Ahora y siempre



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Estábamos en una pasarela angosta, una prolongación más estrecha del mismo suelo de rejilla metálica que había al otro lado de la puerta. Lo único que impedía, hasta cierto punto, caer de la pasarela era una barandilla metálica que me llegaba a la altura de la cintura. Me agarré a ella, ejerciendo más presión de la necesaria. Pero me sentía incapaz de relajarme, pues la pasarela metálica en la que estábamos formaba parte de una vasta telaraña de otras simila­res que colgaban sobre una enorme nave cuadrada, una especie de pozo de cinco pisos de altura, entrelazándose unas con otras, con­vergiendo y separándose a lo lejos.

Aquella gran telaraña de pasarelas metálicas pendía del techo —que en realidad era el suelo de las oficinas que acabábamos de abandonar— mediante unos tubos de metal, de un dedo de grosor. Mientras aguardábamos allí arriba y Rube me concedía unos ins­tantes para que me hiciese a la idea de que tendría que andar por aquella red de pasarelas, seguía sin ver nada debajo, a excepción de la parte superior de las gruesas paredes, que iban desde el suelo del almacén desmantelado, unos cinco pisos más abajo, hasta unos treinta centímetros por debajo del lugar donde nos hallábamos. Advertí que aquellas paredes dividían el gran espacio que había a nuestros pies en varias zonas de forma irregular. Levanté la vista hacia el techo y descubrí que de él colgaba una masa de tuberías de conducción de aire, al tiempo que percibí el ronroneo amortigua­do de los ventiladores. Luego volví a mirar a Rube, quien al ver mi expresión sonrió y dijo:

—Lo sé, provoca un fuerte impacto. Tómate tu tiempo; ya te acostumbrarás. Cuando estés dispuesto, andaremos por ahí... Por donde más te apetezca.

Me obligué a avanzar, quizás unos tres metros en línea recta, sin poder resistir la tentación de agarrarme a la barandilla y, sin embar­go, incapaz de mirar hacia abajo. Durante los primeros metros, la pasarela avanzaba recta a partir de la puerta por donde habíamos entrado. Luego doblaba a la derecha, y vi que pasábamos por enci­ma de la pared que, desde el suelo, se elevaba hasta casi tocar nues­tra pasarela. En ese instante noté que subía una corriente de aire cálido y escuché el ronroneo de los extractores por encima de mi cabeza. Justo debajo de las pasarelas, colgando paralelas a las pare­des, había unas tuberías metálicas a las que habían conectado cien­tos de focos luminosos. Los había de todos los colores y de todos los tamaños, apuntando en grupos con el fin de converger en deter­minadas zonas de abajo. Me detuve, me volví hacia un lado y, mien­tras me agarraba con ambas manos a la barandilla, hice acopio de valor para bajar la vista.

Cinco pisos más abajo, en el fondo de la zona sobre la cual nos encontrábamos, descubrí una casita de madera. Desde donde me hallaba podía distinguir el porche cubierto de la fachada. En un extremo de éste había un hombre en mangas de camisa; estaba sen­tado con los pies encima de uno de los escalones, fumando en pipa mientras observaba distraído la calle adoquinada que pasaba por delante de la casa.

A los lados de aquella vivienda se levantaban sendos fragmen­tos de otras dos casas, cuyas paredes laterales, que daban a aqué­lla, estaban completas, con cortinas y persianas en las ventanas. También lo estaba la mitad de cada tejado a dos aguas, así como ambas fachadas con su correspondiente porche de peldaños gasta­dos. En uno de aquellos dos porches había un cochecito de mimbre para bebés. Sin embargo, con la excepción de la casa del centro, que estaba completa, las otras sólo tenían las paredes y medio teja­do; desde donde yo estaba podía ver el andamiaje de madera de pino que hacía de soporte por detrás. Delante de las tres casas había una franja de césped y unos árboles que daban sombra, al lado de los cuales había una acera de ladrillo y una calle adoquinada, y en el borde de ésta, unos postes de hierro para atar a los caballos. Al otro lado de la calle se alzaban las fachadas de otra media doce­na de casas. En el porche de una había una bicicleta abollada. En otro colgaba una hamaca a rayas. Sin embargo, aquellas casas sólo eran falsos frontis cuyo grosor no superaba el medio metro, y que se habían construido a lo largo de la pared que los separaba de la zona vecina, contribuyendo a disimularla.

Rube se apoyó en la barandilla, a mi lado, y comentó:

—Desde donde está sentado el hombre del porche, así como desde cualquier ventana de la casa o del césped que hay delante, es como si estuviera en una calle flanqueada de casitas pequeñas. Desde aquí no se puede ver, pero al final del pequeño tramo de calle auténtica donde él se encuentra ahora, en la pared divisoria de la zona, hay un fondo pintado que representa, con meticulosa perspectiva, la continuación de la misma calle, así como el vecindario a lo lejos.

Mientras hablábamos, en la calle de abajo apareció un mucha­cho montado en una bicicleta, pero no vi de dónde procedía. Llevaba puesta una gorra blanca de marino cuya ala, doblada hacia arriba, estaba cubierta con lo que semejaban coloridas insignias publicitarias de distintas campañas políticas; pantalones bomba­chos de color marrón; medias negras y unos sucios zapatos de lona que le llegaban hasta los tobillos. Colgada del hombro llevaba una vieja bolsa de lona llena de periódicos doblados. El chico pedalea­ba de un lado al otro de la calle, sujetando el manillar con una sola mano mientras con la otra lanzaba un periódico en cada porche. Al aproximarse a la casa completa, el hombre que fumaba en pipa se levantó y cogió el periódico que el chico lanzó, luego volvió a sen­tarse y lo desplegó. El muchacho lanzó el diario al porche de la falsa casa de al lado, que se encontraba en la esquina, luego pedaleó hasta doblar por allí y, ya fuera de la vista del hombre del porche, bajó de la bicicleta y se dirigió hacia la puerta que había en la pared donde terminaba repentinamente la pequeña calle lateral. Allí abrió la puerta y franqueó el umbral llevándose la bicicleta.

Yo no podía ver lo que había al otro lado de la puerta, pero de inmediato salió por allí un hombre, que la cerró a sus espaldas. Luego avanzó hacia la esquina mientras se ponía un sombrero de paja plano con una cinta negra. Llevaba camisa blanca con el cue­llo desabrochado, la corbata floja y la chaqueta en el brazo. Cinco pisos más arriba, Rube y yo observamos que el hombre se detenía poco antes de llegar a la esquina, se echaba el sombrero hacia atrás, se colgaba del hombro la chaqueta y sacaba del bolsillo trasero del pantalón un pañuelo arrugado. Secándose la frente con el pañuelo, empezó a andar cansinamente y, al doblar la esquina, avanzó más despacio todavía por la acera de ladrillos, con el fin de pasar por delante del porche del hombre que leía el periódico.

—Presta atención —me dijo Rube, haciendo pantalla con una mano en la oreja, y yo hice lo mismo.

Desde abajo, aunque con bastante nitidez, oí que el hombre de la acera saludaba:

—Buenas tardes, señor McNaughton... ¿No le parece que hace bastante calor?

El hombre del porche levantó la vista de su periódico.

—¡Oh! Hola, señor Drexsler. Sí, hoy es otro día de calor inso­portable. Y el periódico anuncia lo mismo para mañana.

Mientras seguía avanzando cansinamente por la acera —como haría alguien que, agobiado por el calor, vuelve a casa desde el tra­bajo—, el hombre sacudió la cabeza con pesar.

—Bueno, alguna vez tendrá que acabar —comentó.

El del porche asintió con una sonrisa.

—Quizá por Navidad —contestó.

El individuo de la acera cruzó la calle en diagonal, subió por los peldaños de una de las falsas fachadas y abrió la puerta de red me­tálica.

—¡Edna! —llamó—. Ya estoy en casa.

Cerró de un portazo y lo vimos subir por una pequeña escale­ra de mano, agacharse para pasar por el andamiaje que había detrás, y abrir una portezuela en la pared. Luego pasó al otro lado y la cerró en silencio al salir.

En la falsa fachada de la casa de al lado se abrió la puerta de red metálica y una mujer salió para recoger el periódico. Lo desplegó y se detuvo a echar una ojeada a la primera página. Llevaba un delan­tal a cuadros azules muy largo, cuyo dobladillo estaría a menos de treinta centímetros del suelo. Al oír abrirse la puerta mosquitera, el hombre del porche levantó la vista por un instante y luego volvió a concentrarse en la lectura. Con los brazos extendidos, abrió el dia­rio y lo dobló por una página interior. La mujer del otro lado de la calle volvió a cruzar la falsa fachada, llevándose su periódico. Al lado de la puerta principal, sujeto a una persiana, había un cartón azul de unos treinta centímetros de lado. En él habían escrito algo en mayúsculas. Agucé la vista y me incliné un poco sobre la baran­dilla.

—Pone «Hielo» —dijo Rube—, y en cada lado hay un número escrito. Diez, veinte, treinta o cincuenta... Hay que colgar el cartón de la ventana, de modo que en la parte superior del letrero aparez­can los kilos de hielo que uno quiere que el repartidor le deje.

Me volví hacia Rube, que observaba la escena de abajo, apoya­do en la barandilla con las manos juntas y laxas.

—No veo la cámara, pero imagino que debéis de estar rodando una película. O al menos ensayando. —No pude evitar cierto tono de irritación.

—No —contestó Rube—. El hombre del porche vive realmen­te en esa casa. Por dentro está completa, y una mujer de mediana edad acude a cocinarle y hacerle la limpieza. Los comestibles le lle­gan diariamente a través de una carreta tirada por un caballo, en la que pone Henry Dortmund, comestibles selectos. Dos veces al día, un cartero con uniforme gris le trae el correo; en su mayor parte, propaganda. El hombre espera a ver si le contratan para algu­no de los empleos que ha solicitado en la ciudad. Dentro de poco se enterará de que le han aceptado para uno de esos trabajos y enton­ces sus hábitos cambiarán. Para empezar, tendrá que mudarse a la ciudad. —Rube me miró, luego fijó de nuevo su atención en la esce­na de abajo—. Mientras tanto, se ocupa de tareas domésticas. Riega el césped. Lee. Pasa el tiempo con los vecinos. Fuma cigarrillos Lucky Strike. Los del paquete verde. A veces escucha la radio, aun­que con el tiempo que hace hay muchas interferencias. De vez en cuando lo visitan algunos amigos. En estos momentos lee un ejem­plar impreso hace sólo una hora del periódico local; corresponde al 3 de septiembre de 1926. Está cansado. Ahí abajo, los últimos tres días la temperatura ha llegado casi a los cuarenta grados por la tarde, y por la noche no baja de los treinta. Una auténtica oleada de calor a finales del verano, y sin aire acondicionado. Si ahora mirara hacia arriba, lo único que vería sería un tórrido cielo azul.

—¿Significa eso que están siguiendo alguna clase de guión? —pregunté, procurando que mi tono de voz denotase tranquilidad.

—No, no existe ningún guión. Él hace lo que quiere, y la gente con la que se relaciona actúa según las circunstancias.

—¿Quieres decir que ese hombre cree realmente que vive en un pueblo de...?

—No, tampoco es eso. El sabe muy bien dónde está. Sabe que se encuentra en un depósito de almacenaje en Nueva York, en una especie de decorado teatral. Procura no acercarse a la esquina y mirar, pero sabe que el callejón concluye allí, fuera de su vista. Es consciente de que el largo tramo de calle que ve al otro lado es en realidad una pintura en perspectiva. Y aunque nadie le ha informa­do de ello, estoy seguro de que imagina que las casas del otro lado de la calle son probablemente, unas fachadas falsas... —Rube se enderezó y se volvió hacia mí—. Simón, todo cuanto puedo decir­te por el momento es que él hace todo lo posible para sentir que en realidad se halla sentado en el porche, en una tarde de finales de verano, leyendo las declaraciones que el presidente Calvin Coolidge ha hecho esta mañana, si es que ha dicho algo.

—¿Existen realmente un pueblo y una calle como éstos?

—Oh, sí —dijo Rube—. Una calle con casas, árboles y césped exactamente como ésta, desde la última hojita de hierba hasta el cochecito de mimbre en el porche. Tú has visto una foto aérea de ese pueblo... Se llama Winfield, y está en Vermont. —Sonrió y, con tono comprensivo, añadió—: No te impacientes. Si quieres enten­derlo, primero tienes que verlo.

Seguimos caminando por aquella telaraña suspendida en el aire, bajo el murmullo de la maquinaria y por encima de centenares y centenares de focos. Cruzamos directamente sobre la casa del hom­bre sentado en el porche, y resultó extraño pensar que si levantara la vista de su periódico y mirara en la dirección en que nos encon­trábamos, lo único que vería sería un falso cielo. Pero no miró; se limitó a seguir leyendo su periódico hasta que el alero del porche lo ocultó por completo. Al doblar a la izquierda para acceder a otra pasarela, cruzamos por encima de la pared y toda la zona desapa­reció de nuestra vista.

De pronto, comenzó a hacer frío, con una pizca de humedad y tuve la sensación de que estaba a punto de llover. Nos detuvimos y miramos nuevamente hacia abajo. Vi lo que parecía una parte de un prado, por el que corría un arroyo diminuto. Al fondo de la zona donde estábamos crecía un grupo de esbeltos abedules de tronco blanco. Eran los árboles rezagados de un bosque mucho más denso que se extendía hasta la cresta de una cadena montañosa. Observé que en su mayor parte los árboles estaban pintados sobre una pared, aunque parecían muy reales. Justo debajo de nuestros pies se alzaban tres tiendas indias, construidas con pellejos curtidos y adornadas con pinturas desteñidas en forma de círculos, líneas en zigzag y palillos que recordaban figuras de hombres y animales. Por la abertura superior de cada tienda se elevaba una delgada columna de humo, y frente a una de ellas, atado al palo de una esta­ca, había un cachorro de perro royendo algo que mantenía sujeto entre las garras. Mientras observábamos, algunos de los focos que iluminaban la zona se apagaron uno a uno —percibimos nítida­mente el sonido que hacían— y la sombra triangular de las tiendas se desvaneció lentamente sobre la hierba del prado. Entre las co­lumnas de humo vimos alguna que otra chispa.

—Me encanta esto —murmuró Rube—. Montana, a unos cien kilómetros de donde actualmente se encuentra Billings. En estas tiendas viven ocho personas, hombres, mujeres y un niño. Por las venas de todos ellos corre pura sangre crow... Sigamos.

Continuamos avanzando en silencio por aquella enorme parri­lla metálica suspendida en el vacío y cruzamos por encima de otra pared. Nos detuvimos en un área de forma triangular, justo en el lado más corto del triángulo, de cara al punto más lejano. Desde el suelo se elevaba, hasta llegar casi a nuestros pies, un edificio de piedra blanco. Una vez más, no era lo que parecía desde la fachada o el lateral; allí sólo había dos paredes, sujetas por detrás mediante un andamiaje de tubos metálicos. Desde la base de aquellas dos pare­des partía una zona de suelo toscamente empedrado, entre cuyas grietas una cuadrilla de hombres vestidos con mono de trabajo plantaban delgadas hileras de hierba y grupos de arbustos que iban sacando de unas cestas. La basta superficie empedrada terminaba en una pendiente cubierta de césped, que a su vez concluía en lo que al parecer era un auténtico río. Allí el agua fluía, marrón y perezosa, por un lateral de la zona triangular hasta su vértice, donde desaparecía.

En aquel edificio de piedra blanco, que concluía a un par de metros por debajo de nuestros pies, había algo que me resultaba familiar, de modo que avancé por la pasarela hasta conseguir una visión mejor de la fachada. La pared lateral por encima de la cual yo avanzaba estaba apuntalada mediante contrafuertes, y luego vi que la fachada se elevaba formando dos torres cuadradas e idénti­cas. En los laterales de éstas sobresalían unas figuras esculpidas en piedra, una de las cuales estaba tan cerca que habría podido tocar­la con sólo estirar el brazo. Las figuras eran gárgolas aladas, y la pared con contrafuertes, así como las torres gemelas, pertenecían a una catedral: Notre Dame de París. La reconocí por haberla visto en el cine y en fotografías.

Al apercibirse de la expresión de mi rostro, Rube supo que yo había comprendido qué estábamos contemplando. Señaló entonces hacia el otro lado del río y observé unos serpenteantes caminos de tierra que se perdían a lo lejos, flanqueados por unas cuarenta cons­trucciones de madera y de piedra, aunque la mayor parte de la región aparecía salpicada de granjas y arboledas.

—El París medieval, en la primavera de 1451 —explicó Rube con una sonrisa—. Es decir, lo será si alguna vez llegamos a ter­minar este maldito proyecto. —Levantó el brazo y con el índice volvió a señalar. Y en ese momento, al otro lado del río, distinguí a un hombre con pantalones de algodón color tostado y camisa de faena azul, completamente manchado de pintura; era un gigante erguido ante casas y árboles que no llegaban más arriba de sus ro­dillas. En el brazo izquierdo contenía una paleta, mientras pintaba meticulosamente una parte del bosque dibujada al carboncillo sobre la pared que se elevaba al otro lado del amarronado y pe­rezoso Sena—. Todavía queda un montón de trabajo por hacer —prosiguió Rube—. Todas las piedras de la catedral deben envejecerse mediante baños de ácido y manchas. A fin de cuentas, en esa época ya tenían varios siglos de antigüedad. En cierto sentido, éste es el más ambicioso de nuestros proyectos. Pero dudo que incluso Danziger crea que realmente va a funcionar... ¿Ya estás? Prosiga­mos, pues.

Sin detenernos, cruzamos por encima de una zona vacía, de forma toscamente rectangular, uno de cuyos extremos era algo más ancho que el otro. En el más apartado, dos hombres a cuatro patas marcaban el sitio mediante cordeles y tizas de colores.

—No recuerdo qué se va a construir aquí —dijo Rube—, pero creo que será un hospital de campaña del ejército aliado cerca del cerro Vimy, en la Francia de 1918.

Contemplamos parte de una granja de Dakota del Norte, cubierta por la nieve en el invierno de 1924. Encima de ella el aire era terriblemente frío, y al cabo de medio minuto ya estábamos tiritando. Nos detuvimos sobre una esquina del Denver de 1901, la cual incluía un tramo de calle adoquinada, surcada por las vías del tranvía, y una pequeña tienda de comestibles cuyo toldo estaba muy deteriorado; en ésta, dos hombres vestidos con mono de trabajo iban entrando mercancías. A mi lado, apoyado en la barandi­lla, Rube comentó:

—Reconstrucción basada en setenta y pico fotografías, además de en una excelente vista estereoscópica. Junto con Dios sabe cuán­tas mediciones actuales tomadas en el mismo sitio. Todavía no la hemos terminado. Ahora están abasteciendo el colmado con autén­ticos productos de la época. Cuando hayamos concluido, será tal como era entonces, de eso puedes estar seguro. —Echó un vistazo a su reloj—. Aún quedan algunas más, pero ahora debemos reunirnos con Danziger. —Dimos media vuelta para regresar, Rube casi pegado a mí—. Nuestra localización de Nueva York no precisa duplicado. Iremos a verla después del almuerzo... ¿Tienes hambre? ¿Te sientes desconcertado? ¿Cansado? ¿Irritado?

—Sí —contesté—. Y me duelen los pies.

4

Almorzamos en una pequeña cafetería de la sexta planta, una sala sin ventanas e iluminada con fluorescentes, embaldosada con azulejos de tonos pálidos, azules y amarillos, y no mucho mayor que una gran sala de estar. Danziger estaba sentado a una mesa, aguardándonos. Mientras cogíamos unas bandejas nos saludó con la mano; en la mesa, ante él, tenía un trozo de tarta de manzana y un cuenco de sopa tapa­do con el platillo para mantenerla caliente. Rube y yo deslizamos nuestra bandeja sobre los raíles cromados. Yo cogí un vaso de té hela­do y un bocadillo de jamón y queso, de un expositor donde los tenían ya preparados y envueltos. Rube eligió un bistec guisado con verdu­ras salteadas, que le sirvió una atractiva muchacha. No había cajera al final de los raíles —era gratis— y Rube cogió su bandeja, dijo que me vería después y se reunió con un hombre y una mujer que ya habían empezado a comer. Yo llevé mi bandeja a la mesa del doctor Danziger, examinando el local mientras tanto. Había unas ocho personas, apar­te de nosotros, pero quedaba espacio para una docena más. Y mien­tras dejaba la bandeja sobre la mesa, después de haber saludado a Danziger, éste imaginó lo que yo estaba pensando y sonrió.



—Sí, se trata de un proyecto reducido —comentó—. Quizás el menor de los de cierta importancia en la historia de los gobiernos modernos, y eso me complace. Sólo tenemos a unas cincuenta per­sonas dedicadas en exclusiva al proyecto. En su momento ya las conocerá... De vez en cuando requerimos los servicios y recursos de distintas áreas gubernamentales, pero lo hacemos de modo que no sugiera qué estamos buscando, ni provoque demasiadas preguntas. —Retiró el platillo de encima del cuenco de sopa—. Hoy no había tarta de chocolate, maldita sea.

Cogió la cuchara y me miró mientras yo desenvolvía un boca­dillo que realmente no me apetecía. Me sentía demasiado tenso para tener hambre. Habría preferido una copa.

—No estampamos sellos con la leyenda «Estrictamente confi­dencial» ni llevamos distintivos en la solapa, sencillamente mante­nemos el secreto pasando inadvertidos. Como es lógico, el presi­dente está al corriente de lo que hacemos, aunque no estoy muy seguro de que crea que lo estamos haciendo, o siquiera de que se acuerde de nosotros. De nuestra existencia están enterados, como mínimo, e inevitablemente, dos miembros del gabinete y varios miembros del senado, la cámara de representantes y el Pentágono. Me gustaría que de alguna forma esto no fuera necesario, pero, como es lógico, son ellos quienes proporcionan los fondos. Aun­que la verdad es que no puedo quejarme. Yo hago mis informes, ellos los aceptan y, en realidad, no se meten con nosotros.

Contesté algo que sonara a respuesta. La pareja que comía con Rube estaba compuesta por la muchacha a la que había visto prac­ticar el charlestón y un joven que debía de tener su misma edad.

—Dos más de los afortunados —dijo Danziger al advertir que los miraba—. Úrsula Dahnke y Franklin Miller. Ella era profesora de matemáticas en la escuela superior de Eagle River, Wisconsin. Él era el encargado de unos almacenes Safeway en Bakersfield, Ca­lifornia. Ella irá a una granja de Dakota del Norte. Él al cerro Vimy; probablemente lo haya visto usted practicar con la bayoneta. Se los presentaré la próxima vez, pero ahora quiero que me diga qué sabe acerca de Albert Einstein.

—Bueno, que llevaba un suéter de cuello alto, el pelo enmara­ñado y que era tremendo en aritmética.

—Muy bien. Sólo que hay algunas otras cosas que añadir a esto. ¿Sabía usted que, en su época, Einstein teorizó acerca de que la luz tenía peso? Bien, se trataba de la propuesta más estúpida que un hombre hubiese formulado jamás. Ningún otro ser huma­no en el mundo había pensado tal cosa, y mucho menos la había formulado, pues contradecía todo cuanto creíamos sobre la luz. —Danziger guardó silencio y me observó por un instante; yo esta­ba interesado e intentaba parecerlo—. Pero había una forma de probar esta teoría. Durante los eclipses de sol, los astrónomos empezaron a observar que la luz se inclinaba hacia él al pasar. Atraída por la gravedad del sol, ¿comprende? Inevitablemente, eso significaba que la luz estaba dotada de peso. Albert Einstein tenía razón, y ahí quedaba eso.

Danziger se interrumpió para tomar varias cucharadas de sopa. El bocadillo, descubrí, era bastante bueno, con mucha mantequilla, y el queso sabía bien. De repente, me sentía hambriento. Danziger dejó a un lado la cuchara, se limpió la boca con la servilleta y pro­siguió:

—El tiempo pasó. Aquella mente asombrosa siguió trabajando y anunció que E es igual a MC al cuadrado. Y, que Dios tenga mise­ricordia de nosotros, dos ciudades japonesas desaparecieron en un abrir y cerrar de ojos, probando de nuevo que él tenía razón.

»Podría continuar; la lista de descubrimientos de Einstein es considerable. Pero me limitaré a éste: al cabo de un tiempo afirmó que nuestra idea sobre el tiempo era en gran medida equivocada. Ni por un instante dudé de que tuviese razón una vez más, ya que una de sus últimas aportaciones poco antes de morir fue probar que sus teorías formaban un todo. No eran elementos separados, sino que estaban relacionadas entre sí. Que cada una dependía de las otras al tiempo que las confirmaba... Sus teorías explican en gran medida cómo funciona el universo, y que no lo hace tal como habíamos creído.

Empezó a arrancar la pequeña tira de celofán rojo del paquete de galletitas que acompañaba su sopa, pero se detuvo y me miró, expectante.

—He leído algo sobre su teoría acerca del tiempo —contesté—, pero mentiría si afirmara que entendí qué quiso decir.

—Lo que quiso decir es que nuestra concepción del pasado, el presente y el futuro es erróneo. Creemos que el pasado ya es algo extinguido, que el futuro todavía no ha ocurrido y que sólo existe el presente, dado que el presente es todo cuanto podemos ver.

—Bueno, si quiere conocer mi opinión, debo admitir que así es como lo veo yo.

Danziger sonrió.

—Por supuesto, y yo también. Es natural, como el mismo Einstein señaló... Decía que somos como personas a la deriva, en un bote sin remos y arrastrados por la corriente en un río zigzaguean­te. Alrededor, sólo tenemos el presente. No podemos ver el pasa­do, que ha quedado en los recodos y curvas que hemos dejado atrás. Pero está allí.

—¿Quería decir eso, realmente, o...?

—El siempre quería decir lo que decía. Y cuando aseguraba que la luz tenía peso quería decir que la luz del sol sobre un campo de trigo realmente pesaba varias toneladas. Ahora sabemos que es así, dado que ha podido medirse. Y hablaba en serio cuando afirmaba que la tremenda energía que teóricamente mantenía unidos los áto­mos podía liberarse mediante una explosión inimaginable; como, en efecto, se ha demostrado. Un hecho que ha cambiado el curso de la historia de la raza humana... Por lo tanto, también pretendía decir exactamente lo que dijo respecto al tiempo: que, detrás de las curvas y los recodos del río, el pasado existía. Que está allí, de hecho. —Durante unos diez segundos Danziger guardó silencio, mientras jugueteaba con la pequeña cinta de celofán. Luego alzó la mirada y se limitó a decir—: Soy profesor de Física Teórica en la Universidad de Harvard, en excedencia mientras dure este proyec­to. Mi pobre aportación a la gigantesca teoría de Einstein consiste en que... un hombre debe, de algún modo, ser capaz de saltar de ese bote a la orilla del río, y luego retroceder hasta una de esas curvas que han quedado detrás de nosotros.

Yo trataba de evitar que en mis ojos se reflejara lo que estaba pensando: que Danziger tal vez fuese un viejo loco, inteligente y creíble, que había persuadido a un montón de gente en Nueva York y en Washington de que se uniera a él en la construcción de un almacén repleto de fantasías. ¿Cómo era posible que yo fuera el único a quien se le había ocurrido semejante idea? Aunque tal vez no fuera así... Aquella misma mañana, Rossoff había hecho una broma —¿una broma inquietante?— respecto a que yo había entra­do en un manicomio. Asentí con gesto pensativo.

—¿Retroceder? ¿Cómo? —pregunté.

Danziger acabó la sopa que le quedaba y yo hice lo mismo con mi bocadillo. Luego alzó la cabeza y fijó sus ojos en los míos. Le devolví la mirada y supe que aquel nombre no estaba loco. Era un excéntrico, probablemente estuviese equivocado, pero era una per­sona cuerda. Y de pronto me alegré de estar allí.

—¿Qué día es hoy? —preguntó.

—Jueves.

—¿Qué fecha?

—Veintiséis, ¿no?

—Dígamelo usted.

—Veintiséis.

—¿De qué mes?

—De noviembre.

—¿Y el año?

Se lo dije. Esbozó una sonrisa e inquirió:

—¿Cómo lo sabe?

Mientras esperaba a que en mi mente se formara una respuesta, observé la cabeza calva y el rostro de expresión resuelta de Danziger. Luego me encogí de hombros.

—No sé qué quiere que le diga.

—Entonces contestaré por usted. Usted conoce el año, el día y el mes por un millón de razones, tal como suena... Porque la manta bajo la cual ha despertado esta mañana era, al menos en parte, sin­tética; porque probablemente en su casa haya una caja con un inte­rruptor; porque si pulsa el interruptor, en la pantalla de cristal de esa caja surgirán rostros de seres humanos vivientes que le explicarán una sarta de tonterías; porque unas luces rojas y verdes le indi­caban que podía usted cruzar la calle al venir aquí esta mañana; y porque las suelas de los zapatos con que camina son de un material sintético que dura más que el cuero.

»Porque el coche de bomberos que pasó por su lado hacía sonar una sirena en vez de una campana; porque los adolescentes que ha visto iban vestidos de una determinada manera, y porque el negro con que se ha cruzado lo ha mirado cautelosamente, lo mismo que usted a él, y ambos han intentado disimularlo. Porque la portada del Times era como era esta mañana, y nunca más volve­rá a serlo, como nunca lo había sido antes. Y porque millones y millones de hechos como éstos lo colocarán ante esta certeza durante lo que queda del día.

»La mayor parte de estos hechos sólo es posible en este siglo, y muchos sólo en la última parte. Algunos incluso en esta década, otros únicamente este año, otros este mes, y sólo unos pocos en este día en concreto. Simón, está usted literalmente rodeado por innumerables hechos que lo mantienen atado a este siglo, año, mes, día y momento, a través de miles de millones de hilos invisibles. —Cogió el tenedor para cortar su tarta, pero en cambio lo levantó y con el mango se golpeó la frente—. Pero aquí dentro hay más millones de esos hilos invisibles... Su conocimiento, por ejemplo, de quién es el presidente de la nación en estos momentos, de que Frank Sinatra ya podría ser abuelo, de que el búfalo ya no pasta por las praderas, y de que el kaiser Guillermo ya no constituye una amenaza. Que nuestras monedas no se hacen de plata sino de cobre. Que Ernest Hemingway está muerto. Que ahora todo se hace de plástico, y que la vida no es mucho mejor con coca cola... La lista sería interminable. Pues bien, todo ello forma parte de su conciencia y de la conciencia colectiva. Todo eso lo mantiene atado, lo mismo que a los demás, al día y al momento precisos en que esta lista, y sólo esta lista, es posible. Nunca escapará de este hecho, y voy a demostrarle por qué... —Estrujó su servilleta y la depositó en el borde del plato—. ¿Ha terminado ya? ¿Desea tomar otra cosa?

—No, con esto ya es suficiente. Gracias.

—Un almuerzo bastante frugal, aunque sano. O al menos eso dicen. Subamos a la azotea. Tomaré la tarta por el camino.

Recorrimos un corto pasillo y subimos por unas escaleras de incendios cubiertas, con peldaños de cemento, que conducían a la azotea. Una vez allí, comprobé que había dejado de llover y el cielo volvía a estar despejado, excepto por unas nubes en el horizonte. Unos chicos y chicas se hallaban sentados en unas tumbonas de lona, con la cara dirigida hacia el sol. Al oír nuestros pasos sobre la grava, se volvieron y nos saludaron. Danziger sonrió y les devolvió el saludo con la mano. La azotea era un enorme cuadrado del tama­ño de una manzana cubierto de alquitrán y gravilla, bastante co­rriente, salvo por las numerosas claraboyas nuevas y el bosque de chimeneas y respiraderos. Agachándonos para pasar por debajo de los cables que sujetaban las chimeneas más altas, y sorteando al­gún que otro charco, llegamos a una zona umbrosa en torno a la ba­se de la torre del depósito de agua. Allí, Danziger dio un bocado a su tarta y yo me dediqué a mirar alrededor.

A lo lejos, hacia el sur y el este, descubrí la mole del edificio de la Pan Am, cuya sombra se proyectaba sobre la estación Grand Central. Más allá divisé la punta grisácea del edificio Chrysler, y a la derecha de éste, más al sur, el Empire State. Después de esto sólo había un muro de niebla teñida de amarillo por el humo de las fábri­cas. Hacia el oeste, a unas manzanas de distancia, el río Hudson parecía la cloaca gris oscuro que realmente era. En la otra orilla se elevaban los acantilados de New Jersey. Hacia el este, asomando entre los altos edificios, divisé un fragmento de Central Park.

Danziger señaló con su tenedor hacia el invisible horizonte y preguntó:

—¿Qué hay allí? ¿Nueva York? ¿Y el mundo que hay más allá? Sí, podría asegurarlo, desde luego. El Nueva York y el mundo de este momento. Pero también podría decir que allí está el 26 de no­viembre. Allí está el día de hoy, repleto de hechos ineludibles que lo conforman. Lo más probable es que mañana sea un día casi idén­tico, pero no del todo. En algunos hogares habrá cosas que se habrán gastado, que hoy habrán sido utilizadas por última vez. Un plato antiguo se habrá roto, un par de cabellos habrán salido grises de la raíz, los primeros brotes de una nueva enfermedad harán su aparición... Algunas personas que hoy viven habrán muerto. Al­gunos edificios desperdigados estarán más cerca de su conclusión, o de su destrucción. Y lo que habrá allí, igualmente ineludibles, serán un Nueva York y un mundo ligeramente distintos, y, por lo tanto, un día también distinto. —Se dirigió hacia un extremo de la azotea, al tiempo que daba otro bocado a su tarta—. No está nada mal este pastel; debería haberlo probado... Hice todo lo posi­ble para conseguir un buen cocinero.

Se estaba bien allí arriba. Mientras paseábamos, el sol que se reflejaba en el suelo resultaba agradable en la cara. Nos detuvimos al borde de la azotea y nos apoyamos en el parapeto que constituía una extensión de la pared del edificio. Una vez más, Danziger seña­ló hacia la ciudad.

—El grado del cambio diario suele ser demasiado leve para per­cibir una gran diferencia. Sin embargo, estos pequeños cambios diarios nos han traído de una época en la que, en vez de semáforos y ululantes coches de bomberos, había granjas, árboles y arroyos; vacas paciendo, hombres tocados con tricornio y veleros británicos anclados en un East River de aguas transparentes y a la sombra de los árboles. Todo esto estuvo antes allí, Si... ¿Puede usted verlo?

Lo intenté. Dirigí la vista hacia los miles de ventanales de las tiznadas fachadas de centenares de edificios, y la bajé hacia las calles, donde los techos de los automóviles formaban una masa casi compacta. Intenté transformar todo aquello en una escena rural; imaginé allí a un hombre con hebillas en los zapatos y una peluca blanca con coleta caminando por una polvorienta carretera comar­cal. Me fue imposible.

—No puede, ¿verdad? Por supuesto que no. Consigue ver lo de ayer, ya que la mayor parte de ello aún se conserva. Hay muchas cosas del 61, o del 62, incluso del 58... Hasta queda bastante de 1900. Pero a pesar de todas estas idénticas cajas de cristal o de monstruosidades como el edificio de la Pan Am y otros crímenes contra la gente y la naturaleza —agitó la mano ante su cara, como si así las borrara de la vista—, todavía hay fragmentos de épocas anteriores. Edificaciones aisladas. A veces, algunas de ellas juntas. Y, en cuanto se abandona el centro de la ciudad, hay manzanas enteras que llevan igual desde hace cincuenta, setenta e incluso ochenta o noventa años. Existen sitios dispersos que tienen un siglo o incluso más de antigüedad, pero muy pocos que fueran realmen­te testigos de la presencia de Washington.

Rube estaba allí ahora, aguardando respetuosamente a unos pasos de distancia, con un sombrero de fieltro y un abrigo ligero.

—Estos sitios, Si —prosiguió Danziger, y una vez más abarcó el horizonte con un ademán—, son fragmentos que aún se conser­van de días que una vez transcurrieron y que son tan reales como el día de hoy. Fragmentos que todavía sobreviven de una clara mañana primaveral de 1871, una tarde gris del invierno de 1840, un amanecer lluvioso de 1793. —Observó a Rube con el rabillo del ojo, luego se volvió hacia mí—. En mi opinión, es casi un milagro que uno de estos edificios haya sobrevivido. ¿Ha visitado alguna vez el Dakota?

—¿El qué?

Danziger sacudió la cabeza.

—Si alguna vez lo hubiese visitado, recordaría ese nombre. ¡Rube!

Rube se acercó al instante, como un teniente atento a los reque­rimientos del coronel.

—Enséñale a Si el Dakota, ¿quieres?

Rube y yo abandonamos el almacén y caminamos hacia el este, en dirección a Central Park. Yo había recogido mi sombrero y mi abrigo en el pequeño despacho de la planta baja. Ya en el parque, entramos por West Drive, que es la vía que corre paralela a los lími­tes del parque por el interior, y avanzamos a la sombra de los árbo­les. Algunos todavía conservaban las hojas, limpias y verdes des­pués de la lluvia de la mañana.

—Este parque también es algo así como un milagro de supervi­vencia —comentó Rube, mirando alrededor—. Justo aquí, en lo que sin duda es la ciudad más cambiante del mundo, hay, no sólo unas hectáreas, sino varios kilómetros cuadrados de terreno que se han conservado prácticamente sin modificación alguna durante décadas. Basta con colocar un plano de comienzos de 1880 junto a uno actual, de 1970, y verás que en ambos aparecen los antiguos nombres y emplazamientos: el embalse, el lago, North Meadow, el Green, el estanque, la laguna de Harlem, el obelisco... Hemos fotocopiado algunos de los antiguos planos exactamente a la misma escala que uno moderno, seguidamente los hemos superpuesto a dos placas de cristal y a continuación hemos proyectado un poten­te foco al trasluz. Considerando los pequeños errores de los cartó­grafos, ambos han coincidido: los tamaños y las formas de todo cuanto hay en el parque han permanecido invariables a lo largo de los años... Simón, esta misma curva del camino, y casi todas las carreteras o incluso los senderos, permanecen inalterables.

No lo ponía en duda. A nuestra izquierda, el murete que limi­taba el parque no estaba hecho de cemento rápido sino de piedras cuidadosamente ensambladas, y el aspecto general del parque, con sus puentes e incluso sus árboles, era de algo antiguo.

—Los detalles han cambiado, por supuesto —prosiguió Rube—. El tipo de bancos, las papeleras, los letreros de señalización, el piso de los caminos y los senderos. Pero las antiguas fotografías demuestran que, a excepción de los automóviles en las calzadas, no se ve diferencia alguna cuando se mira, pongamos por caso, desde una altura de seis o siete pisos.

Rube debía de haber cronometrado lo que estaba diciendo, o quizá se debiera a su experiencia con anteriores candidatos, porque en el instante en que pasábamos bajo el último árbol del paseo, allí donde la curva giraba para salir de West Drive, a la altura de la sali­da del parque por la calle Setenta y dos, levantó el brazo y señaló hacia delante.

—Desde uno de los pisos superiores de ese edificio, por ejem­plo —dijo al salir de la sombra del árbol.

Entonces lo vi, y me detuve bruscamente.

Al otro lado de la calle, justo frente al parque, se levantaba un edificio alto, del ancho de una manzana, y completamente distinto de cualquiera de los que yo había visto en Nueva York. Bastaba echarle un vistazo para saber que se trataba de lo que Danziger había dicho: un espléndido superviviente del pasado. Más tarde regresé allí —después de una tormenta de nieve, como pueden comprobar— y saqué fotos del edificio; todo un carrete. El porte­ro incluso me permitió subir a la azotea. La imagen que aparece en la parte superior de la página siguiente, la tomé desde el lugar en que Rube y yo nos detuvimos. El edificio que allí se veía era de ladrillo amarillo claro, bellamente ribeteado con piedra color cho­colate, y, tal como muestra una fotografía posterior, cada una de sus ocho plantas poseía el doble de altura que cualquier piso moderno de los edificios contiguos.



La casa constituía una visión espléndida, y la azotea llamó mi atención casi de inmediato. Allí arriba era como una ciudad en miniatura, con aguilones, torrecillas, pirámides, torres y picos. Desde el nivel de la azotea hasta el pico más alto habría unos doce metros de altitud, y múltiples superficies inclinadas cubiertas de pizarra, guarnecidas con placas de cobre envejecido por el tiem­po, salpicadas de innumerables ventanas, tanto abuhardilladas co­mo a ras, c



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