Algunas reflexiones sobre el yo



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Algunas reflexiones sobre el yo
Jacques Lacan

Cuando Freud desarrolla sus concepciones acerca del yo se ve conducido a formularlas de manera aparentemente contradictoria.

En la teoría del narcisismo el yo toma partido contra el objeto: se trata del concepto de economía libidinal. El investimiento del cuerpo propio por las cargas libidinales genera las penurias de la hipocondría, mientras que la pérdida del objeto produce una tensión depresiva que puede culminar en el suicidio.

Por otro lado, en la teoría tópica del funcionamiento del sistema percepción‑conciencía, el yo toma partido por el objeto y resiste al ello, es decir a la combinación de las tendencias gobernadas únicamente por el principio del placer.

Sin embargo la contradicción desaparece si nos liberamos de una concepción ingenua del principio de realidad y observarmos que, si bien la realidad precede al pensamiento, adquiere diferentes formas de acuerdo a las relaciones que el sujeto mantiene con ella (Freud no lo ignoraba, pero sus afirmaciones al respecto no son siempre claras).
La experiencia analítica, otorga, para nosotros, una fuerza peculiar a esta verdad, despojándola de todo rastro de idealismo, ya que nos permite especificar, concretamente, relaciones de tipo oral, anal y genital, que el sujeto establece con el mundo exterior en el nivel libidinal.

Me referiré aquí a una formulación lingüística del sujeto que no tiene nada que ver con los modos vitales, o románticamente intuitivos, de contacto con la realidad, esas interacciones con el medio que estarían determinadas por cada uno de los orificios del cuerpo. Toda la teoría psicoanalítica de las tendencias instintivas depende de esa concepción.


¿Qué relación mantiene el "sujeto libidinal" –cuyas relaciones con la realidad aparecen bajo forma de una oposición entre un Innenwelt y un Unwelt (1)- con el yo? Para descubrirlo debemos partir de un hecho bastante olvidado a menudo: la comunicación verbal es el instrumento del psicoanálisis. Freud no lo olvidaba cuando insistía diciendo que el material reprimido -recuerdos e ideas que por definición retornan de la represión- debían haber existido, en el momento en que tuvieron lugar los acontecimientos, bajo una forma que por lo menos presenta la posibilidad de ser verbalizada. El reconocimiento, que se torna cada vez mas claro, de la función supraindividual del lenguaje, nos permite distinguir la presencia ­en la rea lidad de productos actualizados por el lenguaje. El lenguaje –para decirlo así‑ posee una especie de efecto retrospectivo en la determinación de lo que en última instancia se considerará real. Una vez comprendido esto, veremos desmoronarse algunas de las críticas surgidas contra las legítimas incursiones de Melanie Klein en las áreas pre‑verbales del inconsciente.
La estructura del lenguaje es clave para entender la función del yo. El yo puede ser sujeto del verbo, o bien puede calificarlo. Existen dos tipos de lenguajes: en un caso se dice “Yo castigo a un perro", mientras que en otro se dice "El perro es castigado por mí". Pero debe señalarse que la persona que habla, aparezca en la sentencia como sujeto del verbo o calificándolo, se afirma en ambos casos como objeto comprometido en una relación de algún tipo, relación de sentimiento o acción.
¿Nos proporcionarán estas descripciones del yo una imagen de la relación del sujeto con la realidad? Aquí, como en otros casos, la experiencia psicoanalítica fundamenta asombrosamente las especulaciones de los filósofos, en tanto estos caracterizaron la relación existencial expresada en el lenguaje como relación de negación.
Los psicoanalistas hemos aprendido a estar seguros que cuando alguien dice "no es así" es porque "es así". Que cuando una persona dice: "No quiero decirlo", es porque quiere decirlo. Sabemos también cómo reconocer la hostilidad escondida detrás de las declaraciones más altruistas, la corriente oculta de los sentimientos homosexuales en los celos, la tensión del deseo encubierto en el horror al incesto. Hemos observado también que la indiferencia manifiesta puede enmascarar un intenso interés latente. Aunque en el tratamiento no tenemos que chocar con la furiosa hostilidad que provocan estas interpretaciones, no estamos menos convencidos de que nuestras investigaciones justifican el epigrama del filósofo que dijo que la palabra le fue dada al hombre para que ocultara sus pensamientos. Consideramos que la función esencial del yo está emparentada a esta negativa sistemática a reconocer la realidad a la que se refieren los psicoanalistas franceses cuando se ocupan de la psicosis.
Sin duda, toda manifestación del yo está compuesta por partes iguales de buenas intenciones y de mala fe, y la habitual protesta idealista contra el caos del mundo sólo delata, de modo invertido, la forma que aquél que desempeña un papel en ese caos se las ingenia para vivir. Ilusión que precisamente Hegel puso de manifiesto llamándola Ley del Corazón, y que aclara sin duda el pro­blema del revolucionario de hoy, que no reconoce sus ideales en los resultados de sus actos. Esta verdad se hace evidente en el hombre que, habiendo llegado al comienzo de la madurez, y después de haber visto desmentidas tantas profesiones de fe, comienza a pensar que ha participado como espectador de un ensayo de Juicio Final.
*
En trabajos anteriores he demostrado que la paranoia (2) sólo puede comprenderse en términos parecidos; demostré en una monografía como, en el caso estudiado, los perseguidores eran idénticos a la imagen del Ideal del Yo.

Sin embargo, inversamente, al estudiar el “conocimiento paranoico” tuve que considerar el mecanismo de alienación del yo como una de las condiciones que preceden al conocimiento humano. De hecho, los celos primordiales determinan el período en el que se establece la relación triangular entre el yo, el objeto y “algún otro”. Descubrimos entonces el contraste entre el objeto del conocimiento humano y el objeto de la necesidad animal, éste último aprisionado en el campo de fuerzas del deseo.


El objeto del deseo del hombre ‑y no somos los primeros en reconocerlo‑ es esencialmente un objeto deseado por otro. El­ efecto producido por este intermediario permite que un objeto pueda convertirse en equivalente de otro objeto, y posibilitar por lo mismo el intercambio y la comparación entre los objetos. Proceso que si tiende a disminuir la significación específica de cualquier objeto individual, destaca al mismo tiempo la existencia de objetos innumerables.
Este proceso nos lleva a considerar a nuestros obje­tos como "yoes" identificables munidos de unidad, permanencia y substancialidad, lo que implica un elemento de inercia. El reconocimiento de los objetos y del yo debe ser sometido entonces a una constante revisión en un proceso dialéctico sin fin.
El diálogo socrático contenía, de modo implícito, este proceso, ya se tratara de la ciencia, de la política o del amor. Sócrates enseñó a los amos de Atenas a llegar a ser lo que debían por el desarrollo de la conciencia del mundo y de sí mismos pero mediante "formas" constantemente redefinidas. El único obstáculo que encontró fue la atracción ejercida por el placer.
Nosotros, que nos ocupamos del hombre actual, es decir, de un hombre que tiene perturbada su conciencia, no podemos ignorar esta inercia en el yo. Para nosotros ella constituye la resistencia al proceso dialéctico del análisis. El paciente se encuentra hechizado por su yo, ello en la exacta medida que esta fascinación es la causa de toda su zozobra, y que revela por lo mismo su absurda función. Fue este hecho precisamente que nos llevó a desarrollar una técnica que reemplaza las secuencias del Diálogo por los extraños rodeos de la asociación libre.
¿Pero cuál es entonces la función de esta resistencia que nos obliga adoptar tantas precauciones técnicas? ¿Cuál es el sentido de esa agresividad siempre dispuesta a descargarse cuando la estabilidad del sistema delirante paranoico resulta amenazada? ¿No se tratará de un solo y único problema?
Cuando intentamos contestar estos interrogantes e incursionar más profundamente en la teoría, sabemos que una compren­sión más clara de nuestra actividad terapéutica nos permitirá llevarla a cabo con mayor eficacia. Del mismo modo, delimitando nuestro papel de analistas en un contexto definido dentro de la historia de la humanidad, podremos deslindar con mayor precisión el alcance de las leyes que descubramos.
La teoría en la que pensamos es una teoría genética del yo. Tal teoría debe considerarse psicoanalítica en la medida que trata de la relación del sujeto con su cuerpo propio en términos de identificaciones con una imago a saber, en términos de la relación psíquica par excellence. De hecho, el concepto de esa relación, construido a partir de nuestro trabajo analítico, es el punto de partida de una genuina psicología científica.
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Nos ocuparemos ahora de la imagen corporal. Si el síntoma histérico es un modo simbólico de expresar un conflicto entre fuerzas diferentes, lo que nos sorprende es el efecto extraordinario de esta "expresión simbólica" cuando produce una anestesia segmental o una parálisis muscular que no pueden explicarse en relación a ninguno de los agrupamientos conocidos de nervios o músculos sensoriales. Calificar a estos síntomas de funcionales no es otra cosa que confesar nuestra ignorancia, pues ellos siguen la pauta de una cierta Anatomía Imaginaria de forma típicas y propias. En otras palabras, el asombroso acatamiento somático, signo manifiesto de esa anatomía imaginaria, sólo se muestra dentro de ciertos límites definidos. Quiero destacar que la anatomía imaginaria a la que nos referimos, varía según las ideas (claras o confusas) acerca de las funciones corporales que prevalecen en una cultura dada. Todo sucede como si la imagen corporal tuviera una existencia autónoma y propia –por autónoma quiero decir independiente de la estructura objetiva. Todos los fenómenos a los que nos referimos parecen manifestar las leyes de la gestalt; lo evidencia el hecho de que el pene ocupa una posición dominante en la conformación de la imagen corporal. Este predominio es un hecho –aunque moleste a los defensores declarados de la autonomía de la sexualidad femenina-, que no puede atribuirse exclusivamente a las influencias culturales.
Esa imagen es, además, selectivamente vulnerable a lo largo de sus líneas de clivaje. Las fantasías que revelan el clivaje merecen a agruparse bajo el rótulo de "imagen del cuerpo despedazado" (corps morcelé), de uso corriente entre los psicoanalistas franceses. El cuerpo de la madre puede aparecer como una estructura en mosaico, semejante a un vitraux. Más a menudo se acerca a un rompecabezas, las partes separadas del cuerpo de un hombre o un animal y distribuidas desordenadamente. Más significativas son aún las imágenes incongruentes donde los miembros desarticulados quedan ordenados como extraños trofeos; troncos cortados en rodajas, rellenados con materiales disímiles, raros apéndices en posiciones excéntricas, duplicaciones del pene, imágenes de la cloaca representada como una ablación quirúrgica y en los pacientes masculinos acompañadas por fantasías de embarazo. Este tipo de imágenes parece mantener una afinidad especial con cualquier anomalía congénita. Uno de mis pacientes, cuyo desarrollo del yo se había visto obstruido por una parálisis de nacimiento del plexo braquial del brazo izquierdo, soñó que el recto aparecía en el tórax, ocupando el lugar de los vasos subclaviculares izquierdos. (Su análisis lo había decidido a estudiar medicina).
Me llamó la atención, en primer lugar, la etapa del análisis en que estas imágenes aparecen. Siempre están relacionadas con la elucidación de los problemas más tempranos del yo del paciente y con la revelación de preocupaciones hipocondríacas latentes. Muy a menudo ellas se encuentran encubiertas completamente por las formaciones neuróticas que las compensan en el curso del desarrollo. Su aparición anuncia una etapa particular y muy arcaica de la transferencia, y el valor que le atribuimos, cuando la identificábamos, se vio siempre confirmado por el simultáneo y marcado descenso de las más profundas resistencias del paciente.
Aunque acentuamos estos detalles fenomenológicos, no ignoramos la importancia del trabajo de Schilder (3) sobre la función de la imagen corporal, ni sus notables descripciones del grado en que ella determina el espacio.

La comprensión del fenómeno llamado del "miembro fantasma" está lejos de haber sido agotada. Me parece de especial importancia que esas experiencias estén esencialmente relacionadas con la persistencia de un dolor que ya no puede explicarse a partir de una excitación local. Todo parece indicar que en la relación con un objeto narcisista -tal la falta de un miembro‑ debe poder captarse la fugaz manifestación de la relación de un hombre con su imagen corporal.

Los efectos de la leucotomía frontal sobre el dolor ‑hasta entonces imposible de reducir‑ de algunas formas de cáncer, la extraña persistencia del dolor con la remoción, en tales condiciones, de la angustia subjetiva, permiten sospechar que la corteza cerebral funciona como un espejo, y que en dicho lugar las imagos se integran en la relación libidinal indicada en la teoría del narcisismo.
Todo parece claro hasta ahora. No nos hemos ocupado sin embargo de la naturaleza de la imago misma. Los hechos permiten, de cualquier manera, otorgarle un poder formativo para el organismo. Los psicoanalistas hemos reintroducido una idea descartada por la ciencia experimental: la idea de la Morphé (4), según Aristóteles. En la medida que conciernen a la historia del individuo en la esfera de sus relaciones, solo podemos capturar imágenes exteriorizadas; surge entonces el problema –platónico- de reconocerles un significado.
*
Procediendo de acuerdo a una marcha legítima, los biólogos deberán seguirnos en este dominio. El concepto de identificación empíricamente elaborado por el psicoanálisis se revelará enton­ces como clave de la comprensión de los hechos recolectados por la biología.

Es divertido observar las dificultades que surgen cuando hay que explicar datos como los reunidos por Harrison en las Actas de la Royal Socity (1939). Mostraban que la maduración sexual de la paloma hembra depende de la posibilidad de ver a un miembro de su propia especie, macho o hembra; ello hasta el punto que la maduración del pájaro puede verse postergada indefinidamente si falta esa percepción visual del individuo de la misma especie. Pero bastaba que el animal se viera reflejado en un espejo para hacerlo madurar casi tan rápidamente como en el caso de ver a una paloma real.


También hemos subrayado la significación de los hechos descriptos en 1941 por Chauvin, en el Bulletin de la Societé entomologique de France, acerca de la langosta migratoria, Schistocer­ca, vulgarmente llamada saltamontes. El insecto está sujeto a dos t­ipos de desarrollo, que determinan tipos de comportamiento, como la historia que resulta, totalmente diferentes. Existe un tipo solita­rio y un tipo gregario de estas langostas; el último constituye esas congregaciones que se llaman "nubes". Si el insecto seguirá uno u otro tipo de desarrollo, no queda decidido hasta el segundo o terce­ro de los períodos larvales (los intervalos entre muda y muda). La única condición necesaria y suficiente, es que el insecto perciba algo cuya forma y movimiento se asemeje a los de un miembro de una de las especies cercanas. Si la mera visión de un individuo de la especie Locusta, muy cercana a la suya (si bien no‑gregaria) llena la condición, la visión de algo que asocie con el Gryllus (grillo) carece de toda eficacia. (Todo esto no podría haber sido establecido, por supuesto, fuera de una serie de experimentos de control, positivos y negativos, que excluyeran la influencia de los aparatos olfativos y auditivos, etc., lo mismo que el misterioso órgano descubierto por Brunner von Wattenwyll en las patas traseras).
La existencia de dos tipos de desarrollo completamente diferentes en relación al tamaño, el color y la forma, y en el fenotipo, es decir, con respecto a características instintivas tales como la voracidad, se ven completamente determinados por este fenómeno del Reconocimiento. Chauvin, quien tiene que admitir la autenticidad del hecho, sólo lo hace de mala gana, manifestando esa timidez intelectual que entre los experimentalistas se considera garantía de objetividad.

Esta timidez encuentra su ejemplo médico en la creencia de que un dato, un mero, dato, vale más que cualquier teoría; se fortalece gracias al sentimiento de inferioridad de los médicos cuando comparan sus propios métodos con los de las ciencias más exactas.


Nosotros creemos que las teorías nuevas preparan al campo de los nuevos descubrimientos científicos; no sólo permiten conocer mejor los hechos sino que, y en primer lugar, hacen posible su observación. Resulta entonces menos probable que los hechos puedan quedar encarpetados después de haber sido forzados a entrar en una doctrina establecida.
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Numerosos hechos semejantes atraen la atención de los biólogos, pero la revolución intelectual que exigiría una comprensión más plena esta aún por llegar. Estos datos biológicos eran todavía desconocidos cuando hablé en el congreso de Marienbad de 1936 del "Estadio del espejo", caracterizándolo como fase del desarrollo del niño.

He vuelto a considerar el tema hace dos años en el Congreso de Zurich. En las Actas del Congreso solo apareció un resumen de mi exposición (en traducción inglesa). El texto completo fue publicado por la Revue‑Francaise de Psychanalyse (5).


La teoría ‑que sometí hace bastante tiempo a la consideración de los psicólogos franceses‑ se refiere a un fenómeno al que atribuyo doble valor. En primer lugar, valor histórico, en tanto marca una coyuntura decisiva del desarrollo infantil. En segundo lu­gar, tipifica una relación libidinal esencial con la imagen corporal. Estas dos razones ejemplifican claramente la entrada del individuo en una etapa donde puede observarse la más temprana formación del yo.

Simplemente se trata de observar el interés y el júbilo que manifiesta un niño de poco más de ocho meses ante la visión de su propia imagen en el espejo. Ese interés se manifiesta en los juegos con que el chico se envuelve en un éxtasis interminable, mientras observa que los movimientos en el espejo corresponden a sus propios movimientos. El juego queda ampliado por las tentativas de exploración de las cosas vistas en el espejo y de los objetos más cercanos que reflejan.

El juego imaginario manifestado por semejante juego deliberado con un elemento ilusorio, está preñado de significación para el filósofo, en especial porque la actitud del niño es la inversa de la actitud animal. El chimpancé, particularmente, es bastante capaz, a la misma edad, de detectar la ilusión; se lo ve tratando de comprobar su realidad, y utilizar métodos oblicuos que reflejan una inteligencia, en el nivel del desempeño, por lo menos igual, si no superior, al niño de la misma edad. Pero cuando se encuentra varias veces decepcionado por su tentativa de asir algo que no está allí, el animal pierde todo interés en la experiencia. No se podría concluir de ello que el animal es ‑de los dos‑ el mejor adaptado a la realidad.


Debemos observar que la imagen aparece invertida en el espejo; en ello debemos saber ver al menos una representación metafórica de la realidad estructural que ‑lo hemos demostrado‑ constituye la realidad psíquica del individuo en el yo. Metáforas aparte, esas inversiones especulares concretas se hallan a menudo en la fan­tasía del doble (Otto Rank señaló el peso del fenómeno en el suic­idio). Siempre encontramos además el mismo tipo de inversión ‑si las buscamos‑ en aquellas imágenes del sueño que representan al yo del paciente en su papel característico; a saber, como dominado por el conflicto narcisista. Hasta el punto que esta interpretación exige como previo requisito no dejar de tener en cuenta esa inversión especular.
Otras características, nos permitirán comprender más profundamente la relación entre esta imagen y la formación del yo. Deberíamos situar ante todo la imagen invertida en el contexto de la evolución de las formas sucesivas de la propia imagen corporal, tratando de buscar una correlación del desarrollo del organismo y el establecimiento de sus relaciones con el Socius, con esas imágenes cuyas conexiones dialécticas aparecen claramente durante el tratamiento.
Lo fundamental es lo siguiente. El comportamiento del niño frente al espejo resulta más inmediatamente comprensible que sus reacciones en esos juegos donde parece destetarse del objeto, y cuyo significado, en un raptus de su genio, Freud describió en Más allá del principio del placer. El comportamiento del niño frente al espejo resulta tan atractivo –aun para el observador menos entrenado‑ que es imposible dejarlo de lado. Resulta impresionante observar este comportamiento en un bebé que todavía hay que tener en brazos, o en un niño, que se prende ‑para sostenerse en posición vertical‑ de uno de esos aparatos donde se enseñó a uno a caminar sin sufrir serias caídas. El júbilo del niño señala ese imaginario triunfo por donde se anticipa a un grado de coordinación muscular que aún no ha alcanzado realmente.
No hay que olvidar tampoco el valor afectivo alcanzado por la gestalt de la visión de conjunto de la imagen corporal, teniendo en cuenta que aparece sobre un fondo de perturbaciones y discordancias orgánicas; todo indica por tanto que es allí donde hay que buscar los orígenes de la imagen del "cuerpo despedazado" (corps morcelé).
*
La fisiología nos proporciona una guía. Se puede considerar que el animal humano ha nacido prematuramente. Una prueba suficiente para el histólogo lo constituye el hecho de que en el naci­miento el sistema piramidal no se halla suficientemente mielinizado. El neurólogo, detecta al revés toda una serie de reacciones y reflejos posturales. En la "fetalización" (para usar la palabra acuñada por Bolk) del sistema nervioso humano, la embriología encuentra la causa de la superioridad humana sobre los animales ‑ductibilidad cefálica y expansión del prosencéfalo.

La carencia de coordinación motora y sensorial no impide al recién nacido fascinarse ante el rostro humano; y ello casi tan pronto como abre los ojos a la luz. Tampoco le impide manifestar muy claramente que es capaz de individualizar a la madre entre las otras personas que lo rodean.

La estabilidad de la postura erecta, el prestigio de la estatura, la impresión de grandiosidad producida por las estatutas, todo ello deja una impronta sobre la identificación donde se halla el origen del yo.
Ana Freud ha enumerado, definido y analizado de una vez para siempre los mecanismos por los cuales se forman los mecanismos del yo en la psiquis. Es notable que sean estos mismos mecanismos los que determinan los mecanismos de los síntomas obsesivos. La constante es un elemento de aislamiento y el énfasis puesto en la hazaña; en consecuencia siempre es posible encontrar sueños donde el yo del que sueña aparece representado como un espacio cerrado, un estadio consagrado a la competencia por el prestigio.
Podemos observar así al yo en su resistencia esencial contra lo que hay de fugaz en todo proceso de transformación (Becoming), contra las variaciones del deseo. Ilusión de unidad en la que un ser humano busca el autodominio y que bordea siempre un constante peligro; deslizarse nuevamente hacia el caos del que partió. Ilusión que pende sobre el abismo de una vertiginosa aquiescencia en la que quizá pueda verse la esencia misma de la angustia.

Esto no es todo. La brecha que separa al hombre de naturaleza determina su falta de relación con ella, al mismo tiempo que construye su coraza narcista, una caparazón nacarada sobre la cual aparece pintado el mundo del que se ve separado para siempre. Al mismo tiempo esta estructura constituye la visión donde su propio medio (es decir, la sociedad de sus congéneres) está incrustada en él.


Los excelentes relatos de casos infantiles proporcionados por los observadores de la Escuela de Chicago permiten el papel jugado por la imagen del cuerpo según las distintas maneras en que los niños se identifican con el socius. Se los ve asumir la actitud del amo o del esclavo, del actor y el espectador. Fenómeno normal que merecería ser nombrado con una palabra utilizada por los psicólogos franceses en el análisis de la paranoia: "transitivismo". En este transitivismo el ataque aparece igualado al contraataque. En la medida que su propio yo se halla completamente alienado de sí mismo en la otra persona, el sujeto permanece en ese estado de ambigüedad que precede a la verdad.­

Para que estos juegos formativos logren todos sus efectos, el intervalo de edad entre los niños no debe sobrepasar cierto umbral: solo el psicoanálisis puede determinar el intervalo óptimo. El intervalo que facilitaría la identificación, puede desde luego producir los peores resultados en las fases críticas de integración de los instintos.


Quizá no se ha subrayado suficientemente que la génesis de la homosexualidad en un cuerpo puede estar relacionada muchas veces con la imago de una hermana mayor; ocurre entonces como si el niño quedara absorbido por el desarrollo superior de la hermana. El efecto será proporcional a la extensión de tiempo durante el cual el intervalo rompe el equilibrio óptimo.

Estas situaciones se resuelven normalmente por una especie de conflicto paranoico en cuyo curso, como lo hemos demostrado, el yo se construye por oposición. Sin embargo, al entrar en la identificación narcisista, la libido nos revela aquí su significado. Su dimensión característica es la agresividad.

No debemos permitir de ningún modo que las semejanzas verbales nos lleven a pensar equivocadamente; ello ocurre a menudo con la palabra agresividad, cuando no denota más que la capacidad de agresión.

Pero si nos volvemos a las funciones concretas denotadas por estas palabras, descubrimos que "agresividad" y "agresión" son términos complementarios y no términos mutuamente inclusivos, y que como "adaptabilidad" y "adaptación" pueden representar dos contrarios.



La agresividad implícita en la relación fundamental del yo con las demás personas no se basa, indudablemente, en la simple relación subyacente a la fórmula "el pez grande se come al pez chico", sino en la tensión intrapsíquica que percibimos en la advertencia del asceta: "un golpe a tu enemigo es un golpe a tí mismo".
Esto es cierto para todas las formas del proceso de negación cuyos mecanismos Freud analizó tan brillantemente. Así, la naturaleza homosexual del "Yo lo amo" se revela en "El me ama. Yo lo odio. No es a él a quien amo". La tensión libidinal, que encadena al sujeto a la constante búsqueda de una unidad ilusoria –la que siempre lo aleja de sí mismo-, se relaciona seguramente con esa agonía de la derelicción que constituye el destino particular de cada hombre. Se ve por qué Freud debió adoptar un concepto divergente del instinto de muerte.
El daño perdurable provocado por esta líbido negativa puede ser leído en el rostro desgarrado de un niño atormentado por los celos. En tal desgarramiento San Agustín reconoció al pecado original. "He visto con mis ojos y conocí a un niño pequeño presa de los celos. No hablaba aún, pero ya contemplaba, pálido y con mirada envenenada, a su hermano de leche" (...nondum loquebatur, et intuebatur pallidus amaro aspectu conlactaneun suum).

Más aún, todo el desarrollo de la conciencia conduce únicamente al redescubrimiento de la antinomia señalada por Hegel en el punto de partida del yo. Como afirma la conocida doctrina de He­gel, el conflicto que nace‑de la coexistencia de dos conciencias, sólo puede resolverse por la destrucción de una de ellas.

Nuestra experiencia de ese sufrimiento que el análisis es capaz de aligerar, nos conduce, después de todo, al dominio de la metafísica.
*
Debemos sentirnos estimulados por estas reflexiones sobre las funciones del yo, e intentar examinar nuevamente ciertas nociones que a veces aceptamos acríticamente. Por ejemplo, la noción de que poseer un yo fuerte resulta psicológicamente ventajoso.

De hecho las neurosis clásicas parecen no ser mas que subproductos de un yo fuerte. Las difíciles pruebas de la guerra nos han demostrado que, después de todo, los verdaderos neuróticos son quienes poseen las mejores defensas. Obviamente, las neurosis que suponen fracasos no quedan excluídas, lo mismo que los problemas de carácter y el autocastigo; al mismo tiempo que aumentan, ocupan un lu­gar entre las tremendas incursiones del yo sobre el todo de la personalidad.


Por supuesto, un proceso natural de auto‑adaptación no podría constituir por sí solo ninguna eventual superación de este drama. El concepto de auto-sacrificio, al que la escuela francesa se ha referido con el término oblatividad, y que indicaría una salida psíquica normal, nos parece una simplificación infantil.

En la práctica diaria podemos cotejar los resultados desastrosos de los matrimonios basados en semejante auto‑sacrificios: compromisos tomados de acuerdo a la ilusión narcisista que corrompe todo intento de asumir alguna responsabilidad por la persona del otro.

Sería necesario aquí considerar el problema de nues­tra propia evolución histórica, la responsable tal vez de los impases psicológicos del yo del hombre contemporáneo como del deterioro progresivo de la relación entre hombres y mujeres.
No quisiéramos complicar la discusión alejándonos mu­cho de nuestro tema principal. Nos limitaremos a mencionar la ense­ñanza de la antropología comparada sobre las funciones que en otras culturas cumplen las llamadas "técnicas corporales" (estudiadas detenidamente por Marcel Mauss). Estas técnicas corporales se encuentran en todas partes. Sostienen los estados de trance del individuo y las ceremonias grupales, se las encuentra actuando en las mascaradas ri­tuales y en las ordalías de iniciación. Esos ritos nos parecen ahora misteriosos. Asombra que manifestaciones, que podrían ser considera­das patológicas entre nosotros, cumplan en otras sociedades funciones favorables a la estabilidad mental. Habría que deducir tal vez que esas técnicas ayudan al individuo a atravesar ciertas fases críticas del desarrollo, las mismas que constituyen verdaderos obstáculos para nuestros pacientes.
El complejo de Edipo la piedra angular del análisis -y que desempeña un papel tan esencial en el desarrollo psicosexual- representa posiblemente en nuestra cultura la reliquia y el vestigio de relaciones que aseguraban a comunidades más primitivas la­ interdependencia mutua y psicológica que otorgaba felicidad a sus miembros.

La influencia formativa que aprendimos a detectar en las primeras tentativas de someter, a alguna forma de control, los orificios del cuerpo, nos permitiría aplicar el mismo criterio al estudio de las sociedades primitivas. Sin embargo, el hecho de que en estas sociedades no es posible encontrar casi ninguno de los desórdenes que nos llevaron a estudiar el aprendizaje temprano, debería impedirnos aceptar sin cautela conceptos como el de "estructura de la personalidad básica" (Kardiner).


Las enfermedades que tratamos de curar, lo mismo que las funciones cada vez mas difíciles que debemos llenar, parecen im­plicar el surgimiento de un nuevo tipo de hombre: el Homo psicologicus, el producto de nuestra era industrial. La relación entre este Homo psicologicus y las máquinas que utiliza, resulta bastante asom­brosa; especialmente para el caso del automóvil. La impresión es que su relación con esta máquina se ha hecho tan íntima que ambos, hom­bre y automóvil, se han realmente unido. Los desperfectos y fallas mecánicas del automóvil aparecen a menudo paralelamente a los síntomas neuróticos de su dueño. La significación emocional de las primeras para las segundas proviene tal vez del hecho de que el automóvil exterioriza la caparazón protectora del yo y el fracaso de la virilidad.
La relación entre el hombre y la máquina llegará a ser regulada por medios psicológicos y psicotécnicos, necesidad que se tornará cada vez más urgente con el desarrollo social.

Si contrastando con estos procedimientos psicotécnicos el diálogo psicoanalítico intenta reestablecer una relación humana, ¿la forma de este diálogo no está determinada acaso por un impase, a saber, por la resistencia del yo? Desde luego, ¿no es el diálogo psicoanalítico, acaso, un diálogo del cual sabemos que admite, por su técnica, liberar, al paciente de las cadenas de su ignorancia otorgándole una palabra plena?



Notas:
(1) Distinción establecida por el biólogo alemán von Üexull. Innenwelt: mundo interior. Unwelt: mundo circundante.

(2) J. Lacan, "De la psicosis paranoica en sus relaciones con la realidad". "Motivos del crimen paranoico: el crimen de las hermanas Papin". "El problema del estilo y la concepción psiquiátrica de las formas paranoicas de la experiencia". Editorial Siglo XXI, México, 1976.

(3) Paul Schilder, "Imagen y apariencia del cuerpo humano". Editorial Paidós, Buenos Aires, Argentina, 1977.

(4) Morphé: forma, en griego.

(5) J. Lacan, Escritos I, "El estadio del espejo como formador de la función del yo (je) tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica". Editorial Siglo Xxi, Buenos Aires, Argentina, 1976.
***
Redactado en inglés y publicado bajo título de "Some reflec­tions on the Ego", International Journal of Psicoanálisis, 1953, pp 11‑17. El órgano internacional acusa recibo del manuscrito de Lacan el 2 de mayo de 1951

Traducción: Eduardo Masullo.

Selección, destacados y notas: S.R.

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