A survey of buddhism: sexta edición



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El contraste entre la apreciación meramente histórica del Buda y la apreciación cosmológica es decir, el contraste entre el hijo de Suddhodana, el descendiente de un linaje de reyes y guerreros, de un lado, y el reconocimiento tradicional de la significación cósmica de la vida y misión del Buda del otro, se expresa con la mayor vividez en un famoso incidente relatado en el Canon Pali. Se trata del encuentro cara a cara, después de siete años sin verse, de Suddhodana, el padre del Buda, con sus limitados conocimientos y lealtades, y su iluminado hijo. Es un relato esencialmente dramático ya que contiene una confrontación de valores de índole muy diferente. Sir Edwin Arnold, en su poema “La Luz de Asia”, con su característica habilidad literaria, explota con éxito las posibilidades dramáticas de la situación. Suddhodana, al ver al Buda pidiendo en las calles de Kapilavastu, prorrumpió en reproches con pena y desdén:
“-¡Tú tendrías que haber venido con el atavío de tu rango, acompañado de lanceros a pie y a caballo! ¡He aquí todos mis soldados acampados a lo largo de la ruta, y toda mi ciudad esperando a sus puertas!

¿Dónde has estado todos estos malditos años mientras tu coronado padre se afligía? Y ella (tu esposa) lo mismo, viviendo como las viudas, renunciando al júbilo, sin escuchar jamás canción o instrumento alguno, sin haber llevado vestido festivo hasta hoy que, con sus doradas ropas, da la bienvenida a casa a un esposo mendigo vestido con harapos amarillos. ¿Por qué todo esto hijo?

-Padre mío, ésta es la costumbre de mi raza.

-Tu raza - contestó el Rey- cuenta con cien tronos desde Maha Sammat, pero no hechos como éste

-No es una ascendencia mortal -dijo el Maestro- hablo de la ascendencia invisible de los Budas que fueron y de los que lo serán. Uno de ellos soy y lo que ellos hicieron yo hago.”
Con estas palabras enfáticas, Arnold reproduce el espíritu del texto original con una fuerza y un acierto que más que compensan por la falta de equivalentes literales. El Buda, en su primer año después de la Iluminación, se sitúa indudablemente en un vasto contexto cosmológico y en una perspectiva universal, cuyos rasgos principales ya he tratado de describir. Aceptemos o no las descripciones y las clasificaciones de los kalpas, así como las listas de los nombres de los Budas que encontramos en las Escrituras Budistas, es difícil que no nos impresione la magnificencia de toda su concepción o que no reconozcamos su verdad esencial. Sea la cosmología tradicional budista una sobria declaración de hechos científicamente verificables, o un vuelo delirante de la imaginación poética, a su manera refleja, sin duda, una ley cuya operatividad yace en el latido del corazón del budismo. Esta ley dice que cuando se dan las condiciones para la producción de un fenómeno—sea la caída de una hoja o el nacimiento de un Buda—el efecto seguirá inevitablemente. La significación definitiva de las enseñanzas de la cosmología tradicional budista y la forma en que iluminan la serena y majestuosa figura del Maestro, no han sido explicadas nunca tan bien, según mis conocimientos, como las explica Lama Anagarika Govinda en su artículo “El Buda como Ideal del Hombre Perfecto y su Personificación del Dharma” que publicó el Maha Bodhi Journal, en el número de la conmemoración del Vaisakha del año 2.498 (mayo-junio de 1954). Este artículo dice así:
“Sin embargo, los presuntos hechos históricos de la vida del Buda han sido considerados de tan escasa importancia que, incluso actualmente, es imposible averiguar la fecha exacta de su nacimiento. Incluso el siglo en que vivió es un asunto controvertido para varias escuelas budistas. Además ni siquiera están éstas de acuerdo con respecto al nombre de la esposa de Siddhartha, ni en si Rahula nació antes o después de que el Boddhisattva dejase el hogar. Pero en lo que sí están todas de acuerdo es en el carácter eterno del Dharma que proclamó el Buda (el Dharma predicado por sus predecesores espirituales en este ciclo, o kalpa, y en previos eones), así como en que será predicado de nuevo por el futuro Buda, el quinto y último de este kalpa, Maitreya, cuyo advenimiento es anunciado por la profecía del Buda Shakyamuni en el Digha-Nikaya (XXVI). De forma similar, el Buda nos habla frecuentemente de los Budas del pasado y compara sus vidas y acciones con las suyas propias. De hecho, es sólo en este sentido que se nos da a conocer los hechos principales de su vida. Los nombres de los Budas de este eón y de los previos son conocidos por todas las tradiciones budistas.

Resulta pues que se sabe y habla más sobre el linaje espiritual del Buda que sobre sus antepasados; aun si el hecho de que provenía de familia real, o al menos noble, debería de haber facilitado el conocer el linaje y contexto histórico de sus antepasados. Esto muestra claramente que se ha otorgado mucha más importancia a su linaje espiritual, que puede ser correctamente llamado su contexto universal, que al linaje histórico o material.

El contexto universal revela una de las ideas más profundas del budismo, la cual eleva su enseñanza sobre los conceptos estrechos y dogmáticos del sectarismo. Es la inevitable conclusión de que la Iluminación es intrínseca al universo, o mejor dicho, está latente en todas las formas de consciencia, y por lo tanto, alcanzará su madurez, según la ley universal, cuando las condiciones sean favorables. Que esta ley no funcione con la regularidad mecánica de un reloj, prueba que es una fuerza viva y explica por qué no todos los kalpas tienen el mismo número de Budas. Según la escuela theravada puede que incluso haya kalpas sin Budas.

Así pues, la vida humana de un Buda ha de ser vista desde una perspectiva totalmente distinta a la de la vida humana corriente: la vida humana de un Buda se convierte en un fragmento de un desarrollo mayor y de más importancia, en éste el elemento humano es esencialmente el vehículo para el redescubrimiento del carácter universal (y en este sentido transcendental) de la mente o consciencia, que según el Prajnaparamita-Sutra es en su verdadera naturaleza inconcebible.”


Este “redescubrimiento de lo universal” no se logra en un día ni tampoco en una vida. La meta es “alcanzada” en un instante particular—el aniversario de ese instante es debidamente observado como la fecha más importante de nuestro calendario—pero el logro mismo depende no sólo de los esfuerzos de una vida sino de los de muchas. Igual que el alud, que de repente desciende sobre la aldea dormida, ha ido lentamente acumulando peso con la caída continua de pequeños copos de nieve, la experiencia de la Iluminación, la cual elimina el deseo, el odio y la ignorancia, es el efecto acumulado de esfuerzos y aspiraciones de incontables vidas dedicadas al logro de un objetivo supremo: la Iluminación por el bien de todos los seres. La carrera del Bodhisattva es inimaginable sin la concepción de la Budeidad como su meta, y es de igual modo inconcebible el logro de un Buda sin el ideal de la carrera del Bodhisattva tras él. Aunque la Budeidad tiene lógicamente prioridad sobre el Bodhisattva, en cuanto a experiencia éste la precede y está relacionado con ella como la causa al efecto. Por lo tanto, no hemos de ver al último de los Iluminados solamente como al sucesor de los antiguos Budas, sino también como el heredero de los resultados de acciones llevadas a cabo durante una serie de vidas incalculablemente larga. Las metáforas basadas en dinastías reales ya no son aquí apropiadas. La doble línea de ascendencia puede ser, en cambio, ilustrada con una analogía que se refiera a una república. El presidente de los Estados Unidos, por ejemplo, puede ser considerado como el sucesor de los presidentes previos o como descendiente de sus antepasados y se podrán escribir sobre él dos biografías, una de su persona y otra de su figura pública. Claro está que al final ambas líneas convergen. En el caso del Buda se fusionan: su Budeidad es la significación definitiva de sus vidas como Bodhisattva. La biografía humana e histórica del Buda es el relato del enlace místico entre lo humano y lo divino, lo individual y lo universal, lo terrenal y lo cósmico, el inmanente impulso y el ideal transcendental. Tras El, en larga sucesión que se prolonga hacia el infinito, quedan las vidas de sus sublimes predecesores, los Budas, así como su multitud de reencarnaciones como Bodhisattva. Se conoce mejor, como Lama Anagarika Govinda ha señalado, su linaje espiritual que su ascendencia humana. El Canon Pali si bien contiene fragmentos muy interesantes que describen episodios de su última vida en la Tierra, no nos presenta una biografía continua del Maestro en el sentido de las biografías modernas. Sin embargo contiene el Buddhavamsa, obra que nos instruye sobre las vidas de los Buddhas previos, la ascendencia espiritual del Buda, y contiene, además, el libro de los Jatakas, o relatos de nada menos que quinientas cincuenta de sus vidas previas como Bodhisattva, durante todas las cuales practicó las Diez Perfecciones (dasa-pãramitã). Además hay, esparcidas por el Canon Pali, otras referencias a sus previas vidas que no se encuentran en el libro de los Jatakas. Servirá de ejemplo el texto siguiente, en el que el Buda, hablando sobre el provecho de las actos buenos, dice:
“-Yo mismo, hermanos, soy testimonio de los buenos frutos obtenidos por mucho tiempo como consecuencia de los buenos actos —una cosa deseada, amada, querida y deleitosa. Por siete años practiqué el pensamiento bondadoso y el resultado fue no volver a este mundo por siete eones de la expansión y contracción de este mundo (Samvatta-vivatta, involución y evolución).

Una vez expandido el eón, hermanos, me convertí en uno de los Espléndidos Devas. Una vez contraído, hermanos, nací en la Morada Suprema (Brahmã-vimãna). Allí fui un Brahma, un gran conquistador, no conquistado, el Controlador que todo lo ve.

Treinta y seis veces, hermanos, fui yo Sakka, el Señor de los Devas. Muchísimos cientos de veces fui raja, soberano universal, monarca justo, victorioso en las cuatro direcciones, goberné reinos que gozaban de la bendición de la seguridad, poseía las sietes joyas: ese tipo de gobernante fui yo—además de gobernante en provincias”. (Itivuttaka, 22. Traducción de Woodward)

VI. El Buda Gotama: su grandeza y función


Cuando se nos ha revelado que el espacio y el tiempo infinito constituyen el telón de fondo y el escenario del gran drama de la Iluminación, somos capaces de ver lo ridículo que es intentar empequeñecer o menguar la majestuosa figura del Buda. Frente a la calmada determinación de su mirada han pasado los espectáculos de sus millones de nacimientos que culminan en el jivanmukta o ser liberado. Aquello que sería el mayor elogio para cualquier otro ser es el logro mínimo para un Buda. Los Budas no surgen por su propio beneficio solamente, sino por el de todos los seres; surgen por compasión por el mundo, para el bien, el provecho y la felicidad de los dioses y los humanos. Son los Maestros del Mundo. Su Enseñanza, aunque siempre es la misma, ha de ser descubierta de nuevo por cada uno de Ellos antes de que puedan manifestarla otra vez en el mundo, ya que la Verdad, en sus manifestaciones, pero no en su esencia, está sometida como cualquier otra cosa a las vicisitudes de la fortuna. A medida que pasa el tiempo y los seres humanos van degenerando, el Dharma poco a poco desaparece de la mente y los corazones de los hombres y, al final, ni siquiera sobrevive el recuerdo de las eras más virtuosas del pasado. La desaparición del Dharma significa que el acceso al Nirvana es imposible y que la emancipación de los ciclos de nacimientos se convierte en un sueño, ya que, como insistí meticulosamente al principio, el Dharma es en esencia el medio de la emancipación, sabor único (ekarasa) de toda la Enseñanza. Por otra parte, no hay ni acontecimiento ni fenómeno alguno que no surja en dependencia de elementos causales y el Dharma es el conjunto de causas y condiciones indispensables para el logro de la Iluminación.

Es un error argumentar que en la medida que existen otros caminos a la Iluminación, la desaparición de la Tierra de la Enseñanza del Buda no equivale al oscurecimiento del Camino a la Paz. El Dharma no es un camino entre otros sino El Camino. No afirmo este hecho por razones basadas en fanatismo sectario, o prejuicio dogmático en favor de la Enseñanza que exige mi lealtad, sino porque el Dharma afirma con precisión y claridad lo que en países cristianos se considera la prerrogativa de la ciencia en vez de la religión. Se trata de aquellas leyes universales según las cuales tiene lugar la Iluminación del ser humano y, por consiguiente, las condiciones de que depende esta y el medio por el que ha de lograrse. El Dharma no es un camino más al Nirvana sino el principio subyacente y la razón fundamental de todos los caminos. La desaparición del Dharma trae consigo esencialmente la desaparición del conocimiento principal de los medios de alcanzar la Iluminación, no solamente la de una aplicación particular de estos medios. Es imposible alcanzar la liberación fuera del Dharma, ya que éste representa a aquellas Enseñanzas, en sus aspectos más universales y por consiguiente más individuales, que en otras religiones se encuentran con frecuencia en formas fragmentadas y distorsionadas.

Al decir la desaparición del Dharma, no me refiero simplemente al olvido de esta o aquella religión, sino al eclipse total de ese conocimiento de los medios de Emancipación que constituye, al menos idealmente, la esencia de todas las tradiciones y todas las enseñanzas religiosas. El período de tinieblas que entonces sobreviene, durante el cual el Camino al Nirvana permanece completamente olvidado, puede durar, como hemos visto ya, cientos de miles de años. Por lo tanto se apreciará ahora fácilmente la importancia del advenimiento de un Buda, el cual redescubre el camino de la Emancipación, lo recorre y lo proclama. Su grandeza no consiste en el hecho de que alcance el Nirvana, sino en que, gracias a El, después de un lapso de milenios inconcebible, el logro del Nirvana es practicable de nuevo no sólo para El, sino para millones incontables de seres humanos. Siempre que el hombre trata de extender el dominio de su conocimiento, de ensanchar el campo del logro humano, o de llevar a los territorios de lo imposible las fronteras y los estandartes de la posibilidad, es inevitable que el mayor peso y el choque más violento caigan sobre los fuertes hombros y la firme voluntad del pionero. A la altura en que él ponga la bandera de la victoria, quizá a precio de la propia vida, cientos de miles subirán después con facilidad. Los pasos solitarios de unos pocos son seguidos por la multitud. Así lo que el genio de un hombre descubre por sí solo—ya sea Platón reflexionando tenazmente sobre la Teoría de los Universales o Newton en busca de la Teoría de la Gravedad—puede ser entendido, una vez descubierto, por todo aquél que posea la suficiente concentración mental para seguir los pasos de una demostración. No surgen las mayores dificultades cuando, simplemente, hacemos una cosa, sino cuando la hacemos por primera vez. Por lo tanto, rendimos honores al Maestro no sólo por ser Arahant, o persona que ha alcanzado el Nirvana, sino por ser Buda: aquél que habiéndose preparado para una tarea de dificultad sobrehumana por medio de la práctica de las Diez Perfecciones, durante un número incalculable de vidas y sin maestro ni guía, parte y atraviesa los obstáculos que bloquean la ruta hacia el Nirvana y la abre de nuevo al tránsito humano.

Este punto de vista de la verdadera significación de la vida del Buda, así como del valor real que su obra tiene para la humanidad, es confirmado en diversos textos de las escrituras en pali. De momento dejo aparte las fuentes en sánscrito, ya que generalmente se considera que contienen, al menos en su forma literaria actual, versiones posteriores de material originalmente común a todas las escuelas budistas. En el Samyutta-Nikaya dice que en una ocasión el Buda preguntó a la hermandad que distinción, rasgo específico o diferencia había entre el Tathagata que siendo Arahant era un Iluminado Completo y el hermano que por medio de la visón clara se había liberado. Respondiendo que para ellos todo se basaba en el Exaltado, que era su guía y recurso, le pidieron que les revelara el significado de lo que les había preguntado. El Buda les exhortó a que aplicaran la mente con atención y prosiguió:


“El Tathagata, hermanos, siendo Arahant, un Ser Completamente Iluminado, es aquél que origina el surgimiento de un camino que no ha surgido antes, aquél que produce un camino que no ha sido producido antes, aquél que proclama un camino que no ha sido proclamado antes, es el conocedor de un camino, quien lo entiende, él es el experto en el camino. Ahora bien, hermanos, sus discípulos son caminantes que le siguen.

Hermanos, esa es la distinción, el rasgo específico, lo que distingue al Tathagata, que es Arahant y Completamente Iluminado, del hermano que se ha liberado por medio de la visión clara”. (Samyutta-Nikãya, III. 66. Traducción de Woodward)


Hay otra declaración del Buda en otra sección de este Nikãya que es incluso más enfática e impresionante:
“-Cuando no habían surgido en este mundo ni el sol y ni la luna, hermanos, no existía ni el resplandor de la gran luz, ni el resplandor de su brillo. La oscuridad enorme, la oscuridad de la confusión, prevalecía. No se distinguía el día de la noche, ni el final del mes de la mitad del mes, ni tampoco las estaciones del año. Pero, hermanos, cuando la luna y el sol surgen en el mundo entonces existe el resplandor de la gran luz, de la gran luminosidad, y la oscuridad enorme, la oscuridad de la confusión, ya no existe. Entonces se distingue la noche del día, el final del mes de la mitad del mes, y las estaciones del año.

De igual modo, hermanos, sin el surgimiento de un Tathagata, un Buda Supremo, no hay resplandor de la gran luz, ni gran luminosidad, sólo hay oscuridad enorme, la oscuridad de la confusión prevalece y no hay ni proclamación, ni enseñanza, ni indicación, ni establecimiento, ni apertura, ni análisis ni explicación de las Cuatro Verdades Nobles. Pero, hermanos, cuando aparece un Tathagata todas estas cosas tienen lugar y entonces hay proclamación, hay enseñanza, hay indicación, hay establecimiento, hay apertura, hay análisis, hay explicación de las Cuatro Verdades Nobles”. (Samyutta-Nikãya, V 442. Traducción de Wooward)


También en el mismo Nikãya, el Buda explica su Iluminación en términos de la penetración del origen y la cesación del sufrimiento, la cual es lograda por medio de la comprensión progresiva de los eslabones (nidãna) de la paticca-samuppãda, o la Co-Producción Condicionada, que van del tercero al duodécimo. En consecuencia de esto, dice el Sutta, surgió en El una visión de las cosas nunca antes recordadas, así como el conocimiento, la visión clara, la sabiduría y la luz. En esta ocasión el Buda ilustra su descubrimiento con la parábola siguiente:
“-Imaginad, hermanos, que un hombre fuera viajando por un bosque, a lo largo de las crestas de los montes, y que diese con una antigua ruta, un camino antiguo transitado por hombres de una edad pasada, lo siguiese y al caminar descubriera ante sus ojos una ciudad antigua, una ciudad real de un lejano pasado, en la que hubieran morado hombres de eras pasadas, una ciudad con el trazado de sus parques, sus huertos y sus cisternas de agua, y con una sólida muralla alrededor—un lugar magnífico.

Y suponed, hermanos, que ese hombre comunicara su descubrimiento al rey o alguno de sus ministros, diciendo:

-Perdóneme señor, pero quisiera hacerle saber que mientras viajaba por el bosque, a lo largo de las crestas de los montes, me encontré con una antigua ruta.....(repetición de lo ya dicho)....un lugar magnífico. Señor reconstruya esa ciudad.

Entonces suponed, hermanos, que el rey, o su ministro, restaurase la ciudad para que desde entonces fuera próspera, afortunada y bien poblada, llena de gente, y la ciudad alcanzase esplendor y creciese. De igual modo, hermanos, yo he visto un Camino antiguo, un antiguo sendero transitado por Aquellos perfectamente iluminados en épocas pasadas. ¿Y cual es ese Camino? Es el Camino Óctuple Noble”. (Samyutta-Nikãya, II. 104 Traducción de Woodward)


La diferencia entre un Buda y un Arahant no sólo fue claramente declarada por el Maestro, sino también reconocida y sentida profundamente por sus discípulos. Estos, incluso después de haber llegado a ese estado de liberación de la consciencia que es la meta de la Enseñanza, parece que siguieron sintiendo que en una forma indefinible la realización del Buda transcendía enormemente a la suya. De ahí las expresiones de reverencia, devoción y amor por el Buda que brotan de los labios de los Theras y las Theris después de que surgiera la emancipación en sus corazones. De ahí el himno que resultó en que el muy devoto Sariputra—quien en el fervor de su fe había declarado que nunca había habido ni volvería a haber nadie como el Buda—fuera corregido por su sonriente Maestro. De ahí el sentimiento de inmenso respeto, acompañado de un ligero sobrecogimiento, que años de la más íntima convivencia fueron incapaces de disipar. Es posible que un Napoleón no sea un héroe para su ayudante de cámara; pero un Buda siempre es un Buda incluso para su asistente personal. Poco después del Parinirvana del Buda, un brahman llamado Gopaka Mogallana le preguntó al anciano Ananda si había algún monje total y completamente dotado de todas las cualidades del Buda. Ananda le contestó sin vacilar, y en tal forma que sugiere que treinta años de intimidad no habían desgastado la frescura de su convicción, que entre el Maestro e, incluso, sus discípulos iluminados había una diferencia abismal:
“-Brahman, no hay un solo monje que esté total y completamente dotado de todas esas cualidades de que el Señor, el Arahant, el completamente iluminado, estaba dotado. Porque el Señor fue el productor del Camino no producido, el originador de lo no originado, el predicador del Camino no predicado, el que reconoció y percibió el Camino. Los discípulos, sin embargo, se atienen al Camino y porque se les ha mostrado”. (Gopaka-mogallana-Sutta, Majjhima-Nikaya, III. 7)
A partir de estas citas y del esbozo de la cosmología budista dado en las secciones IV y V, resulta evidente que se pueden afirmar varias cosas sobre la Enseñanza del Buda. Además, pueden ser afirmadas con la suficiente certidumbre de que constituyen la base sobre la cual se apoyan otras conjeturas sobre la naturaleza del budismo en general. Para empezar, el rango de superioridad ilimitada que el Buda tiene con relación a todos los demás seres, incluso los Arahantes, es afirmado categóricamente. La esencia de la distinción entre El y sus discípulos iluminados consiste en la prioridad de su logro, en el hecho de que el Camino al Nirvana fue primero descubierto y revelado por El: los demás simplemente siguieron sus pasos. En el contexto de la historia científicamente verificable el Buda y su Dharma son únicos. Pero el contexto histórico está contenido, como ya hemos visto, en otro contexto que coincide con la totalidad del cosmos, con la ilimitada extensión y duración de todo el sistema de mundos. En consecuencia, el descubrimiento del Buda, el descubrimiento del Camino al Nirvana, es considerado un redescubrimiento y su proclamación del Dharma una reproclamación. En este contexto infinitamente ampliado, su logro, lejos de ser un acontecimiento único, es la confirmación más reciente de un principio que se da siempre, y dondequiera, que las condiciones lo permitan. La Enseñanza del Buda está lejos de ser absolutamente original y es nueva sólo en el sentido de que nunca deja de ser aplicable.

Si al Dharma que enseñó el Buda se le denomina sanãtana, o eterno, y akãlika, o no afectado por el tiempo, no es porque lo único que lo haga recomendable sea su antigüedad, sino porque es la formulación en este período-Buda de principios que son verdaderos siempre y en todo lugar. No obstante, esta formulación no se pasa de un Buda a otro como una reliquia de familia: cada uno de Ellos la descubre de nuevo por si solo. La unidad de sus Enseñanzas no se debe tanto a la fidelidad con que han preservado una tradición común, como a la forma definitiva en que han impreso el sello de una experiencia común sobre sus respectivas Enseñanzas. Y no sólo nos han pasado un sello, también han encontrado y usado el cuño. No es necesariamente un argumento a favor de una enseñanza el que nos haya llegado de la antigüedad más remota. El error es coetáneo con la verdad y los Puntos de Vista Falsos son gemelos de los Puntos de Vista Correctos. Al Dharma se le llama sanãtana no tanto porque sea eterno, aunque ésta es la traducción literal de esta palabra, sino porque es de aplicación universal. Esta universalidad es la marca que denota la calidad de la Enseñanza. La forma externa puede cambiar y una formulación del budismo es sucedida por otra; pero esto son sólo las adaptaciones de una misma necesidad humana a varias expresiones culturales y sociales. Bajo todos estos cambios el Dharma permanece inmutable, no como un fósil, sino como una fuente inagotable de vida espiritual. Ya que el Dharma no se basa en lo accidental sino en lo esencial, en la verdad que ha perdurado a lo largo de la destrucción de millones de sistemas de mundos y que es, en su sentido más amplio, idéntica a la Ley que hace posible el origen y la disolución de los sistemas de mundos.




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