Alfredo Moffatt Terapia de crisis


EL PSICOPATA La subjetividad vacía



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EL PSICOPATA

La subjetividad vacía

Como marco psicopatológico vamos a describir los tres modos de patologías básicas: neurótico, psicótico y psicópata.

El neurótico pertenece a dos mundos, el mundo subjetivo y el mundo objetivo. Tiene trastornos que no le impiden la inclusión social, se comunica con los demás (el mundo objetivo) y también tiene un diálogo interior (el mundo subjetivo).

El psicótico, por el contrario, no tiene mundo externo, se tragó el mundo, se volcó totalmente hacia su interior, metió el mundo adentro y él quedó encerrado en ese mundo que armó y que nosotros llamamos delirio. El delirio es equivalente a un mundo, porque tiene reglas, personajes y define espacio y tiempo. Con esto obtiene una percepción omnipotente porque puede transmitir pensamientos y manejar ilusoriamente la realidad, interpretándola desde su sistema delirante. No es peligroso, porque su mundo es virtual (a lo sumo, te puede arrojar un tomate radioactivo…)

El brote psicótico es el momento en el que a la persona se le desarma la realidad, no sabe quién es ni dónde está, qué época de su vida es, el momento histórico no tiene sentido, tampoco los vínculos, queda aislado y le desaparece la identidad. A este proceso lo vive de forma tan aguda y desolada, que inventa un vínculo con un personaje, o confabulaciones imaginarias que, en el caso de la paranoia, lo persiguen.

La identidad depende de una cantidad de vínculos y de ubicaciones en espacios temporales, de normas, roles, mitos que la cultura asigna, se es en función de un entorno que se llama la realidad, si la realidad se desarma, se desarma el yo.

Muchas veces la esquizofrenia, que en el primer momento es sólo fragmentación, produce mucho desconcierto en los demás, y por eso al loco, al psicótico se lo encierra. Entonces éste percibe que lo van a forzar y se asusta, es decir aparece un componente paranoide, se imagina que hay un complot de los demás, todos son enemigos, inventa un marciano que lo persigue, etc. En general tienen delirios persecutorios, por eso se encierran o se aíslan, no hablan con la gente para no ser vulnerables, y uno se pregunta: “qué tonto ¿por qué se busca un enemigo?” Lo hace para poder interactuar con alguien, porque ese enemigo, al perseguirlo, le da una estructura de vida, que es huir y defenderse.

De alguna manera reconstruye un mundo, pesadillesco, y empieza a controlar, no lo que dicen los otros, sino los gestos que hacen. Por ejemplo: “se está tocando la boca, está disimulando algo que tiene en la boca, que a lo mejor es un veneno para mí, el otro está anotando lo que digo, aquél hace creer que es ciego pero me ve perfectamente…” Todo el mundo se le convierte en una pesadilla y con eso tiene, de alguna manera, un argumento. No inventa un amor, porque quedó aislado, el amor exige la respuesta del otro, en cambio el miedo no. No me importa si Frankenstein me quiere, lo que me importa es solamente que me persiga. Todo delirio se da por el fracaso del amor, que es un vínculo dialógico con el otro.

El psicópata, en cambio, es muy peligroso porque es una computadora, no pierde el tiempo en emociones, porque no puede sentirlas.

Podríamos decir que el psicópata es una persona que está vacía; así como el psicótico está lleno y el mundo queda vacío porque lo metió adentro, el psicópata es exactamente lo inverso, quedó encerrado afuera, su vida es una exterioridad.

Desgraciadamente, psicótico y psicópata son parónimos, suenan parecido, por lo que muchas veces se lee en el diario: “Un psicópata se escapó del Borda… “ y en el Borda, sólo hay psicóticos.

Entonces, el esquizofrénico es lo contrario del psicópata. El psicópata es el asesino serial, el estafador, el cana brutal y sin compasión, el torturador, es la persona que tiene un interior completamente vacío y maneja el mundo, él está fuera de sí mismo, está en el mundo, es como un robot y controla a los demás, vive afuera porque adentro no hay nadie.

Esto de que adentro no hay nadie, es una sensación que se tiene con los psicópatas graves, no hablo de los aspectos psicopáticos, un poco manipuladores que tenemos todos. Cuando se es un psicópata grave, su mirada en la interacción, nos da como un escalofrío, nos damos cuenta de que nos está mirando como a un objeto a manipular, no como un sujeto con el que interactuar.

Vi mucho esa mirada, desgraciadamente, en algunos de los pibes del instituto Almafuerte, que estructuraron personalidades psicopáticas, chicos con varios homicidios, a veces homicidios gratuitos. Había uno especialmente que inspiraba miedo, hasta los guardias le temían porque podía hacer un ataque inesperado. Un día agarró un lápiz y se lo enterró en el ojo a otro compañero sin ningún motivo, sólo para intimidar, porque con eso generaba el terror. En el taller de carpintería estaba “el jefe” que era muy grande (también le dicen el “pesado” o el “poronga”), y como él quería disputarle ese lugar, sin decir nada, sin que medie ninguna provocación, tomó un punzón y se lo clavó, sin que se le moviera un pelo, y así él quedó como jefe.

Lo que también vi ahí es que, el que estaba adentro y el que estaba afuera eran muy parecidos, porque los dos estaban con miedo de que el otro lo agrediera. Los pibes estaban verdugueados, y los guardias estaban esperando que en un motín les pongan al cuello un hueso de pollo afilado. Existe una paranoia mutua, el sistema es loco y produce psicópatas de los dos lados. El sistema judicial condena al chico sin que el juez lo vea, y el edificio se parece más a una perrera que a un lugar de rehabilitación.

El psicópata es el manipulador feroz. Esta característica, de tener vacío adentro, está percibida incluso por el lenguaje popular, el self que nosotros llamamos el núcleo yoico se puede superponer al término popular de alma, el alma es el núcleo más profundo que tenemos, independientemente de lo religioso, es el yo, es ese con el que hablamos cuando queremos ir hacia adentro, el lenguaje popular dice desalmado, que no tiene alma, y es que realmente da esa sensación, porque en la mirada no tiene ninguna arruga, son esas miradas frías, que producen inquietud.

Esto no tiene nada que ver con la violencia del alcohólico o la del golpeador. El psicópata es el manipulador, por ejemplo, podría ser un psicópata si golpea a la mujer muy cruelmente y la mujer lo sigue, no por miedo, sino por haber quedado fascinada por el sadismo de él, porque ya tenía un núcleo masoquista que el psicópata detectó. Es un juego donde la mujer queda atrapada en la dialéctica sadomasoquista, no es el juego del gato y el ratón, sino el de la serpiente y el pajarito; la serpiente desconcierta al pajarito porque está quieta y de pronto el pajarito se da cuenta que eso que está quieto es una serpiente, lo paraliza y en un instante se lo come.

El golpeador no, el golpeador puede ser una persona epileptoide, alcohólica, violenta, pero no manipula. El que manipula, a lo mejor golpea y desespera a una mujer y la lleva a que se mate, pero antes logró que pusiera la casa a su nombre porque manipula para delinquir.

El verdadero psicópata es el que hace que la victima se entregue sola, por eso es tan siniestro, porque manipula, percibe la escena deseada y la fascina con eso.

Un psicópata puede tener un núcleo paranoico, depresivo o histérico. El paranoico, es el militar que conduce a la muerte, como Hitler, o Videla. El histérico, es el gran seductor, que enamora y abandona, y el psicópata depresivo es el que detecta a una mujer depresiva grave y le dice: “quiero hacer con vos un pacto de muerte”. Adivina esa escena de amor y muerte de la mujer, pero antes le dice: “pongamos la casita a nombre de los dos”. Y cuando están en la cornisa del séptimo piso, le dice: “yo me tiro primero” y ella responde: “no, no, primero me mato yo, porque no soportaría verte muerto...” (que es lo que el psicópata había supuesto) y cuando ella se tira, él se asoma y piensa: “¡ Uy… cómo quedó! bueno… ahora, a vender la casa”.

Por eso el psicópata es muy difícil de detectar, porque fundamentalmente es seductor. Cuando una persona es demasiado encantadora los primeros diez minutos, me preocupo, porque casi seguro es un manipulador.

El psicópata es muy interesante de estudiar, porque es un personaje muy importante en épocas de crisis. Cuando fallan las instituciones, el psicópata llega al poder por manipulación, en cambio, cuando los encuadres institucionales funcionan, el psicópata no puede operar.

Por ejemplo, Menem era un psicópata histérico, manipulador, seductor, hay anécdotas de él que lo muestran como un gran tramposo. Fue muy peligroso por el lugar al que llegó, Menem hubiera sido un buen almacenero en La Rioja, un turco almacenero que vende y, a lo sumo, roba en el peso, pero que llegara a presidente y vendiera el país, fue culpa nuestra. En este caso, los argentinos nos comportamos como una mujer golpeada.

En cambio Videla era un psicópata mesiánico y Camps un psicópata sádico, todo torturador es un psicópata sádico.

Nosotros no podríamos ser psicópatas, nos resultaría muy difícil. Si nos obligaran a ser torturadores y empezáramos a cortar con un vidrio roto a una persona, cuando viéramos a la persona ensangrentada nos desmayaríamos, porque no podemos evitar identificarnos. En cambio el psicópata piensa: “Este vidrio no corta nada” y rompería otra botella.

En el caso de algunos de los pastores evangelistas, el pastor Jiménez, por ejemplo, se trata de un manipulador histérico. Trabaja para un público femenino que él seduce porque les hace caritas y les habla con voz de radioteatro. Los observadores de nuestra escuela que estuvieron en su templo dijeron que sintieron culpa porque estaban observando en forma tramposa y la gente estaba realmente entregada, vieron cómo generaba una histeria colectiva. Él hablaba de Dios y de cómo devolverle a Dios por los milagros concedidos a través de su Iglesia. En ese momento pasaban un sobre para que la gente depositara la plata.

El pastor norteamericano Jim Jones hizo que casi mil personas se suicidaran, ¿cómo lo consiguió? Como la hermandad estaba aislada, no había testigos, el único que hablaba era él y la gente no podía confrontar con la opinión de otros, estaban en un campamento en la mitad de la selva, en la Guyana, y él tenía todos los pasaportes, así que nadie podía irse. En general eran personas marginadas, sin destino, ex drogadictos, población negra. Decía que para aumentar la santidad y demostrar la lealtad, proponía un suicidio simulado. Simulaba poner cianuro en los refrescos y se los hacía tomar, la gente lo hacía porque consideraba que era un ritual religioso y de fidelidad a él.

Repitieron esto varias veces sin que hubiera veneno. Pero como el psicópata no puede admitir perder el control, cuando fue al lugar una inspección de la embajada de EE.UU. para cerrar la Comunidad, Jones prefirió destruir todo a través del exterminio, antes que caer él solo, porque el psicópata se considera el dueño de los demás, para él son objetos, no sujetos.

Para esto, hizo poner cianuro realmente, y como maniobra psicopática, hizo que primero le dieran de beber a los niños. Cuando los padres vieron que los niños morían, ellos, por la desesperación, se mataron. Esa es la habilidad del psicópata, los controló con la culpa.

Hitler era otro psicópata, proveniente de un pueblo que tiene características paranoides. Los alemanes, cada tanto, hacen un delirio guerrero. Hitler creaba una hipnosis colectiva, porque hacía los actos en los bosques, en base al fuego, con miles de banderas al viento, algo que es ancestral de los pueblos teutones. Lo hacía ante diez mil personas, a los alemanes no les cuesta nada ponerse en formación, bien rígidos. El resto se lograba con reflectores y luces, generaba una hipnosis colectiva, gritaba y gesticulaba, como salido de una ópera de Wagner, hablaba del sionismo internacional, los enemigos que iban a destruir Alemania, y con eso generaba el trance.

¿Cómo se distingue un psicópata de un líder? San Martín, por ejemplo, convenció a tres mil o cuatro mil campesinos de Mendoza que cruzaran Los Andes, con hambre y frío, para ir a pelear al otro lado de la cordillera. Hitler también preparó una guerra, pero, ¿cuál es la diferencia? que el final del juego para Hitler fue Alemania totalmente destruida, perdieron todos, y el final del juego para San Martín fue que consiguieron la independencia, ganaron todos.

El psicópata histérico es el menos peligroso, su secuencia es: seducción, engaño y abandono, después de prometer el amor eterno.

En cambio el psicópata paranoico es el más peligroso, porque puede llegar a ser un asesino. La psicopatía es funcional al sistema, en los cuerpos de seguridad, no podrían pertenecer a esas fuerzas personas que no tuvieran esa característica. Imaginemos que un policía le rompiera la cabeza a alguien y después dijera: “¿qué le hice?... usted no hizo nada y yo le reventé la cabeza, está lleno de sangre, y ahora yo me siento mal…” Si le pasara esto lo echarían, argumentando que no está cumpliendo con su deber.

En el momento actual el psicópata tiene dos destinos: si es pobre va a la cárcel y si es rico va al poder. En las épocas de crisis sociales, ningún político llega al poder sin componentes psicopáticos, pues la guerra por el poder se realiza en base a traiciones y mentiras.

El psicópata no siente culpa debido a que no tiene núcleo yoico, no lo pudo desarrollar, es alguien que desde chico fue tratado como objeto, no le permitieron percibirse como sujeto ni que percibiera la subjetividad ajena, con la cual poder construir su propia subjetividad, no aprendió que no somos objetos, que somos distintos a una piedra o a un animal, porque hay una percepción subjetiva empática que resuena con el otro. Seguramente le decían: “¿Estás triste? Bueno, andá y pegale a ese chico”, o: “¿Tenés miedo? Ahora viene papá y te pega”. No fue estimulado en sus sentimientos de empatía, de ponerse en el lugar del otro y suponer que adentro de ese otro hay un ser humano igual al que el tiene en la cabeza, aprendió que los vínculos humanos son una serie de actos y no una serie de emociones.

El psicópata es un personaje difícil de percibir, porque es nadie subjetivamente, es parecido a un robot, en las películas americanas aparece mucho el tema del extraterrestre, es el replicante, el que tiene rueditas en la cabeza, que no es una persona, es un aparato, un doble, no hay nadie adentro.

Cuando estuve en el manicomio de Nueva York, ya a punto de volverme, tuve ganas de hacer algo que, de haberlo hecho, seguramente hubiera ido preso, y era abrir un americano para ver “si había alguien adentro”.

El poder en EE.UU. tiene características psicopáticas, un imperialismo tiene que tener una personalidad psicopática, es inimaginable un imperialismo con una personalidad melancólica, que tire NAPALM a los vietnamitas y después sienta culpa: “¡Qué barbaridad, todos los pibes quemados…! No, ellos dicen: “dos mil quinientos mayores y quinientos menores muertos, la operación fue un éxito”.

Mataron a tres millones de vietnamitas y dijeron que fue para que ellos aprendieran lo que es la democracia. Y siguen tan simpáticos y sonrientes (ahora matan iraquíes).

Cuando se estaba por terminar el contrato del Canal de Panamá, decían que Noriega, el presidente, era traficante de drogas y era un delincuente, con esto justificaron la invasión para capturar a Noriega ¿y Pinochet, qué era?, ¿y Videla qué era? ¿y en Colombia, Escobar? No, el malo era Noriega, justamente donde estaba el Canal. Siempre tienen que tener la razón, siempre fueron ellos los agredidos y los buenos, todos criados por Walt Disney…

Rambo, por ejemplo (que es un psicópata oligofrénico) está todo el tiempo asesinando gente, y por supuesto que al final de la película no dice: “¡qué cantidad de gente que maté! a veces siento culpa”.

En cambio, en el Martín Fierro, cuando él mata al negro (que incluso lo había provocado), se siente culpable, y, como le contaron que no fue bien enterrado, piensa: “tendría que ir a rezarle un responso…” Fierro se dolió del otro, porque es un héroe épico melancólico, en cambio Rambo, el héroe de los norteamericanos, es un héroe robot de esa cultura de plástico, que no puede deprimirse ni sentir empatía.

Un psicópata nunca va a buscar terapia, porque le va bien, él manipula a los demás ¿para qué va a ir a terapia? ¿Para enterarse que está vacío adentro?

Por supuesto que hasta aquí estamos hablando de los casos graves, aunque hay psicopatías de distintos grados. Un psicópata puro por ejemplo, es un asesino serial, un torturador, es un Videla, un Massera, que no sólo no se arrepienten, sino que además lo justifican “en defensa de la cultura occidental y cristiana”, “pero usted cortó al bebé en pedacitos…”, y responden: “sí…, pero fue por la patria”.

Por supuesto hay formas intermedias, todos nosotros manipulamos un poco. Si yo no manipulara un poquito… en el año 1971 llevé treinta chicas de la Escuela de Pichón al fondo del Borda, todos los sábados, para hacer La Peña Carlos Gardel, pero, ¿por qué no soy un psicópata y soy más bien un líder? Porque la gente quedó contenta, aprendió, se sintió buena, se enriqueció emocionalmente con los muchachos de adentro; realmente fue una experiencia hermosa de solidaridad. Pero si yo no hubiera tenido alguna capacidad de enganchar, no hubiera convencido a nadie de que fueran todos los sábados al fondo de un manicomio… La diferencia con un psicópata, es que éste haría una Peña para enriquecerse él, usando para eso a los pacientes.

El psicótico, en cambio, nos mira y pensamos: “¿a quién está mirando?, ¿al de atrás?” porque no nos mira, nos atraviesa con la mirada, está mirando a otro imaginario, y por eso produce inquietud, porque nos hace desaparecer. El psicópata, en cambio, nos mira y nos capta, nos hace sentir que está calculando cómo nos va a cortar en pedacitos sin que se le mueva un pelo.

El psicópata grave no tiene cura porque no le conviene. Cuando yo atendía en el hospital de Nueva York, algunas veces, vinieron personalidades bastante psicopáticas, y en realidad venían a que yo les hiciera un certificado de locos, para que pudieran quedar impunes las cosas que hacían: “Yo soy enfermo mental, por eso le pego a mi mujer, soy así, eso es lo que pasa, no es que sea culpable”. Entonces yo les contestaba: “Ah, ¿usted quiere un certificado de impunidad?… Yo no doy ese certificado, para eso tiene que ir a la policía, ellos se lo dan a sus amigos”.

Muchas veces me preguntan: “Si no tiene cura ¿por qué lo explica?”… La respuesta es: para que nos defendamos de ellos. No lo explico para curarlos sino para defendernos, para no ser manipulados.

Una hipótesis que explica la conducta sádica (pues el sádico muchas veces registra lo que hace, filma el sufrimiento del otro, lo mira) es que, de alguna manera, busca salir de ese estado de ser cosa a través del dolor del otro, se comunica emocionalmente de una forma muy primitiva y sin éxito, no es que se conmueva, pero es como si con eso lo intentara.

En las películas aparece muchas veces el prototipo del sádico que lo es, no tanto por lo que hace, sino por la cara de goce que pone cuando lo hace, casi como si fuera un orgasmo.

En general el psicópata tiene que violar, porque no puede producir la emoción amorosa, el psicópata, por su sangre fría, es como un reptil, por eso la violación va muchas veces acompañada de atrocidades. En las películas americanas aparece demasiado, cada cinco películas una es de un sádico, las otras tres son de otro tipo de psicópatas. El delincuente es un psicópata y el policía, cuando lo mata violentamente, lo hace del mismo modo que el psicópata.

Astiz, por ejemplo, es el psicópata perfecto, puede mentir, simular. Para el que no tiene ningún sentimiento, es mucho más fácil simular cualquier cosa, puede ser un gran benefactor, una víctima, etc. Recordemos que cuando se infiltró en Madres lo aceptaron por su aspecto de niño indefenso.

Pero si uno está prevenido, puede detectar al psicópata, especialmente por la frialdad intimidante de su mirada, su rostro no tiene ninguna expresión.

Si aprendemos a percibir como terapeutas la mirada de quien vamos a asistir, distinguiremos las patologías y los matices en la histeria, la fobia, la depresión, la psicosis y la psicopatía.

A Astiz no lo he visto de cerca, pero he visto otros psicópatas. Yendo a los programas de televisión, uno a veces se encuentra con ellos, tienen una frialdad amenazante, y cuando se quieren hacer los compasivos es peor todavía, porque es una compasión falsa, dan más miedo que si sacaran un revólver. Como imagen, al psicópata grave, lo vemos como una mezcla entre un reptil y un robot.

Que el psicótico existe, lo creen todos enseguida, pero el psicópata es más difícil de aceptar como enfermo, porque no delira, maneja la realidad mejor que nosotros, porque justamente, no tiene interferencias provenientes de sus emociones internas, de las proyecciones e introyecciones, no se enamora realmente, no adquiere culpa, no se deprime, tiene grandes ventajas sobre nosotros, los pobres neuróticos (que nos pasamos sintiendo culpas y deprimiéndonos por los dolores de los demás…)

El chico de la calle tiene características psicopáticas, pero como es chico, todavía está en una etapa plástica, todavía puede aprender a empatizar. Al comienzo, el chico de la calle es frío, porque la vez que se entregó le fue mal, cada vez que manifestó emociones le fue mal, lo abusaron o lo abandonaron, entonces se fabricó una coraza. Además ¿se imaginan dormir donde otros caminan, en la calle? Él debe estar siempre hacia afuera, porque está permanentemente en riesgo, pibe que se duerme pibe que pierde, duermen con un ojo cerrado y otro abierto.

Volviendo al psicópata, lo definimos como el que quedó encerrado afuera, no tiene subjetividad, en cambio el psicótico es pura subjetividad, quedó encerrado adentro, por lo tanto es inofensivo.

El Borda es el lugar más seguro, no hay ninguna posibilidad de un ataque, y menos sexual, pero podríamos decir que no es seguro emocionalmente porque te encariñás. Por ejemplo, te dicen: “Hola, el año pasado viniste vos, Marta, y te habías separado de Eduardo…” y vos pensás: “Nunca se acordaron tanto de mí…” y te conmovés.

En cambio el psicópata está en el poder o en las fuerzas de seguridad. A los del servicio penitenciario, por ejemplo, el sistema los hace de piedra y ellos verduguean a los presos, que entonces se transforman en lo mismo, esto es un círculo vicioso. En este sentido es difícil cambiar el juego, porque si fueran todos los psicólogos a Devoto, de un día para otro y con una actitud de contención, se los comerían, o los matarían, porque primero hay que hacer una rehabilitación. Antes, y durante un buen tiempo, habría que ablandar esos corazones (de presos y guardia cárceles) y después sí podrían entrar los psicólogos.

Esta “paronimia” entre psicópata y psicótico, a veces confunde, se tendrían que llamar de otra manera, porque no sólo no tienen nada que ver, sino que son opuestos. En otros tiempos, el psicópata era llamado loco moral, ese era su diagnóstico psiquiátrico.

El psicópata verdadero, como algunos políticos, no va en cana. Un amigo criminólogo (Elías Neuman) me decía: “A la cárcel van los delincuentes fracasados”, los pobres, los que no pudieron aprender a psicopatear, porque el verdadero psicópata se transforma en juez coimero, en jefe de las fuerzas de seguridad, en estafador de bancos… lo hace bien porque es muy hábil.

El psicótico no, se retiró del mundo, se cree omnipotente y maneja el mundo desde su delirio, no tiene estrés, no somatiza. El psicópata tampoco somatiza pero hace somatizar a todos los demás.

Entre los psicópatas de la dictadura ninguno se sintió culpable ni se suicidó, porque tienen una superestructura ideológica: la defensa de la sociedad occidental y cristiana. Para los psicópatas paranoicos, todos los demás son agresores, y ellos mataron para salvar el país.

Hay una obra de Tato Pavlovsky que se llama “El señor Galíndez”, en donde el psicópata tortura al prisionero, y después se va a su casa y está con los hijos y les lee el Pato Donald. Está disociado, como ese asesino serial que mató a toda su familia y lo que dice el vecindario es: “Era tan amable, saludaba a todos sonriendo…”

En cambio nuestros bandidos rurales, Bairoletto, Mate Cocido, delincuentes grandes, no eran psicópatas, eran chorros, robaban a Bunge y Born pero repartían con los pobres. Bairoletto y el Gauchito Gil llegaron a ser santos populares, eran justicieros sociales.

EL PROCESO TERAPEUTICO
La Escena Cero: deseo y temor

La teoría de la Escena Cero es un artefacto simbólico, una suposición teórica que permite formular preguntas, resolver el tema de la identidad, de la permanencia de algo que se transforma. La escena cero sería el núcleo invariante que permite que el sujeto se transforme porque hay algo que no se transforma, que es la escena cero, la representación de una matriz vincular. Es lo equivalente a lo que en música se llama el leit - motiv. Esta escena cero sería la escena arcaica, sería nuestro modo fundamental de estar en el mundo, es nuestra verdad frente a la muerte. Nosotros la tomamos como escena porque desde ahí es más fácil trabajarla con Psicodrama o Ensueño Dirigido. Además todos los recuerdos y anticipaciones tienen forma de escena. Cualquier droga psicoactiva que estimule la regresión es un camino a ella. La escena cero es también una situación inconclusa, y por eso es dinámica. Contiene el deseo y el miedo, contiene energía, contiene una contradicción, es difícil de trabajar, es regresiva y ambivalente. Deseamos y tememos, es una moneda de dos caras, en una está el deseo y en la otra el temor.


La Escena Cero: el argumento básico

El tema básico de una vida es equivalente a la escena cero. ¿Qué es lo que me mantiene vivo? El argumento básico: ¿con qué armo la máquina de andar la vida? Puede ser con personas, un rol social, ser héroe, poderoso o santo. También puede ser una escena, un juego, la perversión, la aventura, un drama, la venganza, la revolución, el viajar. Esos serían los temas del vivir. Pero también hay vidas que se organizan desde un vegetar, en base a sensaciones orgánicas, como comer, coger, beber. Esto también vale y llena una vida (más: es un modo muy usado). Otras veces, el tema básico es un síntoma, el asma, las fobias, los rituales obsesivos o la fórmula más común que es la rutina, el burocratizar la vida cotidiana, y tener un empleo municipal. (Yo fui municipal tres veces y me echaron tres veces.)


O sólo drogas o sólo palabras

Hay dos planteos psicoterapéuticos que evitan la emoción y toda la temática existencial. Uno es el organicista, que viene de la medicina, con los psiquiatras, y en base a psicofármacos, o sea, el chaleco químico; esto es estimulado por las multinacionales de la psicofarmacología. En él, se trabaja sólo sobre los cuerpos.

Otro es el de los psicoanalistas lacanianos, que vienen de la Literatura, no de la Medicina, y manejan sólo palabras, desde un concepto de inconsciente universal y abstracto donde quedan encerrados en palabras que explican otras palabras. Estos, trabajan sólo con símbolos.

¿Y quiénes curan a las personas concretas que deben recorrer el difícil y angustiante camino de la vida, en este mundo bastante loco?


Ventajas” del psicofármaco

Razones ocultas, no confesadas del uso exclusivo de los psicofármacos: ¿cuál es el verdadero mecanismo socio-psicológico de los psicofármacos, especialmente a impregnación, a dosis masivas? Primero, que produce una conmoción psicológica del paciente, lo descoloca, lo desorienta y queda tan boludo que abandona los síntomas; luego, la droga tiene capacidad punitiva por las consecuencias físicas desagradables. Además, antes los ojos de la familia, se está haciendo algo científico frente al misterio de la locura, y el paciente, al quedar enchalecado, no jode más, y todos contentos. El médico también, porque la terapia fue tan corta como escribir la receta.


El tema de la hipnosis clínica.

El concepto de estabilización emocional, de homeostasis, es también el "holding" de Winnicott; esto se establece en la relación materno infantil y es vital para el bebé para que pueda neutralizar las repercusiones viscerales desorganizadoras, debidas a traumas externos. Las alteraciones ligeras son estimulantes de las funciones pero las bruscas y masivas producen estrés; luego, el niño en el juego tiene la oportunidad de estados auto-hipnóticos estabilizadores. El adulto recrea esto luego y lo logra con lo que llama actividades de descanso, como, por ejemplo: pescar en aguas tranquilas, o tejer junto al fogón, o escuchar música, o en la religión, con las ceremonias repetitivas. Esta estabilización ­emocional no significa falta de estímulos, sino alternancias estimulantes. Todo esto es la temática, dentro de la hipnosis clínica, de la utilización de las matrices logradas por una buena madre, como diría Winnicott, de acunamientos, de cantos, caricias que permiten una estabilización de los estímulos caóticos que produce la realidad. Todo esto queda en el territorio de la hipnosis.


La poesía como mensaje paralelo

Una paciente con cáncer que no es informada de su enfermedad dice: "Tengo miedo de no entender lo que la gente me dice”. Esto no le pasaba antes. Analicemos esto: la comunicación con la paciente está estructurada en base a una información central evitada, lo que le produce mensajes crípticos, con partes vacías. En este sentido hay un recurso en donde se puede comenzar a entregar la verdad y es la poesía con que, como código paralelo, se comunica algo que no se podía comunicar. El tema era la paciente cancerosa y las poesías eran isomórficas con el tema del cáncer, es decir que hablaban metafóricamente del "fin del camino", a “misterios por develar”, etc. Ella podía elegir, o no, darse cuenta de lo que le estaba pasando para poder elaborarlo, porque toda metáfora dice y no dice.


Quitarle no, engancharlo en la vida

Oído en el hospicio: "Doctor... ¡no me quite la tristeza porque es lo único que tengo!" El melancólico no puede quedar sin nada. La dificultad de la curación reside en que, para quitarle al paciente un síntoma, (que es lo que hace la psiquiatría oficial), siendo que el síntoma es una defensa contra el vacío (la enfermedad), hay que hacerle encontrar otra más conveniente, más creativa, que, en lo posible, le genere vínculos en el mundo real.

Al depresivo no se le puede quitar su depresión porque es lo único que tiene. Debe pasar primero al otro lado del presente, es decir, al futuro, y poder desear algo, tener una nueva relación, para avanzar. A veces, al no poder hacer eso, y porque no tiene recursos para desear, adquiere un temor, un perseguidor, y sale de la retención del objeto (la depresión) y pasa a la agresión o evitación del objeto.
Incluir los baches

La posibilidad de realizar un plan (proyecto) largo - grande (extenso) depende de la capacidad de que este sea sostenido en los períodos de desaliento (que se acepten baches o agujeros que queden contenidos en el proceso). Es importante que esto sea aceptado (los baches) en el proceso terapéutico, de modo tal que los momentos (períodos) de des-esperanza queden aceptados como parte del tratamiento, porque si no, estos vacíos pueden romper la continuidad del proceso de curación.

En pocas palabras: algo es completo cuando puede contener lo contrario. Hay que aceptar el odio dentro del amor, el cansancio dentro de la marcha, etc.

Los chinos dicen: "La noche empieza al mediodía" (porque el sol comienza a bajar), y también: " El jarro está hecho de arcilla, pero la utilidad del jarro está allí donde la arcilla no está".


El proyecto en la cultura

Para la terapia prospectiva, el proceso terapéutico consiste en re-colocar en la cultura (el espacio de las explicaciones compartidas) lo que se salió de ella y quedó atrapado en la subjetividad. Y eso que falta es el sentido prospectivo, la clave que lee la realidad desde un yo. En el caso de la crisis, ese yo no puede vincularse más a través de su proyecto, pues éste es subjetivo, y la clave de lectura no está en el espacio intermedio entre él y el otro (la cultura y el lenguaje) y, por lo tanto, el otro no lo entiende. La tarea consiste en convertir un trozo de subjetividad aterradora (solitaria y confusa) en algo compartido, transmisible por el lenguaje (verbal, gestual, etc.) y, por tanto, transformado en no-loco, pues permite compartir expectativas y hacer algo en común. Este re-colocar se lleva a cabo mediante las técnicas de contacto y explicación. Esto no es una tarea fácil, pues en la subjetividad están los terrores infantiles y la desesperación de las preguntas fundamentales que no tienen respuesta, para las cuales la cultura inventa “respuestas-muletas” como recurso ortopédico con las cuales nos calmarnos unos a otros. El loco queda solo porque habla de algo que está escondido en todos nosotros, se ”agarró la lepra” que todos tenemos latente (las vivencias de desintegración) y se convierte en leproso y por lo tanto todos le disparan (y lo tratan de aislar). El terapeuta es el que está inmunizado contra esa lepra porque la tuvo y se curó. Sintetizando de otra manera nuestro pensamiento, pensamos que el paciente enfermó porque “su pasado está peleado con su futuro”. A esta mala síntesis la llamamos síntoma y los terapeutas debemos ayudarlo a sintetizar sanamente esa contradicción ayer-mañana por medio de un proyecto, donde construye uno con elementos del otro (futura-recuerdos) y así puede saltar de uno al otro. A ese salto que se repite eternamente lo llamamos el presente.


Lo imaginario

El pasaje en que consiste la terapia debe llevarse a cabo en un espacio muy definido: el lugar de lo imaginario, de lo que no está, de lo que fue o lo que será. Como primera medida debemos crear las condiciones para encontrarnos con el paciente en ese “otro espacio”. Al diálogo terapéutico le es necesario contar con un encuentro “enrarecido”; el aquí y ahora debe dar lugar al allá y entonces, y esto se logra mediante ”máquinas del tiempo”, a saber, la dramatización, los diálogos guestálticos, el ensueño dirigido, etcétera. Con estas técnicas iremos junto con el paciente al encuentro de sus objetos perdidos o temidos, de lo que fue y de lo que será. Preferimos situar lo imaginario doloroso en términos lineales de temporalidad (en un antes y un después) y no como en la concepción freudiana, en términos de lo inconsciente, de un estrato ”por debajo” de la conciencia.


Concepto de triálogo

El terapeuta para hacer su trabajo debe incluirse como un tercero en el diálogo interno del paciente, entre las dos partes que están en contradicción, porque sólo un tercero puede ser el testigo de un diálogo que está en la subjetividad, campo lábil y a veces caótico. Sólo el tercero puede objetivar, es decir crear el espacio de la cultura. Pues en todo diálogo cada término es una parte del vínculo y por lo tanto no puede ”ver” cuáles son realmente los términos y cuál es el tema de lo que constituyen entre los dos. Por esto vemos a la tarea terapéutica como el esclarecimiento de ese diálogo confuso por medio de un triálogo que define la contradicción interna desde la cultura, y hace posible que el diálogo interno se haga externo, es decir, se haga comunicación con los otros.


Enfoque regresivo y progresivo

En las técnicas psicodramática y guestáltica que son usualmente grupales, se puede trabajar hacia adelante, hacia el futuro, con lo cual es posible analizar en su espacio específico, el miedo, que siempre es anticipación. En el psicoanálisis se trabaja siempre hacia atrás, tratando de armar el rompecabezas arqueológico. En los grupos es posible representar (conjurar, evocar) el pasado, que se hace presente, pues esté ocurriendo en la escena conjurada y, de esta forma, continuar ese pasado, al que la neurosis había vuelto rígido, y representar un nuevo desenlace (futuro), con lo cual se le permite al paciente la construcción de la imagen anticipatoria de una solución sana. Y sabemos por la teoría temporal que sólo si se conoce (se proyecta) el yo-por-ser, puede la persona instalarse en ese otro que va a ser él, pues de lo contrario se discontinúa la sucesión histórica del yo. Esta actitud más dinámica que atraviesa el presente, desde el pasado al futuro, es muy clara en la manera que Fritz Perls analiza los sueños. En el psicoanálisis el sueño es un enigma propuesto por el paciente en la sesión como cosa pasada cerrada y terminada; en cambio Perls hace que el paciente lo relate en tiempo presente, que lo reviva con los ojos cerrados, que en lugar de decir ”yo me estaba cayendo”, diga ”yo me estoy cayendo”. De modo que cuando el paciente llega al final del sueño por haber despertado, Perls le pide que lo continúe: ”¿Y ahora qué? ¿Qué ves?... ”. Así el paciente puede enfrentar el final temido del sueño (por eso había despertado justo en ese momento) debido a estar acompañado por otro, que es una figura protectora como aparece el terapeuta. De este modo se puede saber qué hay más adelante, cuál es la escena temida que paralizó al paciente.

Respecto a la prospectiva, en el tratamiento, el apuro por clasificar al paciente mental, en diagnosticarlo, tiene que ver más con la necesidad de controlar lo imprevisible, misterioso y azaroso que son las perturbaciones psicológicas, que con una necesidad operativa (que sí es útil en la medicina del cuerpo). Pero sucede que en un proceso terapéutico la relativa verdad entre paciente y terapeuta se logra recién al final del tratamiento, pues ésta reside en lo profundo de la historia de la persona. Encontrar rápidamente un diagnóstico casi siempre lleva a adecuar el camino posterior a ese diagnóstico y que la terapia consista sólo en confirmarlo. Pero debemos tener en cuenta que a todos nos da tentación ser definidos por un terapeuta, padre, poderoso, así nos ahorramos el trabajo y las angustias de recorrer el camino interno para encontrarnos (por esto son a veces exitosos los diagnosticadores, los que otorgan la verdad enseguida). Veremos ahora dos oposiciones que tienen importancia para la clasificación de las técnicas terapéuticas: las terapias de mutación y las de evolución (la catarsis y la rehabilitación) por una parte y, por la otra, la oposición que, más que a las técnicas, se refiere a las actitudes: la identificación y la confrontación. A lo largo de todo el libro se habrá advertido que preferimos pensar recurriendo a esquemas dialécticos; es decir, señalamos los extremos de una gama que se oponen, pero que encierran todas las posibilidades de síntesis. Indicamos los extremos estables del sistema de contradicción y consideramos que la situación sana, esto es, la más eficaz, debe encontrarse en alguna de las síntesis contenida entre los opuestos. Por ejemplo, respecto a las maniobras de identificación y las de confrontación con el paciente, debemos determinar hasta qué punto conviene acompañar a un paciente dado en su delirio y hasta qué punto debe confrontárselo con la realidad. Siempre resulta más fácil (más primitivo) manejarse con los extremos, por ejemplo, aceptar el delirio del paciente o negarle toda veracidad; en cambio, los puntos medios en la maniobra terapéutica, que corresponderán a su necesidad de negar sólo parte de lo que sucede, son de más difícil manejo, pues toda contradicción tiende a estabilizarse en los extremos.
Mutación - evolución

Las terapias de mutación son las que conducen a un desenlace catártico con alta carga emocional. El psicodrama y especialmente el laboratorio guestáltico son instrumentos de profundidad, verdaderas ”máquinas de tiempo” que le permiten al paciente revivir la escena temida con toda la carga emocional de la escena original”. Podríamos llamarlas técnicas mutacionales, pues el insight que provocan constituye una verdadera fractura (mutación) en el sistema de la enfermedad; dan brusco acceso a la concepción de otras estrategias para el enfrentamiento con las angustias arcaicas del paciente. Muchas psicoterapias folklóricas, por ejemplo, la macumba brasileña, crean con el ritmo del baile, la cashasha (bebida) y el charuto (cigarro), un estado de trance que permite reconectarse con vivencias muy arcaicas y descargar el llanto, la rabia o la alegría, que estaban bloqueadas, con gran intensidad emocional. (A veces el conjunto tiene la belleza y la dramaticidad de un verdadero ”ballet terapéutico”). En general puede decirse que todas las terapias grupales tienen algo de shamánicas, de ritos primitivos para conjurar fantasmas comunes. Aún una terapia individual tan escrupulosamente científica como el psicoanálisis tiene algo de operación shamánica cuando la neurosis de transferencia conjura a un padre ya muerto, pero proyectado en la figura del analista; así se crea el clima psicológico como para que una interpretación clave produzca la ”visión interior” (insight) con toda la carga emocional que produce una mutación en la percepción de sí mismo. La otra gran categoría son las terapias de evolución: así llamamos al lento trabajo de condicionamiento en las rehabilitaciones. Si las terapias catárticas sirven sobre todo para los niveles neuróticos, éstas sirven más específicamente para resolver el lento reaprendizaje de vínculos y estructuras en las psicosis. Las llamamos de evolución para subrayar de ese modo su gradual recorrido de un lento camino de transformaciones que impide la despersonalización que puede provocar un cambio brusco.

Para aclarar la diferencia entre unas y otras, puede decirse que las mutacionales se relacionan más estrechamente con la estructura histérica, que admite la movilización emocional, pues existe por debajo un yo más consolidado; y las evolutivas se relacionan sobre todo con las estructuras obsesivas que tienen por debajo un yo más cercano a la fragmentación. Por tanto, el pasaje terapéutico tiene que recorrerse como una suma de pequeños escalones para evitar las discontinuidades temporales que llevan a la fragmentación del yo del tipo del extrañamiento de sí mismo. En esta vertiente la terapia se define como un adiestramiento, como un enseñar a: poder ponerse triste, superar el miedo, sentir placer, etcétera, lo que debe percibir el terapeuta en los pacientes es lo que les falta hacer (lo que no pudieron) y ayudarles a hacerlo para completarse. En esta tarea a veces se parece a un adiestrador, un entrenador.

En general se trata de reaprender la función psicológica que fue mal enseñada en la infancia. En casos extremos, como el de la terapia conductista, por ejemplo, la desensibilización sistemática de Wolpe constituye un condicionamiento mecánico y progresivo para desacondicionar el síntoma. En realidad, pensamos que esta terapia más que de una transformación de la persona, condiciona el armado de una neurosis obsesiva funcional que permite controlar la vivencia de fragmentación, de esquizofrenización; pero no tiene nada que ver con las terapias de maduración, que elaboran los niveles profundos del proceso de vida.

Por último, respecto a toda transformación psicológica, diremos que para que algo cambie en el proceso terapéutico, deben existir otras partes que no cambien; por esto en toda terapia deben asegurarse puntos fijos. Por ejemplo, en el psicoanálisis ortodoxo, se estabilizan varios elementos: el encuadre (lugar, diván, honorarios, etc.) y también la dependencia transferencial. De acuerdo con nuestro planteo, lo que debe quedar finalmente igual a sí mismo es el núcleo del yo, el proyecto básico de vida. Este es el núcleo de identidad que debe atravesar las metamorfosis de los sucesivos personajes a través de la historia vital, reconociéndose siempre como algo original y único.
El tratamiento como modelo de proceso

El tratamiento es también un modelo de cómo armar estructuras de continuidad que nos permitan vivir el presente como salto entre lo que dejamos y lo que obtenemos. Por eso, en él tiene que constituirse el giro del tiempo: algo debe ser anticipado, luego vivido y, por último, recordado. Debe darse como consecuencia y tener etapas progresivas para evitar la vuelta a los síntomas, pues cuando el cambio ha sido demasiado rápido puede producirse la vivencia de despersonalización y, al no reconocerse, el paciente suele volver atrás sufriendo una recaída. Debemos lograr primero que se anticipe como ”el otro” que quiere ser y una vez que lo conozca bien, ayudarlo a que se instale en ese yo- por-ser para que pueda reconocerse como el mismo que se anticipó de esa manera.

Esta necesidad es la que determina que el proceso terapéutico no pueda ser muy rápido. Las curas bruscas son inestables, pues al no autopercibirse el paciente como el mismo que era, recurre a su ”querida y vieja” neurosis para volver a ponérsela y reconocerse como él mismo en el espejo de la mirada ajena.

Recordemos que cuando el tratamiento tiene buen éxito suele provocar también el síndrome de la crisis. Lo que caracteriza a esta crisis es que se presenta en el camino de vuelta de la enfermedad. En general puede decirse que la terapia consiste en incluir al paciente en un proceso por el que se admite, se explica y también se inventa otro proceso: el de su historia vital, se acepta recorriendo una vida, la suya.


El alta

Para terminar el tema del encuadre o del contrato terapéutico, definiremos cómo concebimos el alta. Es el momento en que ambos, paciente y terapeuta, perciben que lo inexplicable logró una explicación, que ya no hay confusión y que sólo quedan las circunstancias dolorosas y placenteras reales. También se concibe que el paciente pueda vivir el presente como parte de una historia comprensible.

En adelante es capaz de ”recorrer su vida”, pues en general el paciente recurrió a la terapia porque había algo que no era capaz de hacer: salir a la calle, devolver agresión, permitirse el placer sexual, llorar a un muerto querido, etcétera. El criterio de alta más seguro es que el mismo paciente sienta sus posibilidades de vida. Continuar la terapia más allá de este punto sería entrar en el juego del ”terapeuta-muleta”. Según nosotros lo concebimos, esto no es ya terapia, sino una rama de la ortopedia. Claro que este no es trabajo fácil, pues se hace necesario enfrentar otra separación, pero lo que hace posible que el paciente abandone al terapeuta es conocer y finalmente hacerse amigo de alguien muy importante en su vida: él mismo.
Terapia situacional

Cuando la operación terapéutica no puede llevarse a cabo en el marco de un consultorio, el encuadre de la tarea debe adaptarse al campo real en que se pueda operar. La urgencia que implica el desencadenamiento de una crisis hace necesaria la intervención in situ (en el campo) que, si se la maneja con eficacia, puede ser más operativa y certera que la operación desarrollada en el contexto del consultorio. Como primera ventaja, la situación ambiental, el hábitat familiar, contiene mucha información útil para entender la sintomatología del miembro enfermo. Puede decirse, con Pichon Riviere, que el paciente expresa y sintetiza como un vaciado en yeso lo que está aconteciendo en el grupo familiar, pues sus síntomas son lo negado por la estructura familiar, lo que falta.

La técnica del tratamiento domiciliario (o en la calle) depende de la posibilidad de instrumentar la estructura del campo. Se diría que nos es posible manejar el proceso grupal en curso si podemos ”encabalgar la situación”, para lo cual debemos utilizar, funcionalizar terapéuticamente, una parte nuestra que no goza de buena reputación entre los psicoterapeutas de consultorio: el núcleo psicopático. En el psicoanálisis ortodoxo sólo se admite la funcionalización del núcleo fóbico-melancólico (por la paralización corporal y la regresión), pero no la capacidad de conducir situaciones, de operar terapéuticamente procesos reales. Todo proceso real tiene una escena imaginaria montada sobre él. En el caso en que el miembro de un grupo (familiar, de trabajo, etc.) padece una crisis psicológica, la escena imaginaria es tan intensa que gobierna las acciones reales: el tiempo invade el presente en la escena grupal.

En ese momento la escena cotidiana se transforma en un psicodrama espontáneo; los gritos, los gestos y las palabras corresponden a la escena temida del grupo. El terapeuta se debe transformar entonces en un director de psicodrama que induce maniobras que llevan al cierre de la situación en dirección de la salud, del esclarecimiento de esa escena tan temida que ”enloqueció” al grupo (aunque el rol de ”enfermo” se le asigne a uno solo de sus componentes).

La tradición terapéutica de consultorio creó reglas de encuadre que sólo se adaptan a la situación de un paciente individual autocontrolado; por eso deben revisarse las reglas de encuadre con criterio creativo para curar la locura ”en vivo”. Son necesarias las maniobras del psicodrama e, incluso más allá, del teatro de vanguardia (especialmente útiles son las técnicas del teatro de calle y teatro invisible del brasilero Augusto Boal).

Otra disciplina que aportó maniobras es la antropología de campo con las técnicas de observador participante, donde el antropólogo debe incluirse en el grupo cultural que investiga a través de un rol existente en esa cultura, para evitar que al ser sólo observador desde afuera modifique el campo. Las que llamarnos técnicas de auxilio en crisis, que describiremos más adelante, son específicas para intervenciones callejeras o domiciliarias en cuadros de suicidios, brotes psicóticos o conmociones traumáticas (accidentes, emergencias sociales, etc.), que son ocasión de los cuadros de catástrofe del yo, ya descriptos en el capítulo de la psicopatología.


Soluciones alternativas

Una terapia situacional es una tecnología psicológica imprescindible si se desea una cobertura asistencial de las crisis en las que la resolución terapéutica debe ser inmediata y realizada en el contexto ambiental donde está sucediendo, porque llevarla al consultorio (en el caso que ello fuera posible) podría resultar una disección paralizadora de la dinámica dramática que impidiera su comprensión.

En los Estados Unidos tuve ocasión de trabajar en un Centro de Crisis (el Maimonides Community Mental Health Center), en el que pude ser testigo de (y yo mismo ejerci­tar) la libertad técnica y la posibilidad creadora de que gozan los terapeutas norteamericanos respecto a soluciones alternativas. Por otra parte, esto era imprescindible por las modalidades de acción (de acting) de los cuadros psico­patológicos de los neoyorkinos. Resultaba interesante y emo­cionante a la vez ver cómo la terapia se mezclaba con la vida en el planteo de la “street clinic” (clínica de la calle).

Para utilizar una metáfora ilustrativa, si el psicoanáli­sis convencional es el boxeo con sus reglas guantes, rounds, cuadrilátero, etc., el auxilio en crisis es el karate callejero con toda la creatividad de lo imprevisto.

Proponemos, pues, dos formas de encuadre: el de consultorio (cerrado) y el situacional (abierto). De acuerdo con este último se opera fuera del encuadre terapéutico convencional de consultorio, donde el terapeuta es quien controla la situación espacio‑temporal. En el encuadre abier­to (situacional) el terapeuta debe incluirse en un campo de fuerza psicológico y operar instrumentando lo que está sucediendo; debe acompañar el proceso en curso e intentar que cierre en dirección de la salud.

Los cuatro pasos

Esquema operatorio
En la perturbación mental hay una vivencia fundamental, que es el sentimiento de soledad y de paralización del tiempo, que es cuando la persona en crisis dice “no sé qué hacer, cómo sigue mi historia”, porque yo estoy arrojado a ese que va a ser, que es el concepto fundamental de la filosofía existencial, el hombre como proyecto, el Da Sein, ser ahí, hacia adelante. Si no tengo proyecto, tampoco me puedo vincular, porque me vinculo en función de un futuro, de un proyecto, por eso el proyecto es con otro, y por eso se habla de un Mit Da Sein, que en alemán significa que “yo me realizo a través del vínculo con el otro”.

Continuamente, en el proceso de existir, hay cosas que se van y cosas que vienen, por ejemplo: los padres se van, los hijos vienen; la juventud se va, la vejez viene.

Siempre estamos en ese no querer abandonar el objeto conocido, lo que se llama “ansiedad de pérdida”, y al mismo tiempo, estamos temerosos del objeto que viene porque es desconocido, lo que llamamos “la ansiedad de ataque”, que son las dos ansiedades básicas que configuran la tristeza y el miedo.

Los cuatro pasos ¿para qué sirven? Son un ordenador para saber qué maniobras tenemos que hacer y en qué orden. Vamos a ver que, si no las hacemos en ese orden, podemos dañar en vez de ayudar. Es una guía que nos permite meternos en lo confuso y caótico que es toda crisis para poder operar reparatoriamente.



PRIMER PASO CONTENCION
Consiste en conectarse con la otra persona. No sólo por estar cerca, estamos conectados psicológicamente con la otra persona: podemos estar cerca y no estar conectados, o podemos estar lejos y estar conectados. Esto tiene que ver con una presencia que le ofrecemos al otro, y que está expresada en una mirada y una actitud de escucha que el operador debe conseguir. Esta mirada debe ser aceptadora y atenta, ni persecutoria ni distante, debe crear un clima de confianza en el que el paciente pueda sentirse sostenido, y por lo tanto pueda acercarse a las zona traumáticas de su pasado, pero esta vez acompañado por el terapeuta, ya que no puede hacerlo solo por tratarse de lugares muy lastimados de su historia.

En el caso de la mirada, un operador puede tener una mirada, a lo mejor, melancólica, otro puede tener una mirada más ordenadora, otro una mirada mas seductora, y todas valen.

Las únicas que no sirven son las miradas controladoras e inquisidoras, como las de algunos psiquiatras que, fijando la vista, le dicen: “¿Desde cuándo usted escucha voces persecutorias…?” (mientras lo mira fijo y prepara la jeringa con el calmante)

La mirada es una forma de aceptarlo al otro, y también es muy importante la escucha, porque se puede oír pero no escuchar, y se puede mirar pero no ver.

Son dos sentidos los que usamos, pero al operador puede faltarle uno de ellos, puede ser ciego, e incluso en algunos casos, hasta es ventajoso que el terapeuta sea ciego, por ejemplo, cuando se trata de personalidades paranoides que temen la mirada, o de fóbicos, porque éstos se relacionan mejor con una persona que no los pueda ver, pero que, con la calidez de su voz y su escucha, consiguen que el paciente confíe en ellos. En ese caso podemos decir que el operador ve con su escucha.

También usamos las técnicas gestálticas, que nos permiten mirar al otro sin escudriñarlo, y en la distancia que el otro necesita: una mirada atenta y aceptadora de que el otro es como es.

Incluso, si vienen pacientes delirando, este terapeuta que proponemos “les cree” el delirio, se mete en él. Lo único que no les cree es que eso pasa aquí y ahora, pero si el paciente dice que lo persiguen con un cuchillo, para él eso es real, porque el algún momento lo persiguieron, tal vez en su infancia, con algo parecido a un cuchillo (pudo ser, por ejemplo, un abuso sexual infantil, que el paciente metaforiza, y el cuchillo en realidad es un pene).

Por eso el terapeuta pregunta cómo lo persiguen, en que posición estaba el cuchillo. Si dice que el ataque con el cuchillo viene desde arriba, es muy probable que haya sido un cuchillo real, pero, si lo recuerda desde abajo hacia arriba, es muy probable que lo que está simbolizando sea el recuerdo de un abuso sexual. En casos como éste, lo más adecuado para descifrarlo, es usar técnicas psicodramáticas, donde se busca recrear la escena original, para así entenderla.

Este primer paso llamado contención tiene que ver con contenerlo al otro, con aceptarlo, con producir el encuentro profundo entre dos personas, que no es nada fácil. Es todo lo contrario de la asepsia psicoanalítica, porque se trabaja con la persona en crisis, que está muy necesitada de ser percibida, porque a eso la llevó el no serlo, ya que siente que desapareció para el mundo, y el mundo le desapareció a ella, y aparece entonces una sensación de soledad que, en casos muy graves, puede ser muy aguda, de carácter existencial, profundísima e insoportable. El paciente está ahí solo y paralizado, y nosotros tenemos que rescatarlo de ese lugar.

Muchas veces, especialmente en las familias con padres que no son muy hábiles o tienen problemas, el chico dice una cosa y la madre le contesta algo diferente, por ejemplo: “¡Mamá tengo miedo!”, y la madre le contesta: “¡Comé!” (resultado: un obeso). O, en otro caso, la mamá contesta: “No seas malo con mamá” (resultado: un culposo). Ella no percibe que el chico está inseguro y no pregunta lo que debería preguntar: “¿Por qué tenés miedo?”

En ese fenómeno humano de intercambio de símbolos que transmite imágenes internas, yo quedo comunicado con el otro por ese recurso tan sencillo y potente que es sustituir un objeto por un sonido, que llamamos fonema, palabra; y eso es lo que nos salva de la soledad, la palabra, que es lo que construye la realidad. La realidad es la mirada del otro, porque no podemos definirnos a nosotros mismos. Yo puedo decir: “Soy Napoleón”, y si todos lo aceptan, entonces soy Napoleón, y si no lo aceptan, me meten en un manicomio o me dicen: “Mirá, Alfredo, me parece que estás muy cansado o con la autoestima muy baja…”

No es tan fácil aceptar al otro, porque a veces hay fobia al encuentro, el otro nos puede cuestionar, nos puede ignorar, nos puede culpar (el otro puede ser percibido como peligroso…)

En el compromiso terapéutico hay que meterse en el profundo pozo donde está el paciente, pero con una soga (la soga es el método o la técnica) y entonces ayudarlo a subir, en lugar de gritarle desde arriba: “salga del pozo, que afuera brilla el sol…”

La primera etapa de contención es, entonces, la resonancia emocional, y se llama empatía. Es el momento de la identificación con el otro, para que el otro se sienta que uno está resonando con él. Uno se conmueve, se pone en el lugar del otro. Si el otro tiene miedo, uno evoca sus propios miedos para comprender los miedos del otro, y si está triste, las propias tristezas.

El buen terapeuta no es sano ni es un loco, sino que es un loco curado. Si hemos vivido deferentes experiencias, desde ellas podemos hacer el ejercicio de ponernos en los zapatos del otro. Si el terapeuta es un terapeuta sólo alimentado de libros, el otro siente que lo que está haciendo es mirar el mapa de los diagnósticos, pero no percibe la calidad de su depresión; por que hay depresiones suaves, otras agudas, y hay depresiones peligrosas que pueden conducir a una acción suicida, así como hay depresiones crónicas y otras histéricas que exageran el sentimiento, que solo las distinguiremos desde los matices de nuestras propias tristezas.

Las personas tienen un modo de deprimirse, un modo de tener miedo, un modo de sentir culpa; nosotros, los terapeutas, somos nuestro propio instrumento. Nuestro instrumento para curar son las propias experiencias que tenemos que poner al servicio de esa tarea tan delicada que es el proceso de ayudar a otro.

Hablamos de terapia, para hablar de un concepto más amplio, pero puede ser también la escucha de un tío experimentado o una tía solterona, de los que había antes y que ahora no hay, y que eran los psicólogos familiares. ¿Saben por qué existen los psicólogos? Porque la familia se achicó de tal modo que ya no contienen a esos personajes. Ya no hay más tíos o tías, al menos, cercanos y convivientes. Las familias se han reducido y entonces, tuvo que aparecer el tío o la tía ortopédica, que es el psicólogo.

Tanto es así que, en los momentos agudos de angustia, hay una técnica que se ha usado por ejemplo, en la explosión en la AMIA, el avión de LAPA, la noche de Cromañon, etc., que se llama “maternaje”, que consiste en abrazar a la persona en crisis para que reconstruya los límites corporales, ya que en cualquier experiencia traumática muy aguda, la persona regresa tanto psicológicamente, que incluso, puede llegar a perder el control de los esfínteres, o se coloca en posición fetal. El traumatismo se puede percibir gráficamente por la posición de la persona, y ahí se lo puede abrazar como a un bebé.

Yo he abrazado a adultos, mujeres, hombres… Con cierto adiestramiento, se puede hacer sin sentir lo que usualmente sentiría un hombre, por ejemplo, abrazando a una mujer, donde habría cierto erotismo, o con otro hombre, con miedo por las ansiedades homosexuales. El terapeuta debe ser como los ángeles, que no tienen sexo (mientras trabaja como terapeuta, por supuesto). Uno percibe que esa persona no es un adulto, que está abrazando en ese momento a una nena o un nene, ese maternaje lo conecta, lo va trayendo al aquí y ahora, lo va conteniendo para que pueda reorganizar su percepción de realidad.

Para la contención debemos operar desde dos modalidades vinculares, el momento A, que es la identificación, en el cuál resonamos emocionalmente con la persona, diríamos que “nos metemos en los zapatos del otro”. Pero esto implica el peligro de quedar captados y encerrados en el otro: seríamos dos llorando en el pozo. Entonces hay que hacer algo que es bastante difícil: después de ese movimiento de identificación, hay que saber salir y tomar una actitud totalmente distinta. Este es el momento B, que es la disociación instrumental, donde el operador se dice: “¿Qué hago ahora?, ¿qué estrategias utilizo?, ¿lo abrazo o no lo abrazo?, ¿está muy regresado?, ¿está es una depresión aguda con riesgo de suicidio?, ¿es una histeria pasajera?…”. En ese momento se toma una distancia científica.

Esto se resume en una frase: “corazón caliente para entender, y cabeza fría para operar”. Es un trabajo agotador, porque hay que hacer un movimiento para entrar y otro para salir, meterse para entender y salir para operar, dos operaciones opuestas.

Tato Pavlovsky decía: "Yo te comprendo desde mi desesperación y te curo desde mi esperanza". Por lo tanto, tengo que haber tenido desesperación y haber tenido esperanza. Y después hay que empezar a hacer el otro trabajo, ya que este es un ejercicio doble: primero te conmovés y después te disociás. ¿Y con qué te conmovés o favorecés esa empatía? Con lo que llamamos el núcleo depresivo, que es un núcleo en relación con la identificación y permite el encuentro emocional, y también con el núcleo histérico que tiene que ver con la expresión de las emociones, para que la persona perciba que uno lo entiende. Esto debe hacerse también a través del lenguaje corporal y gestual, lo que podemos llamar poner el cuerpo. Los animales tienen acrobacias, danzas, gruñidos, sonidos, que definen la naturaleza del encuentro.

Entonces, con el núcleo histérico yo me comunico. Y ¿con qué me disocio? Con otro núcleo que tenemos todos, un núcleo esquizoide, que tiene que ver con la distancia. En síntesis, debemos ser inicialmente “italianos”, y luego “ingleses”...

En los cursos que doy a las maestras, yo no tengo que enseñarles la empatía, ni la transferencia, porque es lo que mejor saben hacer, eso de estar pegadas con el nene, o llorar con la nena. A las maestras tenemos que enseñarles la disociación instrumental, a separarse porque si no, se contaminan y quedan pegadas. El caso de los psiquiatras es lo opuesto, ya que, desde el comienzo de sus estudios en la facultad, tienen asegurada la disociación profesional con el paciente (el primer ser humano que estudian en la disección anatómica es un muerto), por lo que manejan bien la distancia. El terapeuta ideal, entonces, sería una cruza entre una maestra y un psiquiatra…

Tenemos momentos en los que nos retiramos hacia adentro, y usamos eso como protección, a veces, es muy sano ser tortuga; en algunas familias muy patológicas, se salvan los hijos que se hacen tortugas esquizoides, porque se retiran hacia adentro (siempre que después puedan salir del caparazón).

Como egresado de la UBA en Arquitectura, pude cursar una de las últimas materias de la carrera de psicología (ahí me di cuenta de que no necesitaba esa formación marcadamente psicoanalítica). En esa corta experiencia, recuerdo al adjunto de la cátedra de Psicología Clínica II de Fernando Ulloa, que se llamaba López. El explicaba los cuadros psicopatológicos, pero los explicaba desde la vivencia de cada cuadro, por ejemplo, cuando explicó la paranoia, recuerdo que mientras iba explicando, miraba insistentemente la puerta del fondo, y generó un clima persecutorio, que era congruente con lo que él decía, y con el modo en que lo transmitía, y miraba para un lado y para el otro, y generó un clima de ansiedad (era la época en que la policía de Onganía, podía entrar a la Universidad, en 1964). Cuando explicó la neurosis obsesiva fue una clase perfecta: dibujó en el pizarrón un gráfico impecable, y a cada rato nos preguntaba si habíamos entendido bien (en esa clase, era un verdadero obsesivo). Luego, cuando explicó la histeria fue una clase brillante, todos salieron encantados: ¡qué hermosa clase! Y cuando explicó la depresión, un compañero, Jorge Franco, me dijo al salir de la clase: "Che, sigámoslo, que éste se nos mata…". Finalmente, cuando explicó la esquizofrenia puedo asegurar que no se entendió nada, fue una clase fragmentada, quedamos todos confundidos, se disgregaba, se iba del tema, hacía neologismos. López fue sumamente didáctico. (Yo a veces, dando clase, uso ese recurso…).

En el proceso terapéutico, no hay que ser omnipotente ni impotente; en el medio está la potencia que uno tiene. En la vida profesional hay cosas que se pueden hacer y cosas que no, y es bueno darse cuenta de eso. Hay patologías con las que uno puede operar y otras en que no puede, en ese caso conviene derivar. Y a algunas personas puede resultarles difícil trabajar con grupos de riesgo, como chicos de la calle, esquizofrénicos, adictos o pacientes en crisis agudas o con enfermedades terminales.

Cada uno de nosotros, tiene un punto débil, un talón de Aquiles, y es mejor conocerlo antes para poder manejar o evitar esa situación, que enterarse en mitad de ella.



SEGUNDO PASO REGRESION

Luego de la contención, sigue el paso de la regresión, que se da cuando la persona, al sentirse contenida, puede abrir su interioridad, y puede enfrentar los fantasmas internos.

No podemos entrar a esta etapa sin haber pasado antes por la contención. Cuando nos metemos adentro, estamos yendo hacia atrás; cuanto más adentro nos metemos, cuanto más profundo vamos, más antiguos son los recuerdos. Es como en el árbol, que va creciendo por anillos desde adentro hacia afuera. La historia del árbol está en el interior.

Generalmente la regresión produce una abreacción que se denomina catarsis. Hay dos tipos de catarsis: el llanto, que al ser convulsivo descontractura y relaja, y la ira.

A veces los chicos hacen catarsis de ira, y esto es lo más difícil de controlar en las escuelas. Nosotros, con Paulo Freire en Brasil, hicimos una experiencia con los niños de las escuelas de las favelas, les dimos almohadones donde pintaban caras que ellos temían, para que sacaran la bronca a través de golpear estos almohadones, y una vez que lo hacían, podían prestar atención y escuchar a la maestra, porque habían descargado en una catarsis de ira.




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