Antologia



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DE LA TIERRA A LA LUNA

Alboreó el día primero de diciembre. Aquella misma noche, a las diez horas y cuarenta y seis minutos, tendría lugar el disparo que debía poner el cohete en la Luna, Y tendrían que ser exactos, de lo contrario deberían transcurrir dieciocho años antes de que el satélite se presentase en las mismas condiciones favorables de cenit y perigeo simultáneos.


Desde muy temprano, una muchedumbre inmensa cubría las praderas extendidas al pie de Stone‑Hill o Colina de las Piedras. deseosa de contemplar el sorprendente espectáculo.
Todos los observatorios europeos habían enviado a sus más importantes miembros. En honor a la verdad, se mostraban incrédulos respecto al resultado.
Cuando llegó el momento en que los viajeros espaciales avanzaron para pasar al interior del cohete, el griterío se hizo indescriptible. ¡Eran los primeros hombres que en el mundo tomaban pasaje para la Luna! Y su vehículo iba ir ser aquel descomunal "Columbiad", fabricado en un metal ligerísimo, cuyo morro descomunal apuntaba al cielo.
Veinte segundos para el lanzamiento.
Se produjo un estremecimiento universal. Los millones de espectadores pensaban en los tres hombres a los que posiblemente nunca se volvería a ver, tras los cuales se había cerrado la compuerta del ingenio, a medias incrustado en aquel suelo de la Florida, con ingentes cantidades de poderoso combustible bajo él.
Se, hizo un silencio y empezó la cuenta atrás:
‑¡Cinco... Cuatro... tres... dos... uno! ¡Fuego!
Uno de los científicos oprimió el botón eléctrico que establecía la corriente. La chispa producida prendió fuego a todos los cartuchos almacenados en las entrañas de la tierra, bajo el "Columbiad". Y una detonación espantosa sacudió el suelo como un terremoto que rugiera bajo él. Los gases de pólvora, dilatados por el calor, rechazaron con incomparable violencia las capas atmósfericas y, aquel huracán artificial, mil veces más rápido que el de las tormentas, cruzó los aires con bramar de tromba.
Ni un espectador siguió en pie. Hombres, mujeres, niños, todos cayeron como espigas al soplo del viento. Algunos resultaron gravemente contusionados. Tres mil personas perdieron momentáneamente el oído, y se contaron por decenas de millares las que quedaron mudas de estupor...
Pero el experimento había tenido éxito. El cohete, que hahía abandonado la Tierra el primero de diciembre a las diez horas, cuarenta y seis minutos y cuarenta segundos de la noche, debía llegar a la Luna el día cuatro del mismo mes, a las doce en punto de la noche.
Y sin embargo, el siete no se sabía nada de los viajeros. Ese mismo día su desencadenó en la atmósfera una de esas tempestades intertropicales, después de varios días de cielo cubierto . Los impetuosos vien­tos del Este barrieron las nubes amontonadas durante días y por la noche el disco brillante de la Luna paseo por entre las límpidas constelaciones.
Aquella misma noche el telégrafo se ponía en comunicación con todos los Estados de la Unión y las principales ciudades del mundo, dando a la difusión la nota del director del observatorio de Cambridge:
"El Columbiad" ha sido visto a las ocho cuarenta y siete de la noche. El proyectil no ha llegado a la Luna; pasó por su lado, pero tan cerca, que permanece retenido por la atracción lunar..."
* * *
‑¡No nos hemos desintegrado! ‑exclamó Miguel Ardan, entusiasmado, tras el tremendo impacto inicial‑‑‑. El método de Barbicane para amortiguar los efectos de la percusión ha resultado perfecto.
El interior del proyectil estaba perfectamente iluminado y los tres hombres se miraron con satisfacción. Además de los mencionados, el capitán Nicholl, que a priori había considerado irrealizable el proyecto, casi saltaba de entusiasmo.
‑¡No hemos caído a la Tierra!
‑Ni a tierra ni a las profundidades del golfo de Méjico! ‑arindió el jubiloso Barbicane‑. ¡Vean las estrellas!
El interior del proyectil tenía el aspecto de un cómodo gabinete, con paredes almohadilladas, amueblado con divanes circulares y techo en forma de cúpula. Los objetos que encerraban se hallaban firmemente sujetos por medio de solidas abrazaderas. Se habían adoptado todas las

precauciones para llevar a feliz término la temeraria aventura.

Pasaron unas horas,

A través del cristal lenticular que cerraba uno de los tragaluces se vio un objeto brillante que, al parecer, se aproximaba con rapidez. Era un cuerpo incandescente con un movimiento de rotación sobre sí mismo.


‑¿Que es eso? ¿Otro proyectil? ‑preguntó el asombrado

Ardan.
A Barbicane la aparición de aquel cuerpo enorme le alarmó. Era de temer un encuentro, una colisión, cuyas consecuencias serían funestas. El objeto se agrandaba prodigiosamente conforme se acortaba la distancia que los separaba, quizá efecto de una ilusión óptica.
‑¡Vamos a chocar! ‑gritó Ardan.
Instintivamente, los tres viajeros se echaron hacia atrás. Su espanto no duró mucho. Pasó a varios centenares de metros y desapareció, no tanto por la celeridad de su marcha, cuanto porque su cara opuesta a la Luna se confundió bruscamente con la oscuridad del espacio.
El cohete llevaba otros dos pasajeros de los que no se ha hablado, y que en aquel momento dejaron escapar un gruñido de alivio. Se trataba de los perros "Diana" y "Satélite", importantes miembros experimentales de la expedición.
‑Ahora comprendo que era eso ‑explicó Barbicane‑. Nada más y nada menos que un bólido enorme, retenido por la atracción de la Tierra.
Las condiciones de vida en el interior del "Columbiad" nada dejaban que desear. Tenían el oxigeno suficiente y los dispositivos de purificación del aire funcionaban a la perfección. Lo único, o el único, a quien no le había ido bien en el momento del lanzamiento era a "Satélite". Quizá descuidaron su sujección pues había resultado con un gran golpe en la cabeza como consecuencia del lanzamiento y permanecía tendido con el morro entre las patas, ajeno a todo.
Los astronautas le prestaron sus cuidados, pero el animal no reaccionaba como hubieran deseado.
Desde su observatorio, los viajeros estudiaban atentamente la Tierra y la Luna. De la primera no quedaba más que un disco ceniciento que terminaba en un arco luminoso el cual al día siguiente apareció más reducido que la víspera. Su volumen todavía resultaba enorme si se le comparaba con la Luna, cuya forma se aproximaba cada vez más a la de una perfecta circunferencia.
‑Siento no haber emprendido el viaje durante el período de Tíerra llena ‑dijo Ardan‑, es decir cuando nuestro globo se halla en oposición al Sol. Entonces hubiéramos admirado bajo un aspecto nuevo nuestros continentes y nuestros mares.
‑Pero si hubiéramos salido en período de Tierra llena, la Luna hubiera sido nueva ‑alegó Barbicane‑ y con ello invisible por efecto de la radiación solar.
Todos tenían su cometido dentro del cohete. Miguel Ardan, como buen francés, pidió ocuparse de la cocina, importante función que nadie le disputó. El gas suministró los grados de calor necesarios para las operaciones culinarias y la comida consistió en tres tazas de excelente caldo preparado con pastillas Liebig. Les siguieron bistecs comprimidos en la prensa hidráulica y legumbres en conserva, "más frescas que las naturales", según frase de Miguel. Todo ello rematado por un excelente café.
Allí la noche no existía, si bien los viajeros dieron este nombre a las horas dedicadas al descanso, ya que la posición del proyectil no variaba con relación al Sol.
Continuamente vigilaban el material. El aparato de Reiser y Regnaut, encargado de producir el oxígeno necesario, encerraba clorato de potasa para dos meses. Cierto que consumía una pequeña cantidad de gas, pues debía conservar a mas de cuatrocientos grados la materia productora, pero el pequeño consumo estaba previsto y atendido. Elevado el clorato a la temperatura indicada, se transformaba en cloruro de potasio y abandonaba todo el oxígeno que contenía.
Los termómetros y barómetros habían resistido admirablemente, excepción hecha de un termómetro de mínima. También las brújulas permanecían intactas y útiles. Llevaban un hipsómetro para medir la altura de las montañas lunares, un sextante destinado a tomar la

altura del Sol, un teodolito, instrumento de geodesia que sirve para levantar planos y reducir los ángulos en el horizonte, y varios anteojos que prestarían preciosos servicios cuando los expedicionarios se hallasen en las inmediaciones de la Luna.


Estallan bien provistos de herramientas y los objetos más extraños. Continuamente realizaban exhaustivos cálculos sobre el recorrido y distancias al Sol y a la Luna. Era Barbicane el encargado de realizarlos y después de haber llenado varias hojas de complicadas fórmulas, levantó la cabeza y miró gravemente a sus compañeros.
‑‑¿Qué sucede? ‑‑‑preguntó Miguel Ardan.
‑‑‑Que no alcanzaremos el punto muerto que debe situarnos en la zona de atracción de la Luna para caer en ella. El Observatorio de Cambridge declaró que nos bastaban once mil metros de velocidad inicial, los mismos que llevaba el proyectil en el momento del lanzamiento, pero no era bastante. Hubiéramos necesitado dieciséis mil.

‑¡Maldición! ‑exclamó Nichols.


‑Pero entonces... ¡caeremos a la Tierra!
Los tres permanecían silenciosos. Fue Nichols quien, tras consultar su cronómetro, dijo:
‑‑‑Son las siete de la mañana. Han transcurrido treinta y dos horas desde que salimos. Hemos recorrido más de la mitad de nuestro trayecto y no hemos caído, que yo sepa.
Barbicane le dirigió una rápida mirada. En seguida tomó el compás que utilizaba para medir la distancia angular del globo terrestre y a través del tragaluz del fondo del cohete realizó observaciones en atención a la movilidad aparente del proyectil. Trataba de deducir de la medida del diámetro terrestre la distancia interpuesta entre el proyectil y la Tierra.
‑¡No! ‑exclamó Barbicane segundos después‑. No caemos. ¡Nos encontrarnos a más de ciento cincuenta mil leguas de la Tierra! Hemos rebasado el punto donde el proyectil debió detenerse. si su velocidad inicial hubiera sido la debida. ¡Subimos...! ¡Subimos todavía!
‑De ello debemos inferir ‑ contesto Nichols‑, que nuestra velocidad inicial, provocada por la deflagación de cuatrocientas mil libras de algodón‑polvora, excedió de los once mil metros calculados. Ahora me explico que hayamos encontrado hace solo trece minutos el segundo satélite que gravita a más de dos mil leguas de la Tierra.
‑Y esa explicación es tanto más probable cuanto que, libre el proyectil del agua encerrada entre los discos de madera, se aligeró súbitamente de tal peso considerable.
‑‑¡Justo! ‑exclamó Nichols.
Se habían salvado. Y todo debido a que la velocidad inicial del proyectil había sido superior a la calculada.
Sin embargo, sufrieron una nueva contrariedad. Al llevar su comida a los perros encontraron muerto a "Satélite".
‑Esto es una complicación ‑dijo Ardan‑. No podemos conservar con nosotros el cadáver del animal. Tendremos que abrir un tragaluz v arrojarlo al espacio.
‑‑‑Imposible‑ negó Barbicane‑. Si bien nuestros dispositivos de respiración producen el oxígeno necesario, no así el ázoe, que escaparía al exterior. Por otra parte, no debemos dejar paso al frío de fuera, si no queremos helarnos vivos.
‑Pero el Sol ...
‑ El Sol calienta nuestro proyectil, que absorbe sus rayos, mas no calienta el vacío que nos rodea. Donde no hay aire no puede haber calor ni luz difusa y de la misma manera que en el vacío reina la oscuridad, reina también el frío. Donde no existe aire la temperatura es la producida por la irradiación estelar, esto es, la misma que reinaría en el globo terrestre si un día se extinguiera el Sol.
Pero había que resolver el caso de "Satélite" y acordaron arrojarlo al exterior procediendo con gran rapidez. Fueron desatornillados con cuidado los pasadores del tragaluz de la derecha, cuya abertura media treinta centímetros. El cristal, actuado por una palanca de potencia suficiente, para vencer la presión del aire interior sobre las paredes del proyectil giró rápido sobre sus bisagras y "Satélite" fue arrojado fuera. En la operación se perdieron muy pocas partículas de

aire de modo que en lo sucesivo Barbicane ya no temió deshacerse de residuos inútiles.


* * *
El cuatro de diciembre, después de cincuenta y cuatro horas de viaje, al observar la Tierra, la vieron como una mancha oscura nimbada por los rayos solares. Ya no se presentaba en su cuarto creciente, ni aparecía la luz cenicienta. Al día siguiente, a medianoche, la Tierra debía ser nueva, en el momento preciso en que la Luna entrase en su plenilunio. El Sol y las estrellas aparecían iguales a como se ven desde la Tierra. La Luna, por el contrario, había aumentado considerablemente.
Y sin embargo, a pesar de la aproximación, la trayectoria del cohete se había modificado como consecuencia del error en la velocidad inicial.
Pasaban el tiempo engolfados en conversaciones científicas, pero una de las veces que Ardan se aproximó al tragaluz oriental, no pudo retener una exclamación de sorpresa.
‑¿Qué sucede? ‑preguntó Barbicane.
Al acercarse a su vez al tragaluz descubrió fuera una especie de saco aplastado que flotaba a pocos metros de distancia de ellos.
‑¿Qué será eso? ‑Preguntó Miguel‑. ¿Es que hay corpúsculos en el espacio, y esos corpúsculos, retenidos por la atracción de nuestro proyectil, van a acompañarnos hasta la Luna?
‑Ignoro qué objeto es ése ‑replicó Barbicane‑, pero sé perfectamente por que se mantiene a nivel del cohete. Flotamos en el vacío, y en el vacío los cuerpos caen o se mueven, que es lo mismo, con velocidad igual, sea el que sea su peso y forma. Las diferencias de peso las crea el aire con su resistencia.
‑¡Claro! ‑exclamó Nichols‑. Todo cuanto arrojemos fuera de la cápsula nos seguirá a remolque Ese objeto no es sino "Satélite", deformado v reducido a la nada, aplastado y fláccido corno una gaita desinflada.
Al día siguiente, cinco de diciembre, todos esta­ban en pie a las cinco de la mañana. La Luna se agrandaba a sus ojos y eso les hizo confiar que caerían en su radio de gravedad.
Espero que vayamos a parar sobre una llanura ‑dijo Ardan.
Barbicane experimentaba serias dudas, pero no quería desanimar a sus compañeros, hasta verlas o no confirmadas. Les otros dos calculaban que habían llegado al último día de su viaje y se hallaban muy excitados.
Al rato Nichols observó que la luz del gas brillaba con exagerada potencia y comprendió que se había producido un escape de oxígeno. Aquella era la causa de la tremenda excitación que había invadido a les tres, causándoles una especie de borrachera. Todavía con alguna lucidez, Nichols pudo cerrar la llave. Estaban llegando al punto neutro, alejándose de la atracción

de la Tierra. Al menos, eso suponían. ¿Qué iría a suceder?

Pronto comprendieron que la acción de la gravedad disminuía por momentos. A Nichols se le cayó un vaso de la mano y continuó flotando en el aire.
La falta de gravedad duro una hora escasa.
Barbicane se animó y dijo:
‑Amigos, creo que, después de todo, la gravedad lunar va a ser suficiente para atraeernos, aunque por el instante sea poco definida.
‑Por si acaso debemos tener preparados los co cohetes de

alunizaje.


Estaba previsto que para aminorar la caída en la superficie lunar, se frenara el proyectil con el lanzamiento de unos cohetes provistos de paracaídas.
Pero... pronto iban a observar que el proyectil, como Barbicane había estado temiendo, se desplazaba en sentido lateral a la Luna. La desesperación de los viajeros, al comprender que jamás alcanzarían su objetivo, fue indescriptible.
‑¡Si al menos pasáramos lo bastante cerca como para descubrir sus secretos! ‑se dolió todavía Ardan.
Era un hecho que daban vueltas en torno al satélite de la Tierra, convertidos a su vez en satélite de él. Sin embargo, aquellos hombres admirables conservaban la serenidad al punto de anotar en el mapa lo que estaban descubriendo: el "Mar de las Lluvias", el "Mar de los Nublados", el "Mar de los Rumores" y muchos otros lugares bautizados poéticamente.
A través de sus potentes anteojos no pudieron apreciar más que uno de los tres reinos de la Naturaleza: el mineral.
Unos días después habían perdido la esperanza de alcanzar la superficie de la Luna. En realidad, Barbicane la perdió el mismo día cinco. La trayectoria que seguían era una curva cerrada. Además de no conquistar la Luna, eran sus prisioneros y jamás regresarían a la Tierra.
Ninguno de los tres ignoraba la terrible suerte que les aguardaba, pero se juramentaron para conservar la tranquilidad hasta el fin, fingiendo ignorarla.
Y en tal situación, un nuevo peligro surgió ante ellos. De improviso, en medio del éter había brotado de las tinieblas una masa enorme. Era como una Luna, pero incandescente, dotada de un resplandor tanto más insoportable cuanto que rompía vivamente la profunda oscuridad del espacio.
‑¿Un bólido inflamado en el vacío? ‑preguntó Ardan.
‑Eso parece ‑Confirmó Barbicane.
Y no se equivocaba. Si tal clase de meteoros cósmicos, observados desde la Tierra, no presentan gene­ralmente más que una luz un poco inferior a la de la Luna, allí, en aquel sombrío éter, resplandecía con intensos fulgores.
El globo errante, según cálculos de Barbicane, debía medir unos dos mil metros de diámetro y avanzaba con una velocidad de dos kilómetros por segundo.
Imagínese la situación de los viajeros. A pesar de SU sangre fría, se sintieron aterrados ante el espectáculo de la masa ígnea que iba a engullirles.
En el último segundo, los ojos desorbitados de los viajeros vieron surgir otros bólidos que chocaban con el primero desintegrándose en miles de globos de fuego. El primer disco de fuego se desvió de su trayectoria y el proyectil paso en medio del dantesco chisporroteo sin ser alcanzado.
Un grito de alivio escapó del pecho de los tres hombres.
‑¡Nos hemos salvado milagrosamente! ‑pudo decir Ardan.
Pero ni Barbicane ni Nichols compartían su opinión. Sólo habían conseguido que su fin se alargara, haciendo, con toda probabilidad, más terrible su agonía. ¿No sería mucho peor morir lentamente en su interminable recorrido alrededor de la Luna?
Sin embargo, la inteligencia de un hombre nunca se da por vencida antes de tiempo.
Miguel Ardan propuso:
‑¿Por qué no empleamos la fuerza de retroceso de nuestros cohetes para salir de la trayectoria en que estamos?
‑¡Tiene razón! ‑‑‑‑aceptó Barbicane‑. Todavía contamos con esa fuerza. Consultaré mis notas para elegir el punto exacto en que los utilizaremos.
Los preparativos estuvieron pronto ultimados Según los cálculos de Barbicane, los cohetes debían ser disparados a la una en punto. Miguel preparó la mecha y la aplicó al artefacto que debía provocar la combustión general de los cohetes.
No se oyó detonación alguna, debido a la falta de aire conductor del sonido, pero sí pudieron apreciar la polvareda prolongada a través de los cristales de los tragaluces. El proyectil había experimentado una sacudida que se percibió en el interior de la nave.
‑¿Caemos? ‑‑‑preguntó momentos después Miguel Ardan.
‑No ‑contestó Nichols‑, si cayéramos la parte inferior del proyectil miraría al disco lunar.
Barbicane, muy pálido, se separó del cristal del tragaluz y dijo:
‑Caemos... pero a la Tierra.
‑¡Diablos! ‑exclamó Ardan‑. Eso quiere decir que acabaremos estrellándonos. De todas formas, cuando ocupamos esta cápsula, ya suponíamos que nos sería difícil volver a nuestro mundo. ¡Cúmplase la voluntad de Dios!

* * *
La corbeta "Susquehanna", de la Marina de Guerra de los Estados Unidos, practicaba sondeos en el pacífico, a cien leguas aproximadamente de la costa americana.


Sobre las diez de la noche del 11 de diciembre se sintió como el fragor de un trueno y el capitán apareció en cubierta dispuesto a enterarse por sí mismo de lo sucedido. Y entonces vio caer del cielo un bólido enorme, inflamado a causa de la vertiginosa aceleración de la caída.
Recordó de golpe lo que había leído sobre el proyectil enviado a la Luna el día primero de aquel mismo mes... ¿Sería posible...?
El joven teniente que estaba a su lado, con el pensamiento puesto en los astronautas, gritó:
‑¡Son ellos que regresan!
El proyectil, levantando una montaña de agua que amenazó con hundir a la corbeta, se hundió en el mar. Durante bastantes minutos la nave bailó en el zarandeo producido por las olas que siguieron.
Aquella noche la tripulación en pleno permaneció en vela vigilando la superficie de las aguas. Con las primeras luces del día avistaron un objeto alargado que flotaba a la deriva. Rápidamente el comandante ordenó el salvamento, arriando una chalupa al agua. Cierto que en su interior estaba seguro de que los viajeros habían perecido abrasados.
Afortunadamente, sus augurios no iban a cumplirse. A través del cristal del tragaluz, el comandante pudo observar en el interior de la nave a dos hombres uno frente a otro, jugando a las damas: Miguel Ardan y el capitán Nichols. Barbicane estaba en perfectas condiciones, al igual que sus compañeros.
Cuando los tres arriesgados expedicionarios pusieron pie

en la cubierta del "Susquehanna" fueron aclamados por la

totalidad de la tripulación entusiásticamente, orgullosos de

recibir a los héroes del espacio...


* * *
Julio Verne había imaginado un viaje y, especialmente una forma de regresar a la Tierra muy similar a la que podría contemplarse un siglo después.



Indice

La guerra de los mundos . . . . . . . 2

Naturalmente . . . . . . . . . . . . . 12

A través de los tiempos . . . . . . . 23

Un funcionario íntegro . . . . . . . . 52

Sólo un cerebro . . . . . . . . . . . . 66

Falsa dimensión . . . . . . . . . . . 83

El ajolote . . . . . . . . . . . . . . 103



De la Tierra a la Luna . . . . . . . . . 113





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