Al otro lado de la laguna Estigia



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Ella pasa de largo, tú te quedas.



La depresión
Desorientación y desinserción ambiental, disarmonía neurovegetativa de proyección somática, apatía, astenia, ansiedad generalizada, trastornos por angustia, …

…y todo eso eres tú.

Estás anclado, con las piernas fijas en una superficie flotante; y todo a tu alrededor se mueve y gira; y al pasar el viento te pega una fuerte sacudida; y sigues sin darte cuenta que mientras tú te paras todo lo demás sigue.

Encerrado en casa, enciendo un cigarrillo y lo voy mirando sin necesidad de fumármelo.



Logras sacar fuerzas para poner un CD de un grupo que te enseñó ella; y es ahora cuando escuchas una y otra vez vuestra canción, y es que todas las parejas tienen su canción; y en nuestro caso eran dos las vitales piezas musicales: Corazón espinado, y Agustito.

Respecto al cine, también lo puedo resumir en dos películas esenciales: Sexo por compasión, y Para todos los gustos; y una conexión importante de Una relación privada, ya que fue la última que vimos juntos en el sofá del salón; y a posteriori le chupé el culo como una deliciosa golosina carnal, esa película me puso muy cachondo.

Recuerdo los diálogos a perfección, todas las expresiones de Sergi López, y sobretodo la cara de Nathalie Baye asintiendo mientras escucha las respuestas de las preguntas a las que somete a nuestra estrella de Vilanova.

Se establece una relación real a lo largo de un exhaustivo y matemático metraje de ochenta y dos minutos bajo la batuta de Fréderic Fonteyne.

En su ausencia he vuelto a ver la película un par de ocasiones, los diálogos se me han clavado en la mente. Aunque lo más importante son las miradas de lo que no dicen, de lo que no se atreven a hablar, por el simple hecho de que ya lo saben. Para qué necesitamos decir algo que está bastante claro.



Cuando se marchó supongo que lo tenía muy claro, en su rostro no se asomaba ni una sencilla duda; y en el mío, había tantas incertidumbres que invitaban a las lágrimas a salir; y es cuando parpadeaba, y me molestaba todo; y no dejaba de llorar; y es cuando me martirizaba dando vueltas de tuerca hasta encontrar respuestas certeras a toda esa encerrona llamada Enamoramiento; y las endorfinas seguían dentro de mí, pero en ella se habían marchado.

Es entonces cuando la ciudad parece extraña, te condenas a su entera magnitud que te atrapa mil veces para ser despojado de todo lo que te hizo feliz. Los árboles los puedes contemplar en blanco y negro desde lejos, sólo en la distancia con tus miedos; y también, con tantas otras cosas que no puedes enumerarlas.

Los días pasan, se van, se quedan diminutos, y todo cuanto conocías se aleja; y te miras muerto en el espejo, y no reconoces el reflejo que en él estás proyectando. Todo está seco, las verdades se diluyen cada vez que las piensas, y no logras detenerlas; y un piano pone notas de tristeza y melancolía, acuchillando tu alma en cada nota.

Te tomas una cerveza caliente, y sin ganas de eructar lo haces. Salen todas esas cosas de dentro que no creías que existiesen.

Al cerrar los ojos recuerdas el primer beso, y es tan cálido y hermoso que la odias por pedirte que olvides todo de una vez. No se obliga a nadie a querer, pero por qué me obliga a olvidar.

Todo ha sido como un buen Tango que nos salió espontáneamente, sin contar los pasos; pero al final ella sabía que estaba saliendo mal, que no hacíamos caso a la música.

Una tarde me senté en el mismo banco donde una noche estuvimos hablando, y la podía oler. Sentía su presencia, su olor intenso a esa esencia naturista con la que rociaba su esplendoroso cuerpo que tanto anhelaba; y al que tantas veces había abrazado. Por mucho que tu pareja quiera abandonarte, jamás logrará arrebatarte los recuerdos y el placer que pueden provocarte al evocarlos.

Hemos llorado juntos tantas veces que ahora me cuesta hacerlo solo, pero su recuerdo me acompaña, y consigo hacer salir mis mejores lágrimas; y son las lágrimas del alma, unas lágrimas que llevan su nombre, y que lo arrastran una y otra vez.

Tropiezo con un viejo en la calle, y poco a poco logramos distanciarnos cada uno en su camino; y es que siempre sigues un camino. Pero su mirada se me queda clavada, es una de esas miradas de perdón y de aviso al mismo tiempo. Es una advertencia de alguien a quien no conoces, pero que tampoco podrías considerarlo extraño.

Es una mirada familiar en un reencuentro fortuito por un tramo de la calle por donde pasas cada día; y justo ahora alguien te espera para avisarte.

Sigo hasta llegar a casa, y al entrar dejo la llave puesta sin acordarme de sacarla para dejarla encima de la mesa del pasillo. Tienes que hacer algo pero no lo recuerdas, y se producen miles de pequeños descuidos para hacerte ver que tienes una cuenta pendiente. Y en la desidia está la verdadera naturaleza del ser humano. Estás programado con un único fin, y las circunstancias te conducen a ello; y es cuando notas que no puedes ir contra el viento que te llevará, porque estás marcado desde el nacimiento.

La naturaleza te ha creado y no es precisamente por azar, sino que tienes una misión específica: reproducir tus genes, envejecer, y luego morir.

Algunos seres no podemos destruirnos, una poderosa fuerza nos lo impide. No creo que pudiera suicidarme, y no es por falta de ganas; que va, todo lo contrario, es falta de fuerza y decisión; y como si una desconocida voluntad me llevará a ver todo de forma diferente, eliminando las ganas de autodestrucción.

Me han creado, y me van a destruir; y lo peor es que mi opinión no cuenta, no vale para nada. ¿ Qué significa libertad cuándo tu vida la estás compartiendo siempre?.

Y al hablar de libertad suenan los violines solidariamente para saludar a mi mente, para acompañar todas las chifladuras.


Vamos de jarana
Ya no sabes mirar, y no te planteas volver a hacerlo. Sientes que puedes naufragar en el intento, y eso te preocupa; si fallas tantas veces como yo lo he hecho, ya no te atreves a moverte de los parámetros que tu mismo te has asignado.

No tienes sed pero pides una cerveza en la terraza donde os reunís los tres amigos de siempre. Algunas veces se produce silencio en el encuentro, otras no; y es que hoy vuelvo a tener la mirada perdida, sin horizonte.

Sus voces están en otra dimensión, dentro de un aparato sofisticado que no alcanzo a ver; la mesa se estrecha en determinados momentos, y no puedo soltar la copa de cerveza; y ahora me siento desnudo sin mis famosas palabras y frases hechas para salir de determinadas situaciones incómodas; y al no tener texto, me pongo nervioso sintiendo que sudo. En mis intervenciones me noto lejano, y ellos me preguntan los porqués de la desagradable situación en la que me hayo sumergido.

-No sé, debo estar deprimido y aún no me he dado cuenta. Miro por la ventana hacia la oquedad, y ahora me pasa lo mismo. Me concentro en la mesa, en la copa, incluso en el jersey naranja del chico de la mesa de al lado.

-¡Pues mira qué bien! -exclama Sergio.

-A mí me parece una subnormalidad -añade Pedro.

-No sé, desde que me dejó ya nada tiene sentido; aunque me fije en todo, sólo lo hago para encontrar algo que hacer; para buscar un juicio a la vida y a las personas que me rodean; está todo vacío, como muerto y abandonado -vuelvo a deliberar.

La conversación dura poco, pero las carcajadas que en ellos he producido duran más.

La herida se abre, y no la puedo cerrar ni siquiera apoyándome en los atrayentes tranquilizantes.

Sergio no quiere volver a salir conmigo, ya no me llamará más. Pedro es más tolerante, después de una enorme bronca me invita a salir del hoyo; pero siempre que yo lo quiera hacer. Es decir, te ayudan a algo que sólo tú puedes lograr.



Un verdugo

La solución a tus problemas yace en tu interior, y se muere a cada segundo; esperando que hagas algo para rescatarla; y te preguntas por qué tienes que ser tú tu propio verdugo.

Nunca imaginas la cara que va a tener la persona que te despojará de todo, y sobretodo te extrañas aún más cuando descubres que esa cara la has visto cada día.

Es un largo poema que has escrito sin darte cuenta, unos versos que has leído tarde; y tampoco logras enterarte de que va la historia; y aunque no puedes proyectar imágenes, vuelve a salir ella de golpe; y es como un espectro que no te deja escapar sin salir ileso, y todavía desea tu alma; no se irá con las manos vacías, te ha condenado, sin saberlo, a no poder estar con otras mujeres.

Y ya no puedes repetir, sólo te queda decir ¡Adiós!, ¡hasta siempre!,¡hasta la vista!,…

¡Gracias por el daño causado, ahora sé que estoy vivo!.



El bebé que no sabía llorar

Érase una vez un bebé feliz que se reía de todo, y es que había nacido entre algodones; y todo el mundo lo quería y le hacia mimos constantemente.

El bebé podía comer cuando tenía hambre, podía dormir cuando tenía sueño, y sobretodo podía jugar a cualquier hora.

Ninguna vez escuchaba una palabra mal sonante, ni una queja, ni siquiera el ruido chirriante de una puerta vieja; y es que todo era nuevo y bonito en su vida.

Tenía unos padres ejemplares, y lo querían por encima de sus vidas, era la prolongación de sus movimientos emocionales; era el seguimiento de todas sus miradas.

La inestabilidad no existía en su frágil y perfecto mundo, y todos lo adoraban.

El niño creció acompañado y protegido por los mejores amigos y los más excepcionales tutores escolares. Conoció a las mejores chicas, de las familias más influyentes de la ciudad; y siempre ponía fin a sus relaciones de la manera más diplomática posible. Todas terminaban amándolo Platónicamente.

Al acabar sus estudios teatrales pudo dedicar su tiempo a las mejores obras de Ibsen, Ionesco, Strindberg, Beckett, Shakespeare, etc.…

Un día se cansó de la felicidad plena, y se puso a viajar por todo el país. Y a cada lugar donde iba lo trataban mejor, y siempre se despedía de una gran multitud; y conseguía enamorar a una chica de cada ciudad.

Las cosas le seguían saliendo bien, incluso después de sufrir un grave accidente de moto. Se recuperó rápidamente, y siguió amándolo todo. Las flores crecían a su paso, y los poemas cambiaban de sentido con su sensible lectura.

Un día se le cruzó una chica por su vida, era la mujer más preciosa del mundo. Jamás había mirado tan de cerca con sus ojos. Esa mujer le hizo feliz durante seis meses, y aunque las cosas no eran tan perfectas, el se acostumbró a su presencia y a sus cálidos abrazos. Se veían cada día, se besaban iracundamente hasta el amanecer; y tenían charlas existencialistas eternas. Podían llegar a filosofar incluso con una salsa de tomate casera. La luz iba iluminándoles como a los mejores amantes. Cada vez que se tocaban se producía un estruendo que hacía brillar cada una de las estrellas que se posaban mágicamente en el cielo.

La chica no estaba acostumbrada a tanta felicidad, y le empezó a molestar la sana disposición de él ante todo. Lo empezó a ver como a un monstruo encerrado en una jaula llena de rosas. Su mente creó todo tipo de defectos, y el bebé que no sabía llorar lo hizo por primera vez. Y lo peor fue que le gustó la experiencia, y lo siguió haciendo dedicándole algunas horas al día.

La chica se marchó de su lado a la búsqueda de problemas y aventuras. Y él se quedó solo, triste y desubicado; pero consciente que todavía guardaría su amor para siempre, y que los recuerdos le llenarían su mente cada vez que quisiera volver a amarla. Los amores de verdad no logran desaparecer jamás, y a veces vale la pena arriesgarse a perder; sobretodo porque siempre ganas, y llenas tu corazón con inolvidables momentos.

Pasaron los días, los meses, los años, y se seguían viendo por la calle sin negarse el saludo; aunque fingían que no se conocían.

El bebé adulto colgó una foto de la chica en su habitación. Y ante cualquier adversidad, se sentaba observándola y pidiéndole a Dios que lo dejase amarla aunque sólo fuese en su mente.

Solazarse
El café de las cinco me resulta más delicioso que el de la mañana, ya que el primero del día resulta ineludible, y en cambio este otro es a libre albedrío. Algunas veces prescindo y me quedo sin tomarlo, no es necesario. Seguramente lo hago por la chica que siempre se sienta en la primera mesa entrando a la izquierda. Es morena, alta, y de tipo fino. Sus ojos resultan extraños, cómo si no quisiera mirar las cosas que le rodean. Tiene esa clase de mirada hacia dentro que hace tan sensuales a las mujeres. Es un signo de hembra despistada, casi peleada con los demás seres.

Llevo varias semanas fijándome en sus manos, y me parecen extraordinarias. Sus movimientos son ligeros y precisos, las deja descansar sobre la mesa cruzando la derecha sobre la izquierda, y en la acción puedo verle unas uñas larguísimas y bien esmaltadas con un rojo intenso que produce destellos en mis ojos. Es todo muy rápido, casi inefable, pero mi agudeza visual me permite observar cualquier gesto detenidamente.

Harto de mirar el reloj, me levanto para marcharme. Saco el último billete de mil pesetas y pago al camarero ciento veinticinco pesetas, le dejo cinco duros de propina y el resto vuelve a mis bolsillos de unos tejanos nuevos azules que acabo de comprarme en las rebajas. Valían doce y los he sacado por siete mil quinientas veinticuatro pesetas, no tengo ni idea de cuántos euros estaríamos hablando.

Al pasar por su lado logro reconocer el suave olor que desprende su cuerpo, se trata de un perfume barato de origen francés que me recuerda a una antigua amiga de instituto llamada Diana.

La más guapa de la clase olía igual que la chica del café de las cinco. Se sentaba dos pupitres a la derecha, entre la puerta y la segunda ventana, cerca del epicentro del aula. Tenía la mejor visión, y junto a ella estaba el pesado y prepotente de Julio Aguilar Salazar. Era el chaval más tonto que ha parido madre, hablaba como si se hubiese tragado un paraguas. De vez en cuando escupía un poquito, aunque lo peor es que corrían rumores sobre un posible noviazgo secreto con Diana. El Paquito los vio en el parque casi follando. Pero el Paquito también dijo un día que Isabel Gemio era su vecino travestí del cuarto, y que su nombre real era Ismael Gimeno. El chaval tenía más historias que Ibáñez Serrador.

Un día, mientras sacaba mi enorme pollón en los lavabos masculinos, entró Paquito y Julio riéndose al mismo ritmo. Paquito se le acercó a la oreja y después de decirle algo le entregó un billete de cinco.



Al día siguiente volví a las misma hora, y justo antes de entrar al servicio, observé a Julio besando a Diana mientras le metía algo en el bolso. Era un extraño beso en el que casi no se rozaban los labios, como en las películas de Frank Capra.

Diana entró en clase desternillándose con todas sus fuerzas. Al entrar el profe de Filosofía, se volvió a enmudecer. Era una chica tímida, y reservada. De no ser por su belleza, casi pasaría inadvertida. Pero era brutalmente hermosa, asquerosamente guapa, insultantemente atractiva.

Paquito era muy feo, y pese a sus veinte años seguía haciéndose llamar Paquito. Su fealdad iba acompañada por una incómoda tontería que resultaba demasiado empalagosa como para soportarla. Por eso, no era de extrañar el encontrarlo siempre solo deambulando por los pasillos, sin rumbo.

Últimamente lo había visto acompañando a Julio, y eso no me cuadraba de ninguna de las maneras. Por qué Julio perdía su tiempo de aquella manera.



Una tarde fui a la piscina del gimnasio, y mi sorpresa fue encontrarme con una Diana mojada y en minúsculo bikini rojo de Gaultier. Sus pezones embestían fuertemente la absorbente tela de diseño. La parte de abajo se le escondía entre la raja del culito prieto que poseía. Quién fuera esa parte del bikini.

Nos miramos, y tuve que lanzarme precipitadamente al agua para evitar que se diese cuenta de la prominente erección. Tuve tan mala suerte que al tirarme tropecé con una gorda llena de granos y con olor a armario cerrado.

De la ostia que me dio no aparecí por clase en una semana, tenía la cara de varios colores azulados. Me había llevado toda la gama de azules a la cara. Al tercer día se volvió rojo, y al cuarto verde. Finalmente, desapareció sin dejar rastro y así pude volver a ser yo.

Cuando te ausentas una semana de cualquier sitio, todo se vuelve diferente, y tienes que volver a ganarte tu antiguo puesto.

Ahora me encontraba postrado en la última fila, junto a Concha Navarro “La aparatos”.

La niña no era fea, aunque llevaba medio tranvía en la boca. Cuando hablaba escupía monstruosamente sobre mi cara, y por mucha distancia que mantuviese siempre terminaba empapadito de arriba a abajo.

Pero Conchi tenía uno de los pechos más firmes que pude ver en vida. Siempre me acercaba para poder rozarla con el brazo, y eso suponía escupitajos de lleno. Pero qué es el amor sin un poco de saliva.

Su saliva ya era parte de mí. El roce nos llevó a una relación formal, con padres y todo. Y además fue mi primera felación con aparatos. Daba un gusto sentir el frío de sus dientes sobre mi miembro.



Conchi la sabía chupar de verdad, de eso no había duda. Nuestra relación fue cada vez mejor, hasta que un día me contó que Paquito pagaba a Julio para que fuese su amigo; y que este, a su vez, pagaba a Diana para hacerse pasar por su novia. Era un jodido triángulo de las bermudas. Entonces tuve una visión en la que Diana y yo nos frotábamos la espalda tumbados en la alfombra de mi salón, justo al lado de mi precioso lector de D.V.D; y debajo de la mesa de cristal y madera que mi madre compró en el famoso Ikea.

Me costó romper con Conchi, siempre añoraría sus famosas mamadas, pero me armé de valor y lo hice lo más brusco y desagradable posible. Me inventé un rollo de esos de que no teníamos nada que compartir, que éramos diferentes; y aproveché para insultarla todo lo que pude con un exhaustivo análisis de su personalidad. Me quité todos los complejos de culpa de encima, y le hice un perfecto traspaso.

La chica me dio el coñazo unas semanas, con cartitas y llamadas a las que yo no respondía. Un día me sentía tan acosado que fui a hablar con ella. Le dije de todo, y le advertir que me dejara vivir mi vida; que se buscase a otro que hablase su mismo idioma; que estaba muy bien solo, y que jamás volveríamos.

Al cabo de dos meses inicié una relación con Diana. En un principio todo iba bien, funcionaba a la perfección. Nos podíamos entender en cualquier contexto, menos en el plano sexual. La niñata no sabía moverse, y no hacía mamadas hasta el matrimonio: “Sólo se la chuparé a mi futuro marido; ya que no puedo guardarle el coño, le guardaré la boca”.

Eso me volcó en una profunda desilusión y tristeza, de la que no pude zafarme durante un año, dos meses, y tres días.

Sabor amargo
Estoy acostumbrado a su ausencia, y con los meses he aprendido a quererla en silencio. Puedo seguir amándola con la misma intensidad, sin importarme la cercanía física; y sólo me conformo con recordarla al cerrar los ojos. ¡ Ya la veo!, ojos azules, nariz grande y torcida, labios gruesos en una cara cuadrada con una pronunciada barbilla. Todo ello bien sujetado por un esplendoroso cuello de cisne. Su pelo castaño claro está recién cortito, como le gusta a ella y se siente más cómoda. En sus orejas destacan dos pendientes de bisutería barata y de un vivo color verde, que hace juego con su jersey verde.

Siempre combina los colores con la misma profesionalidad de una modelo de alta costura. En la parte de abajo, luce unos tejanos que marcan la rectitud de sus larguísimas piernas que acabarán en unos preciosos pies, algo grandes y zancones. Encima, un abrigo gris de cuidado corte masculino. Siempre cruza los brazos y agacha la mirada, es cómo si siempre tuviese frío. No consigo verle la plenitud en su mirada, está como asustada, casi perdida; pero es demasiado altiva y lo disimula completamente levantado la barbilla en ocasiones.

Tiene grandes contradicciones internas que no asoman ni de coña. Es poco vulnerable, siempre lo racionaliza todo, incluso para decidir la cantidad de azúcar que debe echarle al café. Tiene una inestabilidad emocional que le hace la mujer más atractiva del mundo, ya que nunca sabes si le gustas o no; tienes que estar conquistándola cada día, ofreciéndole algún valor personal escondido; y eso la hace adorable y enigmática, nunca la conoces del todo.

Pero hay veces que se le escapa una sonrisa de medio lado, entre tímida y poderosa; es cómo si lo supiese todo antes que tú, y te quedases completamente desnudo ante su presencia.

Físicamente es fuerte y elegante, psíquicamente es misteriosa y rocambolesca. A todo eso se une una fuerte preocupación por el pasado, una indiferencia total ante el presente, y un miedo brusco ante el futuro. Siempre escucha, realizando varias lecturas de cualquier opinión; se queja de lo poco que valen las palabras para el resto de los mortales, y de lo necesario de un amor verdadero.

Es como si estuviese buscando constantemente la información del carácter humano, de todos los que hemos podido rodearla durante un tiempo; quiere creer en la bondad de las personas; y quiere amar incluso en sus sueños. Sus ojos te llaman para ser escuchado, y es entonces cuando me pongo nervioso porque sé que me está mirando y analizando; y es cuando me equivoco y digo algo que no pienso; y va en contra mío.

Me juzga por todo, por cualquier cosa; y no creo que eso sea un defecto, es más, es algo superable a todas las virtudes, es una esencia diferente que ella posee.

Descubres que es incapaz de compartir, por desconfianza y miedo a ser engañada. Escucha demasiado, y por eso está en completo silencio, para no despistar, para entenderlo todo y poder hacerlo mejor; sí, es una perfecta exigente, que no soporta las grandes equivocaciones porque cree que allí se esconde la verdadera personalidad.


Somos el fruto de nuestros errores, somos parte de ese injusto pasado que tanto queremos olvidar (según ella) y a la vez no podemos evitar, al sumergirnos constantemente por entero en lo que un día hicimos. Somos deudores eternos de una cuenta ya pagada, es el peso a tus espaldas con el que ya habías cargado.

Y es cuando te das cuenta que para ella vale más lo que dices que lo que sientes, tu amor queda eclipsado por tus nerviosas palabras de novato sentimental; ya no tienes edad para ir hablando sin pensar. ¡ Espabílate!.

Te acostumbras a esa luz tenue, casi apagada y que no puede alumbrarte; pero no te quejas y sigues usándola. Y sientes la misma música incesante, y el chicle queda fuertemente presionado por tus carnívoras mandíbulas de depredador sin piedad. Pero el sabor es amargo, casi insoportable; y es entonces cuando decido tirarlo al suelo de un fuerte y ensayado escupitajo.

No consigo encontrarle sabor a las cosas, desde su marcha todo es insípido. Se ha parado el tiempo sin querer en mi boca. Es cómo si hubiese pasado un fuerte y desolador huracán que se ha llevado mi sabor.

Los olores tampoco son como los de antes, ya no les doy importancia, se han marchado.

Con ella todo era más intenso, en cada olor se ofrecía una pasión irreconocible; pero buena en su más alto concepto, y a la vez extravagante y diferente.

El amor nunca es para siempre, pero sí lo son los olores que lo acompañan. Ella tenía el mejor registro aromático




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