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III.- Ejecución de los hechos.-



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III.- Ejecución de los hechos.-

No es discutido que los hechos se perpetraron a partir (aproximadamente) de las 15,45 horas del día 17 de febrero de 2014, ni que los acusados poco antes de ir a la casa de Doña M. C. C. I., compraron una caja de guantes de látex en un supermercado cercano, ni que A. V. Á., y F. J. L.M.,  se dirigieron juntos a vivienda de Doña M. C. C. I.,.

Tampoco se ha puesto en tela de juicio (y en todo caso está acreditado en virtud del acta de Inspección Ocular llevada a cabo por la Policía Científica) que los acusados a fin de perpetrar los hechos llevaban también consigo diversas bridas atadas en forma de pulsera o esposas con el fin de inmovilizar en caso necesario a la Sra. M. C. C. I., un calcetín con el cual eventualmente silenciar sus posibles gritos de auxilio (así lo indicó el propio A. V. Á., en juicio, señalando que el plan era que si gritaba, le pondrían el calcetín), y también cinta aislante.

Una vez allí, los acusados llevaban puestos en las manos varios guantes de látex con el de no dejar al marcharse ninguna huella que permitiera su ulterior identificación. La intervención posterior de esos guantes por la Policía, tanto en el domicilio de la víctima como en el balcón del piso vecino al que huyeron los acusados al advertir la presencia policial (ver acta de Inspección Ocular llevada a cabo por la Policía Científica), como el análisis de ADN positivo llevado a cabo por los Funcionarios de la Unidad Central de Análisis Científicos de la Comisaría de Policía Científica nº 001B y 166T obrante en la causa y sobre el que luego volveremos, como el hecho de que no se constatara huella dactilar alguna de los mismos en el piso de Doña M. C. C. I.,, evidencia que los acusados llevaban puestos esos guantes desde el principio.

Ya se ha dicho que ambos reconocieron haber actuado cara descubierta, extremo este nunca discutido.

Tanto A. V. Á., como F. J. L.M.,  han reconocido que llamaron a la puerta del domicilio de M. C. C. I., y que cuando la Sra M. C. C. I., abrió, utilizaron como pretexto para entrarla necesidad de examinar el telefonillo o portero automático, situado en la cocina, dependencia que el plano levantado por la Policía científica y que aparece incorporado en el acta de Inspección Ocular llevada a cabo por la Policía Científica, acredita que estaba situada precisamente junto a la entrada del domicilio.

No se discute que tras abrir Doña M. C. C. I., la puerta y permitir el paso a su casa de los dos acusados, estos fueron a la cocina quedando la Sra. M. C. C. I., junto a la puerta. En ese momento fue agarrada por detrás por F. J. L.M., , tal como los dos acusados tenían previsto.

Que el acometimiento a M. C. C. I., fue súbito, inesperado y por sorpresa, no cabe duda: había abierto la puerta y dejado pasar a los acusados porque conocía como vecino a A. V. Á.,, y porque creyó la historia que contaron relativa a que tenían que comprobar el telefonillo de la puerta. Es evidente que si la Sra. M. C. C. I., hubiera sospechado algo, no les habría dejado pasar.



A. V. Á., declaró que F. J. L.M.,  agarró por el cuello a la Sra. M. C. C. I., ( aludió a una inmovilización mediante una “ llave” denominada “ mataleones”) , mientras que F. J. L.M., , si bien en la primera descripción de los hechos que hizo aludió a agarrarla por el cuello, luego dijo en todo momento que la cogió por los hombros. Sea como fuere, no es tan relevante, pues lo importante, y de lo que no cabe duda, fue lo inopinado, súbito, sorpresivo y también, efectivo del ataque.

Ciertamente el ataque fue efectivo, pues ambos acusados coinciden en que quedó inmovilizada. F. J. L.M.,  fue más explicito: declaró que al ser atacada por él (según su versión sujetándola por los hombros, según A. V. Á., cogiéndola del cuello), la Sra. M. C. C. I., quedó “como en shock”, “paralizada”, “asustadísima”, todo lo cual refuerza más la prueba de lo sorpresivo del acometimiento.

Tras ello la llevaron arrastras a la habitación. El acta de Inspección Ocular llevada a cabo por la Policía Científica acredita este hecho y también que en el trayecto perdió las dos zapatillas que calzaba y también las gafas que llevaba, que resultaron rotas.

Finalmente F. J. L.M.,  manifestó que una vez en la habitación “la tiraron al suelo fuerte”, indicando más precisamente que no la depositaron en el suelo, sino que la tiraron allí con fuerza. .

En cuanto a cuál de los dos acusados fue el que materialmente realizó esta conducta, concluimos que es evidente que ambos tuvieron el dominio funcional del hecho, fuere quien fuere quien la materializó, ya fueran los dos, o uno solo de los acusados, pues es indudable que ambos estaban de acuerdo en ejecutar el robo con violencia y que esa violencia desplegada, sin perjuicio de lo que luego se dirá, formaba parte precisamente de la que los acusados asumían utilizar para perpetrarlo: basta recordar el relato , ya descrito, que cada uno de ellos hizo en juicio acerca de cuál era su plan.

No obstante, a mayor abundamiento diremos que es cierto que A. V. Á., sostuvo que quien la llevó arrastras fue solo F. J. L.M.,  lo cual ciertamente parece compatible con el dictamen pericial emitido por los Funcionarios del Instituto Nacional de Toxicología nº 58377 y 28246, obrante en al causa, que acredita que en las uñas de la mano izquierda de la víctima se obtuvo un haplotipo de varón que debidamente analizado correspondió a F. J. L.M.,  Por su parte, F. J. L.M.,  manifestó que la llevaron entre los dos, lo cual no es sin embargo inviable, desde el momento en que es perfectamente factible que correspondiendo el principal desarrollo energético en esa conducta a F. J. L.M., , el otro acusado (A. V. Á.,) no permaneciese sin embargo impasible o inactivo sino que le ayudase, pues ambos tenían el mismo propósito común que les había llevado allí. Corrobora esta idea el hecho de que a tenor del referido dictamen emitido por los Funcionarios del Instituto Nacional de Toxicología nº 58377 y 28246 y a tenor de lo que ambos funcionarios declararon en juicio, está probado que además del haplotipo de varón correspondiente a F. J. L.M.,  que fue hallado en las uñas de la mano izquierda de la víctima, se obtuvo, con menor intensidad, otros picos que podrían ser indicativos de otra contribución muy minoritaria de otro varón distinto, lo que unido permite cabalmente entender que ese otro varón no era sino A. V. Á.,, único presente en ese lugar junto con el ya mencionado F. J. L.M., .

Sea como fuere, lo que queremos destacar ahora muy especialmente es que lo hasta ahora descrito, patentiza un escenario general de violencia desatada desde el principio y sin solución de continuidad contra Doña M. C. C. I.,: tras conseguir que la víctima les abra su vivienda valiéndose de un pretexto falso, los acusados comienzan a ejecutar actos violentos ( nunca trataron de valerse de la intimidación): la acometen con violencia inmovilizándola por detrás, e inmediatamente, la arrastran por el pasillo con tal violencia que perdió las zapatillas y se le rompieron las gafas, y al llegar a la habitación la arrojaron con fuerza sobre el suelo, quedando la víctima en “shock” y “asustadísima”.

Así las cosas, a esta Sala le cuesta creer, que en este marco de violencia asumida por ambos acusados, alguno de ellos decidiera detener sus actos de violencia a partir de ese momento.

Decimos esto porque efectivamente, a partir de aquí, las dos versiones de los acusados no pueden ser más distintas: cada uno responsabiliza en exclusiva al otro de la muerte de Doña M. C. C. I.,, mantiene que él no hizo nada más sino registrar la casa, y que nunca pensó que el otro mataría a la víctima.

Así, A. V. Á., señala que lo que pasó fue que fue F. J. L.M.,  el que se llevó a la víctima a la habitación, que él se quedó “registrándolo todo”, que al volver a la habitación vio que ella estaba en el suelo y que en un momento dado oyó un golpe , se volvió y vio a la Señora con la cara destrozada, y que había al lado una figura, que le preguntó a F. J. L.M.,  y este le dijo que no podía haber hecho otra cosa. Que le tocó el puso a la Señora y que no tenía.

Por su parte F. J. L.M.,  manifiesta que la llevaron a la habitación, la arrojaron contra el suelo, y que cuando estaba en el suelo A. V. Á., cogió una raqueta que había en un armario y le pegó dos raquetazos, y que él entonces se quedó “blanco”. Indicó que “no sabe” de donde salió la figura que había al lado de la víctima.

De lo expuesto queremos destacar tres consecuencias que se siguen de lo expuesto:

a) En lo único en que coinciden los dos acusados es que la victima estaba en el suelo cuando fue golpeada y cuando se le dio muerte. Por lo tanto, debemos dar por probado este hecho, sobre todo porque resulta coincidente con lo que resulta del acta de reconocimiento Médico Forense y el acta de Inspección Ocular llevada a cabo por la Policía Científica.

b) Ninguno de los acusados se refiere ni menciona el hecho – incuestionable- de que Doña M. C. C. I., murió por asfixia, ni describe ninguna conducta perpetrada hacia la víctima que hubiera podido provocar esa asfixia. Y eso nos parece de verdad muy llamativo, a la vista de la contundencia del dictamen de autopsia Médico Forense (folios 220-235 de la causa) y de la igualmente contundente declaración en juicio de ambas profesionales médicas.

En virtud de esos medios de prueba resulta acreditado que Doña M. C. C. I., no murió a consecuencia de ningún golpe, pues el golpe que ciertamente recibió en la cara (uno o a lo sumo dos, según dijeron en juicio las médicos forenses), aunque muy fuerte, no era apto por sí solo sin embargo para causar la muerte inmediata de la víctima tal y como efectivamente se produjo: así lo declararon en juicio las médicos forenses. La muerte, según enfatizaron en todo momento las indicadas profesionales, se produjo por asfixia; asfixia que, además, pudo ser causada por tres mecanismos distintos, cada uno de ellos según las forenses desplegado en este caso sobre la víctima, y apto por sí solo para provocar la muerte: compresión toraco-abdominal (1), sofocación (2) y estrangulación (3).

El informe de autopsia evidencia que Doña M. C. C. I., presentaba lesiones faciales, en el cuello, torácicas y abdominales, que sugerían la antedicha asfixia de carácter mixto. En particular, las lesiones localizadas en la región facial izquierda y mandibular, y hemorrágicas en región lateral izquierda del cuello, eran a juicio de las forenses sugerentes de una compresión aplicada con fuerza, utilizando la alfombra sobre la que estaba la víctima como elemento intermedio en apoyo sobre la superficie corporal cefalo/cervical izquierda (ver folio 234, informe de autopsia). Indicaron en juicio que la muerte en este caso fue un proceso, y que se objetivaban varios mecanismos aptos para causar la asfixia: así, la presión torazo-abominal que sufrió la victima fue apta para causar la muerte por asfixia. Pero las lesiones el cuello que también presentaba la Sra. M. C. C. I., (es relevante que tanto el dictamen de autopsia como las forenses en el acto del juicio refrieron que se objetivaba en la víctima fractura del hueso hioides) eran por si solas aptas, según las forenses, para causar esa muerte por asfixia.

Dicho de otra manera: la violencia desplegada hacia la víctima en aras de lograr que se asfixiase, fue dirigida contra diversas partes de su cuerpo (zona torazo-abdominal, estrangulación del cuello, sofocación por la alfombra) y cada una de ellas, por sí sola, fue apta para causar la muerte por asfixia.

Pues bien, siendo así los hechos, llama poderosísimamente la atención de esta Sala que ninguno de los acusados, en su relato de los hechos, describiese ningún acto desplegado hacia la víctima que pudiera causar su muerte por asfixia. Y ello, pese a que la intensidad y el carácter pluriofensivo de esos actos que ciertamente se perpetraron.

Cada uno alude a que el otro, por su propia iniciativa, en un momento dado golpeó a la víctima (A. V. Á., dice que fue F. J. L.M.,  con la figura de escayola, y por su parte F. J. L.M.,  afirma que fue A. V. Á., con la raqueta) pero sorprendentemente ninguno vio lo que realmente causó la muerte de Doña M. C. C. I.,, que fueron los necesariamente muy violentos actos que finalmente le produjeron la asfixia.

Por lo expuesto, la conclusión que esta Sala obtiene, derivada de la objetividad del dictamen Médico Forense, es que ninguno de los acusados dice la verdad, pues resulta muy poco razonable, o más bien del todo inverosímil, que ninguno participase o ni siquiera observase la realización de esos actos tan violentos y relevantes, causantes de la muerte por asfixia de la víctima, y sin embargo, sí vieran, supuestamente, como el otro la golpeaba.

Sobre el golpe, es cierto que Doña M. C. C. I., fue golpeada, como hemos dicho, una o a lo sumo dos veces, afirmando la s forense que todos estos mecanismos (los de asfixia y el golpe o golpes) fueron muy seguidos en el tiempo, se produjeron en un breve lapso de tiempo. Ciertamente, la Sra. M. C. C. I., presentaba fractura de mandíbula y rotura de dientes, lesión causada en opinión de las forenses por un mecanismo contuso causado con gran violencia ( ver dictamen), aclarando en juicio dichas profesionales que consideraban que el golpe (que fue uno, o dos a lo sumo), fue causado con un objeto necesariamente pesado, o utilizando una parte del cuerpo ( por ejemplo una rodilla) con mucha fuerza o gran energía cinética. Pero las forenses insistieron en que no fue esta lesión la causante de la muerte.

En cuanto a esta cuestión, esta Sala ha llegado a la conclusión que este golpe, que fue muy fuerte (produjo rotura de mandíbula), fue causado con la estatuilla de escayola que fue hallada junto al cadáver de Doña M. C. C. I.,

Llegamos a esta conclusión porque la figura o estatuilla de escayola, (cuyas fotografías constan el acta de Inspección Ocular llevada a cabo por la Policía Científica, folio 183 de la causa), que está registrada como pieza de convicción, fue examinada en el acto del juicio y delante de las partes por esta Sala, pudiendo advertirse su considerable peso, así como que a la altura del cuello y en la base aparece la escayola rota y desprendida, dejando entrever un soporte de material metálico, posiblemente hierro, que es el que dotaba notoriamente de peso y estabilidad a la figura.

Es sin duda por lo tanto un instrumento apto para cuasar esta lesión.

Pero es que como ha quedado dicho, la figura de escayola fue encontrada por la Policía junto al cadáver.

Además, estaba manchada de sangre: en cuanto a las manchas de sangre en esta estatuilla, su realidad se acredita tanto por el informe Médico Forense de reconocimiento del cadáver obrante al folio 210 (que las menciona), como las fotografías obrantes en el acta de Inspección Ocular llevada a cabo por la Policía Científica del folio 183, en las que pueden verse.

Por si esto no fuera suficiente, el informe Médico Forense de reconocimiento del cadáver obrante al folio 210 acredita que el cadáver de Doña M. C. C. I., presentaba restos de escayola en el lado derecho de la cabeza, lo que permite concluir que fue ese instrumento, y no ninguna raqueta, ni ninguna parte del cuerpo, con el que se propinó el golpe a la víctima.

Sobre la mencionada raqueta, no considera esta Sala que exista prueba suficiente de que se utilizase por los acusados para golpear a Doña M. C. C. I., En este sentido, es verdad que la raqueta fue localizada en el lugar de los hechos por la Policía, y que estaba rota, pero también que no se hallaron vestigios (sangre) en la misma que haga suponer que las lesiones tan terribles que se causaron a la víctima (rotura de mandíbula) fuera causada con ese instrumento. Por otro lado, es también llamativo que la Policía Científica, que llevó a cabo una minuciosa inspección ocular, reseñando y recogiendo todos los vestigios que pudieran tener alguna relevancia con el caso con el fin de analizarlos o estudiarlos, no hicieran mención alguna de la raqueta. Fue solo a raíz de que uno de los acusados (F. J. L.M., ) mencionase la raqueta como posible instrumento homicida en su declaración policial, cuando los agentes acudieron una segunda vez (al día siguiente) al piso de la Sra. M. C. C. I., y la recogieron. Pero las médicos forenses que depusieron en el plenario fueron harto contundentes en relación a la raqueta: el traumatismo y golpe que prestaba Doña M. C. C. I., no era compatible con haber sido causado con una raqueta, debiendo haber sido su causación necesariamente, como ya hemos explicado, con un objeto más contundente, bien muy pesado, bien sin tanto peso pero en todo caso contundente y dirigido contra la víctima con gran fuerza y energía cinética (las forenses señalaron que era compatible por ejemplo un fuerte golpe con la rodilla, aunque esta Sala ,por las razones expuestas, considera probado que el golpe se causó utilizando la estatuilla de escayola).

Todo lo expuesto permite concluir a esta Sala que la muerte de Doña M. C. C. I., se produjo cuando estaba inerme y desvalida en el suelo después de haber sido agarrada por sorpresa y arrastrada por el pasillo, fue golpeada en la cara una sola vez ( no hay prueba suficiente de que fueran más veces) pero con mucha fuerza con la figura de escayola, al tiempo que simultáneamente, o de forma casi inmediata, fue objeto de actos plurales dirigidos a asfixiarla: se le cubrió la cara con la alfombra sobre la que estaba, y se le presionó con gran fuerza tanto  el  cuello como también la zona toraco-abdominal, hasta producirle la muerte.

En cuanto a la cuestión de qué actos concretos y específicos, en la ejecución de esos hechos, llevó a cabo cada uno de los acusados, es claro que no es posible saberlo con total seguridad. La víctima está muerta y no hay testigos. Y como hemos dicho, las versiones de los acusados difieren frontalmente entre sí (cada uno echa la culpa en exclusiva al otro), y hemos concluido que ninguno de ellos dice la verdad, pues ninguno alude a los actos desplegados para provocar la asfixia, que fueron los cruciales para la causación de la muerte.

En este momento, creemos conveniente recordar las consideraciones que el Tribunal Supremo ha hecho en su sentencia nº 72/2012 de 2 de febrero de 2012 : "el proceso penal no es sino una estructura en la que se inserta una actividad dinámica cuyo principal objeto es generar, atendiendo siempre a los principios que legitiman la actividad jurisdiccional, conocimientos útiles para la solución del conflicto social que constituye su objeto. Y esos conocimientos los ofrece el resultado de la actividad probatoria desplegada por las partes. A través de ella se llega a proclamar una verdad que, por definición, no es una verdad científica, sino una verdad histórica de la que, por su propia naturaleza, siempre será posible ofrecer una verdad alternativa, hasta el punto de que se ha llegado a decir que el concepto de verdad procesal no es otra cosa que una suerte de acotación cuantitativa de las probabilidades contrarias. Dicho con otras palabras, la verdad que ofrece el proceso penal se alcanza cuando las probabilidades de que lo contrario sea también cierto han quedado reducidas a un límite tan reducidamente estrecho como para que convencionalmente se acepte como verdad." (El subrayado es nuestro).

Pues bien, con esos parámetros, esta Sala considera que la prueba practicada acredita de forma suficiente, que los dos acusados realizaron actos eficaces dirigidos a promover y causar la muerte de Doña M. C. C. I.,, que actuaron juntos, y que cada uno asumió lo que el otro ejecutaba; de forma que son casi equivalentes a cero las probabilidades de que fuera uno solo de los acusados el que por su exclusiva y sobrevenida iniciativa desarrollarse todos los actos encaminados a matar a la Sra. M. C. C. I.,, mientras el otro permanecía inactivo en ese lugar y ajeno a lo que el otro estaba perpetrando. Tesis esta última que es en definitiva la que viene a sostener cada uno de los acusados.

La prueba más relevante (aunque no la única) viene dada por el hecho de que los guantes que llevaban los acusados puestos en ambas manos, así como los puños de la chaqueta que vestía F. J. L.M.,  y los puños y los bolsillos delanteros de la cazadora que vestía A. V. Á.,, aparecieron manchados de sangre de la víctima Doña M. C. C. I.,.

Efectivamente, cuando tras los hechos los Agentes de la Policía científica realizaron la inspección ocular de la vivienda de Doña M. C. C. I.,, además de apreciar que todas las habitaciones estaban revueltas y con signos de haber sido ampliamente registradas, encontraron en el dormitorio en el que fue localizada la fallecida los agentes encontraron dos “dedos de guantes de látex” rotos manchados de una sustancia rojiza (así resulta del acta de Inspección Ocular llevada a cabo por la Policía Científica folio 182 de autos).

Tal como resulta en virtud del informe de Inspección Ocular llevada a cabo por la Policía Científica (folios 167 y siguientes) y la declaración de los agentes de la Policía Científica nº 80316 y 82384 que hicieron esta inspección y que declararon en juicio oral, en la terraza del balcón del piso vecino (2ºB) donde fueron detenidos los acusados, y que da a la calle vara de Rey, fueron encontrados por la Policía Científica unos guantes de látex usados encontrándose unidos a una media de color marrón (identificados por al Policía como muestra nº 11). Si bien en el informe inicial la Policía alude a dos guantes, en realidad fueron cuatro guantes, pues uno estaba embutido en otro. De hecho, esta muestra nº 11 fue inmediatamente remitida la Comisaría General de Policía Científica para su análisis de ADN, resultando que el informe de ADN al que luego aludiremos en profundidad, se describe perfectamente los guantes como cuatro -uno embutido dentro de otro y los otros dos separados, tal como resulta del informe de ADN-. Por otra parte, ocultos debajo de una jardinera decorativa que había en esa terraza, los agentes encontraron tres guantes de látex, embutidos uno dentro de otro, faltando algún fragmento en alguno de ellos , que fueron identificados por la Policía como muestra nº 17.En contaron también un cable blanco de conexión de puerto “USB” marca “ Lg” manchado con sustancia rojiza y otros tres de guantes de látex usados, embutidos uno dentro de otro, manchados con una sustancia rojiza (identificados por al Policía como muestra nº 22).

Tal como resulta probado del acta de Inspección Ocular llevada a cabo por la Policía Científica (folios 170 y ss) y lo que declaró el agente de la Policía Científica nº 80316, los grupos de guantes de látex antes descritos, una vez recogidos, se mantuvieron separados entre sí para evitar contaminaciones o transferencias de vestigios y fueron identificados o numerados por la Policía Científica, tal como ha quedado expuesto, como muestras nº 11, 17 y 22.

Tras ello, fueron remitidos a la Unidad Central de Análisis Científicos de la Comisaría General de Policía Científica a los efectos de la práctica de análisis, en particular de ADN.

A esos efectos se remitieron también separadamente otros elementos intervenidos (una torunda de la figura de escayola, el cable USB encontrado debajo de la jardinera del balcón del piso 2ºB y el calcetín) Así resulta también del informe de ADN emitido por la Unidad Central de Análisis Científicos de la Comisaría General de Policía Científica , que no ha sido impugnado y que obra a los folios 367 y ss de la causa, y ha sido ratificado en juicio oral por sus autoras, las funcionarios con nº de identificación 001B y 166T).

Consta probado en virtud del acta de Inspección Ocular llevada a cabo por la Policía Científica y en atestado, que les fueron intervenidas a los detenidos A. V. Á., F. J. L.M.,  ÍNEZ por la Policía la cazadora y chaqueta que vestían respectivamente en el momento de los hechos.

Así, al detenido A. V. Á., se le intervino la cazadora marca “Pull&Bear” de color blanco que vestía en el momento de los hechos, y al detenido F. J. L.M.,  se le intervino la chaqueta que vestía en el momento de los hechos, de color blanco con aplicaciones de tela vaquera. Ambas prendas aparecían con manchas patentes de lo que parecía ser sangre, y por ello se remitieron también a la Unidad Central de Análisis Científicos de la Comisaría General de Policía Científica a los efectos de práctica de análisis, en particular de ADN.

Se remitió también a la Unidad Central de Análisis Científicos de la Comisaría General de Policía Científica muestras tomadas de las manos de los detenidos (torundas con las que se les realizaron frotis de las manos), y como muestras indubitadas, muestras de sangre tomadas de la víctima Doña M. C. C. I.,, y frotis bucales de cada uno de los dos acusados. Para la obtención de sus muestras de ADN los acusados prestaron su consentimiento informado (así resulta acreditado en virtud de los folios 458 y ss de la causa).

Tal como explicaron en juicio las Funcionarios de la Unidad Central de Análisis Científicos de la Comisaría de Policía Científica nº 001B y 166T y tal como resulta en el informe de esa Unidad obrante a los folios 367 y ss, para llevar a cabo los análisis, los peritos de la Comisaría General de Policía Científica identificaron los guantes recibidos de la siguiente forma:

a) guantes 1, 2, 3 y 4 , los correspondientes a la muestra nº 11;

b) guantes 5, 6 y 7 los correspondientes a la muestra nº 17;

c) guantes 8,9 y 10 los correspondientes a la muestra nº 22.

Tal como resulta probado en virtud del informe de ADN emitido por la Unidad Central de Análisis Científicos de la Comisaría General de Policía Científica - que no ha sido impugnado y que obra a los folios 367 y ss de la causa-, y de la declaración en juicio de las funcionarios con nº de identificación 001B y 166T que realizaron dicho informe los análisis efectuados por la Unidad Central de Análisis Científicos de la Comisaría General de Policía Científica arrojaron los siguientes resultados:

1) Se evidenciaron restos de sangre en los guantes, el calcetín y cable, en la cazadora de A. V. Á., y en la chaqueta de F. J. L.M.,  Z, si bien en el cable y en el puño derecho de la cazadora de Adrián, en cantidad no suficiente como para extraer ADN nuclear ( véase informe de ADN, folio 371, que alude expresamente a la evidencia de existencia de sangre en esas muestras).

2) El perfil genético perteneciente a Doña M. C. C. I., fue hallado, con una probabilidad de veintisiete mil cuatrillones de veces, en el exterior de los guantes nº 1, 3, 5, 7, 9, en el interior del guante 10 y en el guante 10.

3) El perfil genético correspondiente a F. J. L.M.,  fue hallado, con una probabilidad de varios cuatrillones de veces, en el interior del guante nº 2 y en el interior del guante 4, en este último caso además mezclada con perfil genético de la víctima Doña M. C. C. I.,.

En definitiva, el ADN del acusado F. J. L.M.,  se encontró en el interior de los guantes 2 y 4 ( en este último caso demás mezclada con la ADN de M. C. C. I.,) , lo que implica cabalmente que en algún momento los llevó puestos; por otra parte, los guantes 1,2, 3 y 4 ( muestra nº 11) fueron encontrados juntos (uno estaba dentro de otro), lo que determina que quien llevaba los guantes 2 y 4, llevaba también los guantes 1 y 3. Y está probado, como hemos dicho, que los guantes 1 y 3 aparecían en su parte exterior con sangre de la víctima (no ya ADN, sino sangre).

4) El perfil genético correspondiente a A. V. Á., fue hallado, con una probabilidad de varios cuatrillones de veces más probable, en el interior de los guantes nº 6, 7 y 8 , dándose además el caso que en el caso de los guantes nº 6 y 7 el perfil genético del acusado se encontró mezclado con el de la víctima.

Esto significa que A. V. Á., llevó puestos en algún momento estos guantes en los que también apareció el ADN de Doña M. C. C. I.,

Pero si tenemos en cuenta que el guante nº 6 fue encontrado dentro del guante nº 5 (ver acta de Inspección Ocular llevada a cabo por la Policía Científica en la que se intervinieron los guantes y designaron como muestra nº 17, y ver sobre todo informe de ADN, folio 369, segunda línea) y que el guante nº 5 estaba manchado de sangre de Doña María del Carmen Calderón Ibáñez, la conclusión es que A. V. Á., llevaba puesto ese guante nº6 y que encima llevaba el guante nº 5 que en su parte exterior estaba manchado de sangre de la Sra. M. C. C. I.,

A ello se añade que los guantes nº 9 y 10, que aparecieron junto al guante nº 8 (muestra nº 22) tenían sangre de la víctima en la parte exterior, según declararon las Funcionarios de la Unidad Central de Análisis Científicos de la Comisaría de Policía Científica nº 001B y 166T en juicio oral. Este dato debe ser unido al hecho probado en virtud de este análisis de ADN , consistente en que el guante nº 8 tenía en su parte interior sangre de A. V. Á.,

5) Se comprobó la existencia de patentes manchas de sangre en la cazadora de A. V. Á.,, tanto en su puño derecho, como en su puño izquierdo, como en el interior del bolsillo delantero izquierdo como en el interior del bolsillo delantero derecho.

El hecho de que se halló sangre (no vestigios de ADN, sino específicamente sangre) en estos lugares está probado por el informe de ADN de la Unidad Central de Análisis Científicos de la Comisaría de Policía Científica (ver folio 371).

El perfil de ADN de la sangre hallada en el bolsillo derecho e izquierdo de la cazadora de A. V. Á., así como la hallada en el puño izquierdo de esta cazadora, corresponde a Doña M. C. C. I.,, con una probabilidad superior a los 27 mil cuatrillones. El perfil de ADN de Doña M. C. C. I., hallado en el puño izquierdo y en el bolsillo izquierdo de la cazadora, aparece mezclado con el ADN del propio A. V. Á.,

En virtud del informe de ADN de la Policía Científica (folios de la causa 375-377) y en virtud de lo manifestado por las Funcionarias de la Unidad Central de Análisis Científicos de la Comisaría de Policía Científica nº 001B y 166T en juicio, está probado que no se pudo extraer un perfil de ADN de la sangre hallada en el puño derecho de la cazadora de A. V. Á.,, pero de lo que no hay duda, pues así lo dice el referido informe de ADN, es que esa mancha es de sangre, lo que cabalmente permite concluir, a la vista de que Adrián no ha ofrecido explicación alguna acerca de a quién puede pertenecer esa sangre, y al hecho ya mencionado de que en la sangre que manchaba el otro puño de su cazadora sí que se obtuvo el ADN de la víctima, que la sangre que manchaba ese puño derecho de la cazadora de A. V. Á., pertenecía también a la Sra. M. C. C. I.,

6) Se comprobó la existencia de patentes manchas de sangre en la chaqueta de F. J. L.M., , tanto en su puño derecho, como en su puño izquierdo. El hecho de que se halló sangre (no vestigios de ADN, sino específicamente sangre) en estos lugares está probado por el informe de ADN de la Unidad Central de Análisis Científicos de la Comisaría de Policía Científica (ver folio 371). En virtud del informe de ADN de la Policía Científica (folios de la causa 375-377) y en virtud de lo manifestado por las Funcionarios de la Unidad Central de Análisis Científicos de la Comisaría de Policía Científica nº 001B y 166T en juicio, está probado que la sangre hallada en los puños derecho e izquierdo de esta chaqueta, corresponde a M. C. C. I.,, con una probabilidad superior a los 27 mil cuatrillones. El perfil de ADN de Doña M. C. C. I., hallado en el puño izquierdo aparece mezclado con el ADN del propio F. J. L.M., 

Cada uno de acusados, - pues insistimos en que cada uno responsabiliza en exclusiva al otro de la muerte de la Sra. M. C. C. I., - , ha tratado de alegar que si se mancharon de sangre tanto en sus guantes como en su ropa, pudo ser porque le tomaron el puso a la Sra. M. C. C. I., después de fallecida, o porque les pudo salpicar la sangre del golpe que el otro daba a la víctima.

Sin embargo, no creemos esto factible, pues por un lado, se trata de manchas patentes, no casuales.

En este sentido las Funcionarios de la Unidad Central de Análisis Científicos de la Comisaría de Policía Científica nº 001B y 166T , a preguntas del letrado de A. V. Á.,, descartaron que las manchas de sangre que aparecían en las prendas de ambos acusados fueran manchitas pequeñas o minúsculas, enfatizando que se trataba de manchas patentes.

Además, están situadas en distintos y muy significativos lugares: puños de la ropa, guantes de ambas manos que llevaban puestos.

En cuanto a que esas manchas pudieran haberse causado por salpicadura, es relevante que cada uno de los acusados viene a mantener que cuando el otro mató a la Sra M. C. C. I.,, ni siquiera estaba mirando, de forma que fue solo cuando oyó un ruido, miró y vio que su compañero había golpeado a la Sra. M. C. C. I., (A. V. Á., dice que fue F. J. L.M.,  con una estatuilla de cerámica, F. J. L.M.,  dice que fue A. V. Á., con una raqueta). Por consiguiente, si en la versión que cada uno de los acusados sostiene, se viene a decir que no estaba al lado de la Sra. M. C. C. I., porque estaba en otro sitio, resulta difícil considerar que la sangre les pudiera salpicar; menos verosímil resulta que casualmente que lo hiciera en ambos guantes y también en partes muy significativas de la ropa que vestían (en concreto en las mangas, y no en otra parte distinta).

Hemos dicho que cada uno de ellos alegó en su defensa que las manchas en sus guantes y en su cazadora se debió a que después de que el otro matara a la Sra. M. C. C. I.,, le tomó el pulso para comprobar si vivía.

Sin embargo, al margen de que no existe indicio alguno de que desarrollasen tal conducta (cuesta creer que alguien pueda considerar factible el tomar el puso a una persona con varios pares de guantes de látex puestos, amén de que no consta que los acusados posean conocimiento alguno para llevar a cabo una practica de este tipo), resulta en todo caso meridiano que el hecho de tomar el pulso a una persona, - para lo cual se necesita tan solo dos dedos de una mano- difícilmente puede dar lugar a que se manchasen con tanta intensidad y de la forma que lo hicieron: no solo los guantes de una mano sino de las dos, no solo las manos sino también, y de forma patente, los puños ( los dos) de las cazadoras que cada uno de ellos llevaba.

Pero es que además de estas evidencias ya analizadas, no podemos ni debemos olvidar una serie de datos que concurren y que refuerzan la conclusión que se obtiene de las indicadas pruebas:

a) No podemos olvidar que ambos acusados actuaban juntos desde el principio, desarrollando el mismo plan; ambos se proveyeron de los instrumentos necesarios para ello; ambos habían desplegado hasta ese momento el plan que A. V. Á., había ideado, que partió siempre, precisamente, de la utilización de la violencia física: nunca la fuerza en las cosas, nunca la intimidación.

b) Debemos volver a referirnos al hecho de que la víctima conociese a Adrián debido a que eran vecinos, y que pese a ello actuasen a cara descubierta y no obstante, con guantes de látex. Damos por reproducido en este momento todo lo que en el apartado II anterior hemos explicado a propósito de que el hecho de que esas circunstancias en su plan contemplaban ya la idea como una probabilidad harto realizable, de tener que matar a Doña M. C. C. I., para que luego no les pudiera identificar o denunciar. De ahí que lo hicieran a cara descubierta (nadie les podría identificar si mataban a la única testigo, la M. C. C. I.,) y de ahí los guantes de látex (para no ser identificados, no solo como atores del robo sino también del homicidio).

c) No deja de ser significativa la conducta tanto de A. V. Á., como de F. J. L.M.,  después de haberse producido la muerte de Doña M. C. C. I.,

Recordemos que cada uno de ellos viene a sostener que solo pensaba cometer un robo, que nunca pasaba por su imaginación el matar a la Sra. M. C. C. I., y que fue el otro el que, de pronto, dio un golpe a la Sra. M. C. C. I., y la mató ( según A. V. Á.,, fue F. J. L.M.,  con la estatuilla d escayola, según F. J. L.M.,  fue A. V. Á., con la raqueta), de forma que cada uno sostiene que permaneció en todo momento ajeno a la conducta homicida del otro, que habría sido inesperada y nunca preacordada.

Pues bien, en esa tesitura, de ser cierta la versión que tanto A. V. Á., como F. J. L.M.,  mantienen, sorprende sobremanera que la reacción ante una conducta tan terrible e inesperada por ellos, fuera simplemente la de seguir registrando la casa.




Primero.- cuestiones previas.-
F. j. l.m., 
Quinto.- delito de asesinato (y ii): coautoría.-
Sexto.- circunstancias modificativas de la responsabilidad criminal (ii): abuso de confianza, no se aplica.-
Noveno.-individualización de las penas.-



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