Algunos axiomas exploratorios de la comunicacióN



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ALGUNOS AXIOMAS EXPLORATORIOS DE LA COMUNICACIÓN
Watzlawick, P., Bavelas, B. y Jackson, D.

En:Teoría de la comunicación humana. Interacciones, Patologías y Paradojas



Herder . Barcelona. 1981. p.p. 49-71.


  1. Introducción 1

  2. La imposibilidad de no comunicar 2

  3. Los niveles de contenido y relaciones de la comunicación 4

  4. La puntuación de la secuencia de hecho 7

  5. Comunicación digital y analógica 12

  6. Interacción simétrica y complementaria 18

  7. Resumen 20


1. Introducción
Las conclusiones alcanzadas en el primer capítulo destacaban en general la imposibilidad de aplicar numerosas nociones psiquiátricas tradicionales al marco que proponemos. Todo esto parece dejar muy poca base el estudio de la pragmática de la comunicación humana. Nos proponemos demostrar ahora que ello no es así, para lo cual debemos comenzar con algunas propiedades simples de la comunicación que encierra consecuencias interpersonales básicas. Se comprobará que tales propiedades participan de la naturaleza de los axiomas dentro de nuestro cálculo hipotético de la comunicación humana. Una vez definidas, estaremos en condiciones de examinar algunas de sus posibles patologías en el capítulo 3.

2. La imposibilidad de no comunicar
En lo que antecede, el término “comunicación” se utilizó de dos maneras: como título genérico de nuestro estudio, y como una unidad de conducta definida de un modo general. Trataremos de ser ahora más precisos. Desde luego, seguiremos denominando simplemente “comunicación” al aspecto pragmático de la teoría de la comunicación humana. Para las diversas unidades de comunicación (conducta), hemos tratado de elegir términos que ya son generalmente comprendidos. Así, se llamará mensaje a cualquier unidad comunicacional singular o bien se hablará de una comunicación cuando no existan posibilidades de confusión. Una serie de mensajes intercambiados entre personas recibirá el nombre de interacción. (Por quienes anhelan una cuantificación más precisa, sólo podemos decir que las secuencias a que nos referimos con el término “interacción” es mayor que un único mensaje, pero no infinita.) Por ultimo, en los capítulos 4 a 7, agregaremos pautas de interacción, que constituyen una cantidad una unidad de un nivel aún más elevado en la comunicación humana.
Además, con respecto incluso a la unidad más simple posible, es evidente que una vez de se acepta que toda conducta es comunicación, ya no manejamos una unidad – mensaje monofónica, sino más bien con un conjunto fluido y multifacético de muchos modos de conducta – verbal, tonal, postural, contextual, etc. – todos los cuales limitan el significado de los otros. Los diversos elementos de este conjunto (considero como un todo) son susceptibles de permutaciones muy variadas y complejas, que van desde lo congruente hasta lo incongruente y paradójico. Nuestro interés estará centrado en el efecto pragmático de tales combinaciones en las situaciones interpersonales.
En primer lugar, hay una propiedad de la conducta que no podría ser más básica por lo cual suele pasársela por alto: no hay nada que sea lo contrario de conducta. En otras palabras, no hay no – conducta, o, para expresarlo de modo aún más simple, es imposible no comportarse. Ahora bien, si se acepta que toda conducta en una situación de interacción1 tiene un valor de mensaje, es decir, es comunicación, se deduce que por mucho que uno lo intente, no puede dejar de comunicar. Actividad o inactividad, palabras o silencio, tienen siempre valor de mensaje: influyen sobre los demás, quienes a su vez, no pueden dejar de responder a tales comunicaciones y, por ende, también comunican. Debe entenderse claramente que la mera ausencia de palabras o de atención mutua no constituye una excepción a lo que acabamos de afirmar. El hombre sentado a un abarrotado mostrador en un restaurante, con la mirada, perdida en el vacío, o el pasajero de un avión que permanece sentado con los ojos cerrados, comunican que no desean hablar con nadie o que alguien les hable, y sus vecinos por lo general “captan el mensaje” y responden de manera adecuada, dejándolos tranquilos. Evidentemente, esto constituye un intercambio de comunicaciones en la misma medida que una acalorada discusión2.
Tampoco podemos decir que la “ comunicación” sólo tiene lugar cuando es intencional, consciente o eficaz, esto es, cuando se logra un entendimiento mutuo. Que el mensaje emitido sea o no igual al mensaje recibido constituye un orden de análisis importante pero distinto, pues, en última instancia, debe basarse en evaluación de datos específicos, introspectivos y proporcionados por el sujeto, que preferimos dejar de lado en la exposición de una teoría de la comunicación desde el punto de vista de lo conducta. Con respecto a los malentendidos, nuestro interés, dadas ciertas propiedades formales de la comunicación, de, - y, de hecho, a pesar de - , las motivaciones o intenciones se refiere al desarrollo de patologías afines relacionadas, aparte de los comunicantes.
La imposibilidad de no comunicarse es un fenómeno de interés no sólo teórico; por ejemplo, constituye una parte integral del “dilema” esquizofrénico. Si la conducta esquizofrénica se observa dejando de lado las consideraciones etiológicas, parecería que el esquizofrénico trata de no comunicarse. Pero, puesto que incluso el sin sentido, el silencio, el retraimiento, la inmovilidad (silencio postural) o cualquier otra forma de negación constituye en sí mismo una comunicación, el esquizofrénico enfrenta la tarea imposible de negar que se está comunicando y, al mismo tiempo, de negar que su negación es una comunicación. La comprensión de este dilema básico en la esquizofrenia constituye una clave para muchos aspectos de la comunicación esquizofrenia que, de otra manera, permanecerían oscuros. Puesto que, como veremos, cualquier comunicación implica un compromiso y, por ende, define el modo en que el emisor concibe su relación con el receptor, cabe sugerir que el esquizofrénico se comporta como si evitara todo compromiso al no comunicarse. Es imposible verificar si, este es su propósito, en el sentido casual, o no; pero se demostrará en S.3.2, en forma más detallada, que éste es el efecto de la conducta esquizofrénica.
En síntesis, cabe postular un axioma metacomunicacional de la pragmática de la comunicación: no es posible no comunicarse.
3. Los niveles de contenido y relaciones de la comunicación.
En los párrafos sugerimos otro axioma cuando señalamos que toda comunicación implica in compromiso y, por ende, define la relación. Esta es otra manera de decir que una comunicación no sólo transmite información sino que, al mismo tiempo, impone conductas. Siguiendo a Bateson (132, pp. 179 – 181), estas dos operaciones se conocen como los aspectos “referenciales” y “conativos”*, respectivamente, de toda comunicación. Bateson ejemplifica los dos aspectos por medio de una analogía fisiológica: supongamos que A, B y C constituyen una cadena lineal de neuronas. Entonces, el disparo de la neurona B es al mismo tiempo “información” de que la neurona A ha disparado y una “instrucción” para que la neurona C lo haga.
El aspecto referencial de un mensaje trasmite información y, por ende, en la comunicación humana es sinómino de contenido del mensaje. Puede referirse a cualquier cosa que sea comunicable al margen de que la información sea verdadera o falsa, válida, no válida o indeterminable. Por otro lado, al aspecto conativo se refiere a qué tipo de mensaje debe entender que es, y, por ende, en último instancia, a la relación entre los comunicantes. Algunos ejemplos contribuirán a una mejor comprensión de estos dos aspectos. Apelando a un cierto nivel de abstracción, constituyen la base de la siguiente adivinanza:
Dos guardias vigilan a un prisionero en una habitación que tiene dos puertas. El prisionero sabe que una de ellas está cerrada con llave y otra no, pero no cuál de ellas es la que está abierta. También sabe que uno de los guardias siempre dice la verdad y que el otro siempre miente, pero no cuál de ellos hace una cosa u otra. Por último, se le ha dicho que la única manera de recuperar su libertad consisten en identificar la puerta que no está cerrada con llave haciéndole una pregunta a uno de los guardias.3
El encanto de esta improbable situación radica no sólo en el hacho de que un problema con dos incógnitas (las puertas y los guardias) se resuelve elegantemente mediante el descubrimiento de un simple procedimiento de decisión, sino también en que la solución sólo resulta posible si se tiene en cuenta los aspectos de contenido y relaciones de la comunicación. Al prisionero se la han dado dos órdenes de información como elementos para solucionar el problema. Una de ellos tiene que ver con objetos impersonales (las puertas) y la otra con seres humanos como emisores de información, y ambas son indispensables para alcanzar la solución. Si el prisionero pudiera examinar las puertas por sí mismo, no necesitaría comunicarse con nadie acerca de ellas, pues le bastaría con confiar en la información que le proporcionan sus propios sentimientos. Como no puede hacerlo, debe incluir la información que posee acerca de los guardias y sus maneras habituales de relacionarse con los demás, esto, es diciendo la verdad o mintiendo. Por ende, lo que el prisionero hace es deducir correctamente el estado objetivo de las puertas mediante la relación específica entre los guardias y él mismo y, así, llega eventualmente a una comprensión correcta de la situación empleando información acerca de los objetos (las puertas y el hecho de que estén o no cerradas con llave) junto con información acerca de esa información (los guardias y sus formas típicas de relacionarse específicamente, transmitiendo a los demás información sobre los objetos).
Y ahora veamos un ejemplo más probable: si una mujer A señala el collar que lleva otra mujer B y pregunta: “¿Son auténticas esas perlas?”, el contenido de su pregunta es un pedido de información acerca de un objeto. Pero, el mismo tiempo, también proporciona – de hecho, no puede dejar de hacerlo – su definición de la relación entre ambas. La forma en que pregunta (en este caso, sobre todo el tono y el acento de la voz, la expresión facial y el contexto) indicará una cordial relación amistosa, una actitud competitiva, relaciones comerciales formales, etc. B puede aceptar, rechazar o definir, pero, de ningún modo, ni siquiera mediante el silencio, puede dejar de responder el mensaje de A. Por ejemplo, la definición de A puede ser maliciosa y condescendiente; por otro lado, B puede reaccionar a ella con aplomo o con una actitud defensiva. Debe notarse que esta parte de su interacción nada tiene que ver con la autenticidad de las perlas o con las perlas en general, sino que sus respectivas definiciones de la naturaleza de su relación, aunque sigue hablando sobre perlas.
O consideremos mensajes como: “Es importante soltar el embriague en forma gradual y suave”, y suave”, y “Suelta el embriague y arruinarás la transmisión en seguida”, Aproximadamente tienen el mismo contenido (información) pero evidentemente definen relaciones muy distintas.
Para evitar malentendidos con respecto a lo dicho, queremos, aclarar que las relaciones rara vez se definen deliberadamente o con plena conciencia. De hecho, parecería que cuando más espontánea y “sana” es una relación, más se pierde en el trasfondo el aspecto de la comunicación vinculado con la relación. Del mismo modo, las relaciones “enfermas” se caracterizan por una constante lucha acerca de la naturaleza de la relación, mientras que el aspecto de la comunicación vinculado con el contenido se hace cada vez menos importante.
Resulta interesante que antes de que los científicos conductistas comenzaran a indagar en estos aspectos de la comunicación humana, los expertos en computadoras hubieran tropezado el mismo problema en su propia labor. Se hizo evidente en tal sentido que, cuando se comunicaban con un organismo artificial, sus comunicaciones debían ofrecer aspectos tanto referenciales como conativos. Por ejemplo, si una computadora debe multiplicar dos cifras, es necesario alimentar tanto esa información (las dos cifras) como información acerca de esa información: esto es, la orden de multiplicarlas.
Ahora bien, lo importante para nuestras consideraciones es la conexión que existe entre los aspectos de contenido (lo referencial) y las relaciones (lo conativo) en la comunicación. En esencia ya se la ha definido en el párrafo precedente al señalar que una computadora necesita información (datos) e información acerca de esa información (instrucciones). Es evidente, pues, que las instrucciones son de un tipo lógico superior al de los datos; constituyen metainformación puesto que son información acerca de información, y cualquier confusión entre ambas llevaría a un resultado carente de significado.
Si volvemos ahora a la comunicación humana, observamos que esa misma relación existe entre los aspectos referencial y conativo: El primero transmite los “datos” de la comunicación, y el segundo, cómo debe entenderse dicha comunicación. “Esta es una orden” o “solo estoy bromeando” constituyen ejemplos verbales de esa comunicación acerca de una comunicación. La relación también puede expresarse en forma no verbal gritando o sonriendo o de muchas otras manera. Y la relación puede entenderse claramente a partir del contexto en el que la comunicación tiene lugar, por ejemplo, entre soldados uniformados o en la arena de un circo. El lector habrá notado que el aspecto relacional de una comunicación, resulta, desde luego, idéntico al concepto de metacomunicación desarrollado en el primer capítulo, donde se lo limitó al marco conceptual y al lenguaje que el experto en análisis comunicacional debe utilizar cuando comunica algo acerca de la comunicación. Ahora bien, es dable observar que no sólo ese experto sino todos nosotros enfrentamos dicho problema. La capacidad para metacomunicarse en forma adecuada constituye no sólo condición sine que non de la comunicación eficaz, sino que también está íntimamente vinculada con el complejo problema concerniente a la percepción del self y del otro. Esta cuestión será objeto de una explicación más detallada en S.3.3. Por el momento, y como ilustración sólo queremos señalar que es posible construir mensajes, sobre todo en la comunicación escrita, que ofrecen indicios metacomunicacionales muy ambiguos. Como señala Cherry (34, p. 120) la oración: “¿Crees que bastará con uno?”, puede encerrar una variedad de significados, según cuál de esas palabras se acentúe, indicación que el lenguaje escrito no siempre proporciona. Otro ejemplo sería un cartel en un restaurante que dice: “Los parroquianos que piensan que nuestros mozos son groseros deberían ver al gerente”, lo cual, por lo menos en teoría, puede entenderse de dos manera totalmente distintas. Las ambigüedades de este tipo no constituyen las únicas complicaciones posibles que surgen de la estructura de niveles de toda comunicación; consideremos, por ejemplo, un cartel que dice: “No preste atención a este cartel”. Como veremos en el capítulo sobre comunicación paradójicas, las confusiones o contaminaciones entre estos niveles comunicación y metacomunicación- pueden llevar a impasses idénticos en su estructura a los de las famosas paradojas en el campo de la lógica.
Por el momento, limitémonos a resumir lo antedicho y establecer otro axioma de nuestro cálculo tentativo: Toda comunicación tiene un aspecto de contenido y un aspecto relacional tales que el segundo clasifica al primero y es, por ende, una metacomunicación4.
4. La puntuación de la secuencia de hechos
La siguiente característica básica de la comunicación que deseamos explorar se refiere a la interacción –intercambio de mensajes- entre comunicantes. Para un observador, una serie de comunicaciones puede entenderse como una secuencia interrumpida de intercambios. Sin embargo, quienes participan en la interacción siempre introducen lo que, siguiendo a Whorf (165), ha sido llamado por Bateson y Jackson la “puntuación de la secuencia de hechos”. Estos autores afirman:
Los psicólogos de la escuela “estimulo-respuesta”limitan su atención a secuencias de intercambio tan cortas que es posible calificar un ítem de entrada como “estimulo” y otro ítem como “refuerzo”, al tiempo que lo que el sujeto hace entre estos dos hechos se entiende como “respuesta”.
Dentro de la breve secuencia así obtenida, resulta posible hablar de la “psicología” del sujeto. Por el contrario, las secuencias de intercambio que examinamos aquí son mucho más largas y, por lo tanto, presentan la característica de que cada ítem en la secuencia es, al mismo tiempo, estímulo, respuesta y refuerzo. Un ítem de la conducta de a es un estimulo en la medida en que lo sigue un ítem proveniente de B y esta último, por otro ítem correspondiente a A. Pero, en la medida en que el ítem de a está ubicado entre dos ítems correspondientes a B, se trata de una respuesta. Del mismo modo, el ítem de A constituye un refuerzo en tanto sigue a un ítem correspondiente a B. Así, los intercambios que examinamos aquí constituyen una cadena de vínculos triádicos superpuestos, cada uno de los cuales resulta comprable a una secuencia estímulo-respuesta-refuerzo. Podemos tomar cualquier tríada de nuestro intercambio y verla como un ensayo en un experimento de tipo aprendizaje por estímulo-respuesta.
Si observamos desde este punto de vista, los experimentos convencionales sobre aprendizaje, notamos de inmediato que los ensayos repetidos equivalen a una diferenciación de la relación entre los dos organismos participantes; el experimentador y su sujeto. La secuencia de ensayos está puntada de tal manera que siempre es el experimentador el que parece proporcionar los 2estimulos” y los “refuerzos”, mientras el sujeto proporciona las “respuestas”. Estas palabras aparecen deliberadamente entre comillas, porque las definiciones de los roles de hecho sólo dependen de la disposición de los organismos a aceptar el sistema de puntuación. La “realidad” de las definiciones de rol pertenece por cierto al mismo orden que la realidad de un murciélago en una lámina de Rorschach, una creación más o menos sobredeterminada del proceso perceptual. La rata que dijo:”Ya he adiestrado a mi experimentador. Cada vez que presiono la palanca, me da de comer”, se negaba a aceptar la puntuación de la secuencia que el experimentador trataba de imponer.
Con todo, es indudable que en una secuencia prolongada de intercambio, los organismos participantes –especialmente si se trata de personas- de hecho puntúan la secuencia de modo que no de ellos o el otro tiene iniciativa, predominio, dependencia, etc. Es decir, establecen entre ellos patrones de intercambio (acerca de los cuales pueden o no estar de acuerdo) y dichos patrones constituyen de hecho reglas de contingencia con respecto al intercambio de refuerzos. Si bien las ratas son demasiado amables como para modificar los rótulos, algunos pacientes psiquiátricos no lo son y producen más de un trauma psicológico en el terapeuta (l9, págs. 273-74).
No se trata aquí de determinar si la puntuación de la secuencia comunicacional es, en general, buena o mala pues resulta evidente que la puntuación organiza los hechos de la conducta y, por ende, resulta vital para las interacciones en marcha.
Desde el punto de vista cultural, compartimos muchas convenciones de puntuación que, si bien no son ni más ni menos precisas que otras visiones de los mismos hechos sirven para reconocer secuencias de interacción comunes e importantes.
Por ejemplo, a una persona que se comporta de determinada manera dentro de un grupo, la llamamos “líder” y a otra “adepto”, aunque resultaría difícil decir cuál surge primero o qué sería del uno sin el otro.
La falta de acuerdo con respecto a la manera de puntuar la secuencia de hechos es la causa de incontables conflictos en las relaciones. Supongamos que una pareja tiene un problema marital al que el esposo contribuye con un retraimiento pasivo, mientras que la mujer colabora con sus críticas constantes. Al explicar sus frustraciones, el marido dice que su retraimiento no es más que defensa contra los constantes regaños de su mujer, mientras que ésta dirá que esa explicación constituye una distorsión burda e intencional de lo que “realmente”sucede en su matrimonio, esto es, que ella lo critica debido a su pasividad. Despojadas de todos los elementos efímeros y fortuitos, sus discusiones consisten en un intercambio monótono de estos mensajes: “Me retraigo porque me regañas” y “Te regaño porque te retraes”. Este tipo de interacción ya ha sido brevemente mencionado en S.1.65. En forma gráfica, con un punto inicial arbitrario, su interacción aspecto un aspecto similar a éste:
Puede observarse que el marido sólo percibe las tríada 2-3-4-5-6, 6-7-8, etc. Donde su conducta (líneas llenas) es “meramente” una respuesta a la de su mujer (líneas de puntos). En el caso de la mujer, las cosas ocurren exactamente al revés: puntúa la sencuencia de hechos en las tríadas 1-2-3,3-4-5, 5-6-7, etc., y entiende que sólo reacciona frente a la conducta de su esposo pero no que la determina. En la psicoterapia de parejas, a menudo sorprende la intensidad de lo que en la psicoterapia tradicional se llamaría una “distorsión de la realidad” por parte de ambos cónyuges. A menudo resulta difícil creer que dos individuos puedan tener visionas tan dispares de muchos elementos de su experiencia en común. Y, sin embargo, el problema radica fundamentalmente en un área que ya se mencionó en numerosas ocasiones: su incapacidad para metacomunicarse acerca de su respectiva manera de pautar su interacción. Dicha interacción es de una naturaleza oscilatoria de tipo-si-no-si-no-si que, teóricamente puede continuar hasta el infinito y está casi invariablemente acompañada, como veremos más adelante, por la típicas acusaciones de maldad o locura.

También las relaciones internacionales están plagas de patrones análogos de interacción; considérese por ejemplo, el análisis de las careras armamentistas que hace C.E.M. Joad:


.
..si, como mantienen, la mejor manera de conservar la paz consiste en preparar la guerra, no resulta del todo claro porque todas las naciones deben considerar los armamentos de otros países como una amenaza para la paz. Sin embargo, así lo hacen y se sienten llevadas por ello a incrementar su propio armamento para superar a aquellos por los que creen estar amenazadas... Este aumento de los armamentos, a su vez, significa una amenaza para la nación A. Cuyo armamento supuestamente defensivo lo ha provocado, y es entonces utilizado por la nación a como un pretexto para acumular aún más armamentos para defenderse contra la amenaza. Sin embargo, este incremento de armamentos es interpretado a su vez por las naciones vecinas como una amenaza, y así sucesivamente.... (79, p. 69).

También las matemáticas proporcionan una analogía descriptiva: el concepto de una “serie alternada infinita”. Si bien el término mismo fue introducido mucho después, las series de este tipo fueron estudiadas de manera lógica y persistente por primera vez por el sacerdote austríaco Bernard Bolzano poco antes de su muerte, acaecida en 1848 cuando, según parece, se hallaba dedicado al estudio del significado de la infinitud.


Sus ideas aparecieron en forma póstuma en un pequeño libro títulado The paradoxes of the ininite (30) que se convirtió en un clásico de la literatura matemática. En dicho libro, Bolzano estudió diversas clases de series (S) de las cuales la más simple sea, tal vez, la siguiente:
S=a-a+a-a+a-a+a+a-a+a-a+a-...

Para nuestros propósitos, puede considerarse que esta serie representa una secuencia comunicacional de afirmaciones y negociaciones del mensaje a. Ahora bien, como lo demostró Bolzano, esta secuencia puede agruparse o como diríamos ahora, puntuarse de varias maneras distintas, pero aritméticamente correcta. 5 El resultado es un límite diferente para la serie según la manera en que se elija puntuar la secuencia de sus elementos, resultado que consternó a muchos matemáticos, incluyendo a Leibniz. Por desgracia, hasta dónde alcanza nuestro entendimiento, la solución de la paradoja ofrecida eventualmente por Bolzano no resulta útil en el dilema análogo que se plantea en la comunicación. En este último caso, como sugiere Bateson (17), el dilema surge de la puntuación espúrea de La serie, a saber, la pretensión de que tiene un comienzo, y es éste precisamente el error de los que participan en tal situación.


Así, podemos incorporar un tercer axioma de la metacomunicación: La naturaleza de una relación depende de la puntuación de las secuencias de comunicación entre los comunicantes.
5. Los tres posibles agrupamientos (puntuaciones) son:

S=(a-a) + (a-a) +(a-a) + (a-a)+...

= 0+0+0+...

=0
Otra manera de agrupar los elementos de la secuencia sería:

S=(a-a) + (a-a) +(a-a) + (a-a)+...

=a –0-0-0-

=a

Una tercera manera sería:



S=a-(a-a+a-a+a-a+a-...)

Y puesto que los elementos encerrados entre paréntesis no son otra cosa que la serie misma, se deduce que:



S=a-s

Por lo tanto 2 S=ayS= a/2 (30,pág.49-50).




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