Ahora y siempre



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—Así es que ahora me enfrenta usted a una tentación... Mi madre tenía dieciséis años en 1882. Había nacido el 6 de febrero y, con motivo de su cumpleaños, sus padres y su hermana la llevaron al teatro Wallack. Allí conoció a mi padre, y durante toda su vida constituiría una anécdota familiar. Él, un joven eufórico y munda­no, llegó al teatro y descubrió a Apple Mary, un personaje de la época que vendía manzanas a la puerta de los teatros, y, siguiendo un impulso repentino, le entregó una moneda de oro de cinco dóla­res y le pidió que le trajera suerte a ambos. La mujer contestó que aquella noche sería venturosa para él. Luego mi padre entró en el vestíbulo y de inmediato se fijó en un vestido de terciopelo verde, así como en la muchacha que lo llevaba. Como conocía a las per­sonas con las que ella y su familia estaban hablando, se acercó, los presentaron, y al cabo de unos años contrajeron matrimonio. Ya puede imaginarse cuál es la tentación a que me ha enfrentado ahora... —Asentí con una sonrisa y Danziger se echó hacia atrás en su asiento—. Ocurre muchas veces que no siento la menor con­fianza en este proyecto, ninguna... Todo él me parece absurdo, imposible. Pero, si alcanzáramos el éxito, Simón, si realmente pudiera trasladarse al Nueva York de esa época y situarse disimu­ladamente en un rincón del vestíbulo desde donde presenciar ese encuentro... En fin, si tenemos ya un objetivo personal, muy bien podríamos tener un segundo. Le agradecería enormemente un esbozo, Simón, un dibujo de ellos en el momento de su encuentro... —De pronto, se puso de pie con brusquedad—. Y ahora tenemos que darnos prisa.

Ellos estarían a punto para mí el lunes, me informó; después de trabajar todo el fin de semana. Me quedé asintiendo con la cabeza, escuchando, consciente de que, en el preciso instante de júbilo que yo había experimentado ante la noticia que el doctor Danziger me había traído, la excitación se había extinguido perversamente, y que toda fe en el proyecto de aquel anciano estrafalario se había escu­rrido como si hubiesen tirado de una especie de tapón. Ésa era una sensación que yo experimentaría una y otra vez, y a la que incluso llegaría a acostumbrarme durante la etapa que iba a iniciarse el lunes por la mañana.

6

El domingo me afeité por última vez. El lunes por la mañana me encontré con diez maniquíes cubiertos con una sábana y for­mados en hilera en un extremo del aula en la que Danziger había indicado que me presentara. Avancé a lo largo de la hilera al tiem­po que la estudiaba, deseando levantar una de las telas y observar qué había debajo. Pero antes de que hallase el valor necesario, entró a toda prisa un joven enjuto, de unos veintiséis años, según mis cál­culos, y se presentó. Era Martin Lastvogel, mi instructor, y nos estrechamos la mano al tiempo que acordamos que lo más razona­ble sería tutearnos. Me senté en un pupitre y observé que él se colo­caba detrás del escritorio mientras buscaba algo en un maletín muy gastado: las asas estaban retorcidas por años de uso, y debajo del cierre había los restos de una pegatina redonda que en el pasado había anunciado «Columbia Univ.».



«¡Dios, qué feo es!», pensé. Tenía una barbilla huidiza y una nariz enorme, afilada y demasiado larga. Hacía cuatro días al me­nos que no se peinaba y tres semanas que debería haber ido al pelu­quero. Pero cuando alzó la mirada y sonrió, vi que sus ojos eran amistosos, ansiosos e inteligentes. Más tarde descubriría que tenía una mujer preciosa que lo consideraba una maravilla, y que Martin tenía cuarenta y un años.

—Muy bien —dijo al encontrar lo que estaba buscando: un paquete de tarjetas de fichero, que fue pasando amorosamente con el pulgar y luego depositó pulcramente en una esquina del pupitre. Yo no soy realmente un profesor, así que dímelo cuando no me exprese con claridad o no entiendas lo que explico. Soy inves­tigador, uno de esos afortunados que se ganan la vida haciendo lo que realmente les gusta. En mi caso, investigación histórica. Pregúntame cuántas calles había iluminadas, si es que había alguna, en el París del siglo XIV, o de qué estaban hechas las pelucas en el siglo XVIII, o cómo envolvían la manteca en una carnicería de Nueva Inglaterra en 1926. Hurgaré en los restos del pasado e inten­taré averiguarlo para ti. Durante el fin de semana he estado investi­gando la década de 1880, y todavía investigaré mucho más. Es un período terriblemente olvidado, aunque ignoro por qué, ya que todo indica que en esa época había muchas cosas interesantes.

»Sin embargo, no estoy aquí para atiborrarte de hechos sobre ese período. Has vivido en el siglo XX sin necesidad de saberlo todo acerca de él... —Se acercó al maniquí más próximo y cogió una punta de la sábana que lo cubría—. Tampoco creo que necesi­tes saberlo todo acerca de la década de 1880, aunque sí experimen­tarlo.

Tiró de la tela y dejó al descubierto un vestido antiguo. Era una especie de tubo largo y parduzco, de una clase de tela muy pesada. Me levanté y me acerqué a mirarlo. Colgaba inmóvil del maniquí; los bajos llegaban hasta el suelo y las largas mangas caían fláccidas y rectas a los lados. Tenía el cuello alto y un complicado dibujo de pequeñas cuentas negras se extendía por el pecho y alrededor de los puños.

—Lo hemos pedido prestado al Smithsonian —explicó Mar­tin—. Sólo para ti. Lo han traído en avión. Este vestido se cosió y llevó a principios de los ochenta. La gente que visita el Smithsonian mira cosas así y piensa que las mujeres de entonces vestían de este modo. —Sacudió la cabeza—. Pero no es así. Métete en la cabeza que no es así. ¡Mira ese color, si es que todavía puede considerarse un color! ¡Los antiguos tintes no han perdurado, Si! —exclamó, como si yo se lo discutiera—. Durante décadas este vestido se ha ido apagando, alterando, hasta que al final ha perdido el color. Y mira la tela. Arrugada. Encogida en algunos puntos, mientras en otros se ha combado. ¡Hasta las cuentas de los adornos se han ennegrecido! —Martin se acercó y me palmeó el hombro—. Esto es lo que debes entender y, más que nada, experimentar: que las mujeres de entonces no eran fantasmas. Eran seres vivos que nunca se habrían puesto este guiñapo. —Señaló el vestido con el pulgar—. La dueña de esta prenda... ¿qué llevaba realmente cuando se la ponía? ¡Esto es lo que se ponía! ¡Para ir de fiesta!

Martin descubrió de golpe la siguiente figura, y allí estaba: yo no lo habría calificado de simple vestido, sino de un traje de noche de luminoso terciopelo color rojo vino, la pelusilla nueva y sin rozar, la tela plegándose espléndidamente en múltiples ondulacio­nes, tanto por delante como por detrás. Los adornos de cuentas, de un rojo transparente, captaban la luz y brillaban como si todo el traje se moviera. Era verdaderamente espectacular. Bajo los focos, el vestido relucía igual que una joya.

—Hemos escogido este original —dijo Martin mientras acari­ciaba el vestido triste y apagado del museo— porque en el Smithsonian hay un diario, cedido por la modista, en el que figu­ran los datos de cómo está cosido, incluyendo los patrones y una muestra de la tela sin... marchitar. Hemos hecho una copia —ten­dió la mano hacia el vestido nuevo, como si sus dedos fuesen inca­paces de resistirse a la riqueza del rojo terciopelo—, la cual se pare­ce mucho más al vestido que llevaría una mujer viva que lo que queda del original. —Me miró con expresión expectante, luego señaló el traje nuevo—. ¿Eres capaz de imaginar a una mujer real­mente viva, a una muchacha, luciendo esto y con un aspecto fan­tástico?

—¡Diablos, sí! —contesté—. Incluso puedo verla bailar.

Durante las dos horas que siguieron, contemplamos los restos de una prenda de bordes amarronados que, increíblemente, había sido el traje de fiesta de un niño. Luego estudiamos una copia de una especie de prenda de color rosa, repleta de volantes, del modo en que lucía el día en que una muchacha se la había puesto por vez primera. Y contemplé —tal como habían sobrevivido y tal como se veían cuando eran nuevos— un traje de niño con botones de latón y pantalón hasta la rodilla, el uniforme de un cartero y el traje de un hombre que incluía un chaqué con las solapas forradas de seda, deshilachado y polvoriento en el original, nuevo y reluciente en la réplica.

Durante aquella semana —en la que no podía evitar pasarme la mano por la barba incipiente— examinamos una colección de som­breros de hombre y de mujer de todo tipo, tanto el original como el duplicado; y también bolsos, manguitos, guantes. Una mañana en que yo sostenía entre las manos un zapato de mujer, estudiando el apergaminado cuero gris oscuro, cruzado por innumerables grie­tas, la punta y la franja encima del empeine estaban extrañamen­te descoloridas y los botones de nácar desportillados, hasta el punto de que ya no parecía un zapato sino una curiosidad—, Martin me entregó una copia del mismo hecha con piel nueva. El zapato resultó flexible al tacto, los botones recién tallados de una pieza de nácar, las puntas y la franja del empeine de un luminoso escarlata. Martin era un tipo muy imaginativo, pues el zapato no era totalmente nuevo: tenía la fragancia de la piel nueva, pero la suela aparecía algo rayada, el tacón había perdido su filo en los bor­des, y en el brillante empeine comenzaba a formarse una grieta. Martin sonrió y dijo:

—La dificultad con todo lo que nos llega del pasado es que es viejo. Una reliquia. Puede informarnos algo acerca de cómo fue en esos tiempos, pero generalmente contradice cualquier sensación de que pudiera lucirlo alguien que estuviera realmente vivo. —Señaló el zapato que yo sostenía entre las manos—. En cambio, éste es un zapato que podría pertenecer a una mujer de carne y hueso. Pero hemos tenido que crearlo.

Asentí. No resultaba difícil imaginar a una joven sentada en el borde de la cama calzándoselo, abrochándoselo, para luego ad­mirarlo mientras hacía girar el pie a fin de que la piel nueva capta­ra la luz.

Durante días, Martin y yo hojeamos libros cuyas páginas eran amarillentas y cuyas cubiertas aparecían en ocasiones salpicadas de moho. Al volver las páginas, las esquinas se descubrían quebradi­zas; sólo un fantasma habría podido leerlos. Luego, del interior de una caja, Martin sacaba los mismos libros, idénticos excepto en que las cubiertas eran de un rojo brillante, o azul, o verde, los títulos estaban recién impresos con reluciente pan de oro, las páginas eran inmaculadamente blancas, la impresión reciente y todavía olían a tinta. Obviamente, aquellos libros nunca los había leído nadie. Por el momento... Y, en mi mente, la década de 1880 empezaba a agi­tarse, ligeramente viva.

Un mediodía en que Rube estaba en la cafetería haciendo cola, se reunió con Martin y conmigo para almorzar. Luego, durante lo que quedaba de aquella tarde, me acompañó a todos los despachos, a los talleres de carpintería y herrería, a una pequeña biblioteca, a la sala de conferencias, a la sastrería y a la zapatería, a la sala de con­trol de la Planta Principal, a una pequeña sala de proyección, y a todos los rincones del edificio donde hubiera gente trabajando, presentándomelos a todos.

Conocí a Peter Marple, un joven diseñador del proyecto, anti­guo escenógrafo y diseñador de un teatro de Nueva York, y muy bueno, además; resultó que yo había visto varias de sus obras. Conocí a Larry McDermott, el fotógrafo del proyecto, que en oca­siones había hecho trabajos para una agencia de publicidad con la que yo había colaborado. Conocí a técnicos, a estenógrafos, a inge­nieros y a contables. Conocí a un profesor adjunto de Historia de la Universidad de California, y a personas de cuya labor no se me informó. Rube se refirió a uno de ellos como «nuestro jefe de sobornos», ante lo cual el hombre se limitó a sonreír.

Exceptuando a los dos que ya estaban en la Planta Principal —John McNaughton en la casa de Vermont, y George Wing, un auténtico indio crow y antiguo oficial subalterno, que ya vivía en la tienda que yo había visto —conocí también a mis compañeros can­didatos. Uno era el hombre al que había visto estudiar francés medieval; ambos teníamos un amigo común de cuyo apellido nin­guno de los dos consiguió acordarse. Otra era la señorita Eileen Jorgensen, una joven delgada y de aspecto nervioso, profesora de Matemáticas en Lincoln, Nebraska, que en la clase contigua a la mía empezaba a estudiar el San Francisco de finales de siglo. También conocí a la atractiva joven que aprendía a bailar charlestón y al hombre a quien había visto practicar con una bayoneta de goma.

En el pasillo que llevaba hacia el ascensor, Rube comentó:

—Hemos cometido un error con esta pareja. Empezaron a reu­nirse en la cafetería, luego salían a almorzar juntos, después se cita­ban fuera de aquí. Ahora, como es lógico, sólo se interesan el uno por el otro... Pronto querrán casarse, y supongo que no hay nada malo en ello, pero nosotros no dirigimos un club para corazones solitarios. Ya nadie les concede muchas posibilidades de éxito en la misión. De manera que hemos tenido que cerrar la puerta y la norma ahora es: puedes pasar el rato con los demás candidatos cuando los encuentres por aquí, pero nada de confraternizar con ellos, ¿entendido?

—Entendido. Sobre todo teniendo en cuenta que ya he llegado demasiado tarde para la chica del charlestón.

Bajamos con el ascensor —eran las cinco y diez— y cruzamos juntos la ciudad, deteniéndonos a tomar una copa en el Algonquin.

Una mañana pasé una hora en el despacho del doctor Rossoff, aprendiendo la técnica de la autohipnosis. Era sorprendentemente fácil, o eso parecía...

El doctor me hizo sentar en su enorme sofá de cuero verde y me dijo que me pusiera cómodo.

—Cierre los ojos si quiere, aunque no es necesario... —Los cerré—. Ahora, en silencio, repítase que se siente cada vez más cómodo, cada vez más relajado, tanto física como mentalmente. Y deje que esto sea cierto. Luego repítase que poco a poco, de forma gradual, está entrando en trance. Un trance ligero, durante el cual permanecerá completamente despierto y consciente. No permita que la palabra «trance» le inquiete; no es más que un término apro­piado para un estado algo avanzado de receptividad con respecto a la sugestión; no hay ningún misterio en ello... Luego, cuando lo haya conseguido, repítase que se encuentra bajo los efectos de la autohipnosis. Seguidamente, póngase a prueba. Dígase que tempo­ralmente es incapaz de levantar el brazo. Inténtelo y, si realmente no consigue hacerlo, es que está usted en trance. A continuación, hágase cualquier sugerencia hipnótica que desee. Si tiene dolor de cabeza, por ejemplo, dígase que va a contar hasta cinco y que antes de que haya concluido el dolor desaparecerá. O suprima pensamien­tos, emociones o recuerdos, y luego haga que regresen mediante la sugestión autohipnótica. ¿Entendido? Es una herramienta notable, de verdad.

Asentí y él me dejó solo, para que lo intentara. Hice lo que me había indicado, y noté que cada vez me sentía más relajado y cómo­do. Luego me dije que gradualmente iba entrando en un ligero trance, y me pareció que realmente lo conseguía. Allí sentado, inmóvil, casi adormecido, me dije que no podía levantar el brazo, que carecía de fuerzas para hacerlo. Luego, con la mirada fija en la manga de mi chaqueta, traté de levantar el brazo, y poco faltó para que éste me diera en el ojo al saltar recto hacia arriba.

Lo intenté de nuevo, tomándome más tiempo esa vez, sintien­do que cada músculo se relajaba. Sin embargo, la única parte de mi cuerpo que no se enteró de que estaba bajo los efectos de la hipno­sis fue mi brazo: cada vez saltaba lo mismo que un perro volunta­rioso pero estúpido que no entendiera de qué iba el truco. Cuando el doctor regresó, me escuchó y dijo que practicara en casa, prefe­rentemente cuando me sintiera cansado y somnoliento.

Una mañana, Martin Lastvogel bajó una pantalla que cubrió la pizarra que había al frente del aula, y en el fondo instaló un pro­yector de diapositivas. Nos sentamos uno al lado del otro, Martin con el mando a distancia en la mano. Lo pulsó, el ventilador del proyector se puso en marcha y un cuadrado de luz, con las esqui­nas redondeadas y los bordes difusos, ocupó la mayor parte de la pantalla. Otro clic y el cuadrado se convirtió en un dibujo en blanco y negro, perfectamente enfocado. Se trataba de un antiguo grabado en madera que representaba una calle muy concurrida —supuse que de los años ochenta—, llena de carruajes, carromatos y peatones. El grabado estaba bien hecho —el artista era verdaderamente bueno—, pero con un estilo que no se utilizaba desde ha­cía medio siglo.

—Obtenido directamente de una fotografía, con toda probabi­lidad —comentó Martin en voz baja, como la gente suele hacer inconscientemente en la oscuridad—. Antes de la invención del fotograbado muchos de los grabados ilustrativos se copiaban de fotos. De ser así, estás contemplando lo que podría ser una repre­sentación absolutamente exacta de un instante que realmente existió. Esto era lo que se trataba de comunicar a alguien de la época. Con la ayuda de ese grabado, aparecido en una revista semanal ilus­trada, un hombre de los ochenta era capaz de visualizar la escena.

Dado que aquélla era mi especialidad, comenté:

—Pero no es así como se comunica la realidad... A mí me recuerda la obra de un dibujante japonés, donde la perspectiva es plana e incluso los ojos de los occidentales son oblicuos. Para noso­tros, son dibujos irreales; en cambio, para ellos...

—Exacto. Pero suprime tu propia lectura y déjame a mí ese tra­bajo. Tengo una familia a la que mantener, ¿sabes? Bien, tenemos una copia de este grabado, y un montón pertenecientes a otros, como Sidney Urquhart. ¿Sabes quién es?

—He visto su obra. Escenas callejeras, de ciudad... Acuarelas en su mayor parte. Es bastante bueno.

—Sabe transmitir cómo es una ciudad... ¿Dirías que lo ha con­seguido aquí? —Martin volvió a pulsar el mando a distancia, y una obra de Sidney Urquhart, que me habría gustado poseer, ocupó toda la pantalla.

Era la escena que acababa de ver, detalle a detalle, y también era un dibujo, pero éste en color: los perfiles a pluma, en negro, se habían llenado con pinceladas de tinta china de fuertes contrastes. Era la misma escena, pero resultaba impresionante, como si toda ella se moviera. Lo que yo había pretendido a menudo al mirar con el estereoscopio de Katie, él lo había plasmado sobre papel: los caballos de los carruajes realmente trotaban, los caballos de tiro que había al lado realmente sudaban y tiraban con esfuerzo. Las ruedas de los carruajes giraban, los radios captaban la luz, y un hombre con bigote corría ágilmente esquivando el tráfico. ¡Era increíble, pero podía verlo! Mientras el bosquejo de Urquhart cen­telleaba en la pantalla, por un instante me sentí de pie en la acera, observando la escena casi como si fuera real.

El control de Martin sonó una vez más y la pantalla quedó en blanco, pero otro clic hizo que el enorme cuadrado se convirtiera en una fotografía color sepia: dos mujeres con vestido largo y sombre­ro grande caminaban, de espaldas a la cámara, por una ancha acera a la sombra de unos árboles enormes. Una llevaba una sombrilla abierta para protegerse del sol. A la izquierda de ella había una ala­meda con muchos arbustos, en la que también crecían árboles muy altos que proporcionaban sombra a la calle, y a la derecha extensas laderas cubiertas de césped. Al fondo de la alameda había una calle moteada de sombras; se veía desierta a excepción de una calesa descubierta, cuyo caballo se hallaba atado a un poste. Era una buena instantánea; el fotógrafo había captado una hermosa escena. Mien­tras la estudiaba, sentado en la semipenumbra, podía creer —y de hecho lo sabía con certeza— que la escena había ocurrido en realidad. Pero se hallaba detenida en el tiempo, era infinitamente remo­ta, y aquellas dos mujeres nunca darían el paso siguiente.

Un doble clic, y la mirada de Sidney Urquhart a esa misma ins­tantánea llenó la pantalla de colorido. Ahora sólo se trataba de un boceto, de una impresión, pero el siguiente paso de las mujeres resultaba inminente. Las dos caminaban de verdad, sus cuerpos se deslizaban hacia el siguiente paso, los pies se elevaban del suelo, y supe que arriba, fuera de mi vista, las hojas de aquellos árboles se mecían, y que las mujeres, si uno se esforzaba lo suficiente para oírlas, hablaban en voz baja.

Pasamos toda la mañana mirando primero un dibujo o una fotografía de comienzos de la década de 1880, luego una «versión» —que era el término que Martin utilizaba— realmente buena de Urquhart, de Karl Morse, de Murray Sidorfsky o de cualquier otro. No todos ellos tenían éxito, y algunos lo conseguían sólo en parte, pero otros funcionaban, y en ese caso yo experimentaba la emoción de atisbar en la realidad de un momento del pasado.

Mucho antes de que finalizáramos supe que yo podría hacer lo mismo. No necesitaba a Urquhart ahora, ni a nadie. Yo también podía mirar un viejo grabado o una fotografía y llevar a cabo la labor de introducirme en él y percibirlo por completo hasta hallar y tocar la realidad que lo había producido y que había desapareci­do hacía mucho tiempo. Podía hacerlo tan bien como aparecía en los nuevos dibujos que había visto en la pantalla. Mejor incluso, pensé. Claro que no estaba muy seguro de que pudiera reprodu­cirlo igual de bien, o de que fuese tan buen dibujante. De hecho, lo dudaba. Pero sí sabía que podría hacerlo mentalmente.

Cuando nos dirigíamos hacia la cafetería para almorzar, se lo comenté a Martin, quien asintió y dijo:

—Es como pensábamos que te sentirías. Rossoff lo vaticinó. Pero no dispondrás de mucho tiempo para hacer apuntes, y el obje­tivo de esta mañana era darte un punto de partida. Hay un montón de material que deberás estudiar e interpretar sin ayuda de nadie.

Entonces pasé tres días a solas con el proyector, mirando esce­nas y más escenas de la década de 1880, estudiándolas, trabajando para encontrar la realidad que yacía debajo de la superficie de cada una, ganando en experiencia y en velocidad a medida que el tiem­po pasaba.

Una tarde, a las cuatro, en la sastrería, me midieron de pies a cabeza. Luego me quedé en calcetines, sujetando un cubo lleno de arena en cada mano mientras un zapatero trazaba el perfil de mis pies.

Durante la mayor parte de una semana, Martin me instruyó utilizando las notas de las tarjetas del fichero. Para empezar, me preguntó cuál era la población de Estados Unidos en 1880. Dividí la población actual por la mitad y dije que cien millones, pero Martin volvió a dividirla por la mitad; sólo había cincuenta millo­nes de norteamericanos entonces, la mayoría de los cuales vivía al este del Mississippi. En el Oeste, los búfalos aún pacían por las pra­deras, el nuevo tren transcontinental era la maravilla nacional y producía una excitación que ni siquiera la carrera espacial produ­ce en la actualidad, y los indios todavía cortaban el cuero cabellu­do a los rostros pálidos. Eran un mundo y un país completamente distintos, vivían animales que ahora ya se han extinguido, y tam­bién existían sistemas sociales que han desaparecido. Entonces Europa estaba llena de reyes, reinas, emperadores, emperatrices, zares y zarinas, y no eran simples testaferros, sino que gobernaban de verdad.

Martin habló de cómo viajaba la gente y se trasladaban las per­tenencias. Había buques de vapor, y el tren existía hacía décadas. Sin embargo, los buques de carga avanzaban todavía mediante velas, y todo el mundo se desplazaba de un lugar a otro como lo había hecho siempre: a pie o a caballo. En América, gran parte de la gente vivía y moría en el mismo estado, o incluso en la misma ciudad donde había nacido; había más gente cruzando el océano que el país. No obstante, por muy distinto que fuera el mundo de aquella época, aseguraba Martin, era mucho más cercano al nuestro de lo que parecía. Mientras viajaba por esos Estados Unidos de caballo y calesa, Lee De Forest era un muchacho de nueve años que ya pen­saba en los problemas relacionados con la invención de la radio, del cine sonoro y de la televisión. Al final de una jornada, mientras esperaba conmigo la llegada del ascensor, Martin comentó:

—Es un mundo muy distinto de éste, Si, pero no diferente. Creo que en él te sentirás como en casa.

Katie consideraba que mi melena hasta el cuello y mi nueva barba color castaño —que me había empezado a recortar— me hacían particularmente atractivo, y yo estaba de acuerdo. Ella había empezado a ayudarme con la asignación que ahora debía hacer en casa por las noches. Un día la llevé a almorzar a un restaurante de la avenida Madison, e invité a Rube y al doctor Danziger, quienes la encontraron encantadora. Katie es una mujer atractiva, tanto por su físico como por su persona, es inteligente, discreta, y puede ser ocurrente si está de humor; posee un encanto especial. Después de comer, le permitieron visitar el proyecto. El propio doctor Dan­ziger en persona le enseñó la Planta Principal, luego su secretaria le mostró la mayor parte del resto. Yo no las acompañé; estaba dema­siado ocupado con Martin Lastvogel.

De modo que ahora, en cierto sentido, Katie había entrado de lleno en el proyecto, y la mayor parte de las noches, a veces en su casa y otras en la mía, me ayudaba a estudiar los datos que Martin me facilitaba, utilizando sus notas. Y colaboraba conmigo hacién­dome sentir el espíritu de los ochenta a través de las fotografías y grabados que yo llevaba a casa. Un sábado por la mañana le pedí que me acompañase al proyecto y le enseñé la reproducción de los vestidos, sombreros, guantes y zapatos de la época; quedó fascina­da, y deseó probarse algunos vestidos. Katie fue una gran ayuda, y considero que aceleró en mí el proceso de aprendizaje. Martin opi­naba lo mismo. También me ayudó enormemente con la técnica de la autohipnosis, pues logró hipnotizarse casi de inmediato siguien­do mis indicaciones de cómo, supuestamente, tenía que hacerse. Eso me dio la certeza de que realmente podía conseguirse, y gracias a sus descripciones me hice una idea de la auténtica sensación que produce el deslizarse hacia un estado de trance. De modo que una noche en que estaba en casa de ella, sentado en su antigua y cómo­da mecedora, lo conseguí: mi brazo no se levantó, no pudo, y lo miré fijamente, fascinado. A continuación me dije que era libre de moverlo, lo intenté, y lo logré. A continuación me dije que olvida­ría mi propia dirección y que me quedaría en trance hasta que Katie hablara. Luego permanecí sentado, intentando recordar dónde vivía, pero fue sencillamente imposible. Estaba asombrado y a la vez un poco asustado. Me volví hacia Katie, que repasaba unas notas de Martin, y dio la casualidad de que en ese instante levantó la vista.

—¿Ha habido suerte? —preguntó con una sonrisa.

En ese instante recordé mi dirección y comprendí que había salido del trance.

—Sí —contesté—. Al fin.

Después de eso pasamos una hora estudiando muestras de dinero: monedas de las décadas de 1860, 1870 y de comienzos de 1880, incluyendo algunas piezas de oro. También repasamos los grandes billetes de aquella época, cada uno con el diseño del banco que lo editaba y la firma de su presidente. Pero lo que más me gus­taba eran los bonos en oro, que no eran convertibles en plata sino en el precioso metal, y que en la parte posterior iban impresos con una tinta color anaranjado que recordaba el color del oro.

De vez en cuando, Katie y yo hacíamos otras cosas: salíamos de viaje los fines de semana, paseábamos, incluso visitábamos a algu­nos amigos. Y una noche —Katie y yo nos habíamos visto dema­siado a menudo últimamente; al menos ésa era mi impresión, y pienso que también la de ella— telefoneé a Matt Flax, pero no con­seguí dar con él. Katie iba a planchar, lavarse el pelo, ese tipo de cosas, y se acostaba temprano. Pero me sentía inquieto, de modo que telefoneé a Lennie, y luego a Vince Mandel, que vivían en la ciudad, pero tampoco obtuve respuesta. Así que me quedé en casa leyendo, tratando de no pensar en el proyecto, concediéndome un permiso de una noche. Me senté en la salita y me puse a leer el volu­men de las obras completas sobre Sherlock Holmes, que general­mente solía coger cuando no tenía otra cosa que leer. A petición del doctor Danziger, había dejado de leer periódicos, revistas y nove­las modernas. También había desenchufado la televisión y la radio, algo que no me había resultado demasiado difícil.

Diariamente, en el proyecto, me sentaba a escuchar a Martin con un bloc de notas sobre las rodillas. Y buena parte de una tarde me la pasé probando comida. Aquello formaba parte del almuerzo, que a petición de Martin yo me había saltado, y en la cafetería sólo estábamos el cocinero, un hombre gordo de mediana edad, el doc­tor Rossoff y yo. En primer lugar, el cocinero trajo un plato de cor­dero con patatas y remolacha, todo hervido, que depositó ante mí. Rossoff se sentó delante y el cocinero se quedó de pie, al lado de la mesa. Los dos me observaban y sonreían disimuladamente. Yo probé un poco de todo lo que había en el plato, saboreándolo, mirando al vacío como un catador de vinos. Nunca antes había comido cordero y no sabía qué esperar, pero me pareció que tenía buen sabor. No obstante, las patatas y la remolacha no sabían como de costumbre. Mastiqué lentamente, tratando de captar la diferen­cia. Rossoff no tardó en preguntar:

—¿Y bien?

Tragué el bocado antes de responder.

—Son mejores. Saben mejor... Como si tuviesen más sabor.

Rossoff y el cocinero sonrieron.

—En aquel entonces —dijo el doctor—, las hortalizas crecían sin fertilizantes químicos, insecticidas ni tratamientos especiales. Además, no se les añadían conservantes ni aditivos.

—Y se hervían en agua sin cloro —puntualizó el cocinero.

Probé una especie de flan con azúcar sin refinar, hecho de una forma que no llegué a entender. Sabía como cualquier otro. Luego probé un pequeño trozo de bistec de buey; era una carne más dura y con un sabor claramente distinto de cualquier otra que hubiese probado. Tomé un delicioso helado hecho con crema sin pasteurizar, y bebí una copa de whisky destilado especialmente para mí, áspero, fuerte, potente.

Y luego, una noche, cené en casa, lavé los platos, tiré todo lo que había en el frigorífico que no estuviera enlatado o embotella­do, me senté ante la mesita de juego de la sala de estar y escribí una nota o una postal a todos aquellos que conocía y que tal vez se preocuparan por mí.

Expliqué a cada uno de ellos que mi trabajo en Nueva York no iba como yo quería, que aquel 4 de enero era el inicio de un nuevo año para mí, de manera que, siguiendo un impulso, había compra­do una vieja ranchera, había hecho el equipaje, y a la mañana siguiente, antes de que pudiera cambiar de idea, me largaría. En realidad, no tenía ni idea de adonde iría, tal vez me dirigiera hacia los estados del oeste. Por el trayecto, dibujaría, haría bocetos, tomaría fotografías de referencia. Les escribiría cuando me fuera posible, y ya nos pondríamos en contacto cuando regresara. No me gustaba hacerlo de esa manera, pero sabía que no sonaría convin­cente si intentaba hacerlo en persona o por teléfono.

Envié las cartas y las postales en la avenida Lexington, a una manzana de mi apartamento. Las deposité en el buzón y luego observé por un instante el Nueva York de la segunda mitad del siglo XX. Pero no había gran cosa que ver, aparte de las paredes de los edificios que tenía alrededor, una larga franja de asfalto por la que sólo avanzaba un taxi, y, justo encima de mi cabeza, un fragmento de cielo gris negruzco, demasiado neblinoso para poder ver las estrellas. El humo de los tubos de escape de los coches parecía haberse solidificado, y me escocían los ojos. Había refrescado. A media manzana un grupo de negros se dirigía hacia Lexington, de modo que no me entretuve para luego tener que explicarles cuánto había admirado siempre a Martin Luther King. Seguí caminando, subí por Lexington y luego crucé hacia el almacén. Me sentía can­sado, algo somnoliento, y sin embargo tan excitado que era cons­ciente de los latidos de mi corazón.

Una hora y media después, a la una y diez minutos de la madrugada, abandoné el almacén. El coche de Rube —un pequeño MG rojo descapotable— estaba aparcado frente a la puerta lateral. Me senté entre Rube, que iba al volante, y el doctor Rossoff, con cuya gabardina traté de ocultar el disfraz que me había puesto en el almacén, aunque procuraba no pensar en él como un disfraz. En cuanto a mi cabello y mi barba, no había necesidad de que los disimulase.

Me gusta Nueva York a últimas horas de la noche, cuando la mayor parte de locales están cerrados y a oscuras, y las calles más tranquilas y silenciosas que nunca. Oíamos el ruido de los neumá­ticos de nuestro coche sobre el asfalto, y en la avenida Amsterdam, mientras esperábamos frente a un semáforo, oí a alguien toser a más de una manzana de distancia. Apenas hablamos. Cruzamos Broadway y, al detenernos ante un semáforo en Columbus, Rube comentó:

—Vaya perro más cómico. —Señaló con la barbilla en dirección a una mujer que paseaba a un perro de lanas cubierto con una mantita de lentejuelas.

Aproximadamente una manzana más adelante, Oscar Rossoff indicó un restaurante a oscuras.

—Sirven muy buen marisco aquí.

No recuerdo que yo dijera nada, pero sí que bostecé muchísi­mo, a causa de los nervios. Rossoff debió de entender los motivos, porque de vez en cuando volvía la cabeza hacia mí y sonreía.

Rube aparcó a unos diez metros de la entrada principal del Dakota. Me tendió la mano y yo se la estreché. Todo cuanto di­jo fue:

—Buena suerte, Si. Me gustaría estar en tu lugar. Rossoff, que mantenía la puerta de su lado abierta, bajó, y yo me deslicé sobre el asiento para seguirlo.

El portero uniformado estaba esperándonos, y se limitó a asentir. Pasamos por su lado, bajo el gran arco principal, y seguida­mente cruzamos el patio. Las dos grandes fuentes de bronce ver­doso estaban vacías. Subimos por la ancha escalinata de la esquina noreste del edificio, sin encontrarnos con nadie, y salimos a la sép­tima planta. Saqué la llave de mi apartamento, que se encontraba pocas puertas más allá.

—La gabardina, Si —me pidió Rossoff.

Me la quité y se la di.

—¿No quieres pasar? —pregunté.

Él negó con la cabeza, mientras examinaba mi indumentaria. Luego miró mi cabello y mi bigote como si nunca los hubiera visto. De repente, pareció dominado por el temor.

—No, no creo que nada del presente deba mezclarse con lo de ahí dentro, Si... —Me tendió la mano—. Buena suerte. Ya sabes lo que debes hacer cuando estés a punto.

Nos estrechamos la mano, luego me acerqué a la puerta, intro­duje la llave en la cerradura e hice girar el enorme y recargado pomo de latón. La puerta giró sin el menor ruido sobre sus goznes, como si no pesara nada, aunque percibí su consistencia. Me volví para despedirme, pero el doctor Rossoff ya se alejaba por el pasi­llo. Antes de descender por la escalera, me echó un último vistazo y desapareció.

Entré en el apartamento, cerré la puerta a mis espaldas y espe­ré a que mis ojos se acostumbraran a la débil luz procedente de los altos rectángulos de las ventanas. Conocía la distribución y el aspecto del apartamento, pues había estado allí con el doctor Danziger y Rube el día en que lo terminaron. De modo que me acer­qué a una de las ventanas, me detuve y miré hacia abajo, en dirección a las pálidas curvas y las tortuosas sombras que formaban los senderos y los arbustos de Central Park a la luz de la luna. Sabía que justo debajo de mi ventana, si me hubiese inclinado lo bastan­te y hubiese mirado hacia allí, habría visto Central Park West con sus semáforos y algún que otro coche. Y que si hubiese levantado los ojos, al otro lado del parque, a lo lejos, habría visto unas pocas ventanas todavía iluminadas de la hilera de edificios de apartamen­tos que constituían la frontera oriental de Central Park. Que si hubiese girado la cabeza hacia la derecha habría visto los letreros luminosos de las azoteas de los hoteles en el extremo sur del par­que, y más allá las luces de los grandes edificios de oficinas del cen­tro de la ciudad.

Pero no miré nada de eso, sino que permanecí contemplando las sombras del parque y, justo casi en frente la luna brilló sobre la superficie del lago, tal como habría brillado, pensé, en otra noche como aquélla, cuando el edificio donde me encontraba era nuevo. En los sinuosos caminos del parque, las espaciadas farolas brillaban rodeadas de una aureola de niebla, y me pareció que, desde donde yo estaba, no se verían de manera muy distinta de como debieron de verse mucho tiempo atrás.

Sabía que en la ventana había una pesada persiana verde; la bajé y a continuación corrí las cortinas de terciopelo. Repetí la opera­ción con cada una de las ventanas, luego saqué del bolsillo una caja de cerillas. Froté una contra la suela de mi bota, chisporroteó, luego se encendió y la cera comenzó a resbalar lentamente por la varilla. Protegiendo la llama con la otra mano, la levanté hasta el recarga­do brazo de bronce que salía de la pared en forma de L. En el extre­mo del ondulante tubo había una rosca sobre la cual reposaba una tulipa de cristal. De debajo del tubo sobresalía una especie de llave de latón. La hice girar, oí el suave siseo del gas y seguidamente acer­qué la cerilla encendida al extremo del tubo. Una llama de bordes azules estalló debajo de la pantalla de cristal, y un oscilante círculo de alfombra con flores grises apareció a mis pies, para luego estabi­lizarse.

Me volví y por un instante contemplé el mobiliario de la habi­tación. Eran aproximadamente las dos de la madrugada, exacta­mente las dos de la madrugada del 5 de enero de 1882, me dije, y de pronto comprendí que el experimento había empezado. Pero me sentía cansado, vacío de toda energía, y, con la mano aún en la lám­para, apagué la luz y me alejé por el pasillo, hacia mi dormitorio.

7

Podía cocinar fácilmente en el fogón superior de la cocina ado­sada a la pared, tal como suele aprender a hacerlo un hombre que vive solo. Venía haciéndolo desde hacía una semana, pero mis recuerdos de una buena comida se desvanecían poco a poco. Esa noche estaba preparando chuletas de cerdo y patatas fritas en man­teca, con la esperanza de que por una vez ambas cosas estuvieran listas al mismo tiempo, pero mis esperanzas no eran muchas. Estaba harto de mi comida, pensé mientras trasteaba por la enorme y antigua cocina. Luego sonreí, pensando que «hartarme» no era precisamente lo que yo conseguía.



Aquella mañana, el chico de Fishborn's Market me había entre­gado las chuletas en la puerta de servicio del apartamento. Acudí a la puerta con mis pantalones de lana negra, de doble vuelta y sin planchar, tirantes anchos, gruesos botines negros, camisa a rayas blancas y verdes, sin cuello, aunque en la parte anterior y posterior de la tira del cuello sobresalían los broches para sujetar el postizo. Encima llevaba un chaleco cruzado de color negro, con galones en los bordes y la gruesa cadena de oro del reloj cruzada por delante. Me quedé allí para entregar al muchacho la nota escrita a lápiz donde le indicaba la carne y demás comestibles que necesitaba pa­ra el día siguiente, y luego le di una moneda de propina: en una cara había grabado un escudo, en la otra, un cinco de gran tamaño. El muchacho pareció alegrarse con la propina y amablemente me dio las gracias. Mientras colocaba la carne en la heladera, lo imaginé de nuevo en la calle, subiendo al asiento de su carreta de reparto, con la cubierta de lona que en verano podía levantarse por los laterales. Cuando nevara, lo cual podría suceder de un día para el otro, supe con certeza que cambiaría la carreta por el gran trineo de reparto.

La carne, que deposité encima del hielo, venía envuelta con el tosco papel de carnicero, atada con un cordel: no estaba permitido el uso de papel engomado ni de celofán. Alguien lo había olvidado el primer día, pero al parecer desde entonces velaban para que no volviese a ocurrir. También tenían presente en que debían mandar la mantequilla y la manteca de cerdo: envueltas con la misma clase de papel, aunque metidas dentro de unas bandejitas planas hechas con chapa de madera.

Mis patatas estaban friéndose en el enorme fogón de carbón, y les daba la vuelta de vez en cuando, para que no se quemaran. Me gustaba estar en la cocina: era una estancia enorme, con espacio más que suficiente para la gran mesa redonda y las cuatro sillas de madera maciza que había en el centro. El bloque de los fogones tenía las dimensiones de un escritorio de oficina, con herrajes niquelados. Un gigantesco armario de madera cubría toda la pared, de arriba abajo. Detrás de unas puertas vidrieras estaba toda la por­celana y la cristalería, mientras los cazos y las sartenes se encontra­ban en unos estantes protegidos con hule.

Era una habitación agradable, cálida y confortable gracias al fuego, con las ventanas empañadas por el vaho. Me acerqué al ar­mario, saqué media hogaza de pan de la enorme caja roja donde lo guardaba y corté tres gruesas rebanadas. Sabía que daría cuenta de todas; aquel pan era lo único que comía que aún sabía bien. «Tal vez sea lo que todavía me mantiene con vida», pensé. Por el momento no hablaba en voz alta conmigo mismo. Se trataba de un pan casero, horneado por una irlandesa que lo vendía a domicilio, según me había dicho ella.

Al mirar las chuletas, me pareció que estaban casi hechas, y me dispuse a moler un poco de café en un molinillo de madera primo­rosamente tallado. Luego llené la pequeña cafetera y la puse al fuego.

Había adquirido la costumbre de hacer la mayor parte de mis comidas en la cocina; era más fácil que acarrear la comida y los pla­tos por toda la casa. Esa noche, como de costumbre, cuando la cena estuvo a punto me senté a comer y a leer el periódico vespertino, que cada tarde me dejaban delante de la puerta. Era el 10 de enero, así que leía un ejemplar del New York Evening Sun del 10 de enero de 1882 recién salido de la imprenta. Mientras leía y comía —las chuletas estaban bien, aunque algo secas, pero las patatas medio crudas las habría rechazado un buitre muerto de hambre—, saqué el reloj y apreté el pequeño botón lateral que disparaba la tapa de oro que cubría la esfera. Eran poco más de las siete, cuatro minutos de adelanto respecto al reloj de la cocina, que aún no había dado la hora. No sabía cuál de los dos iba bien, pero carecía de importancia. La noche que tenía por delante no prometía ser dema­siado excitante. Eran las siete, y serían las siete y media cuando ter­minase de lavar los platos, luego jugaría unos cuantos solitarios y, aproximadamente a las nueve, me iría a la cama y leería el ejemplar semanal del Frank Leslie's Illustrated Newspaper, que el cartero me había traído con el segundo reparto de la tarde.

Sin embargo, días más tarde recibí una visita. De nuevo estaba lavando los platos después de cenar, lo cual no me molestaba, pues me había acostumbrado a ello. Soy de los que sueñan despiertos, una característica que a menudo me ha metido en dificultades, incluso desde niño, cuando del jardín de infancia me enviaron a casa con una nota según la cual era propenso a la «enajenación». Como nadie en mi familia sabía muy bien qué significaba aquello, no se hizo nada al respecto, así que desde entonces seguí bastante «enajenado»; cuando estoy haciendo un trabajo rutinario que me mantiene las manos ocupadas, como por ejemplo lavar los platos, me dejo llevar por la ensoñación.

En ese momento, como de costumbre mientras lavaba los cacharros, me dejé arrastrar hacia una de aquellas fantasías, que casi todas las noches era la misma. Lo que hacía era imaginar cómo sería un lugar determinado de la ciudad. Me decía a mí mismo que si me acercaba a la salita de estar y miraba por la ventana en dirección a Central Park, tal vez viese un birloche trotar bajo las farolas y las ramas desnudas de los árboles. Lo cierto era que no solía mirar con frecuencia por las ventanas, y cuando lo hacía no apartaba la vista del centro del parque, muy tarde por la noche o a primera hora de la madrugada, ya que, por supuesto, no estábamos en el siglo XIX sino en el XX, y cuanto menos pensara en ello, mejor. De modo que, de pie ante el fregadero, imaginaba al cochero con su birloche pasar por la calle en aquel preciso momento, el toldo subido... Con una mano sostenía las riendas y con la otra el látigo, iba envuelto hasta la cintura con una manta de viaje, lucía un chaqué y un sombrero hongo. ¿Y orejeras? No, no hacía tanto frío como para eso. Pero sí guantes de piel.

Luego, mentalmente, observaba a un hombre y a su esposa avanzar en un landó en dirección contraria; cada vez que pasaban bajo una farola, los cristales centelleaban. Supuse que irían a algún sitio a cenar. Con la ayuda de los grabados de Martin Lastvogel, imaginé a un criado vestido de librea conducir, subido en el asien­to delantero, en medio de dos fanales encendidos. El hombre que iba dentro, visible a través del óvalo de la ventana posterior, lleva­ba un abrigo negro y sombrero de copa. Su esposa lucía un gorro de pieles, a juego con el cuello de su abrigo. El landó y el birloche se cruzaron bajo un círculo de luz amarillenta y los ocupantes se saludaron con una inclinación de cabeza; los hombres se llevaron la mano al sombrero.

Según el Evening Sun, era Adelina Patti que cantaba en el Ope­ra House. Imaginé que en aquellos mismos instantes unos obreros con traje de faena estarían probando las candilejas, y mentalmente los vi encenderlas una a una, abrir el gas, observar por un instante y luego apagarlas.

En el cuartel de los bomberos, a unos ochocientos metros más abajo, un hombre con botas altas estaría almohazando los grandes caballos en los establos del fondo, mientras intentaba evitar los coletazos de los animales y mantenía los pies apartados de alguna coz ocasional, temblorosos los músculos de las piernas.

Una vez que los platos estuvieron lavados y secos, encendí una vela en el candelero de porcelana, apagué los mecheros de gas de encima del fregadero y de la mesa y avancé por el largo pasillo hasta la salita de estar, protegiendo la llama con la mano. Allí encendí un solo aplique de la pared y la lámpara de la mesita situada al lado de mi sillón favorito. Miré con cautela hacia las ventanas —fuera esta­ba oscuro, no había nada que ver— y me senté. El sillón estaba tapizado con una tela color ciruela, y de los brazos y el borde infe­rior colgaba una tira de borlitas.

Lo cierto es que cuando sonó la campanilla de la puerta, casi di un respingo. No se me había ocurrido pensar que alguien pudie­ra llamar así, pues el muchacho de la tienda siempre golpeaba con los nudillos... Yo ni siquiera sabía que hubiera una campanilla, y casi corrí a contestar a la llamada, temeroso de que ocurriera algo malo.

En el pasillo, sonriéndome, me encontré con Rube Prien y una mujer de cabello oscuro y ojos pardos. El lucía un abrigo que le lle­gaba hasta los tobillos, con cuello de pieles color marrón. En una mano sostenía el sombrero hongo y algo más que no logré distin­guir del todo debido a la penumbra del pasillo. La mujer que lo acompañaba llevaba un abrigo largo azul marino con esclavina, y un pañuelo blanco atado bajo la barbilla.

—Hola, Si —me saludó Rube—. Pasábamos por aquí y se me ocurrió subir un momento. Me alegro de ver que estás en casa.

—¡Entrad! ¡Entrad! —Estaba alborozado como un chiquillo—. ¡Y yo me alegro de que hayáis subido!


R



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