Adios al coronel



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DE LA CRISIS ARGENTINA

A UN FRENTE PATRIOTICO

La decisión de las Fuerzas Armadas de suprimir por decreto la actividad de los partidos no supone ni podrìa suponer la prohibición de la reflexiòn polìtica sobre los dramàticos problemas nacionales.

Si acertamos en el diagnòstico, habremos dado un paso hacia la elecciòn de los remedios adecuados. La respuesta màs trivial, a nuestro juicio, serìa la de responsabilizar al poder militar del actual estado de cosas, o transferir la culpa de la banarrota a los gobiernos del General Peròn, de la señora Isabel Peròn o, màs lejos todavía, a los gobiernos militares anteriores. Del mismo modo, señalar a Martìnez de Hoz y su grupo de comerciantes en dinero como autores del descalabro, es una tentaciòn a la que resulta difícil sustraerse.

Se tratarìa en tales casos de culpas personales o de grupo, de desgracias caìdas del cielo, de errores de tal o cual gobierno, o como algunos dicen, de que los civiles son dèbiles y corrompidos y los militares soberbios e ignorantes. Basta recordar a un eminente civil, dos veces presidente de la Repùblica, como el Dr. Yrigoyen, o a un gran militar y estadista como el General Peròn, para admitir que civilismo o militarismo nada tienen que aportar al debate. Las causas de la crisis son màs hondas pero no son misteriosas o difíciles de descubrir. Nos hemos propuesto plantear sus tèrminos en el presente documento que sometemos a la crìtica de las fuerzas nacionales y de las personalidades independientes que puedan y deseen abrir un debate para reencontrar el rumbo perdido mediante la constitución de un gran Frente Patriòtico.

Fundamos esta propuesta en la convicción de que la difícil situación econòmica, polìtica y social de la Argentina es el resultado presente de un proceso iniciado hace mucho tiempo y que puede describirse como la ruptura de Europa con la vieja factoría pampeana. Hablando en general, esa vinculaciòn con el mundo externo permitiò en los ùltimos cien años, desde Roca a Isabel Peròn, construir el Estado argentino moderno. Pero eso ya es cosa del pasado. El proteccionismo del Mercado Comùn Europeo, verdadera fortaleza inexpugnable, ha expulsado literalmente a la Argentina de Europa, nuestro tradicional continente comprador y vendedor, nuestra “vieja amiga”. A lo dicho se añade que la irrupción de EE.UU., elevò los rindes agrícolas a tales niveles òptimos en comparación con la producción y productividad de la Argentina que ha concluido con nuestra jactanciosa condiciòn de “granero del mundo.”

Pues nuestro paìs no ha seguido de cerca esos saltos hacia la tècnica agropecuaria. Por el contrario, ha permanecido cristalizado en el atraso. En otras palabras, la fertilidad natural de la gran pradera, que permitìa competir ventajosamente en el pasado, ha sido sobrepasada por la inversiòn tecnològica gigantesca realizada por las grandes potencias. Al prescindir de nosotros y de nuestros productos, europeos y norteamericanos se abroquelan detràs de un rìgido proteccionismo, industrial y agrario. Nos encontramos al cabo de un siglo, en fin, con la desaparición de aquellos lazos anglo-argentinos que permitieron un gran desarrollo de la economía de los puertos y praderas contiguas. Sostenida por esa estructura, la Argentina creò una sociedad, un tipo especial de clase media, un règimen de partidos polìticos, una conducta de consumo europeizante, una industria liviana y hasta una literatura anglòfila.

Pero tales instituciones, hàbitos y formas de vidas se fundaron en las exportaciones agrarias a Europa y su contrapartida comercial. Ahora bien, la fuerza motriz de tal crecimiento y tal sociedad ha desaparecido. La Argentina se encuentra de alguna manera en alta mar y sin rumbo. Si en la primera etapa importaba productos industriales para nuestro mercado interno, en la època de Peròn se empleaban las divisas para impulsar la industria liviana y hasta se comenzò a construir la industria pesada con el plan del General Savio. Pero ese delicado mecanismo ha estallado, por las razones brevemente señaladas.

La Argentina ya no puede ligar su destino a una Europa que la rechaza. Pero tampoco puede proyectar con EE.UU. relaciones estables, pues las economìas de ambos paìses son competitivas y no complementarias, razòn por la cual la Argentina en su comercio con EE.UU. ha sido siempre compradora y deudora y jamàs vendedora y acreedora.

La desaparición de Europa de nuestro horizonte històrico, en resumen, es un hecho de tal trascendencia, que nos costarà un gran esfuerzo adaptarnos a la idea de que una nueva època se abre para nosotros. Desde la terminaciòn de las guerras de la Independencia y el comienzo de las exportaciones en 1880, el paìs volviò sus espaldas a Amèrica Latina, se encogiò de hombros ante su drama y su desesperante pobreza y encontrò sumamente confortable la idea porteña y litoraleña que èramos al fin y al cabo europeos (y blancos puros, lo que estaba por verse). Sin embargo, para una parte de la Argentina, esa idea no era insensata. Se fundaba en hechos sòlidos. Al establecerse una complementaciòn entre la Argentina y Europa, el paìs se viò favorecido, por lo menos en sus clases altas, los estratos medios de origen inmigratorio y una parte de su incipiente clase obrera industrial, por el desarrollo de las grandes ciudades, transportes y comunicaciones, puertos, escuelas y teatros. Saltaba a la vista la tajante diferencia entre la Argentina y sus hermanas harapientas de la Amèrica Latina.

Esa parte decisiva de la sociedad argentina se habìa articulado y complementado con Europa tan profundamente que una reciente investigación revela ¡todavía! Su incomprensión y hostilidad hacia la creación del mercado comùn latinoamericano.

Segùn un estudio realizado en 1974 por un investigador de la Fundaciòn Bariloche1 el 86 por ciento de los jefes militares consultados en la encuesta se oponìan a la unidad y al mercado comùn latinoamericano; el 67 por ciento de los dirigentes polìticos, asimismo, se mostraron hostiles a ese objetivo y análogamente el 64 por ciento de los empresarios (nacionales y libreempresistas). Los asombrosos resultados de esta encuesta, revelaban por el contrario, que el 62 por ciento de los dirigentes sindicales y el 50 por ciento de los altos funcionarios del Estado eran partidarios del mercado comùn en Amèrica Latina. Estas cifras arrojan una viva luz sobre la sociedad argentina, màs allà de la fraseología “Sanmartiniana” de muchos que se oponen en los hechos a las ideas de San Martín.

Estàbamos a mitad de camino entre la atrasada Amèrica Latina y la avanzada Europa, aunque se creìa que, de todos modos, estàbamos mucho màs cerca de esta ùltima. Es que, en realidad, nos encotramos todavía a mitad de camino entre una economía industrial autònoma y el atraso del latifundismo agrario, la intermediación colonial y una verdadera conciencia de nuestro destino històrico. Es cierto que nunca llegamos a ser una colonia, como algunos de los infortunados Estados Latinoamericanos. Nos conformamos con ser una semi-colonia, de algún modo pròspera. En raros momentos de esa historia, con el triunfo del yrigoyenismo y del peronismo, nos manejamos con independencia polìtica. Pero aùn durante la gestión de los gobiernos peronistas, resueltamente partidarios de la industrialización, el fundamento de ese impulso protector de la industria nacional reposaba en las exportaciones agrarias a Europa y no en el aumento, diversificación y transformación de las materias primas agrarias, proceso al que se oponìa con el poder colosal de su inercia el latifundismo improductivo en manos de una oligarquía ociosa. Por esa resistencia oligàrquica resultò imposible a Peròn aumentar la producción y tecnificar el campo. Los ganaderos compraban tractores para aprovechar las exenciones impositivas y los metìan en los galpones, donde envejecìan sin usarse.

Jamàs pudo llevarse a cabo el proyecto de una gigantesca planta de Productos quìmicos para el campo, nacido en YPF y Fabricaciones Militares y ahogado en el Banco de la Naciòn, destinado a fertilizar y proteger la sanidad vegetal a bajo costo, para equiparar los rindes agrícolas a los de Europa y EE.UU. Se perdieron los viejos mercados mientras la población argentina crecìa y la producción agraria permanecìa congelada en las cifras de 1929. Identico proceso se verificaba en la hermana Repùblica del Uruguay, con resultados anàlogos. No sòlo nos distanciàbamos de los niveles de vida europeos, sino que disminuìa en tèrminos absolutos y relativos nuestra importancia econòmica frente a Mèxico, Venezuela y Brasil. La orgullosa Argentina del Centenario se hundìa ràpidamente en el abismo negro de una crisis sin retorno.

¿Còmo asombrarse entonces de los golpes militares y del terrorismo, de la desesperanza y la emigración tècnica, de la inestabilidad polìtica y de la perplejidad general? Al perder su horizonte, un sector de las clases medias, que de algún modo habìa gozado de los privilegios relativos a esos vìnculos con Europa, advirtió presa de espanto que sus hijos derivaban hacia el terrorismo, conmovidos y perturbados por la decadencia paulatina del paìs y el empobrecimiento incesante. Bajo la forma de una especie de demencia social, el terror cubre de sangre los ùltimos años de la vida nacional. Y cuando hay terror, siempre el contraterror emplea los mismos medios de aquellos y los multiplica. Toda la sociedad argentina, de ese modo, se enferma de miedo. Miseria creciente, terrorismo ciego, caìda de los gobiernos populares, destrucción del salario del obrero, escepticismo generalizado, eclipse de las ideas nacionales y, finalmente, como tiro de gracia, la irrupción de una àvida camarilla de banqueros y terratenientes succionan la savia vital del paìs. Esta camarilla de financieros y especuladores ha instrumentado a las Fuerzas Armadas para realizar una polìtica exactamente opuesta al propio interès profesional y patriòtico de esas Fuerzas Armadas. A estas ùltimas les aguarda un amargo desengaño.

Pues como corolario de esta crisis que arranca de un lado del quebrantamiento de nuestros lazos con Europa y, del otro, de la inercia oligàrquica para aumentar la producción, viene a añadirse la descarada polìtica de Martìnez de Hoz y de gran parte de la prensa contra el papel rector del Estado en la economía argentina. El eje de la propaganda y acciòn de Martìnez de Hoz reposa en tres pilares:

a) desacreditar el papel del Estado.

b) bajar el nivel de vida de los asalariados y dividir el movimiento obrero.

c) arruinar a los empresarios nacionales.

Sin embargo, resulta evidente que esa interesada campaña al servicio del interès extranjero, dirigida desde el Ministerio de Economía, carece de toda consistencia que no sea el cinismo, que en ciertos personajes es lo ùnico consistente. El Estado Nacional es el principal y frecuentemente el ùnico sector productivo en un paìs semicolonial o relativamente atrasado. En nuestro paìs (igual que en Mèxico, por ejemplo) es el que ha creado las industrias bàsicas y las administra con eficacia (Fabricaciones Militares, la Armada y la Aeronàutica argentina). Se trata del ùnico factor poderoso en un paìs cuya clase empresaria nacional es demasiado dèbil para enfrentar al capital extranjero subordinàndose a èl. Un sector de los empresarios demostrò en la època de Gelbard que màs le interesaban sus negocios personales que el interès nacional y probò, de alguna manera, que el calumniado Estado Nacional, con sus funcionarios permanentes, es el ùnico capaz de restablecer el equilibrio de la economía argentina frente al gigantesco poder mundial de los grandes Estados y sus multinacionales. Es cierto que dentro del aparato del Estado y sus empresas nacionalizadas existen numerosos agentes de grupos privados que sabotean su funcionamiento. Esto es asì por razones històricas que omitiremos aquì en detalle y que son bien conocidas. Baste recordar el espionaje industrial en el mundo moderno, las intrigas de la CIA, la corrupción de las multinacionales para obtener contratos, la actividad criminal de los monopolios petroleros, a fin de comprender que fuerzas se ocultan detràs de la campaña actual contra el Estado argentino, conducida desde el mismo estado y entender tambièn algunas de las causas que provocan defectos en su funcionamiento. Suponer que la CIA, la Standard Oil y otras empresas internacionales actùan delictuosamente en el mundo entero menos en la Argentina, es creer que los niños vienen de Parìs en el pico de una cigüeña.

Es preciso ratificar categóricamente que todo lo importante y productivo que existe en la Argentina lo ha creado el Estado o la iniciativa argentina, desde el primer ferrocarril que funcionò con ganancia, como el Oeste, hasta la siderurgia, el gas, la moderna red telefònica, la flota mercante, la aviación comercial, la producción de petróleo y carbòn, los astilleros navales, los diques y represas, etc. Si los ferrocarriles argentinos adolecen de déficit, es preciso recordar que constituye la pesada herencia inglesa, cuyos dueños habìan dejado de reinvertir en la red ferroviaria muchos años antes de que fuera nacionalizada.

Los enemigos del pueblo argentino, sin embargo, han desatado una ofensiva impùdica contra el Estado. Esto no significa que no sea una necesidad urgente reordenar su estructura y racionalizar y agilizar su marcha, mediante la introducción de la computación en todo su sistema global de diligenciamiento, a fin de disponer de mano de obra calificada para transferirla a otras esferas de la vida nacional. En definitiva, el Estado es la principal palanca de crecimiento de la economía argentina. De ahì la importancia de reafirmar, frente al silencio o al meditado olvido de muchos, la vigencia de la ùnica Constitución legìtima vigente, votada por el pueblo argentino, que confiere al Estado un rol preeminente. Se trata de la Constitución de 1949, cuyos redactores recibieron mandato para declarar inalienables e imprescriptibles los derechos de la Naciòn sobre las riquezas del subsuelo. Olvidar la Constitución de 1949 es como olvidar el 9 de julio de 1816 o el 17 de octubre de 1945: son fechas desnudas de toda retòrica. Brillan en ellas los jalones de conquistas esenciales que el pueblo argentino debe defender. Son ejemplares y preparan a nuevas hazañas en el largo camino hacia un paìs soberano y civilizado.

Pero ninguna constitución bastarìa, por buena que fuese, para que la Argentina reemprenda su marcha si no adquirimos la conciencia profunda de que romper con Europa, que nos ha cerrado sus puertas para siempre, nos obliga a volver a nuestros orìgenes. Ahora debemos recorrer de nuevo el camino de San Martín, Artigas y Bolívar. Dicho de otro modo, el destino latinoamericano de la Argentina està a la vista. Hemos dejado de ser, por fin, y bajo la fuerza de los hechos, una provincia europea, rica, despreocupada y frìvola. La historia presente nos incita y nos obliga a librar con los Estados de la Amèrica Latina una nueva campaña de emancipación, esta vez econòmica, cultural y polìtica.

Hemos perdido los privilegios de la pampa hùmeda. El gran sistema del puerto de Buenos Aires ya no interesa a Europa. Sòlo atrae a unos pocos europeos, “financistas de aventura”, amigos de Martìnez de Hoz, que pescan a rìo revuelto y que mañana gozaràn su largo invierno en las playas de las Bahamas, donde no hay extradición.

Los ingleses ya producen su propia carne. Nos dejaron los Shorton, los Hereford, los Aberdeen Angus, cuyas carnes gordas ni ellos mismos, ni el mundo desean. ¿Quién puede soñar hoy con el mercado de Smithfield? Tal sueño es, de alguna manera, arcaico como Borges, el ùltimo inglès del Plata, cuyas torpezas seniles contra los hijos del pueblo resultan tan exòticas hoy como el desaparecido mercado britànico. Al dejar de existir el núcleo motor del crecimiento argentino, que fue en el pasado la relaciòn con Europa, la Argentina se encuentra ante un solo camino. Es el de recrear su economía, sus mercados y sus vìnculos con la Patria Grande. Ya no se trata de expresar una nostalgia por San Martín o los planes bolivarianos en el Congreso de Panamà. Esta perspectiva, fundada en los hechos, es la respuesta lògica que debemos formular ante el proteccionismo del Mercado Comùn Europeo y de EE.UU. (ejemplo obvio, pues si los fuertes protegen su mercado interno, con mucha màs razòn deben hacerlo los dèbiles). Esta incorporación de la Argentina a la economía de la Amèrica Latina implica, del mismo modo, que es preciso rechazar las pèrdidas generadas por el intercambio desigual, caracterìsticas de las transacciones entre los paìses de producción primaria y los paìses imperialistas o avanzados. Hay que luchar para evitar el drenaje del trabajo argentino en los intercambios con los paìses centrales. De ahì la importancia de ingresar al Pacto Andino, de poner tèrmino al conflicto con Chile y negociar una uniòn ganadera, de impulsar anàloga polìtica con el Uruguay, ademàs de construir el Salto Grande, de canalizar el Bermejo y colaborar con la explotaciòn del Mutùn enlazàndonos fraternalmente con Bolivia, de estrechar vìnculos con el Paraguay, ademàs de Yaciretà y de establecer un acuerdo de gran alcance con el Brasil. El Brasil no es sòlo la Casa de los Braganza y de Lord Ponsonby, sino que es el Brasil de Abreu e Lima, general bolivariano, el Brasil de la Inconfidencia, el Brasil industrialista y popular de Vargas, el Brasil de los oprimidos y sufrientes. El acuerdo sobre Corpus e Itaipù estrecharà de tal modo ambos Estados que serà de mutuo interès borrar el antiguo antagonismo, alimentado secularmente por el extinto Imperio britànico. Las grandes obras aludidas, algunas en construcciòn, se convertiràn en pilares formidables de la interdependencia latinoamericana, sobre cuyos cimientos brotarà la unidad.

Pensamos que la Argentina debe realizar un enèrgico esfuerzo para remodelarse a sì misma, proyectarse hacia Amèrica Latina y rehacer esta enmohecida sociedad de terratenientes, financieros e intermediarios. La tarea es inmensa pero cabe señalar que el propio gobierno militar, empíricamente, a los tropezones, tironeado por encontrados intereses y sin clara conciencia del conjunto del problema, està de todos modos, impulsando esta perspectiva latinoamericana.

¿Qué prueba màs elocuente se requiere para demostrar que la tendencia hacia la reconstituciòn de la uniòn latinoamericana surge como una necesidad de la historia? Por lo demàs, es preciso puntualizar que si la oligarquía de Martìnez de Hoz necesita a una parte de las Fuerzas Armadas para maquinar una contrarrevolución, el pueblo argentino debe aliarse estrechamente a la mayorìa de las Fuerzas Armadas para completar la revoluciòn iniciada en 1810, tantas veces burlada por los paràsitos que encuentran a Martìnez de Hoz a su màs notable intèrprete. Las Fuerzas Armadas deberàn resolver, en algún momento, que camino elegiràn en definitiva.

En el momento presente, la liquidación de las bandas terroristas ha dejado al gobierno militar sin un programa definido y cumplida la misiòn que se impuso. En realidad, el verdadero fundamento del gobierno nacido el 24 de marzo de 1976 residìa en la proliferación del terrorismo, que se extendìa como un càncer en el paìs, al margen del pueblo. Pero nadie le ha conferido al gobierno de las Fuerzas Armadas mandato alguno para resolver los complejos problemas econòmicos,sociales y polìticos de la Argentina de hoy, y mucho menos para respaldar a un grupo casi familiar de banqueros cuya moralidad e interès particular es rechazada por todo el paìs. Si persiste por ese camino y se compromete màs aùn con la oligarquía, el gobierno militar tenderà a desintegrarse en facciones antagònicas y a enfrentarse entre sì, como ha ocurrido otras veces y como sin duda ocurrirà de nuevo.

A dos años y medio del pronunciamiento militar, recordaremos que cualesquiera fueran los errores y debilidades de la Presidente Isabel Peròn, su mandato era incuestionablemente popular y legìtimo; sòlo el pueblo, en las elecciones proyectadas para 1976, podìa juzgar a la mandataria. En cuanto al movimiento obrero, ha mantenido en este perìodo una encomiable dignidad. No es preciso estar de acuerdo con èste o aquel dirigente sindical para reconocer que los trabajadores han obtenido tres grandes victorias en medio de la derrota y de la retirada general. La primera fue la reafiliaciòn en masa a los sindicatos, ante la decepciòn de los reaccionarios que se prometìan la indiferencia obrera ante sus organizaciones. La segunda fue la negativa de los dirigentes a concurrir a Ginebra en 1977. La tercera fue el discurso del delegado obrero argentino ante la OIT este año, en el que describiò, de modo sereno y descarnado, el estado del paìs.

Si los trabajadores han sufrido los embates de la polìtica de saqueo del salario real, la inteligencia argentina, los profesionales, los maestros, los cientìficos, los especialistas en las màs modernas disciplinas, han sido arrinconados, aplastados, humillados y de algún modo expulsados del paìs. Aunque no toda la emigración es de carácter polìtico, sin duda que reviste un carácter social. Esto equivale a decir que la contracción de la economía por los banqueros y la reacción cavernìcola en el campo de la cultura ha dejado sin lugar a la inteligencia nacional, que no puede estudiar, ni trabajar, ni sobrevivir en el paìs. La mayorìa sin embargo, ha permanecido aquì, para luchar aquì. ¿Quién ignora que los intelectuales tienen empleos ajenos a su profesiòn, asì como muchos obreros calificados han bajado a tareas marginales o estacionales?

Hemos atravesado la nube contaminante de una gran pesadilla: hay bancarrota industrial, desocupación, tristeza y decepciòn. Pero las gigantescas fuerzas polìticas y morales del pueblo argentino estàn intactas. Es preciso comprender que estamos al final de una època. Nadie salvarà a los argentinos, sino los argentinos mismos. Al entregar estas reflexiones a la crìtica ajena no pretendemos abarcar todos los problemas, ni toda la verdad, ni nos envanecemos de atesorar todas las respuestas. Solo aspiramos a promover una discusión que tenga como meta la formación de un gran Frente Patriòtico de las fuerzas nacionales para la construcciòn de una Nueva Argentina.

Incurrirìa en un error grave quien pretenda seguir adelante sin analizar el pasado. Los ùltimos gobiernos del general Peròn y de Isabel Peròn tambièn tuvieron sus luces y sombras. Examinar las causas por las cuales el gran patriota y su movimiento fueron derribados dos veces por la màs inepta y anacrònica oligarquía de que se tenga memoria, es una tarea insoslayable de todas las fuerzas nacionales, sean o no peronistas.

La participación directa del pueblo en el gobierno polìtico del Estado serà la mejor forma de garantizar una genuina democracia polìtica, econòmica y social. Las banderas de una Patria libre, justa y soberana ya no pertenecen solo a los peronistas, sino a todos los hombres de bien. Pero hay que examinar las causas por las cuales la oligarquía pudo vencerlas. Analizar para obrar, pensar para echarse a andar. Ese es el propòsito de este documento.No hay apuro electoral alguno. Pero la Patria exige saber a donde vamos. Y a ella nos debemos.

Buenos Aires, octubre 2 de 1978


CARTA AL DOCTOR SEBASTIAN SOLER
Buenos Aires, 7 de setiembre de 1979

Dr. Sebastián Soler

Capital Federal

De mi consideración:


En la “Voz del Interior” del 2 de setiembre del corriente año, Ud. afirma que “Peròn es un delincuente comùn” y que aunque “no predica el fusilamiento de los peronistas…debe decirse claramente la verdad y salir de este estado de confusiòn.” Para que no dude nadie del significado de sus palabras, alude al ejemplo de Alemania Federal, que adoptò la vìa del progreso gracias “a que no puede haber partido hitlerista en Alemania.” Dice muchas cosas màs, del mismo nivel intelectual y elevación moral, pero me limitarè a las tres citadas.

He dejado pasar algunos dìas antes de dirigirle la presente carta, pues esperaba que algún peronista, indignado por tales afirmaciones, le saliera al paso. Pero como esto no ha ocurrido, y como reputo un verdadero escàndalo dejar en la impunidad tales atrevidos juicios, he resuelto contestarle yo, aunque no fui ni soy peronista, pude considerarme amigo del General Peròn, por quièn votè en setiembre de 1973, cierto es que con la boleta de mi partido, el FIP (Frente de Izquierda Popular).

Que usted hombre de derecho, penalista y ex Procurador de la Corte, defina al General Peròn como “delincuente comùn”, no puede ser un juicio de valor, moral o jurìdico, por lo insensato. Solo puede ser fruto de una pasiòn no cientìfica, de una pasiòn ciega, hasta, si se quiere, de una pasiòn senil. En realidad, se trata de un insulto deliberado, maligno y calumnioso, no sòlo a Peròn, sino por lo menos a 7.500.000 argentinos que votaron por èl, aùn no siendo muchos de ellos miembros de su partido y sin haber gozado, ni antes ni después, empleo pùblico, canonjía o representaciones parlamentarias, pues las rechazamos todas, ya que nuestro voto tenìa el carácter de un principio. De este insulto le pedirè cuenta, Dr. Soler, en el juicio por calumnias e injurias a la memoria de un gran muerto, me dispongo a iniciar en la justicia.

Pocos estadistas han sido reelegidos en la Argentina para el cargo de Presidente. Roca lo fue dos veces, lo mismo que el Dr. Yrigoyen. El General Peròn lo fue tres veces, caso ùnico en la historia nacional. Un delincuente comùn no habrìa merecido tal confianza de la mayorìa de los argentinos, a menos que esa mayorìa, de algún modo, tambièn estuviera formada por delincuentes comùnes, o por masas con ciertas propensiones a la delincuencia. En algún sentido, esa era la idea del Dr.Ramos Mejìa, que asì veìa a las “multitudes argentinas”, tìtulo de su famoso libro, cuya barbarie patològica, aquerenciadora de caudillos, habrìa sido el resultado de la herencia mestiza y del ambiente vicioso. De esa ciencia, tan ingenua como perversa, ha bebido ud. y la generaciòn del liberalismo oligàrquico a que pertenece. Pero es una antigualla doctrinal que ahora le sirve a ud. como pretexto para injuriar de una vez a todo un pueblo. Se permite ud. añadir que “no predica el fusilamiento de los peronistas”, expresión por lo menos tan ambigua y sospechosa como serìa una afirmación mìa de que yo no predico el fusilamiento de los penalistas.

Ud. es màs claro cuando señala que habria que proceder con los peronistas como se procediò en Alemania con los nazis después de la guerra. Es decir, impedirles constituirse en partido y participar en las elecciones. La analogía entre la Alemania imperialista y la Argentina semi-colonial es maliciosamente falsa. Mientras que la Alemania hitlerista se proponìa sustituir a Inglaterra y otras potencias en el dominio del mundo colonial, del que Alemania estaba excluida, la Argentina pertenecìa justamente a ese mundo subyugado por Inglaterra y el peronismo se propuso, aunque no pudo lograrlo por entero, emancipar al paìs de toda tutela imperial, inglesa, alemana o la que fuere. Al mezclar ambos conceptos, ud. procede como un hábil abogado, pero no como un hombre de Derecho, que debe hablar derecho.

Por lo demàs, para serle completamente franco, sobre ud., como hombre de Derecho, reina un escepticismo general. (No sè si alguien lo habrà enterado por fin).

Voy a refrescarle la memoria en beneficio de la juventud de hoy, que necesita conocer tanto el pasado reciente como el remoto. La caracterìstica de los “valores consulares” como ud., segùn cierta jerga de la vieja Argentina, es que reaparecen exactamente cuando un gobierno popular es sustituido por un gobierno militar. Justamente cuando la Constitución y las leyes corrientes dictadas por un Congreso dejan de funcionar, ud. adquiere estado pùblico y aliento de vida. Pero ud. no hace su reingreso a la escena para defender la Constitución, sino para justificar su violación. Esto bastaria para desconfiar sobre la sinceridad de su vocaciòn por el Derecho, si los argentinos no supieran que el sistema oligàrquico siempre ha empollado juristas de su tipo, especialmente para estas ocasiones. Un gobierno de fuerza no puede pasarse sin un guardaespaldas jurìdicos que se las sepa todas. Y ud., ni pintado.

Estoy seguro, que a esta altura de mi exposición, que ud. arde en deseos de saber hasta donde alcanza mi memoria. Se lo dirè inmediatamente, Dr. Soler. Ud. fue Procurador de la Corte en los felices tiempos en que era Ministro del Interior y Justicia el Dr. Eduardo Busso. Este limpiò la judicatura y empleò en ella a todos sus amigos. Por pura casualidad, Busso era dueño de un imponente bufete de abogado, donde se diligenciaban juicios colosales, como el cèlebre “affaire” del armador Vlasov. El abogado Luis Acuña se batiò a duelo con Busso, pues lo acusò de que los jueces que habìa nombrado como Ministro le “arreglaban” los juicios que tenìa como abogado.

En esa època, dicho sea de paso, se fusilaba bastante: el General Valle, el Coronel Cogorno, el Coronel Irigoyen y otros, para no hablar de la masacre de obreros en el basural de Josè Leòn Suàrez. Era otro proceso, el llamado proceso de la Revoluciòn Libertadora, al que ud. se habìa prendido con uñas y dientes hasta alcanzar la procuración de la Corte Suprema.

Una vez allì, entre ud. y Busso, en yunta, hicieron cosas para recordar. Los ilustres juristas, “maestros del Derecho”, volvieron la Constitución como un guante, cierto es que viejo y gastado y establecieron, para asombro perpetuo de los alumnos de la Facultad de Derecho, la aprobación a la confiscación de bienes, que prohìbe expresamente el artìculo 17 de la Constitución; luego, inventaron el “derecho revolucionario”, que autoriza a un gobierno de facto a todo, menos a tocar los jueces amgos; en tercer lugar, aceptaron con el corazòn alegre las comisiones especiales o investigadoras, para perseguir peronistas, tambièn prohibidas en el artìculo 18 de la Constitución; cuarto, ud. sostuvo la sublime doctrina de la inversiòn de la prueba. Esto quiere decir que, al contrario de la norma jurìdica, es el acusado quien debe probar su inocencia, en lugar de que el acusador pruebe su culpabilidad ¡Què travesuras, Dr, Soler, y a su edad! Pero su currículum no termina aquì.

Ud. Apoyò al Juez Federal, Dr.Botet, para extender la jurisdicción de su Juzgado desde la Capital Federal hasta Tierra del Fuego. De este modo querìa tenerlos a los presos peronistas de 1956, John Cooke, Jorge Antonio, Càmpora y otros, suspendidos en el frìo polar hasta que “aprendieran”. A eso se llama tener odio. Cuando el mismo grupo de perseguidos huyò por el sur y se refugiò en Chile, el gobierno de la Revoluciòn Libertadora lo contratò a ud. para que cinchara junto con los letrados chilenos y obtuviera la extradición de sus compatriotas. Pero se ve que Chile le gustò y en 1974 viajò de nuevo, ocasión en que elogiò las normas jurìdicas del General Pinochet.

Su olfato es infalible, Dr. Soler. Y su odio no duerme. Pero su lengua es demasiado larga. Ahora que la presidente constitucional està presa e inerme, ahora que otra Comisiòn Especial, igual a las que ud. admitiò en otro tiempo, acaba de confiscarle sus bienes, la herencia de su marido.¿Por què no organiza ud. un Homenaje a la Constitución Nacional en el Teatro Colòn? Hasta los bomberos del teatro aplaudirìan su elocuencia, sus afeites, su ciencia y su maquillada retòrica. Yo tambièn estarìa en el paraíso aplaudiendo. Porque tengo la convicción de que toda comedia termina alguna vez y tambièn que los villanos que hay en toda comedia, no prevaleceràn sobre la patria.

Lo saludo

Jorge Abelardo Ramos


PD-En momentos de dar a publicidad esta carta, el Dr. Raùl Bercovich Rodríguez, Ex interventor Federal en Còrdoba del gobierno constitucional de la Señora Isabel Peròn, publica en la prensa de esa ciudad una carta donde refuta su ùltima ocurrencia, Dr. Soler: que solo habrà elecciones cuando se termine la inflación.



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