1. Estrategias para aumentar la validez de la investigación con minorías étnicas



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1. Estrategias para aumentar la validez de la investigación con minorías étnicas*
En las últimas décadas se ha producido un incremento significativo del número de extranjeros residentes en España, y en concreto un gran crecimiento en el número de extranjeros de fuera de la Comunidad Europea (Maya, 1999). Esta nueva situación se ha traducido, desde el punto de vista de la producción científica, en una mayor preocupación por el fenómeno migratorio, y en la proliferación de estudios sobre el tema (Maya, Martínez y García, 1997). Pero, dado que la investigación con minorías étnicas se enfrenta a dificultades específicas -que tienen que ver con la diversidad cultural, la movilidad y las condiciones de marginación-, se hace necesario formular guías metodológicas para conducir estudios con dichos grupos. Esta pretensión coincide con los intereses de la psicología comunitaria, que desde sus inicios ha admitido entre sus objetivos comprender las necesidades especiales de las minorías culturales desfavorecidas (Conferencia de Swampscott, 1966). De acuerdo con ello, a lo largo de estas páginas trataremos de demostrar cómo la doble preocupación por la diversidad de los grupos y el rigor en la investigación, puede expresarse a través de compromisos entre la sensibilidad hacia la especificidad cultural, por un lado, y los requisitos metodológicos de objetividad, estandarización y generalizabilidad, por otro.

El estudio del fenómeno migratorio se ha ido configurando como un campo amplio y multi-disciplinar en el ámbito de las ciencias sociales, en el que predominan el análisis de casos específicos y los modelos de corto alcance. Entre las líneas de investigación que han generado mayor volumen de literatura destacan seis áreas: el análisis de las causas de la emigración; la descripción socio-demográfica de las minorías inmigrantes; la explicación de las pautas de asentamiento en entornos urbanos; la elaboración de tipologías de desplazamiento; el examen de la secuencia de asentamiento en la sociedad receptora; y la evaluación del proceso de inserción social (Ruiz y Blanco, 1994). En ese contexto, la investigación psicológica ha realizado aportaciones significativas a la comprensión de los motivos personales y familiares de emigración, las fases de acomodación al nuevo contexto y los antecedentes psicosociales de la adaptación (Maya, 1999). Aunque muchos de los estudios psicológicos han versado sobre las patologías de los inmigrados (Maya, Martínez y García, 1996), es el concepto de adaptación el que proporciona una base más amplia para la comprensión del fenómeno migratorio1.

El objetivo de este capítulo es revisar los problemas conceptuales y metodológicos que conlleva la investigación sobre la adaptación psicológica de los inmigrantes. Si bien muchos de nuestros comentarios son generalizables a cualquier estudio con grupos culturalmente diversos, nos centraremos en trabajos con un enfoque psicológico, y en particular en aquellos que utilizan procedimientos de encuesta o instrumentos psicométricos. La mayor parte de la literatura en la que apoyamos nuestras observaciones hace referencia al proceso de adaptación de los inmigrantes a un nuevo contexto.

Para cubrir ese amplio objetivo, realizamos una valoración crítica del concepto de comunidad cultural, y su plasmación empírica en poblaciones inmigrantes; examinamos los aspectos más prácticos del proceso de investigación (desde el uso de instrumentos de evaluación con garantías, a la conformación de una muestra adecuada); y, por último, reflexionamos sobre las dificultades de valorar el papel relativo de cada uno de los factores condicionantes del proceso migratorio. Gracias a este abanico de contenidos, trataremos de mostrar cómo afectan la cultura y otras particularidades de los grupos inmigrados a las distintas fases del proceso de investigación.

De modo esquemático, vamos a resumir los problemas de la investigación con inmigrantes en cuatro áreas fundamentales, conforme a las cuáles revisaremos las dificultades y alternativas metodológicas más significativas en el estudio de los desplazamientos internacionales de población. Concretamente nos referimos a:


  • la definición del concepto de minoría étnica o comunidad cultural;

  • la validez y fiabilidad de los instrumentos psicométricos aplicados a dichos grupos;

  • la accesibilidad y representatividad de las muestras de población foránea, y

  • las amenazas que las características propias del fenómeno migratorio representan para la validez interna de los diseños de investigación.

En cada apartado, exponemos en primer lugar los problemas metodológicos más habituales, y en segundo lugar las estrategias de las que podemos valernos para minimizar su incidencia. Para ilustrarlo, recurrimos tanto a casos significativos de la literatura sobre el tema como a nuestra propia experiencia de investigación con poblaciones africanas y latinoamericanas asentadas en Andalucía.




  1. Delimitación del grupo a investigar: el concepto de comunidad étnica o cultural

La noción de grupo étnico está implícita en el estudio del proceso de adaptación de las comunidades inmigradas. Cuando analizamos los cambios que experimentan los individuos al localizar su residencia habitual en otro país, estamos valorando la adaptación psicológica de miembros de una minoría culturalmente diferenciada, en el contexto de sus relaciones con la comunidad receptora. Por eso, algunas de las dificultades de investigación en este área tienen que ver precisamente con la definición y análisis del concepto de comunidad cultural o étnica. En algunos trabajos de investigación se delimita el colectivo objeto de estudio de una manera demasiado simple y genérica, mientras que en otros se presumen las diferencias culturales sin dejar constancia empírica de las mismas. Unas veces se utilizan categorías culturales muy amplias y poco significativas, mientras que otras se concibe a los grupos étnicos como entidades uniformes o estáticas, obviando las diferencias dentro del grupo o a lo largo del tiempo. En este apartado resumimos las dificultades que conlleva la delimitación de un grupo étnico en el estudio de poblaciones inmigrantes.

Muchos investigadores sociales definen la comunidad a estudiar basándose en marcadores demográficos o étnicos simples, tales como la raza, la nacionalidad, el idioma, el color de la piel o prácticas culturales diversas. Categorías tan generales pueden dar lugar a que se pierda capacidad de discernir diferencias dentro del grupo, a la vez que hacen difícil la interpretación de los datos. Aunque se trata de criterios válidos para delimitar la población de referencia y conformar una muestra, no siempre constituyen comunidades significativas desde un punto de vista psicosocial; e incluso eventualmente suscitan inferencias erróneas sobre las diferencias entre grupos, si no se controla el potencial impacto de otras variables en los indicadores de interés. Todo ello hace recomendable la utilización de criterios relacionales, pues los atributos fisonómicos o geográficos por sí mismos no tienen por qué coincidir con la comunidad tal y como es percibida por sus miembros, ni con una definición de comunidad basada en aspectos contextuales, cognitivos e históricos. Por eso, en la delimitación de un grupo étnico no sólo son útiles los marcadores antes mencionados, sino también la percepción de los miembros de la minoría inmigrada, la percepción de la mayoría receptora, y las condiciones en las que se desarrolla la relación inter-étnica.

En este contexto, los dos problemas más frecuentes al delimitar el colectivo objeto de estudio consisten en elegir una categoría demasiado amplia, y presuponer la homogeneidad del grupo étnico (Hughes, Seidman y Williams, 1993; Sasao y Sue, 1993; Vega, 1992). Por un lado, para obtener muestras representativas y evitar problemas en la selección de los participantes, se ha tendido a definir grupos amplios. Por ejemplo, en Estados Unidos ha sido práctica habitual llamar “hispanos” a todos los latinoamericanos, o realizar estudios genéricos de poblaciones negras. Sin embargo, los trabajos de investigación que distinguen grupos nacionales encuentran claras diferencias en los indicadores sociales y psicológicos analizados. Son muy diversas, por ejemplo, las condiciones de asentamiento de mexicanos, cubanos o puertorriqueños. Del mismo modo, entre los negros, aquellos de origen caribeño rechazan ser identificados con el colectivo afro-americano (Hughes, Seidman y Williams, 1993), y son bastante divergentes en general las experiencias de la minoría negra nativa y de los negros inmigrados a Estados Unidos. También en España, detrás de los conceptos de “comunidades musulmanas” o “comunidades árabes” se encuentran experiencias sociales, culturales y psicológicas muy diversas2.

Por otro lado, la delimitación de grupos étnicos poco significativos suele ir unida a la idea de que existen escasas diferencias individuales entre los miembros del colectivo en cuestión. La observación de grupos con diferentes culturas produce una sensación errónea de uniformidad. Sin embargo, las comunidades culturales no son homogéneas, sino que por lo general es posible reconocer subgrupos, ya que dentro del colectivo étnico se dan desemejanzas en función de otras categorías sociales, religiosas, ocupacionales, políticas, etcétera. Por ejemplo, entre los inmigrantes de nacionalidad marroquí encontramos árabes y bereberes; naturales de la región que fuera Protectorado Español, frente a oriundos de la zona de influencia francesa; musulmanes, agnósticos o creyentes en la santería popular, por mencionar sólo algunos de los elementos de contraste. Y una vez que emigran emergen nuevas particularidades, tales como el hecho de formar parte de la primera o segunda generación, la competencia en el idioma de la sociedad de acogida, o la forma en que afrontan el proceso de aculturación.

Además, los miembros de minorías étnicas difieren en términos de identificación con el grupo, así como en la medida en que participan de los valores del mismo. La fortaleza de los compromisos culturales se distribuye de manera desigual: unas personas le dan más importancia que otras al grupo de pertenencia, no todas están inmersas por igual en una cultura, ni coinciden en la intensidad con la que se identifican con su grupo3. Siguiendo con el ejemplo anterior, podríamos contrastar cómo no todos los marroquíes le dan el mismo peso al hecho de ser musulmanes a la hora de definir su identidad social, o cómo también existe variabilidad en la expresión de sentimientos nacionalistas. Estas discrepancias de grado -que muy bien podrían ubicarse a lo largo de un continuo- muestran que la afirmación de rasgos idiosincrásicos es una fuente adicional de heterogeneidad, que nos impide dar por supuesto que la pertenencia a un grupo supone necesariamente compartir sus valores normativos. Un caso significativo en ese sentido fue una encuesta en el Sur de California, llevada a cabo con estudiantes chinos, vietnamitas y mexicanos, en la que el 20% de los chinos entrevistados declaró identificarse con la cultura mexicana (Sasao y Sue, 1993). Si bien reconocían su pertenencia a la etnia china, la identidad cultural percibida era mexicana, dado que residían en barrios con predominio de mexicanos, y consecuentemente compartían la mayor parte de su tiempo con ellos4. También les unía el hecho de ser inmigrantes y tener dificultades de integración con la población general.

A las diferencias intra-grupo -que acabamos de glosar- hay que sumarle que las comunidades están expuestas a una socialización de carácter híbrido. Desde un punto de vista cultural, los individuos no están sujetos a influencias unívocas, sino múltiples. Vega (1992) argumenta -en esa línea- que los medios de comunicación difunden a nivel internacional imágenes, deporte, música y modalidades de lenguaje que son rápidamente absorbidos por poblaciones de diferentes países, especialmente por los jóvenes. Y en esa lógica, cabe considerar a los inmigrantes como un grupo con rasgos distintivos, puesto que muestran interés por vivir en un contexto cultural diferente. Todo ello al margen de que a veces cuando el inmigrante comparta con la sociedad de acogida valores culturales lo haga con aspectos superficiales, sin tener la obligación de enfrentarse con compromisos más profundos que le afecten a su conducta privada.

Pero lo que expresa de una manera más clara la negación de la diversidad y del flujo continuo de los valores culturales, es el hecho de no contrastarlos empíricamente antes de extraer conclusiones al respecto. Este problema se da en algunos trabajos comparativos de la minoría inmigrante con la mayoría receptora, que explican las discrepancias en función de la cultura de cada grupo: por lo general, son muchas las diferencias entre dos colectivos, como para atribuir los resultados unilateralmente a la diversidad cultural (Hirschman, 1997); igual que si se ignoran las diferencias intra-grupo, es inapropiado sacar conclusiones sobre la cultura (Buriel y De Ment, 1997). En ambos casos, el error de fondo consiste en presumir que la pertenencia a determinado colectivo conlleva la asunción de valores y comportamientos característicos5.

Como punto de partida para desarrollar una investigación con inmigrantes, es recomendable determinar categorías culturales que tengan un valor heurístico, y que al mismo tiempo puedan operacionalizarse para la investigación aplicada. La selección de los participantes en el estudio puede basarse en categorías tradicionales, como raza, nacionalidad o idioma. Sin embargo, precisar otros rasgos sociales y culturales del grupo es pertinente tanto a la hora de realizar el análisis de datos como en la interpretación de resultados. Por eso, para definir comunidades étnicas significativas resulta de interés contar con información demográfica, social y de orientación cultural de los individuos. Si nos atenemos a los problemas que hemos ido identificando a lo largo de este apartado, para cubrir dichos fines podemos valernos de las siguientes estrategias: dividir en subgrupos las categorías más amplias, medir la fortaleza de los compromisos culturales y evaluar la identidad social percibida.

Estas tres fórmulas permiten partir de una concepción realista de los grupos inmigrados, evitando una determinación demasiado estricta y rígida de los mismos. Los individuos participan en redes diversas, y se mueven entre grupos que cambian a lo largo del tiempo. Combinar varias categorías es un modo de reflejar esa múltiple pertenencia, nacional, religiosa, regional, etcétera. Sin embargo, la segmentación puede dar lugar a grupos tan pequeños que no sea viable el análisis estadístico, o tan específicos que se pierdan oportunidades de comparación con otros estudios. Además, a veces no existe suficiente información sobre el colectivo resultante, con las dificultades consiguientes en la interpretación de resultados.

Pero -aún contando con una definición teórica y operativamente adecuada- es posible que la clasificación del entrevistador y la del sujeto no coincidan: en otras palabras, que el inmigrante no se reconozca en las categorías grupales asignadas por el investigador. Las alternativas para evitar este problema -como ya hemos adelantado- son evaluar la percepción del individuo y su grado de lealtad étnica. En los estudios sobre la adaptación psicológica de los latinoamericanos en Estados Unidos se suele seguir esta aproximación, pues se pregunta a los entrevistados por su preferencia lingüística y cultural, y se trata de cuantificar la fidelidad a una identidad grupal determinada.

De ese modo o de otro, la clave parece encontrarse en evaluar empíricamente la cultura subjetiva de los individuos: en esa línea, dos de los enfoques más frecuentes consisten en determinar hasta qué punto la persona comparte el sistema de valores prevalente en su cultura, y/o valorar el proceso de aculturación en el contexto receptor. En relación al primer enfoque, el modelo más consolidado es el propuesto originalmente por Hofstede (1980), que distingue cuatro dimensiones fundamentales de variabilidad cultural (aplicables tanto a grupos como a individuos): concretamente, los sistemas culturales difieren en el grado de evitación de la incertidumbre, de aceptación de las diferencias de poder, de individualismo-colectivismo y de masculinidad-feminidad. Por su parte, en relación al segundo enfoque, el modelo de aculturación de Berry (1997) es el de mayor difusión. Según este autor, en los encuentros interculturales la persona tiene que decidir en qué medida considera importante la propia identidad cultural y su mantenimiento, y en qué medida está dispuesta a participar en actividades con miembros de otros colectivos diferentes a su grupo de pertenencia. Como resultado de las respuestas a esas dos preguntas pueden definirse cuatro estrategias básicas de aculturación: asimilación, segregación, desculturación e integración. Un rasgo distintivo de este modelo es que se aleja de las propuestas que conciben la aculturación como un proceso que ocurre a lo largo de un continuo entre dos culturas, de forma que el individuo se acerca a una de ellas a medida que se aleja de la otra. El modelo de Berry se basa -por el contrario- en un enfoque ortogonal, en el que se gradúa de modo independiente la afirmación de los valores de cada cultura.

Abundando en esta perspectiva empírica, otra dimensión que puede resultar de interés es la distancia cultural percibida, que se evalúa solicitando al individuo que cuantifique las discrepancias entre su cultura nativa y la cultura del contexto receptor en un listado de atributos relevantes. Según algunos estudios la distancia cultural se relaciona con el coste psicológico de la adaptación (Searle y Ward, 1990; Ward y Kennedy, 1992).

Otro problema relacionado con las categorías culturales de investigación es la interpretación de los resultados. El propio uso de procedimientos estadísticos basados en presupuestos nomotéticos y lineales, supone desechar -en cierto grado- diferencias individuales y patrones singulares de comportamiento. Por ello, el predominio de técnicas analíticas -tales como el análisis de regresión y de varianza- puede resultar contrario al interés por comprender la diversidad de los fenómenos culturales (Hughes, Seidman y Williams, 1993). A esto se añade el riesgo de interpretar los resultados desde una perspectiva occidental, y pasar por alto algunas diferencias de interés (Vega, 1992). En ese sentido, los métodos cualitativos e idiográficos proporcionan descripciones significativas que dan respuesta a estas dificultades, y pueden aportar información complementaria a la obtenida a través de encuesta.




En suma, la determinación de una categoría cultural significativa es un elemento que está presente a lo largo de todo el proceso de investigación, desde la delimitación del grupo étnico objeto de estudio al análisis e interpretación de resultados. Una encuesta que llevamos a cabo con inmigrantes africanos en Andalucía (Martínez, García, Maya, Rodríguez y Checa, 1996), puede servir para mostrar la aplicación del conjunto de estrategias de definición del grupo étnico, que hemos ido presentando a lo largo de este apartado.

En primer lugar, se recurrió a más de una característica étnica-cultural con las que definir a los componentes del colectivo, y se evaluó en cada individuo el grado de ejercicio de algunas prácticas culturales. Para seleccionar a los entrevistados se utilizaron cuotas de nacionalidad. Pero, para no limitar las comparaciones a una categoría tan amplia, se distinguió la región de procedencia dentro de cada país, y se diferenció a los de origen rural y los de origen urbano. También se clasificó a los encuestados en función de si prefirieron realizar la entrevista en castellano o si, por el contrario, necesitaron la ayuda de un intérprete. Además de establecer subgrupos, se tomaron indicadores de aculturación y de comportamiento religioso. Y por último, entre los marroquíes -que suponían el 85% de los entrevistados-, se diferenció a bereberes y árabes.

En segundo lugar, con objeto de evitar errores de interpretación de resultados, la información de encuesta se complementó con algunos procedimientos idiográficos: los encuestadores elaboraron un diario del trabajo de campo -con las observaciones realizadas sobre el terreno-, y anotaron comentarios al final de cada entrevista. Una vez finalizada la encuesta, se llevaron a cabo grupos de discusión con los encuestadores y mediadores. Por último, los resultados de la encuesta se discutieron con inmigrantes y con representantes de organizaciones sociales.









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