Adios al coronel


EL BEAGLE Y LAS DOS OLIGARQUIAS



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EL BEAGLE Y LAS DOS OLIGARQUIAS
Durante el perìodo colonial el territorio actual de la Amèrica Latina estuvo sometido a las variaciones de criterio polìtico o estratègico que la Corona adoptò en el curso de cuatro siglos. De ahì la banalidad diplomàtica de juzgar los derechos de soberanìa de una u otra parte remontàndonos a las capitulaciones de Carlos V o sucesores.

A tìtulo puramente informativo diremos que a mediados del siglo XVI pertenecìan a la provincia de Chile el Tucumán, los jurìes y los Diaguitas, lo mismo que la provincia de Cuyo, San Luis incluida. De un modo vago, quedaban para Chile las tierras situadas al sur del Estrecho, en tanto el rey mandara”proveer en lo que toca a su población”, lo que nunca hizo, por lo demàs. Pero ya en 1563, Felipe II ordenaba incorporar el Tucumán, Juries y Diaguitas a la Audiencia de Charcas.

Al crearse en 1788 el Virreynato del Rìo de la Plata,”antemural” contra la amenaza inglesa y portuguesa entrevista de lejos por la corona, pasaron a jurisdicción del nuevo Virreynato Charcas y Cuyo. Hasta ese momento eran chilenas Mendoza, San Juan y San Luis. En cuanto a la regiòn magallànica, a la borrosa Patagonia de los supuestos gigantes aborígenes, era la cèlebre “tierra maldita” que devoraba, comola Esfinge, a todo aquel que quisiera descifrar su enigma. El estrecho de Magallanes, nexo entre ambos ocèanos, habìa dejado un recuerdo de horror después de los tràgicos ensayos de Sarmiento de Gamboa por colonizar el estrecho para prevenirse contra los ingleses. El descubrimiento del Cabo de Hornos, por lo demàs, eclipsò durante dos siglos al Estrecho, pues permitìa la conexión oceànica sin tantos peligros. Ni las turbulencias de la revoluciòn de Independencia ni los conflictos interiores que la siguieron permitieron a los gobiernos de Chile o el Plata indagar los viejos documentos sobre el misterioso sur. Pero el gran imperio marìtimo, el poder britànico, en cambio, estaba interesado en conocer, estudiar, describir y elaborar una cartografìa de la regiòn de Magallanes. Las dos expediciones del “Beagle” entre 1826 y 1836, habìan despertado interès en el mundo entero, sobre todo en Chile. En las Provincias Unidas el eco fue mucho menor. A diferencia de la relativa tranquilidad con que la antigua Capitanìa de Chile absorbiò la ruptura con España (quizàs porque constituìa una sola provincia) las integrantes del ex Virreynato disputaban entre sì. Sobre todo, la provincia de Buenos Aires pretendìa erigirse en mentora de las restantes. El gran debate consistìa en disputarse las rentas aduaneras del puerto de Buenos Aires. Los unitarios o federales poco conocìan del “Beagle” llegaron a difundirse, el gobierno del General Bulnes, en Chile, comenzò a considerar el problema.

Alentado por las reiteradas exhortaciones de O’ Higgins, que desde su destierro en Perù insistìa en la ocupación chilena del Estrecho, el General Bulnes encontrò ademàs un inesperado apoyo en el argentino Sarmiento, redactor del diario oficialista chileno “El Progreso”. Sarmiento iniciò una campaña de prensa sosteniendo los derechos chilenos no solo sobre el estrecho de Magallanes, sino sobre toda la Patagonia. Su tesis era que “el mal de la Argentina es la extensión” ( era la tesis invariable de la clase terrateniente de Buenos Aires, obsesionada exclusivamente por el puerto, la Aduana y la pradera), indiferente por lo demàs al concepto territorial de la soberanìa, excepción hecha de Rosas, que gobernaba la Confederación Argentina. Sarmiento, como tantos otros, pensò muchas veces en no regresar nunca al paìs. Se declaraba chileno a veces. Por lo demàs, su antagonismo polìtico con Rosas lo llevaba a afirmar todo gènrero de desatinos, no todos tan afortunados como lo fue “Facundo” en el plano literario. Resuelto a pasar a la acciòn, Bulnes (refundada luego con el nombre actual de Punta Arenas) el 30 de Octubre de 1843. Absorbido Rosas con los conflictos internos y externos de la Confederación Argentina, recièn en diciembre de 1847 enviarà una nota al gobierno chileno protestando por la ocupación del estrecho. Esta nota y la orden del gobernador de Buenos Aires al historiador Pedro de Angelis y al jurista Vèlez Sarsfield de estudiar la documentación originaria constituyen el primer acto del conflicto diplomàtico con Chile sobre el territorio austral, que se prolongarà hasta nuestros dìas.


EL DESARROLLO DE LA DISPUTA
Los episodios posteriores se produjeron en 1877 (Tratado Yrigoyen- Barrios Arana); en 1881 (Tratado Yrigoyen-Echavarrìa) y 1902 (los llamados Pactos de Mayo).

Se trataba de determinar cuàles eran los lìmites entre Chile y Argentina.

En el acuerdo de 1881 ambos paìses convinieron en que el estrecho de Magallanes serìa chileno, aunque no podìa artillarse; la Patagonia oriental serìa argentina y Tierra del Fuego se dividirìa entre ambos. En cuanto a las islas al sur del Canal del Beagle, serìan chilenas en tanto que las bañadas por el Atlàntico, quedarìan bajo soberanìa argentina. Sin embargo, detràs de estas minuciosidades de cartògrafo, se movìan intereses màs poderosos y complejos de la polìtica latinoamericana. Ya en 1839 Chile habìa intervenido, con un “Ejèrcito Restaurador”, bajo las òrdenes de Bulnes, para deshacer la Confederación Perù-Boliviana, proyectada y construida por el antiguo oficial de Bolívar, el Mariscal Santa Cruz. Esta ofensiva militar chilena se fundaba en el criterio de “mantener el equilibrio del pacìfico”. Luego en 1879, Chile habìa declarado la guerra a Bolivia y a Perù. Buscaba nuevos territorios a fin de apoderarse del guano peruano y del salitre boliviano. Como los dueños virtuales del salitre eran los capitalistas ingleses, el beneficio que extrajo Chile y su oligarquía de la conquista territorial se fundò en el impuesto a la explotaciòn de salitre, que permitiò una era de gran prosperidad fiscal en Chile. La opinión pùblica de Amèrica Latina se volviò anti-chilena ante el despojo obrado a costa del territorio boliviano, al que cerrò la salida al mar y del peruano, al que arrebatò la provincia y puerto de Arica. Esta alianza entre el imperialismo britànico y la oligarquía comercial chilena hacìa rebrotar el “partido americanista”. En Buenos Aires, Estanislao Zeballos llamaba a la solidaridad con Perù y Bolivia. Roque Sàenz Peña, con el grado de Teniente Coronel, luchaba en las filas del ejèrcito peruano. Vicente Fidel Lòpez e Indalecio Gòmez eran “peruanistas”. Por el contrario, el mitrismo y “La Naciòn”, asì como los intereses ingleses, estaban por un arreglo con Chile a toda costa para evitar una alianza entre la Argentina, Perù y Bolivia. La Conquista del Desierto dirigida por el General Roca, era un episodio de la guerra no declarada por la soberanìa en la Patagonia.”La Naciòn”, por su parte, escribìa:”Pensamos que si la guerra con Chile por nuestros lìmites serìa un escàndalo inútil, la guerra por lìmites ajenos seria una insensatez indigna de una naciòn de verdad”. La reacción pùblica contra el “arbitrismo” anglòfilo de Mitre fue inmediata: se borraron 4.000 suscriptores de “La Naciòn” y fuerzas policiales fueron llamadas a proteger el diario. Zeballos, desde “La Prensa”, acusaba a Emilio Mitre de escribir sus editoriales bajo la presiòn del capital britànico invertido en Antofagasta.
LOS PACTOS DE MAYO

Y LA CORONA BRITANICA


Pero tanto en Chile como en la Argentina no solo habìa dos oligarquías, sino tambièn dos pueblos y dos tipos de patriotas: aquellos que buscaban el progreso respectivo por la fraternidad latinoamericana y aquellos que en relaciòn con el extranjero imperialista urdìan una polìtica de rapiña o de indiferencia ante la rapiña pròxima. En 1902, los Pactos de Mayo aprobaron dos hechos deicisivos: uno, la Argentina se desinteresaba de la expansión chilena en el pacìfico y libraba a su suerte a los territorios de Perù y Bolivia ocupados por Chile después de la guerra de 1879. Por el otro, se sometìa al arbitraje de la monarquía britànica todo posible conflicto posterior. En apoyo a los “pactos”, Pellegrini afirmaba crudamente:”Para las repùblicas sudamericanas no puede existir polìtica continental…nada de comùn tenemos con la Amèrica sajona y lusitana y la comunidad de raza, religión, idioma o forma de gobierno no basta para acercarnos a la otra.. no es posible crear vìnculos artificiales entre pueblos que no tienen intercambio comercial..que no se hable de un vìnculo creado por la historia..” Oponerse al expansionismo de otro paìs le parece un despropósito:”Todas las fronteras terrestres entre las naciones han sido trazadas por la espada del vencedor.¿Y que tenemos que ver nosotros con el Perù? Acaso San Martín nos legò, junto con su gloria el protectorado del Perù?” ¡1902! La Argentina reventaba de oro en los trojes. Sus polìticos solo querìan viajar alegremente a Parìs cada seis meses. En cuanto a los chilenos, escribe Mac-Iver:”Proveìamos con nuestros productos las costas americanas del Pacìfico y las islas de Oceanía del Hemisferio Sur, buscàbamos el oro de California, la plata de Bolivia, los salitres del Perù, el cacao de Ecuador, el cafè de Centroamérica, fundábamos bancos en La Paz, Sucre, en Mendoza y San Juan.”

Muy atràs habìan quedado Bolívar y San Martín. Sus retratos ya no se cubrìan de gloria sino de polvo y yacìan arrumbados bajo la mesa en el suntuoso banquete del fin de siglo.


LA OLIGARQUIA ARGENTINA: CUANTO MAS CHICO, MEJOR
Cabe preguntarse cuales son las causas històrico- polìticas por las cuales la oligarquía agro – comercial argentina ha exhibido invariablemente una posición de “renunciamiento territorial” mientras que por su parte la burguesìa agro-comercial chilena, por el contrario, ha manifestado un apetito incesante de territorios nuevos, sea al Norte, sea al Sur. El pacifismo de una o el belicismo de la otra obedecen a razones identificables. Ambas oligarquías son igualmente antipopulares y parasitarias, segùn lo ha demostrado la historia una y otra vez. En lo que se refiere a la oligarquía argentina, se constituyò, aùn antes de la independencia, bajo la forma de un núcleo de intereses enraizados en el puerto de Buenos Aires; con su ciudad y su campaña. El carácter rentìstico de esa regiòn, dotada de gran productividad natural, ligò el destino de esa oligarquía terrateniente, comercial y financiera a los mercados internacionales. A diferencia de la economía agraria de otros lugares del mundo menos fértiles (EE.UU., Canadà, la URSS, Australia, Nueva Zelandia) las pampas argentinas estaban cubiertas por una profunda capa de humus natural y bendecidas por tal règimen de lluvias que la carne primero y luego los cereales producìan a un costo sin competencia posible, si se le añade la proximidad de los campos de pastoreo a los puertos de exportaciòn. Tales caracterìsticas fueron y son ùnicas en el mundo. El fruto òptimo de tales praderas singulares ha beneficiado a la oligarquía con una gigantesca renta sin necesidad de mano de obra calificada, ni inversiòn de capital, ni tecnificación. A tales factores concurrentes se denomina “renta diferencial”, un suculento “extra” a la renta agraria normal. La posesión de tales “ventajas comparativas” diò a esta rosca oligàrquica, desde la Revoluciòn de Mayo en que se encontrò dueña de tal prodigio, una conciencia clara de sus intereses. Con Rivadavia, Rosas o Mitre, mantuvo ese privilegio en sus manos, sin ceder jamàs a los reclamos de las provincias interiores, hambrientas y empobrecidas por la falta de aduana nacional y por el librecambio impuesto por Buenos Aires. En ciertos momentos, la indiferencia de la oligarquía bonaerense por la integridad del paìs llegò a extremos que corrieron peligro hasta los vìnculos con provincias que estaban unidas desde los tiempos del Rey. Tal fue el caso de la Repùblica de Tucumán y la Repùblica de Entre Rìos.

Otro testimonio es la separaciòn durante una dècada entre el Estado de Buenos Aires y el resto de las provincias argentinas reunidas en Confederación. A la oligarquía porteña le bastaba su base de poder. Desde el principio tuvo la tendencia a desprenderse de los territorios interiores que solo le traìan quebraderos de cabeza. Su aversión perpetua al”interior” y a “Amèrica” es uno de los rasgos màs acentuados de su carácter polìtico y el elemento definitorio del mitrismo y los rivadavianos. Asi, Buenos Aires, negò a San Martín auxilios para concluir su campaña en el Perù, cediò la Banda Oriental a la “independencia” bajo la protecciòn del pabellón britànico, olvidò al Paraguay, entregò al Brasil parte de las Misiones, a Chile la Puna de Atacama y renegò de todo conflicto de lìmites o de toda patriada americana que pusiese en mìnimo peligro su sebo, sus lanas, sus cueros y sus carnes. Toda la historia diplomàtica argentina puede cifrarse en dicha enunciaciòn, sin que falten en ella, cada tanto, algunos patriotas que no podìan romper esa regla de oro. Disfrutar sin sobresaltos la renta agraria ha sido siempre todo su programa. Fundado en tal tradición es que Mitre concibiò una vez la creación de la Repùblica del Plata, uniendo dos praderas y dos puertos, los de Buenos Aires y Montevideo. Una repùblica agraria semejante habrìa disfrutado de una fabulosa renta brotada de pastos inmejorables y de haciendas sin paralelo. El resto de las provincias argentinas hubieran sido arrojadas al caos y la miseria genèrica de Amèrica Latina. La oligarquía pampeana es “separatista” por tradición e intereses. Su inveterado europeismo es el resultante cultual.

LA OLIGARQUIA CHILENA:

“ANGOSTA Y LARGA COMO UNA ESPADA”


Contra lo afirmado en las rosas crònicas de la Conquista y los poemas descriptivos de Alonso de Ercilla, el suelo chilen està lejos de contar con la fertilidad entrevista por los descubridores. Las tres cuartas partes de su territorio no son aptas para la agricultura. La proporción entre el àrea agrícola aprovechable de Chile con otros paìses es muy elocuente al respecto. De los 740.000 kilòmetros y pico de su territorio actual, solo son cultivables 6.000 kilòmetros fértiles bajo riego; 4.000 kilòmetros de suelo pobre o medianamente fértiles y 40.000 kms. De tierra de secano fértiles. Si para una población pequeña la fertilidad de los valles centrales pudo ser suficiente al principio del poblamiento de Chile, la extensión de la frontera agrícola pronto encontrò lìmites infranqueables. Al mismo tiempo, no escaparon a la mirada de la oligarquía chilena los desiertos fértiles de los valles patagònicos al otro lado de la cordillera, que la indiferencia de la plutocracia pampeana volvìa màs codiciables. Asì, los estadistas chilenos màs penetrantes, como Ibáñez, podìan afirmar en una conferencia las razones econòmicas de una expansión deseable:”Los potreros de cordillera son el complemento indispensable de nuestro valle central. En este hacemos nuestras siembras, en aquellos sostenemos nuestros ganados. Renunciando a esos potreros nos constituimos en eternos tributarios de la Repùblica Argentina, que serà exclusiva en suministrarnos el ganado.”

Las posibilidades de una burguesìa comercial minera capaz de desenvolver la economía chilena por caminos propios y crear un proceso de acumulación y diversificación industrial quedò anulada en los siglos XIX y XX. Resultò vencida por el poder combinado de la oligarquía comercial y agraria sostenida en los puertos y con la colaboración del capital imperialista extranjero. La contrarrevolución contra el presidente Balmaceda simbolizò esa alianza opuesta a los grupos sociales màs revolucionarios y populares que buscaban construir un nuevo Chile. La dictadura de Diego Portales habìa erigido un Estado pequeño y eficiente, adaptado a esa realidad y donde la Marina ocupaba el primer lugar del presupuesto militar, hecho que marcarìa toda la historia de Chile. Anglòfila y liberal-oligàrquica, la marina chilena debìa jugar el principal papel en el levantamiento de los salitreros britànicos del litoral boliviano contra Balmaceda en 1891, y en las tentativas posteriores de expansión hacia el sur.

Don Francisco Encina escribe en su “Historia de Chile”, al analizar las causas de la guerra con Perù y Bolivia en 1879, que entre ellas “ocupa lugar preferente el espìritu expansivo que animò al pueblo chileno en lo que iba corrido del siglo XIX. El temperamento y la reciedumbre de carácter, amasados en el crisol de dos pueblos a cual màs impetuoso, que vino a reunirse en el espìritu de empresa del vasco y la ètica del castellano, lo impulsaron hacia las aventuras lejanas desde que tomara contacto con el mundo exterior. Una administración polìtica austera consecuencia actuaba como compresora. El ansia de emociones era la válvula de escape”. Ademàs de las emociones estaba el imperialismo inglès, que habìa invertido en Antofagasta, hacia 1879, màs de un millòn de emocionantes libras esterlinas.

Su influencia en la polìtica chilena no era inferior a la que ejercìa en la polìtica argentina. Durante largos años hubo un Super-estado màs fuerte que Chile y Argentina: el capital inglès. Pero tambièn en Chile habìa patriotas inspirados en la fraternidad latinoamericana, grandes espìritus reunidos alrededor de la Uniòn Americana y del legado de Bolívar: Josè Victorino Lastarria, Francisco Bilbao, Domingo Santa Marìa, Diego Barros Arana y Benjamín Vicuña Mackenna.


LA FRAGMENTACION DE AMERICA LATINA
A lo largo del siglo XIX se produjeron numerosos conflictos de lìmites en Amèrica Latina. Las pequeñas repùblicas se desgarraban entre sì en lugar de unirse para constituir la gran naciòn concebida por los soldados revolucionarios de la època heroica: San Martín, Bolívar, O’Higgins, Artigas, Morazàn, Abreu de Lima y tantos otros. Habìan venido a reemplazar al absolutismo español, que a pesar de todo ejercìa un papel unificador antes de la Independencia, fantasiosas soberanìas de frágiles Estados. Los grandes capitanes habìan pretendido sustituir la unidad monàrquica española por la unidad e independencia de las viejas colonias. Pero la Federación o Confederación de pueblos concluyò en un fracaso, que es el estigma de Amèrica Latina y la bandera de su revoluciòn inconclusa. A ciento cincuenta años de la muerte de Bolívar todavía hay gentes que lo suponen un iluso, o que afirman muy sueltos de cuerpo, que solo los monopolios aspiran a unificar a Amèrica Latina. Los màs caritativos de nuestros contemporàneos atribuyen a San Martín y Bolívar haber prohijado una utopía. Pero como dice Recaurte Soler:”la persistencia de una utopía invita a pensar, efectivamente, que ella alberga en su seno el núcleo racional que ha de elevar su realización”.

Las miserables disputas territoriales que siguieron a ese derrumbe profundizaron la divisiòn de la Patria Grande. ¿A quien pudo beneficiar tal dispersión? Como es obvio, a las oligarquías agrarias, comerciales y financieras. Desde Caracas a Buenos Aires y con el apoyo directo de las grandes potencias europeas o norteamericanas interesadas en paralizarnos, dichas oligarquías medraron gracias a la fragmentaciòn de Amèrica Latina. Como en los ridìculos principados alemanes anteriores a la unidad nacional bismarckiana, no podìa ofrecer Amèrica Latina sino el espectáculo de la impotencia econòmica, la vanidad guerrera, la pèrdida de su conciencia nacional y la agonìa de sus grandes espìritus, que se ahogaban en cada aldea. Cuando brotaba un conflicto (Chile con Bolivia, Perù con Colombia, Bolivia con Paraguay, la Triple Alianza contra el Paraguay) los proveedores de armas y crèditos de las grandes potencias eran los mismos que habìan creado la crisis bèlica. Detràs de cada guerrita, aparte de los hèroes principales y anònimos que consolaban el amor propio de cada Repùblica, trascendìan al poco tiempo los hèroes y protagonistas verdaderos: el salitre, el petróleo, el guano o las finanzas.

Ahora bien, ¿Qué ocurre entre Chile y Argentina?¿Desde què punto de vista los patriotas argentinos, chilenos y latinoamericanos deben valorar el asunto para no dejarse embarullar por el “patriotismo aldeano” de los impostores, los torturadores y los verdugos de dos dictaduras igualmente irrepresentativas? Nadie debe olvidar que ni Pinochet ni Videla expresan la voluntad de los pueblos chileno o argentino. Tampoco serìa cuerdo olvidar que los agentes de las grandes potencias no verìan con malos ojos un conflicto que desangrara a dos pueblos del Cono Sur. El ejemplo de Iràn e Irak està muy pròximo. La diferencia radica en que gobierna en Iràn Komeini, solo comprometido con su propio pueblo y que ha logrado conservar la soberanìa e integridad de la Naciòn iranì pese a todas las asechanzas. Ninguno de los dos gobiernos de ambos lados de la cordillera podrìa invocar para sus posiciones respectivas un gramo de nacionalismo. Serìa grotesco pensarlo siquiera: tanto el règimen chileno como el argentino han entregado a las normas del Fondo Monetario Internacional y de los Bancos monopolicos e importadores extranjeros la soberanìa global de las economìas respectivas, sin la cual toda soberanìa territorial o polìtica se vuelve ilusoria y declarativa. Defender un pedazo de tierra helada hasta llegar a la guerra serìa tan monstruoso como permitir que ambos regìmenes prosigan cediendo al extranjero todo el sistema productivo nacional construido tras penosos esfuerzos por el pueblo de cada paìs, sus clases medias, sus empresarios y sus trabajadores.

No pueden engañar a nadie con semejante patraña y no lo haràn. Pero el carácter artificial del conflicto aparece a plena luz si se considera la cuestión de las islas Malvinas. Ya no se trata de las Marinas, sino de las Fuerzas Armadas en su conjunto, que han asumido la responsabilidad del gobierno polìtico del Estado y la responsabilidad por la soluciòn del conflicto del Beagle.


ATENCION A LAS MALVINAS
Nadie ignora que nunca ningún gobierno argentino, desde la ocupación por la fuerza de las islas en 1833 por un buque britànico planteò seriamente el problema,salvo en el campo de la historia (hay decenas,quizàs centenas de estudios històricos y cartogràficos publicados sobre las Malvinas) y en el tùnel del tiempo dela diplomacia. Los ingleses deben tener una risueña idea de la formidable paciencia argentina y de su ingenio diplomàtico impar, capaz de producir ciclos de negociaciones ilimitados e infatigables. Durante màs de un siglo esta protesta diplomàtica puramente formal, reducida a una carilla tamaño oficio, reflejò la estrecha asociación de la Argentina con el Imperio Britànico, si dejamos de lado el poder incontrastable de la flota britànica. Ambos hechos, ademàs del imperio mismo, ya son un asunto del pasado. No conocemos ningún gobierno argentino que aun en la època en que las Malvinas adquieren importancia econòmica, nada menos que en el orden del petróleo submarino y de las bancadas de Krill (una de las grandes reservas alimenticias del extremo sur), se haya propuesto librar una batalla diplomàtica, polìtica, econòmica y psicològica de la devoluciòn de las Malvinas. En relaciòn con Chile y el Beagle, se llegaron a movilizar tropas, a llamar a reservistas, a adquirir armamentos, cuya cuantìa el paìs ignora, a acumular stocks de insumos diversos, a preparar a la población con grandes campañas publicitarias por todos los medios, a recorrer aguerridamente la zona en disputa.

En cambio, en relaciòn con las Malvinas, ni a este gobierno, ni a los anteriores, se les ocurriò siquiera:a) expulsar a sùbditos ingleses;b) iniciar una campaña nacional e internacional de propaganda;c) expropiar las estancias de la Corona( màs de medio millòn de hectáreas en Santa Cruz);d)nacionalizar el Banco de Londres y Amèrica del Sur;e) congelar todas las inversiones inglesas; f) clausurar transitoriamente las instituciones culturales inglesas;g) suspender, si fuese necesario, las relaciones diplomàticas y boicotear a Gran Bretaña en las Naciones Unidas, la UNESCO, la FAO,etc.¿porque estas medidas, que no son de guerra,como con Chile, eran simplemente inimaginables para los gobiernos argentinos? Es que, en realidad, toda la historia argentina, con sus Borges, sus anglòfilos, sus Sir William Leguizamòn, sus estancieros, sus miembros del Club Pickwick, y la inteligencia argentina en general, podrìan decir como aquel polìtico uruguayo”Aquì, donde me ve, detràs de este gauchito, hay un inglès”.

Comparar la situación de las Malvinas y su importancia con la del Beagle, asì como la conducta respectiva asumida por los gobiernos argentinos ante ambos problemas, permiten medir la cantidad de nacionalismo invertido por el liberalismo en la presente campaña. ¿Pero, que podìa esperarse de una diplomacia ociosa y sibarita, vinculada por dècadas a la diplomacia occidental anglòfila, de la que espiaba sus menores gestos,sus trajes, sus vicios, sus bebidas, pero nunca su verdadera polìtica? Para este tipo de nacionalismo vacìo y retòrico siempre estàn dispuestos los cipayos del tipo del Almirante Rojas, ex peronista y feroz anti-peronista, que pide sangre argentina al cielo, o el General Osiris Villegas, ansioso de publicidad en hastiado retiro, que ha perdido todas las batallas polìticas que emprendiò en su vida y ahora quiere hacerle perder otra a la Argentina. He aquì su sentencia profunda:”Hay dos opciones para el Beagle: la paz o la guerra.” El general, claro, se inclina por la guerra. En realidad, podrìamos decir que hay màs de dos opciones: que Villega hable o no hable; que piense o no piense. Podrìamos añadir otras sin esfuerzo: que el general Villegas estudie o no estudie antes de hablar. Pero confesemos que no hay muchas màs opciones.

No resulta arbitrario traer a la discusión el tema de las Malvinas a la defensa de la antàrtida. En la fase màs aguda del conflicto chileno-argentino, el diario ABC de Madrid observaba que era de interès britànico crear un frente de conflicto chileno-argentino que permitiese postergar o enturbiar la cuestión de las Malvinas. El viejo leòn britànico ha perdido los dientes pero no las mañas. Aun en la hora crepuscular de su poder mundial sigue gozando de las ventajas derivadas de su grandeza pasada. Solo el gobierno militar del general Lanusse pudo concebir la estupidez de ceder el arbitraje del problema con Chile en 1971 al laudo de la Corona britànica.

Este solo hecho bastarìa para afirmar que la Argentina carece de una polìtica exterior nacional, lo que es bien lògico si se considera que no hay tampoco en el interior una polìtica nacional. Con esa medida del gobierno de la dictadura militar anterior se otorgaba al usurpador de una parte del territorio argentino el papel en un conflicto de lìmites con un paìs hermano. Como Gran Bretaña no tiene problemas territoriales pendientes con Chile, es natual que cualquier fallo proveniente del que fue uno de los màs grandes imperios de la historia no podrìa estar despojado de parcialidad polìtica. No resulta nada extraño que el recientìsimo patriotismo de los Rojas, los Villegas, las Càmaras de Exportaciones o las Sociedades Rurales, las sociedades anònimas y los miembros ya retirados del viejo servicio Civil del Imperio britànico se hayan desgarrado las vestiduras por la cuestión del Beagle, haciendo caso omiso al tema de las Malvinas. Es una pàgina facsìmil arrancada de la historia de Amèrica Latina.

LA UNION ADUANERA CHILENO-ARGENTINA


En 1953 ambos paìses contaban con gobiernos elegidos por el pueblo. Los Presidentes Ibáñez y Peròn se reunieron en Santiago de Chile, ante una multitud y echaron las bases de un acuerdo que vale la pena recordar. Desde los balcones de La Moneda, el General Peròn dijo ante medio millòn de chilenos:”Durante màs de un siglo, chilenos y argentinos han dejado que manos extrañas apagasen, con silencios incomprensibles y a veces inconfesables, la voz de nuestra propia sangre derramada en una comunión sin fronteras y sin lìmites, por la libertad de Amèrica. Frente a las nuevas fuerzas de carácter econòmico que pretenden dominarnos, nosotros, chilenos y argentinos, hemos decidido realizar la uniòn de nuestras fuerzas econòmicas…el futuro nos impondrà la uniòn econòmica de la Amèrica del Sur. No sè si mi visita a Chile y las resoluciones que adoptemos con el General Ibáñez seràn el comienzo de la uniòn econòmica sudamericana.”

Esa lìnea de conducta entre nuestros dos pueblos no debe ser cambiada. Solo los pueblos chileno y argentino tienen los tìtulos necesarios para dirimir fraternalmente los problemas de lìmites que pudieran suscitarse hasta que la Confederación Latinoamericana trace las grandiosas fronteras externas de la Patria Grande, desde el Rìo Bravo hasta el Cabo de Hornos, y màs allà todavía, hasta el Polo Sur.

Los argentinos han luchado junto a Chile por la libertad de la Amèrica indoespañola bajo las mismas banderas y arrojado del suelo patrio a los ingleses que por dos veces nos invadieron. Luego, un vuelco històrico infortunado, con la derrota de los ideales sanmartinianos y bolivarianos, condujo a Chile y a la Argentina a girar un siglo como satèlites alrededor de los Estados astros. En 1945 recobramos la soberanìa gracias a las masas revolucionarias que levantaron nuevos estandartes para remediar antiguos dolores. La causa del pueblo volviò a ser derrotada en 1955 y en 1976 por la misma oligarquía resurrecta que siempre encuentra en su camino a un puñado de generales que la sirva. Y es justamente este gobierno militar quien ha negociado ante otra dictadura similar en Chile la cuestión del Beagle hasta colocarla al filo de la guerra. Pero tanto el Beagle como la soberanìa popular usurpada son resortes exclusivos de las masas populares argentinas. Ellas no han relegado ante nadie el derecho a decidir por su vida o su muerte, por la paz o la guerra, por la factoría pampeana o por la Grande Argentina. Cuando ellas se pongan en movimiento y decidan hacer historia, otros gallos cantaràn.

La mediación del Papa de Puebla, del Papa que ha nacido del asombroso giro copernicano operado por la iglesia desde Juan XXIII para incorporarse a los tiempos modernos, ha introducido una posibilidad cierta de llegar a un acuerdo. No podemos sino apoyar tal mediación: la diplomacia vaticana es màs antigua que la inglesa y sustituirà con ventaja para ambos paìses a los burócratas pètreos, civiles o militares, de las chancillerías a ambos lados de la cordillera.

Hay que entrelazar nuevamente las banderas de Chacabuco y Maipú. Hay que unir las armas en la comùn defensa contra el inglès y por la custodia de la Antàrtida chilena y argentina. Hay que marcar a fuego a los bravucones que quieren separar a los hermanos. Volvamos los ojos a las Malvinas, a la soberanìa interna y externa y derribemos la cordillera. Sellemos una uniòn aduanera con Chile para luchar juntos contra las potencias mundiales que pretenden dividirnos y humillarnos: ese es el camino para un segundo Ayacucho.

Noviembre de 1980






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