69 – La curación: en dos etapas



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69 – La curación: en dos etapas

Creo que no hace falta explicar que todo lo que me había sucedido en Cercedilla me había marcado profundamente. A mi vuelta, ya en Munich, me costaba asimilar todo lo que había ocurrido. Por una parte, me sentía feliz de que el Señor se hubiera tomado tanta molestia y atención en mi curación. Pero por otra parte, yo todavía no tenía la sensación de estar totalmente sanada. No, me faltaba algo. Me sentía como convaleciente. Lo cierto es que la sanación interior aquella, había requerido rajar hasta las profundidades. Y la operación había sido tan, tan violenta, que sólo recordarlo me daba escalofríos. Sí, aquella hora en la misa del Jueves Santo, “mi Getsemaní”, había sido tan brutal que me había dejado huella. De hecho, el escribirlo me resultó bastante tortuoso. Pero yo no quería echarle en cara nada a Dios. No. Nada de eso. Todo menos eso. Además sabía que yo le había dado permiso para que lo hiciera. Varias veces le había pedido que derribara la puerta que yo voluntariamente no podía abrirle. No, no se lo echaba en cara... Pero lo cierto es que yo sentía que la operación me había dejado cicatriz. Y no sabía como decírselo al Señor. Sería como decirle que Él había hecho algo imperfecto. Y eso era imposible. Él es siempre perfecto. En fin... que tenía bastante confusión.


Ya ves tú ¡como si yo tuviera que explicarle algo al Señor! Como si Él no supiese perfectamente lo que había hecho y lo que me ocurría... Pero, lejos estaba yo todavía de imaginar que el Señor ya tenía prevista también una curación para esta “cicatriz”. Y que tenía ya marcado un día y hora en sus calendarios y agendas, el sábado 14 de mayo, durante la celebración de la vigilia de Pentecostés. Y lo que sucedió allí, en tan sólo dos horas, bueno, sería digno de la más alta tesis doctoral en Psicología. Lo que confirma las palabras de Tomasa: “nuestro Señor es el mejor psicólogo”. Sí, nuestro Señor es perfecto en todo lo que hace, lo mires por dónde lo mires. Y su amor y ternura nos desborda. Yo me sigo emocionando cada vez que pienso en lo que hizo conmigo en Pentecostés... Eso sí, para conseguir atraerme de nuevo a la “sala de operaciones”, el Señor tuvo que hacer verdaderas filigranas. Distraerme hasta Pentecostés con mil cosas. A veces mantener mi imaginación ocupada dejando que volará por aquí y por allá... No estoy segura de que todas estas historias puedan ser de interés, pero no por ello quiero dejar de contarlas. Algunas me dan bastante vergüenza porque, lo cierto es que ya dudo de si fueron verdaderas revelaciones o si fueron tinglaos mentales que me monté yo en la cabeza. Pero bueno, es lo que hay. Para los que estén interesados en ir al grano, o sea a Pentecostés, os remito al último capítulo de esta entrega.

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70– La vuelta a Munich tras la Pascua

Lunes, 28 de marzo. Acabo de volver de Madrid. Al llegar a casa me esperaban algunas sorpresitas agradables. En el contestador tenía varios mensajes interesantes. Uno de un chico que dice que se llama Daniel y que me llama porque su tía en Castellón que conoce a Chus Villarroel... Suficiente; lo he llamado de vuelta. Resulta que es seminarista en Valencia y está de paso por Munich (su padre es alemán y vive en Munich) y que por su tía sabía que teníamos un grupo aquí y que a ver si nos podíamos ver al día siguiente.


Otro mensaje de una chica que se llama Iliana, o algo por el estilo. Que me llama porque en la Misión Católica le han dado mi número por lo del grupo de oración. Ésta no ha dejado número pero llamó de nuevo más tarde. Y ya ha dicho que viene hoy mismo al grupo. Porque, claro, hoy es lunes y tenemos grupo. Y para allá que me he ido animada por todo este cruce de cables eléctricos, como diría Concepción Andreu.

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Antes de las siete ya estaba allí Iliana y hemos tenido tiempo de hablar un poco. Es de Méjico y acaba de llegar hace bien poquito a Munich con su familia. Ciertamente parece que el Señor también la haya traído al grupo personalmente de la mano. Y luego nos esperaba otra sorpresa agradabilísima. Es que resulta que hoy ha venido a la oración, nada más y nada menos que una de las hermanas de la Misión Católica, la hermana Justa. Y como todavía no habían llegado los demás hemos estado dando testimonios (yo le he contado el mío en resumido). Y luego ya han llegado también Alicia, Marta y Mirna. Y ya hemos empezado a orar. Al final, después de la oración, hemos subido al piso de arriba y hemos brindado con champán (bueno, más bien un sucedáneo) y comido el pastel con forma de corderito que ha traído Alicia para celebrar la Pascua (aunque ya con retraso). Y, venga hablar del Señor por aquí y por allá todo el rato.

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Y al día siguiente por la tarde conocí al tal Daniel. Es sobrino de su tía (claro), que se llama Agustina, la que es amiga de Chus. Vino a casa (Daniel) y estuvimos cenando unas pizzas mientras nos relatábamos algo de nuestras vidas y demás. Parece muy posible que vaya a venir a vivir a Munich (al colegio español de la Dachauerstrasse) allá por septiembre y continuar sus estudios aquí.

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71 - La doctora Wizemann

Puah, ¡menuda suerte la mía! Resulta que en Cercedilla hacía más bien fresquito, y además muy cambiante, que si ahora sale el sol, que si ahora se nubla, ahora llueve.... Y cómo para ir del edificio principal hasta la cripta donde celebrábamos las oraciones había que salir fuera, pues claro una no siempre iba bien abrigada y... vamos, que acabé agarrándola.


Ya en el viaje de vuelta en avión notaba yo que me dolía bastante la garganta. Y ayer en la oficina también. Luego por la tarde estando con Daniel me tomé dos cervezas, con lo cual se me pasó un poco. Pero luego por la noche ya me notaba yo la garganta toda irritada y me desperté varias veces tosiendo.
El caso es que según me he levantado para ir a trabajar, ya en el baño antes de entrar a la ducha he tenido que echar un par de escupitajos y después me he acercado al espejo y he abierto la boca. “Aaahhhh” - he dicho. Y entonces lo he visto. Tenía la campanilla toda roja y un lado de la garganta como cubierto de una placa blanca. “Puah, ¡qué suerte la mía!- me he dicho - ¿te imaginas que te puedes quedar hoy en casita tan a gusto, escribiendo o qué se yo? ¿Cuánto tiempo hace que no voy a ver a la doctora Wizemann? (ver capítulo 25) Puf, desde septiembre del año pasado, justamente después de volver de Asís”. Así que he esperado hasta las nueve y entonces he llamado a la consulta y me han dado hora para las once y media. Entonces he llamado a la ofi y le he dicho a la secretaria encargada de las ausencias que hoy no me esperen.
Aj, ¡qué bien! Y ya he encendido el ordenador y me he puesto a mis cosillas. Tengo que contar tantas tantas cosas, lo primero relatar lo de Cercedilla...

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Con la doctora Wizemann, ¡genial! Después de mirarme la garganta y comprobar lo de la placa esa blanca ha pasado a hacerme el test del brazo (como la otra vez). Me encanta este test. Mirad, estando yo sentada en una silla me dice que estire el brazo derecho hacia un lado y lo ponga horizontal. Entonces ella me empuja con un movimiento seco el brazo hacia abajo y yo tengo que reaccionar con el brazo hacia arriba. Luego, me repite el test poniendo ella la otra mano en la parte dónde se supone que está la causa de mi enfermedad, en este caso el cuello, la garganta. Y así, según sea la reacción de mi brazo parece que esta doctora se comunica con mi cuerpo sin que yo me entere de nada, y es capaz hasta de hacer un diagnóstico. De repente dice en alemán algo así: “Un momento que voy a buscar las medicinas homeopáticas al cuarto de al lado”. Y sale de la habitación. Y yo entretanto miraba algunos frascos y botes que había por allí a la vista. Mi mirada se detuvo en uno en el que ponía Arsenicum. “¡Glups!”.
Hier bin ich wieder!” (¡Aquí estoy!) – dijo entrando al cuarto. Y depositó la cajita con las medicinas candidatas a mi lado. Y entonces me repitió el test del brazo un par de veces. Cada vez tenía que coger yo uno de los botecitos con la mano izquierda mientras mi brazo derecho respondía al test de la doctora Wizemann.
La medicina ganadora resultó estar en el primer bote que cogí. Se llamaba Mercurius corrosivus (“Dios mío ¡qué mal suena esto! Menos mal que tengo plena confianza en esta doctora”). Como la otra vez se trataba de unas bolitas diminutas que se toman por la boca sin masticar. Se ponen en la lengua y se espera unos segundos a que se deshagan. Mi brazo derecho le ha dicho claramente a la doctora Wizemann que me tengo que tomar 4 bolitas 3 veces al día durante 3 días. Luego quiere la doctora Wizemann que vuelva por la consulta y preguntar de nuevo a mi brazo.
Y lo mejor de todo: me ha dado la baja por TRES días, hasta el viernes incluido. Con lo cual no tengo que volver a la oficina hasta el lunes de la semana que viene. “Yujuuu, ¡viva la doctora Wizemann! ¡Qué Dios bendiga a la Doctora Wizemann!”

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¿Querrá el Señor que siga escribiendo? Ojala,... Acabo de abrir el e-mail y otro chico que se llama José Babel me ha escrito para animarme a que siga con los testimonios.

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72 – Juan Pablo II nos deja

El Papa murió ayer, domingo 2 de abril.

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Hoy es lunes, acabo de venir del grupo. Me encuentro super agotada... pero no puedo dejar de contarlo ¡Qué cantidad de cosas que han pasado hoy!


Resulta que estaba por la mañana en la oficina con un montón de cosas que hacer y arreglar. Y gente que me llamaba para esto y aquello. Y entre tanto me ha llamado también una “amiga” de estas del trabajo que ya me han incordiado un par de veces y que por eso intento evitar. Me ha propuesto ir a comer juntas y no he sabido como escurrir el bulto y he dicho que “bueno”. Es una chica de la que también he hablado alguna vez en los Testimonios (capítulo 7). No llegué a asignarle ninguna letra pero sí conté como en su día me había soltado que los creyentes lo somos por ignorancia. Luego he comido alguna otra vez con ella y he tenido que tragarme sus opiniones, sin que yo le preguntara ni me interesaran para nada (“Porque Cristo sería muy buena persona, pero vamos, de ahí a decir que fuera Dios,...”). Y yo esta mañana estaba bastante agobiada por un montón de cosas que tenía que hacer y la verdad, sabía que no tendría fuerzas, que si me atacaba no podría defenderme. Además con lo de la muerte del Papa tan reciente seguro que la chica no va a poder evitar sacar el tema. “Señor, yo no sé si voy a poder soportarlo....”. Pero me acordé de algo que había leído recientemente en el libro El coraje de tener miedo. Decía que es ridículo preocuparse por algo que va a suceder en el futuro puesto que no sabemos con qué gracia nos va a dotar el Señor para la situación en cuestión. ”YO te daré la gracia necesaria”.
Según iba a encontrarme con mi amiga he notado algo. Me encontraba tan débil,... Presentía que algo iba a pasar. Bueno, juzgar vosotros lo que ha sucedido.
Nos hemos encontrado. Y después de intercambiar las preguntas y respuestas de rigor hemos echado a andar hacia la tienda de los kebabs, dónde nos hemos comprado uno cada una y unas coca colas. Luego, hemos seguido andando hasta la biblioteca pública y después de dejar unos libros que tenía que devolver, nos hemos sentado en un banco al sol. Y, mientras comíamos, ella me contaba cosas que no me interesaban nada, que si las lámparas, que si las cortinas que habían comprado, bla, bla,... Hasta que ya por fin ha venido la pregunta.
Ella – ¿Y en el grupo este de oración que tenéis vais a hacer algo por lo del Papa? (¡Ah! aquí está, ya salió el tema)

Yo – Pues aparte de orar por él, y dar gracias por su vida no tenemos pensado nada. Pero en la parroquia sí que van a dar una misa, claro. De todas formas entiende que para nosotros no está muerto, sólo ha pasado a mejor vida.

Ella – ¡¿No me digas que tú eres de esas personas que está deseando morirse?!!

Yo – Pues tanto como desear morirme no, pero sí tengo claro que mi vida verdadera, plena, comienza cuando me muera en ésta...


Y entonces, no recuerdo cómo exactamente, empezó ella a enlazar una cosa con otra hasta que aquello se convirtió en una crítica tras otra: que si menudo Papa tan conservador, que vaya lo mal que lo ha hecho todo, que si el SIDA, que si los condones,.... Yo notaba como se me aceleraban las pulsaciones y empecé a sentir un dolor muy agudo. Al cabo de unos minutos me encontraba casi temblando y ya había dejado de comer. “Señor, yo no puedo... ¡Qué dolor!”. Entonces...
Yo - Mira, lo siento, yo no puedo más, todo esto me duele mucho. Me estoy sintiendo muy herida. Y no voy a tener más remedio que irme.

Ella – Pero ¿por qué? ¿Qué pasa?

Yo - Mira, entiende que yo soy parte de la Iglesia y que cuando criticas al Papa o a cualquier miembro de la Iglesia es como si estuvieras criticando a un miembro de mi familia. Pero es que, además, que precisamente te pongas a criticar al Papa un día después de su muerte... ¿Que dirías tú si se muriese tu madre, yo me enterase y te llamara por teléfono y en lugar de darte el pésame o alguna palabra de consuelo empezara “Anda que tu madre, ¡qué torpe! hay que ver lo mal que lo ha hecho todo en su vida...d”. No, lo siento, no puedo. Estoy muy dolida. Lo siento, me voy...
Y me levanté y eché a andar.
Ella - Bueno, yo también me tengo que ir...
Y se levantó y echó a andar a mi lado - “Pero es que no entiendo porqué te tienes que poner así, porque yo con mi amigo Jonathan que es evangélico siempre discuto de religión y no pasa nada. Y, vamos, mi amigo Jonathan vive su religión mucho más intensamente que tú....”. (Bueno, ¡esto ya era el colmo!) Me paro en seco, me giro hacia ella y la miro directamente a los ojos – “Pero ¿qué coño sabrás tú de cómo vivo yo mi religión? ¿Qué coño sabrás de cómo la vive tu amigo Jonathan?, ¿Qué coño sabes tú de nada de nada?”. Y decidí no volver a abrir la boca. Seguiría andando hasta la esquina y allí me despediría de ella y me iría por la calle de la derecha y se separarían nuestros caminos. Entre tanto ella ya había dejado de justificarse y seguía andando a mi lado en silencio. Seguimos andando por la acera en la misma dirección como unos cien metros. Yo sólo miraba al frente. Me sentía como rodeada por una nube de dolor. Yo a esta chica también la tenía cariño pero veía que esta amistad también caería como habían ido cayendo todas en tan solo un año y medio. Pero no, lo último sería hacerle un reproche al Señor. No, eso nunca. Que caiga quien caiga. De repente, cuando llegamos a la esquina y me disponía a despedirme para luego girar y seguir para la derecha, miré a mi amiga y entonces me di cuenta de que... mi amiga estaba LLORANDO. Yo, en ese momento, tuve la visión de Goliat cuando fue alcanzado en la frente por la honda de David...

**********

Yo - Pero ¿qué te pasa?

Ella - No sé, mi intención no había sido herirte...

Yo – Bueno, no te preocupes, ya sé que no era tu intención. Venga, que no pasa nada, ya se me pasara...
A pesar de todo hemos tirado cada una para su lado. Yo, hacia la derecha y he seguido andando así, sin rumbo fijo. Yo todavía estaba inmersa en mi dolor. Perdía otra amiga. Mi conversión había abierto una brecha en TODAS mis amistades, ni una se había librado. “Señor, tu sabrás, esto es lo que hay... Yo no sé si me estoy equivocando. No doy más de sí...”. Pero mira tú por dónde seguí andando como un autómata y acabé llegando a un parque y de repente, así como a tan sólo treinta metros, veo que estaba mi amiga también allí... ¡Qué casualidad! Habíamos tirado por direcciones contrarias y aterrizado en el mismo sitio. ¿Casualidad? No, Raquel, esto no puede ser casualidad. “Háblale”.
Ella ya me había visto también. Yo me acerqué.
Yo - Hola otra vez, ¿estás mejor?

Ella - Sí, un poco mejor.


Entonces, pegué un saltito y me senté en una mesa de ping pong de piedra que había al lado y me puse a hablarle con dulzura... “Mira, probablemente tengas razón en todas tus críticas a los curas, a la iglesia, al Vaticano,... Yo misma no soy mucho mejor que ninguna de todas esas personas que mencionas, ni que nadie... Mira, si yo hubiera nacido en el País Vasco quizás hubiera sido etarra, y si hubiera nacido en Alemania el siglo pasado quizás habría sido nazi,... y cuántas atrocidades no habría sido yo capaz de cometer... y si no lo he hecho ¿sabes porqué es? Porque Dios no lo ha permitido. Aunque otras muy gordas sí que he armado. Pero Dios ha querido perdonarme por ellas. Y lo único que puedo hacer es dar gracias eternamente por ello. Y con respecto a los demás, pues misericordia; entender que si ellos cometen atrocidades, pues es quizás porque no han recibido (todavía) esa salvación que he recibido yo. Pero ¿quien sería yo para juzgarles, yo que he recibido la salvación como un don?
Y ella – Pero entonces ¿qué pasa? ¿Es que no puedo tener un espíritu crítico?
Yo (sin vacilar) – Sí, si puedes, pero para una persona que ha acogido la salvación de Cristo, mira, se siente tan, tan feliz, que la crítica pasa a un segundo plano, y la misericordia con los demás está siempre por delante. En cuanto a lo que dices de que ni el cura de tu pueblo ni nadie en la Iglesia ha sido capaz de transmitirte la fe, y que todos te han explicado las cosas mal,.... pues yo ahora y aquí en nombre de toda la Iglesia te pido perdón. Sí, te pido perdón por no haber sido capaz de transmitirte el verdadero mensaje de salvación del Evangelio. Pero entiende que estás cargando sobre humanos una responsabilidad que no es de ellos. Nadie, ningún humano en esta Tierra sería capaz de transmitirte algo que sólo Dios puede regalarte. Y Dios se lo regala a los que Él quiere y cuando quiere y como quiere. Pero yo te aseguro que si tú en lo profundo de tu corazón realmente tienes necesidad de Dios, pues Él algún día se te revelará. Pero sólo lo hará cuando tu corazón esté preparado para ello”. Y concluí –“Mira, Dios, el Padre, es una casa. Y a esta casa sólo se puede entrar por una puerta. Esa puerta es Jesucristo. Pero aún, aunque encuentres la puerta, no podrás abrirla si Dios no te da la llave. Esa llave es el Espíritu Santo. Cuando tu corazón esté preparado, entonces Él te dará la llave...”.
A mi amiga a esas alturas se le habían caído todas las armas y defensas al suelo. Y no me extraña. Yo sabía que no era yo la que estaba hablando. Me encontraba como en una nube. Era como si estuviera siendo protagonista y testigo al mismo tiempo de lo que estaba saliendo de mi boca.
Al final cogimos el camino de vuelta al trabajo y mi amiga, con todos los muros derribados y absolutamente tocada... “Ay, Raquel, es que yo soy tan, tan débil. Yo querría ser más fuerte y como los demás y bla, bla,...”. Y yo – “Pero si yo también, precisamente, bla, bla, si tu supieras los complejos y miedos que he tenido yo y bla, bla,... pero de todo eso me está curando... No conozco otra medicina válida más que ésta”. Al final nos hemos abrazado, nos hemos dado un beso y nos hemos vuelto cada una a su oficina.
Yo ya en mi oficina empecé a salir poco a poco de la nube. Estaba agotada. Sabía que el Señor me había utilizado de pies a cabeza. “El Señor tiene que querer mucho a esta chica para haberse tomado toda esta molestia... Algún día se le revelará”. Y empecé a orar y a llorar y darle gracias.

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73 – El Señor nos regala una guitarra

La hermana Vicenta, al ir un lunes a buscar la llave de la salita dónde oramos, me dio una guitarra que habían encontrado. Le faltaban cuerdas y parecía un modelillo así como de la segunda guerra mundial... – “Glups, gracias Vicenta, a ver que podemos hacer con esto”.


Pero al llevarla Marta a una tienda le dijeron que costaban más las cuerdas que la guitarra, qué porqué no comprábamos una nueva.

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Creo que fue un domingo cuando informé a la hermana Vicenta y le pregunté si no tenían otra en mejor estado - “Sí, quizás sí”.

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Al día siguiente, lunes, antes de ir al grupo me llamó Marta; que estaba mala y no podría venir. Pero me ha sugerido por teléfono que tenga cuidado, que el tema de la guitarra podría ser delicado dentro del grupo,... Me he ido a la Misión y he estado hablando de un par de cosillas con el padre Alberto, y luego he visto también a Justa y a las otras hermanas y finalmente,... ¡la guitarra! Me han dado una guitarra. También le faltaba alguna cuerda pero ésta parecía una guitarra normal. En el grupo ha estado María, nueva, de Argentina y en total, con Volker que ha llegado al final hemos sido siete.
Al final he dicho que tenía una sorpresa y he sacado la guitarra (que había escondido en el armario) y sutil pero firmemente, antes de que nadie pudiera echarle la zarpa, he dejado claro que Marta sería la encargada de tocar la guitarra.
Afortunadamente el Señor pasa de mí olímpicamente y no tardó en imponer su plan, ciertamente muy distinto al mío...

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74 – Se cuece otro retiro en Munich

Un día llego a la oficina y me encuentro un e-mail de Julio:


“Raquela,

imagino que Chus te ha enviado la fotografía que nos hicimos juntos en el Boss de la Moraleja. Hay que ver que cara tenemos de felicidad (...) Un beso muy fuerte. Julio”

“Vaya, pues no, no me ha enviado ninguna foto”. Pero al poco me escribe también Chus:
“Raquel, te quiero muchí......................simo. Te tengo puesta como fondo de mi escritorio. Mil............................ besos. Chus“
Vaya, pues sí que debe estar bien la foto. Por fin conseguí que me la mandaran.
“Buah, ¡qué bonita, qué chula! Y qué guapos estamos...” – Y claro, yo viendo a Julio ahí tan guapo, me entró un arrebato de cariño y le contesté y le pregunté qué cuando venía a verme. Y mira por dónde me dijo que cualquier fin de semana de estos se plantaba aquí. “Yujuuuu, ¡qué bien! El misionero Julio vuelve a Munich”.

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75 – Isaac

Bueno, de verdad que lo que han oído mis oídos hoy sí que es un milagro. Resulta que hoy martes había quedado con Marta para que viniera a casa a buscar la famosa guitarra. Y luego, estando todavía en la oficina, me ha llamado Sofía a la que hacía tiempo que no veía y me ha dicho que se apuntaba. Así que primero me he encontrado con Sofía a la salida del trabajo, a las 5. Y hemos pasado primero a comprar unos pastelitos mientras nos poníamos al día de algunas cosas. Y luego hemos ido a buscar a Marta a la parada del metro.


Ya en casa, Buah, ¡qué contenta se ha puesto Marta cuando ha visto la guitarra! (bueno, contenta venía ya). El caso es que mientras tomábamos los pastelitos y unos tes (Marta bendijo primero la mesa) pues dice Marta en algún momento – “...bla, bla, sí, ayer, mientras mi primo Isaac preparaba la comida... bla, bla”.
Yo - Un momento, Marta, ¿cómo que tu primo Isaac preparando la comida? ¿Te estás refiriendo a tu primo Isaac? ¿Quiero decir... a Isaac?

Marta – Sí, Raquel no te puedes imaginar cómo ha cambiado mi primo Isaac. Ayuda en las cosas de la casa y anda todo el día cantando las canciones del disco que me grabaste de Betania. Bueno, aunque su CD preferido es el que el que nos copiaste de la hermana Glenda.

Yo - Marta, no me lo creo, tu primo Isaac ¿oyendo el CD DE LA HERMANA GLENDA?!!! No,... no me lo creo. Te estás burlando de mí.

Marta - Que sí, Raquel. Fíjate, que pone el CD de la hermana Glenda hasta cuando vienen sus amigotes a tomar cervezas... (Yo, a estas alturas ojiplática)... y el otro día estábamos en una casa, en una fiesta y de repente se acabó el CD que estaba sonando en el equipo y la gente dejó de bailar... y en un arrebato salta mi primo “¿Por-qué ten-go mieee-do? Si naa-da es im-po-siii-ble para tiiii”. Y todos mirándole como si fuera un marciano... pero él, nada, ni corte ni nada siguió cantando: “¿POR QUE TEN-GO DUUU-DAS? SI NAAA-DA ES IM-POSII-BLE PARA TIII...”.


Sofía y yo destornilladas de la risa –“Jua, jua, jua,...”
“Por cierto que no hace más que decirme que a ver cuando te invitamos a comer a casa – seguía Marta - El otro día cuándo salimos de misa no hacía más que mirar para atrás para ver si venías tú. Yo creo que quería que te invitase a venir a casa”. (Bueno, yo a estas alturas no me lo podía ni creer,... Isaac). “Y, ¿sabes que la semana pasada hicimos en casa juntos el Vía crucis de sanación...?”. Yo – “No, esto es demasiado, esto sí que no me lo creo...”. “Pues la cosa no acaba ahí – sigue Marta – Ayer llego yo a casa un poquito más tarde del trabajo y me estaba esperando ansioso - “Marta, la próxima vez que vayas a retrasarte me lo dices porque entonces no te espero y me voy oyendo yo ya la charla de Chus...”
¡¡¡NOOOO!!!! Esto NO... ¡¡¡Qué fuerte!!! Lo último que yo podía imaginarme cuando grabé aquellos CDs con las charlas de Chus sobre las cartas de San Pablo a los gálatas era que iban a atravesar los tímpanos de Isaac.

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