Animismo ou Espiritismo



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LIBRO

DE

ERNESTO BOZZANO

¿ANIMISMO O ESPIRITISMO?

Traducción de Teresa – teresa_0001@hotmail.com

PREFACIO

CAPITULO I

¿Animismo o Espiritismo?

CAPITULO II

Los poderes supra normales de la subconsciencia pueden circunscribirse dentro de límites definidos

CAPITULO III

Las comunicaciones mediúmnicas entre vivos demuestran la realidad de las comunicaciones mediúmnicas con difuntos

CAPITULO IV

De los fenómenos de bilocación

CAPITULO V

No es verdad que el Animismo utiliza las pruebas en favor del Espiritismo

CONCLUSIONES


PREFACIO
Debo, ante todo, informar al lector acerca de los orígenes y de la naturaleza del presente Libro, que no es una obra nueva, en el verdadero sentido del término, y que jamás he tenido idea de escribir.

He aquí cómo sucedieron las cosas.

El Consejo Director del Congreso Espírita Internacional, de Glasgow, que se reunió en la primera semana de septiembre del corriente año (1937), me escribió invitándome a participar en él personalmente, ofreciéndome el cargo honorífico de vice-presidente de tal Congreso y rogándome le enviase un resumen de mi obra en torno al tema: Animism or Spiritualism: Which explains the facts? (¡Animismo o Espiritismo! ¿Cuál de los dos explica el conjunto de los hechos?) Formidable encargo, puesto que se trataba de resumir la mayor parte de mi obra de cuarenta años. Pero, de súbito, el tema se me presentó teóricamente muy importante. Acepté entonces, sin dudar, la invitación y, como escaso era el tiempo y vasta la tarea, me puse a reunir todas mis publicaciones sobre el tema: libros, monografías, opúsculos, artículos, lanzándome sin demora al trabajo.

Del resumen quedó excluida una importante sección de mi obra, porque el desarrollo del tema exigía que yo impugnase, basándome en hechos, la inefable objeción anti-espirítica según la cual, no pudiéndose asignar límites a las facultades supra normales de la telepatía, de la telemnesia, de la telestesia, tampoco será nunca posible demostrar experimentalmente, y por lo tanto científicamente, la existencia y la supervivencia del espíritu humano. Como se sabe, esa gratuita objeción se refiere exclusivamente a los casos de identificación espirítica, basada en los informes personales proporcionados por los difuntos que se comunican, casos que perderían todo el valor demostrativo siempre que resultase fundada la referida objeción, por cuanto, entonces, serían explicables en masa con los poderes de la subconsciencia, los cuales llegarían a extraer los aludidos informes de las subconsciencias de los vivos, que, aunque distantes, hubiesen conocido a los mencionados difuntos (telemnesia). En esas condiciones, si yo quisiera eliminar preventivamente toda posibilidad de crítica a las conclusiones expuestas en el presente trabajo, se haría necesario no tener en cuenta mis pesquisas sobre casos de identificación espirítica de la naturaleza indicada, y tampoco mis laboriosos esfuerzos de análisis comparado acerca de los mensajes en que los difuntos describen el ambiente en que se encuentran.

Así es como he procedido, llegando de este modo a hacer emerger, basada en los hechos, una verdad metapsíquica que si bien evidentísima, era míseramente olvidada por los propugnadores de la objeción en causa. Aludo al hecho de que las pruebas de identificación espirítica, fundadas en las informaciones personales proporcionadas por los difuntos que se comunican, lejos de ser las únicas que se pueden conseguir para la demostración experimental de la supervivencia, no son más que simples unidades de prueba, entre las múltiples pruebas que se pueden extraer del conjunto de los fenómenos metapsíquicos, pero sobre todo de las manifestaciones supra normales de orden extrínseco, las cuales, al no depender de nadie, resultan asimismo independientes de los poderes de la subconsciencia. Tales, por ejemplo, los casos de apariciones de difuntos aún en el lecho de muerte y los de las apariciones de los difuntos poco después de la muerte, al igual que otras importantes categorías de fenómenos metapsíquicos que he reunido y comenté en el extensísimo y resolutivo Capítulo V del presente trabajo.

En otros términos: procediendo de ese modo, logré demoler la única hipótesis de que disponían los opositores para, en cierta forma, neutralizar la interpretación del alto mediumnismo, hipótesis que, aunque absurda e insostenible, parecía embarazosa, visto que por ser indemostrable se convertía en irrefutable. No obstante se verá que, por el contrario, llegué igualmente a demolerla estribándome en los hechos, de suerte que, a la cuestión que me fue propuesta: Animismo o Espiritismo, ¿cuál de los dos explica el conjunto de los hechos?, se me hizo fácil contestar, en los términos siguientes:

Ni uno ni otro logran, por separado, explicar el conjunto de los fenómenos supra normales. Ambos son indispensables a tal fin, y no pueden separarse, puesto que son efectos de una causa única y esta causa es el espíritu humano que, cuando se manifiesta, en momentos fugaces, durante la encarnación, determina los fenómenos anímicos; y cuando se manifiesta mediúmnicamente durante la existencia desencarnada, determina los fenómenos espiríticos.

Ésta, y únicamente ésta, es la solución legítima del gran problema, dado que se presenta como resultante matemática de la convergencia de todas las pruebas que advienen de la recopilación metapsíquica contemplada en su conjunto.

Considero, por tanto, haber producido una labor proficua a servicio de la causa de la Verdad, labor cuyo desarrollo se revela prácticamente más formidable que todo cuanto había imaginado, pues no tardé en apercibirme de que las argumentaciones y los comentarios sobre los casos, en la forma especial dada por mí, no se adaptaron a un trabajo de síntesis, general. De suerte que tuve que volver a manipularlos, a manipularlos nuevamente un poco por todas partes. Ahora bien, rehacer es más difícil que hacer.

Como quiera que fuese, ahora que he concluido, mucho me alegra que el Consejo Director del Congreso de Glasgow me haya llevado a resumirme a mí mismo, por cuanto la síntesis de muchas publicaciones mías, largas, breves, de ocasión, condensadas en un libro de pequeño porte, resume incontestable la solución espírita del misterio del ser.

CAPITULO I


¿Animismo o Espiritismo?

Las facultades supra normales subconscientes independen de la ley de evolución biológica.

Fue en el año de 1891 – fecha para mí memorable – cuando por vez primera me puse en contacto con las pesquisas psíquicas y eso ocurrió por obra del profesor Ribot, director de la Revue Philosophique, el cual espontáneamente me envió el primer número de los Annales des Sciences Psychiques, en el cual se hablaba de telepatía. Esa fortuita coincidencia decidió para siempre acerca de mi futuro de escritor y de pensador. Una vocación predominante me había, en vez de eso, conducido a ocuparme exclusiva y apasionadamente, de la filosofía científica y Herbert Spencer era en aquel tiempo mi ídolo. Durante dos años, sin interrupción, yo había estudiado, anotado, clasificado con inmenso amor todo el contenido de su imponente y enciclopédico sistema filosófico, para a continuación lanzarme en cuerpo y alma a las luchas del pensamiento, empeñándome en polémicas con quien osase criticar los argumentos e hipótesis que mi venerado Maestro había formulado. He había convertido en apóstol de mi ídolo, lo cual significa que en todo pensaba y sentía como Herbert Spencer y la concepción mecánica positivista del Universo era mi profesión de fe. Añádase que, al tiempo que admiraba la suprema sabiduría del gran filósofo, que intencionadamente se había apartado del grosero materialismo imperante en su tiempo, dedicando la primera parte de sus First Principies a la teoría de lo Incognoscible y afirmando con ello su propio agnosticismo en presencia del enorme misterio del ser; al tiempo – digo – que admiraba la suprema sabiduría de aquel que así se comportaba, la síntesis conclusiva de mis concepciones filosóficas gravitaba decisivamente, no obstante, en las órbitas de los Buchner, de los Maleschott, de los Haeckel, que negaban la existencia de un Ente Supremo y la supervivencia humana.

En conformidad con ello, defendía yo en las revistas filosóficas ese punto de vista con apasionado ardor, correspondiente en todo al que más tarde vendría a demostrar en defensa de una causa diametralmente opuesta, pero infinitamente más reconfortante.

Me ha parecido oportuno empezar recordando ese período de mi pasado filosófico, porque el vigor con que ahora defiendo la causa espiritista a algunos se les figura indicio manifiesto de que la firmeza de mis convicciones, lejos de expresar la síntesis de profundas pesquisas en torno a los fenómenos supra normales, es debida a la invasión de un misticismo congénito, perturbador de todo juicio sereno. Nada más distante de la verdad: no existe, ni ha existido nunca en mí, indicio alguno de misticismo, y el fervor con que defiendo mis presentes convicciones filosóficas es tan solo expresión de mi temperamento de escritor. Tanto es así que, cuando militaba en las filas de los pensadores positivistas-materialistas sostenía con igual ardor apasionado mis convicciones filosóficas de entonces.

Establecido esto, entro sin más en materia.

Como he dicho, hace cuarenta años que me dedico a pesquisas psíquicas; sin embargo, en los primeros nueve años nada he escrito al respecto, porque desde el principio había medido la formidable complejidad de la nueva Ciencia del Alma y, consiguientemente, comprendido la necesidad de penetrar en ella a fondo, remontando a sus orígenes, investigándola en la historia de los pueblos civiles, bárbaros, salvajes, y asimismo experimentando a toda costa.

Por esa misteriosa ley que casualmente acerca a los individuos que comparten fuertes afinidades intelectuales y aspiraciones científicas del mismo signo, llegué presto a constituir en Génova un grupo elegido de estudiosos de la materia, entre los cuales el profesor Enrique Morselli, el Profesor Francisco Porro, Luis Arnaldo Vassallo, gran periodista y escritor, y el doctor José Venzano, conocidísimo profesional. Llegué, otrosí, a descubrir y desarrollar estupendos médiums particulares y, más tarde, a hacer experimentos, durante años, con la célebre Eusapia Paladino. Queda pues entendido que si dejé pasar nueve años antes de mojar la pluma en el asunto metapsíquico, no menos cierto es que empleé muy bien mi tiempo, toda vez que para entonces me sentía señor de fortísima preparación y había conquistado el derecho de externar públicamente mi opinión sobre el formidable tema. Cuando me decidí a entrar en la liza, es de señalar que el primer artículo que publiqué en la Revista de Estudios Psíquicos, entonces dirigida por César de Vesme, fue precisamente un artículo en que demostraba que el Animismo prueba el Espiritismo. De ahí en adelante, ya no he podido dejar de eviscerar, bajo todos los aspectos, esa cuestión, fundamental para la correcta interpretación de la fenomenología metapsíquica y cuya solución, en sentido espirítico, se presenta como la única apta para explicar el conjunto entero de los fenómenos supra normales.

Sin embargo, si desde el punto de vista de este trabajo – cuyo tema me fue sugerido por la Comisión Directora del Congreso Espírita Internacional de Glasgow (1937) – me apresuro a ponderar que si por el hecho de haber explanado durante treinta y seis años la gran cuestión, sometiéndola a todas las pruebas y contemplándola bajo todos los aspectos, es forzoso llegar a la conclusión de que nada nuevo podré adicionar a lo que ya he publicado, al mismo tiempo se hace patente que deberé limitarme a resumir a la mínima parte la inmensa mole de trabajo realizado.

El artículo a que he aludido llevaba por título – Espiritualismo y crítica científica. Apareció en el número de diciembre de 1899 de la Revista de Estudios Psíquicos y en él yo refutaba, apoyándome en hechos, la hipótesis formulada por los opositores contra la interpretación espirítica de las manifestaciones de los difuntos. En seguida reforzaba la refutación invadiendo campo adversario y demostrando que, aun cuando se excluyesen los casos de identificación espiritista, bastaría siempre el hecho de la existencia de facultades supra normales subconscientes para proporcionar la prueba incontestable de la supervivencia humana. Me abstengo de resumir la sustancia del punto debatido, porque, habiendo después vuelto muchas veces a ese asunto, siempre con la mayor eficiencia de datos y argumentos, no es necesario citar esa primera referencia al tema controvertido, referencia que terminaba con una especie de desafío concebido en estos términos:

Podrá alguien mostrarse dudoso o escéptico respecto de los fenómenos sobre los cuales se fundan mis conclusiones; de esos, no obstante, me desembarazaré con una pregunta: ¿Estaríais dispuestos a reconocer como incontestables mis argumentos, siempre que los hechos se revelasen en todo conformes a la verdad? Si es así, (y no puede ser diversamente), nada más pido, ni de otra cosa pretendo cuidar. Los hechos son los hechos y sabrán imponerse por su propia fuerza, poco a poco, pese a todo y a todos. A mí me basta que se reconozca como verdadera la observación siguiente: Las conclusiones pueden tenerse por incontestables bajo la condición de que los hechos sean verdaderos. En cuanto a los hechos, repito, se abrirán camino por sí mismos y los espiritistas se sienten plenamente seguros y tranquilos respecto de ese punto.

Los casos a que me refería no eran hechos de identificación espirítica, sino episodios escogidos de fenómenos anímicos, cuales son la lectura del pensamiento, la telepatía, la visión a través de cuerpos opacos, la clarividencia en el presente, en el pasado y en el futuro, fenomenología que me bastaba para llegar a las conclusiones a que me proponía llegar, o sea, a la demostración de que el Animismo prueba el Espiritismo. De todos modos, repito que, no pudiendo eximirme de volver al tema con más amplio desarrollo, me reservo el derecho de recurrir a otros trabajos, a fin de ilustrar el importantísimo tema, fundamental para la defensa de la tesis espirítica, sobre todo si se considera que el sistema de lucha de que se valen los opositores es el de esforzarse, primeramente, en demostrar que la génesis de las facultades supra normales subconscientes se incluye en la órbita de la evolución biológica de la especie. En seguida, habiéndose liberado de grandísimo obstáculo inicial, se creen autorizados para ampliar a voluntad los poderes supra normales de las facultades en aprecio, a medida que se producen incidentes de identificación de difuntos, incidentes cada vez más inexplicables por medio de hipótesis naturalistas. Esas ampliaciones ya han llegado a los portentosos extremos de conferir a la subconsciencia humana los atributos divinos de la omnisciencia.

De lo que queda expuesto resulta que la primera objeción a refutar, o, si lo prefieren, el primer error a corregir en las opiniones de los opositores gira en torno al hecho de que ellos, para alcanzar su objetivo, se sirven de las facultades normales subconscientes, en el presupuesto de que se puede elucidar en sentido naturalista el perturbador enigma de que existan, en la subconsciencia humana, portentosas facultades prácticamente inútiles; y en el presupuesto también de que hayan logrado su objetivo con formular diversas hipótesis que, aunque contrasten unas con otras, concuerdan todas en constreñir – así lo diré – las facultades supra normales subconscientes a entrar en la órbita de la ley de evolución biológica, condición indispensable, esta última, para legitimarles el origen naturalista. Ya que, si por el contrario, las facultades de que se trata independiesen de la ley de evolución biológica, tal hecho demostraría entonces la génesis espiritual de las aludidas facultades, con las consecuencias teóricas de ello resultantes.

Las hipótesis formuladas a tal propósito son las siguientes:

1.º- Las facultades supra normales subconscientes son residuos de facultades atávicas que se han ido atrofiando por obra de la selección natural, visto haberse vuelto inútiles para la ulterior evolución biológica de la especie.

2.º- Las facultades supra normales subconscientes son rudimentos abortivos de sentidos que nunca han evolucionado y jamás evolucionarán, por ser inútiles para la especie en la lucha por la vida.

3.º- Las facultades supra normales subconscientes representan otros tantos gérmenes de sentidos nuevos destinados a evolucionar en los siglos, hasta emerger y entonces fijarse establemente en la especie.

4.º- El hecho de que en algunos individuos se manifiesten, en destellos fugaces, facultades sensoriales de orden supra normal no implica que tales facultades hayan de existir, en estado latente, en las subconsciencias de todos.

Tales son las hipótesis con que los opositores ganan la ilusión de haber constreñido las facultades supra normales subconscientes a encajarse en la órbita de la ley de evolución biológica.

Puestas las cosas en estos términos, se hace menester demostrar a los opositores que todo concurre a demostrar lo contrario, es decir, que las facultades supra normales subconscientes no son y no pueden ser llevadas a cargo de la evolución de la especie y que, por lo demás, semejantes conclusiones resultan validísimas, aun en la hipótesis de que las aludidas facultades estuviesen destinadas a emerger y fijarse en la especie en alejadísimo porvenir, hipótesis que, no obstante, se revela insostenible frente al análisis comparado de los hechos, tal como insostenibles se revelan las otras hipótesis menores antes enumeradas.

Dicho esto, entro en el tema, cuidando, antes de cualquier otra cosa, de eliminar rápidamente tres de las mencionadas hipótesis, las cuales tan inconsistentes se muestran, que no presentan valor teórico de especie alguna.

Para clareza de la discusión, importa comenzar recordando que en los ejes de la teoría evolucionista se encajan dos leyes biológicas indisolublemente conjugadas entre sí: la de las variaciones espontáneas en los organismos vivos, variaciones que, por ser útiles a los individuos en la diaria lucha por la vida, llegan gradualmente a fijarse y a evolucionar en la descendencia, en virtud de otra ley, la de la selección natural, que se compendia en el hecho de la progresiva extinción de los individuos menos aptos para esa lucha y en la supervivencia de los más aptos, lo cual, necesariamente, lleva a la elaboración de organismos establemente provistos de los sentidos y facultades más adecuados al ambiente en que viven.

Aplicando esas leyes biológicas a la primera de las hipótesis citadas, en que se afirma que las facultades supra normales subconscientes son residuos de facultades atávicas que se han ido atrofiando por obra de la selección natural, ya que se habían vuelto inútiles para la ulterior evolución biológica de la especie, enseguida se evidencia que la propia hipótesis se halla en flagrante contradicción con los hechos. Para que de esto se convenza cualquiera, bastará que considere el modo por el cual prácticamente se desarrolla la lucha por la vida en la especie humana. Desde el jefe de una tribu salvaje, que procura penetrar con astucia el pensamiento de otro jefe antagonista suyo, hasta el generalísimo de un ejército moderno, aplicado a prever, para prevenirlos, los movimientos del enemigo; desde el tirano de la antigüedad, que vigila desconfiado a sus cortesanos aduladores, hasta el juez de instrucción de nuestro tiempo, que estudia el medio de sacar al delincuente su secreto; desde el hombre de gobierno que se esfuerza por descubrir los propósitos de un jefe de partido contrario, hasta el ávido comerciante que acecha a su competidor para sobrepujarlo; desde el amante infortunado que vela sobre los pasos del odiado rival, hasta el marido celoso, que escudriña en la mirada de la esposa la prueba de su culpa, entre los hombres siempre ha reinado un afanoso enfurecimiento recíproco y sin tregua, con la finalidad, por parte de cada uno, de penetrar en el ánimo de los demás; y todo ello, necesariamente, fatalmente, puesto que la lucha por la vida apremia en tal sentido. De esto sigue que la especie, en algún tiempo, si se hubiese hallado provista normalmente de los sentidos telepáticos y clarividentes, éstos, lejos de atrofiarse por el desuso, debieran afinarse y evolucionar rápidamente en la descendencia, en virtud de la ley de selección, que habría conducido fatalmente a la gradual extinción de los individuos imperfectamente aparejados con dichos sentidos y a la supervivencia de los mejor dotados con ellos.

Todo esto parece, en efecto, tan manifiesto, que no se me figura necesario extenderme más sobre el tema.

Por idénticas consideraciones, igualmente insostenible considero la segunda de las hipótesis a examen, que el profesor A. J. Balfour expone de la siguiente manera: ¿No será, por ventura, lícito suponer que nos hallamos aquí en presencia de rudimentarios gérmenes de sentidos que nunca se han desarrollado y que, probablemente jamás se desarrollarán por obra de la selección natural, puesto que son simples productos de desecho de la gran trama evolucionista, es decir, productos que de manera ninguna podrían utilizarse? Y puede darse (aventuro una mera hipótesis imposible de verificar), puede darse, digo, que, en los casos de individuos así dotados normalmente, vengamos a encontrarnos frente a facultades que no hubieran dejado de evolucionar y de tornarse patrimonio común de la especie, si se hubiesen demostrado merecedoras de que de ellas se ocupase la Naturaleza, o sea, si se hubiesen mostrado adecuadas, de cualquier modo, para la lucha por la vida. (Proceedings of the S. P. R., vol. X, pág. 7).

Hemos visto, por el contrario, que la grandísima utilidad de tales facultades habría coincidido, de forma incontestable, con las directrices que la lucha por la vida impone a la especie humana. Establecido este punto, se hace ocioso recurrir a otros argumentos para demostrar que la referida hipótesis resulta equivocada en sus premisas y no resiste la prueba de los hechos.

Paso, por tanto, a la tercera de las hipótesis a eliminar. Según ésta, el hecho de manifestarse facultades supra normales en algunos individuos no implica que tales facultades hayan de existir, en estado latente, en las subconsciencias de todos. Y una hipótesis indispensable a los propugnadores de la tesis naturalística, por cuanto necesaria para corroborar el aserto de que las facultades supra normales subconscientes, a guisa de las facultades sensorias normales, se originan de una única ley biológica: la de las variaciones espontáneas, variaciones que, en virtud de otra ley complementaria, la de la selección natural, vendrían a generalizarse gradualmente en la especie.

Nada más racional, a primera vista, que semejante hipótesis y nadie pensaría en contradecir al Sr. Marcelo Mangin, cuando observa: Podré desear, durante veinte años, con todas las fuerzas de mi alma, adquirir esos dones maravillosos, sin que al cabo del vigésimo año perciba en mí el más insignificante indicio de tales dones. (Annales des Sciences Psychiques, 1903, pág. 241). Presentada bajo esta forma, la argumentación parece incontestable, lo cual no impide que, tomando por base el análisis comparado de los hechos, se llegue resolutivamente a conclusión en el sentido de la universalidad de los aludidos dones. Para verificar que así es, bastará ponderar que la gran mayoría de los individuos con los cuales se producen manifestaciones de la naturaleza de las que tratamos se conservan en la condiciones negativas del Sr. Marcelo Mangin, mientras no les sobreviene alguna enfermedad grave, o no les llega la hora de la agonía, o no les sucede algún serio accidente traumático-cerebral, o no les ocurre caer en deliquio, o someterse a experiencias hipnóticas o de sonambulismo, o hacer inhalaciones de éter y así sucesivamente.

Para esclarecimiento del tema, resumiré algunos casos del género.

En el número de noviembre-diciembre de 1904, del Bulletin de Institut Général Psychologique, el Doctor Sollier narra que un individuo, habiendo caído de un tren en marcha, presentaba serias perturbaciones nerviosas de origen traumático y que, simultáneamente, se revelaron en él facultades telestésicas. A través del espesor de una pared de 40 centímetros de ancho, percibía los ademanes que el doctor le hacía llamándolo, y acudía, precipitándose con furia hacia la puerta. En el caso, no podía tratarse de transmisión de pensamiento, por cuanto el Doctor Sollier nunca llegó a transmitir al paciente órdenes para que fuese a estar con él y, no obstante, aquél se precipitaba infaliblemente hacia la puerta, con el ímpetu acostumbrado, ante un ademán que el doctor le hacía con la mano, llamándolo. Ahí está, pues, un individuo que ciertamente no había imaginado poseer el don de la visión a través de cuerpos opacos, antes de que, alcanzado por serio accidente traumático, éste se lo hubiese revelado.

En los Annales des Sciences Psychiques, año de 1899, pág. 257, se narra el caso del ingeniero E. Lacoste que, atacado de grave congestión cerebral, complicada con fiebre tifoidea, permaneció en estado de inconsciencia y de delirio durante más de un mes, dando, durante ese tiempo, prueba de poseer facultades telepáticas y telestésicas. Entre otros fenómenos que produjo, se cuenta el de anunciar un día la llegada a Marsella (él residía en Tolosa) de seis cajas con alhajas, esperadas desde hacía mucho, desde Brasil, y añadió que era preciso rehusarlas o presentar una reclamación, por cuanto una de ellas había sido sustituida, precisamente la que contenía los retratos, las capas, los vestuarios, así como otros diversos objetos de valor. Se verificó que todo correspondía plenamente a la verdad y que en la caja que sustituía a la otra tan solo había cosas que nada valían. Ahora bien, el ingeniero Lacoste no se creería depositario inconsciente de facultades supra normales, si para atestiguarlo no le hubiese sobrevenido una enfermedad grave.

En las Memorias, de Sir Almeric Fizroy, se describe la muerte de Lord Hampden, que yació inconsciente 48 horas, asistido por su hijo Tom. Éste, no notando indicios de que el enfermo recuperase los sentidos, decidió irse a casa para cenar, tomando su puesto Lady Hampden. De improviso el agonizante abrió los ojos y exclamó: ¿Qué le ocurrió a Tom? Sorprendida, Lady Hampden contestó: Tom fue a cenar y está perfectamente bien. No – replicó el enfermo, añadiendo con gran ansiedad – él se halla en grave peligro. Y habiéndolo dicho, recayó en estado de inconsciencia y poco después moría. Y fue que Tom, yendo para casa en una calesa, colisionó con un ciclista, de lo cual le resultaron graves consecuencias. (Light, 1925, pág. 433). Sin duda Lord Hampden, a la manera de Marcelo Mangin, hubiera tenido el pleno derecho de observar, a quien quiera que lo interrogase al respecto, que estaba bien seguro de no poseer facultades de clarividencia y, en ese caso, la hora de la agonía había intervenido para desmentirlo, revelando la existencia de aquellas facultades en su subconsciencia.

No presentaré otros ejemplos. Me ceñiré a recordar que se cuentan por cientos los casos de ese género, en los cuales se nota una variedad altamente sugestiva de situaciones episódicas, conducentes, de modo irresistible, a las siguientes conclusiones generales:

Teniendo en cuenta que el manifestarse de súbito en el hombre facultades supra normales, extremadamente superiores a las normales, no puede ser atribuido al hecho de que un trauma en la cabeza, un delirio febril, un estado comatoso, o una inhalación de éter las hayan creado de la nada, forzoso será deducir que tales facultades existen, en estado latente, en las subconsciencias de todos y que los estados traumáticos, febriles, comatosos, determinando en el individuo un debilitamiento o un cese temporal de las funciones de la vida de relación, llegan a crear una condición favorable a que surjan dichas facultades, también temporalmente. En otras palabras: las facultades de la subconsciencia, en virtud del cese sobrevenido, tendrían medio – por decirlo así – de infiltrarse por las comisuras que se abrieron en el diafragma que las separa de las facultades psíquicas conscientes y de irrumpir en el campo de la consciencia normal.

Se sigue que, basado en las pruebas de hecho expuestas y en las consideraciones de ellas resultantes, a nadie será lícito pretender que en su propia subconsciencia no existan facultades supra normales. Nadie podrá afirmar con seguridad sino que no está sujeto a irrupciones espontáneas de las facultades subconscientes en el plano consciente y normal de la psique, irrupciones que constituyen la diferencia que existe entre los llamados sensitivos y los que no lo son.

Con esto, considero respondida exhaustivamente la cuestión implícita en la hipótesis antes reproducida. Resta discutir la última de las cuatro formuladas por los opositores, hipótesis esta que, más que cualquier otra, se muestra verosímil y racional, porque presupone que las facultades supra normales subconscientes no son y no pueden ser fruto de la evolución biológica de la especie.




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