Alfredo Moffatt Terapia de crisis



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No se puede operar sin anestesia porque es muy cruel. Una nenita que fue abusada sexualmente es un caso paradigmático de este tipo de situaciones, porque no se puede, de pronto, preguntarle: "¿Qué te hicieron…?" porque es violarla por segunda vez, a menos que se genere antes una situación de confianza en la que ella pueda enfrentar esa escena angustiante.


A veces, algunos pacientes sienten que con el terapeuta han contratado a un guardaespaldas para que los acompañe a su “bosque fantasmal interno”, oscuro, desconocido, donde hay muchos fantasmas. Y el guardaespaldas tiene que ir allí e increpar a los victimarios: “¿qué le hicieron a la nena…?”, es decir, hacer lo que no se hizo en ese momento, lo que a lo mejor no pudo hacer el padre porque no existió, o por que él mismo fue el abusador.

La contención es como la preparación del campo operatorio para después hacer la incisión. De la contención podemos pasar a la regresión si aquella fue efectiva, pero si no se produce, no podemos entrar, y a veces, lleva mucho tiempo porque depende del timming, del tiempo que necesita la persona lastimada.

Para que un chico de la calle se entregue, suelen pasar meses, porque tuvo muy malas experiencias cada vez que se entregó. A veces, cuando uno va a acariciarlos “te muerden la mano”, porque saben que después de la caricia viene algo malo; los primeros tiempos son tormentosos, hay que aguantar que nos pongan a prueba, antes de bajar las defensas. La contención tiene que ver con un compromiso, en que el otro sienta que uno va a mantener ese sostén, y para eso no hay que asustarse, y para no asustarse hay que conocer las propias escenas temidas del terapeuta.

De todas maneras, la teoría es muy sencilla, lo complicado es, a veces, su buena ejecución. ¿Qué hacer? Es fácil. ¿Cómo hacerlo? Es un poco más difícil, pero este esquema ayuda.

Estando en Cuba, en el Neuropsiquiátrico de La Habana, comencé a explicarles a los psiquiatras mi teoría de la temporalidad del psiquismo. Les era muy difícil de entender, porque están en un conductismo-pavloviano, pero cuando les expliqué los cuatro pasos, los entendieron y les pareció muy útil.

Entonces, si hay contención, se produce en la persona a nivel corporal, la relajación, incluso, a veces, con un baño caliente, se afloja muscularmente. Se puede relajar sin fármacos (aunque el fármaco se usa, a veces, solo como un miorrelajante). Imaginen tener miedo, o asustarse mientras están en la bañadera tomando un baño de agua caliente, y verán como no se puede tener miedo, porque hay una concomitancia músculo-emoción instalada ancestralmente en la evolución: siempre que nosotros tenemos miedo estamos tensos, porque nuestra parte animal, frente al peligro, se tensa (esto se llama estrés agudo y sirve para prepararse para atacar o huir), en cambio, cuando estamos deprimidos, estamos hipotónicos.

El brote psicótico tiene un momento donde el paciente tiene una vivencia terrorífica de soledad infinita y de paralización total. Entonces hace el delirio, inventa al marciano para salir de la soledad; si lo llevan al hospicio lo aíslan, lo dejan solo y lo medican, entonces la persona no tiene otro recurso que crear y perfeccionar su delirio para salir mágicamente de allí. En el hospicio tienen una terapia opuesta a la que el paciente en brote necesita, es como si a una persona accidentada, con hemorragia, la llevaran a un hospital y le extrajeran sangre.

Pichon decía que, en las primeras veinticuatro horas, se define el destino del paciente, pues si es contenido y acompañado en el delirio por un terapeuta de crisis, el paciente sale del brote y vuelve a la realidad.

Cualquier crisis, aunque sea neurótica, tiene dos síntomas que son fundamentales: soledad y paralización de la temporalidad. Veamos un caso: nos separamos traumáticamente de nuestra pareja, es domingo, son las seis de la tarde, entra esa melancólica luz amarillenta… y tenemos esa sensación de que el tiempo se ha paralizado y estamos absolutamente solos. Ese es el momento en que perdemos el contacto con el otro, ya que no podemos hacer un proyecto si no es con otro, no podemos hacer proyectos con nosotros mismos, sino en una tarea con otro, el único proyecto con nosotros mismos es el delirio psicótico.

Por eso, la pareja es el primer proyecto, y la separación es esa sensación de vacío, porque el otro se fue con la otra mitad del proyecto.

Respecto a la depresión, nuestro tango transforma en poesía esa situación. El pobre malevo está abrazado al recuerdo de la mina que se fue. Estuvo solo quince días con la mina y hace dos años que está sufriendo, abrazado a la guitarra, y en el conventillo pasa cada minón al lado de él, y el tipo no las ve porque es un depresivo.

Con Pichón estudiamos esto del tango y vimos que la mina, en realidad, era la madre, porque en la época en que apareció el tango, la generación anterior de los principales letristas había sido de inmigrantes, que habían soñado con “hacer la América”, pero se quedaron pegados en los conventillos, donde había tuberculosis, prostitución, y eran muchos los casos de los chicos cuya madre tenía que trabajar y no podía estar con ellos. Había un abandono materno, y este era reeditado cuando la mina se iba, y esto daba lugar a un duelo patológico (el tango no es otra cosa que esto), porque habían sido abandonados por la madre, la única mina que no se puede sustituir.

También pesaba el destierro, para aquellos inmigrantes que habían dejado la patria, familia y amigos muy lejos. La enorme epopeya del tango es la elaboración de la pérdida del terruño y de la separación con la madre.

Entonces ¿cómo se hace la regresión? Se hace con técnicas, como por ejemplo, el ensueño dirigido, que es una pequeña hipnosis en que la persona puede visualizar cosas muy viejas, porque tiene la protección del terapeuta y además lo realiza lentamente.

Este estado se obtiene por la relajación muscular, usando técnicas como el Entrenamiento Autógeno de Shultz. Esto se realiza sobre una cama, un diván, un lugar cálido y silencioso, y se logra un estado crepuscular de la conciencia, que quiere decir que se va relajando paulatinamente y llega a quedar en un estado de conciencia pre-onírico, cuando se está entre la vigilia y el sueño. El paciente está entre-dormido, pero como el terapeuta va acompañándolo, diciéndole por ejemplo, “¿qué recuerdos vienen de tus cinco años?”, él puede decir: “Me acuerdo cuando iba con mi hermanita por una calle oscura y muy angosta, y había un nene que nos quería pegar y comenzamos a correr…” El terapeuta recurre a sus propias experiencias, para vivenciar una escena propia equivalente e identificarse con eso, y le va diciendo: “Tratá de detenerte, date vuelta, enfrentá al nene que te amenaza y preguntále qué le pasa…” Con eso, el terapeuta le está proponiendo que enfrente una situación. Seguro que este paciente consulta porque, siempre frente a una dificultad, tiende a huir. En realidad, el terapeuta, le da el coraje que no le dio su padre en la infancia.

Una vez tuve una pareja que me consultó, una situación casi absurda, en que él era impotente y ella tenía mucho temor a la penetración, una histeria con vaginismo. Venían a resolver la situación, pero en la segunda reunión decidieron no volver, y yo pensé que tenía algo de sensato no modificar las cosas, porque en realidad, lo mejor para un impotente, es una histeria con temor a la penetración, él no puede y ella no quiere. Esa pareja dura años, a veces hay una funcionalidad, si él resolvía la impotencia ella iba a estar en problemas, y si ella lo resolvía, peor.

Trabajando en un manicomio de Nueva York (el Brooklyn State Hospital), presencié las terapias de regresión, que por supuesto, se hacían con una droga, el pentotal, que era un recurso no subjetivo, sino químico; la psicoterapia norteamericana está basada en la conducta (conductismo) o en psicofármacos. A los soldados de Vietnam que se enloquecían porque habían matado población civil en una guerra muy sucia, y que venían sintiéndose asesinos, con permiso de matar, se les inyectaba pentotal para que hicieran la regresión al hecho traumático en el campo de batalla, y pudieran hacer la catarsis, especialmente en los casos de neurosis de guerra. Las terapias debían ser rápidas porque el soldado debía volver a Vietnam.

El síntoma es consecuencia de un traumatismo, que al no ser explicado, surge como una conducta conflictiva, como somatización o fobias. Porque el traumatismo, aunque lo neguemos, igual existió.

Imaginemos que tenemos un pescado podrido y decimos: “Yo lo voy a negar”, levanto la alfombra y lo mando abajo; después hay una baranda espantosa, que sigue hasta que levantamos la alfombra, y lo sacamos… El síntoma es el olor de lo escondido, y nos indica que hay algo reprimido que hay que destapar (hay pescado podrido…)

TERCER PASO EXPLICACIÓN
La explicación es organizar el Proyecto de Vida. Con la regresión, se encuentra la situación traumática y al sacarla a la luz, ponerla en palabras, se organiza el inconsciente, la imagen confusa. Si al tener una pesadilla y despertarnos angustiados la contamos a otro, se baja el nivel de angustia, porque al ponerla en palabras se domesticó la pesadilla, se la colocó en el circuito semántico de la cultura.

Una nena abusada está confundida porque el abuso generalmente es nocturno, en una zona corporal muy íntima y además muchas veces la madre es cómplice del abusador y le puede decir dos cosas: ¡Vos te lo imaginaste, no es así!, con lo que la nena queda confundida, o: “¡Vos lo provocaste!”, con lo que la nena queda culpable. Entonces, si ella vivió una cosa y la madre le dice que es otra, entra en un estado confusional, por eso es muy importante que pueda relatar el hecho y quién lo escucha pueda ponerle en palabras lo que ella sufre, así organiza esta confusión. Si la chiquita no lo pone en palabras puede llevarla a actos auto agresivos, o en la edad adulta, tener perturbaciones sexuales invalidantes (como la frigidez o el vaginismo) o fobias.

La explicación es el tercer paso, se basa en que debido a que nos fuimos al fondo de nuestra historia, entendemos qué nos pasó. Cualquier síntoma siempre tiene una explicación histórica, quiere decir que algo pasó. ¿Por qué le tengo miedo a la oscuridad?, quiere decir que algo pasaba cuando era chico y mis padres apagaban la luz (tal vez discusiones ásperas, o una sexualidad violenta…) Con otras situaciones traumáticas aparecen otros síntomas, como impotencia, fobia o alergia.

Respecto del sentido de la historia, las preguntas son: ¿De dónde venís? y ¿adonde vas? Nosotros proponemos la estructura de la mente como un transcurrir entre ayer y mañana. Podemos pensar la vida como un viaje o, si no, como una película. Estamos dentro de una película que se llama “Mi vida”; en la que tenemos que actuarla, verla y dirigirla, y, además, hay algo bastante angustiante que es no poder salir del cine, a menos que destruyamos el cine (la mente) de un balazo.

Hice la prueba de empezar a ver una película de video desde la mitad; había una pareja que se estaba besando, pero yo no sabía qué sentido tenía ese beso. ¿Era el beso de despedida, era el primer beso, o era un incesto? La imagen es la misma, y, sin embargo su significación tiene que ver con la historia anterior, porque la historia anterior define el acto. A lo mejor es el beso de Romeo y Julieta antes de morirse, que es distinto al primer beso de una pareja, o es un beso adúltero, o un beso de traición. Para saber el significado debemos ver la película desde el principio y cuando llega a ese punto se puede decir: “¡Ahora entendí!” “¡Qué desgraciado, ese tipo, es un incestuoso!”, o “¡Que boludo, no se da cuenta de que se va a ensartar con esa mina!”, o “me enternece ese beso de despedida”. Entonces, el tema es de dónde vengo y adónde voy, que son las dos grandes preguntas. El enunciado es sencillo, pero, a veces, para el paciente es difícil de encontrar de dónde viene y elegir a dónde ir.

Ninguna operación terapéutica quita la desgracia, pero sí quita la confusión. Si a alguien se le muere un padre, puede creer que se va a morir también, pero hay que explicar que no, que va a sufrir dolor por el que murió, pero él quedó vivo. Cuando a un nene chiquito se le muere la mamá es muy útil que sepa que ella murió, pero que él quedó vivo, por que si no, él se confunde y puede suceder que se caiga por una ventana porque quiere acompañarla.

En la confusión aparecen caras de los monstruos infantiles. Siempre tienen algo que ver con papá y mamá, pero no es porque hayan sido malos, sino porque la responsabilidad es muy grande, y no todos podemos ser excelentes padres. Es muy difícil ser buen padre, porque a lo mejor el padre no se da cuenta, se va, apaga la luz y deja solo al niño, y éste entra en pánico.

Pero no es en términos de culpa que debe entenderse esto, sino en términos de que papá y mamá tenían que ir a trabajar y por eso el chico quedaba solo, y a veces no había luz, pero no era por abandono, sino por pobreza.

A un paciente su padre le pegaba con un látigo. Entonces le dije: “Andá y preguntále a tu papá con qué le pegaba tu abuelo”, y se entera de que le pegaban con una cadena, entonces puede entender qué le pasó al padre, con esos abuelos inmigrantes que venían de la guerra, que venían mal, y no podían ser excelentes padres, porque tenían miedo, porque se embrutecían trabajando demasiado o bebiendo…

Y al comprender se puede perdonar, diciéndole: “Mirá, papá, te perdono, pero yo voy a ser diferente de lo que vos querías. Yo voy a tener mi sexualidad y voy a realizar mis deseos. Yo comprendo lo tuyo, pero dejame hacer mi vida”.

La explicación, permite organizar el proyecto de vida, y hacer un proceso en sentido opuesto al de la regresión, hacia la progresión, y que consiste en generar un futuro, para continuar esa historia que me empuja desde el pasado.

Pero, ¿con la explicación sola nos curamos? No. Hace falta un cuarto paso que es el cambio, llevar a la realidad ese proyecto. Si entendiste y no cambiás, sos un paciente esclarecido. “Sé todo sobre mi Edipo” (después de diez años de terapia) “y ¿te casaste?”. “No, vivo con mi mamá”. Entendió todo, se explicó todo, pero no creció, no pudo cambiar.

Entonces es muy importante que tenga un proyecto de vida. La depresión es falta de un sentido de la vida. Decía Pichon que: “La muerte está tan lejos como grande es mi proyecto”. Si el proyecto es pequeño, la muerte está ahí cerca. Hay gente anciana que percibe lejos a la muerte, porque está comprometida con el mundo, y hay adolescentes de veinte años que se quieren matar porque se perciben sin futuro.

El tema es que la esperanza de vida te aleja de la muerte, pero el proyecto no se puede hacer si no se arreglan los fantasmas. Se hace con lo que a uno le pasó; hay que deshollinar la chimenea, para que después tire y remover esto que duele, como dolió cuando sucedió.

La comprensión del pasado sólo sirve si permite construir el futuro.

CUARTO PASO CAMBIO
El último paso, el cambio, es: ¿Cómo lo hacemos? El paciente ya eligió el sentido de su vida y construyó su proyecto de vida. El paso siguiente es comenzar a realizarlo, es efectuar un cambio en su vida, que es salir de la paralización que genera toda perturbación psicológica. El proyecto siempre es con otro, porque esa trama en la que tiene que realizar su vida es una trama social, que fundamentalmente está sostenida por dos tareas, amar y trabajar, que se concretan en una estructura familiar y en una inserción o rol laboral. Pero como en toda perturbación psicológica hay distintos grados de desvinculación con la realidad, hay que ayudarlo en su reingreso a lo real, a lo social, y acá es importante estudiar lo que podemos llamar las “estrategias posibles”. Cada uno tiene recursos para organizar su vida cotidiana, su estructura familiar, y su habilidad para insertarse en la producción.

La enfermedad mutila el amor y el trabajo. La persona pide ayuda porque no puede hacer algo, y eso lo mutila en alguna función: no puede amar, no puede dormir, no puede tener una buena sexualidad, no puede despedirse de algo que perdió, algo pasa que nos paraliza y nos deja solos.

"Está bien, te pasó esto, ya entendimos todo y elegiste el sentido de tu vida. Pero ahora ¿cómo lo vas a concretar?, ¿cuáles son tus recursos de acción?, ¿cuál es tu escena deseada y cuál tu escena temida?". Los humanos podemos recorrer este universo buscando lo que deseamos y evitando lo que tememos. Esto es complejo, porque muchas veces, lo que deseamos, está impedido por lo que tememos, y a menudo, para complicar las cosas, lo bueno está debajo de lo malo y se generan conductas que se llaman ambivalentes, se ama y se odia a la misma cosa o a la misma persona.

Este último paso tiene que ver con la creatividad, el paciente debe encontrar nuevos modos de vincularse, de formar pareja y familia, nuevas estrategias para insertarse en lo laboral, en su rol social, y superar sus antiguos modos ineficaces de recorrer la vida.



RELACIONES ENTRE LOS CUATRO PASOS
El orden de los cuatro pasos obedece a un proceso, supongamos que eliminamos el primer paso, la contención: la exposición a las zonas dolorosas va a ser sin anestesia, sin protección del terapeuta.

Si también salteamos la regresión, vamos a obtener una explicación que no surge de su historia, estamos inventando nosotros la explicación de su vida, y no la historia vivida por él.

Si nos salteamos la contención, la regresión y la explicación y solo exigimos el cambio, es la imposición del conductismo, que es “adiestrar” al paciente a la salud prescripta, o lo más brutal de las terapias represivas: “Vos cambiás o te rompo la cabeza…”, que son las terapias manicomiales.

El precio de la salud es la exposición al dolor. Pichón decía que a la enfermedad se entra y se sale con lágrimas. Cuando vamos al dentista y nos duele una muela, le decimos: “Hágame sufrir para dejar de sufrir” porque el dentista va justo a la muela que nos duele… Nos angustiamos para entender y dejar de angustiarnos.

La explicación se refiere a que la historia es comprendida, y se crea la expectativa de cómo seguirla.

El paso siguiente, la última etapa, el cambio, es seguir esa historia en el mundo real. Hay momentos en que, si la terapia no lleva a la realidad, el paciente está esclarecido pero sigue siendo paciente.

Toda terapia debe terminar en sesiones familiares, donde se presenta al nuevo “Pepito”, que ya no es “el que se va a matar”. Porque esta familia de depresivos había depositado toda la depresión en él y cuando le preguntan “Pepito, ¿cómo estás?”, y él responde “La verdad es que estoy bien. ¿Y vos, mamá, cómo estás, que te pasás, semana tras semana, deprimida en la cama? ¿Y vos, papá, que sos un alcohólico…?” Y lo que hace Pepito es repartir la depresión familiar que le fue asignada sólo a él como chivo emisario. Además quiere ir a trabajar, para desconcierto de todos, ahí es donde el terapeuta tiene que apoyarlo, y ayudarlo a encontrar su reinserción en el trabajo, que es el camino para el amor y la familia.

Cuando soñamos algo, no lo hacemos arbitrariamente, tiene que ver con lo que no resolvimos, lo que reprimimos. Si aparece un muerto, es por algo, tenés que conversar con él, mandarlo a la mierda o pedirle disculpas, según el personaje que representó en tu vida. Son los dos grandes temas que se tienen con los muertos: “Me cagaste la vida” o “Perdoname por lo que te hice”. Con los muertos quedan cuentas pendientes. Los sueños son intentos de resolución, pero sin un terapeuta al lado que nos ayude, por lo que se está tan solo como cuando se lo vivió.

Lo que enferma es lo que no se entiende. En una película de terror, todos se asustan cuando hay bultos ambiguos en la oscuridad, pero cuando aparece la cara, por más horrible que sea, dicen: “¡Es Frankenstein!”. Feo, pero conocido. Lo malo es no saber quién es, pero después, hasta nos podemos hacer amigos y tal vez conversar con él: “Vení, Frankenstein, a tomar un cafecito…”, y seguramente, él pensaría: “¡No huye de mí!, no soy tan espantoso, a lo mejor quiere hablar conmigo...” entonces le das el cafecito y Frankenstein se pone a llorar, porque nunca le ofrecieron un cafecito para conversar.

Frankenstein, en realidad, es nuestro perseguidor, lo creamos nosotros, es el que cada uno tiene adentro de su historia. El paciente no puede hacerse amigo de sus monstruos estando solo, necesita al terapeuta para que acompañe, entonces él conversa con el monstruo interno y le dice: “Sos malo, me asustaste”, o: “Me abandonaste…”, y cuando lo ve de cerca, ve que tiene algo de papá o mamá. Y no es porque ellos fueron malos, sino que los padres tienen una enorme responsabilidad. Cuando somos chiquitos somos tan indefensos, tan dependientes, que cualquier maltrato nos crea un Frankenstein.

Cuando uno se cura, solamente se transforma en alguien más adaptado a la vida. Un obsesivo se transforma en un muchacho ordenado, una depresiva se transforma en una chica profunda y reflexiva, un paranoico, en un muchacho precavido; no cambiamos totalmente, la terapia no hace milagros, disminuye un poco lo que hace sufrir, lo que enferma, el exceso. Cada uno de nosotros tiene una locura distinta. La enfermedad es la exageración de la salud, es especializarse en algo: en miedo, en tristeza, en orden, etc. Y transformarnos en fóbicos, en depresivos, en obsesivos. La salud no es la perfección, una cara perfecta es lo más aburrido que hay, siempre la cara tiene imperfecciones, asimetrías, pequeños gestos extraños, y esa es la gracia, la singularidad, una cara perfecta sería una Barbie aburridísima. La salud no es planchar al otro, es sacarle sólo las arrugas más importantes.

Pero también las frustraciones en nuestra historia son necesarias porque crean vacíos en nuestro pasado que nos permite un proyecto, que es llenar esos vacíos.

A Adán y Eva les dijeron: “Pueden comer de todos los frutos, menos el del manzano” y empezaron: “¿Qué gusto tendrá, qué gusto tendrá...?”, y entonces comieron la manzana y nos cagaron a todos nosotros (inventaron el pecado original…).

La prohibición genera el deseo, si el sexo fuera obligatorio, arruinaría todo el placer, sería como un trabajo.

De hecho... ya la vida nos frustra, nos deja agujeros, y esos agujeros nos llevan a recorrer la vida tratando de taparlos. Si una mujer de familia rica tuvo de todo, menos el cariño de su padre, va a buscar como marido a un hombre cariñoso aunque sea pobre; en cambio, una mujer que se crió en la pobreza va a buscar un marido rico, aunque él no sea cariñoso, pero la saca de las humillaciones de su pobreza infantil.

Más dramático aún es cuando a un niño se le muere la mamá: le queda como un agujero en el alma, que va a tener que elaborar con una terapia profunda, la herida cierra pero a veces la cicatriz va a supurar. Esto vale también para los padres de Cromañon.

A veces no es tan fácil que se produzca el cambio, en ese caso hay que ayudar un poco, buscar la estrategia posible para que la persona pueda salir. Tuve como paciente a un hombre gordo que era completamente fóbico: tenía cerca de 40 años y había salido pocas veces a la calle, la madre lo retenía diciéndole que afuera era peligroso. Trabajamos su historia y descubrimos que al padre lo habían traído muerto de la calle, por una pelea política, y la madre había quedado pegada a esa escena...

En el trabajo terapéutico él entendió el origen de su fobia, pero a pesar de eso, no se animaba a salir. Como tenía una casa vieja en planta baja, le dije: “¿Por qué no ponés un kiosquito? Te quedás en tu casa, pero atendés el negocio”. Así fue cómo empezó a relacionarse con los vecinos, aunque estaba siempre como una vizcacha, asomando sólo la cabeza, y ante cualquier cosa rara cerraba el kiosco. Seguro que nunca iba a ser un vendedor callejero, pero, al final, se casó con una clienta del kiosco, y llevaba una vida casi normal, charlando con uno y con otro... Era bueno el gordo... Pudo armarse una vida mejor cuando vio que el mundo no era tan peligroso como le había dicho su mamá, que no mataban a toda la gente, pero viviendo desde allí, la mitad adentro, la mitad afuera.

Después de casado, empezó a salir, pasó de ser un fóbico grave, a ser un hombre “muy casero”, y eso fue el progreso que pudo hacer, hasta ahí lo pude ayudar.

Aún en patologías muy graves, siempre es posible encontrar modalidades de inserción en grupos con carácter familiar, que nosotros llamamos familias ortopédicas (en chicos de la calle, psicóticos externados).

En la otra función, el trabajo, para una reinserción laboral alternativa usamos el concepto de funcionalización de la perturbación remanente, que es, que en toda enfermedad grave, después del proceso terapéutico, hay un monto de perturbación que no se soluciona totalmente, y esto tendrá que resolverse creativamente. Para ilustrar esto, citaremos como ejemplos, un poco absurdos, el insomne como sereno, el claustrofóbico como vendedor ambulante o cartero (y el mitómano como político…)

LA MUERTE Y LOS DUELOS



Este tema es muy delicado, porque en nuestra cultura occidental es temido y negado. La muerte es considerada sólo un accidente inesperado que es necesario ocultar. Pero sin embargo es la que condiciona toda la vida, la creatividad, el arte, todo lo que hace soportable la circunstancia ineludible de la finitud.

Otro tema ligado a la muerte es el duelo de quien se queda, porque cuando alguien muere estamos obligados a elaborarlo. Recordar todas las circunstancias vividas con aquel que ya no está y reconstruir la historia del ausente. En adelante, a esa persona la guardaremos en nuestra mente y a ésto se llama introyectar al muerto.

El pasado y el futuro son los dos espacios de lo imaginario. El pasado siempre es añoranza porque se nos va lo que conocemos, como por ejemplo, nuestro cuerpo chiquito de la infancia o nuestros padres. Siempre estamos perdiendo algo y tenemos que acostumbrarnos a ello y a despedirnos, o sea, a elaborar duelos, no sólo de las personas, sino de las cosas. El trabajo de duelo es una función básica. Un depresivo se puede definir como la persona que no aprendió a despedirse, a decir “Chau, mi cuerpo infantil” o “Chau, mamá”. También hay despedidas extremadamente dolorosas, como ese chau que viene a contramano: “Chau, hijo mío”.Tenemos que aprender esta ceremonia de la despedida, que es el duelo. He viajado mucho y a lugares extraños, he estado con indios en el Amazonas, en Estados Unidos, en lugares muy marginales como el Bronx y más tarde en la India. En estos lugares percibí las distintas formas de resolver los duelos.

El duelo principal es el de un vínculo y tal vez, el más doloroso, sea el de la pareja, que es muy difícil porque quedamos reducidos a la mitad, ya que nosotros existimos dentro del vínculo como una mitad. El vínculo es lo que da sentido a las cosas, por ejemplo, la casa donde vivíamos con la otra persona, el barrio, la confitería donde íbamos, todo pierde sentido sin esa persona. En los primeros momentos, el duelo se convierte en motivo de consulta al pedir ayuda psicológica, la muerte también es un momento agudo para el que queda vivo.

Conceptualmente, hay dos tipos de muerte: la inesperada y la anunciada. La muerte anunciada como es el caso de una enfermedad terminal, ayuda a la elaboración del duelo, la muerte inesperada, como un ataque cardíaco, por ejemplo, deja pendientes muchos diálogos y explicaciones que no se pudieron resolver y cuantos más sean éstos, más difícil será el duelo. En este caso, una forma de ayudar en terapia, al que hace el duelo, es evocar imaginariamente a la otra persona, generar las condiciones para que pueda dialogar con ese otro que tiene adentro, el que está introyectado en él. Así, podemos hablar con un padre muerto, un esposo o una esposa, porque los llevamos adentro.

Hay instrumentos para ayudar a hacer eso, como el “ensueño dirigido”, donde el paciente está relajado, con los ojos cerrados, en un lugar muy silencioso y se le induce a que aparezca la imagen del ser querido desaparecido, entonces comienza un diálogo, a veces, con voz entrecortada, mientras el terapeuta acompaña, ayudando en ese difícil encuentro con el que ya no está, esto existe en todas las culturas, en todas hay rituales para hablar con los muertos, de una manera u otra.

Insisto: la elaboración de un duelo es la elaboración de una despedida, ya que siempre tenemos pendientes cuentas, reproches o perdones que no nos dijimos. Y si eso no se resuelve, el que murió queda vivo, como “fantasma”, porque “está y no está”.

Entonces, lo que hace el duelo es enterrarlo, ya que los muertos se entierran con palabras en el corazón, sólo el cuerpo se deja en la tierra. Simbólicamente, la losa del sepulcro tiene un significado antropológico, es algo pesado que impide que el muerto vuelva, porque en lo interno, el muerto vuelve si uno no lo elabora. Los cementerios sirven para que nosotros vayamos a visitar a nuestros muertos, si no, los muertos nos vendrían a visitar a nosotros.

Después de la muerte, el que queda, pasa por varias etapas. Primero viene la sorpresa o el desconcierto y luego la negación. Y esa negación termina recién cuando uno, dentro de sí, hace el trabajo de duelo, se despide y construye imaginariamente a esa persona interna.

Por eso, todas las culturas tienen una ceremonia que es el funeral, en especial las culturas primitivas, más sabias y ecológicas, que tienen una buena relación con la muerte, mientras que las tecnológicas, como la nuestra, tienen ceremonias muy pobres, muy breves, como para terminar pronto y olvidarse. Antes, el velatorio se hacía en la misma casa donde había vivido el muerto, eso era importante, porque era en esa casa donde no iba a estar más, esa escenografía permitía que la despedida fuera honda, permitía el llanto y que cada uno contara algo del “finadito”, es decir, que se hiciera un constructo imaginario de esa persona.

Pichón daba mucha importancia a este tema de la muerte, era un “enamorado de la muerte”, un melancólico grave, pero murió en paz, porque tenía muy buena relación con la muerte, cosa que tengo yo también, gracias a él (espero seguir teniéndola cuando ella esté más cerca…).

Actualmente, la familia va a una funeraria, y les dan, por ejemplo, el “3º B”, un departamento anónimo (casi como un albergue transitorio para muertos). Los deudos no hacen nada, no participan como los de antes, que cavaban, construían el cajón, o tenían alguna tarea en la preparación del cadáver, como vestirlo o amortajarlo.

Aquí y ahora, todo lo hacen empleados que ni conocieron al muerto, luego los deudos están diez minutos, toman un cafecito y se van.

A causa de haber querido “hacerse el vivo” con la muerte, el que se queda no la elabora, y pasa años en el diván de un psicoanalista trabajando el tema en larguísimas cuotas.

En cambio, los llamados salvajes del Amazonas, cuando muere alguien, hacen unas ceremonias hermosas llenas de sentimiento y respeto. Hacen un lío bárbaro, se pintan con cenizas, se tiran al suelo, lloran días enteros, algo muy profundo. Antes de la semana, levantan al muerto, lo ponen en una canoa y lo empujan por el río, con comida y cubiertos, para que vaya a la ciudad de los muertos y al finalizar la semana terminan, se bañan y quedan en paz, porque pagaron al contado.

Esa es una cultura que elabora correctamente el tema de la muerte, mientras que la nuestra no lo hace bien. En realidad, los salvajes somos nosotros.

En la India, donde la vida y la muerte están muy mezcladas, he visto una elaboración muy importante. Dicen ellos que cuando uno muere en realidad empieza a vivir de otra manera. Un hindú me dijo (en un inglés hinduizado):”Ustedes los occidentales son ricos y nosotros somos pobres, pero ustedes tienen una vida, mientras nosotros tenemos muchas.” (y yo, como occidental, me sentí pobrísimo). Y es cierto, porque nosotros, con toda nuestra riqueza, no elaboramos el tema más importante, ya que si uno mantiene los brazos abrazando a ese muerto-fantasma, que está y no está, no puede abrazar al vínculo que viene después. Y esto vale aunque no haya muerte, porque si la niña que se hace grande no puede despedirse de papá, no puede recibir al marido, que será su nuevo vínculo profundo. Por eso, en algún momento, tiene que poder decir:”Chau, papá… hola, marido…”.

Como se ve, los duelos están continuamente presentes en nuestra vida y si aprendemos a perder, aprendemos a adquirir. Este es un país que no aprendió eso, lo cual se ve claramente en nuestro tango, que es un duelo eterno, un duelo patológico con música. La mina se fue y el tipo está con la guitarra: “Percanta que me amuraste...” sin poder ver todas las percantas nuevas que lo rodean en el conventillo, porque tiene los ojos ocupados con la que lo dejó, de la que él todavía no aprendió a despedirse. El duelo normal, en algún momento se elabora, se deja de llorar, se retoma la vida y se supera la tristeza.

Pichón fue médico personal de Discépolo, que le contaba los secretos de cada tango que había compuesto, y con Pichón habían llegado a darse cuenta que el duelo de los tangos no es con “la mina que se piantó”, sino con la madre que no tuvo en su infancia. En aquella época, en los conventillos, donde vivía la gente muy pobre, había mucha tuberculosis, desnutrición y muchos elementos que contribuían a dejar a los niños solos, es decir, era muy común el traumatismo infantil por abandono prematuro, que es muy difícil de elaborar, porque cuando se produce la pérdida muy temprana de una madre, ese duelo deja una experiencia de tristeza que no se termina de elaborar nunca.

En una institución psiquiátrica donde trabajé conocí a un paciente cuya madre se había muerto cuando él tenía cuatro años, su padre se había deprimido y él había quedado en un duelo congelado, lo cual le había acarreado trastornos de miedo patológico a la muerte, porque el padre no había podido ayudarlo a llorar. Uno de los instrumentos valiosos que la naturaleza nos dio es el llanto, que al ser convulsivo, relaja la musculatura, porque la muerte produce miedo-contracción, y como el llanto afloja, lo que hay que hacer es llorar plenamente para aflojar la contracción muscular y disminuir la angustia.

Si no se elabora el duelo, es probable que se produzca una somatización, lo colocamos en un órgano del cuerpo, o sea que lo depositamos psicológicamente. Por ejemplo, alguien que tiene una madre agresiva, cuando ella muere, puede comenzar a sufrir de úlcera, porque puso a la madre en el estómago (madre-alimento), es decir que la introyecta sin elaboración dialógica. En este caso la terapia es ayudarlo a ir hacia atrás, al momento de la separación, para poder resolver las situaciones conflictivas con esa madre, y lo curioso es que esto se puede hacer aún después de mucho tiempo, con instrumentos que nosotros llamamos “máquinas del tiempo”, que son el psicodrama y el ensueño dirigido, que permiten revivenciar con toda la conmoción emotiva, aquel traumatismo de desencuentro, de preguntas, de reproches y poder “pagar” aquella cuenta de dolor que teníamos pendiente.

Cuando yo era chico, la ceremonia que rodeaba a la muerte era imponente, siniestra, como siniestra es la muerte: se realizaba en la casa, inundada de coronas que daban ese inconfundible olor a velorio, se usaban carrozas enormes con caballos negros y participaba todo el barrio. “¡Se murió doña Pepa…!” y todos iban y los deudos lloraban abiertamente con los demás en una ceremonia de llanto y abrazos compartidos. Luego se llevaban el muerto, se hacía el entierro, se limpiaba la casa y con esta ceremonia grupal se había exorcizado a la muerte.

En cambio, nosotros, como ya dije, en las grandes ciudades, vamos a esas casas velatorias asépticas y burocráticas y en un ratito liquidamos todo, y volvemos a nuestro departamento donde el muerto va a estar presente en cada rincón que compartimos con él, porque no hubo una ceremonia que permitiera la despedida en el escenario de la vida cotidiana. Engañar a la muerte sale caro.

Otra situación siniestra que solía darse antiguamente: moría un niño y el médico recomendaba a la madre que tuviera otro hijo y a éste, muchas veces, le ponían el mismo nombre, con lo cual el niño debía cargar con el fantasma del hermanito muerto.

Trabajando en EE.UU. con mi profesor, el doctor Angel Fiasché, me contó el caso de un niño que decía que, de noche, veía un esqueleto que se le acercaba, con lo cuál se pensaba en un proceso esquizofrénico. Investigando a la familia, había descubierto que era el caso que mencioné antes, y que la familia había querido sustituir al muerto con ese niño, creyendo así, engañar a la muerte. Entonces, Fiasché les dijo a los padres que tenían dos caminos: o elaboraban el duelo de ellos con aquel nene muerto, sin hacer la trampa de usar al niño vivo como sustituto, como un clon, o tendrían un hijo esquizofrénico. Y lo que el niño decía con esa alucinación del esqueleto que veía a la noche era “Ese cadáver no soy yo”, o sea que, con la alucinación, se sacaba el esqueleto de encima. En última instancia, el niño “deschavaba” la trampa de los padres.

Un pueblo que resuelve bien el tema de los duelos es un pueblo más sano, pero para eso tienen que estar todos juntos. En Bolivia, las ceremonias son fuertes, con esa concepción indígena que es mucho más sabia que esta cultura nuestra tan injusta, tan enferma y que produce tanta soledad. En ciudades como Buenos Aires, hay millones de personas solas en la selva de cemento, encerradas en sus departamentos, absorbiendo la papilla virtual de la televisión.

Tenemos que recobrar la cultura criolla que es más sabia. En el campo, cuando alguien muere, de entrada, le dicen cariñosamente “el finadito” y hablan durante un tiempo de que el finadito hizo esto, hizo lo otro. En los velorios, siempre “el finadito era bueno”, porque el duelo consiste en introyectar al muerto, es decir comérselo según Freud, y nadie quiere comerse un finado malo que luego “le retuerza las tripas”. Esto es exactamente lo que pasa cuando los conflictos pendientes, no elaborados con el muerto (culpas, reproches, rencores, etc.) producen somatizaciones gástricas (úlceras), genitales (impotencia), respiratorias (asma), etc.

Hay un tema que nos defiende de la muerte, y es el amor, es lo único que puede enfrentar a la muerte. La muerte y el amor son antagónicos, lo cual tiene que ver con que yo existo porque otro me mira, y si ya no me mira yo no existo más. Además, yo no muero del todo, si alguien me recuerda. En Madrid leí el lema de un escudo que decía: “Vivir se debe de tal suerte, que vivo se permanezca en la muerte.”

Recuerdo que, una vez, unos alumnos me trajeron a su madre, viuda recientemente. Era una señora muy razonable, pero que en ese momento, se había obstinado en que no quería enterrar a su marido fallecido repentinamente (de un ataque cardíaco en la calle). Quería conservarlo con el cajón sobre su cama haciéndole una ventanita en la tapa para poder verlo. Charlé con ella, muy calmadamente, y le dije:” ¿Para qué querés tenerlo en el cajón? No te va a servir para nada, porque enseguida se va a empañar el vidrio por dentro y ni siquiera vas a poder verle la cara. Además, va a ser todo un engorro administrativo”. La clave de esta necesidad extraña, me la develó ella misma: ”Durante treinta años, nosotros hablábamos largamente antes de dormir. Y ahora, ¿cómo hago?”. Entonces le pregunté: “¿Tenés un buen retrato de él? Bueno, hacele un lindo portarretrato y ponelo sobre la mesita de luz, y todas las noches podés hablar con él. Al cabo de un tiempo, ni vas a necesitar el retrato, porque lo vas a tener adentro de tu corazón”. Es decir, que lo iba a introyectar (parece que la terapia fue demasiado exitosa, porque al cabo de un año, se volvió a casar…).

Algunos dicen que al producirse un vacío, sobre todo en una separación no deseada, como la muerte, es necesario tapar de algún modo ese agujero. Yo pienso que sí, pero primero resolver el duelo, despedirse del que se fue y estar preparado para recibir al que viene.

Es muy peligroso sustituir, porque se le va a pedir al nuevo que sea el otro, y como no es el otro, esto va a llevar a la frustración del “no sos el que yo pensaba…”. Esto pasa muchas veces en las sucesivas parejas.

En la infancia, los duelos son muy difíciles para los niños pequeños. Cuando a los cuatro o cinco años queda sin padre o sin madre, si el que quedó le permite hacer el duelo, abrazándolo, haciéndolo llorar, no es tan patológico. Pero sí lo es, cuando el que quedó no puede contenerlo, el niño no puede llorar solo, necesita la contención de un adulto para apoyarse, para no desarmarse en el desconcierto.

Hay que llorar con otro, el duelo es un fenómeno grupal. En Estados Unidos la muerte está muy negada, y así les va… La despedida es mínima: van, espían de lejos y se van. Está mal vista cualquier expresión corporal y el llanto. Por eso las series norteamericanas están llenas de muerte, pero eso no sirve para elaborarla, porque en las películas siempre se mata al otro, nunca muere el protagonista, lo cual sí sería una elaboración, porque el espectador se identifica con el protagonista y con eso se conectaría con su propia muerte. Pero en nuestra cultura occidental, negadora de la finitud, el tema de la muerte no vende.

Recuerdo que en una profunda crisis mía, en la que me sentía solo y viejísimo, de pronto me di cuenta que la muerte, en realidad, es una despedida de uno mismo, es “Chau, Alfredito…, tantos años acá adentro, hablando entre los dos… nos vamos a separar para siempre”. Morirse es separarse de sí mismo.

Pero la vida es tan insolente, tan potente, que vuelve otra vez, porque el psiquismo tiene recursos de la cultura para asegurar le sobrevivencia del yo. La vida y la muerte deben coexistir, porque si no pensamos en la muerte no sabemos que estamos vivos y nadie está más contento y más vivo que el que alguna vez casi se murió.

Pichón Rivière cada tanto se moría, tenía un ataque y después resucitaba. Una vez me contó que los alumnos de su escuela le reprochaban el hecho de que no se muriera, que parecía que se moría y no se moría, y después volvía a la escuela y no les dejaba hacer el duelo. En uno de esos ataques en el que yo lo acompañé, estaba todo entubado, en el Hospital de Clínicas y le dije, repitiendo una broma frecuente entre nosotros: “Dale, Enrique, decí tus últimas palabras”. El se corrió los tubos de la boca y dijo: “La vida… vale la pena vivirla”. Ese día, que era de sol, yo salí a la calle y sentí que si él, que estaba allí, en ese estado, decía eso, yo debía agradecer el estar vivo.

Otra frase fundamental de Pichón era: “La muerte está tan lejos como grande sea mi proyecto”. O sea, si yo no tengo una esperanza, un proyecto de vida, estoy muerto. Trabajo mucho con pibes muy pesados, pibes chorros, quienes dicen: “Yo sigo hasta que me bajen, porque estoy jugado”. Es decir, yo ya morí, no tengo posibilidades de laburo, no tengo nada, estoy destrozado, la cana me busca, no me importa morir porque no tengo un por qué vivir. Y Pichón murió a los setenta años, joven como un muchacho, claro que a él la vida le había dado oportunidades y a estos pibes no.

En el fondo del manicomio habíamos hecho una comunidad con los compañeros internados, fue una experiencia muy combativa, en el tiempo de Cámpora y una vez, casi tomamos el hospicio. Era la República de los Locos, donde había dignidad para ellos. Al empezar la reunión izábamos la bandera, cantábamos el himno, éramos ciudadanos y había que redefinir quién estaba loco y quién no, porque ya el guardapolvo blanco (el que usaba el psiquiatra) no servía para distinguir loco-sano. Por ello, los psiquiatras nunca llegaban al fondo, porque era territorio liberado. Y los locos, que antes parecían zombies, allí estaban vivos, habían revivido porque habían comenzado a dialogar y tenían un proyecto, que era construir el pueblito de la República de los Locos. Fue una experiencia hermosa, pero cuando vino la dictadura militar inmediatamente nos disolvimos, éramos considerados subversivos psiquiátricos. Cuando terminaba el proceso volvimos con la Cooperanza.

Después hicimos el Bancapibes, con pibes de la calle, que llegaban con el alma congelada, y al construir entre todos, una comunidad de tareas y afectos, comenzaron a descongelarse, a querer la vida y ya no esperaban la bala policial como algo inevitable.

Haciendo el análisis del tango “Malevaje”, vemos que habla del guapo que no tiene miedo de morir, que se juega todo. Pero que cuando conoció a una mina que “pasaba con un compás tan hondo y sensual…” el tipo se enamoró. Y luego se queja porque después de eso, había cambiado tanto que un día en que lo habían desafiado a pelear, había huido, no había querido arriesgarse a caer preso o morir, ya que eso le hubiera impedido vivir su amor. O sea, el amor nos hace querer la vida porque nos erotiza el futuro.

Víctor Frankl, un psicólogo que estuvo en campos de concentración, creador de la Logoterapia, una terapia de enfoque existencial, lo primero que les preguntaba a los pacientes que iban a su consulta era: “Usted, ¿por qué no se mataría…?” Y con eso lo obligaba a reflexionar y a enfrentarse con lo que le impedía querer morir, o sea con lo que lo ataba a la vida. Es decir, al paciente le hacía oponer la vida a la muerte.

Allá en la India creí adivinar que la muerte está incluida en la vida, tal como aquí en el campo, porque tienen una concepción circular de la existencia, mientras que nosotros tenemos un concepto lineal que niega el final, y por lo tanto nos aparece, a veces, la profunda inquietud frente a ese final ineludible.

Con el amor y el trabajo enfrentamos la muerte. Una vez le preguntaron a Freud qué era la salud y respondió:”Amar y trabajar”. Con esas dos piernas, yo puedo recorrer ese camino tan extraño que es el existir. Pero si me quitan el trabajo, como sucede con la desocupación actual, yo quedo rengo, y si con eso pierdo la familia, quedo tirado, entro en depresión y no quiero vivir.

Cuando hago un grupo con desocupados y me dicen “¿Qué hacemos, Alfredo?”, yo digo: “Vayan a pelear, a protestar, a quemar… ¡Armen lío, muchachos!” Y eso les sirve porque les da un proyecto, aunque sea desde la bronca, porque si se quedan quietos se deprimen.

En el tiempo en que los jubilados iban a protestar al Congreso, yo estaba en relación con PAMI, y veíamos que los viejitos que se quedaban en casa tenían más problemas psicológicos que los que iban a pelear al Congreso, porque la pelea es vida, y la pelea puede ser de amor o de odio, que es amor podrido. Mi hijo, que es biólogo, dice que en biología hay una ley fundamental: “todo organismo que no está en conflicto con su medio, está muerto”. O sea que la vida es conflicto, si peleo estoy vivo.

No se puede hablar de la muerte sin hablar de lo contrario. Sabemos que el día es el día porque existe la noche, y sabemos que la vida es lo contrario de la muerte, a tal punto que podríamos decir que la muerte no existe, que es sólo la ausencia de vida. Si no fabrico la vida, sucede lo que hay detrás, la muerte. La vida es figura, la muerte es fondo, como en la termodinámica, que tampoco existe el frío, sino sólo la falta de calor. A veces, desgraciadamente, cuando el vínculo no es amoroso, la gente se une a través de la pelea. Si no nos amamos, nos odiamos porque lo que más tememos es quedar solos.

Las drogas y el alcohol son formas tecnológicas de tapar la muerte artificialmente. Yo he hecho la experiencia de consumir una droga psicoactiva que se llama “wachuma”, en Perú, que los indios toman juntos y hacen un viaje hasta el principio de la vida, y también a los extremos de la muerte, allí me di cuenta de que estaba en el medio de algo, del existir.

En cambio, la droga que se está dando a los jóvenes es terrible. La cocaína es muerte, ya que induce sólo a la acción pero no abre la cabeza. Para los muy pobres, el Poxi-Ran o ahora el paco que les quema las neuronas y los mata en seis meses. Una vez le pregunté a uno de los chicos por qué se drogaba y me dijo:” ¿Qué querés, que me vuelva loco?... yo duermo donde vos caminás”. Era casi como decirme: “dame una casa y yo dejo el Poxi.”.

Fui Director del Asilo de Mendigos de la Municipalidad de Buenos Aires. Claro, la única vez que acepte un cargo público fue en el lugar más marginal, como corresponde, ya que la marginalidad me atrae. Hay mucha vida dentro de esa muerte, hay mucha riqueza existencial. Un croto viejo me dijo: “Señor Director, usted habla de la psicología, pero, ¿usted sabe cuál es el diván de los pobres?: el cartón de vino, porque nos quita el hambre, el frío y la tristeza”. Entonces, yo, ¿cómo puedo decirle a uno que está tirado bajo el puente “No tomés”, si no le estoy dando comida, calor y contención? Y los pibes ¿por qué se drogan? Porque no tienen destino. Estamos haciendo un genocidio a futuro, porque los pibes son el futuro.

En la Argentina actual, estamos rodeados de muerte. El hambre y la miseria no se pueden aguantar, no se puede llevar la desesperación de un pueblo hasta tal punto, sin que suceda una explosión social, que termine con la injusticia. En los sectores pobres, donde el hambre hace estragos, sin embargo, hay solidaridad.

Estamos rodeados de muerte, sí, y por eso yo imagino que si la situación llega a ser totalmente inaguantable, esta etapa histórica tan dolorosa, de nuestra Argentina, puede terminar para dar lugar a un nacimiento. Pero el parto siempre tiene algo de sangre, que ojalá sea poca. Entonces, algo tiene que pasar, porque el hambre lleva a extremar los mecanismos de sobrevivencia y por eso no hay nada más peligroso, para un sistema corrupto, que un pueblo desesperado. Los pobres no van a aceptar su destino de marginalidad extrema, sino que van a dar batalla como históricamente lo hicieron pueblos como el de Francia, en la Revolución Francesa, que produjo tres hermosas palabras: libertad, igualdad y fraternidad, con las que se quiso fundar nuestro país.

Volviendo al tema de la muerte, cuando se muere un abuelo “tano”, con toda la familia alrededor, es un mentiroso si dice que está angustiado, porque está rodeado de todos sus seres queridos, acompañado con abrazos y llantos. En cambio, en Estados Unidos, la muerte es espantosa, en terapia intensiva, solo, en medio de toda esa tecnología deshumanizada.

Quiero terminar con algunas recomendaciones para operar frente a una propuesta suicida.

Recuerdo un suicida, en una institución donde yo trabajaba, que quería tirarse desde el décimo piso y yo no sabía cómo hacer para que tomara conciencia de lo que se proponía. Entonces le dije “Mirá, si vos te tirás desde el décimo ¿qué pasa si en el quinto te arrepentís?” y allí vaciló porque se enfrentó a una duda, tomó conciencia de lo irreversible de lo que quería hacer y al dudar, me dio tiempo para engancharlo y tironearlo nuevamente hacia la vida.

Siempre que una persona, especialmente un adolescente, dice: ”Me quiero matar” hay que escuchar otra cosa: “Ayúdenme a vivir, que solo no puedo”. No es que quiere irse de la vida, lo que no puede es quedarse.

Cuando alguien se quiere suicidar le dicen “No te matés”, y lo que hay que hacer es preguntarle por qué, porque así se le da la oportunidad de contar lo que le pasa, y al contarlo se vincula, y al vincularse se engancha en la vida otra vez. Decirle “No te matés” es una orden negativa, de rechazo, pero en cambio, preguntarle “¿Por qué te querés matar?” es una propuesta positiva, que lleva al diálogo, al encuentro.

El tema es qué hacemos con lo que perdemos y no podemos recuperar, pero que queda como fantasma. ¿Qué hacer con los fantasmas? Cada uno tiene sus fantasmas. Las ceremonias del adiós, son las que permiten transformar el conjunto de experiencias vitales que tuvo con otra persona en su historia. Esa historia compartida, es lo que hay que incorporar. Cuando uno pierde a alguien, lo que queda es el conjunto de recuerdos que tiene con esa persona, se va el cuerpo pero la historia queda.

Quedan los recuerdos y también los conflictos de los recuerdos. En las muertes que dan tiempo para que, por ejemplo, el padre enfermo y el hijo dialoguen en el marco de una terapia, en la que se puedan resolver las culpas y los reproches, se evitará que posteriormente los conflictos no resueltos produzcan patologías en el hijo. Es un trabajo conjunto de “ajuste de cuentas”, pues todo vínculo es conflictivo. Esos diálogos de puestas al día de las cuentas, el pasado de facturas mutuas, son muy convenientes para que el moribundo haga el tránsito hacia su muerte con cierta paz, y la persona que queda viva lo recuerde mejor. Es el gran tema de las terapias terminales que ayudan a elaborar ese pasaje tan difícil que es despedirse de uno mismo, que en los últimos tramos es de mucha soledad, porque se muere como se nace: absolutamente solo.

Lo que sucede comúnmente es que la persona muere sola en terapia intensiva rodeada de aparatos. Muere solo, sin una mano, una mirada que humanice ese espanto. Es de una crueldad increíble que a una persona se le postergue artificialmente la muerte, muchas veces sólo por rédito económico.

Si alguien tiene un accidente, es correcto que se lo ponga en terapia intensiva. Pero a veces a algunos ancianos los ponen ahí y mueren solos, no en su casa rodeada de su familia, como es el planteo de la filosofía de cuidados paliativos, que es acompañar y humanizar la muerte.




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