión y el de la plena concienciación de nuestro ser. Sepámoslo o no, seamos o no conscientes de ello, toda nuestra vida no es otra cosa que el desarrollo de este sencillo y profundo argumento que puede sintetizarse en una sola idea: la autorrealización total.

Éste es el motivo y el objetivo subyacente de nuestra conducta, el principio que nos impulsa y al mismo tiempo la meta a la cual tendemos. La autorrealización constituye el verdadero sentido de nuestra existencia. Y las cosas, las situaciones, las actitudes y la conducta son para nosotros -desde el punto de vista psicológico - buenas en cuanto nos permiten aproximarnos a este objetivo, y malas y perjudiciales en la medida en que nos alejan de él.

Así como cuando alguien tiene hambre o sed no queda satisfecho hasta que come o bebe lo suficiente, del mismo modo mientras no actualicemos toda nuestra capacidad de expresarnos, no llegaremos a gozar de la conciencia de plenitud, de totalidad interior. Y no conseguir esta meta natural de nuestro ser equivale a sentir siempre en nosotros insatisfacción, vacío, ansiedad, temor y toda la gama de estados emocionales, negativos y positivos, que sirven de indicio inequívoco de que algo está todavía en curso de desarrollo, sin la debida actualización.

Sólo en la medida en que nos aproximemos a la autorrealización nos sentiremos plenos, maduros y satisfechos: en camino de dar cumplimiento a la razón íntima, profunda y trascendental de nuestra vida.

Las necesidades básicas

Queda claro hasta aquí que el impulso de desarrollo y el de toma de conciencia brotan primariamente del impulso vital y son el motivo central y más profundo de toda conducta.

Ahora bien, este doble impulso, al manifestarse en la persona concreta, lo hace a través de los diversos niveles de la personalidad humana. Y como cada nivel tiene una estructura peculiar propia, el impulso primario se va diferenciando, dando lugar a otros tipos de motivaciones más concretas y específicas, que constituyen nuestras necesidades básicas.

Enumeramos a continuación sucintamente las necesidades básicas a que da lugar el impulso primario en cada uno de los niveles:


Nivel físico
Necesidad de alimento, de aire, de una temperatura regular, de ejercicio, de descanso, de placer corporal, necesidad sexual, etc.
Nivel afectivo
En este nivel se manifiestan tres tipos de necesidades:

Centrípeta: la necesidad de recibir afecto, que se desdobla en una serie de necesidades derivadas: necesidad de ser aceptado, comprendido, protegido, etc.

Centrífuga: necesidad de expresar afecto: necesidad y deseo de proteger, de brindar amistad, de cordialidad, de pertenecer a un grupo, de admirar a alguien, de aspirar a algo más elevado, etcétera.

Axial: necesidad de afecto de uno hacia sí mismo, es decir, la autoestimación. No se trata de ningún narcisismo ni de una contemplación admirativa de sí mismo, sino de la necesidad que experimentamos todos de la propia aprobación de nuestro modo de ser, de la propia aceptación de los rasgos más fundamentales de nuestra personalidad.


Nivel mental
Necesidad de conocer el qué, el cómo y el porqué de las cosas que nos rodean, de la gente con quien alternamos, de las situaciones y de los hechos que vivimos. La necesidad de adquirir datos y llegar a un claro conocimiento, a una correcta comprensión del mundo que nos rodea.

Los niveles hasta aquí citados son de tipo personal y concreto, y por lo mismo no impersonal ni abstracto o espiritual. Se trata, pues, de niveles inferiores, en los que el impulso primordial se expresa aún superficialmente. Cuando dicho impulso puede ser canalizado para vitalizar los niveles superiores de la personalidad, se presentan necesidades de una calidad distinta y más elevada, que son características de las minorías selectas, en cualquier aspecto de la vida en que se manifiesten. Los niveles superiores y las necesidades básicas que en ellos se expresan son, en síntesis:


Nivel mental superior
Necesidad de comprender y de participar inteligentemente en realidades de orden general, universal, bien sea en el plano social o en el político, científico, filosófico, económico -no me refiero en este caso, como es lógico, a nuestras necesidades personales en el terreno económico-, etcétera. Se trata siempre aquí de la necesidad que brota como expresión del impulso primordial en este nivel superior, de conocer y participar en verdades que trascienden la mera conveniencia o interés del individuo aislado, para centrarse en hechos de índole colectiva, que requieren una actitud impersonal. Tal actitud, propia de la persona madura en el nivel mental, es una de las cualidades indispensables que debe poseer toda persona que haya de trabajar en equipo.
Nivel afectivo superior
Necesidad de sentir y amar la belleza, la armonía, la bondad y de expresarlos. Y además, y por otro lado, necesidad de algo perfecto, absoluto. En este nivel brota la creación artística, la admiración sincera por cuanto significa amor abnegado y altruista -que se centra en el otro, no en el yo personal-, ese mismo amor y, ya en su expresión más elevada, el verdadero amor de Dios.

Por último, en la cumbre de la personalidad, el nivel más raramente desarrollado, el de la voluntad espiritual.

Calificamos a esta voluntad de espiritual, para distinguirla de lo que en términos vulgares suele entenderse por voluntad, que debería apellidarse voluntad vital o afectiva, según los casos, ya que, en efecto, en la vida cotidiana nuestra acción se nutre casi exclusivamente de la energía dimanante de los niveles vital-instintivo o físico y afectivo personal, ambos inferiores; y se debe a esta razón, a que, estando por lo general bajo el «tono fisiológico y el emotivo», la persona se siente abúlica y apática, es decir, incapaz de interesarse por las demás personas o por los hechos habituales de su ambiente más que de un modo personal y concreto. Pero aquí nos referimos a la voluntad que ocupa el nivel más elevado de la psique humana y que es por completo independiente del estado vital o afectivo de la persona. Cuando este nivel superior se manifiesta, proporciona al individuo una peculiar intuición de todo cuanto existe y de sí mismo como expresión de un poder primordial, de una voluntad-potencia que está detrás y por encima de todo. Consecuentemente, el individuo experimenta la necesidad básica, en este nivel, de vivir apoyado en su propia noción de potencia, de fuerza interior, que, en suma, es la conciencia más próxima a la noción directa de ser.

Todas estas necesidades, especialmente las de los planos personales, es decir, hasta las del nivel mental concreto inclusive, son necesidades básicas, las tenemos todos, existen en todo hombre. Sin embargo, algunas de ellas, en particular las correspondientes a los niveles superiores, apenas se manifiestan, aun existiendo también en todo el mundo, al menos potencialmente.

Desde luego, una persona será intrínsecamente superior en la medida en que haya llegado a expresar de un modo más real y más operativo sus niveles superiores. Y en ello estriba, en definitiva, la verdadera calidad humana. Quien sólo tiene desarrollados sus niveles personales, aunque por el ambiente en que haya vivido y las circunstancias en que actualmente se desenvuelva su vida es posible que hable y razone sobre el deber, el amor a los demás, la religión, etc., sin embargo, en realidad, no pasará de ser un hombre inferior, egocentrado, y la espiritualidad y el altruismo que expresa en sus palabras es pura teoría, que anda muy lejos de la verdadera calidad de sus acciones, pues éstas revierten siempre en él, constituyendo su propia persona el objetivo final de cuanto hace.

Es preciso llegar a comprendernos a nosotros mismos para ver hasta qué punto funciona cada uno de nuestros niveles y con qué intensidad. Esto nos proporcionará al mismo tiempo una primera pauta muy útil para aprender a mirar y a calibrar a los demás.



Tendencias temperamentales

El impulso primordial de desarrollo que se expresa a través de las necesidades se diferencia y especifica aún más, posteriormente, al manifestarse de distinto modo a través de los diversos temperamentos.

En efecto, otro factor a tener en cuenta al estudiar cómo se forma nuestra personalidad es la constitución física. Nos estructuramos, crecemos, nos desarrollamos sobre una base biológica; después aparecerán estructuras superiores, afectivas, intelectuales, espirituales. Y cuanto más elevadas sean, más independencia veremos que adquieren respecto a lo biológico. Pero inicialmente nuestra personalidad psicológica se estructura, se configura guardando un paralelismo muy estrecho con nuestra personalidad física.

Por esto es importante conocer las características de nuestra personalidad física y cómo ésta se relaciona o el paralelismo que guarda con nuestras tendencias biológicas.

La constitución física es la base del temperamento. Temperamento es nuestra tendencia básica a reaccionar, no por educación, por dominio propio, sino por impulso natural, de modo espontáneo, y depende de nuestra estructura biológica. La persona en que predomine el aparato locomotor tendrá una tendencia innata a la acción, al esfuerzo, a la violencia si es preciso; si el aparato locomotor es poco importante pero predomina el sistema nervioso, su reacción será intelectual, emotiva, de agilidad, pero no de fuerza; y en quienes predomine el factor visceral, vegetativo, habrá un sentido realista ante las cosas, serán personas que buscarán la comodidad, la seguridad, el ahorrarse esfuerzo y violencias.

Por esto es importante, porque nuestro carácter se estructura básicamente sobre el patrón de nuestra constitución. El temperamento es la vertiente psicológica de la constitución. Y el carácter es el temperamento más la educación, más las experiencias adquiridas, es decir, más todo lo que se ha ido sedimentando sobre la estructura primitiva. Temperamento es la raíz psicológica, el esqueleto psíquico de nuestra conducta. El carácter, la conducta misma considerada como fuente de las acciones en sus matices peculiares para cada persona.

Como es fácil distinguir los elementos de la constitución, resulta interesante conocerlos un poco. Hay muchas escuelas que determinan los diversos tipos de temperamento. Cada una parte de un punto de vista distinto. Todas son ciertas, pero también todas parciales. Poder enfocar aunque sólo sea nuestra constitución física y, por tanto, la temperamental de un modo completo es prácticamente imposible. Existe la escuela italiana de Viola y Pende, que estudia la importancia que tiene en la constitución física y después en el carácter el desarrollo endocrino, cuando predomina más una glándula que otra, lo que da una configuración y tendencias distintas y concretas. Su estudio es de interés más bien para las personas que pretenden especializarse, porque requiere unos conocimientos fisiológicos complejos.

La escuela alemana de Kretschmer, que establece la clasificación, que todos conocemos más o menos, de los tipos pícnico, atlético y esténico o leptosomático. El pícnico si en su configuración predominan los diámetros transversales, o sea cuando la persona es gruesa, o con tendencia a la forma redonda. El tipo atlético con predominio de la masa muscular y de la forma triangular o rectangular, según los casos. Y el leptosomático, en que destaca la línea, persona larga y delgada.

Es interesante porque está establecido según el efecto de tendencias propias de cada rasgo y porque se vio que cada constitución de éstas tenía predisposición a un tipo de reacción psicológica clínica. Así se comprobó que un porcentaje elevado de personas trastornadas, psicóticos, con la psicosis maníaco-depresiva tenían más bien una configuración pícnica. Si eran de tendencia esquizofrénica, dominaba en ellos la forma leptosomática. Y un gran porcentaje de personas que presentaban síntomas declarados de epilepsia eran de tipo atlético. No quiere decir que los atléticos sean epilépticos, y los pícnicos maníaco-depresivos, sino que existe en ellos una inclinación, una tendencia. Éste es precisamente el inconveniente de la clasificación de Kretschmer: que se ha estudiado a partir de la Patología, y da la impresión de que encasilla al género humano según las enfermedades que más nos asustan.

Es más interesante otra tipología que investigó un profesor americano llamado Sheldon. Sheldon estudió la personalidad de numerosos individuos a través de fotografías hechas en serie y advirtió en ellos tres características que se podían aislar, tres factores somáticos o componentes constitucionales. Llamó a un componente endomorfia; a otro, mesomorfia, y al tercero, ectomorfia.

Estos tres componentes responden a la constitución genética del hombre. El embrión humano está compuesto principalmente de tres capas: la interior es el endodermo, la media el mesodermo y la exterior el ectodermo. Cada capa de éstas, a medida que el embrión se va desarrollando, da lugar a una serie de tejidos y órganos del cuerpo: el endodermo da lugar al aparato digestivo, grasa, linfa; el mesodermo, al locomotor, aparato circulatorio y órganos sexuales, y el ectodermo, a la piel, órganos de los sentidos y cerebro.

Parece lógico que si en una persona predomina una capa sobre otra, los órganos que se forman de esta capa adquieren mayor desarrollo e influencia que los demás.

Lo más interesante es que se estableció la existencia de un paralelismo entre estos elementos constitucionales, endo, meso y ecto, con los rasgos y tendencias caracterológicas o temperamentales. Y Sheldon tituló al temperamento correspondiente a la endomorfia, viscerotonía; la tendencia temperamental correspondiente al mesomorfo, somatotonía; y el elemento psicológico equivalente al ectomórfico lo tituló cerebrotonía.

Todos tenemos los tres componentes. Se trata sólo de poder determinar en qué proporción existe en nosotros cada uno de ellos. Tal proporción la establece una fórmula, llamada fórmula temperamental. Sheldon, buscando las personas que tenían el máximo componente, estableció una escala del 1 al 7. A la persona que presentaba el máximo de endomorfia le puso un 7 y a la que presentaba el mínimo un 1, y dividió entre estos extremos la escala. Así para cada uno de los componentes. Según esto, una persona comedida podemos catalogarla diciendo que su fórmula es: 6-4-3, 6 de endo, 4 de meso y 3 de ecto. Con esto ya lo podemos imaginar. Se tratará de una persona con predominio visceral, de tendencia redonda, en quien lo vegetativo es lo más importante, pero con un buen componente muscular -4-; y -3- de ectodermo significa que su sistema nervioso y su cerebro están por debajo de la media, son más bien débiles.

Esto, a su vez, nos da una configuración psicológica porque cada componente tiene sus equivalentes temperamentales.

El componente endomórfico tiende a buscar la vida cómoda, fácil, agradable, tanto física como emocionalmente. Es una persona que depende mucho de la emoción y huye de todo lo que sea conflicto, muy emotiva, procura estar bien con todos.

El componente meso da más bien una tendencia al esfuerzo, a la lucha, a crear, a mandar, maneja mucha energía; produce personas hechas para la acción.

Y el tipo ectodérmico tiende a captar datos, a conocer, a elaborar, a prever, a sistematizar. Puramente perceptivo y con tendencia a la organización intelectual.

Si aplicamos este esquema al tipo que hemos mencionado, 6-4-3, sabremos que es una persona que por tener un 6 de endo, tiende a lo cómodo, fácil, agradable; el 4 de meso indica su capacidad de acción, y el 3 de ecto, que piensa poco. De ahí deducimos que esta persona será excelente para trabajos que no exijan mucho esfuerzo. En general, se trata de la persona ideal para hablar, realizar poco trabajo y sin grandes responsabilidades.

Otro tipo será, por ejemplo, 3-4-5. Nos da una persona no muy delgada, aunque tendiendo más bien a serlo, densa de músculo y con un sistema sensorial muy desarrollado; será apta para toda profesión intelectual, pero que exija movimiento: podrá ser un buen vendedor.

Las personas que tienen que tratar mucho con el público, comprender, sintonizar, adaptarse al público, necesitan siempre el factor endo. Por eso los verdaderos maitres de hotel son siempre personas más bien gruesas.

En los trabajos que requieran mucha perseverancia, notable esfuerzo y continuidad, deberá haber personas con un factor meso importante; si sólo exigen pasividad, trabajos rutinarios, con un buen endo y también con poco ecto. Porque un meso, una persona de predominio muscular y sanguíneo intenso estallará, no podrá aguantar el trabajo monótono.

En todos los negocios podemos verlo muy bien. Ha de haber los tres componentes: el endo, que sintoniza y trata con la gente; el meso, que trabaja; y el ecto, que prepara, piensa, especula. Si falta cualquiera de estos componentes, sea en la personalidad del gerente, o en la plantilla del personal, la empresa se resiente de ello.

Esta clasificación, además de tener aplicación profesional, es útil en otros aspectos. Para comprender a la gente, por ejemplo: cada uno tiende a reaccionar de acuerdo con su tendencia temperamental y a valorar las cosas de acuerdo con su valoración personal. Un somatotónico en el que predomina el aparato muscular concebirá la vida como lucha, como esfuerzo, querrá hacer cosas nuevas, triunfar. No se conformará con una vida monótona y sin esfuerzo; reaccionará en contra. Si su trabajo no es creador, la necesidad que siente dentro se manifestará en forma de protesta. Esta persona concibe la vida como lucha y todo lo ve así, incluso el afecto. Es la persona que cuando se entusiasma da muestras vehementes de su estado de ánimo.

En cambio, un ectodérmico, en quien predomina mucho el factor cerebral, será más bien frío, podrá querer mucho, pero concebirá la vida de un modo más intelectual, más especulativo. No calculador en el sentido de interesado, sino mirando la vida según una idea o un concepto. Necesitará ver y prever las cosas; aceptará la vida en la medida en que la comprenda, no en la medida en que la sienta o simpatice con ella.

Es importante recordar estas cosas en nuestra vida de convivencia, porque tendemos a valorar a los demás en función de nuestros propios valores. Si, por ejemplo, yo soy endo, la persona buena será para mí la pacífica, que se entiende bien con todo el mundo, sobre todo si puedo pasar con ella ratos agradables, gozando de su simpatía y sin turbar mi comodidad. Pero si el que convive conmigo es de temperamento tan activo que no puede parar quieto un momento, aunque me demuestre aprecio o me afirme su amor -tratándose de un familiar íntimo-, mi tendencia temperamental me hará pensar que no le gusta estar conmigo y correré el riesgo de que se formen en mi interior falsos problemas. Esa persona sentirá hacia mí verdadero afecto, sólo que de un modo dinámico, activo, vehemente. A sus demostraciones afectuosas explosivas, yo trataré de poner calma, porque siento que la estimación es paz, tranquilidad, etc.

Así pues, como cada uno puede vivir las cosas de un modo completamente distinto, no hemos de obligar a los demás a que obren como nosotros, sino que debemos aprender a ampliar nuestra perspectiva de los valores, de las reacciones para aceptar que cada cual pueda obrar, querer, expresarse, en suma, de acuerdo con su modo de ser. Consecuencia importante de este breve estudio.

Las motivaciones externas de la conducta

Las dos vertientes, objetiva y subjetiva, por las que el impulso primordial que nos empuja a vivir se manifiesta, moviéndonos al desarrollo de toda nuestra potencialidad de ser y a la autoexpresión de nosotros mismos, mediante la toma de conciencia de nuestro yo, proyecta hacia el exterior nuestra actividad, poniéndonos en contacto con algo -el mundo físico- y con alguien -los demás, el ambiente social.

Este mutuo contacto entre la persona y el ambiente -físico y humano- a que nos empuja el impulso vital es tan estrecho que nos invade corporal y espiritualmente. No es éste el lugar para hablar de la influencia que ejerce en nuestras motivaciones biológicas el medio físico, que llega hasta el punto de que corporalmente nada es en realidad nuestro, sino que todo lo hemos tomado de fuera, ya que nuestro cuerpo es un proceso continuo de renovación y los materiales con los que se va estructurando sin cesar los va tomando todos del exterior, de forma que lo único nuestro, aunque lo más valioso, es la energía vital que determina las vías de tal estructuración de la materia.

Aquí nos interesa dejar constancia, sobre todo, de la influencia poderosa que en nuestra conducta ejercen las motivaciones externas que nos vienen del medio social y humano en que vivimos.

Lo mismo que acabamos de decir que biológicamente contamos por herencia con fuerzas que marcan ciertas direcciones y el mundo físico sólo proporciona materiales para la estructuración orgánica, en nuestra vida psíquica también existe un reducto energético, en donde reside el yo que ocupa el centro de la personalidad, y desde él, abriéndose en abanico, se configura nuestro psiquismo según los planos previamente trazados por ciertas fuerzas que determinan los niveles en que ha de quedar edificado nuestro psiquismo. Y de fuera nos llegan los elementos concretos o los estímulos que enriquecen esos niveles mediante la reacción psíquica que provocan en ellos.

El medio ambiente nos da, pues, por un lado, aire, alimentos, vestidos, etc., y por otro también sensaciones, afecto, ideas, valores. De todo ello se nutre nuestra personalidad.

Naturalmente, así como no todos los medios físicos son ricos en oxígeno, en alimentación nutritiva, etc., tampoco lo son todos los medios sociales en que el hombre se desarrolla. Hay ambientes afectivos fríos y hostiles al individuo, los hay de un nivel cultural ínfimo, etc. En ellos la personalidad no se enriquecerá como puede hacerlo en los que gozan de condiciones óptimas o simplemente mejores.

En el primer caso no quedarán satisfechas algunas de las necesidades básicas, y el hombre arrastrará consigo un sentido de frustración, como resultado de la insatisfacción de sus necesidades. Por el contrario, la influencia de un ambiente sano es el medio por el que se transmiten la cultura y los valores de la tradición.

Ahora bien, si el impulso vital ha movido al hombre a entrar en contacto con el exterior y apropiarse sus elementos para enriquecerse, en virtud de la tendencia centrípeta, el mismo impulso vital vuelve a empujarle a expresar como propio lo que recogió de fuera, una vez asimilado mediante el metabolismo psíquico. Y en este segundo aspecto, también es posible que el ambiente impida la expresión.

Otra forma de influencia del medio ambiente social sobre el hombre es aquella por la que le impone sus criterios, sus valores preestablecidos, sus costumbres más o menos arbitrarias, sus etiquetas sociales y sus dictados. De modo que el hombre se ve obligado a seguir todas estas exigencias sociales so pena de verse rechazado por la misma sociedad que le ha formado. En esta línea de influencia, la sociedad ha ido provocando en el hombre una serie de necesidades artificiales y ficticias, como la asistencia a determinados actos sociales y la sujeción a postulados de relación social enteramente arbitrarios.

Finalmente, la sociedad influye en el individuo creando una necesidad de protesta contra esta misma sociedad. El individuo particular se apoya en la aprobación social, y sin ella se encuentra desamparado, pero al mismo tiempo ve que la sociedad, con sus imposiciones, merma su libertad. Y el sentimiento natural que brota de las represiones que esto le producen es el de rechazo y crítica de la sociedad en la que vive psicológicamente apoyado. Dándose el contrasentido tan corriente del hombre que sigue los dictados sociales, pero tiene siempre a flor de labios una crítica cuyo blanco concreto no importa tanto como el hecho mismo de protesta: siempre se está a punto de reaccionar «contra»... el gobierno, las costumbres, el clero, etc.

El ambiente externo es, pues, un factor muy notable en la formación y en la deformación de la conducta. Y lo que importa es adquirir conciencia de su influjo sobre nuestra actitud y nuestros actos para calibrar hasta qué punto nos dejamos llevar indebidamente, en las motivaciones de nuestra conducta, por la presión social. E ir emancipándonos de modo que nos acomodemos al medio ambiente, pero de una forma inteligente, aprendiendo a no basar nuestra seguridad ni nuestra conciencia de valor en el exterior, sino en la toma de conciencia de los impulsos interiores y de la realidad de nuestro propio ser.



Las experiencias

Concepto de importancia de las experiencias


Hemos pasado una breve revista a las distintas fases y formas de diferenciación del primitivo impulso vital y a las influencias que dentro y fuera obran sobre la conducta y, en definitiva, sobre la formación y deformación de la personalidad.

Ahora nos encontramos a la persona ya en acción, actuando en el mundo. Y ocurre un hecho muy singular y significativo: que según va actuando, van produciéndose en ella un tipo nuevo de fenómenos que irán constituyéndose en troquelaje concreto de su vida: las experiencias.

Constantemente estamos teniendo experiencias, pequeñas y grandes, positivas y negativas. Cada vez que percibimos, sentimos o vivimos algo, cada vez que se verifica algún cambio en el campo de nuestra conciencia, adquirimos nuevas experiencias.

Las experiencias juegan dos papeles principales:

- Por un lado nos obligan a actualizar y desarrollar nuestras capacidades, y esto en la medida e intensidad con que vivamos y expresemos tales capacidades, es decir, en la medida en que se hagan experiencia «nuestra».

- Por otro lado, las experiencias producen en nosotros un condicionamiento constante. Según sea la índole de la experiencia, así nos preparará el camino para reaccionar después de un modo u otro. O sea, que varias experiencias en un mismo sentido refuerzan una tendencia a actuar, a reaccionar en la misma dirección. Por lo tanto, conforme vamos adquiriendo experiencias, vamos perdiendo libertad frente a una clase determinada de actos, pues quedamos condicionados por todas las experiencias anteriores. Esto hará que después tendamos a reaccionar en el mismo sentido que anteriormente si las experiencias fueron agradables, o en el contrario, si fueron desagradables.


Es importante que nos demos perfecta cuenta del valor de las experiencias: gracias a ellas, vamos desarrollando nuestra personalidad. Lo que nosotros vivimos lo convertimos en acto, externo o interno, activo o pasivo, pero siempre en acto consciente. Y la suma de todas las experiencias es precisamente lo que constituye nuestra realidad manifestada, expresada, nuestro modo de ser; no las ideas que tengamos sobre nosotros mismos, por buenas que nos parezcan o lo sean. Lo real, lo verdadero es lo que hemos vivido, lo que hemos desarrollado y aprendido a hacer: sólo esto es nuestra verdad. Toda persona actuará siempre de acuerdo con su capacidad efectivamente desarrollada.
Clases de experiencias
Las experiencias pueden clasificarse atendiendo a muy diversos puntos de vista. Aquí nos interesa ante todo diferenciar las positivas de las negativas.

Experiencias positivas son las que tienden a permitir la expresión de nuestra capacidad o a afirmar la realidad de la misma.

Experiencias negativas son las que impiden la expresión de nuestras capacidades o que tienden a negar el valor, la realidad, la existencia de nuestras capacidades.

Todos hemos ido acumulando a lo largo de nuestra vida experiencias de ambas clases. Las negativas son precisamente las que nos impiden vivirnos con toda nuestra capacidad real, por el carácter restrictivo, limitativo del condicionamiento que han producido en nosotros respecto de esas capacidades. Es de gran importancia conocer el modo de poder contrarrestar las experiencias negativas para así conseguir recuperar toda nuestra capacidad de acción. En otro capítulo hablaremos de las técnicas que nos ayudarán a este objeto.

Otra clasificación interesante de las experiencias es el de superficiales y profundas:

Son experiencias superficiales las de la vida ordinaria, corrientes y normales, en diversos grados. En ellas, aunque mantenemos la conciencia de nosotros mismos, no nos vivimos con intensidad.

Las experiencias profundas: pero existe otro tipo de experiencias más profundas. Examinándolas advertimos que se caracterizan porque, en el momento de vivirlas, sentimos una peculiar resonancia interior, en aquella situación, debido a una toma de conciencia de nuestro yo más próxima a nuestro verdadero ser central y profundo, a nuestro íntimo sentir del yo. Precisamente la mayor profundidad de tales experiencias consiste en que ese acercarse a nuestro centro sigue el impulso primordial por el que llegamos a tomar conciencia de nosotros mismos: de nuestro vivir y de nuestro ser. Y por tal razón este tipo de experiencias, asociadas a momentos más solemnes de profundidad, quedarán grabadas en nuestra mente con fuerza intensa, hasta el punto de provocar una natural tendencia a repetirlas y a asirnos a ellas una y otra vez, hasta convertirse en el condicionamiento más importante de nuestra vida. Se habrá abierto así en nosotros una profunda inclinación a buscar siempre la repetición de tales experiencias, en las que nos sentimos más hondamente a nosotros mismos.

Si una persona, por ejemplo, ha tenido experiencias de sí mismo en el momento de luchar con alguien verbal o físicamente, y de vencer, sintiéndose entonces más profundamente a sí mismo, este hecho se le quedará grabado de tal modo que tenderá siempre a buscar nuevas situaciones de lucha y desafío, para actualizar una vez más la conciencia más plena de sí mismo que entonces adquirió. Podemos afirmar que todas nuestras aficiones y todo aquello a lo que damos un valor de modo natural y espontáneo responde a su asociación a nuestras vivencias más profundas.

Las experiencias profundas lo mismo pueden referirse a la necesidad de acción que a la de sensación o de conocimiento. El mesodérmico se vivenciará más profundamente en momentos de acción o que le exijan esfuerzo, mientras en el ectodérmico predominará la tendencia a vivir experiencias profundas cuando reflexiona, y al endodérmico le será más fácil tomar conciencia de sí mismo en los sentimientos, afectos o sensaciones.

Las experiencias profundas son constructivas si son positivas. Pero constituyen un serio problema en el caso de ser negativas, ya que entonces la persona quedará adherida al carácter negativo de la experiencia y se plantea para ella la trágica dualidad de que se vive a sí misma profundamente sólo en lo dramático y desagradable; por un lado, su sensibilidad y su inteligencia le hacen huir y protegerse de todo lo negativo y desagradable, que la limita; pero por otro lado siente una fuerte compulsión a revivir las mismas situaciones una y otra vez, porque en ellas encuentra una resonancia más profunda de sí misma. Su consciente quiere oponerse y luchar, pero no puede porque esta lucha se apoya en las razones de la mente consciente y la que tendría que actuar es la mente inconsciente contrarrestando los condicionamientos adquiridos, que son los que determinan la acción.

Recapitulando, las experiencias que acumulamos al correr de los años forman progresivamente en nosotros diversos condicionamientos más complejos, positivos unos y otros negativos. Simultáneamente, gracias a las experiencias, en especial a las profundas, vamos adquiriendo conciencia de nosotros mismos y de nuestra capacidad, conciencia del mundo y conciencia y hábito de acción, es decir, estilos de reacción y respuesta. El conocimiento de cuanto antecede es, por lo tanto, importantísimo, puesto que abre una perspectiva de acción eficaz aunque por desgracia no fácil, pero sí segura si se trabaja con constancia en la dirección debida.

La represión y sus consecuencias

Finalmente, sobre la conducta ejerce su influencia un factor importante que, en caso de predominar las experiencias negativas, empeora la situación. Este factor lo constituyen las represiones.

El hombre no puede nunca dar salida natural y espontánea a todos los impulsos y dinamismos que se generan en su interior. Nuestros impulsos, de cualquier orden que sean, encuentran siempre unas condiciones externas que limitan y condicionan de un modo u otro su expresión.

En efecto, fijemos la atención en el factor impulso, es decir, en la tendencia natural a descansar algo que se ha generado en nosotros en forma de necesidad de expresarlo, por ejemplo, sentimos la necesidad de realizar un movimiento físico o de dar expresión a una manifestación cualquiera de vitalidad, un impulso sexual, deseo de correr, de comer, o de estudiar determinadas materias, etcétera. Nos encontramos con el hecho establecido de estar encuadrados en un ambiente en el que, en la mayoría de los casos, no podemos dar salida a dichos impulsos. Ahora bien, siempre que se bloquea la salida de algún impulso, se produce dentro automáticamente una tensión, debido a que la energía que intentó salir y expresarse, sin conseguirlo, empuja ahora hacia fuera. Es, pues, una tensión interior.

En realidad, durante nuestra vida estamos constantemente acumulando represiones. La sociedad nos impone un reglamento tácito -no vamos a discutir aquí si sus normas son o no correctas y convenientes-. Este reglamento se nos ha ido inculcando desde nuestra infancia indicándonos qué cosas debíamos hacer y cuáles no, y en ello ha consistido precisamente lo que llamamos educación: «No has de hacer esto», «Debes hacer tal cosa». Es decir, que, excepto en los momentos de libertad, de juego libre, debíamos renunciar a las cosas que teníamos ganas de hacer. Nuestros primeros años, sobre todo, han estado llenos de estas restricciones, necesarias por un lado hasta cierto punto, pero que producían este efecto de acumular tensiones interiores.

Importa mucho comprender perfectamente lo que es tensión y sus efectos. Lo perjudicial de la tensión, como de cualquier fenómeno interior que persiste durante mucho tiempo, es que tiende a no percibirse, aunque continúa existiendo. Todo estímulo que permanece de un modo constante en la conciencia deja de ser percibido. Como si la conciencia tuviese sólo capacidad de percibir lo nuevo, los cambios, no los estados que se mantienen de un modo constante. Por esta razón, normalmente no percibimos la sensación de nuestro cuerpo, ni nos damos cuenta de los ruidos habituales, ni somos conscientes continuamente del hecho de ser personas mayores, etc. Porque son realidades constantes. Del mismo modo tampoco percibimos si existe una fuerte tensión en nuestro interior cuando llevamos mucho tiempo bajo su influencia. Cuando hemos de soportar un estado de miedo o una grave preocupación de modo prolongado, a partir de cierto momento tal estado deja de ser percibido por la conciencia, aunque continúe existiendo en el interior.

Se debe a esta razón el que parezca una exageración hablar como lo estamos haciendo de las represiones y de las tensiones interiores., Lo parece precisamente porque somos inconscientes de todo lo que se esconde en nuestro interior, y sólo llegamos a darnos cuenta cuando, a causa de alguna circunstancia especial, estalla y se manifiesta externamente, de modo correcto o incorrecto, la enorme carga de tensiones que llevamos dentro.

¿Cómo influye este contenido reprimido sobre nuestra conducta? De muy diversas maneras:


1. En la formación del yo-idea: En primer lugar, todo lo que no hemos podido realizar en el mundo real, tendemos a llevarlo a cabo en el mundo imaginativo. En él vivimos de un modo ilusorio unos papeles, unos estados y unas situaciones completamente artificiales. Apenas dejamos de estar plenamente lúcidos, en cuanto el consciente se apaga, comienza a dominar la fantasía, que es el lenguaje plástico del inconsciente, de lo reprimido, del mundo de los impulsos y sentimientos no expresados -impulsos en el nivel vital (de actividad, de esfuerzo, de lucha, etc.), no necesariamente sexuales-, y sentimientos, de los que hablamos anteriormente.

Observando el mundo de la fantasía advertiremos que todas las imaginaciones giran siempre en torno de un único protagonista: nuestro yo, héroe de todas las hazañas. La imaginación tiende siempre a compensarnos de lo reprimido en el interior, por no haberlo podido convertir en experiencia consciente, elevando un pedestal fantástico al yo.

Pero esta tendencia es sumamente peligrosa. Lentamente la idea que tenemos de nosotros mismos va dejando de ser reflejo de nuestra realidad, de nuestra experiencia, para ir participando cada vez más de estos contenidos imaginativos. Insensiblemente esa idea se convierte en el centro de todas nuestras correrías imaginativas, hinchándose y adquiriendo proporciones desmedidas, con lo que se aleja progresivamente de nuestra realidad formándose así lo que en psicología se llama yo-idea, opuesto al yo-experiencia.

Las consecuencias de tal desviación son funestas, pues a partir de este momento, aunque queramos pensar de un modo lúcido acerca de nosotros mismos, no podremos hacerlo correctamente, ya que partimos de una perspectiva inicial falsa: las premisas son erróneas, por estar formadas por una idea parcialmente equivocada del yo. Y todo lo que pensemos sobre nosotros, o sobre cuanto esté relacionado con nosotros, como nuestras cosas o la opinión de la gente respecto a nosotros, será siempre parcialmente falso de modo inevitable.

De aquí se deduce la inutilidad de pensar en nuestros problemas cuando en ellos va involucrada de una u otra forma la valoración de nosotros mismos, porque pensaremos de un modo equivocado y no daremos nunca con la verdadera solución. Nos referimos, por ejemplo, a tratar de responder con acierto a preguntas como éstas: «¿Qué diré para quedar bien ante tal persona? ¿Qué pensará de mí en tal situación? ¿Qué ocurrirá si se sabe tal o cual cosa?», etc. En ellos juega un importante papel la idea que yo tengo acerca de mí mismo, la importancia de mi yo. Y, por mucho que pensemos, aunque manejemos otros datos correctos, el factor central del asunto, nuestra perspectiva del yo, hará desviar la óptica de la cuestión y nos impedirá llegar a una conclusión correcta, acertada, realista. De ahí nuestro consejo de no pensar cuando se trate de problemas de esta clase, no como medida restrictiva, negativa, sino porque es mejor no pensar para no errar, para no llegar a conclusiones falsas.

Es muy importante ver bien la diferencia entre el yo-experiencia -lo que yo he vivido, lo que yo he convertido en experiencia-, y el yo-idea. El yo-experiencia es aquello que yo soy capaz de hacer; el yo-idea es lo que pienso de mí, de un modo permanente, constante, más allá de las oscilaciones de un momento -en un momento me valoro mucho y en otro muy poco.

Siempre el contenido del yo-idea está al servicio de la satisfacción de las necesidades básicas, pero a través de un mundo ilusorio. Por lo tanto, el yo-idea tenderá siempre a querer ser aceptado, admirado, a sentirse capaz de proteger, de ayudar, a pensar que yo poseo grandes valores, que soy muy inteligente, enérgico, y que tengo toda suerte de cualidades positivas. Porque ésta es una necesidad que todos sentimos y que, dado que no la podemos satisfacer en la realidad, intentamos en vano darle cumplimiento a través de la imaginación. Sin embargo, repetimos, deforma nuestra idea exacta de nosotros mismos, produciéndonos la ilusión de que ya somos un poco más lo que anhelamos ser.

2. Produciendo un malestar interior: Otra consecuencia de las represiones es el malestar interior. Lo reprimido estorba. Todo lo que es vivo funciona, está en movimiento, es un proceso de renovación, de intercambio constante; la represión va en contra de esta tendencia natural de la vitalidad, pues detiene algo que estaba destinado a moverse; la represión es la detención artificial del impulso, de la energía dinámica. De ahí que la fricción que supone con las leyes naturales nos cause malestar, enfermedad, trastorno, alteración somática o psicológica. Tendremos dentro, aunque no nos demos cuenta, una sensación de irritación, de incomodidad interior, de vacío, y, muchas veces, de depresión.

La inseguridad, el miedo, todos los estados negativos de tipo limitativo, o sea, auténticamente negativos, son producto de lo reprimido. Si pudiéramos actualizar de modo correcto todas nuestras represiones, en otras palabras, si las pudiéramos convertir en experiencia, desaparecerían del interior todo el miedo, la inseguridad y la amplísima gama de estados negativos, abriéndose paso una sana conciencia de satisfacción, de afirmación, de plenitud. Conciencia activa, presente, actual de nosotros mismos.
3. Debilita la conciencia del yo: Otra consecuencia de lo reprimido es la debilitación de la conciencia del yo, producida porque los contenidos reprimidos estaban destinados a expresarse mediante experiencias, con las que se reforzaría la conciencia del yo, es decir, la noción de mi propia realidad, de mi poder, de mi fuerza, de mi ser. Por lo mismo, todo cuanto no he convertido en experiencia, es un déficit y una debilitación en la conciencia del yo.

Pero es que además, como todo lo reprimido lo está porque la mente ha puesto el veto impidiéndolo expresarse, para cumplir con la sociedad, con el deber, con la moral, etc. -en definitiva siempre es la mente la que dice: «esto no debe hacerse»-, resulta que todo lo que hay dentro queda archivado con la etiqueta de amenaza: «prohibido», «si lo haces serás criticado», «si lo haces no eres digno». Así pues, todos los contenidos del inconsciente están asociados a desvalorizaciones de uno mismo, del yo-idea. Por lo tanto, a medida que el inconsciente presiona más por tener mayor número de represiones, se produce un estado más hondo de inseguridad, de amenaza. Pues presiento como un peligro para los valores del yo-idea el hecho de que algo de aquello pueda salir.

Precisamente si cuesta tanto expulsar los contenidos reprimidos en el inconsciente, es porque su salida nos produce miedo y, llegado el momento de disponernos a tomar las medidas necesarias para limpiar ese lastre interior, instintivamente rehuimos llevarlas a la práctica. Por eso resulta tan difícil solucionar los problemas de la personalidad que se basan en represiones. Pues cuanto más conscientemente se empeña una persona en dejarlas salir, con ese mismo acto de voluntad presiona más el inconsciente impidiendo su salida. La descarga de las represiones no se consigue a base de emplear una gran fuerza de voluntad, sino mediante una estrategia que explicaremos más adelante. La fuerza de voluntad sólo consigue reforzar el consciente; pero es impotente para penetrar en nuestro inconsciente.
4. En la formación del yo-idealizado: El yo idealizado es la proyección del yo-idea en el futuro. Yo tengo una cantidad determinada de cosas por expresar, que es lo reprimido. Siento la necesidad de vivirlas de un modo u otro, y por eso me veo inclinado a crear la idea de mi futuro como medio necesario para satisfacer las exigencias de mi presión interior. Si yo pudiera vivir en cada momento todas las energías que fluyen en mí constantemente, no necesitaría apoyarme en el futuro, pues viviría mi plenitud actual y dejaría que luego, cuando ese futuro se fuera haciendo presente, planteara su propia plenitud.

Ahora bien, en la medida en que ahora yo no vivo esa plenitud de la que necesito tener conciencia por ser el objeto del impulso primordial de mi vida, no tengo otro remedio que crear la idea de que en el futuro conseguiré esa plenitud.

Lo peor del caso es que, debido a la confusión interior con que se producen todos estos fenómenos dentro de mi mente, asocio el deseo de llegar a ser, con unas situaciones concretas y determinadas, por ejemplo: llegar a ser muy rico, muy poderoso, el primero en una profesión, etc. Estas condiciones externas que yo mismo pongo dependen de la causa de la represión: así, si en mi juventud fui muy humillado porque mis padres no me entendieron o porque el ambiente no me aceptó, se ha ido creando en mí una imagen de mi futuro en la que me veo siendo un personaje respetable, que todo el mundo está obligado a admirar. Este deseo de admiración procede necesariamente de una humillación anterior, de haber sido antes infravalorado.

La imagen del futuro suele dibujarse siempre con los rasgos aportados por todos los contenidos que hay en el inconsciente, es decir, por las experiencias frustradas en la historia personal. Engendrando así la configuración imaginativa de un futuro que no es producto de pensar razonablemente en el porvenir, sino de necesitar de tal futuro para afirmarme a mí mismo en él, dependiendo, por lo tanto, de él. El aspecto más pernicioso y errado de este hecho reside en que la persona busca llegar a ser ella misma, encontrarse a sí misma en la asociación de su futuro a unas condiciones externas, concretas. Pues si bien algunas veces dichas condiciones la estimulan para desarrollarse en tal dirección, otras muchas la colocan ante un muro infranqueable: porque puede encontrarse en situaciones que no dependan de ella y que le impidan conseguir la oportunidad de cumplir esas condiciones a que supedita su futuro, resultando entonces que, llegado el momento, sufre una tremenda frustración. Tal ha ocurrido a las personas que se tienen por desengañadas y fracasadas.

No existe hombre que no posea todas las disposiciones básicas para vivir de un modo pleno, total. Porque el vivir plenamente no depende necesariamente de las condiciones externas. Sino sólo de la forma como funcione el interior. Pero si la mente, funcionando de modo parcial, asocia el estado de conciencia de plenitud a una o a varias condiciones externas, este mismo condicionamiento que el sujeto forma en su mente le impedirá vivir su realidad, su verdadera capacidad. La consideración mental de que «yo sólo me viviré con plenitud cuando consiga cumplir tal condición externa» es puro convencionalismo de mi mente que me esclaviza, y me limita, cerrándome la posibilidad de vivirme de un modo directo, pero no porque yo no tenga en mí mismo, independientemente de toda circunstancia externa, la capacidad de vivirme por completo.

Tengo en mí toda mi energía, y lo que me puede dar plenitud es precisamente esta energía actualizada del todo, conscientemente, a través de todos mis niveles. Por lo tanto, aun en las peores condiciones, cualquier persona puede llegar a conseguir su plenitud interior. Naturalmente, que costará menos lograrlo cuando el ambiente facilita la actualización de todo lo que fluye de nuestro interior, porque entonces no se precisa realizar ningún trabajo de tipo interior, dentro de uno mismo, sino que es la misma vida la que obliga al individuo a ir actualizando todas sus capacidades. Sin embargo, aun en este caso, tal ambiente supone sólo una facilidad, de ninguna manera una condición estrictamente necesaria para conseguir la plenitud interior, y menos aún es una causa eficiente de esa plenitud.

Evidentemente, en la medida en que yo dependa de «llegar a ser determinada cosa», o de «conseguir tal objetivo», y, por lo tanto, sienta la necesidad de alejarme de lo contrario, todas mis valoraciones, mis ideas todas, mis decisiones, mi conducta estarán condicionadas por la dinámica artificial creada en mi interior: necesidad de huir de todo lo que parezca «menos» y necesidad de seguir todo lo que creo me conduce a ser «más», dentro de la línea prefijada por mi yo-idealizado. Esta disposición interior me impedirá ver las situaciones de un modo claro y objetivo, y valorar a las personas con criterio sereno e imparcial. Porque constantemente, sin advertirlo siquiera, al tratar a cada persona, estaré intentando ver: «Esta persona, ¿hasta qué punto me ayudará a ser más, a demostrar que valgo más? ¿Hasta qué punto me servirá de seguridad, de apoyo, de protección, aunque sólo sea con su actitud hacia mí, o hasta dónde significará una amenaza a mi seguridad o a mi amor propio?». Y este prejuicio constante viciará mi interior, impidiéndome ver cómo es de verdad cada persona y cada situación.

Lo mismo ocurrirá en mis decisiones: tenderé a aceptar con mayor facilidad la conducta que me parezca un medio más seguro para acercarme a la realización del yo-idea y del yo-idealizado. Y me sentiré fuertemente inclinado a rechazar y rehuir todo cuanto se oponga a esta realización.

Existen, pues, en nuestro interior condicionamientos que se han formado de diversos modos. Algunos son correctos y aun necesarios; otros, parciales y negativos. El condicionamiento es necesario en la vida, pues no podemos organizar en cada instante nuestra conducta: nos resultaría imposible desenvolvernos en la vida práctica; necesitamos adiestrarnos en muchas cosas, es decir adquirir condicionamientos. Pero haber adquirido y seguir reforzando condicionamientos que nos inducen a actuar de un modo parcial, negativo, es algo que nos perjudica a nosotros personalmente y también a las personas con las que convivimos. Se trata, por lo tanto, de identificarlos, llegar a conocer cuáles son, con el fin de actuar sobre ellos y desalojarlos de nuestro interior.

Algunas aplicaciones prácticas

En otro capítulo expondremos las técnicas que requiere el trabajo psicológico interior dirigido a promover nuestra propia realización y a conseguir una vida de plenitud. Ahora, antes de dar fin a este primer capítulo, exponemos algunas conclusiones prácticas de interés.


1. Sometamos a examen todas nuestras actitudes
En primer lugar, acerca de la motivación fundamental de nuestra vida, interesa, según hemos dicho, llegar a la «realización», es decir, al completo desarrollo de nuestras capacidades para adquirir una conciencia plena de nuestro propio ser, de nuestra realidad.

Inmediatamente se nos plantea una aplicación. Se echa de ver que, ante todo, hemos de someter a una honda revisión todo cuanto hacemos y el modo como lo hacemos. Porque, ¿hasta qué punto -podemos preguntarnos cada uno - las actitudes que mantengamos, los valores por los que vivo, los métodos que utilizo me facilitan, me ayudan a conseguir este objetivo final del desarrollo máximo de mí mismo? En efecto, siendo ésta la verdadera meta de nuestra vida, las cosas serán buenas en la medida en que me ayuden a alcanzarla y serán malas en cuanto me lo dificulten o me lo impidan.

Es, pues, no sólo factible, sino muy útil un examen sobre el particular: ¿hasta dónde utilizo la vida para desarrollar mis capacidades intelectuales, afectivas, éticas, estéticas, físicas, etc., expresándome y tomando conciencia de mí mismo en todos los niveles?, ¿hasta dónde estoy obrando de un modo artificial sólo por inercia, por hábitos en cosas que son realmente de valor para mí?, ¿hasta qué punto mi modo de actuar en la vida de relación, es decir, respecto de la gente, obedece a la necesidad de expresar mi realidad afectiva o intelectual, o es tan sólo un modo de mantener cierto equilibrio más o menos estable, una relación fría y paralizada en un statu quo por miedo a que salgan cosas desagradables?, ¿qué hago realmente por llegar al objetivo final de la plena conciencia de mí mismo? Toda paralización por inercia en cualquiera de mis niveles, todo estancamiento es negativo.

Como ejemplo gráfico, estudiemos lo que ocurre en muchos matrimonios. El matrimonio establece una convivencia constante y permanente entre hombre y mujer. De hecho, en los comienzos de la vida conyugal, lo ordinario es que esta convivencia sea activa: las dos partes mantienen una comunicación y realizan una transfusión mutua de sus personalidades, no sólo en el terreno sexual, sino en el afectivo, en el intelectual, en el estético, etc. Sin embargo, para muchos matrimonios, por problemas que van surgiendo durante la convivencia, o por crisis que sobrevienen, llega un momento en que la comunicación mutua se detiene y la convivencia deja de ser activa para convertirse en un mero «estar» juntos, pero sin que exista intercambio de vivencia, paralizándose el proceso que comenzó con intensa corriente interactiva entre ambos cónyuges. Evidentemente esta detención que ha sufrido la convivencia entraña un fracaso en el matrimonio. Pues el matrimonio no es un mero contrato sexual, sino un medio para que dos personas de distinto sexo vayan intercambiando sus vivencias en todos los niveles, expresando cada una todo lo positivo que hay en ella, y se realicen ambas complementándose. Si por atravesar momentos difíciles, crisis en su vida particular, cualquiera de los dos detiene su acción y se inhibe alejándose del interior de la otra, entonces paraliza el proceso. Y, aunque personalmente esta postura pueda parecerle más cómoda, en definitiva es antinatural. No podrá menos de producir un trastorno permanente dentro de la personalidad de ambos, que se traducirá en un creciente malestar.

No se puede hacer trampa a la vida. La vida es la verdad. Somos nosotros los que hemos de aprender a adaptarnos, a seguir este proceso natural de la vida. Y no pretender obligar a la vida, a que se adapte a nosotros, cosa que no conseguiríamos.
2. Aprendamos a convertir en positivas todas nuestras experiencias
Al hablar de las experiencias, las hemos clasificado en positivas o negativas, es decir, afirmativas o restrictivas de mi realidad. Sin embargo, el que una experiencia se convierta en negativa para mí se debe a que espero que sean las circunstancias las que provoquen la naturaleza de la experiencia: cuando las cosas me vienen bien, la experiencia es agradable y positiva, cuando se desenvuelven mal y terminan desfavorablemente, la experiencia se me impone como negativa.

Pero ¿por qué ha de ocurrir así? Ello implica una pasividad, una dependencia de mi personalidad respecto del término externo del suceso, del mundo exterior. ¿Por qué he de estar siempre pendiente de él y no he de aprender a hacer que en todo cuanto intervenga predomine el término «yo» en lugar del «no-yo», de «lo exterior»? ¿Por qué no puedo adoptar una actitud afirmativa de entrada, de forma que todas las situaciones que me sobrevengan, favorables o adversas, las viva de modo afirmativo, positivo?

Es evidente que si aprendo a hacerlo así, todas las experiencias serán positivas. Pues, aunque vistas externamente aparenten un desastre, en realidad serán una afirmación de mi personalidad: si me vienen dificultades y yo reacciono, y lucho, entonces, por más que la situación en sí fracase porque sobrepase mi capacidad, yo interiormente habré vivido el hecho de un modo afirmativo, porque habré expresado mi capacidad de acción, de respuesta. Y esto me habrá permitido vivirme a mí mismo con una actitud afirmativa. La experiencia quedará en mí, por lo tanto, como afirmativa.

Mientras que si me inhibo ante el fracaso, lo viviré el resto de mi vida como una frustración del yo, como un fracaso mío ante mí mismo.

Sólo podemos vivir las cosas cuando las expresamos. Expresarlas no significa lanzarnos a ciegas ante las cosas, sino que quiere decir que mantengamos siempre una decisión total, una actitud de «todo yo» ante la cosa. Si esta actitud me conduce a retirarme de la acción o a un «no», es lo de menos, con tal que provenga de mi actitud total, de la plena presencia de mí mismo ante la cosa. Que de ninguna manera sea el resultado de una huida de mi yo.
3. La disciplina de la actitud
Avanzando un paso en esta aplicación, tocaremos un punto muy interesante: acabamos de decir que ante cada situación todo yo debo estar presente para adoptar la resolución que crea mejor, la mía, la más sincera y de acuerdo con las circunstancias, y que entonces viviremos todas las vicisitudes de la vida de un modo positivo. Vemos, pues, que lo que interesa es la actitud. Se trata, por tanto, de aprender a disciplinar nuestra actitud, a no depender de las circunstancias, sino de nuestra propia actitud en cualquier circunstancia.

La actitud es una postura de todo el hombre, y está conectada con la mente y la voluntad. Podemos determinarnos a adoptar una actitud positiva, como la que hemos tenido en los mejores momentos de nuestra vida. La que vivimos entonces está dentro de nosotros, es un condicionamiento positivo que en aquel momento se estableció en nuestro interior y, por lo tanto, de nosotros depende, si queremos, el poderlo actualizar ahora y en cada momento. No hemos de esperar a que se nos añada de fuera, como algo llovido del cielo y que anhelamos grandemente: forma parte de nuestra personalidad, y en nuestra mano está el actualizarlo. Es una disposición dormida, claro está, pues de lo contrario la utilizaríamos ordinaria y normalmente, pero que podemos despertar, hacer que se imponga en nuestra conciencia como estado positivo habitual.


4. La actitud positiva
Tratemos ahora de precisar un poco más en qué consiste esa actitud positiva tan importante para el mejor rendimiento de nuestra personalidad en todos sus aspectos.

Se trata de una actitud total de nuestro ser a través de sus diversos niveles: físico, afectivo, mental y espiritual. Toda mi personalidad está apoyada y centrada en su eje vertical, aunque sin rigidez, con una disposición abierta, quedando todo yo «a punto», «en disposición de», de franca prontitud para la acción, para comprender y para abrir el corazón, en una palabra, un «estar alerta», con la mente muy lúcida, muy despierta. Esta actitud es la mejor que podemos adoptar para neutralizar todas nuestras experiencias negativas y a la vez para sacar el máximo partido de cada instante.

Esta actitud implica también un sereno entusiasmo. Ya hemos dicho que toda actitud está conectada con la mente y la voluntad. Pero el componente afectivo es el que aporta a la actitud el aspecto dinámico e irradiante que podemos observar en toda personalidad madura y vigorosa. Y también el que hace que rindamos incomparablemente más, tanto mentalmente como en la acción. El entusiasmo es el lubrificante de nuestro psiquismo. Cuanto más profundo y sincero sea el entusiasmo que pongamos en nuestra actitud y en las cosas en que nos ocupemos, menor será la tensión.

Tocamos aquí otro punto de interés práctico: la disminución del número de represiones que se forman en nosotros. En efecto, el entusiasmo es un sentimiento y en la medida que podemos darle expresión de un modo constructivo, vamos descargando tensiones emocionales acumuladas durante el día, que de otro modo quedarían reprimidas. Por lo tanto, en lugar de aumentar la tensión -que proviene principalmente de la represión de los sentimientos y emociones porque la mente controla a veces con exceso la expresión afectiva-, el entusiasmo hace que la acción se viva como medio de expresión del afecto inteligente y centrado. Y entonces la acción se convierte para nosotros en expresión total de nosotros mismos, en la que se actualiza nuestra capacidad afectiva, intelectual, física, en fin, todos nuestros niveles.

Y no se crea que tener actitudes positivas significa algo falso e irreal, puesto que, por el contrario, significa vivir centrado en lo que soy, no en lo que no soy. Yo soy energía, afecto, ganas de vivir, de moverse, de comprender, fuente de iniciativas, etc.: siempre soy algo positivo. El hombre más desprovisto de dotes humanas es algo positivo, y si lo vive, vivirá en una actitud positiva. Pero ha de vivir todo lo positivo que es, no sólo parcialmente. Yo soy algo positivo, poco o mucho, pero en un grado u otro lo soy. No soy tonto, no soy inferior. Sí soy energía.

Así pues, primero he de vivirme en lo que soy positivamente, en lo sustantivo; después vendrá lo adjetivo y entrará en juego mi comparación con los demás: si soy más alto o menos alto, más guapo o más rico, etc. Nuestra equivocación estriba en vivirnos antes adjetivamente que sustantivamente: por las diferencias antes que por la constitución básica. Y nos hace padecer, no lo que somos, sino lo que no somos. Tomamos, pues, lo complementario como esencial y precisamente por eso nuestra mente no vive abierta hacia lo que somos y hacia afuera a la vez, sino crispada hacia lo exterior.

Pues bien, la primera actitud positiva consiste en vivir centrado en lo que uno es de modo permanente, siempre, pues uno es siempre cosas positivas. Sobre este particular insistiremos más adelante.

Además la educación de las actitudes comporta la apertura hacia el exterior, mi sintonización con los demás, pero no sólo externamente, sino desde dentro, con una disposición de atención, de respeto, de participación en el modo de ser de los demás. Vivo unido a los otros; es preciso que mi actitud sea de participación con los demás, conservando yo mi ser, mis características. Mi apertura debe abarcar todo lo que es el otro, sin restricciones: en el fondo los demás no son más que una extensión de sí mismo, el complemento que me falta para ser del todo. Es preciso que aprenda a ligarme al interior de los demás, que tenga no sólo una actitud abierta desde mi exterior hacia el exterior de los otros, sino desde mi interior hacia el interior de los otros, una actitud de contacto, de interés, de sintonía profunda. No pararnos en el significado primero e inmediato de las palabras, sino penetrar en todo su hondo sentido, en el significado que tienen detrás.


5. El contenido positivo de nuestros defectos
Aunque parezca extraño, la comprensión de la naturaleza de los contenidos reprimidos nos permite ver la legitimidad que hay en el fondo de todas nuestras ambiciones y de los impulsos que provocan esas represiones.

Suele pasar por válida la máxima de que un poco de ambición es bueno tenerla, pero mucha, malo. Lo difícil es, entonces, señalar el límite: hasta dónde es buena y desde dónde es mala. No, la ambición es o enteramente buena, o totalmente mala: ahora bien, no es buena o mala por sí misma, sino respecto a algo. Pues la ambición es un impulso ciego del subconsciente producido por la presión de toda la carga de inhibiciones y represiones que quieren actualizarse y convertirse en realidad. Si existe en mi interior una cantidad de energía que no he hecho pasar por mi consciente, esta energía me provoca la necesidad de llegar a vivir un estado óptimo. Es vida que no he llegado a expresar y que desde dentro me grita su exigencia a conseguirlo. Más aún, tengo la obligación y el derecho de llegar a vivir esa energía. Consistiendo en esto la ambición, se comprende que no puedo cortarla sin amputar mi propia vida: negar la ambición supone negarme a mí mismo el derecho a vivirme plenamente. Así pues, toda ambición tiene su fundamento natural enteramente justificado, el de la necesidad que todos tenemos de llegar a vivirnos del todo.

Sólo es defectuosa la ambición cuando el sujeto ata esa necesidad de vivirse con plenitud a condiciones externas determinadas, es decir, a la posesión de una situación concreta que no está por completo en su mano alcanzar. Entonces la ambición tiene un cariz negativo, engañoso y erróneo.

No hemos de renunciar a la fuerza que encierra la ambición. Sino a la forma equivocada que adopta cuando asociamos la necesidad de vivirnos con el hecho externo y concreto, único, limitado de tener mucho dinero, de ocupar un cargo, etc.

Pero si aprovechamos la energía de la ambición, incorporándonosla a nuestro vivir cotidiano de un modo directo, aceptándola y sintiéndola como es, como algo muy legítimo y muy nuestro, entonces empezará a decrecer en nuestro interior el factor externo al que la habíamos supeditado, y ella nos invadirá llenándonos de su vigor y de su empuje en provecho de cuanto emprendamos. Desde el momento en que veamos claro que estamos deseando llegar a ser muy poderosos porque así viviremos todo lo que no hemos conseguido vivir y que está en nosotros queriendo expresarse, empezará nuestra mente a dejar de estar pendiente de un modo exclusivo de la forma concreta en la que se encerraba la ambición, para vivir su fuerza por sí misma en todas direcciones. No se trata, pues, más que de hacerse uno mismo consciente de su error, y entonces, automáticamente, cae el muro de contención que habíamos puesto con la mente -por medio de la asociación de la ambición a una condición concreta externa- al aprovechamiento y utilización actual de la estupenda energía que lleva consigo la ambición.

Lo que acabamos de decir de la ambición podemos aplicarlo a otras formas que adopta la energía reprimida, por ejemplo el egoísmo, el orgullo, el espíritu de rebeldía y de protesta, etc. Análogamente a lo que ocurre con la ambición, que la hacemos degenerar por asociarla a condiciones externas, convirtiéndola así de buena en perjudicial y mala, sucede con estas otras formas: solemos asociarlas a determinados tipos de conducta. Así, el egoísmo, por ejemplo, proviene de la necesidad de vivir nuestro yo, hasta llegar a la plena concienciación de la realidad de nuestro propio ser. Sin embargo, identificamos de ordinario el llegar a esta realidad con la condición de poseer muchas cosas, excluyendo a los demás, de no pensar más que en nosotros mismos, etc., como si sólo entonces pudiéramos sentirnos más a nosotros, estar más cerca de nuestro centro.

Ahora bien, en rigor, la realidad de mi yo no depende en absoluto de ningún hecho de conducta externo, sino tan sólo de un estado mental: de que la energía reprimida pase a convertirse en energía consciente. Y, por tanto, de que mi mente se abra para vivir esa energía consciente. Entonces me vivo a mí mismo de forma directa, como capacidad, impulso, potencia, sujeto de todo lo que estoy haciendo. Y para eso es preciso que mi mente deje de estar pendiente y atada a las cosas, como si no le fuera posible sin ellas sentir el yo, y viva también la conciencia de sujeto.

Hay muchas personas que tienen experiencias más o menos profundas cuando protestan, cuando se oponen a los demás, a conductas ajenas, cuando reaccionan «en contra...». Así se establece en ellas el hábito y la necesidad de protestar. Hemos de ver en el fondo de esta necesidad un intento de llegar a vivirse más a sí mismos. Y, como dijimos hablando de la ambición, lo deficiente es sólo la forma. Por tanto, desde el momento en que tales personas vayan consiguiendo vivir la conciencia de sí mismas de un modo más directo, no necesitarán oponerse. De modo «directo» quiere decir por evidencia, por intuición, a través de un gesto inmediato de percepción que no utiliza el razonamiento. Así como cuando una de esas personas contradice se abre a la noción de que es más ella misma, experimenta su yo, de igual manera se trata de aprender a sentir ese «más yo» sin tener que contradecir a nadie, sin subordinar la toma de conciencia directa del yo a una circunstancia concreta y externa, como lo es la de «oponerse»; sino vivirse uno a sí mismo en todo, y en sí mismo, independientemente de todo, porque, aparte de todo lo demás, cada uno sigue siendo sí mismo. Según vaya consiguiendo esta apertura interior hacia la concienciación de sí mismo, irá independizándose de la necesidad de protestar, y recogiendo la esencia positiva que encierra el gesto de reaccionar en contra.


6. Comprender un poco mejor a la gente
Finalmente, el conocimiento de que toda persona cuando piensa en sí misma lo hace mediante su yo-idea, nos proporciona un medio muy útil para tratar a la gente con mayor acierto, lo mismo a nuestros familiares, vecinos, amigos que a todo género de personas con quienes nos ponga en contacto nuestra vida de relación.

Todos ellos viven con el mismo impulso primordial, iguales necesidades básicas, y parecidos condicionamientos que cada uno de nosotros: todo lo que yo tengo -la necesidad de desarrollar mi afirmación, el yo-idea con sus exageraciones y sus identificaciones, el yo-idealizado, etc.- lo tenemos todos. El aprender a ser consciente de este mundo interior que existe en mí, a ver con claridad de modo intuitivo y directo cómo funciono con mis impulsos básicos, mis cualidades y también con mis defectos por no haber aprendido desde un principio a evitarlos, me irá haciendo caer en la cuenta progresivamente del porqué, del modo de ser de los demás, aceptándolo como cosa normal y necesaria. El juzgar mal a los demás proviene de no comprenderse uno a sí propio, pues como yo no acepto mis propias equivocaciones y manera falseada de vivir ni soy directamente consciente de ello, no podré caer en la cuenta de que los demás son víctimas, inconscientes también, de su deficiente formación, y estaré inclinado a ver en muchas acciones y actitudes del prójimo sólo su mala intención, que exorbita su valer o que vive en las nubes.

Pero hay más. A medida que, mediante el trabajo interior de que hablamos en este libro, me voy haciendo consciente de que yo vivo básicamente lo mismo que cada uno de los otros, me voy también acercando a ellos, encontrándome -yo con ellos- en la cercanía inmediata de quien vive unido a los demás por un vínculo que nos hace coincidir a todos en lo más profundo, en lo más hondo, vivo e íntimo de nuestro ser, mientras que lo que nos separa es lo más externo, lo más diferenciado y accidental.

Cuanto más profunda es una necesidad, más igual a la del «otro». En el instante en que me hago consciente de las motivaciones profundas que surgen de mi interior, me siento inmediatamente próximo a los demás, amigo y familiar de los otros, participo de su naturaleza y de sus necesidades. No siendo así, es muy difícil y muchas veces puramente artificial sostener una relación sincera y una amistad verdadera y profunda.

Otro punto muy interesante que conviene no olvidar cuando tratemos a los demás es que siempre que hablan o escuchan lo hacen utilizando su yo idea, es decir, los valores que su mente ha añadido a su yo y que son los mismos o parecidos a los que han formado mi yo-idea. Por lo tanto, al dialogar con ellos hemos de dirigirnos no a ellos, sino a su yo-idea, respetando esos valores, ya que de lo contrario nos exponemos a herirlos, o nos alejamos del diálogo desconociéndolos. La utilización de esta táctica nos hará entrar más fácilmente en contacto con ellos, poniendo las bases para una relación más sólida y provechosa. Y hasta, si sabemos tratar hábilmente con su yo-idea, podremos, en muchas ocasiones, manejar la situación, conduciéndola a nuestros fines.




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