1ª meditación: creados por amor



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1ª meditación: CREADOS POR AMOR
En este primer rato de oración nos abrimos a entender que no somos fruto del azar, sino que hemos venido a este mundo porque ha habido alguien que nos ha amado, que nos ha querido tal como somos, que se complace en nosotros, que quiere y procura nuestro bien.

Pedimos al Señor que nos haga sentir su amor a través de todas las cosas buenas que nos ha dado y a través de todas las palabras de amor que nos ha dirigido en la Biblia.


Dios declara su amor en la Biblia valiéndose de múltiples imágenes:

a) amor de padre: Leer Oseas 11,1-4: estímulo y solicitud.

b) amor de madre: Isaías 49,14-16: acogimiento y ternura.

c) amor de esposo: Isaías 62,5; Oseas 2,16: deseo y celos.

d) amor de amigo: Juan 15,15: de comunicación de secretos.
Podríamos pensar en todos los amores bonitos que hemos conocido en la vida, en nuestra familia. No son sino pequeñas centellitas que broten de una inmensa hoguera que es el amor de Dios. ¿Cómo será ese amor? ‘Oh Dios, ¡qué precioso es tu amor! Los humanos se acogen a la sombra de tus alas; se nutren de lo sabroso de tu casa; les das a beber del torrente de tus delicias, porque en ti está la fuente viva, y tu luz nos hace ver la luz” (Salmo 36).

Sobre todo se trata de un amor fiel, comprometido, estable del que nos podemos fiar y en el que nos podemos apoyar. “Estoy convencido que ni la muerte ni la vida, ni ninguna criatura alguna nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús’ (Romanos 8,39). ‘Los montes se correrán y las colinas se moverán, mas mi amor de tu lado no se apartará, y ni alianza de amor no se moverá, dice el Señor que tiene compasión de ti (Isaías 54,10). Con amor perpetuo te amé” (Jeremías 31,3).

En el bautismo en el Jordán, Jesús cayó en la cuenta de todo el amor que le tenía Dios su Padre. Nosotros también tenemos que escuchar esa voz que nos dice que somos preciosos y nos ama. Vio Dios cuanto había hecho y todo estaba muy bien (Génesis 1,31). “Eres precioso ante mis ojos. Eres estimado y yo te amo” (Isaías 43,4). “Has encontrado gracia ante Dios” = Le gustas a Dios (Lucas 1,30).

Pero desgraciadamente muchas otras voces hemos oído desde niños que han tratado de convencernos de que no valemos, de que somos inútiles, de que todo lo hacemos mal. Hoy queremos oír otra voz distinta, la que nos habla de cómo nos ve Dios en realidad. Mirarnos en el espejo de los ojos de Dios y no en el espejo deforme de la mirada con que otros nos miran.

Hay que creer más en la palabra del Señor que nos dice que somos preciosos, que somos amados, que a esas otras voces que nacen de nuestras heridas, de nuestras frustraciones, que nos dicen que no valemos nada, que somos basura. Pedimos en el ejercicio de hoy sentirnos bendecidos por nuestro Dios y contar todas las bendiciones que hemos recibido a lo largo de la vida.
1. Recordar y revivir momentos bonitos de nuestra infancia en que nos hayamos sentido queridos, valorados, seguros, admirados, ilusionados, comunicativos, generosos. Los sentidos nos pueden ayudar a tirar de los sentimientos. Ver lugares, rostros, habitaciones, jardines, playas, bosques... Escuchar melodías, sonidos, palabras relacionados con esos recuerdos. Oler humo del fuego de la cocina, jazmín, tierra húmeda tras la lluvia. Rescatar del olvido estas bellas imágenes.

Sentirnos mirados por Dios con agrado cuando nos recordamos a nosotros mismos en estas escenas y hacer que surja la alabanza y la acción de gracias.


2. Leer el salmo del Gran Hallel de Israel en la que se recuerda cada episodio de la vida del pueblo y se repite: “Porque es eterno su amor” (Salmo 136).

Lee primero el salmo en la Biblia y fíjate cómo Israel descubre el amor de Dios en toda su historia. Luego escribe tu gran Hallel. Condensa en una frase cada capítulo importante de tu vida y añade siempre el estribillo: “Porque es eterno su amor”. Menciona personas, lugares, acontecimientos, cualidades, crisis que conseguiste superar. No hay que exceptuar los capítulos difíciles de la vida. Cuando nos sentimos tentados a quejarnos de la oscuridad del túnel debemos recordar que es un atajo para atravesar las montañas.



2ª meditación: CREADOS PARA EL AMOR
Sé de dónde vengo, pero sé también a dónde voy. Dios que me ha creado por amor quiere que me realice plenamente en el amor. Tiene un plan de amor para mí. No solo me ha amado, sino que me ha hecho capaz de amar.

El ser humano solo se realiza en el amor, solo llega a ser aquello para lo que ha sido creado si llega de hecho a vivir en el amor. Sin el amor no soy nada. (1 Co 13, 1-3). Solo el amor me saca de mi egoísmo y me lleva a una vida llena de sentido.

El hombre ha sido creado para la felicidad. Jesús expone un camino para llegar a la felicidad. Pero lo primero que nos dice es que la felicidad es un subproducto, nunca un fin en sí mismo.

El que se propone como objetivo consciente de su vida el ser feliz, nunca alcanzará la felicidad verdadera. La felicidad es como la sombra. Cuando corremos tras ella, huye de nosotros. Cuando nos olvidamos de ella para correr tras aquello que da sentido a nuestra vida, entonces nos sigue mansa y fielmente, como la sombra sigue siempre al caminante.

El evangelio habla de la felicidad o bienaventuranza, más que del placer. La felicidad que propone Jesús no está en liberarnos de toda carga, sino en asumir libre y conscientemente el peso de nuestra vida y de nuestra vocación de ser hombres. Se nos pide desembarazarnos de la carga del peso de nuestros pecados, de nuestra vida inauténtica, para asumir la cruz del seguimiento de Jesús. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lucas 9,23).

Muchos hacen consistir la felicidad en la satisfacción de las propias necesidades. Predican un falso mensaje que promete libertad y autorrealización a cuantos se liberen de cualquier compromiso con los demás. En la medida en que aumentan en las librerías los estantes dedicados a libros de autoayuda, disminuyen aquellos dedicados a libros vocacionales o de compromiso social. Olvidan el principio que los Hechos atribuyen “al Señor Jesús”: “Hay mayor felicidad en dar que en recibir” (Hechos 20,35).

Frankl, un psicólogo vienés, viene a decirnos que la necesidad más importante que tiene el hombre es la de trascenderse a sí mismo, y encontrar un sentido a su vida. ¿De qué te sirve satisfacer todas tus necesidades, si al final acabas frustrando la necesidad más grande que tiene el ser humano que es la de salir fuera de sí mismo en el seguimiento de los valores? “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si él mismo se pierde o se arruina?” (Lucas 9,25). El sentido último de la vida hay que buscarlo siempre más allá de la vida misma. Si la vida fuese el último valor, no tendría justificación el perderla en aras de unos valores o de unos principios superiores. Lo dijo Jesús en el evangelio: “El que busca su vida la pierde. El que la pierda por mí y por el evangelio la ganará para siempre” (Lucas 9,23-25).

Uno se puede perder en esta vida o se puede realizar. Lo más importante es realizarse como persona o frustrarse. Vemos en el mundo tantas personas perdidas, deshumanizadas, vacías, egoístas, esclavizadas a adicciones destructivas: alcohol, sexo, ira, drogas. Incapaces de que crear relaciones estables, significativas.

¿Cómo son mis amores? ¿Busco a los demás para poseerlos, para gozarlos, o para entregarme a ellos buscando su felicidad. Amar es hacer consistir la propia felicidad en la felicidad de la persona amada. Ser feliz viéndola feliz y haciéndola feliz. No renuncio a mi felicidad, pero mi felicidad consiste precisamente en la felicidad de aquellos a quienes amo.

San Ignacio nos invita a buscar la perla preciosa, el tesoro escondido en la voluntad de Dios que nos ha creado (Mateo 13. El deseo de realizar el plan de Dios en mi vida es una pasión grande que relativiza todo lo demás. Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene, nada le falta, solo Dios basta. Cuando no te quede más que Dios, te darás cuenta de que es lo único que necesitas. “Nos has hecho, Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.

Eso nos lleva a relativizar todo lo demás. Nos lleva a lo que San Ignacio llama indiferencia.

“De donde se deduce, que el hombre debe hacer uso de ellas (las cosas creadas) en cuanto le ayudan a su fin, y tanto debe apartarse de ellas, en cuanto para ello le impiden. Por lo cual es menester hacernos indiferentes a todas las cosas creadas, en todo lo que es concedido a la libertad de nuestro libre albedrío, y no le está prohibido; en tal manera que no queramos de nuestra parte más salud que enfermedad, riqueza que pobreza, honor que deshonor, vida larga que corta, y por consiguiente en todo lo demás; solamente deseando y eligiendo lo que más nos conduce para el fin que somos creados.”

Las cosas valen en cuanto me ayudan a realizarme a mí mismo. Hay quienes en la enfermedad han llegado a ser gente maravillosa. Hay quienes han sabido fracasar bien, y quienes han triunfado mal, haciéndose daño. Lo importante no es triunfar o fracasar, sino realizarse o perderse.

Prepara una lista de personas y señala qué cualidades me inspiran en cada una de esas personas. ¿Por qué sus vidas están balanceadas? ¿De qué parecen haberse liberado? ¿Para qué se han hecho libres? ¿Cuáles fueron/son sus elecciones y deseos? ¿Crees que tú también podrías ser como ellos/as?



3ª meditación: PECADOR SALVADO
Objetivo: Sentirme “pecador salvado”, amado. Obtener la revelación simultánea de mi pecado y de la misericordia de Dios que me ha salvado en Jesucristo. Descender a un sótano oscuro donde da miedo entrar

Composición de lugar [47]: Componerme ante el lugar y la situación: “mi alma encarcelada”, “como desterrada”. Tomar conciencia de mi destierro. Imaginar un lugar donde me he sentido perdido, sin esperanza, sometido a miedos y violencias.

Petición [48]: Pedimos una gracia, una revelación divina. No nace de mi capacidad crítica. Va más allá. Puede ser una revelación súbita. Ser cogido con las manos en la masa, ser sorprendidos en nuestras mentiras [74]. La gracia de “avergonzarse”. “Hay una vergüenza que conduce al pecado y otra vergüenza que es gloria y gracia (Eclesiástico 4,20-21). Pedimos una doble confusión: confundido ante mi torpeza y ante la bondad del Señor. “Tanta bondad me confunde”.

1. El pecado en los demás:

Empiezo viendo la maldad del pecado en los demás para luego reconocerlo en mí mismo. Así burlo mis mecanismos de defensa, mis sistemas de vigilancia.

Hay que meditar en el pecado en le mundo y en la historia. Sentir su poder destructivo. Ver en el pecado el origen de todos los males del mundo: cárceles, psiquiátricos, familias divididas, mujeres agredidas, esclavitud, corrupción de menores, alcoholismo, drogas, tráfico de armas, trata de blancas, mutilados de guerra, terrorismo, ancianos abandonados, soledad, marginación, corrupción de los poderes públicos, lujo insultante…

Génesis 3,1-24: El pecado perturba la relación con Dios (“se escondieron”; la relación entre los hombres (se disfrazan y se ocultan el uno del otro. Caín llega a matar a su hermano), y la naturaleza, que echa cardos y espinas. Finalmente la muerte (Romanos 6,23). Rm 1,24-32: Visión de un mundo que camina a su ruina.


2. El pecado está escondido

Los mecanismos de defensa impiden detectarlo. Efesios 5,3-17. La tiniebla es oscuridad y no se deja ver si Cristo no la ilumina. “Que nadie os engañe… Examinad bien… Mirad atentamente… No sean insensatos..

Recuerda a personas que conoces y están actuando mal, pero justifican su conciencia y no denuncian sus tinieblas. “¡Ay de los que llaman al mal bien y al bien mal, que dan oscuridad por luz y luz por oscuridad, que dan amargo por dulce y dulce por amargo!” (Isaías 5,20). “Si decimos ‘No tenemos pecado’, nos engañamos y la verdad no está en nosotros. Si decimos ‘No hemos pecado’, le hacemos mentiroso a Dios” (1 Juan 1,8-10). Satanás es padre de la mentira (Juan 8,44; 3,20; 2 Corintios 11,14).
3. Tú eres ese hombre (2 Sm 12,1-7).

“El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Juan 8,1-11). La mota en el ojo ajeno y la viga en el propio (Mt 7,1-5). “He aquí una afirmación digna de crédito y de plena aceptación: Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero”(1 Timoteo 1,15).

Descubro en mí las mismas semillas de pecado que hay en los demás: violencia, ambición, desprecio de los débiles, sexualidad egoísta, indiferencia ante el dolor, envidia de los que triunfan, rechazo de los que se ponen en mi camino, abatimiento cuando no consigo mis deseos, hipocresía, manipulación de los otros, mentiras y mañas. Recordar momentos en que estas actitudes se han apoderado de mí.
4. Anticipar futuros desarrollos

¿A dónde hubiera podido llegar en otras circunstancias? Recordar momentos de encrucijada. ¿Qué hubiera pasado si entonces…? Imaginar otros posibles desarrollos de mi historia de pecado que me hubieran podido llevar a la perdición total. Recordar otras personas que empezaron como yo y han acabado muy mal. ¿Por qué yo no he acabado como ellos? Verme a las puertas del infierno. ¿Por qué no he acabado como Judas?


5. Sentirme salvado.

Gozarme en el hecho de que no estoy perdido. Se me ha dado una oportunidad. No es demasiado tarde. Sentirme confundido de ser un privilegiado. Leer el episodio del endemoniado de Gerasa (Marcos 5,1-15), sentado, vestido y en su sano juicio que recuerda agradecido su situación anterior. O el de la mujer pecadora a los pies de Jesús. “A quien mucho se le perdona, ama mucho” (Lucas 7,36-50).


6. Hacer un coloquio con Cristo en cruz : Ver Ejercicios 53-54 y Romanos 5,6-11. ¿Qué ha hecho Cristo por mí? ¿Qué hago por Cristo? ¿Qué voy a hacer por Cristo?

3ª meditación: EL PROCESO DEL PECADO
COMPOSICION DE LUGAR: Igual que en el primer ejercicio [47].
PETICION: "Crecido e intenso dolor y lagrimas de mis pecados" [56]. Las lágrimas del corazón y las lágrimas de los ojos no se identifican con sentimien­tos psicológicos de culpabilidad. La culpabilidad brota de mirarme a mí. Produce desaliento y amargura y aun neurosis. La contrición auténtica brota de mirar al Señor y es agridulce: junto al dolor se siente la paz y la alegría de encontrar el amor auténtico. Son las lágrimas de Pedro (Lucas 22,62), o de la pecadora (Lucas 7,38). Sólo reconocemos nuestro pecado ante quien nos ama.
"El proceso de los pecados" [EE 56]. El pecado es una realidad dinámica que crece en mí, que va

madurando hasta producir la muerte (cf. Santiago 1.14-15)

Ver cómo todas las dimensiones de mi ser van quedando infectadas progresivamente.

-dimensión espacio-temporal: ("de año en año; el lugar y la casa donde he habitado") Todas

las edades de mi vida, todos los lugares han quedado manchados. Ni aun los momentos en

que he vivido más cerca de Dios.

-dimensión interpersonal: todas las relaciones, aun las más nobles y santas. Han sido afectadas

por el pecado: padres, esposos, hijos, amigos, hermanos de comunidad... En todas me he buscado a mí

mismo y he utilizado a los demás.

-profesionalidad: ("el oficio en que he vivido"). Todas mis ocupaciones, aun las más generosas

o apostólicas han quedado marcadas y estropeadas por el pecado. Ha habido manipulación,

prepotencia, engaño, indiferencia, desgana

"Como paño inmundo nuestras obras justas" (Isaías 64,7). Dejar que surja un grito:

"¡Pobre de mi! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?" (Romans 7,24).

Oración del publicano: "Ten compasión de mí que soy un pecador!" (Lucas 18,13). Salmo 51­


"Fealdad y malicia de cada pecado en sí, aunque no fuera vedado" [57].

Las cosas no son malas porque Dios las prohíba, sino que Dios las prohíbe porque son malas. Aun humanamente resulta feo y vergonzoso: La mentira, la traición, la vanidad, el mal carácter, los chismes. la envidia, las calumnias, las zancadillas, la glotonería, el egoísmo, la indiscreción, la avaricia, la inconstancia, la dureza de corazón, la intransigencia, la impaciencia, la desconfianza, la ostentación, la competitividad, la ambición de poder, la altanería, la manipulación de los demás, el robo, la lujuria, la mezquindad, la cobardía, el respeto humano, el carácter pendencie­ro, la amargura, la hipocresía, la frivolidad, la injusticia, la ingratitud. Ver listas, de pecados en el NT: Colosenses 3,5-8; Efesios 4,22-32; 2 Timoteo 2.3-4...


Pecado ¿venial?: Apreciar la importancia de los pecados veniales.

¿Importa que un cáncer - sea pequeño o grande? Lo que importa es su malignidad. El pecado es sólo e1 término lógico, semiconsciente, de pequeñas opciones y grandes justificaciones que llegan a convertir en lógico, coherente o necesario el mal que se cometerá más tarde. La gran fuerza del mal en el mundo reside en esos procesos misteriosos por los que un día llega a hacerse plausible o necesario" (Glz. Faus).

El amor de un matrimonio puede llegar a morir sin que medien graves adulterios, sólo por "pequeñas" desatenciones. ¿Será pequeño lo que tan grave daño causa? Una comunidad cristiana puede per­der su sabor y su luz por "pequeñas imperfecciones de sus miembros. ¿Serán pequeñas? Buscar otros ejemplos.

­

Contra ti, contra ti solo pequé" (Sal 51,6). Considerar quién es Dios a quien he rechazado y traicio­­nado. Jeremías 2,13. Oseas 2,7-10. Cuando pecamos preferimos a Barrabás y rechazamos a Jesús (Mt 27.15-26). Negamos con Pedro a la única persona que de verdad nos ha amado en la vida (Marcos 14,66-12).


Dimensión social y cósmica del pecado. Mis pecados dañan a la Iglesia y a la Humanidad. Dañan a la creación entera [EE 60]. Todas las cosas han sido creadas para el hombre. El pecado violenta la intima naturaleza de la creación. Sus consecuen­cias son insospechadas. ¿Quién puede seguir su rastro? El escándalo: Mt 18.6-7. Pecado de omisión: Lucas 10,29-37.
"Coloquio de misericordia" (EE 61). Meditar en la parábola del hijo pródigo, y especialmente el diálogo entre padre e hijo (Lc 15,17-24). ¿O será mi pecado más parecido al pecado del hijo fiel?

5ª meditación: JESÚS PASA SANANDO
El evangelio de Juan es un drama. Presenta dos poderes frente a frente. El demonio homicida desde el principio (Jn 8,44), el ladrón que viene a robar, matar y destruir (Jn 10,10). Y por otra parte a Jesús que ha venido para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.
Al ver a un ciego de nacimiento los discípulos preguntan: ¿Pecó él o pecaron sus padres? ¿A quién hay que echarle la culpa? Nuestras inútiles autopsias tratan de descubrir la causa de la muerte. En cambio Jesús no ha venido a repartir culpas. No ha venido a condenar, sino a salvar. Lo importante no es si pecó él o sus padres, sino que se revelen en aquel ciego y en todos nosotros las obras de Dios. Lo importante es que deje de ser ciego. Jesús tiene el poder de curación frente a los destrozos causados por el mal (Lucas 4,18-41; 7,21-23).
Yo no he inventado el pecado. Antes de pecar yo, pecaron contra mí. Primero fui víctima, pero luego he sido verdugo de otros. Primero pecaron contra mí, luego he pecado yo contra los demás. Jesús ha venido a perdonar mi pecado y a sanar mi herida.

Se acercó a una niña que creían ya muerta, y él dijo: “La niña no está muerta, sino dormida” (Marcos 5,39). La tomó de la mano y le dijo “Talita qum” “Niña levántate. Y la niña se levantó y se puso a jugar. Eso mismo quiere hacer Jesús con ese niño maltratado que hay en cada uno de nosotros.


Lávame más y más de mi pecado. Las huellas del pecado en mí necesitan una gracia de sanación interior. Él sana los corazones destrozados y venda sus heridas (Salmo 147,3). Está cerca de los que tienen roto el corazón (Salmo 34,19). San Ignacio se arrepintió de la mala vida que había llevado, pero tenía malas costumbres, su mente estaba manchada. La Virgen se le apareció y sintió que se borraban de su imaginación las imágenes y recuerdos de sus pecados. La gracia de Dios llegó a su subconsciente, y desde ahí pudo vivir la castidad el resto de su vida. La gracia tiene que llegar al subconsciente, al mundo que se expresa en las imágenes de los sueños.
Daremos en hoja aparte una lista de heridas necesitadas de sanación interior. Leer el catálogo de las heridas. Todas esas heridas nos vienen en el fondo de no haber sido amados. La ausencia de amor solo se cura con amor.
La imagen del Jordán, como un río donde nos sumergimos para sanar. Leer el pasaje de Eliseo y Naamán (1 Reyes 5,14). Un leproso se lavó siete veces en el Jordán y se curó de su lepra. La gracia sana nuestra piel vieja y enferma mejor que las cremas hidratantes de la publicidad. La gracia bautismal es una experiencia de amor. Solo el amor cura. Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella (Efesios 5,25-27) para lavarla y presentarla ante sí hermosa, sin manchas ni arrugas. La profecía de Ezequiel que relaciona el corazón nuevo con el agua pura y la efusión del Espíritu (Ezequiel 36,25-26).
Del costado de Cristo brota la sangre y el agua como un torrente. En la escena de Juan 19,33-34, de su corazón herido brota agua y Espíritu. El nuevo Jordán que va a desembocar en el agua hedionda del Mar Muerto y la sanea, y hace fértiles sus orillas, y hace bullir el lago de peces (Ezequiel 47,1-12).
Una mujer africana lleva una pesada carga sobre su cabeza y puede llevarla sin dificultad durante kilómetros si se la coloca bien equilibrada. Si la lleva mal puesta, difícilmente podrá caminar unos pocos metros sin derrengarse. Hay que cargar el evangelio de manera adecuada. Cuando vivimos el evangelio como es debido somos realmente felices. Cuando lo vivimos mal, constituye una terrible carga. “Sus mandamientos no son pesados” (1 Juan 5,3). Mi yugo es suave (Mateo 11,30).
No te pido que disminuyas mi carga, sino que me des hombros más fuertes. No son las asperezas del camino las que dañan tus pies, sino la piedra que llevas dentro del zapato. Es más fácil ponerse unas cómodas zapatillas que alfombrar el universo.
Un ejercicio a realizar es volver a recordar los momentos dolorosos en que fuimos heridos imaginando en ese lugar y en ese momento la presencia de Jesús. Cobijarnos en él, contarle allí mismo lo que nos ha pasado, lo mal que nos sentimos. Experimentar cómo el nos consuela y nos anima y nos promete que él va a curar todo ese mal que nos hicieron, y nos dará una oportunidad para vivir sin arrastrar esos recuerdos negativos.

HERIDAS NECESITADAS DE SANACIÓN INTERIOR


  1. Incapacidad para amar; bloqueos afectivos.

  2. Tristeza y pesimismo habituales, amargura.

  3. Agresividad y violencia, mal carácter.

  4. Timidez y apocamiento, pusilanimidad.

  5. Indiferencia hacia el sufrimiento ajeno.

  6. Carácter preocupativo y aprehensivo.

  7. Fantasías y subjetivismo. Falta de sentido de la realidad.

  8. Desconfianza radical, escepticismo e incredulidad.

  9. Dificultad para comunicarse con los demás, misantropía.

  10. Susceptibilidad excesiva, quisquillosidad.

  11. Inseguridad. Baja autoestima.

  12. Envidias y celos, continuo compararse con los demás.

  13. Sentido morboso de culpabilidad.

  14. Sentido morboso de responsabilidad. Perfeccionismo..

  15. Rigidez y dureza de juicio. Severidad.

  16. Rebeldía instintiva contra cualquier imagen paterna.

  17. Respeto humano y miedo al ridículo.

  18. Asco, repugnancia hacia determinados tipos de personas.

  19. Prejuicios sociales, raciales, sexuales, generacionales.

  20. Conformismo y apatía. Pasividad.

  21. Espíritu de extravagancia. Prurito de originalidad.

  22. Desviaciones sexuales o conductas sexuales compulsivas.

  23. Sentido legalista de la observancia religiosa.

  24. Insolidaridad, egoísmo, falta de servicialidad.

  25. Destructividad morbosa, deseos de autopunición.

  26. Sentido exagerado de la libertad. Miedo neurótico a todo compromiso.

  27. Crueldad. Gozo malsano en el sufrimiento ajeno.

  28. Superficialidad, ser influenciable por modas u opiniones.

  29. Carácter rencoroso. Dificultad para perdonar y olvidar.

  30. Vanidad y presunción. Protagonismo. Deseo de llamar la atención.

  31. Mezquindad, tacañería, tendencia a almacenar cosas.

  32. Ambición de poder y dominio sobre los demás.

  33. Sensualidad y comodonería, dejarse llevar de lo que pide el cuerpo.

  34. Posesividad y manipulación de los sentimientos ajenos.

  35. Adicción a cualquier tipo de drogas. Ludopatía.

  36. Inconstancia y variabilidad de carácter.

  37. Cansancio, atonía, inercia, falta de energía física o psíquica.

  38. Tendencia a formar grupos y sectas.

  39. Imprudencia, precipitación en el juicio.

  40. Intolerancia y fanatismo.

  41. Narcisismo, excesiva complacencia en la propia imagen.

  42. No aceptación de las limitaciones físicas o espirituales.

  43. Espíritu de crítica, burla, mordacidad.

  44. Indecisión. Incapacidad para escoger entre varias opciones.

  45. Espíritu de contradicción. Pugnacidad.

  46. Activismo. Incapacidad para relajarse y descansar.

  47. Falta de sentido del humor.

  48. Pudor excesivo, rechazo de la propia sexualidad.

  49. Desorden dejadez, descuido de la presentación externa.

  50. Tendencia a esquivar dificultades o compromisos serios.



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