A maría Luisa que me contuvo y orientó en uno de los procesos más difíciles de mi aprendizaje



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Gráfico Nº 2

La Gran Escala de los Seres presentada por Bonnet

En general la idea de continuidad era compartida por los naturalistas de la época. Esta escala, que además presenta un orden que se entiende como inmutable, representó para la mayor parte de los naturalistas el reconocimiento de un plan cuya organización permite reconocer una intención divina. Esta escala era reconocida como fundamento de las principales reflexiones biológicas de la época (Maquinistian 2004). De hecho, tanto la escala como la continuidad formaron parte de los fundamentos del padre de la taxonomía moderna, Carl von Linné más conocido como Linneo, naturalista sueco que se guió por el objetivo de demostrar la grandeza de Dios.

Linneo se preocupó especialmente por el modo de organizar a los seres. La clasificación de los seres era una deuda pendiente, y en general las colecciones respondían a criterios reconocidos como arbitrarios. En Aristóteles no existió una clasificación absoluta, ya que en sus diferentes trabajos organiza a los seres vivos a partir de distintas características funcionales (Cecchi et.al. 2001). Las categorías se superponen, tal como lo indica el propio estagirita, muchas veces se solapan los géneros, pues ni los bípedos son todos vivíparos u ovíparos –ya que las aves y los seres humanos son bípedos–; ni los cuadrúpedos son todos ovíparos o vivíparos –pues caballos, vacas y lagartos pertenecen a esta categoría (Aristóteles Tratados breves de historia natural).

El naturalista sueco Linneo compartió con la herencia aristotélica que lo precede que las especies son entidades de existencia real en la naturaleza, señalando en su Philosophia botanica (1751) que “hay tantas especies como formas diferentes ha producido desde el principio el Ser Supremo”. Para el estudioso sueco, el trabajo de los naturalistas era reconocer todas las especies creadas, dándole nombre para luego registrarlas, describirlas y, finalmente, clasificarlas. De este modo asume una naturaleza fija, organizada y susceptible de ser explicada en función de caracteres esenciales.

Como su estudio se inicia con la observación de plantas, los primeros criterios clasificatorios los toma en este terreno. Linneo entiende que los órganos sexuales de las plantas (estambres y pistilos) son fundamentales en las plantas, y los toma como referencia absoluta del orden que plantea, sobre valorándolos respecto de los demás órganos (Maquinistian 2004). A pesar de su compromiso continuista, plantea la división de los seres en tres grandes reinos discretos: mineral, vegetal y animal. Una división que resultó problemática, por ejemplo, para el caso de los infusorios, que en las primeras organizaciones se encuentran entre los vegetales y las revisiones posteriores los ubica entre los animales (Osorio 2007). Es de destacar que el continuismo del botánico sueco no le impidió formalizar una categorización con separaciones absolutas.

El orden planteado por Linneo signó el desarrollo de la biología, que sostuvo el criterio organizativo en el interior mismo de las categorías, establecidas en función de ciertos órganos que se tomaron como fundamentales. Desde estas consideraciones Linneo estableció el sistema de nomenclatura binaria (que se utiliza hasta el día de hoy), que consiste en denominar a todo ser vivo con dos nombres: el primero, que indica el género y el segundo, que nombra a la especie.

Ahora bien, a pesar de que el continuismo y la jerarquía no se discutían, la posibilidad de categorizar a partir de ciertos aspectos fijos sí tenía detractores. Por ejemplo, Michael Adanson, botánico francés del siglo XVIII, también reflexionó sobre las posibles clasificaciones. En relación al tema reconocía que las formas de ordenar a los seres vivos se dividían entre artificiales y naturales. Los modos artificiales eran los que tomaban un carácter como “distintivo”, como contrapartida las clasificaciones naturales surgían al considerar al conjunto de caracteres. Consecuentemente Adanson entendía que la clasificación de Linneo era artificial. A esto agregaba que la confianza del sueco en relación a la existencia de las especies también debía discutirse, ya que -desde una posición nominalista- entendía que los géneros y especies son categorizaciones impuestas por los observadores y no entidades per se. En este sentido, Adanson puede vincularse con las reflexiones de Locke, quien en su Ensayo sobre el entendimiento humano (1690) señala
“… la naturaleza elabora muchas cosas particulares que concuerdan unas con otras en muchas cualidades sensibles, probablemente también en su constitución interna; pero no es esta esencia real lo que la distingue en especies; son los hombres quienes, fundándose en las cualidades que hallan unidad…las ordenan como bajo una enseña […]

No niego la naturaleza […] pero considero que los límites de las especies por los cuales los hombres las ordenan son hechos por los hombres” (Libro III, cap.III “de las palabras”, 149-150)


Georges Luis Leclerc o Buffon, atacó con particular énfasis las ideas de Linneo, con argumentos similares a los de Adanson (Maquinistian 2004). Este naturalista (considerado como antecedente a la teoría evolutiva), menciona la existencia de especies desaparecidas y el impacto del tiempo. En su Dégénération des animaux (1766) indica
“no es ni el número ni la colección de individuos parecidos lo que hace a la especie, sino la secesión y la renovación ininterrumpida de los individuos que la constituyen… La especie es una palabra cuyo referente no existe en la realidad más que considerando la naturaleza en la sucesión de los tiempos” (citado en Maquinistian 2004, 50).
Buffon suponía una degradación continua, considerando que las formas actuales presentaban caracteres degenerados respecto de la forma que los seres habían adquirido en el origen de los tiempos. Estas observaciones retornaban al naturalista francés a postular que lo que observamos no son más que individuos, y cualquier organización o agrupamiento de los mismos es una incorporación artificial.

Estas impugnaciones, sin embargo, no generaron mayores respuestas de Linneo, cuyo sistema binario fue progresivamente incorporando más adeptos, llegando a ser valorado como la inauguración del sistema racional de clasificación (Guyénot 1956). Es decir, la razón en la que se basa la biología asume jerarquías y formas de control fundantes. Así la organización del mundo natural, en sus orígenes racionales, admite las diferencias y legitima el dominio.

Uno de los ejemplos más claros en este sentido proviene de las reflexiones de los naturalistas alemanes, en la naturphilosophie, que se diferenciaron de los franceses por privilegiar los estudios zoológicos sobre los botánicos.41 Desde una notable impronta kantiana, los alemanes se interesaron particularmente por las actividades de la mente humana y plantearon que cada organismo era simplemente la modificación de un plan único, un arquetipo (Maquinistan 2004).

Desde esta visión, que se reconoce mayormente desde las revisiones de la historia de la teoría evolutiva, se ha privilegiado el reconocimiento que la naturphilosophie otorga a las modificaciones que el tiempo introduce al arquetipo. Menos atención ha recibido la forma de control que se asume, cuyos principios pueden resumirse en cuatro puntos (Hartman 1960, Gilson 1980)

- La unidad de la naturaleza y sus leyes. El hombre como la más alta expresión de la materia sobre la tierra.

- La existencia en la naturaleza de una tendencia al desarrollo progresivo.

- Los procesos naturales desplegándose en una única dirección (entre ellos, desarrollo individual y progresión de especies).

- Considerar que el desarrollo y la progresión son gobernados por las mismas leyes, dando lugar a una proyección biologicista sobre variables sociales.


Estas referencias hacia el modo de concebir la naturaleza, resultan claves a la hora de indagar en el cómo se ha comprendido a la sociedad. Porque las principales corrientes de las ciencias sociales, e incluso gran parte de las corrientes críticas, compartían una idea de progreso necesario y continuo, propio del proyecto iluminista, en el sentido que Max Horkheimer y Theodor Adorno (1997) lo presentan.

Volviendo a la biología como disciplina científica, debo señalar que la teoría fundamental de la biología moderna, esto es la teoría evolutiva, revisa y discute profundamente el fijismo, pero no asume como parte de los presupuestos a las nociones de jerarquía, sobre todo en lo que se refiere al predominio de la razón instrumental como fundamento del conocimiento y del dominio asociado. En este sentido resulta interesante indagar en el modo en que se introdujo el debate en relación al fijismo, analizando los supuestos que se remueven en el mismo.

En el siglo XVIII tanto en Francia como en Alemania, desde distintas perspectivas, degeneración o arquetipo, se comenzaba a pensar en el tiempo como artífice de cambios que llevaron a las especies a sus formas actuales. Sobre este debate se incorporó otro, menos conocido, en relación a la idea de seres superiores e inferiores, ambos debates fueron inaugurados con claridad por Jean Baptiste Pierre Antonie de Monet, más conocido como Lamark. Una de las figuras menos reconocidas en su tiempo y en la historia de la biología (Guyénot 1956, Senet 1971, Núñez 1990).

Lamark compiló, sobre todo, las ideas de naturalistas franceses como Adanson, Buffon, Bonnet, Robbinet, entre otros. Defendió acérrimamente la idea de cambio en las especies, provocando un notable controversia con Georges Cuvier, quien argumentaba que las diferencias entre las especies actuales y aquellas que poblaron la tierra se debió a catástrofes naturales que provocaron sucesivas creaciones. En su época las ideas de Couvier triunfaron sobre las de Lamark, siendo este último reconocido posteriormente como antecesor de Darwin.

Sin embargo, en el tema que nos ocupa, el trabajo de Lamark resulta de interés por sus reflexiones en relación a la escala de los seres. En la introducción a su obra Filosofía zoológica, el naturalista francés reconoce en el estudio de los “objetos pequeños que ofrece la naturaleza” los fundamentos para las leyes. Al respecto llama la atención sobre el estudio de los seres que define como invertebrados que reconoce, han sido poco menos que ignorados en los estudios naturales. Reclama que los observadores de la naturaleza, desde sus orígenes, se abocaron a la indagación de los seres vertebrados en parte, según Lamark, porque los seres sin vértebras se caracterizan por tener facultades limitadas y poseer órganos con escasa analogía a los humanos.

Antes de Lamark los ahora invertebrados eran conocidos como seres inferiores, en directa alusión al sitio de reconocimiento que tenían en la jerarquía implícita en los estudios. Esta referencia merece ser observada a la luz de la propuesta de Donna Haraway (1999). La filósofa norteamericana propone tener en cuenta a la naturaleza como construida “como ficción y como hecho” en el sentido que si se trata de reflexionar sobre organismos, se debe tener en cuenta que los mismos “… no nacen; los hacen determinados actores colectivos en determinados tiempos y espacios con las prácticas tecnocientíficas de un mundo sometido al cambio constante.” (Haraway 1999, 123). Esta mención resulta particularmente provocadora en el contexto nominativo sobre el que se instala Lamark, los seres inferiores no sólo eran biológicamente más simples, también eran más susceptibles de ser usados o destruidos por los seres más complejos o superiores. Siguendo a Haraway, no se trata exclusivamente de discutir al organismo biológico por separado sino a la multiplicidad de relaciones que se establecen con el mismo a partir de su construcción social como ser vivo.

Pero las consecuencias de esta construcción no sólo se establecen en términos de dominio. Lamark llama la atención sobre las confusiones a las que llevó la sobreestimación de los caracteres humanos. Asume, como los naturalistas de la época que el humano es el organismo vivo de mayor complejidad, por lo cual asocia la idea de perfección a la figura humana. Pero discute que efectivamente sirva de referencia a las causas de la vida, que entiende se encontrarán con mayor claridad en los seres más sencillos.

En este sentido menciona que para la producción del sentimiento, la característica que según Lamark diferencia a la humanidad del resto de los seres vivos, es necesario que el sistema nervioso esté ya muy perfeccionado, y más aún para poder dar lugar a los fenómenos de la inteligencia que reconoce sobre todo en los humanos.42 Asimismo indica que, esta referencia compleja ha llevado a ignorar, por ejemplo, que los seres invertebrados


“1º resultan mucho más numerosos en la naturaleza que los animales vertebrados. 2º siendo más numerosos resultan más variados naturalmente, 3º las variaciones en su organización son mucho más grandes, más marcadas y más singulares, y 4º el orden que emplea la Naturaleza para formar sucesivamente los diferentes órganos de los animales, se encuentra mejor expresado en las imitaciones que estos órganos sufren en los invertebrados y hace su estudio mucho más propio para hacernos descubrir… el origen mismo de su organización” (Lamark, Introducción, XIX y XX)
Lamark reclama en contra de esta mirada antrópica que indaga tomando un modelo que oculta particularidades. El argumento, sin embargo, no discute la supremacía humana en función de la razón, sino que argumenta desde esa misma razón. Se opone a buscar las causas de la vida en las causas de un carácter propio de la especie humana, el sentimiento. El naturalista francés, desde su estudio de los invertebrados, argumenta que no todos los seres vivos detentan sensibilidad, pero asumir como medida ineludible lo humano, conlleva necesariamente referencias hacia este elemento específico. Incluso propone una indagación en un sentido contrario para dar cuenta de las particularidades de la humanidad, que entiende asociadas tanto a lo físico como a lo moral, porque para el naturalista francés “En su origen lo físico y lo moral constituyen sin duda la misma cosa” (Lamark, Introducción, XV). Fundamentó así la idea de la dependencia orgánica de los fenómenos psíquicos (Cupani 2006) y argumentó hacia una estrategia de indagación que partiera de los organismos más simples, reclamando el estudio de la sensibilidad como fenómeno particular de algunos organismos vivos entre los que se destaca el hombre.

Más allá de las fuerzas que Lamark reconoce para el cambio en las especies –el clima y las circunstancias– en el presente escrito el trabajo del naturalista francés da cuenta de la creciente incorporación de seres vivos desde sus particularidades, rebatiendo que el estudio deba partir de consideraciones antropocéntricas, pero sin discutir el sitio de mando que se reconoce a los seres humanos sobre el resto de los organismos vivos. Tal es así que entre las variables que Lamark postula para lograr la posición erguida del ser humano está “la necesidad de dominar, de ver a lo largo y a lo ancho” (Lamark, 234-235). Es en el deseo de control y dominio, nos indica Lamark en su capítulo Algunas consideraciones relativas al hombre, donde los seres humanos fueron adquiriendo las particularidades que los distinguen sobre el resto de los seres vivos, como su organización social, la difusión de ideas y el habla.43

Escapa a las pretensiones del presente escrito el revisar las reflexiones relativas a las teorías evolutivas. De allí que omitiré mayores reflexiones sobre la edificación de las teorías biológicas, saltando a la figura fundamental de la teoría evolutiva: Charles Darwin. El objetivo de la presente reflexión no es explicar el modo en que se fue constituyendo la biología como disciplina sino dar cuenta del modo en que se fue naturalizando la visión jerárquica. Desde fines del siglo XVIII y principios del XIX encontramos cada vez con mayor claridad que el dominio, que se fundamentaba en la actualidad desde las observaciones biológicas, es un supuesto que se asume. Ernet Haeckel, biólogo que incorpora el término ecología en la biología a mediados del siglo XIX, encuentra en la obra de Lamark la idea de hombres inferiores o primitivos, que se elevan por sobre el resto de sus pares al erguirse, una posición desde la cual mejoran sus actividades intelectuales. Haeckel se diferencia de Lamark en que no considera tanto al sentimiento como a la razón la característica distintiva de la humanidad y a la posición erguida el fundamento biológico de la misma. Una idea que puede considerarse como herencia de Galeno, ya que el médico griego tomaba a la postura erecta como símbolo del dominio sobre la naturaleza (Peset 1983).

La validez jerárquica no se discute. La biología, que fundamenta en sus orígenes la diferencia, asume la desigualdad en el control como parte de los vínculos naturales, abandona progresivamente el tema en la medida en que se va constituyendo como disciplina científica moderna. Desde este relato encontramos que la ciencia se fundamenta y edifica a partir de preconcebir un mundo jerárquico, la razón humana se constituye, como indicaron Horkheimer y Adorno (1997), en la naturalización del dominio occidental moderno. Las ciencias biológicas abandonan el tema del dominio humano como parte del recorte erotético disciplinar; una omisión que está lejos de ser ingenua, porque al desconocer el tema evitan su remoción conceptual, naturalizando las formas jerárquicas de relación entre la humanidad y su entorno.

Así, en los orígenes de la biología moderna, en el siglo XVII, se encuentran supuestos explícitos en términos de control y jerarquía que ya en el siglo XX se omiten. El proceso de omisión eclipsa las referencias pero no necesariamente las pierde. De hecho considero que tanto dominio como jerarquía están presentes a lo largo de las observaciones naturales del siglo XIX aunque en un modo diferente respecto del XVII. Las referencias ya no abordan el conjunto de los seres vivos, que se toman al servicio de las producciones humanas sin mayores problematizaciones. Sino que los debates sobre las distinciones se profundizan en torno a las características de los seres humanos como especie. La biología como área de estudios se fue especializando en ramas disciplinares específicas que perdieron de vista el tema de la organización jerárquica general. La explicita antropología física, abocada al estudio de los caracteres humanos observables. Puede pensarse que en este deslizamiento de áreas de estudio, que de naturales se trasladan a sociales, el tema de las jerarquías, las desigualdades y los dominios se desliza hacia un plano que en sí mismo no contiene los fundamentos.

Pero la pregunta por la jerarquía no dejó de instituir formas de relación desiguales, con consecuencias críticas en las relaciones humanas. En función de las diferencias observables entre las personas se legitimó el control de uno sobre otros. Idea que no es muy diferente al antiguo planteo de Aristóteles, pero que contribuyó a legitimar otras jerarquías, por ejemplo, la basada en el color de la piel.

Esta fundamentación se opuso, sobre todo, a reflexiones precedentes que hacían alusión al derecho a la libertad de todos los seres humanos. A fines del siglo XVIII en Estados Unidos era usual la referencia hacia la igualdad teórica entre las razas humanas. Esta perspectiva hacía cada vez más discutible la esclavitud y en el período cercano a la independencia de este país los alegatos en este sentido cobraban cada vez más lugar (Peset, 1983). Sin embargo, ya entrado el siglo XIX, la ciencia se toma como fundamento de la existencia de esclavos al argumentar sobre el origen diverso de las razas a partir de los estudios de cráneos. Samuel George Morton publica en 1842 Brief Remarks on the Diversities of the Human Species, en el cual no sólo argumenta a favor de la diversidad de orígenes humanos, sino sobre la imposibilidad de mejorar las razas inferiores (Peset 1983). El fundamento que subyace a la idea de dominio es el de las capacidades intelectuales. Morton, entre otros autores como William Frederick van Amringe o John van Evrie, avanzan sobre la idea de que tanto los cerebros de los animales (no-humanos), como los de las razas inferiores, son menores a los del hombre-varón-blanco. Los motivos son fundamentalmente ambientales: las zonas que habitó, el clima que enfrentó y el escenario al cual se adaptó. Desde estas consideraciones se concluía que este hombre tenía como ser vivo el lugar de conquistador del mundo. Un dominio, que no sólo se proyecta hacia la naturaleza y otros grupos humanos, sino que asume a las mujeres como naturalmente dependientes, incorporando la desigualdad hacia el interior de cada grupo étnico, donde la población femenina se reconoce como subordinada a la masculina.

La visión regente a mediados del siglo XIX refunda un mundo organizado desde la idea de dominio, donde las luchas –y no los acuerdos– se entienden como determinantes de las relaciones que se viven en el mundo. Esta perspectiva impacta entre las vinculaciones que se reconocen entre los organismos, destacándose la obra de Charles Darwin El origen de las especies, donde argumenta a favor de la competencia por los recursos como motor de la evolución. Las interacciones entre los organismos, a pesar de conocerse en sus formas cooperativa (interacciones positivas), como de enfrentamiento (interacciones negativas) se reconocen como fundamentales cuando adoptan la segunda modalidad (como también se observa en la historia de la ecología expuesta en el primer capítulo). Tal vez la adopción de las interacciones negativas permite asumir de forma más directa las jerarquías y la naturalización de las formas de dominio.

El privilegio otorgado a las interacciones negativas se fue incrementando en paralelo a la especialización biológica. A fines del siglo XIX encontramos la profesionalización de diferentes ramas de estudio, que progresivamente se fueron separando de los temas humanos. El problema es que, aún cuando posteriormente se demostraron que las evidencias científicas que justificaban el esclavismo o el reconocimiento de las mujeres como menores de edad, carecían del sustento racional del que habían sido investidos en su origen, las formas de dominio que se habían legitimado no necesariamente se removieron.

Hoy en día sería discutible que un científico sostuviera, como Galeno o Lamark, que la posición erguida justifica el dominio sobre la naturaleza. Pero también sería discutible que un científico natural asumiera como tema disciplinar el problema del dominio, aún cuando su propia disciplina ayudó a edificarlo en períodos que, tal como muestra Carolyn Merchant (1980), se presentaban visiones y metáforas que se oponían a la cosificación de la naturaleza y dominio exclusivo de una de las partes


El ocultamiento de las tensiones
Ahora bien, con los cambios acontecidos en las diferentes ramas de la biología ¿podemos pensar que esta amplia área de estudios aún sostiene diferencias vinculadas a las que ayudó a construir en sus orígenes? Más específicamente, la ecología ¿acompaña en la actualidad el sitio de dominio reconocido a la humanidad? Si esto es así, ¿qué desafíos afronta la ecología por su particular recorte temático?

Para responder estos interrogantes debemos tomar en consideración a la historia disciplinar pero también a la apropiación social del saber producido. Como observábamos en el primer capítulo, la historia de la ecología está profundamente imbricada con la de la teoría evolutiva aún cuando no resulte reducible a la misma (Haila y Taylor 2001). En ambas áreas de investigación biológica han acontecido enormes cambios. Pero si se avanza sobre el análisis estricto de las modificaciones teórico-metodológicas, aun perviven los ecos de fundamentos jerárquicos. Las ciencias biológicas, y la ecología en particular, se alejan de su sitio legitimador de formas de dominio, pero antes que desmontarlo, lo ocultan.

La primacía del conocimiento científico se fue fortaleciendo en modo paralelo a la problematización de las jerarquías en el mundo orgánico pero, y en esto es fundamental la referencia a la historia de ecología, sin revisar el determinismo de las interacciones negativas. El dominio, la lucha por el control, siguió siendo la explicación fundamental del porqué el mundo es como es. La filosofía de la biología se asumió como la de la teoría evolutiva (Ruse, 1990) y la vinculación entre los organismos se focalizó en términos de competencia. En este proceso, donde una interacción se asumió como válida y fundamental, la revisión de la escala de los seres no implicó la revisión de los vínculos de uso que se establecieron. Desde la ciencia no se retomaron las metáforas organicistas que en el siglo XVII disputaban el orden del mundo que se planteaba en la escala de los seres, pero ello no impidió que se levantaran otras argumentaciones. Desde los diversos ambientalismos empezaron a discutir el discurso científico, tal como se observó en el capítulo dos.

Por otro lado, la ecología, como las ciencias naturales en general, ha visto incrementar su reconocimiento al mismo tiempo que se ha asumido como metodología fundamental la reducción de la complejidad observada en el mundo orgánico a un cierto número finito de preceptos, edificados a través de patrones y análisis estadístico; proceso de indagación que en adelante denominaremos reduccionismo. En este proceso la reducción no sólo es ontológica sino también epistemológica. Este segundo modo trata de asumir marcos teóricos de una disciplina como un recorte de otra que se presenta como ontológica y teóricamente más básica. Un esquema que fue guiando el desarrollo disciplinar de la ecología. El enorme impacto logrado desde la física nuclear y la biología molecular se presentaron como fundamento para plantear la prioridad de ciertas perspectivas metodológicas y escalas de estudio (Brown et al. 2003, 2004a, 2004b). Reflexiones que traen ecos de las palabras de Francis Crick (uno de los descubridores de la doble hélice), quien en 1996 sostenía que toda la complejidad y dinamismo de la vida (humana y no-humana) podía explicarse desde la biología molecular.

Las variables biológicas (no humanas) se presentaron como determinantes. Así, las ciencias sociales se presentaban reducibles a los factores biológicos, estos a los químicos que a su vez se contenían en los físicos (Caponi 2004). En esta línea tanto los temas ambientales como los sociales se fueron asumiendo como subsidiarios de disciplinas que se presentaban como fundamentales.

La jerarquía del conocimiento se fue estableciendo con reconocimientos diferenciados, cuidando la relevancia de las ciencias naturales, en cuya cima la física se consolidaba como modelo (Nudler 1999). En el sucesivo recorte de aspectos fundamentales otros tantos se perdieron de vista, tales como los condicionantes materiales y formas específicas de apropiación social del espacio que incide en los procesos biológicos (Marglin 1988). Los temas que siguen la vía de lo biológico ligado a lo social no escaparon de su carácter tangencial en los debates científicos (de Laplante 2004).

La desigualdad estructural se refleja y fortalece desde la ciencia con nuevas estrategias. La jerarquía en los seres se deslizó hacia el fortalecimiento en el reconocimiento del saber científico, que en si mismo contiene escalas. En este proceso la vocación dirigida a la observación fue girando hacia la experimentación y matematización. Las observaciones descriptivas perdieron valor como conocimiento científico (McArthur 1971) y los debates, en el caso de la ecología, se focalizaron en las estructuraciones de las comunidades de los ecosistemas.

En este deslizamiento de jerarquía de entidades a jerarquía de saberes se oculta el fundamento de dominio. Porque la ciencia, que avanza con la tecnología, escinde lo social de lo natural, desconociendo como problema el desarmar el esquema desigual que ayudó a edificar. La ciencia no se desarrolla en forma aislada respecto del campo del conocimiento y la cultura (Haraway 1999), aunque la dualidad humanidad/naturaleza permite eludir responsabilidades. Pero las teorías científicas atraviesan ineludiblemente el mapa del conocimiento social reconocido, formando parte de lo que Horkheimer y Adorno denominaron industria cultural. Desde este concepto los filósofos de la Escuela de Frankfurt revisaron, precisamente, los modos de ocultamiento de las diferencias y las desigualdades; al respecto señalan:


“Los interesados en la industria cultural gustan explicarla en términos tecnológicos. La participación en ella de millones de personas impondría el uso de técnicas de reproducción que, a su vez, harían inevitable que, en innumerables lugares, las mismas necesidades sean satisfechas con bienes estándares… los estándares habrían surgido en un comienzo de las necesidades de los consumidores: de ahí que fueran aceptados sin oposición. Y, en realidad, es en el circulo de la manipulación y de la necesidad que la refuerza donde la unidad del sistema se afianza cada vez más. Pero en todo ello se silencia que el terreno sobre el que la técnica adquiere poder sobre la sociedad es el poder de los económicamente mas fuertes... la racionalidad técnica es hoy la racionalidad del dominio mismo” (Horkheimer y Adorno 1997,166)
Para estos autores, el mismo proceso que oculta las diferencias inaugura la puerta a los privilegios. El ocultamiento no es independiente de intereses sectoriales. En esta línea argumentan que, uniendo la ciencia a la técnica y entendiendo a la naturaleza como campo de disfrute del hombre, se ha unido el destino de la ciencia al de la burguesía. El saber científico-tecnológico aparece como un componente integral del proceso de la iluminación de conquista del mundo (Abbagnano 1993). Una conquista que, a la hora de interpretar el mundo, parece privilegiar los factores biológicos sobre los sociales en una jerarquización solapada, pero fundada en presupuestos que no parecen tan alejados a aquellos de los albores disciplinares. Horkheimer, avanzando sobre esta línea de reflexión, entiende que la filosofía que presenta vincula la reflexión social con la comprensión de la naturaleza y de la historia. Por ello argumenta que la esclavitud de la naturaleza se transformará en esclavitud del hombre en tanto el hombre no sepa comprender su propia razón en el proceso que la ha creado (Abbagnano 1993).

Acuerdo con Donna Haraway (1999) en el carácter autoevidente de la ciencia como cultura, afectada por los procesos descriptos. Acompañada y sostenida desde una tecnología global que en un grado cada vez más importante parece desnaturalizar todo, edificando un determinado sentido de naturaleza, que presenta cualquier cosa como maleable a través de decisiones estratégicas y susceptibles de adecuarse a procesos de producción y reproducción móviles (Hayles 1990). La pervivencia de las jerarquías se sostiene desde esta desnaturalización o visión particular, a través de dinamismos que exploraremos en el siguiente apartado.


Consecuencias empíricas de la pervivencia de jerarquías
El problema de las jerarquías en el conocimiento no sólo se vincula al uso irresponsable o no sustentable de los recursos naturales, sino también al modo en que se evalúa la situación ambiental y las soluciones que se proponen. En esta línea Héctor Poggiese (2001) y Gustavo Lins Riveiro (2006) señalan que una de las grandes dificultades en la resolución de los problemas ambientales es la sobredimensión de los factores biológicos en los análisis, que dejan en un segundo plano los aspectos sociales implícitos. Como consecuencia de este sesgo analítico, los grupos humanos que resultan más perjudicados por las condiciones ambientales son los menos tenidos en cuenta, porque sus experiencias son prácticamente omitidas en las consideraciones. Las poblaciones pertenecientes a los países menos desarrollados (desde la lógica capitalista), en los sitios más alejados o pertenecientes a los sectores más vulnerables, se constituyen como grupos sociales con los mayores riesgos pero sin derecho a voz, o sin derechos en general, porque su propia subsistencia no se encuentra garantizada.

Un paréntesis particular merece, en este punto, la situación de la población femenina de estos grupos, que a las opresiones de clase o etnia suma la discriminación de género (Perez Nasser 1999, Lagarde 1993, Vazquez García 2007). El desconocimiento y la omisión de la particularidad del sector femenino en cada caso ha llevado a que buena parte de los programas que se suponen desarrollados para mujeres en función de un desarrollo planificado convergen en el incremento del trabajo para las mujeres (Joekes et.al. 2004), ignorando el conocimiento que ellas tienen sobre los recursos (Rocheleau 1995).

Acerbi y Barrenechea (1997), encuentran que las consideraciones ambientales que fundamentan sus conclusiones en procesos biológicos, ignoran deliberadamente los factores socioculturales de las poblaciones que habitan los espacios estudiados. Esto se vincula a que implementan acciones que incrementan las desigualdades sociales, a la vez que diseñan soluciones costosas e ineficientes. Las limitaciones provienen, justamente, de la falta de reconocimiento a la imbicación de elementos que no resultan reducibles a lo biológico o a lo social.

Jorge Riechmann (2004) incorpora un elemento que se presenta como ineludible en el análisis ambiental: la demografía humana. Este ambientalista, a partir de su noción de mundo lleno, coloca sobre el tapete la necesaria incorporación de los factores humanos en las consideraciones. En esta línea argumenta que, por la actual demografía, y sobre todo por la forma en que gran parte de esa población busca vivir, se ha llegado a un particular nivel de apropiación de los espacios de modo tal que no existen áreas que se puedan considerar como ajenas o indemnes a la actividad humana. Una nota de color sobre este punto se encuentra, precisamente, en el modo en que fue incorporado el estudio de la forma en que vive la mayor parte de la población, porque la mención de Riechmann tiene en vista los modos occidentales de intervención en la naturaleza. Formas que, paradójicamente, fueron el fundamento de Arthur Tansley (1935) para separar a los seres humanos de los estudios sobre los ecosistemas.44

Eduardo Rapoport (1975) incorpora un dato llamativo a esta reflexión; este ecólogo demuestra que si se calculara el volumen de todos los organismos vivos y se comparara el espacio que ocupan los seres vivos, los seres humanos superan a los seres vivos salvajes en un orden de magnitud. Los únicos animales que se extienden en una dimensión mayor a la de los humanos es la de aquellos que se utilizan para subsistencia (por ejemplo vaca, oveja), o aquellos que encuentran un sitio de desarrollo favorable en el entorno humano (por ejemplo ratones). Al comparar peso y volumen Rapoport reflexiona “los seres humanos somos muy pesados y aplastamos al resto de los seres” (Entrevista 2006, inédita).

La ecología como disciplina científica, a lo largo su historia ha recorrido el particular recorte de interacción entre las sociedades y su entorno, y en este punto resulta de interés para nuestra indagación. El problema de la incorporación de la humanidad ha sido admitido desde distintas perspectivas, aun cuando las principales teorías que atraviesan esta área de estudios reproduce la escisión propuesta en los años treinta por Arthur Tansley. En forma paralela, han existido puntos de vista que buscaron avanzar sobre la dicotomía sociedad/naturaleza que se presentaba como ineludible. Richard Levins (1973), por ejemplo, desarrolla un trabajo que apunta, precisamente, a llamar la atención sobre este aspecto, generando una propuesta para entender la ecología tomando en consideración los factores sociales. Este biólogo señala que lejos de iniciar su trabajo desde preguntas, toma como presupuesto la complejidad ambiental, y de allí se interroga sobre las preguntas que debían ser resueltas (Levins 1968). En contra del privilegio de las variables genéticas, Levins critica que la genética de poblaciones supone un medio ecológico constante. Frente a esta concepción estática, el ecólogo modelizó una situación en la que la evolución tiene lugar en un entorno permanentemente cambiante y donde las variables sociales quedan inexorablemente imbricadas (Haila y Taylor 2004).

Existen varias publicaciones que dan cuenta de la incidencia de esta perspectiva en los estudios ecológicos, así por ejemplo Jukka Jokela y Erkki Haukioja (2000) evaluaron la vinculación entre los organismos y su ambiente a partir de analizar la evolución de las estrategias presentes en las historias de vida de los seres que estudiaban, alejándose de los modos clásicos de los estudios evolutivos e incorporando variables que colocaban en un primer plano a las experiencias. Otro ejemplo es el de Peter Taylor (2000), quien elabora una estrategia de estudio levinsiana a partir del diseño de un modelo para identificar los variados sitios de sociabilidad, que fueron modelados desde decisiones y no determinados por la naturaleza. En una línea similar Haila y Levins (1992) desarrollan uno de los ejemplos más ilustrativos sobre el tema, cuando reclaman que las tareas de un ecólogo deben incluir el estudio de los dinamismos humano-naturales combinados. Argumentan que resulta ineludible, por ejemplo, para comprender la fluctuación de las poblaciones de peces en el tiempo, su articulación con el valor de la carne de los mismos que el mercado.

Esto sin embargo no debe llevar a olvidar que, más allá de estos esfuerzos, los trabajos que históricamente se desarrollaron en la disciplina en torno a los estudios poblacionales siguieron las formas tradicionales de análisis estadísticas, desarrolladas según el modelo Lotka-Volterra que omitían referencia a los contextos y sus cambios.45 Sobre ellos, los ecosistemas fueron conceptualizados desde la idea de flujos de energía, ligada a la metáfora física que da lugar a la propia conceptualización de ecosistema. Frente a estas dos perspectivas, que podemos pensar en pugna (ya que el reclamo por superar la histórica dicotomía sociedad/naturaleza apunta a las limitaciones de la mirada tradicional), la propuesta por la complejidad quedó en un segundo plano en cuanto al impacto sobre los protocolos de investigación que se establecieron (Holling 1998). Y en este punto debemos volver al problema de las jerarquías, porque siguiendo la argumentación de Irjo Haila y Peter Taylor (2004), la diferencia de reconocimiento, antes que en potencial de investigación, ha descansado sobre supuestos que asumen como prioritarios los factores genéticos, situando a priori en un sitio desigual al reclamo por la revisión de la complejidad.

Haila y Taylor recorren la filosofía de la biología poniendo de manifiesto el escaso sitio que ha tenido la reflexión sobre la ecología. Retomando ideas del primer capítulo, rescato que estos autores argumentan que la filosofía ha sido sorda a las particularidades de la ecología, fundamentalmente, porque la entiende como redundante en el concierto de las reflexiones sobre la ecología. Podemos pensar que, en una línea similar al encubrimiento que se plantea desde los modos occidentales denunciados por Horkheimer y Adorno (1997), en el caso de esta disciplina la invisibilización de las particularidades de la ecología se producen a través de la homogeneización, que en el caso de la disciplina biológica se vincula al modelo de la unidad de las ciencias, supuesto fundamental del programa de investigación del empirismo lógico o concepción heredada para las ciencias naturales (Menna 2004).

La unidad a la que se apela desde esta concepción del conocimiento lleva, por ejemplo, a asumir que los procesos naturales son adecuadamente representados a partir de su localización unificada en un sistema matemático de coordenadas cartesiano-newtonianas. De este modo se omiten los sesgos propios de esta mirada (Bordo 1986), así como el carácter filosófico e histórico sobre el que se edificó el compromiso hacia esta forma de reconocer el mundo (Grene 1985, Dear 1995). En este punto podemos reconocer un nuevo eco hacia el reclamo frankfurtoniano sobre la lógica de dominio, porque en la repetición de las formas de invisibilización se descubre un esquema de ocultamiento que opera silenciando todo lo que introduzca impugnaciones al esquema de jerarquías establecidos. El argumento hacia la ecología vuelve a ser, como en el resto de los planos, desde un criterio de autoridad, tomando como referencia dimensiones que se consideran fundamentales como la genética.

Haila y Taylor (2004) mencionan otro problema ligado a la unidad de las ciencias y su incidencia en la mirada sobre la ecología, el requerimiento de una razón universal desde la cual edificar las conclusiones y sobre la cual contrastar la corrección de las metodologías. Una razón que se escapa, a decir de estos autores, al mundo desde el cual los seres humanos dirigimos nuestras propias vidas, en los contextos desde los cuales edificamos nuestros razonamientos. Una razón ajena a las raíces históricas de la vida práctica. De allí que, en contra de lo que denominan sagrados ideales de la ciencia moderna, como la objetividad o la evidencia reclamen que se abandone el compromiso acrítico, porque tanto la razón como los procesos naturales sólo puede entenderse como social e históricamente situados (Longino 1990).

Más allá de la filosofía de la ciencia, resulta interesante destacar que en este privilegio reduccionista se eclipsa la particularidad de la ecología en su especial situación de estar en medio de tensiones que no terminan de acotarse a lo biológico o a lo social. Tal es así que no alcanza con el enorme prestigio de muchos/as de los/as científicos/as que discuten la dualidad. Las intenciones no terminan de articularse más que como programas secundarios. En la práctica, los protocolos de investigación más usuales omiten esta problemática (Núñez 2008), en una ausencia que tampoco es homogénea, porque se acentúa en los laboratorios expuestos a las situaciones más desiguales. Y en este sentido vuelve a introducirse un sesgo, porque los laboratorios que entiendo como dependientes suelen hacer ciencia de excelencia pero en el marco de prácticas que Pablo Kreimer (2000, 2001), apelando al marco kuhniano, ha descrito como hipernormales, esto es, avanzan en líneas de investigación previamente establecidas, cuyos detalles se profundizan pero cuya estructura no se discute.

Si cruzamos esta situación con el reconocimiento de situaciones ambientales especialmente graves en los espacios más vulnerables del mundo, donde difícilmente se establezca un laboratorio más que desde esta lógica hipernormal, enfrentamos una nueva paradoja. Los espacios donde las desigualdades se incrementan y las consecuencias se agravan ni siquiera cuentan claramente con formas de conocimiento que permitan avanzar sobre esas desigualdades.

Las tensiones que acarrea la pervivencia de jerarquías diferenciadas se proyectan en prácticas locales de diversas formas, pero en general puede pensarse que afectan la percepción de los problemas y la equifonía de las voces involucradas, donde la poca recepción de algunas propuestas puede tener que ver con la menor sonoridad pero también con la escasa audibilidad, en el sentido del escaso reconocimiento social respecto de ciertas voces que pueden llegar a ser altamente sonoras. Bina Agarwal (1998) reconoce en los problemas medioambientales de la India que


“La cuestión… es el proceso por el cual lo que se considera como “conocimiento científico” se genera y aplica, y cómo se distribuyen los frutos de esta aplicación”. Así señala “Dentro de la jerarquía del conocimiento, el que se adquiere mediante las formas tradicionales de interacción con la naturaleza tiende a ser considerado menos valioso” (Agarwal 1998, 203).
En general la praxis de investigación opera como traba al reconocimiento de la artificialidad de las jerarquías supuestas, un punto que exploraré en mayor detalle en el capítulo cinco.

Los problemas ambientales, vistos a la luz de las tensiones que se ocasionan en base a las desigualdades, no son un tema propio de la ecología. Las dificultades se originan al reconocer que, a pesar de no pertenecer al recorte temático disciplinar, continúan retornando al horizonte de tensiones. La ecología se encuentra en un sitio complicado, donde las tensiones de una dualidad -insostenible desde la teoría y fundamental para la práctica- de una u otra manera llevan a sus practicantes a tomar una opción frente al tema. La falta de continuidad respecto una búsqueda de alternativas pone de manifiesto un compromiso fundamental, el esquema de edificación de conocimiento y revisión teórica reproduce (y legitima) una forma jerárquica de vinculación hacia el interior de las prácticas científicas. Los propios términos de la ecología se construyeron asumiendo como ajenos los planos desde los cuales en la actualidad se demanda respuesta. La traba principal no se encuentra tanto en la metodología, sino el escaso reconocimiento a su particularidad que facilita el eclipsamiento del desafío ambiental, que frente a los ojos de la genética se desdibuja.

En otras palabras, las jerarquías se sostienen desde determinadas políticas de reconocimiento que trascienden la propia disciplina ecológica, y en esta línea avanzaré con mi reflexión.
El sostén de las jerarquías
A grandes líneas podemos decir que el problema de las jerarquías se ha deslizado desde las fundamentaciones biológicas hacia debates ético-políticos. La remoción de las pseudoevidencias biológicas que sustentaron las ideas como el esclavismo o la desigualdad de género no alcanzaron para desmontar la estructura de las desigualdades. El tema del dominio, como práctica social, quedó fuera del recorte de temas sobre los cuales buscaba incidir la biología moderna. Y en este proceso, de deslizamiento y ocultamiento, las formas de dominio lejos de revisarse, se fortalecieron.

Hoy en día, la desnaturalización de las jerarquías de disputa en otros planos. Siguiendo las afirmaciones de María Luisa Femenías (2007), se trata de crear condiciones para que las personas (y seres) históricamente perjudicadas(os) en el reconocimiento y consecuentemente en el usufructo de derechos comiencen a ser visibles en un número cada vez mayor porque, como señala la autora “los cambios cuantitativos dan lugar a cambios cualitativos en la condición de las personas” (Femenías 2007, 20). Se trata de explorar los modos en que se busca discutir la valoración de lo diferente como inferior para afrontar los desafíos de la situación presente desde un sitio que permita remover desigualdades.

Se trata de destituir presupuestos que contienen ecos de las miradas establecidas en la Grecia clásica. En contra de los supuestos aristotélicos, hoy consideramos que las diferencias no son naturales y la desigualdad no beneficia al conjunto, sino sólo a una de las partes. Este privilegio es, sin embargo, invisible a los ojos de los sectores con prerrogativas. Porque en general la población beneficiada difícilmente aprecia sus ventajas en términos de privilegios. Femenías (2007) toma de Iris Young la idea de la insuficiencia de las políticas basadas en el principio de no-discriminación. Al respecto señala que:
“Históricamente ningún grupo materialmente excluido de los beneficios de la igualdad la obtuvo por “graciosa concesión”, sino tras movilizaciones y luchas significativas: las del movimiento obrero y el sufragismo marcaron el siglo XIX, la de los derechos civiles de los negros, en los Estados Unidos o en Sudáfrica el siglo XX” (Femenías 2007, 126)
Son muchos años de una mirada que escinde, separa y permite el ejercicio del control y la explotación. Como contracara, los privilegios se constituyeron naturalizando injusticias de sectores que, además fueron omitidos desde su particularidad, forzándolos a adecuaciones normativas establecidas desde los sectores privilegiados. Pero la realidad no es inmutable, y en este tema acompaño la idea de Ernst Bloch (1983) al reflexionar sobre la forma dialéctica que reconoce en todos los fenómenos. Este filósofo frankfurtoniano señala que “En el mundo hecho por el hombre la propia dialéctica es una relación sujeto-objeto, y no otra cosa: una subjetividad que trabaja y que siempre de nuevo rebasa y se esfuerza por romper la objetivación y la objetivación que se le presenta” (Bloch 1983, 474). En los últimos años diferentes movimientos de reivindicaciones han generado reflexiones que dan cuenta del carácter artificial de esta edificación de diferencias, la emergencia de grupos históricamente invisibles, con identidades culturales en tensión, ha inaugurado revisiones que impactan, por ejemplo, en la reivindicación de diferencias (Femenías 2007).

El análisis sobre los ejercicios reivindicativos ha llevado a reconocer limitaciones tanto en los conceptos de justicia distributiva como en la propuesta marxista, tal como explora Femenías (2007) tomando de Iris Young la revisión del concepto de opresión. La filósofa norteamericana reconoció cinco aspectos desde los cuales revisar este ejercicio de diferencia: la explotación económica, la marginación social, la carencia de poder y de representatividad, el imperialismo cultural y la violencia. Femenías reconoce que todos estos aspectos implican estructuras sociales, pero comparte con la norteamericana que si bien el primer aspecto de la opresión, la explotación económica, puede revertirse, el proceso opresivo va más allá. En el caso que tratamos no debemos perder de vista que nos encontramos frente a ejercicio de reclamos que trascienden el pedido de una mejor distribución y se erigen desde un sitio que busca una mejor representatividad. La marginación no se reduce a factores económicos y en esta línea se levantan muchos de los aspectos vinculados a la problemática ambiental, no sólo por la normatividad opresiva que se plantea en el uso industrial del entorno (que choca con muchas visiones de las más diversas culturas), sino porque las diferentes situaciones ambientales establecen condiciones de marginalidad. Por ejemplo, no es lo mismo vivir cerca o lejos de un vertedero de basura que periódicamente se incendia, aún cuando se tengan resueltas todos los condicionamientos económicos del grupo humano que allí habita. La visión de la diversidad es el desafío que se abre para desmontar la conceptualización jerárquica del mundo.

En relación a este tema Rita Segato (2007) llama la atención sobre los riesgos de privilegiar un cierto tipo de reivindicaciones omitiendo las referencias al conjunto de opresiones que operan en una situación. Al respecto revisa el proceso de politización de identidades, que tomó el lugar de las luchas setentistas (que denomina clásicas) focalizadas en la revisión de estructuras económicas y situaciones de explotación. Muestra cómo, en nombre de identidades retocadas o construidas al servicio de una demanda, el reclamo por la identidad permitió ocultar diferencias y tensiones enraizadas en aspectos, por ejemplo, económicos y en este ocultamiento las formas de jerarquía y opresión lejos de removerse, se desdibujan y fortalecen.
“… Luchas en apariencia étnicas simplemente encubren o distraen de la existencia de un enemigo mayor, que permanece ileso, oculto y estable a lo largo de los avatares de las últimas décadas…” (Segato 2007, 16).
Un nivel similar de ocultamiento puede encontrarse si se revisan los reclamos por los derechos de los animales. La normativización, como base de los juicios que se establecen, emerge continuamente en las diversas reflexiones que paradójicamente buscan consolidar modos alternativos de vinculación con la naturaleza. Val Plumwood (1996) explora las tensiones entre la teoría ética animalista y la filosofía ecológica. Esta tensión se presenta, por ejemplo, frente a la propuesta de una teoría ética biocéntrica elaborada por Paul Taylor (1986), quien a pesar de abogar por una mirada alternativa continúa sosteniendo la primacía otorgada a la razón. Las formas jerárquicas se sostienen en la propuesta de Taylor dado que asume como única razón válida la cognitiva, desmereciendo argumentaciones desde consideraciones emocionales o estéticas.

Un poco más sutil es el caso del conocido defensor de los derechos de los animales Tom Reagan, quien toma como punto de partida la noción de derecho sustentado en la teoría de Stuart Mill. Esto es, “si un ser tiene un derecho a algo no sólo debería él o ella (o ello) tener tal cosa sino que los demás están obligados a intervenir para asegurarlo” (Plumwood 1996, 40). Una noción que parte de una visión de derecho establecida desde prácticas sociales y humanas, que desde estos argumentos busca ampliarse sobre todo hacia los animales domésticos o primates mayores, y que comienza a mostrar fisuras en cuanto se explora su proyección hacia los espacios salvajes. La asimetría parte de que la posibilidad de intervención no es general hacia todos los seres, sino que es potestad humana, de allí que el ejercicio del derecho retorna a la humanidad. Bajo la manta de la responsabilidad se vuelve a establecer la lógica jerárquica y la noción de control como base de vinculación.

El derecho a las diferencias se eclipsa en estos intentos de revisión en la relación de los humanos hacia los otros animales. Las teorías recientes de derechos de los animales y vegano/vegetarianas tienden a consolidar perspectivas individuales que excluyen otros modos de considerar la vida enraizadas, por ejemplo, en culturas no occidentales. Plumwood (2004) señala que estos movimientos, al postular que sólo los animales (no-humanos) cuentan éticamente, repiten a decir de la autora australiana, el dualismo cartesiano en el plano moral. La sobredeterminación cultural, fundamentada desde un cierto ejercicio de derechos que se considera legítimo, vuelve a incorporar formas opresivas como naturaleza de vinculación.

Frente a estas posiciones, los ambientalismos en general suelen naturalizar a los seres humanos como predadores del medio. Provocando desde esta situación un enfrentamiento ineludible con los defensores de los derechos animales, que condenan esta posición de los humanos, proponiendo medidas para eliminarla (Stage 1997, Sapontzis 1987) o simplemente deplorándola (Singer 1980). En medio operan argumentaciones que retornan fundamentos de control y de dominio, que buscan incidir incluso en las cotidianas costumbres culinarias reivindicando una adscripción forzada al modelo occidental vegano (que se opone al consumo de alimentos de origen animal, al uso de ropas con partes animales, al empleo de elementos que impliquen testeos en animales y al rechazo a las formas de ocio que involucren animales), reincidiendo en evaluaciones que toman como norma a lo humano, porque los seres que se reclama no consumir (y cuidar) son aquellos que tienen el mayor parecido o cercanía a las sociedades occidentales.

Estas dimensiones del ocultamiento permiten considerar la dimensión y pluralidad de las estructuras a desmontar. El sostén de las jerarquías es la no consideración de las mismas como problema.

A fin de sortear esta traba, avanzaré en el problema del reconocimiento y las jerarquías de la mano de las reflexiones feministas, que desde diferentes miradas han buscado rebatir la tendencia a la homogenización y ocultamiento, dando cuenta de los aspectos diferenciales que se han establecido a partir de la fundamental separación varón/mujer, que a decir de Luce Irigaray (1974) es la diferencia primaria que constituye el principio de inteligibilidad de la cultura occidental.

En esta línea sigo la propuesta de Celia Amorós (2008), quien rescata el valor de la complejidad adoptada por el pensamiento feminista, desde sus variados frentes y referentes polémicos. Es una tradición que se opone a los sistemas duales de raíz socialista, según los cuales el capitalismo y el patriarcado son analíticamente diferentes. Se trata de una visión que permite la relectura de desde un sitio original, basada en la experiencia de la reflexión desde la desigualdad, y que se ha propuesto dar respuesta a muchos de los desafíos que se inauguran en el contexto de globalización que ha promovido esta tesis. La filósofa española sostiene que
“… sólo la identificación del patriarcado como realidad sistemática puede dar cuenta de la sistemáticamente fraudulenta usurpación de lo universal por parte de una particularidad, una identidad facciosa: la constituida, muy precisamente, por el conjunto de quienes detentan el poder” (Amorós 2008, 61)
El desafío del reconocimiento
Muchas de las más importantes teorías feministas han avanzado en su análisis sobre el reconocimiento a partir de considerar las dificultades en la toma de consciencia. Al respecto cabe recordar que la consciencia no es estática ni se configura a sí misma, sino que se constituye en relación a otra consciencia. El problema a considerar es que la lógica del reconocimiento, desde la cual desde uno se constituye al otro, implica necesariamente relaciones asimétricas, siguiendo a Hegel en la dialéctica amo-esclavo.46 En el proceso de reconocimiento la conciencia del amo necesita de la del esclavo, porque a partir de ser percibida desde esa diferencia asegura su libertad. Como contracara la conciencia del esclavo, por temor a la muerte, abandona la pretensión de independencia. Es en esta vinculación donde opera la dialéctica, porque en el ejercicio de reconocimientos hay una circulación, una inversión de formas de la conciencia, viéndose que no hay una conciencia que domina en forma independiente, sino que más bien, ambas son convertibles la una en la otra. El amo necesita del esclavo, y en esta necesidad pierde su independencia, y el esclavo, al ser puesto por el mismo amo como esencial, pierde su condición de “prescindible”, quedando como lo más necesario. La base desigual está en el fundamento del reconocimiento.

En el siglo XX, el problema del reconocimiento comienza a ser explorado en profundidad a partir del trabajo de Simone de Beauvoir (1949), un hito fundamental del pensamiento feminista. Esta autora interpreta que la dialéctica amo-esclavo se resuelve en una dialéctica varón-mujer (Femenías 2007). La filósofa francesa indica que, aún cuando en las diferenciaciones entre grupos humanos el concepto de “otro” funciona como concepto relativo y recíproco al grupo que se nombra, esto no ocurre entre los sexos. La reciprocidad se pierde porque uno de los términos se afirma como el único esencial. Los feminismos han buscado desandar esta visión en función de sortear el problema del reconocimiento. Por ello seguiremos las líneas de reflexión que inauguran el capítulo cuatro y así retornar al problema fundamental de la situación ambiental: la dualidad sociedad/naturaleza.


Teoría de género
Los reclamos que se desprendieron en un primer momento de estas reflexiones apuntaron a hacer visible –e incluso denominar– situaciones de dominio y violencia como el acoso o la violación conyugal. Las voces en torno a la igualdad de derechos se incrementaron desde esta perspectiva. En este proceso se discutió, por ejemplo, que lo que se obtenía gracias a los procesos de lucha no eran concesiones. Sino que cada uno de los logros daba cuenta de la histórica negación de derechos y la gravedad de la situación construida a partir de naturalizar estas negaciones (Rosenthal 1973).

El análisis de las feministas que reclamaban la igualdad se articuló con los principios liberales que se habían sostenido desde el movimiento sufragista, desde el cual se reivindicaron las ideas ilustradas de igualdad de derechos así como la incorporación de las mujeres en la esfera pública. Sin embargo, en la década del setenta las/os pensadores que reparaban en estos temas empezaron a reconocer que la igualdad de derechos no terminaba de concretarse en igualdad de facto (Phillips 1996). Esta revisión de teorías no dejó de reparar en el pensamiento de Beauvoir, planteando que, más allá de todas las rupturas que buscó afrontar, la pensadora francesa no logró evitar la pervivencia de dualidades fundamentales en su propuesta (Butler 1986).

La teoría de género se inaugura por el reconocimiento de estas limitaciones en el cuerpo de la mirada feminista. En la permanencia de dualidades se perdía parte del carácter construido de la idea de mujer. Judith Butler (1986), comprometida con las propuestas del giro lingüístico, señala que Beauvoir mantiene la diferenciación entre ontología y lenguaje y desde este marco binario no se puede lograr desarticular las estructuras que se plantea revisar. Desde la perspectiva feminista original se entendía que sobre los biomorfismos sexuales, sobre los cuerpos, se edifica el género. En este plano los modelos sociales operan como mandatos que se aceptan, discuten, incorporan o rechazan. Pero la noción de género comenzó a independizarse del modelo ilustrado que subyace en las ideas de Beauvoir y se acerca a un modelo más vinculado con la identidad. Butler desarrolló una postura donde no buscaba negar de plano la desigualdad a partir de su declamación o denuncia, sino que propuso desmontar la forma en que han sido armadas las estructuras en discusión. Esta perspectiva la lleva a argumentar desde las formas usuales de redacción hasta reconocer que el sexo y la sexualidad lejos de ser algo natural son, como el género, algo construido. La noción de natural pierde sentido desde esta perspectiva, quedando atada a la trama discursiva que se entiende como la densidad del ejercicio del poder.

La atractiva teoría de Butler hizo hincapié en la revisión de las estructuras psíquicas, políticas y sociales que han establecido el campo de lo humano, demarcando por defecto el ámbito no-humano. Estos aportes, que enriquecen la revisión en torno a las estructuras naturalizadoras de la sociedad occidental no profundizan, sin embargo, en las posibilidades de acción revisadas a partir del reconocimiento de las limitantes materiales sustentadas desde las diferencias sociales, un aspecto ineludible del conjunto de opresiones presentes en la temática ambiental. Una crítica que Nancy Fraser (1989) desarrolla. El aporte de Fraser se presenta como reclamo a la teoría del discurso. Que, a decir de la autora, no sólo –o centralmente– debe buscar las referencias de la construcción (o desarme de las identidades sexuales), sino que debe avanzar hacia una concepción del discurso que ayude a comprender cómo las identidades sociales de las personas se modelan y se alteran a través del tiempo.

En este sentido se trata de desarrollar una teoría que dé cuenta, en condiciones de desigualdad, de cómo los grupos sociales se integran y se desintegran. Que pueda aclarar cómo la hegemonía cultural de los grupos dominantes en una sociedad se asegura y se enfrenta, una reflexión que a decir de la autora, debería iluminar las perspectivas de cambio social emancipatorio y de práctica política.

Fraser abre la posibilidad de cambio al discutir que los sujetos hablantes sólo pueden reproducir el orden simbólico existente. Porque desde este supuesto no se puede, siquiera, formular la cuestión de la hegemonía cultural. La autora llama la atención hacia las teorías, porque les demanda el cuidar lugares que permitan reconocer agentes que disputan los significados sociales hegemónicos, aún desde prácticas cotidianas. Así reclama a las teorías feministas formas de compresión que permitan reconocer que no se es siempre mujer en el mismo grado; porque como señala, en algunos contextos la condición de mujer (womanhood) es central en el conjunto de descripciones bajo las cuales se actúa; pero en otros, es periférica o latente. Y es desde este lugar que vamos a presentar la perspectiva que se toma para hurgar en las tensiones fundadas en las más profundas consideraciones biológicas.


El camino del ecofeminismo
En forma asociada a las problemáticas denunciadas por el feminismo –aborto, acoso, violencia doméstica, doble o triple jornada de trabajo, control sobre el cuerpo y la sexualidad, entre otros– se fueron configurando nuevas categorías de análisis que llevaron a revisar el marco de conocimiento que explicaba los procesos sociales. Así las reflexiones caracterizadas por abstracciones teóricas se reconfiguraron para incluir la textura de lo cotidiano y, a causa de ese acercamiento, las referencias empíricas pasaron a incorporarse como elemento ineludible de las reflexiones (Vazquez García 2007). En este camino una metáfora comenzó a percibirse estructuradora de desigualdades y articulaciones naturalizadas. A partir de su reconocimiento, el desmontarla fue un objetivo claro. La desigualdad social y la reproducción de esta desigualdad en las prácticas cotidianas, no son independientes de los problemas ambientales. El modo en que se ha edificado el saber moderno, sustentado en jerarquías, ha llevado a pensar que sociedad y naturaleza son estancos aislados e independientes. Pero la imposibilidad de responder a las demandas orienta la atención, precisamente, hacia su necesaria vinculación.

La metáfora que se problematiza es la que liga a las mujeres (como conjunto) a la naturaleza (con un carácter igualmente homogéneo). Las cualidades desde las que se edifica el vínculo apelan a términos como pasiva, irracional, caprichosa, dependiente y demandante de un control que en sí misma no encuentra. Esta idea de mujer reforzó, a su vez, la noción de naturaleza que se iba edificando en la modernidad. La revisión de esta simetría construida, que justifica dominios y desigualdades que trascienden este punto en particular, es un punto de encuentro de los planteos ecofeministas, que como señala Val Plumwood (2004) “…parecen estar mejor colocadas para resolver este antiguo dualismo porque pueden hablar y razonar desde la posición de –y en solidaridad con- los que han sido considerados como ‘la naturaleza’ ” (Plumwood 2004, 54).

Hay otro aspecto que permite vincular la reflexión ambiental con la condición femenina: las principales víctimas de las desigualdades tanto materiales como ambientales son las mujeres, de allí que las reflexiones que toman en consideración al sector más vulnerable son las que reparan con mayor detalle en la lógica de las formas de dominio y reproducción de la desigualdad (del Valle 1997). A esto se agrega que uno de los orígenes de la actitud hacia lo natural como ajeno a lo social descansa en la internalización de ciertos dualismos oposicionales como naturaleza/cultura, público/privado, trabajo/ocio, etc. El género es una categoría analítica clave para comprender por qué esos dualismos han alcanzado los objetivos de quienes lo promovieron (Segales Kirzner 2006).

La imagen de la mujer pasiva tiene enormes contactos con la concepción de la tierra que se ara, y aún cuando desde el ecofeminismo se busca desmontar la idea, no dejan de ser reflexiones “silenciadas” (Holland Cunz 1989) que apuntan a la cuestión de la desigualdad de las sociedades que han dado lugar a esta particular forma de utilización del entorno, reducido en gran parte a un concepto de recurso susceptible de ser aprovechado. En este sentido adhiero a la reflexión de Barbara Holland Cunz (1996), quien explora los vacíos en torno al modo en que se han desarrollado las reflexiones que reparan en las vinculaciones sociedad-naturaleza. Al respecto indica


“[…] la razón aferrada a la naturaleza comprensiva, que busca sortear la dualidad, constituye todavía hoy una “minoría sin voz” dentro de las ciencias sociales consideradas normal science, que siguen avanzando sin inmutarse y en las cuales operan los esquemas de percepción selectivos, al parecer no sólo en los márgenes, sino también en el centro de la corriente principal… la reflexión teórico-social se encuentra muy por detrás de la realidad ‘ecológica’ y social.”(Holland Cunz, 15-16).


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