1 Moffatt, la experiencia renegadn orillas de los mnnicomins Marcelo Percia ”-la yeróa usada/viene a ser/ cowo la cenisa/ ’el rnate


La palabra, del otro lado de la frontera



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2. 2. La palabra, del otro lado de la frontera

Transcribo algunas voces recopiladas por Alfredo Moffatt (1974). Son cosas dichas por personas internadas. Momentos de una expresión desanudada. Fogonazos delirantes. Conexiones inauditas. Palabras que deambulan, casi siempre, sin recepción. Formas de humanidad caídas de la comprensión.


Un internado explica a un grupo de psicólogos que visita el hospital: - Yo me llamaba Lopecito y una vez me morí, pero a ustedes todavía les falta morirse... (pausa) No hay que hacer llorar los mares con fusiles de manteca.
Un paciente que antes de que lo internaran era relojero, dice mientras muestra unos papeles ilegibles: -En este libro están las piezas con las que estoy trabajando para inventar in freno para los relojes ..porque el tiempo pasa demasiado rápido.
De pronto explica su internación: -Sí, yo estoy aquí porque me caí de un avión. Delira, pero de un modo alucinante:

¿ Ves ese que está allí...? Bueno, lo están preparando para ser un doble mío dentro de diez años. Me observa todo el tiempo, estudia todos mis gestos, cada uno de mis movimientos. Imita mis manos, mi boca, mis labios. En diez años le terminan de hacer la cirugía estética y, en un momento de confusión, me eliminan a mí y lo ponen a él. ¡Mirá! Fijate cómo al acercarme disimula, se hace el distraído...!


2. 3. Linyerismo o robotización

Moffatt (1973), luego de trabajar un año en Brooklyn State Hospital de New York, compara esa experiencia con la del Borda. Advierte dos consecuencias de las psicosis institucionalizadas: Una, hipertecnificada, la fabricación de un paciente robot; otra, de la pobreza, la producción de un paciente linyera.


Relata que Brooklyn State trata a los pacientes con respeto. Todo bajo vigilancia. Los enfermos pierden autonomía hasta en decisiones pequeñas. Necesitan de una orden para caminar o detenerse. Parecen máquinas controladas a distancia. Escribe: ” Los ambientes del hospital son extraordinariamente limpios, no existe ninguna de las formas de indignidad por la pauperización, las ropas limpias, la comida limpia ( y el cerebro también ’limpio ’). Es un sistema compartimentado en el espacio por cerraduras cada pocos metros, (todo el personal debe llevar un gran llavero) y en el tiempo por estrictos horarios. Todo esto junto con una compleja red de reglamentaciones que definen continuamente el procedimiento para la más mínima acción (especialmente para el staff) crea la imposibilidad de cualquier cambio, de cualquier iniciativa”. Moffatt describe este paisaje como ”un campo de concenlración disfrazado de nursery ”.
Ironiza, también, sobre los centros comunitarios que parecen hoteles de lujo. El personal duplica a los pacientes. En las paredes se cuelgan carteles que dicen: ”Love is all you need (Amor es todo lo que usted necesita) ”.
Observa que cuando en nuestro país se habla de reformas, se piensa en mejorar edificios, pintar frentes, poner agua caliente, limpiar salas, dar de comer, proveer de ropa y zapatos, tener medicación. En nuestros asilos, el enfermo es un paria: una criatura ínfima, abandonada, sin nombre. Admite que es un avance lograr para el internado una vida aceptable. Una exclusión decente.
Moffatt percibe que, en países pobres, el ideal de modernización es la robotización. Como si la máxima aspiración fuera salir de la mendicidad, sin poner en cuestión el lugar que el paciente tiene como cosa en la institución.(14)
2. 4. Las salas

Advierte que ”el paciente no posee nada sentido como propio, ni siquiera su propia ropa, es un mundo uni-sexual, las salas con las camas en largas hileras no permiten la reconstrucción de grupos primarios”. En el manicomio está impedida la privacidad. Asistimos a una vigilancia sin intimidad. No hay lugar para que alguien esté a solas consigo mismo: a veces, con la excusa del control necesario, se anulan puertas en los baños.


Las descripciones de Moffatt, sobre arquitectura y el control de los cuerpos en el psiquiátrico, suelen privarse de los discursos teóricos del encierro. Entre nosotros, Enrique Marí (1983) y Fernando Ulloa (1995) piensan las instituciones como espacios de mortificación.
Marí recupera la lectura de Foucault. Incluso hace conexiones críticas entre la idea de panóptico de Bentham, la institución total de Goffman y el modelo de Bettelheim del edificio ortogénico como establecimiento psiquiátrico perfecto.
Marí advierte una continuidad entre el diagrama del espacio, la vigilancia jerárquica, la incautación del tiempo, las diferentes formas de desposesión que llegan hasta la pérdida del nombre del enfermo. Recuerda la ceremonia de admisión que describe Goffman: fotografías, impresiones digitales, control del peso, asignación de un número, registro violatorio, despojo de objetos personales, desnudez completa, baño obligado, desinfección, corte de pelo, ropa de la institución, una cama en donde dormir, imposición de normas, castigos arbitrarios. Marí dice que se trata de una colonización programada. No lo entiende sólo como defecto censurable de la institución total, sino, según precisa Foucault, como inscripción en los cuerpos de la lógica del poder. No se trata únicamente de una rutina de la crueldad sino de una política de control. De la producción de una cultura de humillación y docilidad. La arquitectura social de una subjetividad monitoreada.
Ulloa, por su parte, ausculta la vida institucional, los corpus instituidos, las normas administrativas, las rutinas necesarias e innecesarias. Apoya una oreja en el paisaje de las acciones institucionales. Y, en medio de ese tremendo barullo, se pregunta: ”Y el hombre ¿dónde está?”.
Advierte que muchas instituciones tienen forma manicomial. Describe la tragedia larvada y explícita de los psiquiátricos como espacio de sufrimiento, estancias de cautiverio, sociedades de prisioneros. Pero, alerta también la extensión de los encierros en nuestro pensamiento. Trata de nombrar la mudez sorda y ciega de la mortificación.
Explica que la fijeza de lo instituido, inmune a la novedad instituyente, configura una cultura monolítica y resignada de los que trabajan en las instituciones. La mortificación hecha cultura. La mortificación naturalizada: la pobreza de ideas, la astenia, el mal humor, la fatiga, el desánimo que no piensa. Describe una práctica institucional de fraudes cotidianos. No se trata de grandes fraudes, sino de infracciones permanentes a las normas, pequeñas ventajas, que no llegan a ser una transgresión porque no fundan nada. Dice que esas infracciones son quejas que no alcanzan a ser protestas Considera que esa existencia fraudulenta es parte de la cultura de la mortificación. La pasividad resignada de los quejosos. Propone una practica de socialización de los carajos. Inventar tiempos para que algunos levanten su protesta enojada y dolida.
La idea de encerrona trágica nace para pensar efectos del terrorismo de estado y la represión ilegal en la Argentina. Su modelo es la mesa de tortura. Escena de tormento fisico y moral. Experiencia de estar muriendo sin morir. Estar a merced sin tercero a quien ape]ar. Y por extensión todas las encerronas. Cada vez que alguien depende para vivir de otro que lo maltrata. Ulloa explica que, en la encerrona trágica, el sufrimiento no tiene alivio. El dolor no tiene esperanza. No hay final. No hay salida. Dice que ese encierro (lo mismo que el infierno) es ilimitado.
2. 5. La cama

Moffatt observa que la cama es casi el único hábitat íntimo del hospicio. Escribe (1974): ”constituye la única porción de espacio que es reconocida como suya. El espacio interior de la cama, debajo de las cobijas, es donde encuentra una forma de privacidad. A veces, para poder sentirse solo, se tapa totalmente, quedando la cabeza también dentro. Meterse en cama durante el día, cuando esto está permitido, se parece a irse de la sala, del manicomio, por unos horas. Debajo del colchón es su ropero, su armario; guarda revistas y, a veces, hasta comida. ”.


Advierte que, si la identidad se construye como posesión, la desposesión de objetos personales debilita la representación de sí. Supone que sin experiencia de propiedad estamos privados de intimidad. Anota (1974): ”es común ver internados llevando a cuestas un montón de paquetes hechos con papel de diario, burdamente atados y de los cuales no se separa nunca (..) En general, son objetos sin ningún valor, pero ayudan a no sentirse desposeído. ”. Tener que llevar todo encima, esa especie de caracolización, no debería confundirse con las supuestas ventajas del nomadismo identitario, del desapego, del no estar alados a nada.
A propósito de los chicos de la calle, Moffatt (2003) vuelve a pensar en la cama como espacio de subjetividad. La cama como artefacto que alberga una historia. Una barca segura para que los sueños asomen sus cabezas, La almohada como memoria. Las mantas como abrazo. Dice respecto de la cama: ”es el instrumento de nuestra intimidad, en ella nos podemos ir para adentro de nosotros mismos ”. Es discutible la idea de un adentro de nosotros mismos, pero interesa la experiencia de intimidad (meterse en el sobre) como construcción identitaria a través del dormir. Como estado de confianza. Como tiempo posible para una representación de sí.
2. 6. El destierro

La expulsión familiar hace causa con la desposesión (o con la locura como única posesión). Moffatt dice que estar loco es como estar muerto. Volver después de una larga internación se parece a sobrevivir al propio funeral. Recuerda que Pichón Riviere contaba que algunas familias, tras la segregación de uno de los suyos en un hospicio, vendían su cama, alquilaban su pieza, lo borraban como si no hubiera estado nunca. Decía que no obstante, a veces, un pariente se hacía cargo de mantener un vínculo con el internado para apaciguar la culpa de todos. Explicaba que la desposesión más extrema era quedar fuera de nuestra historia. Despojados de nuestras querencias. Abandonados en un paisaje de ausencias.


Recupero otro testimonio de Zito Lema (1974): ” ... Les voy o abrir los ojos, perdonen, que a lo mejor les va a doler: ¿Qué pasaba con los hogares, o sea humildes, o sea oligarcas? ¿Qué pasaba con el enfermo mental, que a lo mejor, el padre, el hermano o la hermana o los núcleos que ellos trataban, les molestaba tener un hijo loco? ¿Qué pasaba? ¡En un acto de cobardía infame salían a la calle a ver dónde los podían meter. Son tan atorrantes y tan bajos que ni vergüenza tienen de hacer eso con un familiar! Si yo fuera presidente argentino ordenaría que el hijo loco y nervioso sea curado en su casa ”.
2. 7. La dignidad

Moffatt entiende que otra amputación dolorosa es la de la dignidad. El internado se siente una cosa. Algunos se adaptan. Hacen lo que se espera que hagan: comienzan a comportarse como locos. Como locos buenos, obedientes, respetuosos de las reglas manicomiales. Dice: ”...en el hospicio la gente está más por pobres que por locos. Allí, la indignidad mayor es la comida apestosa, por los roles degradados, por el hacinamiento y el abandono. Por eso, resolver cuestiones de dignidad, es resolver cuestiones de sufrimiento ”.


Objeta la caridad, la beneficencia, la ayuda de las almas bellas a los enfermitos. Ironiza sobre programas que ponen a pacientes a hacer ceniceros que, quizás después, alguien compra como acto de bueno conciencia.
Piensa dignidad como contacto último de una correspondencia. No ya como razón o lucidez, sino como continuidad humana. Como reserva emocional de la palabra que todavía se piensa. Como insistencia que se pone un gorro en la cabeza, se baña, cuida un pantalón, limpia sus zapatillas, convida por un cigarrillo, recuerda el nombre de un compañero, calienta una pava para el mate, se ríe de un chiste o hace amistad con perros, pájaros, hojas caídas del parque.
Dignidad no como acto ejemplar o heroicidad de abandonados, humillados, degradados. Dignidad como afirmación (me voy porque no me escuchan, junto monedas para pagarme la dentadura, espero una visita), como límite orgulloso, como freno al goce del horror o de la piedad.
2. 8. Los que están adentro

Moffatt (1974) desmiente la creencia de que los que están adentro son personas peligrosas. No encuentra en el hospicio un mundo terrorífico, ni un espacio seductor. Relata que ” la sensación es la de entrar a un pueblo de linyeras, de gente muy pobre, muy desesperanzada, aislada entre sí, pero de gente que contesto razonablemente a una pregunta, que pide fuego o un cigarrillo, que prepara un matecito y no encontramos al delirante (o por lo menos hay que buscarlo bastante) declamando un discurso, ni tampoco nadie intenta atacarnos”.


Cuenta (2000) que Pichón recordaba que aprendió psicopatología con un enfermero español del hospicio. Decía (imitando el acento): ”Vea, doctor, hay tres tipos de locos: el loco, el loco lindo y el loco de mierda”. Una nosografia práctica sobre psicosis crónicas; tal vez el loco, era el esquizofrénico; el loco lindo, el parafrénico, inventor de teorías extrañas; y el loco de mierda, el epiléptico y el paranoico (o, incluso el maníaco depresivo en momentos de picos agudos).
Suele exponerse la anécdota como travesura del maestro, como gracia transgresora, como humorada antiintelectual, como impugnación de clasificaciones del manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales. Creo que la observación, en apariencia simpática, expresa la lógica doméstica del encierro.
¿Quiénes serían los locos? ¿Los que no hablan, se niegan a hacer lo que se les pide, se quedan inmóviles en posiciones extravagantes, replegados sobre sí mismos, herméticos, retraídos, apáticos, vergonzosos, indiferentes, aislados, sueñan con los ojos abiertos, repiten palabras, mascullan ideas incomprensibles, ríen de pronto sin motivo? ¿ Y los locos lindos? Los que cuentan cosas disparatas e inverosímiles, los que sueltan la imaginación, los que dicen que son árboles enamorados de la lluvia, los que se creen millonarios y regalan lo que no tienen, los que atesoran fórmulas para la felicidad humana, los que se atribuyen invenciones geniales, los nobles y famosos, los hijos de dios, los estabilizados, los de intervalos lúcidos y tranquilos, los que tienen buen humor? ¿ Y los locos de mierda? Los desconfiados, orgullosos, querellantes, fanáticos, autoritarios, que imponen sus juicios, exaltados, eufóricos, que sienten desmedida excitación sexual, insomnes, anoréxicos, incendiarios, que no se pueden controlar, adictos al alcohol, agresivos, suicidas, peligrosos?
El enfermero de Pichón, con muchos años de hospicio, abre los ojos al joven recién llegado. Expone criterios de domesticación que rigen las salas. Lo orienta sobre cómo tratar al encerrado. Como si dijera: de esos no se preocupe, viven asilados en otro mundo; con és(os no va o tener problema, hacen caso a la autoridad, son buenos, dóciles y divertidos; pero con aquellos, tiene que ser duro, si no le hacen la vida imposible.”
Moffatt ofrece una visión diagnóstica (2003): ”Los locos son inofensivos. Si se enojan le amenazan con un tomate radiactivo, hacen disparates, pero son la gente más inocente y menos peligrosa que hay. (..) Son cariñosos, gente muy olvidada. Los locos que están adentro del hospicio son los que se dejaron agarrar, no hacen daño, viven en su mundo.
En cambio, los peligrosos están afuera, son los psicópatas, represores, estafadores y asesinos de este sistema económico genocida, (que no terminan en el hospicio sino en el poder ".
Alerta sobre los psicópatas (que, según dice, no tienen cura, no quieren curarse, les va bien, no sufren, hacen sufrir). Dice del psicópata: "Es como la serpiente con el pajarito, que lo paraliza y después se lo come". Introduce una categoría de moral política confundida con un término psiquiátrico. Una palabra de uso común en el lenguaje judicial y penitenciario, que es obsesión de manuales diagnósticos y poco utilizada por psicoanalistas.(16)
Me parece que Moffatt trata de despsicologizar el problema. No está pensando en una pulsión anal sádica, ni en el desenfreno del goce fuera de todo pacto simbólico, ni en el predominio de lenguaje de la acción, ni en el problema del pasaje al acto, ni en personajes crueles, manipuladores, insensibles, carentes de culpa, impulsivos, incapaces de empatía con sus semejantes, como podría surgir de un nuevo lombrosismo. Intenta una distancia sin alcanzar, todavía, un marco de ética política.
La imagen de la serpiente y el pajarito confunde. Mistifica las figuras de verdugo y víctima. Como si el enfermero de Pichon ahora dijera: "Vea doctor, hay tres tipos de locos y muchos hijos de puta: están el loco, el loco lindo, el loco de mierda; y están los violadores, abusadores, corruptos, mafiosos, exitosos de una sociedad descompuesta. A estos violentos, Moffatt los llama psicópatas.
Una ética política de las instituciones necesita no sólo de otros nombres, sino también de una sensibilidad alerta a las sordas torturas cotidianas del encierro. Recuerdo un comentario de Primo Levi que extiende la crítica más allá de la evidencia de la barbarie ".Los monstruos existen, pero son poco numerosos para ser decisivos; los que son realmente peligrosos son los hombres comunes ".
2. 9. Imposiciones culturales

Moffatt (1974) denuncia el desconocimiento que muchos profesionales tienen de la cultura, costumbres o referencias simbólicas de pacientes que vienen de zonas alejadas o tienen orígenes rurales.

Intenta pensar los efectos de esa transculturación. La violencia de un grupo social que impone valores: modos de hablar, palabras técnicas, creencias, formas de vestir, dietas, horarios, labores cotidianas.
2. 10. La cura del mate (17)

Moffatt (1974) destaca la cultura de la mateada. La pava y el mate son los objetos queridos del encierro. Relata que se cumple un ritual para tomarlo en grupo: preparar el fuego, buscar el agua, llenar el mate, agitar la yerba, no dejar hervir el agua. El cebador, antes de comenzar la rueda, prueba el primer mate. Dice que la mateada produce un sentimiento de estar juntos. La experiencia social de ser convidado por otro. Sugiere que el hecho de tomar todos de un mismo objeto agita contactos. La bombilla toca cada boca como un beso en el que se confunden las salivas. Imagina que los grupos estables de mateadas arman un inesperado espacio clínico sin vigilancias. Valora el hablar entre ellos fuera de la mirada de una autoridad. Modos callados de decir: alguien reclama que lo saltearon, otro toma despacio, algunos hacen sonar la bombilla. De pronto, comentan sus vidas. Hacen bromas, juegan con el humor, los cuerpos tienen otra expresión.


Una cura de los que sorben en sus memorias, succionan recuerdos o se vacían de tristezas. El fondo del mate como reserva ilusional de que hay algo que puede llenar la existencia.
2. 11. El tiempo en el hospicio

Dice Moffatt que en el hospicio (como en las, cárceles) el tiempo está detenido: “se tiene la sensación de un enorme y vacío presente ". Explica que el cigarrillo suele ser imprescindible en un mundo en donde la principal tarea es hacer que el tiempo pase.

La momentánea interrupción de una eternidad indefinida. La falta de trabajo impide percibir el transcurrir del día, de la semana, del mes. En los manicomios casi no hay relojes. No hay almanaques, no se festejan cumpleaños, no se velan a los muertos. Menciona que, a veces, sólo las comidas indican una discontinuidad.
Escribe (2003) Los locos fuman para matar el tiempo. Le pregunté a un compañero internado: ')Por qué fumás?'. Me dijo: Para hacer tiempo. Me pareció exacto

Otro relato recogido por Zito Lema dice: "Lo peor del hospital son las horas que pasamos sin hacer nada, porque nos obligan a pensar en nuestros problemas que no tienen arreglo, nos obligan a masticar nuestra amargura y desesperación”.



2. 12. Interrogatorios

Moffatt observa que las comunicaciones entre profesionales y pacientes parecen un interrogatorio policial: uno que trata de obtener o arrancar información y otro que se cuida de lo que dice por temor. Un arte de la indagatoria y un arte de no decir nada o de responder lo que la autoridad quiere escuchar. Entiende que ocultar información es una forma de resistencia. Internadas y internados saben que todo lo que dicen puede ser utilizado en su contra.


2. 13. Terapéuticas

Advierte que en los encierros la medicación ocupa el lugar que, en otros momentos, tenían el electro-shock, el chaleco, la ducha fría. Recuerda haber escuchado sobre la conveniencia de obedecer: "no te hagás el loco que te damos una maquinazo”. (18)


Escribe Moffatt (1974) que: "Con la difusión de los psicofármacos, se han podido sustituir parcialmente estos métodos un tanto desagradables (por lo menos con una imagen demasiado represora), pero si son medicados en dosis masivas (dosis "de impregnación') vuelven a tener las mismas características. Tanto es así que se los llama "chalecos químicos" cuando son administrados en grandes dosis. También se usa la expresión " planchar” al paciente porque queda, en estos casos, rígido, a veces

con movimientos involuntarios (parkinsonismo) de las manos y babeándose. Esto produce una angustia equivalente al chaleco y tiene, para el personal, las mismas ventajas: el internado está tan atado como un matambre. Aún no usando dosis masivas, '”la pastilla " es el instrumento casi único de terapia y el médico, cada tanto, cambia un poco la dosis. Para el paciente, la pastilla llega a tener valor de fetiche protector y termina actuando como placebo, después que se produce el acostumbramiento metabólico ".


Denuncia que en los hospicios el principal (si no el único) recurso terapéutico son los psicofármacos. Advierte que inyecciones y píldoras de colores introducen nuevos ciclos de violencia. Muchos sienten que los están envenenando. Tienen vivencias extrañas en el cuerpo. El paciente experimenta sensaciones que le son ajenas. Su sensibilidad fragmentada o su memoria de escombros, se vive, ahora, invadida. Algunos sienten espasmos musculares, desinterés, somnolencias, una tranquilidad escenográfica, rigidez, corporal, temblores involuntarios en las manos, ardores estomacales, sequedad en. la boca, náuseas, tina visión borrosa, rotación de los ojos hacia arriba, calambres. Un estado de desorientación. Deambulan perdidos en sensaciones que se establecen como dominios extranjeros en sus conciencias.
Otro de los testimonios tomados por Vicente Zito Lema dice- "Hace tres años que estoy internado en este hospital y cada vez tengo menos ganas de tratar con la gente. Es como si uno se metiera cada vez más en su caparazón de caracol. Aquí uno, se vuelve más indiferente y apático. Creo que ahora estoy peor que cuando entré pues tengo los mismos problemas que antes, con la diferencia de que actualmente tengo miedo de salir afuera y enfrentarme con el mundo. En este lugar, se nos aleja tanto de afuera, que después, si algún día salimos, no sabemos vivir entre la gente 'sana "'.
2. 14. El halopidol criollo (19)

La Peña Carlos Gardel es leyenda. Moffatt la presenta como modelo de comunidad autogestiva alternativa. Recuerda (1974, 2003) que se solía utilizar como objeto intermediario algo que considera irresistible: el choripán. Relata que al oler el ondulante aroma choricero hasta los autistas se sentían tentados por ese (in)esperado contacto.


La idea de peña moffattiana aglutina formas culturales dispersas. Figuras de tradición popular que se mezclan con fuentes clínicas. La superposición de propuestas y lenguajes. Un trabajo que gusta de la combinación de íconos religiosos y masivos. La recuperación del fervor y la devoción popular. Experiencias teatrales que conjugan radioteatro, circo criollo, mascaradas de carnaval, psicodrama. Una instalación que se propone descolocar. La ruptura de lugares fijos entre terapeutas y pacientes, entre visitantes e internos (no se distingue quien está adentro y quien está afuera). La peña como híbrido buscado. El respeto de modos de sociabilidad de los enfermos. Un procedimiento no codificado, no concluido, no definido.
El espacio territorial de la peña es, en los fondos del hospicio, alrededor de un árbol. Se cuelgan decoraciones: un gran retrato de Carlos Gardel sonriendo, letreros y objetos. Como ex-votos que sirven para agradecer algo (conservar la salud, evitar un accidente, facilitar un encuentro). Una especie de altar terapéutico.

La peña es un escenario de actividades simultáneas y heterogéneas. Algunos tocan la guitarra y recitan versos, otros eligen música que pasan en un viejo tocadiscos, otros bailan y cantan, cuatro se organizan para jugar al truco, tres preparan el asado (un elástico de cama sirve de parrilla), otros conversan en la rueda del mate, algunos miran a los demás, alguien se pasea sin quedarse en ninguna parte, uno improvisa asientos con cajones.


En esa atmósfera que sorprende, se realizan. también, sesiones de teatro, actividades de alfabetización (cada cual enseña lo que sabe a los demás), cooperativas de trabajo, contactos familiares, Moffatt dice (1974) que cada uno elige dónde quiere estar según su estado de ánimo. En cada cierre cantan en círculo, abrazados: Mi Buenos Aires querido con la voz de Gardel de fondo.( 20 )



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