Acciones e intenciones



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ACCIONES E INTENCIONES
Mosterín, J. (1991): “Introducción”, en Anscombe, E.: Intención. Barcelona: Paidós. Pp. 9-28
Lo que hacemos y lo que nos pasa

Intuitivamente todos distinguimos las cosas que hacemos de las cosas que nos pasan. En las cosas que hacemos, hay una cierta causalidad o iniciativa que parte de nosotros. En las cosas que nos pasan, nos limitamos a ser receptores de efectos que nosotros no hemos iniciado. El comprar un boleto es algo que yo hago; el que me toque la lotería es algo que me pasa. El suicidarme es algo que yo hago; el morirme es algo que me pasa. Cuando el ratero me roba la cartera, el robo de mi camera es algo que el ratero lleva a cabo o hace, pero es algo que a mi me pasa. La causa u origen de la acción está en el ratero, no en mí. El me roba; yo soy robado. La distinción entre la voz activa y pasiva de los verbos -común a muchas lenguas- refleja esta dicotomía: acción y pasión, lo que hacemos y lo que nos pasa.

Acción voluntaria e involuntaria

Entre las cosas que hacemos, unas las hacemos voluntariamente, porque queremos hacerlas, mientras que otras las hacemos sin querer.

Hacemos voluntaria o intencionalmente las cosas que hacemos queriendo hacerlas, que hacemos a sabiendas y adrede, aposta. En esos casos decimos que tenemos la intención o el propósito de hacer lo que hacemos.

Sin embargo, también hay cosas que hacemos sin querer hacerlas, como roncar o estornudar o tiritar de frío o sudar de calor, acciones todas ellas que no está en nuestra mano controlar. Cantamos, porque queremos, pero roncamos, aunque no queramos.

Otras veces hacemos algo involuntariamente, como consecuencia no prevista de una acción intencional. Matamos voluntariamente al mosquito que ha penetrado en nuestro dormitorio, pero matamos involuntariamente al insecto que se cruza en nuestro camino y que pisamos sin haberlo visto mientras paseamos. Abrimos voluntariamente la lata de espárragos, e involuntariamente nos cortamos el dedo. Queremos servir el café en las tazas, pero por un descuido (o por un defecto de la cafetera) se nos cae el café y manchamos el mantel, sin haberlo pretendido (incluso lamentándolo).

Normalmente sólo se nos considera responsables de las cosas que hacemos voluntariamente, no de las cosas que nos pasan o que hacemos sin damos cuenta o sin querer. (Una excepción es la negligencia culpable, en la que lo que se nos echa en cara no es lo que hicimos sin damos cuenta, sino la falta de atención en un cometido que la requema.) La intencionalidad es un prerrequisito del mérito o la culpa. El derecho recoge estas apreciaciones, cuando (como en el caso del español) define que «son delitos las acciones y omisiones voluntarias penadas por la ley». No basta, pues, con que la acción u omisión esté penada por la ley para que constituya delito. Es preciso además que la acción u omisión sea voluntaria. Ahora bien, dado el carácter voluntario de una acción, el agente es también jurídicamente responsable de las consecuencias de esa acción suya, aunque él no las haya querido. «El que cometiere voluntariamente delito o falta incurrirá en responsabilidad criminal, aunque el mal ejecutado fuere distinto del que se había propuesto ejecutar.» Si Juan sólo pretendió vapulear a Enrique, pero, como consecuencia de aquel vapuleo, Enrique murió, Juan será considerado responsable de homicidio, aunque no fuera su intención cometerlo. La jurisprudencia acude para ello al principio de que «el que es causa de la causa, es causa del mal causado».

Puesto que acabamos de mentar las causas en un contexto jurídico, quizá no esté de más retrotraemos aquí al origen jurídico de la noción de causa.

Causa como culpa

El vocablo latino causa fue utilizado por los romanos para traducir la palabra griega aitía, derivada de aitios. El adjetivo aitios se encuentra ya en Homero, y desde el principio significa responsable, culpable o acusado. Dentro de este contexto jurídico se formó más tarde el sustantivo aitía, que representa la correspondiente propiedad: la responsabilidad, o culpabilidad, o acusación de algo. La mayoría de los eventos observables no parecían requerir una especial indagación judicial. Una muerte natural, por ejemplo, carece de culpable. Pero de vez en cuando aparecía el cadáver ensangrentado de un ciudadano acuchillado. Aquí sí que tenía sentido preguntarse por el aitios, Por el culpable, por el responsable de haber clavado el cuchillo a la víctima. Cada vez que un crimen se produce, Se supone que tiene que haber un culpable (o vados), una responsabilidad (aitía), individual o compartida. Aclarar el crimen consistía en encontrar al culpable, y ponerlo a disposición judicial, a fin de que recibiera su castigo. La mentalidad primitiva tiende al animismo y, en especial a la suposición de que todas las cosas que nos pasan -enfermedades, desgracias, inundaciones- tienen un culpable, un dios o un demonio, un hechicero que nos ha hecho víctimas de un maleficio o un vecino avieso que nos ha echado un mal de ojo. De modo implícito, el animismo postula un principio universal de causalidad: todo evento (todo o que pasa) implica un culpable, una responsabilidad, una aitía, una causa.

Los griegos clásicos habían superado el estadio animista. Sus tribunales no sospechaban una culpabilidad detrás de cada evento, sino sólo detrás de los delitos castigados por la ley. De lo que se trataba era de aclarar esos delitos, encontrando al culpable. El descubrimiento del culpable y de su responsabilidad explicaba el crimen. Pero los filósofos de los siglos V y IV empezaron a pensar que no sólo era interesante aclarar los crímenes, sino que todo tipo de eventos eran dignos de aclaración: el viento y la lluvia, el crecimiento de las plantas y el movimiento de los animales, los eclipses de la Luna y la conducta de los humanos. Y aclararlos no podía significar otra cosa que encontrar para cada uno de ellos su correspondiente responsable, su aitia (en un sentido crecientemente abstracto de aitía), en definitiva, su explicación.

Aristóteles usa la palabra aitia en un sentido ya no jurídico ni animista. Lo único que retiene del animismo es la universalidad de su aplicación. Todo tiene alguna aitía. Y lo único que retiene del contexto jurídico inicial es la búsqueda de una aclaración o explicación. Aristóteles nos exhorta a tratar de aclarar o explicar todo lo que sucede. Y hay tantos tipos distintos de aitiai o causas cuantos son los tipos distintos de explicaciones.

La palabra latina causa significa también proceso judicial, o su objeto. De ella derivan la actual palabra castellana causa (que en una de sus acepciones sigue significando proceso criminal), y otras muchas palabras relacionadas: encausado, acusar, recusar, excusar, etc. Puesta que causa se utilizó para traducir aitía, también ha retenido en español los sentidos técnicos filosóficos de la expresión griega. Y, finalmente, en un proceso curioso de abstracción etimológica, puesto que los romanos eran unos picapleitos y hacían de cualquier cosa objeto de pleito y proceso, el vocablo causa acabó dando lugar a nuestra palabra cosa, que significa cualquier cosa posible objeto de pleito, es decir, cualquier cosa, es decir, cosa.

Intención y premeditación

Así como no todo lo que hacemos lo hacemos intencionalmente, así tampoco toda acción intencional es premeditada. En general, cuando actuamos intencionalmente, vamos formando la intención de hacer lo que hacemos mientras lo hacemos. Cuando mantengo una conversación, actúo intencionalmente, digo lo que quiero decir, pero, normalmente, no he preparado de antemano lo que voy a decir, sino que me entero de lo que voy a decir diciéndolo. A cada una de las oraciones que profiero acompaña la intención de decirla, pero esa intención no la precede, al menos no precede a la conversación misma. Igualmente, cuando salgo a dar un paseo, en general no he previsto exactamente el camino por el que voy a ir, ni las paradas que voy a hacer, ni los escaparates que voy a mirar. Aunque hago intencionalmente todas esas cosas, formo la intención de hacerlas sobre la marcha. Es lo que los filósofos actuales como Davidson y Searle llaman intention-in-action, ‘intención en la acción’ (no previa a la acción).

A veces, sin embargo, deliberamos previamente sobre lo que vamos a hacer, diseñamos y ensayamos mentalmente lo que vamos a ejecutar, y, finalmente, lo hacemos. Esta acción deliberada, premeditada, preconcebida tiene lugar en situaciones especiales. El alumno memoriza cuidadosamente las respuestas que dará en el examen, el político prepara su discurso, el actor ensaya su papel, el vendedor puerta a puerta ejercita ante el espejo su argumentación de venta, el operado estudia los movimientos que realizará en la cadena de producción, la geisha conoce de antemano cada movimiento de la ceremonia del té. En todos esos casos la intención de lo que se va a hacer y de cómo hacerlo Precede al inicio de la ejecución de la acción.

Intención e intento

Puedo tener intenciones sin fecha fija de realización, intenciones de ejecución indeterminada. Si pasa el tiempo, y se me presentan oportunidades de hacer aquello que digo que tengo la intención de hacer, y nadie ni nada me lo impide, y, sin embargo, no lo hago, se puede dudar de mi intención. Como dice el refrán castellano, «Intención sin ejecución no gana perdón». Elisabeth Anscombe no considera al mero preferir o apetecer, ayuno de intentar, como un verdadero querer. « Un síntoma principal del deseo ocioso consiste en que quien lo tiene no hace nada conducente a su realización... La señal primitiva del querer es el tratar de conseguir» (§ 36).

El tratar de conseguir de un modo efectivo y -n la medida de lo posible- inmediato es el intentar. Intentar es tratar de, esforzarse por, emprender, amagar, empujar, procurar, poner en obra. En este sentido se opone al mero preferir o apetecer, o al ocioso e inactivo desear. El intento es el inicio de la ejecución, la puesta en obra de los primeros pasos o etapas de la acción. Estos primeros pasos pueden ser seguidos por otros y conducir hasta los últimos, con lo cual la acción quedará realizada, pero pueden también no llegar nunca a su esperada conclusión, con lo cual el intento se frustra o fracasa. En este último caso la acción queda en fiasco, el intento en intentona, y el proyectado magnicidio (si de eso se trataba) queda en atentado. También, etimológicamente, intención e intento tienen orígenes distintos. Intención viene de intentio, del verbo intendere (tender hacia, proponerse), que a su vez deriva de tendere (tender el arco, las redes, estirar, tender hacia). Intentar viene de attemptare (intentar, emprender, atentar), que deriva de temptare (tentar, tantear, poner a prueba). La intención consiste en el proponerse, en tender la voluntad como un arco en una cierta dirección. El intento implica la intención, pero requiere además el disparo del arco, el emprender la ejecución del designio (otra cosa es que la flecha dé luego en el blanco o no, que el intento culmine o se frustre).

Eventos y acciones

La observación nos muestra que en el mundo continuamente pasan cosas, ocurren eventos o cambios de todo tipo. Para explicar muchos de esos eventos acudimos a las leyes de la física o a otras regularidades detectadas por la ciencia, De todos modos, hay ciemos eventos que sólo acertamos a explicar aduciendo como factores explicativos ciertas intenciones y creencias de los agentes en ellos involucrados. En ese caso interpretamos tales eventos como acciones (intencionales o voluntarias).

Las acciones no se ven, lo que se ve son los eventos. Y muchas veces no sabemos si un evento es una acción o no. Que un evento sea una acción es una interpretación de ese evento, una interpretación que presupone varias hipótesis:

1) que el animal involucrado en la acción -el agente- tiene ciertas intenciones y creencias, y 2) que tales intenciones y creencias causan el evento en cuestión. Podría ser que no haya acciones en el mundo, que las intenciones carezcan de eficacia causal, que sólo haya eventos. A primera vista, sin embargo, más bien parece que sí hay acciones.

En casos concretos con frecuencia vacilamos en considerar el evento observado como accidente (algo que pasa) o como acción (algo que el agente hace intencionalmente). Vemos cómo el bañista penetra en el agua, pero no sabemos si se ha tirado al agua, o si ha resbalado, o si lo han empujado. Sólo en el primer caso se trataría de una acción del bañista, explicable por sus deseos y creencias (su deseo de zambullirse en el agua y su creencia de que la piscina estaba llena de agua y a sus pies). En los otros dos casos no se trataría de una acción, sino meramente de algo que le pasó al bañista.

Un evento que me involucra es una acción mía sólo si yo tengo la intención de que ocurra y si mi intención causa que ocurra. Pero un evento puede ser descrito de muchas maneras y, como escribe Anscombe (§ 6), un hombre puede saber lo que está haciendo bajo una descripción, pero no bajo otra, por lo que (§ 19) la misma acción puede ser intencional bajo una descripción y no intencional bajo otra. Cuando Edipo mató al caminante que resultó ser Layo, su Padre, él ignoraba esa circunstancia. Sabía que mataba al Caminante pendenciero, pero no sabía que mataba a su padre, ni mucho menos pretendía hacerlo. El mismo evento del cuchillo penetrando en el pecho de Layo, impulsado por la mano de Edipo, es susceptible de diversas descripciones.

Bajo ciertas descripciones -«Edipo mató al caminante»- el evento es una acción intencional del agente Edipo; bajo otras -«Edipo mató a su padre»- no es una acción intencional de Edipo, aunque sí es algo que Edipo hizo.

Silogismo práctico en Aristóteles

La primera teoría de la acción como evento explicable por las correspondientes intenciones y creencias se debe -como tantas otras primeras teorías- a Aristóteles, que la expone al hilo de sus consideraciones sobre el silogismo (o razonamiento) práctico. Se trata de una doctrina elaborada en la última etapa de su vida, y expuesta fundamentalmente en el Ethiká Nikomákheia (libro VII), en el Peripsykhés (libro III) y, sobre todo, en el opúsculo Perizóion kinéseos (Sobre el movimiento de los animales). Nosotros, los animales, no sólo somos procesadores de información descriptiva acerca de cómo es el mundo, sino también procesadores de información práctica acerca de qué hacer y cómo hacerlo, de tal modo que nuestras necesidades, deseos u objetivos reciban algún tipo de satisfacción. Este tipo de procesamiento o razonamiento desemboca no en una conclusión teórica correcta, sino en una acción adecuada. Anscombe señala que el olvido de este último tipo de procesamiento de la información (el práctico) por gran parte de la filosofía moderna ha conducido a muchas de las dificultades con las que ella tropieza en este libro. «¿No será que hay algo que la filosofía moderna ha malentendido completamente, a saber, lo que los filósofos antiguos y medievales designaban como conocimiento práctico? Ciertamente en la filosofía moderna tenemos una concepción incorregiblemente contemplativa del conocimiento: el conocimiento debe ser algo que es juzgado como tal por su acuerdo con los hechos» (§ 32). De ahí que Anscombe reivindique «el razonamiento práctico..., uno de los mejores descubrimientos de Aristóteles» (§ 33). Aristóteles estaba orgulloso de su teoría del silogismo o deducción (la única de sus múltiples hazañas intelectuales de la que él explícitamente se vanagloria). Por ello, a la hora de desarrollar su teoría del procesamiento práctico de la información, su teoría de cómo ciemos procesos internos nuestros acaban desembocando en la ejecución de una acción determinada, trata de presentarla de un modo lo más parecido y paralelo posible a la teoría del silogismo (teórico o deductivo). Como Anscombe señala (§ 33), aunque Aristóteles es perfectamente consciente de la diferencia entre el razonamiento que conduce a la verdad de una conclusión y el « razonamiento» que conduce a una acción, sin embargo tiende a recalcar la similitud entre ambos, diciendo que en los dos ocurre lo mismo, a saber, que una conclusión es implicada necesariamente por dos premisas, sólo que en el caso práctico una de las premisas es un deseo, y la conclusión es una acción.

En el silogismo práctico se dan dos premisas: una expresa un deseo o intención (algo que el animal quiere o desea o necesita); la otra expresa una creencia u opinión (que tal tipo de acción concreta y posible aquí y ahora conducirá a la satisfacción de ese deseo o necesidad). De ambas se sigue con necesidad la acción correspondiente. El principio u origen de la acción está siempre en el deseo (o, mejor dicho, en jerga aristotélica, en el objeto deseado, to orektón), que es el Verdadero motor práctico.

Cada vez que Aristóteles describe la conclusión de un Silogismo práctico, añade: «y eso es una acción». Como indica Anscombe en otro lugar («Though and action in Aristotle», en R. Bambrough [comp.] : 1965, New Essays in Plato and Aristotle, pág. 153), este aspecto automático-maquinal del Silogismo práctico es repetidamente subrayado por Aristóteles, Pues le ayuda a explicar cómo el silogismo práctico kinei (mueve), cómo realmente mueve o pone en marcha al animal, especialmente al animal humano.

Como ha recalcado su mejor analista, Martha Nussbaum (en 1978, en su Aristotle’s De motu animalium, pág. 174), el silogismo práctico es un esquema para la explicación teleológica de la actividad animal, destinado a poner de relieve qué factores debemos buscar y mencionar, qué estados debemos atribuir al animal, a fin de ofrecer una explicación adecuada a su acción.

La pauta de razonamiento práctico aristotélico (un deseo y una creencia, que fuerzan o causan una acción) es fácilmente traducible a una explicación teleológica en tercera persona de la acción del agente. Si mi deseo de comer algo dulce y mi creencia de que esto que tengo delante es dulce me llevan (como conclusión) a la acción de comerlo, entonces un observador podría explicar teleológicamente mi conducta observada de comer esa cosa dulce, aduciendo como premisas explicativas el que yo tenía el deseo o intención de comer algo dulce y el que pensé que ese alimento que estaba a mi alcance era en efecto dulce, por lo que lo tomé y me lo comí.

En el silogismo práctico la llamada conclusión no es en modo alguno una proposición, sino una acción (701 a 722). Es decir, los factores psicológicos que Aristóteles llama premisas conducen a la acción, no a la verbalización o al pensamiento. La acción es el explanandum; el habla (o la descripción lingüística de la acción) no puede sustituirla. Mientras que el silogismo teórico es esencialmente lingüístico, para la terna del silogismo práctico el lenguaje es de importancia menor. Como Von Wright observa : «Es de la esencia de las proposiciones el ser expresadas por sentencias... Deseos, creencia y actos carecen de una análoga conexión con el lenguaje» (Von Wright: 1963, «Practical Inference». Philosophical Review, 72). La verbalización literal no es un aspecto central del esquema explicativo en que consiste el silogismo práctico, ni podría serlo en modo alguno, pues se trata de un modelo para ayudamos a explicar las actividades de todos los animales, la inmensa mayoría de los cuales no hablan.

Ausencia de moralismo

Como Anscombe (§ 5), citando a Bradley, nos recuerda en este libro, el moralismo es malo para el pensamiento. Y quizás una de las razones por las que Aristóteles pensaba tan bien es por lo poco moralista que era. Como Anscombe (§ 35) recalca, el punto de partida del silogismo práctico es siempre un deseo, o algo deseado. Aunque Aristóteles formula a veces la premisa conativa empleando la palabra dei (conviene), esta palabra ha de ser entendida en su sentido usual (conviene que los atletas se entrenen frecuentemente, conviene mantener el peso, dejar de fumar o limpiarse los dientes antes de acostarse, conviene revisar los frenos del coche cada diez mil kilómetros, etc.) y no en el rebuscado sentido que los filósofos morales suelen dar a «debería». Como la misma Anscombe (§ 41) indica también, el silogismo práctico no es un tema ético. Las nociones de deber y obligación y el sentido moral de «debería» no aparecen jamás en la obra de Aristóteles. En realidad, gran parte de la ética moderna, basada en tales nociones, deriva de una concepción legalista de la moral mucho más arcaica que la ética aristotélica misma.

Es notorio que Aristóteles no distingue entre un razonamiento práctico moral y otro instrumental. Para él, la deliberación acerca de las virtudes morales es simplemente una parte de la reflexión y deliberación genérica acerca de cómo vivir. Y es difícil sustraerse a la impresión de que el enfoque aristotélico es mucho más fresco y actual que el kantiano, pongamos por caso.

Mentalismo tradicional

La palabra psicología fue introducida en el vocabulario culto del siglo XVIII para designar aquella parte de la filosofía que estudia la estructura y funcionamiento del alma o de la mente. La estructura de esta alma o mente se articularía en diversas facultades (inteligencia, voluntad, memoria, etc.), capaces de encontrarse en ciertos estados mentales (como creencias o intenciones) y de realizar ciertos actos mentales (como juzgar o inferir o tomar decisiones). El funcionamiento de esta «maquinada espiritual» podía ser conocido sólo por introspección.

Esta concepción estuvo vigente durante el siglo XVIII y gran parte del XIX. Todavía en 1890, en su obra clásica Principles of Psychology, William James describía su psicología como el resultado «de mirar dentro de nuestras mentes y describir lo que allí descubrimos..., sentimientos, deseos, cogniciones, razonamientos, decisiones y similares». El problema con el que tropezó la psicología mentalista introspectiva fue de tipo metodológico. Pronto se vio que no había manera de dirimir las diferencias de opinión de los psicólogos, apelando a la mera introspección. Hacían falta criterios objetivos. Y con ellos llegó el derrumbe de gran parte del aparato conceptual tradicional.

Conductismo

Desde finales del siglo pasado Ivan Pavlov en Rusia había encarrilado la psicología por derroteros más científicos, estudiando los reflejos condicionado de modo empírico e intersubjetivamente comprobable. En 1913 lanzó John Watson en Estados Unidos el movimiento conductista, que rechazaba la introspección de los estados de conciencia como método y proponía sustituirla por la observación experimental de la conducta observable. En manos de sus sucesores, como C. Hull y B. Skinner, el conductismo introdujo nuevas nociones, como la de condicionamiento operante, e impulsó nuevas ramas de la psicología, como la teoría del aprendizaje. Desde los años veinte hasta los cincuenta la psicología conductista tuvo un predominio indudable, al menos en los países anglosajones.

Filosofía analítica

Mientras la psicología había arrinconado las nociones mentalistas, éstas continuaban en uso en la filosofía. En los años treinta y cuarenta Ludwig Wittgenstein y Gilbert Ryle fueron los primeros en atacar tal uso, y en defender algo así como un conductismo filosófico, basándose para ello en un análisis mucho más preciso del lenguaje ordinario. En 1949 se publicó el famoso libro de Ryle, The Concept of Mind (El concepto de mente). Ryle identificaba los presuntos estados mentales con disposiciones conductuales a comportarse de cierta manera. La reificación de tales disposiciones en entidades independientes es un error filosófico basado en la confusión categorial entre expresiones gramaticalmente similares, pero de uso muy distinto. En 1953 se publicaron póstumamente las Philosophische Untersuchungen (Investigaciones filosóficas) de Wittgenstein (que había muerto dos años antes). La edición y traducción al inglés comieron a cargo de G.E. Anscombe y R. Airees. De todos modos, muchas de sus ideas hacía ya vados años que eran conocidas Por las clases de Wittgenstein en Cambridge y por los apuntes y notas de ellas que circulaban privadamente. Wittgenstein montaba un asalto vigoroso y brillante contra la introspección, los estados mentales que ella descubre y el lenguaje privado en el que se describen. El significado queda reducido al uso, y el uso queda encuadrado en un juego de lenguaje.

La filosofía analítica del lenguaje ordinario, de la que el Wittgenstein tardío y Ryle eran ejemplos eximios, dominó completamente la escena filosófica británica en los años cincuenta y sesenta. Y el tema de la acción humana y de las Presuntas entidades mentales siguió siendo uno de los favoritos. Precisamente Elisabeth Anscombe -que había sido editora y traductora al inglés de las Philosophische Untersuchungen de Wittgenstein, junto con R. Rhees- publicó en 1957 SU libro Intention (Intención), que el lector tiene ahora entre sus manos, y que pronto se convertiría en un clásico. Dos años más tarde publicaría S. Hampshire Thought and Action (Pensamiento y acción), insistiendo en la misma temática.

En 1963 Hampshire se trasladó a Norteamérica, y en ese mismo año el americano Donald Davidson publicó su influyente artículo «Actions, Reasons, and Causes». Desde entonces la reflexión analítica sobre la acción ha tenido su epicentro en Estados Unidos. En 1965 Arthur Danto introdujo la noción de acción básica, a la que sacó todo su jugo en su libro Analytical Philosophy of Action (Filosofía analítica de la acción), publicado en 1973. De todos modos, el filósofo de la acción más influyente siguió siendo Davidson, cuyos escritos pertinentes se reunieron en 1980 en Essays on Actions and Events (Ensayos sobre acciones y eventos). Según Davidson, la acción voluntaria se explica por las intenciones y creencias del agente, que constituyen a la vez las causas y las razones de su acción.

Enfoque computacional

Si la filosofía analítica creía poder resolver o disolver todos los problemas planteados en términos mentalistas mediante un análisis detallado de las expresiones en que éstos aparecen, otros pensadores ignoraban. el lenguaje ordinario y buscaban su inspiración en una comparación directa del organismo con la máquina, y de la mente con el ordenador.

El primero de estos enfoques fue la cibernética, introducida formalmente por Norbert Wiener en 1948, en su libro titulado precisamente Cybernetics, or control and communication in the animal and the machine (Cibernética, o control y comunicación en el animal y en la máquina). Las cuestiones relativas a la acción y la motivación parecían recibir una inesperada iluminación mediante nociones tales como las de autorregulación o retroalimentación. De todos modos, después de estar de moda durante unos 15 años, la cibernética acabó dando de si menos de lo que prometía y pasó a un segundo plano.

El interés por la cibernética fue pronto sustituido por el que despertó la inteligencia artificial. El programa y la palabra misma de la inteligencia artificial se presentaron por primera vez en 1956, en el curso de un seminario de investigación de verano, celebrado en Dartmouth y patrocinado por IBM. La inteligencia artificial pretende entender las operaciones de la mente mediante su simulación computacional. Los lenguajes de programación existentes en aquel momento no estaban a la altura de la tarea propuesta, que sólo empezó a ser viable tras la invención por John Mccarthy en 1958 del lenguaje LISP. Otros pioneros de la inteligencia artificial fueron Marvin Minsky, Alan Newell y Herbert Simon. El programa de la inteligencia artificial ha desembocado en la construcción de programas capaces de razonar y tomar decisiones, como los llamados sistemas expertos. Sin embargo, también en este caso los resultados obtenidos se han quedado cortos respecto a las expectativas iniciales.

El tercer y (por ahora) último enfoque computacional de los temas mentales se encuadra en la llamada ciencia cognitiva, actualmente de moda en Estados Unidos. La ciencia cognitiva trata de integrar las aportaciones de la inteligencia artificial con las de la lingüística, la neurofisiología, la psicología cognitiva, la lógica y la filosofía en un estudio interdisciplinar de la cognición.

Hablando del enfoque computacional, no puede olvidarse la influencia de Noam Chomsky, completamente opuesto al programa conductista. Precisamente en Chomsky y en su discípulo Jerry Fodor (por ejemplo, en su The Modularity of Mind, 1983) se observa una inequívoca vuelta al mentalismo, aunque sea bajo una modalidad computacional un tanto inédita hasta entonces.

La filosofía actual de la acción y la intención se ha visto influida por los enfoques computacionales, aunque en parte Continúa también la gran tradición analítica, como bien muestran las obras de filósofos recientes importantes, tales Como Jon Elster, Daniel Dennet, John Searle y Fred Dretske. Citemos, a título de ejemplo, la obra de Dretske Explaining Behavior. Reasons in a world of causes (Explicando la conducta. Razones en un mundo de causas), de 1988.

Enfoques biológicos

El conductismo pretendía encontrar en los influjos del ambiente y la educación la fuente única de nuestras motivaciones y carácter, y por tanto de nuestras acciones. Contra esta tesis protestaron los biólogos interesados por la conducta, como Konrad Lorenz. La etología (o biología de la conducta) muestra sin lugar a dudas que cada especie animal viene al mundo provista de un repertorio de pautas de acción y de sistemas motivacionales congénitos (y transmitidos por herencia genética).

Los neurofisiólogos, por su parte, suelen estar alejados de las discusiones filosóficas, aunque algunos, como John Eccles, Alexander Luna o J-Z- Young, han tomado parte activa en ellas. Algunos filósofos, como David Armstrong y Mario Bunge, han defendido la necesidad de una filosofía materialista de lo mental, basada en la neurofisiología. Una tal filosofía está siendo desarrollada con vigor por Paul Churchland y por Patricia Smith Churchland, autora de Neurophilosophy. Toward a Unified Science of the Mind/Brain (Neurofilosofía. Hacia una ciencia unificada de la mente/cerebro), publicado en 1986, y cuyo título es ya todo un programa. Estos filósofos nos invitan a abandonar los conceptos de la psicología popular, tales como los de creencia o intención o deseo, y a buscar otros nuevos, más acordes con (y basados en) lo que sabemos sobre el funcionamiento de nuestro cerebro.

Aunque los enfoques biológicos y neurofisiológicos están llamados a adquirir cada vez mayor relevancia en el futuro, su rendimiento presente es escaso. Por desgracia, sabemos muy poco de nuestro cerebro, y lo poco que sabemos no basta para explicar cómo actuamos. Tenemos buenas razones para pensar que los estados mentales son la cara interna, o experiencial de ciertas estructuras neurofisiológicas hasta hoy desconocidas de nuestro cerebro, pero todavía no tenemos ni idea de en qué pueda consistir la estructura neurofisiológica correspondiente a una intención, o a una creencia, o a un recuerdo. De hecho, la atribución de intenciones sigue basándose en las confesiones del sujeto o en las inferencias circunstanciales. La autopsia sigue sin poder revelarlas.

Racionalidad y preferencias dadas

La teoría formal de la decisión racional es una teoría matemática con importantes aplicaciones en la economía. Se trata de una teoría normativa, que precisa la noción de elección racional entre varias alternativas bajo circunstancias de riesgo. Se supone que el agente es capaz de asignar probabilidades subjetivas de un modo consistente a las diversas eventualidades posibles. También se supone que es capaz de asignar utilidades (en el sentido de medidas de la deseabilidad) a las diversas consecuencias posibles. De hecho, para esto último basta con que el agente esté en situación de contestar coherentemente a preguntas por su preferencia entre pares de consecuencias posibles. A partir de estas preferencias binarias (que determinan una escala ordinal) es posible construir una función o escala métrica de utilidad, que asigna a cada consecuencia posible un número. Cada alternativa de acción puede tener diversas consecuencias, según cuál de las eventualidades se actualice. Dada una alternativa de acción, el agente asigna una cierta utilidad o deseabilidad a la consecuencia que tendría esa alternativa en cada una de las eventualidades posibles.

La suma ponderada de la probabilidad subjetiva de cada eventualidad multiplicada por la utilidad de la consecuencia de esa alternativa en esa eventualidad nos da la utilidad esperada de esa alternativa. Pues bien, la regla de Bayes, núcleo de la teoría de la decisión, nos dice que hemos de elegir (o que es racional elegir) aquella alternativa que tenga la máxima utilidad esperada. Su consejo es: Actúa de tal manera que potencies al máximo tu utilidad esperada (si pretendes comportarte racionalmente). Una teoría de la decisión racional establece criterios necesarios, pero insuficientes, de racionalidad. En especial, acepta las creencias (o asignaciones subjetivas de probabilidad) como dadas, mientras sean coherentes. Y acepta también como dadas las preferencias, mientras sean coherentes. Pero la coherencia es un requisito, aunque necesario, demasiado débil. Un conjunto demencial de creencias y un sistema de preferencias que conduzcan con seguridad a la catástrofe pueden ser coherentes. Parece que también forma parte de nuestra noción intuitiva de racionalidad una cierta disposición analítica y autocrítica de nuestras propias creencias y de nuestras propias preferencias. Toni Doménec (en 1989, De la ética a la política) ha destacado especialmente el papel de las metapreferencias o preferencias de segundo orden en la ordenación y critica de nuestras preferencias directas (a lo que él denomina racionalidad erótica, en contraste con la racionalidad inerte, que se limita a constatar preferencias de primer orden).

Conflictos interiores

De hecho, el sistema de nuestros deseos y preferencias no siempre es claro ni coherente. A veces queremos una cosa y su contraria, queremos y no queremos, como ocurre con frecuencia en los casos de adicción. El fumador, el alcohólico o el drogadicto quiere dejar de fumar, de beber o de drogarse (porque sabe que perjudica gravemente a su salud y que acabará produciéndole dolores futuros), y a la vez quiere seguir fumando, bebiendo o drogándose, pues las moléculas de la adicción implantadas en su cerebro producen un desasosiego característico (el síndrome de abstinencia), si su efecto no es rápidamente neutralizado por nuevas dosis del producto adictivo. Aristóteles pensaba que el sujeto racional es capaz de elegir lo que le conviene en función de sus fines e intereses últimos y del plan de vida y de la idea de sí mismo que él se ha trazado, y que sólo una decisión de este tipo es una verdadera elección racional (proairesis). Esa elección racional corresponde a lo que el Sujeto Verdaderamente quiere. Sin embargo, a veces es incapaz de cumplir sus propias órdenes, de llevar a cabo sus propios designios, por akrasia o debilidad de la voluntad. El tema de la akrasia está de moda en la filosofía actual. Jon Elster le dedicó en 1979 su famoso libro Ulysses and the Sirens (Ulises y las sirenas), cuyo título alude a la táctica racional de Ulises de atarse previamente al mástil de su embarcación, para no privarse de oír el canto de las sirenas y, al mismo tiempo, asegurarse de no abdicar en su empeño de continuar la travesía. El libro editado por el mismo autor en 1986, The Multiple Self (El yo múltiple), ahonda en la misma problemática.

Actualmente sabemos que nuestro encéfalo no es un órgano diseñado unitariamente por un ingeniero, sino el resultado chapucero de la yuxtaposición de diversos sistemas a lo largo de la evolución biológica. No siempre el córtex llega a las mismas conclusiones prácticas que el sistema límbico, no siempre nuestros diversos yos actúan al unísono, la desorientación y el conflicto interno están a la orden del día. Quizás nuestra voluntad unitaria y nuestras intenciones precisas son construcciones hipotéticas demasiado simplistas, y en el futuro habrán de ser sustituidas por herramientas conceptuales más complejas. De todos modos, y de momento, son todo lo que tenemos para explicar (por muy insatisfactoriamente que sea) nuestras acciones.

Este libro sutil, preciso y como bordado de Elisabeth Anscombe sobre la Intención no requiere presentación. Y estas breves notas no lo presentan. Se limitan a abordar el mismo tema de un modo más genérico y superficial, y a aludir a otras maneras de enfocarlo. ¿Qué hacen aquí, entonces? ¿Por qué las he escrito? ¿Cuál es la explicación de esta acción, de la que yo soy el agente, y de la que este texto es el resultado? ¿Quién es el culpable de la acción mía de escribir esta introducción? El culpable (y, en este sentido, el causante) es mi amigo Manuel Cruz, director de la colección en que el libro aparece. Aunque yo no tenía ni intención ni tiempo de escribirla, su insistencia me convenció de que el redactarla sería la única manera de quitármelo de encima. Quizás exista otra explicación mejor, pero en este momento no se me ocurre.


JESÚS MOSTERÍN

Universidad de Barcelona







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