Al otro lado de la laguna Estigia



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Una profesional
La primera vez que la vi no me podía creer, tenía un sentido de la moda diferente al de cualquier mortal. No se vestía, se drisfazaba con plumas y blusas sin sujetador embestidas por dos poderosos bloques de silicona de quinientas mil pesetas cada uno. Era toda una delicia verla caminar con sus libinidosos pasos de sirena.

Había nacido en un pueblecido llamado Santa Elena, situado en El Salvador. De pequeña se escondía debajo de la cama para evitar ser alcanzada por alguno de los proyectiles que se paseaban por el hostil ambiente. De mayor se quedó sin casa, un enorme huracán se la llevo sin dejar rastro. Era una de esas miles de personas que no habían encontrado su posición en la sociedad, carecía de todo pero lo ocultaba tras una enorme sonrisa. Nunca había visto tanta felicidad en un ser tan infeliz, disfrutaba de cada cosa, por pequeña que fuera, que hacía.



Llevaba cinco años en el país, en un principio se dedicó a cuidar a una pareja de ancianitos a los que llamaba avis cariñosamente. Luego arrasó en la noche, poniendo copas y de bailarina sexy. Mantenía un modesto contacto telefónico con su anciana madre, la señora había parido a trece hijos, y ella era la número trece. Menuda suerte llevar ese terrible signo numérico tatuado en el alma. Dos de sus hermanos habían muerto en la guerra. Me explicó que un día su casa se transformó en un improvisado hospital de campaña supervisado por uno de sus hermanos con algún conocimiento impreciso de la medicina. Había venido al mundo a sufrir y en su camino tropezó conmigo, conocido en el barrio como un discípulo de la madre Teresa.

Mis amigos se reían de mi facilidad para atraer a todo tipo de gentes. Tenía amigos dominicanos, cubanos, venezolanos, gitanos, y ahora una salvadoreña.

El cubano venía cada mañana a verme a mi tienda. Poseía un pequeño comercio en un barrio de trabajadores de Barcelona. Cada verano la asociación de comercios realizaba una semana de fiestas donde se adornaban las calles con todo tipo de objetos. La ganadora de la pasada edición hizo un tributo a Méjico, y para ello construyó enormes decorados recordando la riqueza de la cultura aztecas.

Se llamaba Teo y, como cualquier cubano, alardeaba de ser experto en todo y saber de cualquier materia. Tenía unos cuarenta años, y seguía conservando su prestigioso acento zalamero. Según él, se había follado a una centena de mujeres bien consagradas en el oficio sexual; es decir, las mejores mamadas del Caribe.



Un día entró en mi tienda a venderme un espacio publicitario para una hoja que se repartía gratuitamente en las panaderías. Le negué ser anunciante, pero le brindé mi amistad. Teo tenía mujer e hijo, pero estaban todavía en la isla de Castro. Su intención era traerlos lo antes posible a la ciudad, aunque no tenía ni papeles ni un trabajo estable. Como en cualquier rincón del país de Aznar, aquí todo era encubierto. Nada existía de verdad, todos éramos los fulanos del presidente. Teo lo veía todo con acercamiento, tenía un improvisado morro que lo hacía tan grande como el cañón del Colorado. Vestía con ropa usada que le cedía egoístamente el resto de ciudadanos.

El dominicano, Andy, era el hombre más prepotente del mundo. Se pasaba el día hablando de todo lo que había hecho a sus treinta y dos años de edad. Según él, había alcanzado la fama en su país como guía turístico en una reputada zona de Punta Cana. Era medio negro, y ocultaba sus estrábicos ojos bajo unas simuladas gafas de diseño. Siempre llevaba la misma camisa amarilla de Calvin Klein, y un singular cinturón de Ralph Lauren. Solía imitar los pasos cortos de Denzel Washington, y protestaba continuamente porque el actor afroamericano no consiguió el Oscar por su composición de Malcom X en la película de Spike. Conocía todos los diálogos de Do the right thing, y Jungle Fever, siempre hacía el baile de Sam L. Jackson.

El venezolano, Martín, era un niño de papá que había sido toxicómano después de un sufrido divorcio con el amor de su vida. Trabajaba de coordinador en una empresa de mangueras, y demás recambios para piscinas de ricachones residentes en Pedralbes, Sitges, o Gavà.

Por fin ella, la salvadoreña de mi corazón se llamaba Luz Marina, aunque yo le llamaba Luzma de forma cariñosa.

Luzma vino a mi tienda un sombrío mes de marzo, y al mes siguiente ya hacíamos el amor de una forma maravillosa. Siempre llevaba mi cutre cámara de fotos de dos mil pesetas, y no dejaba de fotografiar su cuerpo del pecado. Tenía afeitada cuidadosamente toda la zona púbica, su culo era digno del póster central de Playboy.



Sus achinados ojos miraban con detenimiento cualquier cosa que la inquietasen. Sus enormes labios estaban siempre secos, y con las pieles en relieve, y todo debido a un tratamiento de shock de su dermatólogo para evitar el acné que pretendía estropear, sin conseguirlo, su angelical rostro.

Hablaba sin parar sobre su país, y las extrañas costumbres de la cultura de los pipiles, que son los indios de su país.

Todo el mundo se fijaba en ella, y por supuesto se extralimitaba criticando su forma de vestir. En esos días me di cuenta del racismo oculto a mi alrededor. Mis amigos desaparecían cuando quedaba con ella, siempre tenían algo que objetar a que viniera con nosotros. Me preguntaban reiteradamente en qué trabajaba la chica y si tenía una familia. La verdad es que no tenía un trabajo concreto, se buscaba la vida como podía. Desde modelo en una inclasificable agencia hasta de señora de las faenas en una perfecta casa de ancianos.

Pero en España se critica muy bien al vecino, sobretodo si es inmigrante, y más aún si su color de piel es distinto. Es una jodida y descompuesta sociedad racista que no sabe observar más allá de lo que está delante de sus ojos. Mi amigo Ricky suele decir “que el árbol del medio no te impida ver el resto del bosque”. Pues en este país, la mayoría se concentraba en un solo árbol cuyo aspecto no te decía nada. Un árbol sin sombra, o mejor dicho, con mala sombra como casi todos los españoles que arrastran, sin poder evitarlo, una cultura arcaica proveniente de un absurdo franquismo.

Cuando tienes el estómago lleno, tienes la cabeza vacía. Pero en España las cabezas siempre han sido huecas. Los librepensadores vivían en el exilio, y los otros eran fusilados a la luz de la luna en una rústica casa de monte a los ojos de niños hambrientos de poder, de panes, y de pensamientos.



En este maldito país de tunantes todo es falso y verdadero a la vez, sin alma, y sin sentido. La gente camina sin rumbo, con un hastío latente en cada uno de sus pasos, y con la misma seguridad que una nave Made in Taiwán viajando al espacio sideral.

Luzma tenía miedo, y había perdido todo interés por salir gregariamente por la espantosa ciudad de la imagen. Todo poseía una estética delicada por encima de una inexistente ética. Lo material y superficial por encima de lo esencial y sentimental. No quedaban restos de calor humano, sólo frías máquinas hechas para trabajar, consumir, y sin apego a nada. Sentimientos desarraigados y únicamente vinculados a un consumismo idiota.

En El Salvador te puedes construir una casa por trescientas mil pesetas, en España pagas el alquiler de una pocilga de sesenta metros cuadrados durante tres meses. Con catorce mil pesetas cena una familia centroamericana(Honduras, El Salvador, Guatemala)durante una semana, en España sales a cenar una noche con tu pareja.

Antes coleccionaba discos compactos, ahora pienso que voy a viajar solo en mi ataúd y que no tendré espacio para llevar nada conmigo. He perdido el interés por los objetos, en cambio, aún me queda una pizca de esperanza en el ser humano. Vivo en el país más viejo de Europa, y dentro de poco del mundo, lo noto y me canso cada día más. Yo también envejezco, y no tengo descendencia, la mujeres que he conocido han sido manipuladas por una política de destrucción familiar hecha por una asociación feminista plagada de lesbianas rencorosas y protestonas. No quieren ni dejan vivir, y venden una felicidad que se sustenta en la masturbación y el desarrollo profesional. El hombre es una marioneta para pasar el rato y sin compromiso, es un reconocido enemigo que ha sido el opresor durante siglos. Las mujeres de estas asociaciones no olvidan sus planes individuales de futuro, sin hombres de los que depender y sin hijos a los que criar. Una sociedad en peligro de extinción y dominada por gente trastornada, y sin una pizca de humanidad. Nos venden, falsamente, la palabra empatía pero sólo para que los hombres ocupen el lugar que han ocupado las mujeres. La inseminación artificial avanza progresivamente en una involución social en la que el individuo puede repetir(clonar)su estúpida identidad.



Es el mundo del genoma, aunque realmente cuanto más nos conocemos, como seres imperfectos, más nos condenamos a la desaparición total; y eso es algo de lo que ya nos habló John Milton.

Y en esa condena llamada vida, nos paseamos con la cabeza bien alta y pisando a los más bajitos. Buscamos una raza perfecta en una imperfecta especie de humanos preocupados de los radicales libres y despreocupados ante la insufrible agresión al género humano.



Nadie hace nada por evitar una colisión frontal, y los psiquiatras se forran inventándose síndromes(el DSM cada vez está más cargado)en colaboración con la industria farmacéutica. Los psicólogos siguen sin enterarse, todavía tratan de procesar la información de ese cachondo cocainómano llamado Sigmund Freud. Se escudan tras unas subnormales terapias basadas en escarbar la preciosa etapa de la niñez. A partir de tus raíces te analizan para que tu mismo te des cuenta del monstruo que eres y lo corrijas pronto, y si no lo haces te amenazan con enviarte al psiquiatra que te dará Prozac para que no te enteres de tu vida hasta la muerte.

Qué lástima de vida, y de sistemas vitales que se basan en perjudicarnos para luego cobrarnos la factura.

Esta tarde iré a la psicóloga para reírme de sus paranoias, me inventaré algo para que me analice con su única arma: la desconfianza.

La mayoría de psicólogos están demasiados enfermos como para admitirlo, sus vidas se han desecho a base de analizarlo todo y de imponerse unas imposibles ansias de perfección que los abandonan en sus propios infiernos no retornables. Se quedan solos juzgando un trozo de pan con mantequilla : ¿Dónde está el pan?, ¿De qué está hecho el pan?, ¿Cómo se come el pan?, ¿Quién le ha impregnado la mantequilla?, ¿Por qué tiene mantequilla y no aceite?.

Y toda esa mierda es su única analítica, que se basa en analizar el estúpido comportamiento humano sin pensar que es peor analizar que actuar.

Una vez conocí a una psicóloga adicta a los antidepresivos que era incapaz de tener un orgasmo. Era tan mental que carecía de emociones suficientes como para correrse a gusto. Se pasó toda nuestra relación preguntándome miles de cosas sobre mi pasado, le preocupaba más lo que había sido que lo que podíamos ser juntos. Cada dos por tres tenía hongos vaginales, y debía impregnarme el pene con una desagradable crema.

En seis meses me diagnosticó como un ser obsesivo compulsivo, narcisista, con donjuanismo, mentiroso, superficial, psicópata, y todas las chorraras que le implantaron en la Facultad o en un inservible Master en la Patagonia Argentina. Era toda una delicia ver a una persona tan complicada, y cuya existencia hacía erosionar todo lo que tocaba. Su familia era un clan de charlatanes posfranquistas que protestaban por todo, recuerdo una frase de Groucho : “dime de qué trata que me opongo”. Eran un conjunto de opositores a cualquier apariencia positiva y optimista que se les acercaba, una auténtica factoría de infelices. Buscaban siempre el camino más difícil para llegar al lago, y cuando llegaban no quedaba suficiente agua para bañar sus diarreas mentales.

La psicología ha hecho tan infeliz al hombre, al analizarlo lo ha despojado de toda naturalidad, y ha eliminado cualquier acto no premeditado. Le ha enseñado a callar, a escuchar, y a pensarse las cosas mil veces antes de hacerlas. Es una psicología conductista(te conduce hacía una conversión de humano en máquina)que te analiza para que la vulnerabilidad te haga ser destruido.

Los psicólogos son como las prostitutas, te hacen pagar por algo que puedes hacerte a ti mismo.
Palomitas de maíz

Masticas sin hacer ruido, ya que esta vez estás en una de esas salas dedicadas a los filmes de culto. Esta noche dan una japonesa, dentro de un ciclo dedicado al cine oriental que dura todo el fin de semana. Ricky me acompaña, pero creo que esta a punto de dar la primera cabezada. La película es un poco coñazo, pero esta mañana había leído una crítica que la ponía por las nubes. Me pregunto incesantemente el porqué de la absurda situación, en qué momento decidí pasar un fin de semana viendo películas sin sentido sobre una cultura desconocida si no fuese por el jodido sushi.

Entra una chica en la sala para sentarse justo a mi lado, puedo notar su halitosis canina, y me empiezan a entrar ganas de vomitar; y justo es en una escena donde uno de los actores se hace el haraquiri. Y cada vez que ella ríe, mi estómago también.

Me levanto de la butaca y logro llegar al aseo, enseguida me refresco la cara, aunque el incansable olor a lejía me provoca una serie de inaguantables arcadas propias de una modelo bulímica.



Entro de nuevo en la sala, me dirijo a Ricky a toda prisa y me acerco para decirle, al oído, que nos vayamos. Él se molesta un poco, y le notó sorprendido; y es que fui yo el único que quiso asistir a esa proyección nipona de serie B.

Me llaman al móvil, es Sara que tiene un problemilla con el acosador de su ex-novio, el muy imbécil no deja de llamarla, no la respeta ni le da la oportunidad de reanudar su vida.



Sara estudió conmigo, y siempre la quise como a una hermana y no es ningún tópico. Su aspecto ha mejorado desde entonces, creo que le han crecido las tetas, las tiene enormes. Su culito sigue siendo respingón, no me extraña ya que es una de las mejores bailarinas y tanta disciplina la convierte en un cuerpazo andante. A sus treinta y tantos sigue despertando un temido furor oriental. Puedo respirar sus estrógenos cuando le toco sus aterciopeladas manos mientras hablamos de Andrés. El muy cerdo se ha ido con una de las primeras bailarinas de la compañía que dirige, llamó a Sara de madrugada para decirle que recogiera sus cosas y se marchara del estudio. Habían compartido un lujoso estudio de sesenta metros cuadrados ubicados en la mejor parte del gótico barcelonés. La decoración era tan perfecta como los bíceps de Andrés. Vivieron juntos cinco maravillosos años, pero el embrujo del amor se había marchado para no volver. Las lágrimas de Sara no dejaban de brotar hermosamente en su blanca cara. Sus ojos brillaban y sus rojizos labios estaban casi mojados. Hacia frío, lo recuerdo perfectamente, y tuve que abrazarla, y en ese momento no pude contener mis lágrimas. Pasamos la madrugada llorando sin cesar, aunque de vez en cuando nos relajábamos para fumarnos un cigarrillo mentolado que tanto le gustaba a ella. Nos bebimos una botella de Marqués de Arienzo del noventa y seis para acompañar unos canapés que hice en unos pocos minutos, había de cangrejo, atún,

coliflor, sardina en escabeche, espinacas con queso, roquefort, y dátiles con nueces.

Tuve mi primer atracón de canapés a las tres de la madrugada. El vino me hacía verlo todo de un color más cálido, sentía cómo si mis problemas se fugasen sin pedir permiso. Era una perfecta catarsis, volvía a respirar bocanadas de aire nuevo. Sara se reía al ver como devoraba docenas de canapés, en ese momento me di cuenta de la ausencia de los pinchos de tortilla.

Sara se ofreció, gustosamente por supuesto, para preparar una tortilla de patatas con ajito troceado y cebolla picada. Era un placer observarla todo el tiempo que pasaba en la cocina manipulando eróticamente el conjunto de alimentos. Una vez hecha, me dediqué a cortar cada uno de esos preciosos cuadrados para clavarles un mondadientes justo en el medio. Utilizó la mejor botella de aceite que tenía en casa, uno de cultivo ecológico. El olor me dejó la ropa impregnada, pero seguía sintiendo el perfume de Sarita.

Sus manos estaban limpias, era un ángel que no se manchaba ni cocinando. Su pelo olía a jazmín o algo parecido, intentaba acercarme incesantemente a su larga cabellera. Pero llegó el ansiado momento que siempre lo estropea todo, Sara me miró a los ojos y me dijo que se enorgullecía de que ella y yo sólo fuésemos grandes amigos. Sentía cómo si me despojasen de mis vísceras, me arrancaban las entrañas de una forma vehemente y sin marcha atrás. En la cocina me emborraché de un erótico amor que acabó con esas palabras finales que tanto les gusta imponer a las mujeres. Es algo que siempre saben, conocen el momento justo para poner punto y final.

Me puse morado de pinchos y no dejé de tragar ese dionisiaco líquido rojo que nunca se quedaba reposando en mi copa, tenía la necesidad de beber y volver a llenar enseguida. Seguramente, ése día empezaba mi nueva vida como alcohólico sin yo saberlo.

Necesitaba ser abrazado fuertemente por cualquier Eva desnuda que apareciese por mi inexplorado y funesto mundo.
Un abrazo siempre dice adiós, un beso hasta luego
Jennifer era hija adoptada, y siempre caminaba con ello a sus espaldas. Se notaba que crecía bajo un enorme signo de tristeza, caminaba bajo estrellas sin luz en un planeta desconocido para sus sentimientos. Nunca oyó un te quiero, ni siquiera escuchó una palabra amable. Se dedicaba a cobrar miles de productos diferentes en una de las cinco cajas de un hipermercado situado a las afueras de Madrid.

Al terminar, cogía siempre el mismo autobús para llegar a su ridículo apartamento de un conflictivo barrio dónde residía en compañía de su gatita persa Mimí.

Su única afición eran las revistas de la llamada prensa rosa y los programas Magazine de la Quintana y la Gemio; es decir, era una joya de mujer que se dedicaba a actividades importantes en la mejoría mental de cualquier persona.

No se relacionaba con nadie, y sus conversaciones con Mimí no llegaban a ningún puerto. Tenía una gran cantidad de energía sexual almacenada en su adiposo cuerpo de treintañera sedentaria. Una vez estuvo a punto de follar con su vecino Mariano, pero cuando se enteró que era esquizofrénico la gorda emigró a otro bloque del barrio. Antes pagaba treinta mil al mes por un apartamento mejor, ahora pagaba cincuenta por uno peor en un bloque casi al lado. Era un ejemplo de tontería para todo el barrio, en la escuela a las niñas que no estudiaban se les decía que si seguían así terminarían como la Jennifer.

La Jenny estaba enamorada de su vecino Raúl, que era un buen mozo deportista que trabajaba descargando cajas de pescado durante largas madrugadas. Medía uno ochenta y sus bíceps le otorgaban un endiablado aspecto erótico, sus ojos eran azules y su pelo negro como el carbón. Y todo eso frente al metro sesenta de la Jenny, y sus estropajosas mechas rubias con la típica raíz negra.



Era tan difícil consolidar una relación entre Raúl y Jenny como cambiar de gobierno en Cuba. La gordita del hiper lo tenía realmente chungo, no obstante se pasaba las noches enteras pensando en los brazos de Raúl acariciando todo su defectuoso cuerpo.

La cajera iba al cine dos veces por semana y ya la conocían todos los acomodadores, que se sorteaban el acompañarla al interior de la sala. Hablaban siempre de lo desagradable de su halitosis, y de los pelos de gato que dejaba en la butaca. Era un ser tan desagradable que nadie se le acercaba a menos de tres metros de distancia. Según cuentan algunos, se ve que venía de una poderosa familia aristocrática madrileña que se había emparentado recientemente con la monarquía, y habían desterrado a Jenni porque se avergonzaban de ella. Cada mes, un abogado le ingresaba ciento cincuenta mil pesetas en una cuenta del Banco de Santander. Tenía varios millones ahorrados, pero seguía trabajando de cajera con la ilusión de que algún día Raúl entrase a comprar algo y pasase por su caja para pagar.

Una tarde Raúl entró a comprar un Gatorade de naranja para llevarse al Polideportivo y lo pagó en la caja de la Jenny, la cual se puso tan roja que se la tuvieron que llevar de urgencias en un camión frigorífico que transportaba choped Campofrío. La gorda llegó helada y los médicos explicaron que la temperatura tan baja le había salvado la vida. Raúl nunca más pasó a comprar nada, y la Jenny se deprimió tanto que aumento sus salidas al cine. Pero llegó un día en que ya había visto todas las películas de la cartelera y tuvo que asociarse en un videoclub donde daba la casualidad que también iba nuestro vecinito deportista.

Una noche, antes de las nueve, entró muy decidida para alquilar una peli porno, y cuando tenía la ficha en las manos se giró y se dio de morros con Raúl. La ficha cayó al suelo y el mozo se agachó a recogerla, le sonrió, y le preguntó por lo ocurrido en el hipermercado. La Jenny, lejos de mostrarse rencorosa, lo invitó a cenar para agradecerle su interés. Lo asombroso de la historia es que Raúl aceptó, y desde entonces en la escuela ponen el ejemplo de Jenny como persona constante y sin cualidades que pudo conseguir lo que quiso. La moraleja de la historia es que si realmente deseas algo con todas tus fuerzas, lo podrás conseguir sin importar lo que digan los demás.

Seré lo que tu prefieras
Los indigentes tienen millones de historias interesantes para explicar, y es que la calle es la mejor escuela para estos cuenta cuentos aventajados. Pero, Tomás Braulio Antúnez era muy diferente a todos los otros que vivían vagabundeando en las sucias calles del gótico barcelonés. Sus amigos lo llamaban Tobías, y lo respetan porque nunca hablaba más de la cuenta; la verdad es que no decía ni pío, y eso en la calle se sabe agradecer.

Tobías era un guapo descuidado que aún conservaba su atractivo de esos ojos azules brillantes aunque cansados. Debía tener alrededor de los cuarenta años, y por lo menos llevaba cinco viviendo en la calle. Antes trabajó de camarero, policía nacional, guardia jurado, y agente inmobiliario para una franquicia italiana. Lo acusaron de haber cobrado unas comisiones altísimas, que nunca declaró, por la venta de unos terrenos en Sant Cugat del Vallés.

Acabó arruinado después de hacer frente a los gastos del juicio y pagarle a la Administración la multa exigida. Tuvo que hipotecar su lujoso chalet de Vallcarca por segunda vez, y su mujer e hijos lo abandonaron. El banco, por recibos impagados, lo echó de su propia casa.

Pasó de la cima de la montaña a una minúscula ladera cerca de un lago de agua sucia, es decir en la puta calle rodeado de gérmenes y cloacas con olor profundo a heces.



Empeñó su anillo de casado para pegarse su última gran comida en el conocido restaurante Botafumeiro. Su mujer lo había denunciado, sin piedad, por no pagar la pensión de sus hijos Pancho y Estibaliz.

En la actualidad, Tobías, disfrutaba sólo de la compañía de un pulgoso bullterrier que encontró medio muerto en un cruce de dos famosas calles del Ensanche. Le puso de nombre Consuelo, en honor a su mujer.




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