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ANTOLOGIA

DE RELATOS

DE


CIENCIA ‑ FICCION

Selección y adaptación




JOHN F. ASLEY

EDITORIAL FHER, S. A.

Górdoniz, 44 ‑ Bilbao

ESPAÑA
C 1.973 Editorial Fher S.A. ‑ Bilbao (España)


Depósito legal BI 1.505‑73

Compueslo en Garamond, 12 por Rali

Cubierta de Cotera

Impreso y encuadernado en Talleres Gráficos Fher. S, A.

Villabaso, 9‑ Bilbao (España)

(Printed in Spain)
ISBN: 84‑243‑0497‑7

La guerra de los mundos

Los hombres de los primeros años del siglo xx no podían imaginar que estaban siendo observados y estudiados por seres muy inteligentes que contemplaban la Tierra con ojos llenos de envidia y trazaban planes de ataque.


Se acercaba el final del mes de octubre. Los negocios estaban en su mejor período. El miedo a la guerra se había alejado. En el comercio, las ventas alcanzaban su punto más alto. El atardecer del 30 de octubre, el Servicio de Información de Crossley emitía su habitual boletín meteorológico. No se predecían grandes cambios.
Y no obstante el siguiente boletín anunciaba:
"A las ocho menos veinte, hora central, el profesor Farrell, del observatorio de Mount Jennings, de Chicago (Illinois), comunica que se han observado en el planeta Marte algunas explosiones de gas incandescente, que se suceden a intervalos regulares. El espectroscopio revela que el gas es hidrógeno, y que éste se dirige hacia la Tierra a enorme velocidad."
Por su parte el profesor Pierson, del observatorio de Princeton, confirmó las observaciones del pro­fesor Farrell y describió el fenómeno textualmente como "un chorro de llama azul, disparado por un arma de fuego".
Todos los observatorios del mundo se sintieron alarmados con el suceso, manteniéndose vigilantes a la espera de cualquier otra perturbación que pudiera producirse en Marte,
Carlos Phillips, comentarista radiofónico, se dirigió al observatorio de Princeton, Nueva Jersey para entrevistar al conocido astrónomo, profesor Pierson.
Phillips había sido llevado a una sala circular, totalmente oscura, con solamente una abertura oblonga en la bóveda del techo. A través de esta abertura pudo contemplar un cielo tachonado de estrellas que emitían un brillo frío sobre el intrincado mecanismo del enorme telescopio. Las vibraciones de su mecanismo de relojería se traducían en unos ligeros ruidos de tic‑tac.
El comentarista descubrió al astrónomo justamente sobre él, encaramado en una pequeña plataforma, mirando a través de la gigantesca lente. Junto a él tenía varios teléfonos, atento igualmente a las noticias que pudieran dársele a través de ellos, desde las distintas partes del mundo.
Cambiados los primeros saludos, Phillips preguntó:
‑¿Sería tan amable de explicarme, profesor, qué es exactamente lo que observa usted en el planeta Marte a través de su telescopio?
‑En este mismo instante nada extraordinario, señor Phillips. Un disco rojo flotando en el cielo azul y fajas transversales que cruzan el disco. Ahora son claramente perceptibles, porque se da la circunstancia de que Marte se encuentra en el punto más cercano a la Tierra; en oposición, como nosotros decimos.
‑Según usted, ¿qué significan esas fajas transversales?
‑‑‑ Puedo asegurarle, señor Phillips, que no son canales, aunque tal sea la opinión popular de quienes imaginan que Marte esta habitado. Desde un punto de vista científico, las mencionadas fajas deben considerarse puramente como el resultado de las condiciones atmosféricas peculiares en este planeta.
El comentarista volvió a preguntar:
‑‑ ¿Está convencido, profesor, como hombre de ciencia que es, que no existe en Marte una vida intelectiva, tal como nosotros la imaginamos?
Le respuesta del astrónomo fue rápida.
‑Puedo asegurarle que las probabilidades en contra de ello son de mil contra una.
‑Y dígame, ¿cuál es su opinión sobre esas erupciones gaseosas que ocurren a intervalos regulares en la superficie del planeta?
‑El astrónomo movió las manos en un ademán vago,
‑No tengo formada aún opinión sobre ello.
El comentarista tomaba notas apresuradamente
‑¿Puede decirme a qué distancia de la Tierra se encuentra Marte?
‑A cuarenta millones de millas, aproximadamente.
Phillips dejó escapar un leve silbido.
‑¡Es una distancia que infunde cierta seguridad! ‑exclamó, sonriendo.
En aquel momento, uno de los empleados del observatorio se aproximó al astrónomo con un mensaje. Este lo recogió e hizo un gesto de disculpa en dirección a su visitante.
‑Muy interesante ‑murmuró el astrónomo cuando lo hubo leído‑. Procede del doctor Gray, del museo de Historia Natural de Nueva York. Tome, señor Phillips, puede leerlo.
El mensaje decía: "Nueve quince tarde, hora Este. Sismógrafo registró una conmoción intensidad próxima terremoto dentro área de radio veinte millas de Princeton. Ruego investigue. Lloyd Gray, jefe División Astronómica ".
Phillips levantó la cabeza del papel y preguntó:
‑‑‑¿Podría tener este suceso alguna relación con las perturbaciones observadas sobre el planeta Marte?
El sabio movió dubitativamente la cabeza.
‑Lo veo difícil, amigo mío. Es probable que se trate de un meteorito de extraordinario tamaño y su caída, en estos momentos es una meta coincidencia. No obstante, iniciaremos la investigación tan pronto como lo permita la claridad de la mañana
Poco después, el último boletín de la Radio Intercontinental de Noticias, de Toronto, Canadá, emitía el siguiente parte:
"El profesor Morse, de la Universidad de Macmillan manifiesta que se ha observado un total de tres explosiones en el planeta Marte entre las siete cuarenta y cinco y nueve veinte de la tarde, hora del Este. Esta noticia confirma los anteriores informes recibidos de los observatorios americanos. ¡Atención! Tenemos nuevas noticias Desde un punto muy cercano, Trenton, Nueva Jersey, nos llega un aviso especial. Dan cuenta de que a las ocho y cincuenta de la noche un enorme y llameante objeto que se supone es un meteorito ha caído en una granja de las cercanías de Grovers Mill, Nueva Jersey, a veintidós millas de Trenton. El resplandor fue visible en el cielo en un radio de algunos centenares de millas y el ruido del impacto se oyó hacia el Norte, hasta la ciudad de Elizabeth."
El activo comentarista Phillips, al frente de un equipo móvil de radio, se trasladó al lugar del suceso. Con ellos iba el profesor Pierson. El espectáculo que se ofreció a sus ojos, cuando descendieron de sus coches, no podía ser más impresionante Ante ellos, medio enterrado en un amplio pozo, se hallaba un extraño y enorme artefacto.
‑¡Diablos! Ha debido caer con una fuerza terrorífica ‑comentó Phillips.
‑‑‑Pues lo que yo puedo ver del objeto no se parece mucho a mi idea de un meteoro ‑‑‑añadió Pierson‑‑‑. Al menos, a ninguno de los meteoros que yo he visto en mi vida. Parece un enorme cilindro...
‑¿Qué diámetro le calcula usted, profesor? ‑preguntó el comentarista.
‑No menos de treinta yardas.
El monumental cilindro parecía recubierto de metal, de un tono blanco amarillento. No era fácil distinguir los detalles, al pronto, pues los curiosos estaban llegando en oleadas v se empujaban para acercarse al objeto, a despecho de los esfuerzos de un cordón de policías para mantenerlos alejados.
‑¡Háganse a un lado, por favor! ¡Háganse a un lado! ‑suplicaban incesantemente los agentes.
Allí se encontraba el propietario de la granja, señor Wilmuth, el cual contaba lo sucedido,
El joven comentarista se presentó y dijo:
‑ ¿Querría empezar por el principio, señor Wilmuth, para que le oigan nuestros radioyentes?
‑Pues bien, yo estaba oyendo la radio...
‑¿Quiere levantar más la voz, por favor? Apenas se le oye...
‑...Estaba yo oyendo la radio, un poco adormilado, mientras no sé qué profesor hablaba sobre Marte... Y de repente oí como un zumbido. Algo así como uno de esos cohetes de las fiestas. Volví la cabeza hacia la ventana y creí que estaba soñando...
‑Continúe, por favor.
‑Figúrese que vi una especie de rayo de luz verdosa y luego, ¡pum!, algo se estrelló con la tierra. ¡Qué impacto! Me tiró al suelo desde la silla.

‑¿Se asustó mucho señor Wilmuth?


‑Pues... apenas recuerdo. Creo que la indignación que experimenté fue superior a todo.
La multitud congregada, mientras tanto, se hacía más numerosa. Los coches no cesaban de llegar. Todos se detenían en una gran explanada situada a espaldas de la casa. Gentes excitadas y curiosas se apeaban precipitadamente para unirse a la avalancha contra la que los policías apenas podían ya luchar. La gente había roto el cordón policíaco.
De repente, la curiosa multitud gritó espantada, presa de un terror colectivo, antes de hundirse en un dramático silencio. Era que un poderoso zumbido sobresalía del interior del extraño artefacto.
‑‑‑¿Qué puede ser eso? ‑‑preguntó Carlos Phillips al profesor Pierson, que estaba a su lado.
-Quizá proceda del desigual enfriamiento de la superficie de ese objeto...
‑‑‑¿Cree todavía que es un meteoro, profesor?
‑‑‑Ya no sé qué pensar. Estoy confundido. El metal de la envoltura puede considerarse definitivamente como extraterrestre. Por otro lado, la fricción con la atmósfera de nuestro planeta rasga con numerosos agujeros la superficie de los meteoritos. Pero este objeto presenta una envoltura totalmente lisa, y según usted puede apreciar, de forma cilíndrica.
‑‑‑¡Un momento, profesor! ¡Algo sucede! ‑exclamó con excitación el joven Phillips‑. ¡Es realmente espeluznante! El extremo más cercano del objeto está comenzando a pelarse en escamas. ¡La cabecera empieza a dar vueltas como un tornillo! ¡Ese gran objeto debe estar hueco!
La multitud gritaba horrorizada, al borde de la histeria. Algunas mujeres chillaban de modo infrahumano.
‑¡Atrás! ¡Atrás! ‑ordenaban los policías, hasta enronquecer.
El sonido rechinante de una gran pieza metálica al caer a tierra sembró la confusión. Dos discos luminosos se dirigieron hacia la multitud, como si la estuvieran enfocando.
La mayoría de los espectadores sintieron escalofríos de terror. Algo se arrastraba serpenteando fuera de la sombra, como una serpiente grisácea... Otra más. Y otra. Daban la impresión de tentáculos. Pronto pudo advertirse que el cuerpo de aquel ser era grande como el de un oso y que relucía como el cuero mojado. En cuanto a su rostro... ¡Era indescriptible! Sus negros ojos brillaban como los de una serpiente. Tenía la boca en forma de V y de sus comisuras colgaban gotas de saliva, que parecían temblar y latir...
El monstruo, o lo que fuera, apenas podía moverse, como si su peso amenazara derrumbarlo.
Carlos Phillips y el astrónomo Pierson, desde el jardín del señor Wilmuth, gozaban de un buen lugar de observación. Ahora el cordón policial había vuelto a formarse al borde del pozo, compuesto por unos treinta policías, pues el gentío iba librando el terreno en torno al mismo.
De pronto se vio avanzar al capitán y a dos policías. Habían atado un pañuelo blanco a una larga vara y ofrecían aquella bandera blanca al monstruo salido del extraño objeto. De aquel ser pareció emanar un rayo de luz dirigido contra un espejo. ¡Un chorro de llamas había saltado del espejo y se dirigía a los hombres de avanzadilla! ¡El rayo derribó a los tres, que empezaron a arder!.

Seguidamente, todo el campo fue una llamarada. Los bosques... los patios de las granjas ‑‑‑ los depósitos de combustible de los automóviles...


El fuego se propagaba por todas partes. Phillips comprobó que se hallaba ya cerca de él, a unas veinte yardas a la derecha.
En poco tiempo, no menos de cuarenta personas, entre ellas seis soldados, murieron abrasadas. La multitud, enloquecida, se atropellaba para huir. Phillips, con su equipo móvil, había conseguido alejarse lo suficiente para pedir refuerzos, describiendo en pocas palabras la angustiosa situación
Por suerte, el monstruo aparecido en primer lugar y otros similares salidos del extraño artefacto, se habían retirado al fondo del pozo y, durante algún tiempo, no se les vio.
Esta tregua permitió la llegada de cuatro compañías de la milicia del Estado de Trenton, al frente de las cuales estaba el general Montgomery Smith. También se habían presentado en el lugar los servicios de extinción de incendios, que luchaban denodadamente contra las llamas, sin que los extraterrestres ‑ya nadie dudaba de que lo fueran‑ obstruyeran su trabajo.
Y mientras tanto, el profesor Pierson se instalaba con su equipo de observación en una granja de Grovers Mill, Hasta el momento se hallaba completamente desorientado. A la misteriosa arma de aquellos desconocidos había empezado a llamarla "rayo de calor". De lo que estaba completamente seguro era de que los extraterrestres poseían conocimientos científicos bastante más avanzados que los de la Tierra.

Las ambulancias iban y venían en medio de sus dramáticas sirenas.


Horas después el fuego habla sido sofocado y la tranquilidad, más aparente que real, renació.
El capitán Lansing, del cuerpo de señales, adscrito a la milicia del Estado, cursó el siguiente parte desde su puesto de observación en las cercanías de Grovers Mill:
«La situación causada por la presencia de ciertos individuos de naturaleza no identificada, está ahora bajo completo control. El objeto cilíndrico se halla rodeado por ocho batallones de infantería, sin piezas pesadas de artillería, pero armadas adecuadamente con rifles y ametralladoras. Cualquier motivo de alarma está ahora carente de toda justificación. Aunque esos seres repitieran el ataque, no podrían mantenerse firmes frente al fuego de las ametralladoras."
El vasto escenario presentaba el aspecto de un campo real de batalla. En los bosques que sirven de límite al río Milltone, los acampados comenzaban a encender hogueras. Parecía como si pronto fuera a emprenderse una acción militar. Las tropas cubrían por completo los linderos de la granja de Wilmuth. Siete mil hombres armados cerraban el cerco.
Cuando más tranquilo parecía todo, una especie de coraza se alzó por la parte superior del cilindro, haciéndose cada vez más alta, hasta alcanzar mayor altura que los árboles más altos. Los proyectores de las tropas enfocaron la rara torre.
Todo iba a ser inútil. Los que tuvieron la suerte de escapar a la espantosa carnicería estaban seguros de que la Tierra había sido invadida por gentes de otros mundos y que estaba muy próximo el fin.
La batalla se había desarrollado sin que los siete mil terrestres bien armados tuvieran casi tiempo de luchar. Unos morían aplastados bajo los pies metálicos de los monstruos; otros retorciéndose entre las llamas desprendidas del "rayo del calor". De los siete mil hombres no se salvaron más que ciento veinte. El cadáver calcinado de Carlos Phillips fue encontrado y reconocido horas después.
Las gentes de la región huían espantadas, atropellándose en los caminos. Las reservas de la policía y del ejército eran incapaces de controlar la desordenada fuga. Durante la mañana, los fugitivos entraban por oleadas en Filadelfia, Camden y Trenton.

Se decretó la ley marcial en Nueva Jersey y en el Estado de Pensylvania. El secretario del Interior, desde Washington, se dirigió por radio a la nación. No pudo ocultar la gravedad de la situación, pero suplicaba a los ciudadanos que conservasen la calma, asegurando que, por fortuna, el terrible enemigo estaba confinado todavía dentro de un área relativamente reducida. Aseguraba que las fuerzas militares de la nación eran todavía lo suficientemente potentes para contenerlo allí. Terminaba rogando que conservasen la fe en Dios y se mantuvieran unidos.


Mientras tanto, la parte central de Nueva Jersey se había quedado incomunicada por radio, a causa de los efectos del "rayo del calor" sobre las líneas de alto voltaje y los equipos eléctricos.
A Nueva York llegaban continuamente ofrecimientos de ayuda de sociedades científicas francesas, inglesas y alemanas. Por su parte, los astrónomos informaban que sobre el planeta Marte se producían sin cesar, a intervalos regulares, explosiones de gases. Todos opinaban que el enemigo enviaba refuerzos de nuevos cohetes con máquinas de guerra.
No se había vuelto a saber nada del profesor Pierson, y se temía que hubiera muerto. Posteriormente se informó que los aviones de reconocimiento habían descubierto tres máquinas marcianas sobre Langham Field, Virginia, en dirección a Somerville, pero durante el trayecto no utilizaban el "rayo de calor", como si tratasen de evitar la destrucción de las ciudades y campiñas Sin embargo, se detenían para destruir las líneas de alta tensión, los puentes y vías de ferrocarril.
Noticias de Basking Ridge, Nueva jersey, daban cuenta de que unos cazadores negros habían encontrado un segundo cilindro, semejante al primero, incrustado en la gran zona pantanosa de Morristown.
Se envió hacia allí la artillería, que estaba tomando posiciones en las laderas de las colinas. Escuadrillas de bombarderos se habían puesto en acción para derribar a los enemigos.
La artillería colocó sus piezas y apuntó cuidadosamente.
‑¡Blanco! ¡Hemos dado en el blanco! ‑gritaron los artilleros.
El oficial ordenó nuevos disparos, pero pronto el objetivo se perdió de vista. Los observadores anunciaron que estaban enviando nubes de humo,
El oficial lanzó la orden de ponerse las caretas. Corrigió el blanco y dio la señal para nuevos disparos.
El humo se había hecho tan espeso que se hacía imposible saber si los disparos daban en el blanco.
El comandante del bombardero del ejército V‑843, al frente de una escuadrilla de ocho aparatos, envió una comunicación a tierra anunciando que tenían a la vista seis máquinas enemigas. Una de ellas parecía parcialmente averiada por los disparos de la artillería de la colina de Watchung, que había quedado silenciosa. Un humo negro de gran densidad y naturaleza desconocida se extendía por la comarca. Nuevas informaciones de los bombarderos hacían saber que las naves marcianas se dirigían hacia la ciudad de Nueva York y que a su paso volaban las centrales eléctricas...
Se vivía en tensión, para saber noticias. Las últimas anunciaban que los bombarderos habían entrado en combate con las naves extraterrestres y que una de las máquinas del enemigo había sido destruida
La situación era grave. Los gases venenosos se extendían desde los marjales de Jersey. Las mascarillas antigás resultaban inútiles. Se ordenó que los automóviles huyesen por las carreteras números 7, 23 y 24... Debían evitar las áreas congestionadas.
Las campanas de la ciudad de Nueva York emprendieron un furioso volteo para anunciar a la población la necesidad de evacuar el área urbana, ante la proximidad de los marcianos. En menos de dos horas, tres millones de personas escapaban por las carreteras hacia el norte, por el bulevar del río Hutchison. Se dio la orden de evitar los puentes que llevaban a Long Island, pues se encontraban totalmente abarrotados. Se habían cortado las comunicaciones con Nueva Jersey. El ejército había sido barrido... y también la artillería y la aviación­
¿Cuál sería el último recurso de la población?
Rezar. ..
La catedral estaba atestada cuando el enemigo apareció encima de Palisades. Se trataba de cinco grandes máquinas que empezaron a despedir un humo negro que descendió sobre la ciudad.
La gente, enloquecida, corría hacia el río del Este... millares de ellos caían al agua como ratas. El humo llegó a Times Square. Hombres, mujeres y niños caían como moscas. El fuego empezó a cruzar la Sexta Avenida... la Quinta Avenida...

Las comunicaciones por radio habían cesado.


Oculto en una casa vacía cerca de Grovers Mill, el profesor Pierson se ocupaba en redactar un informe sobre lo sucedido, preguntándose si sería el único superviviente de la Tierra. Aquella casa era como una pequeña isla de claro día, separada por el negro humo del resto del mundo.
Ricardo Pierson contempló sus manos ennegrecidas sus zapatos destrozados, SU traje hecho jirones... Su mujer, sus colegas, sus alumnos, sus libros, su observatorio, su mundo, ¿dónde estarían? ¿Era él Ricardo Pierson? ¡Gran Dios! Ni siquiera sabía en qué día vivía. Y, sin embargo, desde la ventana, mantenía constante vigilancia. De vez en cuando podía ver a un marciano por encima del negro humo.
El humo retenía a la casa totalmente cercada por su negro anillo... De pronto Pierson escuchó un sonido silbante y descubrió a un marciano, montado sobre su máquina y rociando el aire con un chorro de vapor, como si tratara de disipar el humo
Consumido por el terror, cayó como dormido.
* * *
El sol de la mañana lanzaba su torrente de luz contra la ventana. La nube negra de gas se había desvanecido y los prados, agotados, parecían haber recibido una tormenta de nieve negra.

Pierson se aventuró a salir de la casa, en dirección a una carretera. No había tráfico, pero sí coches destrozados aquí y allí. Se encaminó hacia el Norte. Por alguna razón, se sentía más seguro siguiendo las huellas de los monstruos que escapando de ellos. Encontró un castaño con frutos y se llenó los bolsillos. Durante dos días estuvo vagando a través de un mundo desolado. Al fin... ¡una criatura viviente! Una pe­queña y roja ardilla moviéndose sobre la rama de un haya. Algo más lejos iba a encontrar unas vacas muertas en un campo nauseabundo. Más allá ruinas calcinadas ... La torre. de un silo en pie ... Al día siguiente llegó a una ciudad cuyos contornos le eran vagamente familiares, Sin embargo, sus edificios aparecían extrañamente recortados y aplastados hasta el suelo, como si un gigante hubiera partido en rebanadas sus altas torres. Repentinamente experimentó la sensación de que estaba vigilado. Al moverse descubrió a alguien agazapado en un portal. ¡Un hombre armado con un ancho cuchillo!


‑¡Alto! ¿Quién es usted? ‑preguntó el desconocido.

‑Vengo de muchos sitios... de Grovers Mill...

El desconocido se echó a reír como si hubiera escuchado algo gracioso.

‑¿De Grovers Mill? ¡Pero si allí no hay alimentos!

-¿Hacia dónde se dirige usted?
‑No lo sé. Busco... gente.

El desconocido se revolvió inquieto.

‑¿Qué ha sido eso? ‑susurró.

‑Un pájaro. Sólo un pájaro vivo ‑‑dijo Pierson‑. ¿Ha visto usted a los marcianos?

‑Se fueron a Nueva York. Durante la noche el cielo palpita con sus luces, exactamente como si todavia viviesen allí sus ciudadanos. Vimos a refugiarnos en un portal y hablaremos. Durante el día no se les puede ver. Hace cinco días un par de ellos llevaron algo muy grande desde el aeropuerto. Creo que están aprendiendo a volar.

Pierson movió tristemente la cabeza.

‑Eso quiere decir, forastero, que la Humanidad se acabó ya. Los únicos supervivientes debernos ser usted y yo... Por cierto, veo que viste usted uniforme,

‑Sí, de la Guardia Nacional. ¡Para lo que ha servido...! No hubo más guerra que la que pudiera haber entre hombres y hormigas...


‑Y nosotros éramos las hormigas ‑dijo Pierson.
‑Todo lo ocurrido ‑‑dijo el desconocido‑ es la consecuencia de no haber sabido estarnos quietos. Les hemos estado molestando con cañones y toda esa porquería, además de perder la cabeza corriendo en grandes manadas.
Lo que yo me pregunto ‑‑dijo pensativamente el sabio‑, es qué razón nos queda para vivir.
‑Nos queda la vida. ¡Esto es lo que queda! ¡Lo que yo necesito es vivir! No vamos a dejarnos exterminar. No estoy por dejarme coger y que me exterminen; ni que me domestiquen, ni que me ceben y engorden como a un buey,
‑Entonces, ¿qué es lo que va a hacer usted?
‑Se lo diré. Irme, siguiendo sus pasos. Tengo un plan. Nosotros, los hombres, como hombres, estamos liquidados ya. Aún no lo sé bien, pero tenemos mucho que aprender antes de que se nos ofrezca una oportunidad. Y tenemos que vivir y seguir libres hasta tanto podamos aprender...
‑Siga, por favor ‑pidió Pierson sin entender del todo adónde querría ir a parar.

‑Bien, no todos nosotros servimos para bestias salvajes. Por eso yo le vigilaba a usted. Todos los pequeños trabajadores de oficio y artesanos que solían vivir en estas casas, no hubieran valido, No tienen correa para eso. No servían más que para ir corriendo a su trabajo. Y los domingos se aburrían soberanamente pensando en su porvenir. Los marcíanos hubieran sido para ellos como un buen golpe de fortuna. Tendrían bonitas jaulas, buena comida, buena educación y ninguna preocupación, siempre que se sometieran‑. Le aseguro que todavía son bastantes los que andan errantes por los campos Esos darán la vuelta y se verán contentos cuando los cojan.


Pierson no estaba del todo conforme con lo que oía. Si realmente otros hombres vagaban a la deriva, después de. haberse salvado increíblemente, tendrían que dejarse morir o buscar un lugar para vivir, Pero, ¿Cuál podría ser ese lugar?
Expuso su pensamiento y el desconocido replicó:
‑Las alcantarillas de Nueva York. Bajo la ciudad se extienden millas y más millas de alcantarillado. Y en el subsuelo hay bodegas, bóvedas, almacenes subterráneos túneles de los ferrocarriles y del "metro". ¿Empieza a comprenderme? Conseguiremos reunir un puñado de hombres fuertes. Nada de gente débil. Esos desperdicios humanos, ¡afuera!
‑¿Y me pide que vaya con usted? ¿Yo? -Se asombró Pierson.
Como le digo, tendremos que ocultarnos por algún tiempo en lugares bien seguros y reunir todos los libros de ciencia que podamos Penetraremos furtivamente en los lugares donde vivan los marcianos y les espiaremos. Puede que no tengamos que aprender durante mucho tiempo antes de que... Imagínese nada más que esto: cuatro 0 cinco de sus máquinas de guerra que de repente echan a andar lanzando "rayos de calor" a derecha e izquierda, sin ningún marciano dentro. ¡Sólo hombres! ¡Hombres que han aprendido lo mismo que ellos! ¿Me comprende? Imagínese lo que sería poseer uno de esos aparatos con su "rayo de calor". Lo lanzaríamos contra los marcianos y todos se pondrían de rodillas delante de nosotros.
Los ojos del desconocido chispearon inusitadamente.

‑Usted, yo y unos pocos más seríamos dueños del mundo.


Pierson le miro con lástima y comenzó a alejarse.
‑‑¡Oiga! ¿Qué le pasa? ¿Adónde va ahora?
‑A un sitio distinto de su mundo. Adiós, forastero...
Después de dejar al militar, Pierson llego finalmente al túnel de Holland. Entró en el silencioso camino subterráneo, ansioso por conocer cuál había sido el destino de la gran ciudad situada al otro lado del río Hudson. Con gran precaución salió del túnel Y se encaminó por la calle Canal.
Al llegar a la calle Catorce volvió a encontrar polvo negro y algunos cuerpos, y también un mal olor lleno de presagios, a través de las verjas de los sótanos de algunas casas. Continuó a lo largo de las calles Treinta y Cuarenta y se detuvo en la plaza del Times. Un perro escuálido corría por la avenida Dieciséis con un pedazo de carne oscura entre sus dientes. Un montón de chuchos hambrientos le seguían.
Pierson marchó Broadway arriba, en pos de las huellas de ese polvo extraño. Cerca del círculo Columbus vió un coche, modelo 1939. Y sobre el último piso del edificio de la General Motors una bandada de negros pájaros daba vueltas en el cielo.

De repente el astrónomo divisó la capucha de una máquina marciana que se erguía en alguna parte del parque Central, resplandeciente al sol de la tarde.


Se le ocurrió una idea absurda y corrió atrevidamente a través del círculo Columbus y entró en el parque. A la altura de la calle Sesenta subió a una pequeña colina, sobre el estanque. Desde allí pudo contemplar a diecinueve de aquellos grandes titanes metálicos, erguidos en una muda fila a lo largo del Mall, con sus capuchas vacías y sus brazos de acero colgando pesadamente a sus lados En vano trato de ver a los monstruos que habitaban aquellas máquinas.
Al punto sus ojos se sintieron atraídos por la bandada de negros pájaros que planeaban directamente debajo de él, hasta posarse allá donde los marcianos se encontraban desparramados por el suelo.
Pierson contempló con ojos duros y secos los picotazos de las aves arrancándoles jirones de carne de sus cuerposs muertos.
Más tarde, cuando aquellos cuerpos pudieron ser examinados en los laboratorios, se descubrió que habían sido exterminados por las bacterias de la putrefacción y de las enfermedades, contra las que sus sistemas fisiológicos no se hallaban preparados... Muertos, después de haber fallado todas las defensas del hombre, por la más humilde criatura que Dios en su sabiduría había puesto en esta Tierra.
* * *
A Pierson le parecía terriblemente extraño poder estar sentado en su apacible estudio de Princeton, escribiendo el último capítulo de sus memorias, comenzadas en una granja abandonada de Grovers Mill. Le parecía extraño contemplar desde su ventana las torres de la Universidad, difuminadas y azulencas, a través de la bruma. Extraño mirar a los niños que jugaban en las calles. Extraño ver a los jóvenes pasear sobre el césped donde las nuevas hojas primaverales iban borrando las últimas huellas negruzcas de una tierra lastimada. Extraño ver entrar a los curiosos en el museo donde se exponían las piezas desarticuladas de una máquina marciana. Extraño, por último, todo cuanto recordaba de la primera vez que la vio, brillante y limpiamente recortada, fría y silente, en el atardecer de aquel último gran día.




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