Antologia



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El ajolote

El ajolote es mi hijo del barro con nombre azteca (axolotl), una desagradable criatura de cuerpo blanquecino, fláccido y como a medio hacer, ojos pequeños, miembros débiles y cola grande y tosca. Pertenece a los anfibios, esa especie de vertebrados que en !a edad de los peces

acorazados fueron los primeros en trepar fuera del agua para empezar la gran aventura de la existencia en el aire. Pero los ajolotes son anfibios degenerado cuyo ciclo vital ha abortado. Alcanzan la madurez sexual, desovan y mueren en el oscuro légamo, respirando a través de sus

branquias bajo aguas estancadas, generación tras generación, como si aquella gran invasión paleozoica de la tierra firme hubiese acabado en una retirada.


No obstante, en algunos tiempos y lugares, cuando el alimento escasea o los enemigos abundan en el fondo del lago, o por otras razones más o menos sútiles, se desencadena un cambio en el mecanismo glandular de un cuerpo torpe. Arrastrada por el instinto. la criatura se mueve. con la seguridad de dirección que en una forma de vida superior llamaríamos "propósito", hacia la superficie del agua, la luz y el aire que no puede respirar. Penosamente arriba a tierra. En el elemento no familiar, sus orladas agallas se marchitan. y él se estremece en contorsiones...
* * *
Cuando atravesaron la puerta, Linden contestó a los saludos de los centinelas sin apenas darse cuenta de su presencia; pero cuando los tuvo a su espalda, le pareció verlos murmurándose uno al otro:
"¡Es él! Sí, mejor será echarle ahora una mirada; quizá no tengamos otra ocasión."
Seguramente el otro contestaría: ¿No bromeas? No tiene aspecto de estar chalado"
Linden se mordió el labio y maldijo a su imaginación. Deliberadamente inclinaba la cabeza y mantenía la mirada fija en la sólida realidad del camino asfaltado, semicubierto por la arena eternamente movida por el viento. Todo era quietud mientras avanzaban.
Tras unos cincuenta pasos se detuvo de pronto, se llenó los pulmones de aire limpio ‑la brisa era todavía fresca, aunque no duraría mucho‑ y levantó los ojos. A menos de cien metros comenzaba la protección de hormigón y tras ella estaba el acerado esqueleto de la plataforma de lanzamiento sobre la cual, enhiesta y reluciente, se alzaba la aguja de magnesio del cohete. Sus ojos, irresistiblemente atraídos por las alturas, siguieron la línea del eje vertical hacia el imaginario punto exactamente calculado allá en la infinitud.
Esa noche las estrellas serían fanales. Pero ahora no había más que un azul impoluto y sin fondo.
Una milla a lo lejos rezongaba un transporte, deslizándose por

una ladera de aire hacia el campo de aterrizaje; y, muy alto, por encima de su cabeza, un negro halcón cruzó, cortando acaso aquella imaginaría línea hacia el infinito.


El cohete no lo parecía. Carecía de alas, e incluso de aletas de dirección externas y el mar de aire que le cubría no era para él más que un velo a romper. Sólo podía funcionar plenamente en el vacío, a una velocidad de muchas millas por segundo.
Los músculos de la mandíbula de Linden se endurecieron y su aliento se aceleró... A su lado, Marty dijo suavemente:

‑Mírala. Apenas puede esperar a esta noche.


Algo en su tono hizo a Linden contemplarle de soslayo. Marty estaba un poco inclinado hacia adelante, y sus ojos, bajo las cejas hirsutas y ceñudas, permanecían fijos en la nave espacial. Toda su postura, más que la expresión de su rostro, traicionaba un deseo sin esperanza, una incurable envidia.
Linden miro a otro lado con embarazo.
‑Lo parece ‑respondió mecánicamente.
Nadie disentía de Marty, de su saber que las máquinas tienen alma, un alma dura y metálica, que nunca planearon sus constructores, capaz, con la inescrutabilidad esencial de la vida, tanto de temibles traiciones como de una lealtad que excede a toda comprensión.
Marty lo sabía desde la vez en que ‑inmovilizado por un metrallazo en la espina dorsal, y único hombre vivo y consciente tras los antiáereos y los cazas‑ había sido inerme espectador mientras su avión, también mortalmente herido y sin ninguna mano en los controles, había luchado por su vida durante un cuarto de hora, en el cielo de Alemania, venciendo al fin. Ni las burlas ni la lógica lograron nunca conmover esta creencia.
Posiblemente, esto explicaba SU genio. A su contacto, los motores zumbaban con orgulloso placer, y complejos circuitos se mostraban dispuestos a contestar sus tácitas preguntas. Cuando esta noche el cohete rugiese y enfilase los cielos, la mano de algún personaje importante habría accionado el último interruptor; pero sería su rnano inmaterial ‑con su cuerpo atado a la tierra por el mal de su espalda‑ la que abriría y cerraría los relés vitales, mediría el combustible para el insaciable motor y mantendría a punto instrumentos y controles.
La mirada de Linden volvió a posarse en la nave. Pensó: "Parece ansiosa por marchar a aquel mundo que no es el suyo. Hasta el más torpe notaría que no fue construida para nada terrenal. Sin ruedas, orugas, aletas ni alas; tan solo el agudo perfil señalando implacablemente a la nada".
Retrocedió ante la sensación, a la vez terrible y fascinante, de hallarse en presencia de algo de otro mundo. Quizá había sido un error venir aquí ahora... O quizá el error fue venir con Marty. Se refugió en el duro consuelo de los hechos.
‑Todo será auténtico, desde la órbita hasta el oxígeno. No tendré nada que hacer y muy poco que mirar... Nada que las cámaras no vean mejor ‑soltó una breve risa‑. En conjunto, tan emocionante como un viaje en "metro".
Marty no le miraba.
‑Podría ir por sí misma... me pregunto si no lo haría mejor...
Los tensos nervios de Linden vibraron.
‑¡Vaya un modo de hablar! Quieres decir: Sabemos que las máquinas pueden soportar las condíciones de allá arriba, porque las hemos enviado y han vuelto; pero no estamos realmente seguros de lo que el espacio reserva a un hombre. Por eso voy a ir yo, desee o no tu amiga mi compañia.
‑Ya sabes cómo pienso. Deberíamos probar algunos más sin tripulantes,
‑Ya hemos descubierto cuanto podíamos de ese modo; aún no se han inventado, ni se inventarán en este año o este siglo, los instrumentos que nos permitan predecír todos los modos en que el espacio puede afectar al cuerpo humano. Podríamos hacerlo si tuviésemos un sin fin de tiempo y de recursos... y si supiésemos lo suficiente sobre el cuerpo humano. Pero no contamos con ninguna de las dos cosas.
Marty guardaba un helado silencio.
‑Pero los animales sobrevivieron. Y Davidson subió al espacio vacío y regresó sin novedad.
‑Durante cinco minutos ‑dijo Marty‑ metes la punta del pie en el agua para ver si está fría, mojas el dedo y pruebas para ver si está envenenada... y después te tiras de cabeza para ver si te ahogas.
Se habían vuelto frente a frente y sus ojos se encontraron. La discusión era una excusa trivial. La tensión que se había estado creando tenía raíces más hondas y ahora, con la duración de un relámpago, se transformó casi en odio.
Después Marty volvió a mirar el cohete. Una comisura de su boca se retorcía quejosa.
Linden se volvió hacia la puerta desde donde les contemplaban los curiosos centinelas.
‑Creí que querrías inspeccionarlo personalmente.
‑¿Para qué? ¿Acaso no lo has comprobado tú todo?
‑Sí... creo que aguantará el viaje.
Linden recorría la calle sin sombra. La brisa se iba haciendo caliente y las nuevas edificaciones olían a la madera de pino traída de las montañas que se al­zaban azules, pardas y verdosas a lo largo del horizonte, por encima de los tejados. La actividad era escasa esta mañana; todo estaba terminado y esperando, como el cohete que esperaba allá fuera, en el desierto, con su tersa piel de magnesio brillando al sol. La calle estaba tan vacía como la mañana que tenía ante sí; por la tarde, al menos, tendrían lugar algunas rutinarias pruebas finales, aunque todas las importantes, con las cámaras de compresión, los centrífugos y los disparos de prueba, eran ya historia

pasada.
Abrió la puerta y se inmovilizó. El corazón le saltó locamente durante un momento. Después, cuando el resplandor que acababa de abandonar dejó de cegarle, recuperó casi su marcha normal, y le permitió decir con voz tranquila:


‑‑Hola, Sally.
A la primera mirada advirtió que ella no había venido a pedir cuartel sino a ofrecerlo. De lo contrario no sobrevendría la paz.
‑Escucha, Jim, ayer hablé con el general...
‑Lo sé. También yo.
Ella ignoro la interrupción y se apresuró a continuar:
‑... y admitió que tiene unos cuantos hombres tan preparados como tú para ir. Unos cuantos y tú me dijiste...
‑Sí, lo sé ‑interrumpió de nuevo‑. Fue una mentira a medias porque parecía mucho más sencillo así. Pero puesto que viste al general, tuve que decirle que tú y yo habíamos terminado, que ya no me importabas en absoluto.
Ella le miró, cortada, con un tácito "¿Por qué?", dibujado en su boca.
‑Porque cualquier estúpido psicólogo puede de­cidir que una alteración emocional es razón suficiente para borrarme de la empresa.
‑Y tú crees que no lo es.
No podía seguir siendo brutal. Evitó su mirada y permaneció callado.
‑Ibamos a tener una casa con su jardín en el campo, frente a las colinas, un cuarto para los niños... ‑su voz se quebró, pero pudo seguir‑ ¿Recuerdas, Jim? Ibamos a ser como los demás, corno toda esa gente feliz. A mirar la luna sólo a través de las hojas de los árboles, dejando que otros se preocupasen de ir más lejos y más de prisa...
‑Todavía puede ser así.
Ella no escuchaba,
‑Ahora he descubierto ‑dijo, pensativa‑, lo que debía haber sabido antes. No haces esto por el deber, la ciencia ni ninguno de esos bellos pretextos. Hay otros muchos que podrían hacerlo. Lo quieres por ti mismo. Quieres ascender a las tinieblas envuelto en un resplandor de gloria ... y cuando vuelvas, si vuelves, no estaré esperándote, ya lo sabes.
El avanzó un paso y le oprimió los brazos con tensa garra... sólo por un instante. Ella no se resistió ni le correspondió y él dejó caer sus manos como si el contacto le hubiese quemado.
‑Haces todo esto sin motivo. Es sólo tu imaginación insensata... irrazonable... ‑dijo confusamente
Sally sacudió la cabeza.
‑No son imaginaciones mías.
‑Los animales volvieron sin novedad, ¿no es cierto?
‑Sí, Y en la generación siguiente aparecieron ratoncillos sin ojos. Los conejillos no podían saltar por tener los huesos mal dispuestos y...
‑Sólo algunos. Te lo he repetido mil veces.
‑Todo fue efecto de los rayos cósmicos, allá arriba donde tú quieres ir. No me arriesgaré a tener hijos así ni aunque sean tuyos. ¿No comprendes que en ciertas cosas el menor riesgo es excesivo?
Su voz había subido hasta acabar en un sollozo.
‑No eres lógica ‑‑dijo él sin esperanza‑. Siempre hay riesgos... ‑respiró profundamente‑. Sally, si quieres escucharme trataré de explicarte. .. por qué tengo que ser precisamente yo. Después, me dirás probablemente que son insensateces.
Ella se sentó, obediente, en el borde de una silla, viéndolo pasear
‑¿No te hablé nunca de cuando me caí del henil? ‑se volvió bruscamente para mirarla‑. No me caí. Salté... "Fue en la granja de mi tío el verano en que cumplí doce años. Tenía un gran pajar pintado de rojo, como es costumbre en el Midwest, y en tiempo de siega subían los carros cargados y metían el heno por la puerta abierta en el alero. Los chicos lo pasábamos en grande jugando en el heno y mirando desde allá arriba hacia la lejanía.
"Pero aquel atardecer, después de cenar, terminado el trabajo y cuando los hombres se hubieron ido. trepé yo solo al pajar y miré por la puerta del alero al corral vacío, Había unos cinco metros y para un chico de doce años, visto desde allí arriba parecía una milla... Por eso salté".
‑¿Y qué pasó?
‑Me disloqué una cadera ‑dijo Linden secamente‑, Pero no lo sentí. ni entonces ni nunca. Durante unos instantes, un segundo, que es lo que se tarda en caer desde esa altura, tuve algo que siempre había estado buscando sin saberlo, y que siempre he buscado desde entonces, encontrándolo y volviéndolo a perder... el "Gran Trampolín" ‑terminó.
Hubiera querido morderse la lengua por emplear frase tan absurda y dejar escapar su secreto.
‑Jim, no le encuentro sentido.
Le asestaba sus ojos cargados de reproche, que él miró de frente.
‑Toda mí vida he estado buscando ese "Sitio". Por eso cuando llegó la guerra me alisté en paracaidistas, y por eso no he podido estar nunca apartado de la investigación de aviones y cohetes. Durante ocho horas, mientras el cohete cubre dos veces su órbita en torno al planeta, estará en caída libre, libre... de la gravedad, que nos tiene prisioneros del pricipio al fin de nuestra vida. Un cuerpo que cae libremente carece de peso, y es el único modo de lograrlo; incluso teóricamente no hay otro procedimiento para oponerse a la gravedad. El hombre que vaya en el cohete experimentará ocho horas de un estado que nadie ha conocido hasta ahora más que durante unos segundos... durante un salto en paracaídas o a veces en un picado. Y en sueños, en los que vuela no como un pájaro o un avión, sino flotando, libre de las cadenas de la atracción terrestre. Creo que es una aspiración normal en el hombre; pero yo tengo mayor conciencia de ella que la mayoría de los mortales. Tenía que ser yo. Cuando supe que habían perfeccionado el cohete nuclear e iban realmente a probarlo, te hice creer que insisían en traerme aquí, pero fue todo lo contrario, removí cielo y tierra para conseguirlo.
‑¿Ni siquiera pensaste... que debía haber otros chicos que también han saltado de los pajares?
El la miraba sin verla, viendo en SU lugar el cohete deslumbrante en medio del desierto.
‑Sin duela. Pero yo he encontrado el "Gran Trampolín" y no esperaré más.
Se levantó, rígida.
‑He esperado. He llorado al leer los titulares diciendo que iban a construir algo para llegar más alto y más deprisa. He rezado para que te hirieses, para que quedases incluso inútil, y no pudieras ir. Pero ahora hemos venido a parar al "Gran Trampolín" y no esperaré más,
Linden miró a otra parte. Se llamó a si mismo cobarde. insensato y traidor, y dijo en voz alta:
‑Está bien, Si tiene que ser así...
* * *
Al principio, la voz del cohete fue como una manada de truenos que acaba de romper su jaula. A medida que la nave ascendía, el ruido crecía también, hasta ser como un millón de espíritus malignos clamando por la extinción de la raza humana. Y cuando la velocidad aumentó aún más se hizo todavía más fuerte, hasta una nota casi supersónica que temblaba en el umbral de la audición y vibraba agonizante en nervios, huesos y sangre.
Yacía maniatado e inerme, acunado en el fluido como lo había estado en el vientre de su madre. Brazos, piernas, cabeza, espina dorsal se distendían cruelmente bajo la carga de su propio peso intolerable. Cada aliento era un poderoso esfuerzo que salía de su pecho como el de un hombre alcanzado en el corazón.
Y el cohete aullaba y trepaba, arriba, donde el aire era demasiado tenue para las alas, donde no había aire, sino solamente agresivos iones, partículas viajando a enormes velocidades y cargadas con voltajes mortales; arriba, en el dominio de los rayos cósmicos primarios, de la radiación que sería inútil llamar "fuerte", y junto a la cual la onda gamma de una explosión atómica es como la suave caricia de la lluvia estival comparada con el fuego de una ametralladora.
Los controles automáticos, los circuitos de alimentación, los instrumentos de medida, trabajaban sin pausa buscando la órbita precisa en la lejanía espacial. El tablero de control suspendido encima de Linden aparecía confuso y empañado; los músculos de sus ojos no eran lo bastante fuertes para enfocarlos haciendo frente a la presión de la aceleración. Su cuerpo pesaba quinientos kilos. Estaba pagando ahora la ingravidez que experimentaría cuando el cohete empezase a entrar en órbita.
Su conciencia era una leve chispa cuando la vibración del proyectil cambió y la horrible presión comenzó a disminuir. Treinta segundos más tarde volvió a ocurrir lo mismo; y ahora la respiración era más fácil y los músculos crispados podían ceder un poco en su tortura. El cohete se aproximaba al lugar donde debería desprenderse del proyectil, recorriendo su órbita de cuatro horas, y los relés dispuestos al efecto iban cortando la aceleración por escalones de 1 g (el símbolo g corresponde a la aceleración de la gravedad), para que el cambio no fuese tan brutal.
Alcanzó la penúltima fase y durante treinta segundos su peso pareció normal, mientras el motor nuclear descendía a un empuje de 1 g. Linden movió sus doloridos miembros librándose del capullo fluidoplástico que le había protegido. Su mirada todavía empañada se deslizó sobre el tablero de instrumentos, buscó los espejos coloreados que le darían una visión del exterior sin exponer sus ojos al deslumbramiento de los cielos no velados...
Entonces el motor cesó de funcionar y en el interior del cohete se produjo un silencio de muerte mientras empezaba a caer.
Los movimientos de Linden le hicieron flotar libremente por la pequeña cabina, desplazándose lenta y perezosamente en relación a las cosas que le rodeaban, mientras todos sus reflejos le gritaban que él y la nave que le envolvía estaban cayendo desde la "Gran Altura", y las glándulas, excitadas, vertían secreciones de miedo en su sangre; la reacción instintiva de sus nervios tensaba sus músculos y el sudor brotaba de todo su cuerpo. SU subsconsciente, acobardado, esperaba el choque aniquilador e inevitable...
El choque que jamás sobrevendría, porque el cohete estaba cayendo eternamente, zambulléndose a lo largo de la curvatura del espacio en una trayectoria sin regreso
La nave nadaba en el cruel baño de radiación. Para los rayos cósmicos primarios que flameaban a través del espacio, sus paredes de metal y el cuerpo humano en ellas contenido eran tan trasparentes e insustanciales como una frágil medusa nadando en el también refrigerante medio marino.
Sus manos buscaron un soporte sin hallarlo. Las miríadas de estrellas reflejadas en los espejos parecían encenderse en novias y girar en torbellino a su alrededor. Gritó roncamente una voz, sin duda la suya, pues no existía otro ser humano en el espacio. Caía, caía sin tregua en la vertiginosa y encallecedora oscuridad...
Su memoria del tiempo que siguió era discontinua y fragmentaria... No podía decir si fueron horas, días o una eternidad. Conservaba una clara imagen de sí mismo, zapateando y braceando en el aire como un grotesco pájaro sin alas y riendo histéricamente mientras el trozo de metal que tenía en la mano ‑sin duda arrancado de las sujeciones de la palanca de aceleración‑ giraba, golpeaba, aplastaba... El cristal estalló con movimiento retardado y permaneció en suspensión, mientras las brillantes esferas quedaban ciegas y vacías a medida que destruía sin posible reparación los delicados instrumentos que la nave necesitaría para volver a la Tierra. Un cable arrancado del sistema de control automático, flotaba como una ondulante serpiente mientras escupía fuego azul y él se reía ...
Y otra imagen permanecía fuerte y clara. Estaba ahogándose. Los tanques de oxígeno debían haber fallado ‑¿o los había él destrozado también?‑ Y su sensación de axfisia se

hacía por momentos más desesperada, aunque aspiraba a grandes bocanadas sin cuidarse de las esquirlas que flotaban centelleantes, y aunque al mismo tiempo un extraño fuego parecía correr por sus venas, invistiéndole de fuerza demoníaca..."¡Acaba tu obra!", gritaba una voz en lo más hondo de su ser; y se abrió camino hasta la puerta hermética y la atacó salvajemente. La puerta no había sido hecha para ser abierta en el espacio, pero tampoco se construyó para soportar semejante asalto desde el interior. Cedió y la explosión del aire al escapar se la llevó consigo.


Cuando desapareció, Linden contempló el gran globo nuboso de la Tierra, flotando allá afuera, frío e inasequible Luchó contra el breve vendabal que desencadenó en su fuga la pequeña atmósfera de la nave, tomó un último aliento sofocante y pensó:
"Adiós, Tierra... Sally... adiós...
* * *
Empujado por el instinto, el ajolote se mueve con la seguridad de dirección que en una forma superior de vida llamaríamos "propósito", hacia la superficie del agua, la luz y el aire que no puede respirar, Penosamente trepa a la orilla. En el elemento no familiar, sus orladas agallas se marchitan y él se estremece en contorsiones... Y la envoltura larval, la pálida piel del morador del fango, se resquebraja y cae. De ella surge una nueva criatura, grácil como el lagarto, con ojos de azabache, espléndidamente rayada en oro y negro el verdadero adulto de la especie, la salamandra tigre.
Un impulso envió a Linden flotando levemente hacia la parte delantera de la nave, retorciéndose por los aires para evitar la colisión con los salientes que surgieron allá donde había destrozado el mamparo que separaba la cabina presurizada de los instrumentos y el motor de proa. La división era ya inútil, puesto que había dejado escapar el aire de la nave, y necesitó el material que contenía.
Detuvo su fácil vuelo y se concentró en el transmisor­receptor de radio. Sus mecanismos, ahora a la vista por falta de un trozo del cuadro de control, habían sido reajustados y cambiados de un modo que hubiese hecho a cualquier técnico terrestre alzar burlonamente las cejas... y con toda razón, pues en su estado actual el aparato no hubiese tenido la menor utilidad... en la Tierra.
Metódicamente acabó Linden de colocar y ajustar trozos de cable y vidrio que había tomado de uno de los desmantelados instrumentos de medida.
Contempló pensativo sus manos. Se habían oscurecido mucho en la pasada quincena y las uñas ‑débiles vestigios de las grandes garras de la bestia humana‑ habían desaparecido. A la vez, las desnudas puntas de sus dedos se. habían vuelto móviles, de modo que podía hacer trabajos de gran precisión sin emplear los músculos que movían todo el dedo.
La transformación de la radio para nuevos fines había resultado mucho más fácil que los cambios realizados en el mecanismo de dirección de la nave, quizá porque la tarea era mas sencilla, o acaso porque, como creía ser lo cierto, los cambios en su mente y su cuerpo estaban todavía en curso. Mucho más importantes que los cambios visibles y superficiales eran los procesos vitales, en las incontables conexiones neurales del cerebro. Sus sentidos se habían aguzado y multiplicado. Fuerzas, radiaciones, el espectro electromagnético ‑frutos de paciente inferencia desde el punto de vista de la ciencia terrestre‑ se habían convertido para él en materia de directo conocimiento.
Sólo en los últimos días había empezado a oír las voces de la Tierra.
Flotó hasta el abierto hueco de la puerta y miró al exterior, a la sima estrellada, ya no antro de terrores sino una invitación, un mar de impredecibles riberas.
El mundo que había dejado tras de sí flotaba a lo lejos como antes, inmensa medialuna azul‑gris y surcada de vetas, ocultando todo un sector del cielo diamante y negro. Consideradas las distancias espaciales, estaba cerca, tan cerca que podía alcanzarlo y tocarlo con su mente. Las voces permanecían allí, al fondo de su cabeza, para escucharlas si lo deseaba, como un tremendo alboroto que manaba sin tregua de la luz y la sombra de los hemisferios, del lóbrego fondo del mar de aire. Voces de alegría y de pena, de belleza y maldad; coros abismales de temor‑ y brillantes notas de valor y compasión...
Pronto se alejaría y no oiría ya las voces de la Tierra. No sabía adónde; quizá hacia el Sol. a mirar sin cegarse el horno donde yacen desnudos los secretos de la materia. Acaso hacia el exterior, mas allá de las ondas donde Júpiter, ignorando a los breves guijarros giratorios del sistema interior, mira hacia el Sol y le llama su hermano; donde Saturno viaja con sus extraños anillos y múltiples lunas; hacia la helada noche de los planetas extremos, tras de los cuales sólo están las estrellas. Las preguntas se agolpaban innumerables. ¿Era la Tierra única en el universo y los demás ‑la inmensa rueda de la Vía Láctea, la cegadora abundancia de los enjambres globulares, las nutridas galaxias espirales con sus billones de estrellas‑ sólo materia yerma inerte y muerta, girando hacia la frontera del espacio... o existían otras progenias, otras vidas? Acaso ‑la idea le inquietó y fascinó‑‑‑ hubiese otros que habían ido antes que él...
Pero primero debía preocuparse por los que llegasen después.

Su nuevo sentido no era todavía lo bastante agudo y selectivo para establecer y mantener contacto con individuos de la Tierra y el aparato que había construido pretendía remediar esta falta. Lo puso en acción resueltamente. No estaba seguro de que sirviese; sólo sentía la instintiva confianza que había guiado todos sus actos en los últimos días.


Con ayuda del aparato exploró una zona en el límite del hemisferio en sombras, buscando tipos de pensamiento familiares.
* * *
En el banco donde trabajaba, a altas horas, en un nuevo mecanismo de control, Marty dejó caer un destornillador y lanzó un juramento. Sus ojos miraron espantados bajo el cobijo de las espesas cejas. Y susurró:
‑¿Me he vuelto loco o hay espíritus?
‑Escucha con atención, Marty. Tengo dos mensajes para ti y los dos importantes.
‑Pero... si estas muerto. Los servomotores deben haber fallado ¡aunque, maldita sea, no puede haber sido así! y estas allí arriba en un ataúd de magnesio, girando en torno a la Tierra hasta el fin de los tiempos. Muerto... en mi lugar.
‑Tus servomotores no fallaron: los detuve yo mismo, en las primeras horas, cuando aun creía que iba a morir o a volverme loco, cuando sólo mis instintos se daban cuenta de lo que me estaba sucediendo, Pero no volveré, sigo adelante. Pon mucha atención, Marty. Es posible mejorar el diseño del generador nuclear. Puedo explicártelo y tú se lo explicarás a los demás, porque tienes el sentido de la materia inanimada, ha capacidad de proyectarte dentro de ella, y yo no puedo hablar en el lenguaje de los físicos Porque desconozco los símbolos, las matemáticas. Pero al contemplar su proyecto desde aquí, en el espacio, vi cuánta voluntad de fracaso habían puesto en él; el miedo inconsciente que tenían a penetrar demasiado en el átomo. Si elimináis ese afán de no llegar, la producción de energía aumentará unas dos mil veces. Las naves pueden construirse para ascender a sólo 1 ó 2 g, y no obstante, tener energía sobrada, de modo que cualquiera ‑y no solo los excepcionalmente sanos Y fuertes‑ pueda ir al espacio. Escucha cómo debéis proceder...
Lo que siguió fueron dibujos, impresiones cenestésicas, procedimientos completos, más que pensamiento hecho palabras. Apenas, duró todo unos segundos.
Marty se frotó la nuca.
‑Buen trabajo ‑dijo en alta voz en medio del laboratorio vacío­. En cuanto a eso de los reguladores, podría ser más fácil...
‑Este es uno de los mensajes, el que tienes que transmitirles si consigues hacerles escuchar. El otro... quizá tengas también que guardarlo para ti en el próximo futuro. Es éste: "La meta no es la que creíamos, no es la conquista del espacio como camino hacia los planetas, sino el espacio mismo. El espacio no está vacío o muerto. Se halla inundado de energía, lleno del polvo de viejos soles y los elementos de la nueva materia. Los planetas son frías, oscuras y moribundas islas de un océano en ebullición que puede estar lleno de vida. ¡El espacio espera! Adiós...
* * *
Ella despertó sobresaltada y se sentó gritando: "¡Jim!". Sus manos exploraron convulsivamente la almohada. Sollozó.
‑Otro sueño...
‑No estás soñando. Si más tarde lo dudas, díselo a Marty. He hablado con él ... te quiero, Sally.
‑¿Dónde? ¿Dónde estás?
Sus ojos exploraron temerosos la oscuridad.
‑Estoy en el "Gran Trampolín" y veo que es sólo un salto hacia otro nuevo.
‑¡Vuelve, Jim! No me importa que... Pero, ¿de qué sirve? Es demasiado tarde, estas muerto.
En su mente, la voz pareció modular una suave risa.
‑Estoy bien vivo, Sally, pero... Temo que no pueda volver a la Tierra. El espacio me ha cambiado.
Ella se estremeció.
‑¿Cambiado?
‑Me he desarrollado, como lo harás tu si me sigues. Los biólogos llevan mucho tiempo diciéndonos que el hombre es una regresión fetal, una especie de embrión que se hace viejo sin llegar a una auténtica madurez. Ahora he descubierto por qué: las condiciones de esa

madurez, el destino para el que estamos creados, no existen en la Tierra... Pero tal como soy ahora puedo morir aplastado bajo la gruesa atmósfera terrestre; y los seres humanos, al verme

pueden despedazarme como a algo no humano. Incluso tú ... podrías asustarte de mí...
En la mente de Sally se formó una imagen de claridad fotográfica.
Estuvo inmóvil un momento respirando con aliento entrecortado; después, sonrió trémula y extendió los brazos abiertos en un gesto que no necesitaba de palabras ni pensamientos.
‑¡Mi amor ‑‑la voz del espacio fije un silencioso grito exultante‑­‑. ¡Ven a mí! Dentro de uno o dos años, habrá nuevas naves mucho mejores que todo lo visto hasta ahora... Ya me he ocupado de ello. Entonces vendrás a reunirte conmigo. No te preguntes cómo podremos encontrarnos... Cuando vengas, cuando también alcances tu verdadero ser, comprenderás. Nos encontraremos más allá de la Luna, y todas las estrellas del espacio estarán a nuestro alrededor... Nuestros hijos tendrán soles para jugar...
Su voz decayó un momento y luego se hizo más apremiante.
‑La curvatura de la Tierra se está interponiendo entre nosotros, pero no durará mucho. Si no puedes venir, si no quieres, lo mismo da ... Yo encontraré los medios de volver a entrar en la atmósfera y llevarte conmigo.
‑¡Iré! ‑gritó ella.
La caricia fantasmal de un beso vino a rozar sus labios. Siguió el silencio. La muchacha estaba sentada inmóvil, mirando a la oscuridad y empezando a creer.

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