Vivir en el paro



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VIVIR EN EL PARO
(Avance de resultados de una investigación cualitativa acerca

de las consecuencias del desempleo sobre los parados)


Enric Sanchis

Universitat de València

enric.sanchis@uv.es

INTRODUCCIÓN


El objeto de esta ponencia es presentar por primera vez en público algunos resultados de una investigación basada en ochenta y ocho entrevistas en profundidad a otros tantos parados realizadas entre marzo de 2012 y febrero de 2013. Los resultados hay que considerarlos provisionales y sobre todo incompletos, a falta de un análisis más profundo del material obtenido y de otras fuentes secundarias, en particular las EPA enlazadas de los últimos trimestres y sus microdatos.

Ofrezco cordialmente estos datos a la comunidad científica bajo dos condiciones o ruegos: 1) Que no se publiquen ni se hagan circular demasiado sin permiso previo del autor. Son provisionales y siguen en proceso de maduración. 2) Que quien me lea tenga la amabilidad de hacerme llegar cuantas sugerencias considere oportuno, incluidas las bibliográficas. Me temo que es la primera vez que se hace una investigación de este tipo en España y de momento lo que nos estamos encontrando son más preguntas nuevas que respuestas a las preguntas que nos hicimos en un principio.

Aprovecho la ocasión para manifestar mi agradecimiento a la Fundación 1º de Mayo, sin cuyo apoyo financiero y logístico no hubiese sido posible hacer lo que estamos haciendo. Y digo haciendo porque en este trabajo estamos implicados una docena de investigadores.

Lo primero que quiero advertir es que estamos utilizando un concepto ad hoc de parado, un concepto sociológico que no coincide exactamente con el estadístico que utiliza en INE y menos aún con el administrativo que utiliza el Ministerio de Trabajo. A los efectos de esta investigación un parado es una persona que quiere encontrar un empleo “de verdad”, aunque sea precario, es decir, un empleo de esos que permiten cotizar a la Seguridad Social. Aunque durante la semana anterior haya hecho algo durante más de una hora a cambio de una remuneración; aunque no haya hecho ninguna gestión de búsqueda de empleo durante las cuatro semanas anteriores, y aunque no esté disponible para ocupar el empleo que se le ofrezca durante las dos próximas semanas.

La entrevista está estructurada en cuatro capítulos o bloques temáticos. El primero es el más amplio y heterogéneo. Pretende averiguar la historia laboral del parado desde que dejó los estudios, la razón por la que se encuentra en paro y su primera reacción; tiempo en paro, si percibe prestación o ayuda; si está disponible para el empleo, lo busca y cómo; si busca cualquier tipo de empleo o utiliza algún criterio de selección; cuál es su salario de reserva, si estar en paro puede tener también alguna ventaja; en qué medida está conectado a su entorno social o tiende a aislarse; y por último su percepción y opinión sobre el trabajo negro.

El segundo y tercero están mejor delimitados, dedicados respectivamente a sondear actitudes y opiniones ante los sindicatos y la acción sindical por un lado, y ante el sistema político por otro. Por último el cuarto bloque está dedicado a vida cotidiana, familia, relaciones de género y salud.

Cada bloque temático está estructurado, a su vez, en una serie de preguntas, cuarenta y una en total; algunas muy precisas, otras, incitaciones a la reflexión más que preguntas propiamente dichas. No obstante, como ochenta y ocho entrevistas son muchas entrevistas, a efectos de facilitar el análisis de contenido hemos codificado casi todas las preguntas intentando reducir las respuestas a unas pocas opciones. En el caso de muchas de ellas, traducir la respuesta a un código numérico no plantea ningún problema. Pero hay otras (no pocas) cuya respuesta es muy arriesgado hacer encajar en alguna de las categorías previstas. En tales circunstancias se ha preferido no codificar.

Lo que a continuación me propongo es presentar los resultados más significativos —insisto que provisionales— de cada uno de estos bloques, ilustrándolos con algunos testimonios particularmente relevantes.


1. CARACTERÍSTICAS DE LA POBLACIÓN ENTREVISTADA
En ningún momento se ha pretendido que los ochenta y ocho entrevistados constituyeran una muestra estadísticamente representativa del universo de parados, pero sí que reflejaran de alguna manera la diversidad de situaciones. Así, se estableció una serie de cuotas para seis categorías de sexo y edad, se buscó trabajadores manuales y empleados, y se procuró localizar tanto a universitarios como a personas con bajo nivel de estudios. La distribución de las entrevistas por sexo y edad puede verse en la tabla 1.
Tabla 1. Distribución de las entrevistas por sexo y edad

Sexo/Edad

18-29

30-50

51 y más

Todos

Hombres

21

22

6

49

Mujeres

13

22

4

39

Todos

34

44

10

88

En cuanto al nivel de estudios, 24 tienen como máximo la ESO o equivalente (no habiendo alcanzado once de ellos este nivel), 38 han finalizado estudios universitarios o FP superior, y 25 han hecho algún ciclo de Secundaria postobligatoria. Sólo 17 menores de 30 años tienen estudios superiores; por tanto vuelve a comprobarse que los adultos de este nivel, que supuestamente ya han superado la etapa precaria de inserción laboral, no tienen garantizada la inmunidad contra el desempleo. Tanto en términos absolutos como relativos el nivel educativo medio de las mujeres es más alto que el de los hombres (entre los titulados superiores, 22 frente a 16). En el momento de la entrevista 53 estaban siguiendo algún curso de formación.

La gran mayoría (70) están en paro por causas objetivas (reducción de plantilla, cierre de la empresa, fin de contrato); sólo en nueve casos se hace referencia a algún motivo que puede codificarse como personal.

Más de la mitad (51) llevan más de doce meses en paro y muchos de ellos ya cuentan este periodo vital en años, tantos como los de crisis. Si queremos entender qué significa estar en paro y qué consecuencias tiene, son las vivencias de estas personas las que han de centrar nuestra atención. Cincuenta y cinco ya habían estado en paro en alguna otra ocasión, mientras que para 28 es la primera vez. 51 han cambiado más de dos veces de empleo, 21 sólo una o dos veces, y 14 han perdido el único empleo que tuvieron. Muchos (45) no perciben ningún tipo de ayuda económica, bien por haberla agotado, bien por no tener derecho a ella. Por el contrario, 27 están cobrando la prestación contributiva y otros 15 perciben el subsidio asistencial (en torno a 425 euros mensuales).

Casi todos (77) podrían incorporarse al empleo que se les ofreciese en un plazo máximo de dos semanas, es decir, cumplen una de las dos condiciones que exige la EPA para definir a una persona no ocupada como parada. Y sólo 14 manifiestan no estar buscando empleo frente a 73 que sí lo hacen, siendo en general la búsqueda muy intensa, incluso diaria. Así, 56 dijeron que habían hecho alguna acción de búsqueda durante la semana anterior. Setenta y dos, por tanto muchos más de los 42 que cobran prestación o subsidio, están registrados en las oficinas del antiguo INEM; lo que no significa que todos los que cobran estén buscando efectivamente empleo. La mayoría compagina varios métodos de búsqueda. Entre ellos destaca el recurso a Internet por parte de 44, lo que explica que se busque también durante los domingos. El reparto de CV se sigue utilizando, aunque con gran escepticismo, así como el recurso a familiares y conocidos.

Cincuenta manifiestan buscar “cualquier tipo de empleo”, mientras que 34 utilizan algún criterio de selección. Las exigencias al respecto están directamente relacionadas con la cualificación e inversamente con la duración del desempleo, lo que no debe vincularse mecánicamente con la perspectiva de agotar la prestación, pues el desasosiego por encontrar ya un empleo cualquiera puede comenzar mucho antes. 51 estarían dispuestos a cambiar de domicilio y 61 a dormir fuera de casa algunos días a la semana si el empleo que se les ofreciese lo requiriera. Los 24 y 12 que respectivamente dicen lo contrario suelen remitir a complicaciones familiares o al sobrecoste que ello supondría, no compensado por los ingresos esperados.

“Aprovechándose del paro a veces algunas empresas ofrecen empleos en condiciones abusivas. A su entender, ¿por menos de qué cantidad de dinero no debería un trabajador aceptar un empleo?” Es así como introducimos en la entrevista lo que el análisis económico ortodoxo llama salario de reserva, a saber, aquella cantidad vinculada a una prestación por desempleo demasiado generosa que provoca paro voluntario al alimentar expectativas desmesuradas en cuanto al empleo a aceptar. Economistas como Solow plantean la misma cuestión en otros términos apelando a la idea de equidad. Según él un mercado de trabajo sólo puede funcionar si se respeta un umbral mínimo por debajo del cual el trabajador sabe que tiene derecho a rechazar un empleo y el empleador sabe que no lo tiene a ofrecerlo. Pretendíamos fijar la noción de salario digno.

Pudieron codificarse sesenta y cinco respuestas. Lo primero que sugieren es debilidad en la posición negociadora, moderación, realismo si se prefiere. En no pocos casos hubo que aclarar que se estaba hablando de un empleo normal, de esos de ocho horas al día, lo que demuestra la familiaridad con el trabajo precario. Hubo quien dijo que menos de 5 euros hora era un abuso. Muchos comenzaron advirtiendo que “depende” (de si hay expectativas de mejora, de estabilidad, de aprender, de las circunstancias familiares...). Respuestas de este tenor en las que tiende a equipararse el salario digno con el mínimo legal no son raras:



Es que se ven, se ven las cosas que se ven y yo ya no... ya no sé. Evidentemente, o sea como tope, el salario mínimo interprofesional. Eso como mínimo. Pero es que estoy viendo, en esta última entrevista que tuve..., era una entrevista colectiva, estábamos una veintena de personas, que te estoy hablando de esta empresa de gas y electricidad y todo eso, para el departamento comercial y tal. Es que no ofrecían ningún tipo de sueldo, era exclusivamente comisión; y la gente aceptaba, la gente aceptaba; y gente mayor, gente joven, gente de todo tipo. Pero yo desde luego qué menos que el salario mínimo interprofesional, eso lo mínimo.
La respuesta más frecuente fue 800 euros, cantidad que se superó en veinte casos. Veamos el de una mujer de 28 años, licenciada, que sigue viviendo en casa de sus padres:

¿Te refieres a un trabajo de 8 horas al día?

Sí, a tiempo completo, un empleo normal.

Pero, ¿lo que yo creo en general o en la situación en la que estamos?

En general.

En general yo creo que menos de 1.000 euros no debería cobrar una persona en un país como España. Ahora, tal y como están las cosas... ¿800?

Y, en tu caso concreto, ¿por debajo de qué cantidad no trabajarías?

Pues viviendo en mi casa, ahora mismo yo aceptaría un trabajo, aunque tuviera que seguir viviendo con mis padres y no me pudiera independizar, yo por 700 euros trabajo. Es que por 600, es que estoy desesperada también, es que yo creo que hasta por 600 viviendo en mi casa. O por 500, ahora que lo pienso… Es que claro, por eso preguntaba: ¿en la situación en la que estamos? Sí. Es que mis amigos y yo estamos así. O cuando te preguntan: “¿expectativas salariales?”; es que no sabes cómo decirle: “no, es que no tengo, expectativas no tengo”.

De todas formas decías que el salario digno en España hoy no debería ser inferior a 1.000 euros.

Exacto.
Los más exigentes son cuatro. Dos mujeres fijan su salario de reserva en 1.300 euros. Un hombre de 51 años, en 1.500. Se trata de un mando intermedio de la construcción, titulado en FP2 que lleva casi dos años en paro y no percibe prestación ni subsidio. No tiene hijos a cargo. Hace chapuzas. Su compañera trabaja como autónoma. Una licenciada de 44 años habla de 1.300-1.400 euros. Lleva once meses en paro, percibe prestación. Tiene tres hijos y está casada con un trabajador social ocupado estable. Buscadora muy activa y reciclándose, quiere volver a trabajar de lo que ha trabajado (archivística, documentación, enseñanza). De todas formas matiza: “aunque sé que la situación aboca a que termine buscando de cajera de supermercado, de momento me niego a eso”.

En el extremo contrario, algún joven llegó a hacer consideraciones del tipo “que me den lo quieran, a ver si así consigo colocarme de una vez y demostrar que me merezco más”. Y no debe pasarse por alto el hecho de que en no pocos casos el entrevistado tenía muy clara la diferencia entre el salario digno y lo que no iba a tener más remedio que aceptar.

¿Cuál es la primera reacción ante el paro? Pueden distinguirse dos respuestas típicas. Por una parte los ocupados del mercado de trabajo primario que han seguido una trayectoria laboral de tipo fordista. Para éstos supone una auténtica sorpresa, algo que nunca pensaron que les podría ocurrir a ellos. El paro se les viene encima como un mazazo. Por otra parte los ocupados del mercado secundario familiarizados con la precariedad. No es la primera vez que se encuentran en esta situación y la viven con cierta normalidad. Tanto en un caso como en otro, durante las primeras semanas muchos experimentan una especie de alivio: por fin se acabó la incertidumbre y tensión que tuvieron que soportar en la última etapa de ocupados, cuando empezaron a sospechar que la cosa acabaría mal. Luego viene la búsqueda cada vez más ansiosa; finalmente, en muchos casos, la adaptación resignada a la nueva condición de parado.

Cuarenta y ocho niegan absolutamente que estar en paro pueda tener alguna ventaja o ser vivido como una oportunidad. Los treinta y cuatro que opinan de otra manera argumentan más en términos hipotéticos que reales, pero siempre bajo la condición de estar cubierto por la prestación. Es el caso de un arquitecto técnico a punto de cumplir los treinta años que lo ha aprovechado para hacer un master e intentar establecerse por su cuenta. O el de la mujer que razona como sigue:



Yo estoy utilizándolo [el paro], ya te digo... Como cuando recibí la carta de despido sentí como alivio, quise utilizar este período que no sabía cuánto se iba a prolongar para reciclarme. Y entonces para eso lo he utilizado. Pero además, a nivel personal vivimos en una sociedad en la que el horario, las prisas, lo rigen todo [...]. Yo decidí limpiarme y bajar el ritmo y mi nivel de ansiedad, que era muy alto. Y eso lo he conseguido en este año, disfrutar de cosas que no había disfrutado nunca, algo tan simple como desayunar con mi hija o llevarla en bici al cole. Para mí ha sido muy importante.
Al analizar las respuestas en función del sexo se observa que los hombres tienden a aceptar la idea de que el paro puede tener alguna ventaja en una proporción algo mayor que la de mujeres (20 sobre 45 frente a 14 sobre 37 respectivamente), lo que merece una reflexión que no puede desarrollarse aquí. Es entre las personas de más edad donde la opinión de que estar en paro no tiene ninguna ventaja domina con más fuerza.

Esta manera de contemplar el desempleo debe guardar alguna relación con la concepción del trabajo. Aunque es una cuestión que requiere un análisis más profundo, de momento vale la pena señalar que se han codificado 51 respuestas como expresivas, 28 como instrumentales y 2 como negativas; lo que sugiere, de acuerdo con muchas otras investigaciones, que el trabajo sigue siendo para la mayoría de la gente mucho más que un simple medio de vida. La valoración en términos expresivos domina más claramente entre los jóvenes y las mujeres, lo que debe estar relacionado con los mayores niveles educativos.

“¿Es verdad que hay muchos falsos parados?” (Por falso parado se sobreentiende aquella persona que cobra el paro y trabaja en negro.) Los entrevistados aparecen claramente divididos: 35 sospechan que sí frente a 37 que lo niegan. A este respecto quiero hacer varias observaciones. En no pocos casos se habla de oídas: “Debe haberlos, si no la gente no podría aguantar, pero yo no conozco ninguno”. Esta percepción no es incompatible con la convicción de que a pesar de ello sigue habiendo mucho paro, pues también “hay muchísima gente que lo está pasando muy mal”. En otros tantos casos el entrevistado reconoce hacer o haber hecho alguna actividad remunerada. Lo que éste no sabe es que en la EPA el falso parado es contabilizado como ocupado (a pesar de lo cual el paro estimado es muy superior al registrado). A través de los microdatos de la EPA puede obtenerse una estimación bastante ajustada de cuántos ocupados perciben algún tipo de ayuda por desempleo. No son tantos como se cree, y buena parte de ellos hacen un número de horas significativamente inferior a la duración habitual de la semana laboral.

El desconocimiento de este tipo de cuestiones no debe sorprendernos, ya que, a tenor de sus declaraciones, es compartido por ciertos supuestos expertos, que también obvian que la ayuda por desempleo no siempre es incompatible con cualquier tipo de ocupación. Reflexiónese sobre el caso de una joven maestra que hemos entrevistado. Lleva varios meses en paro tras el cierre del centro concertado en que trabajaba a causa de los impagos de la Administración; cobra la prestación y da tres horas de clases particulares a la semana. Así ejercita sus habilidades, “mata el gusanillo” (le gustan mucho los niños) y ocupa parte del tiempo libre.

Sea como fuere, una cosa es reconocer la existencia de este tipo de situaciones y otra criminalizarlas, aun aceptando que son cosas que en principio no se deberían hacer. La reflexión al respecto suele seguir la lógica siguiente: Un padre de familia que ha perdido un empleo “de verdad”, que con lo que cobra de paro no le llega a fin de mes, ¿qué ha de hacer si se le presenta la ocasión de conseguir un dinero extra? ¿Esta por eso menos en paro? Con la que está cayendo, en un país donde cada cual tira para casa, ¿por qué han de pagar los platos rotos estos desgraciados?

Un tema de interés particular que aquí sólo voy a apuntar es en qué medida el parado controla la situación o se deja zarandear por ella. El empleo estructura el tiempo, impone una serie de obligaciones que organizan la vida cotidiana. Al perderlo, la persona se encuentra con un montón de tiempo libre que puede convertirse en tiempo vacío si no toma algunas precauciones. En la entrevista hemos intentado que el parado explicara con cierta precisión qué hace durante su día laborable típico desde la hora en que se levanta hasta que se acuesta. La idea es saber si se ha marcado unos objetivos, si tiene una estrategia de uso del tiempo que le impulsa a moverse o, por el contrario, su vida cotidiana viene marcada por acontecimientos externos, fortuitos, fuera de su control. En un caso tendremos una persona activa, que sabe adónde quiere ir y no se deja abatir. En el otro, un individuo desorientado, apático, que se deja llevar, que al final no sabe si está en jueves o domingo y acaba por no encontrar sentido a nada de lo que hace.

La estrategia de organizarse el día imponiéndose diversos objetivos puede combinar la formación con la búsqueda de empleo, la practica sistemática de algún deporte con visitar familiares o amigos, implicarse más en el trabajo doméstico, etcétera. A este respecto, de momento lo único que estoy en condiciones de afirmar es que 17 respuestas han sido codificadas como indicios de vida cotidiana desestructurada, frente a 65 que la tienen estructurada; lo cual no significa que el día transcurra necesariamente sin pasar por momentos de angustia o preocupación, pero sí sugiere una actitud de mantenerse en guardia para no perder el timón que puede ser una manera eficaz de evitar el deslizamiento hacia un proceso depresivo más o menos intenso. En todo caso, puede ser significativo el hecho de que la proporción de desestructurados es mucho mayor entre los hombres (11 frente a 6 mujeres) y los jóvenes (9 frente a 8 adultos).
2. LA FAMILIA DEL PARADO
En la familia nuclear típica (pareja e hijos) sólo viven 22 entrevistados, 14 viven en pareja, 10 solos, y otros dos en una unidad familiar constituida por abuelos padres e hijos. Los 36 restantes, que parecen muchos, habitan en otro tipo de hogar, dando lugar a una casuística muy variada: desde varios jóvenes compartiendo piso, hasta el adulto que vive con su madre viuda, pasando por el realquilado o el que vive con otro familiar, como un hermano o los tíos. Parece confirmarse la sospecha de que muchos jóvenes independizados se han visto obligados a volver al domicilio paterno, pues hemos encontrado varios casos, incluyendo el de un joven matrimonio ya con un hijo.

En 38 de las unidades familiares sólo hay un perceptor de rentas, y en 14 de ellas esa renta es la ayuda por desempleo (7 la prestación contributiva, 7 el subsidio). Por lo general son ingresos procedentes del trabajo, pero en 25 familias entran también rentas no laborales, como el alquiler de un piso o del local donde se trabajaba como autónomo. En 49 casos parece haber indicios de que el paro ha provocado cambios de cierta relevancia en la vida cotidiana de la unidad familiar, con independencia del sexo del parado; en cambio, si discriminamos por edades, los parados de más de 50 son claramente los más propensos a sufrir cambios significativos.

Setenta y nueve entrevistados pusieron nota (entre 1, muy mala, y 5, muy buena) a la situación económica de su familia. La respuesta más frecuente fue 2; veintitrés le pusieron un 3, diez un 4 y tres un 5. A falta de un análisis más profundo, la impresión de los entrevistadores es que hay una tendencia a sobrevalorar la propia situación basándose en que para comer no falta, mientras hay gente que lo está pasando mucho peor. Véase si no el razonamiento siguiente:

Entre 1, muy mala, y 5, muy buena, ¿qué puntuación le darías a la situación económica de tu familia en este momento?

Pues es que si la comparo… es que no te podría… Si la comparo con mi situación de hace unos cuantos años, un 2; si la comparo con la situación del país en general, pues tengo que darle… porque por lo menos el mayor trabaja, mi mujer trabaja y yo estoy cobrando el paro, o sea, con lo cual un 4 o un 5. Bueno, no sé si me he explicado.
En todo caso la variedad de respuestas es un indicador de que el paro no afecta sólo a los estratos económicamente más desprotegidos. Por otra parte, recordemos, como sólo 27 entrevistados perciben prestación contributiva, aquí volvemos a encontrarnos con el papel de la familia como amortiguador de la precariedad y las tensiones sociales correspondientes. De hecho, problemas económicos al margen, 57 manifiestan estar satisfechos con la familia, lo que remite a su importancia como soporte emocional. No debe pasarse por alto, sin embargo, que 21 se pronuncian en sentido contrario, una proporción elevada que apunta a los posibles efectos corrosivos del paro sobre la estructura familiar.

Una última cuestión que nos interesaba sondear en relación con la situación económica del parado y su familia es si estaban teniendo lugar procesos de movilidad social descendente. Para ello se pidió comparar la situación actual con la de la familia de origen o, en el caso de los jóvenes no emancipados, con la situación que vivieron durante su infancia. Sólo se ha podido o considerado prudente codificar 68 respuestas. En 27 casos hay movilidad descendente, 17 afirman que la situación actual es similar y, sorprendentemente, 24 parados dicen que ahora viven mejor. Veamos un ejemplo de cada una de las tres situaciones posibles. El primero corresponde a una mujer de 31 años, licenciada, casada y con un hijo:



Es peor, la mía actual es peor que la de mi familia de origen. O sea, cuando vivía con mis padres..., vaya, bastante peor. Mi padre, el pobre hombre, siempre ha sido un trabajador, o sea no ha sido… pero siempre ha tenido actividad, vamos, con lo cual en mi casa hemos podido hacer..., mis tres hermanos hemos podido estudiar todo lo que hemos querido, a base del esfuerzo de mi padre por supuesto, pero vamos, comparado a ahora es que es mucho peor.
El segundo es otra mujer de 44 años, también licenciada, casada y con tres hijos:

Pues ahora mismo, es curioso pero yo creo que es muy similar. O sea, ha habido una temporada en la que ha sido mucho mejor, no había comparación. Pero yo creo que ahora es similar, y en los próximos año, por ejemplo con la subida de tasas en la universidad, etcétera, va a ser peor. Porque yo estudié con becas y mi hermana también. No hemos tenido ese problema, ningún problema en la familia, a pesar de que mis padres eran dos obreros Sin embargo, pienso que los años que se avecinan van a hacer que la situación vaya a peor con respecto a la de nuestros padres.
El tercero ya lo conocemos, porque es el mismo parado que fija su salario de reserva en 1.500 euros:

La mía es mejor.


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