Ahora y siempre



Descargar 1.71 Mb.
Página14/33
Fecha de conversión05.02.2018
Tamaño1.71 Mb.
Vistas1066
Descargas0
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   33

Me aparté de la ventana, me quité la chaqueta, me acerqué a la cómoda, vertí un poco de agua del jarro en la jofaina y me lavé. Seguidamente me puse una camisa limpia, la corbata, me peiné y con paso rápido me dirigí hacia la puerta, el pasillo, la casa y su gente.

Un joven delgado que iba en mangas de camisa que acababa de salir del cuarto de baño se acercaba por el pasillo llevando una palangana con agua. Tenía el cabello negro, peinado con la raya a un lado, y bigotes de color castaño oscuro, a lo Fu Manchú. Nada más verme, sonrió.

—Tú debes de ser el nuevo pensionista —dijo. Se detuvo a mi lado y con la barbilla señaló la palangana—. No puedo estrecharte la mano, pero permíteme que me presente. Soy Félix Grier y hoy cumplo veintiún años.



Lo felicité, le dije mi nombre y él insistió en que fuera a su habi­tación y viese la nueva cámara fotográfica que sus padres le habían enviado por su cumpleaños. La había recibido el día anterior y, gra­cias a un foco de pie que me enseñó —un tubo sujeto horizontalmente sobre un soporte, con unos doce agujeros para dar salida a las llamas de gas, frente a un fondo reflectante—, había tomado fotos de todos lo que vivían en la casa, así como de algunas habitaciones a la luz del día. Él mismo revelaba sus propias fotografías y hacía copias: había una docena de ellas colgando de una cuerda para secarse, como si fuera la colada. Vi que las había revelado formando círculos, rectángulos, óvalos, y de muchas otras formas, y que se lo pasaba estupendamente. Examiné con atención su cámara, un apa­rato enorme que, al sopesarlo y examinarlo, juzgué debía de pesar de tres kilos a tres kilos y medio. Estaba maravillosamente hecha toda en madera barnizada, latón, cristal y cuero rojo. Se lo comenté, y añadí también que yo era muy aficionado a la fotografía. Entonces se ofreció a prestármela alguna vez, y con­testé que tal vez le tomara la palabra. Luego me hizo posar y me sacó una foto —una exposi­ción más breve que la que yo hubiese elegido, aunque sólo por unos segundos—, además de prometer que me regalaría toda una colección. Yo no sentía especial interés por aquellas fotos en ese momento, pero más tarde me alegré de tenerlas. Dejé a Félix lavando sus copias, y aquella noche, al regresar a mi habitación, me encontré con que había desliza­do una serie completa por debajo de la puerta: el retrato de todos, incluido el mío, así como varias imágenes de la casa.

La de arriba es una de las fotos, correspondiente al propio Félix. El parecido es bastante bueno, aunque se lo ve más serio que cuando lo conocí, ya que siempre que hablé con él sonreía y se mostra­ba muy bullicioso. Y, puesto que estoy en ello, in­cluyo mi retrato. No estoy muy seguro de si la similitud es excelente, pero creo que, en líneas generales, soy así, incluida la barba. Nunca he dicho que fuera un hombre guapo...



Dejé a Félix y bajé por las escaleras hasta el gran salón delantero que daba al recibi­dor. Detrás de las ventanillas de mica de una enorme estufa negra con niquelados, que se apoyaba contra una placa de metal adosada a la pared, había un fuego encendido. Al lado de la estufa, sobrepasando en unos treinta centímetros su altura, había una armadura niquelada, a la que me acerqué para exami­narla. Cuando tendí la mano hacia ella, la retiré rápidamen­te: ardía. Al otro lado de un par de puertas corredizas oí un tintineo de platos y cubiertos y un murmullo de voces. Una era la de Julia, de eso esta­ba seguro, pero la otra pertene­cía a una mujer mayor. Supuse que estarían poniendo la mesa, de modo que tosí.

Las puertas se abrieron y Julia entró en el salón. Llevaba un vestido de lana marrón, con el cuello y los puños blancos, distinto del que lucía cuando Félix la fotografió. Éste es el retrato de ella, y esa noche lle­vaba el mismo peinado que se aprecia en la imagen: arreglado de manera suelta, cubriéndole la parte superior de las orejas y sujeto con un moño. Detrás de ella vi una mesa ovalada a medio preparar, y luego advertí que una mujer de mediana edad entraba.

La de abajo es la fotografía que Félix le había hecho. Es verdaderamente excelen­te, pues supo captar su aspecto.



—Tía Ada —dijo Julia—, te pre­sento a Simón Morley, que ha llega­do sin referencias y sin mucho equipaje. Pero con mucha blabia, con la que sin duda se muestra muy generoso... Señor Morley, le presento a la señora Huff.

Yo ignoraba cuál era el signi­ficado de la palabra «blabia», pero más tarde me enteré de que era una mezcla de «Bla, Bla, Bla» y «labia», es decir, que tenía un exceso de ver­bosidad persuasiva y halago, o de am­bas cosas a la vez. La tía de Julia sonrió ante este comentario y me saludó con una auténtica reverencia, algo que yo nunca había visto.

—¿Cómo está usted, señor Morley?

Creí que lo más natural era responder también con una reve­rencia, como si siempre lo hubiera hecho.

—¿Qué tal, señora Huff? La señorita Julia no me da otra alter­nativa que contestar que me siento dichoso de estar aquí. Este salón es verdaderamente encantador. —Al escuchar mis propias palabras, tuve que hacer un esfuerzo para no echarme a reír.

—¿Me permite que se lo enseñe? —Tía Ada me señaló la estan­cia y yo miré alrededor con auténtico interés. Al comienzo de la página siguiente está la foto que Félix tomó de un rincón del salón con la cámara que le habían rega­lado; no podía abarcar toda la estancia, ni mucho menos.

Las paredes estaban empapeladas y el suelo cubierto de alfom­bras, y en las ventanas, además de los visillos de encaje, había grue­sas cortinas de terciopelo color púrpura ribeteadas con orlas. Había dos enormes canapés de brocado, dos mecedoras de madera y cuero negro, tres sillones tapizados, un escritorio y cuadros con marcos dorados en las paredes.

Pero tía Ada se dirigió hacia una vitrina rinconera, y yo la seguí.

—Éstas son algunas de las cosas que el señor Huff y yo traji­mos a casa de nuestro viaje por Europa y Tierra Santa —indicó—. Este frasco contiene agua del río Jordán. Y eso son trocitos de már­mol que recogimos del Foro.



Me proporcionó una breve explicación de todo cuanto había en los estantes: un diminuto abanico procedente de Francia, recuerdo de la Revolución; una pequeña zapatilla dorada en cuyo interior había un cojincillo de terciopelo para clavar las agujas, que habían comprado en Bélgica; una concha que su marido —«mi difunto esposo»— había recogido en una playa de veraneo inglesa donde se habían hospedado. Y concluyó con una joya de su colec­ción: una margarita, a
marilla y prensada, procedente de la tumba de Shelley.

El joven Félix bajó saltando por las escaleras y entró en el salón. Se había puesto un cuello limpio y corbata, además de un chaleco, la cadena de oro del reloj, una chaqueta corta y pantalones a cua­dros blancos y negros.

Al apercibirse de que la tía Ada me estaba hablando de su viaje, me miró y guiñó un ojo. Luego se sentó junto a una de las venta­nas que daban a la calle y empezó a leer el periódico que había traí­do consigo: el New York Express. Julia había regresado al comedor para poner la mesa, y tía Ada y yo nos trasladamos a la repisa de la chimenea, de mármol blanco, y a la hilera de felicitaciones navide­ñas que había en ella. En unas tarjetas tan lustrosas que parecían barnizadas, había angelitos con cara de niña pequeña, de cabellos ensortijados y desparramando flores; algún que otro Papa Noel con la característica capucha y una especie de hábito rojo y blanco que le llegaba hasta los pies. Había otras humorísticas, como, por ejemplo, una en que se veía una cena de Navidad donde una fami­lia se peleaba lanzándose platos y vasos. Pero las que más me impresionaron fueron las tarjetas de los temas de «aflicción», según las calificó la mujer. En una, una niña sollozaba en medio de una tormenta espantosa; en otra se veían las huellas de una criatura sobre la nieve, que finalizaban en la orilla de un río; otra mostraba un pájaro muerto, apuntando con las rígidas patas al cielo, y en cuyo epígrafe rezaba: «¡Oíd!, ¡oíd!, canta la alondra en el umbral del Paraíso.» No supe cómo reaccionar ante aquello, pero tía Ada me dio una pista al comentar:

—Son absurdas, por supuesto. Ridículas. —Esbozó una sonri­sa, y concluyó—: Pero están de moda.



En ese momento bajó un hombre de unos treinta y cinco años, y tía Ada nos presentó. Ésta es la foto que Félix le hizo. Se trataba de un hombre alto y delgado llamado Byron Keats Doverman, y lucía un bigote las puntas del cual le colgaban, hirsutas, de la mandíbula, como si de una explosión de las patillas se tratase. Su cabello era tupido, ondulado y de un color castaño rojizo. Tomó asiento, felicitó a Grier por su cumpleaños, le pidió prestada una parte del periódico y no hizo caso de nuestro paseo turístico, que la tía Ada y yo reanudamos. Examiné y admiré un caballete de bambú sobre el cual había un cuadro enmarcado representando un surtido de frutas y un conejo muerto. Tía Ada me guió hasta una mesita sobre la cual había unas figuritas de porcelana, luego se quedó esperando, con las manos modosa­mente juntas, mientras yo me inclinaba para examinar una fotografía grande, en color sepia, que estaba apoyada contra un jarrón lleno de brotes de espadaña.

Era un retrato de cuerpo entero de una mujer que vestía mallas, con un sombrero de fieltro que terminaba en pico y del cual salía una larga pluma. Tenía el codo apoyado sobre una columna de mármol y la barbilla en la mano, y estaba de perfil, mirando el vacío. El epígrafe, con letras doradas, ponía: «The Jersey Lily», y en la esquina opuesta leí lo que, supuse, debía de ser el nombre del fotógrafo: Sarony.




Compartir con tus amigos:
1   ...   10   11   12   13   14   15   16   17   ...   33


La base de datos está protegida por derechos de autor ©psicolog.org 2019
enviar mensaje

enter | registro
    Página principal


subir archivos