Antologia



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viajar hacia el pasado aumenta mucho en relación directa con el período recorrido. La deformación de las líneas del universo, ¿saben? Más allá de un período de unos setenta años, se necesita una energía infinita.
‑Eso pensaba vo ‑‑‑afirmó Harrison con voz sorda.
‑De todas formas. la ciencia progresa muy rápidamente El contacto con culturas extrañas de la Galaxia ha resultado un gran estimulante...
‑‑¿Dominan los viajes interestelares? ‑le interrumpió Berlioz‑. ¿Pueden ir a las estrellas
‑Sí, naturalmente. La propulsión más rápida que la luz fue conseguida hace más de quinientos años utilizando la teoría de la relatividad modificada por Priogan. Se basa en la desviación a través de otras dimensiones... Pero ustedes tienen problemas más urgentes que ocuparse de teorías científicas,
Pasaron dos días en el colegio. Haward y sus compañeros eran tan corteses como hospitalarios y estaban ansiosos por escuchar lo que los viajeros tenían que contar de sus épocas. Les proporcionaron alimentos, alojamiento y el descanso que tanto necesitaban. Incluso intercedieron ante el Consejo solar, vía telepantalla, pero la respuesta fue inexorable: La Galaxia tenía ya demasiados bárbaros y los viajeros tendrían que marcharse.
Quitaron sus baterías de la máquina e instalaron un pequeño motor atómico con reservas de energía casi ilimitada. Haward les proporcionó un psicófono para que pudieran entenderse con seres de cualquier época. Pero los viajeros no estaban contentos.
4300. Los edificios del "campus" habían desaparecido para ser reemplazados por pequeñas y cómodas residencias veraniegas. Jóvenes y muchachas de irisados y breves atuendos se congregaron en torno a la máquina.
‑¿Son ustedes viajeros del tiempo? ‑preguntó uno de los muchachos.
Al verles afirmar quisieron que les hicieran el relato de sus viajes. Era el mayor acontencimiento que habían tenido desde que una nave llegó de Sirio.
Pronto comprendió Harrison que tampoco allí encontrarían ayuda. Era obvio que intentarían retenerles especialmente las mujeres, cuyos suaves brazos rodeaban los cuellos de los viajeros.
Era difícil negarse y Berlioz acabó por sonreír.
‑Pasemos la noche aquí ‑‑sugirió.
Fue una noche de orgía. Harrison consiguió reunir unos cuantos datos. Sol era en esa época un re­manso galáctico, desbordante de riqueza y guardado por mercenarios no humanos contra los depredadores y conquistadores interestelares. Se había convertido en lugar de recreo de los hijos de los grandes negociantes. Pensando en Leticia, Harrison quiso llorar, pero su pecho estaba seco y frío.
Berlioz tenía a la mañana siguiente una horrible resaca, pero desapareció pronto con la bebida ofrecida por una de las muchachas. Entonces estuvo ya en condiciones de reanudar el viaje. Y pronto el brillante escenario se perdíó en el tiempo.
4400. Una villa ardía y el humo y las llamas ascendían por el cielo nuboso. Tras de ellas aparecía la sombría mole, llena de cicatrices, de una astronave. A su alrededor hervía un torbellino humano, enormes individuos barbudos con yelmos y corazas, riéndose mientras cargaban el dorado botín y a los cautivos que se debatían. ¡Los bárbaros habían llegado!
Los dos viajeros saltaron de nuevo a su máquina. Aquellas armas podían convertirla en una masa ígnea y Harrison accionó la palanca mucho más adelante.
‑No encontraremos un cientifico en una edad salvaje ‑dijo‑. Probaré el año cinco mil.

Cuando la aguja se aproximaba a los seis siglos, Harrison trató de accionar la palanca sin conseguirlo.


‑¿Qué ocurre? ‑preguntó Berlioz.
‑Se trata del detector automático de masas. Seríamos aniquilados si emergiésemos en el mismo espacio que ocupa la materia sólida. El detector evita que el impulsor pueda detenerse donde descubre esa estructura. ¡Algún estúpido debe haber construido una casa precisamente donde estamos!
La aguja traspasó el límite y siguieron bramando a través de una tonalidad oscura sin contorno. Harrison ajustó el cuadrante y anotó el primer medio milenio. Era interesante saber qué año sería cuando emergiesen. Tenía la esperanza de que fuese pronto. Las obras del hombre eran tan terriblemente pasajeras...
Dos mil años...
Tres mil...
La cara de Berlioz aparecía blanca.
‑¿Hasta dónde vamos a ir? ‑preguntó.
‑No lo sé.
El increíble trance duraba ya veinte mil años. En el 25296, la palanca cedió súbitamente bajo la presión de Harrison. La máquina surgió a la realidad, se estremeció y descendió unos cuantos pies antes de encontrar su equilibrio. Se precipitaron a la puerta.
El impulsor descansaba sobre un bloque de piedra grande como una pequeña casa. Se hallaban hacia la mitad de una pirámide de piedra gris, de un tetraedro de unos ochocientos metros de altura y casi el doble en cada lado de la base. Arboles y césped crecían en sus titánicas laderas.
No se veía el viejo río y un lago antes inexistente relucía a lo lejos. Las colinas parecían más bajas y estaban cubiertas de bosques. También descubrieron una nave espacial, una máquina monstruosa con la proa apuntando al cielo y un escudo con un sol ardiente en su casco. Había hombres trabajando junto a ella.
Pero, ¡no todos eran hombres! Una docena de grandes ingenios relucientes se afanaban sin vigilancia al pie de la pirámide. "Robots". Y del grupo que se volvió a mirar a los viajeros, dos eran rechonchos y cubiertos de pelo azul, con caras y manos de seis dedos.
Harrison se dio cuenta, con un escalofrío, de que estaba viendo inteligencias extraterrestres. Pero era a los hombres a quienes miraba. Se trataba de individuos altos, con rasgos finos y aristocráticos y una especie de calma innata. Resultaba imposible describir su vestimenta, una especie de temblor irisado que les rodeaba. Harrison pensó que así debían ser los viejos dioses del Olimpo, seres más grandes y hermosos que los hombres.
Pero fue una voz humana la que se dirigió a ellos en un tono grave y bien modulado y un idioma totalmente extraño. Entonces recordó con exasperación que había olvidado el psicófono. Mientras tanto, uno de los seres azules manejaba un globo del que parecía surgir la familiar voz traductora:
_...viajeros del tiempo.
‑Sin duda del más remoto pasado ‑dijo otro
‑Escuchen ‑ les espetó Harrison‑. Estamos en un apuro. Nuestra máquina no puede retroceder y tenemos que encontrar una época en la que sepa cómo invertir el efecto. ¿Pueden ustedes hacerlo?
Uno de les extraños seres sacudió su cabeza.
‑No ‑dijo‑. La física no conoce el modo el retroceder más allá de unos setenta anos. A partir de ahí la energía necesaria se aproxima al infinito y..
Harrison soltó un gruñido.
‑Eso ya lo sabemos ‑dijo Berlioz con rudeza.
‑Pero pueden quedarse a descansar ‑intervino otro de los

hombres con voz amable‑. Sera interesante escuchar su



historia.
‑‑‑‑Se la he contado a mucha gente en los últimos milenios­‑replicó agriamente Bernard‑‑‑. Oigamos la de ustedes para variar.
Dos de ellos cambiaron palabras en voz baja que Harrison tradujo por: "Bárbaros... emociones infantiles... vamos a seguirles la corriente..."
‑Somos una expedición arqueológica que está excavando la pirámide ‑dijo con aire paciente uno de los hombres‑. Pertenecemos al Instituto Galáctico, rama del sector de Sarlan. Yo soy Lord Arsfel de Astracyr y éstos son mis ayudantes. Los no humanos son del planeta Quulhan, cuyo sol no es visible desde la Tierra.
‑¿Quién la construyó? ‑preguntó Harrison, señalando hacia la gran mole de la pirámide.
‑Los ixthuli alzaron estas estructuras en los planetas que conquistaron. No se sabe de dónde venían ni lo que al fin fue de ellos. Esperamos encontrar respuesta en sus pirámides.
La atmósfera se hizo más amistosa. Todos escucharon con profundo interés los relatos de Harrison y Berlioz y a cambio les dieron una pequeña lección de historia.
Tras las ruinosas guerras de los ixthuli, la Galaxia había logrado un rápido progreso. Las nuevas técnicas de psicología matemática hicieron posible conjuntar a los pueblos de mil millones de mundos y regirlos con eficacia. El Imperio galáctico era igualitario. Próspero y pintoresco, con tal diversidad de razas y culturas, avanzaba en las Ciencias y las Artes. En cuanto a los bárbaros que habitaban más allá de las Nubes Magallánicas, Arsfel albergaba el convencimiento de que no serían un estorbo, pues no tardarían a ser civilizados.
Sol casi podía ser llamado territorio bárbaro, aunque quedase dentro de las fronteras imperiales. La civilización estaba concentrada en torno al centro de la Galaxia y Sol se encontraba en lo que era actualmente un rincón del espacio remoto y con escasa densidad estelar. La raza humana casi había olvidado su antiguo hogar.
La estampa resultaba triste para un americano.
Pensó en la Tierra girando solitaria por el espacio vacío, en el arrogante imperio y todos los poderosos dominios que habían mordido el polvo a través de los milenios. Al fin se atrevió a sugerir que tampoco esta civilización era inmortal. Inmediatamente se vio inundado de cifras, hechos y lógica, de todo el curioso simbolismo paramatemático de la moderna psicología de masas. Pudieron demostrarle rigurosamente que la presente situación era intrínsecamente estable y diez mil años de historia no habían podido conmover esa seguridad.
También les mostraron el enorme interior de su astronave, los lujosos apartamentos de la tripulación, la intrincada maquinaria que pensaba por sí misma. Arsfel trato de mostrarles su arte, sus psicolibros, pero fue imposible porque no podían comprenderlos
‑ ¡Salvajes! ¿Podía un aborigen australiano haber apreciado a Rembrant, Beethoven, Kant o Einstein?
‑Será mejor marcharse ‑susurró Berlioz‑. Esto no es para nosotros.
Harrison asintió. La civilización había ido demasiado lejos.
‑Yo les aconsejaría avanzar por largos intervalos ‑dijo Arsfel‑. La civilización galáctica no habrá llegado aquí hasta dentro de muchos miles de años y, desde luego, cualquier cultura nativa que se desarrolle en Sol será incapaz de ayudarles... De aquí en adelante no encontrarán mas que paz y cultura, a menos que los bárbaros de la Tierra se hagan hostiles; pero siempre podrán dejarlos atrás. Más pronto o más tarde aquí habrá una auténtica civilización que podrá ayudarles.
‑Dígame ‑pregunto Harrison ¿Cree que la máquina del tiempo negativa llegará a inventarse?
Uno de los seres de Quulham sacudió su cabeza.
‑Lo dudo ‑.dijo gravemente‑. Hubiéramos tenido visitantes del futuro.
‑¡Vamos! ‑rugió Berlioz.
En 26 000 los bosques continuaban y la pirámide se había convertido en una alta colina en la que los árboles se balanceaban al viento.
En 27 000 una pequeña aldea de casas de piedra y madera aparecía en medio de campos de espigas
En 28 000 había hombres derruyendo la pirámide para aprovechar la piedra. Su enorme masa no desapareció hasta el año 30 000. Berlioz pensó en Lord Arsfel, que ahora llevaba cinco mil años en su tumba.
En 31 000 se materializaron sobre uno de los anchos céspedes que se extendían entre las torres de una amplia y fastuosa ciudad. Los aparatos ronroneaban sobre sus cabezas y una nave espacial apareció junto a ellos.
‑Supongo que ha llegado el imperio ‑comentó Berlioz.
‑Esto parece pacífico. Saldremos y hablaremos con la gente.
Les recibieron mujeres altas Y majestuosas en blancas túnicas de líneas clásicas. Al parecer, Sol era ahora un matriarcado. Supieron que el imperio no había llegado nunca hasta allí. Sol pagaba tributo y las fronteras reales de la cultura galáctica no habían cambiado.
Nada se sabía de la teoría del tiempo. Siendo así, ¿no les importaría continuar? No encajaban en la minuciosamente reglada cultura terrestre.
‑No me gusta esto ‑dijo Harrison al volver a su máquina.
‑Yo creo ‑comentó Berlioz‑ que Arsfel, a pesar de todas sus fantásticas matemáticas, estaba equivocado. Nada dura siempre.
34 000. El matriarcado había desaparecido. La ciudad era un caótico montón de piedras ennegrecidas por el fuego. Había esqueletos entre las ruinas.
‑‑Los bárbaros están otra vez en movimiento ‑dijo heladamente Harrison‑. No hace mucho que estuvieron aquí, pues estos huesos son relativamente recientes. Un imperio como éste puede tardar en morir miles de años, pero está condenado,
‑¿Qué vamos a hacer? ‑‑preguntó Berlioz.
‑Continuar. No nos queda más recurso.
35 000. Había una choza aldeana entre árboles enormes y viejísimos. Aquí Y allá surgía de la tierra una columna rota, resto de la ciudad. Al aparecer la máquina un hombre barbudo, su mujer y un grupo de chiquillos huyeron aterrados.
36 000. Había otra vez un pueblo, con una vieja y gastada nave espacial. Media docena de razas diferentes, incluida la humana, se ajetreaban alrededor, trabajando en la construcción de alguna máquina enigmática. Llevaban ropas sencillas con armas al costado.
Su jefe era un joven con la capa y el yelmo de los oficiales del Imperio. Pero estos arreos tenían por lo menos un siglo. Resultaba extraño oírle repetir que permanecía fiel al emperador.
¡El Imperio! Todavía su gloria remota allá entre las estrellas, iba lentamente desvaneciéndose mientras los bárbaros penetraban en él.
‑Nos espera un buen trabajo ‑dijo el jefe con indiferencia‑. Tautho de Sirio caerá pronto sobre el Sol. Dudo que podamos resistir mucho tiempo. La muerte es todo nuestro porvenir.
Pasaron allí la noche y por la mañana volvieron a la máquina para proseguir el viaje.
Harrison contempló con ansiedad el tablero de control y comentó que tendrían que ir lejos.

50 000. Surgieron de su jornada Por el tiempo y abrieron la puerta. Un rudo viento cayó sobre ellos arrastrando finos copos de nieve. Había hielo en el río que murmuraba oscuramente junto a los bosques.


La geología no trabajaba tan de prisa. Catorce mil años no eran mucho tiempo para el lento mudar de los planetas. Aquello debia haber sido obra de seres inteligentes, devastando y azotando el mundo con insensatas guerras. Una gris masa pétrea dominaba el paisaje. Se elevaba enorme a unas cuantas millas y sus macizas torres almenadas se adentraban audazmente en el cielo. Estaba medio en ruinas, con sus piedras derribadas por energías que fundieron la roca y borradas en incontables milenios de intemperie,
‑Todo está muerto ‑dijo débilmente Harrison
‑¡No! Mira, Bernard, creo que allí hay una bandera.
El viento soplaba y les penetraba como cuchillos.
‑¿Vamos a ir? ‑‑preguntó Harrison.

‑Sí. Lo peor que pueden hacer es matarnos y empiezo a creer que no es tan malo


A medida que se apoximaban a la enorme estructura, parecía agigantarse ante ellos. Tenía un bárbaro aspecto. Ninguna raza civilizada la hubiera construido así.
Dos pequeñas y raudas formas se lanzaron al aire desde aquella muralla con aspecto de acantilado.
‑Aviones ‑dijo lacónicamente Berlioz.
Eran ovoidales, sin controles ni ventanillas a la vista. Uno de ellos cubrió a los viajeros mientras el otro descendía. Cuando aterrizó, Harrison vio que estaba cubierto de cicatrices. Pero había un medio borrado sol flamígero en su costado. Aún vivía el recuerdo del Imperio.
Dos seres salieron de la pequeña nave y se apro­ximaron a ellos empuñando sus armas. Uno era humano, un joven alto y bien formado. El otro...
Era un poco más bajo que el hombre, pero enormemente ancho de pecho y espaldas. Cuatro brazos musculosos nacían de los macizos hombros y una cola peluda fustigaba sus pies con garras. Su cabeza era grande, de amplio cráneo, con un rostro redondo y semianimal. Enormes bigotes sombreaban su boca de afilados colmillos. No llevaba encima más que unos arreos de cuero, pero un suave pelo gris azulado le cubría el cuerpo.
El psicófono restalló con el saludo del hombre:
‑¿Quién vive?
‑Amigos ‑dijo Harrison‑. Sólo queremos noticias.
‑¿De dónde sois? ‑había un tono duro y perentorio en la voz del hombre‑. ¿Qué clase de nave es la suya?
‑Tranquilízate, Vargor ‑ronroneó la voz profunda del otro ser‑. Bien ves que no es una nave espacial.
‑No ‑dijo Harrison‑. Es un impulsor temporal.
‑¡Viajeros del tiempo! ‑‑los ojos de un azul intenso de Vargor se abrieron con asombro‑. Había oído hablar de ello, pero... ¿viajeros del tiempo? ‑Y de pronto‑: ¿De dónde sois? ¿Podéis ayudarnos?
‑Somos de una época muy lejana y estamos solos.
‑¿A dónde vais? ‑preguntó Vargor.
‑Al infierno, lo más probable, Nos estamos he!ando aquí fuera. ¿Podríamos entrar?
‑Sí. Venid con nosotros. Pero no debéis ofenderos si enviamos una escuadra a inspecionar vuestra máquina. Tenemos que ser precavidos.
‑¡Bienvenidos a la fortaleza de Brontothor! ¡Bienvenidos al Imperio galáctico!
‑¿El Imperio?

‑Esto es todo lo que queda de él. Una fortaleza fantasmal en un mundo helado, último fragmento del viejo Imperio.


Entraron en el estropeado aparato, se elevaron y poco después descendían al otro lado de la vieja muralla en un gigantesco patio con banderas, junto a la monstruosa mole del torreón. Se alzaba en varias plantas, con patéticos jardincillos sobre las terrazas, hasta una transparente cúpula de plástico. En las gruesas paredes había armas montadas apuntando hacia el exterior. Hombres con cascos y fusiles de energía estaban apostados como centinelas. Hombres, mujeres y niños deambulaban bajo las monstruosas murallas
‑Allí está Taury ‑dijo el ser de otro mundo señalando a un pequeño grupo reunido en una de las terrazas. Su amplia boca se abrió en alarmante sonrisa‑‑‑. Perdonadme por no haberme presentado antes. Soy Honda de Haamigur, general de los ejércitos imperiales y mi compañero es Vargor Alfrid, príncipe del Imperio. Taury es descendiente directo de Maurco el "Legislador", último emperador debidamente ungido.
Al acercarse al grupo formado por media docena de. ancianos, éstos se pusieron de pie. Sus largas barbas se movían azotadas por la ventisca. Uno de los personajes tenía la cara de un ave de largo pico.
‑La corte de la emperatriz Taury ‑díjo Hunda.
Harrison y Berlioz contemplaron embobados a la emperatriz, tan alta corno un hombre, Sin embargo, bajo su túnica de eslabones de plata y su capa adornada con pieles era aquella la mujer con la que alguna vez habían soñado sin encontrarla nunca. Su orgullosa cabeza tenía algo que recordaba a Vargor, pero toda su nobleza era femenina. Sus ojos grandes, oblicuos y grises como los mares nórdicos, les contemplaban.
Harrison recobró el habla
‑Majestad, soy Bernard Harrison, de América, hace cuarenta y ocho mil años y mi compañero es Berlioz de Sarai, soldado de fortuna de Syrtis, unos mil años después. Estamos a vuestro servicio.
‑‑‑Es un raro placer Entremos, por favor, y olvidad la etiqueta. Esta noche limitémonos a vivir.
Fueron a tornar asiento en una sala acogedora cubierta de tapices, con pieles en el suelo y un alegre fuego en la chimenea.
‑‑¿Así que no podéis regresar a vuestro mundo? ‑dijo la voz grave de Taury‑. Lo malo es que no puedo aconsejaros que os quedéis, pues los tiempos no son buenos.
‑Nos quedaremos unos días ‑decidió Harrison.
‑No conseguiréis nada ‑zanjó Hunda‑ El principio del impulsor temporal se perdió hace mucho tiempo; pero aun queda mucha técnica superior a la de vuestra época.
‑Lo sé ‑dijo Harrison‑, aunque la verdad... en ninguna otra época nos hemos encontrado tan a gusto.
‑Las venideras serán peores. Cuando lleguen los anvardi creo que todos moriremos. "El Soñador", el último de los consejeros del Imperio, me dijo en cierta Ocasión que quizá fuera mejor así.

‑¿Cómo llegaron aquí a la Tierra los de Vro‑Hi, precisamente entre tantos planetas? ‑quiso saber Bernard Harrison


‑Os bastará saber que lo más que el emperador llegó a mandar fue una pequeña flota. Mi padre pudo salvarse de la destrucción a que fue sometido huyendo con tres naves hacia la periferia. Pensó que valía la pena buscar refugio en Sol.
El Sistema Solar había sido cruelmente devastado en las edades oscuras. Las grandes obras de ingeniería que hicieron habitables los demás planetas fueron destruidas y la propia Tierra resultó asolada. Se había utilizado un arma que consumía el bióxido de carbono de la atmósfera. Harrison, recordando la explicación que de las épocas glaciares daban los geólogos de su tiempo, asintió comprendiendo. Sólo unos cuantos salvajes famélicos vivían ahora en el planeta. Y todo el sector de Sirio ofrecía tal desolación que ningún conquistador creía que valiese la pena ocuparse de él.
Al emperador le había gustado hacer del antiguo solar de su raza la capital de la Galaxia y se había trasladado a la arruinada fortaleza de Brontothor un milenio después.
Al día siguiente, Taury condujo a los viajeros por las zonas subterráneas a visitar a "El Soñador" y Vargor les acompañaba.
Atravesaron inmensas cavernas con bóvedas abiertas en la roca, túneles de silencio donde sus pisadas despertaban ecos fantasmales. De vez en cuando pasaban junto a una mole monstruosa; el herrumbroso armazón de alguna vieja máquina,
‑En otro tiempo hubo aquí pavimentos rodantes ‑dijo Taury al iniciar su recorrido‑ Pero no hemos intentado instalar otros nuevos. Hay demasiadas cosas que hacer... reconstruir una civilización con restos dispersos.
Taury marchaba delante, con su melena leonina como una llama entre los sombras oscilantes. Vargor le seguía los pasos y Berlioz caminaba como un felino. Harrison pensó en el extraño grupo que for­maban, cuatro seres humanos del alba y el crepúsculo de la civilización, pareciéndole que jamás había sido otra cosa que un cortesano de la emperatriz galáctica.
Cuando Taury abrió una puerta y apareció "El Soñado‑", Harrison, que iba preparado a todo, sufrió un rudo choque, Se había imaginado un grave personaje de barba blanca o un arácnido de enorme cabeza o un cerebro desnudo latiendo en una caja de alimentación Pero el último de los Vro‑Hi era un monstruo, aunque tenía incluso una belleza misteriosa. Su gran cuerpo brillaba, iridiscente, y sus múltiples manos de siete dedos eran flexibles y graciosas; sus ojos, enormes estanques de oro líquido.
Al ver a los recién llegados se incorporó sobre sus renqueantes piernas. Apenas levantaba seis palmos del suelo, aunque la parte que era a la vez cabeza y cuerpo fuese grande y maciza. Su encorvado pico no se abrió y el psicófono permaneció silencioso. Cuando las largas antenas apuntaron hacia Harrison, éste oyó:
‑Salud, majestad, Salud, alteza. Salud, hombres que llegáis del tiempo.
Telepatia... telepatía directa
‑Gracias, señor. Pero, ¿cómo sabéis... ? ‑preguntó el extrañado Bernard.
‑No he leído los pensamientos de tu mente, viajero Los Vro‑Hi siempre respetamos la intimidad. Pero mi inducción es obvia.
‑‑¿Es que pensaste durante tu último trance? ‑le preguntó Vargor‑. ¿Llegaste a algún plan?
‑No, alteza ‑vibró "El Soñador"‑, mientras los factores permanezcan constantes no podemos hacer mas de lo que ya hacemos. Estuve trabajando en la base filosófica que ha de tener el segundo imperio.
_¿Qué segundo imperio? ‑ironizó Vargor.- que ha de llegar... algún día.
Los sabios ojos de "El Soñador" se posaron en Harrison y Berlioz
‑‑‑Con vuestro permiso ‑pensó‑ me gustaría explorar vuestros depósitos de memoria. Sabemos tan poco de vuestra época... Os aseguro que un ser humano que ha vivido medio millón de años es capaz de guardar todos los secretos y se abstiene de emitir juicios morales. La exploración, de todos modos, será necesaria si he de enseñaros nuestro lenguaje.
‑Adelante ‑dijo Harrison con repugnancia.
Por un momento sintió vértigo y un escalofrío, Taury le rodeó con su brazo y en seguida todo pasó.
‑¿Y eso es todo?
‑Sí. Un cerebro de Vro‑Hi puede registrar un número infinito de unidades simultáneamente. ¿Te has dado cuenta en qué lengua acabas de hablar?
‑¡Eh ... yo! ‑Harrison dejó escapar‑: ¡Por los dioses! ¡Sé hablar estelar!.
‑Sí ‑pensó ‑‑‑"El Soñador"‑, los centros del lenguaje son particularmente receptivos y es facil imprimir en ellos. Este método de enseñanza es sencillo y eficaz para aprender idiomas.
‑Entonces empiece conmigo ‑dijo jocosamente Berlioz.
‑Os diré que cuanto vi en vuestras mentes, era bueno y honrado. Si os quedaseis seríais útiles aquí. Aunque no debéis ignorar que los tiempos son malos.
La estridente risa de Vargor rompió el silencio.
‑Somos unos proscritos y no tenemos futuro, puesto que los anvardi llegan. Cierto que les presentaremos batalla. ¡Va a ser una lucha como no recuerda esta vieja Galaxia!
De labios de Vargor surgió un apagado grito de dolor mientras contemplaba la imagen que saltaba y oscilaba en la gran pantalla de comunicación interestelar. Un hombre había aparecido en ella para decir:
‑Sí, majestad, somos cincuenta y cuatro naves atestadas y la flota anvardiana viene persiguiéndonos.
‑¿A qué distancia? ‑preguntó Hunda.
‑Medio año‑luz, aproximadamente señor. Estaremos cerca de Sol antes de que puedan alcanzarnos.
‑¿Están capacitados para hacerles frente? ‑volvió a preguntar Hunda.
‑No, señor ‑dijo el hombre‑, Venirnos cargados de refugiados, mujeres, niños y campesinos desarmados. Si no nos ayudáis, señor, nos venderán como esclavos. No queremos vivir bajo los anvardi.
‑¿Cuánto tardaran en llegar aquí?
A esta marcha, señor, acaso una semana ‑‑‑respondio el capitán de la nave.
‑Bueno, continuad hacia aquí ‑dijo Taury con voz cansada­. Enviaremos naves contra ellos. Durante la lucha podréis alejaros. No vayáis a Sol, porque habrá que evacuarlo. Nuestros hombres tratarán de establecer contacto con vosotros mas tarde.
‑No merecemos tanto majestad. Salvad nuestras naves.
‑¡Allá vamos! ‑dijo Taury con decisión, Y cerró el circuito. Luego se volvió hacia los demás. la roja cabeza tan erguida como siempre.
Impartió órdenes. La mayoría de su pueblo podía marcharse a Arlath, un desierto en el que no serían encontrados por el enemigo. Hunda y ella planearían el ataque. Tendrían que hacerlo lo más eficaz posible utilizando el menor número de naves.
‑¡Si tuviésemos armas decentes! ‑rugió Hunda.
"El Soñador" se irguió y, antes de que pudiese Vibrar, el mismo pensamiento había saltado al cerebro de Harrison. El y el hombre de Vro‑Hi se miraban con loca esperanza...
El espacio titilaba con un millón de estrellas. La Vía Láctea espumeaba en torno al cielo en un rastro de fría plata y todo era sobrecogedor para un humano. Harrison sintió la soledad como no la había sontido en el viaje a Venus, porque Sol iba quedando a su espalda y se precipitaban al vacío interestelar.
Acababan de instalar la nueva arma en el acorazado, pero no habían tenido tiempo de probarla. Habían tenido que poner toda la flota en juego y la total potencia de combate de Sol. Si vencían los viejos imperiales tendrían una oportunidad pero si fracasaban...
Harrison estaba en el puente tratando de descubrir a la flota anvardiana y Hunda se mantenía en la central de control, haciendo girar los herrumbrosos volantes de señales. "El Soñador" permanecía quieto en un rincón, contemplando extasiado la Galaxia. Los demás miembros de la corte estaban cada uno al mando de un escuadrón y Harrison los había visto por la visiopantalla que enlazaba la flota.
‑Faltan pocos minutos, Bernard ‑dijo Taury.
Se apartó del cristal flexible e inquieta como una tigresa. La fría y blanca luz de las estrellas relucía en sus ojos y en el casco con el sol flamígero que se asentaba en el bronce de su cabello. Harrison admiró su hermosura.
‑A ti te toca, Bernard ‑dijo sonriéndole‑; viniste del pasado para traernos la esperanza. Es bastante para creer en el destino, aunque esto no te hará volver con los tuyos.
Le había tomado una mano y Harrison murmuró que no importaba.
Una voz estalló en el transmisor del puente. Tau­ry abrió la pantalla y surgió un rostro fuerte, orguIloso y cruel, el sol brillando en su pelo verde.
‑Saludos, Taury de Sol ‑dijo el anvardiano‑. Soy Ruulthan, emperador de la Galaxia,
‑Sé bien quién eres ‑‑‑dijo Taury sin alterarse‑, pero no reconozco ese supuesto título.
‑Nuestros detectores informan de tu aproximación con una flota que es la décima parte de la nuestra. Tenéis una nave Supernova, pero también nosotros. A menos que os avengáis a negociar seréis aniquilados.
‑¿Cuáles son vuestras condiciones?
‑Rendición, ejecución de los criminales que dirigieron los ataques a los planetas anvardianos y tu vasallaje ante mí como emperador galáctico.
Taury, asqueada, se volvió y Harrison dijo a Ruulthan en lenguaje explícito lo que debía hacer con sus condiciones y apagó la pantalla.
‑‑‑Toma los mandos, Bernard ‑dijo Taury mirándolo intensamente y señalando al mismo tiempo hacia el artefacto de propulsión temporal. Si caemos en esto... adiós, Bernard.
‑Adiós ‑respondió él con voz sombría.
Se instaló ante sus controles. Levantó un brazo y Hunda cortó la hiperpropulsión. A poca velocidad intrínseca el "Venganza" quedó cerniéndose en el espacio mientras las invisibles naves de su flota se alejaban hacia los arivardi. Lentamente hizo descender la palanca de impulsión temporal. La nave rugió cuando la energía atómica invadió los poderosos circuitos construidos para arrastrar su enorme masa a través del tiempo. Se conmovió la gigantesca máquina y una grisura sin contornos surgió al otro lado de las compuertas.
Hizo a la nave retroceder tres días. Se encontra­ba en el espacio vacío, todavía con los anvardi a distancia fantástica. Sus ojos se fijaron en la chispa amarilla del Sol, concentrando todas sus energías en instalar el impulsor temporal que acababa de hacerles retroceder... Esto no tenía sentido. La simultaneidad era arbitraria. Y ahora había una tarea que cumplir.
Le llegó la voz del jefe de astrogantes con un torrente de cifras. Tenían que hallar la posición exacta en la que el navío almirante de los anvardianos se hallaría dentro de setenta y dos horas. Hunda envió las señales a los "robots" del cuarto de máquina y, pesadamente, el "Venganza" comenzó a deslizarse a través de cinco millones de millas de espacio.
Harrison pensó en aquellos tres días adelante en el tiempo que les permitirían aparecer al costado del acorazado anvardiano.
Frenéticarnente Hunda volvió a poner en marcha la hiperpropulsión, alcanzando velocidades superiores a las de la luz. Ahora veían la nave, erguida como una montaña de metal contra las estrellas. ¡Y todas las armas del "Venganza" dispararon a la vez!
El cañón "Vorágine", los barrenadores, las granadas y torpedos atómicos, los desplazadores de gravedad... todo el infierno acumulado en los torturados siglos de historia vomitó contra las pantallas del navío insignia anvardiano.
Bajo la monstruosa descarga, que llenó el espacio de desvastadora energía hasta parecer que su misma estructura iba a entrar en ebullición, las pantallas se derrumbaron. A través de la materia sólida del casco horadaron, cortaton, desintegraron. El acero se convertía en vapor, en pura energía devoradora que se revolvía contra los demás materiales sólidos. Penetrando más y más en el casco, aquella furia era una llama asoladora que no dejaba tras de sí ni cenizas.
Ahora el resto de la flota imperial cargaba contra los anvardi. Atacada desde el exterior y con un monstruo devorador en su propia entraña, la flota anvardiana se dislocó y sus unidades lucharon a la desesperada.
Los anvardi seguían teniendo el número a su favor. Morían, pero también mataban y el puente del "Venganza" se estremecía y rugía con el fragor de la batalla. Los partes retumbaban en el altavoz: Pantalla 3 eliminada... Compartimento 5 no responde... Torre "Vorágine" 537 fuera de combate...
Harrison se encontró manejando un cañón, disparando contra navíos invisibles, buscando el blanco...
‑¡Huyen!
El grito de júbilo atravesó lo que quedaba de la enorme y vieja nave. ¡Victoria! ¡Victoria! Era un grito repetido que no habla sonado allí desde hacia cinco mil años.
Harrison podía ver las dispersas unidades de los anvardi lanzadas hacia la Galaxia en desesperada búsqueda de refugio, perseguidas y acosadas por la flota imperial.
"El Soñador" se puso en pie y ya no fue un pequeño monstruo de piernas torpes, sino un dios viviente cuyo terrible pensamiento cruzó el espacio, más rápido que la luz, para plantarse rugiente en los cráneos de los bárbaros: "Soldados de los anvardi: vuestro falso emperador ha muerto y Taury "la Roja", emperatriz de la Galaxia, se alza con la victoria. Os ofrecemos amnistía y salvoconducto. Llevad esta nueva a vuestros planetas: ¡Taury "la Roja" convoca a todos los jefes de la confederación anvardiana a jurarle fidelidad y a ayudarle a restaurar el imperio galáctico!"
Estaban en el balcón de Brotothor y volvían a contemplar la vieja Tierra por primera vez en casi un año. A Harrison le resultaba extraño observar su tierra natal tras aquellos meses en los múltiples y dispersos mundos de una Galaxia más enorme de lo que era capaz de imaginar. Había como un pequeño nudo en su corazón porque estaba diciendo adiós al mundo de Leticia,
Leticia ya no existía. Era parte de un pasado muerto hacía cuarenta y ocho mil años. Ahora Taury tendría que trasladar la capital imperial del aislado Sol a la céntrica Estrella Polar y no pensaba tener nueva oportunidad de visitar la Tierra. Por eso había cruzado un millar de estrellados años‑luz hasta el pequeño y solitario Sol, que había sido su morada. Llevaba consigo naves, máquinas y tropas. Los ingenieros climatólogos volverían a desviar el glacial invierno de la Tierra hacia sus polos y comenzarían la recolonización de los demás planetas. Habría escuelas, fábricas, civilización... Sol tendría motivos para recordar a su emperatriz.
Y con Harrison, en el viejo castillo arruinado, estaba Taury, contemplando la noche terrestre. Era tarde y todos debían dormir. La quietud era inmensa y los ruidos parecían haberse congelado en la helada calma.

La luna se posó, blanca, en la cara de ella, sembrando de fantasías sus ojos y su pelo. Parecía una diosa de la noche.


‑¿En qué pensabas, Bernard? ‑le preguntó al cabo de un rato.
‑Más creo que soñaba. Me resulta extraño pensar que he dejado mi tiempo y ahora incluso voy a dejar mi mundo.
‑Lo sé ‑asintió ella con gravedad‑. Yo siento lo mismo. No tendré en adelante tiempo ni para reír. Cuando se trabaja para un millón de estrellas no hay ocasión de ver iluminarse la cara de un hombre con el agradecimiento a nuestras obras. Regiremos un munde de extraños...
Siguió otro momento de silencio bajo las distantes esttellas.
‑Bernard... estoy tan sola...
La tomó en sus brazos. Sintió sus labios fríos, con el mismo relente cruel y silencioso de la noche, pero ella le correspondió con fiero anhelo.
‑‑‑Creo que te amo Bernard ‑dijo al cabo de un rato‑ y nunca más volveremos a estar solos...
La luna ganaba ya el negro horizonte cuando la acompañó a sus habitaciones, La despidió con un beso y echó a andar por el sombrío corredor hacia su cuarto. La cabeza le daba vueltas; estaba ebrio con tanta dulzura y maravilla. Sentía deseos de cantar, reír y abrazar a todo el mundo estrellado. ¡Taury! Taury! ¡Taury!
Descubrió una silueta envuelta en una capa oscura. Una luz indecisa se reflejaba en su cara atormentada. Era Vargor.
‑‑‑¿Qué ocurre?
La mano del príncipe se alzó y Harrison vio la oscura boca de una pistola aturdidora apuntándole.
‑Lo siento, Bernard ‑dijo Vargor, sonriendo amargamente.
Harrison quedó paralizado e incrédulo. Vargor... el que había luchado junto a él. Se habían salvado mutuamente la vida, reído y trabajado juntos... ¡Vargor!
Relampagueó el arma. Algo crujió en su cráneo y se sintió hundir en las tinieblas.
Su despertar fue lento y el dolor iba invadiendo
Sus nervios a medida que recuperaba la sensibilidad. Cuando su visión se aclaró, vio que estaba atado y amordazado en el suelo de su impulsor.
La máquina del tiempo... la había olvidado, abandonada en un cobertizo mientras recorría los astros.
Vargor estaba plantado en la puerta abierta. El pelo le caía en desorden y sus hermosos rasgos aparecían cansados.
‑Perdóname, Bernard, te quiero y tus servicios al imperio no podrán olvidarse. Pero he tenido que emplear esta sucia y baja trampa. He de hacerlo aunque el recuerdo de esta noche me persiga toda la vida.
Harrison intentó sacudirse la mordaza.
‑No puedo consentir que grites, Bernard. Amo a Taury; la amo tanto que no puedo estar lejos de ella y por ella sería capaz de hundir el Cosmos. Creí que, poco a poco, empezaba a quererme, pero esta noche os vi en el balcón y supe que estaba derrotado. No ambiciono el poder, puedes creerme. El oficio de rey consorte será duro y poco atractivo, pero si es el medio de tenerla, a él me atendré. Tú no eres de los nuestros y no compartes nuestras tradiciones. Taury ahora puede sentir algo por ti, pero pienso como dentro de veinte años. Sé que corro un riesgo. Si encuentras el medio de invertir la dirección de tu marcha por el tiempo y vuelves aquí, eso supondrá mi desgracia y mi exilio. Sería más seguro matarte, pero no soy tan malvado. Adiós, Bernard y buena suerte.
Accionó la palanca y salió del impulsor cuando éste empezaba a calentarse. La puerta se cerró a su espalda con ruido seco.
Harrison se debatía en el suelo, maldiciendo con su cerebro que era un negro pozo de amargura. Se alzó el gran zumbido del impulsor. Estaba en camino...

‑¡No... detén la máquina, Dios mío.


Las cuerdas de plástico le cortaban las muñecas y se encontraba incapaz de alcanzar la palanca. Sus dedos ansiosos recorrieron la superficie de un nudo, buscando con las uñas un asidero, La máquina rugía a toda potencia volando por la infinidad del tiempo.
Le costó mucho soltarse y cuando al fin se puso en pie y se quitó la mordaza pudo mirar hacia la gris opacidad del exterior. La aguja de los siglos pugnaba contra el tope final. Calculó vagamente que había avanzado ya unos diez mil años.
Con un furioso manotazo hizo bajar la palanca. Fuera estaba oscuro y permaneció estúpidamente absorto durante unos momentos, hasta que advirtió el agua que se filtraba en la cabina por las junturas de la puerta. ¡Estaba bajo el agua! Frenétícamente volvió a empujar la palanca,
Probó el agua caída en el suelo. Era salada. En algún momento de esos diez mil años, por razones naturales o artificiales, el mar había llegado a cubrir el solar de Brontothor. Mil años después seguía bajo su superficie. ¡Taury había muerto y también Berlioz, Hunda, e incluso "El Soñador"! Él mar rugía sobre la muerta Brontothor y él estaba solo. Apoyó la cabeza en los brazos y rompió a llorar.
Durante tres millones de años el océano continuaba cubriendo el solar de Brontothor. Y Harrison seguía adelante.
A intervalos se detenía para ver si las aguas se habían retirado. Pero no. Y empezó a computar fechas. Varias veces pensó en detener la máquina y morir ya que Taury había muerto. Y lo hizo a los cuatro millones de años. Entonces descubrió que a su alrededor había aire seco.
Estaba en una ciudad, pero en una ciudad distinta a cuantas había visto e imaginado. No podía seguir la extraña geometría de las estructuras titánicas que surgían en torno. Enormes y devastadoras energías relampagueaban y rugían a su alrededor, como el rayo descendido a la Tierra, y a su paso el aire silbaba y quemaba.
El pensamiento fue un grito que llenó su cráneo y buscó a tientas su significado.
" ¡Criatura que llegas de] tiempo, deja al momento este lugar o las fuerzas que manejamos te destruirán."
Aquella visión mental le atravesaba una y otra vez, hasta las mismas moléculas de su cerebro, y su vida estaba abierta ante ellos como una blanca llama incandescente.
¿Podéis ayudarme?, gritó a los dioses, ¿Podéis hacerme retroceder en el tiempo?
"Hombre, nadie puede volver atrás, es intrínsecamente imposible, has de seguir hasta el fin del universo, y más allá, porque allí está... "
Aulló de dolor cuando aquel pensamiento, aquel concepto insoportablemente grande lleno su cerebro humano.
"¡Sigue, hombre sigue! Pero no puedes sobrevivir en esa máquina. Yo la transformaré... ¡Sigue! "
El impulsor volvíó a ponerse en marcha por sí solo.
Torva, desesperadamente, Harrison se precipitó en el futuro. La máquina había sido alterada. Ahora era estanca y, pudo comprobar que la ventanilla le resultaba totalmente irrompible. Algo había sido cambiado en el impulsor que lo lanzaba a increíble velocidad. Y millones de años pasaban mientras uno o dos minutos transcurrían dentro del rugiente caparazón.
Pero, ¿que eran aquellos dioses? Nunca lo sabría, Seres de más allá de la Galaxia, exteriores al Universo mismo... el último producto de la evolución humana. Una cosa estaba bien clara: la raza humana había dejado de existir. En su huida hacia el futuro, se detenía de vez en cuando para lanzar una ojeada al mundo y su tremenda historia. A los cien millones de años contempló grandes copos de nieve arremolinados por el viento. Los dioses habían desaparecido. ¿Es que también morían los dioses?
Nunca lo sabría.
Un ser se acercaba entre la tormenta. El viento precipitaba la nieve a su alrededor en silbantes torbellinos. Su piel gris parecía escarchada. Se movía con gracia flexible e inhumana, apoyándose en un bastón a cuyo extremo brillaba una luz como un diminuto sol.
Harrison le llamó por el psicófono:
‑¿Quién eres? ¿Qué haces en la Tierra?
Aquel ser llevaba un hacha de piedra en la mano y una sarta de toscas cuentas alrededor del cuello. Pero miró con resueltos ojos dorados a la máquina y el psicófono trajo su voz ruda:
‑Tú debes ser del pasado más lejano, de uno de los primeros ciclos.
‑Me dijeron que siguiese hace casi cien millones de años.
‑Si "Ellos" te dijeron eso... ¡entonces sigue!
Y aquel ser continuo su camino en la tormenta.

Harrison se lanzó adelante. A mil millones de años en el futuro había una ciudad sobre una llanura donde crecía hierba azul. Pero no había sido construida por los humanos y una voz le conminó a alejarse.


El Sol se hacía mas caliente y más blanco a medida que el cielo heliohidrógeno aumentaba en intensidad. La Tierra giraba acercándosele lentamente. ¿Cuantas razas inteligentes habían surgido en la Tie­rra, vivido y muerto desde la época en que el hombre salió por primera vez de la selva?
A los cien mil millones de años, el Sol había gastado sus últimas reservas nucleares. Harrison contempló un desnudo paisaje montañoso, árido como la Luna... pero la Luna había caído hacia mucho tiempo hacia su mundo y explotado en lluvia meteórica. La Tierra estaba ahora frente a frente con su estrella; su día era tan largo como su año. Harrison veía parte del enorme disco rojo sangre del Sol brillando desmayadamente.
Algunos miles de años después no había ya otra cosa que la oscuridad más elemental. La entropía había alcanzado su máximo, las fuentes de energía estaban agotadas, el Universo había muerto.
Gritó ante aquel terror de cementerio y lanzó la máquina hacia delante. Sin el mandato de los dioses podría haberlo dejado allí, abrir la puerta al vacío y el cero absoluto y morir de una vez. Pero tenía que seguir. Había alcanzado el fin de todas las cosas, y debía continuar. "Más allá del fin de los tiempos". Transcurrieron miles y miles de millones de años. Harrison yacía en su máquina hundido en un coma apático. Una vez consiguió animarse a comer un sandwich.
Cuando volvió a detenerse miró al exterior y distinguió un débil resplandor lejano, el más vago indicio de luz, allá en los cielos.
Temblando, saltó otros mil millones de años. La luz era ahora más fuerte, un gran resplandor giraba incipiente en el cielo.
"El Universo se transformaba."
El espacio debía haberse expandido hasta alguna especie de límite, y ahora estaba recogiéndose sobre sí mismo, para comenzar de nuevo el ciclo, el ciclo repetido nadie sabía cuántas veces en el pasado. El Universo era mortal pero también un fénix que nunca moriría realmente, Y de pronto se vio libre de su deseo de morir. Al borde del fin deseaba contemplar la próxima época, pero, ¿como saber si iba a formarse un mundo bajo sus pies?
Con súbita decisión accionó la palanca hacia delante. Y pudo contemplar algunas edades geológicas. pero no salió de su máquina, aunque se detuvo de vez en cuando. La atmósfera sería irrespirable hasta que las plantas hubiesen liberado bastante oxígeno.
¡Siempre adelante! A veces estaba bajo el océano, otras sobre la Tierra. Vio extrañas selvas, con helechos y líquenes gigantes, surgir y perecer en el frío de una época glacial y surgir otra vez con renovadas formas de vida.
Un pensamiento le rondaba, bullendo en su subconsciente mientras avanzaba. No se hizo presente durante varios millones de años, y de pronto... " ¡La Luna! ¡Oh, Dios mío, la Luna!".
Sus manos temblaban demasiado violentamente para poder manejar la máquina. Finalmente, con un esfuerzo, se dominó lo suficiente para empujar la palanca. Salto hacia adelante en busca de una noche de Luna llena.

Allí estaba. El mismo viejo rostro... ¡la Luna!


La impresión fue demasiado grande.. Aturdido, reanudó su viaje, y el mundo empezó a tener un aspecto familiar. Había pequeñas colinas boscosas y un río brillaba a lo lejos...
No acabó de creerlo hasta que vio el pueblo. Era el mismo... Hudson, Nueva York.
Estuvo un gran rato sentado, dejando que su cerebro de

físico considerase el tremendo hecho. En términos

newtonianos, significaba que cada partícula recién formada en el génesis tenía exactamente la misma posición y velocidad que cada partícula correspondiente del ciclo interior, En el mas aceptable lenguaje einsteiniano, el continuo era esférico en todas dimensiones. En cualquier caso... si se viajaba lo suficiente a través del espacio o del tiempo, se volvía al punto de partida.
"¡Podría volver a casa!"
Descendió corriendo la colina bañada de sol, sin cuidarse de su extraño atavío, y siguió corriendo hasta que el aliento le faltó en los pulmones y el corazón parecía a punto de saltarle del pecho. Jadeando, entro en el pueblo, penetró en un banco y miro el maltratado calendario y el reloj de pared.
17 de julio de 1936, a la una y media de la tarde. A partir de estos datos podría calcular al minuto su hora de llegada en 1983.
Regresó lentamente, las piernas temblorosas, y puso de nuevo en marcha la máquina. Fuera se hizo la gris opacidad por última vez.
1983. Bernard Harrison descendió de la máquina. Su movimiento en el espacio, en Prontothor, le había sacado de la casa Jim Carey, y ahora estaba a media ladera de la colina en cuya cima se hallaba el viejo edificio.
Sobrevino un ramalazo de silenciosa energía. Harrison se volvió de un salto, alarmado, y vio cómo la máquina se disolvía en metal fundido... en gas... en una nada que brillo brevemente y desapareció.
Los dioses debieron poner en ella algún dispositivo aniquilador. No querían ver sus ingenios del futuro sueltos por el siglo xx,
Harrison pensó que no había peligro de ello y subió lentamente la colina pisando la hierba húmeda. Había visto demasiada guerra y horror para dar a los hombres unos conocimientos para los que no estaban preparados. Tanto él como Leticia y Jim Carey tendrían que silenciar la historia de su regreso alrededor del tiempo, porque aquello ofrecería un medio de viajar al pasado, y eliminaría la barrera que impedia al hombre el uso del impulsor para el crimen y la opresión. El segundo imperio y la filosofía de "El Soñador" estahan todavía muy lejanos en el tiempo.
Avanzaba. La colina parecía extrañamente irreal después de cuanto había visto, de todo el enorme mañana del Cosmos. Nunca volvería a encajar del todo en la pequeña ronda de días que le quedaban por vivir.
Taury... Su amado rostro flotaba ante él y creyó oír su voz susurrar en el frío y húmedo viento que le acariciaba el pelo como lo hicieran sus manos fuertes y suaves.
‑Aclíós... ‑murniuró hacia la cercana inmensidad del tiempo­. Adiós, amada mía.
Lentamente subió los escalones y se halló junto a la puerta. Habría que llorar a John. Y después escribir un informe, cuidadosamente censurado, y vivir una vida de atrayente trabajo junto a una muchacha dulce, amable y bella, aunque no fuese Taury. Parecía más que suficiente para cualquier mortal.

Penetró en el living y sonrió a Leticia y Jim Carey.


‑Hola ‑dijo‑. Creo que llego algo temprano.

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