Ana Herrera



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Ana Herrera




Clase XXXV


LA BODA

Va a empezar la ceremonia. Laura aunque es el día de su boda no puede vencer la angustia ni la incertidumbre. Con la mirada busca a Ernesto, que por ser de la familia está invitado también a la boda. Mientras Cesar, su novio oficial estaba en el extranjero Laura y Ernesto se sintieron muy unidos, hubo primero un beso, y después muchos más. La boda se preparó entonces en un tiempo muy corto y a Laura se le cruzaron los sentimientos. Entonces estaba insegura, despistada, sin embargo ahora al lado del que iba a ser su marido y a punto de pronunciar el “si quiero” buscaba insistentemente a Ernesto y sentía unos deseos locos de decirle que le quería.

La madre de Laura se sentía feliz como suegra de Cesar. El chico además de sus virtudes personales, pertenecía a una familia adinerada. Eso se notaba por los invitados que había en la Iglesia. Modelos costosos, joyas, coches de lujo aparcados en la puerta... En una palabra, era mucho más de lo que había soñado para su hija. Pero algo empezó a preocuparla y a ponerla nerviosa. Se dio cuenta de la inquietud de Laura buscando con la mirada. Su nerviosismo aumentó apretando las uñas contra el terciopelo de su asiento, porque en ese momento ve que Ernesto está muy cerca de Laura. Abatido, triste y derrumbado, las palabras sobran. No han podido olvidarse. El apasionado abrazo es inevitable.

La madre se desmaya. Cesar, como “novio plantado” le dice al amigo que está junto a él

¾Necesito a alguien para emborracharnos juntos. Te pido que me acompañes, hay que saber perder.

El amigo que es reportero de Televisión le hace un gesto para que espere porque está como loco, haciendo un reportaje de esta atípica boda.



La boda perfecta

Andrea Hernández Mingorance


África contempló nerviosa la pequeña sala mientras se iba llenando con los escasos invitados. Mientras, su madre intentaba ordenarle las rebeldes ondas que lucía su cabello. África intento zafarse de ella, en ese momento su pelo era lo menos que le importaba. Su madre se retiró un paso y la contempló de arriba abajo.
— Mira que ponerte un esmoquin, con la ilusión que me hacía verte vestida de blanco— comentó la mujer

— Sí, y seguro que también hubieras querido que me casara con un hombre y mira…— repuso África—. Además es un esmoquin femenino y da gracias a Erika que me convenció porque si no hubiera venido en vaqueros.


La mujer le lanzó una mirada de reproche aunque en el fondo no podía negar que ésta no era la boda que hubiera deseado para su única hija. Y desde luego que nunca hubiera esperado que el novio fuese una chica.
Ambas contemplaban como los últimos invitados entraban en la sala. De repente, un chico alto con ojos de gato apareció por la puerta. Jacob caminaba con paso tranquilo y saludaba a algunas personas dedicándoles una sonrisa que escondía su nerviosismo.
La madre de África le dirigió una mirada de sorpresa a su hija. ¿Ese no es el ex novio de Erika?, preguntó. África no respondió, solo apretó con fuerza las mandíbulas. No sabía qué hacía Jacob allí, seguramente lo habría invitado Erika pero no entendía por qué.
— Qué vergüenza. Mira que invitarlo a vuestra boda y sin tu consentimiento. De verdad… es que hoy en día no se respeta nada— comentó la mujer interpretando el silencio de su hija

Jacob se acercó al lugar donde estaban África y su madre. Unas inapreciables gotas de sudor cubrían su frente. Al llegar a ellas se paró y las contempló un instante. Luego se aproximó más y les dio sendos besos en la mejilla a modo de saludo. Sonrió y felicitó a la novia mientras la madre le dedicaba una gélida mirada.

Un silencio incomodo se alojó entre ellos. Jacob carraspeó y preguntó por Erika. África le contestó que estaba en la sala convexa, arreglándose. Él hizo un ligero gesto con la cabeza y se volvió. En ese momento entró en la sala el teniente de alcalde, el encargado de oficiar la boda y se dirigió entre los invitados hacia donde estaba la novia y su madre. Jacob se escabulló y, sin llamar la atención, consiguió llegar hasta la puerta que estaba en un lateral.

Tocó suavemente pero no recibió respuesta. Entró en la sala, que era aún más pequeña que la otra, y cerró nuevamente la puerta. Erika estaba sentada frente a un espejo, retocándose el maquillaje. Llevaba puesto un vestido blanco y corto, parecido al de una bailarina, y en su regazo descansaba un ramo de flores.


Jacob la saludó y se acercó a ella
— ¡Has venido!— exclamó Erika

— Te lo prometí— respondió él


Erika dejó la brocha sobre el tocador y agarró el ramo de flores. Se levantó y abrazó a Jacob. Justo entonces apareció África.
— ¿Se puede saber por qué lo has invitado?— preguntó con tono crispado
Erika y Jacob se separaron bruscamente. La sorpresa se reflejaba en la cara de ella pero su voz sonó serena al contestar que lo había invitado porque era su amigo.
— Sí, y también el tío con el que te acostabas

Erika contempló incrédula a África, su futura esposa. ¿Por qué montaba ese numerito? ¿Acaso estaba celosa de Jacob? No podía creer que estuviera pasando. Desde pequeña llevaba soñando con el día de su boda y ahora que había llegado, quería que fuera todo perfecto. Pero África lo estaba estropeando con sus injustificados celos. No veía nada malo en invitar a Jacob, lo suyo había sido hacía ya tiempo y ahora solo mantenían una relación de amistad, tenía todo el derecho de invitarlo. Siempre supo que África no tragaba a Jacob pero nunca había sido tan grosera en cuanto a ese tema, seguro que su madre había tenido algo que ver. Esa horrible mujer siempre se interponía en la relación, en el fondo espera que cualquier día África se despertase y descubriese que, en realidad, era heterosexual.


El silencio inundaba la sala. África permanecía de pie, con los brazos en jarra, en actitud desafiante.
— No quiero que esté en mi boda— dijo tajantemente
A Erika se le cayó el mundo encima. La boda, el banquete, el vestido, las flores, ahora ya no tenían ningún sentido. La boda perfecta a la mierda y todo por su culpa. “No, no te engañes, no la quieres lo suficiente para casarte con ella, eso es lo que pasa. Es culpa mía”, pensó Erika.

— No… no puedo… lo siento— dijo entrecortadamente cuando las primeras lágrimas empezaron a asomarse por sus ojos


Arrojó el ramo de flores al suelo y salió de la habitación. A sus espaldas sentía la mirada de sorpresa de África, el creciente cuchicheo de los invitados, el aire indignado de su suegra y a Jacob que iba tras ella. Aún así Erika siguió corriendo.

LA BODA

José Avila Forero

Nos atendió un tipo peludo y con aspecto andrajoso al llegar a la puerta del hotel de mala muerte, después de entregar las llaves se tiró de nuevo a dormir. Subimos los escalones con el corazón palpitando. Un pasillo largo y oscuro como mi inmediato pasado. Lo único que me importaba era pasar la vida junto a ella. Siempre me gustaron las mujeres que no exigían mucho. Abrazos, besos largos y dijo que tal vez una botella de vino podría alegrar la noche.

Es una chica inteligente, aunque poco expresiva, casi nunca muestra sus sentimientos, desde que me fijé en su cuerpo frágil, no he podido alejarla de mi mente. Su corazón de hierro, sus rarezas y modo de vida. A veces, llega a ser intolerante y cruel.

De nuevo me deslizo por los escalones del angosto pasillo y mis pensamientos acompañando a aquella mujer que dejé en la cama del mísero cuarto. Adornada solo con su hermosura y mirando a lo lejos el fuego que ardía en mí. Otra vez la nostalgia, y para disiparla intento reírme. La inmensidad de la avenida me acompaña camino a la tienda y mis recuerdos empiezan a cabalgar.



«Con su andar de pluma al viento, camina las baldosas coloniales, observa a cada lado los rústicos bancos de madera, al fondo el altar, un poco más arriba, la bóveda central de la capilla y los vitrales filtrando multicolores rayos de sol. Adelante en el primer banco, la madre de su futuro esposo, un familiar y los padrinos. En la quinta banca el ex novio y un grupo de amigos.

No se ha visto bajar a la novia de un Mercedes Benz clásico. Tampoco ha sido invitado Cristian Dior. El traje de calle azul pálido que esconde en sus pliegues una tormenta, una cruz tan grande como la que adorna el altar principal. Nadie lanzará al viento los aplausos, ni el arroz de la felicidad. Desde lo alto se desprende un pétalo, inicia una larga danza y flota en el aire hasta caer al suelo.

—Tal vez me haya equivocado —pensó la novia.

Fingía tan bien que todos le creyeron. De pronto aparece en su imaginación la figura de Javier y la retira de su mente como cuando se quiere tirar algo que estorba. Piensa en Fernando y aprieta con más fuerza la mano que solo le importa estar a su lado, el hombre de sueños imposibles.

—Hay días en que las ideas se nublan. Hubiera deseado poder contarle mis confidencias —pensaba de nuevo.

Parada frente al cura, los ojos inquisidores como bolas de fuego volvían a fijarse en ella, los más maliciosos en voz baja y cuchicheos y al pasar la miraban con fina atención. Los mismos que derriten la figura soberbia sentada en la parte de atrás. Se siente triste. Un gran suspiro para reprimir sus furias. Deseos de salir corriendo y abandonar la boda.

La suegra vestida de oscuro y blanco respirara el aire pesado. Comienza a sollozar, aprieta los dientes, una lágrima se confunde con sudor. Por entre la niebla de sus ojos, observa a la novia y a su hijo de espaldas».

Giro la cabeza y mi madrecita tensionada, con ganas de llorar. Y la vecina de al lado que le habla en voz baja. Yo suponiendo lágrimas de felicidad. Y el calor que se confunde con el aire cargado de pesares y la incertidumbre que no logro comprender.



«Ese cura y su retahíla de consejos, la chusma dedicada a los cuchicheos. Javier cada vez que miro para atrás me enfrento con sus ojos y no ha parado de hablar y reír. Mi pobre hijo, se nota que el pantalón negro y camisa blanca han sido usados desde la época de Matusalén.

—Pero, doña Bernarda ¿Qué es esto?

—Qué importa. Chismes rastreros del vulgo y sus compinches.

— ¿Y esos señalamientos?

—Esto avergüenza. Valery es muy bonita, pero…

—Se escucha que ella…

—Mezclar asuntos tan bajos... Imbéciles.

— ¡Que desatino!

—Está convertida la boda en un circo.

—Shiiii. Por favor, ¡basta ya! Estamos en la casa de Dios».

Y de pronto la iglesia entró en un período de turbulencia, el aire se tornó pesado, de las entrañas de la gente surgieron las voces, las luces se desvanecieron, los ánimos se caldearon y yo continuo sin comprender lo que está pasando.

«Valery, usted se ha dedicado a mirar repetidas veces para atrás en el lugar en donde se encuentra ese enigmático personaje. Creo que usted debió de sentirse muy sola al atreverse con la boda. También creo que no fue buena idea la capilla de este convento. Pienso que usted y esa sensación de desespero que raya entre la duda y el amor y acaba de comprender que ese hombre que usted está mirando ahora, ya no estará más a su lado, porque en su lugar está la mano que aprieta la suya y que en pocos minutos jurará fidelidad eterna, mientras juega y se divierte distraídamente con su pelo tirado al viento por el ventilador de techo que gira y gira como molino de viento.

El cura que usted ve, con el alba y el amito sobre sus hombros y dispuesto a leerle la epístola de San Pablo. Pero usted solo quiere terminar de prisa con esta farsa, eso se nota por la forma en que se empeña en apresurar los eventos y hasta me atrevo a pensar que se divierte un poco.

La bendición se ha tardado en llegar y usted hasta ha tenido tiempo de hacer un ademán con el dedo índice y los labios, señal inequívoca de callarse. Como respuesta, ha visto al sujeto sacar de uno de los bolsillos de su camisa un papel que usted no ha podido distinguir dado la distancia en que se encuentra. Entonces usted ha lanzado con fuerza un ahogado grito que retumba por todos los rincones, despertando a los ilustres personajes enterrados bajo las lozas del piso de esta colonial capilla.

Usted ha visto el infernal lio que se ha formado, cuando el enigmático hombre ha intervenido dando gritos a todo pulmón y levantando en su mano aquella hoja de papel. Su nombre repetido varias veces, se ha escuchado atronador como un rayo. También usted ha sufrido en carne propia los forcejeos, maldiciones y mentadas de madre, irrespetando este sagrado lugar de Dios.

Usted, en unión de los demás, también ha salido a la calle en estampida, luego pareció calmarse, supongo que para entonces, ya no existía ninguna razón poderosa para tener prisa».

De regreso al cuartucho mirando la botella de vino moscatel utilizada para recetas de cocina, beso a la mujer y le digo que lo siento, que no puedo comprar un mejor vino y que no tengo para costearme una habitación en un hotel de lujo. La ejecutiva de las altas finanzas acostumbrada a los grandes magnates, la de los viajes a Paris y las comidas preparadas por un chef Cordon Bleu.

Empieza a llover y se desgrana un aguacero. A mí la lluvia me trae recuerdos y nostalgias. Siempre me gustaron las mujeres que no exijan mucho. Un baño de agua fría. Recorro su piel como niño en playa jugando con arena. Y me quedo un rato soñando despierto. Lo único que me importaba era pasar la vida junto a ella. Y me alisté para mi primera noche de bodas.

Desposorios en azul, ( por Mae )
Ana Lizalde, se había criado en un burdel. Toda su vida vio pasar ante sí a hombres elegantes y ebrios que entraban escondidos bajo sus bufandas y salían igual de embriagados pero aligerados del peso de sus carteras.

Aquella tarde que esperaba a su madre sentada en un banco de la calle Gaspar de Atria supo que la mansión erigida ante su mirada sería suya. Fue una revelación. Unas monjas pasaron por delante y sus tocas blancas, como las almas de los niños que vuelan al limbo, se agitaron por un golpe de viento, encaminadas a la entrada y simulando banderas que ondean, bailarinas, a la llegada de su señora. Ahora Ana olvidaba su pasado y se vanagloriaba de su presente.

─ Me ha costado llegar hasta aquí, pero ya tengo mi recompensa: Baronesa de Mingladilla. Resulta un poco empalagoso lo de "Mingladilla", es cierto, mas pertenecer a la selecta nobleza lo compensa todo. No habrá otra mujer desde que Eva ofreció una manzana. ¡Qué bien me sienta este vestido¡ Si mi madre pudiera verme estaría orgullosa. De nacer en un prostíbulo a vivir en esta mansión, no es una mala carrera, ” ¡cum laude¡ “ diría mi abuelo, y sin tener que dejar mis preciosos ojos entre libros manoseados. A ese estúpido de Gumersindo le bastó con verme una pierna, claro que con esta piel robada a Afrodita no era tan extraño. Mira cómo pasea por el jardín, ¡pobrecito mío¡ debe estar nervioso. No sabes, mi amor, la noche de sexo salvaje que me espera. ¡Qué pena que tú no estarás presente¡

Cada uno de los títeres invitados a la ceremonia representaba un papel por descubrir. Para ella todos esos hombres elegantes eran tipos a los que habría que aligerar la billetera. El jardín tan cuidado, las flores en los bancos, la música de Wagner y un espléndido sol remataban la pasarela de su triunfo. Sus pasos por la elegante alfombra roja marcarían el inicio de una vida de lujo y desenfreno, pero hasta llegado ese momento sus ojos seguían analizando el escenario de la sobornable dignidad humana.

─ ¿Dónde está Abelardo? ¡Ah, claro! Sigue en el bar degustando su cóctel favorito. Quizá he sido demasiado atrevida invitándole, pero la sangre de Eva corre como un torrente por mis venas. Mi boda debe ser perfecta y sin Abelardo nunca lo sería. ¡En el fondo me da tanta pena¡ Es el amor de mi vida, pero un filósofo chiflado que sube montañas buscando el sol y sólo encuentra nieblas que transforma en radiantes amaneceres, nunca podría ser un buen partido.

La madre de su futuro esposo era una mujer confiada y amable, no sería un gran obstáculo para su imparable carrera. Y luego estaba ese horrible niño, con su traje café y cara de cachorrito huérfano, hijo del anterior matrimonio de Gumersindo, que desde su inocencia había sido capaz de ver en Ana la llama de una malicia absorbiendo todo el oxígeno de una delicada lámpara de porcelana. No sería complicado quitárselo de encima: aguantarlo unas semanitas y después a un buen colegio. La educación ante todo y a ser posible lejos del hogar. No hay nada como las instituciones docentes extranjeras.

─ Emersenda, mi querida suegra, no creerás que me voy a colgar esos pendientes de tu abuela. Distraerían la atención hacia mi persona. Comprendo que les tengas cariño, prometo no olvidar enterrarte con ellos.

La novia más deseada emprende ya su triunfal marcha nupcial hacia el altar. Vestida de blanco, como un sepulcro blanqueado para esconder su inmundicia. En la habitación contigua, Emersenda González de Mingladilla daba los últimos retoques a su profundo maquillaje.

─ Sigo viéndome guapa. Estaré radiante en la boda de mi hijo. Alguien puede decir que después de los sesenta no hay vida, ¡qué equivocados están¡ aún puedo oler en mi piel su propia piel. Si hace cuarenta años me hubieran dicho que podría amar con la pasión que derramo en sus brazos cada noche, me habría reído. Pero este hombre me hace estremecer como jamás lo hizo mi difunto esposo. Tengo el ardor de la juventud en plena madurez. Mi cuerpo es una flor de azul linaje que se abre cada noche para recibir al Tántalo que roba la ambrosía a los dioses y la esparce en cada pliegue de mi talle. La vida, al final, me ha sido generosa. Mi hijo será feliz con Ana. No hay más que ver el candor en sus ojos cuando lo mira, el cariño que pone cada vez que se dirige a mi nieto .¡Qué importa dónde naciera o cómo vivió! ¡Que hablen las malas lenguas de la alta sociedad!. Ana nos ha bautizado en el amor. Será la hija que nunca tuve, la amiga que siempre deseé. Ella ha traído la alegría a nuestras vidas, el calor al aristocrático frío y la caricia de un sol de primavera a este perenne invierno. Que la muerte me lleve cuando quiera, ya puedo decir que he vivido.

Al comienzo de la ceremonia, Abelardo ya había bebido demasiado. Lo notaba, no sólo en las voces que le llegaban distorsionadas, sino también en el sudor frío que cubría sus manos y empapaba su frente. No podía dejar de mirar a Ana. Envuelta en telas blancas, y con azucenas entre sus manos, parecía una vestal. Y él seguía ahí, parado, como un condenado al cadalso esperando que aquella virgen se cruzara en su camino y usara su poder para redimirlo.

El “sí, quiero” fueron dos puñales envenenados que se clavaron en sus sienes. La comitiva de boda, el banquete, el baile, los vítores, las risas. Todo se transformaba en un tormento inaguantable que estremecía su alma y destrozaba su vida. Abelardo sólo tenía ojos para la radiante novia mientras iba tropezando contra mesas, sillas y todo lo escrito habido y por haber. Bebía para babear y babeaba para embobarse más en ella. En el momento del vals que abría el baile a los invitados, no pudo soportarlo más. Un vómito espeso agonizaba en su estómago. Se dirigió a los lavabos y expulsó todo lo que contenía su cuerpo. Refrescó su rostro con la esperanza de despejar su mente y al levantar la vista pudo ver tras de él a Ana, sonriente, que cerraba la puerta tras de sí. No tuvo tiempo de reaccionar cuando sintió los labios de Ana recorrer su cuello, sus manos buscaban los rincones más íntimos, su aliento lo embriagaba con más intensidad que todo los litros de alcohol que corrían por sus venas. En apenas unos segundos una diosa cabalgaba sobre su pelvis con cambios de intensidad y ritmo que turbaron sus sentidos. Su sangre que minutos atrás estaba cargada de ira e impotencia se convirtió en un dulce torrente blanco que inundó las entrañas de la mujer. Cerró los ojos y sólo pudo escuchar un susurro en su oído: “volveremos a encontrarnos”. El golpe seco, como una interrogación, de la puerta al cerrarse lo devolvió a la realidad. Se quedó unos segundos mirando las fantasías que su mente creaba en el estuco de la pared.

Salió al jardín y cogió una rosa tal y como venía haciendo todas las noches desde los dos últimos meses. La fresca flor que usaba para acariciar el cuerpo apergaminado de Emersenda. Horas después le hacía el amor y sus gemidos le sugerían el sonido de pisadas sobre hojarasca seca. En noches por llegar vaciaría su cuerpo en la anciana, esperando burlar algo de su alma, pero nunca era así. Todo aquello sólo le servía para llenar su estómago y estar más cerca de Ana, ansiando las sobras que ella le ofrecía.

Clase XXXV.- “Si hubiera...”.- Loli Pérez.-
Hoy debería ser el día más feliz de mi vida. Debería.

Si hubiera sido sincera conmigo misma, si le hubiera dicho lo mucho que lo quería.

Si no hubiera ganado el maldito orgullo.

Si “hubiera”, así va mi vida, siempre llena de “si hubieras”.


Y lo dejé atrás, igual que está ahora, en un rincón encogido sobre sí mismo, con los brazos cruzados sobre el pecho. Aguantando estoico las miradas láser de mi futura suegra.¿Por qué ha venido? Seguro que ha sido ella quien le ha invitado.

De pequeña, fantaseaba con mi boda y siempre imaginaba que alguien aparecía para rescatarme en el último momento. Cuando el sacerdote decía las palabras “si alguien tiene algo que decir, que lo diga ahora o que calle para siempre” aguantaré la respiración, por si él se decide.

Si él dijese algo, lo dejaría todo, sería capaz, pero ni él ha dicho nada ni yo he pestañeado, aún.
En este momento se está celebrando mi boda, en una iglesia de vidrieras de colores, con coro, organista y el altar lleno de flores. Mientras el sacerdote sigue con su discurso,

cierro los ojos, imagino como habría sido con él: no voy vestida de blanco, ni llevo un velo que tapa la tristeza de mi rostro. Él se ha puesto unos vaqueros y yo mi vestido de la suerte, un ramo de flores silvestres y unos zapatos cómodos. Mi amiga diría que parece que vamos al campo, en vez de a casarnos.

No tenemos quinientos invitados desconocidos, solo algunos familiares y los mejores amigos nos arropan con su presencia. Hace fresco en la pequeña ermita, en la que de niños hicimos la primera comunión, y él me tiraba del velo para hacerme rabiar. Nos daban miedo las tumbas bajo el suelo de mármol, los bancos de madera apolillados que crujían cuando se sentaban los feligreses y las paredes llenas de cuadros de mártires, oscurecidos por el tiempo y por el humo de las velas.

La suegra va de madrina, mejor vestida, peinada y maquillada que la novia. Pese a ello, no logra disimular su cara avinagrada, de todos es sabido que no acepta la boda de su único hijo - “una chica tan insignificante, que ni siquiera es guapa”- había dicho con desprecio en la peluquería. Hizo lo imposible por separarlos, -”pero el niño se ha encoñado”-. Se pregunta quién será el fantoche del rincón, no deja de mirar a la novia.

Él ha asistido a verla por última vez, -para remorderle la conciencia-, piensa ¿qué pasaría si ella dijera: “No” en vez del “Si quiero” que todos esperan? Si lo hiciera, él saldría huyendo despavoridamente.
El sacerdote mofletudo y pálido, lee con parsimonia el sermón, cuando hace la pregunta de rigor, se oye un murmullo general.
Al cabo de unos años, ella vuelve al pueblo desencantada de la vida, con sus hijos: “copias enanas de su marido”.

Él posee una calvicie incipiente, unos kilos de más, acumulados en la barriga. Se miran como viejos conocidos, él con los brazos cruzados sobre el pecho, esboza una sonrisa socarrona, siempre con la duda de qué habría pasado, si no hubiera huido despavoridamente ese día: las “copias enanas”, seguro serían suyas.

Computencio Barrera
.- El ex-novio mala leche (focalización en grado zero)

El santo cavernario, blue demon y tarzán: la arena estaba de boca en boca, del piso al techo lleno de amor. Amor liquido, embotellado en brandis de a montón. Venga mi morena, pa freírle el chicharrón, hágase pa un lado y écheme otro puro. Montecristo, le digo, Yo de puros, ni me hables, puro Montecristo, cuando sale a relucir su vestido blanco, su aire de señorita y sus pasos de niña bonita, diciéndoles Felicidades Gracias por venir. Ah de estar pensando que se ve como princesa, y yo pensando que se ve casi gorda y los tobillos le van mal con esos zapatos, al cabo que ni quería casarme con ella, pero como vino a terminar con el pelmazo este.

Hay arreglos en las mesas, los músicos se miran unos a otros con cara de aburridos, fui invitado aquí casi por lástima, quien diría que me iba a convertir en el borracho empedernido en el que soy. La novia le dice a uno de sus primos que muchas felicidades, que gracias por venir, pensando en que son los primos medio narcos a ver si no cae borlote mas de rato, y los primos medio narcos pensando que Diosito porque fue su prima, con tan buenas carnes y ellos tan chimuelos.

Las mesas están servidas, los estómagos tienen felicidad liquida (de la embotellada), las bases son doradas como con adornos de tribales, una chicanada horrenda. Chicanada horrenda la que nos metimos como ratones al laberinto: chaleco a prueba de condicionamiento, mientras me encuentro asquerosamente sobrio. No tengo nada en la barriga, estamos en una boda, siento un ardor en la garganta, una nebulosa en forma de agujero negro, tenemos que sonreír y el ambiente esta pesado. Cuando veo que van entrando por la puerta, raza con cara de matones: de esos con cara de carniceros mexicanos.

2.- La suegra (focalización interna)

Ándale mijita, que hermosa te ves ahora, dice la suegra de la novia, Cuídame a mi hijo. Le digo a esta lagartona que me cuide a mijito, condenada vieja, hasta gorda esta, yo siempre diciéndole a Raulito que no le convenía esta entenada. Tanto trabajo, tanto trabajar para que se viniera a quedar con esta, vieja grandulona, hasta parece vikinga la desgraciada.

Se escucha ruido en la bodega y el capitán de meseros viene hacia mi, tiene cara de mecánico, todo el día estuvo muele y muele: oiga señora esto, oiga señora lo otro. Y aquí viene una vez más. Lo volteo a ver pero prefiero voltear a ver hacia otros lados. La familia de la novia está platicando entre ellos, siempre del lado izquierdo. Un niño amenaza con tirar de los manteles, mientras su mama (una cuñada de mijo) la hace una mirada asesina.

Ya casi es hora de aventar el ramo, le digo a Julián, mi marido desde hace 42 años, que vaya por la cámara a la mesa. Pero no me lo puedo quitar de la cabeza: la novia de mi hijo, ahora su esposa, esta gorda, tiene hasta pellejo debajo de las axilas, le brincotea como gelatina. Pero ni que le hago, si es la que escogió mijo…Mijo tan chulo, míralo viejito, ¿a poco no se te hace grande y chulo nuestro hijo?

En eso estoy diciéndole a mi marido cuando veo que por la puerta va entrando mucha gente.

3.- La novia (focalización externa)

Toda la familia esta reunida, mis primos, mis papas, hasta mi ex, familiares que no conozco y que han venido desde lejos. El vestido que llevo puesto, es de diseñador, lo trajeron de New York, igual que toda la ropa. Mis amigas vienen a saludarme y a felicitarme, nos damos abrazos y hay emoción y alegría en el ambiente.

El salón esta adornado con arreglos caros, un dineral en las mesas, un dineral en los músicos, comida, botellas. Buchanan y Shivas engalanan el centro de cada una de las mesas. En el techo, arañas de luz recortan y perforan el ambiente con su tenue y agradable luz. Todo en tonos blanquísimos que le dan la impresión de frescura al lugar. En el intermedio hay Jazz, un compendio de Bass Nova, que yo quería que tocaran. Una pareja ya grande se levanta y empieza a acompasar la música, dejándose llevar por dulce notas, muy a la Miles Davis.

Mi novio, ahora mi esposo, viste smoking, y se le ve la cara bien rasurada, brillante casi marmórea. Ambas familias lucen contentas, gratas con la unión, se encuentran enorgullecidas de que los novios hayan tomado la decisión correcta. Estoy contenta. Mis primos vienen a saludarme y felicitarme y veo que mi ex novio me esta viendo desde una mesa.

Veo que de repente entra mucha gente por la puerta y se empiezan a escuchar muchos ruidos.

1.- El ex novio mala leche

Llegaron los payasos, los guarros desenfundan, triple play con background de una cumbia que se extingue, se escuchan voces, carros, frenazos, se siente vibra pesada, aire de pólvora y por fin llegó el final, pensaran que ya nos tocó atorarle a la matraca.

Hay narcos en la puerta mientras yo traigo tos de cigarro, de esa tímida y apretujada: tos de rico, que los pobres señores, los pobres tosen con todo y flema. Se escuchan gritos, en la selva, se escuchan gritos, son las almas del latino son los gritos de gente. Son los gritos de la gente que me aturden: desenfunden, apunten, mirada asesina, estornudo y hago shot. Hago bull´s eye justo en el blanco y mató a uno de los que venían entrando por la puerta. Mi ex novia, ahora la novia, tiene la mente en blanco. El novio hace cara de chorizo, así como pensando que todo es culpa de los primos narcos de su nueva esposa.




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