Alfredo moffatt



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LOS HOSPICIOSS

ALFREDO MOFFATT

Capítulo 1 del libro PSICOTERAPIA DEL OPRIMIDO (Primera edición, 1974)
Nota de 2005: Si bien hoy, treinta y un años después, algo ha mejorado, la siguiente descripción sigue vigente en muchos hospicios de Argentina y de Latinoamérica.

ESTRUCTURA E IDEOLOGÍA MANICOMIAL
La primera observación que podemos hacer, acerca de la vida en los hospicios, es su enorme y brutal empobrecimiento. En todos los niveles se producen amputaciones, no existe ningún tipo de tarea, el paciente no posee nada sentido como propio, ni siquiera su propia ropa, es un mundo uni-sexual, las salas con las camas en largas hileras no permiten la reconstrucción de grupos primarios. Pero, fundamentalmente, la amputación más dolorosa es la de la dignidad personal, en lo más íntimo del yo el internado se siente descalificado, y cosificado. Cualquier mensaje emitido es re-interpretado por el personal del hospital como ”cosa de loco”, lo cual deteriora el sentimiento de autonomía, de auto-respeto.

Esto conduce a que la forma adaptativa más común sea el aceptar esta propuesta del medio manicomial y comenzara comportarse ”como un loco”, es decir, a cumplir las expectativas de la institución. Debemos agregar que no todas las conductas locas están permitidas, sino sólo aquellas de ”loco adaptado”, obediente y respetuoso de enfermeros, diagnósticos y reglas de vida.

El aburrimiento y el sentimiento de soledad y abandono dan una vida sin proyecto de futuro, pues no es dueño de su porvenir quien no es dueño de sí. Creo que aquí es necesario comenzar a aclarar un estereotipo, un prejuicio colectivo de nuestra sociedad respecto a los hospicios, los manicomios: la idea compartida es que adentro están los que ”perdieron la razón” y se encuentran en otro mundo mental, una especie de pesadilla continua que va desde un nirvana placentero a un terror de pesadilla.

Pero cuando se entra al hospicio con la expectativa de ver un mundo terrorífico o seductor se sufre una desilusión; la sensación es de estar en una especie de pueblo de linyeras, de gente muy pobre, muy desesperanzada, aislada entre sí, pero de gente que contesta razonablemente a una pregunta, que pide fuego o un cigarrillo, que prepara su matecito y no encontramos al delirante (o por lo menos hay que buscarlo bastante) declamando un discurso, ni tampoco nadie intenta atacarnos. Nos damos cuenta de que la imagen del gorro de Napoleón o del loco furioso con un cuchillo en la mano es la proyección y del temor de la locura de la sociedad de afuera que, además, es la que ”inventó” este ”sistema” de curación.

Con esto no queremos decir que la locura no existe; si existe y, a veces, supera lo imaginable. Pero en general se produce, luego del brote psicótico, una especie de re-adaptación al mundo convencional. Sólo que ya es tarde para salir tan rápidamente como se entró, pues a la persona ”le cortaron los víveres” desde afuera, perdió el trabajo, lo cual es a veces definitivo en un país con un millón y medio de desocupados. Lo eliminaron mentalmente del grupo familiar y se desconectó de sus amigos, además de tener la marca-estigma del diagnóstico, como si fuera un gran sello en la espalda: ”esquizofrénico”. El hospicio es como un pozo profundo en el que se entra rápido pero del que es difícil salir, pues sus paredes son resbalosas, como en la incomprensión o el abandono : ”no hay de dónde agarrarse”.

Continuando con lo anterior, diremos que todo esto viene al caso para explicar la distancia entre la fantasía proyectada de la propia locura de la comunidad y la realidad concreta y humana del hospicio. Evidentemente, para una comunidad de ”sanos” es muy cómodo tener un ”tacho de basura psicológico” dónde proyectar las partes locas y sentirse más sanos todos; pero esta solución para resolver las ansiedades psicóticas es muy injusta, pues condena al papel de locos a una parte de su sociedad y, además, no es del todo eficiente pues la locura que se coloca imaginariamente en un hospicio no desaparece de la sociedad y, al negarla, se evita enfrentarla y, tal vez, elaborarla o convertirla en energía creadora.

De todos modos, existe algo espantoso, terrible, loco, en los manicomios, pero en general está mal imaginado su lugar: no es en la mente del paciente sino en las condiciones infrahumanas a que es sometido un ser humano por la institución manicomial por el sólo delito de haber, en algún momento, tenido ideas extrañas y no comprensibles. Especialmente en los hospicios de mujeres (en Buenos Aires, el hospital Moyano, Ex-Neuropsiquiátrico de Mujeres, y el hospital Esteves de Lomas de Zamora) las condiciones de degradación son tales que puede hablarse de locura, pero no del paciente sino de la institución. Los ilamados ”patios de día” son verdaderas ”perreras” donde las mujeres pasan sus vidas tiradas en el suelo o dando eternas vueltas en un espacio totalmente cerrado y donde en 1O metros por 15 metros se colocan cien pacientes durante cinco, diez, veinte o más años. Yo he estado muchas veces en esos patios y he conversado con esas señoras que hubieran podido, luego de una rehabilitación, vivir en condiciones normales y hasta trabajar y, posiblemente, la indignación que he sentido me ha llevado un poco a toda esta búsqueda y, además, al deseo de compartir con todos la visión dantesca de esas mujeres, algunas jóvenes, que al ser tratada. como animales, al final de años se convierten casi en animales.

Este proceso es conceptualizado por la psiquiatría manicomial con una frase científica: "el irreversible proceso de deterioro del esquizofrénico crónico”... Nosotros hemos probado, a partir de experiencias concretas, que este proceso de deterioro es producto del ”tratamiento” manicomial, pues con estimulación social y afectiva hemos podido recuperar a estas pacientes a un comportamiento normal demostrando, con experiencias científicas concretas, que las predicciones diagnósticas de la psiquiatría adaptativa-represiva no se cumplen. Pues los supuestos teóricos de sus esquemas conceptuales están basados en prejuicios ideológicos y no en comprobaciones reales. Es decir, nosotros sostenemos que gran parte de la psiquiatría manicomial es ideología y no ciencia y es, en síntesis, la caricatura de todo el sistema ideológico adaptativo-represivo, que es utilizado para que un pequeño grupo oprima y explote económicamente a un pueblo.

Además, la ciencia de nuestros profesionales está totalmente inmersa en moldes de colonización cultural europeo-norteamericanos y al administrar la psicoterapia a nuestro pueblo, simultáneamente le están negando sus expresiones culturales, por las cuales él se reconoce y se asume. Esta descalificación cultural vicia la relación terapeuta-paciente y la convierte en ”señor que ordena” a su sirviente que se cure pero no lo rescata en lo que él fue con su pueblo, en sus valores, y en sus mitos, sino que lo cura desde otros valores y pautas, las ”cultas” (colonizadas), y lo ”descabeza culturalmente”, con lo cual lo despersonaliza, lo psicotiza nuevamente, lo castra, lo convierte en un colonizado, en un oprimido.

Por eso la posibilidad de una psicoterapia criolla está en re- interpretar los esquemas de terapia europeo-norteamericanos y enriquecerlos o modificarlos o desecharlos, desde las necesidades, costumbres e historia de nuestro pueblo, para lo cual es necesaria una labor de rescate de esa cultura popular que viene de tierra adentro y de atrás en nuestra historia. Para hacer una frase, diríamos que es necesario realizar el puente o la síntesis de ”Pancho Sierra con Freud”, porque, si no es así, las técnicas ”cultas” nunca van a salir del ”ghetto psicoanalítico” de Buenos Aires.

En última instancia es el eterno dilema de toda nuestra historia que está sintetizada en la antinomia ”Civilización y Barbarie” (cultura europea y cultura criolla), Buenos Aires-Interior y que, actualmente, pasa en gran parte por oligarquía-peronismo.

Luego de estas consideraciones generales vamos a volver sobre la descripción que habíamos comenzado de los hospicios en particular. Iremos analizando el tono emocional que condiciona las características particulares en cada una de las áreas o niveles de anátisis. Primero el nivel de las circunstancias materiales, físicas: el hábitat (el lugar) y los instrumentos (objetos) utilizados, analizando también el nivel corporal. Luego la red y las formas comunicacionales. Por último, consideraremos la modalidad del proceso temporal.


EL HABITAT MANICOMIAL, el lugar físico de los hospicios, el ambiente, tiene como característica básica la de ser un lugar cerrado, aislado del exterior. En el caso de hospitales de mujeres, con patios-corrales de pocos metros cuadrados donde una pequeña puerta lo comunica con ese ”mundo de afuera” al que nunca se accede. Son espacios colectivos, sin posibilidad de que una internada pueda segregarse o establecer algún tipo de espacio- privado donde pueda organizar el espacio del yo, lo que se llama su ”burbuja-personal”; esto es completamente necesario para el mantenimiento de la identidad personal que, en los casos de perturbación mental, está desorganizada.

Esta falta absoluta de privacidad personal está conectada con la actitud controladora-represora de la institución:”al paciente se debe vigilarlo continuamente”, siempre bajo control. Incluso los retretes no tienen puertas, con lo cual, bajo el pretexto de ”control psiquiátrico”, se condicionan manejos exhibicionistas, al tiempo que se destruye el último lugar donde el interno podría sentirse sólo consigo mismo.

La disposición de las camas es siempre en largas hileras con lo que se dificulta la formación de grupos primarios. Todo está colocado para la mejor vigilancia de parte del enfermero, que cumple funciones policiales en lugar de terapéuticas. En todos los casos el hacinamiento, la extrema densidad de población es la característica del hábitat; es un ”hábitat ocupado”. Esto lleva a otra patología del grupo social, que es la necesidad del retraimiento, del autismo comunicacional, como una forma de obtener algún tipo de distancia que, como no puede ser espacial, tiene que ser psicológica. Esto es para evitar, tanto la confusión de identidades como para evitar la superposición de espacios personales en cuanto a las funciones corporales e instrumentales más elementales y, en suma, para evitar conflictos.

Otra característica ambiental de los hospicios es la sensación de que todo está un poco engrasado, semi-sucio; a veces la impresión de lobreguez está producida por la falta de luz y por el amontonamiento de objetos viejos. Fundamentalmente, la impre- sión que produce el hábitat es de abandono: parecería el cadáver de una casa, de un hospital. (Los edificios son algo que, a pesar de ser de ladrillos, pueden dar la sensación de estar vivos, habitados por la vida, o muertos). Lo que completa esta reacción psicológica que se siente en los hospicios son los olores; ese olor inconfundible, mezcla de grasa rancia, y olores corporales, es siempre el mismo por la falta de ventilación.

Para terminar con este análisis del clima psicológico ambiental de los manicomios diremos que, debido a que se debe permanecer las veinticuatro horas del día, es decir, que no hay un afuera de él, todo este ámbito tiene un peso psicológico enorme pues no hay cambio, siempre los mismos recorridos, los mismos detalles; a través de los años se llega a conocer cada rinconcito de esa tumba de vivos. Se termina identificándose tanto con el empobrecido mundo externo que, aplicando Ia teoría de Pichón Riviere sobre la introyección de la ecología externa (mundo circundante), se llega a tener un mundo interno muy empobrecido.

Hecho que, desde el punto de vista de la rehabilitación, va a ser un problema grande para la readaptación al variado mundo de afuera. Nosotros pensamos que no existe ninguna necesidad, en cuanto a técnica psicoterapéutica, de esta ideología carcelaria en la disposición de la arquitectura de los hospitales psiquiátricos; el compartimentar el espacio constituye sólo una medida de comodidad del personal, al cual se le adiestra en una visión prejuiciosa y paranoide respecto de la enfermedad mental. Luego, cuando veamos las redes comunicacionales, veremos que esta política de aislación es la principal causa del autismo (desconexión comunicativa del paclente) del esquizofrénico que es condicionado por quienes estarían encargados de resolverlo y, en este caso, sería más justo hablar del ”autismo de la psiquiatría”.

En el capítulo sexto estudiaremos el concepto de variedad en cuanto a la estimulación del mundo circundante, concepto que constituye uno de los elementos de nuestra propuesta psicoterapéutica, tarea a la cual preferimos llamar ”de reconstrucción del sistema de realidad” pues pensamos que la enfermedad mental es provocada por una severa amputación de la mayoría de las funciones vitales que, vividas en casi todas las áreas en que se organiza el sistema de realidad del paciente, le impiden una re-organización exitosa de su sentimiento de realización, que dé sentido a su destino personal, dentro de la comunidad. Volviendo al caso del brutal y masivo proceso de amputación de todas las funciones personales y sociales a que es sometido el intemado en hospicio, diremos que, en cuanto a una terapia re-adaptativa, lo más importante es aumentar la variedad de su sistema de realidad, es decir, hacer el proceso inverso, ir devolviéndole los estímulos (emotivos, verbales, corporales, instrumentales, espaciales) para extraerlo de la depresión crónica, del empobrecimiento psicológico que le provoca el ”tratamiento” manicomial. Este proceso de empobrecimiento, luego, es observado y estudiado muy detalladamente por la ciencia psiquiátrica y asignado al proceso de desintegración del paciente psicótico y luego es explicado por un oscuro proceso metabólico, el que nunca ha tenido el más mínimo principio de demostración biológica y que está emparentada con las pseudo-científicas teorías de inferioridad genética de negros, o judíos, de las doctrinas racistas.
NIVEL CORPORAL

EI cuerpo es nuestra manera de ”ser-en-el-mundo” y todo destino, en última instancia, para esos 60-80 kilogramos de carne y huesos, es ser el lugar de nuestro self y nuestro primer instrumento y herramienta para modificar el mundo. Y además, lo que es fundamental, gran parte del dolor y del miedo pasa por él. Nuestra cultura abstracta y disociada lo niega, pero el comer, el sexo, las sensaciones dolorosas y placenteras determinan en nosotros, a veces, hasta las ideas más abstractas y, en apariencia, más alejadas e independientes de lo corporal. Las teorías sociales y políticas abstractas usan esta disociación mente-cuerpo para ocultar la desigualdad de las condiciones concretas, corporales, de vida entre el pueblo trabajador y la oligarquía, hablando de abstractos patriotismos y ocultando las condiciones brutales a nivel real y físico, a que es sometido el trabajador, especialmente el de más abajo en la escala social. Nosotros, en los manicomios, hemos visto manipulaciones con el cuerpo de los pacientes que bordean la tortura, comenzando por el electro-shock aplicado en forma masiva (y muchas veces como castigo) hasta los abcesos de fijación (inyección de trementina o de leche en las nalgas que produce un abceso sumamente doloroso). Luego también la retención física, (el chaleco) sin que se pueda hacer ningún movimiento por largas horas. Continuaría con la mala comida, y la imposibilidad de relaciones sexuales (que puede llevar a veces a la homosexualidad como solución). Hemos comenzado por esta lista de circunstancias de agresión corporal, para poder definir lo más íntimo del sentimiento de estar internado en un manicomio, y que es ”tener el cuerpo dentro”, Ia sensación de no tener garantías acerca de su propia seguridad personal. Pues al ser considerado ”loco” ni siquiera uno mismo es testigo de lo que puedan hacer con uno, lo cual conduce a la sensación desesperante de que los demás no consideran que uno existe; y, en consecuencia, uno no existe. Esta es la ”cosificación”, la conversión en ”cosa”, en objeto. Esto, por otra parte, es altamente psicotizante en los hospicios

pues el enfermo mental tiene a veces, dentro del cuadro de su enfermedad, la impresión de su inexistencia.

A lo largo del libro vamos a ver muchos casos en que la manipulación manicomial refuerza (en vez de corregir) esta sensación de inexistencia, de ser cosa en vez de persona.

En cuanto al nivel corporal en un hospicio, la modificación más importante respecto del mundo de afuera es que no se lo instrumenta para trabajar, siendo que en la clase obrera el trabajo corporal es el principal vínculo con la realidad. Porque el del hospicio, simplemente, es un submundo sin tarea, es decir: la única tarea o ”rol” que se le exige es que ”trabaje” de paciente, de ”loco”, respetuoso de su diagnóstico, mostrando sólo las alteraciones que dice la ciencia que él debe tener.

El ocio, cuando es masivo, desorganiza el sentido del ciclo del día, del transcurso de la semana y lleva realmente a tener como única tarea la de estructurar su delirio. El esquema corporal se impregna de esta actitud de eterno deambular, la gente se encorva, adquiere un paso lento, como quien va a ”ningún lado”, se mira sin mirar, pues ya se han mirado los mismos detalles del lugar miles de veces. La sensación que dan los internados es de zombies, de cuerpos sin inserción en la realidad, es decir, sin una tarea que organice la dinámica de su esquema corporal.

Respecto de esta actitud corporal de vencido, de agobiado, que es típica del internado manicomial podemos decir que, además de lo expresado anteriormente, hay algo que es fundamental para condicionar esta pérdida de un mínimo de orgullo corporal y es la vestimenta andrajosa o el uniforme manicomial de tela burda, de color gris y con el número del servicio como todo aporte a una identidad. A veces el mensaje-estigma está directamente sobre el cuerpo y es el caso del paciente rapado, al que se le quita una de las formas de individuación del rostro, en nombre de una higiene que, por otra parte, no aparece por ningún otro lado.

En cuanto a la utilización del cuerpo como vehículo para expresar mensajes, en el hospicio y como consecuencia de que el internado tiene en su propio cuerpo la última propiedad o instrumento que no le puede ser quitado, debe utilizarlo para expresar su relación con el mundo circundante, el tipo de vínculos que establece con los demás, con el lugar y con su destino. Por eso, con el cuerpo y a través de los años el internado va modelando su estrategia de vida, de sobrevivencia (o super- vivencia) en ese ambiente. Esto va desde actitudes y deformaciones corporales que constituyen toda una representación mímica de su tema delirante (en las psicosis graves) hasta la somatización de pequeños trastornos que le dan ventajas secundarias a los enfermos llamados ”lúcidos” (Una gran proporción de pacientes que prácticamente han superado su crisis no puede abandonar el hospital por no contar con algún sistema de ayuda en el período de adaptación laboral y social con el afuera, y estos son los llamados ”enfermos lúcidos”. )

Entre los primeros casos, la representación corporal alcanza una adecuación que estaríamos tentados en llamar ”teatral”. El hombre que se repliega sobre sí mismo, el que se aísla del mundo, el que elige la estrategia del autismo de la esquizofrenia, se pliega en todo sentido y de forma tal que es imposible entender medianamente su mensaje. Pero podemos decir que habla con el cuerpo, además los movimientos recelosos, la mirada de costado y la distancia que siempre conserva el que supone que el mundo es muy peligroso, el especialista en detectar numerosos enemigos, el paranoide, es inconfundible como mensaje corporal. El rostro y el abatimiento del cuerpo, los hombros caídos, la mirada alejada y hacia el suelo del depresivo trasmiten un poco de su enorme tristeza y, por el lado opuesto, el que elige la estrategia de ser un ganador, un triunfador, camina dinámicamente y nos mira desde arriba con desdén. Lo que podemos decir, como conclusión, es que donde se impide expresarse a través del mundo de los objetos, de las cosas que se hacen, de como se las dispone, etc., y también se tiene bloqueada la comunicación verbal, hay que recurrir a otros códigos para trasmitir información al entorno social y este último código, imposible de quitar, es el propio cuerpo, utilizado como mensaje.

Cuando hablemos de nuestras propuestas para rescatar las funciones perdidas por la enfermedad o amputadas por la institución y devolver a la persona a una vida más variada, con más posibilidades para que realice su destino, su proyecto vital, vamos a volver sobre el tema del cuerpo y de cómo, a través del trabajo (tenemos especialmente estudiado el modelo de grupo de albañilería) y de la estimulación placentera (el baile, el deporte, etc.) se puede hacer el camino inverso, sacando al paciente de la representación estereotipada de su estrategia de sobrevivencia (de su enfermedad). Siempre es posible usar la misma regla extraída de la teoría de la comunicación: cuando alguien recibe durante suficiente tiempo información deteriorada (cualquiera sea el canal de expresión) termina emitiendo información deteriorada. Invirtiendo causa y efecto, diremos que: estimulando nuevamente con mensajes coherentes, se logra que el vínculo del paciente con el mundo vuelva a ser coherente. Por supuesto que encontrar el tipo de mensaje inicial (que, seguramente, no será verbal) no es fácil y que, además, el camino debe dividirse en escalones. En general, los primeros mensajes serán utilizando sólo el cuerpo y el contexto global, en donde se irán modificando ciertos elementos, poco a poco, hasta que haya una respuesta positiva. Respecto de la expresión corporal podemos adelantar que, para el terapeuta pequeño-burgués, la interacción con el pueblo trabajador le dará toda una nueva experiencia en cuanto a la riqueza expresiva del cuerpo, especialmente en donde el socializado en clase media tiene más bloqueo y déficit, y que es en el ”cuerpo como vehículo para expresar afecto”. Vaya, como ejemplo, la comparación entre e I efusivo saludo-abrazo deI pueblo con el saludo aséptico de la burguesía que, a través de una frase cortés y un suave y convencional encuentro de manos, más que acercar limita el acercamiento de la otra persona.

En cuanto a satisfacción de necesidades orgánicas, corporales, hay dos temas, la comida y el sexo, que tienen una especial forma de satisfacción; en ambas áreas pierden su función de comunión social e íntima.

La comida consiste en indefinidos guisos, siempre iguales, que llegan en grandes tachos grasientos y sin tapa, al Servicio, donde se reparte al estilo de las cárceles: se le llena el plato de aluminio deformado por los golpes y a veces debe ser comido con cucharas de madera como todo cubierto. En general, cada uno come en su rincón, no existe ninguna de las formas de ritual que afuera nos organiza la ingestión de comida como un momento de comunión social que une al grupo que come junto (ya sea un grupo familiar o de tareas).

La actividad sexual en los hospicios es imposible, a menos que sea de características homosexuales o de auto-realización como la masturbación. Las dos formas tienen déficits; la primera aleja de la relación de complementación hombre-mujer y a nivel psicológico estereotipa los problemas de identificación con las figuras parentales y, en consecuencia, los problemas ”de identidad". La masturbación refuerza el autismo, o sea la incomunicación, pues es un vínculo que se cierra sobre sí mismo. La moral en los hospicios, en cuanto a una posible relación hétero-sexual, es muy severa y se trata de impedir cualquier forma de ”promiscuidad” o ”prostitución” pero, al mismo tiempo, no se da importancia a las relaciones homosexuales. Con esto se demuestra que la política, en cuanto a esta área de satisfacciones biológicas, está basada en una moral monjil y no en criterios de reparación de la identidad y de los vínculos humanos. En experiencias de colonias psiquiátricas de ambos sexos, hombres y mujeres comparten la vida diaria (tal como sucede afuera) y luego duermen en habitaciones separadas, es decir tienen la mesa juntos y las camas separadas. Esto, según estas experiencias, permitió relaciones de parejas maduras que luego, al salir de alta, pudieron completar su vínculo amoroso con la intimidad sexual. Según me contaba el director de una de estas colonias, era notable la capacidad de luchar por su curación que daba el vínculo amoroso a ambos componentes de la pareja. Es decir que el amor es una poderosa y natural ”psicodroga”.




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