Alfredo moffatt psicoterapia existencial



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ARBORESCENCIA DEL FUTURO

”Delante” de todo presente se abre una multiplicidad de posibilidades en la que todos los futuros son posibles. Es lo que Sartre llamó la vorágine de posibilidades; frente a ella, el hombre elige futuros, se elige como una de las posibilidades. El hombre para protegerse de esto tiende más bien a prohibirse posibilidades y dejarse abiertos sólo unos pocos caminos. Los tabúes, las leyes, los límites, son los no que definen los sí y de ese modo se disminuye la cualidad caótica del futuro arborescente y se impide la fragmentación en muchos yo que pertenecían a diversas historias con diverso final. En el capítulo sobre la construcción de la cultura trataremos la necesidad de construir estructuras (constricciones) como forma de controlar el azar.


LOS EXTREMOS DE LA EXISTENCIA

El fenómeno de la vida, de “estar existiendo”, se presenta como un entorno instrumental, un ahora siempre corporal que se desplaza sobre una larga tira imaginaria (la zona de lo que fue y de lo que será). En otras palabras: estamos condenados a arrastrar nuestro cuerpo a través del tiempo desde el parto a la agonía, extremos de nuestra existencia, esa sucesión de presentes que como una rendija iluminada se desplaza por un largo túnel de déficit informacional. Salimos de una zona inaccesible y desconocida para volver a entrar en ella. No suavizamos lo que describimos, aunque sea angustiante, y no por crueldad para con el lector, sino porque por más defensas y mecanismos de evitación que opongamos a esta regla esencial de la vida – que entramos para salir – en cualquier momento se nos presenta la vivencia de finitud, de desamparo existencial que debemos elaborar como personas y especialmente como terapeutas si queremos ayudar a otros cuando experimenten esta vivencia de lucidez existencial y necesiten ”taparla” con locura. Siempre los mecanismos de la naturaleza son posibles de estudiar en la medida que fallan, por su patología, pues cuando andan bien no se saben sus partes. La fisiología se entendió por la patología, por eso la temporalidad la hemos tenido que estudiar y analizar por su patología, que es la locura, el no tiempo.


EL VACIO EXISTENCIAL

En el vacío (que es el tiempo paralizado), se desestructura la configuración de figura-fondo, pues el fondo de la percepción de la figura depende de los recuerdos (siempre es histórico). Así pues, se produce un presente en blanco, una percepción sin sentido. Esto es lo que principalmente se experimenta en las crisis agudas (en el brote esquizofrénico, la crisis máxima, se produce la vivencia de fin del mundo). Diríase que la vida, la vivencia de existir, es como una bicicleta: si se detiene, se cae.

Esta experiencia de vacío es del todo insoportable, pues su consecuencia es la vivencia de la disolución del yo; y por tanto, para evitarlo, la persona recurre a la reconstrucción de los sistemas de continuidad (vínculos y estructuras).

Contar con salud mental no es nada sencillo, pues es imposible evitar metamorfosearnos: debemos dar existencia a todos los personajes de nuestra historia vital, y si se la negarnos a algunos, es sólo a costa de crear fantasmas que intentan negar la transformación. Por ejemplo, la histeria es la “re-presentación” eterna de la seducción edípica, y la neurosis obsesiva es la “repetición” de actos que también intentan controlar el tiempo, pues todo vuelve a empezar una y otra vez. Para utilizar una imagen, ya dijimos que la salud sería algo así como la creación de una película cinematográfica, a partir de los presentes discontinuos y, por tanto, existir en el devenir, mientras que en la crisis la película de la vida queda en una sola imagen paralizada, se transforma en diapositivas, pierde el movimiento, el sentimiento de devenir, de existir.

La “enfermedad básica” es una desorganización masiva (la paralización, el vacío) que se encuentra por debajo (como causa última) de lo categorizado comúnmente como enfermedad, que, según la concebimos nosotros, no es sino una defensa (ineficaz y subjetiva) contra la vivencia primaria de vacío y disolución del yo, que es el verdadero vértice de la enfermedad. Las psicosis y las neurosis son, pues, defensas de algo peor, aunque mutilen las condiciones que permiten hacer una vida medianamente realizada.

Respecto a lo anterior son interesantes las experiencias norteamericanas sobre los efectos en el psiquismo de la de- privación sensorial masiva. Las condiciones experimentales eran el aislamiento total del sujeto; éste se encontraba en una cámara de aislamiento acústico con forma de tanque, en la oscuridad, acostado y con las manos enfundadas en cilindros de tela. Quedaba sin estimulación externa ninguna. Al cabo de diez o veinte horas un alto promedio de los sujetos comenzaba a tener alucinaciones visuales (formas en movimiento) y la sensación de encontrarse con otra persona (vigilados, controlados, etcétera). Padecían también otros trastornos que configuraban un delirio protector contra la vivencia de vacío. De acuerdo con nuestra propuesta de modelo psíquico, habían creado los sistemas de continuidad de la corriente de conciencia (estructuras y vínculos) que podían en esas condiciones.

A veces el tiempo queda detenido, como en la vivencia del nirvana, pero no de manera patológica: se trata de las intensas vivencias de totalización que producen los estados emocionales límites, la exaltación en el triunfo largamente esperado, la embriaguez, el orgasmo. El yo queda fuera del tiempo y se autopercibe como totalidad histórica (el éxtasis religioso y el satori del budismo zen son esos casos límites).

Puede decirse que en un instante se vive la eternidad. Son los instantes en que quedamos fuera de la trama de los hábitos que sostienen la temporalidad de la vida cotidiana.

El tiempo es el gran desterrador. Con esa curiosa e inasible propiedad que tiene "de pasar", de ser un fluido transformador (entrópico) invisible e indetenible que todo lo impregna, con lo que crea espacios incomunicados. Apa­rentemente estamos en una misma casa, en una misma ciu­dad, pero en un momento dado, la casa es otra y la ciudad también. Es decir que aunque nos quedemos quietos, cami­namos igual y, lo que es peor, en una sola dirección y sin retorno, debiendo ir de una casa "a la otra" y de una ciudad a "la otra", aunque aparentemente sean las mismas, sin poder volver.

Las nuevas generaciones "empujan" el tiempo, incorpo­ran sus cambios y nos destierran a los que ya estábamos. Nuestro cuerpo también empuja y nos cambia; los brazos, el pelo, la cara, el estómago, el sueño... para que el espacio interno sea también otro espacio.


CUERPO Y TIEMPO

El cuerpo (nuestra actualidad perceptual) está encerrado en el presente (en el espacio), siempre es implacablemente ahora, pero nuestra identidad, que es nuestra historia, se encuentra en el tiempo. De modo que vivimos fuera de nosotros mismos y lo más querido de nosotros mismos está en los espacios inaccesibles del pasado y del futuro que sólo podemos "ver" desde el implacable "siempre ahora". El presente es el espacio de lo inesperado; el pasado lo conocemos, es seguro y estable; el futuro lo inventamos nosotros, de modo que también es controlable, cualquier sorpresa nos ocurre en el aquí y ahora. Para poder atravesar en cada momento la discontinuidad del presente, construimos las estructuras de continuidad, verdaderas tramas cotidianas en el espacio (zonificaciones, límites) y en el tiempo (ciclos, horarios) que nos permiten "recorridos estabilizados" en ese espacio‑tiempo. Se trata del territorio de los hábitos, que actúan como una especie de pegamento de los fragmentos de la realidad perceptual. Sobre todo esto volveremos una y otra vez a lo largo de este libro, pues constituye un nuevo juego de hipótesis para explicar la estructura de la conciencia. Consideramos que no resulta demasiado fácil pensar desde la temporali­dad pues estamos acostumbrados a las hipótesis freudia­nas que constituyen una explicación diferente del fenómeno de existir desde la sexualidad.

El presente, en relación con el tiempo, puede percibirse a partir de dos configuraciones: la del hombre y la del ani­mal. El hombre está en el presente y luchando por un pro­yecto, por algo que no se ve, que no está allí porque se en­cuentra en sus deseos y sus recuerdos. El hombre percibe el presente como un abismo por saltar, como una brecha abierta entre su ayer y su mañana, en los que cree firme­mente, pues son más controlables; uno ya sucedió y el otro él mismo lo inventa. En cambio el animal percibe el presente de los sentidos como su tierra firme. El contacto sensorial es lo único que tiene y su acción depende sólo de la progra­mación genética y de algunos reflejos adquiridos por expe­riencias pasadas.

El presente es también una convención cultural. No es sólo la percepción de los sentidos, eso no es todavía "el presente". Este sólo se constituye desde una lectura cultu­ral, desde una convención compartida por un grupo que "lee" esa situación de acuerdo con una determinada significación que todos aceptamos como "lo que está ocurriendo".

Esto nos aclara qué sucede en la psicosis; el loco se resbaló de la cultura, perdió el código común para definir la realidad y tuvo (para salir del vacío) que crear otra vez el código, pero a partir de su subjetividad, como un inventor solitario, pues cualquier lectura es mejor que el caos terrorí­fico. Este código es su delirio interpretativo con el que or­ganiza los datos perceptivos. Por lo tanto "su presente" va a ser distinto del nuestro.

El presente es la contestación del otro, esto quiere decir que no hay lectura de "un presente" sin que nos pongamos de acuerdo con otro, en un diálogo, sobre cómo "leer" ese presente. Pues cualquier estado del entorno real (un presen­te) tiene muchas lecturas posibles, muchas maneras de con­figurar en él figuras‑fondo. Por otra parte es esencial realizar un corte en la seriación de estados de la realidad para que al actuar ese corte como un presente divida al tiempo en ­atrás y adelante, en pasado y futuro. Lo dicho nos sirve para evaluar qué sucede cuando desaparece "un otro" muy im­portante, con quien mantenemos un diálogo continuo. Suce­de que no hay más una contestación de ese otro que me configure presentes. Esto explica las vivencias de tiempo vacío en las separaciones traumáticas y los duelos de personas queridas, es decir, las personas que son testigos de nosotros mismos y en el diálogo con las cuales leemos nuestra realidad.


EL ANIMAL Y EL PSICOTICO

El vivir corporizado, el de la inmediata percepción, es específico del animal, sólo el hombre inventó el tiempo (y con él la angustia). El animal no anticipa, vive un presente continuo y mantiene una forma primitiva de continuidad de conciencia gracias a la programación instintual y el aprendi­zaje que haya logrado por acierto y error. Puede que esté decaído, que tiemble, que le duela o esté excitado, pero se encuentra irremediablemente condenado al presente corpo­ral. No se autopercibe, pues no constituye un proyecto desde el cual pueda verse allí, "en este presente de ahora". Una vivencia opuesta es la del psicótico (esto lo proponemos como una hipó­tesis de trabajo) que vive sólo en el tiempo, quedó encerrado en él y no accede al presente, no cree en su percepción ac­tual, pues la deforma desde el delirio, que es su proyecto. Vive superponiendo su escena y sus vínculos fantasmas sobre los datos perceptuales. Por esto pensamos que la "terapia" que se vale de electroshocks, insulina o cualquier técnica de agresión masiva, no hace más que arrancarlo del encierro imaginario en el tiempo y encerrarlo en el presente perceptual del dolor y el miedo, es decir, animalizarlo. La psiquiatría organicista dispone de una larga historia de "crueldades terapéuticas": baños de agua helada, inmovilización completa, abscesos de fijación, etc. Y al no curar la historia lastimada (lo imaginario no compartido) este tipo de terapia se ubica junto al planteo del veterinario, que no interroga al animal, pues con esto se le quita al paciente lo que lo diferencia de los animales y lo hace humano, esto es, la invención del tiempo y el diálogo que lo reintegra a la cultura compartida.








EL ADICTO, EL HIPOCONDRIACO Y EL PSICOPATA

Pero hay también otros "encierros" patológicos en el pre­sente que no llegan a ser tan graves, pues algo de historia queda en ellos; es el caso del adicto, el hipocondríaco y el psicópata, tres cuadros que tienen en común el no poder configurar la temporalidad, no hay sentimiento de historicidad del yo, no tienen ni pasado ni futuro, viven en un presente sin la expectativa que de sentido a la percepción. El adicto consume drogas para recuperar una ilusión de continuidad de la corriente de conciencia, muchas veces con sentimiento de euforia. El hipocondríaco está ligado a su cuer­po, sus dolores lo conectan exclusivamente con el ahora y siempre se encuentra en el presente de sus síntomas, él deposita (guarda) su situación traumática en el cuerpo, que es puro presente. Y fi­nalmente el psicópata "hace" continuamente, actúa y sólo anticipa lo imprescindible para concretar su acción manipu­ladora, él se encierra en el espacio del presente, para que no lo invada lo que fue y lo que será, dimensiones que no apren­dió a configurar, él no contó con el aprendizaje infantil de la frustración que permite convertir la pér­dida en simbolización. Siempre se encuentra en el ahora, no puede identificarse con el otro, no puede sentir culpa ni deprimirse, su interior está vacío, no desarrolló el núcleo yoico de la identidad. Se puede decir de ellos que quedaron encerrados afuera, por eso con los psicópatas, se tiene la sensación de que no hay nadie adentro (recordamos que la identidad es una historia con un sentido). El hipocondría­co, en cambio, está siempre ocupado en el diálogo con sus cenestesias corporales, sus síntomas.


LA EXPECTATIVA

Respecto al sentimiento de ”estar vivo”, en contacto con el medio, diremos que la posibilidad de percepción depende de lo que se ignora; esto es, sólo nos conectamos si existe la expectativa, es decir, si ignoramos el final, si se trata de algo que no pertenece a la memoria (lo ya visto), sino a la percepción. Lo primero (la memoria) produce hastío, y lo segundo (la expectativa) es ocasión de aventura. Esto último es lo que en terapia gestáltica se llama actualización perceptual, que se relaciona con la sensación de ”estar vivo”, de descansar de la angustia y la soledad que producen los diálogos con los vínculos fantasmas y tener encuentros reales con gente real (que para Perls, es la curación).

Entraremos ahora en el mecanismo de la temporalidad, lo que podemos llamar el giro del tiempo. Percibimos con los sentidos una situación; luego la información se memoriza, se imprime como recuerdo, como experiencia; pero cuando esta experiencia no fue completada (diríamos que “no cerró”) en relación con la energía psíquica que movilizó, se constituye como experiencia incompleta, un recuerdo que está vivo. Estos son los recuerdos que se utilizan para construir el futuro; los arrojamos por delante del presente en lo porvenir (”futuramos” recuerdos); luego vamos hacia ese futuro o ese futuro viene hacia nosotros (depende de que el tiempo se lea de manera activa o pasiva). Cuando llegamos a ser “ese otro” (”llegó el día esperado”) nos reconocemos como el mismo anticipado y, por tanto, queda asegurada la integración histórica de los sucesivos yos.

También los ciclos, especialmente los solares (el día y el año), sirven para hacer girar el tiempo, para transformar ilusoriamente un proceso lineal, infinito e irreversible, en un proceso circular en el que siempre existe otra oportunidad para resolver los problemas de la vida. (“Si este lunes no puedo, el próximo podré”). Los ciclos son imprescindibles para compensar la vivencia de irreversibilidad (sólo se pierde lo que no se puede repetir). Además, los ciclos y las estaciones del año, noche y día, verano e invierno, procuran un término a las tareas.


EL FONDO HISTÓRICO Y LA MONOTONIZACIÓN

En cambio, la inclusión de la variedad es una necesidad estructural en la percepción de la realidad. ¿Por qué? Porque la figura es lo nuevo y el fondo está referido a una percepción anterior histórica y, por tanto, tiende a esfumarse no permitiendo que la figura se recorte por sobre el campo perceptual porque el fondo se olvidó. La figura pasa luego a ser en la percepción siguiente el fondo de un nuevo objeto elegido como figura y así sucesivamente. Esto explica los fenómenos de monotonización de la percepción (que conducen al estado de trance) y toda la problemática del hastío relacionada con la depresión (el presente en blanco). Si se repite regularmente un estímulo auditivo o visual (siempre igual figura), se destruye la percepción. Esto da cuenta del estado de trance obtenido con tambores en rituales primitivos. Esto se relaciona también con los rituales con los que los neuróticos obsesivos se defienden del cambio (que es vivido como desestructurante) aún al precio del empobrecimiento del sentimiento de vivir. Este es el tema de la burocracia como defensa de la fragmentación del yo. El tiempo queda girando en torno al ritual, sin expectativa pero también sin la vivencia de un vacío insoportable (el yo consigue instalarse en un “movimiento paralizado”).

También lo actual, lo real, depende de la expectativa pasada; sólo es real lo que se espera, por eso lo inesperado es increíble. En Nueva York los hippies enarbolaban la inscripción: “Debemos esperar lo inesperado” (de lo contrario, va a ocurrir sin que lo advirtamos). También sentimientos de anticipación, como por ejemplo el de venganza, están al servicio de tramar la continuidad, pues el acto de venganza está contenido en el pasado como un vacío, una ausencia y, cuando por fin se cumple, aparece como un lleno, pero antes y después se trata de la misma escena. Ya dijimos que el tiempo necesita ser sostenido con secuencias que puedan crear la sensación de continuidad. Son las que llamarnos estructuras de sostén. Dos de ellas, que servirán para explicar esto más concretamente, son la música y el deporte. La música se define específicamente por ser una configuración en el tiempo; la melodía es una figura en el tiempo, una figura cronal (de Chronos= tiempo), y junto con el ritmo crean continuidad en la corriente de conciencia; permite que uno “se suba” a ella y no caiga en el instante paralizado. El deporte (cuando se es espectador) contiene una secuencia de sostén que está armada alrededor de la expectativa de un desenlace desconocido y que, por tanto, necesita ser percibido (”enchufa” la percepción en el ahora) y se sale así del tiempo que angustia. Pero para mantener la expectativa, es necesario que se ignore el final, pues sólo se puede percibir lo que no se sabe plenamente. (Por esto mismo es que no se puede contar el final de una película).
DISECCION DEL TIEMPO

Sabemos que todo este análisis, una verdadera ”disección” de la organización perceptual de la temporalidad, es ansiógeno, pues nos pone en contacto con lo más profundo de nuestra angustia existencial, de ese abismo de disolución del yo que puede presentarse en cualquier momento de nuestra vida, cuando las defensas culturales bajan lo suficiente. Allí aparece lo que Donald Winnicott llama “lo impensable”. Estamos todos metidos en este lío de existir sin poder salir de él. Este es el tema de la desesperación y el desamparo sartreanos. La posibilidad que tenemos como psicoterapeutas de reintegrar el paciente a la salud depende de que hallamos vivenciado y elaborado todo esto antes.

Fue angustiante realizar esta disección del tiempo psíquico que rige todo el modelo teórico de nuestra concepción de la salud y la enfermedad, pues al desarmar el tiempo con el fin de estudiarlo, nos quedamos sin esa construcción protectora de la identidad. La imagen para trasmitir esta situación es: ¿cómo desarmar el bote donde está uno para ver como está construido? El resultado es empezar a hundirse, porque nos quedamos sin el bote que nos sostiene. Al investigar el tiempo durante muchísimos años, nos invadió una vivencia de extrañamiento del curso de la realidad. En ocasiones se nos desarmó la constitución de figura-fondo, todo fue homogéneo, nada tuvo sentido y nos sumimos en el presente vacío. Nos referimos a estas experiencias por indicar algo importante: estudiar el tiempo para el hombre se asemeja al pez que quisiera estudiar el agua; le sería imposible hacerlo a menos que pudiera salir de ella y saber qué es no-agua. Nos llevó mucho tiempo darnos cuenta de que la psicosis y las experiencias con drogas alucinatorias constituyen un lugar fuera del tiempo. También son un lugar fuera del tiempo las experiencias del satori del budismo Zen, en las que el tiempo se anula porque se llega a anular todas las contradicciones y finalmente incluso la oposición entre yo y no-yo.

En cuanto a las escalas del tiempo, consideramos operativo distinguir cuatro: el segundo, el día, el año y el siglo.

Cada una de ellas está en relación con un tipo de estructura de continuidad; el segundo (el instante, que es el nivel de la corriente de la conciencia), con la constitución de gestalts (la música es un típico soporte de la corriente de conciencia); el día (nivel de los hábitos) se relaciona con el trabajo y la organización de la acción instrumental; el año ( nivel del proyecto vital ) con los ciclos de la vida y, finalmente, el siglo (nivel de la trascendencia) se relaciona con el misterio de nuestro nacimiento y nuestra muerte, pues es la escala que supera nuestra duración.

Para controlar esto inventamos los relojes y almanaques. El reloj organiza el segundo (el instante) y el día, que son los soportes de la microcontinuidad, vivida en secuencias corporales; y el almanaque organiza el año y el siglo, que miden la macrocontinuidad, sólo percibida imaginariamente (el recuerdo y la anticipación).



SUEÑO Y TIEMPO

Los sueños son tentativas de organizar proyectos (diríamos “los borradores”), trabajo de ensayo y error para la configuración de la prospectiva. Las imágenes recordadas se transforman en símbolos y éstos son formas primarias de lenguaje. De modo que al contarle el sueño al terapeuta lo que está haciendo el paciente es colocar esas imágenes caóticas subjetivas en palabras y, por tanto, coloca ese material “ininteligible” en el espacio intermedio (transicional) de la objetividad, de la cultura y, por tanto, va transformando su caleidoscopio imaginario en planificación estabilizada y por ello se puede incluir en la trama de juegos de coordinación que es la vida social (el mundo objetivo). De modo que no es tanto la interpretación del sueño desde la teoría de la líbido lo que tranquiliza, sino el convertir las imágenes caóticas en símbolos compartidos, al ser traducidas en palabra y con esto, incluir la subjetividad en la objetividad (algo así como el tiempo, la memoria, en la realidad social) mediante una construcción imaginaria que se llama proyecto de vida. Esto es imaginar (construir con recuerdos) un estado futuro del yo y luego hacer para instalarse en él. Pero este proyecto sólo es operable en la realidad compartida si es posible transmitirlo a los demás y, de este modo, acomodar las expectativas mutuas. A esto nos referimos cuando decimos que la terapia consiste en colocar el proyecto personal en la cultura (lo subjetivo en lo objetivo).


ANTROPOLOGÍA Y TIEMPO

Desde una perspectiva antropológica, pueden citarse dos observaciones sobre el tiempo: la primera se refiere al temor a cerrar, a terminar un proceso; y la otra, a la percepción simultánea de presente, pasado y futuro. La primera se relaciona con las decoraciones de los indios del oeste americano en las que se advierte el cuidado de no terminar, de no cerrar la figura, pues que algo quede por hacer asegura la continuidad de la vida, y la segunda, entre los Navajos, es la percepción de lo que ellos llaman el Gran-Tiempo de las ceremonias, en el que el presente no está entre el pasado y el futuro, sino que éstos se encuentran simultáneamente a su alrededor (espacializados). Cuando el autor recorrió el altiplano peruano-boliviano (en una investigación sobre brujos quechuas) tuvo como percepción inmediata, esta sensación de tiempo simultáneo, pues el enorme espacio del altiplano se percibe como infinito e inmutable y, por tanto, se dispone de todo el tiempo porque nada cambia del entorno. En cambio el espacio compartimentado y los cambios aceleran el tiempo en nuestra cultura urbana. También en ciertas situaciones vitales se tiene contacto con lo que podríamos llamar el instante total: pensamos que un orgasmo pleno, ciertas borracheras claves, un triunfo largamente esperado, etc., son puertas a este tiempo fuera de los relojes, de los hábitos que crean las sucesiones cotidianas.




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