Alfredo Moffatt Terapia de crisis


Primer tema LA ESCENA BÁSICA



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Primer tema LA ESCENA BÁSICA


Es la situación dramática, el abandono de la mina, sobre la cual se agregarán las demás líneas narrativas:

Percanta que me amuraste

en lo mejor de mi vida

dejándome el alma herida

y espinas en el corazón…

Mi noche triste - Mocosita - Soledad - Sentimiento Gaucho.

Segundo tema EL VÍNCULO ENVENENADO


El amor se transforma en odio pero el personaje queda encerrado en su rencor y no puede desligarse:

Te odio maldita

te odio como antes te adoré,

quién sos que no puedo salvarme

muñeca maldita, castigo de Dios…

Te odio - Secreto - Chorra - Malevaje - Tengo miedo.

Tercer tema LA ENVIDIA POR EL ASCENSO SOCIAL DE LA MUJER


El único canal de ascenso social, para la mujer era la prostitución en el bulín de algún bacán, y para el hombre, hacerse chorro. Son letras rencorosas y agresivas:

Te conquistaron con plata

y al trote viniste al centro...

¡no te rompo de un tortazo

por no pegarte en la calle!...

Tortazo - Chichipía - Carnaval - ¡Che papusa oí!

Cuarto tema LA MADRE IDEALIZADA


La madre es un personaje santo y protector al que se debe volver después del fracaso:

Madre…


no hay cariño más sublime

ni más santo para mí…



Madre - Madre hay una sola - Madre angelical.
Quinto tema ELABORACION REPARADORA

Son los tangos que tratan el reencuentro donde el odio se transforma en amor:

Volvió una noche, no la esperaba (...)

y aunque el olvido que todo destruye

haya matado mi vieja ilusión

guardo escondida una esperanza humilde

que es toda la fortuna de mi corazón…

Volvió una noche - Mano a mano -Tenemos que abrirnos.
Sexto tema LA PÉRDIDA DEL HABITAT

La vivencia de pérdida es, básicamente, la pérdida de la propia infancia, de modo que el barrio representa la pérdida de una madre profundamente añorada:

Dónde está mi barrio, mi cuna querida

dónde la guarida, refugio de ayer

mi barrio es mi madre que ya no responde…

Puente Alsina – Almagro – Sur – Lejana tierra mía.
Séptimo tema LA PÉRDIDA FINAL

Estos tangos tematizan, ya no la pérdida de la mina, de la madre o del barrio. Es el tema de la vejez prematura del hombre del tango, entre los 30 y los 40 años. Es la pérdida final:

Volver,

con la frente marchita



las nieves del tiempo

platearon mi cien…



Volver - Cuesta abajo - Uno - El ciruja.

Dentro de esta línea temática están los tangos que describen la crisis del año treinta. Es la desilusión masiva:

Cuando estés bien en la vía

sin rumbo, desesperao

Cuando no tengas ni fe

ni yerba de ayer…



Yira -yira – Cambalache - Al mundo le falta un tornillo.
El tango es un folklore que describe toda una época, con gran precisión: los ambientes, el café, el conventillo, los roles sociales como el preso, el inmigrante, la prostituta y los personajes del arrabal, el malevo, el curda, el haragán, el chorro, el cafiolo, el malandra.

Pero el vínculo más incondicional lo tiene, dolorosamente, con su propio canto:

Tango que me hiciste mal y sin embargo te quiero…

Paradigmas en psicoterapia


Los paradigmas son estructuras teóricas que se proponen como modos de ver y organizar la realidad, algo así como una lente a través de la cuál percibimos el mundo.

Los paradigmas fundan su validez en hipótesis basales que son postulados o axiomas que, por ser las primeras suposiciones, son indemostrables, pues una afirmación que se puede justificar con otra anterior, y ésta con otra, genera una sucesión de justificaciones que en algún momento debe llegar a un postulado que no tiene demostración, pero que se acepta como verdadero, para que la serie de justificaciones no se vuelva infinita.

Un ejemplo de estas hipótesis no demostrables es el cero absoluto o cero grado Kelvin (-273 grados centígrados) como la ausencia absoluta de calor, o sea la temperatura a la que cesa el movimiento molecular de la materia.

En física por ejemplo, Einstein decía que el tiempo era una cuarta dimensión y ese era un supuesto básico que contradecía a otras suposiciones anteriores, cuando eran obvias sólo tres dimensiones: alto, largo y ancho, pero Einstein le agregó: cuando (el tiempo), que para él, era una dimensión oculta.

En las llamadas ciencias duras, la física, química, biología y otras, las teorías han cambiado a través de la historia, a veces con hipótesis contrarias, pero también han coexistido simultáneamente explicaciones opuestas.

En cambio las ciencias del hombre como la sociología, psicología, o política, exigían para la formulación de sus hipótesis basales una determinada concepción del hombre, lo que incorporó el tema de la subjetividad. En psicoterapia, por ejemplo, esas hipótesis basales son ideológicas, porque dependen de la definición de salud de cada cultura.

Las ciencias duras son ciencias exactas, y en ellas hay una comprobación empírica de los fenómenos. En cambio, las ciencias blandas, las del hombre, necesariamente están impregnadas por un nivel subjetivo, siempre desde una teoría elaborada por cada cultura, que define el sentido de la vida.

En psicología, por ejemplo, existen distintas escuelas. La hipótesis basal de la teoría psicoanalítica es que el psiquismo tiene como fundante el complejo de Edipo. Es una teoría falocéntrica, que propone como origen la enfermedad la represión de las pulsiones sexuales infantiles, y la terapia, entonces, consiste en hacer conciente lo inconciente.

Otras perspectivas, parten de otras verdades básicas, como el enfoque sistémico, que supone que la enfermedad proviene de las alianzas manipuladoras en los grupos, y básicamente, el mensaje paradojal, que serían dos mensajes contradictorios en dos canales distintos, el gestual y el verbal, sin que se permita señalar la contradicción. Por ejemplo, la mamá le dice al hijo "Yo te quiero mucho, pero no te acerques" y lo empuja con la mano, lo que hace preguntarse al niño "¿Me quiere o no me quiere?", pero si pone en evidencia la contradicción entre mensaje verbal y mensaje corporal, la respuesta que recibe es "No seas malo con mamá, no me digas eso."

El conductismo, por otro lado, no se preocupa por el origen de la enfermedad, sino que propone el cambio de conducta en base a un adiestramiento, con premios y castigos, que básicamente proviene del estudio del comportamiento en ratones en experiencias de laboratorio.

La psiquiatría organicista, por otro lado, supone un mal funcionamiento del cerebro a nivel químico, y por lo tanto no necesita ninguna hipótesis desde el sentido de la vida del humano. Cree que modificando con sustancias químicas el funcionamiento orgánico del cerebro, modifica pensamientos y emociones. No creo que se haya descubierto una droga para “el sentido de la vida” (da la casualidad que estas hipótesis son sostenidas por los laboratorios que venden esos psicofármacos…)

La psiquiatría represiva es más brutal, no necesita ninguna complicación teórica, porque el electroshock, el coma insulínico, los baños de agua helada, y hasta la lobotomía, se basan en que el terror que produce la vivencia de muerte, reorganiza el funcionamiento del cerebro como adaptación a la realidad. Lo que en realidad sucede es que el paciente, ante la inhibición producida por estos brutales tratamientos, se olvida del delirio porque tiene algo peor en qué pensar, le tiene más miedo al psiquiatra que a su marciano perseguidor.

Hay otros planteos, como el movimiento antipsiquiátrico de David Cooper, Ronald Laing y Joseph Berke, que sostienen que la locura es más una denuncia o una protesta ideológica, que una enfermedad.

Si pensamos en evoluciones negativas, podemos suponer que las terapias sistémicas pueden degenerar en manipulación, y la Gestalt en un juego de caricias; el psicoanálisis en ritual religioso, y yo me pregunto, la terapia de crisis, ¿en qué va a degenerar…?

La psiquiatría represiva no degenera en nada porque ya es degenerada de entrada, por eso es constante, porque no puede ir más allá. El electroshock es el mismo, desde el primero que hizo el psiquiatra italiano Ugo Cerletti, hasta el que se hace ahora en una clínica psiquiátrica, es algo tan brutal, tan primitivo, como un palo por la cabeza. El palo es un arma que no evolucionó, tampoco las formas represivas psiquiátricas (aunque cambió de duchas con agua helada a lobotomía).

Existen también otros supuestos, como los de las terapias folclóricas o mágicas, que explican la enfermedad como la incorporación de demonios buenos y malos. En Brasil existen rituales mágicos, como el Terreiro de Umbanda (la Macumba) en los que el paciente incorpora un orixá (entidad mágica), que puede ser la Pomba Yira para la sexualidad, el Preto Velho para la sabiduría, etc., y esto permite, a través del trance que involucra todo el cuerpo, hacer las regresiones hacia el pasado traumático.

La Escuela Científica Basilio permite, a través del médium, hablar con los muertos, lo cuál es esencial en toda terapia profunda (el psicoanalista también habla de las transferencias con las madres muertas introyectadas…)

Las terapias dependen siempre de una ideología, de una concepción del hombre. Las teorías psicoterapéuticas están basadas en un determinado modelo de hombre, que sostiene la cultura en la cual está incluida.

En este momento del país es necesaria una concepción terapéutica que opere en las situaciones de crisis, con un concepto de sociopatología y socioterapia, pues la trama social está perturbada por el deterioro de las estructuras básicas de sostén de la subjetividad, que son la familia y el trabajo. La marginación de casi la mitad de la población por la injusticia social lleva a situaciones de sociopatología grave (desocupación, violencia, droga…)

El psicoanálisis, en cambio, se originó a principios del siglo pasado en el mundo pequeño- burgués del centro de Europa, cuando reinaba una moral victoriana represora de la sexualidad, y la histeria era un modelo cultural. El proceso de transformarse en doctrina académica, lo convirtió en un conjunto de verdades consagradas, con dogmas indiscutibles como la ritualización del proceso terapéutico, y la lectura continua de los “textos sagrados”, para desentrañar los misterios últimos del pensamiento del “profeta”. En la iglesia católica, los feligreses deben creer que dios es tres y es uno, contradiciendo las matemáticas. Dios es simultáneamente, el hijo, el padre y el espíritu santo. Si no se cree en eso no se es católico, y si no se cree en el Edipo no se es psicoanalista, son como verdades de la fe.

La teoría freudiana supone que el varón es anterior a la mujer, porque el falo, el pene, es el órgano base, y que la mujer tiene un complejo de castración porque no tiene pene, de lo cual podría decirse lo contrario, que la mujer tiene un útero que puede producir la continuidad de la especie y que el hombre no lo tiene, que el hombre sería absolutamente castrado de esa capacidad de reproducción. Freud tomó esto como paradigma, y organizó todo en base a esas suposiciones de consagración del falo.

En la Biblia ya la condición de la mujer está establecida de entrada, porque Dios creó a Adán y después dijo “no es bueno que el hombre esté solo” y le consiguió un objeto de compañía… que sacó de la costilla de Adán, lo cual, además de ser ridículo desde el punto de vista morfológico y estético, que de una costilla salga una mujer, no se lo cree ni un chico de cinco años. Pero es absurdo a propósito, para que solamente con la fe se pueda creer semejante tontería.

Voy a proponer una hipótesis casi surrealista (pero bastante razonable) y es la siguiente: el machismo es la única posibilidad que tiene el hombre para que las mujeres no terminen de dominar totalmente a los varones, porque toda nuestra identidad está construida por ese primer vínculo simbiótico estructurante, que es la madre con el bebé, esta dependencia con lo femenino queda instaurada, y si los varones nos descuidamos, nos dominan para siempre... Es una hipótesis atrevida, pero si no es así, ¿cómo se explica tanta preocupación del varón en poner a la mujer en una situación de inferioridad?

Viajando por el Amazonas, tuve noticias de religiones indígenas uterocéntricas, donde la deidad era femenina, y el primer ser creado era una mujer, que luego parió al primer hombre (que es lo más razonable…)

La Pachamama, la deidad de toda la cultura andina, no sólo es una mujer, es una madre que también es la madre tierra que nos da de comer y va a recibir nuestros huesos. En la villa también son las madres las que organizan la vida familiar. En las Oyitas, las que deciden son las mujeres, las madres, por eso las nenas quedan rápidamente embarazadas, para conseguir la categoría de madres. Una adolescente sin hijos es más vulnerable a los abusos. En la cultura villera, la maternidad santifica.

Actualmente los cambios bruscos y las mutaciones sociales generan un sentimiento de inseguridad frente al futuro, aparece el síndrome de la incertidumbre, el hombre arrojado al futuro, y en ese caso el problema no pasa por el sexo, sino por el tiempo. Una terapia basada en investigar solamente el pasado no genera cambios, y lo que logra es reprimir el futuro. El problema, en general, no es lo que me pasó, sino lo que deseo o temo que me pase; la ansiedad es prospectiva, y si bien para resolver eso, hay que ir hacia atrás, es sólo para entender nuestra historia y luego poder ir hacia adelante, buscando lo que deseamos y evitando lo que tememos.

Por eso, el supuesto que usamos nosotros en la epistemología de crisis es que el tema fundamental es la sobrevivencia del yo en el tiempo, y por lo tanto, que el yo pueda atravesar el fenómeno de la transformación continua, que es la temporalidad, permaneciendo igual a sí mismo y al mismo tiempo, transformándose.

Esto es una paradoja: la identidad atraviesa el tiempo, se transforma la persona, pero teniendo conciencia de que es el mismo que era antes, cambia siendo el mismo.

Un niño, un adolescente, un adulto, un viejo, que son la misma identidad, tienen muy poco que ver con el que eran antes. Incluso desde la biología, las células no son las mismas, mueren y nacen otras (solo las neuronas, se supone que no se reproducen).

Nuestro sustento filosófico es otro que el del psicoanálisis, y se sostiene desde otra filosofía del humano, que es el existencialismo. La fenomenología existencial parte de otro tema, parte de que el humano es un ser arrojado a su futuro, Heidegger llega más lejos y dice que es un - ser - para - la - muerte, un ser hacia el devenir, no un enigma hacia el pasado.

En este momento histórico el gran tema es seguir existiendo conservando la identidad, que está construida desde el pasado, pero arrojada a la expectativa. Es la supervivencia del yo en el tiempo, no es la represión de la sexualidad.

Para la filosofía existencial, el yo, se define por su proyecto, está arrojado a su futuro. En alemán se define como el Da Sein (Da es adelante y Sein es persona). También los existencialistas dicen que el Da Sein es un Mit Da Sein, es decir, Mit con otro. Esto quiere decir que no hay proyecto sino en el vínculo.

El psicoanálisis, ideológicamente, es verticalista, el analista tiene todo el encuadre para asegurar su poder, incluso el que decide la terminación del proceso psicoanalítico es el analista. Y justamente, si al paciente le deciden el alta, no es ningún alta, porque el alta tiene que ver con ir de la dependencia infantil a la autonomía del adulto, donde la persona elige su destino, el sentido de su vida.

El psicoanálisis, en su versión lacaniana, ha ido derivando hacia un juego hermético de palabras sobre palabras, donde el paciente real y sufriente se traspapeló, es un instrumento ideológico de la pequeña burguesía para aislarse de la brutal crisis social que sufre nuestro país, y obtura la percepción y atención terapéutica de las patologías más dolorosas como las crisis traumáticas, las consecuencias psicológicas de la desocupación, la psicopatología de las poblaciones brutalmente marginadas, los chicos de la calle, la temática de la droga, de la violencia, desintegración familiar, etc.

El lacanismo, ¿cuándo comienza a florecer? Me sorprendió cuando en los inicios del proceso militar el psicoanálisis empezaba a hacerse lacaniano. Era muy abstracto y fundamentalmente hermético. ¿Por qué el lacanismo creció en la dictadura? Porque ser lacaniano era una gran ventaja para el psicólogo, porque si uno de los pacientes se metía en el ERP o en Montoneros corría el riesgo que viniera la policía y lo picaneara hasta que cantara todo lo que le había dicho el paciente. Pero si vos eras lacaniano y estabas analizando el silencio del otro, dónde cortó su mensaje, en un nivel totalmente abstracto, sin referencia a sus emociones y actos cotidianos, podrías desconocer totalmente las actividades reales del paciente. Pero si eras un psicólogo de los que se meten en la vida del paciente, podías pasarla muy mal.

En cambio Pichón sacó el diván a la calle, lo hizo grupal, trabajando en el proyecto de destino, y la psicología se hizo social.

Hay muy pocas terapias que son individuales, las terapias populares son todas grupales, el psicodrama es grupal, la gestalt es grupal.

De todas maneras, Freud fue una persona muy valiente, realmente un investigador muy trabajador, honesto científicamente, pero impregnado de la cultura y los paradigmas de su época.

Algo muy importante es que todo paradigma es imperceptible, porque para que actúe, debe parecer que es una verdad de la naturaleza. A lo mejor lo que estamos diciendo ahora, de aquí a cincuenta años o más, ya no es funcional a las nuevas patologías que pueden surgir.

Si extrapolamos un cuerpo de teoría de su momento histórico se hace siniestro o patético. Por ejemplo, en la Edad Media, quemar mujeres porque habían cohabitado con el demonio, (se los llamaba incubos), era algo totalmente razonable, porque se creía que estaban poseídas por estos. Entonces, cuando las pobres histéricas tenían orgasmos a la noche, gimiendo solas, las quemaban por brujas, una categoría diagnóstico-religiosa totalmente aceptada en la época.

En Alemania, los paradigmas nazis, llevaron a demostrar que los judíos tenían un gen patológico, que eran degenerados genéticamente, lo habían demostrado los científicos alemanes, por lo tanto había que depurar la raza y había que matarlos (mataron seis millones). Además mataron también discapacitados y gitanos. Y eso en Alemania era verdad porque lo decía Hitler (con la complicidad de gran parte del pueblo alemán).

En la dictadura militar estaba legitimado torturar a un detenido con el argumento de que esa persona podía tener información de una bomba que todavía no estalló. Así, se puede detener a cualquier desgraciado y hacerle confesar que “lo mató a Gardel”.

A veces no sé si los humanos son más tontos que malos o más malos que tontos. Cuando uno se pone muy despiadado con el análisis de los humanos, se espanta. Pero después se reconcilia con el mundo y sigue yendo a las Oyitas, a la Cooperanza, al Bancadero…

Toda psicoterapia debe restituir a la persona a su cultura de origen. Si me pidieran que atendiera a un mapuche que se volvió loco, y yo lo tratara desde mis categorías culturales, lo volvería más loco. Lo lógico es enseñarle a otro mapuche los rudimentos de la terapia, por ejemplo, nuestros cuatro pasos para las crisis, y dejar que él lo "traduzca" al mapuche.

Entonces, ¿cuál es el paradigma de la Teoría de Crisis? Que el sujeto, la identidad, es una historia, que hay que ir al pasado y analizarlo, pero para construir el futuro. El ser humano, está arrojado a su futuro, el yo está arrojado a la sorpresa.

No podemos vivir sin paradigmas. Los paradigmas más estrictos están en las religiones, porque deben explicar lo inexplicable, porque la muerte no se puede enfrentar sino con dos cosas: la religión o la revolución. La juventud actual no tiene ni revolución ni religión, no hay algo que organice un proyecto de destino, por eso aparece la droga, la violencia, porque no tienen en qué creer, están desamparados de paradigmas.

La ciencia no es inocente
Cuando un sistema social necesita una cierta teoría que sea funcional para el poder, esta teoría se genera y es consagrada como una verdad científica. En cada momento histórico se elaboran infinidad de suposiciones interpretativas de la realidad, pero sólo se consagra la que justifica lo que el poder necesita en ese momento histórico.

Cuando el Imperio Romano necesitó controlar las sublevaciones de los Bárbaros, el cristianismo fue consagrado como religión de Estado por Constantino. Así pudo transformar en corderos a los lobos, sustituyendo el mensaje del amor comunitario de Jesús con el símbolo del pescado en los primitivos cristianos, por la Cruz, símbolo del tormento, que induce el miedo, la culpa y genera la actitud de sumisión. Traicionando así el revolucionario “amaos los unos a los otros”, por lo cual murió Jesús.

Copérnico “descubre” la redondez de la tierra y el heliocentrismo cuando el grupo dominante se desplazaba de la Iglesia (geocéntrica) a los reyes y aventureros que necesitaban extender sus dominios comerciales. Sin Copérnico, no hubiera existido Colón, que extendió el dominio español.

En el siglo pasado, la Inglaterra colonialista, necesitaba darle una cobertura científica al mito de la superioridad blanca, y en ese momento aparece Charles Darwin con la teoría de la selección natural, donde sólo sobrevivían los más fuertes, que por supuesto, eran los ingleses, y así se legitimaba el colonialismo.

Ahora vamos a analizar algo que nos interesa más y nos toca de cerca en esta época de crisis y desesperación, que son las teorías sobre un quehacer muy importante, la psicoterapia.

A principios de siglo, el avance de la explotación social, da lugar a formas comunitarias y violentas de oposición. El socialismo tiene como ideología la lucha hermanada, el hombre unido a otros hombres. Frente a esta concepción grupal y orientada hacia el devenir de los pueblos, surge un médico vienés, Sigmund Freud, que propone una concepción individualista del hombre. Sostiene que su principal problema, son sus pulsiones sexuales reprimidas hacia su madre o su padre. El hombre no es el resultado de la trama social, su identidad es explicada sólo por sus pulsiones infantiles, dentro de la familia pequeño – burguesa, en una Europa de principios de siglo, con su moral victoriana, represora de la sexualidad.

Si ahora analizamos qué proceso histórico tuvo la psicoterapia en la Argentina, vemos que el psicoanálisis, es sinónimo de psicoterapia. Ser psicólogo es ser psicoanalista. La tarea de la cura debe ser individual, negando el cuerpo y analizando el pasado infantil. También se exige un paciente con capacidad simbolizante. Vemos que es un instrumento sólo para las clases sociales media y alta. Ni aún durante las luchas populares de los sesenta y setenta, la psicoterapia se abrió a una concepción comunitaria, con técnicas grupales donde se pudiera incorporar el cuerpo y la emoción, para generar proyectos de acción. No sólo para entender el pasado, sino para crear el futuro.

Luego sucede algo sorprendente, cuando la crisis social genera la discontinuidad de las historias de vida y aparece el síndrome de la despersonalización como esquizofrenización de la cultura, los profesionales de la salud mental, en vez de abrir los consultorios a la problemática de la violencia, la droga, las crisis, hacen el camino inverso y se terminan de encerrar en los consultorios, con terapias cada vez más ortodoxas. Acá es donde importamos a Jacques Lacan y su teoría, donde la complejidad del lenguaje llega a ser totalmente hermética, donde se analiza sólo el discurso del paciente y se les termina por traspapelar la persona en su humanidad sufriente.

Pensamos que esta evitación de la realidad, de la escuela lacaniana, que domina actualmente el campo de la psicoterapia, fue funcional en nuestro país por su capacidad de negar lo que sucedía. Durante la Dictadura Militar, contaminarse con lo real era muy peligroso, un paciente militante “quemaba”. Pero ahora, después de veinte años, con una gran población de chicos y adolescentes en gran riesgo psicológico, dentro de toda una sociedad enferma, recluirse en los consultorios, es abandonar el barco en plena tormenta. Esto es coherente con la propuesta de la ideología postmoderna, de la globalización Walt-Dinezca, de esta sociedad individualista y light.

En el nivel de la economía, en las teorías monetaristas, no existe más el trabajo ni la riqueza real (una vaca es sólo el fantasma de su precio), todo lo maneja la danza de los enormes mercados financieros, feroces, sin rostro y sin piedad, que terminan definiendo las reglas de nuestra cultura individualista y competitiva, que nos lleva a la soledad y a la frustración. Lo sorprendente es que lo permitamos pasivamente. ¿Tendrá algo que ver con esto, los treinta mil desaparecidos?


Vida de Moffatt



Intento de autoanálisis (desde dónde digo lo que digo…)

Nací en el Hospital Rivadavia el 12 de enero de l934. Fui criado hasta los cuatro años por mi familia materna alemana. Eran inmigrantes que llegaron a Comodoro Rivadavia a fines de la primera guerra mundial y comenzaron a luchar desde abajo. De mi madre recibí el mandato de vencer las dificultades (ella venía de la guerra y llegó a la Argentina a los doce años) y de mi familia paterna heredé la elegante distancia inglesa que me sirve para preservarme en la terapia con situaciones límite.

A los cuatro años cambia mi vida familiar drásticamente porque mi padre se pelea con mi abuela (los dos eran muy autoritarios) y se lleva a mi madre y a mí. Mi madre ya había comenzado a padecer una enfermedad grave, una artritis reuma­toide que progresivamente la iba dejando inválida en una silla de rue­das.

Los cuatro años siguientes me marcaron para siempre: internan a mi madre en un hospital por el avance de la artritis y mi padre, que era maestro mayor de obras en Vialidad Nacional, debe irse lejos a trabajar. De modo que comien­zo una etapa de exiliado, de paria infantil, pues a la familia alemana no po­día volver, por la pelea con mi padre, y la familia inglesa de mi padre no me podía tener, eran ingleses elegantes y distantes.

Yo era hijo único, venía de ser el rey del hogar en la familia alemana y pasé a ser “el hijo de la señora enferma”, estuve viviendo con familias muy distintas, de pron­to iba a parar a la casa de una tía inglesa rica y, en otro momento, a la casa de la familia de un peón de la vía.

En aquel tiempo se creía que los chicos eran de palo, que estando bien ali­mentados y bien vestidos, ya todo estaba bien. Pero los chicos desarrollan un nivel de dependencia emotivo muy grande. La historia era que siempre caía en un lugar distinto, en una familia que no conocía, con hermanitos que se entendían entre ellos y yo caía ahí como un paracaidista. Psicológicamente, ese nene tenía dos posibilidades: una era volverse una tortuga, meterse para adentro con un gran caparazón y aislarse, o sea elegir el autismo, y la otra era transformarse en un antropólogo precoz, tratando de detectar cómo eran las reglas vinculares en cada familia, cómo integrarse, cómo agradar. Yo elegí esta última, que era estar atento a la gente, a las señales de afecto y de rechazo, y también armar juegos con los otros nenes para que me integraran y así no quedar solo.

En una crisis muy aguda que tuve después, en mi primera separación de pareja, me di cuenta que la separación con mi ma­má había sido muy traumática porque la separación de mi primera mujer fue una catástrofe psicológica para mí, desproporcionada en relación al tiempo que habíamos vivido juntos. Cuando ella se fue (bruscamente, en el término de una semana) yo me volví a sentir como un nene abandonado y entonces me di cuenta que esa situación había reactivado el grave traumatismo infantil.

Eso marcó prácticamente toda mi vida, ya que desde entonces siempre estuve organizando juegos (juegos terapéu­ticos en hospicios, en comunidades terapéuticas) y organizando a la gente, especialmente a la gente que está angustiada, todo esto también, como un modo de ser aceptado, porque en el fondo, creo que quedó algo de una íntima soledad... podría decir que soy, en realidad, una tortuga rehabilitada.

Esos años fueron bastante difíciles para mí, ese cambio abrupto de estar sin papá y sin mamá a los cuatro años, me hizo vivenciar el desamparo profundo. En este exilio infantil pasé por doce lugares distintos en sólo tres años. Esto me permitió también conocer todas las clases sociales, de pronto estaba en casa de mi tía Cecilia, que había venido de Europa, y luego estaba con María, la esposa de un peón de la vía, una mujer italiana muy buena y totalmente pobre, de una pobreza absoluta, en su casa no había baño, había que ir al fondo donde el abuelo cosechaba la papa y el repollo que comíamos. Esto me dio la sensibilidad para comprender estructuras familiares muy pobres. Ahora puedo estar cómodo en una villa y en Barrio Norte, en Las Achiras y en la Sociedad Central de Arquitectos.

En mi cortísima profesión de arquitecto, que duró poco más de un año, llegué a estar en lugares muy elegantes. Como era de familia inglesa y además profesor adjunto de Historia del Arte en la Facultad de Arquitectura, me relacionaba con gente muy sofisticada y también estaba cómodo. Como así también en la clase media a la que pertenezco.

El exilio terminó a mis siete años en Pergamino, ahí me volví a reunir con mis padres. Mi madre era muy simbiótica conmigo, muy afectuosa, muy acariciadora… me dio una intimidad con el mundo subjetivo femenino muy importante, esos años, des­de los ocho a los catorce fueron años muy felices. Ahí tuve la experiencia de organi­zar una barra, las primeras experiencias comunitarias. En el garaje de mi casa hice un club de lectura para los chicos del barrio, ahí esta­ban apiladitos, el Billiken, los Patoruzú, los Rico Tipo, la revista Caras y Caretas… Incluso recuerdo que hacíamos elecciones (por supuesto con lista única, donde yo era presidente). Pero siempre seguía yo con esa falta fundamental, de ser el semihuerfáno, el hijo de la se­ñora enferma. No olvido que cuando presentaban a todos los nenes de la casa, yo era el último: “¿Y ese rubiecito pecoso quién es?” “Es el hijo de la señora enferma”. Desde ahí es que me puedo identificar con los marginados.

De Pergamino volvimos a Capital. A mamá se le estabilizó la artritis y co­mo buena industriosa alemana que era inventó, a partir de unos palos, rueditas y sogas la posibilidad de seguir atendiendo la casa, hacía la comida aún estando con muy poca movilidad en una silla de ruedas. Ella me enseñó que todo se puede superar, que hay que pelearle a la adversidad y no entregarse. La relación con mi madre hasta que murió fue muy intensa. He sido muy querido por ella y eso me dio una seguridad existencial y ontológica que me permitió explorar la lo­cura.

Después vivimos en Temperley, éramos los “Moffatt de Temperley”, cerca de mi primo Tommy, y después fuimos a Florida con los parientes alemanes. Ahí se reparó la re­lación con mi abuela, la “Oma”.

Así me fui haciendo grande, andaba en bicicleta, tenía un perro y estaba mucho en la calle. Después de los diecisiete entré en un período de mucha introspección adolescente. Empecé a leer libros en forma intensiva: Dostoievsky, Rousseau, André Gide, los rusos, los alemanes y los franceses, todos los artistas románticos y surrealistas hasta Kafka, de quien terminé haciéndome amigo íntimo al leer y releer sus escritos e identificarme con sus bichos metamórficos y sus escenas fantasmales. Además la relación con mi papá era similar a la de Kafka con su padre. El mío era autoritario y sometedor, él decidió que yo debía estudiar arquitectura, en segundo año quise cambiarme a Medicina porque era lo que más me interesaba, pero mi papá era demasiado “convincente” y terminé recibiéndome de arquitecto por él, pues él había querido estudiar arquitectura pero tuvo que dejar en segundo año (pienso que él creía que yo era él).

En ese tiempo dibujaba y pintaba mucho, creí que iba a ser pintor o escritor, que iba a ser artista.

¿Y cómo siguió mi vida allá por mis veinte años? Con mucho mundo subjetivo, largas charlas literarias con mi mamá, que debido a su parálisis leía mucho. Pienso que mi madre se sentía muy frustrada con la parálisis, y entonces necesitaba que su hijo fuera una especie de Mesías, alguien que reivindicara todo lo que ella no había podido hacer.

Creo que ella me fue induciendo a un camino en el que yo tenía que ser un inventor o algo así, alguien famoso que hiciera “una gran obra para el bien de la Humanidad”. Yo me sorprendí tomando como ejemplo a Albert Schweitzer, el médico alemán que se quedó para siempre en el África curando a los negros. Pero a mí me interesaba más curar la locura, y creo que no estaba tan errado, porque en la familia de mi padre emergió la locura: mi primo Tommy a quien siempre protegí, hizo un brote esquizofrénico grave a los veinte años, del cual nunca salió. Pobre Tommy, un chico tan suave, tan delicado, tan fino... a quien los psiquiatras destruyeron con electroshock, insulina, y otras barbaries psiquiátricas. Por eso con la psiquiatría manicomial tengo una cuestión personal.

La relación con mi padre fue de otro ca­rácter. Él, como buen inglés, solo hablaba sobre el mundo de los objetos, sobre hechos cotidianos, cómo lustrar los zapatos, con qué pomada y con qué cepillo… nunca me hizo una reflexión acerca de la vida. No obstante me protegió mucho, pero a cam­bio del sometimiento, de obedecerle en todo. Él me indicaba por quién votar, cómo tenía que vestir, cómo tenía que pensar, pero comprendí que el viejo lo hacía desde el cariño y lo sigo que­riendo. Pero quien controla el afuera no puede controlar el adentro, y yo fui siempre muy rebelde en el pensamiento.

Luego, en una fecha muy precisa, se me reveló un proyecto que organizó toda mi tarea intelectual hasta ahora: fue el 1º de enero de 1960, acampando en la laguna de Chascomús. Ahí es cuando decido hacer un libro filosófico-poético gigantesco, que es el Tratado del Mundo, en el que sigo trabajando actualmente, ya van más de cuarenta años de juntar imágenes, palabras, he llegado a juntar cien mil imágenes y millones de palabras, ya metí todo esto en la computadora, y fue la base de la gigantesca página web (de tres mil doscientas páginas).

A los veintisiete años me casé, y luego de cuatro años se produjo el episodio traumático que ya relaté, donde comprendí por dentro lo que es una crisis muy aguda, de desestructuración del yo, que me sirvió mucho después pa­ra construir mi Teoría de Crisis.

A los dos años de haberme separado me vuelvo a casar y tengo los dos chicos, hago una vida familiar buena. Mis hijos se criaron bien, Luciano, el mayor, es doctor en biología, y de él tengo dos nietas, Julieta, de catorce y Candela, de diez. Malena, mi hija menor heredó el entusiasmo por el arte, es profesora de flamenco, buena pintora y actriz.

Luego de muchos años, me vuelvo a separar, y me caso por tercera vez. Al cabo de ocho años se vuelve a repetir la situación de mi primera pareja: ella se enamora de otro señor y se va, pero mi reacción esta vez no es catastrófica, porque en aquella ocasión ya había elaborado el traumatismo infantil. Después de tres separaciones voy entendiendo la vida, aunque debería pensar qué es lo que hago yo para que esto suceda. La pareja es un problema difícil, hubiera preferido un único gran amor pero el destino me dio otra cosa. De todas maneras, he quedado en excelentes relaciones con mis ex-parejas.

En el año 1970 Ángel Fiasché me lleva con él a trabajar en el manicomio de Nueva York (Brooklyn State Hospital).

Cuando regreso de Estados Unidos hago la primera experiencia importante en un hospicio, que es la Peña Carlos Gardel en el manicomio Borda y junto mucho material documental. La Peña dio lugar a muchas otras experiencias comunitarias, dio los grupos de mateadas, el Psicodrama en forma de teatro popular, las cooperativas de trabajo, y además el libro Psicoterapia del Oprimido. Muchos emprendimientos en salud mental que hice luego, tienen su origen en esa comunidad terapéutica.

Desde lo académico universitario fui profesor adjunto en la Universidad de Arquitectura y Sociología, siempre en relación con ciencias humanas e Historia del Arte.

Durante la dictadura militar dejé de trabajar porque lo comunitario estaba muy perseguido, éramos “subversivos psiquiátricos”. En esos años trabajé mucho en Brasil, se tradujeron dos libros míos al portugués: Psicoterapia del Oprimido, que lleva ya ocho ediciones y Terapia de Crisis.

Cuando finalizó la dictadura militar, con su secuela de horror, violencia, torturas y desapariciones, vuelve a salir el sol de la democracia. Luego de esa tormenta negra y angustiante, poco después de Malvinas, organizamos el Bancadero.

El Bancadero es una mutual de ayuda psicológica alternativa y autogestiva, fue una experiencia muy importante en la que ya se atendieron más de 35.000 pacientes. En ella están comprometidos más de sesenta Psicólogos Sociales y Psicólogos Clínicos, y hoy está por cumplir 25 años.

El Bancadero es una comunidad que fue amasada con mucho amor y responsabilidad terapéutica: los grupos terapéuticos, los talleres de psicodrama, el teatro, el semillero de formación y las fiestas comunitarias. Junto con la Peña Carlos Gardel fueron mis principales hijos científicos.

En el año 1968 publiqué mi primer libro “Estrategias para Sobrevivir en Buenos Aires” que en su primer mes vendió 10.000 ejemplares. En el ’74, durante el gobierno de Cámpora publiqué Psicoterapia del Oprimido que, naturalmente, tuvo una buena acogida pero con Terapia de Crisis, publicado en 1982, fue un desastre. No lo leyó nadie, ni el editor. Esto me inhibió para hacer otro libro por mucho tiempo pero luego de casi veinte años publiqué “En caso de angustia rompa la tapa”.

Durante el ’84 y ’85 fui Director del Asilo de Indigentes de la Ciudad de Buenos Aires. Ahí estuve en contacto con unos mil mendigos de la calle, organicé una comunidad terapéutica adentro que entró en colisión con los reglamentos municipales y me echaron. En general, cuando estuve en el estado fracasé, mi estilo es alternativo, autogestivo

He viajado mucho y sigo viajando a Brasil, que conozco des­de Porto Alegre hasta Manaos, en el Amazonas. Trabajé en sus manicomios supervisándolos. El viaje a Europa me sirvió para completar un video sobre marginalidad en la calle. Tomé registro en Londres, Berlín y París de los marginales, los desplazados, los viejos mendigos tradicionales... y terminé mi curso de pobreza en la India.

Mi vida intelectual es cada vez más compleja, actualmente soy un re­ferente en los medios para los problemas en relación a marginalidad y salud mental, violencia, chicos de la calle, catástrofes, etc. Sigo dando innumerables cursos de Primeros Auxilios Psicológicos en distintos lugares del país.

Mi madre, desde su condición, me inculcó también el preocuparme por los más sufrientes. De chico me fascinaba hablar con los linyeras. Pienso que no lo hacía sólo por bondad, sino que el marginal con esa riqueza exis­tencial que le da su vida dramática me enriquecía también mucho. Aprendí muchas cosas de la vida en el fondo del hospicio.

Otro viaje interesante es el que hice a la India, es un país oriental y por lo tanto, vi muchas cosas del mundo occidental a través de lo contrario, un país no violento, donde la gente no roba ni se droga, me encantó. Aprendí algunas técnicas de los Sadhus que son los hombres santos. Fui tan lejos para, curiosamente, encontrar esto mismo en Bolivia: un pueblo trabajador, no violento, sin droga, con una estructura incaica, una cultura ecológica. Son sociedades que no fueron alcan­zadas por el deterioro de esta crisis de la sociedad occidental de fin de milenio, el post-modernismo con su individualismo competitivo.

Me ha interesado mucho la rehabilitación de "las causas perdidas” como los psicóticos, los mendigos, los chicos de la calle… le dan a mi vida un senti­do heroico, un sentido épico de la existencia (otra vez Albert Schweitzer o Lawrence de Arabia… nuevamente, el mandato de mi madre).

Me conmueve profundamente el arte, mi forma de estar en el mundo es estética. El misterio a develar, que persigue la ciencia, me produce una intriga y un goce. Esto creo que es la “wissenshaften”, en alemán el amor a la ciencia, que me inculcó mi madre, ella me dio el permiso a pensar por mí mismo, no estar dependiendo, como muchos intelectuales argentinos, del último libro que viene de Europa.

Del costado inglés tengo un espíritu darwiniano... de juntar huesos y caparazones para armar la teoría de la evolución, la diferencia es que yo junto miles de imágenes para armar la teoría de la vida... y creo que con la misma paciencia inglesa.

Hace casi veinte años fundé la Escuela de Psicología Nacional, buscando el significado de nacional por nacer, como el lugar en que uno nació... de pensamiento independiente, criollo. ¿Por qué nosotros no vamos a tener una psicolo­gía criolla?

Actualmente, me dedico fundamental­mente a supervisar, manteniendo la vieja costumbre de recorrer la realidad, a formar gente, a transmitir experiencias. . . estoy en una etapa de mi vida de sintetizar todas las experiencias para poder transmitirlas (soy un viejo de setenta y tres años). Sigo investigando la realidad que me parece cada vez más desalentadora por su injusticia, corrupción y estupidez.

Lo que tiene de positivo la vejez, es que pone en perspectiva muchos problemas que antes parecían muy importantes. Se simplifica el mundo y va quedando lo que es más sustancial, que es el amor, la muerte, la tristeza y la alegría, la justicia, el dulce de leche, algún whisky y básicamente, inventar ideas para curar vidas... Es una oportunidad, también, para ayudar a otros que están recorriendo su camino, avisarles de algunos peligros y mostrarles el camino hacia algunos lu­gares tentadores...




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