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CAPÍTULO I I I
LA RELAJACIÓN COMO BASE DE DIVERSAS TÉCNICAS DE MEJORAMIENTO PERSONAL

INTRODUCCIÓN


NECESIDAD DE PROFUNDIZAR EN LA RELAJACIÓN
En este capítulo vamos a hablar de cómo aprovechar mejor el estado de relajación general consciente para mejorar la salud y el carácter, para ahondar más en el conocimiento de sí mismo y otras varias aplicaciones de gran utilidad. Aunque de por sí la relajación ya produce unos efectos generales excelentes en todos sentidos -en un sentido físico, en un sentido de estado de ánimo, y de tranquilidad mental- por el simple hecho de estar un rato en relajación consciente, no obstante se puede aún profundizar mucho más este estado de relajación y con ello obtener nuevos y mayores rendimientos en múltiples direcciones de especial interés y utilidad.

De hecho la relajación profunda es una puerta de entrada a una serie de posibilidades extraordinarias en cuanto a rendimientos nuevos de la persona. Pero esto requiere que la relajación se aprenda a hacer bien, que se consiga de veras llegar a un grado de relajación general profunda. Y para lograrlo hay que hacer hincapié en la necesidad de que se examine bien qué pasa durante la relajación, que se vayan puliendo los defectos, que se vayan aclarando las dificultades que se encuentran para llegar a una auténtica relajación profunda. No contentarse con hacerlo más o menos; las cosas hechas más o menos no pueden dar resultado y es una lástima no aprovechar una herramienta extraordinaria de trabajo que tenemos en las manos por no aprender a utilizarla mejor.

Lo que hace que la relajación general consciente sea una puerta de entrada a una serie de posibilidades de trabajo y de transformación enormes, es el estado especial en que se encuentra la mente en relación con el resto del psiquismo. Nosotros en nuestra vida diaria no nos damos cuenta, pero estamos utilizando tan sólo un pequeño sector de nuestra mente, la parte más externa. Y como este sector de la mente ha ido desarrollándose precisamente a través del contacto con el mundo exterior, de desenvolverse en él, de luchar o adaptarse a él, ha hecho que todas nuestras facultades mentales se fueran desarrollando al servicio de esta función, la función de regular nuestro contacto con el mundo exterior. Esto ha producido un notable desarrollo de este sector externo de nuestra mente, pero al mismo tiempo se han relegado prácticamente al olvido todos los demás sectores que hay en ella. Y así el hombre se ha ido alejando de su propia naturaleza, de la mente que está rigiendo su propia vida a través de delicados mecanismos de regulación neurofisiológica, de unas funciones psíquicas más internas, más profundas, y al mismo tiempo incluso de unas maravillosas facultades de tipo superior.

El hombre está monopolizado por la preocupación de su vida diaria, de resolver sus contactos personales, de manejar los hechos exteriores y por esto el hombre es cada vez más extraño a sí mismo y más extraño a la vez a esas magníficas posibilidades que a través de todos estos niveles internos podría desarrollar.

En la relajación, en cambio, se produce por unos instantes la neutralización de este estado de monopolio, casi obsesivo, en relación con la vida exterior. En la relajación se consigue que la mente se aísle, que cese en esta actividad exclusiva hacia el mundo exterior, y que se interiorice. Esta interiorización permite que la mente consciente, es decir, el foco consciente de la mente, se ponga en contacto con otros sectores de la misma mente. Estos sectores son:
- En primer lugar, nuestra mente vegetativa;

- en segundo lugar, nuestros niveles subconscientes mentales;

- en tercer lugar, un nivel más profundo de nuestra mente consciente, de tipo horizontal, a la misma altura que la mente consciente,

- y finalmente, unos sectores de tipo superior, a los que englobamos con el nombre de superconsciente y que normalmente permanecen completamente ignorados.

MÉTODOS PARA PROFUNDIZAR LOS ESTADOS DE CONCIENCIA
Las antiguas escuelas
Cada uno de estos sectores es un mundo de posibilidades, es un mundo de rendimientos latentes. En realidad este estado en que el foco consciente de la mente se desconecta de la fijación exclusiva en el mundo exterior y sus preocupaciones para contactar con todos los demás sectores, es el estado ideal que desde todo tiempo se ha estado buscando de una manera más empírica o más científica, pero que siempre ha constituido el objetivo de quienes han buscado la transformación superior del hombre. Ya desde muy antiguo, las escuelas de Egipto, de la India y de otras civilizaciones, trataban de conseguir en los aspirantes este estado profundo mediante unas disciplinas, unos rituales, unos entrenamientos que no eran nada más que una preparación para que con ayuda de los sacerdotes, de los magos, o de las personas que ya vivían algunas de estas posibilidades superiores, pudieran ser receptivos a la toma de contacto con esas nuevas fuerzas interiores.
La hipnosis
Más adelante, este mismo estado es el que se buscó y consiguió, a través de los procedimientos clásicos de la hipnosis. Empezó con Charcot y durante unos años proliferó en una numerosa serie de escuelas y subescuelas. Producía efectos extraordinarios en las personas, con curaciones realmente fantásticas, curaciones reales de trastornos que eran rebeldes por completo a toda clase de tratamientos y que se conseguía eliminar de manera definitiva en un tiempo récord. No obstante, a causa del aspecto puramente empírico que tenía la hipnosis pasó al olvido, como consecuencia de las críticas acerbas de que fue objeto por parte de otros científicos y porque la investigación de los terapeutas se orientó hacia otros caminos.

Últimamente la hipnosis ha sido revalidada, ha sido reconsiderada y ha sido reincorporada a las técnicas de la moderna medicina. Desde hace unos 25 ó 30 años surge floreciente en casi todos los principales centros de estudios clínicos, tanto en el aspecto de psicoterapia como en algunos aspectos auxiliares de la medicina general y de la cirugía. No olvidemos que fue también partiendo de la hipnosis como surgió el psicoanálisis.


Las primeras investigaciones psicoanalíticas de Freud partieron inicialmente de trabajos y de terapéuticas hipnóticas.

Después han surgido las escuelas de autohipnosis que tratan de hacer que el sujeto, por sí mismo, induzca en sí estos estados profundos para que a través de ellos pueda producir unos cambios profundos sea en su psiquismo, sea incluso en su organismo.


La autorrelajación concentrativa de Schultz
Paralelamente a esto han surgido también las técnicas profundas de relajación, ¡as técnicas llamadas científicas. Surgieron simultáneamente en Alemania y Estados Unidos. En Alemania con Schultz, quien a partir de la hipnosis estudió cuáles eran los fenómenos que siempre se presentaban en todos los sujetos hipnotizados.

La hipnosis tiene los inconvenientes de que necesita un operador, de que las personas tienen un grado distinto de sugestionabilidad y de que en algunos casos llegar a un estado de hipnosis requiere varias sesiones y siempre, en todo caso, mucho tiempo de práctica. Además, la hipnosis tiene el inconveniente de que el sujeto queda por completo dependiendo del hipnotizador y en este sentido limita, disminuye la capacidad de autodeterminación. La persona no es dueña de sí misma, sino que ha de entregarse en manos de otra persona, aunque sea con fines terapéuticos. Schultz pretendió, a partir de la observación de los fenómenos que se producen en la hipnosis, desarrollar un sistema de autoadiestramiento, de entrenamiento que permitiera llegar exactamente al mismo grado de estado profundo que en la hipnosis, pero que fuera el mismo sujeto el que aprendiera a ponerse en él a voluntad. Así surgió el entrenamiento autógeno o la autorrelajación concentrativa de Schultz que pasa por las fases típicas que se experimentan en la hipnosis, primero la sensación de tranquilidad, luego sensación de peso, de calor, respiración tranquila, sensación del corazón que late fuerte y regular, una sensación de calor general, sensación de la frente fresca, etc.


El método de Jacobson
Paralelamente al método de Schultz surgió en Estados Unidos el método de Jacobson, quien, como él, también vivía el problema de las tensiones con todas las secuelas que esto tiene en el hombre moderno. A partir de unos estudios de fisiología que él se dedicaba a hacer, aprendió y descubrió el modo sistemático de llegar a una relajación profunda, pero por otro camino distinto. El método de Jacobson consiste en hacer que la persona tome conciencia de su capacidad de tensionar, de poner en tensión sus músculos. Hace que la persona se dé cuenta de cómo está apretando algo y le hace, por ejemplo, flexionar la mano, el puño, y así sucesivamente diversos músculos que después le obliga a soltar. La persona se da cuenta de la sensación que tiene cuando aprieta y la sensación que tiene cuando afloja. De esta forma la persona aprende a conmutar el estado de tensión por un estado de distensión, aprende a ser consciente de lo que ocurre cuando está apretando algo y cuando aquello está suelto. Esto le capacita para tomar conciencia de las tensiones en la vida diaria y para poder entonces aflojarlas en la misma vida diaria. El aprendizaje de Jacobson requiere, pues, este entrenamiento de tensión y distensión sistemática a través de todos los principales grupos musculares.

El método de Schultz va mucho más lejos, porque no sólo pretende esta relajación meramente muscular, sino que trata de inducir un estado psíquico de ensimismamiento, de profundidad, que permita un acceso a las zonas profundas del psiquismo. Por esto la técnica de Schultz es, sobre todo, una psicoterapia. En cambio, la técnica de Jacobson es principalmente una fisioterapia, terapéutica de tipo físico, que va ordenada directamente a lo físico, aunque indirectamente tenga sus repercusiones sobre lo psíquico.

A partir de la técnica de Schultz han venido después muchas modificaciones en las que, por ejemplo, se combina la relajación con ciertos estados de sugestión o con estados de hipnosis. Otras veces se estudian las dificultades que tiene la persona durante la relajación cuando provienen de la resistencia a aflojar determinadas zonas. Entonces se utiliza aquella resistencia para dialogar con el médico, ya que cada resistencia muscular responde a una actitud psíquica de defensa o de miedo; o sea que se combina entonces una especie de análisis de su estado, de su situación y de su actitud con la técnica de relajación progresiva. Éstas son algunas de las numerosas variantes que han ido surgiendo modernamente.
La escuela de Sofrología
Aún más recientemente se ha creado la escuela de Sofrología, que es toda una ciencia que se centra en el estudio de los estados de conciencia y que estudia todos los medios que, de una manera u otra, consiguen modificar el estado de conciencia. La Sofrología, por un lado, estudia las técnicas de relajación, las técnicas de hipnosis, pero también se interesa por las técnicas orientales, y el fundador de la Sofrología, que es el Dr. Alfonso Caycedo, de Colombia, él mismo personalmente ha ido a la India y se ha pasado cerca de dos años visitando todos los principales centros de la India en donde se practican técnicas de yoga, para estudiar en el propio terreno y con los mismos maestros cuáles son sus procedimientos y, sobre todo, sus resultados. Porque si bien en la India se practica el yoga con una finalidad espiritual, a fin de conseguir la realización del yo espiritual y la unión con Dios, sin embargo existen hoy en día centros en los que se aplica el yoga a la curación de trastornos físicos diabetes, trastornos intestinales, etc., y también trastornos de tipo psicológico: neurosis y otros problemas similares, obteniendo, según parece, resultados excelentes.. Pues bien, también la Sofrología trata de una manera u otra de conseguir estados profundos que ella denomina estado de sofronización.
Escuelas esotéricas y de parapsicología
Otras escuelas han buscado también este mismo estado, escuelas de tipo más o menos esotérico y psíquico, que tratan de desarrollar determinadas facultades psíquicas. Muchas técnicas de los chamanes, que son los magos de grupos o pueblos de civilizaciones consideradas como primitivas, son capaces de producir unos efectos reales y estupendos de curaciones, y para ello se sirven, como punto de partida, de este estado de ensimismamiento durante el cual consiguen una capacidad extraordinaria de rendimiento y, en este caso, de influencia sobre otras personas y aun, al parecer, sobre determinadas fuerzas de la naturaleza.

Igualmente trabajan, provocando este estado, las escuelas que tratan de desarrollar facultades no manifiestas normalmente en las personas y que constituyen el dominio de la moderna parapsicología, tales como las facultades de clarividencia, la captación de la mente de otras personas, la capacidad de producir movimientos o influencia sobre la materia a distancia, en fin, todo este extenso campo de fenómenos paranormales. Aunque esta ciencia en tanto que ciencia está todavía en su infancia, no obstante está demostrado que existen estos fenómenos, y está demostrado no solamente por observación empírica, sino a través de métodos estadísticos gracias sobre todo a las observaciones iniciadas por el Dr. Rhine, el cual, mediante métodos exhaustivos, demostró la existencia del factor que él llama ESP, o de percepción extrasensorial.

Y por último, es este mismo estado el que buscan las tradiciones orientales como punto de partida para un perfeccionamiento y un desarrollo superior del hombre, y para el descubrimiento de sus realidades espirituales: técnicas Zen y las técnicas de los yogas, etcétera.

Por tanto, este estado de relajación profunda es un estado clave. Sin embargo, no es, como podrían creer algunas personas, el estado terminal, el estado final, sino que en realidad es un nuevo punto de partida. Por esto, vale la pena por un lado trabajar para conseguir el estado de relajación realmente profunda y por otro, estudiar qué se puede seguir haciendo luego para obtener, además de los beneficios derivados naturalmente de la simple práctica de la relajación, otros efectos más amplios que a uno le pueden ser muy importantes.

REQUISITOS FUNDAMENTALES PARA LOGRAR UNA RELAJACIÓN POSITIVA
Para que se pueda convertir en técnica de trabajo la relajación profunda requiere dos requisitos fundamentales. En primer lugar que esta relajación sea real, es decir, que haya una relajación física completa, un estado de ánimo completamente tranquilizado, y una mente totalmente serena. El segundo requisito, que se ha de cumplir simultáneamente, es que durante este estado uno aprenda a mantener una conciencia completamente lúcida de sí mismo. O sea, que no se trata de un atontamiento, de un estar medio dormidos, de una duermevela, sino que se trata de estar perfectamente conscientes, perfectamente lúcidos, pero en un estado absoluto de no acción, en ningún sentido.

Este estado se puede alcanzar mediante la práctica sistemática, paso por paso, de las distintas fases de la relajación. Y es por esto que yo insisto en que los aprendizajes se tomen realmente en serio y que se traten de resolver las dificultades que surgen en cada paso.

Esto requiere una práctica hecha con cuidado y hecha con regularidad. Cuidado para que realmente se atiendan todos los aspectos de la relajación, regularidad porque es el único modo de mejorar los aprendizajes. Entonces se van ahondando, cada vez más, los estados que se van consiguiendo.

Cuando la persona adquiere un entrenamiento sistemático entonces en pocos segundos consigue un estado de relajación profunda, un estado de tranquilización total. Lo que ahora en media hora no se consigue, cuando uno está bien entrenado lo logra perfectamente en dos o tres minutos.

I. LA RELAJACIÓN Y EL MEJORAMIENTO DE LA SALUD
ORIGEN DE LOS TRASTORNOS FUNCIONALES
En el estado de relajación, el foco consciente de la mente se pone en contacto, se sintoniza con todos los demás sectores de la mente que normalmente permanecen ignorados y que funcionan desconectados en la vida diaria. El primer foco hemos dicho que es el de la mente vegetativa. La mente vegetativa es la que cuida de dirigir y regular todas las funciones del cuerpo, es la que nos hace vivir en nuestra dimensión biológica. El problema de los trastornos funcionales proviene de que la persona rechaza unas situaciones determinadas de su vida cotidiana, no se adapta a ellas, se resiste, se cierra. Y este rechazo psicológico u oposición al no poder expresarlo exteriormente la mayor parte de veces, porque las circunstancias o las convenciones sociales se lo impiden, produce a su vez una actitud interior de cierre o de replegamiento de todo lo que es lenguaje orgánico, de lo que es la expresión orgánica de la vida. La vida se vive paralelamente en la mente y en el cuerpo, y eso da lugar a una interrelación permanente. Cuando hay una actitud de huida o de rechazo hacia algo, esta actitud es simultánea en la mente y en el cuerpo, y por esto vemos cómo todas las emociones y todos los estados mentales se reflejan en el cuerpo.

Cuando una actitud de rechazo o de protesta se establece dentro de un modo permanente, entonces no sólo la mente consciente se pone tensa y crispada, sino que el mismo cuerpo expresa este rechazo crispando ciertos grupos de músculos, que producen alteraciones en determinadas funciones fisiológicas. La mente aprende a aparentar que todo sigue igual, pero interiormente se mantiene aquella oposición, el cuerpo mantiene aquella crispación. El resultado es que aunque la persona siga funcionando con apariencias de normalidad, la contraparte orgánica sigue protestando, sigue en actitud de cierre. Y esta crispación muscular y nerviosa acaba produciendo un bloqueo en determinadas funciones o secreciones orgánicas, dando así origen a trastornos funcionales que inicialmente no obedecen a ninguna lesión concreta, sino que son simple manifestación de una actitud de disconformidad y de protesta profunda ante situaciones de la vida. Y esta actitud puede mantenerse durante años.

Esta correlación de la actitud consciente con la expresión orgánica se hace a través de lo que podemos llamar la mente vegetativa. En el momento en que se produce el estado de relajación profunda, nuestro foco consciente, que normalmente está preocupado y obsesionado exclusivamente por el quehacer externo, y por lo tanto, no sabe nada de lo que ocurre en la mente vegetativa, en ese momento, digo, la mente consciente se sintoniza con el sector vegetativo y por esto es entonces cuando conscientemente, deliberadamente se puede actuar sobre la mente vegetativa, y por lo tanto, influir sobre ella, para modificar o corregir el funcionalismo orgánico.

INFLUENCIA DE LA MENTE CONSCIENTE SOBRE LA MENTE VEGETATIVA


Eso se ha comprobado en estados de hipnosis combinados con la sugestión. A este propósito el Dr. Caycedo explica un experimento muy significativo. A una persona se le da agua en estado de sofronización o sea, en estado de hipnosis profunda. Se le da agua, pero se le dice que es leche; por tanto, la persona bebe el agua, pero saborea y tiene esta sensación pastosa propia de la leche. En el momento en que ha bebido el agua se le hace un sondaje estomacal y entonces se comprueba que en el estómago hay secreciones que sólo se segregan frente a la leche. Piensen que esto es sumamente interesante porque ya no se trata simplemente de hacer creer una cosa u otra, sino de ver como el organismo reacciona fisiológicamente ante dicha idea a través de la mente vegetativa. Precisamente este fermento que aparece frente a la leche no aparece frente a ningún otro alimento, y por esta razón dicho experimento es una prueba concluyente de la influencia de la mente sobre las funciones más sutiles y diferenciadas del organismo. Ya es sabido que a través de la sugestión se pueden producir parálisis y se pueden curar parálisis; se pueden producir quemaduras y se puede producir una insensibilidad a la quemadura, y no sólo tina insensibilidad en el caso de heridas leves sino incluso una ausencia de salida de sangre. Se pueden producir, en fin, una serie de resultados extraordinarios. Las leyes fisiológicas normales quedan no abolidas, pero sí alteradas profundamente. Parece como si nuestra fisiología fuera una prolongación de la mente.

Todo esto son solamente muestras de la capacidad de poder influir a través de la mente vegetativa. En el estado de relajación profunda nos ponemos en contacto con esta mente vegetativa y podemos actuar sobre ella directamente. Lo cual quiere decir que esto pone a nuestro alcance la capacidad de regular nuestro funcionamiento fisiológico hasta un grado extraordinario según la práctica que uno adquiera, si uno aprende a hacerlo bien.

De hecho esta acción a través de la mente vegetativa podemos aplicarla, en primer lugar, a tratar toda clase de trastornos funcionales. En segundo lugar, a modificar o suprimir los hábitos perjudiciales, los hábitos cuya fuerza radica en una habituación orgánica, no solamente los hábitos de acciones puramente psicológicas, sino aquellos hábitos que tienen una repercusión o que producen un condicionamiento fisiológico, como pasa con las drogas, o con el tabaco. Y en tercer lugar, además de curar los trastornos funcionales de todo tipo y de poder modificar y eliminar totalmente los hábitos perjudiciales, permite elevar el tono vital.

LOS PROCESOS DE RECUPERACIÓN


La primera aplicación de la relajación es que permite acelerar el proceso de recuperación orgánica en los casos de enfermedad de cualquier tipo que sea.

Durante la recuperación lo que interesa es que la zona afectada aumente su vitalidad, es decir, el funcionamiento de la energía y de toda la actividad vitalizadora que está funcionando alrededor del órgano o del conjunto de órganos trastornados. Cuando se tiene una enfermedad, en realidad, todo el organismo se organiza alrededor de la región afectada para facilitar su curación. Ahora bien, uno puede, mediante la acción mental vegetativa, hacer que este proceso de ayuda aumente. Hay una experiencia que se puede hacer cuando uno domina un poco la relajación profunda, y que consiste en alterar a voluntad la circulación sanguínea de una mano, de un pie. Estando en relajación, si uno mentalmente se forma la idea clara de que esta mano está poniéndose más caliente, al cabo de un rato esta mano está más caliente, y no es una sugestión, se ha comprobado que puede existir más de un grado de diferencia entre una mano y la otra.

Pues bien, éste es el mecanismo básico. Se trata de hacer que, durante el estado de relajación, las inspiraciones sean un poco más profundas y entonces hacerse la imagen mental -la mente juega siempre el papel de conductor y de inductor-, hacerse la imagen de que se manda más calor, más energía a aquella zona afectada, para vitalizarla. Al inspirar aumenta la sensación de energía. Basta imaginarse simplemente que esa energía que uno está inspirando la envía con preferencia a aquella zona determinada. Cuando uno está en relajación profunda puede sentir las zonas por dentro, uno tiene la sensación de la mano, del pie, del vientre o de la zona que sea, directamente y por dentro. Pues bien, hay que imaginarse aquella zona, visualizarla, sentirla, y mandar allí esa energía que uno siente al respirar, para que aquella zona se vitalice y adquiera más fortaleza.

No se crea que esto es muy complicado; aquí lo único complicado que hay, es conseguir el estado de relajación profunda, porque este efecto de influir en la circulación sanguínea, por lo tanto, en el calor de unas zonas, es facilísimo. Cuando uno consigue el estado de relajación profunda todo se reduce simplemente a pensar en aquello, y la voluntad, que no es una voluntad activa de esfuerzo sino que es un ver y querer mentalmente que sea así, sin crispar nada, inmediatamente produce el efecto. No se trata sólo de que uno cree que la cosa es así sino que literalmente se modifica la circulación; y es así, por sugestión, como se ha conseguido producir también ulceraciones, estigmas, quemaduras. Por ejemplo, echándole a una persona agua helada y diciéndole que era agua hirviendo, estando con los ojos vendados, se le produjo una quemadura general de segundo grado.

Realmente la mente vegetativa es la que dirige todos los procesos fisiológicos. Por tanto, el mismo poder que nos hace enfermar, es el que nos permite curar cuando aprendemos a dirigirlo, a manejarlo. No estamos empleando ningún poder extraño sino que es el mismo que ya nos está haciendo vivir, solamente que nuestra actitud mental habitual nos mantiene alejados de él y por esto nos suena a cosa mágica y extraña a pesar de que está funcionando en nosotros desde incluso antes de haber nacido.

O sea que para revitalizar alguna parte del organismo o para conseguir una pronta recuperación, el procedimiento es el siguiente: Colocarse en estado de relajación profunda haciendo que la respiración sea un poco más profunda y procurando retener la inspiración dentro unos instantes. Entonces imaginar, visualizar, que esta energía uno la envía a tal zona determinada. A continuación espirar lentamente y notarán cómo en aquella zona hay una sensación de calor y de vibración. Y eso se hace durante unos diez minutos. Si pueden hacer dos sesiones mejor, notarán como los efectos son muchísimo más rápidos. Esta revitalización es válida para toda clase de trastornos en los que hay un déficit de energía y en aquellos en los que se requiere un aumento de las defensas para eliminar un foco infeccioso. Pero todo esto no nos exime de la atención médica correspondiente. En ningún caso la persona enferma deberá pretender sustituir al médico. Lo que aquí exponemos es tan sólo una ayuda complementaria a la acción terapéutica que el especialista clínico nos ordene. Incluso es muy conveniente que el enfermo le pida autorización a su médico para toda práctica de relajación profunda.

LOS TRASTORNOS FUNCIONALES
En cuanto a los trastornos funcionales, hay un cuadro enorme de ellos. Los más típicos son quizás los del aparato digestivo, con sus digestiones difíciles, con su acidez de estómago, que si no se resuelven bien acaban por convertirse en una úlcera. Existe también el problema de la eliminación, el estreñimiento, o el problema de diarreas, o colitis. Todo esto se puede solucionar completamente. Al fin y al cabo cuando la persona tiene estreñimiento se ha comprobado -la medicina psicosomática ha ido recogiendo observaciones superabundantes en este sentido- que siempre responde a una actitud psíquica; hay un paralelismo entre funciones fisiológicas y psicológicas. El estreñimiento corresponde a la persona que se retiene por dentro, que tiene miedo de salir, que se encuentra en situaciones que vive como peligrosas, y ante esta situación peligrosa se inhibe, se repliega dentro. Esta persona la mayoría de las veces reacciona orgánicamente, según su lenguaje orgánico digestivo, mediante una inhibición de lo que es el movimiento peristáltico normal que estimula la eliminación.

El estado de relajación profunda casi siempre suele ya de por sí aliviar esto automáticamente, porque por unos instantes permite que haya una tranquilidad profunda y entonces las capacidades naturales que hay en nuestro organismo regularizan las funciones. Pero esto se puede acelerar mucho más cuando en estado de relajación profunda uno se forma la idea y la imagen de que las funciones de eliminación funcionarán regularmente, o sea, uno visualiza que por la mañana a tal hora sentirá la necesidad de eliminar de un modo natural. Se trata, pues, de la idea y de la sensación, la idea-imagen no sólo externa, sino acompañada de la sensación de que hay la llamada intestinal, la llamada orgánica para evacuar. Esta formulación requiere algunos instantes para hacerla, pero es suficiente, para que produzca resultados, que se haga durante tres o cuatro días seguidos. Esto es suficiente para que la cosa quede solucionada, con tal que después se siga practicando la relajación profunda, o sea, que se permita que el organismo, y por lo tanto, la mente profunda, tenga también unos instantes de distensión.

El mismo procedimiento es aplicable a los problemas circulatorios. Estos trastornos se manifiestan a veces en dolores de cabeza, a veces en dolores precordiales, o la falsa angina de pecho propia de la persona que tiene o cree tener mucha responsabilidad. En estos casos, en el momento de la relajación profunda hay que visualizar la zona correspondiente imaginando que el sistema orgánico funciona estupendamente bien y que ante las situaciones externas difíciles uno reacciona con soltura y plena tranquilidad.

Lo que es imposible, y esto es muy importante comprenderlo bien, es curar los trastornos funcionales sin curar al mismo tiempo la actitud psicológica, porque el trastorno funcional no es nada más que un reflejo orgánico de la actitud psíquica. Ya veremos luego cómo la relajación actúa de por sí sobre el estado de ánimo y además estudiaremos el modo de influir sobre nuestro carácter. Pero ahora, como estamos en el capítulo de la mente vegetativa, hemos de tratar este aspecto. No obstante, es necesario que se sepa que ningún trastorno funcional puede curarse aisladamente. Podemos condicionar a nuestra mente vegetativa para que haga funcionar bien el organismo, pero si subsisten las actitudes negativas, las actitudes psíquicas conscientes de tensión, de miedo, de crispación, éstas volverán a repercutir sobre el cuerpo y volverá a reproducirse de nuevo el trastorno. Por lo tanto, la acción se ha de hacer paralelamente en la mente vegetativa y luego en nuestra mente subconsciente, a fin de que se modifique nuestra actitud psíquica. Este aspecto lo trataremos más adelante.

Digo esto porque hay mucha ignorancia en este sentido. Las personas reconocen difícilmente sus defectos, reconocen difícilmente sus puntos débiles. Por el contrario, se convencen con mucha facilidad de que ellos lo hacen todo muy bien y que en realidad es el organismo el que funciona mal, como si el organismo fuera algo extraño que les molesta. No se dan cuenta de que el organismo no hace nada más que responder a su modo de ser. El organismo es un elemento pasivo, es un elemento que refleja. La mente vegetativa sigue los dictados del psiquismo general y, por lo tanto, no es nunca -me refiero a los trastornos funcionales, pues es distinto en las lesiones exteriores o en las enfermedades congénitas- no es nunca, digo, el organismo el que se interpone en el camino; nuestro organismo simplemente está expresando lo que la mente se niega a querer expresar.

Por tanto, siempre que nos encontremos con trastornos funcionales sabemos que esto significa que la persona en su actitud tiene algo que arreglar, y que debe ser arreglado.

LOS HÁBITOS PERJUDICIALES
Hábitos perjudiciales hay muchos, desde las drogas hasta los más inofensivos de morderse las uñas, de comer excesivamente, o comer determinados alimentos que son perjudiciales para uno. El procedimiento básicamente consiste en que, a partir del estado profundo, uno se represente con toda claridad que rechaza hacer aquello, y que en el momento de rechazarlo uno se siente con una gran euforia, con un gran bienestar, de tal manera que gracias a este bienestar, a esta satisfacción, a esta euforia vital ya no necesita ningún sucedáneo que le dé satisfacciones.

Muchas veces estos hábitos son la expresión de una compensación, es decir, hacen el papel de una compensación; compensación por el fracaso que la persona tiene en otras cosas en las que buscaba satisfacción. Problemas, por ejemplo, de frustración afectiva, problemas de fracaso profesional o social, problemas de inferioridad. Esto hace que la persona busque entonces una satisfacción sea a través de lo sexual, sea a través del alcohol, sea a través de las drogas. Luego las drogas o los hábitos ejercen ya su propia función de condicionamiento. La raíz de todo esto es inicialmente un disgusto o un displacer que uno ha tratado de compensar mediante un placer. Por esto el procedimiento consiste en que uno, en este estado de relajación profunda, vea con claridad que rechaza por completo aquel acto y que el hecho de rechazarlo le produce una gran euforia. Esta euforia será la que le permitirá de hecho pasarse sin aquello.

Es mejor este procedimiento que no simplemente lo que tendería a formular nuestra mente racional: «no, porque es malo; no conviene; es perjudicial». No es éste el camino. Nuestro mecanismo vegetativo funciona a través de la ley del placer de acuerdo con una mentalidad muy elemental: tiende a hacer todo aquello que le da satisfacción, rehúye todo lo que le significa dolor. Por lo tanto, asociemos lo que queremos hacer a una sensación viva de satisfacción, no al sentido o a la noción del deber. Simultáneamente podemos también asociar el hábito que deseamos eliminar a una sensación de asco, de repugnancia, de rechazo. Rechazo o asco, no por razones éticas, sino porque éste es el lenguaje vegetativo, y esto es más efectivo para el condicionamiento de la mente vegetativa que todos los razonamientos éticos, estéticos, sociales o religiosos.

En resumen, se trata de asociar la sensación de satisfacción al hecho de no repetir el hábito, y el dolor o la repugnancia al hecho de reincidir en él. Esto requiere ser hecho durante un tiempo, de dos o tres meses. Si la relajación es profunda, con mucho menos se habrá solucionado la cosa, pero cuando se tiene un hábito que está enraizado profundamente no está de más que uno prolongue el condicionamiento contrario como refuerzo suplementario incluso hasta un mes o dos más allá del momento en que parece que el hábito ha sido ya vencido.

AUMENTO DEL TONO VITAL
Por último hablaremos sobre el aumento de la euforia vital. El procedimiento es muy elemental y sencillo. Consiste en mantener el estado de relajación profunda combinado con el ritmo respiratorio. Siempre que se trate de aumentar el factor de energía o de euforia, ya sea energía en el aspecto funcional orgánico, o euforia en el aspecto subjetivo psíquico, hay que asociarlo con una respiración un poco más profunda. Entonces formular la idea y la evocación de un estado de satisfacción fisiológica, de goce fisiológico, de bienestar físico: todo yo que me siento funcionar cada vez mejor. Se debe evocar la sensación general y al mismo tiempo visualizar esta idea. Y cada vez me sentiré funcionando mejor. La forma de manejar esto es siempre a través de la idea, pero utilizando también la imagen y la sensación.

Hacerlo sólo a través de razonamientos no sirve para nada. La idea ya produce algún efecto de por sí, puesto que es con ideas que trabaja nuestra mente consciente y tienen su repercusión más o menos indirecta en nuestra mente vegetativa. Pero aún es mucho más efectivo para nuestra mente vegetativa la evocación directa de estados, de sensaciones y las visualizaciones; éstos son los elementos que hay que manejar, y, por consiguiente, éstos son los factores que hay que retener y mantener durante el trabajo de acción profunda.

Con esta labor, hecha a título preventivo, podemos conseguir prácticamente un notable ahorro en médicos y medicinas, pero sobre todo, lo más interesante es el poder aprovechar al máximo la capacidad de recuperación que es inherente a nuestra misma naturaleza.

Hasta ahora hemos hablado solamente de uno de los cuatro sectores de la mente que enumeramos al principio de este capítulo. En los próximos artículos iremos viendo los restantes sectores.

INDICACIONES ESPECÍFICAS DE LA RELAJACIÓN SISTEMÁTICA EN EL TRATAMIENTO DE ENFERMEDADES
Además de la acción general benéfica sobre todo el organismo y sobre la mente, la relajación profunda tiene aplicaciones más específicas en muchos trastornos orgánicos y psicosomáticos. He aquí algunas de estas indicaciones clínicas (v. «Analecta Terapéutica», número 47)
1. Sistema nervioso

Insomnio, sueño inquieto y superficial. Distonías neurovegetativas. Depresiones ciclotímicas. Alcoholismo leve. Toxicomanías. Ciertos tipos de cefaleas y neuralgias. Irritabilidad y excitabilidad nerviosa. Trastornos de la motilidad, como tics, tartamudeo, espasmos profesionales.


2. Aparato digestivo

Espasmos de esófago, de píloro e intestinales, colitis mucosa, estreñimiento espástico. Hipermotilidad e hipersecreción gástrica. Ulcus gastro-duodenal. Espasmos y disquinesias de las vías biliares.


3. Aparato circulatorio

Trastornos cardíacos orgánicos y funcionales. Neurosis cardíaca. Angor péctoris. Hipertensión arterial esencial.


4. Aparato respiratorio

Taquipnea, disnea suspirosa, asma neurógena.


5. Aparato locomotor

Estados de fatiga y agotamiento. Estado de debilidad muscular, incluyendo la convalecencia de enfermedades infecciosas y agotadoras. Reumatismo psicógeno.


6. Aparato genital femenino

Tensión premenstrual. Dismenorrea. Dispareunia, vaginismo. Frigidez sexual. Esterilidad. Hiperemesis gravídica. Dolores del parto. Trastornos del climaterio.


7. Aparato genital masculino

Debilidad e impotencia sexuales. Hipererotismo.


8. Aparato urinario

Vejiga neurógena funcional.


9. Sistema endocrino Hipertiroidismo, bocio tóxico.
10. Enfermedades del metabolismo Delgadez. Obesidad. Diabetes.
11. Enfermedades alérgicas

Todas en general.


La práctica asidua de la relajación profunda es suficiente para producir concretos alivios y en varios casos eliminación definitiva del trastorno. Pero estos efectos pueden intensificarse en profundidad y rapidez si se asocia a la práctica de la relajación la visualización mental y la formulación de ideas concretas de restablecimiento, según hemos indicado antes.

Hay otros aspectos psicológicos que pueden ser totalmente corregidos a través de la relajación, pero como pertenecen más al aspecto del carácter que de la salud, hablaremos de ellos en el próximo apartado.

Existen igualmente otras posibilidades de curación o alivio de las enfermedades a través de la acción de las energías de los niveles más superiores de nuestra personalidad. Pero para que esta acción eficaz sea posible es necesario que la persona haya cultivado intensamente sus capacidades mentales y espirituales. No podemos entrar aquí en explicaciones detalladas, pues esto desborda ampliamente el tema de la relajación. No obstante, algunas sugerencias sobre varios aspectos de este trabajo interior serán mencionadas más adelante.

II. LA TRANSFORMACIÓN DEL CARÁCTER


Dijimos que el estado profundo de relajación es una puerta de entrada a una cantidad de posibilidades enorme, y ahora vamos a detallar algunas de estas posibilidades.

En este capítulo hablaremos de una serie de procesos que se pueden hacer a través de la relajación para influir sobre la personalidad, y en particular veremos cómo se puede utilizar este estado profundo para transformar el carácter.

Pero creo que es necesario, antes de entrar en el detalle de los procedimientos a seguir, aclarar algunas ideas que normalmente se prestan a confusión. Tales son, por ejemplo: ¿Es lo mismo carácter que personalidad? ¿Qué quiere decir exactamente temperamento? ¿Hasta qué punto puede ser modificado el carácter de una persona?

EL TEMPERAMENTO


En primer lugar hay un modo de ser que depende de la estructura física de la persona. Según su modo biológico, fisiológico, así será también su modo de conducirse y de reaccionar. Así, por ejemplo, si la persona está dotada de un sistema nervioso frágil, no hay duda que esto se reflejará en su modo de reaccionar. Y si la persona tiene un aparato locomotor muy potente, sólido, esto también habrá de influir en el modo como se irá formando toda su personalidad y en la forma de enfocar los problemas; muy distinto de la persona que tiene una estructura física débil o enfermiza.

Así, pues, hay una serie de componentes fisiológicos que determinan unos modos básicos de reaccionar. A estos factores que dependen del modo físico de ser, a esto se le llama temperamento. El temperamento es el modo de reaccionar que depende de la biología de cada uno. Y porque depende del modo fisiológico de ser, por eso guarda cierta semejanza, a veces, con el de los padres, con los ascendentes.

CÓMO SE FORMA LA PERSONALIDAD
Pero la personalidad es más que esto. La persona además de este modo peculiar de ser tiene algo que es primordial, que es básico y son, por ejemplo, sus impulsos de vivir, sus impulsos de desarrollarse, sus sentimientos, la necesidad de formar parte de algún grupo, una serie, en fin, de necesidades básicas que están más allá de sus peculiaridades fisiológicas.

De hecho la persona se forma a partir de un impulso primordial de vida que, a través de las varias circunstancias de su existencia, le va permitiendo, y a la vez le empuja a desarrollar unas cualidades positivas, básicas, que son intrínsecas a nuestra naturaleza. Estas cualidades básicas que son intrínsecas a nuestra naturaleza son de tres tipos. Primero, las que se derivan propiamente del mismo impulso; por lo tanto, de ahí surge todo lo que llamamos energía, lo que llamamos voluntad, iniciativa, decisión, aplomo, seguridad, confianza en sí mismo. O sea que ese impulso se abre en un abanico de cualidades diferenciadas que tienen en común este factor energía.

Otra de las cualidades básicas es el factor inteligencia y de este factor surgen luego una serie de características como pueden ser: el tener una inteligencia más elevada o más baja, más amplia o más estrecha, más profunda o más superficial, más rápida o más lenta, más rígida o más elástica, más teórica o más práctica, el sentido de curiosidad, la capacidad de atención, de discernimiento, de lucidez. Todo esto se deriva de este principio fundamental, inteligencia, que está en nosotros.

El tercer factor es el sentimiento. Y el sentimiento primordial es el amor. Amor que en el plano físico o fisiológico se manifiesta como placer, satisfacción, euforia; que en un sentido más afectivo se transforma en amistad o cordialidad; y que en su aspecto más elevado da lugar a la buena voluntad, al espíritu de servicio, la capacidad de abnegación, el amor desinteresado. En fin, es toda una gama de sentimientos y cualidades la que surge de estos tres principios básicos porque ellos son la semilla que contiene todas las posibilidades de cada cualidad fundamental: energía, inteligencia, amor.

Así, pues, la vida es un despliegue -a través de nuestras acciones espontáneas o a través de nuestras reacciones frente al ambiente- de estas cualidades básicas. La persona necesita vivir, y vivir precisamente de acuerdo con sus imperativos fundamentales de reafirmación de sí mismo, de conservación, de desarrollo, de expansión. Y al vivir así va enfrentándose con las posibilidades y dificultades del ambiente. Por otra parte se encuentra con un equipo biológico más dotado en un sentido que en otro, se encuentra que el ambiente le es más propicio en unas cosas y más hostil en otras, y el conjunto de todas estas circunstancias que le rodean le obligan a un modo de obrar y de actuar determinado. Todo esto da lugar a una configuración personal característica que es el resultado o la suma de sus impulsos básicos, de la educación que recibe, de la autoeducación que él mismo se da y del conjunto de experiencias de todo tipo que va acumulando y que le van condicionando. A la suma de todas estas cosas, a la resultante final le llamamos personalidad.

EL CARÁCTER


Esta personalidad, rica y compleja, va adquiriendo un modo particular de expresarse y de conducirse frente al mundo. Tal estilo personal de conducta y de expresión no pone de manifiesto toda la gama de cualidades y características que la persona posee, pero los demás le ven y le conocen sólo a través de su manera especial de comportarse. Y esto es precisamente el carácter. Todos los problemas que una persona puede tener en su relación con la gente son siempre problemas de carácter -timidez, agresividad, indecisión, etc.-. Veremos la importancia de distinguir claramente los conceptos de carácter y de temperamento en seguida.

RESUMEN DE ESTAS NOCIONES


Personalidad es un concepto global, que incluye todos los aspectos, facetas y factores del modo de ser humano. Viene a ser como un inventario general de todos los rasgos personales.
Carácter es un concepto parcial. Se refiere al modo característico de conducirse una persona. Son los rasgos particulares que en su comportamiento distinguen a una persona de las demás. Es la manifestación terminal de la personalidad en relación con el mundo.
Temperamento es también un concepto parcial. Es el estilo natural de acción y de reacción según le determina su instrumento orgánico. Es el modo primario de conducta hecha abstracción de lo adquirido por toda educación e influencia exterior.
Impulsos básicos + organismo físico = Temperamento.

Temperamento + inteligencia + educación y experiencia de toda clase = Personalidad.

La personalidad en su modo concreto y particular de comportarse en contacto con lo exterior = Carácter.

ELEMENTOS FIJOS Y VARIABLES DEL CARÁCTER


Es importante esta noción por varias razones. En primer lugar porque nos hace comprender que la base del carácter siempre es positiva, ya que se funda en el despliegue de unas cualidades intrínsecamente positivas que son inherentes a nuestra naturaleza: energía, inteligencia, amor.

En segundo lugar es importante esta noción, porque nos permite distinguir lo que es un componente relativamente fijo en nuestro carácter de lo que es componente variable. Es relativamente fijo aquello que depende de nuestra herencia, de nuestra estructura fisiológica. Si yo tengo una dotación neuromuscular determinada, yo no puedo pretender ser como el que tiene una configuración muy superior a la mía o muy inferior; si tengo un sistema digestivo poderoso, todo mi sistema vital estará funcionando con una potencia, con unas exigencias, con una fuerza tremenda, y esto influirá en mi modo de ser, aunque quiera ignorarlo, y hará que yo sea distinto de otra persona; tendré unas notas, unas características particulares.

Estos factores que dependen del soma, de los factores constitucionales, son los que forman el componente relativamente fijo.

Pero todo lo que ha sido adquirido a través de la educación, o autoeducación, todas las transformaciones que se han operado como consecuencia de las experiencias acumuladas, todo esto constituye el factor variable que permite modificar el carácter.

FORMACIÓN DE LOS HÁBITOS
Mirándolo ahora desde un punto de vista más funcional, nuestro carácter se va formando a través de unos modos habituales de reaccionar ante las situaciones. Nosotros necesitamos satisfacer nuestras necesidades, y al satisfacer un impulso interior, una necesidad interior, tratamos de hacerlo siempre del modo que nos resulte más económico, que nos exija menos esfuerzo. Así, si me considero una persona con fuerza, pero que me cuesta razonar, tendré tendencia a exigir las cosas, o a ponerme en ambientes donde exigiendo las cosas me sea más fácil obtenerlas, y esto me acostumbra a un modo de actuar imperativo y directo.

Si, en cambio, tengo poca sensación de energía pero tengo una gran sensibilidad o una gran inteligencia, entonces utilizaré más bien la habilidad, la astucia, la diplomacia, y no los métodos violentos, para conseguir los mismos fines.

Así nos acostumbramos a satisfacer nuestras necesidades según los recursos de que disponemos, y según también el modo de ser de los demás. En un ambiente favorable, nos acostumbramos a considerarnos seguros porque aquello que nos hace falta nos es dado con relativa facilidad. En cambio, en ambientes hostiles sabemos que tendremos que luchar para conseguir lo que necesitamos. Así vamos adquiriendo unos modos de acción, unas tácticas, y esto crea en nosotros unos hábitos.

De este modo hemos desarrollado una serie enorme de hábitos, según las diversas situaciones en que nos encontramos. Por ejemplo, en nuestra casa nos hemos acostumbrado a actuar de una manera, con un tono, pero cuando estamos con un grupo de amigos actuamos de un modo completamente distinto y lo mismo nos ocurre en el ambiente de trabajo. Incluso cuando estamos ausentes en el extranjero, nos comportamos y reaccionamos muchas veces de una manera totalmente distinta. Pero cada vez que estamos en un ambiente similar reaccionamos del modo a que estamos acostumbrados en aquel ambiente. Así se van formando los hábitos.


INFLUENCIA DE LOS PATRONES MENTALES SOBRE LOS HÁBITOS
¿Qué son los hábitos? Son modos de hacer que responden a un patrón mental. Es mi mente la que registra los modos de hacer. Por tanto, todos los modos de conducta son la consecuencia de un patrón que hay en mi mente. Si yo vivo conscientemente una situación y veo que me va bien, en la próxima ocasión volveré a hacer algo igual, según me ha enseñado la experiencia anterior. De este modo tiendo a reafirmar lo que he hecho y como consecuencia se va reforzando en mi mente un patrón de conducta ante tal situación tipo.

Así es como nos hemos acostumbrado a una serie de tipos de conducta. Nuestra vida está hecha en su mayor parte, por no decir en su totalidad, por tipos de conducta: tipos de acción y tipos de reacción ante las exigencias del exterior.

Es curioso porque esto nos condiciona de tal manera que cuando queremos actuar de una manera diferente no podemos, o nos cuesta un esfuerzo tan extraordinario, que nos resulta más cómodo, más fácil, seguir haciendo como hemos venido haciendo hasta ahora. Es evidente que esto se debe, por un lado, a una actitud, a un modo de hacer, a un, modo de moverse habitual; pero en el fondo todo esto está dirigido por la mente, y es el patrón que hay en la mente el que prefigura, el que predetermina este modo, este hábito de acción.

Estos patrones de conducta que se instauran en la mente pasan a un nivel subconsciente. Todo cuanto hacemos varias veces seguidas pasa a automatizarse y esta automatización queda relegada a una función más elemental de nuestro psiquismo. Esto es una ley de economía para nuestra mente: aprendemos a hacer las cosas sin darnos cuenta; algo aprende a hacerlo en nosotros, para que nuestra mente consciente esté disponible a fin de poder hacer otras cosas. Si tuviéramos que estar regulando con nuestra mente consciente todas las cosas todavía tendríamos que estar ocupados en cada momento en cómo sentarnos, cómo andar y cómo coordinar dos palabras seguidas; gracias a la automatización, a este aprendizaje, nos es posible realizar una gran cantidad de actos sin que les prestemos una atención deliberada, y de esta manera la atención voluntaria queda disponible para atender a otras cosas.

Es importante que se comprenda cómo los hábitos están regulados por unos patrones mentales que están funcionando desde nuestra mente subconsciente. Porque si queremos modificar nuestra conducta no bastará con que nosotros lo queramos, sino que tendremos que buscar la manera de actuar sobre estos patrones de conducta automáticos para que se produzca la modificación. Si no se logra actuar en estos niveles subconscientes, no se conseguirá ninguna modificación real y estable.

CÓMO APARECEN LOS RASGOS NEGATIVOS DEL CARÁCTER


Hasta ahora, todo lo que hemos dicho se refiere al funcionamiento normal de la persona, tal como la persona se va desplegando a medida que las situaciones externas le van exigiendo un rendimiento, o que sus necesidades interiores van poniendo en movimiento sus diversos recursos y posibilidades. Entonces, al enfrentarse con el exterior, la persona ha de luchar, ha de adaptarse, ha de esforzarse y todo esto la va desarrollando.

Pero el problema surge cuando en algunas ocasiones las necesidades no quedan satisfechas; el ambiente a veces no es propicio y no permite satisfacer algunas necesidades, necesidades que para uno pueden ser importantes. Ocurre además que el ambiente por su parte no es un elemento totalmente pasivo que da o no da, es también un elemento activo que actúa sobre la persona y la obliga a hacer una serie de cosas, o a hacerlas de un modo determinado; y esto crea una serie de obligaciones que unas veces uno está dispuesto a secundarlas, porque coincide con la propia línea de desarrollo, pero que otras veces uno no quiere aceptarlas, porque violentan su espontaneidad, su naturalidad, y entonces se crea una situación de conflicto.

Muchas veces los impulsos que tienden a expresarse no pueden ser satisfechos porque están socialmente prohibidos, son impulsos elementales, anárquicos, inoportunos. Entonces estos impulsos han de quedar relegados, la mente ha de inhibirlos. Todo esto va haciendo que la persona no se desarrolle con este ritmo natural, espontáneo, como el de una planta que va creciendo normalmente. Por un lado ella trata de desarrollarse, pero por otro lado se encuentra que no puede hacerlo, o por lo menos no puede hacerlo de la manera que desearía y en cambio se ve obligada a crecer en otras dimensiones, en otras direcciones que no desea. Esto crea una serie de violencias, una serie de experiencias desagradables, negativas, que hacen que la persona interiormente o bien se sienta frustrada, fracasada, y esto afecta a la idea que se forma la persona de sí misma, o bien se origina en su interior una sensación de protesta porque considera que aquello es una injusticia, que no se le da lo que se le debería dar. Esta reacción de protesta, si se mantiene una y otra vez porque aquello no queda satisfecho, acaba por convertirse en una actitud de profunda irritabilidad frente al ambiente.

Tenemos, pues, por un lado, la sensación de fracaso, a la que se reacciona con protesta e irritabilidad. Pero las situaciones de conflicto también pueden dar origen a otro tipo de reacción: la de inhibición, replegamiento o huida interior de la situación. Esta reacción negativa se manifiesta luego por un estado de inseguridad, de temor o hasta de angustia. Y también es frecuente encontrar personas en quienes se presentan simultáneamente y con la misma fuerza ambos tipos de reacción.

Estos tres tipos de reacciones negativas -reactivos, inhibidos y mixtos- hacen que aparezcan en la persona, tanto en su vida interior como en su modo de conducta unos rasgos completamente inarmónicos, que le hacen infeliz y que le impiden al mismo tiempo adaptarse a la situación-ambiente.

Todos hemos tenido que soportar carencias de algo que considerábamos importante. Para muchas personas será el no haber recibido todo el afecto que necesitaban; para otras el no haber sido aceptadas sus cualidades, su inteligencia, o su figura física, a la manera que ellas querían; en otras personas, en fin, el no haberlas dejado expresarse con la libertad que deseaban. Todos hemos sufrido experiencias de frustración, de fracaso, en un grado u otro. Esto hace que todos tengamos dentro unos rasgos negativos de carácter, rasgos que se traducen siempre por tensiones, insatisfacciones, hostilidades, protestas interiores y que se manifiestan luego en la vida corriente a veces con violencia, a veces con críticas, a veces con una conducta negativa infantil, como cuando la persona se niega a aceptar las cosas tal como son. En fin, toda una serie de mecanismos entran en juego y hacen que los problemas interiores se proyecten al exterior, muchas veces sin que la misma persona se dé cuenta de ello, creando un malestar que uno atribuye al exterior cuando la verdadera causa hay que buscarla dentro.

Y como algunos de estos rasgos negativos los arrastramos desde muchos años atrás, han influido en nuestra mente dando origen a una serie de prejuicios, y de ideas equivocadas sobre las posibilidades de cambiar el carácter. Por eso es tan sumamente frecuente que cuando se nos habla de corregir la violencia, la impulsividad, la timidez, uno piense en seguida que no se puede hacer nada, que cada uno es como es: «Yo he nacido nervioso, soy tímido... no puedo hacer nada, no puedo cambiar, es mi modo de ser... » Y esto es falso. Solamente los rasgos básicos del temperamento, que son siempre todos ellos positivos, no se pueden cambiar. Pero el carácter, que es la resultante del temperamento y de las innumerables experiencias vividas, es evidente que puede ser profundamente modificado precisamente modificando el tipo de las presentes y futuras experiencias mediante las diversas técnicas y procedimientos de formación y reeducación personal. Y la experiencia de millares de personas lo confirman a diario.

CÓMO SE ELIMINAN LOS RASGOS NEGATIVOS DEL CARÁCTER


En el fondo todos los defectos no son nada más que el producto de unas ideas y de unos patrones negativos de conducta que la persona tiene dentro de su mente. Cuando a uno le sale mal una cosa, o cuando a uno se le ríen de algo, entonces se forma dentro de la persona no solamente la idea de que «he fracasado, he quedado mal», sino que además, instantáneamente, reacciona contra los demás juzgándoles peyorativamente: «todos estos son unos tontos, todos son unos incapaces». Entonces queda dentro registrada tanto esta idea, esta experiencia de fracaso, como la sentencia dada contra los demás, y cada vez que se va repitiendo una nueva experiencia de fracaso, grande o pequeña, se reafirma en mí tanto la idea de que he fracasado como este apelativo que doy a los demás.

Estos patrones mentales que hay en nosotros son los que hacen que luego sin darnos cuenta actuemos con recelo, con desconfianza y no podamos ser francos, no podamos sentirnos realmente armónicos, sintónicos con los demás.

Todos los rasgos negativos si queremos eliminarlos los hemos de eliminar desde la mente, los hemos de eliminar modificando estos patrones mentales. Y estos patrones mentales, que están en el nivel subconsciente de la mente, pueden ser perfectísimamente eliminados, de la misma manera que han venido. Del mismo modo también se puede hacer que entren otros patrones distintos en el mismo nivel, ahora deliberadamente, para que se produzcan las transformaciones deseadas. Así, pues, el carácter puede ser totalmente transformado en lo que son componentes negativos; los componentes positivos no hace falta, ni uno desea modificarlos, porque ya los vive como positivos.

No olvidemos que todos los defectos de carácter no son nada más que esto, un defecto, es decir, una carencia de la cualidad correspondiente. El defecto, pues, no es nada de por sí, es simplemente la ausencia de la cualidad correspondiente, esa cualidad que no se ha desarrollado suficientemente. Cuando en mí se ha desarrollado, por ejemplo, un sentimiento de recelo, de hostilidad contra los demás, y esto ha quedado como un patrón en mi mente subconsciente, esto no es nada más que una falta de confianza en mí mismo y de confianza o de aceptación hacia los de más. Y de tal modo queda esto instaurado en mí de una manera automática que aunque luego yo quiera, voluntariamente, ser amable con los demás, al menor contratiempo me saldrá mi reacción hostil, porque es a la que yo estoy condicionado.

He de modificar, pues, este patrón inconsciente y he de modificarlo dándole lo que le falta. No negando lo negativo, sino aumentando lo positivo. La negación no tiene de por sí sentido, lo único que hace es poner de manifiesto que falta lo positivo; por tanto, si hemos de modificar el carácter será siempre aumentando nuestra conciencia de lo positivo, permitiendo que ese potencial básico que hay en nosotros, estas tres cualidades básicas, puedan expresarse de un modo mayor, más pleno, y esto hará que automáticamente los defectos correspondientes se eliminen por sí solos.

Esto, pues, es lo que hemos de hacer: un trabajo para permitir que se manifiesten, que se expresen estas cualidades básicas que hay en mí. Y como lo que les impide que se expresen son nuestras ideas negativas incrustadas en el subconsciente, hemos de actuar en este subconsciente modificando los patrones que hay en él, para que al adoptar unas ideas afirmativas respecto a estas cualidades, las energías y las cualidades correspondientes encuentren un camino expedito, un camino abierto, para poder manifestarse. Si en mi interior hay la idea de que «yo no valgo nada», yo me sentiré obligado a sentirme y a actuar de acuerdo con tal idea y no podré funcionar de otra manera. Es como si mi máquina automática, mi cerebro electrónico, estuviera programado para funcionar de acuerdo con esta fórmula; por más que mi mente consciente se esfuerce, a la larga, siempre saldrá ganando la programación de este condicionamiento inconsciente que obra en mí. Podré influir una vez, dos veces conscientemente en mi conducta, pero en cuanto se afloje un poco este control, fuerte y violento, se producirá lo que es automatización, lo que es el mecanismo que sale sin esfuerzo alguno.

Por eso, toda modificación seria de la personalidad, del carácter, ha de hacerse a través de la modificación de nuestros patrones mentales del subconsciente.

Para llegar a estos niveles subconscientes donde están las ideas y los patrones que automatizan nuestras actitudes y nuestra conducta es preciso que nuestra mente consciente esté en un estado de tranquilización, de relajación, de descanso. Sólo entonces nuestro foco mental puede ahondar, y ponerse en contacto con estos niveles más profundos. Por esto el estado de relajación profunda es un estado óptimo para llegar a este nivel subconsciente en el que se inscriben los patrones mentales. Por eso también el hipnotismo, aprovechando este mismo mecanismo, ha podido obtener una serie de éxitos espectaculares consiguiendo, a través de la inducción hipnótica, notables transformaciones de la personalidad. El inconveniente, ya lo dijimos antes, es que para producir estos resultados se requiere siempre la intervención de un operador que actúe sobre la mente a un nivel profundo, y que esta acción se repita un día y otro día, lo cual crea una dependencia respecto al hipnotizador. En cambio, esto no ocurre cuando la persona aprende a producir ella misma este estado de interiorización, de conciencia profunda, lúcida, de sí misma. Entonces se tiene todas las ventajas del estado de hipnosis sin tener ninguno de sus inconvenientes. Pero una vez más he de recalcar que es preciso que la relajación profunda se domine bien, que se consiga un estado auténtico de relajación integral, con verdadera tranquilidad de ánimo y con la mente serena y en silencio.

El que la mente esté completamente silenciosa solamente es necesario porque indica que la persona ha alcanzado un nivel de profundidad auténtico. En realidad podría practicarse la autosugestión en todo momento si se viviese en este estado de profundidad. Cuando uno puede conseguir que la mente esté en silencio, no porque uno la retiene, sino porque hay paz interior, esto indica que se ha alcanzado un grado excelente de profundidad. O sea, que más que un requisito previo, el silencio es un síntoma de un nivel alcanzado.

¿QUÉ HAY QUE HACER PARA TRANSFORMAR EL CARÁCTER?

AUTOEXAMEN PREVIO
Aquí hay una cuestión previa, antes de decir qué hacer en el momento de la relajación. Hay que plantearse claramente: ¿qué es lo que pretendo conseguir?, ¿qué es lo que voy a modificar?, ¿qué es lo que quiero cambiar? Las personas que no han desarrollado una observación serena y persistente de sí mismas, generalmente tienen unas ideas bastante equivocadas, bastante superficiales, sobre lo que son sus puntos fuertes y sus puntos débiles. Es preciso que uno aprenda a establecer una jerarquía de todos sus rasgos personales, no solamente de sus cualidades, sino sobre todo, ahora es lo que más nos interesa, de sus problemas, de sus puntos débiles; una verdadera jerarquía, porque todos tenemos muchos puntos débiles, todos tenemos muchos defectos y quisiéramos eliminarlos todos a la vez, lo cual no es ni posible ni aconsejable. El problema se enfoca diciendo: de todo esto ¿qué es lo más importante? El esfuerzo será básicamente el mismo, pero hemos de aprender a actuar sobre causas fundamentales y no sobre defectos periféricos.

Hemos hablado antes de que todas nuestras capacidades son un despliegue, una particularización de tres tipos de cualidades básicas: la energía, la inteligencia y el sentimiento amoroso. Yo, ¿en qué línea me siento más débil?, no sólo ahora, sino en una observación objetiva de mi vida, de mis últimos cinco años, por ejemplo. ¿Por dónde falló?, ¿qué es lo que me hace andar mal?; ¿es un problema de discernimiento, de inteligencia? ¿O es un problema de emotividad, pues, en el fondo estoy siempre buscando lo más agradable, lo que más me halaga? ¿O es un problema de falta de empuje, de falta de capacidad de acción, de falta de energía? Es así como hay que examinarse, buscando las causas que son fundamentales.

Ya antes enumeramos una serie de cualidades; las podemos repetir para que sirvan un poco de punto de contrastación con uno mismo. Dependientes del factor energía, podemos citar: la seguridad y confianza en sí mismo, la voluntad, la perseverancia, la potencia, la decisión, las ganas de hacer, la independencia y libertad interior. Conviene observar aquí que hay una independencia que deriva del factor energía y otra del factor sentimientos, la persona puede sentirse dependiente de los demás bien porque al sentirse débil busque siempre el apoyo de una personalidad más fuerte, de mayor voluntad y decisión, o bien puede estar siempre pendiente de los demás, para recibir su aprobación, su afecto.

Del factor sentimiento o amor, en todos sus matices, se derivan: la cordialidad, la alegría, el respeto, la verdadera amistad, la paz. Se ha de ver no sólo si uno tiene o no estas cualidades sino ver si las tiene de un modo habitual, de un modo permanente, que sea una tónica constante. De la misma manera la energía o capacidad de hacer ha de ser también una tónica constante de la personalidad; no que en un momento de arranque tenga uno una gran capacidad de hacer y que en otros momentos caiga desplomado incapaz de hacer nada. Cuando se habla de tener una cualidad nos referimos a que esta cualidad está normalmente disponible por la mente consciente. Por tanto, no sólo la energía, sino también estas cualidades de cordialidad, de buena voluntad, etc., han de ser algo permanente.

Respecto al factor inteligencia podemos enumerar la atención, la lucidez, el discernimiento, la intuición, la amplitud, la rapidez, la profundidad, la curiosidad, el interés.

También podemos hacer el examen de nosotros mismos mirándonos, no como cualidades aisladas, sino en su aspecto global como actitudes. En la actitud influyen los tres factores: energía, inteligencia y sentimiento. Así puedo preguntar: ¿cuál es mi actitud general?, ¿tengo realmente una actitud positiva?, ¿una actitud abierta, sintónica, constructiva, firme, cordial? ¿Y esto lo tengo, no a veces, sino de un modo permanente? ¿Lo tengo frente a mí mismo? ¿Lo tengo también frente a mis familiares, frente a mi ambiente laboral, frente a todas las personas en general, frente a Dios? Porque puede ser que sea muy cordial con dos o tres amigos, pero que me cierre y me muestre sumamente huraño cuando estoy en el trabajo o con otras personas.

Se trata, pues, de ver qué cualidades' tenemos, o cuáles nos faltan, y dónde está en concreto nuestro principal problema personal.

Todo esto no ha sido más que una simple enumeración a título de sugerencia, para aprender a mirar en nosotros mismos, porque es uno mismo quien ha de establecer cuál es la cualidad fundamental que uno necesita trabajar, que debe desarrollar.

Cuando uno se examina así retrospectivamente, uno puede darse cuenta si los fallos que tiene se deben más al hecho de una falta de energía, o a una falta de visión, a una falta de actitud afectiva. Por esto es interesante hacer este examen retrospectivo. Para ello basta con recordar o enumerar los hechos principales de la propia vida, sin preocuparse por el momento de buscar causas. ¿Qué cosas me han pasado? ¿Pérdida de amigos? ¿Incidencias en mi vida familiar o profesional? ¿Desplazamientos, cambios de trabajo, cambios de domicilio? ¿Me hablo con más gente, con menos? Hechos, simplemente hechos, negándose a razonar o a justificarse, que es la tendencia automática que surge: «claro, no tenía otro remedio». Y este razonamiento puede ser muy correcto, pero no interesa. Lo que interesa es un cuadro estadístico de hechos. Porque puede ser muy bien que uno encuentre a una o dos personas que sean unos sinvergüenzas, pero si ocurre que durante los cinco últimos años todas las personas que uno ha encontrado son unos sinvergüenzas, entonces es muy probable que algo ande mal en la propia persona, y esto sólo se puede ver cuando uno se toma el trabajo de hacer esa enumeración objetiva de hechos. Entonces sólo con mirarlo salta a la vista cuáles son los denominadores comunes que hay detrás de todos los acontecimientos de mi vida.

Estas cosas requieren ser hechas con interés y con cuidado. Si se hacen más o menos, uno nunca aclara nada. Esto hay que hacerlo con la misma precisión con que en un laboratorio se hace el recuento de tales elementos microbiológicos cuando se trata de hacer un experimento. Hay que seguir una marcha rigurosa si se quiere hacer un análisis cualitativo de algo.

Después de este examen uno habrá llegado a conocer con exactitud qué es lo que anda más flojo en él y, por tanto, qué es lo que uno debe reforzar más.

Pero repito que se ha de tener presente que el modo más rápido y eficaz para eliminar un defecto no consiste en negar el defecto, sino en desarrollar la cualidad que se le opone, porque el defecto no es nada más que la ausencia de una cualidad. No neguemos lo negativo, opongámosle la afirmación de lo positivo.

Si uno se hace una lista de cualidades y echa cuentas, entonces puede que le salgan varios años para modificar su carácter, pero esto no es así. Cuando uno aprende a trabajar sobre una cualidad básica, curiosamente se modifican muchas cosas que uno no pensaba; al acertar la causa aquello tiene repercusiones profundas y resulta que desaparecen una cantidad de puntos débiles que uno no pensaba se referían a lo mismo. Basta trabajar una sola cualidad básica hasta el fondo para que toda la personalidad se consolide.

PROCESO DE AUTOCONDICIONAMIENTO DURANTE LA RELAJACIÓN


Cuando uno ha determinado la cualidad o actitud que debe trabajar como la más importante en toda la estructura de su carácter, entonces tiene que buscar la expresión más clara y más concreta de la misma, formándose una imagen muy viva de lo que significa poseer esa cualidad. Finalmente, conviene formular dicha imagen en una frase breve, pero muy expresiva, que evoque la imagen con toda su fuerza. Todo esto se ha de hacer previamente al estado de relajación.

Cuando esto está bien concretado es cuando uno puede empezar a aplicarlo en el estado de relajación. Una vez se ha llegado a este estado de relajación profunda, en el que tanto el cuerpo como el estado anímico y la mente están perfectamente tranquilos y en silencio, al mismo tiempo que uno se mantiene totalmente lúcido, y centrado, entonces es cuando hay que proceder a dar los siguientes pasos. En primer lugar formular mentalmente la frase, esa frase que uno ha elaborado, corta, pero positiva y evocadora. Además de formularla se puede recomendar que uno la visualice, que la imagine como si estuviera escrita con letras luminosas; porque cuando uno está en este estado de relajación profunda no interesan los procesos racionales o lógicos que tenderían a hacer salir a la persona del estado de relajación profunda para hacerla pasar a un estado de raciocinio. Simplemente hay que apelar a la capacidad de visualización. Y al mismo tiempo que uno ve la frase luminosa, imaginarse que la oye como si alguien la estuviera diciendo a su lado de una manera muy clara. Todo esto con calma, con lentitud.

Una vez se ha repetido esto tres o cuatro veces, entonces evocar el estado interior o la actitud que responde a esta cualidad: ¿cómo me sentiría yo si tuviera desarrollada del todo esta cualidad o actitud que trato de visualizar? Esto no es difícil, pues no se trata de que uno pueda actualizarlo de un modo perfecto, de un modo intensísimo, sino de que lo vaya evocando y actualizando cada vez más en la medida que le sea posible. Y esto siempre es posible porque uno ya tiene en sí la experiencia de esa cualidad, por eso la aprecia; uno ya sabe de qué se trata, pues en un grado u otro ya lo ha experimentado anteriormente. Esas experiencias dieron lugar a unos estados que quedaron registrados dentro de nosotros. En este momento los podemos evocar, los podemos hacer salir y tomar de nuevo conciencia de ellos.

El tercer paso consiste en visualizarse a sí mismo de un modo dinámico: ¿cómo me desenvolvería, cómo me movería, cómo me expresaría, teniendo esta cualidad del todo? Se trata de esta cualidad en acción, imaginarse a uno moviéndose, gesticulando, hablando; todo esto hecho con calma, con mucha lentitud, repitiendo las situaciones. Porque estamos trabajando para una mente subconsciente y no sólo para que nuestra mente consciente perciba una simple ráfaga pasajera. Se trata de incrustar algo, se trata de hacer penetrar, y la lentitud y la reiteración son factores esenciales para que esta idea con toda su fuerza dinámica penetre dentro.

El estado de relajación es el estado ideal para realizar este trabajo por la vivenciación especial que entonces se tiene, y por la conexión que de un modo directo e inmediato se establece con el nivel subconsciente a través de nuestra mente interna. Lo que se es capaz de visualizar o evocar en este estado produce instantáneamente su efecto en el subconsciente; se está trabajando al nivel de las causas de nuestro carácter. No como cuando uno está decidiendo volitivamente, o está tratando de convencerse racionalmente de que ha de ser así o del otro modo; entonces se está actuando sólo a nivel de los efectos. Es en el nivel de causas donde hay que actuar, y el nivel de las causas de nuestro modo de ser es el subconsciente porque de ahí surgen todos los automatismos. Por tanto, es ahí donde hay que actuar, y el modo de actuar es este que hemos descrito.

Esto hay que hacerlo durante unos diez minutos; son diez minutos que contando el período previo de relajación se puede calcular de modo global en una media hora. La persona que domine muy bien el estado de relajación, en cuatro o cinco minutos llegará a este estado profundo, pero por si no se ha alcanzado esta pericia más vale contar con un poco más de tiempo y hacer estos veinte minutos de relajación inicial, lo que en total dará media hora de práctica. Lo ideal sería hacerlo dos veces al día. Es importante que la persona persista con la misma frase, con la misma imagen, con la misma idea, con la misma cualidad un tiempo mínimo de tres meses, mejor si son seis. Es posible que mucho antes ya haya notado los efectos, pero no importa; como se trata de la transformación de unos hábitos adquiridos, la reiteración, el refuerzo, el hacer más trabajo para asegurar la consolidación de este nuevo condicionamiento siempre es tiempo ganado y el resultado queda más asegurado. Tampoco ha de saber mal el tener que estar tres o seis meses, porque en verdad es un tiempo mínimo si realmente en este tiempo uno consigue transformar lo que era un punto débil en un punto fuerte y sólido de su carácter.

La eficacia de esto es matemática; es un problema de mecánica, de condicionamiento, de causa y efecto. El único factor variable que hay aquí es el factor humano, es decir, hasta qué punto la persona ha aprendido a hacer bien la relajación, hasta qué punto está ejecutando correctamente cada fase. Si la persona no quiere correr, no quiere apresurarse, si uno aprende a respetar punto por punto todas las fases del aprendizaje, del entrenamiento, la persona se estará asegurando de una manera total el resultado. En la medida que haya precipitación, en la medida que haya poca escrupulosidad en la práctica de cada fase, entonces la cosa queda colgada, queda inacabada, queda diluida y los efectos no son absolutamente contundentes.

Es importante recordar, que una vez hecho esto, no hay que cesar de una manera abrupta el estado de relajación profunda, sino que hay que retroceder, hay que volver del estado de relajación paso a paso, según las instrucciones que ya se han dado y que ustedes conocen. Formarse primero una idea clara de que vamos a dejar ese estado, tratar luego de respirar un poco más profundamente, mover los pies y las manos y finalmente abrir los ojos, y ya está.

Con este procedimiento pueden modificar absolutamente todo lo que deseen de su carácter, pueden adquirir cualidades, pueden neutralizar defectos. Todos los defectos, no lo olviden, son siempre actitudes adquiridas, no hay defecto que sea congénito, y como son adquiridos se pueden cambiar. Lo que no puede conseguirse es pasar de 1,60 de altura a 1,90, o tener una reactividad de tipo nervioso sobre una base constitucional linfática; esto no se puede cambiar. Pero que, dentro de mi modo de ser básico yo desarrolle todo lo que son posibilidades positivas, esto sí depende de mí. El tener reacciones de miedo, el vivir encogido, la actitud de hostilidad, todo esto son cosas adquiridas que pueden cambiar del todo transformando la vida de la persona. Uno ha de aprender a ser más inteligente respecto a sí mismo, a no aceptar como verdades lo que no lo son: «yo soy así, nadie me va a cambiar, he hecho varios intentos y no tengo nada a hacer...» No tengo nada a hacer si no hago nada; «soy así» mientras no decida ser inteligentemente de otra manera; no puedo cambiar ciertamente a fuerza de nervios, de broncas, de escándalos, ni por más violencia que me haga; sólo cambiaré si aprendo a ver cómo funciono, cuáles son las leyes de mi temperamento y aprendo a utilizarlas con inteligencia; entonces podré, con el mínimo esfuerzo, conseguir el máximo resultado de transformación. Y es por eso que habiendo fracasado a veces las grandes resoluciones y las grandes exigencias exteriores uno puede, sin embargo, conseguir el triunfo con un poco más de inteligencia, de habilidad y, eso sí, de buena voluntad.

III. LA RELAJACIÓN CONSCIENTE Y EL MUNDO DE LOS FENÓMENOS PARAPSICOLÓGICOS

EL INTERÉS DE ESTE TEMA
En este apartado vamos a hablar de los fenómenos paranormales, es decir, de toda esta variadísima gama de percepciones y estados que se salen de la experiencia común y que, de una manera u otra, pueden relacionarse con el estado de quietud interior conseguido en la relajación profunda.

Existen varias razones por las que creemos puede ser de interés hablar de este tema. Quien más quien menos ha tenido personalmente alguna de estas experiencias aparentemente inexplicables o está en relación con personas que las han tenido. Otras personas están simplemente interesadas en los fenómenos paranormales y sus posibles implicaciones.

A todas ellas les podrá resultar de utilidad que demos aquí algunas explicaciones que, aunque muy sencillas y someras, les permitan aclararse un poco más sobre la variedad de tales fenómenos, criterios sobre su fiabilidad y hasta algunas indicaciones prácticas para todo eventual experimentador.

Y TAMBIÉN, SUS PELIGROS


Hablar de fenómenos extraordinarios es siempre delicado. Y lo es por varias razones, que se corresponden a otras tantas categorías de personas.

En primer lugar, existe un abundante número de personas en quienes todo cuanto se relaciona con fenómenos de telepatía, clarividencia y similares despierta de inmediato una gran curiosidad y excitación. Muchas de estas personas están ávidas de emociones y buscan todo lo que es extraño, lo que sale de lo corriente y esperan les provoque nuevas sensaciones y emociones que creen van a ser apasionantes.

Otras, dentro de este mismo grupo, buscan estas mismas materias y experiencias porque están ávidas de poder, de sentirse superiores, de sentirse más que los demás y les parece que si pudieran desarrollar estas capacidades misteriosas, si pudieran leer la mente de los demás, hablar del futuro o producir cualquier otra clase de fenómenos extraordinarios les daría una patente indiscutible de superioridad.

Estos tipos de personas son temibles porque movidas por su curiosidad o por su ambición, se lanzan a hacer pruebas, a hacer toda clase de ejercicios de una manera temeraria, sin el menor sentido común, sin equilibrio ni sentido de proporción y esto les puede conducir fácilmente a los más graves errores, desviaciones y hasta a auténticos trastornos mentales. En vez de tratar de equilibrar y fortalecer su personalidad a través de una progresiva integración personal en su vida cotidiana se evaden hacia lo mágico y misterioso, desquiciando con ello aún más todo su psiquismo.

Está después el grupo de las personas temerosas, las que no quieren saber nada de esto, no quieren enredarse y prefieren a todo trance no salirse de lo trillado, de lo habitual, en una actitud de encogimiento crispado como defensa de su seguridad. Son personas que todo lo nuevo o desconocido les inspira temor y recelo, personas a quienes su precaria seguridad interior les obliga a mantenerse en el círculo, minúsculo y cerrado, de las cosas ya establecidas y aceptadas por todo el mundo, sin más, resistiéndose a todo riesgo y rechazando a veces violentamente toda nueva posibilidad de realidades mayores o simplemente distintas.

Viene por último, como grupo de actitudes erróneas, el tipo del escéptico. Pero no el escéptico común y racional, sino el escéptico rígido, el que dice que todo esto no puede existir, porque lo único que puede existir es lo que ya se conoce, lo que se acepta, es decir, lo que se enseña en los centros oficiales de estudio. Son personas con cierta rigidez mental que o bien consiguen encajar las cosas en el inalterable esquema mental que se formaron durante sus estudios, o bien lo rechazan de plano. Éste es el tipo de personas que en todo tiempo se han opuesto a toda innovación, a todo nuevo descubrimiento, cerrándose a una investigación objetiva y abierta, retrasando con esta actitud -que adoptan en nombre de la ciencia- el verdadero progreso científico.

Decíamos que hablar de fenómenos extraordinarios es siempre delicado y aun peligroso. Podemos ver ahora el porqué y en qué sentido. En el primer tipo de personas que hemos mencionado -los que buscan emociones nuevas-, el peligro reside en un fácil ilusionismo y credulidad que les conduce a desengaños y a algún que otro susto. En el segundo tipo mencionado -los que buscan compensar su complejo de inferioridad- el peligro reside en un probable empeoramiento de su estado. En los tipos últimos -el temeroso que se encierra y el escéptico de tipo dogmático- el peligro ciertamente no son ellos mismos quienes lo corren, sino quienes se atreven a hablar y aun defender algo que está rigurosamente excluido de su, intocable círculo mental la crítica, el anatema y aun el menosprecio son casi siempre su reacción.

LAS ACTITUDES CORRECTAS


Dos actitudes iniciales básicamente correctas son posibles en el acercamiento al tema de los fenómenos paranormales: la aceptación y el escepticismo.

La actitud de aceptación previa se encuentra en personas que han tenido ellas mismas alguna experiencia paranormal o bien en quienes tienen la natural intuición de que tales fenómenos no sólo son reales sino que han de entrar de lleno dentro de los hechos naturales -casi diríamos «necesarios»- de la Vida.

Pero para que esta actitud de aceptación previa se convierta en una capacidad seria de investigación es necesario que la persona reúna otras cualidades.

Si la investigación ha de ser puramente intelectual, como mero observador de los fenómenos, aparte de los conocimientos especiales de metodología, deberá contar con un buen entrenamiento de la mente en sus facultades crítica y razonadora. Hagamos resaltar el hecho de la absoluta necesidad de este espíritu crítico, esto es, la exigencia que uno ha de imponerse de querer saber la verdad por encima de todo. En la medida que existe el deseo emocional de afirmar la existencia y la naturaleza de un determinado fenómeno, aumenta el riesgo de tendenciosidad y aún de mera sugestionabilidad en la observación, interpretación y valoración de los hechos.

Cuando el investigador trata de experimentar por sí mismo, entonces además de esta capacidad crítica, y aun en cierto sentido mucho más importante que ella, es el que posea una personalidad bien integrada, esto es, una mentalidad sólida, con un buen equilibrio afectivo y fisiológico, todo ello demostrado mediante su modo de vivir realista y la correcta adaptación a su ambiente.

La segunda actitud correcta para abordar estos estudios es la de un escepticismo inicial. La persona no acepta de entrada la realidad y naturaleza de los fenómenos paranormales, y no las acepta porque no tiene base suficiente para hacerlo. Pero a priori tampoco niega su posibilidad. Y por esto quiere simplemente investigar.

Las condiciones complementarias que normalmente ha de adquirir el escéptico investigador son, además del necesario estudio de cuanto se ha conseguido hasta el presente sobre el tema, la metodología, etcétera, y una perfecta comprensión de las condiciones externas e internas que el sujeto experimentador requiere para que se produzcan los fenómenos.

El eficaz funcionamiento de la sensibilidad interna sutil requiere una tranquilidad completa, tanto en lo que respecta al ambiente exterior -ruidos, luz, actitudes de las personas presentes-, como en su estado interior. Todo factor que pueda producir miedo, tensión o irritación en el sujeto es suficiente para incapacitarlo para una correcta percepción.

El experimentador ha de comprender que solamente mediante una tranquilización completa del psiquismo superficial es factible percibir e identificar las nuevas y sutiles impresiones de imágenes, ideas, sentimientos y sensaciones que puedan aflorar a la conciencia. Igualmente ha de comprender que incluso con las mejores condiciones externas, hay días o momentos en los que el sujeto experimentador «no está en forma» y los rendimientos, por mucho que se intente, serán nulos o muy escasos. En la experimentación psíquica hay que ser muy constante pero nunca hay que ejercer presiones de ninguna especie. Toda impaciencia es siempre perjudicial, no sólo respecto a los rendimientos de las experiencias sino también respecto a la salud del experimentador.

RELAJACIÓN Y PARAPSICOLOGÍA


La relajación sistemática puede relacionarse con los fenómenos paranormales de dos maneras:
1. La persona que se ejercita en la relajación consciente quizá con fines de simple mejoramiento físico o emocional puede experimentar de manera inesperada y fortuita algún tipo de fenómeno más o menos extraordinario. Éste es un hecho que ocurre con relativa frecuencia en ciertas personas predispuestas a ello por su sensibilidad interna. Y también suele presentarse en casi todas las personas que llegan a ahondar de manera sistemática el estado de tranquilidad interior.

Estas experiencias espontáneas no son exclusivas del estado de relajación. Toda persona que trabaje seriamente en su cultura interior, sea a través de la meditación, de la oración o de la simple concentración mental, se encontrará muy probablemente con determinadas experiencias o estados muy fuera de lo habitual.

De ahí que exista una razón más para conocer estos temas, con lo cual se evitarán innecesarios sustos o perplejidades y se conocerá mejor el terreno que se está pisando. Se sabrá ver entonces que tales experiencias son algo previsto, algo relativamente normal que se encuentra dentro del trabajo que uno está realizando, pero algo a lo que no hay que prestar demasiada atención, como simples incidentes laterales dentro del propio camino. En Oriente se recomienda al discípulo que trabaja para su desarrollo espiritual que no dé ninguna importancia a cualquier clase de fenómenos que pueda experimentar y que no se detenga siquiera a considerarlos: exactamente como el viajero que por el camino ve paisajes o escenas más o menos curiosas e inesperadas; nada debe detenerle, ni siquiera hacerle retrasar su llegada al punto de destino.
2. Otra manera de relacionarse la relajación con los fenómenos paranormales es cuando una persona quiere desarrollar de manera sistemática sus facultades latentes parapsicológicas -las facultades P.E.S. o de percepción extra sensorial- y para ello utiliza precisamente la técnica de la relajación consciente.
Hemos hablado anteriormente de los requisitos mínimos indispensables que ha de reunir una persona para entrar en el terreno experimental. No los repetiremos aquí. Solamente afirmaremos que, efectivamente, el aprendizaje correcto de la relajación consciente constituye un entrenamiento preparatorio excelente, sobre todo cuando después de seguir paso a paso las fases más elementales se alcanza de manera estable la fase del silencio positivo de la mente. Más adelante iremos dando nuevas precisiones y detalles concretos sobre las diversas modalidades de percepción.

LAS VARIEDADES DE LOS FENÓMENOS PARANORMALES


Son muchos los fenómenos o hechos extraños a lo habitual que la bibliografía sobre este tema ha ido recogiendo, y lo primero que conviene es hacer un poco de orden en toda esta barahúnda de cosas «raras» que suceden y pueden suceder. No pretendo hacer una enumeración completa ni una clasificación definitiva, sino tan sólo haré una clasificación práctica para seguir un cierto método en nuestra exposición.

Podemos clasificar los fenómenos en tres categorías o tipos:


1.- Fenómenos de percepción o conocimiento, como pueden ser la telepatía, la clarividencia, las premoniciones, o la xenoglosia o capacidad de hablar en un momento dado un idioma que, según parece, se desconoce.

2.- Fenómenos de acción, como, por ejemplo, la telequinesia o capacidad de producir movimiento o influencia sobre los objetos sin contacto físico alguno. Otro fenómeno de este tipo es lo que se llama el desdoblamiento o salida en astral.

3.- Fenómenos que consisten en la alteración de las leyes conocidas físicas y fisiológicas. Por ejemplo, la levitación, el hecho de elevarse por el aire; el ser inmune al fuego; y uno muy extraño que es el modificar las dimensiones del propio cuerpo, ser más alto, más bajo.
1.-Fenómenos de percepción.-Son principalmente la telepatía, la clarividencia y las premoniciones.

Existen realmente todos estos fenómenos, existe la telepatía, existe la clarividencia, y la premonición.

La telepatía consiste en poder captar directamente el pensamiento, lo que hay en la mente de otras personas, sin ninguna indicación directa o indirecta, y excluyendo completamente toda posibilidad de comunicación externa.

La clarividencia es la posibilidad de ver lo que ha ocurrido, lo que ocurre u ocurrirá.

Las premoniciones consisten en tener la impresión de que algo ocurrirá de una manera u otra y que realmente esto se cumpla, y que se cumpla no por casualidad sino con una continuidad y una exactitud tal que excluya toda casualidad.

DIVERSOS NIVELES DE CONCIENCIA


Hemos de señalar que en nosotros, en nuestra mente, hay varios sectores. Existe el sector mental consciente que podemos decir es el sector más externo de nuestra mente, pero por debajo, por detrás y por encima de este sector todo es mente. De hecho nuestra mente consciente es sólo una pequeña zona que ha emergido, que se ha diferenciado, de, todo un campo de conciencia mucho mayor. Así que nuestra mente consciente está de hecho rodeada por todas partes de unos contenidos que podemos decir que son conciencia, o por lo menos que se pueden hacer conscientes. En realidad son conciencia, pero en un grado tan inferior que uno no los reconoce como conciencia.

En lo más abajo de todo está lo que podemos llamar la mente vegetativa, la mente que se cuida de las funciones orgánicas. Ella administra y regula todo el funcionamiento de nuestro organismo señalándonos cuándo hemos de cambiar de posición, cuándo tenemos hambre, cuándo necesitamos esto o lo otro; es decir que regula y dirige todas las funciones concernientes a nuestra salud, a nuestra vida fisiológica.

Existe además el nivel subconsciente, que está también por debajo de nuestra mente consciente, y es donde se guardan o registran todas las experiencias, todas las impresiones, todas las percepciones que uno ha ido teniendo en la vida y que uno es incapaz de recordar y de evocar conscientemente.

Después viene otro sector que no se halla ya debajo de la mente consciente sino detrás; es lo que podemos llamar la mente interna, distinta de la mente subconsciente y de la mente vegetativa. La mente interna es la zona que sirve de enlace entre la mente consciente y los demás sectores; es, además, donde se está preparando todo el material que nosotros utilizamos normalmente al hablar, al pensar; es donde están los contenidos de los que ya ahora somos conscientes o podemos ser inmediatamente conscientes.

Y después está una zona que podemos llamar la zona superconsciente, y en la cual, parece ser, residen unas capacidades extraordinarias comparadas con lo que es nuestra mente concreta habitual.

PERCEPCIONES DEL NIVEL VEGETATIVO


Al estudiar los fenómenos, es útil conocer este esquema porque nos permite comprender mejor las diferencias fundamentales que existen entre las varias clases o tipos de fenómenos.

Por ejemplo, al hablar de la percepción paranormal, podemos distinguir varias clases de percepción. Primeramente la que nos viene a través de nuestra mente vegetativa y es la posibilidad que uno tiene de sentir el buen o mal estado fisiológico de otra persona. No es simplemente un deducirlo por su aspecto, o por su modo de andar; es un percibir, un captar, un sentir en sí mismo un malestar verdadero que procede de la otra persona, y esto existe con mucha mayor frecuencia de la que se cree. Hay muchas personas que están mal, que se sienten mal en un momento dado, y su mal no es verdaderamente suyo, sino un simple contagio psíquico del mal de las otras personas con quienes conviven. Esta capacidad la tenemos todos pero algunos la poseen de un modo más actualizado y entonces pueden con facilidad percibir el estado fisiológico de las personas e incluso llegar a hacer una descripción exacta de lo que está ocurriendo dentro de la otra persona.

Se han dado muchos casos de dictámenes o diagnósticos realizados a través de esta percepción interna que luego han sido plenamente confirmados por medio de pruebas clínicas y exámenes radiológicos. Todo esto funciona a través del nivel vegetativo de la mente.

PERCEPCIONES DEL NIVEL SUBCONSCIENTE Y SUS DIVERSOS MODOS DE EXPRESIÓN


Existe otro tipo de percepción que nos viene de la mente subconsciente. Nuestra mente subconsciente es, como decimos, una especie de archivo de todo lo que ha acontecido desde nuestra más primera infancia. Pero no sólo es un registro que hay en nosotros, sino que también es una zona sensible al mismo tipo de hechos y cosas de los demás. La persona que puede ponerse en contacto con su propio subconsciente puede percibir a través de él lo existente en el subconsciente de otra persona y así poder explicar, a veces con una precisión total, cualquier hecho que le ha ocurrido en la vida, cualquier cosa que ha aprendido, cualquier cosa que ha escuchado, es decir, todo lo que ha experimentado, Porque se ha comprobado que todo, absolutamente todo, queda registrado en la mente, y que en condiciones especiales puede ser evocado y reproducido.

Como ejemplo clásico se cita el de aquella sirvienta que encontrándose en estado hipnótico, como parte del tratamiento a que era sometida para curarla de una enfermedad, espontáneamente comenzó a hablar en griego. Era una mujer que no tenía estudios y que ni siquiera sabía leer, y sin embargo en el estado de hipnosis había sido capaz de hablar de una manera fluida en perfecto griego clásico. Ante este fenómeno tan extraño se comenzó a investigar y resultó que esta chica había servido muchos años atrás en casa de un profesor que acostumbraba a pasearse por su habitación recitando textos clásicos en griego. Es de imaginar el modo tan accidental como esta sirvienta tenía que haber oído estas peroratas en griego clásico y la dificultad tan grande, por no decir imposibilidad, de que pudiera recordarlo. Sin embargo, en el estado de hipnosis había sido capaz de repetir lo mismo que había oído.

Este ejemplo, igual que los que más adelante les vaya exponiendo, son casos completamente verificados por la crítica; es decir, que o bien son casos que yo personalmente puedo haber vivido y comprobado, o bien son casos que los testimonios críticos más exigentes han tenido que aceptar su certeza.

El subconsciente nos puede informar también de muchas cosas del presente, cosas que aunque las estamos viviendo actualmente permanecen fuera del alcance de nuestra mente consciente. E incluso este subconsciente puede revelarnos ciertas cosas del porvenir, cosas que ya se están gestando. Se trata de nuevas fuerzas activas o de ciertas líneas de acción que ya han hecho su aparición dentro de nosotros mismos y que, aunque pasan desapercibidas para nuestra mente consciente, llevan en sí toda la fuerza que más o menos pronto hará que se traduzcan en una acción concreta. Es decir que son como el germen de nuestro próximo futuro.

Pues bien, la persona que se puede poner en contacto con el contenido del subconsciente podrá ver no solamente en sí mismo, sino también en otras personas, cosas que le ocurrieron, cosas que actualmente le están pasando y cosas que le pasarán o que hará de una manera muy próxima.

Esta forma de percibir a través del subconsciente es la más frecuente. Existen varias formas de percibir. Hay una forma de percibir en sueños, otra forma de percibir espontánea y finalmente las percepciones provocadas.

Generalmente, en los sueños, las cosas suelen presentarse de una forma simbólica. Hay personas para quienes recibir un regalo, por ejemplo, tiene un significado de recibir noticias agradables, pero no porque se le atribuya como una superstición, sino porque realmente coincide una y otra vez con hechos reales. Sabemos que además de estos hechos existe el caso de las supersticiones y creencias, que no responde a hechos. Pero esto no invalida el valor de los sueños auténticos. En algunos casos incluso el sueño no se manifiesta sólo de forma simbólica sino de forma literal: uno sueña con una persona determinada y en efecto luego la ve; se ve un hecho determinado y aquel hecho ocurre; se ve un paisaje, una casa y luego esto se ve por primera vez en la realidad.

A veces esto viene de una forma espontánea a las personas que están especialmente dotadas. A veces se provoca, y claro, ahí tenemos ya, al hablar de provocar, un gran sector de personas, no solamente los que tratan de investigar de una manera seria, sino aquellos que se dedican a hablar del porvenir: las clarividentes profesionales, las mediums, las personas que por un procedimiento u otro pretenden hablar del pasado, del presente o del futuro.

Esas personas pueden valerse o bien de imágenes que acuden espontáneamente a su mente, o bien de impresiones y sensaciones que experimentan, o bien de una forma o especie de clave convencional que emplean para interpretar. Entonces se pueden utilizar muchas cosas; por ejemplo, se puede utilizar una bola de cristal, un vaso de agua o una superficie brillante. Al fijar en ellos la mirada se provoca un estado de atención y concentración que en algunas personas favorece el que se proyecten imágenes o que vengan sensaciones relacionadas con la persona que consulta.

Existe también el procedimiento de las cartas, que utilizan las echadoras de cartas. Se da realmente la posibilidad de que a través de las cartas se haga una lectura de hechos pasados, presentes e incluso futuros. El mecanismo es éste: como uno no puede ponerse directamente en contacto con su propio subconsciente como medio para captar al otro, entonces la persona se aísla, se centra, provocando el estado de silencio y de relajación -por esto se relaciona con el estado de relajación-, y se deja llevar por lo que son sus impulsos automáticos. Esos impulsos automáticos son expresión de su subconsciente. Cuando la mente se ha entrenado para poder dirigir el inconsciente a fin de que entre toda la información que posee dentro, seleccione los datos que se refieren a una situación dada, entonces, ante aquella nueva situación, la mente inconsciente selecciona unas cartas y no otras.

Esto puede parecer inverosímil, pero se puede comprobar. Un psicólogo de la talla de Jung, por ejemplo, utilizaba con algunos de sus equipos de ayudantes un procedimiento similar procedente de China, del antiguo taoísmo que es el Yi King, el libro clásico de adivinación, y que consiste en una serie de bastoncillos de bambú que se mezclan, se pasan de una mano a la otra y entonces se dejan caer formando unas figuras determinadas. Hay todo un código convencional para interpretar el significado de aquellas figuras. La persona que hace esto tiene que saber el código porque es a través de este código como se seleccionan inconscientemente unas figuras y no otras.

Con las cartas ocurre igual. Cuando la persona puede sintonizarse de veras con esta sensibilidad interna, entonces se eligen unas cartas y no otras, y unas cartas que tienen unas significaciones específicas. En esto hemos podido ver comprobaciones asombrosas. Hay por un lado la selección que se hace inconscientemente y por otro lado la capacidad de valorar estas cartas, y ahí otra vez juega este factor subconsciente falsamente llamado intuitivo.

Realmente, a través de este procedimiento las personas que tienen auténtica aptitud, auténtico entrenamiento, pueden llegar a decir cosas del pasado de una manera segura y aún cosas del futuro de una manera probable.

Algo parecido ocurre con los que se sirven, por ejemplo, de la Astrología. La Astrología tiene unas leyes propias con un valor propio que básicamente es cierto, en contra de lo que opinan algunos círculos intelectuales o que se llaman intelectuales. La Astrología es cierta básicamente. Es verdad que todavía es incompleta, que nos faltan muchos datos, que no lo explica todo, precisamente por esta parcialidad de los conocimientos que se tienen. No obstante, se tienen los suficientes para poder verificar experimentalmente que se cumple, que funciona, que hay una correlación real entre las posiciones de los cuerpos planetarios y unos hechos en la vida, un modo de ser personal, unas enfermedades e incluso unos estados de ánimo. Esto una vez más está más allá de criterios personales porque se puede comprobar objetivamente por cualquiera que se tome la molestia de estudiar en serio y experimentar año tras año.

Sin embargo, el conocimiento de esto es laborioso y complicado. Hay muchas personas que no llegan a dedicarse de verdad a la Astrología; simplemente la utilizan como una base puramente convencional para movilizar eso que llaman intuición, como podrían utilizar las cartas, o los bastoncitos de bambú. No obstante, estas personas, a pesar de que sus conocimientos son escasos, a pesar incluso de que algunas de sus ideas sobre Astrología quizá sean erróneas, pueden con todo llegar a anunciar hechos de un modo correcto.

Lo mismo ocurre con las personas que utilizan las líneas de la mano. También esto responde a una realidad; existe un paralelismo entre líneas de la mano, personalidad y hechos en la vida de personas. Es algo muy sutil, muy complicado para estudiar a fondo. Pero muchas personas de las que hacen lectura de las manos utilizan simplemente la palma de la mano para centrarse, y entonces se dejan llevar por lo que su impresión les dice, y así pueden realmente acertar muchas cosas.

Hay personas que hacen esto mismo con la Grafología, de la que tienen unas nociones muy vagas. No obstante pueden describir con mucha precisión a la persona. Incluso se puede utilizar una simple fotografía con la misma finalidad. Ésta es también la base del funcionamiento de la radiestesia. Aquí se trata de una persona que por medio del péndulo nos puede decir de otras personas no sólo enfermedades sino incluso hechos y circunstancias concretas de su vida.

Pero no queremos con todo esto animar a las personas a que vayan a consultar con mediums o echadoras de cartas. Aparte de los muy frecuentes errores que inevitablemente se producen incluso en las personas bien dotadas -y de los que hablaremos a continuación- hay en este terreno una verdadera plaga de charlatanes, que sin la menor facultad y sin el menor escrúpulo se dedican a sacar el máximo dinero de cuantos acuden a consultarles, abusando de su credulidad y del estado de deseo o de temor en que les hacen vivir sus problemas.

PELIGROS DE LAS PERCEPCIONES PROVENIENTES DEL SUBCONSCIENTE
Ahora bien, este conocimiento que viene del nivel subconsciente se halla expuesto a varios peligros. En primer lugar, por el hecho de venir del subconsciente existe siempre el peligro de que se interfiera con los demás contenidos del propio subconsciente: deseos, temores, ilusiones, protestas. Esto es casi inevitable. El segundo peligro es que la persona tome los contenidos del subconsciente como realidades objetivas, como correspondiendo a hechos reales, cuando quizá responden solamente a deseos o proyectos. Entonces la cosa que se percibe no responde a ninguna realidad concreta. Y finalmente, el peligro más frecuente es que la persona crea que está sintonizada y no lo esté.

Por lo tanto, las propias interferencias, la mala interpretación o la falta de sintonía pueden ser causa de muchos errores. Por eso ocurre que hay tantos fallos al lado de aciertos indudables, aciertos que son extraordinarios por su precisión, o la improbabilidad de que el hecho pudiera tener lugar; y no obstante se anunció y ocurrió. Sin embargo, la posible presencia de esos factores interferentes hace que todo este tipo de percepciones tenga un carácter de poca fiabilidad, a pesar de que se puede demostrar que este tipo de percepciones existe realmente. Yo personalmente he tratado de conocer esto de cerca, lo más cerca posible, y hasta el presente no he conocido todavía ninguna persona que no se haya equivocado en alguna ocasión en cosas muy importantes, pero estas mismas personas me habían dicho, explicado o anunciado con gran precisión cosas inverosímiles que se cumplieron todas al pie de la letra, cosas que no dependían para nada de mi voluntad, sino de otras personas o de circunstancias por completo ajenas a mí. Si me anuncian cosas que yo haré y realmente luego las hago, esto podría ser debido a una sugestión que me condiciona, pero cuando depende de factores externos en los que yo no puedo influir directamente, entonces la cosa es más seria, indica que hay una capacidad, una facultad paranormal.

Las diversas categorías de percepción que acabamos de ver se relacionan con el nivel subconsciente, que, como ya hemos dicho, ofrece poca fiabilidad. Es precisamente en este nivel donde funcionan -cuando realmente funcionan- la mayor parte de personas que se dedican a este tipo de experimentación: tanto las que hemos mencionado como las famosas mediums de las clásicas reuniones espiritistas. Los fenómenos pueden ser muchos de ellos reales, en tanto que fenómenos, pero no existe ninguna garantía de que las cosas que se anuncian responden a una realidad objetiva, porque pueden ser percepciones del propio subconsciente o percepciones del subconsciente de los asistentes que no responden a una realidad exterior, a un hecho real, sino simplemente a estados interiores, a intenciones, a proyectos, a deseos, a temores.

Hemos de mencionar también aquí que desde otro punto de vista el cultivo habitual de esta clase de percepciones es negativo y perjudicial. Negativo porque el desarrollo evolutivo de las personas requiere que se estimulen las facultades superiores -sentimientos volitivos, razón, intuición mental, etc.- y el nivel subconsciente representa una etapa que debiera estar ya superada. Y es perjudicial para la salud en general, porque somete el sistema nervioso vegetativo a fuertes y continuas tensiones, disminuye el equilibrio del sistema nervioso central y debilita la capacidad de control de la mente consciente sobre las pulsaciones de los niveles subconsciente y vegetativo.

PERCEPCIONES DE LA MENTE INTERNA
Viene luego el sector que hemos llamado de la mente interna. Ahí es donde empieza el trabajo realmente de calidad. Es en este sector de la mente interna donde empieza a funcionar la auténtica telepatía. Existe realmente la capacidad de transmisión de ideas, no de estados de ánimo, no de emociones -esto es mucho más fácil- sino de ideas. Las ideas se captan precisamente a través de este nivel interno, más profundo, pero a la misma altura de nuestra mente consciente. La telepatía tiene como característica el captar directamente las imágenes mentales y las ideas. De hecho, son muchas las veces que tenemos tales percepciones, porque es un fenómeno muy generalizado, sólo que no nos damos cuenta que estamos percibiendo algo de otra persona. Como estamos normalmente tan poco conscientes de nuestro propio proceso interno, no sabemos discernir cuándo una idea es auténticamente nuestra o cuándo nos viene del exterior. Cuando uno se dedica a observar, a estar atento interiormente, entonces es capaz de darse cuenta de que las percepciones son completamente distintas, según que la idea la elabore el propio sujeto, que surja como resultado del encadenamiento de las ideas que uno está trabajando, o bien que venga como impactada del exterior procedente de la mente de otra persona.

Lo curioso en el caso de la telepatía, de la auténtica telepatía, es que no viene afectada para nada por la distancia. El fenómeno se puede producir entre tres o cuatro personas que están hablando: uno dice la idea que otro tenía en la mente, exactamente con las mismas palabras, o uno empieza a hablar de un tema que el otro estaba pensando y que no tenía nada que ver con lo que se estaba hablando un momento antes. Pero lo mismo puede ocurrir a diez mil kilómetros de distancia, no afecta para nada la proximidad o la lejanía. Esto es lo que sabemos experimentalmente. Ahora bien, para toda esta clase de fenómenos, tanto los anteriores como éste, es un requisito fundamental el que la mente esté en silencio, que el psiquismo, el estado de ánimo, e incluso el estado físico esté en perfecto equilibrio, esté tranquilo, inmóvil. Solamente cuando existe esa inmovilidad interior, pero inmovilidad suelta, relajada, tranquila, y cuando al mismo tiempo hay atención, lucidez, entonces se puede percibir. En cambio, si hay tensión, si hay presión, esto actúa en forma de barrera que nos aísla del exterior y nos impide percibir nada, porque todo queda detenido en la barrera, en la periferia de nuestra conciencia.

PERCEPCIONES PROVENIENTES DEL NIVEL SUPERCONSCIENTE
Viene luego la zona del superconsciente que es ya terreno, diríamos, sagrado. Cuando nuestra mente consciente puede sintonizarse con lo que está más arriba, -y digo más arriba porque realmente se experimenta así, corno viniendo de arriba-, la diferencia que se observa con respecto a los fenómenos telepáticos, los cuales se percibían como viniendo del mismo nivel, de la misma altura a la que uno normalmente está acostumbrado a pensar, es enorme. Esta distinción entre inferior y superior responde, pues, a dos modos distintos de percepción. Cuando uno se pone en contacto con estos niveles superconscientes, entonces se le abren a uno unas posibilidades extraordinarias, parece que hay un sector superior en la mente que está más allá de las limitaciones sensoriales, más allá de nuestra noción de personalidad, más allá de la noción de realidad inmediata, de la noción de tiempo y espacio. Es como si hubiera un punto impersonal en esta mente superior que planeara por encima del devenir humano, por encima de los hechos, por encima de la historia, y que fuera capaz de percibir de una manera panorámica tanto lo que es muy remoto como lo que es actual o lo que está por venir en nuestro plano concreto personal. Hay una altura desde la cual el tiempo no existe o, mejor dicho, existe pero de manera completamente distinta; el tiempo no es más que un determinado modo personal de vivir una realidad trascendente.

Esto es muy difícil de comprender para la persona que solamente vive las percepciones del nivel concreto externo, y que está acostumbrada a considerar que una cosa viene después de la otra a un determinado ritmo, que el tiempo es inexorable, que todo está sujeto a una medida fija. Le parece inconcebible que pueda ser posible que esto que está sucediendo ahora y lo que sucedió antes y lo que sucederá después corresponda en otra dimensión a un mismo presente. Sin embargo, el hecho existe, está verificado, está comprobado; pero sobre todo, es comprobable para quienes quieran trabajar en él.

CÓMO SE HA DE MANEJAR LA MENTE EN EL ENTRENAMIENTO PERCEPTIVO
El primer consejo que hay que dar a las personas que desean trabajar interiormente en el terreno de las percepciones intuitivas es que lo hagan solamente a partir del nivel interno de la mente o del nivel superconsciente. Que no se dediquen para nada a hurgar en el subconsciente, porque sí encontrarán a veces cosas interesantes, pero no podrán nunca estar completamente seguros de cuando una cosa es correcta y cuando es falsa. Con este mismo recelo se ha de recibir todo lo que sean comunicaciones en las sesiones llamadas espiritistas y la mayoría de las consultas con personas más o menos dotadas de facultades psíquicas. Puede ser que en algunas ocasiones las contestaciones sean correctas, pero en otras no lo serán. Esto, por lo demás, no desautoriza a la persona que, puede actuar de buena fe y que incluso en ciertos momentos consigue grandes aciertos.

Pero el verdadero trabajo interior sigue otro camino; la persona ha de aprender a estar centrada, en una actitud positiva, y ser bien consciente de sí misma en el nivel de la mente, pero tratando de situarse en el nivel interno. ¿Y cuál es este nivel interno de la mente? No es otro que aquel al que se llega precisamente en el estado de relajación profunda, cuando uno permanece consciente en la misma mente. Algunas personas no saben hacerlo correctamente y entonces la conciencia puede bajar a una zona puramente del pecho o del vientre, o quedar totalmente difuminada. Cuando la persona mantiene su núcleo consciente en la cabeza descubrirá que hay algo que está mucho más adentro, solamente que esta zona que está mucho más adentro es para la persona terreno desconocido y no se atreve a moverse, no sabe por donde ir, no sabe identificar áreas y caminos. Es preciso una práctica prolongada para que uno se acostumbre a estar en esta zona profunda interna de la mente, no abajo, no arriba, simplemente un poco más atrás. Todo aquel que logra el estado de relajación profunda con una mente lúcida sabe qué es este estado. Si uno aprende a permanecer ahí incluso cuando empiezan a funcionar las propias ideas, y sabe mirarlas desde ahí, sin influirlas, sin inhibirlas, sin estimularlas, simplemente dejando que la propia inercia, el propio automatismo de nuestra actividad mental vaya funcionando por sí solo, entonces uno consigue ver las ideas de una manera objetiva y no de una manera identificada. Esta disposición es la que permite ver y discernir la presencia de ideas mías o de las ideas que me vienen de fuera. Cuando la persona aprende a mantenerse así incluso en su vida ordinaria, no digo en los momentos de mucha agitación, porque entonces es realmente difícil, pero sí al menos en los momentos de relativa tranquilidad, sin estar necesariamente en relajación profunda -la relajación profunda ha de haberla practicado antes-, cuando uno consigue mantenerse en este punto interno de la mente, incluso cuando está en contacto con las personas, y procura conservar el silencio propio y característico de ese punto interior, entonces observará que está pensando en silencio, que hay un silencio dentro de ella y que dentro de este silencio se van formando los pensamientos que uno puede considerar propios y los que de vez en cuando le vienen del exterior. Entonces podrá distinguir el sabor, el modo, la sensación diferencial que hay entre el propio proceso y lo que nos viene de fuera. Pero si uno no se sitúa en este punto de observación, en esta zona de silencio lúcido y despierto, desde el cual uno observa como espectador, entonces no hay forma de que esto se pueda trabajar y desarrollar correctamente. Así pues, el que quiera trabajar es ahí donde ha de situarse. Esto lo explicamos ahora en relación con la percepción telepática, pero todo ello es aplicable igualmente a las percepciones de tipo superior.

DESARROLLO DEL NIVEL MENTAL SUPERCONSCIENTE
Para desarrollar la capacidad de contacto con los niveles superconscientes es recomendable que la persona se ejercite de una manera sistemática en contemplar, desde este mismo punto interior de la mente, las ideas que son de tipo universal. Que se acostumbre, que se habitúe a establecer contacto con este nivel superior de la mente, que es el auténtico nivel intuitivo, mediante la práctica regular de la concentración y de la meditación.

Así, por ejemplo, el meditar sobre el orden universal, sobre el cambio universal, sobre la belleza universal, es decir, sobre todo lo que tiene un carácter universal, el aprender a mirar qué quiere decir el bien, la verdad, la justicia, la paz, pero no en un sentido concreto sino en ese mismo sentido universal, el reflexionar, en fin sobre los fenómenos fundamentales, sobre las cualidades básicas de la existencia, ya sean fuerzas o inteligencias, todo esto hace que uno se vaya acostumbrando a mantener un contacto, a establecer un puente de unión con este nivel superior de la mente al que corresponden todo este tipo de percepciones, este tipo de verdades. A medida que se va estableciendo este puente se va ensanchando la perspectiva mental, se descubren nuevas evidencias, nuevas verdades y la mente siente que una poderosa fuerza está penetrando en ella. Entonces es cuando empieza a ser posible que la persona seleccione y dirija el proceso pudiendo aplicar esta nueva fuerza, esta nueva luz, a la solución de problemas particulares.

En un momento dado podrá interesarle conocer tal aspecto, tal verdad o tal problema determinado. Lo primero que ha de hacer es orientar hacia él el foco de su atención consciente, pero dirigiendo toda la actividad de la mente desde el sector interno. Esta primera fase consiste simplemente en hacerse cargo del asunto, o del problema, del modo más claro posible pero sin intentar elaborar ninguna respuesta con la mente externa. Es decir, la demanda se produce en el sector consciente externo; pero es en el sector interno de la mente donde esta demanda se recoge y se orienta luego hacia arriba adoptando una actitud de expectación abierta y silenciosa. Entonces es cuando se podrá percibir la respuesta proveniente del sector superior que se manifestará en forma de ciertas verdades o evidencias muy claras.

La dificultad que tienen las verdades que se pueden descubrir de esta manera es que no hay manera de poderlas situar con absoluta precisión en el tiempo y tampoco en el espacio, precisamente por el carácter universal e impersonal que tienen. Se puede ver que tal cosa ocurrirá pero no se puede ver exactamente el día ni el mes; se puede tener la impresión de que está cerca o de que está lejos, pero nadas más. Aplicando este procedimiento al estudio de los demás podríamos decir que en cada persona hay una zona superior, que está próxima, que contacta con su mente interna, y que a través de ella se pueden percibir hechos que corresponden a su vida. No se trata de percepciones de tipo subconsciente sino de tipo superconsciente que responden a lo que podemos llamar una planificación de su vida, una especie de previsión, o de plan divino, lo que la Providencia tiene preparado, por lo menos en parte, para aquella persona, y que solamente a través del tiempo se irá actualizando. Y es esto lo que puede ser percibido por quien está debidamente preparado. Las realidades así percibidas corresponden a hechos, pasados, presentes o futuros siempre ciertos.

Todos estos detalles los expongo para aquellas personas que tienen una curiosidad seria en conocer estos fenómenos con algo más de precisión y detalle, pero especialmente para quienes ya tiene determinadas percepciones y buscan alguna orientación sobre la naturaleza de lo que experimentan y posibilidades que para ellas pueden ofrecer tales facultades.
2.-Fenómenos de acción. Existen varios fenómenos en los cuales intervienen fuerzas extraordinarias o capacidades que están por encima de nuestras posibilidades ordinarias habituales.

Aquí citaremos solamente tres tipos de fenómenos la levitación, la telequinesis y el desdoblamiento.

LEVITACIÓN E INMOVILIDAD
La levitación consiste en elevarse del suelo sin ninguna ayuda o apoyo exterior. Éste es un fenómeno cierto y comprobado pero que no se ha de atribuir necesariamente a fuerzas sobrenaturales en el sentido de milagrosas. El fenómeno se debe sí a fuerzas excepcionales, poro todo se desarrolla dentro de una dinámica de fuerzas perfectamente naturales. La levitación, como decimos, ha sido comprobada por numerosos testigos no sólo en personas, diríamos, oficialmente muy religiosas, sino también en personas sin ninguna religiosidad especial. Incluso se ha dado en algunos casos de perturbación mental. En Alemania, en una clínica, existía una mujer que levitaba.

La levitación, pues, es un fenómeno que se ha conocido desde hace muchos siglos, y se ha conocido tanto en Oriente como en Occidente.

Curiosamente existe también el fenómeno inverso que es el de la imposibilidad de moverse e incluso de que le muevan. Esto se cita como resultado de la práctica de una intensa concentración en el centro físico y psíquico de la persona; este punto se denomina tandem en el Japón y como saben quienes practican judo, está situado debajo del ombligo. Harrington, periodista norteamericano, antiguo luchador profesional y luego judoka durante los años que vivió en el Japón, describe que estando en el interior del país tuvo ocasión de conocer a una persona que por otros motivos había estado practicando durante muchos años este tipo de concentración. Un día, de modo excepcional, porque esto normalmente no se muestra a los extraños, le hizo una demostración. Se trataba de un japonés pequeño y además ya de cierta edad. Y este norteamericano, luchador profesional y judoka, o sea un hombre con una potencia física comprobada, cuenta cómo aquel hombrecito se sentó en el suelo, en Padmasana, empezó a ensimismarse, a concentrarse y cuando le dio la consigna de que tratara de moverlo, encontró que con toda su fuerza no pudo ni moverlo, ni girarlo para adelante, ni levantarlo, estando él con plena posesión de todas sus facultades porque no se trataba de un fenómeno de hipnosis.

LA TELEQUINESIS


La telequinesis consiste en el poder de influir sobre las cosas, o de producir determinados movimientos físicos. Esto se ha comprobado, por ejemplo, mediante los dados. Son unos dados que se mueven automáticamente, por impulso eléctrico, de modo que no existe ni se ejerce ninguna acción personal directa, ni indirecta sobre los mismos. Se trata de ver si la persona que tiene esta capacidad puede influir para que salga, por ejemplo, el número seis. Estadísticamente se sabe la probabilidad que hay de que salga dicho número en relación con los demás. Hay personas que si se concentran pueden conseguir que salga el número deseado con una frecuencia extraordinaria. En cambio, frente a las personas que no tienen esta capacidad los resultados se ajustan a lo previsto por las estadísticas. Como durante el experimento no media ningún tipo de contacto físico, se deduce inevitablemente que tales resultados son debidos solamente a la actitud mental de la persona que tiene esa capacidad.

EL DESDOBLAMIENTO


Dentro del tema de este artículo quiero hablar, por último, del fenómeno llamado desdoble o salida en astral.

Se afirma que en determinadas condiciones es posible que la parte anímica de la persona, esto es, el individuo en tanto que sujeto consciente, salga con plena lucidez fuera del cuerpo físico manteniendo todas sus capacidades afectivas, mentales y volitivas plenamente despiertas. Y que después de actuar en estas condiciones durante un tiempo variable, se reintegre de nuevo a su cuerpo -que había permanecido durante todo el proceso en un estado letárgico, idéntico al que tiene durante el sueño profundo-, con un claro recuerdo de todo lo sucedido.

Hay muchas personas que nunca han oído hablar de esto. Y es casi inevitable que tales personas al leerlo por primera vez reaccionen por lo menos con incredulidad, si no con un rechazo absoluto. La cosa parece, en efecto, fantástica, increíble y digna de una fantasía de ciencia-ficción. Y, no obstante, el hecho está ahí, es cierto. Hay millares de relatos de tales experiencias según las han vivido personas de las más variadas condiciones sociales, culturales e ideológicas, tanto del pasado como del tiempo actual. Y la mayoría de estas experiencias se han presentado de manera espontánea e involuntaria en personas que nunca habían oído hablar de nada parecido.

Se han recogido muchos de estos testimonios en diversos libros (véase la bibliografía al final de este artículo), algunos de los cuales han sido escritos por personas de sólida formación científica. En ellos se relatan con detalle no sólo las experiencias de sentirse inesperadamente fuera del cuerpo, sino también de todo cuanto han percibido y cuanto han hecho durante este estado.

¿EXISTEN PRUEBAS?
Es perfectamente natural que el lector escéptico se pregunte qué criterios de certeza podemos tener de que tal hecho existe en realidad y que no se trata de una mera imaginación o de un simple sueño.

Digamos en seguida que una clara evidencia personal solamente la podrá tener quien haya vivido la experiencia personalmente y no sólo una sino varias veces. Porque ningún relato ajeno, por claro y detallado que sea, será capaz de dar la absoluta certeza que da la experiencia personalmente vivida.

Pero hay algunos aspectos que más bien hacen inclinar la balanza en sentido afirmativo, aún para quien solamente mira el fenómeno desde fuera.

En primer lugar llama la atención la variedad y el número de los testimonios. No hay uniformidad alguna en cuanto a la postura ideológica o condición física de esas personas: las hay espiritualistas y materialistas convencidas -aunque éstas últimas, a raíz de tales experiencias hayan tenido que modificar luego sus ideas-; las hay religiosas fervientes y escépticas o indiferentes; las hay protestantes, católicas, musulmanas o budistas, hay personas con excelente salud y otras muy debilitadas por una enfermedad crónica. En fin, que las hay de toda condición física, intelectual y espiritual.

En segundo lugar, son notables los relatos de lo que han percibido esas personas durante su estado. Algunas, por ejemplo, que han tenido la experiencia cuando estaban bajo anestesia en ocasión de una intervención quirúrgica, describen las incidencias de la operación tal como las han visto y oído, indicando por los detalles de su descripción que realmente estaban presenciando la escena desde arriba. En otros casos, los hechos que el sujeto ha percibido en su desplazamiento han podido ser ulteriormente comprobados como totalmente ciertos. En otros, la experiencia de estar visitando a otra persona ha coincidido exactamente con la manifestación espontánea de esta misma persona de haber tenido una especial sensación de presencia de aquélla.

Y, en fin, yo diría a todo aquel que esté verdaderamente interesado en llegar a saber qué hay de cierto en todo esto, que tiene la prueba al alcance de su mano, esto es, que se prepare como es debido y que se dedique a investigarlo experimentalmente por sí mismo. Porque existe, en efecto, la posibilidad de provocar esta experiencia de manera plenamente consciente y voluntaria. Y, además, es relativamente sencillo para toda persona que haya adquirido un buen dominio del estado de relajación profunda. En realidad, este estado es el punto de partida de la experiencia.

Pero no puedo alargarme aquí con descripciones de procedimientos, modalidades de experimentación y fenómenos incidentales que tienen lugar durante el proceso. Se podrá encontrar toda esta información en la bibliografía que se facilita más adelante. Solamente me permito recordar una vez más al futuro experimentador, la absoluta necesidad de que no se dedique a la experimentación personal hasta no estar bien seguro de que posee una gran solidez y equilibrio físico, emocional, moral y mental. Y añadiré que no basta con que uno mismo generosamente se atribuya estas cualidades, sino que éstas deben ser demostradas en su modo de vida cotidiana. Especialmente en la experiencia voluntaria del desdoble estos requisitos son no sólo importantes sino indispensables.

¿TIENE ALGUNA UTILIDAD ESTA EXPERIENCIA?


Directamente, no. Pero indirectamente, en cambio, creo que puede tener mucha. Quiero decir que si bien el mismo hecho de salir del cuerpo físico no tiene ninguna aplicación inmediata que pueda justificar una serie de entrenamientos en esta dirección, en cambio, la experiencia suele producir un efecto posterior sobre la mente y la actitud del sujeto verdaderamente revolucionario.

Sentirme fuera del cuerpo con plena lucidez significa, en efecto, que por primera vez descubro de manera inequívoca que yo no soy el cuerpo, ese cuerpo que estoy viendo allí inmóvil y dormido, ese cuerpo con el que siempre me había identificado creyendo que de él dependían mi vida y mi ser. Ahora me doy cuenta de manera experimental y con una evidencia abrumadora que mi ser y mi vida no dependen sustancialmente del cuerpo y de lo que a él le pueda ocurrir. Me doy cuenta que el cuerpo es una funda, un instrumento con el que puedo contactar y expresarme en el mundo físico. Pero un instrumento del que puedo prescindir -y del que un día prescindiré necesariamente sin que mi integridad psicológica quede afectada en lo más mínimo. Significa liberarse del temor a la muerte, del temor a que la muerte represente la aniquilación de mi ser o de algo esencial en mi. No importa que antes creyera en la inmortalidad, en la supervivencia. La experiencia directa tiene un poder demostrativo muy superior a toda fe o creencia. Por estas razones afirmo que la experiencia del desdoble consciente tiene un efecto revolucionario no sólo sobre las convicciones personales sino también sobre la propia actitud ante la vida y ante la muerte.

DESDOBLAMIENTO Y RELAJACIÓN
Conocer la relación que puede existir entre el fenómeno del desdoble y el estado de relajación profunda consciente es interesante no sólo porque la relajación es parte fundamental del entrenamiento para provocar el desdoble a voluntad, sino también porque puede ocurrir que durante la simple práctica de la relajación se produzcan espontáneamente pequeños fenómenos relacionados con el desdoble.

Y decimos pequeños fenómenos porque nunca ha de temer quien practica relajación con fines puramente de descanso o para cualquiera de las demás aplicaciones que hemos mencionado en este libro, que el fenómeno del desdoble se presente espontáneamente si él no lo desea. Y diremos el por qué.

La experiencia del desdoble puede presentarse bien por un entrenamiento deliberado en esta dirección, bien espontáneamente. El primer caso queda ya excluido para quien practica relajación para otros fines concretos. Y el segundo caso, esto es, cuando se presenta espontáneamente sin que la voluntad haya intervenido para nada en ello, siempre tiene lugar el fenómeno cuando la persona ha quedado por completo inconsciente -sea en el sueño nocturno, sea por acción anestésica-.

En todo ejercitamiento sistemático para el aprendizaje de la relajación, es requisito básico exigido por todos los métodos modernos de orientación psicológica que el sujeto ha de permanecer perfectamente despierto, lúcido, consciente, durante todas y cada una de las fases del aprendizaje. Esto es fundamental para que sea realmente un aprendizaje y contribuye a conseguirlo el que el practicante deba estar prestando atención deliberada en cada momento a tal sensación, idea, imagen o vivencia. Y todo esto es lo más opuesto a la inconsciencia, estado base de desdoble involuntario. Así, pues, nadie ha de temer en lo más mínimo si no lo desea y no lo visualiza deliberadamente de manera sostenida sesión tras sesión, encontrarse de súbito fuera del cuerpo.

Pero sin que llegue a producirse el fenómeno, puede ocurrir que durante la relajación y debido a momentos de inconsciencia por fallos del control de la mente, se noten algunas sensaciones más o menos extrañas. Tales pueden ser, por ejemplo, la impresión de que el suelo se mueve suavemente, o de que es uno mismo quien se ladea, o que las piernas se elevan poco a poco. Estos y otros fenómenos semejantes no son más que el efecto momentáneo de una desconexión parcial de nuestra mente consciente con un determinado sector de nuestro cuerpo.

Ya hemos hablado en la Segunda Parte de este libro sobre algunos de estos pequeños fenómenos que, repetimos, no tienen la menor importancia. Y también hemos dado allí las normas concretas a seguir en tales casos: la calma, la idea clara de lo que ocurre y de lo que se ha de hacer, y el control de la respiración son las palancas que nos permitirán manejar toda clase de situaciones parecidas, con toda facilidad.


BIBLIOGRAFIA ESPECIAL DEL ARTÍCULO III, SOBRE RELAJACIÓN Y PARAPSICOLOGÍA


1 Los fenómenos físicos del misticismo. H. Thurston, S. J. Dinor. S. Sebastián, 1953.

2. Hypnotism and the Supernormal. S. Edmunds. Aquarian Press. Londres, 1961.

3. The Mystery of the Human Double. Hon. Ralph Shirley. University Books. Nueva York, 1965.

4. More Astral Projections. R. Crookall Aquarian Press. Londres, 1964.

5. Las transmisiones de mente a mente y la hipnosis. Doctor C. del Toral Arrieta. Lumen. Buenos Aires, 1966.



6. PES. Percepción Extra-Sensorial. S. Smith. Pomaire. Barcelona, 1965.

7. Les pouvoirs de 1'esprit. W. Clement Stone y N. Lee Browning. Les P. crits de France. París, 1965.

8. Las fuerzas ocultas. R. Haynes. Morata. Madrid, 1962.

9. Aux portes de 1'invisible. M. Gillot. La Table Ronde. París, 1960.

10. Les pouvoirs secrets de 1'homme. R. Tacquet. Les Productions de Paris. París, 1963.

11. Astrología Racional. Dr. A. Weiss. Kier. Buenos Aires, 1965.

12. Outline of Astro-psychology. F. Morrish. Rider. Londres, 1952.

13. Defensa e ilustración de la Astrología. A. Barbault. Iberia. Barcelona, 1958.



14. L'astrologie devant la science. M. Gauquelin. Planéte. París.

15. The pulse of life. New Dynamics in Astrology. D. Rudhyar. Set-vire. Noruega, 1963.

16. La mano y su lenguaje. Dra. Ch. Wolff. Miracle. Barcelona, 1962.

17. Les jeux mystérieux. D. Hoy. Hachette. París, 1965.

18. Les ntervelles du spiritualisme. Dr. J. Ph. Crouzet. Nouvelles Éditions Debresse. París, 1965.

19. La dimension inconnue. A. Teillard. Baconniére. Neuchátel, 1960.

20. Soixante années d'occultisme vécu. A. Osmont. Omníum Littéraire. París, 1955.

21. Le sens psvchique. Ph. D. Payne. Stock. París, 1947.

22. Man's supersensorv and spiritual powers. G. Hodson. Adyar. Madrás, 1964.

23. Les yeux du miracle. J. H. Pollack. Planéte. París, 1965

24. Más allá de los sentidos. R. Orrego. Kier. Buenos Aires, 1964.

25. Une voyante témoigne. H. Bouvier. Fayard. París, 1966.

26. Le bilan du surnaturel. R.. Tocquet. Planète. Paris.

27. The sixth sense. R. Heywood. Pan Books. Londres, 1959.

28. The infinite hive. R. Heywood. Pan Books. Londres, 1964

29. Experimental psychical research. R. H. Thouless. Penguin Books. Middlesex, 1963.

30. El nuevo mundo de la mente. J. B. Rhine. Paidós. Buenos Aires, 1962.

31. El alcance de la mente. J. B. Rhine. Paidós. Buenos Aires, 1961.

32. La parapsicología. Historia y crítica. R. Amadou. Paidós. Buenos Aires, 1964.

33. La personalidad del hombre. G. Tyrrel. Paidós. Buenos Aires, 1965.

34. Science, Philosophy and ESP. Ch. McCreery. Faber and Faber. Londres, 1967.

35. El rostro oculto de la mente. O. G. Quevedo, S. J. Sal Terrae. Santander, 1967.

36. De 1'intellect a 1'intuition. A. A. Bailey. Lucis. Londres, 1957.

37. El médico del alma. Doce años de desdoblamiento consciente. Yram. Buenos Aires, 1959.

38. La evolución en los mundos superiores Yram. Buenos Aires, 1959.

39. The techniques of astral projection. R. Ckrookall. Aquarian Press. Londres, 1964.

40. La proyección del cuerpo astral. Muldoon y Carrington Saros. Buenos Aires, 1955.

41. Astral projection. A record of out-of-the-body experiences. University Books. Nueva York, 1962.

IV. LA REALIZACIÓN DEL YO CENTRAL

CRISIS DE LOS VALORES EXTERNOS TRADICIONALES
Llegar a la autorrealización, descubrir la naturaleza esencial del Yo, o en otras palabras, llegar a ser uno mismo del todo, he aquí otra, y quizá la más trascendental de las posibilidades que encierra este trabajo de silenciamiento interior a través de la relajación profunda ejercitada sistemáticamente.

El hombre de nuestros días necesita más que nunca consolidarse a sí mismo, fortalecerse, encontrar algo que le sirva de soporte, de fuerza, algo estable frente a esta mutabilidad que descubre en todo cuanto le rodea.

Hasta ahora el hombre se había apoyado en una serie de estructuras y de valores que él consideraba fijos y estables. Pero los últimos decenios no han hecho más que poner en evidencia la inestabilidad, la impermanencia de todo lo que servía de base. Las estructuras, sean políticas, sociales, económicas, incluso familiares; las instituciones tradicionales, incluso muchas de las estructuras religiosas, por lo menos en algunas de sus formas, tienden a tambalearse cada vez más y en la medida que la persona vivía apoyada en ellas se encuentra ahora más desorientada, desconcertada, desarticulada.

Por otra parte encontramos que la vida moderna exige un rendimiento cada vez mayor, rendimiento no como antes de una manera individual y aislada, sino que obliga a la persona a integrarse dinámicamente dentro de grandes conjuntos que le convierten en un elemento funcional dentro de esta totalidad; el hombre pasa a ser un número, una pieza que sólo tiene sentido en la medida que está formando parte de este engranaje, de esta máquina inmensa en funcionamiento.

El hombre se ve, pues, siempre conducido, presionado por exigencias siempre crecientes del grupo, de la colectividad, de la masa y esto tiende a despersonalizarle y a diluir su valor como individuo. El hombre, pues, sufre una crisis actualmente, desde hace unos años; sufre una crisis porque no encuentra nada sólido, le parece que la vida no tiene sentido, le parece que no hay nada que le ofrezca una seguridad, una razón de ser. Esto ocurre porque el hombre se ha desarrollado en Occidente apoyándose siempre en valores exteriores, asomado al exterior, y así el hombre ha ido asociando la conciencia de sí mismo y su autoafirmación con su capacidad de hacer, y con su capacidad de integrarse dentro de una serie de áreas estructuradas socialmente. Sólo se siente ser en la medida que es tal o cual cosa en relación con determinada estructura o área social. En el momento en que estas áreas se deshacen, entonces el hombre se encuentra sin apoyo alguno y, como no ha cultivado nada más, se encuentra deshecho incluso en su mismo interior.

El hombre necesita encontrar una base sólida que no dependa para nada de estas contingencias exteriores, que no dependa de valores exteriores. Necesita encontrar en sí mismo esa base inmutable que le dé auténtica fuerza, auténtica independencia, auténtica libertad. Sólo así el hombre se encontrará capacitado para poder manejar o desenvolverse dentro de los cambios y no verse arrastrado de una manera irremediable por el devenir, por la mutación de las cosas.

Esa inestabilidad de todos los valores se traduce en una inseguridad existencial. Inseguridad que repercute en el modo de vivir, en el modo de pensar, en el modo de sentir y que da lugar a una huida en busca de compensaciones, en busca de algo que le dé a la persona una satisfacción y una seguridad, aunque sean momentáneas, ya que no puede encontrarlas en lo que eran valores tradicionales tal como habían sido vistos y vividos en generaciones anteriores. Le han quitado lo que tenía por tradición, pero no ha encontrado nada nuevo que lo sustituya, y esto a muchas personas les conduce a un estado más o menos larvado de desesperación. Desesperación que no sólo es por falta de objetivo y de sentido en la vida, sino que es también por la desesperanza definitiva de poder encontrar ya nunca más nada realmente sólido y real.

Esto es doloroso porque no debería ser así. El hombre tiene él en su mismo ser, en su naturaleza íntima, una riqueza, una potencia, un caudal enorme, inmenso, inagotable de esa energía, de esa fuerza, de esas cualidades, de esos bienes que él está buscando a través de las estructuras. Si el hombre quiere encontrar una base que sea auténtica, una base que no dependa de ningún cambio exterior, es evidente que la debe buscar y encontrar únicamente en sí mismo.

NECESIDAD DEL DESCUBRIMIENTO DE UNO MISMO
Hoy más que nunca es urgente que el hombre llegue a encontrarse a sí mismo y que este encontrarse a sí mismo no sea una frase literaria, sino que responda a un hecho real, a una experiencia vivida. El hombre al encontrarse a sí mismo deja de ser un elemento pasivo frente a las circunstancias para transformarse en un elemento activo, dinámico, auténticamente creador.

El hombre está constituido en su centro, en su naturaleza íntima, esencial, por una fuente inagotable de energía, de inteligencia y de amor. Pero esto ordinariamente no se nos ha enseñado, como tampoco se nos ha mostrado el camino para vivir centrados en esta fuente. Y es curioso porque Occidente, que se nutre tanto del Cristianismo, uno de cuyos principios fundamentales es que el hombre tiene un alma espiritual creada a imagen y semejanza de Dios, de modo que el fundamento mismo del dogma cristiano consiste en esta afirmación radical de la naturaleza espiritual del hombre -principio que es fuente de toda clase de bienes en el hombre-, es curioso, digo, que sea precisamente el hombre occidental el que más alejado esté de sí mismo, de esa fuerza, de esa libertad interior y que ande buscando su verdad y su plenitud solamente a través de estructuras exteriores, a través de valores que son todos ellos efímeros, contingentes e inevitablemente impermanentes.

Quizás el error del hombre se debe en gran parte a que ha querido ir a Dios sin pasar primero por sí mismo. El hombre occidental ha visto en Dios una realidad superior pero externa y no ha descubierto que antes necesita acabar de descubrirse a sí mismo para que su actitud hacia Dios sea una actitud auténtica, completa, íntegra. Mientras el hombre oponga el mundo de la actividad al mundo espiritual; el mundo de la materia al mundo de Dios, se encontrará ineludiblemente con que las demandas exteriores, el creciente ritmo de vida, la tecnología cada vez más exigente del mundo del trabajo, le absorben de tal modo toda su actividad, su tiempo y su interés que lo que él llama Dios o realidades espirituales van quedando cada vez más alejadas de su centro de interés, en un plano remoto e inaccesible.

En consecuencia, el hombre se encuentra ante una dualidad, ante una doble opción posible: o el mundo exterior con todas sus luchas y toda su contingencia, o Dios. Pero el hombre se olvida de sí mismo, no se ha encontrado a sí mismo y hasta que el hombre no se encuentre a sí mismo no tendrá ni la capacidad, ni la fortaleza suficiente para manejar sus problemas, para decidirse, para hacer tanto su función en el mundo como su entrega a Dios de una manera auténtica y completa.

Buscarse a sí mismo, encontrarse a sí mismo es algo de lo que se habla mucho pero que casi nadie sabe concretamente qué es ni cómo se hace. Las personas pretenden encontrarse a sí mismas a través de la acción, a través de la lucha, a través de los negocios o a través de satisfacer sus necesidades en el mundo exterior. Con esto lo único que el hombre consigue es satisfacer momentáneamente sus necesidades elementales más inmediatas.

Pero luego aparecen otras necesidades nuevas que aunque de por sí no sean tan urgentes se convierten luego de hecho en necesidades apremiantes debido a que la vida va adquiriendo un tono y un estilo cada vez más superficial, de modo que lo que al principio no era más que un lujo acaba por convertirse en una nueva necesidad. En consecuencia, el hombre no llega nunca a encontrar una satisfacción completa y definitiva, no alcanza su plenitud, y no la alcanza porque se le escapa el verdadero secreto de la misma que es el encontrarse a sí mismo. Y esto no depende de las cosas que haga, no depende de que sean muchas o pocas, que sean extraordinarias o no. El secreto está en el modo cómo hace las cosas, en su disposición interior al hacerlas, es decir, en esa actitud especial que le permitirá dirigirse paso a paso hacia su propio centro a través de su misma actividad externa. Mientras la persona siga asomada exclusivamente al exterior nunca encontrará esta realidad central. Su actitud parcial le impide descubrir lo que hay dentro de su propia casa.

A esta actividad meramente material, mundana, se suele contraponer la actitud de ciertos grupos místicos que rechazan la vida del mundo, que dicen que lo único que vale la pena es dedicarse a la contemplación y al trabajo interior, dejando que los problemas humanos, los problemas sociales y económicos se arreglen por sí solos; no, de ninguna manera. El hombre ha de aprender paralelamente a su trabajo exterior, a su acción en el mundo, a descubrir su propio mundo interior, a descubrir quién es él. Y si no llega a esta autorrealización, a este autodescubrimiento de sí mismo, todo cuanto haga servirá solamente para producirle un agotamiento inútil, un sacrificio estéril de su vida en aras de una productividad o de un progreso que a él personalmente no le habrá conducido a riada de auténtico valor en sí mismo, a nada que pueda darle auténtica satisfacción ni a descubrir el verdadero sentido de la existencia.

Encontrarse a sí mismo, llegar a ser uno mismo del todo: creo que ésta es la consigna más urgente del hombre actual. Consigna que por el hecho de ser central tiene valor en todos los sentidos.

Encontrarse a uno mismo. Veamos si podemos acercarnos a esta posibilidad y señalar unas normas concretas.

FALSA IDEA DEL SÍ MISMO


En primer lugar, el hombre tiene una idea completamente confusa respecto a este sí mismo, a lo que quiere decir encontrarse a sí mismo. La persona, a través de su lucha, de su esfuerzo, de su acción hacia el mundo exterior se ha ido formando una personalidad artificial, una personalidad que está enfocada toda ella de cara a la conveniencia, de cara a satisfacer su función familiar, social, económica, política, etc.

Todo esto se traduce en una idea de sí mismo, de su valor y de sus cualidades solamente en función del rendimiento y de la aceptación de los demás. Naturalmente, esto hace que la idea que se ha formado de este modo esté muy lejos de corresponder a su verdadera naturaleza.

Se ha fijado sólo en una parte de su ser, de su personalidad, y la ha hinchado y deformado configurando en su mente una idea más o menos arbitraria de lo que él debería ser, de las cualidades externas que debería poseer. Esta idealización de sí mismo, o yo-idea, se constituye en el punto de referencia de su vida práctica, creyendo que ésta es la expresión más adecuada de su ser. Evidentemente, en estas condiciones llegar a realizarse a sí mismo, llegar a ser uno mismo, a encontrarse a sí mismo no tiene ningún sentido, porque esta idea que se ha formado de sí mismo es una idea parcial y deformada. En este caso encontrarse a sí mismo se interpreta como el deseo de realizar este yo-idea, y esto nunca podrá llenarle porque ya de entrada está estructurado sobre una base falseada.

El hombre ha de aprender a distinguir que está viviendo con valores falsos, con valores artificiales. Tiene ciertamente una vida auténtica, está hecho de cualidades auténticas, pero estas cualidades, a través de su actitud permanente en el mundo, se han ido oscureciendo y desfigurando. Y así, en vez de buscar realizarse a sí mismo pretende ser lo que los demás esperan que uno sea, pretende ser lo que puede merecer mayor aceptación y apoyo, o la subordinación de los demás hacia él. En la práctica solamente se valora en función de la valoración de los demás, y esto hace que uno no desarrolle ni descubra para nada las cualidades intrínsecas que uno tiene o es por sí mismo.

El hombre ha de descubrir que esta actitud crispada hacia el mundo exterior, esta dependencia hacia los demás es una actitud falsa. Hasta que no abandone esta identificación con lo externo, esta idea funcional de sí mismo, no tendrá oportunidad de descubrir algo más auténtico en sí mismo. Y para descubrir esto es preciso qué él sea capaz de autoobservarse, que sea capaz de sentir una resonancia de algo más profundo que le sirva de piedra de toque, de punto de contras te con lo que es su modo habitual de pensar y de hacer. Esta capacidad de autoobservarse, esta capacidad de resonancia, el hombre solamente la adquirirá cuando consiga alejarse por un tiempo de la barahúnda de presiones exteriores. Mientras el hombre siga actuando día y noche sólo en función de su relación con el mundo exterior, estará totalmente obsesionado por esto y no habrá lugar, no tendrá capacidad para ver nada más. Es preciso, y esto es una exigencia de su equilibrio, que se detenga de vez en cuando, que aprenda a dejar de lado por unos momentos toda su dinámica habitual y haga silencio en sí mismo, que aprenda a observar lo que ocurre, que escuche dentro de sí, para ver si todo esto que él hace, si el conjunto de valores por los que se esfuerza y lucha, están de acuerdo con su conciencia íntima, con su intuición directa de la realidad y de los valores verdaderos.

LA RELAJACIÓN, PUERTA DE ENTRADA PARA EL DESCUBRIMIENTO DE SÍ MISMO


Ahí tenemos, pues, una de las ventajas primordiales de la relajación, ya que la relajación es un paréntesis en la actividad, en la agitación, en la tensión diaria; un paréntesis en el que la persona se libera de esa actividad febril, mecánica, automática. Es un soltar todo por unos instantes y aprender simplemente a estar él allí, respirando, sintiéndose él mismo en su sensación de descanso, en su sensación de estar presente al simple hecho de vivir. Por esto la práctica de la relajación tiende a aclarar ideas, tiende a purificar, a rectificar valoraciones, tiende a dar una perspectiva mucho más profunda, más serena, más amplia, más auténtica. Éste es un efecto automático de la relajación profunda cuando se practica de una manera regular. Porque al quitar los impedimentos, al conseguir durante unos minutos que desaparezca la tensión y la agitación, entonces si la persona se mantiene lúcida puede empezar a sentir una exigencia, una voz, una fuerza, una energía interior que le está señalando e indicando lo que tiene auténtico valor, lo que es la fuente del verdadero valor.

La relajación puede ser una puerta de entrada a un trabajo sistemático de autodescubrimiento, pues por un lado consigue este aislamiento del exterior, y por otro le pone a uno más cerca de sí mismo, desarrollando la capacidad de evidencia y de visión interior. Entonces uno va descubriendo las actitudes artificiales que adopta en la vida, en las diversas situaciones, y las va descubriendo porque tiene ahora un punto de contraste con la conciencia de sí mismo cuando simplemente es él sin hacer ningún papel. Lo peor es cuando la persona ni siquiera se da cuenta que está haciendo un papel, cuando cree que él es esta personalidad que tiende a merecer, a mendigar muchas veces, la aprobación y el aprecio de los demás, cuando él cree que esto es su auténtica personalidad.

Solamente la práctica de unas cuantas semanas de relajación profunda es suficiente para que la persona presienta en su interior un eco y una resonancia que tiene una potencia, una grandeza, una realidad y un verismo mucho más fuerte y auténtico que el mundo exterior y todos los valores que la persona pone en este mundo exterior. Cuando la persona empieza a intuir que dentro de sí misma hay algo que merece ser descubierto, cuando intuye que en el fondo toda su vida no es nada más que un despliegue de unas cualidades centrales, cuando descubre que todo cuanto él puede llegar a vivir de positivo brota y surge de este núcleo central, entonces empieza a poseer el secreto de la verdadera estabilidad, de la verdadera autenticidad. Entonces se libera de la idea engañosa de que su afirmación y su autenticidad dependen del logro de algo determinado en su vida exterior.

El hombre solamente encontrará la plenitud cuando él sea él mismo, auténticamente él del todo, cuando viva, cuando realice lo que él es con independencia de lo que le ha venido del exterior, con independencia de su función externa; en una palabra cuando realice lo que él es en esencia.

DESCUBRIRSE A SÍ MISMO NO SIGNIFICA OLVIDAR LA VIDA EXTERIOR
Todo esto no quiere decir que la persona deje de valorar su vida exterior; esto sería un error, un gran error en el que han caído ciertamente muchas personas. La vida exterior existe y existe por algo, y si nosotros estamos metidos dentro de este ritmo y con unas exigencias exteriores es porque esto ha de tener un gran sentido y así es en efecto. El ser humano tiene una doble función: por un lado necesita desarrollar sus capacidades participando en el mundo, colaborando en el funcionamiento colectivo de la humanidad, siendo un elemento constructivo, una pieza absolutamente necesaria dentro del concierto evolutivo de la humanidad, y en este sentido tiene también una responsabilidad que no puede ni debe eludir, de colaborar, de participar, de abrirse a todo, de dar todo lo que él tiene, de poner todas sus capacidades al servicio de este trabajo conjunto que la humanidad está llevando a cabo, la mayor parte de las veces con plena inconsciencia.

El hombre, pues, por un lado solamente encontrará la plenitud cuando haya dado todo lo que tiene en sí mismo, cuando haya dado todas sus capacidades de un modo inteligente, de un modo constructivo en la sociedad en la que vive. Pero paralelamente a esta función social tiene el hombre una función interna, subjetiva, individual, y esta función interna consiste en llegar a descubrir la auténtica fuente de sí mismo, descubrir su naturaleza intrínseca, su realidad espiritual. Todos los trastornos, todos los desequilibrios tanto de las sociedades como de los individuos, vienen siempre de que la persona olvida uno de estos dos sectores, una de estas dos funciones; o bien se extravierte de un modo total y absoluto, como ocurre en Occidente y entonces se enajena, sale de sí, quedando absorbida y desarticulada por la exigencia y presión social, o bien, como ha ocurrido durante muchos siglos en Oriente, se vuelve de espaldas al mundo exterior y se encierra en sí misma, tratando de realizar eso que intuye como valor permanente prescindiendo por completo de lo que considera vanidades fútiles que no tienen absolutamente ningún valor. Entonces la sociedad tambalea, la sociedad funciona mal como hemos tenido ocasión de ver y comprobar.

El hombre, pues, necesita desarrollarse en estas dos direcciones. En una dimensión central hacia la realización de sí mismo y en una dimensión social de plena donación de sí mismo al servicio de la humanidad; servicio a los demás que implica, claro está, el que quede asegurado también su propio servicio.

La persona ha de satisfacer estas dos necesidades y las ha de satisfacer sobre la marcha, no debe quedar absolutamente absorbida ni por una ni por la otra. Esto traducido a términos de práctica inmediata quiere decir que el hombre, paralelamente a su actividad exterior diaria, necesita dedicar un tiempo al trabajo de encuentro consigo mismo, al trabajo de desprendimiento de su papel, de su función social, para quedar desnudo frente a sí mismo y tratar de acercarse más y más a su propio ser íntimo, esencial.

La relajación profunda practicada sistemáticamente es un excelente camino de acercamiento a este sí mismo. Al mismo tiempo, este acercarse a sí mismo para realizar su dimensión central es el mejor medio de prepararse y equilibrarse respecto a su función social. Cuanto más fuerte sea el hombre en sí mismo, cuanto más se acerque a esta realidad central, más fuerte será también a la hora de actuar, más sólido, más independiente, más libre. Entonces manejará mejor todas sus capacidades, que vendrán multiplicadas, porque ya no dependerá de convenciones, ni de artificios. Dispondrá de una solidez íntima que le permitirá desenvolverse con mucha mayor soltura y dominio de la situación que la persona que aún está identificada con los papeles, con las funciones y con las situaciones exteriores en general.

FASES DEL AUTODESCUBRIMIENTO A TRAVÉS DE LA RELAJACIÓN


Cuando la persona se propone encontrarse a sí misma, cuando esto se convierte para ella en un objetivo realmente importante, entonces es cuando puede empezar a trabajar. Hasta que la persona no toma conciencia clara de esta necesidad es completamente incapaz de esforzarse, de trabajar, de dirigirse en la dirección correcta. Ahora bien, cuando el hombre se hace más consciente de su situación e intuye que si existe algo sólido ha de encontrarse en eso mismo que le hace ser, en esto que le permite existir, en ese centro de sí mismo de donde surge toda su capacidad de acción, entonces puede convertir el estado de relajación consciente en la puerta del camino hacia el sí mismo. De hecho, este camino hacia el sí mismo no es complicado, no digo que sea fácil, sino que no es complicado. Simplemente es un camino nuevo, diferente de todo cuanto uno ha hecho hasta ahora. Y porque requiere actitudes nuevas neutralizando antiguas inercias mentales, exige aprendizaje y entrenamiento con interés y dedicación.
a) Silencio interior
El hombre necesita, en primer lugar, desprenderse de sus hábitos mentales. Durante la práctica de la relajación profunda, ha de procurar liberarse de este funcionamiento mecanizado, automático; para ello ese estado de tranquilidad y silencio interior es el más adecuado, puesto que, como hemos dicho, en el silencio interior la persona está desconectada de los patrones mentales, de los hábitos de conducta que regulan su vida habitual.

¿Qué es la persona, qué es uno mismo cuando no hace ningún papel? ¿Qué es la persona aparte de sus acciones, de sus ideas, de sus emociones, de sus impulsos hacia la derecha o hacia la izquierda? ¿Qué es la persona simplemente como foco central de existencia? Muchas personas quisieran dedicarse a esta búsqueda pero no saben como hacerlo o se pierden en especulaciones y al mismo tiempo tienen miedo. Tienen miedo de encontrarse con un vacío, de encontrarse con un desengaño, de no encontrar nada. En el fondo tienen miedo de la nada, de su nada.

Sin embargo, lo único que está realmente vacío son las estructuras artificiales que la persona ha ido fabricando, a pesar de que toda la capacidad que demuestra en su vida exterior, de acción, de entusiasmo, de discernimiento, de alegría, de felicidad, de creatividad, todo esto son hechos reales y son hechos que responden a una naturaleza real, a una realidad que está surgiendo del interior en la medida que las circunstancias exteriores se lo permiten o quizá le obligan a hacerlo. Por lo tanto, la misma vida exterior, aunque inestable en sí misma, es el testimonio más directo, es la prueba más inmediata y contundente que el hombre puede desear de que él es precisamente la fuente de toda esta energía, la fuente de toda su capacidad de ser feliz, de amar, de crear, de comprender, de intuir.
b) Actitud de investigación
La persona que una vez llegada al estado profundo de relajación, quiere llegar a descubrirse a sí misma, debe procurar mantener siempre en su mente una honda y sincera actitud de investigación, repitiéndose una y otra vez, esta pregunta permanente: «yo, ¿qué soy yo?, ¿qué es ese yo?», y tratar de mirar mentalmente allí donde se produce esta resonancia, tratar de mirar aunque al principio parezca que no hay nada, aunque al principio ni siquiera se vea adónde hay que mirar, porque esta conciencia del yo, cuando uno la quiere mirar de cerca, se desvanece, se escapa, se diluye. Por esto decía que solamente cuando la persona intuye la absoluta importancia de descubrir esta realidad central, es cuando movilizará su capacidad de búsqueda, de trabajo, su capacidad de esfuerzo y perseverancia para seguir investigando. La investigación se ha de mantener siempre en la misma línea: ¿quién soy yo? Cuando se produce el silencio, el descanso, el vacío, hay algo que resuena interiormente como conciencia de sí mismo: ¿qué es ese yo? Tratar entonces de ser consciente de esta vivencia, tratar de mirar esta resonancia interior, tratar de conectarse con ella, con calma, con discernimiento, con sutilidad, sin pensar, simplemente manteniendo en activo esta resonancia, mirándola y tratando de penetrar dentro de este yo para ver de qué está hecho, en qué consiste.

Esta labor se ha de proseguir día tras día en la fase de relajación profunda. Por lo demás, para la persona que desea conseguir la realización del yo, descubrir que es realmente uno mismo, este trabajo no puede quedar limitado al momento de la relajación profunda. Entonces esta pregunta, esta investigación, este espíritu de búsqueda, se convierte en la nota dominante de toda su existencia, y así lo mismo si está atendiendo a su actividad diaria, como si está resolviendo sus problemas, o tratando con las personas, le surge de una manera automática esa pregunta: yo ¿quién soy yo? ¿Yo, que ahora estoy hablando, yo que estoy preocupado por este asunto? ¿Yo, qué soy detrás de estas preocupaciones, yo más allá de estos pensamientos, de estos sentimientos, de esta situación, yo, qué soy yo? Y así durante todo el día, en las mil situaciones que se van presentando, tanto cuando está funcionando su nivel vital, como su nivel afectivo, como su nivel mental, cuando está con la familia, cuando está en el cine, cuando está en el trabajo, cuando se pone a dormir; en todo momento tiende a surgir esta pregunta constante. No es una pregunta puramente, teórica sino que es una actitud profunda de evocar una vivencia del yo y de mirarla, de penetrar en ella: «yo, ¿qué soy yo?»

Cuanto más se hace este trabajo durante la actividad del día más eficaz resulta en el momento de la relajación. De hecho, yo soy tanto lo que hay detrás de la actividad, lo que hay detrás de la fenomenología, detrás de todos mis movimientos como lo que hay detrás de mi descanso, detrás de mi sensación de bienestar, de paz, de tranquilidad. Yo soy el protagonista de esta paz, yo soy el sujeto que vive, que experimenta esta paz. Esta paz, esta tranquilidad, si las miro bien me conducirán a este yo que la posee, que la disfruta, que la experimenta. Y así manteniendo esta pregunta con una mente tranquila, totalmente silenciosa, porque esta pregunta se hace una y otra vez incluso en el silencio, se notará que toda la mente, toda la voluntad, todo el interés se va centrando alrededor de este descubrimiento que uno intuye como lo más importante de toda su vida, llegar a descubrirse uno mismo, llegar a ser auténticamente yo.

En el curso de este trabajo la persona puede atravesar diversas fases y estados, estados de euforia y de depresión, estados de plenitud y de soledad. En el fondo está atravesando lo que hay dentro de sí misma, porque para llegar al centro tiene que atravesar todas las capas intermedias y como nosotros tenemos muchos miedos escondidos, como también tenemos muchas cualidades estupendas, a medida que la persona va desbloqueando estas zonas por medio de su trabajo de investigación, va sintiendo exteriormente ya sea un estado eufórico o depresivo, bien estados de miedo o de exaltación. Toda clase de estados van desfilando; pero cada vez se nota con mayor fuerza la atracción del centro. Uno tiene la intuición de una presencia grande, inmensa, de esa gran incógnita, que ya no es una incógnita vacía, sino una incógnita llena, que irradia, que uno la presiente cada vez con más fuerza y con mayor poder atractivo.


c) La iluminación
Avanzando en este trabajo de investigación llega un día en que se produce un gran silencio, un silencio de todo el ser, no sólo de un sector de la mente. Uno descubre que todo está silencioso, que todo tiene un clima especial, como si todo hubiera cambiado por unos momentos, como si todo estuviera cargado de una electricidad especial. Ese estado no puede durar es el preludio de algo más trascendente. Si la persona se mantiene en ese estado y prosigue su investigación -aunque en ese estado se le hace difícil formularse concretamente ninguna pregunta, pues está todo él como paralizado por esta expectación, por este clima general que vive exterior e interiormente- entonces ocurrirá que un pequeño hecho externo o interno produce de repente como un cataclismo extraordinario, como si se rompiera toda la estructura artificial que le envuelve y entonces la persona descubre lo qué es, descubre lo que siempre ha sido, descubre que su ser es potencia, luz y amor; que es presencia y realidad permanente. Descubre que han desaparecido todos los problemas que en su vida ha tenido, que desaparece por completo toda posibilidad de temor, toda posibilidad de dudas, toda posibilidad de perplejidad, porque ha desaparecido toda dualidad. Vive ya su conciencia de sujeto, de ser uno mismo, y este ser uno mismo tiene una tal autenticidad, una tal totalidad que le sitúa junto, con, y en el centro de todas las personas y de todo cuanto existe.

Éste es el estado de iluminación. En el Oriente recibe el nombre de samadhi o de satori. Esta realización, por extraordinaria que parezca, está al alcance de todo el mundo. Y marca un nuevo nacimiento, el auténtico nacimiento de uno mismo. A partir de entonces la persona será ya para siempre auténticamente ella misma. Exteriormente seguirá siendo una persona con todas las limitaciones humanas, sujeta a enfermedades, a defectos, a todas las contingencias; necesitará de los demás para comer, para vestir, para convivir., Pero interiormente brillará como un foco positivo que no dependerá absolutamente de nada y porque no dependerá de nada exterior podrá irradiar, podrá dar, tendrá libertad, tendrá fuerza. Será un elemento realmente positivo que podrá dar un rendimiento del cien por cien en todas sus capacidades, que ahora irá desarrollando sin problema, porque ya no necesitará subordinarse a la apreciación de los demás, a sentirse aceptado, estimulado, halagado, a sentirse compensado. No necesita ya compensaciones, porque todo cuanto tiene y todo cuanto es, lo es y lo tiene para expresarlo, para darlo.

Esto no es más que un pobre bosquejo del trabajo de autorrealización a través de la investigación del yo. Pero creemos que a pesar de todas las limitaciones todo cuanto hemos dicho puede ser útil a algunas personas, sea para concretar más una aspiración interior, quizás difusa, sea para orientar los pasos de quienes ya están decididos a trabajar en esta línea concreta de autorrealización. En todo caso, las personas de veras interesadas en trabajar han de saber que solamente depende de sí mismas el que esto llegue a ser en ellas una realidad plenamente actualizada.

LA ADECUADA ORIENTACIÓN EN ESTE TRABAJO


La línea de conducta a seguir, así como la consigna que debe ser mantenida en esta labor de autodescubrimiento -línea y consigna que han de mantenerse idénticas desde el comienzo hasta el fin de todo el proceso-, es sumamente clara y simple.

Pero lo que no es tan clara y simple es la mente del investigador, por lo menos al comienzo de la labor. Y a esto se debe el que durante las diversas fases del trabajo se experimenten múltiples variaciones de estados mentales y de estados de ánimo.

La labor de interiorización de la mente produce la conexión mental con zonas psíquicas de toda índole, que inevitablemente repercute en la disposición y actitud habitual del practicante. Depresiones y euforias no son las únicas reacciones que se producen. Como veremos con más detalle en el artículo siguiente, nuevas capacidades de percepción y de acción se ponen de manifiesto. Y aunque de hecho toda persona con suficiente sinceridad de propósito-y perseverancia puede llegar al feliz término del objetivo deseado, como lo demuestran los numerosos casos en que así ha ocurrido, en la práctica se hace muy conveniente la asistencia de un Maestro, de un Guía experimentado que pueda discernir en cada instante lo que está ocurriendo y que, por consiguiente, pueda dar las orientaciones más adecuadas para proseguir adelante el trabajo evitando posibles errores, desviaciones o estancamientos.

Esto plantea el problema de cómo localizar a un Maestro que realmente lo sea, esto es, que reúna suficientes garantías como para poner en sus manos nuestro trabajo más íntimo y trascendental. Y cómo saber reconocerlo con certeza cuando acaso nos encontremos frente a él. Por esto puede ser útil que demos aquí algunas sugerencias al respecto.

En primer lugar, no debemos fiarnos meramente del aspecto exterior. Se ha dicho que sólo un Maestro puede reconocer con certeza a otro Maestro. Los hay que tienen un aspecto externo impresionante y los hay que son todo lo contrario. Pero hay aspectos imponentes que son solamente manifestación de los deseos imponentes que el sujeto tiene de que le admiren y le consideren como Maestro. En cambio, un aspecto vulgar, o aún insignificante, puede ocultar una gran sabiduría y realización interior. Hay muchas personas que se han formado una imagen tan idealizada de lo que creen ha de ser una persona realizada que pierden lamentablemente una oportunidad tras otra de recibir efectiva orientación.

Tampoco ha de ser criterio de validez en este terreno la inteligencia, la erudición o el talento en hablar -o escribir- sobre estos temas. Aunque la persona realizada siempre tendrá una gran comprensión, discernimiento e intuición, no siempre estará dispuesta a mostrarlo y, aún menos, a exhibir sus capacidades. Puede haberlos cuya misión sea pública y se manifiesten abiertamente, pero puede haber otros cuya misión se haga en pequeños círculos privados y quienes mostrarán una gran reserva en hablar sobre estos temas, tanto dentro como fuera de sus mismos centros de influencia.

Por otra parte, hay algunas personas que, guiadas por una gran curiosidad, han hecho muchas lecturas y estudios y pueden hablar sobre los temas del desarrollo interior del hombre con gran habilidad, persuasión y aun con mucha justeza. Pero tales personas, al no haber realizado experimentalmente en ellas mismas esta realidad interior no son Maestros en el sentido especial al que aquí nos referimos. Toda la Filosofía, la Teología, la Psicología y las demás ciencias reunidas, por muy interesantes y útiles que puedan ser en su propio nivel, no bastan para calificar eficazmente a una persona como guía en la autorrealización.

¿Qué criterios podemos tener, entonces, para discernir con cierta garantía a la persona que nos pueda ser de verdadera ayuda en este trabajo interior?

El primer criterio es que cuando se está en presencia de alguien que posee esta conciencia plena de realidad -y con total independencia de toda autosugestión y también con independencia del tema sobre el que se esté hablando- se notará una impresión interior de estímulo a ser más sincero, más auténtico. Se notará como un impacto sutil, que perdura aún después de haber dejado a tal persona, que nos induce a pensar y a sentir con mayor hondura, y que nos provoca una atracción hacia ella sin que esto dependa de ningún rasgo físico, emotivo o intelectual de su personalidad. Y aún puede ocurrir que sintamos esto a pesar de determinada antipatía o rechazo hacia algunas particularidades de su modo de ser.

El segundo criterio de autenticidad es que todo cuanto haga o diga esta persona lo realizará con una profunda independencia y libertad interior. Y por consiguiente, nunca encontraremos nada en ella que tienda a buscar prestigio o cualquier otro tipo de autovaloración egocentrada.

Y el tercer criterio es el de la propia experiencia. En la medida que sus orientaciones y consejos, seguidos, claro está, con absoluta sinceridad y perseverancia, nos conduzcan a resultados positivos en el camino emprendido tendremos la prueba evidente de haber acertado en la elección de la persona que necesitábamos.

Quizá se piense que va a ser sumamente difícil en la práctica encontrar tal Maestro calificado. Esto es cierto en un sentido aunque no lo es en otros como lo vamos a ver.

En primer lugar, no hemos de estar esperando encontrar al Maestro ideal para empezar nuestro trabajo de autorrealización. Porque si esperamos dar el primer paso hasta tenerlo todo previamente arreglado y asegurado nunca haremos nada. Somos nosotros quienes hemos de iniciar la marcha, esto es, la búsqueda interior, apenas dispongamos de los mínimos elementos indispensables. Y estos conocimientos mínimos los podemos encontrar en muchos buenos libros. Y sabremos reconocerlos si tenemos verdaderamente ansia de ponernos a trabajar.

En segundo lugar, una vez ya iniciado el trabajo, descubriremos constantemente las orientaciones y sugerencias que nos hagan falta a través de los hechos y circunstancias en apariencia más fútiles y casuales. Y es que, en efecto, cuando uno se pone en serio a trabajar en esta dirección parece como si los hechos de la vida cotidiana, los mismos que antes uno vivía de manera anodina, se animaran de repente, se llenaran de significación y estuvieran ahí precisamente para transmitirnos su mensaje de estímulo, de orientación concreta y aun de corrección. Para quien se esfuerza con sinceridad todo se convierte en Guía, en Maestro unos niños que juegan, una conversación que oímos casualmente, una noticia, una película, nos dan inesperadamente la solución de un conflicto interno al que no veíamos salida alguna.

En realidad todo esto es debido a la acción profunda que por su parte está llevando a cabo el mismo Yo, la misma realidad espiritual que estamos buscando. El Yo espiritual es quien en realidad lleva la iniciativa, desde su soberano nivel de silencio y luminosidad, de todo nuestro trabajo de búsqueda. Desde las primeras inquietudes y curiosidades hasta los últimos esfuerzos y realizaciones, todo está originado y dirigido por el poder y la sabiduría del Ser espiritual que somos nosotros mismos en realidad. Dirección y guía a veces suave y amorosa, a veces enérgica y sin contemplaciones, pero siempre presente, segura, eficaz.

Por esta razón el problema del Maestro realmente no existe. El verdadero Maestro siempre está ahí, en nosotros mismos, actuando desde el anonimato de su postura central, haciéndonos sentir, ver y comprender cada vez un poco más y un poco mejor la realidad y la verdad de la vida, de nosotros mismos y de los demás. Y será este mismo poder el que, justo en el instante preciso, nos pondrá en contacto con el Maestro exterior, grande o pequeño, que realmente podamos necesitar.

Nadie será impedido de progresar por falta de guía y asistencia. Lo realmente importante es que no perdamos tiempo, que nos pongamos inmediatamente a trabajar con sinceridad y discernimiento, de acuerdo con nuestras posibilidades actuales. El paso siguiente lo veremos justo en el mismo instante en que lo vamos a dar.

V. LOS EFECTOS DEL ACERCAMIENTO AL YO

EL YO CENTRAL, FUENTE DE TODAS NUESTRAS CUALIDADES
Cuando uno practica la relajación para acercarse más a la profundidad, a la autenticidad de uno mismo, a fin de ver y descubrir qué es ese yo, cuando uno trabaja en esta dirección, día tras día, en la calma y en el silencio, se van produciendo una serie de efectos muy importantes. El simple hecho de practicarla con esta intencionalidad, con este deseo de comprenderse mejor, de ser más uno mismo, exige que la mente esté bien despierta y es totalmente incompatible con una relajación en que la mente esté dormida. Por eso tengo siempre gran interés en recordar una y otra vez que la relajación es un acto que requiere nuestra presencia total. Todo el rato que uno se dedica a descansar, es un rato que vino dedica al descanso, sí, pero estando más presente que nunca en el mismo descanso; por tanto se requiere una actitud mental completamente positiva. Dentro de la calma, del aflojamiento general y del silencio ha de haber siempre una perfecta lucidez y atención.

Pues bien, es precisamente esta actitud mental despierta la que le permite a uno dirigir la atención hacia el centro de uno mismo y continuar su trabajo de investigación. «Soy yo que estoy aquí; ¿quién soy yo?, ¿qué es ese yo?». Cuando uno va practicando esto diariamente se produce una serie de efectos automáticos. No vamos a hablar aquí del hecho mismo del descubrimiento, del establecimiento de esa conexión directa con el yo, sino de las etapas previas. Este es un trabajo que puede durar semanas o meses y en los que se van produciendo unas fases progresivas de acercamiento.

En realidad el yo, no el yo superficial, ese yo que nos hemos ido fabricando a través del contacto con el mundo exterior para contestar y resolver nuestra postura frente a los demás, sino el yo profundo, el yo tal como soy auténticamente por dentro, ese yo central que no conocemos y que no obstante siempre estamos buscando, es el verdadero protagonista de toda nuestra vida detrás de la máscara del yo exterior, y la fuente de donde surgen todas nuestras capacidades. En primer lugar, de ahí brota nuestra capacidad de estar despiertos, de darnos cuenta, de conocer, de ser inteligentes. Todas las capacidades posibles para nuestra mente, no sólo las actuales, sino las que podemos ir desarrollando, todas existen, en este yo central, pues la vida no es nada más que un desplegamiento progresivo de las cualidades que ya existen, y que son inherentes a este yo. En la medida que nos encontramos con instrumentos aptos y con medios exteriores que estimulan o permiten el desarrollo, la persona va actualizando más y más cada una de las cualidades que posee de modo virtual en su yo central, aunque allí, en la dimensión central, no son sólo cualidades virtuales sino algo totalmente presente y esplendoroso, es la sabiduría única y luminosa, fuente de la que luego se irán actualizando en la mente concreta las facultades o sectores diferenciarlos de inteligencia y conocimientos.

Además de este factor de inteligencia, que hace posible todas las formas de razonamiento, comprensión e intuición, es de este mismo yo de donde surge toda la energía de nuestro ser, toda la energía que nos hace vivir, toda la energía que ha permitido que fuéramos estructurando nuestra personalidad física, afectiva, intelectual, espiritual. La energía, que además de constituir la base de nuestra conciencia de ser, de nuestra noción de realidad, es también la base de lo que es voluntad, de lo que es perseverancia, de lo que es poder, de lo que es potencia. Cuanta más energía consciente funciona, más profunda es la noción que uno tiene de realidad, de autenticidad, de ser uno mismo. Pues bien, esta energía procede básicamente de ese yo, del que podemos decir que es en sí una fuente inagotable de energía. Es una fuente inagotable porque en realidad está en contacto con la Fuente Infinita, y por tanto a través de este yo nos está viniendo inagotablemente toda la energía que nosotros somos capaces de admitir, que estamos dispuestos a aceptar.

Además de este aspecto energía y de este aspecto conocimiento, este yo central está hecho de paz, de felicidad, de amor, pero no de la felicidad y amor que solemos conocer en nuestra vida cotidiana de manera ocasional, sino de un amor y plenitud totales, permanentes e inmutables. Nosotros vivimos ahora, ocasionalmente, en un estado placentero, agradable e incluso en algunos momentos nos sentimos exaltados, apasionados, entusiasmados; pero esto es siempre algo episódico, puesto que siempre depende de diversos factores externos a nosotros. Pero incluso estas cualidades y estados pasajeros que apreciamos tanto en nuestra existencia por su estupendo carácter positivo no son más que pequeñas chispas que se actualizan de este yo, de nuestro centro espiritual, en donde reside toda la capacidad de felicidad y de plenitud.

DOS CAMINOS POSIBLES DE ACERCAMIENTO AL YO


Todo cuanto en la vida vamos viviendo de valor no es nada más que una muestra que procede del yo. Solamente que del yo procede un estado de fuerza pura y a través de nuestra existencia va adquiriendo un aspecto de fuerza manifestada, fuerza incorporada, encarnada. La vida nos ofrece un material concreto, a través de fuerzas concretas, y entonces esa potencialidad interior se actualiza, se incorpora en una situación, en una persona, en una actitud, en unas ideas, en unos gestos determinados; se materializa en algo concreto, pero la cualidad en sí toda ella está procediendo de la misma fuente.

Estas consideraciones pueden ayudarnos a comprender un poco mejor la trama profunda y los resortes secretos que movilizan toda nuestra conducta. Nosotros en el fondo siempre estamos buscando con nuestro comportamiento cómo sentirnos un poco más felices, cómo sentirnos más afirmados, más aceptados, más nosotros mismos, y si hacemos tantas travesuras en la vida es con frecuencia para llegar a sentirnos con más realidad o fuerza, o quizá también para recibir un poco más de admiración de los demás, un poco más de seguridad, un poco más de halago. Pensemos, sin embargo, que todo esto que estamos buscando a través de esa táctica infantil, todo absolutamente, reside en nuestro interior y es de nuestro interior de donde se ha de desplegar. Para alcanzar esa plenitud a la que aspiramos hay dos posibilidades: o bien todo ese potencial ha de ir saliendo de nuestro interior, se ha de actualizar a través de una lucha total, de una movilización completa de todas las energías, bien hemos de aprender a ir hasta allí. Cuando obligamos a que nuestras potencialidades se actualicen en virtud de una vida de lucha, o de una incesante actividad urgente y apremiante, entonces al final de la lucha, al extremo de nuestro trabajo, después de nuestro esfuerzo de día tras día, iremos encontrando esta paz, esta serenidad propias del ser central -es lo que hemos explicado en otras ocasiones acerca del sobreesfuerzo-. La otra posibilidad consiste, no en que yo me obligue a salir fuera, sino en que aprenda a entrar dentro, a conectar mi mente consciente con este centro, con esto que yo soy.

SILENCIAMIENTO DE LAS CAPAS INTERMEDIAS DE NUESTRA PERSONALIDAD
Todos observamos que normalmente dentro de nosotros estamos sosteniendo un diálogo ininterrumpido en el que siempre estamos hablando con gran animación, comentando, murmurando, criticando; ¿quiénes son los que hablan dentro de nosotros?, ¿nos hemos preguntado esto alguna vez? Es curioso que seamos una sola persona pero que por dentro se produzca un diálogo tan intenso como si se tratara de todo un consejo de administración discutiendo agitadamente sin cesar. ¿Cómo es posible si sólo soy yo? Y es que una cosa es lo que yo soy realmente en mi centro y otra cosa es la idea que tengo de mi, el yo-idea, que se ha ido conectando e identificando con diversos sectores internos y más superficiales en los que hay toda clase de contenidos y actitudes: deseos, recuerdos, temores, impulsos, datos concretos, posibilidades exteriores, sentido del deber, etc., etc. Son precisamente estos varios sectores con los que yo -el yo-idea me siento identificado, los que dialogan entre sí.

Se trata de buscar y descubrir no estos sectores más o menos superficiales, sino lo que es la raíz, lo que está detrás de todos ellos. Alguien describía la situación diciendo: nosotros tenemos tres yo, tres capas: la primera capa es la que nosotros presentamos al mundo; es nuestro personaje exterior, la pose que adoptamos, el papel que hacemos siempre que estamos con alguien, o cuando nos encontramos en cualquier situación. El segundo yo es el que se manifiesta cuando entramos en nuestro dormitorio para descansar; allí cambia nuestra actitud, allí el personaje desaparece y surge este mundo intermedio de preocupaciones, de pequeñas manías, de ilusiones, este mundo medio infantil que está lleno de cosas bonitas y de cosas no tan bonitas; muchas veces este mundo es un mundo de desconcierto porque uno no sabe exactamente qué hacer y necesita entonces preocuparse por otras cosas, necesita leer, necesita pensar en lo exterior, en lo que ha hecho, en lo que va a hacer mañana; necesita otra vez jugar al personaje para sentirse que está haciendo algo porque tiene en sí mismo una conciencia muy incierta de lo que es. Y después de este yo del dormitorio para dentro, viene el que hay detrás de todo, el que aparece en los momentos más importantes, por ejemplo, cuando uno piensa que ha de morir y sabe que tiene que dejarlo todo, o e1 yo que surge en el momento de situaciones muy graves, de situaciones abrumadoras, en las que ya no se le ocurre a uno jugar a ningún personaje exterior ni tampoco está para seguir haciendo su pequeño juego privado; entonces, de repente, siente algo profundo que no sabe lo que es ni puede identificarlo.


Bien, este yo profundo que siempre se escapa, que es inaccesible -pero es inaccesible simplemente porque no nos hemos dedicado a buscarlo, a acercarnos a él-, este yo es de donde surgen absolutamente todas las cualidades, todo cuanto podemos conseguir en la vida. Por tanto, es natural que cuando nosotros nos vamos acercando a este yo a través del silenciamiento del personaje, de esa capa externa que está en nosotros, tanto la parte del mundo que tenemos dentro como la parte nuestra que se relaciona con el mundo, cuando esto se silencia; cuando conseguimos también silenciar ese mundo intermedio de recuerdos, de asociaciones, de conexiones, y el mundo de los contenidos reprimidos; cuando conseguimos, pues, ir centrándonos y atravesamos todas esas capas, externas y medias, entonces, sin hacer absolutamente nada más, se comienza a manifestar dentro de nosotros un resplandor y una fuerza que, aunque débil y difusa al principio, se intuye que encierra en sí una grandeza y un poder extraordinarios.

ECLOSIÓN DE NUEVAS FACULTADES


Incremento de la capacidad creadora
Este simple vislumbre produce en nosotros el despliegue de una serie de facultades, capacidades y rendimientos que estaban latentes en nuestro interior. El primero de ellos es nuestra capacidad creadora, que automáticamente experimenta en nosotros un aumento muy notable. ¿Qué es la capacidad creadora? No consiste sólo en el hecho de pintar cuadros muy bonitos o de hacer una sinfonía magistral, ni de escribir un poema, no. La capacidad creadora es el arte de poder expresar de un modo directo e inmediato nuestra esencia, la vida profunda que hay en nosotros. La capacidad creadora surge cuando somos capaces de expresar algo más allá de nuestros automatismos, más allá de toda la máquina que está funcionando en nosotros. Cada vez que sale algo de un modo inmediato, directo, desde nuestra fuente de vida, desde nuestro yo profundo, aquello tiene siempre un carácter creador cien por cien. Es lo que encontramos en los niños, cuando todavía no están demasiado preocupados por su yo-idea y expresan de una manera espontánea sus impulsos y sus primeras ideas. Se ve allí no solamente una ingenuidad, sino una fuerza, una grandeza, un mundo maravilloso que están detrás de aquellos pequeños gestos, detrás de aquella expresión. Lo vemos también en el mundo de los animales en los que no hay el yo-idea; ellos expresan su reacción, dentro de una gama limitada de posibilidades, pero con una autenticidad que es también extraordinaria.

La capacidad creadora es algo que potencialmente tenemos todos. Esencialmente consiste en el hecho de poder vivir cada instante y responder a cada situación de un modo totalmente auténtico, totalmente fresco, totalmente nuevo. No consiste en hacer cosas nuevas, sino hacerlas desde una perspectiva nueva; no es el objeto lo que constituye la creación sino el sujeto, el sujeto que se vive a sí mismo de una manera nueva y que como consecuencia puede vivir cada cosa de una manera también nueva.

Cuando la persona se va acercando a esta fuente interior cada instante se siente renovado, cada instante se vive como si fuera un nuevo comienzo. Los que han experimentado el amor en su fase de enamoramiento conocen un aspecto de esto. Cuando la persona está enamorada, cada vez que se encuentra con la persona amada, cada vez que habla con ella, la situación se vive como si fuera totalmente nueva, aunque se estén diciendo las mismas cosas y aunque mirado exteriormente lo que se diga sean solemnes tonterías. En cambio, para las personas que lo están viviendo cada una de estas cosas no solamente está llena de significado, sino que tiene una fuerza y una frescura siempre nueva.

Bien, esto sucede con el amor en su aspecto humano; pero esto mismo se manifiesta absolutamente en todo. La persona disfruta haciendo lo que tiene que hacer, sea lo que sea, y disfruta simplemente por el hecho de hacerlo. Es como el niño que está gozoso y disfruta enormemente jugando con lo primero que se le presenta; lo importante no está en si el juguete es bueno o malo, técnicamente perfecto o no, caro o barato, lo importante es la expresión misma, su alma que se expresa a través de aquel juego, jugando quizás con muñecos de trapos, papeles o cualquier otra cosa. La creación transforma nuestra vida en un proceso constantemente viviente, en algo lleno de fuerza, lleno de sentido, lleno de riqueza. Este aspecto creativo se manifiesta y se desarrolla porque el sujeto se vive a si mismo de una manera nueva. Ésta es una de las cualidades que aparecen cuando la persona se va acercando a este yo, a esta realidad, a esta intimidad, a esta autenticidad suya. El yo es una fuente de renovación constante, el yo no es un punto estático sino que es un punto de donde surge todo dinamismo, el yo en sí mismo es constantemente nuevo.

Esta creatividad, pues, no solamente ilumina toda su capacidad de acción y le da un sello de calidad, un sello de autenticidad, sino que también aumenta realmente su misma capacidad de acción. Por el hecho de estar situado en una perspectiva distinta de los automatismos, la persona ya no se limita a funcionar de una manera convencional, de esa manera en que los problemas se enfocan siempre de la misma forma, de modo que para cada situación se tiene sólo un tipo de respuesta. Nosotros no nos damos cuenta pero estamos funcionando normalmente dentro de círculos completamente cerrados, dentro de patrones rutinarios. El vivir más cerca de este yo hace que uno improvise las cosas cada vez con más frecuencia. Ya existe la experiencia y uno puede echar mano a los aprendizajes anteriores si quiere, pero también existe la posibilidad de no utilizarlos o de utilizarlos de una manera nueva. Y así la persona podrá ser en su modo de hablar algo completamente distinto en cada momento, no se sabrá nunca exactamente cuál será su reacción, cosa que ahora ocurre en pocas ocasiones, puesto que cuando se ha visto a una persona varias veces se puede predecir con mucha exactitud cómo actuará «si digo tal cosa qué responderá; si digo tal otra cómo reaccionará». Esto es automático y en esto se basa precisamente el estudio de la psicología humana. La ciencia psicológica se basa en esta periodicidad, en este automatismo de respuesta; si todo el mundo respondiera de un modo distinto no se podría estudiar a nadie, pero como las personas responden de una manera muy semejante, entonces es posible sistematizar estas respuestas y estudiarlas. Por esto la personalidad creadora no se puede estudiar, escapa a todo estudio porque constantemente es distinta, no está dentro de una norma, su norma es precisamente salirse de las normas, de manera espontánea y natural.

LA CREATIVIDAD SUBCONSCIENTE Y LA CREATIVIDAD SUPERIOR


Así pues, esta capacidad creadora permite enfocar los problemas de un modo enteramente nuevo. Ahora bien, la creatividad tiene dos aspectos distintos. Hay una creatividad que procede no del acercamiento a este yo profundo, sino del simple hecho de que funcionen nuestros automatismos inconscientes con más libertad que de costumbre. En nuestro subconsciente hay una gran cantidad de material que tiene su dinámica propia y su sentido estructurador; y esto lo vemos muy claramente en los sueños. Cuando la persona se relaja, una de las cosas que ocurren es que su inconsciente comienza a funcionar un poco más libremente porque el peso del control y represión del yo consciente disminuye. Esto permite que se expresen también con más facilidad que antes capacidades de creación que son propias del subconsciente y que son distintas de las que proceden del yo superior. ¿Qué diferencia hay entre los dos tipos de creación: la creación del subconsciente y la creación del yo central, del superconsciente?

La creación del subconsciente siempre consiste en una combinación nueva de elementos viejos, para dar origen a algo que ya estaba implícito en los datos. El ejemplo típico de esto lo tenemos en los sueños. ¿Cómo se construye un sueño? Un sueño se construye siempre con material que ha entrado previamente por los sentidos; ahora bien, este material se combina de una manera diferente y entonces uno puede tener sueños fantásticos donde salen personajes extraordinarios. Pero si lo examinamos bien veremos que todos los elementos que integran esta fantasía son elementos previamente conocidos, quizá remotamente, pero que ya estaban dentro. Es como si la mente inconsciente echara mano de todo el material de que dispone para hacer una creación, para poder expresar en su lenguaje simbólico de la manera más clara, directa y eficaz, lo que está tratando de manifestar. A veces será la expresión de una protesta, o la reclamación de un deseo que no está satisfecho o la denuncia de un conflicto o de un temor que está dentro y que no se ha apagado del todo. Siempre encontrarnos en los sueños un significado, un mensaje, que si lo estudiamos con cuidado veremos que es una auténtica obra de arte, una auténtica creación, porque nuestro inconsciente elige situaciones, ambientes, personajes, incidentes y detalles, y los combina de una manera realmente magistral, para condensar en un mínimo de tiempo y espacio la máxima riqueza de significación.

Un ejemplo exterior, objetivo, de este mecanismo del subconsciente lo encontramos en los dibujos animados; los dibujos animados no son nada más que una expresión de este mecanismo en el que cada personaje, cada situación simboliza unos problemas, unos conflictos, unas situaciones, una dinámica y una solución que se refieren todos a cosas interiores. Que un personaje tiene miedo, inmediatamente vemos cómo este personaje se hace pequeño, se encoge, disminuye hasta casi desaparecer; que se siente muy fuerte y poderoso, entonces crece; la forma se adapta exactamente al sentimiento, a lo que se quiere expresar. Si gustan los dibujos animados, es precisamente porque están reflejando de una manera gráfica e inmediata una serie de situaciones y de estados interiores reales. Y porque algunos de ellos son verdaderas maravillas, las mismas que surgen de la dinámica previa de nuestro subconsciente.

Un fenómeno semejante se produce en el arte. El arte es también una creación, pero en muchas ocasiones no tiene un carácter de creación genuina, de creación superior. Esto lo podemos ver casi en la mayoría de las obras de arte que no son nada más que combinaciones de fuerzas del inconsciente, o una proyección de estas mismas fuerzas y de su juego interior, al cual de una manera u otra se intenta dar expresión.

En cambio, cuando la fuerza creadora procede del superconsciente, cuando no es producto de este libre juego de la parte inferior, sino de la parte superior, entonces tenemos la auténtica inspiración. La auténtica inspiración representa siempre la aportación de algo realmente nuevo, no solamente en cuanto a lenguaje o en cuanto a forma, sino sobre todo en cuanto a contenido y significación.

Se trata de una verdadera revelación que tiene el carácter de una mayor altura y calidad. La persona que lo percibe y contempla se siente ella misma ampliada, elevada, magnificada. En esto se diferencia de las obras que proceden del subconsciente. Estas últimas también pueden producir un impacto, incluso profundo, pero muchas veces en vez de elevar, le hunden a uno, le hacen vivir contenidos más bajos o elementales.

Sin embargo, cuando existe una auténtica inspiración que viene de arriba, entonces se percibe siempre una intensidad, una grandeza, una luminosidad que tienden a elevar tanto la mente como el sentimiento. Es la persona toda entera que se siente como transportada y transformada.

Con esto no queremos decir que hayamos de menospreciar el trabajo creador del subconsciente, sino que simplemente hemos de saber distinguir uno del otro.

LA CREATIVIDAD EN LA VIDA ORDINARIA
Este trabajo creador tiene en la vida constantes aplicaciones, sobre todo en la relación humana, en la forma de tratar a las personas. Si nos pudiéramos examinar un poco objetivamente veríamos la enorme monotonía que tenemos en el trato con las personas con quienes convivimos, siempre hacemos lo mismo, siempre decimos lo mismo. Es por esto que si no hay una vida interior muy intensa encontramos esos casos tan enormemente frecuentes de matrimonios que están callados y que pasan así horas y días. ¿Por qué? Porque ya se lo han dicho todo, se aburren. No se trata de aquel silencio positivo que no necesita decir nada porque ya hay una mutua participación en la simple presencia, no es esa comunicación silenciosa, viviente, no; es el ostracismo, que es muy distinto, es el aburrimiento, es el hecho de que faltan estímulos. La persona no puede reaccionar de una manera nueva, sabe que dirá tal frase y el otro le responderá con otra; no vale la pena hablar. Ya se sabe toda la gama de recursos del otro; son dos automatismos que están agotados y que no ofrecen interés.

Esto, cuando la persona va trabajando interiormente, desaparece. La persona nunca es la misma, siempre tiene enfoques completamente distintos y no porque los busque o porque se esfuerce en ser original.

Su originalidad procede de una fuerza renovadora que le brota de dentro y que le permite vivir todas las situaciones, incluso las mismas situaciones y las más prosaicas, con una ilusión, con una alegría y con una perspectiva completamente distintas de la persona que está automatizada.

Así pues, la creatividad transforma toda nuestra actitud ante la vida, e incluso ante el trabajo. Ella hace que aumente no sólo nuestra capacidad de eficiencia en el trabajo, sino también nuestra capacidad de gozo en el trabajo.

Además, la creatividad nos hace participar en el sentimiento de belleza y nos permite descubrir la belleza en todas las cosas. Uno aprende a ver que de la misma manera que todo cuanto existe está expresando en un grado u otro energía y conciencia, también en un grado u otro está expresando belleza. O sea que la persona se hace apta para poder descubrir el mundo en función de la belleza; no según los cánones más o menos convencionales del momento actual sino en el sentido más profundo y permanente de belleza. Entonces se da cuenta que todo, incluso las formas que normalmente se suelen despreciar por no ajustarse a los cánones externos y habituales de belleza, están llenos de hermosura, porque descubre una armonía que es interior, una belleza que está tratando de expresarse en una forma exteriormente bella.

INCREMENTO DE LAS FACULTADES MENTALES


El despliegue de la capacidad creadora es sólo un aspecto de este acercamiento progresivo al yo central.

Otro aspecto que se produce al acercarse al yo es una mejora muy interesante y muy clara en el funcionamiento mental. La mente, por el simple hecho de aprender a estar atenta y silenciosa, se va transformando, haciéndose cada vez más clara, más fuerte y más profunda. Su visión de las cosas gana en amplitud y en precisión, aumentando de día en día su capacidad de comprensión inmediata, su capacidad de evidencia, evidencia dentro de sí mismo y evidencia respecto a los demás. Va apareciendo lo que podríamos llamar una compensación intuitiva de la vida y de las personas. Ya no necesita estar reflexionando largo rato sobre las cosas porque al mirarlas parece como si se hicieran transparentes; las razones, las causas y los efectos son vistos de una manera inmediata. Descubre que no necesita ineludiblemente ser esclavo del mecanismo de raciocinio, pues adquiere la capacidad de ver de un modo directo lo que antes necesitaba estar trabajando, razonando, comparando, abstrayendo antes de llegar a una conclusión.

O sea que la mente se aclara, se profundiza, se estabiliza, se fortalece, se hace, en una palabra, más intuitiva. Esto es lo que podríamos decir un resultado inmediato y elemental.

Otra característica que se produce es que la persona aumenta su capacidad de recuerdo, de memoria. ¿Por qué? Porque no está presionada como estaba antes siempre por las tensiones interiores o por la agitación mental que le impedían centrarse en algo y poner el interés suficiente para poder grabarlo y, más tarde, recordarlo con claridad. La mente está funcionando de un modo más libre, más natural, sin tanta agitación, sin tantas prisas, pero con muchísima mayor eficacia.

Con esto tenemos los rendimientos más inmediatos. Ahora bien, poco a poco esta capacidad mental se manifiesta también en un terreno nuevo, va aumentando lo que podríamos llamar su capacidad de intuición profunda. Uno no solamente comprende más a las personas, sino que parece como si en esta comprensión estuviera incluida muchas veces una previsión de algo de lo que ocurre en los demás o de lo que está a punto de ocurrir. Es como si el aspecto tiempo se ensanchara, sin quedar limitado a este inmediato presente como suele ocurrir normalmente, con la mente asomada al exterior. Parece como si al estar la mente más serena y más centrada la visión se ampliara y abarcara un mayor período de tiempo, de manera que a veces se puede anticipar algo que está a punto de llegar. O sea dile la intuición con esta característica suya de ver lima verdad, y a veces de poder anticipar hechos, empieza a manifestarse de una manera espontánea y natural en la vida diaria.

Uno empieza a ver también más claro qué es lo que ha de hacer, qué es lo que conviene en cada momento y en cada situación; siente como si una guía especial le estuviera orientando e inspirando por lo menos en algunos momentos. La persona tiene la certeza de que no está sola, que ya no está en medio de un terreno desconocido en donde puede perderse en cualquier momento; uno empieza a confiar en esta guía interior, como si fuera un consejero superior que le estuviera indicando lo que es correcto y lo que no lo es.

Esta misma capacidad intuitiva se manifiesta también en otro terreno; en el terreno de la comprensión de los grandes problemas filosóficos, en los que normalmente la persona se rompe la cabeza pensando y especulando sin poder llegar a nada cierto o seguro; problemas como los de la existencia y de la no existencia, de lo absoluto y lo contingente, de la nada, del tiempo, etc. Pues bien, este trabajo interior desarrolla la capacidad de ver y de llegar a realizar lo que se llama la experiencia metafísica. Llegar a tener una evidencia clara de la verdad, de la verdad profunda de las cosas. Claro que esto requiere que la persona ya esté bastante cerca y que además tenga una técnica de curiosidad intelectual y de marcado interés por comprender. No se trata de que le guste precisamente el trabajo especulativo, el puro razonamiento, porque esto no ayuda a nada, sino de que tenga una auténtica curiosidad por conocer. Si existe este factor de interés marcado y permanente, entonces se desarrolla en la persona esa intuición metafísica que la hace capaz de comprender de un modo inmediato las teorías y los escritos de los filósofos, por lo menos los contenidos esenciales, y le hace discernir con gran facilidad lo que es correcto y falso en un razonamiento o en una afirmación incluso de tipo superior.

En la vida práctica este mayor despliegue de la mente tiene infinitas aplicaciones, no siendo la menor de ellas evitar que en un momento dado cometa uno ciertos errores o disparates.

Pero esta intuición, para que sea fidedigna, es preciso que vaya siempre acompañada de un estado de serenidad interior; si la persona está agitada por tensiones, por emociones, por deseos o temores, entonces esa intuición no le funcionará o le funcionará de un modo distorsionado. La tranquilidad, la quietud, la transparencia interior, son absolutamente necesarias para que el sector de sabiduría, diríamos, del yo superior se manifieste con fidelidad a través de nuestra mente consciente.

INCREMENTO DE LA FELICIDAD Y SEGURIDAD INTERIOR


Otro aspecto interesante de la realización o del acercamiento al yo es que la persona va creciendo en alegría, en gozo interior. La persona se siente contenta, se siente satisfecha, sin saber por qué; no está contenta por nada especial, simplemente está contenta. Y cuanto más trabaja interiormente más intensamente vive ese sentimiento de alegría y de amor, hasta que acaba por convertirse en un estado permanente de felicidad y de paz. Este estado ya no depende en absoluto de nada de lo que -ocurre exteriormente y es compatible incluso con la existencia de problemas y dificultades y hasta con el mismo dolor físico o moral.

Es como si se estuviera viviendo desde un plano más profundo y más auténtico, en donde reinan permanentemente una serenidad, una paz y una felicidad inalterables.

Todo esto, claro está, solamente podemos señalarlo, ya que ha de ser uno mismo el que lo ha de descubrir y experimentar personalmente. Las indicaciones que hemos dado pueden surgir, sin embargo, de Útiles puntos de referencia para que las personas que trabajan puedan constatar por los síntomas y los resultados si están realmente avanzando por el camino acertado.

Y, por último, el otro aspecto notable, fundamental, de este trabajo interior es que la persona se nota más segura, más libre, más sólida por dentro. Se siente con más fuerza para afrontar aquellas situaciones que antes le hacían tambalear, que antes le producían un desgarre interior; ahora no pasa nada de esto. Puede tener unas sacudidas, pero hay una mayor solidez, una mayor entereza, una mayor capacidad de aguante y de reacción ante las situaciones; la persona se hace más madura. Y esto va creciendo de manera tal que uno va sintiéndose por dentro con una fuerza cada vez mayor, va sintiéndose cada vez más joven; joven en el sentido auténtico de la palabra, no en ese sentido de medio en broma medio emotivo con que a veces se suele utilizar. Y es porque siente en su interior una fuente de fuerza inagotable, que siempre está disponible, que siempre se renueva, que no se gasta, que no se consume. El secreto de la eterna juventud en sentido físico es posible que nunca llegue a descubrir, pero sí es cierto que en el sentido psicológico existe y consiste precisamente en esta apertura, en esta sintonía con el yo central, con nuestra realidad esencial, con el núcleo espiritual de nuestra alma.

Este sentirse lleno de energía y de fuerza, da una libertad interior extraordinaria. La persona, al sentirse sólida y segura, se siente inmediatamente emancipada de los miedos anteriores, de las convenciones; ya no necesita estar utilizando una táctica de seguridad, una táctica de tanteo, una táctica de mantener el «stato quo» con personas y con ambientes. Ella se siente libre, siente que para ser ella misma no depende absolutamente de nada. Exteriormente sí, seguirá dependiendo de todo el mundo; para comer necesitará dinero y para ganar dinero necesitará trabajo y para tener trabajo necesitará de una capacidad de trato y de cumplimiento; en ese sentido exterior todos dependemos de todos. Pero en el sentido interior se siente totalmente libre, cosa que no ha ocurrido nunca antes, y esta libertad interior le da un sentido de ligereza, de agilidad, un sentido de alegría y de gozo, extraordinarios.

Una vez más todo esto no depende para nada de las contingencias exteriores, sino sólo de uno mismo. El camino para conseguirlo es trabajar de un modo inteligente y perseverante en llegar a ser uno mismo, en descubrir ese yo auténtico y central, tal como lo hemos ido explicando.

Las metas señaladas son plenamente asequibles, pero el trabajo debe hacerse de una manera sistemática, inteligente, total y sincera. Aunque el trabajo requiera no sólo meses sino años de perseverante labor.

Sin embargo, cuando para una persona el descubrimiento de sí mismo, este llegar a ser auténticamente él, se convierte en lo más importante de toda su vida, sin lo cual todo lo demás carece de sentido, cuando uno adopta esta actitud de un modo claro y decidido es cuando estará dispuesto a emprender el trabajo y a mantenerse en él pase lo que pase. Y ciertamente éste es quien conseguirá alcanzar los resultados propuestos.

VI. RELAJACIÓN Y VIDA ESPIRITUAL

VIDA ESPIRITUAL Y REALIZACIÓN DEL YO


Vamos a hablar en este artículo de la relajación en relación con la vida espiritual, entendida ésta en su sentido religioso tradicional, esto es, como nuestra relación personal con Dios.

Anteriormente hemos hablado de la autoinvestigación llevada a cabo en el silencio interior como un camino para llegar a la realización del Yo. Pero hay muchas personas a quienes este camino de realización del Yo no les atrae, no les dice gran cosa y tienden a rechazarlo. Quizás esto ocurra porque en Occidente no se nos ha educado en el sentido de que haya que valorar el Yo profundo, el Yo central, como algo sumamente positivo. Por el contrario, más bien se nos ha dicho siempre en nuestra formación religiosa que lo que ha de hacer el hombre para perfeccionarse, para progresar interiormente es luchar contra su yo, superarlo, trascenderlo o matarlo, porque el yo es algo defectuoso, pequeño, limitado; algo que en el fondo es la causa de todos los problemas, porque, dicen, es la causa del orgullo, defecto capital del cual derivan los demás problemas morales y psicológicos.

Esto contrasta con uno de los puntos capitales de la doctrina del cristianismo que afirma que el hombre, en su realidad más alta es espíritu y, como tal, imagen y semejanza de Dios. No obstante, parece como si esto no tuviera unas consecuencias prácticas para el trabajo interior. Estamos sufriendo todavía un poco la influencia de siglos en los que el hombre ha sido muy poco valorado, en la creencia de que el único camino posible para elevarse algo sobre su condición habitual era dirigirse a Dios como realidad suprema, olvidándose a sí mismo y negando en bloque toda importancia y valor al hombre.

Por este motivo a muchas personas, cuando se les habla de realizar el Yo, y aun cuando se les diga que este Yo no es el yo frontal, ese yo egocentrado que -éste sí- es realmente la causa de una vida centrada alrededor de los propios intereses, gustos y aficiones, aunque se les diga esto, el Yo les sigue resonando como algo que envuelve siempre una amenaza latente; creen que eso es querer exaltar su personalidad, y en este sentido temen que se les haga pretender llegar a ser más que Dios. Les parece ver en esto un peligro de soberbia porque inconscientes temores irracionales les impiden entender y aceptar su verdadero sentido.

Conviene repetir que esta realización del Yo profundo de la que hemos hablado en otros lugares exige dejar atrás todo lo que son emociones, sentimientos e ideas centradas alrededor del yo-idea, o sea, todo lo que tiene un carácter egocentrado, para poder llegar a esta dimensión transpersonal, esta dimensión central que, precisamente, y según la Teología, está unida con Dios.

A otras personas les ocurre, simplemente, que no sólo su vida espiritual o religiosa sino incluso todo deseo de mejora de carácter o de personalidad, ha discurrido siempre dentro de una línea devocional hacia Dios, y solamente conciben un mayor perfeccionamiento, un mayor progreso, mejorando su relación con Él, con todas las obligaciones y prácticas que esto lleva consigo.

Así, pues, es conveniente estudiar el estado de relajación profunda para ver cómo puede afectar o beneficiar a la vida espiritual, a la vida religiosa, prescindiendo aquí de otras formas y técnicas de mejoramiento personal.

Consideraremos la vida espiritual desde su aspecto puramente psicológico. No nos interesa ahora, ni e nuestro campo, entrar en el terreno teológico dogmático ni siquiera moral. Lo que decimos es algo fundamental, algo esencial que cada cual puede encajarlo y completarlo con la visión propia de su fe, de sus creencias, de su sistema teológico, de su sistema moral, incluso de su sistema devocional; no se opone a nada sino más bien es algo central en todas las formas religiosas de tipo superior.

QUÉ ES LA VIDA ESPIRITUAL
La vida espiritual podría ser definida de muchas maneras, pero si atendemos al modo práctico como suele ser vivida, creo que deberíamos dar las siguientes tres definiciones:
1. La vida espiritual es el cumplimiento del conjunto de obligaciones decretadas por Dios y por sus representantes, con el fin de estar en paz con Dios y poder morir tranquilos, confiando que Dios me permitirá, según me tiene prometido, gozar eternamente la gloria del Cielo.

2. La vida espiritual es la relación personal que el hombre establece con su Creador y de cuya relación surge un progresivo acercamiento hacia Él, con todas las implicaciones que este acercamiento representa, o sea, una transformación del modo de ser, viviendo un amor más concentrado, más exclusivo hacia Dios y, por Dios, hacia todos los demás seres humanos.

3. La vida espiritual es el conjunto de medios cuyo objeto es realizar nuestra total y definitiva unión con Dios, de manera que llegue a ser Él mismo nuestro ser, nuestro Yo, nuestro amor, entendimiento y voluntad.

Estas tres definiciones señalan muy claramente, creo, tres actitudes completamente distintas ante el hecho de la vida espiritual. Y ojalá se tratara tan sólo de tres grados o fases de maduración ante lo espiritual. En algunos casos, desde luego, así es. La persona se inicia en lo religioso de acuerdo con el concepto dado en nuestra primera definición, la más elemental, y a medida que va creciendo su comprensión y su capacidad de ser sincero pasa con naturalidad a la fase que corresponde a nuestra segunda definición, para, finalmente, desembocar en la visión del objetivo supremo la unión íntima, total y permanente con Dios.

Pero en la observación diaria no es difícil constatar que una gran mayoría de personas, de las que se consideran a sí mismas sinceramente religiosas, permanecen toda su vida de manera estacionaria en la categoría más elemental de las indicadas. Su preocupación única parece consistir, una vez bien aprendidos unos conceptos teológicos y unas normas morales, en esforzarse durante toda su vida en el fiel cumplimiento de tales deberes. Su actitud parece ser la de «yo cumplo mi parte, que Dios cumpla la suya», sin especial interés en ahondar en la experiencia religiosa. Sus prácticas son casi exclusivamente externas y, como es natural, su vida cotidiana familiar, profesional y social queda como algo totalmente separado -excepto en las repercusiones de la moral que se esfuerzan en seguir- de su vida espiritual. No conciben que la vida espiritual pueda transformar interiormente y vivificar de forma revolucionaria su modo de sentir, de pensar, de amar, de hacer.

La verdadera vida espiritual, creo yo, empieza a existir cuando aparece en la persona una inquietud, tina aspiración, una llamada que no puede ser desoída y que tampoco puede ser acallada con ninguna de las satisfacciones que la vida cotidiana puede ofrecer. Esta llamada a lo realmente trascendente puede tener muchos matices diferentes y adoptar muchas formas, pero en todo caso hace que la persona no pueda seguir contentándose con los valores que hasta el momento polarizaban su vida y la obliga a tomar una actitud de búsqueda, quizás exteriormente a través de libros, de personas, etc.

Pero después de un tiempo pasado en esta búsqueda exterior sin haber logrado acallar esta demanda interior, descubre por fin que la forma más genuina de buscar es el dirigirse directamente a Dios, en expresión espontánea del propio anhelo interior. En este momento es cuando se inicia para la persona la vivificante vida espiritual. Y se inicia con una exclamación, con una oración, pidiendo ver, comprender, solicitando más luz. Después vendrá el pedir más amor y más fuerza para mejor luchar contra sus defectos y adquirir unas determinadas cualidades o virtudes.

Cuando una persona empieza a abrirse a lo espiritual experimenta una gran dificultad porque la tendencia general es la de buscar a través del raciocinio, a buscar tal como estamos acostumbrados a hacerlo en todas las cosas de nuestra vida concreta. Esto le obliga durante algún tiempo a muchas gestiones y tanteos, hasta que por fin se da cuenta que la forma correcta de buscar no consiste en discutir o en leer, sino en obligarse a aceptar el hecho de que tiene algo que expresar y que esta expresión no puede ser sustituida por ninguna otra acción, estudio o discusión, sino que ha de consistir simplemente en hacer una exclamación, en una autoexpresión directa y espontánea ante Dios.

Una vez ha logrado dar este primer paso en su vida espiritual y lo cultiva gracias a la práctica frecuente de la oración -oración que ha aprendido a hacer en el instante de su primera exclamación- entonces vendrá el aprender a estar a la expectativa, el aprender a recibir el resultado de esta expresión, de esta oración. Vendrá el aprender a sentir interiormente más y más la acción de unas fuerzas superiores, de unos sentimientos más profundos y más exigentes que le impulsan a adoptar tal tipo de vida, tal tipo de prácticas devocionales, o a corregir precisamente este o aquel defecto en particular.

Así la persona va avanzando, apoyándose, diríamos, por un lado en la expresión de su deseo, de su anhelo, de su demanda, y por otro, en la recepción de esas mociones superiores. Y de estos dos factores surge la acción, que consiste en ir poniendo en práctica lo que interiormente siente e intuye como más correcto, como más verdadero.

Las incidencias y la evolución de la vida espiritual pueden ser muy diferentes según cada persona. Pero en todo caso parece ser que el progreso o crecimiento de la vida interior depende de la sinceridad de su demanda, de la disponibilidad interior o receptividad ante la respuesta o acción divina en él y, por último, de la colaboración activa que preste a la voluntad de Dios según pueda entenderla o captarla en su recogimiento interior.

A medida que el trabajo prosigue se producen cambios. Cambios que esencialmente responden a que la persona ve aparecer en su horizonte interior como único objetivo realmente importante en su vida el llegar a la unión completa e incondicional con ese Dios que está Hecho de amor, de fuerza, de sabiduría, de felicidad. Se va dando cuenta de que hay unas prácticas y unas actitudes que son ahora las más importantes y las más efectivas para acercarle más íntimamente a Dios, que puede desechar muchas cosas que antes consideraba necesarias, simplificando así toda su vida interior. Y descubre que su vida interior se mueve en un circuito compuesto de tres fases o tres tiempos fundamentales que consideraremos brevemente a continuación:


1. Abrirse más y más a la presencia y a la acción de Dios dentro de sí mismo.

2. Hacer una entrega siempre renovada de sí mismo a Él.

3. Colaborar activamente para cumplir en todo su voluntad.

PRIMERA FASE: ABRIRSE A LA PRESENCIA DE DIOS


En primer lugar hay que cultivar - y abrirse a la presencia de Dios y a su acción dentro de nosotros. Dios no es una realidad por la que uno puede preocuparse tan sólo a unas horas determinadas; cuando una persona va teniendo más urgencia de la vida espiritual, Dios es algo de cada momento, de cada instante. Dios es exactamente el mismo Ser Absoluto con respecto a mi vida como lo es en Sí mismo en cada instante. Por lo tanto, el hecho de que en un momento dado se le sienta como muy importante y en otro se le olvide, aunque éste sea el proceso inevitable de todo ser humano durante el camino, no es ni puede considerarse como algo en sí mismo justificable. Dios en cada momento es central, es lo más importante, no sólo por la importancia intrínseca en Sí mismo, sino porque está en el fondo de todo y de todos, obrando en cada instante como el auténtico protagonista de toda la existencia.

Dios está en mí, como está absolutamente en todo, y está en mí no de un modo estático, sino de una manera dinámica, de una manera creadora, y también de una manera amorosa. Hay una presencia especial, que en el lenguaje cristiano llamaríamos gracia santificante, que está actuando, dinamizando toda nuestra personalidad desde su centro. Por tanto, esta presencia de Dios, esta presencia de lo más importante, de lo único central de la vida en nosotros es algo que despierta, que exige nuestra capacidad de atención, exige que aprendamos a abrirnos a la conciencia de esta realidad permanente. De aquí surge el que nos sintamos obligados a estar en todo momento conscientes de esta presencia de Dios en nuestro ser.

Esta presencia de Dios en nosotros se puede conseguir a través de una atención sostenida, o de una serie de actos repetidos de devoción, de pequeñas oraciones, por medio de una actitud de recogimiento, de aislamiento, etc. Pero es parte esencial de esta fase el que se aprenda a estar muy atento, muy abierto, y muy receptivo a su acción en nosotros, porque nos damos cuenta que si bien por un lado somos nosotros quienes hacemos el esfuerzo de estar atentos y de abrirnos a esta intuición de Dios en nosotros, hay un movimiento que procede del otro lado, un movimiento que viene de lo más profundo de nosotros mismos y que es como si fuera una acción especial superior que nos impulsa, que nos anima, que nos recuerda esta presencia interior. Es como si empezara a latir en nosotros una segunda vida, independiente de la vida personal que hemos llevado hasta el presente. Este impulso se manifiesta a veces como oleadas de nuevo amor, de comprensión, de fuerza, que son como una respuesta a nuestra petición, a nuestro esfuerzo por establecer contacto con Dios a través de nuestro corazón.

SEGUNDA FASE: ENTREGA A DIOS


La segunda fase es entregarse a Él. Cuando nos damos cuenta de que todo lo que somos, y todo lo que podemos hacer nos viene de Dios, entonces la acción más natural, más inmediata que surge es la de una total entrega a Él. ¿Qué es esa entrega a Dios? Esa entrega a Dios no es nada más que un reconocimiento del hecho de que ya somos suyos, puesto que toda nuestra existencia, nuestra acción y nuestra capacidad de acción nos viene de Él; por tanto, entregarnos a Dios quiere decir simplemente reconocer que Dios es quien nos está dando el ser y nos está dando el vivir, es reconocer una situación de hecho. Pero es obligarnos también a situar nuestro punto de mira, nuestra mente, nuestro afecto, nuestro sentimiento y nuestra acción en esa nueva perspectiva, en este nuevo centro de gravedad que se está generando cada vez con más fuerza en nuestro interior; y ésa es la verdadera renuncia. La renuncia en el sentido activo, podríamos decir, es el esfuerzo por aprender a mirar, a sentir y hacer las cosas desde este nuevo nivel, desde este nuevo centro. Debemos producir esta traslación de nuestra voluntad, emoción y acción personal, y hacerlos coincidir con este nuevo foco vital que se está desarrollando en nosotros y, a partir de este momento, veremos lo que hemos de hacer, sentiremos cómo hemos de actuar, comprenderemos lo que Dios espera de nosotros en cada instante.

TERCERA FASE: COLABORACIÓN ACTIVA CON DIOS


La tercera fase es la decisión de colaborar activamente con esta moción de Dios en nosotros y viene como resultado de nuestra actitud de entrega. A través de esta entrega y correspondencia interior a cuanto percibimos de la moción, del impulso, de la acción de Dios en nosotros, sentimos cómo hemos de actuar en la vida, cómo hemos de ordenarla de acuerdo con este nuevo estilo de ver y de sentir.

Esta exigencia de responder con toda nuestra capacidad de acción y de colaboración es sumamente importante porque hasta este momento parecía que todo el proceso era puramente interno: percibir, abrirse, amar, aceptar, entregarse interiormente. Sin embargo, una parte integrante y esencial de este proceso es el hecho de que hemos de aprender a colaborar activamente en lo que es voluntad de Dios que hagamos. En el cumplimiento de esta voluntad de Dios irán surgiendo dificultades porque tropezaremos con nuestros hábitos y, aunque ahora valoramos más las realidades superiores, sin embargo, los antiguos hábitos siguen ejerciendo su influencia, por lo cual hemos de aprender a contrarrestar aquella influencia, hemos de aprender a utilizar todas nuestras fuerzas, toda nuestra energía, toda nuestra capacidad de dedicación, toda nuestra sinceridad, a veces toda nuestra sutileza mental para mantenernos en la postura correcta en todo momento.

Es en este trabajo, precisamente, cuando nos veremos obligados a afrontar situaciones difíciles sin que podamos huir ante ellas como solíamos hacer antes. Ahora sentiremos, por el contrario, que no nos es posible eludirlas, que forzosamente hemos de abordarlas. Incluso nos parecerá a veces que nos vienen más dificultades que antes, más situaciones nuevas que nos obligan a actuar decididamente, a sacar fuerzas de flaqueza. Ya no podemos quedarnos en esta actitud puramente receptiva, puramente pasiva, interior, sirio que es necesario corresponder activamente, utilizando todas nuestras fuerzas, convirtiendo todo en experiencia, viviendo toda nuestra capacidad de razonar, de expresar, de actuar.

COINCIDENCIAS Y DIFERENCIAS SEGÚN LOS DIVERSOS CAMINOS DE TRABAJO INTERIOR


Vemos, pues, que en este circuito se produce inevitablemente el que la persona llegue a vivir más y más todas sus capacidades y, por lo tanto, alcance un punto en el que va tomando una conciencia de sí mucho más profunda. Exactamente como ocurre cuando se sigue el camino inicial del encuentro del Yo, solamente que en este encuentro con Dios el resultado se produce después, al final. Allí se partía de la conciencia del Yo, y a partir de esta conciencia se trataba de ser auténtico en la acción, de descubrirse a sí mismo a través de todos los recursos, de todas las posibilidades que están interiormente encerradas y que las circunstancias se encargan de movilizar, de actualizar. Cuando al fin se va madurando interiormente, y se van invirtiendo en este esfuerzo todas las fuerzas retenidas y todas las cualidades potenciales, entonces se es capaz de percibir esta realidad central que, como decíamos, es un centro de fuerza y de paz; y es dentro de esta fuerza y de esta paz donde se descubre que todo nos viene del centro absoluto de fuerza, de paz y de amor que es Dios.

El proceso es distinto en un caso o en otro pero forzosamente han de coincidir si existe verdadera autenticidad en la intención. Obvio es decir que hay muchas personas que se quedan a mitad de camino, otras que ni siquiera llegan a esta mitad, tanto en el camino del trabajo del Yo, como en el del trabajo religioso.

Queremos destacar aquí que no se debe hacer nunca una contraposición entre estos dos estilos de trabajo. Es exactamente lo mismo, únicamente varía el punto de arranque, el cual depende, muchas veces, del tipo de personalidad que tenemos, de la educación recibida y a veces de nuestra función en la vida. Las personas que trabajan inicialmente sobre la conciencia del yo, son personas que viven más directamente su capacidad de esfuerzo y de responsabilidad, se obligan más a estar centradas en la conciencia inmediata de sí mismas porque esto las capacita de un modo más directo para vivir con mayor intensidad las situaciones presentes, para tener una acción más total y una responsabilidad personal más directa.

En cambio, ocurre con cierta frecuencia que a las personas que adoptan la actitud religiosa, les parece al principio, que disminuye su capacidad de vivir el presente, su capacidad de dinamizar las energías, de luchar por lo inmediato con todas sus fuerzas, puesto que están viviendo, como más importante, otra realidad superior que, a veces, les sirve de huida, de refugio. Sin embargo, en la medida que este proceso espiritual avanza, no se podrá seguir utilizando esta realidad superior como refugio, sino que se transformará en un foco productivo de energía para entregarlo todo y para entregarse del todo a Dios.

O sea, que hay distintas modalidades según los diversos modos de ser, pero debemos aprender a ver que no hay una oposición fundamental alguna en los dos tipos de trabajo, sino simplemente una preferencia en el punto de partida.

LA RELAJACIÓN, ESCUELA DE DESPRENDIMIENTO


Hemos abordado, hasta aquí, este esquema, sencillo, de la vida interior, pero no hemos hablado de la relajación.

La relajación empieza por enseñar a ser consciente de una contracción en el brazo, por ejemplo, o en el pecho, o quizás en el estómago y uno aprende a aflojarse apoyado en el ritmo respiratorio o simplemente en la acción de dejarse ir. Esto señala el primer paso de todo un proceso reactivo contra la tendencia a vivir solamente vertido al exterior. La persona empieza a adoptar una actitud nueva, empieza a descubrirse a sí misma con una capacidad nueva de respuesta ante el exterior. Cuando la persona realiza y comprueba este descubrimiento puede comenzar a actuar de tina manera diferente, que consiste en aprender a aflojar las tensiones interiores establecidas y provocadas por alguna situación externa difícil. Es un negarse a seguir estando tenso porque uno deja de dar un valor absoluto o predominante a los condicionamientos que surgen de las situaciones externas.

Así percibimos, poco a poco, que poseemos una capacidad de aflojar, una capacidad de distensión, una capacidad de soltar, de liberarnos de la presión del mundo exterior; empezamos a poder respirar directamente, por nosotros mismos, con independencia del mundo exterior.

Resumiendo, podríamos decir que se trata de todo un proceso de independencia respecto al mundo externo, y por eso, precisamente, es todo un proceso de aprendizaje de lo que constituye la actitud fundamental de la vida espiritual, que no es nada más que la culminación de esta misma disposición. Porque el mundo exterior, que son los apremios económicos, las dificultades familiares, sociales, etc., después lo volvemos a encontrar en otro plano más elevado o interior son entonces nuestros deseos, nuestros miedos, nuestras ambiciones, todo este mundo interno que no es nada más que un calco, una reproducción o un efecto del mundo exterior en nosotros. En este plano hemos de aprender a hacer lo mismo que antes respecto al mundo objetivo, exterior; debemos seguir el proceso de aprender a dejar también nuestras tensiones propiamente interiores, nuestras inquietudes, preocupaciones, deseos, temores, porque todo esto no es más que una reproducción en negativo, en nuestro interior, de lo que era nuestra acción frente al exterior. Al aprender a aflojar en esa nueva dimensión comenzaremos a descubrirnos a nosotros mismos de un modo más directo, sin esta tensión, sin este miedo, sin estas preocupaciones, y a medida que sigamos aflojando de una manera lúcida y consciente, descubrimos una nueva zona interior cada vez más auténtica.

Así, pues, la técnica de la relajación es paralelamente una escuela de desprendimiento y una escuela de autodescubrimiento.

LA RELAJACIÓN COMO MEDIO PARA ABRIR NUESTRA SENSIBILIDAD


Una vez conseguido, hasta cierto punto, este desprendimiento del mundo y de la impronta que el mundo deja en nosotros, entonces, respecto a la vida espiritual, ocurre exactamente lo mismo. La vida espiritual exige una apertura de nuestra capacidad receptiva hacia arriba, una mayor sensibilidad a lo que procede de arriba o de mi centro que tiene allí su origen. Todo lo que se refiere a la presencia de Dios requiere nuestra apertura interior, nuestro constante aflojar, porque sólo así podremos ser más conscientes de lo que sentimos en nosotros. Mientras estemos crispados y serrados, lo que hay en lo profundo de nuestro corazón será una caja cerrada, una caja de caudales, podríamos decir, con una combinación ignorada. En la medida que vayamos aflojando nuestras preocupaciones, nuestros deseos, nuestro mundo egocentrado, nos capacitamos para poder sentir en nosotros una presencia que antes no sentíamos, para sentir una impulsión, un estímulo interior hacia un tipo de oración, hacia la petición de ciertas cosas o a adoptar una actitud determinada respecto a la vida espiritual. O sea, que se va produciendo, poco a poco, una auténtica dirección que procede de nuestro propio interior. Pero esto requiere que uno sea receptivo, que el corazón y la miente estén tranquilos y conectados con la presencia y acción de Dios en nosotros.

Es imposible cultivar esta fase un poco superior de la vida espiritual si no se ha aprendido a producir esta distensión, este desprendimiento, esta relajación interior. Para facilitar esto se aconseja que la oración, como práctica prolongada, se debe hacer en lugares en que se esté cómodo, en los que se esté aislado, en los que uno pueda ensimismarse. Pero si no se ha hecho este trabajo o no se va haciendo deliberadamente, que es lo que se aprende en la relajación profunda, no se conseguirá esa sensibilidad. Hay muchas, muchas personas llenas de buena fe y de aspiración espiritual, personas incluso consagradas a la vida religiosa que, no obstante, no pueden percibir nada de esta resonancia interior, de este clima vivencial profundo porque les falta este adiestramiento, les falta este ejercitamiento de desprenderse y de estar centrados interiormente.

Así, pues, la relajación nos permite desarrollar esta receptibilidad y sensibilidad que son indispensables para el progreso de la vida espiritual.

HACIA LA COLABORACIÓN TOTAL CON LA VOLUNTAD DIVINA


Vimos cómo en la primera fase de la vida espiritual lo fundamental era abrirse a la divinidad, a los valores absolutos. En esta fase precisamente es donde interviene nuestra capacidad de receptividad y sensibilidad interior, mientras uno se mantiene con la mente silenciosa, atenta y lúcida. La segunda fase de entrega es una consecuencia o prolongación espontánea de la anterior. A medida que uno va descubriendo más y más, que va percibiendo en su interior el latido de esta Vida superior que ya estaba allí, a medida que se va haciendo cada vez más consciente de la Presencia de este Ser que nos atrae hacia Él con una fuerza de gravedad potentísima, entonces uno comprende que solamente llegaremos a ser nosotros mismos cuando estemos totalmente sintonizados con este Ser Supremo, cuando seamos capaces de aceptar del todo esta acción de Dios en nosotros.

Es, pues, esta intuición que se va teniendo de Dios y de su formidable amor y presencia en nosotros, lo que despierta una creciente aspiración, un creciente amor y una creciente necesidad de entregarse a Él.

Entregarnos, ya lo hemos dicho, no es más que el hecho de aceptar que Dios es quien ha de obrar en nosotros dirigiendo todo el proceso, y que nuestra acción más perfecta debe consistir en centrarnos, en sintonizarnos para unificar nuestra voluntad, nuestro sentir y nuestro pensar con esa misma línea de la acción de Dios en nosotros. Nuestra entrega a Dios exige, por lo tanto, una movilización de nuestra voluntad.

En las dos primeras fases del desarrollo espiritual intervienen, sobre todo, la mente que percibe y el amor hacia Dios, que se despierta con una gran intensidad. En la tercera fase la apertura y la entrega a Dios se resuelven en una decisión eficaz de colaborar plenamente en la realización de la voluntad divina.

En este momento el problema que se plantea es el paso efectivo del deseo de entregarse a una entrega real y completa.

Cuando uno siente con autenticidad la necesidad de entregarse ya procura hacerlo, pero con frecuencia se da cuenta después que su entrega no ha sido efectiva, o al menos no ha sido ni de lejos lo efectiva que uno creía. Uno piensa que se ha entregado del todo, pero Juego sigue queriendo tal cosa, pensando tal otra y teniendo que esforzarse por cumplir con su deber. Esto indica que no había efectivamente tal entrega, que era tina entrega intencional más que una entrega de hecho.

¿Por qué? Porque la persona todavía no se posee a sí misma, no está suficientemente integrada. Hay sectores de su psiquismo que escapan al sector que funciona cuando trata de entregarse.

LA RELAJACIÓN HACE POSIBLE UNA ENTREGA REAL Y EFECTIVA


A través del estado de relajación profunda, siempre que se viva con plena lucidez mental, uno es capaz de vivir en una zona mucho más central de sí mismo y es en esta zona más central donde es posible hacer que esa entrega sea más completa. Cuando estamos exaltados, cuando estamos entusiasmados o cuando estamos viviendo en un sector diferenciado de la mente, la entrega se hace sólo en este sector; por lo tanto, el resto sigue funcionando con la fuerza que le es propia y en la dirección que le es habitual. En cambio, cuando uno se encuentra en el estado de relajación profunda existe una resonancia global, como si uno estuviera más en el centro de todos los departamentos de su mente, y entonces este acto de aceptación, de sintonía y de entrega, se hace mejor, más globalmente y por lo tanto, más efectivamente. No es un sólo sector, soy yo, todo yo con esta conciencia profunda de mí adonde van a parar todos los sectores de mi psiquismo, el que está actuando en el momento de la entrega.

Esta entrega, hecha así, no es que transforme instantáneamente pero sí predispone y facilita instantáneamente el que toda la personalidad y cada uno de los sectores puedan influirse mucho mejor.

Entonces viene la fase que hemos dicho de corresponder, de convertir en hecho el producto de esta recepción y de esta entrega, el que yo aprenda a funcionar como un instrumento de la voluntad, de la mente y del amor de Dios. Aquí no interviene propiamente la relajación; es decir, la relajación sí que persiste, pero solamente dentro, como un estado de soltura y aflojamiento que se ha de mantener en todo momento tanto en la zona central de la mente como en la zona central de la afectividad. Pero las zonas exteriores han de actuar, y actuar quiere decir ponerse en tensión, hacer esfuerzo, aunque sin perder esta relajación central, pues entonces la persona se desconecta. O sea, que este estado de relajación central viene a convertirse en el clima general, en la condición básica para que uno pueda mantener este contacto entre su conciencia y ese mundo trascendente de Dios en él.

La persona tiene, pues, que aprender a coordinar y mantener simultáneamente los dos aspectos: por una parte esta soltura interior, este silencio, esta tranquilidad, esta paz dentro de la mente y dentro del pecho, y por otro lado la actividad, el movimiento, el pensamiento, la gestión exterior, el dinamismo que exige la vida en el mundo. O sea, que ni siquiera en esta parte activa la relajación pierde su vigencia, solamente que se mantiene ahí, donde es esencial, en el fondo. En la parte exterior necesitamos esforzarnos, trabajar, luchar, ejercitar todas nuestras capacidades, necesitamos dar y entregar al mundo todos nuestros recursos, pero eso sí, fecundados ahora por esa visión, por esa perspectiva, por esta intuición de lo que es la voluntad de Dios a través mío.

CÓMO SE RECONOCE LA VOLUNTAD DIVINA
Este reconocer lo que es la voluntad de Dios se produce de varias maneras. Por un lado existen esas nociones o intuiciones internas que de una manera muy clara señalan lo que uno ha de hacer, pero que no siempre funcionan y que no funcionan respecto a todo. Quizá en la última fase de unión total con Dios esto debe ser así, pero de acuerdo con la experiencia de personas que ya están viviendo este aspecto, se puede asegurar que esto no funciona de un modo total, absoluto y permanente, y que, por tanto, es preciso que la persona tenga también unos criterios muy claros sobre el modo de conocer la voluntad de Dios cuando no siente directamente de una manera indiscutible qué es lo que ha de hacer. Aquí entran en juego los llamados criterios positivos externos de lo que es el bien. Según ellos el bien es el cumplimiento de nuestras obligaciones sociales, morales, religiosas. Lo interior nunca ha de contradecir estas obligaciones exteriores, las auténticas obligaciones exteriores, se entiende, no las introducidas artificialmente, las que son producto de un círculo pequeño, de una tradición familiar o a veces de una superstición personal que uno ha incorporado en su vida. Son auténticas obligaciones la ley positiva, los Mandamientos, y para la persona que esté dentro de una estructura religiosa los preceptos que la autoridad religiosa establezca.

Si la persona es sincera, nunca se encontrará que su vocación interior le lleve a negar esos deberes exteriores. Sin embargo, es importante que la persona cuente con una dirección para evitar lo que podría ser un iluminismo, un subjetivismo peligroso. En este terreno, en efecto, las cosas son siempre delicadas, porque si bien existe realmente esta ilustración, este empuje, esta guía interior, y esto es maravilloso, no obstante, también existe el peligro de que si la persona no está realmente sintonizada pueda confundir a veces la auténtica impulsión de la presencia divina con aspectos suyos emocionales, con prejuicios, o con ambiciones personales, en fin, con los elementos egocentrados del psiquismo que todavía quedan alrededor del yo-idea. Por esto es necesario que la persona tenga alguien que le pueda guiar y asesorar; es decir, que la dirección espiritual en el verdadero sentido de la palabra, es sumamente necesaria para toda persona que trabaja interiormente. Esta dirección espiritual, en este aspecto que estamos tratando ahora, es distinta de una dirección en el aspecto, diríamos, moral o de conciencia.

La dirección espiritual requiere que la persona que dirija tenga una auténtica intuición y si es posible una auténtica experiencia de esta vida interior. Esto nos conduce a lo que podemos llamar la mística. La palabra mística, no sé por qué, causa pánico en muchos ambientes; uno se imagina a un montón de personas histéricas, haciendo cosas raras. Y no. Ésta es una falsa idea que responde a una falta de comprensión o a determinados prejuicios. La mística, que no es nada más que esta acción especial, sencilla, de Dios en el ser humano, es algo mucho más extendido de lo que se cree. Solamente que las personas no suelen hablar de esto, aunque esto existe y es una realidad. La mística, pues, no nos ha de hacer miedo, al contrario, hemos de considerarla como la culminación de todos nuestros esfuerzos. ¿Por qué queremos ser religiosos, si no es para acercarnos de veras a Dios y que Dios se acerque de veras a nosotros, para poder tener con Él una interacción constante y permanente?

RELAJACIÓN, CONTEMPLACIÓN, ACCIÓN


Por lo que respecta a la relajación quiero señalar e insistir, cómo la relajación es una base, un punto de partida de extraordinaria utilidad para alcanzar estas fases de auténtica vida interior. Y que este trabajo de vida interior a través del estado de receptividad, de silencio y de distensión interior no debe representar para nada una negación de todo lo que son valores activos, dinámicos. La vida requiere siempre J doble juego acción y no-acción. Y esto ocurre en ¡odas las dimensiones y en todos los niveles de la vida. Todo lo que es vida tiene este doble movimiento: sístole-diástole, acción- reposo, acción exterior y acción interior. En la vida espiritual ocurre exactamente igual. Pero incluso en el período de expansión y de actividad, la relajación debe seguir siendo la gota permanente, la nota central gracias a la cual podemos mantenernos unidos a lo que es realmente nuestra fuente de acción; no solamente nuestra fuente de inspiración o de felicidad, sino también nuestra fuente de fuerza y de dirección para la acción.

Para la persona que practica la relajación profunda en esta fase superior, la oración se convierte con mucha facilidad, al cabo de un tiempo, en una verdadera contemplación. No necesita estar elaborando discursos, no necesita meditar largamente; simplemente se mantiene en un estado de presencia interior, de entrega, de apertura, apertura que es una proyección total de la voluntad y del amor hacia Dios, y esto es una auténtica oración contemplativa. La oración contemplativa no consiste, como algunos creen, en estar así como ensimismados con la mente completamente pasiva, pensando en lo bonito que es Dios y todas sus cosas. La oración contemplativa, la contemplación, es el funcionar con todas nuestras energías centralizadas en nuestra capacidad de querer, de ver y de aceptar; todo a la vez. Es un funcionar en el vértice, en la cúspide de nosotros mismos, y esto requiere una presencia total de uno mismo, una lucidez, un estar plenamente disponible. Es una acción de tal intensidad que se concentra en un punto, y por esto no hay acción en el sentido exterior, no hay movimiento en el sentido exterior; es una total concentración de toda mi capacidad de concienciación mental, afectiva y volitiva, en este punto de presencia central en mí; eso es la oración contemplativa. Por tanto, es la oración más activa que existe. Activa en el sentido de que están funcionando activamente todas las facultades; una persona que esté atontada, distraída, medio dormida, que no tenga una disponibilidad de su voluntad, de su energía, no puede hacer una auténtica contemplación. Por eso también la contemplación no solamente es producto de un estar despierto y disponible del todo, sino que se convierte en una fuente de fuerza, de lucidez y de amor. Es como si la vida entera subiera de voltaje, y, por lo tanto, la persona se hace capaz de realizar cosas que antes parecían completamente imposibles. Quizás exteriormente no pase nada, pero interiormente se va operando una transformación extraordinaria en un nivel mucho más profundo y paralelamente mucho más alto. Como consecuencia, su acción externa se hace también mucho más eficaz sin tener necesidad de agitarse tanto como antes, de hablar tanto, de demostrar tanto las cosas. Adquiere espontáneamente un poder de demostración, de convicción, de movilización que actúa directamente desde su interior hacia el interior de las otras personas. Por esto su acción en el mundo se convierte en algo de una gran eficacia y de un poder extraordinario.

Al llegar a este punto encontramos de nuevo el camino que explicábamos al hablar del trabajo del yo.

Allí el yo partía de su capacidad de acción intensa en el mundo y a través de una actividad cada vez más consciente procuraba ir interiorizándose hasta desprenderse de las valoraciones superficiales sobre el mundo y la vida.

Aquí, por el contrario, el punto de partida es más bien un proyectarse hacia Dios, un abrirse hacia Él, un entrar hacia sí mismo alejándose del mundo. Por lo tanto, disminuye en la mayoría de los casos, al principio, su capacidad de acción, de rendimiento; pero en cambio, en el momento en que ha podido establecerse en su centro, que ya se siente vivificado desde su centro, entonces se convierte en un foco de acción de una eficacia extraordinaria.

Vemos, pues, cómo el proceso, de una manera u otra, cuando es correcto y si se sigue hasta el final, conduce siempre al desarrollo de todas nuestras capacidades en todos sus aspectos, tanto nuestra capacidad de acción, de movimiento, de esfuerzo en la vida como nuestra capacidad de apertura interior, de aceptación y de entrega con respecto a Dios.





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