A maría Luisa que me contuvo y orientó en uno de los procesos más difíciles de mi aprendizaje


Objetivos generales y específicos



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Objetivos generales y específicos
El objetivo inicial de este trabajo es indagar en la pluralidad de debates involucrados en la tematización –y apropiación– social de la naturaleza. En este sentido se trata de analizar y evaluar las teorías y prácticas que llenan de sentido y acciones que se conforman como tales a partir de una cierta consideración sobre el tema. Se trata, en definitiva, de avanzar en uno de los debates más tensionantes de la actualidad para diseñar posibles arenas comunes de debates y diseño de prácticas.

Desde este primer objetivo general se desprenden objetivos específicos:


- Repensar la teoría a la luz de las prácticas, indagando en las dinámicas mutuamente estructurantes.

- Ordenar el universo de sentidos con que se entiende la palabra ecología, a partir de estudiar aquellos que históricamente fue adoptando a la luz del modo de considerar la práctica científica.

- Explorar la pregunta por la naturaleza, su conocimiento y los modos de intervención y vinculación que se diseñan a partir de cierta conformación social.

- Avanzar en las consideraciones que actualmente se problematizan a partir del reconocimiento de la crisis ambiental presente en término de calentamiento global, sequías, tormentas, contaminación, entre otros.

- Vincular el sentido científico con las demandas ambientales que, precisamente refieren a limitaciones de la propia práctica científica.

- Examinar la pluralidad de sentidos sociales asociados al término ecología.

- Escrutar el plano de presupuestos conceptuales desde los cuales se edifican las teorías y constituyen las prácticas.

- Exponer el carácter fundamentalmente jerárquico de las perspectivas edificadas desde las reflexiones elaboradas en el marco de las sociedades occidentales capitalistas.

- Desmontar los fundamentos de la dualidad antagónica sociedad-naturaleza.

Abrir vías de reflexión que permitan pensar en la incorporación de cambios accesibles en relación a la consideración de la naturaleza y la evaluación del carácter de la humanidad.

- Exibir la responsabilidad implícita en la producción de conocimiento en general –y al de la ecología en particular– en relación al cambio que se propone.

- Criticar la dinámica existente, no tanto desde sus formas, sino a partir de las consecuencias que acarrea el concebirla como la única posible o legítima.


Hipótesis
Las hipótesis que guían este trabajo se desprenden de una hipótesis general: Las diferenciaciones que dan lugar a la mutua exclusión reconocida entre sociedad y naturaleza, se establecen a partir de asumir ciertas jerarquías y relaciones como naturales.

Esta diferenciación se complementa con la idea que los ladrillos que diferencian sociedad de naturaleza, en un modo jerárquico y antagónico, son los mismos que separan las ciencias sociales de las naturales.

Adopto como propia la idea que la sobrevaloración de la razón occidental se constituye en el origen de desigualdades y sometimiento en las acciones de intervención, así como en traba de las revisiones epistemológica de la ciencia.

Desde estas consideraciones entiendo, además, que los problemas ambientales, vistos a la luz de las tensiones que se ocasionan en base a las desigualdades, no son un tema propio de la ecología en tanto ciencia. Pero, a pesar de este recorte, la disciplina no logra escapar a permanentes referencias que incorporan las tensiones ambientales al horizonte desde el cual se demanda socialmente a esta área de estudios.


Breve esquema sobre la organización del escrito
El texto que se presenta se divide en cinco secciones. La primera sección indaga en los debates existentes en torno al tema ambiental, expuesto en los dos primeros capítulos.

En el primero introduzco los aportes constituidos desde la epistemología de las ciencias aplicada a la ecología y la filosofía de la biología y epistemología de la ecología. En esta línea exploro el sitio de la ecología en el concierto de las ciencias biológicas. Así presento los supuestos disciplinares, el recorte temático reconocido en el interior de esta área de estudios y la variabilidad de los compromisos disciplinares a lo largo del tiempo, establecidos en tres quiebres temporales: los primeros años, la introducción de la experimentación y la incorporación de las dudas como estrategias de investigación. Desde allí retorno hacia los modos en que se ha reflexionado sobre la ecología, las demandas que se reconocen y los límites en la capacidad de otorgar respuestas.

El segundo capítulo avanza en el vínculo entre las sociedades occidentales modernas y el recorte que se asume como naturaleza. En este apartado presento los condicionantes productivos que llevaron a la conformación de la ecología como disciplina científica. Expongo el modo en que se instituye una cierta forma de cuidado, vinculada a la política de los Parques Nacionales, que repite la escisión al dividir el planeta entre santuarios a preservar y espacios vividos y condenados. En este plano de reflexiones y políticas de intervención se presentan las reivindicaciones ambientalistas, explorando la disputa que se genera en torno al sentido que se otorga al término ecología, permitiendo mostrar que la capacidad crítica para denunciar problemas no termina de llevar a la edificación de alternativas. En este capítulo incorporo una revisión de las teorías políticas que han incorporado el tema de la naturaleza como un desafío desde el cual revisar las relaciones instituidas. Estas teorías, aún cuando no han sido adoptadas por las principales corrientes de pensamiento político, se consolidan en el siglo XIX como las principales teorías que desacreditan los privilegios burgueses, capitalistas y patriarcales (Holland Cunz 1996).

Desde este contexto de problemas que se reconocen y respuestas que no se concretan, en la segunda sección avanzo sobre los dos ejes que entiendo como fundamento de la pervivencia de las consideraciones desiguales del mundo.

En el tercer capítulo exploro el modo en que se fue edificando la idea de una naturaleza ordenada, cuyos orígenes pueden rastrearse en la propuesta aristotélica del mundo, que presenta esta noción de orden asociada indefectiblemente a una jerarquía sustentada en relaciones de dominio legitimadas desde la propia organización que se reconoce en el mundo natural. El impacto de estas nociones se percibe en la recuperación de la escala de los seres en el siglo XVII, en los albores de la biología moderna. La taxonomía racional aparece como consecuencia directa de un mundo ordenado en jerarquías. La reinstalación de formas de dominio instrumental, ligadas a un creciente desencanto del mundo, vinculadas a la creciente explotación capitalista, se redacto en sus orígenes con términos biológicos. La naturaleza jerárquica, cuyo destino es ser explotada al considerarse en términos de recurso, se asumía también como fija. Este último punto es el que se discute sobre todo a partir de la teoría darwiniana, pero las nociones de jerarquía y dominio, lejos de removerse, pasaron simplemente a omitirse. El tema se eclipsó al mismo tiempo que las prácticas legitimadas desde las ideas implícitas, se profundizaban. De aquí infiero que las jerarquías se sostienen, entonces, de los presupuestos que se naturalizan al no volver a problematizarse. A fin de remover esta confianza adopto la teoría de género, como marco cuyo objetivo es explorar y deponer los supuestos sobre los que se asientan las desigualdades, a partir de tomar como punto de partida la desigualdad entre varones y mujeres. Desde este amplio marco teórico adopto especialmente las líneas de reflexión ecofeministas, que revisan la constitución de desigualdades a partir de asumir asociadas la noción de mujer y la de naturaleza. Es decir, la naturaleza que se oponía a sociedad, cultura y humanidad, se presenta ligada al carácter femenino, de allí se desprende que tanto las mujeres como la naturaleza deben ser dominadas.

En otras palabras, el potencial teórico que incorporo desde la teoría de género, y en particular de los ecofeminismos, es su compromiso con la búsqueda de un cambio de un mundo que entienden como problemático y susceptible de modificarse. Desde allí avanzo, en el cuarto capítulo, en la indagación en la dualidad sociedad-naturaleza. En este apartado las metáforas que homologan la idea de naturaleza y la de mujer para exponer el carácter lábil del recorte entre humanidad y naturaleza que, paradójicamente, permite una separación que se propone como tajante. Desde estas consideraciones retorno hacia los ecofeminismos, reconociendo en los mismos las modificaciones que se proponen tanto en el reconocimiento del mundo no-humano, como en la propia consideración del carácter humano.

En la tercera sección exploro el terreno de las prácticas y la noción de praxis ambiental a partir de problematizar el concepto de praxis (tanto en su acepción aristotélica como marxista), y a la luz de los desafíos reconocidos en los capítulos precedentes. En este apartado destaco especialmente el aporte antropológico sobre la noción de praxis, que permitió remover los compromisos occidentales del término, aún cuando se abandonara el carácter fundamentalmente revolucionario que Marx reconoce en esta noción.

Desde situaciones concretas que exponen el peso de la aceptación acrítica de las jerarquías, las desigualdades asociadas y el debilitamiento de reconocimiento, retomo la noción de praxis ambiental a fin de enmarcar acciones y reflexiones que se comprometan con el cambio, por un lado asumiendo como injusticias del desarrollo la reducción del otro-diferente a sujeto-sometido, y por otro, reconociendo la posibilidad de modificaciones sin necesidad de apelar a la destrucción absoluta de lo instituido, sino a partir de buscar la modificación de las formas a la luz del reconocimiento de las desigualdades que se reproducen en la medida que no se problematicen.

La cuarta sección de este trabajo contiene las reflexiones finales. Las mismas están divididas en dos partes, una recapitulación de las principales conclusiones de cada capítulo y una segunda parte destinada a avanzar en los temas pendientes y las vías de reflexión, espacio desde el cual retomo el problema de la globalización. En este apartado indago en la situación de la ciencia a la luz de las consideraciones sobre la ecología, no tanto por concebir que desde ésta área se contenga al universal de problemas, sino porque al ser una disciplina limítrofe, con temas y metodologías propias de las ciencias naturales pero con demandas indefectiblemente ligadas a los haceres humanos, contiene dentro de sí muchas de las paradojas sobre las que reflexioné a lo largo de la tesis. Otro punto fundamental de las conclusiones es la revisión de la permanencia del dominio, tema con el cual cierro este conjunto de reflexiones. A fin de avanzar en el tema de dominio retorno a uno de los fundamentos explicativos más recurrentes sobre las jerarquías humanas: la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo. En la misma busco exponer cómo, a partir de remover la idea de naturaleza que subyace en la reflexión, puede discutirse que la única organización social posible sea jerárquica. Desde aquí argumento en contra de uno de los principales razonamientos totalitarios, la visión de los intereses de la naturaleza como opuestos a los humanos, destacando la necesidad de abandonar la dualidad para no llegar al consecuente incremento de formas opresivas. En el cierre desmonto el carácter construido de lo normal, desnaturalizo lo natural para repensarnos como seres humanos capaces de cambiar aquello que consideramos injusto.

La quinta y última sección es la bibliografía, que se destaca por estar ordenada en diferentes categorías que buscan englobar las tradiciones de análisis más importantes involucradas en la presente tesis. Las mismas son Biología: Evolución y Ecología, Filosofía e historia de la biología, Filosofía e historia de las ciencias, Teoría ambiental, Teoría de género, Obras de consulta en Filosofía y Lingüística, Obras de consulta en Historia y Antropología y Fuentes documentales y literarias.

Esta organización es a fin de tener como referencia permanente el marco y contexto desde el cual escribe cada autor, así como el espacio teórico sobre el que buscó incidir con su obra.
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1 Algunas de las obras donde se puede consultar este marco, donde el problema de la constitución de la memoria es un desafío fundamental son D. Schwarzstein (1991), E.P. Thompson (1988), R. Fraser (1990), D. Hammer y A. Widavsky (1990), J.M. Marinas y C. Santamarina (1993).


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Primera Sección: Los debates y sus límites. Capítulo1: Ecología: Algunos aportes desde la epistemología


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Introducción
El término ecología, previo a ser referencia de movimientos sociales que contemplan problemas ambientales, fue la denominación de una rama de la biología que surgió a fines del siglo XIX.2 Con el correr del siglo XX, y asociado al modo en que se desarrolló esta disciplina, la idea a la que hacía referencia la expresión fue diversificándose en sentidos que cubren desde prácticas científicas hasta movilizaciones sociales, pasando por espacios de publicidad de la más variada índole.

Uno de los objetivos que persigue la presente tesis es organizar este universo de sentidos y prácticas asociadas. Por ello revisaré las diversas implicancias, potencialidades y limitaciones en dos de los ámbitos más influyentes para edificar el sentido social de la ecología, las ciencias biológicas –sobre todo la ecología– y los ambientalismos.

En este capítulo presento a la ecología como disciplina científica e indago en los compromisos epistemológicos adoptados por la misma a lo largo del tiempo. Entre los resultados de esta indagación destaco que estos compromisos, lejos de ser estables, fueron variando con el tiempo. En estas modificaciones operaron cambios de carácter ligados al modo en que la ecología fue respondiendo a los contextos y desafíos que se inauguraban.

A la luz de la historia de las ideas ecológicas, puede notarse que la revisión del plano de compromisos cobró un dinamismo particularmente notable desde fines del siglo XX, cuando un contexto ambiental particularmente crítico comenzó a demandar respuestas a la ecología (y a la ciencia en general), que pusieron en primer plano los límites y contradicciones que surgían de las formas modernas de apropiación de la naturaleza (entendida como naturaleza no humana). Proceso que está llevando cada vez más a revisar los cimientos sobre los que se ha desarrollado la disciplina.
La ecología en el mapa de las ciencias biológicas
La ecología se distingue entre las disciplinas biológicas por estudiar las relaciones entre los organismos y sus ambientes. Esto significa que investiga los modos en que se vinculan los diversos organismos de un espacio, y no se detiene en indagar en las particularidades de los organismos que conforman las áreas analizadas. Por esto se trata de una disciplina donde la misma idea de descubrimiento cobra un carácter diferente a la acepción clásica. Como indican sus mismos practicantes
“… en ecología no vas a encontrar descubrimientos como en biología molecular que encontrás el gen..., no hay descubrimientos como una vacuna o ese tipo de cosas, en ese sentido de descubrimiento no hay, lo que son, son procesos, mecanismos que se van dilucidando, como que trae aparejado toda una cosa anterior, hay sí posturas, teorías nuevas, pero descubrimientos... no sé si se puede hablar de descubrimientos pero sí de ideas nuevas, que son muy pocas, hay avances...”(citado en Núñez, 2005)
Esta diferencia entre la ecología y otras ramas de la biología que reparan en los detalles de los organismos en cuestión (como las biologías taxonómicas o la genética), ha sido tomada como pretexto para presentar a la ecología como una disciplina “dependiente” de las ramas de la biología con las que se vincula, considerando al trabajo científico de la ecología como una proyección de las prácticas investigativas en otras ramas como la biología evolutiva, la genética o la botánica.

Yrjo Haila y Peter Taylor (2001) reconocen que esta visión ha trabado las reflexiones epistemológicas de la ecología, por considerarlas redundantes. Asimismo reclaman la necesidad de empezar a reparar en las problemáticas particulares en esta rama de la biología. La falta de reconocimiento, según estos autores, se debe a que existe un desinterés consciente en las reflexiones sobre ecología. A fin de sustentar esta aseveración presentan estudios bibliométricos que demuestran que, dentro de la filosofía de la biología, las reflexiones sobre ecología son casi inexistentes, y reclaman acciones y reflexiones para paliar esta falencia.

Desde una postura afín con Haila y Taylor (2001) considero que, en el estudio del proceso histórico que dio lugar a la ecología actual, pueden reconocerse tanto aspectos epistemológicos propios como indicios que permitirán problematizar la vinculación entre el conocimiento científico de los dinamismos naturales y la apropiación social de ese conocimiento, en el contexto de un mundo cuya situación ambiental se agrava progresivamente.
Los supuestos de la ecología en el marco de la biología
Durante el siglo XVIII los estudios sobre la vida se multiplicaron a un nivel sin precedente (Makinistian 2004). De hecho el término “biología” se acuña a principios del XIX para dar cuenta del conjunto de áreas de conocimiento que se inauguraban.3 Sin embargo las disciplinas biológicas, tal como se conocen en la actualidad, se encontraban en el siglo XIX en un estado embrionario.

No existían diferenciaciones claras en los campos de estudio (Makinistian 2004, Mayr 1988, Frezzatti 2003). Los naturalistas e investigadores tenían un amplio espectro de intereses que los llevaban a hacer aportes en diferentes áreas del conocimiento. Una característica de este período es el peso de los estudios amateurs, que se incorporaban y reconocían a la par de otros elaborados por profesionales (Alberti 2001).4 El contexto decimonónico de formación de los Estados Nacionales favoreció los intercambios locales al limitar, por motivos nacionalistas, el intercambio entre especialistas (Frezzatti 2003).

Pero más allá de estas tensiones, se observa que los estudios de laboratorio y las investigaciones de campo se multiplicaban dando lugar a dos tradiciones diferentes en las ramas de la biología, la experimental y la descriptiva. En este marco la ecología se fue gestando a fines del siglo XIX como un área de investigación descriptiva, ligada a la herencia de los exploradores e incorporando las propuestas de los teóricos evolucionistas.

Para aproximarnos al marco general de conocimiento que dio lugar a esta disciplina debe tenerse en cuenta que la ecología hunde sus raíces en disciplinas taxonómicas como la botánica o la zoología, sumando interrogantes provenientes de la química agrónoma, los estudios demográficos y fundamentalmente la teoría evolutiva (Mc Naugton y Wolf 1984).

Este variado marco teórico no fue, sin embargo, el motivo que llevó al surgimiento de esta nueva disciplina. La ecología se erige como área de estudios debido a problemas ambientales que hicieron necesario el diseño de una nueva perspectiva de estudio. Los límites productivos que se comenzaban a percibir en la agricultura del siglo XIX pusieron de manifiesto que la naturaleza no era una fuente inagotable de recursos y que sus dinamismos resultaban poco menos que desconocidos para los investigadores del período. Por esto se elaboraron políticas estatales que buscaban enfrentar la limitación de los recursos naturales. El punto de partida de las mismas fue el reconocimiento de la necesidad de adoptar una perspectiva integradora, que reparara en las interacciones de los organismos y sus ambientes.

Antonio Casares Serrano (2005) indica que en el contexto de la segunda revolución industrial hacía falta una racionalización económica de la explotación y la ecología fue la disciplina que se desarrolló para ello. Uno de los fundamentos de esta aseveración es que los estudios que dieron lugar a los primeros conceptos ecológicos fueron financiados por gabinetes gubernamentales (sobre todo Ministerios de Agricultura) y dirigidos a desarrollar y controlar medidas adecuadas para una explotación científica de los recursos naturales (Casares Serrano 2005). El trabajo de los primeros ecólogos se orientó, entre otros temas, al estudio y la erradicación de plagas, el aumento de la productividad y la lucha contra el agotamiento del suelo y la desertificación.

El creciente interés gubernamental, con el consecuente incremento de fondos para estas investigaciones, ayudaron a la conformación de la ecología como un área de problemas autónoma y diferenciada, que por estar atravesada por intereses que trascendían aquellos específicamente académicos, se conformó como síntesis de múltiples especialidades (Mc Naugthon y Wolf 1984).

Ecología: Ciencia y Sociedad a lo largo del tiempo
El creciente desarrollo académico de la ecología parece haberla alejado de la problemática relativa al manejo de los recursos (que quedó a cargo de áreas de mayor aplicación como la ingeniería forestal, entre otras) para centrarse en los debates teóricos sobre los dinamismos de la naturaleza.

En el proceso histórico de las ideas de esta disciplina pueden distinguirse tres períodos: el primero atravesado por una metodología descriptiva, que la caracterizó hasta la década de los cuarenta. En el segundo período, en cambio, se incorporan prácticas experimentales antes que descriptivas. Las mismas se sostienen en la confianza por arribar a procesos y patrones generalizables, la adopción del ecosistema como unidad de estudio y la aceptación de la competencia como relación estructurante de las comunidades de organismos.

El tercer período se distingue porque, aún adoptando la metodología experimental, inaugura una discusión en torno a la competencia como factor relacional preponderante y permite la introducción de dudas sobre la posibilidad de realizar generalizaciones. En este último período, las escalas de estudio se han diversificado y comienzan a discutirse fundamentos centrales de la disciplina.

En la actualidad, el tema ambiental vuelve a enfrentar a la ecología con los problemas de agotamiento de recursos que a mediados del siglo XIX llevaron al surgimiento de esta área de estudio. Sin embargo la complejidad que ha adoptado el tema, la globalidad del problema y, sobre todo, las reflexiones que apuntan contra la lógica misma de la producción científica, llevan a que se pongan en entredicho muchos de los consensos sobre los que se ha tejido la teoría ecológica. Para comprender la magnitud del desafío disciplinar tomaré como punto de partida la revisión del proceso histórico de la ecología como disciplina, hurgando en el tipo de preguntas y debates que fueron armando la estructura teórica que hoy se pone en entredicho.


La ecología en el tiempo

I. Los primeros años
La primera referencia al término ecología se ubica en 1866, cuando se presenta el vocablo oecología para designar el área de investigación que se estaba inaugurando. Esta denominación, que une los términos oikos y logos, fue propuesta por el naturalista alemán Ernest Haekel para especificar el estudio de las relaciones de los organismos con su medio físico y biológico y proyectar las propuestas darwinianas a escala de poblaciones. La propuesta original de la teoría evolutiva tenía referencias a nivel individual exclusivamente. La ecología, en cambio, buscaba profundizar en las poblaciones y comunidades a partir de revisar las interacciones de los organismos entre sí y con su ambiente.

El aporte de Haeckel se inscribe en un debate que se estaba llevando adelante entre diferentes propuestas evolutivas. El naturalista alemán era el principal seguidor de Darwin en su país (Makinistian 2004). Defendía la idea de selección natural introduciendo en esta defensa la noción que los organismos eran activos respecto del ambiente, tal como había sostenido Lamarck. Así la ecología se presentó como línea de investigación que destacaba la actividad y capacidad de cambio de los organismos frente al ambiente.

Esta propuesta se opuso a la idea de que los organismos fueran pasivos frente al contexto abiótico, esto es que los vínculos entre los seres vivos estuviesen determinados exclusivamente por el ambiente.5 Se inaugura así una perspectiva que reconoce la influencia mutua en la vinculación de factores bióticos y abióticos.

En los primeros años los debates que se inauguraban tuvieron desarrollos independientes. Los estudios ecológicos progresaron de forma diferenciada entre botánicos y zoólogos e incluso, dentro de ambas áreas de conocimiento, la ecología se desarrolló con itinerarios disímiles según los estudios se orientaran a ecología terrestre o acuática (Kingsland 1991).

En su origen, la ecología estuvo formada por cuatro vertientes de investigación, la ecología vegetal (o ecología botánica), la ecología animal (o ecología zoológica), la ecología de agua dulce (o limnología), la ecología marina (u oceanografía) (Deléage 1993). Dentro de ellas la ecología botánica fue la rama que contuvo al mayor número de especialistas, así como también a los debates más dinámicos.

La vinculación entre ecología y botánica se sustentó en los precedentes de la geografía de los paisajes, que habían sido estudiados principalmente en función de la vegetación (Humboldt, De Candolle, entre otros). Tal era el vínculo entre ecología y botánica que a mediados del XIX los estudiosos de la vegetación planteaban que la ecología era estrictamente una rama de la botánica (Deléage 1993). Por otro lado la ecología de plantas resultaba más simple de desarrollar puesto que la descripción resultaba más accesible en los escenarios vegetales estables y fijos (Vila Valenti 1984). El principal antecedente de la ecología vegetal es el texto de E. Warming de 1895 La ecología de las plantas, que puede considerarse como un tratado de autoecología, en el sentido que Warming estudió las relaciones entre los organismos a partir de indagarlos individualmente.

En este caso se investigaron las relaciones de los organismos (en este caso vegetales) con los factores abióticos (luz, temperatura, humedad, nutrientes minerales, etc.). Esta investigación tuvo varios continuadores, entre los que se destacó A. F. W. Schimper, quien tres años más tarde defendió que el clima es el factor fundamental para explicar la vegetación (y con ello el poblamiento en general) de las regiones fitogeográficas del mundo.

Si bien la dimensión de los trabajos de ecología vegetal tuvo preponderancia en este primer período, debe reconocerse que existieron importantes avances en las otras perspectivas. En ecología animal la obra que puede considerarse como principal antecedente es el trabajo de Wallace, de 1876, en torno a la distribución geográfica de los animales. Estudio en el cual incorpora elementos relativos al ambiente. Tomando como base la zoología, la ecología animal se dedicó, entre otros aspectos, al estudio del comportamiento animal, los problemas de alimentación y distribución y la relación predador-presa (Deléage 1993).

La ecología acuática (limnología y oceanografía) inauguró los estudios de las comunidades vivientes que indagaban en la interacción entre vegetales y animales. Entre los aportes más significativos de los primeros años se encuentra el estudio de Moebius (1872) que acuña el término biocenosis, definiendo unívocamente a la comunidad de seres vivientes que habitan en un lugar determinado. También se destaca el trabajo de Forbes (1887) quien propone el estudio del lago como un microcosmos que opera como laboratorio natural. En una línea similar, Forel (1895) presentó un extenso detalle sobre el modo de llevar a delante las investigaciones en limnología en su estudio sobre el lago Lemman.

Así, a finales del siglo XIX la ecología surgía como una ciencia biológica ocupada en el estudio de la pluralidad de organismos y sus ambientes. Estos primeros desarrollos pueden ser caracterizados como autoecología, porque se dedicaban a indagar el modo en que el ambiente afectaba a los organismos sin avanzar en el estudio de la dinámica de poblaciones o comunidades como conjunto. Otro aspecto que compartían, más allá de la diversidad temática que se abordaba, fue la adopción del método descriptivo como estrategia de investigación (Jaksic 2001, Deléage 1993, Kingsland 1991), la aceptación de la teoría evolutiva darwiniana y el conocimiento de los organismos provenientes de la botánica y zoología (Kingsland 1991, McNaugthon y Wolf 1984).

Asimismo los trabajos ecológicos desde sus formas más tempranas reconocieron aportes de perspectivas que hoy se pueden catalogar como fisiología, etología, epidemiología, geología, química, geografía, demografía humana, matemática, estadística, economía, (Margalef, 1977), climatología, física (Deléage, 1993), u otras áreas más aplicadas como pesquería, ingeniería forestal, agricultura, ganadería (Margalef, 1977), mostrando de esta forma una clara tendencia hacia el diálogo con otras especialidades que se inauguraban en el período.

Una de las primeras teorías que cruzan este campo de conocimiento, que llevó a reparar en la relación entre el crecimiento del manto verde con factores abióticos, fue la “ley de factores limitantes”, que intentaba esclarecer el papel de los elementos químicos en los procesos vitales. Von Liebig (1840), investigando sobre plantas verdes, llegó a demostrar que los nutrientes son múltiples y que el desarrollo de las plantan no depende de que sobren ciertos elementos, sino en que no escaseen otros. Así consolida la idea que los elementos limitados de un espacio son los que regulan el crecimiento, viendo con ello la posibilidad de reactivar el desarrollo con el concurso de abonos químicos. También insistió en la importancia fundamental de la energía solar como motor de todo el ciclo vital de la naturaleza (McNaugton y Wolf, 1984).

Immanuel Wallerstein (1997) indica que la delimitación del conocimiento en un área de investigación debe considerar la revisión de tres planos: el intelectual, que focaliza el conjunto de saberes que se considera propio desde la disciplina; el organizacional, que revisa las estructuras que permiten el intercambio entre los científicos pertenecientes a la disciplina; y el cultural, que indaga en las comunidades de académicos que comparten premisas que los lleva a reconocerse contenidos en esa disciplina.

Si se revisa la ecología en las primeras décadas del siglo XX se encuentra una confluencia en los tres planos propuestos por Wallerstein. Porque la identificación en torno a un recorte de problemas se asocia al establecimiento de un corpus teórico amplio, que se fue afianzando a partir de la organización de jornadas de encuentro, la formación de departamentos específicos en facultades de ciencias naturales de diversas universidades en Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Rusia, ente otros países.6 En relación a la modalidad de estudios debo indicar que cada una de las vertientes de la ecología se sustentó sobre un amplio conjunto de acuerdos pero tomó como foco recortes de la naturaleza que se consideraron de forma separada hasta los albores de la década del treinta.

Dentro de este primer período puede reconocerse un clivaje a partir de los años veinte, cuando comienzan a aparecer intentos tangenciales por articular las miradas botánica y zoológica en la ecología terrestre. Estos intentos llevaron, en 1939, a la edición de la obra Bio-ecology redactada entre un especialista en ecología vegetal, Frederic Clements, y un especialista en ecología animal, Shelford. Este texto introduce el término bioecología como referencia a los estudios conjuntos, que aún siendo minoritarios empezaban a ocupar un sitio cada vez más amplio. Una referencia aparte merece la ecología acuática, porque desde su inicio indagó en la relación entre plantas y animales, aunque sin articular sus resultados con estudios provenientes de la ecología terrestre.7

Pero más allá de los puntos de contacto en todo el corpus de conocimiento, si se revisa el entramado conceptual de cada rama de la ecología se pone en evidencia que los aportes teóricos de cada una de estas vertientes pueden diferenciarse. En la ecología animal, el nicho fue el concepto sobre el que se desarrollaron los principales aportes.

La incorporación de nicho como término ecológico se originó cuando se investigaba la relación de los animales con su espacio de vida. En los primeros años la definición de nicho tuvo límites difusos y carácter abierto. Así J. Grinell (1917) lo incorporó para analizar la forma en que el medio ambiente regula la distribución de las especies mientras que C.S. Elton (1927) lo aplicó para ver cómo los organismos actúan en su medio.

M. Leibold y P. Gedes (2005) indican que este carácter dual del nicho –1) concepto para evaluar cómo los organismos son afectados por el medio ambiente y 2) concepto para evaluar cómo el medio es influido por los organismos– se mantuvo a lo largo de toda la historia del concepto, porque fue utilizada desde ambas perspectivas por distintos autores.

Es G.F. Gause quien en 1935 sistematiza el concepto de nicho y lo introduce como unidad de estudio a partir de los trabajos que desarrolla en la URSS. En una línea afín a la mirada de Grinell, Gause delimita el nicho a partir del principio de exclusión competitiva, según el cual dos especies que luchan por los mismos recursos no pueden coexistir. Este biólogo suponía a la competencia interespecífica –tomada de la teoría evolutiva- como factor fundamental de la estructuración de comunidades y la importancia otorgada a la misma fue la base de estos estudios que introdujeron además evaluaciones demográficas.8 El desarrollo de la propuesta de Gause se debilitó por motivos extra académicos que detuvieron su crecimiento y difusión. La política científica del estalinismo entendía a los aportes de la ecología como opuestos a los intereses gubernamentales, por ello acabó con este espacio de investigación, que era el más dinámico de la ecología animal (Deléage 1993). Las propuestas de Gause fueron recuperadas algunos años después, en un nuevo contexto disciplinar.

La ecología vegetal merece particular atención ya que tuvo un desarrollo comparativamente más complejo, posiblemente por haber sido el ámbito que contuvo el mayor número de especialistas. Se su desarrollo se destacó por encima del de otras ramas de estudio. En la ecología vegetal se presentó tempranamente una concepción que propuso superar estudios autoecológicos desarrollados en los primeros años. El ecólogo norteamericano F. Clements en 1905 definió a la ecología como la ciencia de las comunidades y tomó a la comunidad vegetal como unidad de estudio privilegiado abandonando la indagación sobre los organismos individuales.

A principios del siglo XX los ecólogos de la vegetación entendían que el resto de las relaciones de los seres vivos se desprendía del modo en que se constituía la asociación de plantas y por ello los estudios elaborados en esta área adquirieron una relevancia mayor que el resto (Mayor 1958). En el contexto general de la ecología, el primer debate de alta repercusión se desarrolló entre ecólogos de plantas terrestres. El mismo versó sobre la forma de comprender las asociaciones y las sucesiones vegetales, que indagan el modo en que un tipo de flora es progresivamente remplazada por otra.

Este debate surge a partir de una nueva propuesta de Clements. En 1916 este ecólogo norteamericano definió la sucesión vegetal como una secuencia de reemplazo de comunidades de plantas, en un proceso unidireccional por el cual las comunidades vegetales convergían hacia un estado de equilibrio, cuyas características resultaban exclusivamente del clima regional. Clements basaba su marco teórico en las escuelas de fitogeografía alemana y sus trabajos se centraron en las estables comunidades vegetales del centro y este de los Estados Unidos (Bazzaz 1996).9

Clements presentó las asociaciones vegetales como “superorganismos”, porque entendía que sus partes estaban integradas a un nivel tal que podía equipararse con las de un organismo vivo. Esta fue una mirada teleológica que suponía un destino prefijado. De esta metáfora se desprendía que las asociaciones vegetales “nacían” –por ejemplo como un conjunto de pastos determinados- y “crecían” hacia una forma preestablecida –por ejemplo un bosque.

Aquí vale un paréntesis que repare en la carga teleológica de los supuestos de Clements. La idea de una finalidad en la naturaleza es un lugar común de los estudios de la vida. En este punto puede encontrarse una referencia al pensamiento de Aristóteles como precursor de la idea que la naturaleza no hace (o produce) nada al azar o sin una finalidad, o en forma inversa, que todos los procesos tienden a un fin (Guthrie 1981). Aristóteles asumía la noción de cambio o progreso como progresando hacia algo, un final preestablecido y existente en un mundo ordenado jerárquicamente.

La hipótesis sobre la que Aristóteles desarrolla su trabajo, que la naturaleza es constructiva y sigue una finalidad, tuvo, a decir de W.K. Guthrie (1981), un enorme valor heurístico que introdujo avances notables en los estudios biológicos, aunque también llevó a importantes debates en torno al sustento intencional o no de la finalidad (que escapan al presente trabajo). Sin embargo Aristóteles no es el único filósofo que avanzó sobre el conocimiento de la naturaleza con la guía de la teleología. En el siglo XVIII Immanuel Kant recorrió un camino que lo llevó a conclusiones en el mismo sentido. En su incipiente obra Historia General de la Naturaleza y Teoría del Cielo, marca particularidades del mundo orgánico que resultan complejas de integrar a un mundo natural signado por leyes de causa y efecto.10 En sus propias palabras
“En mi doctrina (...) descubro la materia vinculada a ciertas leyes necesarias. En su total disolución y dispersión, veo comenzar el desarrollo por completo natural de un todo hermoso y ordenado. Esto no ocurre debido al azar o por casualidad; por el contrario se observa que factores naturales conducen necesariamente a ello... (:17)

Me parece que aquí se puede decir en cierta manera sin temeridad: Dadme materia y os construiré con ella un mundo, es decir: Dadme materia y os mostraré cómo un mundo ha de nacer de ella. Pues si existe materia dotada de una determinada fuerza de atracción, no es difícil determinar las causas que han podido contribuir a la formación del sistema universal (...) en cambio ¿podemos jactarnos de esta ventaja respecto de las más humildes plantas o insectos? ¿Podemos decir: dadme materia y os mostraré como se produce una oruga? ¿No quedamos paralizados desde el primer paso, por ignorar la verdadera naturaleza íntima del objeto y las complicadas diversidades que encierra? No debe, pues, extrañar a nadie si me atrevo a decir que la formación de todos los cuerpos siderales, la causa de sus movimientos, en fin, el origen de toda la actual constitución del Universo podrá ser comprendido con mayor facilidad que el nacimiento de una sola hierba”.


Kant busca una resolución al desafío de conocer la naturaleza viva en una de sus últimas obras Crítica del Juicio.11 En este texto toma la idea que somos conducidos a la idea de finalidad por un raciocinio necesario. Plantea que existe una armonía entre la sensibilidad y el entendimiento como facultades y cuando se produce este encuentro es que tenemos la experiencia de la belleza. Así la universalidad del juicio estético no pasa por principios, como en el caso de los juicios analíticos y sintéticos, sino que pasa por el acuerdo entre facultades. En esta línea plantea el idealismo estético, que aparece como el primer paso de presentación del juicio teleológico:
“... la finalidad no existe en la naturaleza... es un principio a priori que pone la conciencia en la creación o no en la contemplación de lo bello. La finalidad como Idea acerca el arte a los objetivos de la humanidad. De ahí que se califique a la belleza como símbolo de la moralidad.” (§59)
Esto implica, tal como señala en el §61 de la Crítica del Juicio, que los límites reconocidos al conocimiento de la naturaleza orgánica se ligan a las características del juicio que se reconoce como válido para indagarla. No se trata de abandonar los juicios sintéticos y analíticos para el mundo orgánico, sino que las reflexiones desarrolladas para el mundo inorgánico no alcanzan para explicar los seres organizados. Esto lleva a un problema entre los límites posibles del conocimiento: la explicación mecánica surge de reconocer que las categorías son constitutivas de la experiencia. Así todos los fenómenos deben ser explicados en base a la causalidad mecánica pero esto no alcanza para el mundo orgánico.

En relación a los seres organizados Kant señala que el entendimiento sugiere un modo de comprender las causas corpóreas mientras que la razón propone otro. Y en este punto reconoce el enorme peso heurístico de la teleología. Kant indica que el conocimiento de los seres organizados ha sido posible por la aceptación general de fines en la naturaleza (§72). Pero esta suposición necesaria ha sido vista como real en sí y, basándose en la misma, se han generado reflexiones que se proyectan más allá de los límites reconocibles desde la filosofía.

Estas reflexiones sobre el modo de interpretar la teleología en el mundo orgánico, que desde todas las perspectivas se consideraba necesario de una u otra forma, influyó directamente sobre el modo de conocer. Entre las propuestas de mayor relevancia debe contarse la vertiente alemana de reflexión sobre la naturaleza denominada naturphilosophie (Maquinistan 2004, Gilson 1988).12 Desde la misma se sostenía un carácter tanto teleológico como jerárquico del mundo basado, sobre todo, en cuatro premisas: 1) La creencia en la unidad de la naturaleza y sus leyes, donde el hombre se reconocía como la más alta expresión de la materia sobre la tierra; 2) La creencia en la existencia en la naturaleza de una tendencia al desarrollo progresivo; 3) La postulación que todos los procesos naturales se mueven en una única dirección (entre ellos, desarrollo individual y progresión de especies); 4) La consideración que el desarrollo y la progresión son gobernados por las mismas leyes, dando lugar a una proyección biologicista sobre variables sociales.

En este marco de ideas no resulta extraño que se planteen concepciones teleológicas en el análisis sistemático de los dinamismos de los organismos vivos. Tampoco resulta sorprendente que estas ideas hayan generado atracción, porque resultaban facilitadoras al momento de comprender la enorme diversidad de un escenario natural.

Esta tendencia a introducir destinos no es exclusiva de la ecología. El filósofo de la biología e investigador Jacques Monod (1972) indicó que el postulado de objetividad sobre el que avanzó el conocimiento en los últimos tres siglos llevó a los biólogos a reconocer en los organismos vivos un carácter teleonómico, esto es, con una actividad orientada, coherente y constructiva. En este sentido la biología ha reconocido que los organismos, en su estructura y actuación, persiguen un fin y deciden de acuerdo con él. Para saltar esta “profunda contradicción epistemológica” (denominación otorgada por Monod), hizo falta la microbiología del siglo XX que mostró que “el puro azar, absolutamente libre pero ciego, está en la raíz del edificio de la evolución” (Monod 1972, 110)

En este contexto no sorprende que las propuestas de Clements que sostenían que el crecimiento de cada de cada clase de vegetación tendía a un equilibrio -el climax- que se podía predeterminar y se suponía inalterable en la medida que la asociación no enfrentara ningún cambio brusco externo, realizadas a principio del siglo XX, tuvieran gran aceptación.

Clements indicó que el climax podía permanecer sin variaciones durante millones de años (Clements 1936). Si bien esta propuesta fue adoptada como base metodológica de gran parte de los ecólogos de Norteamérica y Europa (Deléage 1993), algunas voces se alzaron en contra. Los ecólogos vegetales adscribieron rápidamente a la idea clementsiana de privilegiar el estudio de comunidades en contra de la investigación de organismos aislados, pero dos estudiosos de la vegetación entendieron que de esta opción no se desprendía la noción teleológica propuesta.

El primer detractor de la teoría de climax fue Henry Gleason (1926). Formado en universidades norteamericanas, Gleason encontraba dificultades para aplicar las teorías de Clements en los conjuntos vegetales que él observaba. La principal crítica desarrollada por Gleason indicaba que no se podía pensar a una asociación vegetal como superorganismo porque no existen límites claros (como los que diferencian a un individuo de cualquier especie) ni espacial ni temporalmente. Los límites de una determinada asociación vegetal estaban dados, según Gleason, por criterios que tenían más que ver con el observador que con el conjunto de plantas. Este biólogo planteaba que las asociaciones vegetales eran simplemente la suma de las respuestas adaptativas de los organismos que las conformaban. Desde esta perspectiva individualista las asociaciones, lejos de ser superorganismos, eran epifenómenos de las acciones singulares. Las categorías planteadas por Clements eran, para Gleason, abstracciones desarrolladas por los investigadores con el propósito de describir, clasificar o manejar la vegetación.

El ecólogo británico Arthur Tansley (1935) también se opuso a la teoría de climax. Este biólogo discutió que el equilibrio de una asociación vegetal pudiera preestablecerse y contrapuso la noción de ecosistema a la idea de superorganismo. Tansley entendía que las asociaciones vegetales podían pensarse como un sistema integral, pero en un sentido físico, donde debía estudiarse el flujo de energía. Abandonó la presunción teleológica implícita en la propuesta de Clements a pesar de mantener una concepción holista. Según esta propuesta, las asociaciones vegetales no convergen necesariamente a estadíos preestablecidos sino que, en todo caso, llegan a distintos momentos de equilibrio imposibles de predecir. Tansley abandona las formas clásicas de concebir la naturaleza y busca las formas para acercar la ecología hacia otras ciencias naturales que, en estos primeros años del siglo XX, cobraban cada vez más reconocimiento.

A pesar de las impugnaciones de Tansley y Gleason la mayor parte de la comunidad de ecólogos adoptó las ideas de Clements hasta los años cuarenta. Sin embargo en la medida en que se fueron conociendo más sistemas naturales empezó a provocar dudas entre los investigadores la necesidad de suponer disturbios en los climax previamente supuestos para dar cuenta del tipo de comunidad observado (Barbour et al. 1996).

A las alternativas de Tansley y Gleason ya conocidas, que permitían indagar las asociaciones de plantas desde otras perspectivas menos problemáticas se suma en los años cincuenta con la revisión de Whittaker (1951, 1967). Este investigador analiza los gradientes de las poblaciones vegetales y encuentra que las mismas no son más que coincidencias en las curvas de distribución de las especies de plantas. También demuestra, a través del estudio de los gradientes altitudinales, que las comunidades se integran continuamente y la competencia entre ellas no genera zonas de vegetación separada. De este modo quebró la posibilidad de equiparar a una comunidad con un organismo porque no es posible delimitar a un individuo.

La conclusión de Whittaker fortaleció la propuesta de Gleason, que entendía a las sucesiones vegetales como la suma de las respuestas individuales. Si bien el trabajo de Whittaker ha sido puesto en discusión en los últimos años (Wilson y Agnew 2004), a mediados del siglo XX sirvió para afianzar el abandono de la propuesta de Clements (Barbour et al. 1996). Los estudios alternativos, sustentados en las propuestas de Tansley y Gleason, cobraron cada vez más fuerza y la controversia se fue dirimiendo en la medida que más ecólogos adoptaban la nomenclatura de ecosistema de Tansley y la metodología individualista de Gleason para el estudio de los mismos.

Si se revisa el modo en que se ha escrito la historia de la ecología, que en su mayor parte han adoptado una perspectiva de análisis kuhniana, se encuentra que se reconoce en la propuesta de Clements al primer paradigma de la ecología (Simbreloff 1980, Wiens 1989) en el sentido kuhniano del término. Los autores que lo proponen entienden que a partir de la teoría de climax se dio un período de ciencia normal, porque fue adoptado por gran parte de la comunidad que dejó de discutir fundamentos y se propuso aplicar la metodología y teoría para avanzar en el conocimiento de los diversos sistemas naturales del mundo. Desde este primer paradigma Daniel Simberloff (1980) entiende que se sustentó una visión holística y teleológica en un sentido real y no heurístico, por ello denomina a este conjunto de acuerdos paradigma aristotélico de la ecología. El abandono de la propuesta clementsiana se presenta, desde esta perspectiva, como una suma de anomalías. Es decir, en la medida que los estudios se multiplicaron se propusieron fragmentaciones y periodizaciones cada vez más complejas que llevaron al cambio teórico.

Sin embargo, la existencia de ramas de la ecología independientes, sumado a la presencia de divisiones en ecología vegetal en líneas de investigación alternativas y mutuamente excluyentes hacen difícil pensar en una aplicación estricta de la noción de paradigma en el sentido propuesto por Khun (1962). Esta no es la única dificultad para revisar la ecología a la luz de los postulados del autor de La estructura de las revoluciones científicas. Tampoco parece poder aplicarse su modelo de cambio, porque el proceso de abandono de la teoría de climax no es resultado de una revolución paradigmática. Se trata más bien de una permutación progresiva de metáforas, donde trabajos como los de Lindeman (1942) o Whittaker (1951, 1967) sirvieron para afianzar el cambio que, por otra parte, estuvo acompañado por una integración creciente con las otras ramas de la ecología.

La propuesta de Clements fue abandonada, entre otros factores, por la creciente complejidad que adoptaban las explicaciones basadas en el climax, sumado al creciente reconocimiento de propuestas mecanicistas, que posiblemente facilitaron la decadencia del modelo metafísico-teleológico, para justificar sucesiones de plantas que existían en diversos escenarios y que no se adecuaban a la propuesta original (Barbour et al., 1996). Sin embargo, en el proceso de abandono de los factores explicativos teleológicos, ninguna de las posiciones se mantuvo invariante por la importante incidencia del progresivo acercamiento entre las diferentes ramas de investigación y de cambios extradisciplinares.

Lejos de pensar en cambios de paradigmas kuhnianos, considero más apropiada una concepción de articulación progresiva, que en forma parcial fue rescatando parte de cada una de las teorías, inaugurándose en ese proceso una práctica que redundó en un cambio de carácter disciplinar, ya que en el cambio de los conceptos los estudios descriptivos fueron dejando cada vez más lugar a los estudios experimentales. Las vertientes originales de la ecología desdibujaron sus límites dando forma a lo que podría denominarse como el período clásico de la ecología.




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