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MOFFATT, LA EXPERIENCIA RENEGADAA

Orillas de los manicomios



Del libro DELIBERAR LAS PSICOSIS de Marcelo Percia

la yerba usada / viene a ser/ como la ceniza / ’el rnate.. ” Leónidas Lamborghini.



  1. Encuentro .

    1. Casualidad

Alfredo Moffatt entra en Las Violetas a las veinte horas del viernes diecinueve de mayo. Lo observo mientras busca mesa. Me acerco a saludarlo. Dice sobre su último libro. Lamenta no ser leído. Bromea: ”¡Soy un renegado! ¡Me niegan y después niegan que me niegan! ”. Me regala En caso de angustia rompa la tapa. En la dedicatoria me llama cornpañero de ruta . Cuando levanta la vista, se pregunta ” Somos compañeros de ruta, ¿no?"
¿Diferentes viajes de un mismo camino? ¿ Similares angosturas en los márgenes? ¿llusión de una ruta? ¿Compañeros de extravío? ¿O de un método para poner en camino o parar un acceso?

Raíz que dice, también, éxodo, episodio; o que transporta idea de oda, melodía, parodia.


No sé si nos encontramos en la entrada o en la salida de algo. Si giramos alrededor, medimos pisadas o celebramos breves concilios en los costados. No pronunciamos las mismas palabras, ni bebemos admiraciones o burlas idénticas. Escribir sobre otro necesita distancia. Puede ser la muerte. O puede ser la admiración, el desprecio, la soledad.
l. 2. Años de la revuelta

Los sesenta-setenta no indican sólo un contexto histórico, sino la furia y ternura de un escándalo que no termina. Para mí, primero intelectual, después político; por último, profesional. El primer nombre de acogida para ese itinerario (que agrupa a Marx con Freud, a Freud con el poeta montevideano de Ios Cantos de Maldoror y, a él mismo, con Macedonio Fernández) es Enrique Pichon Riviere.



En aquellos años, escuché hablar, en su escuela, de la Peña Carlos Gardel no como innovación institucional sino como peste que llega a los psiquiátricos. No como comunidad terapéutica sino como revuelta de locos, pobres y perdedores. No como reforma o desmanicomialización sino como desarraigo buscado. No como experiencia rehabilitadora sino como refugio para ángeles abatidos.
Se objetaba al psicoanálisis fuera de los hospitales como privilegio de pocos. Como fórmula desentendida del sufrimiento de las mayorías. Circulaba un chiste sobre un tartamudo que hace reeducación. Un amigo le pregunta por el tratamiento. El otro responde que va ”Bi bién! Me me mejor!”. Hace una demostración: ”Subo a la palmera, bajo un coco, dejo el coco; subo a la palmera, bajo otro coco, tengo dos cocos; subo a la palmera bajo otro coco, tengo tres cocos; subo a la palmera, bajo otro coco, tengo cuatro cocos; subo a la palmera bajo otro coco, tengo cinco cocos... ”. Así, fluido, relajado, sin trabarse ni repetir sonidos, sílabas, palabras. El amigo está admirado, pero el tartamudo explica desanimado: ”Lo que pa pa pasa es que que que no puedo me meter esto en ningu ninguna con conversación".
Se cuestionaba un aprendizaje que no servía. O se interrogaba si la teoría estaba al servicio de las clases dominantes o del pueblo trabajador. Mientras algunos imaginaban que el psicoanálisis curaría a la sociedad; otros, cultivaban un cerrado código introspectivo, en una institución onerosa, segura, dogmática y, en apariencia, libre de sospechas políticas.
Pensar una experiencia renegada es hacer arder aquellas izquierdas entre nosotros: el ideal de justicia, la empatía con los abandonados, el progresismo clínico, la ética estoica de los iluminados, el optimismo compensatorio de la resistencia, la promesa catártica del testimonio, las disputas por el mercado.


  1. 3. El Esteves

Esa experiencia me viene como olvido (años después) cuando trabajo en el Esteves. Aunque tal vez no se trate de olvido, sino de cosas apartadas, en desuso, caídas, succionadas. Había dejado de pensar en la peste, la revuelta, el desarraigo buscado, el refugio para ángeles abatidos. Y, de pronto, el archivo se prende fuego. Las noticias guardadas en espera de algo se quitan la vida o intentan volver. Moffatt estuvo por morir muchas veces. En el Esteves, el Centro Piloto (1) permanecía como en esas películas en las que llegamos a un pueblo en el que ocurrió un hecho del que nadie habla. Cosas que, sin embargo, existen no dichas, en estado de rezago. Cosas que quedaron separadas, desconectadas, pero no perdidas del todo. Cosas que, si se tocan, abren los ojos como contingencia de una voluntad dormida.
Del mismo modo, los saberes del rechazo no ingresan en los manicomios o cuando entran se aíslan, se compartimentan, se clandestinizan, se embrutecen, se traicionan. A veces, la duplicidad de trabajar en el espanto contra el espanto produce una especie de deslealtad o autoengaño: creemos hacer algo diferente cuando repetimos lo mismo que cuestionamos. La fuerza negativa es todo vigor fuera de los muros o entrando de visita a supervisar residentes o internos.
l . 4. El no de la impugnación

¿Qué significa experiencia renegada? ¿Una Verneinung (negación) en la que no admito algo que me pasa o se rne atribuye; una especie de autoengaño que desconoce lo que no puedo dejar de expresar? ¿O una Verleunung (renegación) que rechaza algo que a la vez reconozco (como ocurre en fetichismos o en la llamada pérdida de realidad en las psicosis)? ¿O una Verwerfung (forclusión, repudio, revocación) por la que se excluye de simbolización un significante clave que, no obstante, se impone como voz que delira o imagen alucinada? Ni negación, ni renegación, ni revocación. Tampoco represión. Esos sustantivos no agotan el juego. En este texto, Experiencia no supone algo que entra por los sentidos dejando huellas adecuadas en una conciencia disponible. Experiencia es instalación política, intervención cultural, relato insurgente. Experiencia renegada, entonces, como historia sublevada. Protesta de la cosa desdicha. Desobediencia del sentido.



No comparto sospechas de Moffatt que supone que lo reniegan como si fuera fruto prohibido, visión insoportable o significante crucial. Tal vez Moffatt sea un renegáu. A la manera del personaje de Fontanarrosa, el desesperanzado Inodoro Pereyra que se resguarda lejos de ciudad.
Experiencia renegada como no que se opone y discrepa. Como acción colectiva disidente. Como acto de ética negativa. (2)


  1. 5. Argamasa identitaria

El Moffatt arquitecto utópico que proyecta un mundo habitable. El que publica en 1967 Estrategias para sobrevivir en Buenos Aires. El psicólogo social por siempre discípulo de Pichon Riviere. El de los hospicios: el de la construcción de la Plaza del Hospital con un equipo de internados en 1968 en el Borda, el de la experiencia de la Peña del Fogón en el Esteves del 69, el de la rehabilitación en un Hospital de New York en el 70, el de la Comunidad Popular Peña Carlos Gardel del Borda entre el 71 y el 74, el de la Cooperativa Esperanza (Cooperanza) otra vez en el Borda entre 1983 y el 2001. El de El Bancadero, centro de asistencia que creó en el 82; o el los mendigos que dirigió el Felix Lora (1984-1986), un lugar para gente sin hogar en la ciudad de Buenos Aires, o el de los chicos de la calle que impulsó en el 2001 el comedor Club Bancapibes. El fotógrafo de pobres, crotos, últimos gauchos urbanos. El antropólogo de las exploraciones en zonas degradadas de Perú, Paraguay, Brasil (en una de ellas acompañado por Basaglia). El de los viajes a la India, a Malasia, a Cuba. El de los curanderos que estudió terapias populares (costumbres de campo, circenses, paganas) de manosantas y curadores (Pancho Sierra, Jaime Press, Don Desiderio, Tibor Gordon, la Escuela Científica Basilio, la Madre María, la Secta Flor de Lis, el Ejército de Evangélico, el Dr. Schirilo). El de la psicología criolla y nacional, el del manual de primeros auxilios psicológicos o de defensa personal para gente desesperada y en crisis.
El del borde: el bicho raro, opositor, náufrago, místico, pragmático, zen, provocador, ilusionista, misionero, transgresor, raleado, outsider. El que en el subterráneo de las siete se siente como una oveja en un corral, el porteño de Almagro, el de las orillas sufrientes y creativas, el asceta generoso, el de la familia inglesa, el de los cables pelados, el de las micro políticas, el contracultural, el que confunde la urgencia de una ocurrencia con la insurgencia de una idea, el ignorado por el círculo académico (aunque Moffatt consideraría exagerada la figura de círculo). El que diría que Prestigio es una marca de pinturerías. El oral chispeante llano. El que hace alarde de simplicidad (como si algo así fuera posible), El que confunde verdades de la vida con estereotipos de la cultura. Como cuando cita a Pichon: ” La vida es bastante complicada como para complicarla más al explicarla”. O cuando dice que Martín Fierro es un héroe que ” se las tenía que arreglar solito debajo de un ombú”. O cuando resume que ”caminamos la vida con dos pies: la familia y el trabajo”. O cuando opone la cara de Sarmiento al Buda que sonríe. O cuando sugiere que el verso del Himno que dice "juremos con gloria morir ” debería decir " juremos con gloria vivir ”. O cuando cuenta que un chico de la calle explica que ” la televisión nos enseña todo: cuando viene la tanda nos muestra qué tenemos que tener, y cuando viene la serie policial nos dice cómo conseguirlo”. O cuando advierte distorsiones semánticas: ” en la Argentina no hay más oprimidos ahora, son carecientes”. O cuando observa el lema de los americanos en el dólar: ”In God we trust” (En Dios, nosotros confiamos). O cuando afirma que el loco bate la muerte. El metafísico espontáneo, el que dice que la angustia existencial se termina cuando te mandan a hacer una biopsia de próstata, el que disimula lecturas (Berkeley, Schopenhauer, Nietzsche, Freud, Wittgenstein, Heidegger, Sartre) diciendo que es un tipo de barrio. El que cree inventar cosas que escribieron otros. El de las voces kierkegaardianas. El que reconoce haber aprendido algo de Fiasché, Ulloa, Pavlovsky. El que se priva de Foucault o se declara en contra sin conocerlo. El que junta piezas dispersas y las acomoda como si no hubieran sido ya observadas y clasificadas. El que ilusiona ver algo por primera vez. El que cerró su valija de libros hace veinte años. El que admite no entender media página de Lacan. El que no se preocupa por Deleuze. El que dice haber resuelto la paradoja de Zenón en la Pizzería Tuñín.


  1. 6. Marx, Freud y Pancho Sierra (3)

Son tan dispersos los relatos; tantos los enunciados que se ignoran; que trazar una historia es alarde de memoria. Reunión exclusiva de influencias. Rescate de sobrevivientes de un naufragio. Colección de datos sedimentados. Referencias aquietadas, sin la agitación ni el fervor que tuvieron en el ánimo de quienes las vivieron.( 4 )
Por Moffatt pasan los hilos de la modernización psiquiátrica que representa Maxwell Jones, los de la denuncia de la institución total que testimonia Goffman; los de Basaglia y la antipsiquiatría; los de la lucha anticolonial de Fanon. También las cuerdas que lo separan del acople entre marxismo y psicoanálisis que representa, en nuestro medio, el grupo Cuestionamos, o el torbellino que desata Masotta tras su encuentro con Lacan.
El manifiesto Cuestionamos, firmado por Marie Langer en octubre de 1971 (que reúne entre otros a Pichon, Bleger, García Reinoso, Dubcovsky, Rodrigué, Ulloa, Baremblitt, Bauleo, Pavlovsky, Kesselman, De Brasi, Galende, Volnovich) estaba precedido por este epígrafe: ”Freud y Marx han descubierto por igual, detrás de una realidad aparente, las fuerzas verdaderas que nos gobiernan: Freud, el inconsciente; Marx, la lucha de clases”.

Moffatt (l974), en cambio, presenta esta fórmula: ”...es necesario realizar un puente o la síntesis de Pancho Sierra con Freud”.


En cuanto a Masotta, lo menciona (1995) para decir que eran amigos, que él le enseño (a Masotta) teoría de la comunicación y que Pichon le sugirió (a Masotta y no a él) que leyera a Lacan. Como resultado de esa lectura, en marzo de 1964, Masotta lee en el instituto de Pichon su ensayo Jacques Lacan o el inconsciente en los fundamentos de la filosofía.(5)


  1. 7. Condenados de la tierra

Moffatt (1973) forma un grupo esclarecido con Jones-Goffman-Fanon-Cooper. Escribe sobre el aporte del primero que ”no basta con una democratización de los roles y una sensata administración dentro de los hospitoles mentales”, aunque admite el avance de la comunidad terapéutica en cuanto a que ”el paciente se siente ’ciudadano’ de la comunidad, es decir, persona que decide qué es lo que se hace ”. O menciona que Goffman demuestra que el confinamiento hospitalario es responsable del metódico y progresivo deterioro del enfermo. O se apoya en ideas Cooper y Laing para concluir en que la esquizofrenia es etiqueta social. O destaca que Fanon ”cuenta cómo los profesores de la facultad de medicina de París demuestran ’científicamente ’ que el argelino (no sólo el enfermo psiquiátrico) tiene una mentalidad biológicamente degradada y carece del uso de los lóbulos frontales; llegan a demostmr que ’el africano equivale a un europeo lobotomizado ’. ”
Estas coordenadas zigzaguean en desorden. Cuando Jones visita Buenos Aires (1966 y 1969) muchos reconocen experiencias iniciadas por Pichon. Las conclusiones del informe de Goffman se parecen a testimonios recogidos por Vicente Zito Lema y Moffatt (6).

David Cooper estrecha relaciones durante el tiempo en el que vive en Buenos Aires.(7)

En cuanto a Los condenados de la tierra se traduce en 1963. Franz Fanon se pregunta sobre los estados de subjetividad de hombres y mujeres maltratados por injusticias colonialistas. Piensa que la violencia colonial se interioriza. Relata cómo se vive aterrado y aturdido por el miedo. Fanon les dice a los psiquiatras franceses que los trastornos mentales del pueblo argelino son también efecto de la expansión cultural, económica, militar, de Francia. En el texto presenta un capítulo con notas de psiquiatría.

Fanon afirma que la opresión colonial, el terror, la humillación, producen patología mental. Durante muchos años tuve el libro en mi biblioteca, pero sólo había leído el prólogo de Sartre.




  1. 8. República de locos

Moffatt (2003) recuerda la experiencia de Raúl Camino en Colonia Federal, Entre Ríos. Dice que transforma el inconveniente en ventaja. En un hospital con más de trescientas personas internadas, casi sin personal, organiza una comunidad terapéutica. Deciden cosas en asamblea. La Colonia logra autoabastecerse en alimentos y vender sus excedentes. Moffatt dice que en esa república de locos la gente comienza a tener ganas de vivir. Muchas de esas personas, desencerradas de la psiquiatría manicomial, pueden salir de la Colonia.(8)
Camino (1983) relata parte de la primavera sesentista de la psiquiatría argentina. Dice que estuvo motivada, entre otras cosas, por la irrupción de un equipo clínico formado por enfermeros, médicos, psicólogos, trabajadores sociales, terapeutas ocupacionales, sociólogos, antropólogos, artistas, auxiliares, mucamos, choferes, operarios, peones, y (sobre todo) pacientes.

Escribe: ”El nuevo cambio consistió en permitir y estimular la participación directa y activa, libre y responsable del mismo paciente en asuntos relacionados con la marcha del hospital (comida, ropa, limpieza, horarios, trato, etc.) y aspectos diferentes vinculados con su propio tratamiento y el de sus compañeros (consejos, ayuda al más necesitado, formación de grupos espontáneas, liderazgo en actividades laborales y otras). Se pretendía la integración y participación activa del internado en la estructura administrativo-técnica del hospital psiquiátrico, como un objetivo terapéulico de gran importancia: la terapia efectuada por los terapeutas profesionales se suma y potencia con aquellas acciones terapéuticas llevadas a cabo por el personal no profesional y los pacientes más recuperados. Este sistema organizado en base al vínculo de todos con todos es lo que se denominó comunidad terapéutica ”.(10)


l . 9. El Lanús

En ese comienzo están las ideas de Mauricio Goldenberg. La convicción de que las psicosis, a veces, sólo necesitan internación por un tiempo limitado en situaciones agudas. Un programa para transformar psiquiátricos en comunidades hospitalarias. El proyecto de una red de salud mental que integra servicios de psicopatología en hospitales generales con unidades asistenciales en los barrios.


Goldenberg se hace cargo, por concurso, del Servicio de Psicopatología del Lanús en 1956. Relata (1983). ”Yo dirigí este servicio durante dieciséis años; cuando comencé érarnos seis personas, cuando me fui éramos más de ciento cincuenta”. Primero se propone trabajar en el frente interno para, después, sacar el hospital a la calle. La idea es no quedar encerrados en el servicio recetando píldoras o haciendo psicoterapias. Quiere integrarse con el resto de la institución, dar acogida emocional a todos los enfermos, atender necesidades del personal del hospital. Se forman grupos con residentes de otros servicios, se dictan cursos para enfermeras y médicos, se atienden conflictos en cirugías y terapias intensivas, se trabaja con pacientes en unidad renal. Se procura un servicio al servicio de todos los pacientes y trabajadores que transcurren por la institución. Se forman departamentos: el de internación tuvo treinta y dos camas (”Se implantó a pleno el sistema de comunidad terapéutica, los pacientes participaban como autores y actores del funcionamiento del servicio; se hacían grupos, asambleas, psicoterapias individuales, se utilizaban los más modernos psicofórmacos, todos o casi todos participaban en terapia ocupacional, represión corporal y actividades recreativas”); el de hospital de día para treinta pacientes (coordinado por un psiquiatra, con la participación de médicos residentes, psicólogos, terapistas ocupacionales y trabajadores sociales), el de niños, adolescentes, adultos mayores ( habían veinte consultorios externos), grupos (en un momento funcionaron cuarenta grupos semanales); el de alcoholismo; neurología; docencia e investigación (contaron con dos cámaras Gessell y aulas para clases).
Se crea, también, un departamento de psiquiatría social que trabaja en una villa cerca del hospital. Un equipo formado por antropólogos, sociólogos, psicólogos, trabajadores sociales, psiquiatras con formación en salud mental. Una habitación en el barrio sirve de sala de primeros auxilios. Se hacen grupos con líderes del lugar, con mujeres promotoras de salud, con representantes religiosos. Se arman patrullas para construir zanjas para que corran aguas servidas, programas para embarazadas, para dependientes del alcohol, para recién nacidos. Se establecen acuerdos con curanderos del lugar: algunas demandas son atendidas y aliviadas con sus recursos, pero las que no tienen resolución son derivadas al hospital. Recuerda Goldenberg: ” Algunos empezaron a mandar pacientes al servicio, cosa que antes no ocurría, por el riesgo de cronificarse o agravarse. Gracias a esta modalidad de trabajo, contamos con un personal para-profesional que hacía atención primaria ”.


  1. 10. A los desharrapados del mundo

El libro de Paulo Freire Pedagogía del oprimido no sólo es un método de alfabetización. Representa una política. Una mirada de la educación como práctica de la libertad. Una crítica de los instrumentos que gobiernan las conciencias de los que trabajan. Una denuncia de la apropiación del pensamiento de los dominados.

Se trata de una pedagogía para que los marginados de la cultura aprendan a decir su palabra. Una intervención que objeta la educación bancaria. Un modelo que piensa el enseñar como depositar, llenar o archivar conocimientos en cabezas vacías. Una instalación de resistencia cultural contra el empleo de la educación como anestésico que pasiviza, inhibe la creación, encierra a los alumnos en un código que les es ajeno.


Freire piensa una educación en la que el oprimido pueda reflexionarse, descubrirse, conquistarse, como sujeto histórico. Una antropología en la que hombres y mujeres se reconozcan a partir de sus formas culturales degradadas. Una experiencia en la que cada uno se encuentra con sí mismo y con los demás (”nadie libera a nadie, nadie se libera solo: los hombres se liberan en comunión ” ). Un humanismo pedagógico implicado en la crítica de las condiciones de existencia y en la aventura de transformación social. Una práctica concientizadora que, a través de la propia vida pronunciada y escrita en situación de diálogo con otros, humaniza al mundo.
El punto de partida son palabras del vocabulario cotidiano del hablante. De esas palabras propias, se eligen algunas que son llamadas generadoras porque a través de la descomposición y combinación de sus posibilidades silábicas propician la formación de otras.
Freire termina su texto esperando que los oprimidos rediman el mundo: ”Si nada queda de estas páginas, esperamos que por lo menos algo permanezca: nuestra confianza en el pueblo. Nuestra fe en los hombres y en la creación de un mundo en el que sea menos difícil amar ”.
1. 11 . el papel protogónico del espectador

Augusto Boal un dramaturgo brasileño, que a principios de los setenta reside en nuestro país, desarrolla, inspirado en Freire, experiencias de teatro popular que denomina teatro del oprimido. Presenta (1974) sus ideas así: ”Ya se ha dicho que el teatro de Aristóteles es el teatro de lo opresión: el mundo es conocido como algo perfecto o por perfeccionarse y todos sus valores se imponen en la platea; los espectadores delegan poderes pasivamente a los personajes para que estos actúen y piensen en su lugar. Se produce entonces la catarsis del ímpetu revolucionario: la acción dramática sustituye a la acción real.

El teafro de Brecht es el de las vanguardias esclarecidas; el mundo se revela transformable y la transformación comienza por el teatro mismo: el espectador no delega poderes para que piensen por él pero continúa delegando para que actúen en
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su lugar. La experiencia es reveladora en el plano de la conciencia, pero no a nivel de la acción. La acción dramática esclarece la acción real. El teatro del oprimido es, esencialmente, el teatro de la liberación: el espectador no delega poderes para que piensen o actúe en su lugar. Se libera y piensa y actúa por sí mismo. Teatro es acción. En ese sentido, e ntonces, se puede decir que el teatro es un ensayo de la revolución(12)


Oprimido es el participio pasivo de la sujeción. Nombre para el que tiene el pie sobre el cuello. Oprimido es el colonizado, explotado, excluido, marginado, desheredado, pasivizado. El sustantivo del escándalo. La bulla de los que protestan. El ruido de los miserables. El alboroto que anuncia que el pasaje de la condición de hablados (alumnos, espectadores, enfermos) a la de hablantes supone participación en el poder.
2. Arquitectura existencial de los hospicios

2. 1.Redistribuir la locura

El libro Psicoterapia del oprimido de Moffatt, se conoce en 1974. En aquellos días se piensa el manicomio como parte de la injusticia y la opresión social. Moffatt denuncia complicidad entre explotación material y degradación mental; entre pobreza y locura. Razona que las personas encerradas se han hecho cargo de un desvarío social. Agita esta consigna: ¡redistribuir la locura, redistribuir la riqueza! Por momentos, piensa al loco como un disidente mental. Descalifica teorías divorciadas de las penurias de los explotados. Se declara partidario de un pensamiento popular.


Para la misma época, Vicente Zito Lema (1974), recupera creaciones culturales de los internados. Compara la reclusión en neuropsiquiátricos con las cárceles. Recuerda que los pacientes están privados de libertad, de la posibilidad de cuidar de sus hijos, del derecho de disponer de sus bienes, de la oportunidad de participar en política. Los menciona como muertos civiles. Escribe: ” El llamado ’enfermo mental ’ sufre una doble situación de opresión. En primer lugar, una opresión que se entronca con la de la propia clase social o la que generalmente pertenece: la casi totalidad de los internados provienen de los sectores más sufridos de la clase trabajadora. El segundo grado de opresión tiene que ver directamente con la situación que se padece dentro del propio hospicio ”.
Testigo de esta situación (que observa en el Melchor Romero, Borda y Moyano): malos tratos y torturas, médicos que no van nunca o aparecen sólo para medicar, pocos enfermeros y sin formación, comida mala, moscas que invaden todo, olores nauseabundos, cabezas afeitadas, personas semidesnudas, bocas desdentadas, duchas sin agua caliente, edificios con techos que se caen, paredes agrietadas, puertas clausuradas, ventanas sin vidrios, y todas las formas de abandono imaginables; Zito Lema se pregunta ¿cómo hacen los oprimidos para resistirse a esa muerte?


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