“ la individuación desde la pertenencia “



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“ LA INDIVIDUACIÓN DESDE LA PERTENENCIA “

(Ingreso en la Asociación de Psicoterapeutas “Laureano Cuesta”).

Madrid, a 27 de Noviembre de 2004.
Mi deseo en este rato que vamos a compartir juntos es, sencillamente, ese: COMPARTIR. Compartir con vosotros y vosotras ASOMBROS, PREGUNTAS, REFLEXIONES, EXPERIENCIAS, que me han ido surgiendo al hilo de mi práctica psicoterapéutica. Preguntarme y buscar desde la experiencia de las personas a las que acompaño, desde historias con rostros concretos: Gustavo, Adela, Pilar, Victoria, Maite y Pablo, la familia de Pedro... Más adelante, a lo largo de la charla, traeré sus historias. Son ellos, ellas, los que me han llevado a hacerme preguntas sobre el tema que hoy nos ocupa: la INDIVIDUACIÓN y la PERTENENCIA. Se trata de dos conceptos a la base de muchos de nuestros discursos terapéuticos en busca de la salud y el crecimiento de las personas que acompañamos, de dos conceptos que están en el sustrato de las teorías psicológicas que hemos estudiado y en las que nos hemos formado (unas parecen subrayar más el valor de la “individuación-autonomía-independencia” como logro posibilitador de salud personal y otras inciden en la “pertenencia-intimidad-relación”). Lo que voy a plantear a continuación es que ambas son inseparables e interdependientes, que se necesitan mutuamente, que la una es necesaria para que la otra sea posible; por eso, ante la diatriba: individuación o pertenencia, autonomía o intimidad, sugiero: INDIVIDUACIÓN DESDE LA PERTENENCIA.

Me siento afortunada por la oportunidad de compartir mi reflexión en un foro de colegas que reflexionan y buscan juntos. Estimo mucho el valor de lo grupal, del trabajo en equipo, en mi práctica profesional. No en vano, mi / nuestra opción fue, desde el principio de mi práctica profesional, un proyecto de equipo: ThUS. Por eso, me alegro hoy de seguir creciendo en esta dimensión al pasar a formar parte de un grupo aún más amplio: la Asociación Laureano Cuesta. Me une con vosotros no sólo una afinidad de escuela y de talante, sino más aún una relación de amistad y cariño con bastantes de vosotros... así que, doble motivo para celebrarlo. Y paso ya a haceros partícipes de mis preguntas y mis búsquedas de respuesta sobre este tema que me inquieta y me ilumina en mi tarea de acompañar personas: individuación y pertenencia, la individuación desde la pertenencia.




  • I.- INDIVIDUACIÓN Y PERTENENCIA, CONCEPTOS A LA BASE:

+ Empezaré trayendo algunos conceptos que me dan luz al respecto desde

algunas escuelas del ámbito de la Psicología Humanista, que es la orientación que está en la raíz de mi práctica profesional y que es también en la que me he formado de modo más sistemático.



  • ROGERS ( Terapia Centrada en la Persona) centra buena parte de su

pensamiento en la meta terapéutica de potenciar el desarrollo de personas auténticas, congruentes, en las que no haya discrepancia entre la idea del yo y su yo real. Personas abiertas a la experiencia, que confían en su experiencia organísmica, que no se conducen por la aprobación externa sino que se guían en fidelidad a su experiencia. Y apunta que el origen de la patología es social, que aprendemos a amputar aspectos de nuestro “Yo real” por los mensajes críticos de las figuras afectivamente significativas. Implícitamente, señala en la dirección que propongo: el desarrollo de la individuación está íntimamente relacionado con las experiencias de pertenencia básica. Y propone que la psicoterapia permite desandar el camino de la patología (llegar a ser verdaderamente yo) desde la experiencia de aceptación incondicional (una experiencia de sana pertenencia).

  • La GESTALT en su “teoría del sí mismo” plantea que el “sí mismo” es un

proceso permanente de adaptación creadora de la persona a su medio interior y exterior. No se trata de un “ser” sino de un “ser en el mundo” que varía según las situaciones. No es una entidad fija ni una instancia psíquica (como el “yo” o el “ego”), sino que es un proceso específico de cada uno y que caracteriza su propia manera de reaccionar, en un momento dado y en un campo dado, en función de su estilo personal (Paul Goodman).

Y al hablar de las necesidades básicas, señala:

+ la necesidad de libertad: necesidad de moverme sin trabas, de tener mi propio espacio, de poder elegir y actuar según mi propio gusto. La falta de libertad se traduce en cólera y rebelión. (Resuena de fondo el concepto de “individuación”).

+ la necesidad de amor: necesidad de establecer una relación con otro ser, de dar y recibir ternura, el sentir el placer de la existencia del otro y de existir para el otro. La falta de amor se traduce en tristeza. (Subyace el concepto de “pertenencia”). (Ya Maslow plantea dentro de su jerarquía de necesidades la “necesidad social o de afiliación -3ª- como necesidad de pertenencia, aceptación, formación de grupo. Las otras necesidades son: 1ª las fisiológicas básicas-alimento, cobijo, vestido-; 2ª seguridad; 4ª autoestima y 5ª autorrealización).

+ la necesidad de seguridad: es la necesidad de una presencia fuerte a mi lado, la certeza de que no se me abandonará. (Nuevamente la “pertenencia”).Más tarde se traduce también en la necesidad de comprender el mundo y de comprenderse a sí mismo. La falta de seguridad se traduce en miedo.


  • El ANÁLISIS TRANSACCIONAL (Eric Berne): Sostiene que la autonomía se obtiene

con la liberación o recuperación de tres capacidades:

+ Conciencia: capacidad de ver y oir la realidad, de percibirla de modo propio y no como le enseñan a uno a percibirla.

+ Espontaneidad: opción, libertad de escoger y expresar los propios sentimientos. Liberación del apremio de “jugar” y de “tener” sólo los sentimientos que nos enseñaron a tener.

+ Intimidad: La franqueza relacional, libre de juegos relacionales, de una persona consciente; la liberación relacional del “niño libre” en toda su ingenuidad.


Y, al hablar de la adquisición de autonomía, plantea que los padres, deliberada o

inconscientemente, enseñan al niño desde su nacimiento la manera de comportarse, pensar, sentir y percibir. Estas influencias están profundamente arraigadas y durante los primeros dos o tres decenios de la vida son necesarias para la superviencia biológica y social. La liberación sólo es posible cuando el individuo inicia un estado autónomo, capaz de conciencia-espontaneidad-intimidad y es capaz de discernir qué parte de las enseñanzas parentales desea aceptar.



  • La LOGOTERAPIA plantea que soy un ser único e irrepetible. Utiliza el diálogo

socrático (autoexploración) como búsqueda de autoconciencia, libertad de elección, compromiso de ser responsable de la propia vida. La psicoterapia se entiende como una alianza de trabajo empática para buscar juntos la salida del estado de vacío y frustración en que se encuentra el cliente. La terapia finaliza cuando la persona llega a ser independiente del terapeuta, cuando adquiere su autoestima y se convierte en una persona auténtica. Según Frankl, cuando la persona prioriza su “self auténtico” por encima del “self automático”. La psicoterapia se plantea como un encuentro yo-tú, como amistad asimétrica (“dos hablando de uno”).
+ Desde la Psicología Sistémica, por la que me he interesado de forma más

autodidacta.

Los psicólogos sistémicos plantean que la INDIVIDUACIÓN es un proceso que

ocurre a lo largo del ciclo vital y que se pone en juego en todas las relaciones significativas: las del hijo con su padre y su madre, de marido y mujer o de profesor-alumno. Supone dos procesos:



  • La delineación o autodefinición.

  • La renegociación de las estructuras relacionales con el consiguiente logro de una conexión más simétrica.

“El proceso de individuación incluye los esfuerzos para construir una base de

autocomprensión y desarrollar un conjunto de datos que nos sirvan para comprender la propia identidad en relación con las otras personas con las que uno interactúa en el curso de su vida” (Gavazzi y Sabatelli). Es un proceso vital de resolución de la tensión entre la autonomía personal y la conexión con otras personas. Un proceso de configurar la representación del self como individuo y el self en relación con un “tú”.

El nivel adecuado de individuación va cambiando a lo largo del ciclo vital desde relaciones asimétricas y dependientes en la infancia hasta relaciones más simétricas e interdependientes en la adultez.

Cuando en una familia existe tolerancia a la individuación, hablamos de familias bien diferenciadas; en caso contrario de familias pobremente diferenciadas. Una familia bien diferenciada es aquella que promueve un balance apropiado para cada edad entre separación y conexión. La familia pobremente diferenciada presenta falta de empatía, de compromiso y de respeto por la individualidad de los miembros. Asume que los otros no tienen capacidad de funcionar de acuerdo con su nivel evolutivo, o lo contrario: que pueden funcionar por encima de ese nivel. O se difuminan los límites (fusión –impide autonomía-) o se mantienen de forma rígida (desconexión emocional –impide el desarrollo de intimidad-). Lo que Minuchin llama familias AGLUTINADAS y DESLIGADAS.





  • GÉNERO Y DIFERENCIAS EN LA SOCIALIZACIÓN:

Para los niños, el énfasis se pone en la SEPARACIÓN EMOCIONAL temprana. La

afirmación de su identidad en base a la diferenciación forma un estilo relacional basado en la desconexión. A las niñas, en cambio, se les induce a la conexión psicológica.



Los niños son más vulnerables a padecer trastornos psicológicos durante la infancia. Sin embargo, para la mujer es la adolescencia la época de mayor riesgo. En esas dos épocas es cuando a unos y a otros se les plantea, en nuestra cultura, la separación del “sí mismo” del contexto relacional de intimidad y empatía en el que hasta entonces estaban envueltos con sus personas más significativas.

Frente a las teorías tradicionales que planteaban el proceso de individuación de acuerdo al prototipo masculino de socialización, las modernas teorías integran también el modelo femenino. Así el crecimiento individual-personal no lo plantean como lograr autonomía en base a la ruptura de los vínculos afectivos, sino hacia un proceso de crecimiento dentro de la relación, manteniendo la conexión. El desarrollo de individuación tiene lugar no a través de la separación, sino a través de una experiencia relacional más altamente articulada. Relación y diferenciación se desarrollan, pues, en sincronía (Surrey, 1985).




  • II.- INDIVIDUACIÓN Y PERTENENCIA DENTRO DEL CICLO EVOLUTIVO:

Para que se dé una buena separación, primero tiene que darse una buena

vinculación. La buena individuación se consigue al tener sentimiento de conectividad. Y las bases de la vinculación afectiva se establecen en el primer año de vida.

Algunas teorías explican la vinculación como impulso aprendido, como impulso secundario, (dichas teorías han estado vigentes hasta los años 50); así:


  • el psicoanálisis plantea la teoría de las relaciones de objeto (Spitz): el niño va dirigiendo cargas afectivas a un objeto que le colma de bienes, que satisface sus necesidades de seguridad.

  • La teoría del aprendizaje social reforzado (Dollard y Miller). Durante el primer año el hambre es el impulso primario por excelencia y el pecho o el biberón el estímulo que lo alivia. La madre sería el estímulo condicionado; llega un momento en el que la presencia de la madre es ya reforzante en sí misma (alivia malestar la mera presencia de la madre).

A principios de los años 60 surge la Teoría del Apego, que plantea la

vinculación como disposición innata, como impulso primario (John Bowlby y Mary Ainsworth). Es una teoría con amplia evidencia empírica. Afirman que el bebé trae una disposición innata, un impulso natural a vincularse con otros seres humanos. El ser humano nace con una predisposición biológica destinada a buscar y seleccionar una figura o fuente de seguridad. El apego es un tipo de vínculo especial, de carácter biológico, que se va estableciendo desde el momento del nacimiento hasta los seis meses; sólo puede establecerse hasta los ocho meses (y permanece de por vida). Los niños que no lo hayan establecido para esa fecha ya no lo podrán establecer, aunque sí podrán establecer otro tipo de vínculo psicológico.

El apego es de carácter afectivo, y tiene repercusiones en el desarrollo cognitivo del niño, así como en su capacidad de exploración.

El apego en sí es resultado de la interacción entre la madre y el bebé. Para que el

apego pueda establecerse, la madre ha de ocuparse del bebé. En el período perinatal (tres días después del parto) se produce un fenómeno biológico: un período de sensibilidad materna o preocupación materna primaria (control psicológico y biológico). En los meses de postparto y crianza, se espera que la madre aporte un adecuado grado de responsividad (que la madre atienda las necesidades del niño de manera pronta, adecuada y consistente –atiende rápido, interpreta adecuadamente las señales del niño, y atiende siempre... no unas veces sí y otras no-). Por lo que se refiere al bebé, favorecen el establecimiento del apego: sus preferencias perceptivas (prefiere rostros humanos, estímulos complejos, estímulos en movimiento, la voz humana y preferentemente de tonos agudos, el olor de la leche humana...), las conductas de mantenimiento de contacto (reflejo de prensión, reflejo del abrazo, reflejo de la búsqueda del mamoncillo...), sus conductas de señalización (llanto, sonrisas, balbuceos)...

Fases en el establecimiento del apego:



  • Fase inicial de no discriminación: hasta el segundo mes, el bebé está abierto a la vinculación con cualquier congénere.

  • Indicios de preferencia: el niño empieza a focalizarse en una figura de apego (mantiene la sonrisa más tiempo y con más intensidad ante esa figura, se consuela más fácil con ella...).

  • Apego establecido: a los 6 meses Se da el fenómeno de la ansiedad de separación: al bebé le perturba que se ausente su figura de apego, su fuente de seguridad.

  • Cierre del apego: a los ocho meses. Aparece el fenómeno de angustia ante los extraños (adultos).

  • Conductas de corrección de meta: hasta los tres años (más marcado de los 8 a los 14 meses): el niño intenta atender a la necesidad de seguridad y a la necesidad de exploración de modo equilibrado; su sistema de exploración le lleva a alejarse de su figura de apego, dentro de unos límites espaciales –una distancia de seguridad: mira a la madre; si la madre aprueba, sigue; si desaprueba, para-).

Consecuencias del establecimiento del apego:

  • Génesis de un modelo operativo de la figura de apego (experiencial más que cognitivo): cómo puede tratarme, qué puedo esperar de ella, en qué medida puedo considerarla fuente de seguridad...

  • Génesis de un modelo operativo de sí mismo (origen del autoconcepto y la autoestima): en la medida en que el niño más confía en su figura de apego, más seguro se siente de sí.

Tipos de apego:

  • Apego seguro: la madre se ha constituido como fuente de seguridad, su presencia tranquiliza al niño. En presencia de la madre, el niño se dedica a una exploración rica y detallada. Madres cálidas que responden a las necesidades del niño y que cooperan en su exploración, no intrusivas.

  • Apego ansioso o ambivalente: el niño procura el contacto con la figura de apego, pero su presencia no le consuela. Su exploración es pobre o inexistente.. Suelen ser madres con un estado de alerta continua. En muchas ocasiones desatienden las necesidades del niño, pero en otros momentos se vuelcan excesivamente. Cuando el niño explora, intervienen intrusivamente y, cuando el niño la demanda, no le atiende.

  • Apego indiferente o evitador: la ausencia de la madre le produce un malestar mínimo, porque no la considera su fuente de seguridad. La presencia de la madre no le consuela. El niño elude el contacto físico con su madre. Su exploración del entorno es muy pobre, va de un objeto a otro. Este tipo de patrón puede obedecer a dos tipos de madre: rechazante o sobreestimuladora.

  • Apego desorganizado: suele aparecer en niños sometidos a maltrato físico y/o abusos sexuales. Aparece una mezcla extraña de los tres tipo de apego previos. La presencia de la figura de apego es desestructurada, un juego de ausencias (desatenciones) y presencias (bien cuidados para reparar las desatenciones, bien dinámicas persecutorias para descargar su estrés en el bebé). Típicamente en padres alcohólicos, drogadictos o adolescentes.




  • Margaret Mahler: teoría de las relaciones objetales.

Compartiendo los supuestos básicos de Freud, ofrece un modelo de desarrollo

basado en cómo la relación con otros va determinando la configuración del psiquismo. Para Mahler, el punto decisivo del desarrollo no es el complejo de Edipo, sino un proceso pre-edípico (nacimiento psicológico a los tres años): el paso de la fusión en la matriz madre- hijo a conseguir una identidad individual estable.

Fases:


  • Autismo normal (0- 1 mes): estado de somnolencia en el que predominan los procesos fisiológicos sobre los psicológicos.

  • Simbiosis (de 2 a 4-5 meses): oscura conciencia de un objeto que satisface sus necesidades. Se comporta como si él y su madre formaran una diada omnipotente. Es el inicio de todas las relaciones humanas posteriores.

  • Separación-Individuación: cuatro subfases...

    • Diferenciación (4 o 5 meses a 10 meses). Sonrisa específica a la madre, signo del vínculo madre-bebé. El niño se aparta del cuerpo de la madre para contemplarla mejor.

    • Ejercitación locomotriz (10 a 15 meses): Exploración del mundo. Se aleja de la madre para explorar pero necesita de su proximidad física y retorna hacia la madre en busca de recarga emocional. Cuando empieza a caminar, el niño entra en “un idilio con el mundo”, se concentra en el dominio de sus capacidades autónomas; le resulta placentero. Se deleita con sus descubrimientos y con su propia capacidad de grandeza y omnipotencia. Su entusiasmo exploratorio sólo decae cuando ve que su madre se ausenta.

    • Reacercamiento (15 a 24 meses): Expansión de sus capacidades cognitivas. Se da cuenta de que no puede obtener satisfacción simplemente por necesitarla; a veces no la consigue aunque la pida. Al aumentar su conciencia de separación, el niño tiene más necesidad de compartir sus experiencias con la madre, de sentir su presencia y amor. Se inicia también la afirmación de su autonomía a través del negativismo: pone límite al otro para desarrollar por sí mismo conductas en las que antes era ayudado. Es importante en esta época que la madre esté disponible emocionalmente y que le aliente a la independencia. Entre los 18 y los 24 meses, la relación madre-niño es ambivalente y conflictiva.

    • Consolidación (entre los 24 y los 36 meses): Establecimiento de una confianza básica. La representación interna de la madre adquiere la capacidad de tranquilizar al niño en ausencia de la madre real.

  • Sullivan y Ausubel:

La primera infancia es la fase del desarrollo que media entre la omnipotencia del

primer año de vida y la satelización (3 años). Si la figura de apego ha sido responsiva, el niño introyecta la “omnipotencia del objeto” y la convierte en “omnipotencia del bebé” (omnipotencia de sí): basta desear algo para conseguirlo. Experimenta independencia volitiva (se cumple lo que deseo) pero depende ejecutivamente de sus padres (que son el instrumento para satisfacer sus deseos)).


Al inicio de la primera infancia, el niño se rige por el principio de placer; no se atiene a la realidad, busca satisfacción inmediata y sin límites. Entre los 12 y los 24 meses, los padres empiezan a socializar al niño: choque entre el principio de placer del bebé y la realidad (“no” y norma). Se inicia una lucha de voluntades. En el niño aparece la cólera, la rabia, la ira... cuando se frustran sus deseos. Si los padres resisten a las explosiones de rabia y no ceden a los chantajes del niño, el niño de aproximadamente 2 años percibe que “en las rabietas se pasa mal” y muchas veces no se consigue el éxito (incluso consigue resultados perniciosos). El niño percibe que pierde su omnipotencia (ante el poder de los progenitores)... Es preciso “dar una gran batalla para reconquistar el poder”: crisis de oposicionismo (rabietas, terquedad, negativismo, chantaje emocional...). Si los padres resisten y muestran que el poder lo tienen ellos, reconoce la omnipotencia de los padres. Los padres pasan a ser omnipotentes (todo lo pueden) y omniscentes (todo lo saben) para el niño. El niño entra en los tres años con crisis de desvalorización del yo: “No soy el omnipotente que creía ser y quise ser; dependo de mis padres”. Soy volitivamente dependiente (no puedo arreglármelas solo) y tengo que ser ejecutivamente independiente (tengo que hacerme cargo de una serie de conductas). Papá y mamá son “el sol”, el poder, y hay que estar en su órbita: satelización. El niño busca dar gusto a papá y mamá para tenerlos contentos.

De todos modos, las teorías más actuales, sostienen que el acceso a la autonomía no es tan abrupto. La autonomía que el niño consigue en la primera infancia es muy relativa; plantean un modelo de mitosis. Consideran que la desconexión de las figuras parentales se da a partir de los 6 años (niñez intermedia).


* Respecto a los estudios sobre el proceso de individuación en la etapa adolescente, señalan la importancia de dicha etapa en el proceso de consolidación de la identidad y constitución de una persona independiente. Así, PETER BLOS explica que en esta etapa, el adolescente ha de desprenderse de los lazos de dependencia familiar, debe diferenciarse y establecer relaciones con objetos de amor fuera de la familia. En concreto, el grupo de pares proporciona una fuente de nuevas identificaciones. El adolescente necesita de objetos externos que le proporcionen suministros de apoyo emocional y le ayuden a continuar con el proceso de individuación.

La familia pasa de ser una unidad que nutre a los niños a ser una plataforma para entrar en el mundo adulto de responsabilidades y compromisos. Los temas básicos que se negocian son la autonomía y el control. Han de establecerse unos límites flexibles que permitan al adolescente salir del sistema familiar, explorar y experimentar sus capacidades nuevas y, a la vez, refugiarse cuando no pueda manejar las cosas solo. Es un período de confusión y ruptura. El adolescente vive la dificultad de crecer y hacerse adulto y separado de sus padres, asumiendo responsabilidades e independencia; los padres viven la dificultad de aceptar su crecimiento.


* Estudios de la fase de independización de los hijos: los hijos mayores son ahora adultos jóvenes que han establecido una identidad y un estilo de vida personal. Son épocas de “nido vacío” (sentimiento de vacío y tristeza, sobre todo en mujeres que han focalizado toda su energía vital en los hijos), o de “nido atestado”. ¿A quién habrá que destetar, a los hijos o a los padres?... Todos experimentan el cambio que supone el proceso de individuación o separación del hogar. Es necesario que los hijos se desteten de los padres y los padres de los hijos.

Lo más funcional en esta etapa es que los hijos lleguen a separarse de su familia y, con todo, sigan involucrados en ella. El hijo se unirá al mundo adulto, y los padres habrán de aprender a tratarle y a tratarse de un modo diferente. Los padres tendrán que continuar su vínculo con los hijos mientras hacen la transición de tratarlos como niños a tratarlos como iguales.





  • Teorías sistémicas:

Frente a las teorías psicoanalíticas clásicas que ponen el acento en la

desvinculación y el funcionamiento autónomo e independiente, ponen el acento en la VINCULACIÓN y la CONEXIÓN. La persona verdaderamente individuada mantiene relaciones significativas con otros sin perder su autonomía (White 1983 y Feldman 1988).

Dicen también que la individuación no es una tarea evolutiva propia de la infancia y la adolescencia, sino un proceso de evolución y maduración psicológica que atraviesa todo el ciclo vital, que tiene momentos críticos y en cada fase exige un nuevo nivel de resolución (Shapiro y Bowen).

En la cultura occidental, la meta del desarrollo personal es el logro de independencia y autonomía funcional, cognitiva y emocional. En la actualidad, gracias a las aportaciones de los estudios sobre la adolescencia y de la mujer, se cuestiona el modelo clásico de paso progresivo de la dependencia a la independencia y se proponen modelos alternativos. En la investigación sobre la identidad en las mujeres, ellas se refieren primeramente a sus relaciones, mientras que la importancia concedida a la autonomía es más secundaria que en el caso de los varones. En este mismo sentido, la cultura oriental valora la conexión frente al valor occidental de la separación y la autonomía. Así, Shapiro afirma que “las personas no se individúan de los otros, sino con otros” (Shapiro, 1991). La identidad se construye dentro de las relaciones significativas con los demás. Los niveles más altos de individuación exigen y, a la vez, posibilitan niveles mayores de interrelación.

Desde de los estudios de familia (sistémica), se considera la necesidad de relación como un aspecto vital frente a otros psicoanalistas que catalogaban de infantil la necesidad de dependencia.

Entienden la INDIVIDUACIÓN como la capacidad de autodiferenciarse y autodelimitarse interiormente y respecto a otros.

Diferenciación y articulación del propio mundo interno de sentimientos, necesidades y expectativas y la delimitación de éste con respecto a los sentimientos, deseos y expectativas de los demás, particularmente de los progenitores con los que se mantiene un vínculo de afecto positivo” . Así define STIERLIN su concepto de INDIVIDUACIÓN RELACIONAL.

Dicha autodelimitación se lleva a cabo con otros. Las personas existen dentro de relaciones y la definición personal se establece en el terreno interpersonal, y se modifica y reorganiza en el interior de vínculos y, en particular, de vínculos familiares. (SHAPIRO).

Los problemas y disfunciones de la estructura familiar acarrearán problemas en la definición y diferenciación personal.

Los niveles más altos de individuación exigen y, a la vez, posibilitan niveles mayores de interrelación. “Todo progreso en la individuación requiere nuevos esfuerzos de comunicación. El aislamiento se concilia con la comunidad, la individualidad con la solidaridad y la autonomía con la interdependencia. (Stierlin, 1981).

Una persona con un buen nivel de individuación es aquella que diferencia entre sus sentimientos, necesidades y expectativas y las de los demás miembros de su familia. Los peligros o riesgos en este proceso se presentan en sus extremos: sobreindividuación y subindividuación (Stierlin) o, en términos de BOWEN: corte emocional y masa indiferenciada del ego familiar.



  • Sobreindividuación: gobierno de la tendencia a la individualidad. Defensa

contra el contacto y la relación emocional, fruto de una vinculación emocional no resuelta con los padres. La persona se defiende con distanciamiento emocional de la ansiedad de fusión. Puede tomar dos formas: la distancia emocional y la distancia física (Bowen). Ej: la persona que huye de su familia es tan dependiente, desde el punto de vista emocional, como la que nunca abandona el hogar -contradependiente-. Son manifestaciones de un apego no resuelto que aparece al exterior como una autonomía irreal (corte emocional). Evolutivamente es típico de la adolescencia, etapa en la que se niega el apego a los padres y se asumen posiciones extremas para demostrar que uno ha crecido.

- Subindividuación o Fusión relacional: familias gobernadas por la tendencia a la inclusión y la cercanía. Los miembros no son capaces de delinear sus sentimientos, pensamientos, necesidades y expectativas de las de los otros; menos aún en situaciones que exijan proximidad y cercanía. Todos se confunden y nadie puede pedir responsabilidades a nadie. En un nivel profundo todos funcionan como una unidad. En toda familia existe un cierto grado de indiferenciacción. Cuando mayor es el nivel de indiferenciación de los cónyuges, mayor es el grado de fusión emocional familiar.

BOWEN plantea también que existe una transmisión intergeneracional del nivel de diferenciación del sí mismo. Cada persona se relaciona y se casa con otra de un nivel de diferenciación similar, y esta pareja transmite a sus hijos su nivel de madurez o inmadurez emocional. En cada generación hay algún hijo más deteriorado y otros con funcionamiento igual o superior al de sus padres. Si uno de los hijos absorbe mucha de la emoción volcada por los padres, eso deja más libres a los otros hijos, con los que los progenitores se relacionan de forma más realista, y son así más libres para relacionarse con su entorno.
BOSZORMENYI-NAGY, al hablar de las lealtades invisibles plantea que en toda trama de relaciones existen unas expectativas estructuradas de grupo, en relación con las cuales todos los miembros adquieren un compromiso; se estructuran como una trama de obligaciones que no pueden ser ignoradas (bajo amenaza de expulsión si se transgreden). Para que el sistema sea sano, dichas expectativas han de ser compatibles con la individuación emocional de sus miembros. Cuando la persona está atrapada en las lealtades, tiene dos salidas: quedar presa de la culpa y la exigencia (puede repercutir en incapacidad de crecer emocionalmente y separarse de sus padres) o negarlas y huir de su familia.

El mismo autor explica, al describir el sistema o el contexto sano, que “una lealtad que permite el crecimiento supone el mantenimiento de ciertas obligaciones, pero, a la vez, capacidad de autonomía para establecer relaciones de lealtad con nuevos seres humanos.


HELM STIERLIN sostiene que el proceso de individuación relacional abarca todo el ciclo vital, avanzando hacia niveles más complejos de integración de la definición personal y la vinculación con otros seres humanos. Señala un punto crítico a nivel evolutivo en la adolescencia, pues en ella se experimentan procesos de búsqueda y decisión personal y se renegocian las relaciones de forma muy intensa. En este momento se hacen visibles las fuerzas de separación y pertenencia que existían de forma latente en la familia. En cada familia existen fuerzas centrípetas y centrífugas entre sus miembros, y en particular entre generaciones.

Él mismo identifica tres patrones transaccionales familiares:

Atadura: predominan las fuerzas centrípetas.

Expulsión: predominan las fuerzas centrífugas.

Delegación: ambos tipos de fuerza se equilibran. Aunque en principio es un patrón saludable, a veces, es patológico si implica ambivalencia: padre que somete al hijo a tendencias contradictorias: la misión del hijo es dictada por las necesidades de los padres y el desempeño se hace a costa de la propia separación y crecimiento del hijo.
WYNE habla de la pseudomutualidad: se trata de una distorsión de la mutualidad y la intimidad (logro evolutivo de la capacidad para reconocer la diferencia del otro y compartir sentimientos y experiencias afectivamente significativos). En la pseudomutualidad se produce la ilusión de la existencia de un vínculo emocional, que se viene abajo cuando aparecen las diferencias, porque no hay una estructura de comunicación y tareas compartidas. Por eso, para preservar la relación, han de ser excluidas las diferencias. La afirmación de la identidad se vive como amenaza de destrucción de la relación. Así, un ejemplo de este tipo de entrampamiento psicológico sería la madre que desarrolla una relación simbiótica con el hijo, y desde esta relación sabotea sus esfuerzos de diferenciación. Intenta mantener al hijo cautivo bajo la etiqueta de “su amor”, de forma encubierta e inconsciente. Se produce un fracaso en la diferenciación.
SHAPIRO describe el ciclo evolutivo familiar tomando como eje el proceso de individuación. Entiende por individuación el proceso de definición del “self” dentro de los vínculos con otros, y reseña que las transformaciones en la definición personal de cada miembro implica cambios en las relaciones. Afirma que intimidad e independencia, cambio y continuidad son necesidades simultáneas. Con demasiada frecuencia pensamos que el desarrollo consiste en un aumento de autonomía a costa de las relaciones, cuando el verdadero desarrollo supone una mezcla de identidad y vinculación.
MAX KARPEL: Individuación y diálogo. Ha sido uno de los autores que más han impulsado el estudio de la individuación como dialéctica entre la conexión y la separación. Plantea un modelo teórico de la individuación que, aunque puede ser aplicable a otras relaciones humanas, toma como relación tipo la de la pareja. KARPEL describe el proceso de separación en torno a dos dimensiones. El yo y el nosotros. Estos dos polos representan las tendencias que hemos mencionado de la separación y de la vinculación. La fase madura de desarrollo se caracteriza por el deseo y la capacidad de hacerse responsable de uno mismo y de las relaciones basado en la diferenciación y no en la identificación.

KARPEL describe cuatro tipos de relación:

No-relación: inmaduro y distante; supone la eliminación del nosotros. Subyace un miedo a la dependencia.

Fusión pura: inmaduro y relacionado; desaparecen los límites del yo. Viven una relación de extrema dependencia uno del otro en la que se necesitan para seguir viviendo. Los límites de la responsabilidad personal se vuelven borrosos y cada uno se siente responsable de la felicidad, decisiones, éxitos del compañero. Puesto que experimentan la seguridad en esta fusión de identidades, cualquier muestra de diferencia, crecimiento o cambio es percibida como amenaza no sólo para la relación, sino para la misma supervivencia personal.

Fusión ambivalente: transicional. Es mucho más frecuente que la fusión pura. La persona se debate entre el miedo a perder su identidad y el miedo a la soledad. Este tipo relacional puede expresarse de formas diversas: 1. Uno de los cónyuges se distancia y el otro se aproxima. 2. Se alternan en la misma persona ciclos de distancia y de acercamiento. 3. Se dan ciclos simultáneos de fusión y aislamiento. 4. Existe conflicto continuo. 5. Disminuye el nivel funcional de un cónyuge, mientras que el otro aparece como el maduro y responsable.

Diálogo: madura y con balance relación-distancia o yo-nosotros. Los miembros experimentan una autodefinición dentro de la relación. La diferencia no es evitada, sino reconocida. El otro es reconocido como otro y no como parte de uno mismo. Cada miembro acepta la responsabilidad de si mismo. Uno es sensible a las necesidades del otro y espera que la otra persona también lo haga, pero no manipulando para mantener un patrón relacional estable, sino permitiendo su diferenciación.




  • III.- APLICACIONES EN MI PRÁCTICA CLÍNICA:

  • Psicoterapia individual.

Las dificultades de individuación y de pertenencia-intimidad están muy presentes

en los procesos de acompañamiento de personas en terapia. Traeré a personas concretas porque es desde sus historias, su experiencia vital, como he llegado a preguntarme y buscar todo lo anterior...



  • La niña invisible (historia de Adela): Adela llega a terapia con 60 años de edad,

en los inicios de su proceso de separación matrimonial, tras haber superado una grave intervención quirúrgica –y el correspondiente postoperatorio quimio y radioterápico- a raíz de un proceso canceroso. Según vamos trabajando, va dándose cuenta de que su “yo” le es totalmente ajeno, un perfecto desconocido, que no sabe responderse quién es ni cuáles son sus necesidades o sentimientos personales. Va comprendiendo que ha ido cubriendo su vacío de identidad con su estatus social (se mueve en círculos culturales y políticos muy relevantes), una imagen social y estética brillante, su éxito profesional, y la esforzada tarea (durante 30 años) de “salvar” a un marido alcohólico. Ahondando en sus raíces familiares, se encuentra con su niña, una “niña invisible”, hija única en una acomodada familia de clase media-alta de una ciudad de provincias, criada por “la chacha de toda la vida”, a quien sus padres cuidan como una princesita, pero a la que nunca tocan ni miran ni besan ni le dirigen la palabra, “depositada” durante meses en la casa de la playa de unos abuelos demasiado mayores y enfermos como para prestarle atención. Contacta con su niña y recuerda el silencio denso, el frío emocional, la soledad de su “niña invisible”... Su reto hoy es descubrirse, encontrarse con su yo; “no quiero morirme sin conocerme, sin haber vivido una vida que sea “mía”.

  • El hijo fagocitado (historia de Gustavo): Gustavo es un profesional liberal de 35

años, llega con un cuadro depresivo severo tras la separación de su mujer, incapacitado laboralmente y en un estado de confusión y desorganización vital muy marcado. Se siente sin norte, incapaz de conducir su vida ni siquiera en los aspectos prácticos de su vida cotidiana, y en plena crisis de su identidad sexual (se plantea si es homosexual y anda metido en una turbulenta sucesión de experiencias sexuales hetero y homosexuales). Se siente incapaz de establecer una relación estable de pareja y, al mismo tiempo la anhela... En el trabajo terapéutico va cobrando relevancia la figura de su madre y va describiendo a su madre como el centro de su vida, su brújula; es ella quien toma todas las decisiones de su vida (laborales, económicas, afectivas –de hecho, la separación de su mujer está relacionada en buena medida con el conflicto entre ambas mujeres-). “No soy nadie sin ella”... Y va buceando en una historia familiar de un padre alcohólico, una madre que se siente sola y que va volcando todo su afecto y todas sus confidencias en su hijo mayor (un hijo parentalizado); va convirtiendo a su hijo en su “obra maestra”. Gustavo refiere como no sólo en su niñez y en su adolescencia, sino también en su juventud ha sido siempre su madre el detector de sus necesidades (“era ella quien sabía cuándo yo estaba cansado o tenía hambre, qué debía estudiar, qué relaciones me convenían o no... incluso, hasta los 30 años nunca tuve conciencia de mis necesidades sexuales porque era mi madre mi única vía de acceso a mis necesidades”). Durante el proceso de terapia empieza a entrar en contacto, muy poco a poco, con sus deseos y necesidades: elegir su ropa, elegir piso, cuidar de sus plantas, cambiar de trabajo, iniciar su búsqueda sexual... Desconfía continuamente de sí mismo y tiende a sabotearse en cuanto se aleja de las directrices maternas. Tiene un hambre voraz de relaciones personales y, al tiempo, se vive incapaz para la relación, “anormal”, indeseable e insoportable para los otros...

  • Un corte de cordón umbilical prematuro (historia de Pilar): Pilar, de 32 años,

lleva años (casi toda la vida) sufriendo crisis de ansiedad y ciclos depresivos. El último episodio depresivo ha sido especialmente destructor y se siente muy asustada y desesperanzada. La vida de Pilar ha sido dura. Su primer dato biográfico: nació del vientre de su madre muerta, suicidada con un embarazo ya a término; al día siguiente, su padre –que, al parecer, maltrataba físicamente a su madre- les abandonó a ella y a su hermanito de dos años en casa de unos tíos, que les han criado pero que siempre han distinguido –emocional y materialmente- entre sus hijos verdaderos y ellos. Pilar tiene una relación inflexible consigo misma, es una buena superviviente que se trata con mano dura y que desconoce el autocuidado. Con frecuencia, se siente embargada por sus sentimientos dolorosos pero es incapaz de ponerles nombre. Es muy desconfiada, piensa que los otros van a hacerle daño; vive muy aislada y sólo cultiva algunas escasas y antiguas relaciones en las que recibe “migajas, las sobras” y en las que se siente humillada y desatendida. Lleva ya 4 años en terapia, con altos y bajos en su proceso; ha atravesado épocas en las que ha rozado el suicidio... En estos años ha ido aprendiendo a quererse y a respetarse, a cuidarse y a abrazarse, a consolarse y tranquilizarse (sus crisis de ansiedad han disminuido drásticamente, aunque aún atraviesa mucha tristeza y soledad). Temerosamente, ha ido atreviéndose a ampliar su círculo de relaciones, a entrar en contacto con otras personas... Incluso se está atreviendo a buscar un nuevo trabajo tras 15 años en el mismo, en condiciones laborales bastante penosas.

En todos ellos, las dificultades para la individuación van muy relacionadas con su dificultad para establecer vínculos afectivos en su vida adulta y con una historia familiar en la que no han podido vivir una experiencia de sana pertenencia, bien por carencia o bien por exceso (una experiencia invasiva, anuladora), aquello del “corte emocional” o de la “fusión emocional” que decía Bowen.




  • Psicoterapia de pareja:

Rescato aquí lo que dice Karpel sobre el balance “yo / nosotros”. En nuestro trabajo

con las parejas es este un conflicto muy presente. Con frecuencia, nos encontramos con parejas a las que les falla la aritmética de pareja: parejas fusionadas en las que la suma de 1 más 1 resulta 1 (desaparece el yo), parejas sobreindividuadas en las que la suma de 1 más 1 resulta dos (sin espacio para el nosotros)... y es que en pareja 1 más 1 son 3 (yo, yo y nosotros).

Muchas veces, encontramos a parejas (incluso parejas que se quieren) sumidas en el conflicto porque no consiguen negociar la cercanía y la distancia; uno de ellos se encuentra en un momento vital de subrayar el “yo” y el otro el “nosotros”. Nos encontramos también con la necesidad de des-moralizar este tipo de situaciones porque, en ocasiones, el vivir la necesidad del “yo” se considera egoísta o menos legítimo que la necesidad complementaria.

Por último, reseñar que, frecuentemente, tras la defensa rígida de las necesidades del “yo” encontramos un miedo a la invasión (miedo a ser tragado, a perder la propia identidad, a ser fusionado o fagocitado por el otro), y tras la defensa rígida de las necesidades del “nosotros” encontramos un miedo al abandono. Y es que, en relación, son estos dos los miedos más paradigmáticos. (Maite y Pablo... tras 17 años de matrimonio afrontan una crisis que amenaza de separación. Maite, educada para el cuidado de los otros desde su niñez, subraya la necesidad del “nosotros”, reclama más cercanía y espacios comunes, tiene miedo al abandono; Pablo, con un padre muy autoritario y una madre depresiva –de quien ha sido apoyo desde niño- reclama las necesidades de su “yo”, necesita espacio personal, es muy celoso de que se respeten sus criterios y de que no se le controle o fiscalice, prefiere mantener cierta distancia emocional en su pareja para no sentir amenazada su identidad).




  • Psicoterapia de familia: Quisiera subrayar, porque nos lo encontramos con

mucha frecuencia en familias con hijos adolescentes o incluso adultos jóvenes, la necesidad de posibilitar tanto “el destete de los hijos como el destete de los padres”. Como muestra, traeré a la familia de Pedro. En un primer momento, es Pedro quien acude a terapia, a instancias de su madre. Pedro tiene 27 años y los psiquiatras le han diagnosticado un trastorno hipocondríaco; cada vez que oye que alguien está enfermo, comienza con síntomas –bastante incapacitantes- relacionados con dicha enfermedad y sufre episodios de ansiedad o incluso crisis de pánico. Por otro lado, cada vez que consigue un trabajo, lo pierde rápidamente porque cae enfermo o se accidenta. Tras algunas sesiones individuales, detecto problemas de individuación y una dinámica familiar disfuncional. Convocamos a la familia: los padres, Pedro y su hermana Azucena (de 23 años). Nos encontramos con una familia muy cálida y grandemente sobreprotectora, muy piña y aglutinada, con una identidad familiar muy fusionada. Los hijos han aprendido que “en ningún sitio puedes sentirte tan seguro y a gusto como en casa, en el seno familiar”. Los padres “son padres de niños pequeños”, criadores cálidos y solícitos, pero que no saben manejarse en la relación de igual a igual con hijos adultos, quieren proteger a sus hijos de todo fracaso o dolor. Especialmente la madre, ha construido su identidad en torno al cuidado de los hijos, es lo que da sentido y función a su vida. Se ha volcado especialmente en su hijo porque “ya desde niño ha sido un niño enfermo, estuvo a punto de morir; siempre me he sentido muy preocupada por él”. Cuando empezamos a trabajar la individuación de los hijos y Pedro empieza a dar algunos pasos, resulta curioso que es Azucena la que empieza a desarrollar síntomas físicos. El objetivo de la terapia es no sólo fomentar el proceso de individuación de los hijos desde la pertenencia familiar (definiendo y delimitando su identidad, al tiempo que redefiniendo la relación con sus padres de modo más simétrico), sino también el posibilitar el destete de los padres, fortaleciendo el subsistema conyugal, así como el “yo” de cada uno de los progenitores (especialmente el de la madre, muy desconectada de sus necesidades e intereses).

  • Terapia de grupo:

En el trabajo de estos años acompañando grupos, he ido siendo testigo de su

enorme potencial terapéutico. En relación al tema que nos ocupa, quisiera reseñas dos de los beneficios de la experiencia de la terapia de grupo:

+ aprender a vincularse, a sentirse miembro. Retomo aquí la experiencia de Pilar; en el grupo, ha aprendido a mostrarse y a comunicarse, a expresar sus sentimientos (incluso su debilidad, sus fracasos y sus miedos). Va haciendo ensayos de confianza en los otros, con temor pero con constancia. Lleva tres años de trabajo en grupo y el progreso va siendo visible: de una Pilar hermética y atemorizada, autoexcluída, y que sólo puntualmente se expresaba para mostrarse desde “su rostro más aparentemente seguro y eficaz”, a una Pilar más arriesgada y congruente en la comunicación interpersonal, que muestra su faceta más frágil y que, en momentos, se atreve incluso a confrontar tímidamente a otros miembros del grupo.

+ aprender a identificarse, a definirse como persona individual dentro del grupo. Como botón de muestra: Victoria, una chica de 23 años muy acomplejada (físicamente, intelectualmente, relacionalmente); se considera “torpe y tonta”, “un estorbo”; considera ilegítima cualquier tipo de queja o protesta porque así lo ha aprendido en su familia, marcada por una defensa del espíritu de lucha y sacrificio y la dureza de unos padres”que se han hecho a sí mismos con mucho esfuerzo y sacrificio y que, ahora, en la mitad de la vida cosechan fracaso a pesar de sus esfuerzos”. Victoria ha ido aprendiendo en el grupo a visibilizarse, a hacerse hueco y tomar la palabra –al principio, siempre le parecía que lo suyo era menos importante e incluso ridículo; hablaba poco y bajito, como queriendo ocupar poquito y no molestar-. Ha ido practicando con los demás miembros del grupo para expresar sus necesidades, sus quejas y sus peticiones. Va descubriendo que no es tan tonta ni tan torpe como ella creía y que también ella “tiene derechos”.




  • IV.- RELACIÓN TERAPEUTA – CLIENTE: VINCULACIÓN Y AUTONOMÍA.

Si bien muchas escuelas han abordado la cuestión de la relación terapeuta –

cliente, entre ellas las escuelas psicoanalítica y psicodinámica que plantean que en la relación con el terapeuta, el paciente vierte dinámicas relacionales que le han configurado (primordialmente vividas en su familia de origen), yo voy a situarme desde un marco concreto: el de la terapia centrada en la persona, puesto que es el humus desde el que entiendo y vivo la relación con las personas que acompaño en terapia. Entiendo que es un marco de relación terapéutica desde el que es posible vivir un tipo de vinculación que posibilite la autonomía y abra a la conexión.

Para ahondar en la experiencia de vinculación y autonomía dentro de la relación terapéutica, me resulta iluminador retomar el clásico debate entre Rogers y Buber sobre el “encuentro personal” en la terapia.

Según Rogers, lo que sucede en terapia es un “encuentro” porque supone implicación de dos personas auténticas en el proceso de terapia. Pero en su diálogo con Buber (aunque Rogers ya ha superado su primera visión del terapeuta como “el otro yo del cliente”), hable de un encuentro “dentro” del mundo experiencial del cliente (ese es el punto de encuentro de las dos partes). Según Buber, en terapia no hay posibilidad de reciprocidad. Para Rogers sí existe la reciprocidad; no sólo el terapeuta se encuentra con el cliente, sino que también el cliente se encuentra con el terapeuta (dentro del mundo del cliente). Buber responde que, en ese caso, puede existir una experiencia “yo – tú” por parte del terapeuta, pero no por parte del cliente. Y para Buber la fuerza y efecto humanizante de una experiencia “yo – tú” está en el hecho de que, de repente, alguien se experimenta a él mismo pero en la piel de otro, sin perder el contacto consigo mismo. El cliente experimenta los efectos beneficiosos de ser totalmente aceptado, como pedidor de ayuda por el que le ayuda; pero un encuentro “yo – tú” significaría que el cliente no sólo experimentara lo que es ser comprendido y aceptado como cliente, sino también cómo es para el terapeuta estar totalmente abierto a otra persona. No sólo ser comprendido, sino también comprender. Dice Buber que, a través de esos encuentros, uno va más allá del individuo y se convierte en persona, se “humaniza”.

Según Buber, el terapeuta debe de “levantar” al cliente hasta que éste ya no sienta que está pidiendo ayuda, sino que es capaz de romper la diferencia del rol. Así trascenderá el rol de pedidor de ayuda. Le dice a Rogers: “tú, como terapeuta, le habrás concedido algo que le hace posible este “cambio” en el encuentro.

Rogers teme que Buber pretenda sutilmente intervenir en la evolución del sujeto, que la evolución termine siendo imposición de normas externas. Rogers le dice: “yo sólo le doy permiso para ser”.



Un malentendido en las formas, un acuerdo en el fondo. Rogers subraya que el terapeuta no vea al cliente como “alguien a quien le falta algo”, el cliente ya tiene todo dentro de sí mismo. El terapeuta sólo proporciona la oportunidad de florecer al potencial que el cliente lleva dentro. Buber subraya que la esencia del hombre y la mujer necesita de otros hombres y mujeres para ser “persona completa”. Lo que el uno añade al otro es una forma de relación que induce a la persona a actualizar el potencial que lleva dentro; entrar en contacto y así desarrollar confianza en las propias potencialidades latentes. Buber habla de ayudar a alguien a ser “la persona que ha sido creada para ser”. Buber habla de “los ojos de amor” y Rogers de la “calidez no posesiva”. Ambos coinciden en “dar el permiso para existir y ser uno mismo”. Como explica Rogers, la aceptación incondicional permite desandar el camino de la patología y atreverse a ser el propio “yo real”.

Cuando Rogers, más adelante, hablando de la congruencia, dice que la autenticidad del terapeuta estimula autenticidad en el otro, se aproxima mucho a la relación yo-tú en el sentido que la utilizaba Buber. Para convertirse en un ser humano auténtico es necesario un diálogo dentro del marco de un encuentro mutuo.

La inquietud de Rogers ante una posible influencia externa le hizo enfatizar la independencia una y otra vez, el ser responsable de uno mismo y el derecho a la autonomía. Se refiere a la autonomía de una persona que quiere trascender su perspectiva egocéntrica, que se abre al encuentro con el “tú” de persona a persona, desde la autenticidad de cada uno.


  • Para terminar con esta reflexión, quisiera rescatar un pequeño relato de “El

Principito” de Antoine de Saint-Exupéry que, a modo de metáfora, puede servirnos de espejo ante el que mirarnos como terapeutas. Ahí va...
“ Buenos días –dijo el principito.

  • Buenos días –dijo el guardaagujas.

  • ¿Qué haces aquí? –dijo el principito.

  • Clasifico a los viajeros por paquetes de mil –dijo el guardaagujas-. Despacho los trenes que los llevan, tanto hacia la derecha como hacia la izquierda.

Y un rápido iluminado, rugiendo como el trueno, hizo temblar la cabina de

las agujas.

  • Llevan mucha prisa –dijo el principito. ¿Qué buscan?.

  • Hasta el hombre de la locomotora lo ignora –dijo el guardaagujas.

Y un segundo rápido iluminado rugió, en sentido inverso.

  • ¿Vuelven ya? –preguntó el principito.

  • No son los mismos –dijo el guardaagujas. Es un cambio.

  • ¿No estaban contentos donde estaban?.

  • Nadie está nunca contento donde está –dijo el guardaagujas.

Y rugió el trueno de un tercer rápido iluminado.

  • ¿Persiguen a los primeros viajeros? –preguntó el principito.

  • No persiguen absolutamente nada –dijo el guardaagujas-. Ahí dentro duermen o bostezan. Sólo los niños aplastan sus narices contra los vidrios.

  • Sólo los niños saben lo que buscan –dijo el principito-. Pierden tiempo por una muñeca de trapo y la muñeca se transforma en algo muy importante, y si les quitan la muñeca lloran...

  • Tienen suerte –dijo el guardaagujas. “

La antítesis de la persona en la que Rogers cree, el contrario del viaje al que Rogers invitaría a sus clientes en el proceso terapéutico...

En primer lugar, la terapia centrada en el cliente ve a cada persona como única e irrepetible, imposible de ser ajustada –forzadamente- en moldes diagnósticos y etiquetas; rechaza la clasificación en “paquetes”.

En su filosofía terapéutica son inadmisibles “maquinistas” que conduzcan al cliente a destino alguno, enajenado de su libertad y de su responsabilidad de trazar el rumbo de su vida. Al contrario, le invita a buscar dentro de sí, a preguntarse por la trayectoria que quiere iniciar... Y es que, ciertamente, “el hombre de la locomotora” ignora el destino, no puede suplantar al cliente. Sólo la tendencia a la actualización de la persona puede marcar el rumbo genuino; sólo ella conoce la dirección personal. El movimiento delegado en otros apenas puede producir sino agitación y desplazamiento aturdido, desorientado; nunca será generador de cambio ni de crecimiento auténticos, reales, potenciadores (sólo puede producir “bostezo” si no dolor; no sirve para vivir).

Tal vez el reto esté en “hacerse niños/as”, renacer desde la más honda genuinidad, vaciarse de introyectos recibidos desde el afuera y tener la osadía de revisar el propio autoconcepto, aceptar la aventura de encontrarse con el propio yo real, no contaminado...

Y desde ahí buscar, en contacto siempre con las propias experiencias y emociones. Atreverse a nacer de nuevo, con el oído fielmente puesto en el propio eco interior y “las narices aplastadas contra los vidrios” para proyectarse en la realidad desde la propia verdad.

Y todo esto, quizás apostillarían los sistémicos, “viajando en transporte colectivo”, configurándonos personalmente en el roce con los otros, en la interacción, entretejiendo nuestras identidades para ir co-construyéndonos, pues no en vano somos “seres en relación”.

Y es que, individuación y conexión son las dos caras de la misma moneda, AUTONOMÍA e INTIMIDAD son necesaria y sanamente interdependientes. La identidad se construye dentro de relaciones significativas con los demás.

“Todo progreso en la individuación requiere nuevos esfuerzos de comunicación. El aislamiento se concilia con la comunidad, la individualidad con la solidaridad y la autonomía con la interdependencia” (Stierlin, 1981).
Beatriz Arescurrinaga Idoyaga

Madrid, 27 de Noviembre de 2004







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