A la escucha del maestro



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A la ESCUCHA del MAESTRO

Iniciación a la Lectura Orante de la Biblia.

"Lectio Divina".

P. FIDEL OÑORO C.

Si un texto no te cambia,

Quiere decir que no lo has leído.

(G. Soares-Prabhu)

PRESENTACIÓN.


En este primer año de la preparación al Gran Jubileo, eminentemente cristológico, es deseo del Santo Padre que volvamos "con renovado interés a la Sagrada Escritura" (TMA 40.3) para conocer la verdadera identidad de Jesucristo. La razón que nos da es que "en el texto revelado el mismo Padre sale amorosamente a nuestro encuentro y dialoga con nosotros manifestándonos la naturaleza de su Hijo unigénito y su proyecto de salvación para la humanidad" (1bid).


Una de las formas más apropiadas para volver a las Sagradas Escrituras es la práctica de la Lectio Divina. Esta lectura orante de la Biblia tiene la impronta de los Padres de la Iglesia y ha sido cultivada a través de los siglos en el corazón de la vida monástica. Actualmente se redescubre, con gran entusiasmo entre laicos, religiosas, religiosos y pastores, como fruto del movimiento bíblico y del Concilio Vaticano II.
Por eso me complace particularmente presentar este texto preparado por el P. Fidel Oñoro C., a pedido del Secretariado General del CELAM, que junto a la enseñanza del método de la Lectio Divina propone formas concretas de realizarlo tanto personalmente como en las comunidades parroquiales.

El escrito tiene el gran mérito de dar a conocer en pocas páginas la dinámica de este método de oración, valiéndose de las enseñanzas de Guigo II, el monje Cartujo, enriquecido por la mirada mística y poética de San Juan de la Cruz y de Sor Isabel de la Trinidad.


El autor nos enseña que la Lectio Divina es un método concreto, sencillo, real y posible para vivir de cada Palabra que sale de la boca del Señor. (Mt. 4,4).

+ Jorge E. Jiménez Carvajal

Obispo de Zipaquirá, Colombia.

Secretario General del CELAM




I
DISCIPULOS A LA ESCUCHA
DEL MAESTRO

Cuenta Fedor Dostoyevski en su novela "Los hermanos Karamazov" que el viejo y sabio monje Zossima le aconsejaba a su joven amigo Alyosha que leyese las Santas Escrituras a la gente sencilla "simplemente como ellas son", y le agregaba, "tú verás cómo el corazón simple comprende la Palabra de Dios".


Jesús se emociona porque el Reino de Dios estaba siendo comprendido por los pequeños (Ver Lc. 10,21). En ellos Jesús veía a sus oyentes ideales, aquellos que tenían capacidad de vivir con Él una comunicación más profunda, una relación más estrecha. Por eso los consideraba sus hermanos, sus hermanas y su madre (Ver Mc. 3,35). Ellos conocen el tono de su voz y por eso lo pueden seguir (Jn. 10,3). Ese es el retrato interior del discípulo de Jesús. El auténtico discípulo es el que vive a la escucha con un corazón totalmente despojado y clavado en Dios.
Cada vez que escrutamos las Sagradas Escrituras nos encontramos con ese desafío.
Y no queremos leer sin comprender. No queremos quedarnos sin conocer el don de Dios que la palabra inspirada nos ofrece. Por eso buscamos y preguntamos. Sucede como con el eunuco de la reina de Candace, quien en medio del desierto va sentado en su carro leyendo la Biblia. Felipe se acerca y le pregunta: "¿Entiendes lo que estás leyendo?". El eunuco le contesta: "¿Cómo puedo entender si nadie me hace de guía?" (Hech 8,30s). Y lo invitó y sentó en el carro.
La lectura orante o Lectio Divina pretende ser una manera de realizar esta forma total de aproximarnos a la Biblia, para ir hasta lo más profundo. Aprovechemos los métodos que nos ayudan a entender la Biblia en todos sus aspectos, llámense histórico-críticos o literarios o sociológicos o psicológicos…. La lista es larga. Todos ellos son muy útiles y los valoramos. Pero sentimos que todavía falta algo.
La Pontificia Comisión Bíblica (1993) buscó los términos precisos para definir lo que es la Lectio Divina: " Es una lectura, individual o comunitaria, de un pasaje más o menos largo de la Escritura, acogida como Palabra de Dios, que se desarrolla bajo la moción del Espíritu en meditación, oración y contemplación". Y allí dio la clave: es el Espíritu Santo quien hace de guía en la lectura.
Jesús había prometido: "El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, les enseñará todas las cosas y les recordará todo lo que yo les he dicho". (Jn. 14,26).
La audición de la voz de Jesús, después de su muerte y resurrección, se realiza de esta manera porque Él desea que comprendamos la Biblia: "Y, entonces, abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras".( Lc 24,45). Él quiere que la intuyamos profundamente a partir de su Persona, porque por su misterio pascual la revelación ha llegado a su plenitud. (Ver Mt. 5, 17).
La Lectio Divina, o lectura orante de la Biblia, es nuestra contribución a la oferta que nos quiere hacer Jesús. Él nos da su Espíritu. Nosotros ofrecemos un oído y un corazón atentos a su Palabra.
La Lectio Divina, es básicamente eso: el ejercicio de un corazón dispuesto al encuentro con Dios a través de la Santa Palabra. Es un ejercicio de lectura pero es también una oración. Sus frutos no vienen tanto por la acumulación del saber a cerca de la Biblia como por la vida espiritual del que conoce el sabor de la Biblia porque conoce a su Autor.
No es esta una expresión de la creatividad actual en materias de oración. Quizá estemos, como en tiempos del rey Josías, descubriendo de nuevo el rollo de la Toráh. El método viene desde la misma Biblia, desde la práctica de los rabinos, y particularmente, desde los Padres de la Iglesia y algunos autores espirituales del primer milenio de la era cristiana. Aunque relegado, este método de oración nunca se perdió en la historia de la Iglesia ya que los monjes lo conservaron y lo trajeron hasta nosotros. El Concilio Vaticano II (Dei Verbum 25) lo reconoció vivamente y, desde entonces, los documentos de la Iglesia no han dejado de recomendarlo.
El asunto ahora es cómo aprenderlo, cómo iniciarnos pedagógicamente en él. Es lo que vamos a proponer enseguida a través de los siguientes pasos:


  • Trataremos de captar la dinámica propia de la Lectio que, ante todo, es una dinámica espiritual.




  • Describiremos su desarrollo ofreciendo algunas indicaciones prácticas;




  • Daremos algunas pistas para el servicio de la Palabra, especialmente en la parroquia, a partir de la Lectio Divina.



II

LA LECTURA DE LA
LECTIO DIVINA.
Como método de lectura de la Sagrada Escritura, la Lectio Divina se realiza a través de pasos bien definidos, que se pueden expresar didácticamente no sólo para comprenderlos mejor sino también para practicarlos y enseñarlos.
Partiendo de la enseñanza de Guigo II, el cartujo, en su Scala Claustralium (II y III) mostraremos desde diversos ángulos el aspecto dinámico de la Lectio Divina. Esto nos permitirá comprender mejor las posibilidades de la propuesta y nos facilitará más tarde el desarrollo creativo del método.



  1. La dinámica de la Lectio Divina captada desde cinco ángulos.

Presentamos la dinámica de la Lectio Divina a partir de cinco comparaciones que la enfocan desde diferentes ángulos. Al final sacaremos las consecuencias.





  1. La Escalera

CONTEMPLACIÓN

ORACIÓN

MEDITACIÓN

LECTURA
El Monje Guigo II comparó la Lectio Divina con una escalera, donde cada etapa del proceso es un peldaño. Su base se asienta sobre la Biblia y su extremo superior penetra el corazón de Dios y "escruta los secretos de los cielos". El Monje contó así su intuición:

"Un día, durante el trabajo manual, comencé a pensar en el ejercicio espiritual del hombre y, de repente, se ofrecieron a la reflexión de mi espíritu cuatro grados espirituales: lectura, meditación, oración, contemplación".



  1. La Palabra que traza su camino en el corazón

La imagen de la escalera ya lo dice prácticamente todo. Pero todavía sobre la pista de Guigo, diferenciando y al mismo tiempo tratando de captar la unidad de los grados espirituales indicados, podríamos agregar que el método de la Lectio funciona como los latidos del corazón; sístole y diástole, expansión y concentración, apertura y acogida, búsqueda y encuentro, grito y respuesta….

Es dinámico. Sus movimientos corresponden al de nuestros impulsos interiores.
Con las palabras claves del mismo Guigo podríamos visualizar estos movimientos de la siguiente manera:

SALGO DE MÍ ÉL VIENE A MÍ.

LECTURA

. Estudiar atentamente el texto
MEDITACIÓN

. Encontrar la

verdad escondida



en el texto.
ORACIÓN

. Abrir el

corazón a Dios.

CONTEMPLACIÓN

. Saborear las alegrías

de la dulzura eterna

(el amor de Dios)


  1. El Verano y el Invierno.

Algunos autores han comparado la dinámica de la Lectio Divina con la actividad de la hormiga que durante el verano trabaja sin tregua en la recolección del alimento y, cuando llega el invierno, se refugia y sobrevive con aquel alimento. O bien, como la abeja que en un primer momento chupa el néctar de la flor y después entra en el sagrado reposo, en el panal, para dar paso a la elaboración de la miel.


Así también la Lectio prácticamente se reduce a dos momentos que se pueden especificar mejor en dos movimientos dobles: el de lectura-meditación y el de oración-contemplación. Un tiempo de trabajo y otro de elaboración y aprovechamiento de los resultados.
La Lectio es también como aquel que toma una naranja, pacientemente le quita la corteza y expone la pulpa, con los ojos la saborea y luego la va degustando, torreja por torreja, saboreando su jugo.
Guigo dice: "la letra está en la cáscara, la meditación en la sustancia, la oración en la expresión del deseo y la contemplación en la posesión de la dulzura obtenida.
Todavía podríamos decir que la actividad del lector-orante se concentra en estos dos momentos: uno activo, que es la fatiga de la lectura-meditación , y uno pasivo, que es el de la oración-contemplación. La continuidad entre estos dos momentos es análogo al proceso de alimentación y digestión. La comparación es válida. Para el pueblo de la Biblia no era extraño oír decir que la Biblia había que comérsela (Ver Ez 3,3 y Apoc 10, 8-11). Guigo lo contaba así: "La lectura lleva la nutrición sustancial a la boca, la meditación mastica y tritura este alimento, la oración obtiene el gusto, la contemplación es la dulzura misma que alegra y restaura".
La Lectio es el proceso por medio del cual la Escritura pasa de la "letra" al "Espíritu" que da vida (Ver 2 Cor 3,6).


  1. La Parábola del mendigo.

No aparece en la Biblia tal parábola, aunque podría estar sugerida en la enseñanza de Jesús en Lucas 11, 9: "pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá". Parece que Jesús estuviera describiendo la actividad de un mendigo que llega a la puerta de nuestra casa, toca, insiste…. y si ve que nadie sale, va y llama por la ventana e insiste nuevamente. Y, si nos negamos a abrir, entonces va a la casa del vecino y sigue así su peregrinación, de puerta en puerta, hasta que alguno le abre y le da un pedazo de pan. Esta es su actividad cotidiana.


Así también es el orante en la Lectio Divina. Es un buscador que se identifica con el pobre mendigo que busca el pan de cada día. Ese tal tiene que esforzarse y luchar para conseguirlo, vive por la insistencia y no claudica fácilmente.
A la Lectio se llega con humildad, desprovisto de todo, hambriento y sediento de la Palabra: "como anhela la cierva las corrientes de agua" (Sal. 42,2).
Impulsado por la sed se recorre el camino de la búsqueda. Guigo también veía este proceso en la parábola del mendigo: "La lectura busca la dulzura de la vida bienaventurada, la meditación la encuentra, la oración la pide, la contemplación la gusta". Esta intuición que traduce en método la enseñanza de Jesús tiene una sencilla formulación didáctica que nos ofrece san Juan de la Cruz:

"Buscad leyendo y hallaréis meditando,



llamad orando y al abriros habréis contemplado

(Dichos de luz y de amor, 157)





  1. La Palabra se hace palabra.

La Palabra de Dios es palabra que "dice" y "hace decir". Cuando "permanece operante" en nosotros (1 Tes. 2,13) nos hace pronunciar nuestra palabra auténtica, la que mejor expresa la verdad de nosotros mismos. Es como si la Palabra que habita en medio de nosotros (cfr. Jn. 1,14) y específicamente en nosotros mismos (Ver Jn. 14,23), creciera de tal manera que al final emergiera fuerte en la oración, en la predicación, en la consolación, en los hechos.


Esta es también la dinámica de la Lectio Divina. Un Guigo de nuestro tiempo, Frei Carlos Mesters, recuerda que hay tres preguntas sencillas y claves que orientan el proceso de la Palabra que inicialmente es oída, luego apropiada y finalmente se expresa nuevamente:

¿QUÉ DICE EL TEXTO?



¿QUÉ ME (NOS) DICE EL TEXTO?


¿QUÉ ME (NOS) HACE DECIR EL TEXTO?



La Palabra de Dios Mi Propia Palabra

La tarea de la Lectio Divina es ayudar a desplegar toda la eficacia de la Palabra, el poder escondido en la semilla (Ver Mc.4,30-32) y su capacidad de generar algo nuevo, auténtico, de Dios. Este es su secreto.





  1. De la dinámica a las dinámicas.

En breves afirmaciones quisiéramos establecer algunos parámetros que se derivan de nuestra observación de la dinámica de la Lectio Divina:




  1. La Lectio Divina como instrumento de búsqueda integra dos tipos de conocimiento: el que se desarrolla por la vía racional y el que se desarrolla por la vía emocional. La razón y el corazón se integran en la búsqueda de equilibrio entre lo que corresponde propiamente al ejercicio de la lectura como al ejercicio espiritual. Allí se valora, se respeta y aprovecha todo lo que procede del estudio académico de la Sagrada Escritura, pero también todo lo que corresponde a las características propias de la vida espiritual, ya que por la misma fe se captan más profundamente las realidades de la fe.




  1. La Lectio Divina tiene una estructura interna clara, lógica, sólida. Una vez impulsado el proceso, este puede desarrollarse por sí mismo porque corresponde a una lógica intrínseca del camino oracional. Muchas veces la habremos practicado sin saberlo.




  1. El proceso es claro sin que sea rígido o mecánico. Si así lo fuera estaría bloqueando la acción del Espíritu. Por eso no se puede decir con propiedad que lectura - meditación - oración - contemplación son los pasos del método. Estos son más bien dimensiones, movimientos, grandes etapas de un camino que se recorre. La Lectio Divina ofrece tal elasticidad, que la descubrimos, desde el punto de vista pedagógico, como una mina de sugerencias: se puede recrear y adaptar para personas o para grupos teniendo en cuenta su edad y situación. Esta dinámica permite crear muchas dinámicas o propuestas didácticas. Es decir, la dinámica de la Lectio permite ser abordada de muchas formas creativas.




  1. Pero no todos los movimientos de la Lectio Divina permiten crear dinámicas. Una primera dificultad es que no siempre es fácil reconocer el paso de un movimiento al otro. La segunda dificultad la constituye la naturaleza misma de tales movimientos. Cuando se entra al movimiento de la oración y de la contemplación, estas vienen de un impulso propio que corresponde a la originalidad de la acción de la Palabra, que no sería prudente ni conveniente tratar de orientar externamente.




  1. El éxito de la Lectio Divina está fuertemente ligado a la calidad de la vida espiritual. Recordemos, además, que la Lectio presupone la fe en la acción de Espíritu que conduce el proceso. Habrá que cuidar atentamente este aspecto, especialmente en su preparación.

Como discípulos queremos ponernos a los pies de Jesús para aprender ese "oír" que hace posible captar en profundidad su Palabra y ponerla en práctica. Él dice: "Mirad, pues, cómo oís" (Lc. 8,18).


III

EL APRENDIZAJE
DE LA LECTIO DIVINA.
Una vez reconocida la dinámica propia de la Lectio Divina podemos comenzar su aprendizaje.
La Lectio se aprende por el ejercicio continuo, preferentemente diario. Mejor aún si se cuenta con el apoyo de un acompañante con quien compartir este camino de oración.
En un intento por diseñar el itinerario y de dar algunas indicaciones prácticas para su pleno desarrollo, presentaremos a continuación el proceso de una Lectio según los cuatro movimiento de lectura - meditación - oración - contemplación, pero comenzaremos primero por la necesaria etapa de preparación.
La experiencia de la Lectio Divina va más allá de sus cuatro movimientos. Se pueden desarrollar otros tantos momentos en la medida en que se progresa en el camino espiritual. Por eso ofrecemos luego algunas direcciones en que se prolonga la Lectio en la vida espiritual.
Para finalizar trataremos de responder a tres interrogantes que, con frecuencia se preguntan, los que ejercitan la Lectio Divina.
Por razones pedagógicas nuestras indicaciones se orientan ante todo a la praxis "personal" de la Lectio. Sin embargo, tenemos muy presente que el lugar propio de la Palabra es la Comunidad. Por eso, más adelante veremos cómo convertirla en experiencia comunitaria.



  1. La Preparación para entrar en la Lectio Divina: la "soledad sonora".

"El Maestro está allí y te llama" (Juan 11,38).


La preparación es decisiva para el éxito de la Lectio Divina. Para poder escuchar a otro, primero hay que bajar el tono de la voz, hacer silencio, concentrarse. El clima ideal para la Lectio es lo que san Juan de la Cruz llamó la "soledad sonora" (Cántico 15), es decir, callar el ruido de tantas voces que nos invaden para captar el dulce silbido del Espíritu en la Palabra de Dios.
Podemos considerarnos preparados cuando hayamos logrado entrar en este silencio receptivo, atento, consciente de la presencia poderosa de Dios que viene amorosamente a nuestro encuentro con el don de su Palabra.
Muchas veces este momento llega a ser un verdadero combate espiritual. Especialmente en aquellos días en que tenemos muchos compromisos o tenemos algún problema o estamos cansados o venimos de alguna actividad agitada. Gracias a Dios, habrá días en que será relativamente fácil entrar en la Lectio. Lo importante es tener presente que…
No es posible entrar en la inteligencia del texto sin

el corazón pacificado y poseído por el Espíritu Santo.

(Ver Luc 24, 36.45.49)

Retengamos estos dos aspectos: pacificación del corazón y posesión del Espíritu de Dios. Cada uno, a partir del conocimiento y del control que tiene de sí mismo y de su experiencia de Dios, podrá encontrar la manera de realizar esta preparación. Con todo, quisiéramos dar algunas sugerencias:




  1. La pacificación del corazón.

El corazón es, por decirlo así, el órgano de la Lectio. Tal como lo enseña la Biblia, el corazón es lo más íntimo de nuestra personalidad, la profundidad de nuestra conciencia (ver Mc. 7,21). Es allí donde el Señor quiere comenzar a hablar, a poner su toque creador y transformador.


Como en la parábola de la semilla, se necesita un terreno preparado: "las preocupaciones del mundo, la seducción de las riquezas y las demás concupiscencias ahogan la Palabra, y ésta queda sin fruto". (Mc. 4,19)
Es el mismo Señor quien nos invita amablemente, como lo hizo con Marta: "Marta, Marta, te preocupas y te inquietas por muchas cosas, cuando una sola es necesaria". (Lc. 10, 41ss). Su instrucción es clara: "entra en tu cuarto" (Mt. 6,6), o sea, en el espacio de tu intimidad, en el lugar de tu corazón.
Podríamos presentar la exhortación del Señor en breves imperativos didácticos útiles para nuestra preparación:


  • "¡Entra en tu cuarto!". Conoce el espacio donde vive tu intimidad, refúgiate allí, busca el silencio, la soledad.




  • "¡Delimita tu tiempo!". No muestres la mezquindad de tus afanes, sé generoso porque tu tiempo es de Dios.




  • "¡Ayúdate de algo!", si es que lo consideras necesario, por ejemplo: de un icono, de la luz de una vela, de una cruz, quizá un poco de música…. Recuerda que es apenas una ayuda




  • "¡Interroga tu corazón!". Toma consciencia de la manera como te presentas ante Dios, cómo estás ahora y a qué estás dispuesto en esta Lectio. Entra en oración en tu propia realidad, con todo lo que eres. Acuérdate de tu pueblo, también por amor a él buscas al Señor.




  • "¡Suplica!", como el rey Salomón: "dame un corazón que sepa escuchar…. para discernir". (Cfr. 1 Reyes 3,9).

Y una sugerencia práctica: escucha tu propia respiración, siente su ritmo. Esto ayuda a la concentración. El ritmo de la respiración es como el termómetro de nuestro estado de ánimo, de nuestra situación de paz. A veces estás agitado… Toma conciencia de esto y ayúdate.


Cuando arrojamos una piedrecita al lago, estando sus aguas tranquilas, sus ondas son más nítidas y las vemos expandirse hasta besar los extremos.


  1. La invocación del Espíritu.

Así como en la celebración de la Eucaristía es la acción del Espíritu Santo la que obra la transformación de las especies de pan y vino en el Cuerpo y Sangre del Señor, así este mismo Espíritu es el que modela en toda la Iglesia el Cuerpo de Cristo. En la Lectio vivimos este influjo poderoso del Espíritu Santo que nos conduce a la "Verdad Completa" (Jn 16,13), es decir, a Jesús en las Escrituras; y lo actualiza en nosotros. El Espíritu es el "Paráclito" , el asistente del lector - orante y por eso lo invocamos. (Ver Jn 14,23; DV 12).


San Pablo le señala a los lectores de la Biblia que "la letra mata pero el Espíritu da vida" (2 Cor. 3,6). Lo importante no es el texto sino el hecho de llegar a ser Biblias vivientes: "Evidentemente ustedes son una carta de Cristo, redactada por ministerio nuestro, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne, en los corazones". (2 Cor.3,3). Con la invocación del Espíritu se marca el punto de partida correcto porque es así como la Lectio comienza a ser "divina".
La mejor invocación del Espíritu es la que Dios le inspira a cada cual. Todos estamos capacitados para crear nuestro propio "Ven, Espíritu Creador". Pero, lo sabemos, las oraciones hechas por otros son también escuela de oración, especialmente aquellas que están avaladas por la Iglesia. He aquí una bella oración inspirada en textos bíblicos que nos puede ayudar:

"Dios nuestro, Padre de la luz,

Tú has enviado al mundo tu Palabra,

Sabiduría que sale de tu boca

Y que ha reinado sobre todos los pueblos

De la tierra.

(Eclo. 24, 6-8).

Tú has querido que ella haga su morada en Israel

Y, que a través de Moisés, los Profetas

Y los Salmos,

(Lc. 24,44)

ella manifieste tu voluntad

y hable a tu pueblo de Jesús, el Mesías esperado.

Finalmente, has querido que tu propio Hijo,

Palabra eterna que de ti procede (Jn 1,1-14)

Se hiciese carne

Y plantase su tienda en medio de nosotros.

Él, nació de la Virgen María

Y fue concebido por el Espíritu Santo (Lc. 1,35)

Envía ahora tu Espíritu sobre mí:

Que Él me dé un corazón capaz de escuchar

(1 Reyes 3,9),

me permita encontrarte en tus Santas Escrituras

y engendre tu Verbo en mí.

Que el Espíritu Santo levante el velo de mis ojos

(2 Cor 3, 12-16).

que Él me conduzca a la Verdad Completa

(Jn. 16,13)

y me dé inteligencia y perseverancia.

Te lo pido por Jesucristo, nuestro Señor,

Que sea bendito por los siglos de los siglos.

Amén".


(E. Bianchi)
En lugar de una oración elaborada, se puede hacer una simple invocación en forma de jaculatoria a partir del Salmo de la Lectio Divina, el Salmo 119 (118). Por ejemplo, se puede repetir esta frase al ritmo de la respiración: "Te invoco con todo el corazón, Señor, y guardaré tus preceptos" (Sal. 119, 145); o esta otra: "Mira que amo tus ordenanzas, Señor, dame la vida por tu amor" (Sal. 119, 150. De esta manera suplicamos el don del Espíritu. El Salmo 119 será siempre una cantera de sugerencias para esta oración al comienzo de la Lectio Divina.


  1. Los cuatro movimientos de la Lectio Divina.




  1. "Buscad leyendo".

(Primer movimiento):
La lectura y el estudio de un pasaje escogido es la base de toda la Lectio Divina.
Abrimos el texto con mucho respeto. En este momento cada letra, cada signo de la Escritura vale mucho. Los antiguos veneraban las Escrituras casi como la misma Sagrada Eucaristía, no se puede dejar perder ni una migaja.
El respeto al texto se expresa en la renuncia a la imposición de cualquier idea previa, a quitarle o acomodarle nada. Queremos que éste brille solo; que él hable primero. Buscamos una lectura objetiva, cuidadosa, humilde, siendo conscientes de nuestra ignorancia y de nuestra necesidad de ella. Sucede, a veces, que se trata de un pasaje ya conocido. Entonces habrá que decir como santa Teresita: "Más me vale leer mil veces los mismos versículos (del Evangelio) porque cada vez les encuentro un sentido nuevo".
Lo que hay que hacer es leer lentamente desde el comienzo hasta el final, releerlo y volver a hacerlo una vez más. Poco a poco los detalles van apareciendo y cada palabra va haciendo sentir su peso. Las letras se vuelven imagen, comienzan a hablar y nosotros nos vamos apropiando de ellas.
Buscamos hacer nuestro propio estudio del texto. Hay muchos estudios ya hechos que pueden ser útiles. Sin embargo, lo importante es que este es nuestro turno y que vale mucho el ser curiosos, inquietos, insatisfechos. Entramos en la Escritura como buscadores, como decía san Juan de la Cruz: "sin otra luz y guía sino la que en el corazón ardía" (Subida, 3).
Nuestra obsesión en este primer movimiento es preguntarnos:
¿Qué dice el texto?

Cuatro indicaciones sencillas nos pueden ayudar:




  1. Captar las ideas principales:




  • Retener las voces fuertes del texto: con lápiz en mano, subraya la(s) frase(s) que más te impactan.

  • Subdividir el texto: mientras más subdividido, mejor. Es como un paz que se come en pequeños trozos.

  • Distinguir quién habla y de qué cosa habla: si es un narrador o es un actor; quién es este personaje, cuáles son sus características. No será nunca lo mismo cuando habla Jesús que cuando habla otro.

  • Ayudarnos de nuestra propia práctica de lectura: para tratar de intuir qué es lo fundamenta y qué es lo secundario. Se aplica todo lo que se sabe.




  1. Profundizar:




  • Hacer preguntas pertinentes sobre el texto

  • Leer las notas de pie de página de la versión que tenemos.

  • Consultar los posibles textos paralelos u otras referencias que se indican en la versión. Tal vez conozcas otras.

  • Remitir a algún comentario, cuando lo tenemos a la mano.




  1. Sentir el texto.

Dar espacio a nuestra propia emoción. Quizás haya una frase, que, aunque sea secundaria, nos ha impactado. Pues bien, hay que apropiársela. Dios me habla en ella. Lo importante es respetar siempre su sentido dentro del contexto: que sea lo que ella dice y no lo que yo quiero que me diga. Respetar el contexto es la regla primera de la lectura de la Biblia.




  1. Apropiárselo.




  • Leer en voz alta el pasaje. Así podremos sentir mejor la emoción de las palabras, su ritmo, su respiración, su énfasis, sus silencios. Cada página de la Biblia tiene su originalidad. Nunca nos cansará este ejercicio.



  • Repetir una frase o una idea que sintetiza nuestra lectura. Repetirla hasta memorizarla.




  • Tratar de representar el texto en nuestra imaginación (cuando el pasaje es narrativo): Con una reconstrucción de la escena, colocándonos en la piel de los personajes. Un poco de fantasía nos da la sensibilidad del texto, ¿qué habríamos dicho nosotros?. ¿Cómo nos habríamos comportado?




  • Escribir de nuevo el pasaje: es una antigua práctica que ayuda a la identificación con el texto. Decía Casiano: “penetrados de los mismos sentimientos con que fue escrito el texto, nos volvemos, por así decir, sus autores”.

Y existen todavía muchos otros recursos que podemos utilizar para nuestro estudio del texto. No hay que hacerlo todo. Basta con lo que sea útil para, “comerse el texto”. (Más adelante daremos otras pistas)


Este momento de estudio es tan rico que corre el riesgo de extenderse indefinidamente sin llegar a sacar el fruto espiritual de la lectura. Por eso hay un momento que hay que detenerse.
¿Cuándo parar? Démonos el tiempo suficiente para el estudio personal del texto. Pero una vez que este comienza a ser nuestro, cuando una idea queda repicando y comienza a resonar en el corazón, es el momento de parar. Esta es la idea que será el centro de nuestra Lectio, la que será la manifestación del amor del Señor en nosotros.
Ya estamos en el segundo movimiento. Es el momento de cerrar la Biblia e inclinar la cabeza ante el Señor.



  1. ...Hallareis meditando”

(Segundo movimiento)
La meditación es el efecto natural de la lectura: viene dentro de la lectura desde el momento en que esta ha comenzado a impactarnos haciendo que ya no solo hablemos del texto sino también de nosotros. La Palabra de Dios se vuelve nuestro espejo.
La meditación se hace con la Palabra todavía caliente, resonando en el corazón. Todo este movimiento se realiza en la interioridad. Hay quien lo compara con el comienzo de la gestación. A san Clemente de Alejandría le parecía ver al lector que entraba en la meditación como al picaflor que después de picar las flores se recoge para dejar que el néctar se transforme en alimento.
En la Lectio Divina la meditación tiene características propias que la distinguen de aquella otra que es especulación mental. Aquí se acerca más al estilo del pueblo de la Biblia. Israel y los primeros cristianos no eran propiamente un pueblo de filósofos ni de eruditos. Su preocupación era tratar de captar la actualidad de Dios en su caminar., en los sucesos de todos los días, para vivir en sintonía con Él para dar nuevos pasos según su voluntad. Es una actividad lenta y fatigosa. Por eso, Casiano prefería hablar de “rumiar” la Palabra, es decir, de saborearla lentamente.
El Pueblo de la Biblia sabía meditar “atando cabos”, tratando de descubrir cómo se empata una cosa con otra, escrutando el sentido de los acontecimientos, la lógica del actuar de Dios en medio de todo, “la verdad oculta “ como dice Guigo.
También nosotros “atando cabos” podemos ver cómo “esta escritura acabada de oír se ha cumplido hoy” ( Lc. 4,21). La Palabra descubre así su actualidad permanente, comienzan a caer los velos. Por la meditación entramos en comunión con la misma experiencia espiritual del pueblo de Dios de la Biblia y del que aún peregrina en la historia de la Iglesia. También lo hacemos con tantos hermanos que cada día tratan de interpretar su realidad e impulsar su caminar en el Señor a partir de la Palabra de Dios (Ver Act. 17,11).
Para hacer nuestra meditación nos dejamos orientar por la pregunta clave:
¿Qué me (nos) dice el texto?
Para responder “atamos cabos” a dos niveles:


  1. La asociamos con la vida.

Así lo hacía María, quien confrontaba el anuncio del ángel con su propia vida (Cfr. Lc. 1,34).




  • El primer resultado es un mejor conocimiento de nosotros mismos. Nos vemos a la luz de Dios, con la mirada de Dios. Emerge la historia de nuestras andanzas, de nuestro caminar en dirección de Dios o, tal vez, un poco a contra vía.




  • Cuando la palabra dulce se vuelve ácida (Cfr. Ez 3,3) es signo de que se ha aprehendido la Palabra. Es propio de ella ponernos al borde de la crisis porque es espada de doble filo que “escruta los sentimientos y pensamientos del corazón” y nos deja “desnudos y descubiertos” ante Dios (Heb. 4,12-13).




  • En este estar desnudos ante Dios la Palabra nos revela que Dios es mayor que nuestro pobre corazón (Ver 1 Jn. 3,20).




  1. La asociamos con otros textos ya conocidos

Se hace como una “colecta” de otros textos bíblicos ya conocidos que agrupamos alrededor de la confesión de fe de la Iglesia. Esto permite que la Palabra se haga aún más viva y más clara.




  • Realizamos este ejercicio recordando dos principios: “la unidad de la Sagrada Escritura” y que “la Biblia explica la Biblia”. Estos dos principios son uno consecuencia del otro.




  • Hay que tener en cuenta que no se busca la cantidad sino la calidad del alimento.

Así el movimiento de meditación hace que se acorten las distancias: entre la experiencia del Pueblo de Dios y la mía, entre el ayer del texto y el hoy de su mensaje, entre la Palabra y la Vida. Y, por supuesto con el mismo Dios, su Autor, de quien ahora oímos su voz viva y actual por la que se nos da a conocer lo que quiere de nosotros.


Hacemos la experiencia de que “cerca de Ti está la Palabra: en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica” (Dt. 30,40) y de quien “se complace en el Señor, medita su Ley (susurra) día y noche” (Sal. 1,2).
La meditación se puede prolongar a lo largo de toda la jornada dejando así reposar la Palabra en nosotros, oyendo continuamente su “ susurro”, experimentando el efecto del contacto prolongado.
Lo importante es que procuremos dejar todo el tiempo necesario para que la Palabra haga su efecto, para que la semilla crezca “aún cuando no sepamos cómo” (Ver Mc. 4,27).


  1. Llamad orando”

(Tercer movimiento)
La oración brota espontáneamente de la meditación. La Escritura ha sido la nodriza que nos ha llevado de la mano hasta la inmediatez de la Voz de Dios. (Cfr. Jn. 10,4).
Sin duda que ya estamos orando desde el comienzo. En ese espíritu hemos hecho la lectura y la meditación, en esa actitud hemos acogido la acción del Espíritu Santo, inspirador de nuestra Lectio.
Si la meditación se puede comparar a la concepción, la oración se puede comparar al parto. La oración es llevar hacia fuera por medio de los labios el grito de nuestro corazón quemado por la Palabra. Allí explicitamos todo lo que ha surgido en nuestra interioridad. Y “el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza, pues nosotros no sabemos cómo pedir para hablar como conviene” (Rom. 8,26). Él hace palabra lo que permanecía como gemido interior. (Rom. 8,23) y orienta nuestro grito hacia el Dios que se reveló en Jesús de Nazaret con Rostro de “Abbá, Padre” (Rom. 8, 15).
Nuestra oración no se encierra en los límites de una relación personal y exclusiva con Dios. Es también la Voz de la creación entera que clama por su liberación para “participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios”. (Rom. 8,21). La oración que brota de la Lectio es oración abierta a la realidad eclesial, a la vida del pueblo. Sus gemidos son también los nuestros.
Es como en los Salmos. Ellos siempre tienen a la vista una realidad concreta, oran la Palabra y la Vida. En la Lectio nuestra oración es siempre salmica porque es la respuesta creativa a la pregunta:
¿ Qué me (nos) hace decir el texto?
Como es espontánea y creativa no podemos dar muchas indicaciones, solo destacar que hay cuatro niveles típicos en que se puede vivir esta experiencia:


  1. La compunción del corazón

La verificación de nuestra debilidad física, moral e intelectual, puede llevarnos incluso hasta el “bautismo de las lágrimas”, porque nos sentimos desproporcionados ante el inmenso amor de Dios. No somos Dios, somos Adán. Y, como él, sentimos vergüenza pero no nos escondemos. Orígenes decía: “El Señor te aflige con una flecha de amor” (Comentario del Cantar).




  1. La Súplica.

Como el ciego Bartimeo clamamos: “Ten compasión de mí” (Mc. 10,47). Cada uno puede recrear y repetir esta oración y comprender cómo Dios lo ama. Tenemos la certeza de que siempre que se nos ha dado el Pan de la Palabra hemos recibido también todo lo que necesitamos para vivir. El Padre no se olvida de nosotros. Pero, una vez más, ante todo hay que pedir el Espíritu Santo. Eso es lo esencial (Lc. 11,13).


.c. El agradecimiento.
Es la afirmación de que Dios se ha hecho mi prójimo. Él es mi amigo. El Señor ha hecho, está haciendo y continuará haciendo maravillas en mí. (Lc. 1,49). Nuestra oración se hace eucarística y será aún más bella cuando la podamos unir a la celebración del Sacramento, haciendo la unidad entre el Pan de la Palabra y el Pan de la Eucaristía.


  1. La entrega.

Es nuestro “amén” a la Palabra de Dios, la aceptación total de su querer sobre nosotros. Como María: “hágase en mí según tu Palabra” (Lc.1,38).


Así , entonces, inspirados por el Espíritu, empezamos a recitar nuestro propio Salmo. Nuestro corazón se ha convertido en Liturgia viviente.


  1. ...Os abrirán contemplando”

(Cuarto movimiento):
Es la oración en su más alta calidad, en toda su pureza. No es experiencia estática ni situación paradisíaca, sino el reconocimiento pacífico, manso, de la venida del Señor a nuestra incapacidad, a nuestra pobre humanidad. Es una venida que sana y que restaura.
La hemos vivido poco a poco en el proceso cuando nos deleitábamos en el comprender. Ahora hay un nuevo impulso en el camino oracional. Los místicos han visto aquí el premio de todos sus esfuerzos; gustar los destellos de la gracia, así sea que esta venga apenas como gotas de rocío. Es ese sumergirse en la tremenda simplicidad y dulzura del grandioso Amor de Dios o , como dice san Juan de la Cruz: “estar amando al amado”.
El movimiento contemplativo, prolongado en el tiempo, es lo que permanece de la Lectio. Buscábamos a Dios y Él ha venido con el Don de Su Palabra. Ahora no hay preguntas, solo el gozo del recibir. Hay un poco de luz y nos recreamos en ella. El don de la contemplación es el don de la visión como la que tuvieron los peregrinos de Emaús (Ver Lc. 24, 31) Es una visión en la que nos atrevemos a indicar tres momentos:


  1. La contemplación del Señor Crucificado – Resucitado.

La cima de la escala de la Lectio Divina es también la cima del Gólgota. Allí encontramos al Señor tal como se ha querido revelar en la historia. Como en Lucas 23, 48: lo que se aprecia no es un espectáculo teatral sino la tragedia de Dios, una tragedia de amor por la humanidad. Vemos con los ojos de este gran misterio. El contemplativo es aquel que, por inspiración del Espíritu, ve en la Cruz la potencia de la vida, la salvación de Dios.




  1. La comprensión de la historia a la luz de su Palabra.

Desde lo alto se ve el conjunto, se aprecia cómo se relaciona lo que a diario vemos sólo fraccionado. Desde la profundidad del misterio se ve la amplitud del plan de Dios. Es como si el Señor nos interpelara con las palabras del Apocalipsis: “ sube acá, que te voy a enseñar....”( 4,1). Desde allí podemos ver vida en el proyecto de Dios: la vida de cada hermano, la vida de nuestro pueblo, lo que estamos llamados a ser como obra de sus manos. Descubrimos también nuestra misión dentro de ese proyecto. Podemos ver, como en una transparencia, la lógica de los acontecimientos . aún de los más desgraciados y confusos – la verdadera dimensión de los problemas y sus posibles soluciones. La contemplación es el don de los ojos nuevos para mirar la realidad. Es la escuela de los profetas.




  1. La degustación del sabor de la Resurrección que envuelve la vida.

En el gozo del Espíritu (Ver Gal. 5,22) nos descubrimos como hombres nuevos, como nuevas criaturas. Es el despertar de la conciencia bautismal: nuestra vida es Jesús Crucificado –Resucitado, viviendo dentro de nosotros (Ver Gal. 2,20). Nuestra unión a Él nos dispone a una vida de Amor, a emprender acciones valientes, a asumir la muerte por amor en la espera de la vida.


En este Espíritu entrevemos los signos de resurrección que hay en nosotros y en nuestro pueblo. Y los disfrutamos. Creemos en la victoria, conocemos la solidez de nuestra esperanza, saboreamos un poco “del cielo en la tierra”, como diría sor Isabel de la Trinidad. O como le oímos decir una vez a una mujer sencilla: “el cielo comienza aquí en la tierra cuando nos damos cuenta que los signos de Dios acompañan nuestra vida”.
La contemplación se puede prolongar así sostenida por la más bella de todas las formas de oración: la adoración y la alabanza.
Pero siempre con los pies en la tierra, con un profundo realismo, es como dice Frei Carlos Mesters: “En sueños yo logré contemplar un poco de resurrección. Cuando uno está despierto, no se puede ver ese derroche de resurrección porque siempre se tienen las sombras del sufrimiento y de la lucha. Va a demorar.....”.




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