Al nuevo testamento



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WILLIAM BARCLAY
COMENTARIO

AL NUEVO TESTAMENTO

‑ Tomo 16 ‑
El Apocalipsis (I)

PRESENTACIÓN


Es oportuno el que este Comentario al Apocalipsis ‑‑docu­mentado, equilibrado y edificante, como era de esperar de William Barclay‑‑ aparezca en edición española a finales del segundo milenio de la era cristiana, cuando se están produ­ciendo extremismos comparables a los del llamado < terror quiliástico> de finales del primer milenio, al mismo tiempo que cataclismos naturales de magnitud extraordinaria como el Niño y el Mitch de Centroamérica, entre innumerables holocaustos y guerras genocidas que bien se pueden llamar < del fin del mundo,» alguna incluso al otro lado del Éufrates, en cuyos reportajes televisivos parecía verse lo que expresó con símbo­los el Vidente de Patmos.

Una cosa no debería hacer falta advertir en vísperas del año 2,000: Si bien en El Apocalipsis se nos habla de los mil años que Jesucristo reinará en la Tierra antes del Juicio Final, que como tanto en este libro es posible que tenga un sentido figu­rado, en ningún lugar del Apocalipsis ni de toda la Biblia se nos da pie para pensar que ese Milenio haya de coincidir con el de un nuevo milenio de la Historia de la Humanidad, ni siquiera de la era cristiana. Bien claro nos dejó el asunto el mismo Jesucristo cuando nos dijo: < Pero de aquel día y de la hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el Cielo, ni el Hijo, sino el Padre» (Marcos 13:32).

Eso sí: existe la costumbre de dedicar el fin de cada año a hacer balance del anterior y proyectos para el siguiente. En ese sentido no estaría de más el que la Iglesia Cristiana apro­vechara el fin del siglo XX y del II milenio después de Cristo para revisar sus cuentas, y no solamente por miedo a que se

las ajusten irremisiblemente, y plantearse de nuevo y en serio su misión en la Tierra, en la que sigue habiendo tanto dolor, necesidad e injusticia.

William Barclay nos dice en la Introducción que El Apo­calipsis es un libro indiscutiblemente extraño, pero que vale la pena estudiar. Nos lo sitúa maravillosamente presentándonos el género al que pertenece: la literatura apocalíptica, que flore­ció tan profusamente en el período entre los dos Testamentos. Y nos presenta el principio que va a aplicar en su comentario: < El Apocalipsis debe interpretarse sobre el trasfondo de su propio tiempo» (página 37). Para ello se necesita un experto; y eso es lo que tenemos en William Barclay. Pero, como siem­pre, lo que más nos impresiona de él no es su erudición, con ser tan respetable y admirable, sino su conocimiento personal del Señor Jesucristo al Que con tanto amor y claridad nos presenta.

Bien colocado está El Apocalipsis; detrás no solo de los evangelios sino también de las epístolas, al final del Nuevo Testamento, como último acto del Evangelio, sin el que este quedaría incompleto; claro que tiene que ser distinto del resto del Nuevo Testamento, porque es el único libro de la Biblia que trata del fin que aún está por cumplirse, que anuncia Pablo al hablar de la victoria de Cristo: «Luego, el fin: cuando en­tregue el Reino al Dios y Padre, cuando haya suprimido todo dominio, toda autoridad y todo poder. Preciso es que Él reine, hasta que haya puesto a todos Sus enemigos bajo Sus pies.» (1 Corintios 15:25s). En El Apocalipsis «vemos coronado de gloria y de honor a causa del padecimiento de la muerte a Aquél Que fue hecho por un poco de tiempo menor que los ángeles para que por la gracia de Dios experimentara la muerte por todos» (Hebreos 2:9; cp. Filipenses 2:5‑11). Vemos al Cristo que era, y Que es, y Que ha de venir.


Alberto Araujo

INTRODUCCIÓN AL

APOCALIPSIS DE JUAN
EL LIBRO EXTRAÑO
Cuando un estudiante del Nuevo Testamento se embarca en el estudio del Apocalipsis le da la impresión de que se encuen­tra en otro mundo. Aquí tenemos algo totalmente diferente del resto del Nuevo Testamento. El Apocalipsis es no solo diferen­te, sino también notoriamente difícil de entender para el hom­bre moderno. En consecuencia, se ha abandonado muchas ve­ces como totalmente ininteligible, y algunas veces se ha con­vertido en el terreno reservado de los excéntricos religiosos, que lo usan para trazar el calendario celestial de lo por venir, o encuentran en él evidencias para sus propias excentricidades. Un comentador abrumado decía que El Apocalipsis tiene tantos enigmas como palabras; y otro, que para estudiar El Apocalip­sis hace falta estar loco, o querer estarlo.

Lutero le habría negado con gusto al Apocalipsis el derecho a formar parte del Nuevo Testamento. Juntamente con Santia­go, Judas, Segunda de Pedro y Hebreos, lo relegó a una lista separada al final de su Nuevo Testamento. Declaraba que no hay en él más que figuras y visiones que no se encuentran en ningún otro lugar de la Biblia. Se quejaba de que, a pesar de la oscuridad de su tema, el autor había tenido la osadía de añadir amenazas y promesas a los que desobedecieran o guar­daran sus palabras, como si hubiera alguien que las pudiera entender. En Apocalipsis ni se enseña ni se reconoce a Cristo; y no se percibe en él la inspiración del Espíritu Santo. Zuinglio estaba igualmente en contra del Apocalipsis. < Con el Apoca­lipsis ‑escribe‑ no tenemos nada que ver, porque no es un libro de la Biblia... No tiene el aroma de la boca ni de la mente de Juan. Puedo, si quiero, no estar conforme con sus testimo­nios.» Muchos han hecho hincapié en la ininteligibilidad del Apocalipsis, y no pocos han discutido su derecho a formar parte del Nuevo Testamento.

Por otra parte hay algunos en cada generación que aman este libro. T. S. Kepler cita y hace suyo el veredicto de Philip Carrington: < En el caso del Apocalipsis nos encontramos con un artista mayor que Stevenson o Coleridge o Bach. San Juan tiene mejor sentido de la palabra idónea que Stevenson; mejor dominio de la belleza ultraterrena y sobrenatural que Coleridge, y un sentido más rico de la melodía y el ritmo y la composición que BacK.. Es la única obra maestra de arte puro que encontramos en el Nuevo Testamento... Su plenitud y riqueza y armónica diversidad lo. colocan muy por encima de las tragedias griegas.»

Ya contamos con que este libro nos resultará difícil y alu­cinante; pero sin duda nos resultará también que valía la pena enzarzarnos con él en la lucha hasta que nos dé su bendición y nos descubra sus riquezas.


LA LITERATURA APOCALÍPTICA
Debemos tener presente en nuestro estudio del Apocalipsis que, aunque único en el Nuevo Testamento, es sin embargo el representante de una clase de literatura que fue de lo más corriente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Apocalipsis es la transcripción de su nombre en griego, Apocálypsis, que significa Revelación. Entre el Antiguo y el Nuevo Testamento se desarrolló una gran masa de lo que llamamos Literatura apocalíptica, producto de una esperanza judía inextinguible.

Los judíos no podían olvidar que eran el pueblo escogido de Dios. Para ellos aquello implicaba la certeza de llegar algún


día a la supremacía mundial. En su primera historia esperaban la llegada de un rey de la dinastía de David que reuniría la nación y la conduciría a la grandeza. Había de brotar un vásta­go del tocón de Isaí (Isaías 11:1,10). Dios había de suscitar a David un renuevo justo (Jeremías 23:5). Algún día, el pueblo de Israel serviría a David, su rey (Jeremías 30:9). David sería su pastor y su rey (Ezequiel 34:23; 37:24). El tabernáculo de David volvería a levantarse (Amós 9:11); de Belén vendría un gobernador que sería grande hasta los fines de la tierra (Miqueas 5:2‑4).

Pero toda la historia de Israel había dado el mentís a esas esperanzas. Después de la muerte de Salomón, el reino, bas­tante pequeño para empezar, se dividió en dos bajo Roboam y Jeroboam y perdió su unidad para siempre. El reino del Norte, con su capital en Samaria, desapareció en el último cuarto del siglo VIII a.C. ante el asalto de los asirios, y ya no volvió a aparecer en la Historia, y sus diez tribus se perdieron. El reino del Sur, con su capital en Jerusalén, fue reducido a la esclavitud y al destierro por los babilonios en la primera parte del siglo VI a.C. Luego estuvo sometido a los persas, los griegos y los romanos. La Historia era para los judíos un catálogo de desas­tres por los que se iba haciendo claro que ningún libertador humano podría rescatarlos.


LAS DOS EDADES
El pensamiento judío se adhería con determinación a la convicción de ser el pueblo escogido de Dios, pero tenía que ajustarse a los hechos de la Historia. Y lo hizo desarrollando un esquema propio de la Historia. Los judíos dividían la his­toria del tiempo en dos edades. Estaba esta edad presente, que era absolutamente e irremediablemente mala, que acabaría en una destrucción total. Así es que los judíos esperaban el fin de las cosas tal como son ahora. Y estaba la edad por venir, la edad de oro de Dios, en la que todo sería paz, prosperidad y justicia, y el pueblo escogido de Dios sería vindicado por fin y ocuparía el lugar que le correspondía por derecho propio.

¿Cómo iba esta edad presente a convertirse en la edad por venir? Los judíos creían que el cambio no se podría producir nunca por intervención humana, y por tanto esperaban una intervención directa de Dios. Él Se presentaría en el escenario de la Historia para desterrar de la existencia este mundo pre­sente e introducir Su edad de oro. El ‑día de la intervención de Dios se llamaba EL Día del Señor, y sería un tiempo terrible de terror y destrucción y juicio que serían los dolores de parto de la nueva era.

Toda la literatura apocalíptica trataba de estos aconteci­mientos: el pecado de esta edad presente, los terrores del tiem­po intermedio y las bendiciones de la edad por venir. Se com­pone exclusivamente de sueños y visiones del fin del mundo, lo que hace que toda la literatura apocalíptica sea críptica por necesidad. Siempre está tratando de describir lo indescriptible, de decir lo indecible.

Otro hecho complicaba todavía más las cosas. Era sencilla­mente natural que estas visiones apocalípticas inflamaran aún más las mentes de las personas que vivían bajo tiranía y opre­sión. Cuanto más los oprimía algún poder extranjero, más soñaban con la destrucción de ese poder y con su propia vin­dicación. Pero no habría hecho más que empeorar la situación el que el poder opresor hubiera podido entender esos sueños; se habrían interpretado como obras de revolucionarios rebel­des. Tales libros, por tanto, se solían escribir en código, revis­tiéndose a propósito en un lenguaje ininteligible para los de fuera; y hay muchos casos en que deben haber seguido siendo ininteligibles porque se ha perdido la clave del código secreto. Pero, cuanto más sabemos del trasfondo histórico de tales libros, mejor los podemos interpretar.


EL APOCALIPSIS
Todo esto se aplica al Apocalipsis como anillo al dedo. Hay un sinnúmero de apocalipsis judíos Henoc, Los Oráculos sibilinos, Los Testamentos de los Doce Patriarcas, La Ascen­sión de Isaías, La Asunción de Moisés, El Apocalipsis de Baruc, El Cuarto Libro de Esdras...‑ Nuestro Apocalipsis es un apo­calipsis cristiano, el único que hay en el Nuevo Testamento, aunque hubo muchos otros que no se incluyeron. Se escribió siguiendo exactamente el esquema judío y la concepción básica de las dos edades. La única, pero fundamental, diferencia es que sustituye el Día del Señor por la Segunda Venida de nuestro Señor Jesucristo. No sólo el esquema, sino también los detalles son los mismos. Los apocalipsis judíos tenían un aparato de acontecimientos que habían de suceder en el fin del mundo, acontecimientos que tienen su lugar en el Apocalipsis.

Antes de pasar a delinear ese esquema de acontecimientos hemos de mencionar otra cuestión. Tanto la apocalíptica como la profecía tratan de acontecimientos que están por venir. Entonces, ¿qué diferencia hay entre ambas?


APOCALÍPTICA Y PROFECÍA
La diferencia entre los profetas y los apocaliptistas era muy real. Había dos diferencias principales, una en cuanto al men­saje y otra en cuanto al método.

(i) El profeta pensaba en términos del mundo presente. Su mensaje era a menudo un clamor por justicia social, económica y política; y era siempre una llamada a obedecer y servir a Dios en el mundo presente. Para el profeta era este mundo el que había que reformar y al que había de venir el Reino de Dios. Esto se ha expresado diciendo que el profeta vivía en la His­toria. Creía que era en sus acontecimientos en los que se iba desarrollando el propósito de Dios. En cierto sentido, el profeta era optimista porque, por muy seriamente que condenara las cosas como estaban, sin embargo creía que se podían remediar si los hombres aceptaban la voluntad de Dios. Para el apocaliptista el mundo ya no tenía remedio; creía, no en su reforma, sino en la desaparición de este mundo presente. Contemplaba la creación de un mundo nuevo cuando este ya hubiera sido deshecho por la ira vengativa de Dios. En un sentido, por tanto, el apocaliptista era pesimista, porque no creía que se pudieran sanar las cosas tal como eran. Cierto que estaba seguro de que la edad dorada había de venir; pero para ello tenía que ser destruido este mundo.

(ii) El mensaje del profeta era hablado; el del apocaliptista era siempre escrito. La apocalíptica es una producción rterana. Si se hubiera comunicado oralmente, nadie habría entendido su mensaje. Es difícil, enrevesada, a menudo ininteligible; hay que estudiarla y meditarla seriamente antes de poder entender­la. Además, el profeta siempre hablaba personalmente, iden­tificándose; pero todos los escritos apocalípticos ‑excepto el del Nuevo Testamento‑ son pseudoepigráficos: se ponen en boca de los grandes hombres del pasado, como Noé, Henoc, Isaías, Moisés, los Doce Patriarcas, Esdras o Baruc. Hay algo patético en esto. Los que escribieron la literatura apocalíptica tenían el sentimiento de que la grandeza había desaparecido de la Tierra; desconfiaban demasiado de sí mismos para dar sus nombres a sus escritos, así es que se los atribuían a los grandes hombres del pasado, tratando así de darles una autoridad ma­yor de la que le podrían dar sus propios nombres. Como dice Jülicher: < La apocalíptica es la senilidad ‑«la chochez»‑ de la profecía.»
EL APARATO DE LA APOCALÍPTICA
La literatura apocalíptica tiene un esquema; trata de descri­bir las cosas que sucederán en los últimos tiempos y las ben­diciones que vendrán después; y las mismas imágenes aparecen una y otra vez. Siempre, por así decirlo, trabaja con los mismos
materiales; y estos materiales tienen su lugar en el Libro del Apocalipsis.

(i) En la literatura apocalíptica, el Mesías era una figura divina, preexistente, otromundista, de poder y de gloria, espe­rando descender al mundo para iniciar su carrera conquistado­ra. Existía en el Cielo desde antes de la creación del mundo, antes de que fueran hechos el Sol y la Luna y las estrellas, y estaba reservado en la presencia del Todopoderoso (Henoc 48:3,6; 62:7; 4 Esdras 13:25s). Vendrá a abatir a los poderosos de sus alturas, a destronar a los reyes de la tierra y a romperles los dientes a los pecadores (Henoc 42:2‑6; 48:2‑9; 62:5‑9; 69:26‑29). En la apocalíptica no había nada humano ni benigno en el Mesías; era una figura divina de gloria y poder vengativo ante quien la tierra temblaba de terror.

(ii) La venida del Mesías sería precedida por la vuelta de Elías, que le prepararía el camino (Malaquías 4:5s). Elías se pondría sobre las colinas de Israel, decían los rabinos, y anun­ciaría la llegada del Mesías con una voz que resonaría desde un extremo a otro de la tierra..

(iii) El terrible último tiempo se conocía como < el parto del Mesías.» La llegada del Mesías se presentaría tan repentina­mente como los dolores a la mujer encinta. En los evangelios se presenta a Jesús prediciendo las señales del fin con estas palabras: < Todas estas cosas serán el principio de los dolores» (Mateo 24:8; Marcos 13:8). La palabra para, dolores es ódínai, que quiere decir literalmente dolores de parto.

(iv) Los últimos días serían un tiempo de terror. Hasta los hombres recios llorarían amargamente (Sofonías 1:14); los habitantes de la tierra temblarían (Joel 2:1); las gentes estarán aterradas de miedo, buscando algún sitio donde esconderse, sin encontrarlo (Henoc 102:1,3).

(v) Los últimos días serían un tiempo en el que el mundo sería sacudido, un tiempo de cataclismo cósmico en el que el universo, tal como se conoce, se desintegraría. Las estrellas se extinguirían; el Sol se volvería tinieblas, y la Luna sangre (Isaías 13:10; Joel 2: 30s; 3:15). El firmamento se descompondría en ruinas; habría cataratas de fuego devorador, la creación se volvería una masa fundida (Oráculos sibilinos 3:83‑89). Las estaciones no guardarían su orden, y no habría noche ni aurora (Oráculos sibilinos 3:796‑806).

(vi) Los últimos días serían un tiempo cuando las rela­ciones humanas se destruirían. El odio y la enemistad reina­rían sobre la tierra. Cada cual levantaría la mano contra su prójimo (Zacarías 14:13). Los hermanos se matarían entre sí; los padres asesinarían a sus propios hijos; desde la salida hasta la puesta del sol los hombres se matarían unos a otros (Henoc IOO:Is). El honor se tornaría vergüenza, la fuerza humillación y la belleza fealdad. El más humilde ardería de envidia, y la pasión se apoderaría del que antes era pacífico (2 Baruc 48:31‑37).

Los últimos días serían un tiempo de juicio. Dios vendría como fuego purificador, ¿y quién podría soportar el día de Su venida? (Malaquías 3:1‑3). Sería con la espada y con el fuego como Dios juzgaría a la humanidad (Isaías 66:15s). El Hijo del Hombre destruiría a los pecadores de la tierra (Henoc 69: 27), y el olor a azufre impregnaría todas las cosas (Oráculos sibilinos 3:58‑61). Los pecadores perecerían abrasados como la antigua Sodoma (Jubileos 36:1Os).

(vi¡¡) En todas estas visiones los gentiles ocupan un lugar, pero no es siempre el mismo.

(a) Algunas veces la, visión es que los gentiles serán total­mente destruidos. Babilonia se convertirá en tal desolación que el árabe errante no encontrará entre sus ruinas un lugar donde poner su tienda, ni el pastor donde apacentar sus ovejas; no será más que un desierto donde viven las fieras (Isaías 13:19‑22). Dios hollará a los gentiles en Su ira (Isaías 63:6). Los gentiles vendrán encadenados a Israel (Isaías 45:14).

(b) Algunas veces se prevé una última concentración de los gentiles contra Jerusalén, y una última batalla en la que serán destruidos (Ezequiel 38:14 ‑ 39:16; Zacarías 14:1‑11). Los reyes de las naciones se lanzarán contra Jerusalén; tratarán de expoliar el altar del Santo; colocarán sus tronos alrededor de la ciudad rodeados de infieles; pero eso solo les reportará su propia destrucción (Oráculos sibilinos 3:663‑672).

(c) Algunas veces se describe la conversión de los gentiles mediante Israel. Dios ha dado a Israel como luz a los gentiles, para que sea la salvación de Dios hasta lo último de la tierra (Isaías 49:6). Las islas esperarán en Dios (Isaías 51:5); los fines de la tierra están invitados a contemplar a Dios y ser salvos (Isaías 45:20‑22). El Hijo del Hombre será una luz para los gentiles (Henoc 48:4s). Las naciones paganas vendrán de los fines de la tierra a Jerusalén para contemplar la gloria de Dios (Salmos de Salomón 17:34).

De todas las visiones en relación con los gentiles, la más corriente es la de su destrucción y la exaltación de Israel.

(ix) En los últimos días, los judíos que hayan sido espar­cidos por toda la tierra serán reunidos en la Santa Ciudad otra vez. Volverán de Asiria y de Egipto a adorar a Dios en Su monte santo (Isaías 27:12s). Las colinas serán allanadas y los valles henchidos, y hasta los árboles se reunirán para hacerles sombra cuando vuelvan (Baruc 5:5‑9). Hasta los que hayan muerto en el exilio en países remotos serán traídos de vuelta.

(x) En los últimos días, la Nueva Jerusalén, que ya está preparada en el Cielo con Dios (4 Esdras 10:44‑59; 2 Baruc 4:2‑6), descenderá a la humanidad. Será incomparablemente hermosa, con basas de zafiros y capiteles de ágata y puertas de carbunclos sobre pasillos de piedras preciosas (Isaías 54:12s; Tobías 13:16s). El último Templo será mucho más glorioso que los del pasado (Hageo 2:7‑9).

Una parte esencial de la descripción apocalíptica de los últimos días era la resurrección de los muertos. «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra despertarán, unos pa­ra vida eterna, otros para vergüenza y confusión perpetua» (Daniel 12:2s). El Seol y la tumba devolverán lo que se les ha confiado (Henoc 51:1). La amplitud de la resurrección variaba. Algunas veces se suponía que se aplicaba sólo•a los justos de Israel; otras, a todo Israel, y otras a todos los muertos. Cual­quiera que fuera la forma que tomara, es verdad decir que es entonces cuando aparece por primera vez una firme esperanza en la vida más allá de la muerte.

(xii) Había diferencias en cuanto a la duración que había de tener el reinado del Mesías. El punto de vista más natural ‑y más corriente‑ era que duraría para siempre. El reino de los santos es un reino sempiterno (Daniel 7:27). Algunos creían que el reino del Mesías duraría cuatrocientos años. Llegaban a esa cifra comparando Génesis 15:13 y Salmo 90:15. En Génesis, se le dice a Abraham que el período de aflicción de los israelitas será de cuatrocientos años; y la oración del salmista es que Dios alegre al pueblo conforme a los días que le afligió y los años que vieron el mal. En Apocalipsis se prevé que habrá un reinado de los santos del Altísimo que durará mil años, y luego tendrá lugar la batalla final con los poderes reunidos del mal, y después vendrá la edad de oro de Dios.

Tales eran los acontecimientos de los últimos días que des­cribían los autores apocalípticos; y prácticamente todos se ha­llan en las visiones del Apocalipsis. Para completar el cuadro vamos a resumir brevemente las bendiciones de la era por venir.


LAS BENDICIONES DE LA ERA POR VENIR
(i) El reino dividido se unirá otra vez. La casa de Judá volverá a caminar con la casa de Israel (Jeremías 3:18; Isaías 11:13; Oseas 1:11). Las viejas divisiones se restañarán, y el pueblo de Dios será uno.

(ii) Habrá en la tierra una fertilidad alucinante. El desierto se convertirá en un campo de cultivo (Isaías 32:15), será como el Huerto del Edén (Isaías 51:3); el desierto se regocijará y florecerá como el azafrán (Isaías 35:1). La tierra producirá diez mil veces más frutos; en cada vid habrá mil sarmientos, y en cada sarmiento mil racimos, y en cada racimo mil uvas, y cada uva dará un coro (220 litros) de vino (2 Baruc 29:5‑8). Habrá una abundancia como no la ha conocido nunca el mundo, y los hambrientos se regocijarán.


(iii) Un elemento constante de los sueños de la nueva edad era que en ella cesarían las guerras. Los hombres convertirían las espadas en rejas de arado y las lanzas en hoces (Isaías 2:4). No habría espadas ni toques de alarma. Habría una ley común para todos los hombres y una gran paz por toda la tierra, y los reyes serían amigos entre sí (Oráculos sibilinos 3:751‑760).

(iv) Una de las ideas más preciosas acerca de la nueva edad era que en ella cesaría la enemistad entre los animales. El leopardo y el cabritillo, la vaca y la osa, el león y el buey jugarían y dormirían juntos (Isaías 11:6‑9; 65:25). Habría un nuevo pacto entre los hombres y los animales salvajes (Oseas 2:18). Hasta un niño de pecho podría jugar cerca de las cuevas de las serpientes venenosas (Isaías 11:8; 2 Baruc 73:6). En toda la naturaleza habría un reinado de amistad universal en el que nadie querría hacer daño a nadie.

(v) En la era por venir se acabarían el cansancio, la aflic­ción y el dolor. Dejaría de haber ninguna clase de dolor (Je­remías 31:12); tendrían gozo perpetuo sobre sus cabezas (Isaías 35:10). No habría tal cosa como una muerte prema­tura (Isaías 65:20‑22); nadie diría: < Estoy enfermo» (Isaías 33:24); la muerte sería absorbida en la victoria, y Dios enju­garía las lágrimas de todos los rostros (Isaías 25:8). La enfer­medad se retiraría; la ansiedad, la angustia y el lamento pasa­rían; no habría dolores de parto; el segador no se fatigaría, ni se agotaría el constructor (2 Baruc 73:2 ‑ 74:4). La edad por venir cesaría lo que llamaba Virgilio < las lágrimas de las cosas.»

(vi) La edad por venir sería un tiempo de justicia. Todas las personas vivirían en perfecta santidad. La humanidad estaría representada por una generación buena, que viviría en el temor del Señor en los días de la misericordia (Salmos de Salomón 17:28‑49; 18:9s).

Apocalipsis es el representante en el Nuevo Testamento de todas estas obras de la literatura apocalíptica que describen los terrores que precederán al final de los tiempos, y las bendicio­nes que los seguirán en la era por venir; y usa todas las figuras

familiares. A menudo nos resultará difícil de entender, y hasta ininteligible; pero usa expresiones e ideas que conocerían y entenderían sus primeros lectores.




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