Adios al coronel



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AL MORIR PERON

Su jornada final duró un año. La crónica y hasta la historia han comenzado ya a ocuparse de un hombre preparado por su medio familiar, social y profesional a constituirse en un baluarte del orden y que, sin embargo, encabezó, no siempre complacido, gigantescos movimientos de masas que tendían a subvertir la sociedad oligárquica. De ahí su singularidad psicológica, que solo puede iluminarse si se considera que los factores sociales y políticos vivientes pueden más que las normas heredadas. Pero su último período, el de la ancianidad, se parece extrañamente al período inicial. Había regresado de Europa con la intención proclamada de unir a los argentinos y sellar una pacificación definitiva. No cabe duda que Perón acarició la ilusión de lograr esa meta mediante la conciliación de los partidos y el otorgamiento de ciertas concesiones a sus antiguos adversarios. Pero la liberación nacional parecía entrar en contradicción con la unión nacional. Ya que tales partidos directa o indirectamente, de manera diáfana o ambigua, tienden a expresar los intereses y antagonismos de la sociedad de clases, que en la Argentina también es una sociedad semicolonial. A poco de asumir la presidencia, Perón observó el aumento de tensión de las contradicciones latentes. Por esa razón resultó muy notable ordenar su jornada final, que duró un año y que puede resumirse así: estableció que la izquierda está fuera del peronismo y no dentro de él; que la política económica del país debía abrirse con Cuba y con todos los países del mundo, hasta el momento excluidos de nuestro comercio exterior; que la ley agraria debe aplicar una vuelta de tuerca a la oligarquía estéril; que la ley de abastecimiento deberá ser un factor de compulsión extra-económico contra intermediarios y monopolios, que los latinoamericanos en la Argentina son hermanos y deberán ser incluidos en todos los beneficios que establece la ley, que la unidad latinoamericana es el objetivo de la política exterior argentina. Dos semanas antes de morir, convocó a los trabajadores a defender con la lucha ese programa nacional revolucionario. Quizás el secreto de su herencia resida justamente en este último llamado. Porque Perón, en realidad, no había cambiado ni sus enemigos tampoco. El matutino “La Prensa” nos lo acaba de recordar en una nota necrológica de media página.

Allí resume los agravios que la vieja oligarquía argentina formuló contra Perón en los últimos treinta años, incluyendo varios argumentos que la izquierda “socialista”, “comunista” o “trotskista” esgrimió contra él, unos en nombre de Carlos Marx y otros en nombre de Alberto Gainza Paz. Estas coincidencias teóricas confirman el atraso histórico argentino y la tesis de que en los países semicoloniales siempre hay dos bloques de clases, cada uno de ellos con su izquierda, su centro y su derecha.

Afirma “La Prensa” que Perón desde Trabajo y Previsión auspició decretos que favorecían a los obreros “para lo cual se sirvió de proyectos del Partido Socialista que no habían prosperado en el congreso”. En lugar de elogiar al coronel que llevaba a la práctica proyectos útiles a los trabajadores, “La Prensa” pretende disminuir las leyes reales con el elogio a los proyectos irrealizables. Pero “La Prensa” no podía citar entre tales proyectos del Partido Socialista al Estatuto del Peón, por ejemplo, por la sencilla razón de que los partidarios del doctor Juan B. Justo presentaban al Congreso con frecuencia proyectos que beneficiaban a los obreros industriales y que muchas veces eran aprobados con el voto de los terratenientes conservadores. De todos modos, los que pagaban esas mejoras eran los fabricantes. Esta generosidad de los estancieros, que miraban con tanta simpatía a los socialistas, no se manifestaba en realidad con respecto a sus propios peones, que sólo encontraron un Estatuto que los defendiera en 1944, cuando Perón lo firmó y los socialistas lo calificaron de “demagógico”: “La Prensa” omite estas intimidades de nuestra historia legislativa. Su interpretación del 17 de Octubre no es menos interesante que su caracterización de las presidencias de Perón como “totalitarias”. El Partido Comunista y otros grupos adversarios del peronismo han publicado obras muy documentadas en coincidencia con estas opiniones de los Paz. Sobre el “17 de octubre” afirma el diario mencionado que Eva Perón, Cipriano Reyes, Velasco, Mercante y otros funcionarios, organizaron ese día “una manifestación obrera” que proclamó la candidatura presidencial de Perón. ¡Eso fue todo!

El vuelo histórico del editorialista no es muy amplio y los acontecimientos grandiosos que arrojaron sobre la escena a las clases y partidos de la Argentina petrificada de 1945 aparecen en esta pluma reducidos al laconismo de una noticia fúnebre. Lo importante de estos juicios consiste en la invariabilidad intelectual del vocero oligárquico. Para explicarse esta conducta vale la pena recordar quien era el inventor del estilo de la política de “La Prensa”. Hijo del fundador, Ezequiel C. Paz era mitrista como su padre. Dirigió el diario famoso hacia la “belle èpoque”. Construyó su residencia privada como un monumento a sí mismo y a la vanidad de los ganaderos que se creían en los tiempos del Centenario omnipotentes e inmortales. El palacio de la calle Charcas contaba con 320 habitaciones. Para un matrimonio sin hijos, como Ezequiel Paz y su mujer, sólo podía justificarse, según el recuerdo socarrón de Clemenceau, si viviera en él la corte de Versalles. Sus viajes a Europa eran bien extraños y hacían las delicias de los cronistas de París, que ironizaban a costa del gran “mèteque”. Ezequiel Paz arrendaba un sector completo del trasatlántico para sí y su mujer. Antes de embarcarse, lo mandaba a pintar y decorar de nuevo a sus expensas, con pasión minuciosa de “nouveau riche”, ante el asombro despectivo de los armadores ingleses. Con no menor asombro la tripulación veía subir al barco un par de enormes vacas lecheras y varias yuntas de gallinas ponedoras, de la misma raza que los temibles gallos Calcuta que hacían vibrar los reñideros. Las vacas eran para ingerir leche fresca durante la travesía. Las gallinas para servirse huevos del día en las dos semanas de navegación. Al llegar a Marsella, el dueño de “La Prensa” mandaba a sacrificar las vacas y obsequiaba la carne a los marineros. En cuanto a las gallinitas, servían para hacer alguna sopa a algún grumete enfermo de escorbuto. A su regreso se repetía la ceremonia, de embarque, ordeñe y matadero.

Parecía derrochador, pero lo único que derrochaba era vanidad. Pues en materia de salarios, la historia gremial de “La Prensa” revela que siempre rehusó a su personal todo beneficio proveniente de su organización sindical. A cada reportero le ponía un teléfono en su casa particular para tenerlo a mano, o sea bajo el pie. Cuando una ley del Congreso entregó “La Prensa” a los trabajadores y canillitas se descubrió que los Paz eran asociados de la United Press mediante el método o de soslayar la ley de réditos argentina con la remisión de sumas enormes de dólares a Estados Unidos para pagar un servicio noticioso en el que cada palabra costaba una fortuna. De esa forma “La Prensa” vaciaba la empresa, antes que se inventara ese vocablo. Así resultaron los Paz fuertes accionistas de la United Press. Estos apóstoles de la libertad, que despacharon a Hipólito Yrigoyen con cuatro palabras gélidas en 1933, ahora pretenden reincidir en el método de Stalin o de los Incas en materia historiográfica: suprimir a alguien de una reseña o de un manual, supone suprimirlo de la memoria colectiva. Pero “La Prensa” no ha hecho ni podrá escribir la historia argentina. Por el contrario, la historia argentina incluirá a la familia Paz en una de sus páginas y le hará justicia.

5-7-74
LA NATURALEZA Y LA HISTORIA ABORRECEN AL VACIO

Ahora parece un siglo: en realidad, hace solamente un mes que Peròn ha dejado de existir. En cuatro o cinco semanas las fuerzas afectadas por su polìtica han comenzado a actuar. Naturalmente, no hay un plan concertado. Sòlo hay y es bastante, la convergencia de intereses que actùan con la espontaneidad de un reflejo. En este momento, todo gènero de conflictos pondrà a prueba la aptitud polìtica y la unidad de direcciòn de un gobierno que no sòlo cuenta con un apoyo mayoritario sino que ha aplicado (a pesar de sus limitaciones) la polìtica que esperabana de èl quienes lo votaron. Esto no quiere decir que el gobierno estè exento de lunares. Por ejemplo, el presidente del Banco Central opina que no hay liquidez y alerta contra el peligro de la inflación monetaria. Conocemos esta melodía que tiene una clara raìz oligàrquica y que se funda en la restricción del crèdito y en la limitaciòn antinatural de la emisiòn monetaria. Tal es el criterio de las financieras privadas que aspiran, como en el tiempo de Krieger Vasena a un “dinero caro” y su manipuleo como mercancía rara. La industria y los trabajadores, en cambio, necesitan un “dinero barato” y una emisiòn fluida, bajo el control de un concepto fundado en una economía de crecimiento. En un paìs semicolonial, la emisiòn, dentro de los lìmites señalados, es una forma de creación de capital. Se hace útil recordar aquì la inflación que exportan las grandes potencias industriales, y que encarna una forma internacional y nueva del viejo despojo en los tèrminos de intercambio.

A todo lo dicho cabe agregar que una voz algo olvidada, la del general Roberto Levingston, que nuestros lectores recuerdan sin duda, pues fue presidente de la Repùblica durante algunos meses, ha hecho oir expresiones referidas a que el paìs vive “una guerra revolucionaria”. La Sociedad Rural Argentina, afectada por los proyectos de ley agraria y el conjunto de intereses que esa antigua institución congrega, desenvuelve simultáneamente su condena a la polìtica gubernamental.

El Pacto Social, por su parte, era concebido por el general Peròn como una especie de paritaria suprema, donde la burguesìa nacional y la clase obrera, con el arbitraje decisivo del Jefe del Estado, resumìa y zanjaba las “diferencias de clase” en el seno del bloque nacional conducido por Peròn. No era ni podìa ser un pacto fundado en la congelación perpetua de precios y salarios, sino en la fòrmula flexible para regular ambos en el complejo proceso del auto despliegue de la economía argentina tras 18 años de estancamiento. Pero la discutida representatividad de algunos sectores sindicales prominentes, debilitaba uno de los tèrminos del Pacto Social, que aparecìa ante los ojos de la opinión pùblica como un pacto unilateral. A lo dicho debe añadirse la indefinición oficial ante la Universidad de Buenos Aires. Algunos aspiran a que ella sea una Universidad peronista. Si esto resultara asì ( como si llegara a ser una universidad marxista, radical o conservadora) no consultarìa el estado actual del estudiantado y del paìs que la paga, que desean una Universidad no partidaria sino crìtica, tanto ante la polìtica como ante la ciencia, una Universidad viviente y mùltiple. Democracia econòmica, democracia sindical y democracia universitaria, ¿no serìa este trìptico acaso la coronación del proceso de democracia polìtica abierto el 23 de setiembre? Una revoluciòn nacional digna de este nombre y que realice en su marcha tales postulaciones, despierta la aversión de las clases parasitarias en la Repùblica oligàrquica agonizante. Por esta razòn, el gobierno y las mayorías nacionales deberàn conservar la cabeza frìa y la pòlvora seca.

9-8-74

CONCILIACION O REVOLUCION
Hay una extraña dualidad en el gobierno nacional. Por un lado, se buscan las “coincidencias pragmáticas” en las reuniones multipartidarias. Por el otro, se realizan actos que podrían calificarse de revolucionarios, si se tiene en cuenta la resistencia social y política que impidió llevarlos a la práctica hasta ahora.

Digamos ante todo que las “coincidencias pragmáticas” son una frase vacia. No hay ni puede haber coincidencias programáticas entre partidos de distinta tradición, de desigual base social, que expresan clases sociales diferentes y que se proponen ir hacia atrás unos, prosternarse ante el “statu quo” otros y marchar hacia el futuro, los menos. Las reuniones multipartidarias, en realidad, tienen por objeto común mantener las manos de cierta gente pura de inquietudes conspirativas y procurar un apoyo a la “institucionalización”. ¿Què es esto? Simplemente, la “Institucionalizacion”, para los partidos electorales de viejo cuño, significa que no desean que ningún militar tercie en la discordia civil. Acarician la esperanza de que el año 1977 los encuentre fortalecidos y, por el contrario, alicaído al partido de gobierno. Pero por la institucionalización, o sea por no conspirar, están la mayoría de los partidos. Demasiado próxima se encuentra la experiencia de la dictadura como para hacer nuevas pruebas. Lo importante, sin embargo, es que una cosa es la “institucionalización” y otra cosa muy distinta es apoyar la política general del gobierno. Esta política, que es escencialmente popular, a pesar de las deformaciones burocráticas, y del aparato represivo, encuentra en el propio partido de gobierno sectores que se le oponen. Basta recordar la actitud de algunos senadores justicialistas, que abrazan la posición de la Sociedad Rural ante el proyecto de ley agraria, para comprender que el desarrollo de una política nacional esta erizado de dificultades y que la nacionalización de la televisión y de la comercialización de los combustibles sòlo es concebible por la presencia de un movimiento de masas en el Gobierno.

Justamente tales medidas son las que aludìamos al comienzo. Se trata de actos gubernamentales que despiertan resitencias conservadoras adentro y afuera del peronismo. Nada valen ante estos hechos vagas enunciaciones “programáticas”, que se exiben triunfalmente como demostración “tangible” de que están logrando amansar al gobierno nacional. Peligrosa alusión. Si el movimiento pendular perfectamente natural que traza el peronismo entre la conciliación y la revolución, entre la aplicación de su programa histórico y las relaciones civilizadas con la oposición, se inclinara decisivamente hacia las “coincidencias”, como algunos dirigentes peronistas parecían desear, sin duda que el clima de “convivencia” podría mantenerse hasta 1977 entre los partidos interesados. Pero el peronismo habría perdido su sustancia vital y su justificación histórica, asi como la perdió en su tiempo el radicalismo. Las masas populares ya encontrarían en ese caso otra bandera. Porque si los dos partidos mayores que hay en la Argentina logran un acuerdo de programa y de gobierno, esto significaría que el promedio se haría por la línea mas moderada. El país advertiría con asombro que la oposición derrotada en los comicios triunfaría de algún modo al condicionar al gobierno y amputar el program que votò el pueblo. Estaríamos ante un “pacto colombiano”. El nacionalismo revolucionario sostenido por las masas o la democracia parlamentaria tolerada por la oligarquía, tales son las formulas reales que subyacen, inex`resadas, en las reuniones multipartidarias. No hay mucho tiempo y el gobierno deberá elegir.

1-9-74



LAS CLASES SOCIALES EN EL PERONISMO

Peron postulo una coincidencia para la liberación. Sus antiguos adversarios pretenden una coincidencia para el estancamiento. De este modo la formula de la “unidad nacional” parece estar destinada a dejar las cosas como están, hasta que un comicio futuro permita probar suerte de nuevo. Por el contrario, en todos los países semicoloniales que combaten para dejar de serlo, la “unidad nacional” se expresa en la pràctica como un Frente Unico Antiimperialista en acción. Sus métodos de combate y su dirección son seleccionados por la lucha misma, no por doctrinarios esteriles que exigen a la historia una puntualidad escolar y una virtud sin reveses. Un dìa se expreso en Brasil con el estanciero sureño Getulio Vargas; otro, con el General Velasco Alvarado en el Perù gamonalista; Fidel Castro asumió las banderas con otro signo en la Cuba del sargento; y en 1945 la Argentina engendrò al peronismo, provisto de un jefe por el Ejercito. A veces esos movimientos de liberación son encabezados por la burguesía nacional, otras por las fuerzas armadas, o por la clase obrera. Con elecciones, a través de la lucha armada, como fruto de la guerra civil o por medio de una sedición de cuartel, la revolución latinoamericana se abre camino en nuesta época con fuerza irresistible y sin detenerse a consultar las farmacopeas importadas de los teóricos o de las microsectas para echarse a vivir.

A partir del 45, el movimiento nacional expresó su contenido social por medio de las nacionalizaciones, el IAPI, la banca nacionalizada, el desarrollo del capitalismo de Estado, el impulso a la industria nacional, la organización de los grandes sindicatos y otras medidas semejantes. Ese movimiento fue proscripto durante dos décadas por obra de la oligarquía; pero èsta no habría podido hacerlo sin la ayuda indispensable de los partidos y clases que representaban a los grupos conservadores, demoliberales, de centro izquierda o izquierda vernácula, que constituyeron la base de masa de aquella oligarquía. Al volver el peronismo al poder, esos antogonismos no desaparecieron, sino que asumieron la forma de una esperanza filosófica: había que desensillar hasta que aclarase. Quizás la desaparición del caudillo, pensaban, limaria las aristas de los fines proclamados o algún milagro vendría a poner las cosas en su lugar. Ya que Peron parecía insumergible y por el contrario sumergia a sus oponentes bajo una cordillera de votos, ¿no seria posible llegar a un entendimiento para congelar la revolución nacional con un mitin de pacificadores que incluyera todas las especies en un Arca de Neò quimérica?

Esta hermosa esperanza de las fuerzas decrèpitas no se realizò. En su tercer gobierno Peròn garantizò todas las libertades básicas, se convirtió en interlocutor de todos los partidos y poco menos que en el Patriarca de la Repùblica; pero no renunciò, porque no podía hacerlo, su programa implícito, mucho màs importante que las postulaciones puramente declarativas que carecen en un respaldo real. Pues las clases sociales y las tradiciones plebeyas del peronismo se pusieron en movimiento después del 11 de marzo y el 23 de septiembre y reorientaron el aparato del Estado hacia otro horizonte. Esta estructura de clases- burguesìa nacional, clase obrera, pequeña burguesìa rural, sectores militares, capas de la burocracia civil y otras análogas- poseìa un dinamismo incomparablemente mayor que el nucleamiento social enfrentado a Peròn desde 1945: ganaderos, chacareros ricos, gran burguesìa comercial, pequeña burguesìa urbana, estudiantes universitarios y profesionales del puerto, importadores, , exportadores, intermediarios o, en términos políticos, los conservadores, los radicales, los grupos de centro-izquierda, la izquierda porteña, la “inteligentsia” y epígonos. Bajo la fraseología de unos y otros, era posible que un observador poco habituado a la política argentina pudiese ser inducido a error. Basta leer la prensa europea o norteamericana para comprender que allí nadie entiende nuestra política. Para ellos seguimos en Buenos Aires, South Amèrica. Pero cuando hablan los hechos, todo aparece bajo una potente luz. Es sabido que en materia expresiva, los radicales son locuaces y los peronistas lacónicos, al revés de sus caudillos respectivos. Los acontecimientos son hoy más claros que las palabras. La intervención en Mendoza, el proyecto de ley agraria y la nacionalización de la televisión han puesto a prueba a unos y otros.

Nadie ignora que la intervención a Mendoza supone desalojar de esa provincia el creciente poder de un sector de la burocracia sindical cuya representatividad esta sujeta a debate. Sin embargo, radicales y conservadores, unidos a un grupo peronista, no solamente llevaron a un juicio político al gobernador constitucional, sino que ahora se oponen a la intervención federal. De este modo, los “gansos” mendocinos y los radicales principistas, se colocan junto a la ansiosa burocracia. En cuanto a la ley agraria, baste señalar que la oposición del radicalismo al proyecto coincide con la movilización decretada por la Sociedad Rural. El propio presidente de este partido ha esbozado su desagrado en un lenguaje ambiguo, pues los grandes ganaderos tienen vos en el radicalismo bonaerense. En tanto, el doctor Alfonsin ha perdido la suya.

En otro plano, el criterio sustentado por el general Peron para que la televisión pase de manos inspiradas por el lucro al control del Estado y de los trabajadores de la cultura, ha encontrado asimismo una condenación global de los grupos minoritarios del Congreso Nacional.

Como puede verse, el “acuerdo”, de lejanas reminiscencias mitristas, sòlo puede tener principios de ejecución cuando no se hace nada; pero en cuanto el gobierno actua como tal, es decir, cuando gobierna en nombre de los millones de votos que lo eligieron, el otro bloque de clases y partidos se articula en una franca oposición. Esta oposición es legìtima y hay que preservarla, pues es la condición sine qua non de la democracia (burguesa o proletaria) y permite al país confrontar y recontar las ideas e intereses en pugna. Resulta más saludable que la “unidad amorfa”, esa unidad invertebrada cuyo único fin es inmovilizar la historia argentina bajo una oratoria fatua. Porque al fin y al cabo, como decia Hegel, el no es la palanca del devenir.
LA PRENSA Y LA TOGA

Cuenta Eduardo Wilde que al realizar su paseo matinal por la calle Florida, un caballero amigo le preguntò:



-¿Ha leìdo usted esta mañana “La Naciòn”? cuando Wilde le resondiò negativamente, el caballero quedò anonadado. Esta omisiòn parecìa inconcebible a principios de siglo. El òrganodel general Mitre y luego La Prensa de los Paz, eran las columnas de Hèrcules de la Repùblica oligàrquica. Un editorial de La Prensa era generalmente el anticipo de una ley, o la prueba de vetarla. La Naciòn obligaba, con un suelto, a la renuncia de un ministro.(como en el caso de Osvaldo Magnasco). Los “anticipos” de novedades polìticas o financieras no se producìan por la audacia e imaginación de un reportero ambicioso de brillar en su profesiòn. Eran el resultado de la vinculaciòn con el gran órgano de nota, por ejemplo el Dr. Federico Pinedo, que enviaba al diario La Prensa una copia anticipada, desde su bufete, del proyecto de ley ferroviaria que presentarìa Pinedo al Senado, como Ministro de Hacienda. La relaciòn entre el gran estudio legal, la càtedra en la Facultad de Derecho, la magistratura y el gobierno o el Parlamento, era profunda e intercomunicante. Dicho sistema reposaba en la formación de la opinión pùblica por los diarios, que sintetizaban los mùltiples intereses fundados en las grandes estancias y en las inversiones extranjeras. De ahì su poder. Se trataba de las mismas personas, pertenecìan a las mismas clases sociales y eran miembros del mismo club. El “popular” era el Jockey y el exclusivo, el Cìrculo de Armas. Este ùltimo era llamado por el ex embajador britànico en la Argentina, Sir David Nelly, “el poder detràs del trono”. La maquinaria de la gran prensa elevaba a la notoriedad y hacia personajes a las jóvenes promesas, fueran del centro, de derecha o de la izquierda “evolutiva”. De semejantes severas columnas naciò la fama de un modesto abogado socialista, el Dr. Antonio De Tomaso, que habìa logrado, junto a Pinedo, realizar la proeza geomètrica-polìtica, de situarse a la derecha de Juan B. Justo y de Nicolàs Repetto en el Partido Socialista. De la gran prensa al Ministerio de Agricultura del presidente Agustín Justo, la carrera de De Tomasso estuvo asegurada.

Cuando la maligna campaña que La Prensa llevò a cabo contra el gobierno militar del 4 de junio llegò a lìmites intolerables , la debilidad de este gobierno, que carecìa de base popular antes del 17 de octubre, lo condujo a clausurar, por tres dìas, al famoso diario de los Paz. El viejo paìs oligàrquico, los profesionales liberales, los apòstoles de los partidos y sus cuzquitos de izquierda se miraron arrobados.

Todos se pusieron a esperar que los cielos se precipitaran sobre las manos sacrìlegas y que el Paranà se saliera de madre. ¡Tocar a La Prensa! Pero no ocurriò nada. El mundo siguió andando. Desde entonces, la gente le perdiò el respeto para siempre a la potente Esfinge y hasta sus clientes de los avisos clasificados, los vendedores de muebles usados o comisionistas de bienes raìces emigraron hacia otros horizontes publicitarios. En realidad, el paìs habìa perdido su temor hacia la oligarquía omnipotente. Sus diarios, de algún modo, pagaban la culpa. En la Argentina esto parecìa cosa del pasado. Pero la perpetuaciòn de los antiguos intereses y la amenaza que sobre ellos supone una polìtica popular, hace brotar del arcaico sistema de prensa, al que se han añadido voces nuevas de clases viejas, figuras y personajes de ultratumba han recuperado el habla. Tal es el caso del Dr. Sebastián Soler.

En La Naciòn del domingo ùltimo se nos gratifica con las opiniones de un hombre de Derecho que se ha especializado en Derecho Penal, o sea en el Derecho de Penar a los vencidos, cuando algún general los tiene bien sujetos en el suelo. ¡Curiosa profesiòn!

En efecto, el Dr. Soler vuelve de Chile y està admirado de la pureza jurìdica del actual règimen militar. Al Dr.Soler le atraen ciertos cìrculos polìticos de Chile. No es la primera vez que viaja al otro lado de la cordillera. Ya estuvo allì, enviado por el gobierno del general Aramburu, para asesorar a los juristas chilenos contratados por el gobierno de la Revoluciòn Libertadora y que pugnaban por obtener de la justicia de Chile una sentencia de extradición para Cooke, Càmpora, Antonio y otros detenidos peronistas. Pero su desempeño en la justicia argentina lo exhibe bajo una luz mejor, si cabe decirlo asì.

El diligente Dr. Soler es el famoso jurista que estableciò la doctrina de la inversiòn de la prueba, lo que debe traducirse en el lenguaje de la gente indocta en la obligación del acusado de probar su inocencia en lugar de que el acusador pruebe su culpabilidad.¡ Una joyita de abogado! Pero esto no es todo. Quien ayuda ahora a los pretores de Chile, es el mismo personaje que redujo la Constitución Argentina al tamaño de un poroto cuando admitiò la legitimidad de las comisiones investigadoras que la Constitución prohibe. Es el mismo pensador que apoyò al juez Botet para extender la jurisdicción de su Juzgado Federal desde la Capital Federal hasta Tierra del Fuego, a fin de impedir que el procesado Cooke y otros vinieran a declarar a Buenos Aires. Esta hechura cientìfica de la gran prensa fue la misma proclamò la vigencia del “derecho revolucionario” para restablecer la dictadura de los estancieros en 1955.

¿A que se debe esta sepulcral reaparición? No a los acontecimientos de Chile, seguramente. Serà màs razonable pensar que la sorda còlera de los terratenientes y del gran capital ante la Ley Agraria y la Ley de abastecimiento del gobierno peronista està ya necesitando juristas en reserva para exponer sus nuevos agravios ante un pueblo que no quiere morir y que parece inmortal.

25-6-74




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